Tuesday, October 27, 2015

El ocaso de los dioses (y diosas)/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Válgame, yo usando esta putrefacción populista de nombrar todo en dos géneros, con detrimento de un tercer, un cuarto y un quinto o lo que fuere de otros que no se circunscriben a los mencionados, de hembras y hembros, o machos y machas.

Evo Morales, popularmente “el Huevo”,  gusta de tales sandeces, que además le juegan malas pasadas. Excepto en un caso, el suyo propio, donde al fatídico emperador Evo no se le opone una Eva ¿o sí? Evo y Eva y la manzana de la discordia ¿o fue de la unidad?

Volvamos al crepúsculo de dioses y diosas, no con la seguridad de Papini, pero con amplio sentido común. Cristina Kirchner, actriz tipo B o meretriz de igual talante, recibe una bofetada al no ser su representante elegido en primera vuelta. Macri no cuenta sino el castigo, uno que en su momento tendrá que extenderse del voto a los tribunales y juzgar el latrocinio familiar, partidista, que enriqueció a pocos a costa de esperanzas y miedos del resto.

Rousseff, la otra grandiosa, aunque no tan grandilocuente como la argentina, revolucionaria, peligra en la cuerda floja. Parece que si a los “trabajadores” se les da la oportunidad suelen ser peores que los patrones. Eso obliga a repensar el ideario en el que perdimos buena parte de la juventud, ocultando con gloria, con épica, la realidad de la izquierda latinoamericana, la mentira de un verbo embelesador y de una práctica inmunda.

Maduro, Cabello… todo muestra que para Venezuela se está preparando algo grande, muy posible que sangriento. La campaña de la oposición en el extranjero, EUA principalmente, ha crecido en recursos y no dudo que el estado norteamericano la alimente, hastiado ya de haber perdido una cabeza de playa geopolítica tan importante en favor de iranios, chinos y rusos. Sabe el oficialismo que de reconocer su derrota en diciembre estaría abriendo las puertas –otra vez- al castigo. En el caso específico de este país y sus jerarcas, hablamos de culpas a un nivel muy grande. No en vano arreciaba el Wall Street Journal hace una semana acerca de la corrupción en la petrolera PDVSA y la investigación todavía secreta que se le sigue. Ramírez, ahora embajador ante la ONU, e indiscutible amo del petróleo bajo Chávez, está en la mira. Se dice que es el hombre más rico de Venezuela, más incluso que los Chávez, y que su aporte a la investigación, a cambio de lenidad ante sus crímenes, hará caer cabezas pesadas en la guillotina internacional. Veremos si Diosdado el Terrible lo será cuando lo encierren en una prisión de máxima seguridad en los Estados Unidos y nunc a más vuelva a ver el sol.

Sigue la lista con el almibarado Correa cuya situación de pronto se ha visto afectada y sin la seguridad ya de la eterna cadencia del poder. Bailaron estos tres ilustres: Correa, Maduro y Morales, junto a corifeos y eunucos, en el bodrio mediático de Tiquipaya, cantando alabanzas a los achachilas del Ande y escondiendo  robos en bancos afuera. Ekekos, tótemes de cualquier calidad y especie, no sirven para nada; semejan las inútiles figuras de yeso de las iglesias. Cuando llegó España barrió con ellos como basura. No es que lo condone pero es la verdad.

Sobreviene un cataclismo para la pléyade iluminada. Respecto a nosotros, el inveterado cacique cuenta con la magia para preservarlo. Sahumerios y llorosos cánticos aymaras no alcanzarán a frenar el impostergable avance de la historia. Allí donde corrieron sus ancestros correrá él, en otras circunstancias y ante invasión de diferente índole. Blindados somos, blindados estamos, afirma, pero ni el T-34 ruso ni el Pánzer Tigre germánico resistieron el embate. Siempre hay un proyectil para el mejor acero, o para el pertinaz figurón.
26/10/15

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 27/10/2015 

Imagen: Hungría, 1956

Wednesday, October 21, 2015

El árbol y los demonios/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Parece título de fábula pero no hay moraleja positiva en lo que se ha de contar, al menos de un lado.

Viene a raíz de la observación de alguien que me visita en el llano/montaña del estado de Colorado. Cuánto árbol, resalta, tantos y tan diversos. Si comparamos el número de especies con la jungla amazónica aceptaríamos que esta variedad es ruin, pequeña, ínfima. Y sin embargo, en las áreas urbanas hay uno cada dos metros y las casas todas cuentan con al menos un ejemplar, plácido, intocado e intocable, en contraposición a su casi ausencia en Cochabamba, otrora jardín de… la república.

Al descender el avión en Cochabamba se ven tonalidades  de marrón. El desierto es rico en sus matices; los pueblos que lo habitan en otras regiones tienen para cada tono un nombre, igual a los inuits del ártico con sesenta y tantas definiciones de hielo y nieve. Pero los cochabambinos no, fuera de “polvo”, “lama”, “tierral” o “polvo de mierda”, definición esta última que refleja la oscura realidad de vendavales de arena y excrementos secos, mucho para el remedo de la barriada-ciudad de Nezahualcoyotl en el DF mexicano. Se respira polvo de caca, se lo bebe, se lo come.

Me guardo lo que decía Joaquín, mi padre, que conocía a su pueblo como nadie, en la relación hombre-árbol, o indio-árbol en Bolivia, donde no solo no se protege o respeta al árbol sino se lo odia. Ejemplos he visto: un lote en Iquircollo con eucaliptos talados por pedido (amenaza) de vecinos de otros lotes vacíos. ¿Por qué? Porque el árbol ensucia, levanta cimientos, da sombra, quita agua, es refugio para loros y etcéteras. Razones que se consideran valederas para tirarlos abajo a hachazos. Mizque: jacarandaes en medio del campo, al borde del río Infiernillo, supuestamente libres de culpa en cuanto a sembradíos, hojas caídas (igual mugre). Talados dizque para abrir camino. Calle Abedules, en Alto Queru-Queru. Una preciosa fila de tupidos paraísos sobre una acera. Dentro de la casa un gran pacay, otro paraíso, un naranjo, limoneros, níspero, ciruelos, paltos, enjambre vegetal que hacía de aquel patio vergel. Se vendió la casa y el dueño, nuevo rico, comerciante, cortó los árboles exteriores y echó concreto encima. Mucha sombra, demasiada, mejor el sol aterrador y las calles color de chicha. Ese barrio de falda de cerro, ecosistema que debiera haberse protegido y no urbanizado, tiene calles con nombres sustanciosos como el nombrado, más alerces, molles y otros. No hay árboles allí; alambre de púa y mal gusto. Decía… al interior los cortaron en arboricidio premeditado e imbécil. Los comerciantes en su lugar hicieron una piscina. Si se remojan o asean en el borde de azulejos no lo sabremos ni importa. Mejor si los cortaran a ellos.

Inmensos eucaliptos, centenarios, en el camino que conduce a la vieja hacienda de Pairumani. No queda ninguno. Su muerte le ha dado al panorama un cariz de despojo, donde en domingo la población se regodea, y tambalea, con choricitos, chicharrones, pampakus con trago. Y caga donde se le antoje con la misma fruición con que come. Pueblo condenado a muerte o a ser esclavo, que es lo mismo.

Mi abuelo, en la década de los treinta, plantó 600 álamos reales en el camino que iba de Punata a Arani. Tengo por ahí un recorte de periódico, muy posterior, donde un periodista elogia la acción. Vi, de niño, los remanentes de aquella soberbia caminata. Hace unos años no había ni rastros, ni troncos, ni pedazos. Sol que arde, y el desierto que pellizca más y más acercando el fin.

El uso del agua en los EUA ha sido y es criminal, cierto. Tema para otro texto. Pero nadie, nadie, menos presidentes o curacas, puede cortar un árbol sin permiso, ni en propiedad privada porque el árbol es patrimonio colectivo. Hacerlo es delito penado. Mi visitante admira y repite: cuánto árbol. Pronto retornará a Cochabamba. Caminará por la calle Antezana que era preciosa con paraísos. Ahora veredas de concreto, comideras y bebederas. Cosas de pueblo ciego, de pueblo tonto.
19/10/15

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 21/10/2015

Friday, October 16, 2015

Muerta literatura viva

PABLO CEREZAL

Languidecían mis pies y mis pestañas, hace casi dos años, al recorrer la Feria del Libro de Cochabamba. Si bien no se puede negar que algunas iniciativas editoriales que apuestan por el riesgo y la literatura de calidad proporcionaban al evento cierto brillo del que carecía en campañas anteriores, refulgían en la mayoría de stands gloriosas glosas de los parabienes gubernamentales, en dura pugna con adecentadas renovaciones de la palabra divina. O sea, que poca literatura podía uno encontrar, más allá de panfletos propagandísticos elucubrados en los hornos de la maquinaria estatal, y esos otros orientados a ganar almas para la causa celestial y réditos para sus representantes terrenales. Propaganda y religión, o viceversa. O lo mismo, o sea.

Afortunadamente, tras hacerme con algún que otro ejemplar de literatura de verdad, escuché por megafonía que en una de las salas se presentaba la nueva obra de un tal Claudio Ferrufino No Sé Qué, y que tal presentación corría a cargo de Ramón Rocha Monroy. Fue entonces que recordé unas palabras del célebre Cronista de la Ciudad de Cochabamba, publicadas en prensa días antes, elogiando la prosa de Ferrufino como heredera de la del inapelable Henry Miller. Llegué tarde a la presentación –lo lamento–, pero pude adquirir un ejemplar de Muerta Ciudad Viva.

A este tipo de eventos literarios –o mercantiles, vaya usted a saber–, solía uno darles el toque de gracia en el bar más cercano, cotejando con compañeros y amigos la calidad de las obras adquirida por cada uno de ellos. En Cochabamba todo es distinto. Mi círculo íntimo no era muy asiduo a las letras; de hecho, lamento decir que poca asiduidad a las letras descubría en la sociedad cochabambina, si es que no sirven aquellas para proporcionarse relumbrón en eventos de mucho postín y poca enjundia. Asimismo, en Cochabamba tampoco puede uno tomarse unas cañas (cerveza de grifo servida en vaso bajo o estilizada copa) o un buen vino a precios asequibles, y mucho menos pedir unas tapas para mantener ocupada la mandíbula mientras el otro habla o expone. En Cochabamba se bebe, sí. También se come, sí. Pero parece ser que a ambas actividades hay que dedicar cuerpo, alma, víscera y velocidad, y no es de buen gusto el dilatar la duración de una velada gastronómica con charlas amenas, chistes baratos y abrazos fraternos. En Cochabamba, cuando se bebe, se pelea, y cuando se come, se devora. No sé si una y otra cosa se relacionan. Pueda ser.

Ahora, antes de que la censura me impida seguir generalizando, insisto en que esto es lo que hago: generalizar. Y bien sabrá el lector atento que el que generaliza pierde razón. Dicho esto, y sorteando así (espero) la censura, insisto en lo anteriormente afirmado: en Cochabamba se lee poco. No entiendo, en caso contrario, el motivo por el que ninguno de aquellos de entre mis conocidos que, supuestamente, se entregaban al cultivo espiritual, la lectura, la música y demás artes activas, me había advertido en ningún momento de la existencia de Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Puedo comprenderlo ahora, tal vez. Claudio es literato incómodo. Claudio no adoctrina desde sus páginas. Claudio no pretende erigirse en maestro de lectores. Claudio no se pliega a los dictados de los poderes establecidos. Claudio no ejercita con sus letras ese músculo disfuncional denominado pensamiento único. Claudio no transcribe conversaciones vía chat. Claudio escribe como debe hacerlo quien ama la palabra: mimándola, no como lo hace el vendedor de letras, el recolector de prebendas y aplausos de ida y vuelta. Tal vez ahí parte de su grandeza. Tal vez ahí parte del descrédito con que se le obvia o ningunea.

Pocas son las ocasiones en que me siento molesto por el deambular de mi gato sobre el regazo cuando intento leer. Iniciada la inmersión en Muerta Ciudad Viva, tuve que abrir la puerta de casa para que la mascota sacase a pasear sus ganas de hembra, pudiendo quedar yo en soledad, devorando página tras página aquel tratado de pura vida que me mostraba la ciudad como nunca antes había podido contemplarla. Entre mis manos un festejo de sístoles delicadas y bruscas diástoles, una verbena de altitudes hembra y latitudes macho, un largo poema de amor apocalíptico hacia unas calles y los personajes que las hicieron crecer. Porque las personas no crecen en las ciudades, no, no lo crean: son estas las que se desarrollan al ritmo impuesto por sus pobladores. Pero… ¿para qué extenderme? Baste con repetir el título de esta cirugía literaria de alta precisión: Muerta Ciudad Viva.
Abrumado. Sí, así queda uno tras internarse en la jungla de vértigos verbales que exuda la pluma de Claudio. Abrumado, repito, consumí jornadas de no desear nada más que seguir leyendo y sintiendo y viviendo las aventuras de una ciudad en desarrollo que, desde su mugre de muerte anunciada, erigía los vestigios de latidos y abrazos ansiosos por poner de nuevo en pie su cartografía de escombro y hueso. Solo quería leer, ya digo, seguir leyendo a Claudio. Comenzó, después, la loca carrera de la desdicha: buscar más obras de su autoría por entre los estantes de vacío y silencio de las librerías de Cochabamba. Ya lo dije antes: en Cochabamba no se lee, y fue ardua tarea encontrar el resto de la bibliografía de un autor que era ya, para mí, verdadero Cronista/Poeta de la ciudad. Porque la crónica legítima de una urbe se edifica en sangre, semen y saliva que nieguen la prebenda, el elogio o la obviedad aplaudida por los adalides del negocio urgente y el hoy ya es mañana.

Me sumergí, pues, en un torrente de prosa desmedida y juguetona en que las leyes gramaticales dejan patente su necesidad de ser, como el resto de leyes de los hombres, subvertidas y torturadas. Recordé en no pocas ocasiones el acierto de Rocha Monroy: entre mis manos latía la epopeya prosística y vital de un Henry Miller boliviano. Así es, doy fe. Más después de haber devorado el resto de obras de Claudio a las que he podido tener acceso (salvo la popularmente polémica Diario secreto… digo esto por si algún lector benévolo dispone de un ejemplar que hacerme llegar). Como el autor norteamericano, el boliviano toma entre sus manos la propia vida y comienza a revivirla sobre el papel de la única manera posible: violándola y violentándola, forzándola, exagerándola hasta que sea más real que la cierta, certificando la exactitud de la experiencia consumada, reconciliando al lector con eso que llamamos vida. Ferrufino no escribe, como no lo hacía Miller. Como el autor norteamericano, Ferrufino escupe, vomita, orina, eyacula sobre la página para mayor goce del lector inquieto. Y, de paso, descompone la gramática y nos enseña que se puede adjetivar con nombres y nombrar con adjetivos, recompone la memoria para recordarnos que es fragmentaria, disloca la naturaleza para enseñarnos que las personas se cosifican, las cosas se animalizan y los animales se humanizan, devasta el firmamento literario para bajarlo a la tierra y mostrarnos el origen divino del hombre, sea este ratero, puto, alcohólico, mendicante o misionero, da igual, todos caben, hay campo: todos están invitados a este gran festival de la palabra y la sensación que es la prosa de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y todos por igual se reflejan en sus páginas como espejos valleinclanescos.

He leído después que Ferrufino ha cultivado géneros dispares como la poesía, la novela, la crónica… ¡falso!: Ferrufino no cultiva géneros. Ferrufino, como Miller, como los grandes, es un género en sí mismo, y su literatura de flor y puñal germina páginas inmortales.

Coincidieron los malos hados de la siniestra parca en el juego de ajedrez de los días, por aquellas fechas, y los noticieros apuñalaron la mañana con la muerte de otro poeta, otro bardo metropolitano, el trovador de NY. Había fallecido Lou Reed, y mi teclado supuraba lágrimas que no encontraban desembocadura más viable que la poco secreta sociedad de las redes sociales. Fue recién rubricada la última palabra, lanzada la urgente glosa al ciberespacio, que me llegaron las palabras del propio Claudio, congratulándose de las mías, devolviéndome las suyas, descubriéndome que Lou Reed, ese yonqui de la Belleza, era droga para ambos. El día que Claudio ensalzó al genio neoyorquino, un servidor hacía lo propio, y ambos quedamos por siempre hermanados en la pérdida, mascullando la consanguinidad de un latido común.

Al poco tiempo, el autor expuso ante mí, en deliciosa autopsia, la grandeza de su persona, más allá incluso de la de su genio, ofreciéndome el crear una obra literaria conjunta. Pueden imaginar el vértigo que invadió a un servidor, al ser elogiadas sus letras por ese mago andino que decidió exiliarse entre las nieves y la laboriosidad de una Aurora estadounidense que poco tiene de amanecer. Claudio reclamaba mi compañía en el desierto milagroso de la Literatura. Haber rechazado la oferta hubiese sido lo más cauto, pero hay ofertas que uno no puede rechazar, especialmente si vienen de este Padrino de las letras bolivianas. Despacio, sin prisa pero sin pausa, disfrutando cada instante, comenzamos a revivir la historia de dos ciudades muertas: Cochabamba, la cuna de su talento, y Madrid, la madre de mis desgracias. Y durante meses hemos gozado del proceso creativo, del ir y venir de misivas que cruzaban millas, valles y cordilleras con su aleteo inconsciente de tipografía sensorial, de una amistad insólita en los tiempos que corren, cimentada en la admiración sincera y el cariño incuestionable.

Madrid-Cochabamba (Cartografía del desastre) ya está en marcha. De a poco visitará la imprenta. Un servidor ejerce, en sus páginas, de humilde escriba, de pretendido cronista de épocas, daños, alegrías y espantos. Claudio Ferrufino-Coqueugniot regresa a las calles de la urbe que mejor conoce y mejor le conoce, para ofrecernos otro fresco, de dimensiones ciclópeas, de la energía que pulula las alcantarillas y los adoquines de una Cochabamba que subsiste, no lo olviden, porque sus habitantes le insuflan el soplo vital adecuado. Él se encarga, con sus letras, de arrebatar al olvido dichas vidas.
Que en Cochabamba no se lee, es solo una generalización que pretende sacudir la flojera de sus habitantes. Pero es certeza inapelable que a Cochabamba, afortunadamente, se la puede leer, gracias a la prosa de látigo y caricia de un tal Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Créanme.
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De Revista 88 GRADOS, La Paz, 10/2015


Tuesday, October 13, 2015

Bolivia, pictures of you/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

I’ve been looking so long at these pictures of you
That I almost believe that they’re real
I’ve been living so long with my pictures of you
That I almost believe that the pictures are
All I can feel

Recuerdo esta hermosa canción de The Cure mientras observo las fotografías de la pantomima en Tiquipaya. El imbécil de Ban Ki-moon haciéndole el juego al emperador, a pesar de que en su discurso inaugural de las NU, hace unas semanas, pedía a los “mandatarios” no excederse de sus límites constitucionales y buscar reelección indefinida. Pero quién sabe qué hay detrás de este fango boliviano de cocaína, puterío y mariconería. Quién sabe.

El curaca se exhibe como la diva que es, perfecto payaso para perfecto circo, pueblo que al retratarlo reescribe el mareado frenesí de la turba parisina de tiempos de Mazarino. Implica, quizá, que entramos a un estadio de la historia con centurias de retraso. Nos toca el medioevo, supuestamente vencido en términos ideales con el sangriento paso que significó la conquista. Aunque no fue así, porque el cacicazgo indio, quechua en su momento, se suplantó por el ibérico que con gran practicismo utilizó la que fuera hoja sagrada, la coca, como instrumento de martirio. Hoja maldita desde entonces, que abotarga y embrutece, medio de dominio de Evo Morales sobre multitud de asnos iletrados y de asnos letrados por igual.

Mi padre detestaba a Carlos Mesa. Lo llamaba “tatacura” por esa impresión de fraile pervertido, melifluo y abyecto. Imagen precisa de doctor altoperuano, de los que engañaron a Bolívar, corrieron a Sucre, traicionaron a Castelli, meneando  caderas entre dios y diablo. Lo menciono, almibarado y vil, porque no deja de tener hoy una visión de futuro, por eso se animó a contravenir las órdenes del amo aymara y a opinar sobre el cambio a la constitución y otras cosillas. Con un simple análisis económico vemos que lo que se  asoma será insostenible, opine lo contrario el de Economía, el “blindado”. Hay desesperación, mientras alrededor se derrumban los iconos del perverso y falso socialismo que debiera ser pasado por las armas sin distinción de género, rango, estado civil, raza o clase (hacen falta grandes paredones al amanecer). Algo tiene que reemplazar el dinero perdido. Quién pagará si no la fiesta de la chiva. A atacar los parques nacionales, las tierras indígenas. Choquehuanca, incansable roedor, lo ha dicho: que territorios protegidos son invento de gringos. Abrir los espacios inviolables a la angurria de las multinacionales; venderse como puta barata. Y, a la vez, al mismo tiempo, dar paso a la horda cocalera con sus almácigos de muerte para mantener el espejismo.

He estado viviendo por tan largo tiempo con mis fotos de ti

Volvemos a Mesa, desagradable pero necesario. Ve el individuo el resquicio por donde pasa una luz que desafía al tiempo en su inmutabilidad. Al fin parece verse la caída del régimen, por factores externos, como posible. Se hizo (Mesa) famoso hace poco al no contestar preguntas a la televisión de Chile; retórica y esquive, a la mejor manera nacional y plurinacional, bastan para la idolatría de la mesnada. Piedra fundamental que sostiene su evidente ansia de retornar a la presidencia. Ha dado el paso; si en falso o no, está por verse, pero buen síntoma, no hay duda, cuando los eunucos se conjuran contra el patrón. A observar, ahora, y luego a desalambrar…

Tus fotos, las tuyas, las de ti, Bolivia. Casi idilio amante, familiar, filial. El hijo que escupe la memoria de sus ancestros si esta se pudre es el hijo que la eterniza en lo mejor que tuvo. Todo tiempo pasado fue mejor… dejemos esto a los versos de Manrique. Lo que importa, sin considerar la bazofia tatacura o el estupro masista, es combatir porque no todo se pierda. O heredaremos un desierto, si permitimos no solo la permanencia sino la existencia de los histriones y sus espantables recuas.

12/10/15

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 13/10/2015

Imagen: Goya/Caprichos

Monday, October 12, 2015

Salman Rushdie en Nicaragua

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Siete años después de la revolución de 1979, Rushdie llega a Nicaragua. Invitado de honor con privilegios. Sin embargo, y a pesar de sus simpatías ideológicas, traza un retrato que prefigura lo que vendrá. Ni lo dice ni intenta hacerlo, pero es una lectura hacia atrás con vista al futuro. Siete años después, las preguntas se acumulan más que las respuestas. El novelista traza con maestría periodística  su trashumar por una región todavía en llamas. The Jaguar Smile, a Nicaraguan Journey, muestra la realidad de una larga ilusión, donde la poesía –pueblo de poetas- convive a diario con la muerte; la sonrisa con la crueldad. El título viene de una tonada popular en la que una muchacha monta en un jaguar. Cuando regresan, ella está dentro de la boca del animal y la bestia sonríe. Muchas las interpretaciones posibles, hasta la conocida de que el jaguar es el imperio, los Estados Unidos, que va a devorar a la joven revolución sandinista.

Escribía en La Paz, en agosto de 2015, un posible inicio de este artículo que decía: “De fondo una estatua ecuestre de Tacho, tirano padre, pero con una característica: tiene el rostro cambiado; es una estatua de Mussolini, vendida, seguro, como chatarra cuando terminó colgado de las patas al lado de Clara Petacci, su amante. Siete años de revolución. Entonces. Hoy la revolución cuelga como el Duce, de cabeza, sin zapatos.” Rescato una impresión primera: Rushdie se encuentra en zona de fantasmas, buenos y malos, de demonios y héroes que al estilo de la Ilíada conviven y manejan los destinos de los vivos. Dice el autor: “Encontré que para hablar de los vivos en Nicaragua, era necesario comenzar con los muertos”. “Sandino vive”, está escrito en las paredes. Escrito en la sangre, tanto que solo la imagen de su sombrero despierta la lírica popular. La historia se resume en un objeto de alas anchas que cubría excesivo la cabeza del líder, aquel que soberbio reclamaba pagar diez centavos por cabeza de americano. Vaya valor, el del coraje, y el del precio.

El drama de no anotar lo leído para un texto posterior está en que quedan impresiones generales; se pierde la sal de la lectura, los detalles. De pronto sucumbimos, poco a poco, ante un mal de nombre germánico y olvidamos, aunque a veces quisiéramos olvidar, páginas, horas, clamores y silencios. Me ha ocurrido con esta crónica rushdiana, escrita en un alto de la redacción de Los versos satánicos. En algún lugar, el escritor hindú conversa con Sergio Ramírez, novelista en posición de poder entonces y toca un punto fundamental en la tragedia latinoamericana: la libertad de prensa, que a la corta es libertad de opinión. Se preocupa Rushdie de que el sandinismo vencedor coaccione y castigue la disidencia. Ramírez señala la necesidad de hacerlo. Nicaragua vive bajo acecho, lo conquistado puede ser perdido. Hoy, Sergio Ramírez anuncia que de aquella revolución no queda nada. Me gustaría que se adentrara en los vericuetos de tal desmoronamiento, no solo de los económicos y la corrupción del dinero, sino del error de intentar levantar algo nuevo, y mejor, dentro de márgenes que contradicen el derecho esencial de ser libres. Sobre todo en un pueblo de poetas. Se remarca en la crónica que allí el guerrillero, el tendero, el aprendiz de mecánico son poetas. Los ministros lo son, también Daniel Ortega, presidente… y su esposa.

Máscaras. Máscaras sangrantes con un hoyo de bala en la frente. El FSLN iba, muchas veces, al combate con los rostros cubiertos de máscaras rosadas. Dice Rushdie: “Una cultura de máscaras es una que entiende mucho acerca del proceso de metamorfosis”. ¿Tuvo Nicaragua que transformarse en un Gregorio Samsa, que es una manera de llevar la cara cubierta, y esperar? En nuestro continente la espera viene cuajada de sangre. Rictus de dolor escondidos bajo un trapo para que no se vea que nos van derrotando… Kafkiano no, real.

Aparece Ernesto Cardenal, poeta de la revolución. Solentiname, Solentiname, reproducía el cassette en casa de Pilar Crespo. A pocos años de la toma de Managua oíamos en sesiones regadas de chicha, instrucciones en música de cómo armar y desarmar una ametralladora. Versos del estallido, del obús, de la granada, tan caros a Apollinaire, a Shklovsky. Leía a Cardenal, El estrecho dudoso, el fervor de los españoles queriendo hallar en el lago Cocibolca la entrada del mar hacia Cipango. En La sonrisa del jaguar, este poeta sacerdote se arrodilla ante Wojtila, Juan Pablo II, para ser regañado por sus ideas. El poeta llora; el cura se mantiene de rodillas. Conversan Rushdie y Cardenal en el opulento baño de Hope Somoza: Neruda, Cuba. El hindú menciona a Armando Valladares, poeta preso en “la isla”. A pesar de que criticaron a Rushdie de conformismo y simpatía por el régimen, creo que toca puntos importantes de conflicto. No ceja.

Preciosa lectura. Plena de interrogantes. Abundante en color. En Nicaragua está la muerte, pero la muerte es amiga. Y el sombrero de Sandino hace de paraguas en la tormenta.
07/10/15

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 12/10/2015

Tuesday, October 6, 2015

El enigma de la Historia/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lunes, octubre. La primera página del diario traza un perfil del nuevo líder talibán Mullah Mansour. Mansur, nombre fatídico del primer milenio, Almanzor, el castigo de España.

ISIS dinamita el arco de triunfo de Palmira. Aviones por todos lados; soldados. La frontera turca se marca en pisadas de veinte mil combatientes kurdos, buena parte mujeres. Occidente ha vuelto a disputar antiguas hegemonías en la región. A Inglaterra la reemplazan los yanquis; Rusia se renueva a sí misma; China observa, siempre dispuesta a quedarse con la mejor tajada, mientras delimita un panorama violento para evitar peor futuro peor en su franja oeste, donde se agitan los uigur. Nunca mejor Pérez Reverte para hablar de los refugiados sirios, y demás, que atacan esperanzados una Europa que de recibirlos habrá sellado su destino, como cuando los godos, dice él, escapando de Atila, arrojáronse en brazo protector de una Roma eterna enemiga.

Sobre Kunduz flota la bandera del Talibán. Luego ya no. Deja una impronta, un aura que anuncia fatalidad. Israel lo sabe, aunque lejos, porque este espasmo sísmico que hace temblar Asia Central y Oriente Medio, crece en intensidad y se extiende en las infinitas ramas de una religión simple y arcaica, una que a pesar de, se agiganta y amenaza. Creímos que tiempo y espacio se habían afirmado en una Pax democrática, blanca, europea, letrada. Ahora el porvenir viste burka tenebrosa, negra y con sabor de sangre. Es en el vientre de las mujeres musulmanas reacias al cambio que perece la humanidad. Vientres que pasean Londres y París, que se multiplican en Germania, que remueven la sombra de Almanzor en la península mal dicha madre patria, mala madre, puta madre.

Algún reduccionismo habla de petróleo. Si fue el detonante, ha dejado de serlo. El movimiento que observamos viene de profunda raigambre, mucho más que cualquier sedimento antiguo, tanto como los hermanos apedreándose y cediendo a Caín el rol menos remunerado pero más prolífico. El dilema del becerro de oro y las tablas de la ley, en sus mil y una interpretaciones, contadas por Scherezadas cargadas de bombas y con metralletas. Se reescribe la historia a la usanza vieja, con sangre. ISIS parece extraída del escenario de Mad Max 2, The Road Warrior, y su visión post apocalíptica que huele hoy a presente, con la única salvedad que el héroe, el individuo, ha pasado a caracterizarse en una turba amorfa y caníbal. Ya no queda siquiera la lírica de intentar rejuvenecer la memoria de haber sido hombres.

Y sin embargo, tozuda humanidad esta, ante el embate de la oscuridad se plantan las guerreras kurdas, violadas, vejadas, pero con la muerte en las manos. Allí nos preguntamos si hay muerte redentora que se opone a la que destruye, si matar es mandamiento apremiante en tiempo de crisis, cuando todo parece perdido. Matémonos el uno al otro para sobrevivir (los Otros podrían decir lo mismo sin faltarles razón).

Una poeta agonizante escribe versos. A su manera representa un Quijote contra molinos de viento. Cuando el griego Pedro de Candía desembarcó, solo, en Túmbez, provisto de radiante armadura, terminaba una época, corría en los descalzos pies de los temerosos. Hablamos de apocalipsis con sentido trágico. Elucubramos, discernimos, creemos ser analíticos. El Mal, permanente, persiste. Ayer fue España, en los demonios pizarristas y almagristas; hoy es el Estado Islámico. El Kunduz del Talibán puede interpretarse, doscientos años atrás, como el Kabul del imperio británico. ¿Se termina entonces? ¿O sobre la tierra crece un fuego igual al de los bosques, fervoroso, cíclico, asesino y paridor?
05/10/2015


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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 06/10/2015

Fotografía: Charles Dudley Arnold, 1893

Sunday, October 4, 2015

Chicha urbana

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

En Cochabamba sucede un extraño fenómeno en estos tiempos medievales: desmedida alharaca por el retorno al origen, así sea difusa mixtura, mientras que de forma paralela se corre en un capitalismo desenfrenado, salvaje, de idolatría sin límites hacia una globalización comprendida al revés. Quienes reclaman awayos y plumas se cubren con tejidos sintéticos de manufactura coreana, con pésima imitación de la iconografía local. El trópico se llena de jacuzzis y hummers desbarrancando de a poco los objetos –no la retórica- de lo originario ancestral.

La chicha, bebida ya bastarda, mestiza y maleada por centurias desde su nacimiento nativo, está en el frente de ese deslave que nos dejará, a pesar de que supuestamente es lo que buscamos, sin origen. Los profetas del retorno, casi parece una cháchara de Erich von Daniken, la han remplazado en sus orgías de poder y gloria por JW etiqueta azul. Hay colores que determinan épocas, pero hay más idiosincrasia que decide los destinos. En apariencia no tiene importancia. Existiendo hoy un acceso a whiskies otrora privativos, se diría que no tenemos motivo de desecharlos. Tal vez en la ofuscada mente de los califas el progreso se mide en un chin chin. Sin embargo, la lectura es otra.

Política y desdenes aparte, en mis viajes periódicos de retorno observé que un nutrido grupo de chicherías urbanas han ido desapareciendo. En aras de la salud pública reconocería que es mejor, ya que la higiene, no muy pegada a nuestra cultura, prefería no transitar por esa ruta de antros cochabambinos convencionales, pero muestra algo: que una sociedad se está transformando, no significa avanzando, en territorios ajenos. Implica, no racialmente, la desaparición del mundo rural, tan cercano a nuestra historia. Cochabamba nunca fue urbe sino gran aldea de adobe. Asociada a huertos, manzanos y durazneros, va derribando todo lo que antaño significó y le prestó rostro. Hoy semeja un monstruo de mal gusto que cambia lo bucólico por lo kitsch, lo pintoresco por lo inmundo. El “progreso” no tiene por qué seguir tal rumbo.

Esquina Hamiraya y Colombia. Un tugurio. Puerta desvencijada con amplio ojo para crecida llave. Adentro un par de vasijas de barro empotradas en el piso. Mesones de madera y bancos del mismo material. El patio, cortado en dos por cambios urbanísticos de las alcaldías, es resabio de lo que fuera casa colonial. Un primer, segundo patio atrofiado con una planta superviviente que remonta a la Cochabamba de esplendor frutal: higuera de higos negros y carne rosa. La chicha era mala, de algún productor independiente y mínimo, pero se participaba de una viñeta valluna en proceso de extinción.
A veces se suele mirar una higuera. Ya es más difícil un pacae y casi imposible una mata de granadas rojas. El entorno de la chicha urbana también desapareció. La vid trepadora sobre añejo molle, el empedrado o el piso de tierra bien barrido. Para terminar un retrato ya de muerte, pondríamos un sapo metálico de tejos vilipendiados. Casi una foto de Martín Chambi, el peruano, en una Cochabamba que tampoco fue tan vieja porque la vimos, y la bebimos.

Hubo chicherías hasta a un par de cuadras de la plaza 14 de Septiembre. Recuerdo la de frente al matadero, en la calle Jordán, en la planta baja de un conventillo de notarios y abogados de mala índole. La ciudad del valle remedo de la Praga kafkiana, cubierta de penumbras y de historias sórdidas y tristes; contradictoria porque se afamaba de luz y canciones.

Nada puede permanecer igual y tampoco lo queremos así.  Solo que locura y desidia van modelando un perfil cochabambino urbano ecléctico, frenético, matriparricida. No significa que eliminar al progenitor no esté bien pero hay que hacerlo de manera adecuada. En cuanto al rescate cultural, pienso en la colonia Roma, de México D.F., donde se ha revivido el popular pulque, bebida de pobres, y se lo ha sofisticado para un público mayor; pulque posmoderno. La chicha simplemente pereció.
04/09/15

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Publicado en LECTURAS (Los Tiempos/Cochabamba), 10/04/2015

Fotografía: Esquina Hamiraya y Colombia, acera sudoeste, donde otrora existía una chichería en el casco viejo de la ciudad (Daniel James/Los Tiempos).