Tuesday, May 31, 2016

De país de héroes a país de bufones/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Leo en la hemeroteca noticias de los años cincuenta acerca de un monstruo acuático en el río Ohio, algo contra natura, mezcla de pez y mamífero, de lagarto y extraterrestre. En el oasis económico norteamericano de la época, aquello era hasta fascinante. Qué hubiera sido, pregunto, si esa aberrante expresión se multiplicaba y se volvía muchedumbre humana, si los extremos rasgos físicos se metamorfoseaban en idiosincrasia y la baba verdosa en verbo. La historia hubiese sido diferente; hoy veríamos las ruinas de una posible civilización y los rastros del escarnio. Sodoma y Gomorra.

La baba verdosa… pues, en Bolivia, qué decir. Esos lacustres y ribereños esperpentos han hallado retrato perfecto en la masa cocalera, así como en sus adláteres sin importar condición social ni nivel de educación. La retórica crea monstruos, entonces, pero no los sueños de la razón, porque esta es tierra de sinrazones y ensalivado color lechuga oscura; de coca, carajo, planta maldita.

Imaginemos a China balbuceando incoherencias acerca de la tradición del opio en la cultura Han. ¿Estaría este inteligente mamotreto comunista donde está ahora? No dudo que los comisarios sacarían la pistola para volar los sesos del insensato que viniera con discurso tal. Y no se trata de progreso en mal sentido, de arrasar con la cultura ancestral para crear universos flotantes que por no tener asidero, raíz, podríamos considerar ficticios, sino en darse cuenta de cuál es el oprobio del pueblo. En Bolivia está claro: es la coca. Si hablara el inmenso retrato del Che que tiene Morales en palacio, repetiría lo que escribió el personaje sobre ella y el acullico en relación al futuro, desmitificando el esquema fraudulento y criminal que se ha fundado en el país con beneplácito de todos los que se nutren de su vicio.

Bolivia fue la región más sufrida en la lucha contra España, la más vejada y quizá la más valiente. Descuento la falsía de hacer creer que solo la masa indígena peleó. No fue así, hubo una labor conjunta liderada por los criollos pero colectiva, que el tiempo desvirtuó manteniendo la estratificación colonial cuando la historia llamaba a revolución. Oportunidad perdida, muerta, cuyas secuelas se observan hoy en la pantomima de la reivindicación de las razas originarias, emblema apropiado por un astuto grupo de pillos que de manera burda han fabricado un holograma de lo que podría ser una sólida realidad.

¿Dónde están Murillo, Lanza, Camargo, Padilla y Azurduy? Nuestra imagen actual se refleja en las líneas editoriales del New York Times sobre el presidente de no todos los bolivianos. Dejemos de lado las pendejadas del imperio, discriminación y etcéteras que se vapulean en el aire. La esencia del texto radica en que apunta a la vileza que se ha apoderado de una población que fue valiente. Ya no importan sueños, grandes ideas. Bolivia se ha convertido en un mercado aymara con productos chinos, nación de plásticos chillones e hibridajes semejantes al del extraño ser del Ohio. Acá, hoy, importa un culo por encima de la ciencia, el fútbol (mal jugado) sobrepasando la letra (sin disminuir al deporte). Si aquella gente combatió y murió no lo hizo para parir engendros, porque para eso, ninguna lucha vale.

Para colmo, ya atardeciendo el domingo, un programa chileno de humor se ceba en la figura del mandatario boliviano, en cada uno de nosotros por extensión. Y lo que muestra, tristemente real y obviando cualquier relación con el diferendo marítimo, es lo que vivimos. Un megalómano con ínfulas de supermacho; un ignorante dispuesto a avasallar cualquier conocimiento. Y, a su lado, la horda variopinta con brillosas lenguas de tanto lamer piel de trasero imperial.

¿Dónde los héroes de Falsuri, los de Suipacha? Nos llenamos de familiares putativos indecentes, ruines. No se ha apagado la tea.

30/05/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 31/05/2016

Imagen: William Hogarth, 1764

Sunday, May 29, 2016

Cuatro autores, cinco si me cuentan, bajo el fantasma de Viscarra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Dos autores españoles, navarro uno, castellano el otro, y tres “nacionales”, locales, nativos, o como quiera llamársenos, sin preferencia, conversamos acerca de un fantasma literario: Víctor Hugo Viscarra, paceño, si es que al lumpen puede asignarse un origen sin caer en la hipocresía de quien olvida adrede aquello que le incomoda.

Miguel Sánchez-Ostiz, maestro narrador, punzante opinador y despiadado interlocutor habla, desde que lo conozco, de la tierra adoptiva que adora a veces, enmaraña las más y emputa también, Bolivia, y de su gente literata. Tierra de poetas, esta, del jazmín y la ponzoña; allí la fiesta se ha encaramado como rey, valga el hermafroditismo de los géneros, sin lavar el derroche de banda y serpentina la tristeza.

Miguel menciona tanto a Sáenz como a Viscarra en un péndulo que reconoce la angustiosa profundidad del primero y la azarosa existencia de Viscarra en el panorama de las letras bolivianas. No he llegado a oír que desprestigiara la obra de este último; es más, su anecdotario paceño, un conjunto de viñetas magistrales e inéditas, tienen a Víctor Hugo infaltable en presencia, halo o sombra. Lo cito casi textual: Viscarra: cuando el personaje oculta con ventaja la obra literaria, una cosa es que la obra esté sostenida en lo vivido (y bebido) y otra que toda sea juzgada y valorada por esto... Borracho estaba pero me acuerdo (et alii), bien, pero no sé si eso basta para alentar un culto (y clero) literario (casi peor el clero). Ahí toca una vena sensible del asunto. Conociendo a Víctor Hugo, yo diría que él era consciente de que estaba forjando una leyenda. No que actuara solo acorde a tal -en una pantomima que le redituara beneficios a posteriori, pero sabiendo que lo hacía-, sino que tenía el suficiente bagaje literario para darse cuenta que lo suyo pesaba a su manera y que aún no se había agotado aquello de la supuesta “maldición privilegiada”, rico campo de exterminio entre artistas. Además, estaba Sáenz en ese pedestal trágico y había que destronarlo. “Sáenz es un Tribilín”, me dijo en la chichera campiña cochabambina, desdeñándolo por escribir de lo que conocía de afuera, no de adentro como él.

Comenta Daniel Averanga, escritor alteño y boxeador callejero, sobreviviente del ataque de cogoteros reales y de las ínfulas de los literatos de cepa, que Alcoholatum y otros drinks es lo mejor de Víctor Hugo, a quien envidiaban los académicos del gremio que viviera en medio de lo que contaba. Según él, eso era lo imperdonable en vida y su legado en el que todos quieren untarse ya muerto. Recuerda Daniel: "El problema boliviano de las letras", alguna vez (Viscarra) me confió, "es que muchos de los que escriben quieren la aprobación del público, y por ello lo único de lo que se escribe es de cómo dorar la píldora con el lenguaje: ni personajes profundos tenemos”. Ni personajes profundos tenemos, carajo, dura aseveración. Porque a decir verdad Felipe Delgado no es Raskolnikoff y en la nueva literatura, de acuerdo a los críticos de la moda intimista y pajera, ya ni personajes hay.

“Tierra fértil en minerales, joyas, subterráneos tesoros, reventona de energéticas flores debidamente arrancadas de su jardín de selva y cordillera por las fuerzas del mercantil orden mundial, para mejor mantener contentos a sus aciagos consumidores y, así, eternizar el saqueo”. Bolivia, en letras de Pablo Cerezal. Este autor madrileño rememora que analfabeto de las letras bolivianas se desayunó con lo más fuerte: Viscarra, lo único a su alcance entonces, en edición pirata, para descubrir en dónde se había metido. Pobre, rico pobre, inició su conocimiento de esta literatura, llamada “andina” en desconocimiento de lo geográfico, con la escatología y el abuso que exudan las páginas “del Víctor Hugo”. Y sorna, humor, acidez, para anotar con certeza que esa obra no era el testimonio, no tan solo, de un desheredado, sino literatura y que el que la creaba excedía su entorno. Pareciera contradecir el hoy en donde Viscarra semeja más conocido por lo que fue que por lo que escribió. El legado que perseguía -Víctor Hugo no era inocente- estaba no en el testimonio propiamente sino en el estilo en que narraba las vicisitudes personales y de los suyos. Eso impresionó a Cerezal; falso, diría “que no intenté desentrañar la torva expresión con que el autor me escudriñaba desde la borrosa trinchera que parecía ser la fotografía promocional de la primera página”. Después… el impiadoso maremoto.

El narrador Aldo Medinaceli lo conoció en los avatares de la chupa, como lo hicimos tantos. “Víctor Hugo era un auténtico conocedor de la vida oscura, profunda y real de la ciudad, sin elevaciones metafísicas, sino con crudezas sociales, que muchos preferían ignorar. Y que escribía muy bien, un talento auténtico, sin sofisticaciones ni poses”. No le gusta que se lo encasille en algún tipo privado de escritura; “era un buen escritor y listo”, afirma. “Mañudo, también”.  Es esto que anota Aldo que siempre me pareció característico de Víctor Hugo Viscarra y por eso no era inocente. Tenía la viveza criolla y la perspicacia del superviviente. Leyéndolo nos encontramos en un Auschwitz urbano desesperante. El talento radica en hallarle humor a la desgracia, y humor, negro o gris no importa, abunda en lo viscarriano. Y la búsqueda de prestigio, no olvidemos. En algún momento, cuando escribí sobre él para el difunto El juguete rabioso, mencioné el humor de Henry Miller por encima del ambiente de Bukowski (siguiendo la moda de meterlo en saco ajeno).

Viscarra se erige sólido. Ambivalente, multifacético, cercano aunque no lo quiera al “Tribilín” Sáenz, en un dúo sombrío más que trágico. Jean Genet, en El condenado a muerte, sentencia: “Deja a tus dientes depositar su sonrisa de lobo”, mientras Bataille, en otro poema, recita: “Mi puta, mi corazón, te amo como se caga”. Fin.
25/05/16

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 29/05/2016

Fotografía: Víctor Hugo Viscarra en Cochabamba, con Ligia y conmigo. Café Fragmentos, 1996  

Saturday, May 28, 2016

Mi casa/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Siempre las recurrentes imágenes de mi casa en Tenleytown.

Harry Brogden era el dueño, en silla de ruedas, con ojos de jardín por la mañana, y de tejados y altos árboles cuando iba a dormir. Harry solo en las horas largas, con sus sirvientes y el perro, Angus, sobre la silla.

Ocupo un cuarto contiguo, un "almacén de antigüedades". Los muebles cuentan la riqueza norteamericana del otro siglo, la de Inglaterra.

Todo perfecto y limpio.

Hay dos cuadros de Edward Hicks sobre mi cabecera (la National Gallery tiene otro de la serie). Son originales y valen mucho. Retratan el mundo de los primeros colonos, el Jardín del Edén con árboles y animales.

El ropero es como un cuarto aparte. Guardo un mundo de música y literatura en él. Veo caer el otoño; octubre en los vidrios. Hermoso.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 05/01/1992

Imagen: Edward Hicks/The Peaceable Kingdom, circa 1833


Thursday, May 26, 2016

Atrapado sin salida/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si París bien le valió una misa a Enrique de Navarra, imagínate cuánto le valdría a un bailarín folklórico boliviano. Por París dejaría todo -y lo dejó- apenas después de la primera actuación. Ya cuando hacían la llamerada lo pensaba: qué tal si me quedo, simplemente salgo de la concentración como para ir a caminar, y me les vuelo. Mientras peleaba el tinku ya lo tenía decidido: mañana, luego del desayuno, antes de que el bus salga a Poissy, donde debían actuar.

Sirvieron croissants, pan francés, jamón y mantequilla derretida para los emparedados. Se enamoró de Francia cuando entró a un bar, sin mirar a los costados, obviando quizá lo que le contaron acerca del racismo de los franceses, y pidió un sándwich de jamón con una cerveza brune. El barman agarró una baguette y le hizo dos cortes oblicuos. La abrió y con inusitada velocidad cubrió la parte superior de mantequilla.

Fromage?

Oui, pourquoi pas?

Aparte del gusto de estrenar un idioma carismático saboreó esa comida con especial ensoñación. No lo sabía pero aquel fue el instante en que cambiaba su según él maloliente La Paz por la civilización.

Yo llegué el 86. Y una tarde nos sentamos con Mario en una placita del Marais. Me lo presentó un cooperante francés (ya los había desde entonces) que ejercitaba sus armas antropológicas con la población andina. Y por eso se creía profeta, haz de luz del europeísmo recalcitrante que deseaba extraer de las tinieblas a los desheredados del mundo. Pero, bueno, lo necesitaba, y concedí mi silencio para poder desenvolverme en una sociedad que no sería complicada pero era desconocida.

Lo que sucedió, me cuenta, fue el cansancio. Estaba el hecho de que el marica conductor del grupo lucraba de lo lindo y nos pagaba un mísero salario más alimentación y hotel. Olvídate de viáticos: para él, mosquetero sin mosquete, el viaje significaba trabajo y el placer pecado. Estoy seguro, aunque no lo pueda comprobar, que personalmente se atiborró de placeres inusuales. Hasta en la mariconería hay sofisticación, y, a diferencia de sus eventuales amantes en Bolivia, que le entintaban los ojos de cuando en cuando, París le proveyó de perfumados magnates cuyos abrigos olían a chien caniche.

¿Pero cómo es que te quedas, que lo decides? He escuchado un cuento diferente, y ahora me relatas que la explotación es el motivo.
No, fue la gota que colmó el vaso. Veníamos de São Paulo, y la historia se estaba haciendo vieja. Un negocio; el arte para ese tipo era un negocio. No dudo de su talento, y menos de su capacidad organizativa. Sin él esto del Ballet Nacional no hubiese pasado de lírica, como es allá, tú sabes, pero creo que los bailarines merecíamos una parte de las ganancias, no solo la gloria. Pasábamos por las tiendas de la avenida Paulista mirando vitrinas, sin poder comprarnos nada. Pero, para qué mentirte, huí porque siempre quise salir del encierro de mi ciudad. Y tal vez me equivoqué porque no la estoy pasando bien. No trabajo. Ando de casa en casa, en ateliers de gente que me ha conocido, mendigando una noche, algún almuerzo. Entiendo lo de la bohemia; hablábamos sobre ella en las tertulias de los boliches paceños, pero de pronto me hallo en una encrucijada en la que, para donde mire, hay hambre. Intenté concubinarme con un par de francesas que supuestamente compartían mis ideales de estética y revolución. Mierda, merde, al egoísmo de esta gente le dicen actitud de avanzada. Están perdidos, solo observan la punta de su nariz respingada, y los de abajo, del África, Latinoamérica, etc. los atraen en la medida en que lo que hagan allí sea un aliciente de su ego.

Mi situación no era mejor. No podía prestarle dinero y menos alojarlo. Yo también vivía de fiado, y comía por casi nada gracias a un literato de la Sorbona que utilizaba su tarjeta en el comedor estudiantil para los dos. Abundante comida, sin embargo, y bastante sabrosa. Hasta hilarante a veces, como cuando me puse una cucharada de mostaza, decía Dijon en el turril, sobre mi arroz y casi me asfixio al tragar el primer bocado. Dulce ignorancia.

Mario, supongo que así no puedes vivir. Tienes que regresar. Yo voy pensando lo mismo. Vine por otra cosa y nada salió como planeado. No desdeño lo hermoso que es esto, y disfruto mis excursiones al campo con los árabes dueños de la empresa donde trabajo. Cada nombre tiene una connotación para mí: Argenteuil, Pontoise, Chartres. Pero la realidad aplasta los sueños, o hay que aprender a regular los sueños para que no se pierdan. Mi primera tarde de domingo fui a ver los mercados de París, los del centro, tan minuciosamente descritos por Victor Hugo en Los miserables. Seguí las coordenadas con una vieja guía Peuser del año 51 que perteneció a mi tío Hugo. Les Halles ya no estaban, no eran lo mismo o no los encontré. Las únicas barricada del París de 1832 vivían en mi cabeza, dudo siquiera que en la de algún francés. Entré al tren subterráneo y salí correteado por un gang de senegaleses que afirmaron mi convicción de que nada permanece, de que el tiempo nos evade.

Nos compramos en una panadería una larga hogaza. Al paso un cuarto de gruyère y un litro de leche que bebimos a pico.  No quisimos pero terminamos llorando, recordando sauces y huayños. Cuidado, no moquees en el recipiente que todavía hay leche.

El Ballet Folklórico Nacional no lo extrañó. Pudieron adecuar la coreografía para un sujeto menos. Siendo un acto colectivo no implicó gran dificultad. Luego se irían a Moscú. Se fueron a Moscú, y Mario deambuló por el espacio de sus ilusiones y el materialismo de no tener nada que cagar.

Somos pocos bolivianos en París, me decía, y los contados acomodados actúan más hijos de puta que en nuestra tierra. Políticos, claro, y ciertos intelectuales que por haber escupido alguna paparruchada en papel son tuertos en el país de los ciegos. Con ellos no se puede contar. Son peores que los locales.

Se terminó el pan, se secó la leche. Del gruyère nos comimos hasta lo que parecía cáscara. El crepúsculo amenazaba. Nos encontrábamos en tal vez la ciudad más linda del mundo y seguro que sobraban las oportunidades en cada rincón. Pero los que exploramos nosotros estaban vacíos.

Mendigamos algunas monedas de diez francos entre aterradas viejecitas. Hacía poco que terroristas árabes hicieron volar un mercado con media docena de muertos. El miedo jugaba mal para ellas y mejor para nosotros. Con las piezas de a diez podíamos usar el teléfono público y llamar a Bolivia por minutos. Una voz, un sonido venido desde el otro lado del mar, también valían una misa. Las modestas La Paz y Cochabamba hubiesen sacado cualquier sacrificio de nosotros. Sabíamos, pero, que de volver, pronto nos ganaría el desaliento y terminaríamos puteando contra el país de mierda, añorando el queso y la baguette, el couscous aguado que nos vendían los marroquíes por tres francos.

Me machacaba el recuerdo de un long play que trajera la tía Lucha de Buenos Aires: Gardel con guitarra criolla. Una de las canciones del Zorzal era Anclao en París, y comprendí que tanto Mario como yo estábamos atrapados en la belleza, sin salida ni comida.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia Gabriel), LA HOGUERA, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Imagen: Kusillo

Tuesday, May 24, 2016

El auge y el castigo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Telegramas del mundo:

Obama es recibido con flores en Vietnam.  Se entierran tres millones de muertos.

Lars von Trier, en Europa, rescata el vampirismo en la resistencia germana a la ocupación norteamericana después de la guerra. Los cadáveres colgados de los sediciosos tienen un cartel encima: lobizón. Mácula de haber sido nazi. Cualquier affidavit de ciudadano alemán tiene que ser garantizado por un partisano o un judío. El alto mando aliado ve que necesita puntales del antiguo régimen para impedir el colapso. Se miente; se compran falsos testimonios. Cuarenta millones de muertos van de nuevo al matadero.

Un dron hace pedazos al mullah Mansur en Baluchistán. Pienso en Rudyard Kipling y en Almanzor. La muerte tiene épica pero también desidia. Ningún pingajo de carne brilla bajo la luna.

¿Es robar libros delito? ¿Si afirmativo, cuál el castigo? Ni pensar en los libreros, pobres la mayoría. Me pregunto porque un cuento de Jorge Cuba Luque me hace soñar, literalmente, acostado en cama y afiebrado de imágenes sin descanso. Sueño con Lima, con escenas de un fatídico filme de mujeres vestidas de púrpura, caminando hacia atrás, mientras el crucificado, este no de Nazaret sino del Perú, Señor de los Milagros, se mueve casi cojeando ya que alguien de entre los hombres que cargan el palio tiene una pierna más corta que la otra: la izquierda…

Es siempre la izquierda pierna más corta que la derecha pierna. Afirmación o pregunta. Se pueden mover las palabras como peones de ajedrez; a veces hasta como alfiles. Valga la opinión política.

Cuba Luque roba libros en París. El Sísifo de Camus. Desde entonces lleva esa carga montaña arriba y cae. Y vuelve a subir. Y a tropezar. El sexo de la mujer es obsesión de Sísifo, al mismo tiempo que rey de Éfira, roca, tesón y locura, todo a la vez. La vulva parece un vestido púrpura que camina de espaldas. Cíclope invertido. El autor peruano toma un café en el bulevar Saint-Michel; yo abro apenas una lata de cuscús marroquí y lo como frío, grasoso chorizo helado, en un portal de Chatillon-Montrouge, camino de Malakoff. Llevamos libros robados. Él a Camus (se debe robar a Camus), yo a Schwob, gracias a las lecciones del maestro Villon.

Más telegramas:

Desde Río Abajo, en La Paz, Cingolani el anacoreta, el suicida, recuerda a Rosario de Susques, Jujuy. La última vez en San Salvador, un maleante quería venderme un falso Omega o llevarme a putas. Lo despedí. Escapé. Lo de putas me puso ardiente e invité para ser rechazado a una viajera culona, de falda. Me senté esperando el bus a La Quiaca, frustrado. De pronto la mujer cambió de idea, se acercó y dijo que iba a Ledesma, al ingenio de azúcar, donde era secretaria. Habló de un cuarto de soltera y lo lindo de volver a casa con otra humanidad allí. La soledad de la puna la mareó, observó y quiso tomar lo que ya había perdido. Dije: llevo contrabando, perdona, debo seguir al norte. Más tarde, ya en el tramo Villazón-Oruro, quise seducir a una enlutada que tenía pantorrillas peludas como jugador paraguayo. Susques… Cingolani, poeta, a pesar de que arrastró a un Cristo colonial de carey por un vía crucis andino que supera la Pasión. Contrabandistas de quesos, o de almas… igual.

El editorial del New York Times augura el fin del populismo latinoamericano. Los pobres continúan varados en su purgatorio. A los amos, de corta extremidad izquierda, les faltan dedos para contar billetes. Pero, en la Historia que marcha lenta e intransigente, en algún lado, prestadores de servicios barren celdas que albergarán soberbias. Contra ti, Gog, príncipe de Mesech y Tubal, profetiza el destino. El rey Midas murió de oro. Lo mismo les sucederá.

Tic tac del reloj. Radio Reloj. Trivial. Fatal.
23/05/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 24/05/2016

Imagen: Arshile Gorky 

Sunday, May 22, 2016

Río Potomac/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Un puente de madera, entre dos espesuras de bosque. Sol y agua turbia.

El Potomac es ancho; sobre él reman los estudiantes de Georgetown. Ese el río público. El otro, oculto paraíso de meditadores, forma una red de ramas y canales, entre islas y orillas. Corre por el bosque, debajo de un puente en el que discurren dos individuos, oscuros, acerca de la nada y el aire.

Los caminos del río se estrechan cuando están desviados. Floresta pantanosa. En el fondo de los remansos, hundidas botellas de los caminantes. Al otro lado, jaspeada por las hojas de otoño, la ciudad hermosa que mira las aguas desde asientos rosas y cócteles caros. Washington.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 21/05/1992

Fotografía: El Potomac en Georgetown



Thursday, May 19, 2016

Aiquile, antes del temblor y al amanecer/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE


CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT

Sucede que por asuntos de vida privada, a veces uno tiene que tomar decisiones rápidas para amortiguar o solucionar problemas inesperados. Así como un día de 1998 tembló la tierra en Aiquile y alrededores, trayendo muerte por noche, así suceden cosas nunca pensadas. La seguridad no es patrimonio de nadie, y por tierra, agua, o fuego, la existencia es una brizna deleznable pronta y presta a ser aplastada en instantes.

Conocí Aiquile cuando jóvenes casi bachilleres excursionamos en algo que semejaba interesante aventura. Entonces Mizque continuaba escondida desde el pasado y su acceso implicaba dificultad, más seguro imposibilidad, pero ahí radica la alegría de vivir, en el enfrentar continuo de los obstáculos. La idea era arribar a Aiquile, pueblo grande en comparación a otros, todavía nexo entre los departamentos de Cochabamba y Chuquisaca, y de allí emprender el camino, a pata como nombra el vulgo, hasta el mítico pueblo colonial. A las primeras, cinco kilómetros a lo más, interpretamos el viento y la polvareda como conspicuos signos de malevolencia y nos echamos atrás. ¿Respeto al poder mágico del Ande dispuesto a salvaguardar una virginidad de siglos? O fue simple cobardía de muchachos cuyos sueños excedieron sus capacidades. A ratos mejor callar.

Vuelta atrás, con mantas amarradas como cojinetes en torno a eclécticas mochilas y caramañolas de la Segunda Guerra Mundial colgando del cinto, retornando al confort de una casa adusta, propiedad de un pariente de uno de los amigos, donde en dos lechos acomodaríamos los cuatro cuerpos que no se cansaron porque no caminaron. Luego Aiquile, población dita famosa en violadores y nacimientos forzados. Según sociólogos de entonces, cuando en Bolivia la sociología era tan joven como nosotros, el secuestro parcial y la violación de mujeres parecía ser la distracción más afecta, luego del alcohol y el fútbol, entre los aburridos paisanos. Allí no se libraba chica, señora o matrona que osase perturbar las calles con el indudable paso femenino, despertador de siniestros conciliábulos. Ni hablar de la servidumbre india, que siempre el indio pesó menos que el último mestizo o el mendigo blanco, cuyas fámulas intoxicadas con un día libre de la casi esclavitud a la que las sometían las patronas locales, y recalentadas por la afición nacional de chicha y guarapo, obviaban la alerta de las seis de la tarde y se entregaban dóciles o indóciles ya ni importa, a las sevicias de patotas malvivientes.

Nos desayunamos con tales noticias, venidas no sólo de las lecturas iniciáticas de los pensadores criollos, sino también por boca del anfitrión y amistades reunidas luego en torno a jarras de turbio licor de maíz, donde hechos tales merecían aprobación y alharaca de los practicantes en medio del jolgorio. Sin sutileza se nos invitó a participar, ofrenda que rechazamos con pretexto de incontinencia y cansancio: la chicha había trabajado lo suyo en los noveles intestinos de los recién llegados.

Aparte de eso, Aiquile era un pueblo común; en realidad menos interesante que otros. A diferencia de Tiquipaya que con casas blancas de adobe y pilares de eucalipto chueco, mantenía el dulzor de lo añejo, esta villa mostraba el decaimiento de lo híbrido, de no ser ni uno ni otro, de deambular en ese medio que para los anarquistas de la Fracción del Ejército Rojo Alemán no guardaba nada. Burdas imitaciones, ya entonces, treinta y tantos años atrás, iniciaban la ascendente marcha de la arquitectura chicha: columnatas griegas de yeso barato y rampantes leones de la dinastía británica junto a la capillita de la Virgen del Carmen iluminada por púrpuras luces de navidad.

Indagamos por las afueras de Omereque con cientos de vasijas precolombinas, o posteriores, con decorados disímiles y que se rompían al extraer. Qué importaba, había tantas que mientras cavábamos nuestros talones destrozaban un resto cuya belleza nadie ha ya de ver. Pasorapa y el polvo. Alguna muchacha de pueblo con los calzones rosados, de esos grandes que llamaban bombachas y que parecían pantalonetas de circo. Y una impresionante toma del postrer crepúsculo sobre Puente Arce, aparente reliquia de otros mundos, paso al más allá.

Vino el terremoto. Nunca se supo ni se sabrá cuántos y cómo o dónde murieron todos. Hubo aludes en campo lejos que si cargaron consigo vidas se hace pregunta irresuelta. Estábamos a doscientos kilómetros, bailando en un café bar de Cochabamba, cuando una palmera enana en maceta comenzó a oscilar. La música pensamos; el ron. Pero pronto aquello tuvo visos de horror, cuando las mujeres obviaron el amor y se pusieron a chillar “el fin del mundo”. Un terremoto de segunda mano para nosotros, tan lejos, y sin embargo nos movió los pies y agudizó la conciencia. Que dónde, dónde, dónde. Preocupados, porque aparte de la lírica conocida en las farras sobre el terremoto de Sipe Sipe jamás habíamos lidiado con el lenguaje de ultratumba.

Se movió el pueblo. Discursos, arengas, acopios, donaciones. Algunos, conspicuos miembros de la costumbre endógama de mendicantes, le vieron el negocio. La caída de las viviendas de los pobres construiría riqueza, que no quepan dudas. Lo fue, como no hace mucho, cuando en Beni desbordó el Mamoré, y de tenientes a generales apenas tuvieron tiempo de aprovechar los regalos de los solidarios que no entraban en los bolsillos. Un sonrojado coronel, no por la vergüenza y sí por el vitiligo, escanciaba cerveza paceña en una improvisada mesa callejera cuando en Trinidad se mojaba el carnaval. Bienvenido el desastre.

Nadie espera un terremoto. Tan adormilados vivimos en la patraña de lo cotidiano y la estulticia de la costumbre que ni siquiera pensamos que la naturaleza vive. Nos da igual. Los violadores de pueblo, los borrachos, los presos de Aiquile que pasaban el día afuera y retornaban a la celda solo para dormir, no tenían tiempo para ocuparse de cosas semejantes. La mayor enfermedad está en el ocio y el sismo les cayó como el rayo de Dios sobre Sodoma. No es que intente justificarlo, o alegrarme que la tierra se ensañase con ellos: no. Hago hincapié en que la desidia y la negligencia se convirtieron en característica lugareña. Esa impresión me dio, de joven, incluso feliz tomando un baño en una pileta escondida al sur.

Un par de años antes, y penetro en lo arcano de mi historia privada, pasé bien de noche por allí. Paramos en un taxi que conducían chofer e hijo por doscientos dólares, en carrera inútil contra lo acaecido, un terremoto particular, buscando la oficina de teléfonos cerrada al candado. Lloraba; las lágrimas sonaban como lluvia en las pupilas. Corría desesperado en un interminable camino entre la capital y Cochabamba. Pero, recuerdo, aunque la pena me nublaba los ojos, que contemplé la solitaria iglesia de Aiquile, sombría, y sin saberlo y de antemano presentí que se avecinaba un castigo. La condenaba.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia Gabriel), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Imagen: Bus carril a Aiquile (EJU-TV)

Tuesday, May 17, 2016

Brasil/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Aristóbulo, vicepresidente de Venezuela, rechaza el revocatorio. La izquierda, que es la peor derecha, convoca a las fuerzas armadas a defender la riqueza de los rateros. Nicolás (Maduro), parodia del ruso Nicolás I, grita con verbo de chofer y amenaza. Al menos no dice que sigue hablando con los pajaritos. Se los habrán comido los gavilanes que lo rodean. Quizá, porque el difunto Chávez que creyó dejar memoria ni siquiera se menciona en las filas por el pan. Poco duró esa gloria que quiso equipararse a la de Bolívar. Hugo Chávez ya ni vende como etiqueta de papel higiénico.

Aristóbulo se solidariza con Dilma, nombres propios sin apellidos, como suele ser entre la gente popular. Alguien perspicaz anotó hace mucho, en tiempos de Chávez, que el comandante era quien más había hecho por derechizar al país. Labor que tomaron con tesón los que siguieron, y en el resto de América Latina. Ahora se quejan, chillan: “golpe, golpe” cuando lo que sucede viene como reacción lógica al asedio permanente de sus desmanes, tantos y tan grandes, que la población profiere aberrantes nostalgias de los regímenes militares.

Sacrifican a Aristóbulo para hacer la declaración; por viejo, por segundón, por negro. Dorar la píldora para quienes en el anonimato ignorante de los que creen en ilusiones y fantasmas, tal vez puedan ser todavía encandilados. Llamado desesperado hacia los pobres, a los que se alimentó con migajas y limosneó contraviniendo los principios de lo que debe ser una revolución. ¿Con quién cuentan? Con el ejército; y esperan contar con el lumpen. No ha de bastar. Parece que terminó el tiempo del discurso y comienza el de la sangre. Una sobreviviente de Auschwitz, hace poco, declaraba que sobrevivió comiendo ratas y carne humana. Aconsejó a los jóvenes devolver las bofetadas a cinco por una. Retornamos a la retórica de la violencia, a los carteles montoneros en las calles de Córdoba: 5 X 1. ¿Queda otra? No. Las lecciones no se aprenden. La guillotina sigue cayendo, las FARC siguen las mismas, los gorilas también. Pero ello no implica quedarse con las manos cruzadas ni aceptar que la sangre tenga don curativo, simplemente que esta inercia conduce allí y hay que asirla como se pueda. Aristóbulo tendrá que caminar con los otros sobre la fría y lisa tabla que conduce al infierno. Así como sobran rateros en esta vida, sobran verdugos. El pozo y el péndulo; certeza y no premonición.

Michel Temer, nuevo presidente de Brasil, mostrará la hilacha. Por ahora hay que lidiar con los jerarcas, en una movida que enaltece a los jóvenes jueces brasileros y que asegura un futuro de democracia y de bonanza, con las fallas inevitables del sistema. Esperemos que Lula da Silva, el gran embaucador, dé con su volumen en la cárcel. Igual Cristina en el sur argentino, a quien se persigue por enriquecimiento ilícito, fraude, cohecho, y muy pronto por asesinato. La nueva Evita, vanidosa y brutal como la original, tendrá tiempo de sobra para escribir el novelón de sus angustias y falsedades en prisión.

Que un ratero reemplace a otro en los gobiernos semeja ser el tono. No se ha progresado al respecto, y este gremio delincuente, con mucho abundante, singularmente en las izquierdas, tiene para rato. A echar bala, pues, ya que no se entiende la palabra en el caso venezolano. Brasil y Argentina tienen diferentes opciones. Roguemos que no se pudran.

Afectará a Bolivia el caso de Brasil, preguntamos. Seguro. Pero el curaca tiene tratos sustanciosos con el más allá y con el hampa del más acá. Hace política-fútbol y a su modo pareciera convencer. No olvidemos que era el más alegre en la posesión de Macri. Lo ideológico sucumbe al dinero, suponemos. Y la revolución a la bragueta.
16/05/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 17/05/2016

Fotografía: Sebastiao Salgado, Serra Pelada, 1986

Sunday, May 15, 2016

Ocho meses después

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A las once de la noche, en la oscuridad  de Villa Moscú, escuchamos una banda acercándose. Era domingo. Salimos a la puerta de calle y vimos bajar a unos cincuenta muchachos, todos con instrumentos, tocando muy bien y muy fuerte When Johnny comes marching home. Surreal. En la humedad, en el silencio de aquella zona, los acordes marciales de la canción norteamericana llenaban el aire.

Los músicos continuaron bajando, hasta perderse, y el sonido murió. Con mis brazos sobre la fría reja soñé filmar esa escena algún día. No hablamos. Un aroma de guerra civil ocupó la casa.

Recordé los verdes campo de Antietam, la tierra de Bull Run, que venían de improviso, en mitad de la noche, como fantasmal regimiento de sombras.

Quizá era junio; hacía frío. Y eso fue Cochabamba estos ocho meses: imágenes de cine en busca de un director. Que se quiera hacer una película sobre Boquerón me parece extraordinario, pero se podrían hacer realizaciones de la realidad actual; el material está ahí.

Basta sentarse sobre unas piedras, en cualquier baldío, y ver cómo discurre el universo. Hacer anotaciones y armarse de valor para concretar la magia, buena o mala, de nuestro alrededor.

Siete años en los Estados Unidos almidonaron mi recuerdo de lo que es fraternidad. Un par de amigos, ausentes como yo, eran el único vínculo con la memoria. Pero, al regresar, a los dos días, Vilma Tapia presentaba un libro suyo. La vi sentada enfrente y uno a uno aparecieron los demás, concentrados para oírla. Se descorrió el velo del tiempo, del espacio y hablamos como si fuese ayer que nos habíamos despedido: Álvaro Antezana, QK y tantos más.

Abracé a Vilma y desaparecí por una semana para reencontrarme. A partir de entonces no he dejado de verlos, y los veo desde hace unos meses, en el patio del Café Fragmentos, de Ligia, Miriam y Cristina, que es el refugio de nosotros. Ahí nos concentramos, con Jimmy Bermúdez, Roberto, José Manuel, los dos Víctor Hugo, Sonia, Chino Navarro, Carmen -a veces-, porque nos quieren.

Cochabamba tiene ahora su propio, aunque pequeño, Quartier Latin en los alrededores de las calles Ecuador, España y Mayor Rocha. Eso sí ha dado otra fisonomía a la ciudad. Allí se mide el progreso, en la construcción de los centros de reunión intelectual y no en los edificios que paren los días. No se hubiera creído que Cochabamba podría acoger tal cantidad de cafés sin desmedro unos de otros, pero marchan relativamente bien y hay para todos los gustos.

De la excelente sobremesa del Café Fragmentos, a un internacionalismo bastante sensato del Metrópolis, a la juvenil imagen de otros establecimientos, a la calidez de los dueños españoles del Café Renoir hasta las sombrías paredes del Lucas. Es hermoso ver al lado de una fotografía de mark Twain un desnudo de Aldo Cardoso, un paisaje acuarelado de Freddy Ayala, una colorida y descabezada hembra recostada, hecha por los ojos y las manos de Chaly Rimassa.

De tales concentraciones de arte y artistas irán naciendo cosas nuevas. Siempre es bueno, hasta decente, juntar a los talentos para dar un aura al ambiente.

Mi Cochabamba de café tiene unos meses. Antes de ello, pasé el tiempo tratando de vivir y tomando sol en las mañanas en que estaba solo. Había olvidado el gusto de poner una silla en el patio y leer. O la dulce pereza de acomodar una piedra y ver las hormigas en su trabajo. Mucho ha que no lo hacía. Bob Dylan en el tocadiscos, o zambas argentinas, mientras muevo la comida y voy cortando cebollas para una ensalada que Emily ama. Escribir, luego de cuatro años de silencio, lo que se me ocurra. Enojarme por las desquiciadas opiniones de una escritora o alucinar con el Congo de Joseph Conrad.

Divino encanto del ocio, como un día después de salir de la cárcel y ver que el agua de la piscina tiene otro color, y que hay niños jugando, y que se puede obviar la angustia con solo respirar. Eso significó mi ciudad. Ahora, descansado y amado, estoy listo para ir al frente otra vez, a la innombrable guerra de relojes, pizzas, policías y "negros criminales"...

Lo más preciado es el tiempo. Y tiempo es lo que más tuve. La posibilidad de pensar, de crear, de fabricar sueños y condensarlos en realidades. Inolvidable. Dejarlo implica una disposición de ánimo. Significa fortaleza de renunciar a algo muy querido para ir en busca de dos personas muy queridas también. Siempre hay opciones y disyuntivas y apostarlas hábilmente puede dar satisfacción. Creo que hago lo mejor, por ahora. Pero no llevo conmigo esta vez solitud ni temor. Ha sido vivificante, me ha dado impulso.

Hay un nombre de mujer, una mirada insólita de cinco meses. Con ella caminé en la noche, en una Cochabamba nublada nos acompañamos, queridamente, entre ambas tristezas. De la pena a la alegría, del silencio a la palabra. Ya la extraño. No podemos saber si hemos de vernos de nuevo. Pero todo en ella es dulzura y tengo la especial condición de nunca olvidar el azúcar. Las posibilidades ya ni importan, si la memoria es bella se torna en presencia diaria. Para ti, a quien no nombro y lo sabes, va este texto, porque la última Cochabamba sin ti sería impensable, amarga, imposible. Ya en mi cuarto, encerrado entre la nieve de Denver, he puesto tu retrato, no para no olvidarte, ni quiero ni puedo, sino para cumplirte una promesa breve de un miércoles en la noche mientras bailábamos canciones de Cesaria Evora...

No hay espacio para contar los detalles de mi estadía, ni tiempo suficiente para anotar a los amigos, los viejos y los nuevos, porque además, hoy, Pepe me pedirá que prepare hamburguesas o dore alitas de pollo. Y si alguien viene a hablarme le dirá, con su tozudez peruana, que "no me distraiga al personal". Cuando pienso y recuerdo los instantes similares, de trivial alegría, me aseguro a mí mismo que sobreviví lo más difícil y que ya los otros no podrán destruirme.

No hay sensiblería en este escrito, ni sentimentalismo ni afrancesamiento. Son letras claras, quizá un poco nostálgicas, porque me reservo el derecho a recordar. Y, repitiendo mis propias palabras de un texto anterior, lo hago para no perder en mi cabeza ni nombres ni rastros. Entonces pueden los críticos, si tengo algunos, saber que esto es uno más de mis tantos "ejercicios de memoria", realizado con todo el amor que tengo a mi ciudad y a los que, cercanos, la comparten conmigo cada día.

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), 05/01/1997

Imagen: Plaza Colón, Cochabamba

Friday, May 13, 2016

Notas sobre el "exilio voluntario"

FÉLIX TERRONES

De todos los escritores latinoamericanos que he leído ahora último, me reconozco mucho en la literatura de Claudio Ferrufino Coqueugniot (Cochabamba, 1960). Bajo recomendación de su compatriota el también escritor Guillermo Ruiz Plaza leí “El exilio voluntario”, una novela que es tanto una indagación en el exilio latinoamericano en EEUU como una reflexión acerca de la memoria y la identidad, múltiple, en astillas. Además, Ferrufino propone una personalísima lectura de la experiencia urbana, ciudades latinoamericanas o estadounidenses, en las que el individuo se extravía, cuando no claudica. Todo desde la perspectiva del desencanto o el cinismo, con un humor corrosivo, en ocasiones hepático, y un cuidado exigente en la palabra.

Agradezco a Claudio el envío, desde Bolivia, de su libro que reseñaré pronto. Me alegra descubrir más de literatura boliviana actual, una de las más dinámicas de los últimos años.

De “El exilio voluntario”: “Creen sin duda que he venido del desierto. Los trabajadores no saben mi origen y nadie presenta a nadie. Los cargadores pasan por aquí como suspiros, jamás como un grupo compacto de trabajo. Hay claro los viejos, que a pesar de abandonar por espacios de tiempo, continuamente regresan. Yo, que vengo de tierra de papa, que vi cáscaras en multicolor, papa imilla y papa lisa, morada y negra, color tierra y color caca, tersas, arenosas, jugosas, duras, grandes y otras, doy la impresión de no haber visto una en vida. Mis compañeros se miran, se dicen que soy un hambriento, y me muestran esto es una patata, una number one Idaho, la de allá Russett, esta A Red y la siguiente B Red. Las llamamos potato, amigo, papa, papá, ¿no? En tu idioma. Asiento. No es ocasión de alardear sobre los campos aledaños a Pocona, donde mi hermano sembraba a medias con los comunarios. Media hora de cavar y venga el pisco. Tres días de cava. Solíamos, antes de dormir debajo del camión de Pirincho, un amigo, ir al pueblo y en una callecita de subida comprarnos cerveza para olvidar el desastroso sabor del alcohol local. Potato, amiga, palpa corta, es blanco adentro, no te olvides”.

05/2016

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Del muro del autor en Facebook

Fotografía: Félix Terrones

Tuesday, May 10, 2016

La posible “América” de Trump/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El hombre llegó más lejos de lo que se esperaba. Aunque todavía no está todo dicho. Molesta a los conservadores.

¿Razón de su éxito? Ha tocado una cuerda sensible en la gran masa blanca ignorante, pervertida, religiosa aunque parezca contradictorio; esa que nutrió los ejércitos norteamericanos con fenomenales soldados que luchaban por ilusiones más que por realidades. La que se creyó en la cima del mundo, sin darse cuenta de que eran los poderosos quienes se situaban allí, mientras que ellos, carne de cañón, seguían debatiéndose entre miseria y vicio.

Mucho tiene que ver la “experiencia Obama”, dos mandatos consecutivos de un negro, que si bien extiende sus raíces hacia el África y no hacia la esclavitud en tierra americana, mantiene la maldición del color, asunto que se creyó enterrado luego de la lucha por los derechos civiles y que se ha vuelto a destapar. Se añade a ello el crecimiento inusitado, económicamente poderoso, de otros “colored”, la gran masa latina que llegó para quedarse (como los godos del emperador Valente que recordó hace poco Pérez Reverte). Ellos, los de Trump por ahora, se sienten desplazados, desde la altura de la Casa Blanca hasta la más terrestre de la construcción y los servicios, gremios en donde los inmigrantes del sur se han afianzado y logrado “su” América.

Donald Trump exhibe un burdo discurso. No necesita más que simple retórica para encandilar al norteamericano de medio para abajo, a pesar de que también ha ganado posiciones entre gente que se podría considerar educada y que se siente sospechosamente frágil ante no solo la aparición del Otro sino su peligroso ascenso. Para colmo, fueron dos cubanos que pugnaban en contra suya por la presidencia, algo jamás visto. Ted Cruz, el demonio de la extrema derecha religiosa de los Estados Unidos, quiso mimetizarse en la campaña con la población sajona pero fue exhibido en su origen por Trump en repetidas ocasiones. El mensaje: que ya se acercan, que están a las puertas; a alambrar, a alambrar…

Llegamos al cénit, que de inicio podría resultar un epílogo, y Donald Trump es presidente. Los trabajadores latinos temen una expulsión. Los Reyes Católicos arrojando a los judíos y a los árabes; los alemanes a los judíos; los turcos a los armenios. Cada cruel jugada de estas resultó en fracaso. Para España significó quedarse en la penumbra de la historia, con velos de luto y nodrizas de negro, mientras Holanda e Inglaterra avanzaban. Les duró cinco siglos, como a nosotros en América colonizada, si bien en otras circunstancias. Iríamos a lo mismo, con la salvedad de que el magnate es un bocón mussoliniano, un histérico hitlerista, pero también un empresario exitoso que conoce las virtudes de la mano de obra barata y de lo caro que le saldría en lo personal, y peor en el espectro mayor, contar solo con la audiencia que lo respalda hoy y que no trabajará mañana.

Hay un objetivo: la silla, y la vanidad de emular el donaire de los Kennedy, la absurda Camelot que inventó Norteamérica para retratar a la familia presidencial y que resultó humo, humo sin fogata. Fuegos fatuos. Fata morgana.

Que se puede dar, quizá. La jerarquía republicana no está de acuerdo en su mayoría. Trump dista mucho de ser un conservador. Su reputación tiene mácula, pero cómo enfrentar el riesgo de contradecir a multitudes ávidas otra vez de un sueño, de ver a Elvis redivivo. A tomarlo con pinzas, a diseccionar con escalpelo.

Es de temer el espaldarazo que acaba de darle Dick Cheney, criminal de guerra, orfebre del genocidio en el Medio Oriente. Tal vez los “halcones” decidan hacer la vista gorda en cuanto a ética partidista y utilizar al idiota para otras aventuras de sangre.
09/05/16



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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 10/05/2016

Wednesday, May 4, 2016

El reino de este mundo, el Otro y el idioma/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Rod Marsh (Cambridge) hace un análisis interesante de esta novela de Alejo Carpentier. Donde –dice- Rodó y Fernández Retamar se centran en la nación, Carpentier lo hace en la escritura. La pregunta: ¿cómo describiremos esta tierra salvaje con el lenguaje del Otro, del conquistador? Describir la “barbarie” con la lengua del “civilizado” ya que no tenemos otra parece ser la única solución. O callarse.

Cita a Roberto Fernández Retamar en Calibán: “(que) está la confusión, porque numerosos descendientes de comunidades indígenas, africanas, europeas, tenemos, para entendernos, unas pocas lenguas: las de los colonizadores (…) nosotros, los latinoamericanos, seguimos con nuestros idiomas de colonizadores (…) ¿de qué otra manera (podemos) hacerlo sino en una de sus lenguas, que es ya también nuestra lengua, y con tantos de sus instrumentos conceptuales, que también son ya nuestros instrumentos conceptuales?”

Leo una excelente columna de Gonzalo Mendieta Romero (El Día) acerca de la declaración ante una comisión legislativa  de Félix Patzi, gobernador de La Paz, en aymara. Causó revuelo, claro, por existir desde siempre en el país una “discapacidad” (el autor usa el término) idiomática, que se extiende no solo a un analfabetismo oral y escrito de las lenguas “originales” sino al mismo pensamiento boliviano que se desarrolló, a medias y a patadas, hay que decirlo, de espaldas a sus ancestros. El error fatal fue, tema de larguísima discusión el por qué, dejar viva a la población nativa, a diferencia de lo que se ejecutó en Estados Unidos y Argentina, sin que ello fuese tampoco garantía de éxito como se ve. El asunto guarda mayor complejidad de lo que parece; una simple muerte no suele solucionarlo.

Mi padre fue un exquisito del quechua, con un magnífico –e inédito- diccionario trilingüe. Había cierto dejo elitista en él, sin embargo, al diferenciar los “quechuas” según su origen. Hasta en una lengua “menor”, por llamarla sí en comparación a otras, el manejo del lenguaje descubre al personaje, de dónde proviene, quién es y supuestamente qué es. Entonces, como en la cueca, a la que Joaquín diferenciaba entre la “de los señores” y la del “populacho”, existían en Bolivia al menos dos quechuas. Contaba que en los viajes a su destino universitario en Córdoba, en las paradas del tren al sur, había visto a la aristocracia salteña y a su par de Santiago del Estero, en Argentina, hablando una refinada lengua y acullicando coca en la sobremesa en platos de porcelana. Ahí nos encontramos ante un fenómeno que no es contradictorio, que por sobre la identidad “nacional” aglutinada en el idioma está la clase. Poco importa cohesionarse alrededor de una lengua común, ancestral, porque adentro resaltarán de inmediato los matices económicos que determinan al final aquellos de clase. Nos quedamos cortos.

Con Patzi estamos ante una manifestación que aporta el panorama general, no los detalles. A varias décadas de la reforma agraria y la casi desaparición de la casta feudal que gobernó hasta entonces y cuyos descendientes se refugiaron en el melancólico anonimato de las ciudades, podríamos decir que las lenguas indias se han estandarizado entre la población. Vuelvo a otras conflictivas aseveraciones de mi progenitor, de que Bolivia era “país de indios y de aindiados”, pero que incluso dentro de esa en apariencia compacta sociedad regida por tradiciones antiguas, mezcladas con las del conquistador, y vencedoras al fin, había una extrema discriminación. Recuerdo a un académico aymara en Nueva Orleans, murmurando con admiración que la investigadora Silvia Rivera Cusicanqui descendía de los señores aymaras de… No podía esconder la seducción del pongo por el blasón, hacia el chicote, sin cuestionarse.

El límite aceptado de caracteres cae como guillotina. No he dicho nada de lo que quisiera, pero balbuceos valen. Carpentier, entonces, creía en la escritura, la del otro, no importa, y ello lo liberaba. A veces, cuando leo a mis amigos españoles, me siento privado del idioma en los términos que usan y no conozco. ¿Cuánto nos dejó España en lengua? No todo. Ahí cabemos nosotros, y nuestro entorno, para recrearla e inventarla sin olvidar las otras.

02/05/16

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz), 04/05/2016

Imagen: Guamán Poma/A Topa Amaro le cortan la cabeza en el Cusco

Tuesday, May 3, 2016

La calle 14/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Es la de las prostitutas en Washington D.C. El eje se ubica en la esquina de la 14 con la calle K, en una hamburguesería grande donde desperdician su tiempo los chulos.

Pasean las muchachas. Casi desnudas, si es verano, se acercan a las ventanillas de los automóviles. Hay de todo; muchas son tan hermosas que parecen maniquís. Blancas y negras, alguna asiática; la prostitución hispana no funciona en el sector sino en barrios menores.

El número de chulos es similar al de meretrices. Ellos, mayormente negros, caminan adornados; el deseo de los otros los viste de sombreros y zapatos blancos.

Las mujeres, al preguntarles el precio, suelen decir "cincuenta dólares en cama", "treinta en el callejón". Los callejones son pasajes detrás de los bares, lugar de basureros. El único lecho es la pared.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 27/02/1992