Sunday, November 30, 2014

ASMA, de Aldo Medinacelli


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Leí una novela inédita de Aldo Medinacelli y me sorprendió el temple de su narrativa. Ahora, en un género distinto, el cuento, lo he vuelto a encontrar. 

ASMA es un libro diverso, no dispar, aunque he tenido preferencias en cuanto a la temática y el estilo de cada uno de los relatos aquí incluidos. Es, a su modo, una antología breve, pero que mantiene una constante -mejor dos-: suspenso y asfixia, sustantivos que intentan sintetizar un universo con mucho más amplio.

Considero a La reina de corazones como la joya de esta compilación, pero no puedo dejar de mencionar la maestría con que Aldo Medinacelli maneja el laconismo, la ambigüedad y el juego intelectual en tantos otros.

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De la contratapa del libro (NUEVO MILENIO), Cochabamba 2014

Friday, November 28, 2014

Escribir con hambre/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El maestro Monterroso, hablando en El mono piensa en ese tema, dice: “(…) ese tema del escritor que no escribe, o del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero lector mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan (…)” y muchas cosas más relacionadas con este ridículo y glorioso oficio de escribir.

Siempre me consideré ajeno al mundo de los escritores en cuanto a gremio. Mi alejamiento geográfico también ha sido autoexilio premeditado. No porque me considerara afectado por las personalidades del medio en sí, sino por una manía solitaria de disfrutar mi tiempo y mis cosas aislado. No fue hasta la aparición de las hoy imprescindibles redes sociales que comencé a establecer contacto con colegas de la pluma, a veces del puñal. No me arrepiento de ello. Me doy cuenta de lo enriquecedor que suele ser compartir con otros, pero abrumador al mismo tiempo. Ya en Cuba, como jurado de un evento literario internacional, me sentí como pato entre cazadores. Todos hablaban, excepto los cubanos por las circunstancias, de sus encuentros fortuitos o preparados en los lugares más diversos. El festival Hay, en Cartagena de Indias, en Berlín, en bienales y ferias del libro. Me sentí tercermundista, alienado, gleba, criminal y comprendí que esto de la literatura, y el arte en general, es un negocio, y que hay mercados, negociados, cuotas, de cuántas cuotas puede por ejemplo tener un país como Bolivia en la tienda literaria mundial. ¿O creen ustedes que se daría cabida a una treintena de autores de Burkina Faso?, por supuesto que no, sin importar que esos notables treinta negros de una desgraciada región sean magníficos. Pasa lo mismo con nuestro país, objeto de mirada de folklore y poco más. A veces no prima el talento, ni siquiera interesa.

Me echarán en cara el tema de Irlanda, mínima Erin con pléyade de geniales escritores. No es el caso. No hagamos política…

Guardo como un recuerdo muy preciado mi inclusión en la Unión de Poetas y Escritores de Bolivia, filial Cochabamba, siendo yo muy joven. No anoto nombres ya que son muchos y no hay que olvidarse de ninguno, pero era admirable como aquel grupo de poetas, narradores, novelistas, varios surgidos de las oleadas de Gesta Bárbara, dedicaba su tiempo a promocionar, discutir literatura, a producirla y a leerla. Invitaban a escritores del país a encuentros, o íbamos nosotros. Sé que hubo quien desdeñara su labor, desde una óptica sectaria y supuestamente moderna. Aquellos “viejos” tenían el espíritu indomable del arte y la rebelión. Al lado de sus corbatas o títulos académicos eran capaces de impactarse con textos de nueva literatura, o de querer, como me lo dijese uno alguna vez, vivir aquello de manejar ebrios por la capital de EUA, escuchando a todo volumen Born to Be Wild. Lo decía alguien que se hizo adulto apenas acabado el asunto del Chaco.

Escribir con hambre. La figura del Licántropo, Petrus Borel, haciendo oír desde el África la terrible expresión j’ai faim, tengo hambre, en una opción que de alguna manera rememoró Rimbaud y que no son (las dos) del todo inexplicables. O Simone Weil dejándose morir de anorexia bajo un entramado teórico que parecería enajenación. “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía”, suena el vallenato en el tocadiscos, y es así, tan simple como la versificación popular, que de seguro un atolondrado, y grandioso, Fernando Vallejos escupiría encima sin quitarle su verdad. Hallar un sendero por el que discurra la literatura, la propia, suele ser engañoso; quizá mejor ni buscarlo. Parto de la premisa que hay que vivir, vivir para contarla, si se quiere, no con ánimo de desmerecer cualquier otra búsqueda o de imponer rangos de valor a lo creado. Creo que cada quien lo hace a su manera, y, volviendo a la Weil, que al destinarse ella misma en persona a la experiencia del sufrimiento de los oprimidos, tal vez lograra lo que deseaba. Lo hice, en circunstancias muy distintas, y con personalidad en nada similar: me entregué a la dureza del trabajo físico, a martirizar el cuerpo como un yunque, la fragua donde Vulcano funde los escudos de los héroes argivos. O lo pensaba. Con los años he logrado no solo digerir los largos lustros de encantamiento obrero. Lo que aprendí nunca lo hubiera leído, porque hubiese sido de segunda mano. Y a veces pienso en cuánto ha influido ello en mi labor de escritor. Claro que es una carrera contra el tiempo, y los límites de la experimentación podrían ser fatales. ¿Acaso importaría? Porque no comprendo el empeño de eternizarse en algo, ni en un papel con algo magistral escrito. Será que no creo en la eternidad y sí en el placer.

En ocasiones nos emborrachamos con Víctor Hugo Viscarra. Hoy que otros han valorado su obra, los intelectuales se desesperan por ligarse de cualquier forma inverosímil a su memoria, su existencia, su legado. Cuando nos veíamos siempre andaba jodido, hambriento, dispuesto a aceptar migajas con un rictus sarcástico. Vivió lo que escribió y viceversa, y dentro de la tragedia de sus años creo que fue feliz. No recuerdo hablar de literatura con él, aparte de unas menciones a que su nombre venía desde el gran francés. La conversación giraba acerca del trago, de la capacidad de beber, de duchos y de pollos. Regalaba imágenes de crueles meretrices y arduos copófragos. De Sáenz no quería oír, para él no era más que un “Tribilín”, que en la jerga de nuestro tiempo era algo como un  huevón.


Otro fue mi querido Raúl Choquetaxi, desconocido porque jamás publicó. Era la literatura andante y la astucia de su vocabulario creaba estilos que sin duda en otro contexto y otro país le hubiesen dado fama. Caballeros medievales con las limitaciones, absurdos, luminosidades y grandeza de nuestro ser mestizo. Pasaron por allí, por las chicherías de extramuros, de inframundos, y me pregunto qué valor tiene la desesperada persecución del prestigio, el acicalarse para aparecer en las mil y una noches del mundo literario de nuestros escritores locales. Mejor sentarse a disfrutar de la tarde, a ver caer las frutas de los manzanos que por ahora están solo floridos. Pregúntenselo a Newton.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013.

Fotografía: Ligia Ferragutti, 2014

Tuesday, November 25, 2014

Americanos postergados/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El domingo por la  mañana, muy temprano, detuve el auto y paré en un McDonalds a comer. Para muchos, eso es un estigma, pero en medio del frío, de la ventisca helada del amanecer, bien caen un café y un panecillo con chorizo y huevo, provengan de donde provengan. Hacerlo, o aguantarse el clima y seguir a riesgo de tus riñones. Pues bien, atendía en caja un muchacho latino, bilingüe, de menos de veinte años, algo distraído. Apenas me cobró, y antes de que el cliente detrás se acercara al mostrador, levantó un Cubo de Rubik desarmado y en menos de un minuto, el tiempo en que puse el cambio en el bolsillo y el otro miraba el menú arriba, lo completó con movidas rapidísimas. Mientras aguardé el emparedado, el joven lo desordenó y lo volvió a acomodar al menos tres veces. Pensé que yo había tratado el maldito cubo alguna vez, y luego de treinta minutos lo arrojé a un lado con el desdén de los incapaces. ¿Inteligencia o simple mecánica? Ambas. Algún talento extraño hay que tener para adquirir tal práctica.

Luego, el mismo día, a las ocho de la noche, un trabajador del periódico, nacido en Honduras, vino a arreglarme tres computadores. Me había dicho en el trabajo que sabía de ellas, que confiara. Ante la posibilidad de llevarlas a un shop gringo, donde me sacarían el ojo de la cara por hacerlo, decidí arriesgarme. Vino, se sentó parsimonioso en el dormitorio, y escuchó mi explicación sobre lo que andaba fallando. Sacó su laptop, pidió el código de wi-fi y, diciendo que no tenía práctica con Macs, comenzó a rastrear en la Red para aprendérselas de inmediato. Uno de mis ordenadores, una Performa de casi veinte años, tiene cientos de escritos míos y un par de novelas en construcción a los que ya no tengo acceso y deseo recuperar. Agarró el armatoste y no sin bastante esfuerzo lo destapó. Yo miraba aterrado mínimos tornillos, piezas sueltas, el panel electrónico, apilarse al lado. Como con el Cubo de Rubik, para mí eso implicaría el fin del mundo. Reclamaría a favor mío que yo escribo, que no tengo por qué tener habilidades técnicas. Pamplinas. Me gustaría poder.

El hondureño se manejó entre el revoltijo con soltura y terminó, luego de dos horas, entregándome las máquinas en funcionamiento. Ahora me toca bucear entre la maraña de verbos para ver si un poco de lo que está escrito vale algo. A lo que voy es que estos muchachos representan aquello que los Estados Unidos de América no quiere ver, en medio de una política ciega y por qué no racista. Prefieren importar pakistaníes, hindúes, japoneses y chinos para llenar el inmenso vacío de mano de obra capacitada en el área. No miran que estos jóvenes, nacidos o crecidos aquí, son “americanos”, que sus países no son ni México ni Honduras sino USA. El ejército norteamericano está plagado de ellos, y no de ahora. Quien puede morir por un país, supongo que tiene el derecho de vivir igualitariamente en él.

Se condena a una juventud potencialmente millonaria a trabajitos mal pagos. Cierto que el asunto inmigratorio, latino, es serio y complejo, pero no comprendo la inversión en gente extranjera que a la larga se irá, llevándose dinero y tecnología, como pasa con los chinos, postergando, por otro lado, a coterráneos suyos a los que se niega el derecho a existir como todos. Bill Gates y Mark Zuckerberg lo saben, y por eso alegan por una reforma inmigratoria. Silicon Valley está llena de latinos en puestos sin importancia: mano de obra imprescindible y barata pero con el tremendo veto de la legalidad que les impide crecer y al país beneficiarse de su capacidad.

Cuesta al sector republicano entender que dichas personas consideran esta su tierra, que no tienen, ni quieren tener, otra. Son segunda o tercera generación, enfrascada más en la revolución tecnológica que en los chicharrones de la nostalgia. ¿Hasta cuándo? Obama ha hecho algo, mediano, pero quizá sirva para calentar la discusión en términos reales, no frívolos ni ilusorios.
24/11/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 25/11/2014

Thursday, November 20, 2014

Homero, Troya, Micenas, Schliemann/EJERCICIOS DE MEMORIA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Creo que la única literatura que nos marca es la que leemos de niños.

En 1969, mis padres me regalaron una edición de “La Ilíada”. Leí con avidez sus páginas y lo he vuelto a hacer veinte veces a lo largo de mi vida. La Guerra de Troya tocó profundamente mi sensibilidad. Desde tal instante pensé que yo era “Héctor, de tremolante casco”. Esa idea no me abandonó jamás: de ahí quizá la soberbia... “Héctor, matador de hombres”.

Mas no es de mí de quien voy a hablar. Durante el siglo XIX, un helenista alemán, muy rico y obsesionado por sus lecturas de Homero, partió hada Anatolia en busca de Troya, contando únicamente con la guía de los poemas homéricos. Enrique Schliemann (1822-1890), desafió el mundo con un sueño infantil entre las manos.

Con la puntillosidad inherente a su condición de germano, fue analizando, paso a paso, la supuesta ubicación de Troya según Homero. Cuando estuvo seguro, comenzó sus excavaciones en una colina, túmulo de ciudades superpuestas. De acuerdo a la cerámica y objetos del tiempo de la guerra (2000 a. C. aprox.) paró el trabajo y dio a conocer su hallazgo. A pesar de su artesanal manera de comprender la arqueología, y de destrozos causados en las ruinas, Schliemann merece un gran sitial en la historia.

Otro hombre se hubiera quedado estático en su gloria, pero Enrique Schliemann era un soñador, un romántico. Se le metió Micenas, la patria de los Atridas, en la cabeza. A través del mismo procedimiento -el estudio del poeta ciego- Schliemann descubrió Micenas, con su Pórtico de los Leones. Encontró una tumba, “la tumba de Atreo”, y un tesoro. Supuso que era el tesoro de Agamenón y el mundo conoció a este legendario rey por una mascarilla mortuoria en oro. Mas tarde se supo que no podía ser de Agamenón, pero ese es otro asunto.

Schliemann convirtió los sueños en joyas que brillaban, en muros donde aún se escuchaba el sonido de las espadas.


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Publicado en TEXTOS PARA NADA (Opinión/Cochabamba), 27/10/1987

Imagen: La máscara de "Agamenón"

Tuesday, November 18, 2014

Colombia: el precio de la paz/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando la revista Forbes desenmascara en su estadística los millones con que cuentan organizaciones como ISIS, Hamas y las FARC, las mayores del mundo, no hace más que confirmar lo que se ve, que son grupos de lucro, económico-político, religioso en los dos primeros casos, con discursos engañosos. No es que una organización deba ser pobre para ser verosímil, pero es obvio el divorcio entre lo que se dice y lo que se es.

El presidente Santos de Colombia, que supo jugar sus cartas en ambos bandos: el duro uribista y el que concede hoy, tiene también intereses en juego en su trato con la narcoguerrilla (olvidemos que esta alguna vez tuviese el aura sacrificial de los movimientos guevaristas), los que se observan y pregonan y seguro que otros escondidos. El narco ha invadido América Latina; compra vidas y conciencias. Santos está permitiendo que los supuestos defensores del pueblo, millonarios gracias al tráfico de cocaína y minería ilegal, salgan sin castigo del drama colombiano. Además con un caudal de dinero que les permitirá el acceso casi inmediato al poder, y de allí la historia similar a la de Bolivia, la del narcoestado y la monarquía de reyezuelos perversos y “traviesos”. Sabemos que con arcas llenas, repartidas con astucia en migajas aquí y acullá, conformarán una base social que les permita un respiro de al menos una década de poder, y de multiplicación de los panes -los suyos- en oposición al hambre controlada de los demás. Santos es cómplice de eso; ¿cuánto costó comprarlo? No lo sabemos.

Esta gente “guerrillera”, admirada otrora cuando éramos indocumentados, tiene gran capacidad de marketing. Es capitalista de práctica y usurera de profesión. Afirma vivir en la izquierda cunado su accionar está del otro lado. Odia a sus competidores pero hace lo mismo que ellos. En realidad es peor, ya que todavía en la derecha hay un margen que permite el sueño, aquello de que el bienestar sea alcanzable gracias al esfuerzo individual. Ilusión o utopía, ahí está. En la izquierda habita la destrucción del individuo, su animalización, su alimento medido, su accionar prohibido. Todos por igual, todos con hambre menos nosotros, los líderes, los padres de la patria en su palacio. Recuerdo Cuba con una población activa en las plazas durante el día. Pregunté ¿Por qué no trabajan? Las respuestas iban desde que no hay trabajo hasta ¿para qué? El estado, decían estos últimos, nos da dos pollos al mes, equis peso de carne, media botella de aceite, cupones de pan. Provee lectura única. No necesitamos trabajar. El dinero extra se lo gana con el cuerpo, al mejor estilo de la época batistiana.

Apenas se les dé a las FARC un resquicio para meterse, lo harán con paso de parada, con un rodillo de millones y el narco detrás, que arrasará de nuevo el país. Serán Pablo Escobar, esta vez con capacidad de campaña, peso político y armas, no con las veleidades de un megalómano sino con una organización casi jesuítica de toma del poder y permanencia eterna, de megalómanos también, pero organizados para barrer metódicamente los escollos a su paso. Luego la coronación, de uno o de varios, para instaurar otra monarquía más en el continente que las combatió hace doscientos años. Colombia será con ellos, aún más, un eslabón vital en el multifacético y horroroso mundo de la droga. En nombre de la humanidad, se quedarán para siempre dando limosnas, tan buenos son, mientras trafican.

La paz es el bien ansiado, por supuesto. La población civil ha sufrido demasiado a manos de bandos crueles en los dos extremos. Tema de gran complejidad, porque cada una de sus aristas puede diseccionarse sin fin. Nos concentramos entonces en paz con impunidad o con castigo. Santos quiere una, porque lo asegura en el momento, así como asegura el futuro de los jefes narcoguerrilleros en la política. Es trato deshonesto, de intereses privados, la venta de Colombia al postor más rico. Un negocio.

17/11/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 18/11/2014

Sunday, November 16, 2014

Todas las noches la noche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Renán Tarifa cantaba rancheras en un boliche hoy desaparecido de la avenida Oquendo. Alguna vez caímos por ahí, sabiendo que como músico tenía derecho a trago, no ilimitado pero lo suficiente como para entusiasmarlo y cantar el resto de la velada gratis. Lo aprovechamos. Era una operación de comercio y ambos bandos sabían regatear.

Subió de nuevo al escenario. Arregló la casaca que el sastre había ampliado para soportar su peso y dedicó, modulando la voz como los relatores argentinos: “Ahora una pieza para todos aquellos que han estado en prisión, Escaleras de la cárcel, de la deliciosa tigresa Irma Serrano, genuino amor del maestro José Alfredo”.

“Escaleras de la cárcel, escalón tras escalón, unos suben, otros bajan, a prestar su declaración…”. Para qué más, la lírica despertó pasiones y en cada mesa se enjugaban lágrimas o se echaba carajazos. En la nuestra, y siguiendo a Kierkegaard que sugiere que cada uno teja su propia leyenda, se comenzó a alardear. Ninguno fue tan cínico para afirmar que había sufrido prisión por sus ideas, o que tortura se ejercitó en él, como en amigos que conocíamos a quienes sí. Conformábamos un grupo de sencillos vividores, borrachos, mujeriegos sin mujer, enamoradizos, peticriminales.

Historias van y vienen, nostálgicas, anecdóticas, risibles, plausibles, volubles y sintomáticas. Dependiendo del caso y del que lo contara. El mariachi pareció sonar más distante. La conversación presta una importancia en la que uno se envuelve y se escuda. De pronto nos hallamos en un mundo donde por un instante el protagonismo está entre manos. Qué rancheras ni qué cuartos, “Ay, Sandunga, mamá por Dios”; el entorno desaparece, tú eres la estrella rutilante, titilas como un verso de Neruda, subyugas, seduces. Lástima que sea un ofertorio de machos, porque tus palabras podrían acercarte al exquisito de un cuerpo de mujer. La vanidad es una mala droga.

Escuchamos. De a sorbos digerimos los relatos.

Pasaron treinta años, o por ahí. Medianoche en casa y medianoche, creo, también afuera. No abro la puerta porque el frío entra como puñalada gitana, de arriba hacia abajo. La comodidad de estar sentado frente a una moderna HP, escuchando en el silencio la respiración de las hijas, los suspiros del perrito que está tan gordo que parece un chancho vietnamés pigmeo, blanco y negro, dormido como persona, porque así lo cree; se siente miembro de la familia y tiene las mismas prerrogativas, y no sé si se da cuenta que andamos en dos patas mientras él en cuatro. Su afianzamiento con la tierra es superior, mayores su agarre e impulso. A veces pienso que el perro soy yo, y que él juega con mi intelecto y mi imaginación, haciéndome visualizar cosas que no son.

Escuché. Cuando me tocó el turno, desempolvé el recuerdo de una fiesta francesa en Cochabamba. Asistía una mujer sofisticada en su apariencia hippie. Nos conocíamos algo. En las volutas del singani susurró que le gustaba. Salimos, nos metimos al garage y entre un jeep Toyota y la pared consumamos un sexo ávido y veloz.  

Reingresamos al salón. Las visitas compartían un pase de coca, en la punta de una llave que metían suavemente por las oquedades de la nariz. Wara, los Stones, hasta Joe Dassin y Brel ne me quite pas. Nos cruzó la mezcla. Las mujeres se fueron. Subimos al jeep, camino de la nada. En la avenida Libertador nos chocan de atrás. Con el golpe estrello mi frente contra un saliente metálico y comienzo a sangrar, mucho. Bajo, atontado, y grito que quién es el chofer (del otro carro) y cuando me dicen soy yo, le reviento la cara y los dientes caen como reguero de perlas. Aparece la policía, altisonante y pedigüeña; quieren plata. “Así es este país de mierda”, pronuncio en alta voz, lo que conduce a mi inmediato arresto por insultar a la patria.

Celda inmunda, con tan poco espacio. Me sacan unos pesos para comprar pan, y la tajada del capataz de la celda. Los doy. Me tocará una marraqueta al desayuno. Pido al guardia orinar y me dice: “orine”. No hay dónde; me aguanto.

A la mañana siguiente llega mi padre y me echa en cara mi vergüenza, lo bajo que he caído. Fui su esperanza, aprendí francés, gané algún cinturón de karate, devoré su biblioteca, desde Jorge Amado a Guillermo House. Papeleos, firmas. La contraparte quiere daños y perjuicios. Sonríe el victimado con sardónicos medios dientes. El comandante pide para la institución cincuenta pesos y dos bolsas de cemento. Hay trabajo de mampostería allí; los albañiles son los presos, los que no tienen madre ni padre, o no despiertan interés. Años después penetro en la penumbra de un baño de bar y allí está aquel chofer. Le pregunto por su salud y abre la boca para mostrarme: “mira cómo me dejaste”. Le palmeo el hombro y salgo.

Son cinco o seis veces que he dormido en celdas. Recuento: Cochabamba, Leadville, Aurora, Glendale, Littleton, Englewood. Gran currículo y ninguno que exceda la simple anécdota. Nada por lo que pudiera preciarme, o que siguiera el consejo del filósofo danés. Asuntos de cantina, o disputas conyugales que en Estados Unidos pesan como crímenes mayores.

En Leadville regentaba un restaurante, el New West Café, donde aparte de cocina norteamericana ofertábamos con mi socio peculiaridades como el ají de fideo valluno, con nombre adecuado en traducción inglesa. Una amenaza que en Bolivia no pasa de usual bravuconada: “te voy a matar”, me costó el negocio, una noche de prisión con luz roja permanente sobre la cabeza, la separación con mi esposa y la odisea de abogados, jueces y juicio. Me prometí que no me expondría a tal humillación otra vez y me mentí.

Luego detalles, una y otra vez, arrastrado por dos matones, con las esposas cortándome las muñecas. Me habían buscado en el trabajo. Les dije que ya sufrí arresto y corte y les mostré los papeles que lo afirmaban. Esta es otra denuncia, parcos, y dese la vuelta y afuera. Pido a los amigos que avisen a mi hermana, que vayan a sacarme. Tengo que recostarme de lado para evitar el dolor. Miro los carteles: avenida Santa Fe, Hampden, Oxford, Belleview. Nos detenemos en el centro de detención de la ciudad de Littleton. Me ponen con otros cinco personajes, en fila, mirando al grupo de policías. Arrojan una suerte de bañador delante de cada uno y a desvestirse, sin dejar nada. Mierda, recuerdo que en el apuro por salir vi que no tenía un calzoncillo listo y agarré uno de mi mujer, grande y rojo. Caigo en cuenta ahora mientras aflojo el cinturón y voy bajando los jeans. Los otros detenidos me miran de reojo y una mujer policía suelta carcajadas. Me he echado encima, sin quererlo, un baldón. Nos ponen juntos, el grupo completo y me remito al ostracismo de una esquina con la gran posibilidad que los otros me crean maricón.

Felizmente no dura mucho, tres horas a lo sumo. De allí me trasladan, con alguien desconocido en un bus enrejado. Para ello me ponen cadenas en los pies y manos, y otra que conecta ambos enrollando primero mi cintura. Animal de matadero. No me dejan hablar, explicar nada. Lo explicarás ante el juez.

El bus cruza la ciudad, el grupo de ciudades que inventan una urbe, hasta que llego a un descampado donde se levanta un horrible y gigantesco edificio marrón. Un poco de burocracia y me entregan uniforme naranja, el de los felones: crímenes mayores. Los que visten de azul son vulgares rateros, alcohólicos, traficantes de poca monta. Dentro de la tristeza que implica estar aquí y así hay un dejo de superioridad ante los otros. El color te hace peligroso.

Penetramos a un patio. Los presidiarios están de recreo. No veo a nadie de la raza. Tal vez uno; me le acerco a ver si habla español. Me dice que es indio apache. Me quedo a su lado, balbuceando tonterías acerca de Victorio y de Jerónimo. Termina la hora libre y nos arrean a las celdas. Me han colocado junto a otro felón canoso que duerme ya en el camastro de arriba. Voy acomodándome, limpiando la almohada, cuando suena el altoparlante para presentarme con el guarda. Son mis amigos mexicanos que han venido a buscarme. En una sala de espera, adormilado; recién me sueltan a las cuatro de la mañana, y con Danny y otros dos nos vamos directo a repartir periódicos. No se puede perder el jale, como le dicen.

Semanas después una juez judía recrimina a la fiscal las incorrecciones de mi arresto y me permite salir libre, sin cargos ni multas. Me asombra este país.

Transcurre un año. Nos fuimos de vuelta a Bolivia. Tenía pendiente con la ley cumplir visitas mensuales a un oficial a cargo mío. Me cago. Pero Bolivia aparte del olor a eucalipto en los amaneceres del valle carece de todo. Y regreso. Mi abogado aconseja presentarme y entregarme apenas llegue. Tengo sentencia de 180 días de cárcel. Quizá si demuestro buena voluntad me ayude.

No me encierran en celda. Me dan una silla y llenan las formalidades. Que me he entregado voluntariamente e informan de fecha y hora precisas para enfrentar al juez. En esta ocasión es uno irlandés, de cabello negrísimo. Mira los documentos y menciona la evidencia que pertenezco a otra nación, que podía haberme quedado allí sin tener que pasar por esto. No en vano leo libros: le respondo que amo a los Estados Unidos, que quiero quedarme aquí, y que para eso debo cumplir con mis obligaciones con él, aunque signifiquen pagar una condena de prisión. Hay público. Rechacé un traductor. El juez levanta los ojos y dice contundente: “Le agradezco, señor, gente como usted es la que ha hecho grande a este país. Se le conmuta la sentencia y los gastos de corte. Puede retirarse y vivir su vida de decente ciudadano como ha demostrado ser”.


Esa fue mi historia. Los amigos se desinteresaron. Les resultó muy larga. Ahora coreaban El rey. Quise añadir que la primera vez que visité un juzgado me compré un terno, zapatos, y asistí elegante. El ujier que iba a leer en voz alta el número de ingreso de mi caso, me pregunta si soy el abogado defensor. No, replico, yo soy el criminal.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Imagen: Piranesi

Tuesday, November 11, 2014

La lección de Ayotzinapa/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Podría suceder en Bolivia algo así? La desaparición y segura muerte de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” en el estado de Guerrero, México, y sus horribles circunstancias por supuesto que pueden reeditarse en el país. Sucede cuando el narcotráfico copa instituciones y rige destinos. Peor, en el caso nuestro, donde hablar de protección oficial global y generalizada no está fuera de la verdad. Lo regional en el caso mexicano, se amplía considerablemente acá.

Imaginemos una hipotética marcha, no importa de quién, en contra del narcotráfico, de condiciones de vida, de demandas de una u otra especie en el Chapare tropical, republiqueta hoy con leyes propias y dinámica específica. No duraría ni media hora; los protestantes serían desaparecidos de inmediato y asesinados a golpe y machete, previa quema y estrangulamiento sin que nadie diga nada y menos se someta a juicio a los participantes. O Achacachi, o montón de nombres que podemos ir señalando al azar en el mapa de Coquivia. Las amenazas, en las pasadas elecciones, en regiones rurales, que quien no votara por Evo Morales sería castigado a chicote, son Ayotzinapas en potencia. Todavía no suceden porque somos un país que hasta en la violencia en la magnitud que se libera en otro lado estamos atrasados. El narco se encargará de ponernos al día. Además que nuestra población es cobarde y proclive al soborno, casi naturalmente corrupta, y mientras haya dinero en las calles y las monedas toquen, así sea de forma mísera, a una mayoría, se estará bien, contentos, con el infaltable e infatigable ánimo de fiesta que nos caracteriza.

Mientras el mito de una inexistente grandeza crezca, mentiras nos liberen del atávico complejo de inferioridad que nos marca, mientras nos hagan creer que somos potencia nuclear, Suiza, que el ferviente líder es el mesías del mundo, todo marchará sobre ruedas: elección indefinida, eternidad, Incario o aymarato redivivos. No importa, nada importa, que en ello estemos apostando el futuro, porque este pueblo no ve más allá de sus narices, del festejo de la virgen del jusk’u y la proclamación de san Putas. No alcanza la imaginación, menos el análisis, para concebir el país que nos espera, sometido en su totalidad al narco, sin instituciones ni justicia.

Nos encanta vivir lo irreal, la paradoja de que cómo es posible que en un lugar donde el sueldo básico es de solo 200 dólares, la gente construya edificios millonarios, trague -que no comen- por un valor que excede  cualquier presupuesto. ¿De dónde viene la plata? De las remesas, sí, de tantos bolivianos que nos hemos roto la espalda para mandar fortunas de regreso, pero sobre todo del tráfico de cocaína y minería ilegal, asuntos que traen consigo destrucción y muerte, jamás felicidad; fiesta, claro, seguro, pero no felicidad y menos progreso.

Ayotzinapa y una común tragedia mexicana muestra que cuando el estado se permea de crimen, esto va a suceder. Cuando los detentadores del poder y la fortuna sientan que su bienestar sufre amenaza, reaccionarán según la afrenta. Tortura y muerte no se descartan, lo que sea para aterrorizar la disidencia, la disputa, el deseo de explicación. Que Bolivia termine más pobre e ignorante que nunca en el futuro cercano, gracias al auge de la droga, no les interesa. Es un negocio donde los capitalistas criminales no conceden.., obligan.

Guerrero es un espacio pequeño que deja en la mesa una inmensa y trágica lección. Si magnificamos lo que allí ocurre, lo pasamos a un entero país, hallaremos un panorama apocalíptico. No lo comprendemos porque nos urge bailar, chupar, tragar y cagar tranquilos. Viva la muerte, mueran los derechos humanos y a la mierda el porvenir.
10/11/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 11/11/2014

Lituania, Letonia, Estonia, los pueblos del ámbar


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Elina Malamud y Héctor Dinsmann viajan por Lituania con un par de escapadas a los vecinos bálticos. Ella escribe; él acompaña (Los pueblos del ámbar/Txalaparta, 2004), y, sin esperarlo, me cae la infancia de lleno en estas tres de la mañana de un ventoso Colorado con presagio de lluvia-nieve. ¿Por qué la infancia?, porque esta no tuvo empacho en habitarse de hadas y cazadores de osos, de pantanos de la Rusia Blanca y fortalezas en los bosques de Vilna. Oscar V. de Lubicz Milosz martillea en mi memoria diciendo que allí “todas las cosas tienen el color apagado del recuerdo”. Aunque hay tanto verde en las páginas de Malamud que parecería una contradicción, sin serlo. Esa nostalgia, melancolía, peso histórico y mítico, permea incluso lo más colorido del otoño o lo luminoso del verano. En Vilnius y en Kaunas, donde el universo se concentra en piedra y madera.

Quise anotar, delinear un recorrido plagado de hitos para escribir una reseña, pero lo poético de su trashumar, entre el asombro y el análisis, me descuidó. Mejor, me dije, agarrar con firmeza el asa de un amplio jarro de cerveza y convencerme de que hasta la realidad puede parecer sueño, y que hay -o había entonces (apenas lograda la independencia)-, todavía, espacios de recogimiento ajenos a la zozobra. Casas con entramado, color -y sabor- de chocolate, miniaturas, cuernos animales, linces, saunas con un calmo y a la vez tétrico silencio, como en el filme finlandés del mismo nombre, tanta historia; ni qué mencionar sangres y esfuerzos, que es hasta indecible convencerse de la placidez de la narrativa en tal mareo geográfico de trágicas aristas.

La comida… Elina Malamud recorre en paralelo esa experiencia, que es quizá la más íntima de la historia de los pueblos, desentramando nombres con ánimo de conocimiento y de búsqueda de los ancestros propios. Viaje hacia sí misma en territorio fraterno pero desconocido, donde la memoria colectiva de los suyos presiente que puede bandearse sin riesgo y que sin embargo carga el peso de su exilio. Devora un kotlet, no otro que el katlet ucraniano que comíamos en la Pequeña Rusia de Denver con Yefim, tipo de hamburguesa apanada que en su simpleza relata una abigarrada pluriculturalidad, a pesar de la contraparte dramática de saber nosotros que en ella se cocinaron sangrientas diferencias nacionales.

Cuando escapan a Estonia mantienen la imagen de que por sobre toda la región se cierne un aura mágica. Se debe tal vez al olvido, a que los países bálticos han quedado atrapados en el ámbar que trabajaron sus pueblos por siglos. Tienen brillo, lucen, pero semejan hechizados de inmovilidad. La historia se procesa, Gediminas, el medioevo, los caballeros teutones, los Jagellón, polacos y rusos, tártaros, suecos, Riga, Tallinn, el fuego y la destrucción de la guerra y, sin embargo, en cada página, la sensación de plácida modorra, de tomar el sol en una veranda con cerveza y café, en éxtasis contemplativo que se equipara a dulce muerte.

Se detienen en Tartu. Hacia el oriente -sigo yo camino de Pskov y Leningrado- yace el lago Peipsi, donde Eisenstein hundió a los caballeros germánicos en su épica del príncipe Nevski. He leído que es una zona detenida en el tiempo, incluso con Viejos Creyentes que siguen creciendo las barbas como en el siglo XVII y extinguiéndose. Rusos refugiados en Estonia; hombres escondidos de los demás y del tiempo.

Pablo Cingolani, el señor de Río Abajo en una ciudad aymara con veleidades ultraterrenas -La Paz-, me regaló este libro. Creo que por nuestras conversaciones virtuales del más allá y el más aquí, porque a él tanto como a mí nos apasionan estos relatos, que van desde castillos lituanos hasta la coca antigua de los yungas de Arepucho. Me oyó hablar en mi escritura del enamoramiento con el centro y este de Europa, cómo me considero la triste reencarnación de algún poeta menor de Hungría, y el malhadado esbozo de un halconero de la taiga, lo que no me impide ser perspicaz y despierto en cuanto a hilvanar los caminos de los hombres y las encrucijadas de su matrimonio y/o su desencuentro. Supo que en esta obra, con anotaciones manuscritas de Elina Malamud, lo que lo convierte en joya, encontraría guiños de lo que ando buscando.

Lo disfruté en dos vuelos de avión: de Miami a Panamá, y de Panamá a Cochabamba. No dudé en creerlo, que al desbrozar los matorrales de la belleza báltica, y mirando desde el cielo la majestuosidad del Mar del Sur, reanimaba la odisea de Balboa. Extraño sentirse explorador en un amarrado asiento de vuelo comercial; ese el encantamiento de la lectura, poción mefistofélica del eterno amor y también veneno.

No importa lo que se encuentre, y Elina Malamud sabe decirlo dejando abierta la posibilidad de otros viajes; lo que vale es el pasmo, la expresión boquiabierta de lo sublime en lo simple. Pisar una piedra antigua es de por sí trascendencia, y trascendente es ordenar un plato de un menú en idioma extraño. Tal vez nos toque un lenguado cocido a la manera de Danzig, de los casubos de Masuria, o algún brebaje en donde aparezca un viejo mago que tajante exclame: "¡Yo soy Merlín, y dormirás diez siglos!" (Mark Twain).
03/11/14

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 11/11/2014

Imagen: Cubierta del libro

Monday, November 10, 2014

Socorro/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace mucho que mi casa se ha perdido. La zamba dice “la casa ya no es la casa”, o “la casa es otra casa”, y claro que me entristece.

Ligia me cuenta sobre las colinas de Socorro, estado de San Pablo, Sao Paulo, Brasil. Como todos los pueblos o ciudades de interior tiene ese aire de que allí se cuece el país. Por eso los gringos hablan del profundo sur, o de la médula que se agita en los villorrios de Wyoming y Colorado. Manejar por ellos, con Roadhouse Blues a todo volumen, y una risueña imagen de Kerouac que saqué de un stencil en pared, es penetrar al meollo de la cuestión, de la historia, de la belleza, del racismo, de las reuniones abiertas del Klan en las roads de Arvada, según me cuenta Koronado Apuzen, filipino que tiene en su interior una alegría boliviana que le contagia su novia Isabella, mitad cochabambina, mitad socorrense… hija de Ligia.

Socorro hoy es una pequeña ciudad llena de lugares elegantes y de excitantes empresas de turismo aventura state of the art, el último grito. Por sus rápidos descienden kayaks, y en las nubes se cuelgan visitantes entusiasmados con un bagaje de ensueño. Pero Ligia ya no reconoce su lugar natal. Éste se hundió con el recuerdo, con la muerte de sus padres, en los recodos de la Serra da Mantiqueira que atravesándola llevaba al mítico mundo de Minas Gerais, cuando uno todavía cree en diamantes, en príncipes azules y en orcos antediluvianos que viven allí desde antes que Tolkien.

Es que Brasil ha entrado en la carrera de la modernidad. Y este éxito notable, que traerá alegría e intensidad a la existencia de sus habitantes, también será el mayor creador de nostalgia. No al principio, y el inicio con facilidad será de 50 años, o país mais grande do mundo mirará hacia atrás, hacia lo perdido y querrá recuperarlo. Tarea no imposible, pero difícil, porque en cincuenta muchos ya se habrán ido, las retretas en el kiosco de la plaza, donde el sonido de Pedrinho Jazz Orchesta, la banda de Pedro Ferragutti, padre de mi esposa, no toca más. Aires de choro y chorinho se esfumarán por el aire, mientras que las retroexcavadoras atruenan el espacio del cielo que antes perteneció a la música.

Qué viva el progreso, claro que sí, pero con la delicadeza de no atormentar el silencio plácido donde se refugian las horas pasadas, las mal llamadas horas muertas.

Socorro fue un oasis de italianidad en este enclave semi-tropical del Brasil. Los calabreses huidos de la miseria y la Camorra hallaron allí el ideal de vivir en paz, asegurados al trabajo, a la exploración y explotación de la tierra, a poseer un universo donde ya no existían indios y había escasos negros. Antes no había tanto prurito de igualitarismo y a nombre de ello se desdeñó a gente que era eso, nada más que gente, como todos los otros.

Cada domingo la población se reunía en la plaza y, al ritmo de la banda, las mujeres daban giros y más giros alrededor, mientras los hombres permanecían parados. Pedro y sus dos hijos mayores tocaban allí, sin falta, cada semana. Trombón, batería, clarinete y/o saxofón deleitaban al público con marchas y pasodobles. Lo mejor del año sucedía entre el 13 y el 15 de agosto, donde se veneraba, o festejaba, a Nossa Señora do Socorro, que en procesión despertaba la lujuria de las rústicas congadas y el golpeteo cadencioso de tambores y pandeiros. Mientras lo cuenta, se le caen a Ligia los párpados italianos en esa incurable enfermedad que se llama melancolía.

Durante el carnaval, comparsas que no eran las todavía inexistentes escolas de samba, danzaban en medio de disfraces que valientemente arriesgaban un divertido travestismo. Gigantes de zancos aterrorizaban a los niños, como aquellos que en Yellow Submarine combatían contra las fuerzas del Bien. Casi una premonición, en la que ganaron los buenos ya que los hombres zancudos jamás retornaron a la fiesta.

Dos clubes se disputaban lo mejor de la sociedad, o lo peor tal vez. La clase media se reunía en el Club Quince de Agosto, mientras el nombre del otro establecimiento se le olvidó, porque entonces uno iba a donde le correspondía y no a cualquier lado.

Las marchinhas de Momo, que de a poco fueron convirtiéndose en las sambas de enredo actuales, se confundían con la noche. El samba de Sao Paulo, que es samba itálico, blanco, y no negro a diferencia del de Rio, aún no había incursionado por los bordes del poblado. El erotismo que llegó con el dinero no atravesaba los muros íntimos de los hogares. Hoy que se vende el carnaval brasileño como la magnificación del sexo, no significa que siempre fuese así, aunque Vadinho y su verga de goma lo desmientan en los embaldosados de Bahía.

La urbe tenía la imagen de un sueño. Pedro Ferragutti vivió de joven allí, pero para los hijos un viaje semejante olía a aventura hereje. Cierta vez, cuando dormía yo en una casita montañera de Lodève, Francia, conversando en la noche con los hijos y nietos de un viejo anarquista español que se refugió en el Larzac, cuando les comentaba de París, de las discusiones en la Internacional Anarquista de dónde veníamos con varios militantes de la FAI, miraban boquiabiertos; preguntaban el alto de la Eiffel, y el ancho del Campo de Marte. Igual para los socorrenses de entonces, el ronroneo del monstruo de Sao Paulo semejaba un sueño lejano, provocativo.

Economía de café. Altos cafetos cubrían las colinas. Hojas muy verdes, de verde oscuro; delgados troncos y los rojos frutos que parecen grosellas desde lejos. Y tabaco que enrollaban los viejos italianos mientras contemplaban a sus coterráneos jugando bochas, y recordando, nunca nos lo dirán, Nápoles y Génova.

No hay italiano que se precie que no sea hincha del Palmeiras. Aún hoy, los hermanos de Ligia: Danilo, Gilberto, y quizá en el fondo Toninho, el acordeonista famoso, putean como los de su raza, a voz en cuello, cuando los negrinhos del Corinthians les marcan un gol.

¿Podrá el Brasil del futuro no olvidar la cotidianeidad de estos que lo construyeron desde abajo? Los pueblos que olvidan sus orígenes por lo general se condenan. Ya Brasilia representó un reto hacia el pretérito, levantándose a impulso de una idea sobre yermo inmemorial. Pero en los cimientos de Brasilia no solo habita el concreto, sino también los gnochis y macarrones de los peninsulares, sumados a los frijoles y cuero de cerdo que devoran los africanos. Solo combinación tal, la de antiguo, hoy y mañana podrán solidificar un hartazgo de riqueza y poder como el que se le viene al país.

Socorro duerme la siesta. Sobre la voluptuosidad del silencio se elevan las voces de Caruso y Tito Schipa, que se yerguen como cortinas de hierro ante los nuevos sonidos que vienen con la Música Popular Brasilera y que las jóvenes como Ligia ocultan de sus padres que si las ven con un disco de Caetano explotarán de ira.

A las seis de la tarde Socorro detenía su andar. El gran altoparlante del orfanato de San Agustín tocaba todos los días, sin falta, el Ave María de Gounod. Una sensación de paz invadía entonces el ambiente, y hasta los huérfanos creían que afuera del recinto que los cobijaba estaba alguien, algún día, esperándolos.

La casa ya no es la casa. Ligia mira por la ventana el azul cielo de Colorado. Como si alguien pudiera adoptar un cielo, como si aquel por el que corrió la infancia no fuese el único por el que vale el recuerdo.

Un vino para olvidar. Quizá para recordar. Y un chorinho que disimula su tristeza jugando a ser alegre.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Friday, November 7, 2014

Panamá/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Fui a desayunar. Como siempre, el local estaba lleno de camioneros, policías y estibadores negros. Había agitación. Tropas estadounidenses invadían Panamá.

"Les vamos a dar duro a los amigos", decían los clientes. Me extrañó que gente miserable como ellos, pobre como la de Panamá, e igualmente negra, se alegrase de eso. No era ya hablar de Noriega, Panamá sufría como país. No había motivo de orgullo.

Reían los cargadores negros mientras iban de regreso a su trabajo, a ser envilecidos otra vez por los patrones blancos.

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 11/12/1991

Imagen: Afiche del documental Invasión (Panamá, 2014), de Abner Benaim

Thursday, November 6, 2014

Los nuevos gigantes/MIRANDO DE ARRIBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El 2006, el Boston Consulting Group, asesores financieros privados, emitió un reporte acerca de las 100 compañías de países en desarrollo que podrían alcanzar preeminencia en el mercado mundial (Challenger 100), desplazando a los tradicionales Estados Unidos, Alemania y Japón.

Negocios de 14 países fueron incluidos: China, India, Brasil, México, Rusia, Turquía, Malasia, Tailandia, Argentina, Chile, Egipto, Hungría, Indonesia y Polonia, en ese orden, con China con casi un 50% del total.

En dos años, y al ritmo en que el mercado globalizado funciona, muchas de ellas ya adquirieron la ansiada posición, siendo la última la del clan brasilero JBS S.A., procesadores de carne empacada que con empresas de su propiedad en 22 países, incluyendo Swift & Co. de los Estados Unidos, se ha convertido en el mayor del rubro. Su diversificación obedece a las necesidades del mercado -también culturales- y permite ganancias en sectores no tradicionales. JBS vende hígado en Egipto, tripa en España, corazón en Rusia. Se especializa además en carne kosher, preparada bajo los preceptos de la religión judía, a la vez que en la de tipo halal para los países islámicos según su dogma.

Brasil cuenta con otra megaempresa, asociada con Interbrew de Bélgica, Inbev, que al comprar Anheuser Bush, de EUA, en julio 2008, se ha convertido en el más poderoso consorcio cervecero, productor de nombres como Budweiser y Michelob, Brahma, Stella Artois, Bass. Duro golpe para un icono cultural-económico como fue la Budweiser en los Estados Unidos.

América Latina cuenta con otras gigantescas empresas globales. México se anota con 7 capaces de alterar el equilibrio mundial y superar y reemplazar a otras del Primer Mundo. Una es el Grupo Bimbo, de productos alimenticios. Argentina tiene el mayor productor de tuberías de petróleo del orbe (Teneris), mientras Chile es hegemónico en en transporte marítimo de containers con CSAV. Un panorama de transformación de mercados y de fortunas.

Lastimosamente, y a pesar de que el engrandecimiento de las compañías implica mejor bienestar y salarios, amén de trabajo, las diferencias sociales se mantienen con impunidad aterradora. No significa que ya que América Latina cuenta con 22 de las 100 empresas de países en desarrollo listas para afianzarse en el mercado global, las economías locales prosperen parejas o que el nutrido grupo de mano de obra que permite parte al menos de esta opulencia salga de su paupérima condición. Nada más ejemplificador al respecto, al otro lado del mundo, que la China comunista que resultó ser el más despiadado explotador de trabajadores conocido.
04/08/08

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 08/2008

Tuesday, November 4, 2014

Kobani/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los peshmerga, kurdos iraquíes, bombardean posiciones de ISIS en Kobani. Nuevas armas, material bélico pesado, que si bien tal vez no cambien sustancialmente esta guerra de posiciones, al menos emparejan el poder de fuego.

La conjura turca para permitir la destrucción de su enemigo kurdo utilizando a terceros, tuvo que ceder a la presión internacional y permitir el paso de escasos refuerzos para los sitiados. Su apuesta por un genocidio que le sería favorable en términos concretos no podrá ser; el hecho de que la ciudad fronteriza se haya convertido en el bastión simbólico de la humanidad en contra de la barbarie, lo ha impedido. Batalla que hoy difumina diferencias que existen. Las posterga, de seguro, pero urge el pragmatismo de eliminar un rival con las peores características del Islam. Mejores los guerrilleros kurdos, con herencia ideológica occidental, que las sombras siniestras del medioevo que han venido despertándose por décadas en la zona y que se materializaron en este espurio ejército de iluminados. Para ellos, de inmediato, el camino del paraíso. Hay que concederles el favor.

La región siempre fue de víctimas y victimarios, pasándose el papel unos a otros según la coyuntura histórica: asirios, armenios, turcomanos, kurdos... Shklovski decía que venían matándose por siglos. Menciona él la cacería kurda de armenios a favor de turcos para sumarlos al genocidio de principios del siglo XX. Nadie habla de ello hoy, pero ese y muchísimos otros conforman un pesado estigma. De todas maneras, a pesar de que quizá no existe allí grupo humano que no tenga tiniebla en su pasado, este nuevo fenómeno fundamentalista no deja espacio para dudas. O el mundo se juega allí, o se abrirá un intervalo aún más oscuro que el de los ayatolas de Irán, a quienes la impericia occidental e intereses comerciales permitieron reinar en aparente eternidad.

La ejecución de una mujer en Persia, ahorcada por haber matado a su violador, es explícita en cuanto al fundamentalismo musulmán. Horrorosos videos de ISIS muestran a sus milicianos degollando mujeres kurdas en Kobani, luego de inenarrables suplicios que permite Alá a los hombres. Esa una faceta de la realidad; la otra, valientes mujeres kurdas formadas en Unidades de Defensa del Pueblo, dispuestas a morir y mostrando a los discípulos del barbado pedófilo que inició esto, que esa condición de la hembra como ser inferior y servil que pregonan no va con ellas. Para responder tienen balas, que ojalá carguen cada una con todos los divinos del planeta.

Barack Obama ha mantenido una posición cobarde e intrascendente. Se ha aferrado a un discurso válido en teoría, pero que no significaba su absolución como potencia. Las medias tintas de su administración enviaron el problema sirio hacia el abismo. No se puede apostar por dios y por el diablo, o no apostar por nada. Hay países que carecen de ese lujo, simplemente.

En Corea del Norte se sigue cometiendo canibalismo por el hambre. Y venta de esclavas sexuales a sus vecinos chinos, para comer. A veces la prostitución es la única manera en que los habitantes de un país pueden sobrevivir. Lo sabemos aquí cerca. Este y demás desastres son el resultado del totalitarismo. América Latina con presidentes eternos se desviará hacia allí. Pueblos gobernados por el Gran Semental, que por estos lares es también el de los Grandes Maricas. No hay que permitirlo.

Por eso Kobani se ha hecho símbolo, fuera de las aspiraciones kurdas de independencia y etcéteras de suma importancia. Occidente debe jugarse allí. Y aunque a pesar de que el exceso de sangre no soluciona mucho o soluciona nada, sirve sin embargo. Con ISIS hay que retomar al mariscal Zhukov antes de invadir Alemania y decir que ante los profetas malditos se debe cerrar el corazón a la piedad.
03/11/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 04/11/2014

Monday, November 3, 2014

Me lo habrán muerto en la guerra/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Eduardo mide no más de metro cincuenta y cinco. Y en esta tierra de gringos parece un enano. Pero el pequeño hombre pasa entre los jefes de origen irlandés, con un “esquiusmi” bien entonado, con dos bolsas de cebolla en la cabeza. Sube con ellas por la escalera, hasta el segundo piso, bajo la mirada azorada de los hombrones, de la secretaria griego-americana, y las descarga en el cuarto donde pican los vegetales varias mujeres también pequeñas, paisanas suyas, alguna nica, y un capataz de corte guatemalteco con una sonrisa de oro. Puej, dice este último, ¿para qué uno trabaja?, y sonríe con los dientes delanteros forrados en oro, con agujeros en figura de corazones que dejan ver lo amarillento de los huesos. –Es que soy romántico, dice.

La hora de entrada de los estibadores es la una de la mañana, truene o nieve. Esta es vida de hombres. Aquí no hay chingadera tal como la depresión. Y la tristeza se combate de “asegún”. Eduardo llega caminando. No tiene automóvil todavía. Está casi nuevo. Toma un bus desde Adams Morgan que lo deja a dos cuadras del mercado. Los negros, porque aquí es el corazón del ghetto, se han acostumbrado a verlo, así como al resto de los latinos que en la década de los noventa invadieron el negocio de reparto de frutas y verduras.

Toca uno de los dos inmensos portones metálicos que tiene el warehouse. Le abro. Igual que yo, y varios otros, se refugia en el calor del cuarto de tomates para cambiarse. Igual a los obreros metalúrgicos argentinos de la década del 80, con los cuales compartí una temporada, el muchacho de El Salvador se cambia, dobla la ropa con parsimonia, trabaja, suda, se ensucia con los jugos hediondos de la sandía descompuesta, limpia papas cubiertas de baba blanca, y luego de asearse en el baño de trabajadores, se acicala para enfrentar el mundo por la mañana, un mundo que repite sin cesar es “un paraíso”.

Enfrentemos las circunstancias. 1990. En Centroamérica entonces no morirse ya era una profesión. Hasta los menos recalcitrantes cuestionadores de la derecha en el poder huían. Lo malo es que al matarte, casi siempre a golpe de machete: decapitación, te separaban del cuerpo y el alma no hallaba sosiego, se confundía, no sabía a dónde ir, cuál eras tú. Mientras cortaban zuchinis y brócolis, las mujeres se contaban cuitas sangrientas una a otra. De cuando en cuando alusiones de amor, pero la época no era para romance. A lo sumo una cópula rápida y escondida, para proteger la especie: no sea que nos maten a todos los soldados.

En medio de la tragedia mis ojos tropezaban con la permanente sonrisa del dientes de oro y sus tres corazones: uno es mi mamá, el otro mi mamá grande (abuela), y el del medio mi vieja.

-Descansa. Tómate un break. No te mates trabajando.
-Esto me gusta. Diosito me dio la oportunidad de vivir, y tengo que pagarle con esfuerzo, repite Eduardo.

A diferencia de muchos salvadoreños empleados en el abasto, él se dedica a ahorrar, mantener a su madre, y tratar siempre de dar la apariencia de hombre limpio. Cuida la presencia como las palabras. Educado, opone su bonhomía al exabrupto de sus paisanos, varios de ellos ex soldados quién sabe con cuánta muerte. Entre ellos todo era hijoputeada y que les pelaran la verga. “Pelar la verga”, literalmente explicaba eso, la acción de arremangarse el prepucio para iniciar el acto sexual. Si de frutas se tratase…

Los gringos no sabían nada, y menos lo comprendían. Para ellos el temido nombre del monstruo D'Aubuisson les sonaba inútil. Y menos el de Roque Dalton, poeta que de manera extraña en gente que jamás había leído nada, y posiblemente no sabía leer, sonaba a veces. Como en toda guerra se tejieron mitos, no siempre entendidos, y el de Dalton entre ellos. Lo habían matado por ser “oreja”, aunque ninguno de los presentes sabía a ciencia cierta las circunstancias, en un conflicto que de guerrilla underground habíase convertido por la estulticia norteamericana en guerra popular.

Very good, strong man, susurraban los patrones entre ellos. Los negros de DC, los del sur, las Carolinas y Georgia, eran menos comprensivos. Shit, escupían, y es que sabían que no había que dar por el salario que les pagaban más que lo mínimo, y el salvadoreño excedía el trabajo de uno, si no de tres afroamericanos, sin esperanzas ya. Difícil era explicar la situación desde la que Eduardo venía. Muchos de ellos, ya en su cuarentena, sabían de la mierda de ser perseguido y humillado, o a veces muerto. Pero se olvidaron. Lo recordaban en enero, en el aniversario de la muerte del doctor King, mientras comíamos alitas picantes en el boliche del coreano. Cómo aclararles que el doctor King tambíén había luchado por gente como Eduardo, por los aplastados, los ofendidos del mundo eterno. Una estatura que el tiempo afianzó. De seguro que en los mercados del Distrito de Columbia, al menos la percepción habrá cambiado, que la economía lo dudo, aunque una suerte de “bro” rija los destinos de la nación hoy.

La rutina del mercado embrutece. Si no se mantiene uno alerta, tratando de aprender de un mundo ajeno, de analizar siempre la situación, de crearse perspectivas y perseguir sueños, te hunde. Miras el reloj, la hora en que te digan marca tu tarjeta ya, vete a casa. Para la mayoría el hogar es comprarse un poco de crack, algo de pcp, y tirarse entre las matas por las vías del tren. Con una cerveza malt liquor hipócritamente escondida en bolsa de papel madera, porque así lo marca la ley: bebe, pero que no te vean beber. Observas que los negros caminan con su bolsita en mano, y que de a ratos se encajan un sorbo. Está permitido, porque la lata o la botella no se ven. Otra cosa si desafías el establishment y bebes abiertamente lo que te venga en puta gana. Allí te caen los duros bastones de la ley sobre las costillas. Lo sabré yo, que en un bar de cowboys de Leadville, una década después, un “chota” me golpeó con el laque justo en la columna vertebral, dejándome casi inválido por una semana. Les enseñan, y lo ejercitan, dónde pegar.

Eduardo llegó en un tren, que hoy se ha hecho famoso con el nombre de La Bestia. Es el vehículo que carga las aspiraciones de la gente al sur de México, a quienes les espera un calvario que no se puede narrar. Vía crucis en México, de acuerdo a lo que contaba Eduardo, donde apenas atravesados la frontera, bandas de delincuentes se dedican a cazarlos. Olvídese, relataba, si una mujer caía en sus manos. En esa tierra baldía que hay entre nuestros países y la primera población mexicana los matorrales se hallan cubiertos de pingajos humanos, de calzones y medias de mujer, sostenes que cuelgan amarilleados por el sol entre los espinos. A veces las ilusiones terminan así, calcinadas por el sol y el anonimato. Ahora seguro que aquello empeoró. La historia ha inventado a las maras, los zetas, los cárteles. El saqueo, secuestro, estupro y asesinato son podría decirse oficiales, por lo impunes. Cuando él atravesó la frontera, más de veinte años transcurrieron, el narco ya existente no tenía las grandilocuentes características actuales. No allí. Lo que no impedía el jolgorio criminal que se desataba sobre los inmigrantes.

Ni la muerte, ni el escarnio, detenían los pies huyendo de la guerra, de la pobreza. La Bestia materializaba una realidad concreta, imposible de eludir, y a la que debía enfrentarse con huevos –también las mujeres-, y con suerte.

Circunstancias que no viene al caso mencionar me alejaron de aquel mundo de mercados, prolífico en alimentos y desgracias. Nunca olvidé las historias que escuchaba, entre el descargado de paltas y la separación de frutillas. Lecciones de vida que nunca hubiese conocido en los libros. Desde la barandilla superior, los jefes gringos observaban cómo se perseguían entre ellas las salvadoreñas cuchillo en mano. Puro salvajismo, creían, sin saber que detrás de tanta violencia había tanto por develarse. Pura tristeza y explotación.

Eduardo habrá logrado lo que deseaba. Estados Unidos era el premio después del infierno. Me alegro por él.

Y, doña María, le pregunto a una peladora de patatas, este hijo del que me habla ¿dónde está?

-No lo sé. De aseguro me lo han muerto en la guerra.


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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Imagen: Foto del FMLN

Saturday, November 1, 2014

Judith Lisanski/CUADERNOS DE NORTEAMERICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

"He recibido tu críptica carta", es lo primero que dices. Luego quieres evitar mis ganas. La ventana está abierta y por los árboles brillan otras ventanas como luces de Navidad.

Amas Brasil. Escribes sobre él. Judith, no te amo, pero es tu cuerpo sobre las sábanas violetas.

Afirmo que no volveré más, que no domingo. Tu auto se va azul. En Brandywine Street cierro la puerta, trivial y definitivo.

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Publicado en Revista SIGNO 34 (La Paz), septiembre-diciembre 1991
Publicado en Opinión (Cochabamba), 18/10/1991

Imagen: Roy Lichtenstein/Nude with Blue Hair, State I, 1994