Sunday, May 31, 2015

Dile a Jack Reed/VIRGINIANOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

"Supongo que el fin de la vida nos llega a todos. A mí creo que me llegará pronto, liberándonos, a mí y a mis amigos, del encierro que me hace vivir en unas curiosas condiciones. Pero nunca importa demasiado... Debes saber que siempre te mandaré mi amor a través de las estrellas. Si llegas allí antes que yo, o después, dile a Jack Reed que lo amo".

Ella es Louise Bryant, la mujer de John Reed. Tú también, cuando me leas, sabe que el día en que vayas a morir y crezcas de nuevo en las estrellas, tendrás que decir por mí a Jack Reed que lo amo. Que todas las tardes de julio las pienso en él. Y si ves a Louise háblale lo mismo. Besa su fantasmal hermosura y adviértela que un hombre abajo la sueña. Ese hombre no tiene más que su ropa y su trabajo. Pero tiene un universo de infinitas puertas. Y en cada puerta, en su ingreso que es su salida, está dibujado el nombre de Jack Reed y de su esposa. Y el de ellos, entre muchos, está pintado en azul.  

No te olvides, dile a Jack Reed que lo amo.

Recuerdo el tren de Bakú, las soledades escondidas detrás de persianas. El tren de Bakú que nos enferma, nos da tifus. Ese tren que asesina a John Reed, que le inventa los discursos. La máquina que le oculta la blanca piel de Louise, la única revolución posible.

En el cielo, diles a ellos dos que los amo.

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 07/02/1990
Publicado en VIRGINIANOS (Los Amigos del Libro, Cochabamba, 1991)

Thursday, May 28, 2015

Madrid-Cochabamba (Cartografía del desastre)



JORGE MUZAM


Avanzo en Madrid-Cochabamba, libro de relatos de Claudio Ferrufino-Coqueugniot y Pablo Cerezal. La literatura, la música, el alcohol, la cocina, la supervivencia y sobre todo el amor se despliegan con el habitual virtuosismo narrativo con que nos han bienacostumbrado estos admirables escritores bolivianos. Periféricos, resentidos, brutalmente sinceros, han llegado a la cúspide literaria con los pantalones indemnes, aunque con el alma adolorida, las llagas ardiendo y el pecho inflamado de tantas victorias pírricas. Los ves entre la multitud literaria y los quieres de inmediato. Sientes que también pueden verte y eso te hace feliz. Decides acompañarlos de lejos, observando, aprendiendo, disfrutando sus escalas, y dispuesto a defenderlos, aunque quizá ni lo necesiten, porque son autosuficientes, guerreros diestros, supernovas literarias. Suelen montar caballos de humo, vestir cota de bar, antifaces para letras chicas, adarga de cartón y una enorme lanza de bambú para pincharle el culo a las nubes grises, a los asnos marrulleros, a las piltrafas sicarias de la narrativa. El oficio es un deleite peligroso, un callejón con escasas salidas, sobrepoblado de huevonazos perpetuos, de colilargas acechantes con más veneno que saliva. Y aunque no es difícil pisarles la cola, hacerlos chillar en público, dar un soplido a su holograma marketero, lo más probable es que consideremos que ni vale la pena. El tiempo de un gran creador tiene un valor distinto.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 27/05/2015

Imagen: Prueba de portada por Demián Ortiz

Tuesday, May 26, 2015

La voz del castrado/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me llamó la atención, entre libros y discos compactos usados, una tapa con el rostro de un joven cortado casi al rape y con algún exceso de peso. The Voice of the Castrato. Grabaciones de Alessandro Moreschi, el último de su especie. Y el único que dejó constancia de su voz.

Quizá porque llovía, porque el parabrisas se empañaba como si lagrimeara, porque la noche era oscura y los mapaches corrían a esconderse en las cloacas, aquello me sonó muy triste. Desesperante. Moreschi, primer soprano del coro de la Capilla Sixtina, ejercitaba solos a capella que con las deficiencias de grabación de principios del siglo XX y su voz quebrándose a ratos, me trajeron la presencia del horror. Luego recurrí a la usual enciclopedia virtual y supe que tal vez no debió su castración a un acto adrede por preservar su voz sino a haber nacido con una hernia inguinal para cuya “cura” se hacía esto. De todos modos el mal estaba causado: la noche me había abrumado con el gorjeo del terror, con las veleidades del poder y sus objetos favoritos, los hombres.

En su momento vi el filme Farinelli, apenas estrenado. La vida del fabuloso castrado del ochocientos entonces me pareció lujosa y voluptuosa. Angustia hubo, claro, cuando Farinelli permitía a su hermano copular con su mujer o amada, no importa. Los ojos le traían el deseo que le hubiese concedido el miembro viril mientras observaba a seres queridos disfrutarse entre sí. Pero nada en esa buena película produjo lo que la voz de Moreschi hace unas noches. Repito, llovía, y luego se levantaba espesa niebla. Las calles de Aurora, arboladas, carecen de iluminación. Aquí o allá un farol en este mundo donde no se camina, menos en la oscuridad. El miedo en la noche norteamericana es un espectro casi palpable. Sin necesidad de que haya crímenes o males que lo justifiquen. La gente cuando se ha vuelto mimada se asusta con facilidad. El Otro es el enemigo. El Otro es cualquiera que no pertenezca al grupo, la comunidad, la iglesia, la raza, el color; a veces uno de estos detalles; a veces todos. Moreschi cantaba igual al gritar de zorros, o a los conejos desesperados en las fauces de otro animal, precediendo la muerte.

Pensé, cómo no hacerlo, en la vanidad, esa mala madre contra la que lucho y que venzo ya de lleno. Vanidad que sumada al poder hacía de niños cantores castrados adultos para gozo de curas pederastas y papas pervertidos. Hoy, Francisco, jesuita y papa (Dios me libre de los jesuitas), ha enarbolado el papel de la rebelión en la iglesia, que no es otro que el desleal y fatídico engaño de siempre. La grey retorna cuando el amo cambia de tono y acaricia. La muchedumbre es una jauría de perros que de gruñir pasa a lamer y luego come. La paz reina en Berlín, decían sobre la sangre de Rosa Luxemburgo. Reina en Moscú, en La Habana y en La Paz. En Teherán reina la paz de los muertos. Amaos y multiplicaos. Y a Moreschi, el que no tuvo descendencia, se le quiebra la voz en un ora pro nobis con retazos de espanto.

A las seis aclara. Aparecen contornos. Y al castrado lo reemplazan los Kinks en el tocadiscos. Agarro el compacto y lo meto entre una pila de otros eclécticos. No quiero su belleza, yo que amo el Miserere de Gregorio Allegri como la más bella música religiosa. Entre las grabaciones no estaba esta pero leo que uno de los motivos de preservarlo soprano era para la tradición del Miserere durante la Semana Santa en el Vaticano.

Cada domingo al amanecer la radio pública pone misas y réquiems. Detengo toda otra música y conduzco por las avenidas, la Chambers y la Buckley, con misales a todo volumen. Dios ha muerto pero las voces viven. Sin embargo, esta de Alessandro Moreschi invoca lo peor: morir con miedo.
25/05/15

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 26/05/2015

Fotografía: Alessandro Moreschi



Tuesday, May 19, 2015

El “imperio”/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Robert D. Kaplan escribía en 1999 (Viaje al futuro del imperio/La transformación de Norteamérica en el siglo XXI) acerca de los posibles caminos que tomaría la sociedad norteamericana (término demasiado aglutinante para semejante variedad) en las décadas por venir. Economía y diversidad étnica; patrones generales de conducta y multiplicidad de enfoques entre pueblos totalmente diferentes entre sí, juntos por azar y necesidad dentro de unas fronteras que no limitan ni siquiera la imaginación.

El término va quedando obsoleto. A pesar de que las tropas de EUA continúan, porque lo exigen estatus, prioridades de tipo económico o político, el país va transformándose en su interior, delineando perfiles propios según el origen de sus participantes y en áreas específicas. Se forman contornos de feudo, alineados de acuerdo a la rama de la economía a la que se pertenezca, raza, nivel de ingresos, educación. Poco a poco, la juventud rica y profesional va desplazando a los otrora habitantes de los downtown urbanos, negros, blancos y latinos pobres, permitiéndoles a estos últimos, con el producto de la venta de sus hogares en los centros de la ciudad, irse a las afueras a habitar en una supuesta mejora de condiciones de vida, pero con la pérdida de la memoria del lugar donde crecieron. La movilidad social, vertical u horizontal, de los Estados Unidos siempre fue paradigmática, pero ahora da la impresión de que lo que se deja atrás ya no pertenece más. No hay vuelta porque apenas uno se aleja, se construyen murallas detrás. El ghetto se remoza hoy en el país más poderoso del mundo, pero con características excluyentes que no siempre son dramáticas según lo que el término evoca. Hay ghettos yuppies y ghettos empresariales, vecinales y profesionales. Espectro que destruye la mística igualitaria que construyó esta nación y la asocia más a las prácticas de sus vecinos al sur, con sociedades altamente estratificadas.

El riesgo de ello está en lo que magníficamente el cineasta uruguayo Rodrigo Plá mostró en La Zona (2007), filme que detalla en cómo un pudiente barrio de ciudad ejerce sus propias reglas al interior de su recinto cerrado y donde el Estado, representado aquí por la fuerza policial, deja de tener importancia. Multipliquemos este hecho singular por miles y tendremos un problema. No ha de pasar mucho, un par de décadas, para que esto influya en la imagen del imperio entre comillas, porque cada grupo defenderá su particularidad y sus intereses, sin que ello implique estar de acuerdo con las otras partes y menos con el todo.


Kaplan pasea por Los Ángeles y se asombra. Caminar por sus barrios es como excursionar el mundo entero. El detalle no solo tiene características de folklore local. Los hindúes adquieren propiedades en barrios marcados, que irán adecuándose sutilmente a sus peculiaridades. Los iranios hacen lo mismo; los mexicanos también. Quizá existe un único y gran perdedor en este caldo de transformaciones: el negro norteamericano, incluso vilipendiado por sus congéneres africanos recién arribados. Quizá hablásemos de un estigma que ha marcado a los descendientes de esclavos que se refugian en trabajos públicos pero que van perdiendo más y más la endeble situación de mejoría que alcanzaron luego de las luchas por los derechos civiles.

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 19/05/2015 

Friday, May 15, 2015

El dormitorio del artista/VIRGINIANOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Debajo de la lámpara, una escultura africana: mujer de cuello oscuro, de ojos maderales sin pupilas, de largas orejas y dos labios como párpados cerrados.

Salomé, de Gustav Klimt. Pezones resplandecientes. Así comienza mi cuarto, con el escritorio en el que tengo los lapiceros.

En la pared está Kafka, sobre la ciudad de Praga. Abajo, una leyenda en francés. Lo obtuve una noche, en Dupont Circle, cuando cazaba arte por las vitrinas de Washington.

Kiki de Montparnasse muestra la espalda retratada por Man Ray. En el ropero, Aubrey Beardsley. También un poster muniqués y una mujer de Egon Schiele. Todas hembras, rodeándome, excepto Kafka.

Ropa sucia. Cartas, cuchillos y aspirinas. El libro de Judith Lisanski, amante. Jack London. Los Virginianos. Beatles, Midnight Oil y Carlos Paredes con su guitarra portuguesa.

Es el entorno del poeta, grande y solo. Sobre el techo de enfrente, el hielo no se puede despegar...

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 21/03/1990
Publicado en VIRGINIANOS (Los Amigos del Libro, Cochabamba, 1991)

Imagen: Aubrey Beardsley

Thursday, May 14, 2015

México/BAZAAR

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, siguen repitiendo los jóvenes progresistas de Denver. Pero México es mucho más para que solo nos compadezcamos de él. A pesar de las graves deficiencias de casi todos sus gobiernos después de la revolución, ha mantenido la frente erguida ante su vecino norteño. Ahora quiere aprobar una ley que contrarreste la infame verborrea que el fascista Jesse Helms ha plasmado contra Cuba. Defiende igualmente a los ilegales que cruzan la frontera, alegando que todo mexicano tiene derecho a ir donde se le antoje, y que el gobierno no tiene por qué impedírselo. Es un paso importante para enfrentar la estupidez norteamericana que quiere levantar un muro, mayor que el de Berlín, a lo largo de toda su frontera con México, como si eso fuese a evitar que nosotros, latinoamericanos, ocupemos una tierra nuestra desde siempre.

Lo paradójico es que, hablando de Chiapas y los zapatistas, el gobierno mexicano permita, e incluso demande, el apoyo de asesores gringos para la lucha contrainsurgente. Es comprensible que siendo nación parlamentaria, se aprueben cuestiones muy disímiles entre sí. Pero debiera mantenerse inconmovible respecto a su autonomía, como en general lo hizo.

Hablando ahora de ese otro México, cercano e inmigrante, vimos que en un problema racial de las escuelas públicas de Denver, Colorado, este año, los estudiantes chicanos tomaron posición: aparecieron en la primera plana de los periódicos envueltos en banderas mexicanas y pisoteando el emblema de los Estados Unidos. No propugno nacionalismos, cáncer insalvable, pero hay actitudes inmediatas, como esa, que hay que aplicar.

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 22/06/1996

Tuesday, May 12, 2015

ADX, prisión federal, o el infierno en la tierra/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace años pensé en entrevistar a Simón Trinidad, líder de las FARC colombianas, preso en el condado Fremont, Colorado, en medio de un fascinante entorno montañoso. Antes de escribir a la sección encargada de prisiones del gobierno federal, decidí informarme sobre este centro de detención. Supe de la imposibilidad de mi proyecto. En ADX, o Supermax, o el Alcatraz de las Rocosas, los reos están condenados a un aislamiento casi total, 23 horas al día, con cinco horas al mes para actividades “privadas” recreacionales, sin contacto con el mundo exterior (una llamada de cinco minutos cada dos meses). Cierto que hay matices en este horror entre los más de 400 habitantes del amplio, claro, silencioso y blanco recinto donde no se ve ni se oye.

Tanta –soledad-, que a veces olvidamos que existe. Otra vez se volvió a hablar de ella con el juicio de Dzhokhar Tsarnaev, el terrorista de la maratón de Boston. Alegan los abogados, incluidos los de la defensa, que ADX es mayor castigo que la muerte, ya que en el caso de los fundamentalistas islámicos se les priva del martirio y sus secuelas surreales. ADX garantiza el olvido como si un bisturí desinfectado de cirujano separara la vida de la inercia, la preocupación por el agobio de no saberse siquiera vivo, privado por la manera en que está construida la prisión de cualquier referencia geográfica, cuál el norte, cuál el sur, invierno o verano. Un ventanuco de 4 pulgadas de ancho permite mirar cielo y techos. No hay otra cosa, por 60 años (Simón Trinidad), 240 años, 500 años, prisión perpetua, cuatro prisiones perpetuas, once prisiones perpetuas, según el peculiar procedimiento de la justicia norteamericana que con semejante retórica condena el futuro y lo que haya más allá. Ya ni siquiera morir es un evento, porque luego de años aislados, sin lecturas (prohibidos los libros), con televisión circuito cerrado, a blanco y negro, que pasa (si se tiene suerte de habérsela ganado por buena conducta) programas de psicología, manejo de la ira, paternidad, sin ningún parámetro temporal, se pierden las nociones de lo que fue y pronto de lo que es. Cómo saber entonces, luego de un sueño nocturno, si se sigue formando parte de este mundo o se está del otro lado. La comida que aparece a diario tal vez renueva el concepto de vivir aunque lo dudo.

Castigo medieval que enfrenta constantes críticas ¿Hasta dónde es admisible, bajo la constitución, lo que allí pasa? Ni siquiera en Guantánamo, donde a los presos se les permite practicar su religión, se ve cosa igual. Mesa y silla de concreto; los baños están diseñados para evitar prácticas comunes entre reclusos como las de inundar las celdas. Si sucede, entonces se corta el agua por horas y solo hay gritos ahogados de desesperación en las blancas cavernas. ADX está fuera de este mundo. Quienes laboran allí, personas locales que recibieron con alegría la construcción del edificio porque proveyó de miles de trabajos a su comunidad, funcionan como piezas de este engranaje macabro. Sin embargo se rumora que los racistas de la Nación Aria y los jefes de la Mafia Mexicana continúan dirigiendo sus negocios desde este en apariencia absoluto silencio.

Algún periodista preguntó a Simón Trinidad en sus tiempos de gloria acerca de los derechos humanos. Respondió que eran prácticas pequeño burguesas. Me hizo pensar en la jerarquía masista de Bolivia que tiene el mismo desdén. ¿Qué diría el colombiano ahora, siendo ya víctima de una similar soberbia?

Terroristas: musulmanes y de derecha, presos políticos, mafiosos, gánsters de barrio, asesinos, el Unabomber, segregacionistas blancos, separatistas negros, reyes de la droga, sicarios, guerrilleros, espías, juntos pero sin verse, cercanos pero inaudibles, iracundos entre muros claros y faltos de audiencia. Recurro al juicio del checheno Tsarnaev. Condenarlo a muerte sonaría a premio. Lo otro es el horror, un horror que creyó justo desatar y que ha de cebarse en él con saña. ¿Y en cuántos más, que como John Gotti se creyeron intocables?
11/05/15


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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 11/05/2015

Foto: ADX, Florence, Colorado, desde el aire

Tuesday, May 5, 2015

¿A quién beneficia el mar?/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Después de tanta tortura mediática al respecto, al fin se oirán alegatos en La Haya. Los doctorcitos altoperuanos se relamerán en su larga tradición de aviesos. Poco debe esperar el país, porque en ningún momento es el sustantivo que pesa. El pretexto, sí, pero nunca el beneficiario. Hay juego de política y otro mayor de intereses económicos, panorama en el que Bolivia está de lado. Morales & Cia. tienen mucho que ganar, pero los lustrabotas o las mujeres de negro de Carpani, Challoma o Coyuna (provincia Bolívar, Cochabamba) que corren a las ciudades a extender la mano, nada.

El mundo sobrio olvida reclamos territoriales, tal vez justos, en aras de una coyuntura nueva, diferente, globalizada, donde los nacionalismos vienen, como siempre, a ser un énfasis retrógrado. No imaginamos a México pidiendo Texas (por circunscribir cortamente sus posibles e inmensos derechos), ni a Alemania reclamando Alsacia, o Dinamarca Schleswig-Holstein. Los señores de arriba -a los de abajo no se los considera tal- elucubran acerca de las posibles ganancias y arrojan salivazos patrióticos para que se resbale en ellos quien no tiene nada. Así se concede al mísero la posibilidad del azar, aunque este albur luego lo soslaye sin misericordia. El mundo ebrio no; continúa con la vieja estratagema: está Crimea para mostrarlo.

Pareciera que no se pide mucho: un pasadizo soberano para en su extremo, en la costa, levantar barracones y muelles cuyo único destino será -siendo realistas- el de trampolín para el tráfico de cocaína. Ya se intentó por el oriente, con la vergüenza del TIPNIS; allí se olvidó la Pachamama, se le quitó la identidad de ser vivo a la Madre Tierra porque los insignes cocaleros deseaban (y lo están haciendo) expandirse para fortificar su imperio de infecto lodo con dinero fácil. Bien se denominó a este proyecto la rodovía de la cocaína. Lula y otros, en Brasil, y los conocidos de siempre en este lado, apostaban al fantástico negocio con una retórica de progreso y bienestar. Sigue pendiente.

Ahora viene el mar. Los cárteles de la droga y los vanidosos representantes bolivianos sudan como vírgenes ante el primer coito. De solo imaginar un pase libre hasta el Pacífico, sin trabas ni control, se marean. No es para menos. Ya hay vocerío demasiado grande como para decir que es chisme, acerca de vuelos entre Chimoré y Maiquetía. La droga boliviana incluso salió con el Dakar. Se la descarga en Senegal y se la cotiza en Rumania. Cierto, tienen razón los adláteres del régimen: jamás habíamos llegado tan lejos. Cualquier pantalla resulta buena para distraer, porque detrás de bambalinas son pocos los iniciados. El bendito océano, más bien fatídico en este supuesto futuro, cae al pelo, es todo lo que necesita el curaca que posee esta tierra nombrada Bolivia, para matar dos pájaros de un tiro, o, tal vez, para matar todos los pájaros. Triste error, el mismo que poblaba ya las tragedias griegas, de imaginar infinito donde solo hay una clepsidra.

Nuestro producto estrella de exportación es la droga. No mienten los jerarcas, se necesita el mar para exportar. ¿Quinua? De ninguna manera. Ya nuestra capacidad exportadora de quinua ha sido avasallada por los peruanos. Genetistas del norte están viendo en cómo hacerla crecer a nivel del mar, año redondo. ¿Litio? Ni los pañales hemos sabido doblar. Lo mismo de siempre: de la plata quedó Aniceto Arce y su fortuna; del estaño, Patiño y su fortuna; de la cocaína… hay nombres que se funden en letras de oro…

No hay que olvidar el pasado. La memoria es un arma que bien usada da frutos. A la mala resulta en carga.

No hablo de Chile ahora sino de nosotros. No me importa lo de Chile, allá ellos y su propia perspectiva. Muy pocos se beneficiarán si un día las olas golpean un suelo falazmente llamado “nuestro”. Este es baile de poderosos y los de abajo no danzan en este ruedo.
04/05/15

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 05/05/2015

Imagen: Manga de Katsushika Hokusai

Sunday, May 3, 2015

Triángulo isósceles

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los puristas de la mentira execrarían este detalle, pero, ayer, cansado de manejar el auto por horas, paré en un Burger King y comí una hamburguesa doble, con tocino y queso, y un apanado picante de pollo. Obvié lo obvio, el daño ecológico, el engaño, la masificación del consumo a costo suicida. Lo hice, y a veces lo hago, porque, a qué negar, las hamburguesas son muy ricas, incluida la mía, mi receta, que se vende en un café cochabambino, y que tiene más de kefté turco que de BK.

A mi lado había una corona colorida en cartón, de esas que regalan a los niños. Por la puerta trasera salía una familia negra; el niño llevaba una corona similar y parecía un rey de Burkina Faso en jeans. Príncipe del Alto Volta…

El sol de montaña descascaraba el Accord verde. Este es un color que no aguanta el sol. Por todo lado se ven vehículos despintados, tiñosos, mientras se queman zarzas y chaparrales anunciando otro año de incendios forestales.

Acaban de inaugurar, en la esquina de Mississippi y Peoria (nombres indios ambos), un gigantesco supermercado asiático, del Pacífico. El olor a pescado elude las paredes y se sitúa casi como barrera varios metros antes de la entrada. Asiático aunque debiésemos decir chino. Sin embargo hay comida coreana, ropa interior coreana y pho vietnamita, sustanciosas sopas con fideos de arroz. Entré a mirar. Monumento al desastre ambiental este, también. El gigante asiático, o los, si incluimos Japón, destrozan el mundo para comérselo. Nada que no coma un chino, nada, así sea decirlo un statement racista… Recurro al Martín Fierro: todo bicho que camina va a parar al asador

Mi ánimo de cocinero impenitente, aficionado pero bastante ducho, pudo más y penetré el arcano del capitalismo oriental. Toda clase de peces muertos, en cantidades industriales para satisfacer la gula de un público hambriento, no necesariamente ávido de investigar otras manifestaciones culturales, incluida la comida, fuera de la suya propia. Solo hambre.

Anchoas secas, qué rico, completas con cabeza y ojos (así se comían boquerones en el Prado de la Paz, antes de extinguirlos). Para comerlas saladas con cerveza mientras se hace un alto en la lectura del patio soleado. Deambulé entre anaqueles, entre pescados negros, por ahumados, que supe eran bagres rusos. Se miraban mal pero sabrían bien. Como la vida. Algo había que comprar y decidí escogerlo entre la muchedumbre del sector internacional. Dejé los peces gato, los peces comedores de hombres de acuerdo a River Monsters, y seguí.

Galletas de mantequilla de Croacia cubiertas de chocolate. Cúrcuma que he buscado y solo a veces encuentro en mercados mexicanos y que utilizo para frotar aves o puerco antes de hornearlos. Esta era cúrcuma del Oriente Medio, polvo de planta maravillosa que no hay que confundir con el jengibre a pesar del parentesco. La inscripción en árabe diría de qué país. Supuse del Líbano porque cerca había mermeladas de higo y membrillo libaneses que están en mente para una siguiente visita.

Caracteres hebreos, griegos, el extraordinario color de una salsa macedonia (la mítica ajvar) para la que imagino poderosos destinos gastronómicos, hecha de chiles picantes y berenjena, popular en Macedonia, Bulgaria, Rusia, según lo mostraban los envases de tales países. Grosellas negras en conserva, rusas. Pero me decidí por otra fruta, lituana, una baya que en inglés se llama lingonberry (no hay traducción al español) y que son como arándanos pequeños que crecen en la tundra y en la floresta boreal, de matas enanas. Para qué, con cucharilla y apenas un trozo de pan francés vacié la mitad del contenido. Dulces y ácidas, elementales en la cocina escandinava, según investigo.

Croacia, Líbano, Lituania, un viaje que me gustaría realizar, un triángulo isósceles de magnificencia y sabor. Zagreb y Dubrovnik; Beirut; Vilna y Kaunas, a mi vicio me llamaron, a meter la cabeza en las profundas penumbras de la historia y la cultura. Y eso por decir los grandes nombres, amén de inmiscuirme en las ratoneras a las cuales la propaganda no da espacio y que es donde se agita la vida, se cuece la imaginación.

No merodeé el lugar entero. Salí satisfecho con mi cargamento de sueños. Al salir, horribles gatos dorados, de esos de la suerte, me despedían agitando una pata. La tienda con calzones coreanos estaba cerrada y oscura, pero percibí unos diseños de mal gusto que aterran mi prurito occidental.

Crucé el parqueo. Cerca estaba un lugar de masaje oriental. Algo más allá una tienda chihuahuense que tenía, mal escrita, la palabra MICELÁNEA encima. Misceláneas, eso era lo que llevaba en bolsa y esa mi vida.
14/04/15

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Publicado en OH (Los Tiempos/Cochabamba), 03/05/2015

Fotografía: Preparando ajvar