Thursday, April 28, 2016

“Madrid-Cochabamba, cartografía del desastre”: la literatura era esto

JAVIER VAYÁ ALBERT

Dos autores. Dos ciudades. Dos vidas abrazándose y contándose a través de la más urgente y verdadera literatura. Más que un libro, un regalo para el lector, una emocionante bomba literaria.

Imaginen un país normal, no este, claro. Imaginen a dos de los mejores autores vivos, Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot, uniendo fuerzas para construir algo más que un libro y la importancia que ello supondría. Lamentablemente en España, la repercusión de algo como Madrid-Cochabamba, cartografía del desastre quedará como una delicatesen reservada a unos pocos privilegiados. Tal vez y pese a lo injusto de este hecho, las cosas tengan que ser así.

Madrid-Cochabamba, cartografía del desastre más que un libro es una verdadera bomba literaria. De corazón soy capaz de asegurar que no creo que un libro pueda reunir tanta dinamita de literatura pura y sin cortar, de la buena. De esa que dentellea el ruido endogámico y mediático, de esa que suelen llamar underground y que yo prefiero definir como verdadera y de esa, por cierto, que tiene por seña de identidad la editorial Lupercalia.

Créanme, de un libro que tiene un prólogo de Miguel Sánchez-Ostiz y un mano a mano entre dos gigantes tan inmensos como Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot, no es necesario leer una sola palabra para saber que será una obra maestra estallando en el corazón.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot es un francotirador salvaje parapetado entre el sarcasmo y la ternura. Un maestro de la palabra con el sello inconfundible de lo mejor de las letras latinoamericanas cuya pluma es nervio de vértigo.

Pablo Cerezal es el poeta que escribe en prosa. El feliz e improbable encuentro entre Umbral y Burroughs en una voz tan encendida de prodigio que estremece deliciosamente. Pablo escribe como lo haría Henry Miller de haber nacido en Vallecas y haberse llamado Pablo Cerezal, porque su voz única bebe de las entrañas de la verdad.

Juntos y separados urden esta gloriosa cartografía del desastre. Desde exilios voluntariamente forzados (Pablo en Cochabamba, Claudio en Denver) ambos realizan una carta de amor apócrifa y amarga a sus ciudades natales (Madrid-Cochabamba, Cochabamba-Madrid) partiendo a las ciudades del recuerdo. El alcohol, el sexo, la muerte, el cine, la música, el amor o la juventud, acompasan los pasos perdidos de los dos escritores. Épica de extrarradio, poética mundana de urbe, las páginas de este libro adquieren la honesta gloria de la vida entendida como tal. El surrealismo minimalista del Cochabamba de Claudio encuentra la mano tendida del rocanrol elegantemente castizo del Madrid de Pablo. La ciudad en la distancia como la amante nunca olvidada, la madre añorada, el vino celebrado, el amigo que quedó eternamente varado en aquella esquina asesina.

Que Pablo escribiera sobre Madrid mientras libraba una batalla cruenta contra la burocracia cruel por abandonar la Cochabamba de la que escribe Claudio desde Denver, otorga al libro un punto de fugitiva melancolía. Una suerte de poso de destinos extrañamente nunca cruzados, de pasos en las huellas vitales, desvestidos y despojados de casualidad, pero ebrios de causalidad. Cuando al final del libro los destinos de los dos verdaderos genios de las letras al fin se juntan ocurre de la manera más maravillosamente mundana posible y contada.

Porque como decía aquel, la vida era esto, esto que siembra gozosa y agriamente las páginas de Madrid-Cochabamba, cartografía del desastre. Porque pese al empeño de unos pocos que pesan mucho, no se engañen, la literatura era esto.

Es escritor y blogger. Ha colaborado escribiendo sobre cine y literatura en diversos medios digitales como Cinetelia, Papel de Periódico o Achtungmag. Es autor del libro de relatos y poemas 'El peso de lo invisible' (Alacena Roja, 2014)


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De LA HUELLA DIGITAL, 28/04/2016


Rupturas y continuidades: La nación narrada desde la voz del niño patriota al joven marginal/ Disruptions and continuities. The building of the Nation through the voices of the young patriot and the marginal young man

Ornar Salinas1

Resumen
Dos novelas tan distantes en el tiempo y en el estilo como Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la independencia de Nataniel Aguirre (1885) y Muerta ciudad viva de Claudio Ferrufino Coqueugniot (2013) tendrían a primera vista muy poco en común como para compartir líneas de análisis. Pero una lectura un poco más atenta a los detalles revela el diálogo que se establece entre ambas obras. Más allá de los lugares comunes y de las referencias directas e indirectas que la obra de Ferrufino Coqueugniot hace a la de Aguirre, ambas novelas se construyen como narraciones en torno a conflictos de identidad de sus jóvenes protagonistas como formas de pensar lo nacional. El análisis que proponemos se centra en las formas de representación discursiva de lo joven y la estructura temporal a ellas relacionada para poner en diálogo algunos rasgos del sentido de nación propuesto en ambas novelas.

Palabras clave: Juventud // Nación // Literatura // Mestizaje.


Abstract
Disruptions and continuities. The building of the Nation through the voices of the young patriot and the marginal young man. Two novels so distant in time and style as Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la independencia by Nataniel Aguirre (1885) and Muerta ciudad viva by Claudio Ferrufino Coqueugniot (2013) would have not too much in common at first glance, but a close reading reveals how both novels are built around the same problems as a way to think the nation. The analysis proposed in this article focuses on youth and temporal representation as a form to discuss the meanings on which both novels think the Nation.
Key words: Youth // Nation // Literature // Miscegenation.



Introducción
El estudio de la representación de lo joven en la literatura permite estudiar una de las formas por las que la sociedad tiende a visibilizar sus ansiedades y contradicciones especialmente en momentos de crisis y transformación social. La representación discursiva de lo joven, en tanto construcción social, tiene mucho que ver con la forma en que una sociedad reflexiona y discute los problemas y trasformaciones que atraviesa. La misma emergencia de lo joven como categoría social y académica está relacionada justamente con la angustia frente a los cambios que la sociedad experimenta. Se puede decir entonces que lo joven es una manera de mirar los conflictos relacionados con lo generacional, lo económico, el género, lo étnico, la sexualidad, las relaciones interétnicas, etc. En la literatura la figura del joven ha servido para abordar muchos de estos problemas, no hablamos aquí de literatura hecha por jóvenes, sino de la literatura que construye una representación de la juventud y de los jóvenes, y que en algunos casos está explícitamente dirigida a un público joven. Analizar las formas en que se construye esta representación y desde dónde se la construye permite entender las urgencias del momento en que tiene lugar esta inscripción.

Para este trabajo proponemos abordar dos momentos en la historia nacional de Bolivia que más allá de parecer no tener ninguna relación entre sí comparten la angustia y la urgencia de repensar la identidad nacional desde dos períodos marcados por una crisis de identidad de lo nacional. Por un lado, la novela Juan de la Rosa. Memorias de un soldado de la independencia (1885), aborda justamente desde los ojos de un niño/adolescente la mirada retrospectiva de un viejo soldado de la independencia. El autor de la novela escribe en un momento en que ve como la pérdida de los valores patrióticos son la causa de que la nación terminará sufriendo su más traumática derrota militar en la Guerra del Pacífico en la segunda mitad del siglo XIX. La novela dirigida explícitamente a los jóvenes de la patria denuncia así la pérdida de los valores y del patriotismo como la responsable de la vergonzosa derrota y de los males presentes de la nación. La novela de Aguirre, construida como una narración de búsqueda de identidad del niño protagonista, propone un proyecto de nación basado en los valores patrióticos de los héroes cochabambinos. Por otro lado, en Muerta ciudad viva (2013) estamos también frente a un relato retrospectivo que nos sitúa en los ojos de su joven narrador protagonista. Al igual que la novela de Aguirre la obra de Ferrufino Coqueugniot es una narración de búsqueda de identidad, pero a diferencia de Juan de la Rosa, que busca reafirmar un sentido de nación a través de las memorias de su protagonista, lo que hace el narrador de Muerta ciudad viva es impugnar los sentidos y certidumbres de estos imaginaros nacionales. Es también una mirada que desde los márgenes sociales se sitúa en un momento en el que el nuevo discurso nacionalista que debía repensar la identidad nacional empieza a mostrar sus propias contradicciones y limitaciones.
De esta manera, ambas novelas se sitúan en dos momentos definidos por el leitmotiv de pensar lo nacional. Momentos distintos que se traducen en la novela de Aguirre en términos de la urgencia de construir un sentido de lo nacional que permita articular un discurso nacionalista orientado hacia el futuro, y en la novela de Ferrufino Coqueugniot como la experiencia que desde los márgenes subvierten el discurso articulador de lo nacional y la estructura temporal de la narración.

Del joven como modelo ciudadano al Bildungsroman del joven marginal
Nataniel Aguirre y Claudio Ferrufino Coqueugniot optan por abordar sus historias desde la perspectiva de un niño/adolescente y de un joven respectivamente2. Tomando en cuenta lo anterior proponemos que en estas dos novelas las diferencias al nivel de la representación discursiva de lo joven y al nivel de estructura temporal son expresiones de sus diferentes maneras de vincularse con el imaginario nacional y a su vez de sus posibles lecturas. Por un lado, la novela de Aguirre, escrita a manera de bildungsroman, nos permite estudiar como la representación de lo joven en la literatura ha servido como un espacio construido para abordar el problema de lo nacional desde una voz que recuerda y por ende que se sitúa por fuera de los hechos narrados. Para ello Aguirre sitúa al viejo soldado en otro espacio desde el cual el narrador mira los hechos, los juzga y los relata. La distancia que separa al niño Juan y al viejo coronel de la Rosa nunca desaparece, ambos operan en dos espacios distintos, en dos diégesis diferentes: la historia de la guerra de la independencia por un lado, y la historia de la nación en otro.

Por otro lado, en la novela de Ferrufino Coqueugniot, si bien pueden rastrearse similitudes con las novelas de formación no propone un modelo de juventud ni de ciudadanía a seguir, su propuesta se articula desde la voz que recuerda pero que no es una voz que se sitúa por fuera de los hechos ni desde el espacio de autoridad de la adultez. A diferencia de la novela de Aguirre, la disociación entre el sujeto que recuerda y el que narra se resuelve en el momento en que el narrador empieza a relatar los hechos en tiempo presente. De esta forma la novela termina construyéndose enteramente desde la perspectiva del joven que recuerda y que narra un presente diegético. Por este motivo se puede afirmar que la novela de Ferrufino Coqueugniot construye una subjetividad que da a lo joven la posibilidad de hablar y de mirar por cuenta propia.

De esta manera, planteamos que las narrativas de búsqueda y crecimiento, así como la formas de representar lo joven condensan no sólo las formas en que se imagina la nación, como es el caso de la novela decimonónica; sino que al mismo tiempo pueden hacer evidentes las tensiones, contradicciones y límites del proyecto nacional desde una mirada articulada desde la subjetividad del joven marginal como es el caso de la novela de Ferrufino Coqueugniot.

De la juventud como estadio del proyecto modernizador a la juventud como marginación temporal
Como ya se dijo, ambas novelas se construyen desde una mirada retrospectiva. En el caso de Juan de la Rosa, la novela es la representación de lo que el anciano héroe de la independencia recuerda, el niño protagonista es un vehículo de la mirada y de la voz del viejo coronel de la Rosa. En Muerta ciudad viva hay igualmente una construcción narrativa retrospectiva pero esta distancia con el pasado se rompe cuando presente y pasado se encuentran y el narrador deja de situarse por fuera de los hechos narrados y empieza a hablar desde un presente narrativo. Así tenemos que la voz que habla es la voz del joven. En relación con la inscripción de la voz del adulto y del joven, y de su relación con la voz narradora se pueden analizar otros aspectos del discurso en ambas novelas. Se puede estudiar por ejemplo, la relación que hay entre la voz narradora adulta - nacionalista y la figura discursiva del niño patriota como una forma de entender cómo el viejo soldado de la independencia inscribe su relato dentro del discurso moral y pedagógico, construyendo así un locus desde donde se dirige directamente a los jóvenes: "... puedo ya pedir a la juventud de mi querido país que recoja alguna enseñanza provechosa de la historia de mi vida" (Aguirre: 65).

Se ve entonces como la función moralizadora y pedagógica se define en torno a una noción de lo joven en cuanto futuro. La novela de Aguirre, de esta forma, se puede decir que se construye en torno a una temporalidad lineal3 que determina no sólo la estructura misma de la novela sino el devenir de las acciones del protagonista. Así, se puede leer el desarrollo de la vida de Juan como una alegoría del desarrollo nacional. La vida de la nación esta simbolizada en el desarrollo del niño Juan, de esta manera, la resolución propuesta por la novela en torno a la identidad del niño es la propuesta ideológica que el autor defiende como símbolo para la solución del problema de lo nacional. Como dice Lesko, la adolescencia fue definida en términos psicológicos y sociológicos como la promesa de la regeneración individual o colectiva (Lesko: 110). Dentro de los marcos temporales del liberalismo dominante de la época en que Nataniel Aguirre escribe su novela es difícil hablar de un uso científico de lo joven pero si de una visión del progreso asociada a esta imagen. Así, mientras Lesko plantea que el moderno y científico concepto de la adolescencia se vuelve un lugar multifacético para hablar del uso productivo del tiempo, del futuro y en algunas ocasiones del pasado menos glorioso (Lesko: 111). En este sentido, planteamos que si bien la novela no puede leerse desde una construcción discursiva de la adolescencia en los términos planteados por Lesko, sí, lo es, en los parámetros temporales asociados a ella. Si bien la novela es una mirada al pasado a partir de la figura de un niño/adolescente lo hace como una necesaria proyección hacia el futuro.

Nataniel Aguirre hace una doble referencia a la infancia, por un lado, escribe la novela desde la mirada del niño Juan y al mismo tiempo se sitúa en el pasado, desde un punto desde donde es posible reconstruir el espejo roto de la identidad nacional. Así la novela de Aguirre se remonta a la guerra de la independencia, ese estadio anterior a la República, esa otra infancia. Como dice Paz Soldán "la lucha por la independencia se constituye [así] en el mito básico de la entidad nacional" (:14). Recapitulando, podemos decir que la infancia en tanto figura discursiva le es útil a Aguirre en un doble sentido, por un lado, le sirve como figura discursiva para referirse alegóricamente al momento previo al nacimiento de la República (la guerra de independencia) como momento que conserva la esencia de lo nacional y al que hay que volver si se quiere proyectar la nación hacia el futuro; y al mismo tiempo usa la figura del protagonista, el niño Juan, para dirigirse a los jóvenes de la República y así desplegar un discurso moral y pedagógico en torno a la constitución del ciudadano.

La referencia a la infancia en Juan de la Rosa hay que entenderla desde los parámetros de la época. La juventud no es todavía un actor social, ni despliega una identidad social diferenciada de lo adulto. En la novela, la figura de Juan en tanto niño-adolescente no representa ninguna ruptura cultural ni generacional. Lo joven y la infancia no conviven en la novela con el mundo adulto, no son mundos culturalmente separados en términos generacionales. Así que no hay una lectura de lo nacional por parte de lo joven que dialogue con la mirada adulta. Lo que define a Juan niño en la novela son sus convicciones ideológicas, su origen de clase, su origen étnico y el grupo etario al que pertenece en términos biológicos. En cuanto a lo ideológico, Juan desde el comienzo, es parte, y comparte las discusiones y los conflictos de los mayores. Su patriotismo es inoculado por sus mentores mayores. Además, desde el punto de vista de clase y de raza su representación en la novela no está enriquecida o mediada por su condición de niño-adolescente. El único criterio que se tiene para definir a Juan como niño en este caso es la edad pero, como dice Margulis, es justamente el criterio más ambiguo para definir hoy en día a la juventud o a la infancia en tanto categorías sociales (Margulis: 13). Si bien hoy en día, según Margulis, se reconoce que la juventud es una condición constituida desde sus prácticas culturales (Ibid.: 18), lo que vemos en la novela de Aguirre es que la infancia y la adolescencia son una figura discursiva que se construye en base al vínculo con la edad pero que está culturalmente vacía. No vemos en el niño Juan ni en sus pares esa dimensión generacional que los separe culturalmente del mundo de los adultos. Los códigos que manejan son los mismos, sus juegos son juegos que emulan las acciones de los grandes, las batallas de los niños en las calles son una alegoría de las batallas de los adultos en el campo de la guerra.

No hay aquí en la juventud ningún excedente temporal, ni referencia a la idea de lo joven en términos de moratoria social, los niños son así unos pequeños adultos. Entonces este vacío simbólico y cultural de lo joven le sirve al autor para llenar la imagen de Juan con toda la ideología nacionalista del autor4. En el devenir de la narración vemos como la historia de Juan confluye con la historia nacional en una suerte de narrativa de realización donde, tal como lo planteó Lesko, lo que importa es el punto final de esta narrativa. La novela se construye así, en torno al misterio de la identidad del padre de Juan. Los conflictos étnicos, ideológicos y familiares del niño Juan reconfiguran las relaciones que Aguirre propone dentro de su proyecto nacional. Como indica Paz Soldán, la identidad de Juanito es la que conlleva intrínsecamente hacia el final de la novela y gracias a la resolución del misterio del padre a la solución propuesta por el autor como modelo de nación basado en la alianza criolla y mestiza (:49). Alianza que, a su vez, como sostiene García Pabón, está bajo la influencia del modelo liberal que se presenta en la época en que Aguirre escribe como la mejor vía para el futuro de la nación.

A lo largo de la novela no escuchamos la voz del niño Juan, es el viejo comandante quien recuerda y nos habla. Las memorias del viejo soldado terminan silenciando la voz del joven Juan de la Rosa. El narrador omnisciente se sitúa por fuera de los hechos y como una suerte de ventrílocuo que hace hablar al protagonista. Esta posición que adopta el narrador es similar a la mirada que desde el panóptico vigila todo y lo sabe todo. Se habla desde una posición privilegiada. De esta manera el narrador, el viejo héroe de la Patria, mira el pasado y construye su relato y se sitúa por encima del universo ficcional.

Paralela a esta mirada panóptica se puede leer una temporalidad panóptica en los términos expuestos por Lesko, esta temporalidad es entendida como una concepción del desarrollo a través del tiempo (: 111). En base a este paradigma visual, como plantea Lesko, es que se mide y evalúa el desarrollo y progreso no sólo cultural sino individual. En suma, para Aguirre la imagen del niño sirve para alegorizar el estadio de formación de la nación como momento constitutivo de la identidad nacional, al igual que lo es el período de la infancia y juventud en la vida del ciudadano. De esta forma, en el despliegue lineal de la historia de la nación y del individuo este estadio formativo está determinado a priori por el final deseado: el progreso en términos de civilización occidental y a nivel individual, el ciudadano en los términos liberales de la época.

En Muerta ciudad viva encontramos, por otro lado, una representación de lo joven desde los márgenes, desde la marginalidad de la ciudad y de la sociedad. Como dice Elena Ferrufino, "... Muerta ciudad viva puede leerse como la representación de lo irregular; de lo que está en los bordes, fuera de los márgenes; de lo que quebranta toda noción de normalidad" (Ferrufino: 2013). El uso discursivo de lo joven en este caso puede explicarse según Martin Barbero, como una preocupación por la juventud que se da a través de la asociación de lo joven-violento, de esta forma es "...por el cuestionamiento que explosivamente hace la juventud de las mentiras que esta sociedad se mete a sí misma para seguir creyendo en una normalidad social que el desconcierto político, la desmoralización y la agresividad expresiva de los jóvenes están desenmascarando" (Barbero, 2002:23). Se establece así, de inicio una serie de diferencias con la novela de Aguirre. Del proto ciudadano propuesto por la novela decimonónica a la imagen del joven como marginal al orden social de esa misma ciudad y a cualquier modelo de ciudadanía. Al igual que Aguirre la novela de Ferrufino Coqueugniot hace un uso discursivo de lo joven que puede ser leído como el reflejo de la preocupación de "... la sociedad el desajuste de los jóvenes con las instituciones escolar y familiar, compendiado en la obsesión de que los jóvenes se están perdiendo valores, que estamos ante una juventud 'sin valores', preocupación moralista" (Barbero: 23). Como dice Elena Ferrufino,
la novela -como toda la obra de Claudio- constituye también un poderoso recurso crítico a la sociedad boliviana. A las taras de un país que es tan hermoso como truculento. Saboreamos geografías idílicas, así como paisajes del averno. Exploramos las enormes contradicciones de una sociedad que bebe, fornica y come sin tregua. Sin piedad (2013).

Así, la construcción discursiva de lo joven es lo que permite visibilizar lo que está ocurriendo en la familia, en la escuela, en la política, en la sociedad, sirve así también para develar una realidad que sólo es aprehensible desde los márgenes de la ciudad. Mientras Aguirre recurre a la representación de lo joven para construir la nación Ferrufino Coqueugniot lo hace para deconstruirla. De esta forma el autor:

...nos ofrece el espectáculo de una ciudad nauseabunda, donde mujeres y mendigos; borrachos y ladrones desfilan ante el lector provocando repulsión mezclada con una suerte de fascinación ante este escenario de transgresión sistemática, donde el vértigo familiar y elemental ante lo prohibido se convierte en goce perverso, permitiendo que lector y protagonista se revuelquen -juntos- en las calles de lodo mezclado con mierda. En los pasadizos secretos de una Cochabamba que repta ante la seducción del pecado (Ferrufino, 2013).

La novela de Ferrufino Coqueugniot es marginal a su vez porque rompe con la linealidad de la temporalidad histórica y de la temporalidad de la narración tradicional. En Muerta ciudad viva, hay una ruptura de la temporalidad panóptica que puede leerse como una ruptura con la confianza en el progreso y el futuro que caracteriza a la inspiración liberal de la novela de Aguirre. De esta forma la estructura de la novela llama la atención por la singular manera en que se construye, por el ordenamiento singular de sus capítulos que se ordenan sin una lógica progresiva así, en este decurso, cada segmento narrativo va y viene en una suerte de remolino que transita del uno al dos; del cero al tres; del uno al cuatro, al siete… como en desenfrenado arranque de un punto al que retornamos obsesivamente y del cual partimos una y otra vez al ritmo que nos impone el relato en este universo ilimitado, a la vez que esquivo y manoseado (Ferrufino, 2013).

Como indica Elena Ferrufino esta sensación de que la novela no avanza y que nos trae de vuelta de manera reiterativa al punto de partida mina toda posibilidad de avance, de progreso, de certeza de que se va algún lado, en definitiva de resolución del enigma. De esta forma, la imposibilidad de resolver el laberinto de la identidad hace imposible que la novela se despliegue progresivamente hacia un punto prefijado con anterioridad, así la linealidad mecánica propia de la ideología moderna de progreso es subvertida estructuralmente por la novela. En este sentido, la estructura narrativa buscaría reproducir justamente el desencanto por la posibilidad de cambio social en términos de progreso. Así, la madre del protagonista se refiere a la Revolución Nacional de 1952:

Llegué muy poco tiempo después de la revolución. Que no fue tal, sino un replanteo de jerarquías. No estaba la libertad en juego; era el cambio de amo. Lo sentí de esa manera. Los mestizos letrados, igual que antes los otros, con un discurso semi-progresista se encarnaron y construyeron una dinastía de cimiento endeble. Si en el pasado era el miedo del hacendado y del cacique, ahora era al Partido y sus burócratas (Ferrufino Coqueugniot: 40).

Las constantes referencias al desencanto con las ideas revolucionarias y de la izquierda de la segunda mitad del siglo XX no pueden dejar de ponerse en el contexto desde el cual habla el autor porque al final toda mirada hacia el pasado es una rendición de cuentas con el presente. Así, la novela de Ferrufino Coqueugniot al igual que la de Aguirre se remite al pasado para hablar del presente.
De esta forma, la novela representa a través del deambular del narrador la imposibilidad de crecimiento y realización del personaje, y en su estructura en forma de espiral que gira sobre un mismo centro se ve la misma pérdida de fe en el futuro, en una historia que no va hacia ninguna parte. Por otro lado, la fe en lo letrado que en Juan de la Rosa es representado como el vehículo de la construcción del ciudadano y del patriota en Muerta ciudad viva termina siendo parte de un juego verbal sin conexión con la historia. Por ejemplo, es el caso del círculo literario al que pertenece el protagonista y las referencias a su formación universitaria como forma infructuosa de afrontar el martirio de sus fantasmas. Desde otro punto de vista, la crítica a lo letrado se construye también por la manera en que en la novela se construye la imagen del joven universitario. En la novela los "… universitarios se consideraban una casta apreciable" (:62), pero que terminan siendo parte de "... la mentirosa transformación del mundo" (: 174). Además, el cinismo con que el personaje se relaciona con las ideas de los estudiantes de izquierda muestra justamente esa pérdida de fe en el cambio de la historia a manos de estos grupos letrados. "Así se crecía, como en la prisión, y el rodillo llevaba ya quinientos años. O más años" (Ferrufino Coqueugniot : 12); "La universidad como colchón de aire que amaina el golpe de encontrarse con un país sin opciones. Venga, a por alcohol, que otra cosa no hay que hacer" (:57). Tenemos así a la juventud como un espacio, un refugio temporal que se busca prolongar frente a la incertidumbre de la vida "real" ahí donde se sucede la historia. La novela se hace eco así de la desesperanza de las revoluciones que en el presente del narrador hace referencia al socialismo de los 70 's y en el presente del autor al socialismo del siglo XXI. La pérdida de fe en el progreso no supone un quiebre únicamente con las formulas neoliberales sino también con las revoluciones de izquierda en la medida en que ambas se construyen en una misma estructura temporal.

Si bien en Juan de la Rosa tenemos una representación de la juventud como una etapa de transición hacia la adultez que parece estar a cada momento a la vuelta de la esquina pese a que el protagonista es un niño, en Muerta ciudad viva la juventud es un aletargamiento que se busca prolongar. Las letras en el caso de la novela decimonónica son las que permiten la formación ideológica y el crecimiento del personaje hasta convertirse en un modelo de ciudadano y de patriota. En la novela contemporánea lo letrado deja de ser un referente en donde encontrar el sentido de lo nacional y de proveer respuestas frente a la construcción del yo. Por este motivo no deja de ser significativo contrastar la imagen centrada del yo que representa el personaje de la obra de Aguirre frente a la subjetividad fragmentada de la novela de Ferrufino Coqueugniot. Así el personaje de Muerta ciudad viva, escritor-poeta y universitario, termina usando el mismo poder de las letras para vender y negociar niños haciéndose pasar por abogado. Frente al dócil adoctrinamiento del niño Juan en la novela patriótica se contrapone la amarga ironía con la que el personaje se enfrenta a las ideologías de izquierda de los años 70's y 80's.

Pensar la nación a través de los modelos narrativos de la juventud
Las dos novelas tienen un nudo narrativo en común y es que se construyen en torno a historias de amor de jóvenes. En el caso de la novela nacional escrita por Aguirre, García Pabón ya remarcó su singularidad al respecto, "el amor como en todo romance histórico tiene una importancia ideológica, pero a diferencia de otras novelas aquí [Juan de la Rosa] presenta varias facetas, irreductibles al simple amor juvenil capaz de resolver las contradicciones nacionales (García Pabón: 69). La novela, según García Pabón, sustenta que hay un origen natural en las tres clases de amor. El amor natural del niño por la madre que se transforma en el amor por la patria el cual debe ser natural y esencial como el amor de la madre. De esta manera, teniendo el amor a la madre como a priori, en tanto natural y esencial, "... el libro proyecta esta esencialidad como la base sobre la cual se debe formar tanto el amor a la patria como el amor el amor a la mujer" (García Pabón: 70). Es así que para este autor, Juan de la Rosa es a un nivel una forma de novela de educación sentimental así como a la vez un romance histórico.

Esta educación sentimental es la que permite la transformación o canalización del amor de la madre por el amor a la patria, pero en esta transformación hay un proceso letrado de mediación. Esta mediación se da gracias a la intervención de un sacerdote letrado, así como dice Sanjinés, "… Fray Justo, el narrador subordinado de la novela, quien enseña a leer y escribir al niño Juan de la Rosa, revela todo el proyecto de identidad nacional " (Sanjinés: 42). Es la manera en que el autor resuelve estas historias de amor que se construye el ideal de nación. Por eso el recurso de apelar a la imagen del niño es necesario porque solo así se puede dar "naturalmente" la conexión entre la imagen de la madre, la patria y la mujer. Este modelo de amor, como apunta García Pabón, cubre el desarrollo emocional del niño y el desarrollo social del pueblo cochabambino, que se propone a su vez como ejemplo para toda la nación. Modelo de amor que se nutre de la inocencia y confianza del niño y de la generosidad y capacidad de sacrificio de la madre.

Los otros dos amores no gozan del hecho de ser circunstancias dadas a priori, entonces deben ser construidos y luego interiorizados. Es decir, deben ser narrados como modelos a ser imitados. "Con esto se crea un mecanismo de educación del protagonista y, consecuentemente, del lector" (García Pabón: 70). En definitiva el niño y el joven no se constituyen en actores políticos por sí mismos sino en la medida en que condensan y representan los proyectos nacionales, es decir en la medida en que funcionan como figuras discursivas y no como agentes con una identidad social y cultural propia. De esta forma, estas narrativas de niñez, juventud y de paso a la adultez/ciudadanía se convierten en un medio clave en la construcción ideológica que se refiere a lo nacional en varios niveles: desde la alegoría de la resolución del amor que representaría la alianza que se privilegia como proyecto nacional y a su vez en el modelo de desarrollo que permite el paso de la juventud a la adultez como modelo de desarrollo del ciudadano y de la nación.

Del lado de Muerta ciudad viva la educación sentimental del protagonista es una historia marcada por la imposibilidad de un encuentro real con el otro. Si en la novela decimonónica es la muerte del ser amado, de la madre y de los amigos, el horror de la guerra lo que marca el paso de la juventud a la adultez, en la novela de Ferrufino Coqueugniot es el alcohol y el sexo. De esta forma, Aguirre puede construir una idealización de los valores patrios a partir del amor y la muerte, pero Ferrufino Coqueugniot por el contrario, narra el pasaje a la adultez como una narrativa del fracaso, lo que sirve para representar la imposibilidad de inserción del joven protagonista en la vida adulta o en otros términos de encontrar un sentido que le permita insertarse en la sociedad. De la alegoría del progreso que alimentaba el proyecto decimonónico a la imposibilidad de dar respuestas claras que permitan proyectar una idea de comunidad nacional hacia un futuro. Si el proyecto ideológico del mestizaje en Juan de la Rosa es concomitante con la fe en la modernización y el progreso, en Muerta ciudad viva el mestizaje es el lugar laberíntico de lo popular vivido como el espacio en donde es imposible el encuentro con el otro.

El mestizaje
En el caso de Juan de la Rosa el proyecto de identidad nacional estaba íntimamente ligado a la resolución del misterio de la identidad del niño. El descubrimiento de la identidad del padre (criollo) y de la familia de la madre (mestiza) que permite consecuentemente proponer a través de la identidad del niño Juan la alianza criollo y mestiza (Paz Soldán :49). Como dice Paz Soldán, la novela muestra claramente cómo al proyecto independentista y nacional le costaba incorporar plenamente la tradición indígena con sus valores e historia. Lo indígena asociado al mito e imagen del Inca es cerrado como opción para pensar lo nacional y sólo incorporado a través de la mediación mestiza. De esta forma se revela "... el meollo ideológico de la novela: se trata de apartar al indígena, de negarle posibilidad alguna en la construcción nacional" (Sanjinés: 42). El líder mestizo Calatayud y las mujeres de la Colina de San Sebastián encarnarían así, los valores patrióticos a emular. De esta forma el discurso de la novela busca legitimar una forma de pensar lo nacional que supere la fragmentación social y cultural bajo la imagen articuladora de lo mestizo. De esta forma, en el proyecto nacional liberal de Aguirre, lo mestizo en tanto comunidad imaginada, como dice Sanjinés (2005), sirvió al propósito de encubrir la reproducción de las contradicciones tanto las heredadas de la colonia y como las que produce la modernidad.

La novela Muerta ciudad viva no puede leerse en términos de un proyecto nacional sino más bien como un síntoma del fracaso de estos proyectos. Si bien en términos generales la novela como género tiene hoy otras funciones y la relación de la literatura con la política no es la misma que en el siglo XIX, es posible leer la novela desde la relación que se construye entre juventud, Estado, sociedad y política. Si bien Juan de la Rosa se construye en base a la mitificación de la figura del rebelde mestizo Alejo Calatayud y trabaja privilegiando el lugar de lo mestizo letrado frente a lo cholo y lo indígena; tenemos al contrario que Muerta ciudad viva está llena de referencias a lo popular mestizo, aquello que justamente Aguirre trataba de controlar y de civilizar. En este sentido, la novela de Ferrufino Coqueugniot es una mirada de la ciudad desde la cara popular de lo mestizo aquella que relegaba la novela de Aguirre en favor de lo mestizo letrado.

La novela de Ferrufino Coqueugniot empieza con una ubicación social y espacial precisa: "se acomodó en el vano de una puerta, al frente del Mercado Calatayud, en la esquina de Uruguay y Lanza" (Ferrufino, 7). De esta forma se introduce no sólo la imagen mítica del líder mestizo sino a su vez, de lo popular mestizo, imagen reforzada por la inserción de las calles que como marcas espaciales sitúan la novela en la otra orilla de donde habita lo criollo y lo mestizo letrado en Juan de la Rosa. Pero lo que hace Ferrufino Coqueugniot en su novela es reinterpretar la imagen del líder mestizo. De esta forma no encontramos una glorificación de lo mestizo letrado sino una entrada al "fango" donde se encuentra lo popular, que al final de cuentas es lo que hace andar a la ciudad:
El mercado despertaba. Esos vientres de vaca y demás partes, revolcados en el piso con orín y mierda que la noche dejaba en las rutas de la ciudad, hervían en cacerolas, sopas, se convertían en chorizos para alimentar la pantagruélica hambre de un pueblo mestizo, acostumbrado a comer y cagar, y a nada más, como decía su padre (Ferrufino Coqueugniot: 10).

Esta masa caótica de cuerpos se ubica espacialmente casi en el centro de la ciudad: "Mestizos descalzos, de musculosos brazos, abrían las compuertas y comenzaban a arrojar al piso entrañas de animal, cientos de estómago, tripas, hígados, riñones para regocijo de los canes que se abalanzaban a atrapar algo" (Ferrufino Coqueugniot: 8). El narrador pese a recorrer esa "otra ciudad", la ciudad periférica, marginal y de la noche (la ciudad nocturna es la ciudad vivida por los jóvenes), no deja de marcar la diferencia que la separa de ella: "En barrios que no eran suyos, entre gente que jamás contempló durante la infancia, a no ser que formaran parte de la servidumbre de casa" (7-8). El mercado es el universo de lo popular donde también lo indígena es representado y subalternizado: 

"Luego, con un peso gigantesco -se evidenciaba en las pantorrillas desnudas e infladas de los indios- las carretillas se adentraban en el mercado. Ni caso hacían de los perros. El precio que el matadero cobraba por deshacerse de esto sería mínimo" (Ferrufino Coqueugniot: 9). El personaje nos habla no desde los espacios de la ciudad letrada o de la ciudad "blanca" sino desde los espacios de los "otros" y sitúa su búsqueda justamente en el lugar "... donde el pavimento [brilla] de mugre, por humedad natural y por orines que las orquestas de ebrios conjuraban por las calles, sobre todo en las esquinas" (Ferrufino Coqueugniot, 8).

De esta forma, la novela nos habla no sólo de las formas de rearticulación de las diferencias sociales y étnico-culturales sino también de sus formas de reproducción en el espacio urbano. Vemos así un desplazamiento del discurso liberal y nacionalista sobre el mestizaje hacia una experiencia vivida que en vez de operar para subsumir la diferencia lo hace para revelarla y problematizarla. Esta homogeneidad añorada en los proyectos nacionales del siglo XX, producto de las interpretaciones que se hicieron de la obra de Aguirre, no hace más que develar la violencia con que la modernidad impuso sus condiciones en la formación de las naciones. Como dice el narrador,

.. .Bolivia se construyó a palo, todos golpeados, una generación a otra, blancos a mestizos, mestizos a indios, indios a mujeres, mujeres a niños, niños a perros, perros a gatos, en una escala que descendía hasta el fondo de la violencia y que incapacitaba a la población y al país avanzar (Ferrufino Coqueugniot: 11).

El narrador de Muerta ciudad viva termina por mostrar su incapacidad para encontrar esa identidad que el niño Juan descubre al final de la novela de Aguirre. Para el joven patriota cochabambino es la comunidad imaginada del mestizaje el punto de llegada de su búsqueda, en tanto para el joven narrador cochabambino de Muerta ciudad viva es el punto de partida de una búsqueda que se torna incierta: ". Y me he puesto a bailar con ojos entrecerrados, buscando a un hombre, buscándome en el laberinto del mestizaje. Una banda de loros verdes cruza la puna. Tal vez un oasis más allá. Quizá un espejismo" (Ferrufino Coqueugniot, 34).

Retomando lo discutido hasta ahora se ve que en Juan de la Rosa la niñez/ adolescencia es un periodo demarcado a lo largo del proceso de constitución del ciudadano. Proceso en el que lo joven no tiene un estatuto cultural propio sino es el espacio de la reproducción ideológica de la nación que se cristaliza en el ciudadano que encarna los valores de amor a la patria. Por otro lado, el narrador de Muerta ciudad viva es un joven con una densidad cultural que lo diferencia del mundo adulto. La universidad como referencia al espacio de reproducción del mundo juvenil, las referencias a la música que van desde los yaravíes quechuas, las melodías militares del diecinueve, la cueca del periodo nacionalista, el rock, la cumbia y la música popular contemporánea que trazan un mapa temporal de la historia de la nación y de la emergencia de lo joven. La resolución de la identidad que cierra la formación del niño Juan se ve proyectada en una especie de "flash forward" de la novela que nos muestra la imagen del joven soldado en los ejércitos porteños. De esta forma la asimilación del protagonista al proyecto patriótico en el presente de la novela (1812) sirve de modelo de formación para la construcción de una nación moderna en el presente del autor (1885).

Al contrario, la novela de Ferrufino-Coqueugniot plantea que justamente este dilema en torno a la identidad no tiene resolución. La novela Muerta ciudad viva se construye en diálogo constante con los proyectos de nación y de esta forma la obra de Ferrufino Coqueugniot está llena de referencias a la obra de Aguirre. Por ejemplo: "Juan de la Cosa coscorosa..." (Ferrufino Coqueugniot : 114), alusión directa a la novela Juan de la Rosa pero también hay referencias al momento que elige Aguirre como articulador de lo nacional, así tenemos la banda militar, que el personaje ve en todas partes como una imagen fantasmagórica, tocando la marcha militar "Talacocha" (compuesta en el siglo XIX por un veterano de la Guerra del Pacífico). Además, la novela establece también claras referencias a los proyectos de nación que se construyó como alternativa al modelo liberal decimonónico de Aguirre en el siglo XX; así, la novela no deja de hacer una crítica a los proyectos nacionalistas revolucionarios como el del 52, pero también a las ideas revolucionarias de izquierda de los 70's y 80's que forman parte del mundo de la ficción. A un otro nivel, la novela establece también un diálogo con el presente del autor y es así que retomar el referente del mestizaje para hablar de lo nacional termina estableciendo una mirada escéptica al proyecto de nación que desde lo indígena y desde la nueva izquierda se trata de imponer en el siglo XXI.

En conclusión, la novela de Aguirre y la de Ferrufino pueden ser leídas desde el diálogo que tejen en torno a la crisis de sentido de lo nacional, diálogo que las sitúa en dos posiciones contrapuestas; posiciones determinadas por su época y sus urgencias. La construcción de una narración de realización que gira en torno a la resolución del enigma de la identidad del niño Juan de la Rosa que sirvió al autor para verter en esta imagen toda la ideología de su proyecto liberal, pero al mismo tiempo vació de toda subjetividad a su personaje principal. Por tanto, no es de extrañar que la voz que escuchamos no sea la del niño sino la del viejo coronel de la Rosa. El discurso liberal modernizador termina dando forma no sólo a la nación sino al modelo acorde de ciudadano y de juventud. Por otro lado, la novela de Ferrufino Coqueugniot mira lo social desde la otra orilla, desde una doble marginalidad, por fuera de la ciudad en tanto espacio civilizador y de construcción de modernidad y progreso, pero a su vez, por fuera del discurso oficial de la nación. La imposibilidad de una asimilación por los discursos nacionales hace de su personaje central, un joven universitario, un personaje marginal que encarna la mirada del joven que testimonia el fracaso de los proyectos modernos de la nación.

De esta forma, la imagen ideológicamente constituida del niño Juan contrasta con la subjetividad fragmentada del joven marginal que se debate entre el alcohólico, el naturalista amante de los espacios rurales y el escritor/poeta figura que se resiste a ser contenida en un único discurso disciplinador. Mientras la voz del discurso nacional silencia al niño Juan integrándolo al orden social y étnico liberal, la voz propia del joven marginal le devuelve su subjetividad pero al hacerlo no puede integrarlo al orden social urbano ni nacional. En Muerta ciudad viva el fracaso de la resolución del enigma que se plantea como leitmotiv contrasta así con Juan de la Rosa, fracaso que puede leerse como la pérdida de fe en imaginar lo nacional de una forma que resuelva el laberinto del mestizaje. Mestizaje que es entendido en términos distintos a los planteados por Aguirre, no es el mestizaje que se construye en torno a la imagen mítica del líder mestizo Alejo Calatayud sino el mestizaje popular que se representa en la imagen del mercado Calatayud de Cochabamba. En ese lugar el espacio de lo popular es el escenario donde el abigarrado mundo social urbano subvierte todo discurso sobre orden social, pero a la vez es testimonio de la posibilidad de aprehender sino un sentido que resuelva el caos de la heterogeneidad, por lo menos una imagen de una comunidad que en su lucha por subsistir está condenada convivir. Frente al niño-adolescente Juan de la Rosa, símbolo de la fe en el progreso y la modernización tenemos al protagonista de Ferrufino Coqueugniot que es, por su parte, un síntoma de la pérdida de fe en los proyectos y discursos ordenadores de lo nacional.

NOTAS
1 Estudiante de doctorado en Literatura latinoamericana en The Ohio State University (USA). Sus áreas de investigación se centran en la cultura popular del período colonial tardío y el siglo XIX, así como el cine latinoamericano contemporáneo. Ha trabajado como profesor en varias universidades de Bolivia en las áreas de las Ciencias de la Comunicación y Estudios Culturales. Entre sus trabajos se encuentra el artículo: "Una lectura de lo nacional desde lo popular en Juan de la Rosa" (2015). E-mail: salinas.31@buckeyemail.osu.edu

2 La aplicación de estas categorías al protagonista de la novela de Aguirre no deja de ser problemática por ser estas construcciones teóricas posteriores al momento en que la novela fue escrita.

3 Si bien Gustavo García en su estudio introductorio a la novela de Aguirre señaló acertadamente los matices en los que debe tomarse esta afirmación, no cabe duda de que la novela en tanto proyecto narrativo e ideológico se despliega siguiendo y ajustándose a fin determinado.

4 Lo importante en la formación intelectual y patriótica de Juan es repetir textualmente las palabras de los mayores. Como ejemplo, la escena en que Fray Justo le pide a Juan que repita las palabras pronunciadas por Oquendo (:126).

Bibliografía
AGUIRRE, Nataniel.
2007 Juan de la Rosa. Memorias de un soldado de la independencia. La Paz. Plural,
FERRUFINO COQUEUGNIOT, Claudio.
2013 Muerta ciudad viva. Santa Cruz. El País.
FERRUFINO, Elena.
2013 "Muerta ciudad viva o la (re) escritura de los márgenes". Los Tiempos, 8 Noviembre.
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2010 Introducción. Juan de la Rosa. Por Nataniel Aguirre. La Paz. Plural.
GARCÍA PABÓN Leonardo.
2007 Patria íntima. La Paz. Plural.
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2001 "Time Matters in Adolescence." Act your age! A cultural construction of adolescence. New York: Routledge.
MARGULIS, Mario y Marcelo Urresti.
[1996] 2008 "La juventud es más que una palabra." En Mario Margulis, Ed. La juventud es más que una palabra: ensayos sobre cultura y juventud. 3ra. ed. Buenos Aires: Biblos.
MARTÍN-BARBERO, Jesús.
[1998] 2002 "Jóvenes: Desorden cultural y palimpsestos de identidad." En Humberto J. Cubides C, María Cristina Laverde Toscano y Carlos Eduardo Valderrama H., Eds. Viviendo a toda": Jóvenes, territorios culturales y nuevas sensibilidades. Bogotá: Fundación Universidad Central, Depto. de Investigaciones, DIUC.
ROCHA, Carolina y Georgia Seminet.
2012 "Introduction" En Representing History Class and Gender in Spain and Latin America: Children and Adolescents in Film. New York. Palgrave Macmillan,
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2012 "Innocence Interrupted: Neoliberalism and the End of Childhood in Recent Mexican Cinema." En Representing History, Class and Gender in Spain and Latin America: Children and Adolescents in Film. New York. Palgrave Macmillan.
SANJINÉS, Javier.
2005 El espejismo del mestizaje. La Paz. PIEB.



©  2016  Universidad Mayor de San Andrés, Facultad de Humanidades, Instituto de Estudios Bolivianos

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De ESTUDIOS BOLIVIANOS No. 22, La Paz, 06/2015

Tuesday, April 26, 2016

Bolivia, a 30 años de Chernobyl/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Qué fue primero? Ni lo recuerdo. El gobierno de Evo Morales nos tiene acostumbrados a tantas –quisiera llamarlas locuras- sandeces que uno va perdiendo la cuenta. Creo que en los anales de la estulticia local está aquello de que íbamos a ser, o éramos, la Suiza de América. Luego vino el tiempo del mocochinchi y su estrepitoso fracaso porque no lo veo reemplazando a la Coca-Cola ni en el Palacio Quemado; el tiempo de la papalisa; el reloj de manillas volcadas; el litio; el gas; el teatro más grande del mundo –comparado con Viña del Mar- para que los cantantes aymaras cosechasen premios a manos llenas. A costa, eso sí, de un parque nacional con árboles que cultivaron gringos tontos por décadas.

El concurso de Miss Universo, vieja y fracasada ambición del presidente, que al igual que para muchos de sus correligionarios o cómplices dependiendo de dónde se mire fue algo personal. En su otra vida, o en la que sigue, o la siguiente e incluso subsiguiente, estos políticos de escasa monta sueñan con nacer con las despampanantes tetas y la rubia cabellera de las señoritas de perfecta dentición. El destino les ha sido cruel no incluyéndolos en la lista de beldades, poniéndoles a cambio un tenebroso objeto entre las piernas que, en la mayoría de los casos al no existir un cerebro que lo acompañase, se convirtió en sujeto y nos impulsó hacia el paraíso machista, sexista, poco menos que violador que representa el Estado Plurinacional, ex Bolivia, nunca señorita universo.

Vino el satélite. Enviaron al pobre de Tupac Katari al espacio con menos protecciones que a Laika en el Sputnik. Dicen que se perdió, y cómo no, en esa millonada de pasadizos galácticos que aún no han sido correctamente señalados en aymara. Pronto. A los chinos poco les importa. Y a quien embolsilló la comisión, tampoco.

Mi amigo John Shanahan, de Denver Colorado y presidente de una organización que se llama Go Nuclear, expone en sus boletines los inmensos y limpios beneficios de la energía nuclear, en infinidad de campos. No lo dudo, pero cuando un líder impúdico, por inmoral, como el señor Morales menciona el asunto de Bolivia en la carrera nuclear se erizan los pocos vellos de mis mestizos brazos. Sería como darle una ametralladora a un niño caprichoso y bipolar. Porque, hay que decirlo, lo que menos importancia tiene para los jerarcas del falso Movimiento Al Socialismo (MAS) son los beneficios ambientales o cualquier otro de bien público. Apelan a esto por haber agotado las otras dramáticas, risibles, fálicas, neoindigenistas proposiciones cuyo único objetivo era perpetuar el impacto mediático que el individuo en cuestión (Morales) logró en un inicio cuando su ascensión  al trono todavía tenía implicancias de justicia y hasta un poco de revancha.

También se menciona el mundial de fútbol de 2025 (no hay Mundial ese año), prometido por un calvo portaestandarte de la FIFA que se pronunció al respecto a cambio de un latón decorado con un cóndor y un escudo obsoleto.

Bolivia nuclear. En primer lugar debiésemos concentrar nuestro escondido talento, que lo hay pese a los gobiernos, en producir un clavo, un tenedor, en hilar esas prendas de vestir con que nos invaden los coreanos. Quizá cuando dejemos de vender podamos crear, porque Bolivia es país hasta donde los escritores venden, y se venden. El comercio intrínseco del alma nuestra ha alcanzado a las letras…

No imagino una central nuclear, menos “plurinacional”, en Bolivia hecha por nosotros. Nos la ofertarían los chinos, los rusos. Tintineo de monedas, plata en el bolsillo, Johnny Walker etiqueta azul y a la nueva patraña. ¿Seguridad?, olvídenla, cosa de gringos. ¿Cómo se dice Chernobyl en aymara? Muerte, siempre muerte en medio de transacciones corruptas para beneficio de pocos.
25/04/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 26/04/2016

Imagen: Alí Ferzat, caricaturista político sirio

Tuesday, April 19, 2016

Evote y Francisquillo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ya que suman 400 años desde su muerte, va en honor a Cervantes esta historia de dos pícaros, pilluelos, pillos con aderezos que aquel género español nos legó y que sigue muy vivo y multiplicado en las otrora colonias. Hijos, nietos, bisnietos de Rinconete y Cortadillo, del siglo XX, uno, y del XXI, el otro.

Ejerce de papa el mayor; el menor, presidente. Con el pasar de los siglos los lazarillos se convirtieron primero en capataces y luego en príncipes, quitándole a la lujuriosa sátira toda la sal que sucedió  en la empobrecida Tormes y que continuó en el Simplicissimus durante la guerra de los Treinta Años. Los pícaros se sofisticaron y se esconden tras vestiduras de raso aunque bien se podría decir que su vestido es transparente y andan desnudos como en el viejo cuento infantil. Los visten las alabanzas y los decoran los adulones aunque no lleven nada encima. No solo la maledicencia tiene como objetivo desnudarlos; también la verdad.

De entrada pareció que Bergoglio, el papa Francisco, Francisquillo (como hubo un Felipillo en la conquista del sur y una Malinche al norte-quintacolumnistas de la historia), mostraba especial afecto hacia Evo Morales, discutido pero indiscutido curaca de las bolivianidades en número de 36 con sumas y restas. Los unía la ambición de estar en boca del pueblo, a diferencia de los populistas rusos del XIX que querían mimetizarse en él. Codicia de ídolos y de idólatras. Poco cuesta en medio de grey abyecta e iletrada ser endiosado. Ante los primitivos se ungieron con halo de talismanes, como cualquier piedra u objeto muerto supuestamente tocado por magia.

No fue casual. La agenda es similar, encandilar a las multitudes, mientras más desposeídas, mejor. El discurso de uno viene de una ansiada y justa reivindicación, una que va perdiendo su validez a ojos vista, y sin justificación profunda sino superficial, gracias al abuso del amo en la interpretación. El de hábito largo -porque el presidente se inventó un hábito corto entre saco de patrón y cacique de comarca- perora en el lenguaje del nazareno sin ser el nazareno ni tener la cualidad de multiplicar panes y peces. Las bodas de Caná significaron el festejo popular igualitario. Las del Vaticano son sobrias, sombrías, engañosas, elitistas y viles.

Nuestros personajes van perdiendo la fisonomía de pícaros y se transforman en trolls.

Correa, Bernie Sanders y Morales concuerdan en el Vaticano. Dos de ellos tendrán algún asidero académico para discutir las encíclicas. El tercero las disecciona, como cualquier otro tema, porque sí. La hoja de coca crece en el cielo sagrado del santo Pedro. Pronto algún vivo, altoperuano tendrá que ser, opinará que el oro de la bandera papal tiene que cambiarse por el verde de la coca, el ánima vegetal. ¿Por qué no blanco completo ya, que es el color de los mártires y el del clorhidrato?

Evote y Francisquillo intercambian regalos. Un busto en madera de Tupac Katari… Me parece que estos dos habrían estado del lado de España, de aurigas sobre caballos despedazadores. Lo digo porque a pesar de que quieran hacer creer lo contrario ambos apuestan por el establishment en su rostro más conservador.

Morales entrega un baúl cubierto con una parodia de awayo. El tejido que cubre el cajón es chino o coreano de las maquiladoras. Dudo siquiera que sea hilo, menos lana. Se venden a precio muy barato en los mercados y son de fibra sintética. Ahora bien, el gobierno plurinacional de Bolivia se precia del pasado y se supone que lo rescata con respeto. Regalo tal a individuo tal tendría que ser sino valioso al menos auténtico. Ninguno de los dos. No porque Morales y su corte de los milagros quieran ahorrar. No tienen la mínima idea de la tradición textil de los ancestros. Francisquillo, para emularlos, podría haberles obsequiado una copia del manto sagrado hecha en Macao.

Comenzamos con literatura, pero los personajes la exceden. Pobre Cervantes.
18/04/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 19/04/2016

Fotografía: Iván Maldonado

Monday, April 18, 2016

Poética de los frijoles

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Dice la población negra de San Basilio de Palenque, Colombia, que si no se come arroz de día de noche se sueña con muertos. Mito semejante habrá con el frijol, en esa tríada caribeña que son arroz, frijol y ron.

“Catálogo de frijoles criollos rojo seda de Las Segovias”. Nicaragua. Un título con alma de poema. Aunque caribeños no podríamos llamarlos ya que estos tres departamentos productores del rojo seda, Nueva Segovia, Estelí y Madriz, tiran hacia el Pacífico, en las tierras altas. Vale de todos modos.

Recuerdo una canción tradicional, durante la época revolucionaria: “Nicaragua tiene un rinconcito/que en el mapa se ve un terroncito/chiquitito como un maní (…) y con orgullo se llama Estelí”. Acompañados de botellas de vino queríamos tiempo atrás escuchar el tableteo de las ametralladoras sandinistas. Se oían bien, casi un arrullo. Ya no quedan tiburones en el gran lago de Nicaragua; tampoco revolución. El tableteo es de máquinas tragaperras. Pero el frijol sigue vivo, sino intacto, luego de centurias de cultivo, aprendizaje, conocimiento y maestría. La modernidad no goza del pretérito y sin clasificar estas variedades nativas, darles una denominación de origen, preservar su genética, el mundo las borrará como polvo. De ahí el catálogo, entre otros centroamericanos, manejado por su coordinador ejecutivo, Dr. Armando Ferrufino Coqueugniot, alegría de hermano.

Cultivan el frijol rojo campesinos mestizos. Armando asegura haber oído de indios lencas que también lo hacen en las alturas. Esa sola mención implica el rescate de una cantidad inimaginable de historia ya que los lencas han sido relegados a Honduras y El Salvador y reducidos grandemente por España en su número. El asesinato de la activista Berta Cáceres, indígena lenca, los sacó hace poco del olvido.

Sigo con los nombres, qué si no la palabra conforma el poema. Los rojos seda van entre “rojitos”, chiles y nombres propios: Rojo Zamorano, Chile Bejuco, Chile Matón, Ligero, Charanga, Vaina chata, Gallito, Grande, López, Gringo, Tico, Waspareño, Cuarentano, Cuarenteño, etc. Las fotos muestran frijoles que para el ignorante son lo mismo, mientras que el científico sabe de sus diferencias moleculares, morfo agronómicas y utiliza mucha ciencia ajena a los literatos y mágica en su descubrimiento y percepción de lo invisible.

Me interesó primero el aspecto humano, los cultivos agrícolas en zonas de conflicto centenarias. Pero no quedó allí, porque el detalle de lo que es un frijol, lo que implica en la cultura regional y nacional, la calidad alimenticia para una población carente de tantas cosas, la calidad de sus caldos, sean ralos o espesos según rezan las características de una u otra variedad, y más: tiempo de crecimiento, forma de la planta, curvatura de la vaina, número de semillas por vaina, longitud, tiempo de cocción, color de grano, precio comercial, categoría de uso, resistencia a pestes, tolerancia a sequías, un muy amplio espectro.

“Catálogo de frijoles criollos de Ipala”, Guatemala. Frijoles negros que también se escapan a la específica denominación caribeña que sin embargo mantenemos. Tierras altas centro sur del país, donde los productores, y población en general cargan pistolones en la cintura. Pregunto si se debe al narco y dicen que no, aunque el fenómeno ya ha permeado también la región. Existe una tradición de guerra entre estos camperos y mestizos que solo hablan español, a diferencia de sus compatriotas nativos hacia el trópico del norte. Muy antigua, por cierto, incluso prehispánica en la masacre permanente que el istmo americano aguantó.

Departamento de Chiquimula. Acá el frijol y su cultivo hermano, el maíz, son base de la dieta local. Se considera el frijol de Ipala como el mejor y se quejan los ipaltecos de que se vende frijol de menor calidad aprovechando el nombre. De ahí, otra vez, la importancia de estudiarlos y clasificarlos.

Tanto para el frijol rojo seda de Nicaragua como para el negro de Ipala, Guatemala, se ha abierto una ventana de supervivencia, una que se ha denominado el “mercado nostálgico”, que no es otro que la multitud que emigró a los Estados Unidos sobre todo y que recuerda su tierra donde mejor se la puede recordar: en el sabor. Este mercado melancólico garantiza en cierta manera la preservación y comercio de los frijoles antiguos, e incluso su mejora, al ser el cliente un centroamericano que ha pasado de la más tremenda pobreza a alguna soltura económica, incluso bonanza, que le permite sofisticarse en sus hábitos y exigencias  de calidad dentro de la tradición.

En Guatemala están también los nombres, hábito y comida de literatos famélicos como yo: Rabia del gato, Arbolito, Surín seda negra, Vaina morada pata de sope (¿Rey zope, zopilote? ¿O sope-tortilla?)), Patón de sope, Cordelín, Chapín, Patudo, Chivolo, Liberal grande. Para diseccionar en sus orígenes y fascinarse con lo imposible.

De Goethe y Hölderlin saltamos a los frijoles. Interminables, inesperados, caminos de la belleza.

12/04/16

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Chuquisaca), 18/04/2016

Thursday, April 14, 2016

Il tempo dei gitani

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT (Traducción de MARCELA FILIPPI)

I rom, roma, tzigano, zingari, gitani, quasi il diavolo, nei secoli dei secoli. Con un dramma quanto, se non più pesante, di quello dei giudei, con una tragedia simile. Ma i rom transumano per il mondo, la loro non è diaspora, bensì abitudine. La casa, la terra i possedimenti, tutto. Né dei né eletti, liberi.

Sottraggo a Kusturica il titolo di quel suo memorabile film. Per la poetica e il suo fascino, per l’allegria in mezzo ai dispiaceri, la burla della morte, la musica come la perennità cercata e trovata. Non gl’importerà. Resteranno nel cinema per sempre, insieme alla filmografia di Tony Gatlif in un diverso stile, immortali. I loro carri portano a passeggio la storia, che a loro è aliena. Non vi è alcuna cronologia, ma sì antenati, per quanto paradossale possa sembrare. Essi continuano ad attraversare Giza, alla vista delle piramidi, senza nemmeno pensare se il faraone è ancora lì, e ancor meno sapere che viene esibito mummificato dietro vetrine impenetrabili. Cos’è la gloria per uno zingaro, cos’è l'eternità?

Chiedo a mia figlia Emily riguardo ai travellers, comunità che nelle isole britanniche si occupano di vecchi conflitti tra le famiglie che vengono risolti a suon di pugni, ben scommettendo che di qualcosa bisogna pur vivere. Glielo chiedo per un documentario (Knuckle / Ian Palmer, 2011) - me lo ha consigliato Daniel Abud- che li descrive. Nel film si abbozza appena l’origine degli individui che si colpiscono brutalmente, indipendentemente dall'età o condizione fisica. Fino al chiarimento di mia figlia, non mi rendo conto che si tratta di zingari irlandesi, i quali furono costretti alla vita sedentaria, dando loro in dotazione case prefabbricate e sostegni economici a carico del governo. Ma i travellers, i viaggiatori, in ogni caso, prendono roulottes, averi e prole, e partono in processione per presenziare al singolare combattimento in onore dei propri uomini e per moneta.

Recentemente la Francia ha adottato, nuovamente misure razziste contro i rom. Non è una novità. Ciò che oggi riemerge si era accentuato durante il regime di Vichy. Nulla di più pericoloso, per gli occupanti nazisti e i loro colleghi della destra francese, di questa popolazione itinerante. Trasferirsi da un luogo all'altro senza permesso distrugge le basi e preliminari dello stato totalitario. Era necessario attaccare. Sterminare. E lo hanno fatto.

Una mappa etnografica del Financial Times segnala che i rom sono una popolazione non trascurabile, essendo Turchia, Ungheria, Romania, Spagna e Francia regioni assai popolate. Anche la semplice menzione di confini e di nomi nazionali contrasta con questa gente, che nonostante, ventuno nuovi secoli non si è stancata di camminare. Abbondanza non esime di gloria il farlo, come se vivessero in un mondo parallelo. Non in vano Werner Herzog, in Nosferatu, fantasma della notte, tramite un personaggio che consiglia il viaggiatore che porta documenti di proprietà a un certo Conte Dracula, al di là del passo Borgo, dice che gli zingari molti "sono stati dall'altra parte ". Continuano a starci; attraverso quel buco di tempo e spazio quando lo desiderano. È per questo che non li si vuole, perché non ci appartengono.

Il campo di sterminio di Belzec fu inaugurato con zingari. Li si vede indolenti, sdraiati sull'erba, evidentemente famelici, in posa per la posterità dell’orrore. Ma così come furono perseguitati, perseguitarono anche loro, e se non ricordo male fu in Sklovskij dove ho appreso che durante il genocidio armeno si dedicavano a cacciare i sopravvissuti. Cacciatori di teste del ventesimo secolo, in una storia in cui gli azeri, curdi, turchi, armeni, assiri, persiani, ceceni e russi, portano tutti colpe raccapriccianti.

Ricordo dalle mie letture di bambino due soggetti ben impressi e incancellabili: un gruppo di giudei in marcia verso la fossa comune, sapendo che era la volontà di Dio. Un altro, zingaro, disgustato dal lavoro a Treblinka, che sputa scontroso quando la guardia tedesca li spinge a lavorare. Preferiscono morire piuttosto che continuare così. Fatti circostanziali che in ultima analisi, non ritraggono un popolo o un altro, ma scene che sono rimaste in una mente, la mia, che forse non era ancora preparata per digerirlo.

Gatlif, che ho già menzionato, fece un altro film della sua lunga serie zingara, estesa alla Romania, Spagna e ora la Francia. E’ il tempo di Vichy, e i colorati indumenti dei rom contrasta con il grigio che minaccia sulla Gallia. Abiti rossi che cantano alla vita, mentre le ruote dei veicoli avvicinano alla morte. A loro, i fratelli del più grande chitarrista che la Francia ha dato al mondo: Django Reinhardt, quello dalla mano mummificata.

Non molto tempo fa, in Grecia, ci fu un caso di una bellissima bambina bionda i cui genitori furono accusati di averla rapita. Le prove vanno e vengono, e la certezza che si tratti di una rom della Bulgaria, fotografata con i suoi fratelli, dai capelli ancor più biondi e rossi. Quando uscivano dalle elementari e giravamo a sinistra nel viale Libertador Bolivar a Cochabamba, li trovavamo con lunghe gonne e stivali da equitazione, biondi come dei soli: zingari cileni, non vi avvicinate, dicevano le vecchie streghe. Rapiscono bambini cristiani, se li mangiano ...

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14/04/2016


Tuesday, April 12, 2016

Coca de mañana, Evo por la noche/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Acabo de regresar luego de una larga noche de trabajo. Domingo lo pasé parte en cama y luego en la televisión. No hubo redes sociales ni informativos. Me perdí nada. Hoy lunes abro los titulares de esa región que supongo mía y se encuentra lejana y lo primero que encuentro es una foto del bachiller Sansón Carrasco (léase el Quijote), Álvaro García Linera, que en realidad no tiene un ápice de Sansón y Carrasco no apellida. Le queda el bachiller, que es digno título que comparto.

Decía, pero creo que fue ayer, que el individuo que funge como vicepresidente plurinacional (pomposo fraude), aparecía encabezando un texto donde pide a los niños rezar cada noche a, o pensar en, da lo mismo, “Evo”. Los marxistos de tres por cuatro, no muy afines al compás, guardan tremendo prurito de frailes. Esconden la sotana y andan desencorbatados o descamisados, pero no pueden evitar que sus manos se junten en oración, ni elevar los ojos al cielo buscando no la lluvia que alimenta sino redentor que justifique.

Primero, años ha, fue Choquehuanca, el del reloj volcado que ni de gracia carnavalera sirve luego de un chisporotazo mediático, que afirmó que a los infantes no había de servirse leche sino coca. Ahora, el otro iluminado, despintado en comparación al vendedor de libros aymara, sale con esto. Entonces, el niño boliviano tiene el siguiente futuro: Amamanta con coca porque su madre, de acuerdo al canon masista, le meterá coca hasta por el orto; luego, en la escuela, cuando querrá la delicia de un pan y la suavidad láctea que no tuvo en su progenitora, wiphala rebelde, otra vez coca, acullicada, machacada, líquida, en base, cristal, ala de mosca, hielo, coca ave maría putísima de nuestra revolución.

Choquehuanca y García Linera son adalides de la moda, del lujo, del hotel de primera y las sales de baño que esconden el olor a pueblo. El otro, el amo, ni qué hablar. Peroran, predican, rebuznan: coca a los niños y que muera Dios; coca y que viva Evo, Lucy In The Sky With Diamonds. Demos un par de décadas de este procedimiento alimenticio y espiritual y habrá que poner un muro alrededor de Bolivia porque estará convertida en hospicio. Los atletas ni caminarán, los poetas se untarán riendo en excremento; los militares… de todos modos nunc a ganaron una guerra y menos la ganarán. Solo en el palacio medieval de la fascística bandera azul del MAS, los marranos del milenio nuevo retozarán en gloria.

Anoten el nombre del albañil estrella, Donald Trump, y encárguenle esa pared alrededor del país. Que sea de soguilla, frágil, porque población domesticada no intenta escapar. Menos emigrar.

Decía que alejarse de las noticias, repetitivas, es no perderse nada. Es lo que buscan los tiranos con triquiñuelas conformistas. Hacer tabla rasa so pretexto de igualdad; además, en una superficie llana todo es visible. Mientras más se vea, mejor se controla.

Coca para el desayuno escolar; coca para el almuerzo. Tea time, 5 de la tarde, té de coca. Cuando el niño muerto de hambre, con retortijones en intestino, llegue a casa, pues, coca para la cena, aunque la cena no es tradición de pobres. Así habremos cerrado el círculo y viviremos en el nirvana aymara aturdidos y sin esperanza. Mentira, los apóstoles de traje italiano, zapatos italianos, gomina argentina, ofertarán para la noche al niño Emanuelito de la nueva tradición, ni muy santo ni muy virgen, el bienamado, bienintencionado, Supermán del Poopó, Batman de Orinoca, Hombre Araña de la urdimbre legendaria del tejido andino… Kalimán de los cogoteros de El Alto.

Evo que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino. Ya vino.
11/04/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 12/04/2016

Imagen: Fotografía de Roman Calcaterra

Tuesday, April 5, 2016

¿Y la revolución?/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Simón Romero escribe en la primera plana del New York Times sobre la corrupción en Brasil. Se centra en el PT, mal llamado “de los trabajadores” habiendo el asco eliminado cualquier memoria épica adherida a su creación y a su lucha. Eso de trabajadores quedó en el pasado, junto a la basura de los torturados cuerpos de los crédulos. Pobres, si resucitaran, y vieran que el martirio sirvió para que hoy una sarta de cabrones se enriquezca con su sacrificio. Tontos útiles, estupendos cadáveres.

El senador Delcídio do Amaral (petista) posa para el texto en su lujosa residencia. A raíz de sus informes comenzó a colapsar la gran mentira, que también incluye a líderes de la oposición pero cuyo núcleo fuerte está en los trasnochados marxistas en vela alrededor del dinero. Amaral “cantó” para que no le cortasen las alas. Llegó a un acuerdo y ahora desmiente, descubre y atonta a sus viejos correligionarios con detalles de la gigantesca manipulación del dinero y su distribución a manos llenas, Lula incluido, el apóstol de la revolución mundial que ahora amenaza, según cuenta Romero, con convertirse en Nerón y atizar en fuego al país.

El mismo Amaral, “trabajador” desde 2001, que gastó millonadas en el quince de su hija, con 240 botellas de champagne Veuve Clicquot y un vestido de cristales de Givenchy para la agasajada. El autor del artículo pone la fiesta al nivel de los festejos de la nobleza europea.

La tragedia se mece por encima de la cabeza de la vanguardia del proletariado. No es ya el fantasma del comunismo que recorre el mundo, sino el miedo de que se descubran los bajos menesteres de la izquierda brasilera (y el resto) y terminen los nuevos amos en prisión. Da tristeza, mal parafraseo, que un partido que supuestamente nació en defensa de la vida y la clase trabajadora, ha superado con creces cualquier ínfula corrupta de la derecha. Estos, en Brasil, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Cuba, Argentina, dejaron como infantes de teta a los sombríos Pinochets. Quizá los muertos no se suman como bajo aquellos y se debe a que los difuntos no valen en metálico, no son negocio… a no ser que impidan el negocio.

Pánico es vocablo que se repite en la página y media que ocupa Brasil en el NYT. Los trabajadores han entrado en pánico porque si los descubren tendrán que trabajar; devolver lo robado y dedicarse a construir futuro como lo hacemos todos: a lomo. En términos ideales, claro. Sabemos que no es así.

Mientras tanto en el lado oscuro del continente, el andino, se desarrolla a la par que el escándalo del latrocinio en esferas de gobierno, del narcotráfico tan obvio y tan callado, un novelón de faldas de la peor especie. El pueblo, mordaz e irrespetuoso con los ángeles en caída, crea a diario cuentos, chismes, chistes con amplio material a disposición. En un meme divertidísimo aparecen el presidente Morales (dios-vivo, Dalai Lama local, de dudosa filosofía y peor existencia), en pijamas, Quintana en calzoncillo, y la fámula (Zapata) en camisón. Reza el meme algo como “Doña Flor Zapata y sus dos maridos”. Presidiaria hoy, la bígama, jamás pensó que se descubriría este triángulo fastuoso, no sé si amoroso, entre ella y los dos chivitos cabríos. Lo que construye el poder… Lo que levanta el dinero…

“No renunciaré, a esa paz que tú me das día tras día a cambiar mis penas por tus alegrías y a ese amor que tú me das con garantías”, canta Rocío Jurado. ¿A qué garantías se referirá la Rousseff? ¿A la paz de los billetes? Da vergüenza declararse de izquierda sin activa cuenta bancaria. Los pobres no pueden ser de izquierda, desentonan.
04/04/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 05/04/2016







Sunday, April 3, 2016

Bebiendo el camino...

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Decían que el león de Nemea cayó de la luna, fruto de los amores de Zeus con Selene. Habitaba una tierra que para Bolivia podría ser Cinti, Camargo o Villa Abecia; quizá incluso los Chichas, la fértil aridez de Culpina. Esas tierras, entre desierto y vergel, como diosas griegas con espada y desnudas. Nemea, pedregosa y pródiga en arbustos. Cayó de la luna, tal vez, y quizá hijo de dioses, pero Hércules igual lo mató. Sangre roja sobre el polvo marrón con color de vino, olor de vino, sabor de muerte.

Licorería Ouzo. La penumbra se ha apoderado ya de Denver. En el mall descansan los sillares abandonados de grandes compañías de abasto. Las luces de la licorería titilan como estrellitas que no creen aún que el invierno terminó. Ouzo es una bebida griega, clara como el vodka y el agua, fuerte. Deduzco que la tienda ha de ser helena y que quizá ofrezca algo que otras “americanas” no tienen. No me falta razón. El dueño, esmirriado y marrón como la greda de Nemea, sigue mis pasos por los recovecos atiborrados de botellas. Desconfía tanto de mí como mi alma cochabambina desconfía de él, sin razón y desde el principio.

En el horizonte no hay Olimpo. Lejos la épica homérica de negras naves sobre el Ponto. Sin embargo, en esta trivialidad comerciante se escurren subrepticios deseos y memorias. Estiro el brazo hasta una botella de boutari carmesí. La etiqueta Reza “Nemea”, la sangre del león. Estoy yo, acompañado de mi esposa en un casi sombrío local balcánico de expendio de bebida. El precio es un poco elevado y hasta ahora el vino griego que he tomado no tiene otra memoria que la vanidad de mentarlo como algo exótico. Vuelvo a ser niño. Infante alcoholizado en el momento en que descorche. Pero hay un instante, una fracción de tiempo que ha corrido con ansias suicidas hasta un rincón de mi cerebro, hasta un cuarto y una cama soleada cochabambina desde donde se veía un molle y yo soñaba con Hércules, Diómedes, Belerofonte e Idomeneo. Protesilao… quien si bien recuerdo, y ante la cobardía del resto de los argivos, echó pie en arena troyana desafiando al augur que profetizaba la muerte al primer griego que violara suelo teucro. Era Paris, Alejandro seductor de Helena, que terminó con su vida con una de sus magníficas flechas, solo comparables a las de Filoctetes y a las del propio Teucro, hermano del trágico Telamonio, Ayax.

Y era solo una botella, negra con etiqueta roja, mágica.

Seguimos por los refrigeradores llenos de cerveza, a ver si el encanto del vino extendía su halo sobre lo que quizá se escondía en el Ouzo. Botellas de vino dulce chipriota y moldavo. Slivovitz, licor de ciruela, croata. Delirante periplo, hasta detenerme en un rostro conocido, el de Pulaski, Kazimierz Pulaski, cuya estatua estaba hace poco cerca del Arroyo de los Cerezos, en Denver. Ya no; no pregunté por qué. Padre de la caballería de la independencia norteamericana, guerrero contra los rusos en la destruida Confederación de Bar (cuyo hermoso castillo en la frontera ucrania fue parte de mis sueños), lo encontré esa noche en una etiqueta de cerveza Warka, polaca, que también mostraba un antiguo húsar y su par de gigantescas plumas en la espalda. Caballería pesada de la República de Polonia en el siglo XVII, que molía a las infanterías sueca, turca y cosaca como rodillo de tanque, menos elegante pero más sobria que la de los afamados dragones del mítico pan Miguel Volodiovski…

Era demasiado. El mareo no lo produce solo el alcohol, también los fantasmas, aun si son aquellos que vienen de las delicias de la niñez ilustrada. Mas la embriaguez no siempre es burda, tiene azahares poéticos en medio de una barahúnda de muerte y sables decapitadores. Hércules rompe las quijadas del león en Nemea, región que podría calcarse en las olvidadas colinas de Cinti.

Reúno un par de cervezas más, lituanas ahora, y no me extiendo porque lo que se tuvo que decir de Lituania ya lo hizo Oscar V. de Lubicz Milosz y me da pudor.

Me imagino en un ruidoso colectivo rumbo a la Cruz del Sur. Me despierta el patrón cobrándome veintitrés dólares. “Spasibo”, agradezco en ruso, que es lo más cercano de mi verbo a su geografía, mientras me estiro los bigotes al costado para afinarlos a lo Pulaski y un poco sentirme si no héroe, importante.
23/03/16

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 03/04/2016

Imagen: Heracles y el león de Nemea/Sebald Beham, 1548