Tuesday, August 30, 2011

Crisis de liderazgo/MIRANDO DE ABAJO


La permanencia en el poder de un gobierno corrupto, un presidente vanidoso e ignorante, estamentos cuyo único fin radica en el enriquecimiento ilícito, es solo posible por la carencia de liderazgo. ¿Quién para oponerse a Evo Morales? No debiera ser tarea difícil. El individuo no tiene sustento ideológico alguno para mantenerse en posición. El triste papel de supuesto “ideólogo de la revolución” de Álvaro García Linera es igualmente endeble. Se ha creado un aura de “sabiduría” en torno a este último, producto de la manía mitificadora del pueblo boliviano y nada más, porque basta desmenuzar su retórica para darse cuenta de que habla un único discurso, quizá su tesis para ingresar en la historia como el Lenin andino, cosa que no ha de ocurrir. El ruso era versátil. Amén de la infinidad de errores gramaticales, concordancias de tiempo, de género y número, y otras, que comete el segundón y que desmienten la ya mítica profusión de lecturas que alega.

La lástima de nuestro país está en que la cola de paja es característica nacional, y que no hay uno libre de culpa para presentarse en el estrado con limpidez de querubín. El otro día cuando Manfred Reyes Villa apareció en la portada de cierta revista, a la intelectualidad boliviana en Facebook se le cayeron las bragas. La discusión se realiza a nivel elemental, sin decencia de reconocer que el “proceso de cambio” no existe, que hay una transformación histórica innegable e inevitable, no producto de eventuales catalizadores como Morales & Cia, sino algo que se esperaba y estaba maduro. Lo aprovechó el circunstancial líder, apoyado en diseño y planificación por una izquierda arribista, y, lo que es peor, siempre cobarde, y, ya que hablamos de ello, desnudando las falencias de la oposición, de una derecha que resultó tan cobarde como la izquierda. ¿A qué atenerse entonces en medio de una intelligentsia reculona y vil, y una masa analfabeta que sigue como borrico el aroma del trasero de quien lo precede en la marcha? Ni modo de apelar al suicidio colectivo, porque tan mal andamos que sin duda la gran mayoría fallaría el tiro. No hay eficiencia ni siquiera para ello.

Se presenta entonces, en mi opinión, una figura interesante, imagen del proceso histórico del que hablamos: Rafael Quispe, del Conamaq, denunciado agente imperialista según la presidencia plurinacional. Que Quispe haya o no hablado con la embajada fantasma de los EUA me tiene sin cuidado. La administración Obama no es enemigo de temer para nadie, ni siquiera para el bufón libio. Se ha perdido en la tarea de congraciarse con todos. Sin obviar la globalidad, las soluciones o salen de nosotros o seguimos hacia el precipicio de convertirnos en una inmensa fábrica de cocaína, con una detestable corte multimillonaria; o hallamos solución, para la que hasta hoy no hay testa visible, o desaparecemos. Allí esta figura puede resultar importante.

La verborrea de lo indio excedió los límites. Somos un país mestizo sin vuelta que darle. La lacra del racismo es parte de los desperdicios a arrojar al cubo de basura. Evo Morales es el peor enemigo del indio y de lo indígena, de lo agrícola y el agricultor, de lo obrero, de todo. Ególatra en movimiento que fagocita en su interés personal y de la élite los recursos del país y su futuro. A ojos vista y a boca cerrada. Lo que más teme Morales, como Brezhnev en su tiempo, es el advenimiento de la revolución. Por eso se apura, no quiere dejar ladrillo en pie, y cuando huya, sórdido magnate, de Bolivia quedarán humeantes ruinas.

A Rafael Quispe ya lo marcaron los ex del MAS. Su figura les daría validez. No los necesita. Si es hábil, inteligente, honesto, tiene un papel en el porvenir, llámese si se quiere, presidencia. Él podría oponerse al emperador, desde un lugar que el monarca ha usurpado. Corresponde, en esta campaña de salvamento general, a cada opositor hacer balance, olvidar los espejismos.
29/08/11

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 30/08/2011

Imagen: El CONAMAQ en una marcha por los derechos indígenas.

Monday, August 29, 2011

Tierra de nadie/MIRANDO DE ARRIBA


La geografía europea ha sufrido constantes transformaciones. Delimitar el espacio de sus pueblos resulta un tanto difícil. Unirse para formar un conjunto de intereses comunes parece lo más razonable. El problema que trae esta unión, en el caso de la nueva o posible inclusión de los países del este dentro de la comunidad, es la marcada diferencia económica con sus pares occidentales. Sin embargo, el ejemplo de España, hoy el segundo inversor más grande detrás de Estados Unidos en América Latina, demuestra que hay situaciones que se pueden cambiar.

La República Checa mantiene un potencial industrial inmenso; otros países más pobres cuentan con el recurso del turismo. Polonia, nación que un día fue grande y que tuvo que soportar la presión de dos ejes poderosos en ambas fronteras que eventualmente la hicieron desaparecer, intenta agregarse al grupo con poco a ofrecer. Su vecino occidental, una pujante Alemania, campeona de la unidad europea, aguarda. Buena parte del oeste polaco fue un día Alemania. Ciudades de gran tradición germánica como Breslau -hoy Wroclaw- pasaron con la derrota de las fuerzas nazis, como compensación, a formar parte de la nueva república polaca. Lo que el armisticio quitó del país en el lado ruso lo compensó en el germano. Polonia redujo su extensión geográfica total, los grandes bosques y pantanos de Volinia y Bielorrusia, pero ganó hacia el Elba regiones industrializadas, habitables, cultivables y de larga tradición urbana. Hoy que existe la posibilidad de ser miembro de la Unión Europea, se presenta el conflicto de esas tierras que comienzan a ser reclamadas por sus antiguos dueños teutones. Los alemanes traen dinero suficiente como para comprar. El gobierno de Polonia quiere defenderse de una posible disgregación geográfica y emite leyes que vetan el derecho de los extranjeros a adquirir territorio nacional. Alemania alude que miembros de la comunidad pueden ser propietarios en su país. El asunto está en que los empobrecidos polacos no pueden hacerlo y sí los ricos vecinos. Cuarenta hectáreas cuestan alrededor de 70000 dólares y muchos granjeros polacos, con escasos recursos para subsistir y menos para industrializar sus tierras, están dispuestos a vender. ¿Implica esto una tercera invasión alemana? ¿O los asuntos comunales en Europa se manejarán en igualdad de condiciones? El precio de pertenecer a la comunidad -o de sobrevivir- para algunos puede ser muy alto.
17/1/04

Publicado en Opinión (Cochabamba), enero, 2004

Imagen: Breslau en 1929

Tango en Polonia/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A pesar de que los europeístas intentan hacer del tango una creación francesa, y de Gardel francés, el tango resulta de una particular mixtura cultural de fines del siglo XIX en Argentina, aunque como toda expresión de arte, sus orígenes pueden trazarse con mucha anterioridad y en diversas fuentes. Tiene herencias hispano-mestizas, españolas e italianas, charme, quizá algo de África y la nostalgia que es patrimonio de todo pueblo en exilio o emigración.

El tango argentino de regreso en el viejo continente tomará características propias. Sin dejar de lado el espíritu de la música rioplatense, cada país encuentra su versión. Se habla entonces de un "tango europeo", crecido mayormente en las áreas de influencia germana y ligado a las músicas regionales, con dosis del Oriente Medio, árabe o hebreo. Francia difiere porque en París y otras grandes ciudades las orquestas típicas argentinas tuvieron auge deslumbrante. Existe un "tango argentino en París" sin que haya como en el caso alemán un "tango francés". Los hermanos Pizarro hicieron de la capital francesa su centro de operaciones. Las mejores orquestas viajaban con regularidad. Los ricos, como Victoria Ocampo y familia, llevaban en barcos incluso vacas de sus haciendas para proveerse de leche fresca y arribaban a Marsella o El Havre con opulencia única.

Hacia el este, el tango tuvo éxito en Polonia. El occidente polaco se suma a las áreas de influencia germánica desde muy antiguo. Fueron sobre todo los judíos los que se encargaron de difundir el ritmo argentino, otra vez mezclado con sabores y colores locales y, según Jerzy Placzkiewicz, con fuerte dosis de melancolía rusa. Al lado de la judería, no sólo en Polonia sino también en la región de los Cárpatos, los gitanos jugaron un papel importante como difusores, improvisadores y creadores de ésta entre tantas músicas. Por lo general el gitano era contratado para animar las fiestas judías, lo que le dio la versatilidad de hacerse maestro en su propia expresión y la ajena.

Placzkiewicz anota la irrupción del tango en Polonia antes de la guerra europea del 14. De allí fue talvez el ritmo más popular hasta la invasión nazi que, siendo en su mayoría judíos los compositores, cantantes y empresarios, terminó con él. El tango fue víctima inusitada de Hitler.

Sobrevivió en condiciones extremas mientras duraron los ghettos: en Varsovia, Kovno, Vilna, Lodz y Bialystok. La comunidad hebrea en cautiverio intentó simular una vida normal. Cada ghetto tenía cafetines y orquestas. Fotos salvadas de la destrucción muestran orgullosos músicos, aún de terno y corbata (con la estrella de David), posando para la muy cercana posteridad. Se practicaba con rigor mientras lo permitiese el hambre y se bailaba en los conciertos espectrales entre los muros prohibidos. Polanski, en su filme "El pianista", sugiere alguna crítica de esta élite judía que cantando y danzando se resistía a morir. Versiones polacas de "Bandoneón arrabalero" o "Adiós muchachos" más que piezas de museo son pedazos de tristeza.
13/01/04

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos), enero, 2004

Imagen: Disco con la versión polaca de Bandoneón arrabalero.

Crisis, raza y finanzas en Bolivia/MIRANDO DE ARRIBA


En la edición del jueves 8 de enero, el Wall Street Journal, quizá el más influyente diario del mundo financiero, dedicó parte de su primera plana y más de media página interior a Bolivia. Bajo un sugerente -y sospechoso- encabezado de "Lucha de clases", un mapa de Bolivia y un retrato a lápiz del Mallku Felipe Quispe, el autor desgaja metódicamente el anecdótico mundo político nacional. Se guarda de emitir una opinión; describe un universo que cierto diplomático norteamericano calificó de "Alicia en el país de las maravillas". En este casi imaginario país de "Nunca Jamás", como si fuese un cuento de Disney, las etnias indígenas, hastiadas de la permanente angurria mestizo-blanca, se mueven incómodas bajo consignas que van desde la realidad de las diferencias sociales, la existencia de una república racista, la igualdad de clases, hasta la esquizofrénica, más que surreal, demanda de un retorno al pasado donde, bajo reglamentaciones mínimas como "no robes, no mientas y no seas flojo", o cualquier otra traducción literal de estas limitadas tablas de la ley andinas, se establecería el libre arbitrio de las masas sobre sus semejantes.

La mentada ley antigua indígena, entre comillas, que pregona García Linera, la ley del chicote y del linchamiento implican un proceso retrógrado que trae consigo riesgos gravísimos para la estabilidad. Cómo afirmar que en un supuesto que se estableciese una nación india, extendida y sin fronteras visibles, en medio de América del Sur, se garantice una amplia y unilateral (sólo para indios) felicidad universal ¿Paradoja? Creada la nueva y poderosa nación, ya extinta Bolivia, sobre quién caen las riendas del poder ¿los aymaras?, ¿quechuas? ¿guaraníes? ¿los eternos doctores que siempre caminan detrás? Quizá fuera necesaria entonces una purga general y la consecuente africanización de la zona, reemplazando aymaras y quechuas a hutus y tutsis, tristes actores del genocidio en Ruanda.

El pueblo no tiene voz. Una selecta dirigencia dicta normas. En lugar de una aproximación razonada y veraz acerca de las soluciones posibles para un país en crisis, se lo estrangula con propuestas falaces, sin sentido y sin programa. Lo que aparenta ser revolución es contrarrevolución, aunque digan lo contrario los anarquistas de hoy, movimientistas de ayer. El Wall Street es claro: no inviertan allí mientras no se apacigue la plebe. Si queremos entrar en su juego demos lugar a la sinrazón. ¿Lo de "indios"? Indios en Bolivia somos todos, señor Mallku, e indio fue también Porfirio Díaz... y mire.
11/1/04

Publicado en Opinión (Cochabamba), enero, 2004

Imagen: de Guamán Poma de Ayala

Sunday, August 28, 2011

Preparar una fiesta


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Quince años de matrimonio y jamás conocí a los parientes de mi mujer. El tiempo se desgajó, tan lento que fue muy rápido, y así murieron mis suegros, mi madre, y permanecí inamovible en la cueva de una ignota ciudad de pradera, en Colorado, rodeado de máscaras africanas, punu, chokwe, ibo, y awayos quechua-aymaras. De a ratos escapé, a Bolivia muchas veces, donde la vejez de la sangre conminaba -dulcemente- a no intentar otros rumbos; a la isla de Cuba, Panamá, México, Venezuela, siempre eludiendo Brasil, o Brasil eludiéndome a mí, desde mi juventud, cuando efímeras eran las putas negras de la Rua Mauá. Entonces el inmenso país me dejó tres cosas: una pelota de fútbol de salón, un disco de Queen, y otro de Neil Young & Crazy Horse, mísero botín que no incluía samba, o MPB, Chico, Caetano, Monteiro Lobato o Zélia Gattai. Ser joven…


Una copa de cabernet, a medias, me acompaña a la mesa. Extraña hermandad que hice entre el vino y una variante de nuestro chicharrón criollo, que salió muy bien, a qué mentir. Dos días de descanso, dos noches que duermo, cine y lecturas, Noruega y Serbia, las hijas universitarias comienzan a palpar el camino de sus sueños, la esposa dormita luego de agotadora jornada. Media copa de cabernet, lejos del alcance de mi mano, enfrascada en las teclas en esta afición de escribir.


La montaña no se movió. Tal vez porque la montaña está vieja, se enraíza con facilidad en cualquier espacio de polvo, en el Gobi o el Amazonas, con fruición. Dejé hace mucho al hombre primitivo. Me hice sedentario, quiero sembrar y cosechar, ver pasar veranos e inviernos desde la misma ventana, la misma penumbra, pero con panoramas mentales tan distintos de época a época que la vida se divide ya en conocimiento y nostalgia, aprender y recordar. Me he rodeado de libros, envuelto en expresiones de todos los pueblos, en libros, cerámicas, canastas, máscaras, tejidos, fotografías, muñecos, especias, verduras, pinturas, que llenan hoy el espacio de mis andanzas. Tal vez tenga, como Karl May, que echarme a caminar a través de mi cuarto como si atravesara el Hindu Kush, o me lanzara por los inagotables ríos de la duda. Lo hizo Javier de Maistre en la cárcel, en un libro que mi madre adoraba, Viaje alrededor de mi cuarto. Como nota, ya que de cárceles y obras hablamos, leí los viajes de Marco Polo, en una mañana y una oscuridad, aunque la luz, blanca de día y roja de noche, de la celda estaba siempre encendida, en la prisión de Leadville, pueblo platero de sierra, de pistoleros y gamblers, por donde pasó Oscar Wilde y yo tuve un restaurante, el New West Café.


Wilde daba lecturas por los Estados Unidos, y Leadville entonces era villa rica. Bautizaron una bocamina, en su honor, y todavía sigue -abandonada- allí. “The Oscar”, la llamaron, en las bromas de la historia que unen al dulce poeta con el trabajo brutal del minero; pluma y tiznados hombros sudorosos. Entonces se mataba en el oeste. La vida no valía nada, igual que camino de Guanajuato, y, de visita al Saloon, Wilde recordaría un cartel colocado encima del piano que rezaba: “Se ruega no disparar al pianista. Hace lo mejor que puede”.


Volvamos a mi esposa brasilera y a la inválida vergüenza mía de no conocer a su familia. Soy hábil en pretextos y evito decir que lo que tuve de aventurero ha cedido a la confortabilidad de idear la India en lecturas, a pesar que mi cuñado, ingeniero canadiense en Bhopal, sugiere que lo visite para contemplar los últimos leones de Asia en la reserva de Gir, antes de exterminarlos el hombre. ¿Estático? No iría tan lejos porque conservo una dinámica versátil y ubicua en cuanto a la cultura. Viajar ya no me apasiona. Digo, a pesar de saber que si pongo los pies en tierra ajena no cesarán de moverse.


Vuelvo a la esposa paulista y su familia. Luego de quince años una sobrina suya y su esposo vienen a Aurora a vernos. Nos gusta recibir amigos, mixtura de nacionalidades, música, comida, lenguaje. De cuando en cuando hacemos recepciones que preparamos con Ligia hasta el último detalle, con anticipación. Ella lleva anotaciones respecto al número de invitados y cómo los distribuiremos en el reducido espacio de nuestro apartamento. A mi cargo el menú y las bebidas. Hemos tenido ucranianos, judíos, bielorrusos, filipinos, entre los más lejanos, y esta vez, aparte de la familia brasilera, gente de Irlanda, México, El Salvador, Colombia, Bolivia, al menos. Lo usual es cerveza, en distintas variedades y colores; ron, que prefiero, guatemalteco o nica, aunque me inclinaría por uno de la isla Anguila que probé en casa de Frank, con un dejo deliciosamente dulzón. Cachaça, mezclada con hielo, jugo de guayaba y leche evaporada en un fantástico trago de mi invención. Scotch, bourbon o whisky malteado para quien prefiera. Algo de gin si alguien se anima. Tequila para los jaliscienses y pisco por si acaso. Creo que de trago basta y sobra. Añadiré un vodka para mi hermana, con jugo de arándano que juntos hacen el Cape Cod.


La cocina es un arte mayor. No tiene que envidiar la acuarela ni la magia de los cuentos. Hay profusión de culinaria en la televisión de hoy, por lo general asociada con malabar al viaje. Anthony Bourdain, el chef nuyorkino, es un ejemplo, y las contiendas chinas de Iron Chef apasionan. En lo personal me gusta tener la carta bien en avance, con detalle de cantidades y elementos. Discernir entre culantro y perejil, entre perejil chino e italiano, si mejorana sobre lomo y romero en el pollo ¿O curry? ¿Amarillo o colorado?


Se decidió ya el menú para la llegada de los sobrinos. Dos carnes al horno: res al estilo galo… tajos rellenos de tomate, jamón y queso suizo. Puerco cochabambino, adobado con limón, perejil, pimiento verde, mostaza y zanahoria rallada. Pollo enchilado mexicano, con chile de árbol. Un quiche de maíz blanco y cebolla, a la mozzarella, y otro de atún (ajonjolí, salsa soya, mayonesa), carotes cortados. Cubierto de queso asiago. Arroz Ferragutti, salsa Emily y ensaladas. Cocinar es escribir.

22/08/11

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Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), 29/08/2011

Imagen: Antiguo bronce chino para comida

Friday, August 26, 2011

Habla el poeta Carlos Drummond de Andrade/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Muchos consideran a Carlos Drummond de Andrade (1902-1987) el mejor poeta brasilero. Aseveración que puede ser cierta, a pesar de que un entorno riquísimo de creadores, contemporáneos suyos -Manuel Bandeira, Oswald y Mario de Andrade- la torna difícil. Mejor olvidar las clasificaciones, porque según Drummond mismo dice, unos poetas deben su ser y su arte a otros; cierta reverencia es obligada hacia quienes nos anteceden. El poeta no surge de la nada, viene de un cúmulo de experiencias ajenas, de una obligatoria continuidad en la que cohabitan buenas y malas especies (como si de animales se tratase).

Drummond siempre se negó a ser entrevistado. Aseguraba a la prensa que todo lo que podría decir sobre él estaba ya dentro de sus crónicas en el Jornal do Brasil. Sin embargo accedió a sesiones de radio con la periodista Lya Cavalcanti. La editorial Record, de Rio de Janeiro, las compiló en un volumen intitulado Tiempo Vida Poesía (confissões no rádio). En ellas Drummond habla sobre todo de los orígenes del modernismo brasileño en los años veinte, en su región de Minas Gerais. Minas ha sido el Otro perpetuo de los estados más sólidos de Rio y São Paulo. Estado que más parece, desde sus orígenes hasta hoy, otro país dentro de Brasil; ha jugado un importante papel en el desarrollo y la cultura nacionales. La presencia de los mineiros en las letras y la política casi abruma. Lo que se hiciese en las grandes capitales tenía que tener su reflejo en las menores ciudades de Minas y, a su vez, lo nacido de éstas se recibía con beneplácito afuera. No resulta extraño que en ocasión de la Semana de Arte Moderno en 1924, artistas de la talla de Oswald de Andrade, el poeta suizo-francés Blaise Cendrars, y la pintora Tarsila do Amaral, hiciesen una excursión a Minas donde conocieron a Drummond de Andrade. En su memoria hablada se refiere al momento y lo que implicó para él establecer relación con los afamados poetas brasileños. De Cendrars dice que quería interiorizarse de todo, con activa curiosidad francesa.

Del contexto de su charla se desprende la importancia de aquella generación. De allí saldrá mucha y selecta literatura y buena parte de la dirigencia política nacional. Drummond se abstiene, o no le interesa, hablar de sus convicciones ideológicas y ni siquiera menciona el corto período de tiempo donde, a instancias de Luiz Carlos Prestes, dirigió el diario comunista Tribuna Popular.

El núcleo del reportaje es aquel grupo de amigos que sin manifiesto alguno convulsionó la poesía del Brasil. Anécdotas y una mayoría de nombres desconocidos para nosotros llenan sus páginas. Tiene el aire melancólico de los albores de la creación artística en sociedades subdesarrolladas. Nostalgia por los paseos en la ciudad vacía, para hallarle el gusto a la noche; sutil manera de ganar tiempo perdiéndolo... en Belo Horizonte.

De niño leía a Michel Zévaco y terminó traduciendo a Knut Hamsun...
2004

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), enero, 2004

Imagen: Estatua de Carlos Drummond de Andrade en Rio de Janeiro

¿Qué pasa con Yoko Ono?/MIRANDO DE ARRIBA


Creo que una página completa de propaganda, aviso, o lo que fuere en el New York Times cuesta cien mil dólares. El domingo 28 de diciembre, Yoko Ono, viuda de John Lennon, compró una para dedicar al mundo un dibujo suyo -algo interesante- y un poema llamado "Mis amigos". Mensaje obsoleto de amor y paz. Dice, entre varias cosas del mismo tono, que ya que "pasa otro año tumultuoso, propongo que nos juntemos en nuestros pensamientos y terminemos el año con una clara visión". Cuánto, no lo sé, ni me imagino, a menos que usase, como ella, extravagantes anteojos negros que nublen mi vista y oscurecezcan, en lugar de aclarar, mi visión. Yoko continúa que "cantemos, bailemos, y abracémonos para recibir el Nuevo Año, y con él un nuevo mundo.Reportemos al universo cuán felices estamos de que nuestro planeta sea parte de una hermosa constelación". Vamos, Yoko, a qué nos referimos; el mundo no se cambia con lindas palabras, y las más de las veces ni las acciones sirven. Esta vanidad existencial, extraterrestre, de reportarnos al cielo, a quién esté allí, alguien ¿quizá Dios? acerca de nuestra felicidad desdice la angustia que puebla la tierra, la de pertenecer a una etnia equivocada en Ruanda, por sólo ejemplificar una de tantas ocasiones que nos llenan de dicha.

Casarse con John Lennon significó para esta artista que tenía su valor propio, subordinarse a alguien no más talentoso pero más popular. Yoko había sido un puntal del avant-garde en escultura, cine, dando un lugar al público dentro de la obra de arte que no había tenido antes. Dueña de un arte revolucionario, aunque controvertido, ha caído, quiéralo o no, dentro del establishment que su obra combatía. En el actual refugio de su comodidad económica, Yoko ha dejado de ser todo menos una famosa viuda rica. Y vagidos sentimentales como su poema actual, hacen poco para recuperar una imagen fugaz que queda como historia o talvez como anécdota.

Cuesta creer que quien manejaba un lenguaje de vanguardia, la directora de filmes donde se muestran traseros de toda índole en secuencia contínua y sin argumento a priori, la misma que fotografía una mosca posada sobre un pezón femenino, o aquella que cuelga un trozo de madera y deja clavos y martillo para que los espectadores participen de la creación artística añadiendo un clavo, sea la misma que hoy, a modo de desear feliz navidad, e igual a como hiciera con su esposo en 1969, en Times Square, Roma y el muro de Berlín, diga que la guerra se termina si así lo queremos (¿?).
4/1/2004

Publicado en Opinión (Cochabamba), enero, 2004

Imagen: Yoko Ono (with glass hammer, Half-a-Wind Exhibition)/Fotografía de Clay Perry, 1967

Wednesday, August 24, 2011

Crímenes y criminales de guerra/MIRANDO DE ARRIBA


Hace poco el tribunal internacional de La Haya condenó a oficiales serbios a leves condenas penitenciarias si se toma en cuenta las acusaciones sobre ellos. Milosevic, más en una jugada política que en un serio castigo a sus crímenes, continúa en una interminable pugna legal que ha perdido peso e interés. Al menos existe un ente multinacional que amedrenta a genocidas y dictadores, de turno y pasados. El número de condenas cubre un mínimo porcentaje de aquello que se denuncia. Asuntos burocráticos y económicos impiden una mayor actuación. Estados Unidos, además, no reconoce a La Haya y menos aporta para su manutención.

Lo paradójico está en el discurso norteamericano acerca de crímenes de guerra, de Hussein y de sus colaboradores. Se habla de un juicio por parte de miembros de la fantasmal "coalición" que ocupa Irak hoy, o también de una entrega del dictador a la justicia iraquí, lo que significa muerte en circunstancias no bastante legales. Para los Estados Unidos los crímenes de guerra son unilaterales, las tropas u oficiales estadounidenses están fuera de ellos. El intento de Bill Clinton de cambiar esa política fue frenado en el congreso y, en el presente, en un imperio de escasas libertades civiles y de creciente impunidad, se lo ha desechado por completo.

El New York Times reaviva la historia de Vietnam y la intervención militar norteamericana en el sudeste asiático. Al parecer la masacre de civiles en My Lai, en 1968, ejemplifica un patrón de conducta genocida que necesitaba de una estadística macabra, el número de cuerpos muertos, contando mujeres, niños y ancianos, para justificar una impresionante estructura militar en el extranjero. Los oficiales permitían la violación, tortura, mutilación y muerte de la población civil como medio de perpetuar su presencia en la región, impactar al público de su país con estadísticas que no reflejaban la veracidad de los hechos y descorazonar a una resistencia nacional cada vez mayor ante el invasor. William Calley, el oficial que dirigió la matanza de My Lai, cumplió sólo tres años de arresto domiciliario mientras que la mayoría de otras atrocidades ha sido simplemente olvidada.

La campaña de la Fuerza Tigre en 1967, según cuentan algunos de sus protagonistas, fue un sangriento festín de orejas y extremidades cortadas, decapitaciones, quema y despanzurramiento de familias escondidas en refugios. Muchos de los asesinos de entonces son ahora reputados ciudadanos, senadores, directores, héroes de una guerra injusta. Todo, menos criminales.
28/12/03

Publicado en Opinión (Cochabamba), diciembre, 2003

Imagen: Henry Kissinger

El reo Saddam/MIRANDO DE ARRIBA


Todo en la vida del presente gobierno estadounidense tiene visos de teatro. Si se planea y desarrolla alguna operación, cuyos detalles son ocultos al público y de la que sólo se ven esporádicas imágenes en claroscuro -valientes soldados aterrorizando niños, esposando hombres delante de sus desesperadas familias, etc- lo primero que sale a luz es un nombre rimbombante. La Tormenta del Desierto, el Rugido del León, el Ojo del Tigre, la Luz de la Libertad, el Aguila Escudriñadora, la Serpiente Pestilente, el Buho que chilla en la Noche, y cualquier otra invención que retrotrae el tiempo a las guerras indias del siglo diecinueve. Quizá la infantil mente de George W. Bush se desparrama por un sueño de pobres westerns, con blancos buenos y rojos, amarillos, negros, olivos o moteados malos; filme con disparos, muertos y un toque de romance donde el cowboy galante echa un oscuro escupitajo de tabaco antes de liberar a la rubia cautiva de los pérfidos apaches. Luego la besa y arroja otro esputo, más claro esta vez, antes de montarla al caballo y llevarla al idílico rancho donde vivirán eterno amor en medio de la ignorancia, la mugre y el alcohol.

Un sueño americano. Finalmente, el oeste representa el poderío emprendedor de una nación híbrida que se supone pura, capaz de exterminar lo que se le plante en frente y de aferrarse a lo conquistado con uñas y dientes. Otro deseo materializado: la captura de Saddam Hussein, dictador abyecto en su miseria como abyecto fue en su gloria. Un paso en falso. Ya se había desatado, y gracias a la intervención norteamericana se soltará sin freno, un radicalismo islámico que confrontará a occidente en sus fronteras más próximas. Víctima será sin duda Rusia, imperio en decadencia que no podrá controlar esa inconmensurable fuerza que amenaza desde el sur.

Hussein es un monigote de la historia, marioneta útil para la teatralización de un conflicto que aún no muestra su creciente dramatismo. Más le hubiera servido, así como a Estados Unidos, permanecer en el hoyo de rata que le pertenece. Caída su imagen, que no en otra cosa se convirtió al desaparecer, las vivas fuerzas del fanatismo musulmán encontrarán nuevas vías y nuevos vínculos para continuar y acrecentar su perpetua guerra contra el infiel. Al final de cuentas, y a pesar de todos los males que se le endilgan, Saddam hacía de colchón entre ambos rivales. No está más y ahora se lidia con un enemigo mayor.
21/12/03

Publicado en Opinión (Cochabamba), diciembre, 2003

Imagen: Saddam Hussein luego de su captura en diciembre 2003

Tejidos indígenas del sudoeste/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los tejidos indios del suroeste norteamericano, al igual que los andinos, representan mucho más que interesantes piezas de museo. Hechos en primer lugar para servir de vestimenta o de abrigo, la pericia con que se los tejía, y la calidad de sus diseños y colores representaban un orgullo cultural para cada nación. Una mujer zuni tejió una extraordinaria manta para mostrar que ellos podían tejer como los navajo.

Reviso un excelente catálogo de tejidos de Arizona, Nuevo México, sur de Colorado, creado por un hombre llamado Joe Ben Wheat que se dedicó a rescatar antiguas piezas textiles y a catalogarlas científicamente. Se encuentran diseminadas por todo el país en museos y colecciones particulares. Así como muestran la maestría de los pueblos que las fabricaron, son testimonio de su misma debacle. Observo un hermoso sarape navajo, de tonos amarillos y figuras geométricas, tejido alrededor de1860, que perteneció al jefe cheyenne Antílope Blanco muerto en la masacre de Sand Creek, Colorado, 1864, y tomado de su cuerpo como botín por algún soldado ebrio. Hoy cuelga en las paredes de la School of American Research, de Santa Fe, Nuevo México, como recuerdo de una de las tantas culturas sacrificadas en nombre del lucro más que del progreso.

Cada frazada, manta, poncho o sarape tiene su historia particular. Los más antiguos, acoma, tienen gran sofisticación. Evidentemente los hopi, pueblo, navajo, zuni, pima más otras etnias competían en la belleza de sus creaciones. Las de los navajo tendrían especial aceptación porque formaban parte del lujo de jefes de otras tribus. A través de estas en apariencia piezas muertas de naciones agonizantes se puede destapar el pasado. Una frazada de líneas negras, azules y rojas, alternadas con decoraciones romboides fue entregada por el capitanejo Mariano a los vencedores blancos de Bosque Redondo. Otra proviene de la campaña de Kit Carson contra los navajo en 1863. Algunas de profanadas tumbas indias del Cañón de Chelly; una obtenida por $15 dólares en 1937 de una gasolinera en la cual la habría cambiado por un tanque de combustible un viejo "español". Los tejidos más modernos no son ya parte del vestuario de jefes y representación de orgullo. Sin dejar de ser exquisitas obras de arte son producto del trabajo esclavo en las propiedades patronales. El conquistador se apropia con eso del alma de su oprimido. Lo exprime, le quita lo último con que contaba, la esencia misma de su nación, y ya agotado el objeto de su infamia le corta sus posibilidades de futuro. El tejido pasa de ser vida a ser recuerdo.
13/12/03

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Publicado en Opinión (Cochabamba), diciembre, 2003

Imagen: Manta navajo (Primera Fase), principios del s. XIX/Museo Bowers

Quentin Tarantino, el cine y mi videoteca/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Quería escribir no los versos más tristes esta noche, aunque la luna esté estrellada y titilen los astros a lo lejos, sino algo dinámico, pleno de excitación y aventura. Sin embargo cayó nieve y calma mis arrebatos de actividad. Si he de estar sentado y combinar mi descanso con el movimiento, bien caben unas líneas sobre cine. Quién mejor que Tarantino y su vitalidad. Aunque prefiero a David Lynch, ambos coinciden en sus extraños personajes dueños de un singular parentesco con la violencia, único parece para la existencia e idiosincrasia norteamericanas. Hay directores nuevos como el chino John Woo y el méxico-americano Robert Rodríguez que siguen la línea de Tarantino, cada uno en su propio ambiente: la urbe de Hong Kong o la árida y salvaje Sinaloa, tierra de muertes, tráfico y provocadores corridos en la voz del ya difunto Chalino Sánchez. No es inusual que Tarantino aparezca de productor, y actor, en las realizaciones de estos cineastas. Perdón, Neruda, por no compartir tus seductores intentos de tristeza y preferir el agudo silbido de las balas y la gratuita maldad de los hombres.

Viene a mis manos un artículo de cierta Larissa MacFarquhar: "El amante del cine" o "El amante de las películas". Un punto interesante del texto afirma que la calidad de Tarantino se debe, en parte o en mucho, a que antes de ser director es público. Resalta el hecho de las innúmeras horas diarias que pasa frente a la pantalla. Una matinée doble, seguida de un filme nocturno y otro, ya sumando cuatro, casi de amanecida, antes de dormir. MacFarquhar menciona decenas de miles de imágenes fílmicas que pasan por los ojos de Quentin Tarantino. Anota una lista de películas que aguardan, de variada calidad y muchas desconocidas... siempre con la característica de la crueldad, la sangre y de la muerte. La revista ilustra el escrito con una fotografía suya de perfil. Chamarra de cuero con el cuello levantado, mirada de costado y marcadas líneas faciales, casi Klaus Kinski en el Nosferatu de Herzog -ni tan blanco ni tan feo-; aires de Marlon Brando o James Dean y, exagerando las similitudes, un dejo de burla como el de John Lennon cuando vestía así.

Tarantino cuenta en casa con una sala privada de cincuenta asientos carmín, donde generalmente se acomoda solo. Con más modestia y sin los fantasmagóricos invitados que pueblan cincuenta bancos vacíos, también me acomodo en medio de un par de miles de videos que acumulan diez años de esfuerzo por conseguirlos. No dispongo del tiempo para sesiones tan largas como las suyas pero el suficiente para una o dos horas de fílmica; treinta minutos en caso que el cansancio pese más que la cultura; veinte si preparar el guisado para las hijas se antepone a la belleza de Jean Seberg o el arte de Max von Sydow. Mis gustos difieren de los suyos y posiblemente sólo convergemos en su obra personal. Hay en los dos multiplicidad de situaciones, multitud de rostros. Ámbito fértil para pesadilla y creación.
09/12/03

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Publicado en Lecturas (Los tiempos/Cochabamba), diciembre, 2003

Imagen: Quentin Tarantino con una fotografía de John Brown

Monday, August 22, 2011

El traidor/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El 20 de abril de 1967, en Muyupampa, el ejército boliviano tendió una emboscada en la que cayeron detenidos el pintor argentino Ciro Bustos y el intelectual francés Régis Debray. El Che, en su diario, había escrito poco antes: "El francés declaró con demasiada vehemencia lo útil que podría ser afuera". Guevara desconfió, sin equivocarse, que aquel brillante joven, tan ajeno a la realidad latinoamericana a pesar de su retórica, no quería fajarse en el monte. Bustos, por el contrario, ya lo había hecho. Sobreviviente de la desastrosa guerrilla salteña donde había perecido Masetti, cumplía un papel de enlace importantísimo en el proyecto guevarista de la revolución argentina. Por ello aceptó, en silencio, por treinta años, el oprobio de ser el supuesto traidor que entregó al Che.

Defendieron a Debray y pidieron por él importantes que iban desde Sartre hasta De Gaulle. Este último, opuesto con la línea marxista del escritor, consideraba un deber patriótico sacarlo de las garras de los matarifes bolivianos y los apátridas asesores de la Central de Inteligencia norteamericana. Cabe anotar, hoy, que Debray, ya curtido en las lides de fama y gobierno, ha tornado admirador del ya fallecido líder galo -aparte de ser defensor de la disuasión nuclear francesa, y demás asuntos nacionalistas y de derecha que lo alejan de la "vergüenza" de sus años cubanos. Nadie pidió por Bustos. En este mundo parcial hay también intelectuales y guerrilleros tercermundistas; un pintor argentino no vale la décima que un neofilósofo francés. Así de simple.

Si bien Ciro Bustos eligió el silencio para proteger sus contactos o una abstracta revolución, el tiempo se ha encargado de destapar la historia y de mostrar a un Debray diferente que entra en acuerdos con el ejército de Barrientos. Los jóvenes directores Erik Gandini y Tarik Saleh realizaron el año 2000, en Suecia, un documental titulado "Sacrificio" que reivindica la vida de Bustos y sugiere que quien vendió al Che fue Debray y no él.

Se presenta una carta del francés a su abogado recriminándole haber hecho público su trato con los militares, además de entrevistas al agente Félix Rodríguez y al igualmente cómplice en el asesinato de Guevara, Gary Prado, que confirman lo dicho. Luego, los amigos de Debray que enlodaron a Bustos no supieron aclarar para el mismo filme el origen de sus versiones. Resulta, a la larga, que aquel pensionado argentino que pasea su soledad por las calles de Malmö vale más que toda la cháchara mentirosa del nuevo Delfín.
07/12/03

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Publicado en Opinión (Cochabamba), diciembre, 2003

Imagen: Autobiografía de Régis Debray/Edición norteamericana

Tierra del Fuego/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando Pedro Sarmiento de Gamboa, por encargo del rey de España, se dirigió con una grande -y desventurada- flota a poblar y fortificar las dos márgenes del Estrecho de Magallanes jamás imaginaría la suerte que habría de correr la mayor parte de su tripulación. Unos se fueron al fondo del mar y a decir verdad su muerte fue rápida aunque húmeda. A otros les fue peor, abandonados en las inhóspitas playas de Tierra del Fuego.

Sarmiento lucharía por largo tiempo por llevar víveres a quienes dejara en el inmenso y helado sur sin lograrlo nunca. Esos primeros inmigrantes quedan como rastro escrito en la historia, un poco de tinta sobre papel que más que especificar sugiere que algunos españoles quedaron aislados del mundo por un azar más tenebroso que un desperfecto en una imaginaria máquina del tiempo.

Mientras la expedición de Magallanes atravesaba las hórridas aguas del estrecho que lleva su nombre, vieron, en la oscuridad, día y noche allí son oscuros, fuegos en la costa. Tiempo ávido de fantasías y aquelarres, nombraron Tierra del Fuego a aquella orilla maldita donde también creyeron ver gente o huellas de seres inmensos a quienes llamaron patagones, míticos gigantes que desmienten los escuálidos onas que poblaron la región.

Miguel Littin, cineasta chileno, dirigió la película "Tierra del Fuego" (Chile/España, 1999) con guión suyo y de Luis Sepúlveda. Juega el rol protagónico Jorge Perugorria (Fresa y Chocolate, Guantanamera). Siendo un excelente actor, Perugorria no hace un buen papel. Quizá no quepa en el personaje. Julius Popper, a quien encarna y sobre cuyos diarios dice basarse el texto, es el tipo de aventurero que llega con buenas intenciones, en oposición al brutal inmigrante que fue al sur. Ingeniero rumano cuyo fin es extraer oro del mar en el estrecho, lleva fantasiosos encargos de su soberana, Carmen Sylva, reina de Rumania y escritora con bastante prestigio a fines del siglo XIX.

Popper no logra fundar reinos ni hallar suficiente oro para solventarlos y se ofusca ante el fracaso y los obstáculos naturales que incluyen los indios. Cae en el trágico juego del recién llegado que primero subestima, luego odia y finalmente adora a los nativos sobre los que ha ejercido su ira y su rencor. A pesar de los rasgos insanos de un Popper ya sin sueños, el actor cubano resulta estridente. "Tierra del Fuego" no tiene atributos de gran cine. Hay sí magnífica fotografía que sólo confirma las dotes de cámara de Littin. Dentro de la magia de sus escenarios, y quizá por una sensibilidad social, popular, o como quiera llamarse, por los desposeídos, el director pone especial poética en los indígenas que aparecen a veces mimetizados en los pastizales con vestimentas de piel de animal o pintados y enmascarados como demonios de imponentes bosques, en rituales presencias- que recuerdan la también rica escenografía de "Cabeza de Vaca".

Los indios onas se marcharon. Los fuegos ya no se ven; talvez no interesan. Sarmiento de Gamboa y Popper ilustran el imaginario de los blancos. Littin trata de ilustrar el otro lado.
02/12/03

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), diciembre, 2003

imagen: Familia ona de Tierra del Fuego

El desconocido Lasar Segall/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No se debiera llamar desconocido a un pintor que tuvo su importancia en el desarrollo de la pintura moderna; pero el autoexilio por el que en cierto momento se decidió Segall pudo -quizá- colaborar con su olvido. Si pensamos en Gauguin y su huida a los mares del sur preguntamos por qué la diferencia. Tahití se ligaba, a pesar de la distancia, estrechamente al poder colonial francés. Difiere del caso del artista judío-lituano que emigra de Europa central a un Brasil cuyo nexo con occidente es mínimo.


Cuando los monarcas portugueses se refugian en Sudamérica cortan de algún modo sus vínculos y fundan una dinastía ajena a todos como ajeno a todos, a un continente español sobre todo, era este territorio. Lasar Segall en Brasil significa Lasar Segall en el exilio del mundo. Hoy se lo recupera un poco. Una reciente y gran exhibición en California sobre los Cuatro Azules: Jawlensky, Klee, Kandinsky y Feininger, en colección particular de Galka Scheyer, presenta diversos trabajos gráficos de Segall.


Nacido en 1891 en Vilna, Lituania, de familia judía, emigra a Alemania y se contacta con el naciente expresionismo. Estudia primero en Berlín y luego se traslada a Dresde, centro primario de esta escuela. Exhibe en Alemania y viaja al Brasil por primera vez en 1913. Prisionero civil de guerra en 1914 (Meissen), por tener ciudadanía rusa, vuelve luego a pintar y participa activamente en el movimiento expresionista. Sus cuadros reflejan las inclinaciones de esta corriente con retratos de gente triste e interiores oscuros y sórdidos. Vive la hecatombe de la guerra, la debacle del imperio, los atisbos de revolución y la endeble república hasta que en 1923 emigra a San Pablo. Se nacionaliza brasilero pero continúa exhibiendo en Europa.


El arribo del nazismo abre una brecha. De allí hasta su muerte en 1957, Segall sólo expondrá en Brasil y algo en Nueva York. Aun así, ya lejos de sus orígenes, algunos de sus cuadros (de animales) tienen un nostálgico acercamiento a la obra de Franz Marc; otros, posiblemente por una experiencia histórica y étnica común, la del hebreo en Europa oriental, a Chagall. El arte no es tarea de especímenes únicos y aislados sino más bien la interrelación de vivencias personales y colectivas. Que en Segall se encuentren rastros de otros pintores no indica imitación pero sí una búsqueda conjunta.


Su obra está en el Museo Lasar Segall de San Pablo.

29/11/03

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Publicado en Opinión (Cochabamba), noviembre, 2003

Imagen: Lasar Segall/Retrato de Baby de Almeida, 1927

Sunday, August 21, 2011

Beijo roubado


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

a Ligia

Los Hasidim caminan por la mañana, vestidos de negro, hacia el Sabbath. A pie, porque Yavé, o como se nombre, prohíbe los vehículos en día santo. Los hombres con anchos sombreros; los niños de esmirriada cabeza también con anchos sombreros, rígidos como paraguas. Mujeres y muchachas de largos faldones, piezas de colección de las abuelas que pasan de generación en generación, que vienen de Lublín y Vitebsk a Denver, por lo general tras sangriento reguero. Tacones altos de zapatos quizá calzados desde 1920. Ahorro y anacronismo. Tradición. Los hasiditas apresuran el paso, bajando por la avenida Mississippi, temprano, a orar.

A mí no hay dios que me haga andar a pie en sábado o domingo. Son extendidos los caminos del trabajo para hacer caso a las voces de la nada, fantasmas que omitió el cerebro desde la pequeña infancia: ni confirmado estoy. Poco puedo oír palabras perdidas en el aire.

Miro por la ventanilla igual que si observara la campiña donde labran los campesinos desde el ventanal de un tren. Intercambiamos miradas. Ellos con luengas barbas. No me toca su altanera actitud de elegidos, al fin de cuentas no voté yo por ellos en elección alguna… Subo el volumen; los mexicanos, la Raza según se catalogan a sí mismos, dirían “súbele al radio”, solo que este es un portátil de discos compactos -no una radio- donde canta Cesaria Evora, la “diva de los pies descalzos”, irreductible e irreverente como me gustan las morras, y ella es morra vieja, y fea, y bizca, pero encantadora en ritmo y canto, ajena a los valores puritanos de Estados Unidos, fumando y con un vaso de cachaça en el estrado, burlando los cartelones de prohibido fumar.

Nada tan contradictorio como los adustos hebreos y la mujer que contonea su voluminoso cuerpo con cadencia y seducción. El ágil saxo menor de un acompañante marca los pasos, dos-uno, dos-uno, y el brazo izquierdo estirado en el vacío coge la ausencia de un pareja bailador. Es Cesaria Evora en Denver, albur del otoño, calores que se desgajan en frío mientras en el Paramount Theatre el público, compuesto en su mayoría por sudamericanos y luso parlantes, baila en los pasillos mornas caboverdesas que si se lee son piezas musicales de tristeza similar a la del fado y que sin embargo incitan a moverse.

Ya de antiguo, en viaje al reino de Lesotho, enclave negro de una blanca Sudáfrica, el avión escala en Ilha do Sal, Cabo Verde, y cuesta imaginar que alumbre ritmo yermo semejante. Por generalizar algunos afirman que el origen es la herencia negra y trivialidades así, cuando en realidad este grupo isleño abraza una síntesis de culturas entre esclavistas y esclavizados, blancos y negros, zambos y pardos, franceses, españoles, portugueses, guineanos. Síntesis que en fútbol, fanatismo más que deporte allí, idolatra de acuerdo a la cronología primero a Eusebio, luego a Pelé y después a Maradona; tierra donde las radios que se escuchan no vienen de Lisboa sino de Bahía.

Música de Cabo Verde: Amandio Cabral, Gabriela Mendes, Boy Gé Mendes, Tito Paris, Maria Alice, Mayra Andrade, y la ya inmortal diva negra, Cesaria Evora, que en voz juega con jerga entremezclada con su propia sangre, con lengua escondida e incomprensible, refugio de los esclavos que viera Flora Tristán.

Cesaria canta que un día va a “voltar” a Salamansa. Salamansa es un puñado de rocas peladas con una cumbre, Monte Verde, que de verde poco tiene. La entiendo, aunque mi nostalgia podría ser comprensible a medias, porque la Bolivia del recuerdo no está más; no todavía desierto, pero ahí. Entonces, con la magia del momento, de teclados que nos acercan en fracciones de segundo, el escritor Darwin Pinto arroja encantamientos que hablan de repúblicas de tamarindos escondidas en el fondo de algo cuya percepción ronda: una jaca, una hamaca, pura sodade, saudade, saudosa maloca…

No conocimos –hablo en plural porque era tiempo en que vivíamos en conjunto en los bordes del Café Fragmentos de Cochabamba- a Cesaria en los bistrós de París ni en las playas de sal que carga de Cabo Verde mi memoria, sino en las atardecidas que se hacían alba festejando en los patios de la calle Ecuador. Jimmy, Huáscar, Magda, Cristina, Miriam, José Manuel, María Renée, otros cuyos nombres borré de los cuadernos, y, sobre todo, Ligia, que en las canciones de la Evora hallaba el sentido manifiesto que la obligaba a sambar, así no supiera como alegaba entonces.

Extraña simbiosis, como todas las que ocurren en el valle: mornas con tequila, Gladys Moreno junto a Neil Young. Raimón cantaba en catalán y las notas de Carlos Puebla anudadas en piernas y brazos danzantes sobre una alfombra que fuera gris. Visca la vida, acordándome de Joan Salvat Papasseit. Visca la vida. Que viva.

Quince años después el agua corrió mucha por los ríos, arriba y abajo de los puentes. La calle Ecuador, la última vez que la visité, se hallaba oscura, pero no con la oscuridad hermosa de los poetas o los ladrones. Con otra, extraña, ni siquiera amedrentadora… moribunda. El cartel del Fragmentos a punto de deshacerse, acompañado de una lucecilla demasiado modesta, intentando lo inadvertido del enfermo terminal.
Suena un calypso antiguo, this is what I want them to know… de pesadumbre de puta.

En la parte posterior del teatro hablamos con la magnífica Cesaria Evora; en balbuceos franco-portugueses a falta de su inglés, ayudados por los músicos cubanos del grupo, aquellos que sobrevivieron el escrutinio de la visa. Una mujer sencilla, sin duda temperamental, alerta de su fama y ajena en cierta manera a ella. Unos minutos, un par de fotos, manos pequeñas y rugosas de quien fregara pisos; sutil confidencia entre humildes si desean ponerlo en ese plano.

Cesaria significa un hito de nuestra vida. Punto de partida de una experiencia alucinante y terrible, que tuvo vino, sangre, arena donde los roles de toro y matador se confundieron repetidas veces y ambos casi terminamos muertos. Comenzó bailando Petit Pays y se afianzó en el rincón mínimo de nuestra casa.
16/08/2011

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Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 21/08/2011
Publicado en Semanario Uno 423 (Santa Cruz de la Sierra), 19/08/2011

Imagen: Cesaria Evora en un poster, 2003.
Diseño de Emek.


Friday, August 19, 2011

La otra coca/MONÓCULO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hablaba ayer con mi padre, tratando siempre de recolectar memorias de un mundo que se va con su generación, tan rico para comprender nuestro presente y olvidado con negligencia por los jóvenes. Las distracciones modernas son tantas que casi no hay tiempo para mirar atrás, pero de qué modo entender fenómenos como Evo Morales & Cia. sin indagar en el pasado.

Nuestra conversación versó sobre los yungas de Arepucho, en la región de Totora, a raíz de cierta mención mía de los de Vandiola, Tiraque. En tal monte, el de Arepucho, se escondió Francisco Javier de Aguilera, gobernador de Santa Cruz, vencedor y ejecutor de los héroes Manuel Ascencio Padilla e Ignacio Warnes en las batallas de La Laguna y El Pari respectivamente, de donde salió hacia Vallegrande en 1828 para ser derrotado y fusilado.

Recordamos también que Arepucho hace de escenario en la primera novela de Augusto Guzmán: La sima fecunda (1933), donde su personaje leía a José Eustasio Rivera y a Pierre Loti entre la maraña del machuyunga, mientras buscaba en la aventura y la introspección respuestas al futuro patrio.

En septiembre del 2006, Evo Morales, Quintana, a modo de congraciarse con la embajada norteamericana en cuanto a la erradicación de cocales, lanzaron una ofensiva contra aquellos del yunga en Vandiola, cuna, según los expertos, de las plantaciones más antiguas de coca del continente, con antecedentes que llegan hasta Huayna Capac y Tupac Yupanqui, con mitimaes yamparas trasladados para el cuidado de la hoja del Inca. Estructura -como toda la existente- que aprovecharon los españoles para continuar lucrando del productivo negocio.

Morales, obviando la cháchara ambientalista e indigenal –lo sigue haciendo-, se enfrascó en la destrucción de la herencia histórico-cultural de la coca en Vandiola, con ayuda de helicópteros venezolanos, arrasando frondas de árboles de escasa producción de hoja ya, altos hasta de 5 metros y diámetro de tronco de alrededor de 10 centímetros. Hablamos de bosques de coca, no de arbustos, que se dice contaban con 200 años de existencia. Ataque artero, añadido al asesinato de dos comuneros y dudosas acusaciones de narcotráfico, en contra de un patrimonio boliviano y continental. No era coca que iba al narco, sino de acullico, que del trópico de Arani, Tiraque, Totora, Pocona y Pojo, salía desde antaño hacia las regiones mineras y el consumo local a lomo de mula o en hombros, a Epizana y Totora, por las herraduras de Monte Puncu y Sehuencas; hoja que fundó fortunas en tiempos de la república oligárquica y reportó buenos ingresos al erario cochabambino mediante su impuesto.

En 1975, mi primo Gonzalo Ferrufino me propuso un viaje a pie desde Tiraque, atravesando Vandiola, hasta Villa Tunari. Nunca lo hicimos. Deseábamos recorrer el territorio que nuestros antepasados, su abuelo y mi abuelo, aparte de tíos y demás parientes, habían cruzado en actividades de rescate de coca a principios del 900, o, como Cecilio Ferrufino y sus hijos Rómulo y Armando, en la aduana de la coca de Santa Rosa, en pleno corazón del yunga. Hoy sería un viaje suicida. Lástima, porque si pensamos en el potencial turístico de ese vértice que forma la primera sección de la provincia Tiraque hasta Sinahota (ya perdida) al norte, o echándose a oriente hacia Arepucho, u occidente rumbo a Paracti y Locotal, nos daríamos cuenta de cuánto desdeñamos. Ingresos menores al de la droga, cierto, pero sin secuela exterminadora.

He llamado a la coca “hoja maldita”, apoyado en ello por no menos que Ernesto Guevara, dada su funesta utilización como medio de explotación y dominio en la Colonia y su rol actual, pero reconozco que, ya inevitable el pasado, la tradición milenaria (inexistente en el Chapare) del cultivo en las cabezas de monte de los valles cochabambinos debe considerarse patrimonio histórico inviolable. Tal vez sea tarde; ya cortaron con sierra las troncas de mamacoca y machucoca que nos ligaban al pasado.
16/08/2011

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Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 19/08/2011
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 22/08/2011

Imagen: Erradicación de los machu coca y mama coca en Vandiola


Tuesday, August 16, 2011

Evo en el cielo con cristales/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lucy in the Sky with Diamonds. Lo obtuvo en China, haciendo genuflexiones como buen asiático, adoctorándose (no doctorándose) y, como siempre -boliviano que es, aparte de plurinacional-, extendiendo la mano en limosna para llevar al país creo que nueve millones, menos de los que se habrá embolsillado en la firma del acuerdo para el satélite Tupac Katari, de donde le viene la similitud con Lucy de flotar por los cielos, que la muchacha inglesa tenía plagados de estrellas y el cacique de cristales de coca.

“Para aonde vai Valente?”, dice una vieja canción nordestina; para nosotros ¿hacia dónde va Bolivia? se convierte en certeza. Nunca fuimos muy claros que se diga, y tal vez la generalidad pueda hacerse extensiva a cada pueblo del mundo, pero la aparición de este individuo ha significado para el país, y para el indígena a la larga, destrucción total. No gracias a un sofisticado esquema ideológico, sino a la habilidad innata del infame para aprovecharse de una muchedumbre ignorante, abyecta, servil, alcoholizada, atormentada y adormecida por la hoja que dicen sagrada. Tan sagrada que Evo Morales destruyó la producción de coca en Vandiola, la única buena para el acullico en la región de Cochabamba, y de milenaria tradición. No cabía dentro del plan de narcóticos que implica su par chapareña, y de seguro que los productores locales alimentaban los celos de las seis federaciones cocaineras, cuya angurria tuvo espasmos humildes pero que apunta hoy a adueñarse del territorio e imponer su ilegalidad.

Un problema en Bolivia es que lo que se hace, dice y etcétera es en medias tintas. Queda el resabio provincial, nativo quizá, de evitar el insulto directo, el ataque de frente; se trata de dorar la píldora, de quitarle importancia, de vivir constantemente en la raya de la trivialidad, soslayando la confrontación hasta el límite. Hasta el momento propicio cuando las cartas ya están ganadas; entonces se golpea inmisericorde, cobarde, en masa, anónimo. Todos: indios, blancos, mestizos, por igual. Por lo tanto, no extraña que se tenga un presidente que representa ese doblez: sonrisa con puñal escondido, cabeza gacha de cobarde, lo melifluo del chismoso. Ante Piñera, en persona, Morales encarna al “hermanito” de la vida boliviana, el eterno sirviente; otra cosa ya refugiado en su corral.

Resulta que el Hermanito (detrás del cual se esconde un Gran Hermano) ya tiene en teoría el satélite que ansiaba, alabado por algún despreciable intelectual que lo sustentaba como cumbre revolucionaria de este descuajeringado bolchevismo. Satélite por encima de educación, alimentos, infraestructura, salud, cosas usuales que se persiguen en aras de un desarrollo que permita bienestar.

No defiendo a la derecha, que culpas tiene, y graves, y tal vez peco de alarmista cuando mi pluma se ensucia con los descastados que gobiernan, pero recuerdo a Kurt Tucholsky y su continua advertencia de lo que Hitler arrastraba consigo. Si se permite a Evo Morales continuar, las consecuencias serán funestas y habrá que emigrar los que puedan. Los originarios que tanto amó y lo amaron quedarán con resabios de naciones exterminadas, sin tierra útil, más narco, hambruna, desertificación… Lo merecemos, lo vamos a merecer si no se le pone freno, y hay que contarlo así, en términos apocalípticos para que entiendan. Y en Bolivia no existirá “reconstrucción alemana”, ni lo sueñen. Nos iremos al carajo.

Lucy, perdón, Evo, se va hacia la estratósfera con dinero chino. Alegan que el satélite ayudará a los pobres (¿?). Si de algo, si un día vuela, ha de servir, va a ser en el monitoreo de los enemigos del narco, para alertar a delincuentes proximidad enemiga.

Los Beatles hablan de “flowers that grow so incredibly high”. Evo de sus plantas de coca, que sin, y mejor con, el Tupac Katari van por cielo y tierra a envenenar el orbe.
14/08/11

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 16/08/2011
Publicado en Semanario Uno 423 (Santa Cruz de la Sierra), 19/08/2011 

Monday, August 15, 2011

Blanca Tel Aviv/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Llaman a Sucre ciudad blanca y lo es también Arequipa. Hace muy poco fue reconocida como patrimonio de la humanidad otra ciudad blanca: Tel Aviv. Sucre colonial por sus albos muros; Arequipa, también vetusta, por la clara piedra volcánica de las casas; Tel Aviv por la blancura de sus edificios, construidos bajo los lineamientos arquitectónicos de la Bauhaus, escuela alemana de arquitectura fundada por Walter Gropius. Si bien este color no define la escuela, fue ampliamente utilizado, así como el beige, en sus edificaciones.

Tel Aviv tuvo un notable crecimiento urbano durante la década del 30. El retorno judío a Palestina se incrementó con la inestabilidad europea. La guerra, un desventajoso armisticio para Alemania, el caos revolucionario y la siempre presente represión sumados a una vertiente ideológico-política que predicaba el regreso a la tierra "prometida" crearon una diáspora inversa. Los hebreos volvían con la experiencia internacional de sus extensas ramificaciones. 17 arquitectos, alumnos de la Bauhaus, que, entonces bajo la dirección de Mies van der Rohe, clausuraría sus puertas en 1933 ante la presión nacionalsocialista de un arte puramente alemán, emigraron al Medio Oriente y se dedicaron al diseño en Tel Aviv. A consecuencia de ello esta villa enclavada en un medio extraño daría la impresión de un estrafalario oasis. Tel Aviv cuenta, más que ninguna otra ciudad en el mundo, con una impresionante cantidad de construcciones estilo Bauhaus que la convierten en un vivo museo moderno.

Los lineamientos básicos de la Bauhaus sufrieron alteraciones para adecuarlos a un nuevo entorno. Los grandes ventanales característicos de Europa tuvieron que reducirse en tamaño por el excesivo calor de la región mediterránea. Las edificaciones levantadas sobre pilares -como quería Le Corbusier- dejaban espacio para que los residentes pudiesen cultivar sus propias hortalizas y hacer jardinería. El ideal de tipo socialista de construcciones prácticas, baratas, rápidas e igualitarias que pregonaba la escuela tendrían buen recibimiento en una sociedad judía que comenzaba a afianzar modestamente sus bases, siendo la modernización de Tel Aviv meta y ejemplo de un objetivo concreto: un estado israelí independiente.

Lo que fue moderno hoy se desgasta. Existe una campaña para recuperar esta arquitectura que ha dejado de ser innovadora y quizá hasta llamativa, pero que representa un hito muy importante no sólo en materia arquitectónica sino también histórica. Un pueblo que se anima a levantar de la nada, sobre una tierra materialmente ajena, una ciudad avant-garde, o está perdidamente loco o ha sabido ligar los dos extremos del hilo, la razón y la pasión, para conseguir sus propósitos.

Tel Aviv, que conozco en memoria y camino en ilusión, bien merece ser patrimonio cultural de la humanidad por esta excentricidad de arte, tanto como Potosí y sus conventos fantasmas, o Cartagena de herrumbre y cañón.
17/11/03

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), noviembre, 2003

Imagen: Afiche: de la Bauhaus a la ciudad blanca de Tel Aviv


Noche de domingo en Denver/MIRANDO DE ARRIBA


Lluvia, un bar de la calle 17, de amplios ventanales y construcción oblonga, mesa a la calle, columnatas y arcos estilo colonial; macetas equilibradas sobre una angosta pared con plantas que tiran su vegetación colgando como jungla interior. Menú de tequilas, quince variedades al menos: José Cuervo y Sauza, reposado, con curaçao, con frambuesa y mora.

Traen una jarra de oscura cerveza mejicana, Dos Equis; cada vaso con limón. Queso caliente con pimentones verdes, una pizca de culantro fresco, jalapeños picantes, para comerlos con doritos que por sí solos no tienen sabor. Es que estamos a veinte horas de viaje a la frontera, a no más de un día de Chihuahua, de Gómez Palacio, del pueblo Ricardo Flores Magón. Y sin embargo al frente hay una bodega, fine meats, fromages -en inglés y francés-, donde se pueden conseguir wurst alemanes, salchichas húngaras rellenas de paprika, vinos griegos y oscuros panes judíos, además de quesos, suaves como münster y havarti, algo más sólidos suizo y jarlsberg danés, y duros desde parmesano argentino, asiago y romano de Italia y manchego español.

La charla gira sobre la guerra: veinte norteamericanos murieron hoy; la economía: el supermercado que visitamos por casi diez años cierra aunque un tumulto de tiendas internacionales abre sus puertas con delicias como largos y coloridos locotos turcos en vinagre al ajo. Recuerdos de Cochabamba, de si la imagen que conservamos de la infancia permanece o son nuestros cerebros los maleados y no la realidad. Noticias de la enfermedad de los mayores que nunca envejecen para los distantes. Quizá trivilialidad sobre lo pegajoso del molle o la memoria de los retablos que inventaba Gíldaro Antezana, Navidad tras Navidad, en el gran eucalipto frente a su casa.

Garúa en Denver y se supone que siendo otoño está bien. Si enfría, la llovizna se convertirá en fina nieve, la que flota y se derrite antes de tocar el suelo. Para nosotros, protegidos por la ventana y el calor de la cantina, lo efímero de la nevada resulta hasta poético. Mas los vagabundos arrastran carritos con sus pertenencias cubiertas de lona negra buscando el amparo de un zaguán.

El edificio de la esquina, construcción ochocentista en ladrillo, podría bien invadirnos de París, del Marais o de la Malá Strana praguense. Sin embargo nace de un Denver que era la capital del oeste salvaje, con sanguinolentas cabelleras indias, por donde pasearon George Armstrong Custer pero también Oscar Wilde.
2/11/03

Publicado en Opinión (Cochabamba), noviembre, 2003

Imagen: Fachada de un edificio del viejo Denver

Kokoschka/ECLÉCTICA


Se incluye a Oskar Kokoschka (1886-1980) dentro del expresionismo alemán. Sin embargo este pintor austríaco no integró los grupos principales de esta corriente, Die Brücke, Blaue Reiter, sino que siguió un camino personal, aunque no aislado ya que en su visita a Berlín, 1910, se contactó con ellos.

Cierto que cronológicamente hablando, Kokoschka comenzaba a incursionar en el arte cuando los expresionistas de Dresde ya habían lanzado sus manifiestos. Kokoschka llega a Dresde más de diez años después, pero su relación con los artistas alemanes lo liberó temprano del legado de la Secesión austriaca. Recibió la influencia de Klimt, cuyo enorme peso en el arte vienés era difícil de eludir; del pintor croata Rudolf Kalvach, su contemporáneo y compañero estudiante en la Wiener Werkstätte; de George Minne; de las exhibiciones de Gauguin, Van Gogh, Rodin y también de El Greco cuya retrospectiva en el Salón de Otoño de 1908 en París convulsionó el arte europeo. Reproducciones de los óleos de El Greco llegaron pronto a Viena y causaron notable interés, tanto que al año siguiente Klimt y otros artistas viajaron a España para verlos.

A la par que sus pinturas Kokoschka desarrolló una rica obra gráfica que en algunos casos son esbozos de lo que se convertiría en cuadros, mientras que en otros representan trabajos acabados al carboncillo, lápiz, témpera, acuarela, tinta china. Destacan sus retratos de personalidades de su época, una serie de lo que él llamaba sus pinturas negras y que tienen alguna resemblanza con Goya.

Es interesante anotar que aparte de las escuelas o sujetos artísticos de los que heredó técnicas, ideas o colores, Kokoschka, apasionado por la historia, indagó en las culturas de Egipto, Mesoamérica, Babilonia, el arte medieval europeo, Java y Japón para añadirlas a su ya sofisticado talento.

Fue dramaturgo, poeta, ilustrador, creador de escenarios y vestuarios para el teatro. Incursionó en la arquitectura. Su diseño para el crematorio de la ciudad de Breslau (hoy Wroclaw) en 1914 no fue seleccionado. Muestra una torre con reminiscencias del recién descubierto zigurat de Samara, la antigua capital abasida en Mesopotamia -otra torre de Babel- con frescos gigantescos, que él pintaría, en los vestíbulos interiores.

Por varios años se ligó sentimentalmente con Alma Mahler, viuda del compositor, musa, esposa y amante de los más selectos hombres de su época -Rilke, Gropius, Werfel- a quien embarazó. El aborto de Alma repercutió en su arte y la representación de la muerte se agudiza. Hay calaveras en los dibujos de Oskar Kokoschka, rastros quizá del medioevo, de la guerra europea, la más sangrienta de todas, de la familia y el niño perdidos y la premonición del futuro que construiría prácticos crematorios, ajenos a la intención sublime y monumental que quería dar el artista a un lugar donde se queman muertos.

Emigra de Austria a Checoslovaquia, de Checoslovaquia a Inglaterra, de Inglaterra a Suiza, de Suiza a la muerte.
3/11/03

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), noviembre, 2003
Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), noviembre, 2003

Imagen: Osar Kokoschka/Autorretrato en un afiche de exhibición, 1911

Saturday, August 13, 2011

“El exilio voluntario” de Claudio Ferrufino Coqueugniot, muestra la vitalidad del oficio


Con “El exilio voluntario”, el escritor cochabambino Claudio Ferrufino Coqueugniot ganó en febrero uno de los galardones literarios más prestigiosos de habla hispana, el Premio Casa de las Américas de Cuba.

La novela tiene ahora una edición boliviana, a cargo de El País y la primera antes de la edición oficial, que fue presentada recientemente en el Centro Simón I. Patiño de esta ciudad, y antes en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra.

La historia, en partes autobiográfica según dijo su autor, se ambienta en Estados Unidos y toca temáticas como la inmigración y las diferencias culturales.

“La novela observa cómo el ‘sueño americano’ se convierte entonces en una pesadilla. Formalmente vertiginosa, narrada con enorme vitalidad y dominio del oficio, en ella se despliegan diferentes planos a lo largo de tres décadas. Por otra parte, las referencias literarias, culturales y políticas, no incorporadas por mero voluntarismo, agregan mayor riqueza a la obra. Finalmente, cabe destacar la corriente de humor que recorre toda la escritura y de la que no escapa la autoironía del narrador”, señala la apreciación del jurado de Casa de las Américas.

A manera de presentación, Elena Ferrufino Coqueugniot refiere: “Con sorpresa veo que el escripto, guión dirán, de la película checa ‘Éxtasis’, 1932, lo hizo Viteszlav Nezval, mi poeta favorito, con Julian Tuwim y Esenin, de 1985-86. Pero lo triste es que este filme se conoce porque la bella Hedy Kiesler, estrella como Hedy Lamarr, aparece desnuda en una escena lacustre y en una carrera en que el viento y los arbustos le tocan las teticas autriacas. Se ha olvidado a Nezval”.


Arquitectura narrativa

“Y es 1999”

Así empieza la novela y comienza así un decurso de vértigo, pincelado de historia, cine, literatura, política y experiencia de vida alucinada. Tres décadas transcurren por sus páginas, que a tiempo de enfatizar el desplazamiento del personaje principal hacia los Estados Unidos, sorbe tragos de infancia, de pasado y de futuro, transgrediendo el espacio estrictamente textual. El exilio voluntario se constituye en leit motiv para estructurar una arquitectura narrativa donde confluyen destierro y marginalidad. Donde los tiempos se entrelazan y los espacios se funden en lo que Ramón Rocha Monroy ha llamado un “presente vertiginoso”.

Claudio Ferrufino Coqueugniot explora una serie de estrategias de representación que revolucionan no sólo la memoria y el hilo narrativo sino, sobre todo, el lenguaje.


“Los caminos de la vida”

Me atrevería a decir -refiere Elena Ferrufino- que la más importante experiencia del exilio que nos presenta el texto es, precisamente, el inusitado –casi desmesurado- manejo del lenguaje, la superposición de planos, la coincidencia de tiempos y espacios en el universo de un mismo párrafo, de un texto único que no respeta normas, que trasciende los rigores lingüísticos y de estilo, que nos destierra de una narrativa “regular” y nos obliga a deambular con narrador y personajes entre las intempestivas argucias del recuerdo y la nostalgia:

“He vuelto a Springfield una vez más, diez años después, para ver a mis amigos Jimmy y Julio, constantes en su vida de penumbra. De Lorgio no supe más, sino unos chismes que no escucho. Las cosas cambiaron. Arlington y Alexandria que en algún momento reemplazaron a Cochabamba –uno encontraba hasta a sus enemigos en la calle; los Condenados paseaban cadenas con el mismo desparpajo que en el Prado; los de la calle Uruguay jugaban fulbito sin que tiempo y espacio se hubiesen alterado. Las salteñas sabían casi igual y en el Cecilia’s, alguien de Generación 2000 había instalado un sistema de video en el baño de mujeres para verlas cagar, el sumum de la escatología, cosas de músico dirán aunque los federales no piensen igual”.

Escribir deviene recurso estético e irónico que le permite a Claudio no sólo recorrer “los caminos de la vida” sino proponer una aguda crítica de los mecanismos de significación dentro del texto y una particular mirada del mundo. Desde una perspectiva siempre marginal y contestataria, la novela se puede entender como un cuestionamiento de la mentalidad social, la historia y la ideología de una realidad concreta que se llama “exilio voluntario”.


Crudo e irreverente

Todo en el texto representa una provocación. Comenzando por el uso del lenguaje, el abordaje temático, siguiendo con el recurso de la numeración de los capítulos que parece seguir un patrón estable durante los primeros 34, para luego comenzar un desenfreno donde la narración vuelve al capítulo 25 y se alterna con números romanos, números arábigos, nombres de personas, nombres de lugares, letras, números en inglés, bilingües, respetando espacios o uniendo palabras, hasta llegar al capítulo final que se llama simplemente “último”.

La novela expone un tratamiento crudo, irreverente, de la sociedad norteamericana, de sus políticos y de sus costumbres, mientras desnuda la historia privada de la Cochabamba del suburbio, de las chicherías, de la farra… Carlos Flores, personaje central y alter ego de Ferrufino Coqueugniot se localiza siempre en lo marginal, en lo prohibido. Desde ese espacio articula la remembranza, la nostalgia de la familia y los amigos y las transmuta en filo atrevido que lacera y fragmenta aquel “sueño americano” que fuera dorada imagen de un siglo ya pasado.

Transcurre, sin embargo, un deleite de arte, música, cine, literatura entre las páginas matizando guerras, matanzas, gringos y putas. Y se crea así una suerte de magia, gama, maga, daga que nos ilustra, pero también nos reta a una lectura comprometida, diferente, marginal… desde nuestro propio exilio. Nos obliga a despojarnos, a ampliar nuestro horizonte de expectativas, nuestros más callados secretos, nuestra mojigatería y nuestra falsa moral para enfrentar un texto crudo, torpe a veces, agresivo pero, a la vez, profundamente humano, plagado de humor, ironía y vida.

Desde el abandono de la casa paterna hasta el matrimonio y las hijas en tierra norteamericana, la novela nos ofrece un espectacular paseo por la historia no sólo de Bolivia y Estados Unidos, sino del mundo. Chechenia, Iraq, Afganistán. Jorge Negrete, George Bush, Saddam, Lula. Klimt, Los Beatles, Borges… excesivo y complejo ese “universo difícil” (en el que) “no quedaba otra alternativa que construir mi propia leyenda”, confiesa Claudio.

“El exilio voluntario” puede leerse como la lúcida metamorfosis de uno mismo, de autor, narrador y lector. La condición del exilio articula un constructo desde donde Ferrufino Coqueugniot despliega una narrativa alucinada que transmuta el mundo. Todos los espacios, todos los tiempos, todas las sensaciones se compactan, contradicen, se fragmentan a través de un lenguaje único, de un estilo absolutamente personal que no puede sino situar a Claudio en un lugar privilegiado en las letras bolivianas e internacionales.

Leído por Elena Ferrufino-Coqueugniot, Centro Portales (Cochabamba), junio, 2009
Publicado en Opinión (Cochabamba). junio, 2009

Imagen: George Grosz, 1920

Thursday, August 11, 2011

El exilio voluntario


Por: Mauricio Rodríguez Medrano

«Si algo dura más de seis meses o es un embarazo o no vale la pena», dijo el Subcomandante Marcos como personaje en la novela Muertos incómodos, que fue escrita a cuatro manos con Paco Ignacio Taibo II. Esa frase es una ironía a la misma lucha zapatista que se alarga hasta nuestro días. Entonces: lo que dura más de seis meses vale la pena. Entonces: un exilio que se prolonga diez años vale la pena.
«El exilio voluntario», empieza con una hoja que marca el tiempo: «1998-2008». Luego está el vacío, la hoja en blanco. Luego está el tiempo entrelazado al espacio: la descripción, la narración. Luego está el tiempo que se quiebra y prevalece la narración sin un espacio determinado: El pasado es una hebra que es tejida con el presente, con el futuro que es duda, y el personaje transita por sus recuerdos hasta el cansancio. Los recuerdos como una tierra de nadie, como es el exilio verdadero.
Esta novela fue escrita por Claudio Ferrufino Coqueugniot. Ganó el Casa de las Américas 2009. La compré por casualidad en los libros usados del Mercado Lanza, al lado de una carnicería. La versión que poseo tiene errores de empastado. La tapa fue pegada al revés. «Robaron este libro de la editorial», me contó el vendedor por lo bajo. «Aunque no fue un robo. Nadie lo quería».
Empecé mi lectura en una banca de la plaza Murillo. En sus páginas pude encontrar a Faulkner, a Joyce. Pude encontrar a Kerouac, a Bukowsky. Pude encontrar la melancolía de los migrantes que recuerdan en flashes a su tierra natal, a sus mujeres: una tela de encaje, unas piernas blancas y suaves, un beso, saliva y tierra.
Las voces de los personajes saltan como en un hervidero, se hacen ágiles, describen, callan, son reemplazadas, regresan, regresan, regresan. No es necesario una trama: así como es el exilio, la diáspora, las situaciones empiezan y a veces no tienen final. De lejos, la mejor novela boliviana de este siglo que recién comienza. El autor es suficiente maduro para trabajar con la palabra con paciencia.
Sólo queda recomendarla, y oír alguna lejana canción en una chichería, todo de madrugada cuando nada tiene un contorno real.

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Fuente: Ecdótica/Posted on agosto 3rd, 2011 by Marcelo Paz Soldan
Publicado en Semanario Uno #422 (Santa Cruz de la Sierra), 12/08/2011

Imagen: Portada de la edición boliviana/El País, Santa Cruz, 2009

Monday, August 8, 2011

Tierra/LIBRO DE PRODIGIOS


La Pinta, sobre el mar, paloma de madera. Lunar del agua sigue la muerte del sol.

El Almirante va en la mayor, la lenta, la pesada. Diez de noche y once de octubre. Ha visto hierbas, aves que comen peces. Presiente. Ojos claros, ojos largos. Dice que lumbre, allá, allá, oscura distancia que se ilumina por el loco. Nadie más; no hay playas ni hombres en la arena, ni luz ni Dios ni España. Pero hay que afirmarlo: sí, Almirante, cierto, salió y se escondió el primer indiano insomne, aquel que no duerme y espera al borde del mar las señales de un dios mojado.

Las dos de la mañana vienen con pesadilla, con el inmenso lomo de una ballena enfrente del vigía. Se desespera. No sabe que su terror vendrá con oro, que con él abre la eterna codicia general. Grita ¡tierra! en un momento. Su voz trae anclas, y el ancla la esclavitud; se han tirado los dados.

Olvidaron las ballenas, los monstruos marinos. La única jiba se forma en la espalda de Colón, con los premios. El viento se lo había dicho al oído, más temprano.
¿1996?

Imagen: La Niña, la Pinta y la Santa María