Tuesday, December 30, 2025

2025


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Dostoievski leyendo Don Quijote en Omsk. Frío y lobos. Hielo y lobos. Hierro, castigo. No puedo escribir, decía, mientras no digiera las experiencias, o algo así. Después el sol de Semipalatinsk, la estepa kazaja, de cuyas historias me nutrí por los inmigrantes rusos en el Denver de los años noventa. Ahí también el viento gélido corta el cuerpo en dos. No peor que Omsk. En la memoria, la brisa de Pavlodar agita tenues las hojas de los manzanos. Los años corren, así este. Hay aromas persistentes, permanentes en el pasado. Eso prima; eso queda.

 

Mucho recuerdo de este año, si cabe llamarlo así porque está aún muy vivo. Tal vez en unos meses se pueda mencionar estos tiempos como idos. Por ahora no. Escribir, por ejemplo, comenzaría Neruda, pero no deseo comenzar. Mejor dejarlo así, en la imperfección de los sentimientos. No sabíamos a lo que nos exponíamos y está bien. Si lo aprendimos o sacamos conclusiones se verá luego, por ahora hay que dejarlo correr. Todos mencionan la velocidad con que pasó; fue lentísimo para mí. Es más, me asombra que terminase, no lo hubiera creído. Pero estoy ante el hecho concreto. No se difuminan las siluetas de Coruña y de Betanzos, para nada. Tampoco las de Belgrado y la espera del bus que me llevaría a Bulgaria y del que tuve que alejarme sin yo quererlo. Circunstancias que tal vez truncaron cosas pero ni pensarlo, la dinámica excede con mucho las posibilidades y no se debe mirar atrás a riesgo de transformarse en sal.

 

Primer año jubilado, valga anotarlo, con el cúmulo de errores que hechos recientes y desconocidos traen consigo. Y con harto positivo, por supuesto. Ni lloroso ni meas culpas. Si algo se perdió, y bueno, tanto hemos perdido en décadas. Y si no, pues venga que las fuerzas se han renovado y luego de doce meses uno ha aprendido a construir trincheras, a solidificar defensas y crear estrategias de avance. Ha ejercitado sus filas, las ha disciplinado. Como un año de provincias para los maestros rurales, puro aprendizaje. Observa el maestro Juan Rulfo desde Sayula; observa y sonríe. Sonrío también, el guante ha sido echado, no tanto los dados. El desafío, no el azar.

 

Hermoso veinte veintinco.

30/12/2025

 

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Imagen: Marc Chagall 

Friday, December 26, 2025

Mama Catash


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

De mi archivo de música saco un disco viejo: Mama Catash, de Los Engreídos Olímpicos de Huancayo. Bellísimo. Lo conseguí en Denver gracias a Juan Cántaro, compañero de labor y nativo de Huancayo. Pequeño y furibundo. Llegó hacía años con otros paisanos suyos contratado para cuidar caballos en California. Luego derivó en Colorado, y allí trabajamos juntos. Recordé, viéndolo, el retrato que hacía José María Arguedas de los indios del Mantaro, nunca sojuzgados. Juan discutía y se enfrentaba a tipos el doble de su tamaño que le temían porque su rostro se transformaba en ira. Dioses antiquísimos de la montaña. Está en uno de los más bellos libros escritos: Los ríos profundos.

 

Suena la María Angola en el fondo de la memoria, campana con gotas de oro. Continúo yo con la conquista del Perú. Huáscar Inca ha sido detenido por Quiz Quiz y Atahualpa por Pizarro, casi al mismo tiempo. Al sur, cerca del Cuzco el descendiente del sol; al norte, en Cajamarca porque no se pudo en los Baños de Cunoc, el usurpador. El cura Valverde, con cota de malla sobre el pecho, alcanzó a Atao Huallpa, el quiteño, las Escrituras y este las arrojó lejos. Nos enseñaron en la primaria esta escena que supuestamente habría decidido la suerte del rey. El sacerdote demandó a Francisco Pizarro el castigo del hereje. El soberbio magnate andino que se creyó invencible cayó al silencio de la oscuridad. A Fray Vicente de Valverde lo devoraron los isleños de Puná en el futuro.

 

Difícil escribir y no bailar con esta música. La lluvia me tiene de rehén dentro del departamento, a pesar de que me encanta mojarme. Pretexto. Euforia de estos musicantes que bien se llaman a sí mismos engreídos y olímpicos en justicia. Región caótica desde siempre, además de hermosa. La resistencia a España, las hordas de Sendero Luminoso, el narco desperdigado en cada rincón.

 

Perú. Magnificencia del Señor de Sipán. 5000 años de Caral.

 

Vallejo y Scorza. Ricardo Palma y Mariátegui. Escribía el poeta César Calvo en Nocturno de Vermont:

(Qué luna inalcanzable
desmadejan tus manos
en tanto el tiempo temporal golpeando
como una puerta de silencio suena.)

 

He visto llorar a Juan Cántaro, cuando por la noche limpiábamos los oscuros antiguos pasillos de la Universidad de Denver. Lloraba por María, mexicana, a quien había arrebatado a un coyote guatemalteco, detestable y más pequeño que él, que traficaba personas y cobraba a las mujeres que pasaba con su cuerpo. Se las chingaba atravesando Las Cruces, Nuevo México, al borde del desierto de Chihuahua. Allí hay un puesto fronterizo norteamericano. Volviendo de uno de sus viajes, encontró a su esposa, en su cama, con el peruano y el drama finalizó el matrimonio. Ellos, los infieles, se casarían y terminaría también mal. Lloraba  Juan en la oscuridad de la biblioteca en el sótano, con originales de Desiderio Erasmo y Descartes iluminados con lamparillas singulares. María no era linda pero sensual. Tenía gran éxito entre los hombres.

 

Se volvió a casar, con otra mexicana. Tenía Juan un carácter de mierda, irascible, no aguantaba nada. Trabajando él de noche, así fue por largos períodos, ella consiguió sustituto; el invierno de Colorado es durísimo. El feroz indio del Mantaro reaccionó de forma extraña. Compró una casa porque había ganado mucho dinero y permitió a su esposa vivir con el otro en la parte superior mientras él adecuaba el sótano para sí. Más una vagoneta cero kilómetros que se la regaló. Más todavía: registró una empresa de canaletas para el “muchacho”, como lo llamaba e incluso lo ayudaba en eso cuando había demasiada demanda. Caminos de la vida…

 

Hablaba tanto de la muerte siendo menor que yo. Sabía, decía él, que al envejecer lo soterrarían en un asilo y que su fortuna se quedaría con el otro; con su hija también por supuesto. Lo había aceptado. Volver al Perú era impensable. La guerra de Sendero había eliminado todo recuerdo del país. Destrozó el recuerdo, aniquiló la esperanza. Alcanzó en los Estados Unidos lo que nunca había soñado. Supongo que las vicisitudes resultaban minucias dentro del amplio panorama. Yo discrepaba con lo que hacía pero lo respetaba y jamás se lo mencioné. No tenía amigos y de los que más desconfiaba era de sus compatriotas. He oído eso antes con distintos grupos étnicos…

 

Cinco canciones del disco. En cuarenta minutos se escucha. Lo vuelvo a poner. Mama Catash es mama Catalina. Aquí se utiliza el vocablo “mamacata” para referirse a mujeres gruesas. Se deriva de mama Catalina pero no sé mucho más. En algún lugar del disco el vocalista grita “puro Huanta”. Hablamos de Ayacucho, de una ciudad que dicen la esmeralda de los Andes, cercana a la región del VRAEM, centro de la guerrilla post senderista y del narcotráfico ligado a ella. Vaya ritmo, perfecto para bailar y derramar chicha desde inmemoriales tutumas. Violencia imperando por sobre la belleza del valle de los reyes. Tragedias nuestras.

 

De Juan me queda este disco. Lo llamé el último junio pero no pudimos vernos. Le conté que estuve en España. También historias de su raza, su pueblo, de cuando la vida era pobre pero no corría la sangre en las acequias. Su negocio, porque es suyo, de las canaletas va muy bien. Prestar servicios es la mejor manera de enriquecerse en el norte. Cada vez más los inmigrantes latinos fundan pequeñas empresas, algunas se hacen grandes. Inmigración de gran dinamismo y brutal trabajo. Su mujer parece contenta con su “muchacho” y el viejo Juan Cántaro con proveerlos con esa felicidad. Vale, claro que sí.

 

Silencio en la noche. Aquella canción argentina se referiría al Somme, a la calma que sucede al horror. Abro la puerta y mi departamento se diría que es la boca del lobo del quinto piso. Nadie otro vive en él. Solo mío. Hay dos puertas cerradas enfrente. Gradas hacia arriba y hacia abajo. La espiral que permite ver el piso del fondo. En Nueva York me gustaba salir del cuarto del Hotel Chelsea y apoyarme en las escaleras interiores y contemplar su fondo. Algo de mágico en ello, hechizo de lo solo.

 

Dylan Thomas muere en la habitación 206 del Chelsea. “Do not go gentle into that good night”. Do not.

26/12/2025

 

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Imagen: Huancayo antiguo

Tuesday, December 23, 2025

Preámbulo de la buena noche


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

En tiempos de Sofía Paleóloga los campesinos cuchicheaban que las campanas de Novgorod sonaban solas por las noches. El Kremlin rojo, Milana Seménova que cuenta historias de Veliky Novgorod, Novgorod la Vieja, su ciudad. Cuando Rusia invadió Ucrania, ella y sus dos hijas emigraron a Rumania primero y luego a Francia. No quería saber nada de lo que sobrevendría. Tuvo lúcida y temprana razón.

 

Estoy en la ventana de un quinto piso en Kiev viendo caer la primera nieve. Mucho antes de la guerra. Agarro una chamarra y salgo. Tomo para la izquierda y otra izquierda y una cuadra después entro a un sótano bar al que suelo ir. Me siento en el extremo de una larga mesa y pido un vaso de chop ucraniano y un shot de vodka. Y fueron cuatro, con un plato de arenques fríos. Kremlin bermejo, la estatua de Rachmaninoff, el parque, el otoño. Victoria por teléfono me advierte que se me aproximarán “chicas” al verme solitario; le respondo que no voy a bares a levantar mujeres, prosaica y mediocre costumbre. No necesito nada mientras sorbo la bebida y mato la cerveza con agüita rusa.

 

Pienso en Petliura y Majnó.

 

Irina, de vestido azul, vendrá más tarde. De entonces hasta la muerte. La luz halógena de la lámpara no puede recrear sus ojos. Flotan como lunas celestes del firmamento. Reconozco sus pupilas en medio del brillo de aquellas de los innúmeros fangs que relatara Cendrars.

 

Agito con lentitud el café instantáneo. No hay otro a esta altura de la noche. Cerré la ventana de la sala porque el aire susurra, sugiere notas dormidas del oblast de Poltava que hoy no deseo recordar. Mi mente está en otro lado, en donde un imposible amor me ha dicho que no se encuentra bien. Menciono la lluvia porque siempre amenaza. Relámpagos en el horizonte, flashes de un pretérito con espasmos de futuro. Tanta calma, no lo hubiera creído. Sin aprendizaje zen, venida, caída del cielo como por encargo. Sosiego que no es inercia. Hasta disfruto de este horrible café disuelto.

 

Hoy he visto fotos de Lequepalca y de Curahuara. Blancas torres; Lequepalca en donde habito en mi efímero período de administrador de carreteras. Bordeo el inmenso patio de la iglesia. Oscuridad plagada de sombras, agujeros no más anchos que un cuerpo en las paredes del cerro, minas individuales de azufre. El hombre se arrastra hacia adentro, rasca la roca del fondo y se arrastra de nuevo hacia atrás en peligroso movimiento. Si sucede algo y grita, su grito se irá al centro de la tierra, nadie lo ha de escuchar. A lo sumo dirán que las almas de los penantes balbucean incoherencias entre el silbido de la paja brava.

 

Me doy una escapada hasta Patacamaya. Retorno después de la una de la mañana. Abro la puerta del salón, los trabajadores roncan, les huelen los pies, la explanada afuera se ha cubierto de escarcha. Me da un escalofrío que me apura al lecho, a meterme entre pesadas frazadas grises, como las del conflicto del Chaco. Ni me quito los calcetines porque el frío cala. Qué estará haciendo ella, dolida y maltrecha, me preocupo y pregunto. Muy tarde para escribir, he de soñarla.

 

Me impresionó esa imagen de las campanas tañendo solas en las horas que duermen. Escucharlas desde el campo, desde una isba de paja y barro. Impresionante, para cerrar los ojos y rezar que no se te abran ante cualquier jugarreta del Maligno, porque no puede ser otro que él que agarra los cabos sueltos y las retumba en el silencio. Cualquier brizna de hierba rota puede denunciar caballos mongoles, la esclavitud o la muerte. Nada bueno ha de salir de esto, ni siquiera del profundo tintinear de objetos santos. Yo que soy descreído en su totalidad puedo oler azahares místicos. Avanza el reloj, fresca brisa se filtra por debajo de la puerta. Absoluta oscuridad del quinto piso ¡quinto como en Kiev! Ni siquiera caminar de hormigas, termes adiestrados para romper concreto. Una lucecita abajo avisa que hay un cuidador del edificio contiguo que se calienta con un anafe a querosén. Devora tal vez una huminta en chala que le prepararía su esposa. Observa, de vez en cuando, el esqueleto de la construcción pero prefiere no adentrarse en sus recovecos. Nadie sabe lo que guarda la noche; a veces, entre tormentas de hielo, las cavidades arrojan figuras que se enroscan y rápido desaparecen. Pero allí estuvieron y las he visto. Mejor ni pensar que ando descalzo y se enfriarán los muslos de temor.

 

Divago, lo sé. Cama abandonada, sábanas de marrón oscuro, alrededor  una gran naturaleza muerta sin Cézanne. Serán los minutos, la gente que se acuesta temprano a dormir; ni sonido de amantes hoy, el dulce vientre contra vientre como timbales barrocos. Prosigo, agito el resto del café ya tibio y mastico una empanada picante que compré en la calle.

 

Notas de fin de año. Pareciera que estas han de ser diferentes. Doce meses reptaron con lentitud. No hablaré de pesadumbre y esperanza es palabra engañosa. Queda lo que quedó, si bueno o malo lo dirán los meses que vienen. La última vez que sucedió fue a fines del 2018, algo similar sin ser igual. De ese año salen las figuras del Kremlin carmesí, el hermoso cabello de Milana, una joya. Victoria y otros nombres magníficos. Irina, Kharkov. Falta todavía para las postreras bengalas del 2025 y últimas palabras de un libro importante que terminarán con él. Con nombres propios también, por supuesto, que ya han sido anotados en un breve volumen y continúan haciéndolo en este. Después será referencial, no acabado y menos fallecido pero algo lejano a nuevos proyectos que pasan por cambios de estilo en lo literario y por tranquilidad amena . Afino listas de libros a leer, de las ya existencias de hoy que posiblemente no alcance a completar.

 

Una matrioska ucraniana se esconde entre los treinta y tantos volúmenes de las memorias del general O'Leary, un tucán guatemalteco en piedras negra y roja, una postal que nombra Sobrado, corcel de Diana Aitchison, gallos galo y portugués, una rata en madera comprada del barrio chino de San Francisco el 2008, calaveras en boda, ataúd con calavera.

 

Alphonse Daudet y Charles Dickens. Converso con mi tía acerca de cómo se va perdiendo la compresión de la ironía, que ella, a sus 94, mantiene incólume. Pues… un grabado en miniatura elude las fauces de un tigre del Sunderban.

23/12/2025 

Tuesday, December 16, 2025

Rastros del principio del fin


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Me está tomando bastante tiempo terminar el libro de Juan José Vega, La guerra de los viracochas (Resumen de la conquista del Perú), Lima 1969. Es que me detengo a cada instante para revivir lo que el autor narra acerca de las guerras intestinas indias a tiempo de la conquista y compararlo con lo de hoy, en esta Bolivia que fue, y sigue siendo, el Alto Perú. No el surrealismo de André Breton, ni las figuras de Wilfredo Lam, esto es el burdo caos, circo interminable que marcha en constante y rápido retroceso hacia el futuro de Somalia o algo peor. Ya hasta jocoso está decir que corre el siglo veintiuno. Más parece Molière, el lazarillo de Tormes o las escenas de von Grimmelshausen. Medieval, absolutamente medieval. Poco ha cambiado desde la época en que Huáscar Inca y sus cuzqueños enfrentaban a los quiteños de Atao Huallpa (según lo escribe Vega).

 

La República de Bolivia ya nació una mentira, una asociación de pudientes que negó la esencia revolucionaria de Bolívar o de Castelli e impidió a las grandes masas indias pertenecer activamente al nuevo paradigma. Siguió con el embuste del indigenismo y desconocer que la gran culpabilidad del fin no era de España sino de ellos (nosotros) mismos. Mientras no haya una seria discusión al respecto seguiremos enterrando vivos a los “enemigos”, asesinando con imposible saña al otro, jugando la pantomima del progreso en un pueblo atrasado hasta el fin de los días. Nada ha de transformarse porque no será posible educarse. ¿Tirarnos a la fatalidad entonces? Preguntas sin respuesta en tierra que no concede futuro a sus jóvenes, Gomorra magnificada, ensalzada de forma falsa como rebelión social. El sueño de Pablo Escobar hecho realidad a manos de seres horripilantes disfrazados de kusillos, republiquetas que desmerecen aquel épico nombre, centros de vicio y oprobio, feudos de fango. Los monstruos de los tejidos jalq'as habían sido una cierta oculta presencia que siempre nos hemos negado a creer. Sí, claro, el bucolismo del domingo por la tarde con chicharrón, deliciosa chicha kulli de Todos los Santos, salteñas picantes de Cala Cala e infinidad de maquillajes continúan dorando la píldora acerca de lo que sucede acá. Yo mismo contemplo el Tunari de mi infancia y me suelo engañar también. Existe una guerra sorda, brutal, un todos contra todos que reaviva lo que aprovecharon Francisco Pizarro y sus secuaces para con diez mil españoles destruir un imperio de millones. A eso vamos y no habrá España para culpar y los Estados Unidos ya están demasiado lejos para cargarles el bulto.

 

Curzio Malaparte describía en Kaputt la desolación que observaba desde Finlandia. Caballos en carrera congelados en el lago Ladoga como metáfora del tiempo implacable que no perdona. Lecciones nunca aprendidas de la historia, siempre el ser humano, incapaz de grandeza colectiva, al arbitrio de dementes y tiranos. Mi asombro actual de observar una Bolivia dominada por la cocaína. Antes se podía alegar que era una manera de devolver “favores” al imperialismo; pues, la triste verdad es que el capitalismo salvaje ha triunfado en todos los campos, la droga se ha enseñoreado, incluso aquí, por encima de todo. La muchedumbre se ha prostituido en las redes sociales creyendo en su libre albedrío sin ser más que míseros fantoches vapuleados por el capital. Ni derrotista ni fatalista, lo que veo en la Cochabamba de hoy, que seguramente se extiende a lo largo del país, es que aquello, la coca y la cocaína, que solían “representar” una suerte de rebelión, son el dogal con que vamos a alcanzar el fondo, nada inesperado pero terrible.

 

El texto se me escapó por ramas que no pensaba tocar. No inusual en la escritura. La idea era hablar de literatura, a la vez que de lecturas al azar de la obra de John Reed. El gran norteamericano arrancando de las paredes carteles en las ciudades alzadas para conformar en papel una narrativa de lo que fue la Revolución Rusa, también fatídico momento que comenzó con poética y gloria y culminó en desastre. Cuánto amaba en mi juventud leer a Herzen y a Bakunin, anotar paso a paso pormenores de 1848, de 1863. De Chernichevski a Bujarin, de la debacle de Kronstadt en 1921 a las notas de Volin. Los populistas del siglo XIX. Otra vez, ficción colectiva que no nació como irreal pero que se convirtió en parodia según suele ocurrir.

 

Se me vienen a la mente imágenes de Solzhenitsin, del gulag y de 1914. Un tren salía de Vinnytsia, a orillas del Bug. Me acuesto a tu lado, Natalia Aleksandrovna, y te veo respirar. Tus caderas delineadas debajo de las sábanas, tu fraganciosa juventud. Enfrente de la ventana oscura desnudas los pechos tenues, largas piernas blancas con lencería modesta y bella. Listos para en su momento partir hacia esos lugares que describió el autor ruso. No te despierto, te dejo dormir. A ratos me recuesto a tu costado con un libro abierto de anotaciones de don Francisco de Viedma y Narváez, gobernador de Cochabamba. Las diez cuarenta, debo cocinar. Lejana quedó la angustia. No existen derrotas, a pesar de que comienzo el escrito con una general. No hay incoherencia, los contextos difieren. Prefiero sentirte, tocar tu cabello de metro de largo, aroma de perfume caro que te regalé. Pronto habrá baile de cuchillos y colores fuertes para decorar con especias. Distraeré la mañana con el mayor silencio posible para no despertarte. Debo acostumbrarme a hierbas y verduras no de mi entorno, frotarlas y olerlas antes de utilizarlas por inseguridad.

 

Ha llovido toda la madrugada. La montaña se halla cubierta de nubes. Cielo color de ratón gris. El rojo afiche del concierto de Siouxsie and the Banshees, 2002, en el Fillmore. Flores del árbol llamado dama de la noche que arranqué del patio de mi hermano Armando. Su esencia cubre el aire y eliminará lo prosaico de las frituras. Sillones oscuros con historia. El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, con una nota de Francine que se lee: “Te amo Claudie”. Navidad de 1987: “To my darlingsky Claudio, with much love”… Regalo suyo. León Felipe concluye: “¿Lo veis… lo oís… lo habéis oído? ¡Aquí no ha muerto nadie! Y esto no es un responso, amigos míos… Es simplemente una canción”.

 

Quizá todavía no sea un responso. Habrá que ver…

 

16/12/2025

 

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Imagen: Detalle de tejido jalq'a

Sunday, December 14, 2025

Bailen gitanas de Eslovaquia


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Polvosos caminos de Eslovaquia. Bailan los gitanos. Un vestido rojo vientre y cadera. Una mujer acostada con juventud igual a música. Sus muslos un crucifijo. Toda la tarde pasé pensando. La mente derivó hacia la cordillera cochabambina, me situó a orillas de Los Molinos, previo a la subida a los verdes papales de las cumbres, la escasa trucha moteada dentro del líquido helado. Recoger agua del río en el silencio. Hervirla, echar el modesto café instantáneo en tazas de metal. Cuentos de aparecidos, la noche miles de ojos ávidos, titilantes. Desde mi ventana contemplo luces, barriadas que desconozco, encima de colinas que fueron bellas y sucumbidas hoy al arbitrio de cierto peculiar horror urbano. No suena música gitana en estas ocho penumbra de Cochabamba. Cohetes, como siempre, no cesa de haber aquí algo que festejar. Manejamos por las barriadas pobres de Belgrado, allí deshacen la basura y la van clasificando según el interés. Niños de pupilas oscuras, muchachas en flor. Pasos de nivel, graffitis, el dejo triste de la pobreza. Violín y acordeón. Que si hay similitudes en cada región de los Balcanes, las hay. Rom llevando con lentitud caballos cargados de trozos de metal. Marcado contraste con el bello tono austrohúngaro. Torres medievales, estrechas calles de sosiego en la actualidad, de pesadumbre y fatalidad ayer.

 

El viento susurra por en medio de las plantas de papa. Nuestra hoguera resulta mala broma ante la inmensidad. Me pregunto si es así la esperanza, apenas sollozo de luz. Si así el amor. Pero, de igual modo, se ve desde lo lejos su presencia. Hay sombras que bailan entre destellos, un leve rumor anuncia que la trucha ha salido a respirar. Luego se calla, tiempo de los karisiris. Mejor nos retiramos a la intemperie cerrada de la escuela rural y nos calentamos uno al otro, hombro a hombro, sin quitarnos las botas que el frío mata. Sucias pieles de oveja encima. Bajo el esplendente sol eslovaco cantan los  gitanos. Y bailan. Ellas bailan y después se acuestan, vientres de bronce, arroyos, llovizna de mar en tierra.

 

Fogata en Chapisirca.

 

Atún en lata y papa hervida. Más del espantoso café. Bueyes como abandonados pastan el yermo. Nosotros mugrientos, las maestras rurales también. Locura bañarse acá, mejor la muerte. En una semana redescubriremos el agua, mimados por el café con leche de madre y pan tortilla llegado de la panadería de a la vuelta. Música romántica norteamericana de los años cincuenta, principios de los sesenta. Época del auge y la gloria y dónde están, maltrechas losas en el piso con nombres deshechos, flores secas, flores negras. “Oh! Carol, I am but a fool”… Nada más cierto. Real como las cartas que voy recibiendo de una amante obsoleta que se niega a perecer. Mira, no soy aquel (casi como una canción de Raphael) desde hace mucho. Ni un trago tomaste conmigo, dice, y a decir verdad ese horrible brebaje azul alcoholizado lo bebí solo, color de veneno medieval. Y sin embargo te quiero, digo, y siempre hasta el fin de los cantares pero ya no estoy, ves aquel bus de color plata que se adentra en la frontera entre Croacia y Bosnia, pues voy allí, creyendo que llegaré a remojar los pies en el mar más profundo, que me mirarán los rodaballos desde el fondo y que desconocerán todos por dónde ando y si ando. Entiéndelo.

 

Ditirambos.

 

En el nuevo lenguaje te comunicas por figuras que se me hacen extrañas. Puedo intuir el significado de algunas pero no de todas. Mientras más letrado más analfabeto, no voy al ritmo de las invenciones. Y eso está mal. Me doy cuenta de que lo que hojeo pertenece a otra esfera pero es que tampoco sé qué leer. Las acepciones del lenguaje han cambiado. Hay neologismos, extranjerismos, palabras cortadas y otras compuestas. Pareciera que a cada instante la brecha de las generaciones se agranda. Frenético ritmo de las redes mientras continúo analizando los errores estratégicos de Stalingrado. Universo de tetas, simples valorizaciones que conforman una nueva literatura, corteza de barniz burdamente aplicado. Parafraseando de algún modo a César Vallejo me preguntaré si así voy a leer a Kierkegaard. Si cuando me arrojen virtuales pezones gratuitos sobre el rostro pensaré en Spinoza. Sin embargo, la vida es válida en todas sus formas, tanto en las complejas como en la más elemental. Ni juicio ni prejuicio.

 

Suena el teléfono con otro mensaje. Al parecer un hombrecito tapándose el rostro. No entiendo. Reproche. O desatino. Es que la vi en la fiesta de sábado bebiendo ron y me acerqué a saludar sin saber que el licor de las Antillas quería cargarse de presagios. Eludí el conjuro y al rato me fui a acostar, acomodarme entre sábanas bermellonas y contar rusitos muertos en Ucrania como quien cuenta carneros.

 

Libros de Kenzaburo Oé, de Ferrufino y Cendrars apilados del lado derecho. Discos de los Bee Gees en el izquierdo. Imagínote sugiriendo salud al vacío. A ratos me voy en bus, o a pie como ahora desaparezco por la bocacalle de la Juan de la Rosa, al lado de la masa celeste del estadio de fútbol. A qué volver canta la zamba, a qué, a qué, repite el eco.

 

Largos y tiznados yaguarundíes se esconden entre las matas de subida, y zorros grises y conejos sin cola salvajes. Arribo a Belgrado. Sava y Danubio se han vestido de sombra. Llego al hotel de la calle que lleva el nombre del asesino de Sarajevo, compro una botella de agua, yogurt y paquetito de galletas. Duermo pensando en la iglesia de aquella primera ciudad de marzo. Dormitorio 6 segundo piso. Hombres hindúes rascándose los pies calzados con chancletas me saludan. La conserje es una hermosa serbia que practica su inglés conmigo y pregunta de las ciudades de USA. Describo mi formidable trío: Nueva York, San Francisco, Nueva Orleans. Pero fui muy feliz en la capital, Washington DC, bellísima e inolvidable. Magia de los museos del Smithsonian, retrospectiva de Lee Miller. Botellas vacías de licor por doquiera, casas de crack, las putas de la calle 14 más la cerveza inagotable. Página tras página de Henry Miller. Estoy aquí y lo sé.

14/12/2025

 

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Imagen: Modigliani

Tuesday, December 9, 2025

Los cien años de mi madre


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Hoy mi madre hubiera cumplido cien años. Tanto por recordar, pensar en nuestras largas conversaciones por teléfono en los lustros en que no estuve, cada día. Excepcional. Juan Ramón Jiménez, la literatura gauchesca, Romain Rolland, Rilke, Borges, Eduardo Mallea, Norah Lange, Cuán verde era mi valle, el Romancero español… todo se lo debo e infinitud más. Tango, vidala, zamba, baguala, chacarera, su intenso amor extranjero por Bolivia a donde llegó en el caos de 1954 para crearnos. Viajamos mucho, era decidida y valiente. El tierral de Yacuiba, la inmensidad de Orán, los fatídicos trenes en medio de los cañaverales de Tucumán, una y otra vez extensos periplos entre Bolivia y Argentina. Frágiles botes cruzando el Bermejo, helada de los vagones rotos de Potosí, el llanto de los niños y ella, con frío también que callaba, envolviendo los pies nuestros con papel periódico para guardarnos. Amaba la llajwa y luego de unas semanas en Córdoba siempre deseaba regresar a “su Bolivia”. Media hora antes de morir, sentada en su cama y con almohadas detrás, leía a Roger Martin du Gard. Llamó a mi padre en el último instante: “Joaco”… Y se fue. Con ella las hermanas Brontë, el divertido Chichikov de Las almas muertas, Ricardo Güiraldes y Alejo Carpentier. Milonga, cumbia, taquirari, cueca, chamamé y bolero. Permaneció el silencio.

 

Por mi ventana se ve el Tunari, sendas de sus infatigables caminatas, frágil mujer de acero.

 

Ayer, cumpleaños de mi primo Jorge, Jorgito. Cochabamba se va haciendo ajena. Íntima todavía pero ajena. El calendario se va marcando de muertos. Los números de color rojo que representaban feriados hoy muestran ausencias. Bienvenidas, son parte del aprendizaje, de la dinámica del recuerdo y la tristeza cuyo fin es la alegría. No hablo de vida eterna ni de redención divina sino de otra cosa. Luego de más de seis décadas comienzo a pensar con seriedad en los consejos de Alicia, ella, notable lectora, educadora y poeta, acerca de mi escritura. Vaya percepción la suya. Es una manera de eternizarla, en la búsqueda de la forma. 1925. Se huele el río Paraná.

 

Mucho se podría escribir pero lo mantengo breve. Aprendió a tejer a mano a usanza de los nativos de Ayopaya. Pintaba. Nos sentamos en Ojo de Agua, frontera entre Córdoba y Santiago del Estero, a comer chivito asado. Era alegre y cantarina. Musicante. Eterna novia escapada de los cuadros de Chagall hacia las agrestes montañas. Sin miedo. Sonreía. En Brasil, en Lesotho, en los Estados Unidos…

09/12/2025

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Imagen: Ciudad de Rafaela 

Saturday, December 6, 2025

Invierno en Corani


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Redundo, para hablar del invierno, cuando vuelvo a De Quincey y su bucólica, casi filosófica, visión del frío. Si pensamos en sus acompañantes: el opio, el té, lo confortable de una casa, alguna servidumbre, cuesta imaginar otra cosa que placer ante la caída de nieve o el vapor que se congela en las ventanas mientras los leños arden en el hogar. Tiempo para escribir en De Quincey, para miseria y guerra en Schwob, aunque con la sutil fraternidad de melancólicos inviernos en ambos.


Deliro, más que imagino, por un instante así, en la solitud del bosque, el juego nevoso sobre los objetos exteriores. En escritorio frente a la ventana; enfrente el papel. Podría hermanar el mueble -como a Neruda en Isla Negra- un retrato de Baudelaire... pero pensar que lo que era mar para el poeta chileno viene blanco en De Quincey, que lo que fuera ruido y trueno de roca más piedra es calma absoluta en el manto que penetra los resquicios, los tapa, los silencia. Se podría escribir, cierto, sin la burgués cualidad inglesa de hacerse servir con alguien, en aquel austero encierro, obligatorio, que trae una tormenta de hielo.

Un día, en un lugar de antemano escogido, en los altos de Corani, con vista al villado de Colomi y la percepción del trópico escondido detrás, extendido hacia las vertientes de Totolima y Cocapata, despertaré el rostro en la penumbra de una choza semialdeana, ornada por el aire de agua del embalse y la helada que impresiona cuando es mucha como nieve, quizá también para escribir. Nombraré a mi refugio con palabras extrañas, Gyulai Polé, que no invoca magias pero recuerda a los insurrectos de la revolución rusa, a Majnó que en retrato, ni sable ni gorra solo busto, habitará en las paredes de mi cuarto. Qué eclecticismo: el ejército insurreccional de Ucrania, Thomas De Quincey, Marcel Schwob y Pablo Neruda, en una suerte de isba andina que con los años quedará velada a ajenos ojos por un verdor de pino, por frondas de alisos que crecen lentas pero ansiosas por encima de los pantanos de tierra oscura.

El invierno, tanto el de De Quincey como el que contemplo a la intemperie, a pesar de sus más que sutiles desavenencias en un mundo y otro, me ha dado alas de constructor. Puede ser tan simple como nostalgias uterinas, aquella necesidad de encerrarse en un espacio donde ser únicos, exclusivos en la trascendencia de espacio y tiempo: mientras más frío afuera más sólidos adentro. Y Corani, mi sitio elegido, con su particularidad india de papa y haba sumada a una geografía de tierras altas de Escocia, siento que satisface la misión fundamental del invierno: aislar.

Levantar muros pegados a un montículo con ansias de colina, rodearlo calculando la distancia con los cientos de árboles que se esparcen en derredor. Con el tiempo una escalera que entre al techo y descubra en la parte superior un nuevo ambiente similar a torre, batida por vientos fuertes de la zona pero con una panorámica completa de trescientos sesenta grados. Nadie por donde se mire; las sombras sobre el agua son criaderos de peces; luego montañas y una hondonada que por su vegetación ya percibe los aromas de la jungla. Hay zorros y liebres grandes. Comentan que tomando la senda abajo pervive un interesante hábitat, el de los últimos jucumaris (osos de anteojos) que todavía no han descubierto cazadores ni cabrones, que lo mismo son.

Comencé con las páginas de un autor exquisito, por una de sus tantas impresiones, y terminé dialogando conmigo acerca de un invierno imaginario, futuro, que a falta de nieve tendrá escarcha pero que ha de permitir cotidiana asiduidad para crear. No es Inglaterra mas el vocablo aymara Corani puede albergar un sueño similar.
24/12/2004

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), diciembre, 2004

Imagen: Lago de Corani