Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Sueño con serpientes. Llueve sobre el embalse de Corani. Entre ráfagas de nieve caen luminosas bombas de fósforo sobre Stepove. Mido con una regla la distancia a Poltava. La nieve ha golpeado la ventana toda la noche, me cuentas. Duermes, tienes ocho horas más que yo, ya vives mañana, estás en el futuro. Bombas de Stepove que todavía no han explotado en mi reloj al oeste. Más lejos, en el Gobi, en los campos de concentración chinos donde se viola a las uigures ya casi se adelantaron un día. Ya vivieron, sufrieron para ser claros, antes de que nosotros, yo, hayamos visto nada. Inútiles abstracciones mientras oigo discos de Silvio Rodríguez.
En la sin
par bahía de Cienfuegos el mar lamía veredas. Con el crepúsculo vino caminar
desde el hotel hasta una casa de gran patio donde se reunía la nueva trova,
bastante vieja ya, a manera de homenaje a nosotros, jurados del Casa de las
Américas. Se habló, habló, habló, de Noel, Silvio, Pablo. Cantaron también, y
no por un prurito adoratriz de famosos sentí que aquello estaba lejos de lo que
se hizo internacional, mundial popular de este género de la música cubana. ¿Hay
derecho en decir de poetas menores y superiores? ¿Quién juzga y a nombre de qué
la obra de otro? Cierto que al volver al dormitorio esperaban cincuenta obras,
mucho mejores la mayoría que todo lo mío escrito, y que de allí decidiría cinco
nombres para proponer al comité. Casi Robespierre decidiendo sobre las cabezas
de Hébert y Dantón, la de su amigo Desmoulins. Vuelvo… los troveros de
Cienfuegos tenían garra, pasión, si conciencia o no de lo que sucedía en Cuba,
tal vez. Pero su arte no alcanzaba al “compañeros poetas, tomando en cuenta las
últimas noticias”, no a Yolanda y el inmortal verso de amor.
Solomillo,
cola de langosta, vino, al lado del alojamiento había un castillo convertido en
restaurante. Días de comida magnífica, buffet desayuno almuerzo cena. Camarones
pistola, variedades de ensalada, hormas enteras de roquefort. Parmesanos y
salsas, sopas, guisos, cortes variados, fríos y asados. Cuán agradable ser
jurado en tierra revolucionaria. Camino por la costa para digerir la comilona y
una señora mayor con rotas sandalias de plástico me dice que su hijo tiene más
o menos mi misma contextura y si puedo regalarle mi camisa para él. Se nota que
no comió demasiado las últimas décadas, tendrá la edad de mi madre. Pienso en
ella en Cochabamba tomando té con masitas, jamón, brie y dulce de leche. Si mi
madre paseara por el borde del mar mendigando ropa mataría al o los hideputas
que lo consienten. Georges Moustaki en medio de la batucada, el fascinante
sonido de la cuica no me hacen perder el empute. Si viera a mi madre… si la
viera. Sin embargo retorno y para la cena voy hambriento y plato tras plato,
vaso tras vaso. Trasiego de señores, festín oligarca. Unto el cremoso queso
francés sobre pan de corteza dura, nada mejor. Humea café, crema para
acompañar. La esposa de Fernández Retamar da a escondidas billetes a una
ciudadana del gobierno y pide conseguirle leche. Observo y callo. La cena fue
filetes de pez del Caribe. No era espada o vela; corvina, deliciosa corvina y
viva la literatura. Roberto Fernández Retamar, poeta que considero, escribe:
No existen
las hazañas ni los horrores del pasado.
El presente es más veloz que la lectura de estas mismas
palabras.
El poeta saluda las cosas por venir
Con una salva en la noche oscura.
Sólo lo difícil.
Sólo lo oscuro.
Y contra él, en él, el fuego levantando
Su columna viva, dorada, real.
El amor es
Quien ve.
París-La Habana, 1992-1994
La mujer del poeta insume divisas al mercado negro: tráeme leche. ¿Hay
acaso poema otro?
Pido a la señora al borde de la belleza bahía que aguarde, que le
traeré algo. Si tiene calcetines, también. Y calzones. Nunca me he avergonzado
de llevarlos, alguna vez los escondí de la vista de una amante porque estaban
rotos, no eran de Gucci y su cronología casi tan larga como la mía propia.
Aguarde, repito.
Mi maleta azul marino. Saco un par de camisas: Cremieux, finas;
calcetines blancos, de esos de a docena de Walmart; calzón no porque rotos y
consideraría la desconocida que aunque aparento algo distinto soy rico nunca,
ni famoso y jamás vanidad ha tocado mi puerta por verbajos que haya echado
sobre el papel.
Quiere besarme las manos, por favor no, y no me bendiga Dios ni
comandante, lo agradezco; dejémoslo así, en trueque de objetos por mucha vida y
tanta tristeza.
Yo escribiendo detrás de la pared y ya había caído la noche. Creí que
se trataba de llovizna y sombras antropófagas.
L'étranger,
Moustaki… La cantaba Nicola Di Bari y la mal bailaba si tenía suerte de que la
más fea del baile me aceptara. No la tenía, entonces. Ahora, dulces viejitas en
que se han convertido, me invitan té y afirman cuánto les gustaba yo. Seguro…
Miro el mar de Cienfuegos, una pelirroja escritora chilena lee acostada en una
chaise longue, consciente de su eternidad, el camino muestra pequeños
pueblos muy limpios. Impoluta moral comunista. El monte del Escambray va
tomando tonos verde oscuro.
“Dicen que no me perdona, la resentida”. Busco notas que ya no llegan.
Olvido y amnesia. No ha habido otoño este año, lo saltó el invierno. La regla
marca centímetros que convierto en kilómetros, de Stepove a Poltava. ¡Diles que no me maten, Justino!
30/11/2023
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Imagen: Bean Ingram/Herbert Guschner, 1928
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