Friday, December 31, 2010

Giordano Bruno/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Originalmente Filippo Bruno, llamado el Nolano, filósofo, científico, escritor, admirado en las cortes de Isabel de Inglaterra, Enrique III de Francia, Rodolfo II de Habsburgo, fue detenido -entre otras cosas por su defensa de la teorías de Copérnico- por la Inquisición en 1593 y quemado en la hoguera luego de un proceso de siete años, 1600, que incluía, cosa común en la santa iglesia, tortura, extorsión, perjurio y todo lo ilegal que pueda cargar un juicio predeterminado.


Arrestado inicialmente en la República de Venecia, a su regreso a Italia, fue por medio de sucias maniobras eclesiales extraditado a Roma. La quema de herejes en Venecia casi ni existía. Su senado y leyes permitían una ciudad abierta y bastante relajada, donde Bruno quizá hubiese tenido la posibilidad de quedar con vida. No así en Roma cuyas piras sacramentales se contaban por miles y que, al igual que en su antiguo esplendor del imperio, distraía al pueblo con semejantes frenetismos. Jugaban los autos de fe el papel de sofrenadores del ardor popular. La amenaza contínua de la peste, la miseria endémica, el esplendor del papado en oposición a tal pobreza, mantenían un hervidero social siempre presto a estallar. El juicio de Giordano Bruno, y su posterior ejecución, mantuvo en vilo a la ciudad e incluso dividió en cierto grado a los magistrados del Santo Oficio. Se le ofreció una posibilidad de abjurar su herejía cuando nada existía sobre qué abjurar: la tierra giraba alrededor del sol, la iglesia era una institución corrupta que necesitaba cambios fundamentales, la ciencia no era magia y las discusiones filosóficas sumadas al pensamiento no eran actos de quiromancia.


En 1600, la Inquisición se lavó las manos, sin secárselas para ser ciertos; transfirió al reo a la justicia del gobernador romano, quien, siguiendo las pérfidas intrigas de los frailes, decidió sacrificarlo. Terminaba así una de las más lúcidas mentes de la Europa del seicientos. No sé si el Vaticano se disculpó alguna vez por el crimen. No hay disculpa válida. La quema del filósofo y tantos otros desmanes de esta secta de disfrazados debiera haber sido suficiente para destronarlos de la historia. Lástima que no sea así. La iglesia permanece poderosa; ha cambiado sus tácticas pero no su razón. El nuevo Benedicto vale de ejemplo, con sus retrógradas leyes antihomosexuales, siendo la iglesia misma ferviente caldo de cultivo de abuso y pedofilia. Otras sectas: protestantes, mahometanas... crecen a la par, augurando un mundo de intransigencias medievales. En Irak, hoy, pelean una teocracia que se considera heredera de la aberración de las Cruzadas contra otro grupo de fundamentalistas que lo único que quiere hacer es postrarse cinco veces al día, con los pies y el trasero de otro fiel justo frente al rostro, y prohibir lo que se pueda. Y castigar, por supuesto.


Tuve la suerte de encontrar una rara joya cinematográfica: "Giordano Bruno", dirigida por Giuliano Montaldo, director también de "Sacco y Vanzetti"; cineasta de causas perdidas. Producción italiana de 1973, "Giordano Bruno" recuerda el cine histórico de Rossellini. La técnica es similar a la que se usara en "Blas Pascal" y en "Sócrates", tocando un punto en el que desaparece la escuela neorrealista y se reinventa la manera de hacer cine. No hay sofisticación o enredo porque no se los necesita. La narración es llana, rica en vicisitudes pero concreta y antiespeculativa. La tecnología de la época, que produce una cinta algo opaca, se presta al esquema. Son historias antiguas y dramáticas por lo general. Los personajes, tanto el Sócrates de Rossellini como el Giordano Bruno de Montaldo están condenados. El texto hablado es vital, se trata de dos filósofos y a ambos se los juzga por su verbo.


Se nos había enseñado en la escuela, muy de pasada, que la Inquisición detuvo a Galileo y que se quemó a Giordano Bruno. Montaldo ha rescatado al hombre, enigmático y poderoso en su fortaleza de soportar el embate de un monstruo, consternado por el dolor físico en la tortura pero incólume en su mente pensante. Cuando vi la posesión del nuevo Papa, no ha mucho, me divirtió el carnavalesco entorno de trajes. No pensaba entonces en Giordano Bruno, cuya carcajada haría temblar de nuevo la gran mascarada de santos fantoches.

01/12/05

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), diciembre 2005

Imagen: Giordano Bruno

Buscando a Bruno Schulz/ECLECTICA


1990. Tiempos difíciles, de guerra y matrimonio. Un atardecer, en la inercia de sábado y descanso, entre Georgetown y Dupont Circle, fuimos al cine. El filme: The Sandglass, el reloj de arena. Magia en imágenes, viaje al interior misterioso del ser, atmósfera de lobreguez, hastío, húmedas hojas muertas de otoño en rocío. Me escucho hablando, la niebla, el recuerdo de una raza desaparecida judía muerta, en cuya sangre se agitaba -y permanecía- la vieja Europa Central más que en sus naciones endémicas. El filme mencionaba un autor, el "Kafka polaco", desaparecido en el diluvio nazi; así quedó, en ignorancia mas no en olvido. Busqué diez años la película, desmemoriado del nombre del director y del escritor en cuyo libro se basaba. El 2001, en otros guerra y matrimonio, en las páginas culturales de un diario del este, anunciaban el descubrimiento de las pinturas perdidas del dibujante y narrador Bruno Schulz, en su pueblo natal, Drohobycz, que fuera Austria-Hungría, luego Polonia, y hoy Ucrania. Por fin lo había encontrado. Al leer el artículo relacioné los hechos y supe que era él.
Schulz pintó reyes y duendes en la casa del oficial nazi que lo apadrinaba, en el dormitorio de su hijo, a quien el hebreo legó dos tradiciones ancianas, la judía y la polaca, y su imaginación. En 1942, otro miembro de la Gestapo ejecutó en una calle de la aldea a Bruno Schulz, por celos entre oficiales de la ocupación: tú mataste a mi judío y ahora yo te mato el tuyo. En transacción semejante pereció un universo de riqueza artística. The Sandglass, de 1973 y ganadora del Premio Especial del Jurado en Cannes, dirigida por Wojciech J. Has, está considerada como uno de los más bellos ejemplos del cine polaco.
Los cuadros de Drohobycz fueron burda y subrepticiamente removidos, en un acto de vandalismo cultural, por el Yad Vashem, el museo del Holocausto judío en Jerusalén. Hubo conflicto entre Ucrania e Israel que reclamaban el patrimonio schulziano como suyo; para entonces Ucrania iba a declarar el lugar monumento nacional y se encargaba de la restauración de los dibujos que estaban cubiertos con pintura blanca, en un cuartito de la que fuera casa del oficial de la Gestapo y que ahora era parte de un conjunto de departamentos.
Bruno Schulz publicó en vida dos libros de relatos cortos: Cinnamon Shops, que retomaron los hermanos Quay para su cortometraje Street of Crocodiles, y Sanatorium Under the Sign of the Hourglass, de donde se nutre The Sandglass. No sé si hay traducción española de su obra, aunque Andanzas, de Tusquets, tiene en su catálogo Véase: Amor, de David Groosman, cuyo argumento es la búsqueda de los textos perdidos de Schulz, su mítica novela del Mesías en Drohobycz.
Cuando fue trasladado al ghetto, Schulz dejó sus manuscritos con amigos no judíos. Jamás se volvió a verlos. Su arte ha sido, quizá como el mismo escribiría, secuestrado por el viento que al volcar las páginas de un libro arrebata las palabras y en arabescos de luz las desvanece. Fragilidad.
11/3/03

Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), marzo 2003

Imagen: Bruno Schulz

El último tango de Marlon Brando/ECLECTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace unos días, a los ochenta años, muere el controversial actor Marlon Brando, uno, entre pocos, que marcó una impronta en varias décadas del cine norteamericano.

Alumno de la academia de Lee Strasberg y devoto de Stanislavsky, Brando marca un giro perturbador en el cine de los Estados Unidos al transformar la atractiva estrella masculina de las películas hasta entonces en un despótico y malhumorado, ni siquiera apuesto, bruto que se inflama en las particularidades de su rudeza. Encarna al anti-ídolo, la figura opuesta del galán perfumado que opaca la ya escasa visión de las mujeres, en filme al menos, con el brillo de su impecable peinado y sonrisa de inadecuada perfección. Hace así su debut como un desengañado parapléjico en "Hombres", de 1950, bajo la dirección de Stanley Kramer. Brando se acostó durante un mes, casi sin moverse, para preparar aquel papel.

Ganador del Oscar al mejor actor en dos ocasiones (1954, 1972), fue nominado repetidas veces, varias consecutivas, para el premio en la década de los cincuentas. Luego sobrevino un bajón, producto en parte de la dificultad que resultaba trabajar con él.

Hijo de actriz fracasada y de padre mujeriego, la irregularidad de su infancia lo persiguió durante su vida, llegando a infiltrarse en la de hijos y esposas con un sino trágico. Egoísta, talentoso, gruñón, lo saca Francis Ford Coppola de su exilio, dándole el papel protagónico, que desempeñó de manera notable, en una película basada en un mediocre, aunque apasionante, libro de Mario Puzo, "El Padrino", retrato dorado de la sociedad italiana del submundo en los Estados Unidos. En un marco demasiado grandioso para un grupo de inmigrantes provenientes de la chusma peninsular, con veleidades de elegancia y donaire, Brando se desenvuelve brillante y pausado y es su actuación sobre todo la que valida ese supuesto ambiente de nobleza que rige "El Padrino". El actor Brando inventa, enriquece, da respeto a un personaje posiblemente vil y engañador.

Coppola lo trae de nuevo, o se traen los dos, en un rol aún más difícil, el de un coronel norteamericano, intencionadamente orate, hundido en el vientre de Camboya, rigiendo como reyezuelo durante el conflicto vietnamés, ajeno ya a sus superiores o a cualquier razonamiento (interés) por el que terminara allí, en una magnífica adaptación del sopor de "El corazón de las tinieblas", de Joseph Conrad, en algún lugar -todo infierno se parece- de los oscuros fluídos del Congo.

En su presentación oficial en 1973, "El último tango en París" causó conmoción. Bertolucci conseguía, dentro de la característica inercia de su cine, realizar una película que a pesar de la simpleza de su argumento tenía extensas connotaciones provocadoras y provocativas al mismo tiempo. Marlon Brando venía perfecto para el papel de Paul, un norteamericano de mediana edad, cuya mujer se ha recién suicidado, y que conoce a una muchacha francesa de 20 años en un apartamento que ambos, por separado, esperan rentar. Paul y Jeanne (María Schneider) ingresan en un despiadadado juego de sexo que al tornarse obsesivo convocará a la muerte.

"Queimada", de Gillo Pontecorvo (La batalla de Argel), impulsará otro personaje brandiano que se ha tornado inmemorial: William Walker o la ejemplificación de Inglaterra amoral. El cínico actor norteamericano parece acoplarse con perfección a esta gama de diversos, pero homogéneos, caracteres esclavizados entre el dolor y la perfidia, como en el tango.
6/7/04

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), julio 2004
Fotografía: Marlon Brando

El Hombre Cenicienta/ECLECTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

a mi padre

Se acaba de estrenar, del director Ron Howard, "Cinderella Man", la historia del boxeador, campeón mundial de peso completo, Jim Braddock. Meses atrás cuando leía que se estaba produciendo el filme, retrocedí más de treinta años para recordar a mi padre Joaquín introduciéndome ya entonces a la experiencia notable de este hombre, junto a las de otros grandes pugilistas, siempre pesos pesados. 

Posiblemente prejuiciado por las enseñanzas paternas, nunca me atrajeron boxeadores menores, esmirriados y pequeños. No podría hablar con gusto, como lo hace Elena Poniatowska, del Ratón Macías, ídolo mexicano de mucho valor pero de pocos kilos. Tracé una línea imaginaria en las distintas divisiones del boxeo para no interesarme más que por aquellos de mediano para arriba. Influyeron, claro, las fotos que descubría del gran irlandés Stanley Ketchel derribando al inmenso Jack Johnson para perder la pelea después; Luis Angel Firpo, "El toro salvaje de las pampas", que de un puñetazo sacó fuera del ring a uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos: Jack Dempsey, "El demoledor de Manassas", nacido acá cerca -Montrose, Colorado- para luego, igual que Ketchel, ser apabullado; Oscar Bonavena que tiró a la lona a Cassius Clay, como nadie lo había hecho antes... con el mismo desenlace. Sam Langford, Harry Wills, John Sullivan y Gentleman Jim Corbett...

Había un libro -le pregunté a mi padre si todavía estaba-, de tapa empastada roja, editorial Herakles o Heraklion: "Los colosos del boxeo", de autor que he olvidado. Allí me embebí con historias de todo: nobleza y cobardía, ilusión y realidad. Jack Sharkey era vendedor callejero de helados hasta que le robaron y aprendió que sus puños eran armas. Lástima que sucumbió al juego sucio de la mafia, la misma que elevó a la cima a un peleador mediocre como fue Primo Carnera, quien fuera finalmente avasallado por un talentoso y peligroso púgil: Max Baer. Ahí nos remontamos a Jim Braddock.

El capítulo sobre Braddock en "Los colosos del boxeo" se titulaba "El Hombre Cenicienta", apelativo inventado por un periodista para retratar la asombrosa recuperación de este atleta caído en desgracia. De ser promesa, decayó por mala suerte y fracturas en la mano. La depresión económica del 29 no hacía la vida fácil para la mayoría y un boxeador carente de su instrumento de trabajo, sus puños, estaba condenado. Una circunstancia fortuita, la necesidad de llenar un espacio vacío con cualquier boxeador, lo devolvió al cuadrilátero, como ocasión única ya que le habían revocado la licencia. Su entrenamiento en los muelles de Nueva York descargando algodón más su amor propio lo hicieron ganar en un encuentro que se daba por descontado. De allí en ascenso, el triunfo decisivo ante John Henry Lewis, excelente deportista de color, y otros le valieron la oportunidad de enfrentar al pugilista judío Max Baer, técnico y brutal -había ya matado dos hombres en combate. Baer era individuo alegre, mujeriego y parlanchín; mimado. Braddock, por el contrario, venía del fracaso, del hambre, del proletariado. En él se juntaron las aspiraciones de sus iguales, los pobres, y, mientras fue campeón, gozó de gran popularidad. Había conocido el éxito y se hundió en la peor miseria. Y ahora regresaba, rutilante como las luces de los estadios de entonces, como un apóstol del valor, hecho del que se agarra Ron Howard para crear la consabida historia del "sueño americano", actitud que le ha sido criticada, pero que cabe en una película que sin ser maravillosa es altamente emocional. Finalmente cine es entretenimiento y eso concede Ron Howard, mucho y emotivo. Russell Crowe quien interpreta a James J. Braddock, "el orgullo de New Jersey", hace un buen papel, igual que Renée Zellweger como su esposa. Pero quien sin tener el rol estelar es el que mejor actúa es sin duda Craig Bierko, haciendo del desenfadado Max Baer.

"Cinderella Man" es una buena película; resulta elocuente y para algunos, por qué no, ejemplificadora.
09/06/05

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), 12 de junio, 2005
Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), 19 de junio, 2005

Imagen: Peleando con Max Baer

Norman Bethune y Oskar Schindler


Dos películas. Una reciente, la de Steven Spielberg, y la otra de un director Tillis, de la década del 80. Dos excelentes actores: Liam Neeson, que hace de Oskar Schindler y Donald Sutherland de Norman Bethune. Como para alegrarse de que el viejo arte de la actuación sigue siendo vital y que sin ellos, estos hombres de carne y hueso y gestos como cualquiera, la cinematografía no existiría.
Oskar Schindler, el industrial checo germano sobre quien Spielberg hizo su película, era un hombre de méritos valiosos sin duda. La poco usual ortodoxia empleada por él, y eso de ir convirtiéndose en santo a pesar de que la santidad no fuese, como supongo, su inicial objetivo, tienen que ser apreciados. Se puede discurrir muchísimo acerca del asunto, hasta dónde el hombre es lo que es, hasta dónde lo que quiso ser y hasta cuándo lo que pregona ser. Así con Schindler. La posibilidad de un pronto enriquecimiento por medio del trabajo esclavo de la población del ghetto era una muy seductora idea, sobre todo en una persona ambiciosa como él. Pero, circunstancias especiales y lo que podemos suponer solamente -un corazón blando-, lo obligaron a pasar de una lucrativa idea económica, de provecho personal, a una empresa de salvamento colectivo. Las fábricas de Schindler permitieron sobrevivir al genocidio nazi a un número de judíos que no lo hubiera logrado en otra situación. La verdad o falsedad de los hechos es ya irrescatable.
La mente de Schindler nos viene de segunda o tercera mano. Pasa de los supervivientes a sus hijos, de allí al documentador, al literato, hasta el director de cine. Oskar Schindler adquiere dimensión por y gracias al arte. Un hecho valiosos y aislado como el suyo se masifica, se populariza y su imagen aparenta ser quizá más grande de lo que realmente fue. Ese es un defecto del cine y los medios de comunicación de masas, priorizar y agigantar algo posiblemente muy pequeño para ser esencial. No quiero desmerecer su figura. Pero el poder de la sociedad de consumo, de los Estados Unidos, el inmenso bagaje económico de la etnia judía en este país, que domina el ámbito cinematográfico de Hollywood, entre actores, directores y productores, puede lograr lo que quiera, hacer de un oscuro personaje como este industrial alguien aparentemente muy importante. Su nombre, así como el del criminal de guerra Amon Goeth que supervisaba el exterminio judío en Cracovia, han sido recién destapados para la historia. Es algo significante, productivo, indagar lo histórico en detalles ignorados porque la suma de ellos nos dará una mejor perspectiva del total. Mi único descontento es que se realicen obras así, como esta excelente película, persiguiendo fines parcializados o políticamente "aceptables". Steven Spielberg es judío y los Estados Unidos permiten historias relacionadas con el drama de este pueblo. Se da dinero para ello. No se lo daría para filmar la memorable vida de Ho Chi Minh, poeta y revolucionario, en su grandeza, porque ello atentaría directamente a los "intereses nacionales" de los EUA y sería calificado como propaganda comunista. Ningún cineasta, a no ser Oliver Stone o alguno que otro independiente, se animaría a hacerlo. El riesgo es grande. De allí que es mejor invertir millones en ejemplificar una vida que fuera de sus íntimos atributos humanos es, históricamente, inimportante. Por ello hago esta comparación entre dos películas: "Schindler's List" y "Bethune"; entre los filmes, repito, porque entre los hombres, Norman Bethune y Oskar Schindler no hay comparación posible.
"Bethune" es un filme que carece de la grandiosidad de "Schindler's...". Y ni para qué hablar del presupuesto. Sin embargo no podemos negra que la película de Steven Spielberg es una joya de cinematografía, mientras que la otra no. Claro que Donald Sutherland, actor inglés, la prestigia con su calidad. Y, por supuesto, la epopeya del médico canadiense Norman Bethune es de por sí suficiente para interesar.
Norman Bethune fue un hombre brillante, controvertido, dominador. Caótico e intransigente, su vida personal se agita entre la miseria, la aristocracia, el amor y el genio. En un momento dado opta por la lucha social y milita entre los comunistas; detalle sin importancia porque su desenvoltura, honradez, sobriedad para encarar los problemas vitales distaba mucho de ser dogmática. Era más que un buen comunista, un buen hombre. No recuerdo las palabras de Mao Zedong, que todavía se llamaba, allí por los años setenta, Mao Tse Tung, sobre él. Era una página, quizá dos, que el gran chino había dedicado a la memoria de Bethune, el occidental más relevante de la revolución china. Murió practicando la medicina, en medio de campesinos soldados y enfermeras revolucionarias. Le levantaron una estatua, ni sé dónde, y desde el pedestal rocoso aún presume de hombría.
El fin de mi artículo es más bien crítico. Si bien aprecio el buen cine, creo que los artistas, directores entre ellos, deben pugnar por desenmascarar la historia, no caer en el juego del capital que permite sólo lo que no lo daña. Digo, no siempre, pero alguna vez. El criterio del arte no debe ser didáctico sino iluminador. No tratar de enseñar reglas de conducta sino sugerir. Ya que hay tanto dinero aquí, por qué ese silencio. Hombres e historia esperan para ser contados. Relatar el sujeto de Schindler es interesante. Es tiempo de contar hechos y personas más destacables. La gente se beneficiará, así les duela a los ocultos dueños del mundo que hacen prestidigitación con sus marionetas gubernamentales.
Aurora, 1997

Imagen 1: Monumento a Bethune en Montreal

Thursday, December 30, 2010

La saga de Adolfo Cáceres Romero


Ante mí tres documentos autógrafos:  de Antonio Alvarez de Arenales, Jujuy 1824; del cura Gorriti y Martín Güemes; de Beruti, uno de los hombres de mayo 1810 en Buenos Aires.  Joyas documentales suficientes para imbuirme más del espíritu de la época que me ha traspasado la última novela de Adolfo Cáceres Romero: "La saga del esclavo".
Antes de penetrar en los rincones del texto me gustaría apreciar, como lector y como autor, el monumental esfuerzo del escritor orureño, cochabambino por adopción.  Quince años para fundar una obra no son pocos.  Quince fueron los años de lucha del Alto Perú para deshacerse, al menos en apariencia, del dominio godo. Mucho tiempo para perecer o vencer en una contienda justa y mucho para trazar de nuevo una historia reinventándola y añadiendo como sostén imaginario la riqueza de la ficción literaria.
Cáceres Romero alega no estar del todo contento con el objeto creado.  Comprendemos su desazón, que sólo la muerte arrebata del artista en su mística o intelectual búsqueda de convertirse en divino.  Los recovecos del arte y de la literatura en especial representan un prometeico afán de dominio.  La posibilidad de jugar con letras y palabras carga en sí un sino cabalístico.  Anotar en página en blanco multitud de signos que al observarse tienen sentido, equivale al manipuleo anciano de un rabino de Praga escribiendo sobre la fría arcilla de una figura antropomorfa el nombre secreto de Dios.  No importa si Adolfo piensa no haber logrado suficiente.  Ya producido, su libro se le escapa de las manos y no es un hijo pródigo;  un libro jamás vuelve a su autor.  Ya pertenece a todos. 
Cualquiera observará, como casi siempre sucede en novelas de tipo histórico, o relacionadas a este género en parte o partes de su totalidad, la existencia de historias paralelas.  Vargas Llosa lo logra admirablemente en "La guerra del fin del mundo" y decae en "La fiesta del Chivo" donde el relato ficticio carece de fuerza suficiente como para mantenerse, mientras el sector histórico se torna dramáticamente atractivo.  "La saga del esclavo" cuenta también con tal característica.  Sin embargo la línea de separación entre ambas corrientes es tan tenue que no necesita exigir el texto para unirlas.  La saga de Francisco, zambo liberto, asesino de su amo más por piedad que por angurria o rencor, se plasma en la del conflicto independentista de América, hecho fundamental que amalgama las fuerzas rebeldes al principio y culmina con la separación violenta en el auge del triunfo decisivo. 
Comienza el escrito con el doctor Juan José Castelli entrando en la VIlla Imperial de Potosí.  Llega cargado de la aureola jacobina que lo descolló entre los representantes de la Junta Revolucionaria de Buenos Aires.  Estudiante de Charcas, igual que Mariano Moreno y Bernardo Monteagudo, no dubitará un instante en cuestionar incluso a sus antiguos protectores en nombre de la luz que significara la revolución.  Viene de fusilar a Liniers, héroe de la resistencia durante las invasiones inglesas.  Trae consigo las instrucciones precisas de Moreno de arrasar con cualquier conato de oposición.  Y lo hace bien, no tiembla ni se mea en los pantalones como Domingo French a tiempo de dar el pistoletazo de gracia a la cabeza del virrey.  Con ese halo homicida hace un alto en el paso cuyo destino tiene Lima y la destrucción del poder español en América.  Cáceres Romero ahuma las páginas de ambiente heroico. No en vano se vale de citas homéricas y persigue la sombra de Virgilio y su "Eneida" para lograrlo.   En el instante en que Monteagudo se acerca a los cuerpos colgantes de Francisco de Paula Sanz, el presidente Nieto y el general Córdova, ajusticiados por Castelli, y habla con ellos -dialogando con la Historia- no dejo de pensar en imágenes de Ilión sangrante, de guerreros teucros o argivos en albor de eternidad. 
Me alimento de imágenes y el novelista las da con largueza.  A pesar de que afirme que ésta es su versión de la historia, sabemos bien que no podríamos revivirla al detalle y que por fuerza la escritura debe cargar consigo el espíritu creador del que escribe.  Asunto que no lo desconecta de la realidad y menos lo descalifica.  Haberse consustanciado por tres lustros con las costumbres de la época, leyendo el árido contenido de los documentos antiguos, refigurando -aunque fuere trasfigurando- personajes notables es logro mayor.  Su arte consiste en dar vida a esas secuelas borrosas del pasado, crear en el público animadversión o simpatía; obligar a tomar partido.  De seguro que para algunos "La saga del esclavo"  será el único y definitivo acercamiento a los avatares del primer ejército auxiliar argentino en el Alto Perú, nominalmente a cargo del general Balcarce pero con Castelli dirigiendo.  Momentos del tiempo que no se debieran perder y que difícilmente resultan atrayentes en las aulas escolares.  El escritor se torna así en maestro;  vivifica el polvo, desentume las máscaras del recuerdo y presenta la posibilidad concreta de ahondar en motivos íntimamente ligados a nosotros.
Aparece el insoslayable Goyeneche y su sanguinario lugarteniente Imas.  Se mueven en la noche helada del Desaguadero degollando las avanzadas patriotas para terminar con ese ejército que con sus desmanes, a veces justificados, a ratos no, se ha ganado el repudio de la población criolla y hasta de la indígena.  El clero ha sabido hábilmente convertir esta lucha en guerra de religión.  Monteagudo, como pocos, se ha ungido de un aura de maleficio cuando en un momento de éxtasis moderno lanza una arenga hereje desde el púlpito de la iglesia de Laja.  Ese ejército, sobre todos los demás que vendrían, se destruye a sí mismo, en un patrón desgraciado de las tropas auxiliares "abajeñas".  Cabe, pero, no olvidar el decreto que Castelli emite en Charcas liberando al indio de servidumbre, además de otros de inconcebible pasión revolucionaria.  A pesar del júbilo por la derrota de Castelli en Guaqui, el hecho resultó fatal para la región.  Si bien Juan Martín de Pueyrredón desfalca la Casa de la Moneda potosina, en claramente previsible y comprensible estrategia bélica, igual lo hará Goyeneche que carga de la Villa de Carlos V con todo el platerío de las casas de oración.
Hay, y lo habrá luego, desdén de las fuerzas argentinas por sus camaradas "alteños".  Balcarce niega mando al bravo Manuel Ascencio Padilla que asoma en Tiahuanaco para ayudar a enfrentarse al enemigo;  lo mismo hará Rondeau con el guerrillero Camargo, según cuenta Pacho O'Donnell en su obra histórica. Castelli pagará caro el fracaso militar. Terminará sus días en la cárcel, consumido por un atroz cáncer de lengua, visitado por su siempre fiel Monteagudo. Al respecto se puede leer la admirable novela de Andrés Rivera, "La revolución es un sueño eterno", donde en la boca enferma de Castelli el alto Perú, hoy Bolivia, adquiere sustancia mítica.
Francisco, Juan, Eudolinda, Isabel, el maestro Moisés, Mariano son el grupo de personajes que antecede y luego se agita en la batahola de la revuelta.  Su papel concede humanidad no sólo al texto sino al hecho histórico.  Forman una suave y necesaria alternancia entre la estremecedora épica.
Retorno a las imágenes de Adolfo Cáceres Romero que me han quedado grabadas. No puedo decir que ellas sobrepasan la historia que está hábilmente -bellamente- entrelazada pero que representan algo a lo que concedo alta estima.  Adolfo las ha trabajado con esmero y se lo agradezco.  "La saga del esclavo" es una novela completa, amplia y suficiente para todo gusto, un ejemplo latente de ardor literario, ajeno al facilismo de ciertas temáticas de moda. 
Exijo como lector, y debiéramos exigirlo en conjunto, libros semejantes que nos recuerdan, además de hacernos pasar agradables momentos, quiénes somos y hacia dónde vamos, que en esos fantasmas penumbrosos de a caballo que guía el coronel Francisco del Rivero en la debacle de Guaqui sepamos reconocernos.  Ese será el mejor aplauso a la saga de Adolfo Cáceres Romero.

4/4/06

Publicado en Ataralarata (Cochabamba), 2006

Imagen 1: Portada de la novela
Imagen 2: Mapa de la batalla de Guaqui, 20 de junio, 1811

Wednesday, December 29, 2010

Diálogo en Bosnia/ECLECTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Había un puente en Mostar, en la Herzegovina, que contra toda lógica se alzaba encima de las aguas del Neretva en un arco con un medio punto que hacía de vértice sobre el vacío. El Stari Most o puente viejo había sido declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO y representaba lo mejor del arte clásico otomano en los Balcanes. Permaneció allí flotando por más de cuatrocientos años hasta que en 1993, en medio del horroroso conflicto yugoslavo, los nacionalistas croatas de Bosnia lo hicieron volar. El puente servía de unión entre los barrios musulmán y croata de la ciudad. Su destrucción dejó un espacio donde no pueden ya encontrarse los hombres. Las piedras talladas yacen en el fondo del río, como sarcástico ejemplo que aquello que se construye por siglos la Bestia lo diluye en instantes.

En un país multiétnico como Yugoslavia, los puentes eran simbólica alianza, al menos interrelación, entre quienes convivían. De allí que la más grande crónica literaria yugoslava, escrita por Ivo Andric, trate de la historia de un puente sobre el Drina, en la casi mitológica frontera entre Serbia y Bosnia, en una villa de nombre Visegrad. Puente-personaje, nexo y razón de socializar; posibilidad de existir. Sin puente queda un río, literal separación de partes con las secuelas que trae esa desunión: incomprensión, hambre, guerra. Sabiéndolo -quizá- los nacionalistas se cebaron sobre ellos cortando absurdamente sus propias probabilidades de sobrevivir.

Jamal Brakmic, amigo bosnio, me presta un filme: "Gori Vatra (La mecha)" (Pjer Zalica/Bosnia-Herzegovina, 2003), ganador de premios en los festivales de Zagreb y Marrakesh. Comienza con un inusual diálogo, en un patio anochecido, entre un padre bosnio y el fantasma de su hijo desaparecido en la guerra. Los otros hijos lo observan desde la ventana sospechando sinrazón. Locura es, a no dudar, en estos tiempos, intentar preservar el pasado como parte del presente. El padre pregunta al hijo si está bien, si vive acompañado ¿arriba o abajo? Abajo, le contesta, arriba no hay nada. ¿En Serbia? Así creo. Después del fin del mundo, de lo que fue y no será, la vida comienza a ser un interlocutorio de espectros. El padre en cuestión deambula por la posguerra con el sólo objetivo de hallar a su hijo, de liberarlo de la prisión de la muerte. Sentido de angustiosa orfandad. Nada más permanece que lo poco que podamos rescatar con la memoria. Todo alrededor se ha derrumbado. Si todavía hay movimiento, escenas de vida cotidiana, significa que se adueñó de nosotros la ficción. Lo real es lo perdido. Aprehenderlo implica renacer.

Finalmente aparece el cuerpo enterrado del muchacho y se lo comunican al padre. Sin ya motivo de continuar, abre las llaves del gas y enciende plácidamente un cigarrillo. La explosión que para él retorna la vida, interrumpe la casi jocosa -por los detalles- visita de Bill Clinton a este poblado en Bosnia. Los norteamericanos huyen, tienen pánico de lo no previsto; con ellos se van ayuda y dinero. El padre reaparece, con el hijo muerto, ante el hijo vivo. Viste un alegre terno de fiesta, ha retomado su habla normal; sonríe. El hijo se alegra de verlos pero les pide que de ahora en adelante lo dejen en paz. Los espectros se miran, asienten y se esfuman en la felicidad imperecedera de ayer.
24/02/04

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), febrero 2004

Imagen: Escena del filme

Los jardines del Edén/ECLECTICA



En Caldea, a orillas del Indo, en el Golfo de Paria o en la Tierra Firme del almirante Colón situaron el Jardín del Edén, donde Eva, el eterno femenino de pecado y traición (así no sea cierto, para alegrarlas), sedujo al tonto de Adán y nos trajo desventura.

Algún criollo lo puso en Sorata bajo la sombra del Illampu.  Lo cierto es que nunca se encontró y a medida que pasa el tiempo y nos volvemos ambientalistas, este lujurioso y ficticio jardín se manifiesta como tierra de plantas y animales nuevos, o perdidos, ya no de humanos. La elegía de ser el dichoso lugar donde los hombres habrán de regocijarse con la naturaleza se ha transformado en el feliz entorno donde la naturaleza se festeja sola.

En diciembre pasado, diciembre del 2005 -año de guerra y desastre-, una expedición científica conjunta -norteamericanos, indonesios y australianos- exploraba la región de las montañas Foja, provincia de Papúa, parte indonesia de la gran isla de Nueva Guinea. A pesar de que las adversidades políticas para conseguir los permisos retrasaron el proyecto, finalmente se realizaba en un territorio plagado de lucha separatista y con una centena de miles de muertos en su haber. Ya en el terreno, el jefe expedicionario Bruce Beehler y sus acompañantes registraron la presencia de ignotas especies animales y vegetales, además de multitud mamífera que se consideraba ya en vísperas de extinción, como el caso de un amarillento canguro arbóreo muy raro.

En un área reducida, circundante al campamento, los expedicionarios anotaron una veintena de nuevas especies de ranas, cuatro de mariposas, algunas de plantas y otras de aves. Entre las últimas, multicolores pájaros meleros junto a aves del paraíso de seis crestas. La ausencia de insectos, según Beehler, fuera del reducido grupo de mariposas, se debe al tiempo de lluvia. Suponen abundancia de ellos en la temporada seca. La mayor parte de los dos millones de acres de este santuario natural de anciana selva tropical aún no ha sido explorada y quién sabe los prodigios que esconde. De allí la mención del Jardín del Edén, de un mundo perdido que excede la imaginación de Arthur Conan Doyle o la de Grisham y Spielberg.

Como aval expedicionario, miembros de las tribus locales Kwerba y Papasena participaron del descubrimiento. Existe la esperanza de que la magnitud del hallazgo lo preserve de la angurria de madera de los gigantes industriales de la región: China y Japón, pero también la superpoblada Indonesia.

La Red nos permite apreciar desde cualquier rincón las nuevas especies y participar efusivamente de estos rastros de esperanza: flores de seis pulgadas de diámetro, seductoras aves en ritos amatorios, un sapo de escasa media pulgada y variedad de palmas. Felizmente no hay caminos; el gran depredador todavía mantiene distancia.

No sólo Papúa nos llena de emoción estos días. En las aguas de los ríos Lacantún y Usumacinta, en Chiapas, México, se ha descubierto no una especie sino una nueva familia de peces-gato antes desconocida (ya suman treinta y siete ahora). Esta familia -Lacantuniidae- remonta su antigüedad al tiempo de los dinosaurios y su largamente elusiva presencia le ha ganado el sugerente nombre científico de Lacantunia enigmatica. Enigmáticos son estos milagros de la naturaleza que a pesar de milenios de sinrazón continúa maravillando. No otra cosa es el minúsculo pez, cuyo descubrimiento se anunció hace una semana, nativo de las marismas de Indonesia, de 0.31 pulgadas de tamaño, lo que lo hace el más pequeño conocido, y que ha sido designado con el nombre de Paedocypris progenetica.

Para continuar con algo que ya parece mágico regalo de principio de año, el Canadá ha decidido preservar cinco millones de acres de selva lluviosa atemperada en su costa de la Columbia Británica, la mayor extensión en el mundo de este tipo de floresta original, con árboles de hasta mil años. Es el bosque del Gran Oso, donde habita la etnia Gitga que relata en forma de mito la presencia de osos blancos entre los osos negros. Se debe a un gene recesivo, "algo" que según los nativos hace que uno de cada diez osos negros sea albo, siendo éste un "oso espíritu" cuya presencia asegura la persistencia de la tribu y del entorno de fiordos, vegetación y abundancia.

La decisión proviene de un acuerdo entre el gobierno, líderes tribales y compañías madereras que han comprendido la importancia de no cortar en bosques semejantes, gracias al sabotaje realizado por consumidores adoctrinados por ambientalistas para no comprar productos del lugar.

De Papúa, Chiapas, el Gran Oso, Madidi, Manú, Darién, Isiboro-Sécure, nombres como invocación, emana un halo vivificante. No lo extingamos.
8/2//06

Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), febrero 2006
Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), febrero 2006

Imagen 1: Smoky Honeyeater
Imagen 2: Rana de árbol

Tuesday, December 28, 2010

Cochabamba, el jardín secreto


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A mis hijas, Emily y Alicia

Mientras anochece, bajo de Villa Moscú, tuerto como estoy, hacia el centro. El crepúsculo pinta los eucaliptos, a la izquierda, hacia el Mirador. Frente a mí los tenues cerros que guardan Santiváñez y otros pueblos.


Con un ojo tanteo el pedregal para no caer. Y me siento un rato, no lejos de casa, en un baldío donde jugamos, las dos y yo, con nuestro perro niño.


Aún están los círculos que con piedras hicieron. Las pequeñas muestran las manos de Alicia; las mayores las de Emily. Y el padre, con el perro Rufford en las faldas lee un libro de Cieza de León. Simple y tranquila tarde de domingo en Cochabamba. Con pastos purpúreos vamos haciendo los techados de míticas casas. O ramos, "para entregar a mamá", que coleccionan ustedes como flores. En las grandes construcciones arriba parece no moverse nada. Estamos solos. El perro se quedó quieto; hasta él cree que ha hallado por fin a su familia, y que así envejeceremos todos, mirando Cochabamba, contando las rocas que traen las niñas, una a una, y ponen en fila, fronteras que impedirán la venida del mal, el paso de las hormigas rojas que corren alrededor buscando comida.


Al medio levantamos un círculo de piedras más grandes. Ese será nuestro centro de acción, el principado, porque de príncipes, lastimosamente, se hacen las imaginaciones infantiles. Un par de terrones serán los guardianes y pondremos al perro cerca para que sea nuestro dragón café. Pero comienza a anochecer y debemos irnos. Las tierras se han quedado sin gente, ya ni los fantasmas de los conquistadores del Perú han de poder andar en tal penumbra. Las luces de la ciudad crecen y Alicita me pregunta en medio castellano si esa es Cochabamba. Le digo que sí y me responde, provocadora: "is my Cochabamba". Lo sé; en el silencio de Denver, cuando la noche parecía más oscura y las únicas luces eran rojo-azules, de autos policías, les afirmaba, antes de dormir, que en mi país había pueblos fantasmas, que los duendes caminaban por los tejados de la casa de un tío abuelo, y que, además, recordando Roboré y hurtándole un sueño a García Márquez, llovían mariposas amarillas. Ellas dormían en asombro, pensando sin duda en sus abuelos bolivianos, no en la abuela otra, de Denver, que quería obligarlas, desde niñas, a tener dos religiones, y a comer una cucharada de arroz en el almuerzo, para "empezar la dieta desde la infancia".


Se sucedieron días y noches. Una linda escuela, entrada muy en los eucaliptos. Llantos y sonrisas decían que todo iba bien. Una tarde nos fuimos por detrás del colegio. Descubrí los añosos árboles de mi propia niñez, el polvo que a pesar de todo era el mismo polvo de los bordes del canal de la Angostura. Había basura esta vez, pero la memoria estaba ciega para pensarla. Así que entré en voz a la mente de mis hijas y me imaginaron, en la vieja bicicleta de mi padre, buscando un Dorado donde podía plantar el vehículo y sentarme a creer que un día habría de tener esposa e hijas para traerlas conmigo en bicicleta. Y, como Borges, mirando el lugar, deseé estar allí, con ellas, estando en ese instante allí y con ellas.


El almuerzo era exclusivo, de mis hijas y mío. Los tres caminábamos a una pensión arriba, y comíamos asado a la intemperie, rodeados de plátanos, helechos y muchas otras plantas. Jugaban a la selva, a los lobos que venidos de los videos del "Jungle Book", de Kipling, se escondían no lejos. Luego retornábamos a casa. Si hacía una siesta, me despertaban y exigían mirar, por centésima vez, "The Lord of the Rings", o las crónicas infantiles de C.S. Lewis que las encantaban. Al fin era jugar a los trolls, a los goblins, y Alicia siempre finalizaba de aliada mía contra Emily, hasta que papá ocultaba la cabeza, anunciaba la llegada de Mr. Hyde y, con alborotados cabellos, las hacía correr hasta su dormitorio.


Llegaba un día, cualquiera, la hora del baile. Emily imponía que pusiera en el tocadiscos una vieja canción de los Beach Boys cuya línea principal decía "I wanna go home", "quiero ir a casa", y que Jenny odiaba particularmente porque decía que era una canción de triunfo ("mi" triunfo consistía en habewr conseguido mantener a nuestra familia unida). La hija mayor, inconscientemente, había adoptado tal música para afirmar lo que quería su pequeño corazón: estar los cuatro bajo el mismo techo. Después las dos danzaban desde canciones de Walt Disney hasta música escocesa del siglo XVII. Emily me pedía que me retirara y la dejara sola cuando era Brassens el que cantaba. La dejaba en su ensueño e iba a prepararles un poco de leche. Comida, juego, baile habitaban las diarias horas de mediodía a tres de la tarde en que permanecíamos solos.


Cochabamba, terrosa y sucia, significaba un secreto jardín para los tres. El patio de atrás había sido alguna vez taller mecánico. Entonces ellas reunían pistones, resortes y piezas desconocidas. Universo diferente. No era Estados Unidos. No la lujuria del dinero, ni los perfectos parques en los que el niño no podía ya imaginar nada. No podían mis hijas soñar un túnel porque ya había dos, o un riacho porque allí estaba. O un puente colgante, o un precipicio. En cambio, en este desordenado patio, los trozos de una antena de televisión podían ser aviones para Emily, y silentes víboras para Alicia. Había además insectos, que la hija menor guardaba de a uno en su cuarto, para mascotas. La mañana antes de que se perdieran, al regresar de la escuela, Alicita me dijo llorosa que había perdido en su clase a su "baby bug", una pequeña waka-waka café que encontró dentro de casa dos días atrás...


La ida a la escuela. Vestidas iguales, con sus impermeables morados, de la Navidad del 95, o con los vestidos nuevos que les trajeron los abuelos. Jugando en el patio delantero, sobre el tablón y cortando cada flor que osaba nacer la noche anterior. las dos con sus mochilas listas para la aventura de un viaje de media hora. Emily siempre agitando la mano hacia mí mientras el bus se iba. a las doce y media volvían, cansadas, con los trabajos prácticos que habían realizado: una jirafa en palo de helado, pequeños monstruos, tronco y piernas, que la pequeña afirmaba éramos nosotros. Una sesión de tiza de colores sobre nuestra vereda, las manos lavadas y luego a almorzar. El 17 de octubre, último día cochabambino, me hicieron dibujar un árbol de Navidad. Pusieron una caja grande de regalo a su madre, una horizontal para Alicita, un caballo de juguete para Emily, una camisa colgada para mí, un hueso con rosón para el perro. Sabían que ese árbol no podría ser. Lo presintieron. Emily, antes de partir yo para Sucre, me dijo: "Papá, llévame contigo, si tú te vas nos quedaremos huérfanas". Prometí volver en dos días y dos días se han convertido en infinito.


Las busqué. En el polvo fatigoso que los camiones dejaban en el nocturno camino de Chuquisaca, en un teléfono desaparecido, en una luz sobre Puente Arce. El dolor de Aiquile y su catedral sombría. El no sueño, Santa Cruz, La Paz, un bus que se va y se va por Arequipa, el postrer rastro de sus nombres, mal escritos, en una terminal paceña de buses, gentes, lágrimas.


Y ya no puedo cuidar el jardín secreto, se hizo demasiado grande. Los traviesos fantasmas no desean jugar con un hombre triste. Los fierros del patio se cubren de herrumbre y las fronteras que nos protegían, en el gran lote vecino, permiten pasar a innúmeras hormigas rojas cazadoras. Rufford, nuestro perro, se ha casado y se marchó a Santa Cruz. La casa se empolva y duele tirar a la basura un pequeño borrador partido de los dibujos de Alicia o las medias rotas con que Emily vestía a su muñeca.


Y uno quisiera morirse, como del rayo, como Ramón Sijé, pero no puede.


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Publicado en Los Tiempos Cultural (Cochabamba), 10/11/96

Coleccionando Simón Bolívar/ECLECTICA


Cincuenta mil sellos postales, o estampillas si prefieren, dan la posibilidad de intentar variantes dentro de una colección filatélica, especializarse en tópicos, separar por temas, formas y cualquier deseo imaginable. Con el tiempo, aparte de los álbumes dedicados a países, opté por juntar aves, mamíferos, reptiles y batracios, insectos, pintura y pintores, escritores y obras, dando como resultado excepcionales muestras de arte gráfico y multitud de referencias biológicas, literarias, geográficas y todo lo que se quiera, y pueda, hallar en esos minúsculos universos que vuelan por carta sin concepción de espacio, distancia o divisiones políticas. Como si en la filatelia se hubiese resguardado, más que escondido, la utopía.
Reunir escritores exigió más tiempo. Es fácil diferenciar a un cóndor de una foca, pero no tan simple decidir si el retrato impreso es el de un escritor, un presidente, quizá un músico. Hay casos obvios como Shakespeare y Tolstoi; otros como Camões y Senghor todavía eran fáciles, pero cómo adivinar que Camilla Collett, en sello noruego, escribía o si Bastos Tigre y Hugo Foscolo hacían poemas. Detalles resueltos hoy pero que se renuevan ante la aparición de alguna otra misteriosa imagen con apariencia escritora.
Hubo posibilidades truncas como hacer una colección de historia latinoamericana y la disyuntiva de poner a Luis Somoza junto a Mariano Moreno o a Bánzer con Belzu. Además de la impresionante cantidad de sellos que llevaría una vida clasificar aparte de aprender detalles de cada personaje. Me decidí por uno: Simón Bolívar.
Los correos de las naciones bolivarianas crearon el mayor número de emisiones con la imagen del Libertador. Venezuela continúa siendo la más prolífica. Colombia tiene a Bolívar en muchísimos sellos pero, despertando pasiones y rivalidades antiguas, también a Santander. Sin negar la grandeza del venezolano, Colombia aclara su aporte "nacional" a la independencia. Panamá, en vano intento de desligarse de Colombia, a instancias, favor y presión de Norteamérica, no ha sido dadivosa con el hombre. Ecuador, Bolivia y el Perú cuentan con algunas estampillas, no tantas como debieran, por razones diversas. Ecuador fue apéndice de la gran Colombia, Perú se divide con el aporte de San Martín y Bolivia apenas debió su creación a un exceso de vanidad de Bolívar lo que nunca quedó bien entre altoperuanos.
A tiempo del bicentenario de su nacimiento el mundo entero se sintió en el deber de honrarlo, o, en su figura, honrar las naciones que lo reclaman como su representante. Estados Unidos no, aunque en la sede de la OEA, en su capital, hay una estatua ecuestre del caudillo. Cuba, Rusia, España, Argentina, México, Brasil y hasta la India emitieron sellos conmemorativos. Su país, Venezuela, toda una serie que incluye su infancia, su familia, maestros, amigos, camaradas, preciosos cuadros de las batallas de Boyacá y Carabobo, el Congreso de Angostura y Simón Bolívar en la cumbre del Potosí.
21/10/03

Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), enero 2003

Imagen 1: Sello postal venezolano (2001) conmemorando la Batalla de Carabobo (1821)
Imagen 2: Sello de la URSS (1983) celebrando el Bicentenario de Simón Bolívar

Monday, December 27, 2010

Bierce, el gringo viejo/ECLECTICA


Releyendo, en las largas horas de viaje, "Gringo viejo", de Carlos Fuentes, me puse a pensar en la casualidad que me llevó a descubrir a Ambrose Bierce, la fuente inspiradora del autor mexicano, y uno de los más adecuados -diría- no favoritos, escritores de mi juventud.
"El club de los parricidas" me introdujo a su obra con la lúcida demencia del dolor y del talento. Carlos Fuentes roza la personalidad de Bierce y alude repetidas veces a ese trasfondo doliente, controvertido, culposo e insolente con que el gringo viejo enfrenta la vida y busca la muerte en un México que como él mismo afirma significa, para un norteamericano, eutanasia. Sin embargo fracasa en darnos una imagen total del artista. Se pierde en una azarosa historia de amor entre un general revolucionario y una institutriz yanqui y se enfoca en esa permanente contradicción entre los dos países vecinos y la relación padre e hijo de cada uno de sus caracteres, haciendo referencia a los parricidas de Bierce. Este, que debiera según el título ocupar un lugar central en el texto, llega casi como un forzado aditivo para conjugar dos placeres íntimos de Fuentes: la historia mexicana y su amplitud literaria. Mas cuando hablamos de imágenes, la novela excede expectativas y muestra como reza la contratapa un admirable aliento fabulador.
La película -producción de Hollywood- desmerece al libro. Comenté que habían hecho una mezcolanza de acontecimientos reales de la revolución con intención de juntarlos en uno. El escritor mexicano, sobre cuyo escrito se inspira el filme, hace lo mismo pero al menos lo cubre con un argumento de mayor complejidad que no lo desenmascara de inmediato. Es al final de la obra que se descubre una trama que intenta impactar a un público extranjero, introducirlo a la sui generis idiosincrasia nacional. Fuentes, en mi opinión, juega al mercado y el texto se convierte en objeto de venta.
El tema es en sí magnífico, un renombrado escritor norteamericano que decide en su senilidad viajar al México insurgente en busca -ambos- del mítico guerrillero Villa y de la muerte. Cuando habla de que ser un gringo en México implica eutanasia, Bierce concede que su objetivo final tiene que ver con su fin. La ausencia de detalles sobre sus pasos ya al otro lado da suficiente espacio ficcional para Carlos Fuentes o cualquiera que necesite especular al respecto. Un autor que juega con la fugacidad de la vida, más aún con la ridícula comedia de vivir y morir, hace una correcta decisión de su refugio final, porque México es surreal como su obra, igual de inesperado que sus personajes, dramático y absurdo a la vez. La atracción que México ejercita en artistas de occidente tiene en todos tintes similares. Ambrose Bierce espera hallar en esa tierra lo que Eisenstein "descubre" en las piedras milenarias; o la seducción fantástica, narcótica en esencia, que Artaud tiene con los tarahumaras; e incluso la intelectualidad de Breton que sugeriría en Bierce un análisis preciso de por qué México sería buen espacio para morir.
Me obsesionaba, en 1984, con aquello. Lo muestra así una publicación de prensa, mínima, que se desarrollaba a partir del asunto de la extranjeridad y la eutanasia. Luego, lector abisal de las referencias al conflicto mexicano, y villista por adicción, además de aprendiz de escritor, no hallaba instante mayor en la historia de la literatura que el momento en que Ambrose Bierce cruza la frontera con su caballo y se encuentra con la feroz solitud del norte. Su meta: dos figuras que quizá, asociadas, son una sola. Para entonces ya Francisco, Pancho Villa, es legendario entre el público norteamericano. Y la muerte, medieval en la textura bierceana, espera mientras viaja con aquel que va a sacrificarse, no en la inercia de un suicidio, leve e insensato, sino en la audaz y recelosa cabalgata del futuro muerto y su ama: como lo es en Durero y se duplica en Bergman.
No sabemos si Bierce encuentra a Villa; no interesa. Ambos tienen ya marcado un destino trágico. Suponemos que lo logran en la muerte. A pesar de que los devora el polvo de México, país que no cambia aunque la sangre lave las piedras de manera constante, hay cierta alegría en su final. Desaparecido uno, asesinado el otro, Villa y Bierce pueden al fin establecer su diálogo de muertos. De fondo se pondría una toma de Eisenstein, multitudes de maguey, una serpiente azteca, la tonada de la Sandunga que dice que "tú no sirves para amores", que de nada sirve continuar.
20/7/05

Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), 24 de julio, 2005

Imagen: Ambrose Bierce

La biblioteca/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Encontrar un libro autógrafo de Ana María Matute en la biblioteca pública de Denver fue un hallazgo. Entre alguna muy buena literatura en español, latinoamericana pero también rusa, norteamericana, el voluminoso "Olvidado Rey Gudú" de la autora española. Edición numerada de tres mil ejemplares, éste el 1789, con la firma de la incatalogable Matute. De cómo y cuándo el libro llegó aquí, no lo sabremos. Habría ella pasado alguna vez por Denver -lo dudo- aunque la película "Wilde" (Brian Gilbert/1997) comienza con el poeta irlandés en la cavidad de una mina de Leadville, Colorado, como afirmando que esta parte del mundo no fue ni está tan olvidada después de todo. 

De Leadville conocí las calles, sus saloons donde cowboys de opereta aún llevan pistolas -descargadas- en el cinto; conocí su cárcel donde la largueza de las horas me permitió viajar la ruta de la seda en las letras del veneciano Marco Polo. De haber sabido que Wilde estuvo cerca hubiese romantizado mi estadía entre barrotes y noches con luz roja (como si los presos fueran prostituidos del tiempo).
Digresión afuera, la presencia de esta obra, mezcla de fantasía infantil, tragedia y mito, dio a los estantes del sector de lenguas extranjeras un aura especial. De por sí el ambiente es sereno y vacío. El tercer piso, donde se ubican los textos tratados, guarda algunos adormilados vagabundos que matan los días en la protección de las sillas: caliente en invierno y atemperado en el calor.

Al lado de Cortázar y Paz, de Góngora y Mallea, colecciones de minúsculas historietas mexicanas. Los espacios con obras de valor casi permanecen estáticos. Los volúmenes parecen nunca moverse. Lo contrario ocurre con los comics: las aventuras del Santo o Huracán Ramírez, de Capulina y Chanoc hacen las delicias del público. En el espacio dedicado al cine sucede algo similar: se prefiere al Gato de Chihuahua que a las películas de Arturo Ripstein. No hay juicio en lo que digo sino simple observación.

Ana María Matute, ganadora de los premios Planeta (1954) y Nadal (1957), publicó "Olvidado Rey Gudú" en 1996. No sería justo inscribir la novela dentro de la literatura fantástica del tipo que animó Tolkien con bastante anticipación, a pesar que tanto Tolkien como Matute se nutren de sus respectivas tradiciones, posiblemente convergentes en los ancestros celtas, y diferenciadas de manera notable en el estilo. La escritora nacida en Barcelona no alcanza los niveles de abstracción y profundidad del sudafricano profesor de Oxford; su intento se hermana con los cuentos de los hermanos Grimm, de H.C. Andersen y las fábulas de Charles Perrault a quienes dedica Gudú, sin eso implicar liviandad o pobreza literarias. Matute no necesita imitar. Sus musas y fantasmas valen de por sí.

Los marcapáginas que distribuye la biblioteca de Denver llevan una cita de Borges, así como la piedra fundamental donde se levanta el edificio: 'I Had Always Imagined Paradise As a Kind of Library." (Yo que me figuraba el Paraíso/Bajo la especie de una biblioteca). En ese edén de estantería y tropo el viejo anarquista Borges cobija a una niña y atormentada Matute, con sus príncipes y hechiceros, la reina Ardid y el rey Gudú.
06/04/2004

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), abril 2004

Imagen: Ana María Matute y Olvidado Rey Gudú

Beirut/ECLECTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El largo martirio de Beirut, parcialmente pacificada con la retirada del ejército judío no hace mucho, impidió apreciar la valía de esta ciudad como obra -y estilo de vida- artística. No en vano llamada la París del Oriente Medio, le debe a la urbe francesa un aire de sofisticación, el cual a su vez llegó a los franceses gracias a la cultura árabe, a la turca también, en las centurias en que el oriente influyó, hechizaba en realidad, al colectivo europeo; una suerte de pago revertido. 

La conquista y destrucción del infiel tenía como escondida ambición aprehender de sus exóticos rivales lo sofisticado de su entorno. Gracias a la lucha contra el Islam, los bestiales ingleses refinan sus maneras y enriquecen su decorado. Lo mismo los francos, más habituados a vivir entre caballos y ciertamente alejados del baño, que adoptan del enemigo, mientras se modernizan, artes de urbanidad. Beirut, entonces, viene a tener, como herencia doble, su espíritu ancestral añadido a su ser natural por la gracia de otras naciones.

Eso en términos que intentan abarcar una cronología tal vez demasiado extensa para el Beirut que se quiere retratar, antiguo de un siglo. Ciudad de poetas y músicos, de hetairas, alucinógenos y demás manifestaciones del vicio. Sodoma moderna que competía en esplendor con las rutilantes ciudades de Europa, con salones de baile y vajilla inmortal cuyo gusto y ejercicio tenía un sabor de aventura del que carecían las capitales del continente blanco. Construida en laberinto, con la dificultad arquitectónica sobrecargada de la vieja Fenicia, los ancestros más profundos, y de la no menos extrema construcción árabe superpuesta, el placer en Beirut se daba al fondo, después de sortear los arabescos y recovecos de sus barrios, callejones interruptos, ojivas y medias lunas. Villa de etiqueta y de cognac, donde los sirvientes, egipcios de fez y no de turbante, escancian el vino de la historia. 

 En el Líbano, el tiempo ha dejado largas estrías que desde las ruinas de ancianas aglomeraciones humanas, como Palmira -yendo hacia Damasco, o el imperio de la baja Armenia, Asiria y el helenismo paren una multifacética urbe de cara al Mediterráneo y sostenida por un bagaje cultural sin par. A ello se añade un mínimo aporte, aunque de agradables matices, del colonialismo francés, que fusiona con lo nativo la modernidad y crea en el oriente costeño una ciudad dual, con el sabor y la atmósfera semitas pero hablando francés.

Poco quedó de la ciudad antigua. La mayor parte se destruyó durante las guerras civiles de los 70. Las ruinas, que aún persisten, marcaron la división entre Beirut Este y Beirut Oeste, con las milicias musulmanas como dueñas del sector occidental y las cristianas del otro. En una película franco libanesa de algunos años atrás es la madre de las prostitutas de Beirut, que mantiene su negocio vivo entre ambos bandos, en un casi mítico refugio de una ciudad en guerra, la que dice que su ciudad no tiene sectores, que es única e indivisible, con una cordura mayor que políticos y guerreros que adjuntan a su atávica estupidez la soberbia de pensar que hacen historia. A la larga todos terminan en el burdel y recurrimos a Goya con sus descarnados dibujos para "El arte de las putas", de Moratín, donde se muestra a éstas arreando como asnos a la multitud de hombres: magnates y curas, pordioseros y generales, por igual. Durante la guerra, los autos que transportaban a meretrices y clientes se movían sin prisa por la tierra de nadie. Llevaban, colgado de la antena, un vistoso sostén de mujer que anunciaba a los francotiradores su negocio. Aquellos vehículos, como el alma maliciosa de Beirut, se respetaban.
13/07/04

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), julio 2004

Imagen: Centro de Beirut, de noche

Sunday, December 26, 2010

Las manzanas son de Kazajstán


Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Siempre, mucho antes que soviéticos y gringos miraran el desértico paraíso de Afganistán, soñaba con sus lechos secos de río, con árboles de damasco como pinceladas de color. Eso, además de la épica, que me contagió Homero, y la leyenda de la invencibilidad de los afganos en sus guerras con el mundo. Kabul, donde colgaban despojos de soldados del imperio británico de ganchos de carnicero, bullía en la marea diversa de sus calles, en donde no era extraño tropezar con la lámpara de los mil y un Aladinos del Oriente, o pisar las huellas de Alejandro, de Timur, recorrer con la mirada las piedras de Heródoto que siguen siendo las mismas en el Asia Central.

Y Afganistán es uno de tantos, de los Tajikistán, uzbekos, turcomanos, Bujara, Tashkent, Samarcanda, las alfombras que traficaba George Gurdjieff, las historias de Kipling, las huestes del Carnero Negro y del Carnero Blanco, los cosacos errantes, Julio Verne, Joseph Kessel, y ahora Robert D. Kaplan, y Christopher Robbins con su libro imprescriptible: "Apples Are from Kazhakstan (The Land that Disappeared)".

La historia comienza de manera simple, en un avión donde el autor encuentra un verborreico norteamericano de Little Rock, Arkansas, en viaje a Kazajstán, a conocer a su prometida por internet. Luego de una descriptiva charla y cuando van a separarse, el sureño le dice a Robbins: "y no se olvide, las manzanas son de Kazajstán".

Qué poco cuesta, al interesarse, comenzar a escribir una obra, que de manzanas, que en sí son un tema fascinante -no sólo porque supuestamente en ellas Eva, y las mujeres, causaron la desgracia de Adán y de nosotros, cargados de un pequeño y colgante rabo que maravillosamente nos hace sentir poderosos- se pase a asuntos de mayor peso como economía, política, historia, literatura.

Luego de leerlo, Kazajstán que era una escondida joya de la memoria, se anota hoy como parte necesaria de la ruta que he de trajinar, y de cuyos nombres me encantaría escribir sin descanso, desde la estepa de Karaganda, donde abonaron el frío miles de presos políticos, hasta las misteriosas montañas del Tien-Shan, o los verdores de Pavlodar donde mi amigo Yefim tiene una casa con un huerto de manzanos locales y una esposa fugada.

Inicia Christopher Robbins, por supuesto, con un recorrido por las especies de manzanas del lugar, que parece, en verdad, ser el origen de la fruta. De las manzanas se extiende por la geografía, las costumbres, algo de etnografía, bastante de culinaria, y capítulos magistrales sobre las estadías de Dostoievski, Trotsky y Solzhenitsin en el país, cada una de tres minibiografías que rastrean sus vidas por detalles casi desconocidos, con no sólo interés sino subyugante interés.

Trashuma por la mortecina luz del mar de Aral, seco, replegado, con el recuerdo de la orgía de peces que habitaba sus aguas, tanto que en la bandera presoviética de los cosacos del Ural (1918), se muestran picos montañeses decorados con calaveras de ciervo empaladas y como base un pez, del Aral, del Caspio, de un mundo que desapareció como era y que se funda de nuevo sobre lo que fue, en un raro equilibrio para la caótica región de la que es centro.

Robbins pasa buena parte de la obra en viajes y consultas con Nursultan Nasarbajev, presidente desde la fundación de la república kazaja. Aún desde un punto de vista imparcial se nota cierta simpatía hacia el líder, ampliamente señalado en el mundo por corrupción y violación a los derechos humanos. Robbins lo sabe, pero en sus viajes parece haber comprendido algo sutil de la existencia allí que justifica bajo razonamiento la presencia de un hombre que supo escurrirse entre los vientos destructores del fin del poder soviético, sobrevivir y sobresalir, y tener la inteligencia de desechar un poderío letal en armas nucleares abandonadas en su territorio. Eludir, tal vez y por encima de todo, el fundamentalismo en un país islámico y sobredotado en recursos, le permitió permanecer y ganarse aliados como los Estados Unidos.

Nasarbajev, con una visión similar a la que levantó Brasilia en el planalto, inventó Astana, hoy capital y ultramoderna urbe en medio de la más ignominiosa estepa, centralizando allí una dinámica que estaba demasiado hacia las fronteras. Astana reemplazó los antiguos nombres de Alma-Ata, Semipalatinsk y demás asociados a la historia de este gigantesco apéndice de Rusia y de la URSS, hoy autónomo.
18/12/2010

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Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 26/12/2010
Publicado en Semanario Uno #389 (Santa Cruz de la Sierra), enero, 2011

Imagen: La principal mezquita de Almaty

Tuesday, December 21, 2010

Jean-Michel Basquiat/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

a mi hija Alicia

Nada mejor que acomodarse para mirar la película (Basquiat) en calma. Julian Schnabel dirige, el mismo de Antes que anochezca, sentido acercamiento al poeta Reinaldo Arenas.

Ambos, Jean-Michel Basquiat y Reinaldo Arenas, se suman a esa exclusiva lista de artistas marcados por la tragedia como elemento vital de su existencia, una "maldición privilegiada" según escribiera Elena Ferrufino-Coqueugniot quince años atrás, pero letal. El juego de la "maldición" ha sido vilipendiado por la burda imitación del genio que hacen los mediocres, le ha quitado el sentido dramático y bello que tuvo en su mención de algunos poetas franceses en su inicio. Cualquier borracho con ánimos de arte intentó -y ensució- algo que era en realidad prístino obituario.

Peter Schjeldahl en un artículo dedicado a la actual retrospectiva que el Museo de Brooklyn hace de este gran pintor negro norteamericano, incluye un largo párrafo de Una temporada en el infierno, de Rimbaud. Porque, otra vez, la oscuridad, el efímero brillo, la muerte, y la resurrección en la valoración de su obra pone a Basquiat en la misma cesta que el prodigioso escritor. Como él, igual a él, iguales los dos, su gloria viene de su trabajo precoz, a los veintiuno. Luego el hastío, la necesidad del arte como justificación del talento, la pintura ya como trabajo, sin la complicidad del anonimato que llevaba a Jean-Michel a producir graffittis para más tarde en su meteórica gloria trasladarlos a la pintura con telas que son espacios llenos de palabras: caóticos, arrogantes también; trazos de hombre libre.

Viene a ser esencial la presencia en el momento de Andy Warhol (interpretado felizmente en el filme de Schnabel por David Bowie), gurú cultural del avant garde. Su relación con Basquiat guarda dejos de controversia. Una opinión joven, la de mi hija de once años, sugiere aprovechamiento de parte de Warhol, nutriéndose del talento en bruto del novel pintor. Por otro lado, su prestigio y extravagancia crean condiciones para el crecimiento artístico y económico de Jean-Michel. Son los años ochenta y la fértil irreverencia basquiana reanima la aletargada pintura norteamericana. Hoy, a casi veinte años de su muerte por sobredosis de heroína, sus cuadros -lo cuenta Schjeldahl- se venden por millones y se lo reconoce como notable influjo del nuevo arte y contributor al nacimiento del hip-hop. De dormir en cajas de cartón, con una botella de licor en la mano, disfrazada por bolsa de papel madera como obliga la ley en Norteamérica (hipocresía factual), a la súbita riqueza, Jean-Michel Basquiat lograba lo imposible. Schnabel lo retrata de niño frente al Guernica de Picasso, ensimismado más que entusiasmado, con la madre que llora -puertorriqueña de origen y esencia de sensibilidad; esa madre a la que visitará en el asilo, como buen hijo y mejor necesitado.

Le buscaron herencias de Picasso, Pollock y Dubuffet. Tal vez más cercano al francés que a nadie pero manteniéndose (Schjeldahl) siempre como un esencial artista gráfico donde el color, si lo hay, sirve de relleno a los espacios ya delimitados por el trazo. Sin desmerecer el inmenso arte de Warhol, a él como artista le faltó la dosis autodestructiva que eliminó a Basquiat, a pesar que a través de su obra y su imagen, parecía buscarla. A la larga, en casos como Basquiat, Van Gogh, Petrus Borel, Nerval y Rimbaud, morir semeja tener huellas sagradas, extremas y angustiosas. William Blake lo dijo mejor que nadie, que los tigres de la ira eran más sabios que los caballos del placer. Hay ira en Basquiat, desde la muerte intrínseca que todo haitiano lleva en sí; ira, desafío y placer: Jim Morrison balanceándose ebrio en una cornisa, jovial y venturoso, aunque desventurado.

Si olvidamos lo obvio del mercadeo y las finanzas, de la alta estima que el arte ha alcanzado como inversión, vale la pena rescatar la idea que este comercio nos ha permitido, hoy en el 2005, recuperar la memoria de amores nuevos, amores perdidos, como el mío, gracias a Alicita, por Jean-Michel Basquiat.
14/4/05

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), Domingo 24 de abril 2005

Imagen: Jean-Michel Basquiat/Autorretrato

Aquarela do Brasil/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ary Evangelista Barroso nació en Ubá, Minas Gerais, en noviembre de 1903. Huérfano, fue adoptado por su abuela que deseaba fuese sacerdote. Heredero de una herencia, se dedicó al estudio de derecho, mientras, ya desde pequeño, componía canciones. Agotada su fortuna trabajó como músico de cine y animador de fiestas en lugares públicos.

Mário Reis, importante figura de la música popular brasileña, aparte de contemporáneo fue compañero de estudios del joven Barroso, y el primero en grabar una de sus creaciones haciendo figurar su nombre como compositor. Versátil, hacía tanto sambas como foxtrots, que vendía a modestos precios a compañías productoras de discos. La suerte le llegó cuando sacó el primer lugar en un concurso de composiciones auspiciado por la casa Edison, en 1929. Dedicó su tiempo a ser locutor deportivo, músico por contrato, comentarista y director de programas radiales.

Su Aquarela de Brasil (1939) es quizá la canción brasileña más conocida fuera del país y de la cual se conocen diversas versiones. Carmen Miranda, que la tenía en su repertorio, alcanzó la distinción de ser la artista brasilera más cotizada en el exterior; ella interpretó muchas de las canciones de Ary Barroso junto a otros grandes como Francisco Alves y Sylvio Caldas.

Su época de oro abarca la década del 30. Podemos considerar sus composiciones como muestra de una naciente, y pronta a establecerse, clase media. Con el tiempo su popularidad se extendió a los barrios pobres que, a su vez, contaban con eximios representantes de la música; no hay que olvidar que la hoy famosísima Escola de Samba de Mangueira nace entonces, gracias al impulso de artistas de baja extracción como Cartola. Dos versiones del samba que no se contraponen: el nacido en la favela y el más sofisticado de Barroso. Ambos, sin embargo, indican la fortaleza del pueblo brasilero de soportar la miseria con cierta dosis de alegría. Barroso mismo incluye entre sus líneas una que dice que toca samba para olvidar la tristeza.

Los años treinta son decisivos para la formación del Brasil actual. Desde la caída del sucesor de Washington Luís, Júlio Prestes, por una asonada militar, hasta el ingreso de Getúlio Vargas temprano al gobierno y su posterior conformación del Estado Novo, mezcla local de fascismo europeo y progresismo. Una fallida revuelta comunista el 35 que terminaría con la detención y juicio de Luís Carlos Prestes y su esposa Olga Benario, que como judía y comunista sería extraditada a la Alemania nazi donde se la gasificaría en uno de los primeros prototipos de exterminio hitlerianos.

La vida del compositor Barroso aparenta ser ajena a los cambios sociales y políticos del país. Representa una imagen nacional que se quería lograr, el de un Brasil alegre, ágil y dinámico, pleno ante las perspectivas futuras. Nada mejor para mostrarlo que una personal variación de Barroso sobre "Una furtiva lágrima" -que cantaba Caruso- en ritmo de marcha tropical. Ante el decadente y lloroso viejo mundo, Brasil asoma con pasos de baile, tersa piel poderosa de mulato. 17/03/04

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), marzo 2004

Imagen: Ary Barroso con un micrófono de Radio Tupí, Rio de Janeiro

Paul Avrich, historiador del anarquismo/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Literatura e historia del anarquismo ocupan un espacio singular. Desde un casi casual encuentro con Bakunin, en la biografía de E. H. Carr, libro que siguió el destino de tantos otros y terminó en las intocadas bibliotecas de famosas mujeres de entonces, hasta los anecdotarios históricos de Archinoff y Maximoff, más obras de análisis para ya un total desencanto con la prédica marxista, esta literatura continúa abriéndose camino en la marea de libros que intento domeñar. Íntima e intensa mi relación con ellos.

 Mi hija se acerca hojeando "Life of an Anarchist", de Alexander Berkman, y me pregunta ¿papá, eres anarquista? Le respondo que quisiera serlo, que en la larga búsqueda quizá lo alcance, pero que el término se ha hecho a momentos tan ambiguo que difícilmente retrata lo que soy. Además, en los viajes de retorno a Bolivia me entero -sorprendido- de la abundancia del género, de movimientistas, octubristas, chinos, damas cariñosas y oligarcas que resultan ser ahora ácratas de siempre que me hacen parecer, en el furor de su verbo, un viejo mañoso con algo de reaccionario. Ser anarquista es una posición de vida y no una moda.

¿Por qué retornar al tema hoy? Días atrás, febrero del 2006, murió Paul Avrich, historiador del anarquismo. Recuerdo la portada de su libro "Los anarquistas rusos", en Alianza Editorial: el proceso de explosión de una bomba. Avrich enriqueció un sujeto al que yo dedicaba en el momento extensivo interés. Había incursionado en los detalles del populismo ruso, Herzen, leído todo lo que hallé de Bakunin, acabado y no completamente satisfecho con la visión que Piotr Kropotkin tenía de la revolución francesa. Teníamos en casa "El corto verano de la anarquía". Ese libro de Hans Magnus Enzensberger fue pivotal en el desarrollo de mi personalidad posterior, no en el sentido de enseñanza sino en el de ejemplo; no en la imitación pero sí en la importancia de permanecer fieles a uno mismo. Seguí con Volin, Rudolf Rocker, Max Nettlau, Anselmo Lorenzo, Malatesta, Eliseo Reclus y Ricardo Mella. Hurgué en Max Stirner que resultó tedioso.

Tuve la alegría de vivir semanas memorables con miembros de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) que conocí en París, y con quienes viajamos por tierra cruzando Francia entera, en un viaje que mi padre hubiera envidiado: Orleans, Bourges, Clermont-Ferrand, Narbonne, Perpignan, Barcelona... Nos reunimos durante la Internacional del 86 y decidimos el viaje a España sin proyectos de importancia. Castellón de la Plana, Valencia y Madrid. Cuando volví, sentado en la terminal de buses de Santa Cruz de la Sierra, en la mochila abierta destacaba "Bambule" de Ulrike Meinhof y el libro de Gastón Leval sobre las comunas de Aragón, amén de literatura de la que me abastecí en Valencia como si fuera alimento.

Volviendo a Avrich, me interesó sobremanera el aspecto étnico del movimiento social ruso que él destacaba. Contrariamente a lo que hubiera pensado, buena parte del terrorismo de fines del siglo XIX provenía de asociaciones judías. La idea del judío creyente y fervoroso -que también existía- quedaba al descubierto como una más de las expresiones de este pueblo, pero no la única. Nombres como Nisan Farber se grabaron en la memoria. Más adelante enriquecí ese punto con música revolucionaria en yiddish, triste y poderosa.

En Avrich aprendí lo que había sucedido en Kronstadt, 1921, cuando obreros, soldados y campesinos que estaban por la revolución se enfrentaron a la impostura bolchevique y terminaron masacrados por las huestes del fatídico Trotski. Ya le tocaría a él lidiar con el monstruo que había ayudado en crear.
Sólo son apuntes. Cada temática merece un texto aparte. Sin embargo mi intención era recordar a ese maestro que fue Paul Avrich, uno de tantos que enriqueció la historia de la anarquía, y que quiso validar la ejemplaridad de sus hombres y su ideario, que mencionaba a Bernard Shaw, a Joyce y a Eugene O'Neill como mentes privilegiadas a quienes sedujo el movimiento; el viejo erudito que murió, sarcasmo de la vida, de complicaciones con el mal de Alzheimer, el mismo que nombró a sus dos queridos gatos "Bakunin" y "Kropotkin".
01/03/06

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), marzo 2006

Imagen: Miembros de Chernoe Znamia (Bandera negra), en una reunión clandestina en Minsk, 1906