Sunday, August 23, 2026

Lord Dunsany


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Entre tanto Irak y Michael Jackson encuentro un artículo (Minor Magus) sobre Lord Dunsany, escrito por cierta Laura Miller en ocasión de publicarse una nueva selección de sus relatos en Penguin. El texto es de gran interés y destaca aspectos de la vida de Edward John Moreton Drax Plunkett, décimo octavo barón Dunsany, escritor de literatura fantástica de origen irlandés cuyo nombre, mientras reviso, no está siquiera anotado en mi Biographical Encyclopedia de The Cambridge. Sugiere Miller que su supervivencia literaria se debe más al rescate de los amantes de la nueva literatura fantástica, que lo consideran un predecesor, que a la extravagante y rica en anédotas existencia que llevó, a su amistad con Yeats y Kipling o a su perdurable influencia en Lovecraft.

 

Ya antes, pero mucho después de que el cine destapara a J.R.R. Tolkien al gran público, la literatura fantástica en lengua inglesa se ha ido desarrollando a pasos desmesurados. Quizá se deba a una inconsciente angustia existencial, del norteamericano sobre todo, de sentir la falta de raíces y tratar de recuperarlas en la rica mitología celta o en las variaciones que su imaginación fermente en jóvenes autores de ficción. Hay hoy una profusión de libros, películas, comics, figuras coleccionables, juegos de computadora o de mesa que hablan de reinos fabulosos, reyes, monstruos, lugares de ortografía seductora y misteriosa. En sus "Días de ocio en el país del Yann" Dunsany cuenta, a través de su protagonista, del hallazgo, en una de esas ciudades de ensueño, de una gigantesca puerta de marfil que muestra al acercársele ser de una sola pieza. Aterrado, el hombre se aleja sabiendo que aquel material sobre el cual se ha tallado la portada no puede ser de ningún animal que el hombre pueda matar; se debe, sin duda, al colmillo perdido por un ser de excepcional grandeza que volverá a buscarlo. El horror se detiene allí, Dunsany no explica ni describe a la criatura, sólo anota que sus presunciones eran ciertas viendo "lo que sucedió después".

 

Dice Borges, y lo consigna Miller en su artículo, que Dunsany prefigura a Kafka en su cuento "Carcasona" donde un grupo primero, y luego de intensa tragedia dos personas: un bardo y un rey, envejecen en vano intento de encontrar la mítica villa de mármol rodeada de murallas. El tiempo cíclico, infinito, horror que principia pero que no tiene fin, un cuerpo enterrado en el cieno del Támesis, sin digna sepultura, deshecho por las mareas y reconstituido por las tormentas y eternamente devuelto a su lecho inmundo, con la plena conciencia del muerto que siente y ve lo que sucede con sus despojos. Finaliza -felizmente- cuando el hombre despierta y comprende que ha estado soñando.

 

En su Biblioteca de Babel, Borges alega, prologando a Dunsany, que "Matthiew Arnold, en 1867, había declarado que lo esencial de la literatura celta es el sentimiento mágico de la naturaleza; la obra de Dunsany confirmaría espléndidamente esa aseveración". Tema que sin embargo lo puso en las primeras décadas del siglo XX no en oposición pero sí en diferencia con los literatos irlandeses que hallaban que debía existir un compromiso entre lo literario y la independencia de Irlanda. Mientras lo onírico, y profundamente irlandés, primaba en Dunsany, otros como Yeats se afirmaban en sus convicciones políticas en un tiempo decisivo para el país, con la rebelión del año 16 y la fundación del estado libre el 22. Razón que posiblemente pesó para que Dunsany no fuese invitado en calidad de privilegio cuando Yeats fundó la Academia Irlandesa de Letras en 1932.

 

Pedro Henríquez Ureña lo conoció en Nueva York y habló de su "conmovedora necesidad de ser admirado". Tuvo una vida fácil, de riqueza y bienestar, tal vez por eso, por oposición o consecuencia, se juntó al peligro: soldado en las guerras boer y en la Primera Guerra Mundial, cazador de leones, quiso también matar un tigre cara a cara en una de sus aristocráticas visitas a India. Estudiante de Eton y buen ajedrecista, escribió sobre ajedrez y obligó tablas a José Raúl Capablanca.

 

Sus relatos carecen de argumento, fluyen como los sueños. Lo que en Tolkien adquiere solidez en la novela, queda en Dunsany como un vaho nebuloso pero bello y trascendente.

03/02/2005

 

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), febrero, 2005

Publicado en ECLÉCTICA (Editorial 3600, 2019)

Imagen: Fotografía de Lord Dunsany 

Tuesday, August 18, 2026

Escribiendo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No se necesita una entrada de lujo para comenzar una novela. Hay casos en la literatura en que el principio de ellas es una obra de arte. Unos pocos. El resto va fundamentando su riqueza en lo que queda del argumento. En mi caso bastan tres a cuatro páginas para saber si la continuaré leyendo, si una obra vale la pena de leerse hasta el final. Pues bien, digo esto porque ya di ese paso decisivo de sentarme frente al ordenador y avanzar en un nuevo objeto novelístico, después de más de una década. Parte de un proyecto de dos novelas más, estando una, inédita, ya lista y esperando qué haré con ella. Para nada una trilogía sino tres novelas independientes. Conforman, eso sí, posiblemente, una nueva etapa literaria, robándole espacio y tiempo a lo que hago con más gusto y tal vez mejor: los textos breves.

 

A modo de información, incluido yo mismo, para dar por sentado que nace un proyecto ambicioso para lo que queda de este año y el próximo. Historias que caminan paralelas sin entremezclarse. Es solo mantener sobria la idea y se puede trabajar dos obras al mismo tiempo y en espacios distintos con soltura. Vamos a ver cómo se desarrolla hasta evaluar el producto terminado. Antes debo solucionar un asunto de importancia y luego de lleno a la escritura. En una me interesan los personajes y en la otra el entorno físico, indicando que ambos aspectos pesan en el contexto general, por supuesto. Tal vez me refiero al énfasis.

 

Me escribo con varios países en este momento. Nutriéndome de ideas, historias, recuerdos, libros, chismes y demás. Pasando de Brasil a Argentina, de España a Cuba. Mientras tanto veo en televisión los siete días de viaje del Transiberiano. Podría resultar una pesadilla, cierto, pero la belleza se impone al terror, siempre. Ed y Stephanie lo tomaron en Tashkent, si no me equivoco. A la proverbial hermosura de las mujeres rusas se oponían sus deplorables pasteles de carne. Comí uno similar en Kharkiv, en un restaurante mínimo y asiático donde las dos dependientas de alguna de las naciones del Asia Central no paraban de reír. Mucho sabor no tenía a no ser con una extraña salsa añadida con los secretos de la gran estepa. La guerra no había comenzado y el camino a Belgorod estaba siempre expedito. Tiempos que no han de volver, más que seguro.

 

Mejores páginas de Olga Nawoja Tokarczuk, vaya placer. La Polonia que retrató muy bien James Michener y que he seguido desde muy joven en su historia y letras. No por ser reiterativo pero en la cima de la gloria continúa la trilogía histórica de Henryk Sienkiewicz que nutrió a un niño de once años en los misterios del este. Nunca logré, y no quiero conseguirlo, evadirme del embrujo de la Europa oriental y central. Aún la sigo, la he visitado, he caminado las calles y visto las tierras negras entre bosquecillos mientras me adentraba en la infinita llanura. ¿Por qué hablo de ello cuando hablaba de mis novelas en ciernes? Porque vivo en el asombro, me nutre, y aunque mis obras en trabajo ahora no tengan nada que ver con aquella geografía la belleza flota en el ambiente y alimenta. No que todo vaya a ser bello, lo dudo porque no reflejaría la realidad que vivimos, pero se debiera comprender lo que afirmo.

 

Se arrima un período de productividad, lo presiento, ajeno a lo que pudiese ocurrir alrededor. El departamento está solitario, hay mucha paz. Analizo los pasos erróneos de mi vida y poco a poco voy enmendándome a mí mismo en una labor que debe destruir el mito de Sísifo. El drama de Ayax Telamonio, contado por Sófocles, de arrojarse sobre su propia espada en horrible decepción no lleva a nada, a lo sumo a quedar retratado en tonos rojos y negros en ánforas enterradas en el centro de la tierra. A veces aparecen una y otra y quedan detrás de lujosas vitrinas para que se pueda observar la tristeza desde afuera. ¡Pobre Ayax, el más preclaro de los aqueos junto a Aquiles y Diomedes Tidida! Nunca ya volvería a ver su tierra; hay una profunda enseñanza en eso.

 

La montaña está tapada, no se la ve, ni los bosques del parque Tunari. Los yaguarundís, llamados antes onzas, vagarán entre arbustos creyendo que todavía vive la noche. Ya muy arriba, cerca de la cima, a pie de la pirámide mítica de la infancia. Nevada de la Asunta que estaba programada, anualmente, para el quince de mes. Viene extendida por casi una semana ya, dando alivio al desierto que persiste en el aire. Se extinguen los gritos de los bailarines y la lluvia ha anulado sus extravagantes ritmos polvosos. Asoma, como siempre, el silencio luego de cualquier debacle, trágica o festiva. Las enamoradas lloran el abandono de sus amantes viejos y estos se protegen detrás de muros para que no los arrebate consigo el asesino viento de agosto.

 

Tokarczuk, Sienkiewicz, los tártaros que vienen de la estepa y gritan igual a aves de rapiña. El placer de la literatura. Dice Mercè Rodoreda: “Y con el corazón lleno de cosas que temblaban como las estrellas en la noche me quedé mirando al mar y a la oscuridad que lo iba cubriendo”. Así estoy yo, contemplando el gris de la tormenta que ha escondido todo. En vano frotarse los ojos, es lo que es, no hay engaño.

 

 

Suena el freír de huevos, rodajas de tomate caen sobre el hirviente aceite. Sensación de hogar, de protección ante la feroz intemperie. Preparo el día con sus labores necesarias. La tarde asomará con siesta recién descubierta luego de tanto trabajo Después a escribir. Escribiente escribiendo. Ojalá no cambie el rictus de la llovizna y preste a la casa la sensación de abrigo.

 

Una suerte de propio Transiberiano, el tren que no tiene fin, el viaje que más que una anécdota deviene destino. He recordado a César Vallejo, lo hago a menudo. Se dice melancolía cuando debiera decirse empeño.

 

Comienza el día, “aún alucinado” añadiría Silvio Rodríguez. Todavía no alucinado pero siempre alucinante, digo. Debajo de las cuentas  de luz se puede ver la portada de Don Segundo Sombra. Ahora sí, nostalgia plena…

18/08/2026

 

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Imagen: Jan Matejko 

Friday, August 14, 2026

Mirando el Escambray


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Irina a sus 35. Foto de Poltava. A medida que voy limpiando el ordenador aparecen fotografías y textos, videos. Cuba el 2010 y el 2011. Observo el Escambray. El bosque va poniéndose sombrío. Pienso y guardo mis pensamientos. No sea que me enfrasque en otra discusión como con aquel izquierdista brasilero que alegaba puras insensateces. En el marco del viejo hotel de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí en el Vedado habanero.

 

Con el mentado intelectual, me hubiese gustado conversar sobre Luiz Carlos Prestes y la Columna, a pesar de que mis referencias sobre el caudillo provienen casi exclusivamente de Jorge Amado. Pero terminamos hablando sobre los aymaras y si se puede considerar capitalistas a aquellos potentados de ciudades como El Alto. Generalidades y lavado de cerebro. Me recordó una breve conversación con el cura Albó que tuve en Nueva Orleáns y de la cual huí por el peso más que ideológico que cargaba consigo. Me cansan estas cosas carentes de crítica. Preferí sentarme en el parque Audubon y sentir el contradictorio aroma del Mississippi. Me esperaba una cama de hotel antiguo en medio del parque, con columnas y toldo casi medieval. No perdería el tiempo con discusiones interminables sin solución. Al menos eso recordaré de Rosa Luxemburgo y sus colegas.

 

Mi amigo Chino elogiaba a Preobrazhensky y Karl Rádek. Tenía visión sesgada del asesinato de Kirov. La juventud es locuaz y ama contradecir, algo que no haría ahora, perder saliva intentando mezclar aceite con agua y no lograrlo. Pero, claro, afirmar que no vale la pena entrar en discrepancias de este tipo sería temerario pues implicaría la ausencia de una posible sana discusión. Simplemente ya no creo y prefiero mirar el cerro que arde otra vez a manos de los “hermanos” que se supone defienden la naturaleza.

 

Luego, en la calle, observo el deseo insano de mis “congéneres” conduciendo automóviles por aplastar a los transeúntes de a pie. Cierta vez cruzaba yo la avenida para entrar al cementerio cuando vi venir una camioneta a toda velocidad pero todavía lejos. Noté la desesperación de nuevo rico del chofer por llegar a mí y hacerme volar (hasta ahí hemos llegado). Entonces, si yo hubiera tenido un arma de fuego cocinaba a todos los del vehículo a tiros. ¿Querían matarme? Pues muéranse. Estamos lindando con Bosnia, Ruanda, Somalia. Y adrede. Cuestión de tiempo para el estallido racial. En tiempos en que ya resulta obsoleto hablar de izquierdas, derechas, socialismos y fascismos. No cabe dentro del espacio de odio ya creado y que tendrá que seguir su proceso histórico de tragedia. No me las doy de augur, el asunto es muy obvio.

 

Observo el Escambray y la turbia historia de la post-revolución. No hemos aprendido nada y empeoramos día a día hasta toparnos con bestias antediluvianas como Daniel Ortega y señora bruja que exceden a sus antecesores a los que combatieron. Imperio de la Santa Muerte y los óbolos sangrientos.

 

Estoy haciendo lo que menos quiero. Desperdicié años escribiendo en contra del supremo líder. Me leían mucho, por miles. Me amenazaban también. A estos les respondía que me haría collares con sus orejas a manera de Vietnam. ¿Sirvió? Para nada. Pura inútil retórica que los años enterraron. Valga como práctica literaria, me justifico a mí mismo. Prefiero esta paz que no sé cuánto ha de durar. Mientras dure entonces. Los caballitos de Troya, ahora que se ha puesto de moda Ulises otra vez, van posicionándose. Aún como juguetes, inofensivas piezas casi infantiles. Se verá si tengo razón; ojalá me equivoque, por Dios vivo. Suelo ya no enojarme y menos desesperarme. Stevie Wonder canta una alegre bailable canción. Con ella me distraigo y con páginas y páginas que he redescubierto con gran contento.

 

Bakú, Batum, Tiflis, sigo el periplo de Fedor Chaliapin por lugares que visitó Gurdjieff y que lo haría Ordzhonikidze. Yo y mis fantasmas. Senderos que no he visto y que sin embargo me encadenan con júbilo o me confunden. Volvemos a los clásicos, a la nave Argo navegando por los turbiones del Caúcaso. Preciosa manera de distraer las prietas nubes que se ciernen. Y no hablo de la nevada de la Asunta que ya llega sino del futuro de esta región, no diré país, llamada Bolivia.

 

Leo ahora líneas notables e inéditas de alguien. Amplían mis horizontes; son, a cabalidad, flamígeros caballos de Elías para quienes no existen fronteras ni en el cielo. Para escribir de tal forma hay que habitar en el más lúcido trance, así parezca una contradicción. Mi amigo, el Arcángel, diría que narra un viaje de hongos alucinógenos en los que él es maestro. Lo onírico y lo transparente. Quién pudiera trasladar eso al febril y sucio cotidiano.

 

Madame de Staël dice: “los polacos aman a su patria como a un  amigo desdichado”. Si pudiésemos amarnos de esa manera… Pregunto si sobreviviríamos a lo ocurrido en Polonia o desapareceríamos granos ajenos de perdido polvo. Nunca lo sabremos. Un imperio se deshizo en el Ande con la velocidad de un rayo. No se pueden considerar los estertores como supervivencia. Desapareció por males que aún nos aquejan a activa velocidad histórica.

 

Dormito. El bus va y viene del hermoso pueblo de Trinidad en la isla. Los fierros herrumbrados de Playa Girón andan dispersos. Como la historia. Ya a esta hora la sierra del Escambray semeja una sombra, el lomo de algún ser mítico dormido. Pensar que de inmediato se comenzó a matar camaradas, cuando nadie lo hubiera siquiera sospechado. Los héroes retornaron al polvo con fragilidad bíblica. Quién maneja los hilos de esta rueca bromista y cruel.

 

Los márgenes del monte van alejándose y el mar crece del lado izquierdo en el retorno. Dudo que vuelva por allí. Pasaron quince años. Pero lo vi. Hermoso incluso con macabra vestimenta. De verde a verde oscuro, casi igual a la vida misma. Drama en los pasadizos heroicos; tristeza en la manigua. Sucedió y puede volver a pasar. La dinámica de los pueblos no se maneja según el razonamiento sino por impulsos salvajes. La nunca olvidada invasión yanqui es solo eco enardecido del viento. No existe más.

13/08/2026

 

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Imagen: Wilfredo Lam

Sunday, August 9, 2026

Pequeños grandes placeres


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Sentarse ¿qué día era? en la plaza principal de una ciudad que fue pequeña, y que se restringe ahora a mis gustos, eludiendo la urbe extendida al sur, hacia otrora campos de cultivo y bosques preciosos. Dominio del yermo, del polvo, del avasallamiento de tierras también y la falta de políticas públicas urbanas y rurales, aparte del eterno desgobierno de esta tierra huérfana. No Man's Land, ya sea la región desconocida o la que al no ser de nadie supuestamente puede ser tomada por cualquiera. Vaya con los pequeños grandes placeres…

 

Sentarse, decía…

 

Recorriendo libros usados en puestos de calle, he ahí un placer; discurrir por volúmenes leídos hace décadas de Dominique Lapierre y Larry Collins. Treblinka, de Jean-François Steiner. Paso un par de Solzhenitsin. Los miro porque siguen siendo un portento. Muchas obras nacionales, algunas de educación cívica y leyes. Históricas y pseudohistóricas. Colecciones Reno y Arca de Papel.

 

Converso con Richard y pregunta de mi sobrina Zara. Le cuento que la visité en Lyon el año pasado. Y a la bella Renata, su hija, y a Pedro, su esposo. Mi hotel estaba en medio del barrio árabe a unas cuadras de su edificio, antiguas piedras convertidas en departamentos más o menos modernos. Francia no es Estados Unidos. Ni viceversa. Cada cual a lo suyo.

 

Cada mañana dejo el hotel y al salir torno a la derecha, camino veinte metros y entro a un local argelino de medio pelo pero con una exhibición de comidas fantástica. Dulces, aunque la mayoría saladas. Nada mejor que café con leche y pizza sintiendo la brisa del Ródano. Hay otras opciones cuyos nombres ni pregunté. Lo visual me decidía y no me equivoqué ni una sola vez en los días que estuve. Por supuesto no hubo problemas de discriminación y caminaba entre ellos como otro más. Con parada obligatoria, cerca de la entrada del metro, en la tienda de recuerdos ucranianos. A decir verdad no veo el llavero con el mapa de Ucrania que colgaba de la oreja de mi caballo persa. Extraño. Poca gente entra aquí y menos se interesan por la estepa y el mar Negro. La muchacha que limpia lo habrá cambiado de lugar. Desde la boca del metropolitano se ve el río, uno de sus puentes principales. Los expendedores ni siquiera me ofrecen droga, perder pólvora en gallinazos. A veces cigarrillos Marlboro contrabandeados. Los cafés están llenos de hombres magrebíes, a cualquier hora del día. Me detengo a tomar un café que no impresiona, solo con ánimo de observación. Prosigo hasta llegar a lo de Zara previo sentarme en la cafetería donde pasa buen tiempo redactando su tesis de Ciencias Políticas. A pocos pasos está la Prefectura, el campo de tortura de Klaus Barbie. Luego cruzo el Ródano hacia la ciudad antigua y me pierdo. Tengo libros que he comprado allí y en Ljubljana para mi amor. Se cubrieron de polvo. Aleph.

 

La sangre gotea; gotea el agua. Hay cascadas carmesíes entre los hielos de la Antártida y lentos tiburones de mil años. Los caracales con orejas de ala de ave vuelan por el cielo para atrapar su comida. Gerbos y fenecos hacen huella sobre la arena. En eso divago mientras sorbo el brebaje ordinario. Me levanto y voy bajando por la vía del tren hasta donde se hace una curva. Ya veré qué almuerzo, yo que de comida de calle me he hecho fanático. Uno por pobreza y otro por sabor. Así fueron los años. Me acomodo en un banco y conversamos en español con un nigeriano que emigró al lugar. Cierta iglesia medieval atestigua este encuentro de extranjeros a un paso del Saona. Cuento las gotas de sangre y me detengo en veinticinco porque no hay lógica en mi acción. Caerá cuando tenga que caer y se vaciará mientras yo duermo.

 

Me he desviado tanto del tema a tratar. Parezco mi automóvil Subaru resbalando en el hielo de las colinas de Denver. En la bajada de Holly hacia la avenida principal. Pesadilla a medianoche, sin socorro ni testigos. Dando tumbos y rezando con que no se destroce una llanta. El perro lastimero ha comenzado a aullar, señal de mejor acostarse y leer más sobre Irlanda e Inglaterra del siglo XVIII, punto  en donde retorno a lo que tituló este texto. En Barry Lyndon, de William Thackeray. Leí su voluminosa novela La feria de las vanidades en épocas en que me nutría de Dostoievski y Hugo, de Walter Scott y Bulwer-Lytton. Hasta me acuerdo la librería en que la adquirí, en la avenida General Achá, antes de entrar a mis clases de francés.

 

Nada como los británicos para deleitar con la maestría de su prosa. Siempre es intenso, ya sea en Thomas Hardy o, como ahora, en William Makepeace Thackeray. Casi a escondidas llevé mi nueva adquisición y descansé en un soleado banco con un haz de sombra para cubrir las páginas y poderlo leer. Alrededor la ciudad cobriza, un Hong Kong andino de dimensiones cada vez mayores. Con el tiempo no habrá espacio ya para sentarse, lustrarse los zapatos. La multitud va tomando de a rápido cualquier rincón. Domingo en la tarde que solía ser tranquilo se ha convertido en una tromba humana que devora y caga, que besa y toquetea. Pueblo joven y cachondo, sin nada de inmaculado. Me guarezco en la casa del dios de los jesuitas y a la vera del santo guerrero leo en el celular mensajes y me nutro de bizarras noticias de esta rara geografía que me circunda. Vuelvo a Barry Lyndon

 

Ni hablar del filme que es uno de los mejores que he visto en mi vida y que tengo en los distintos formatos que la modernidad va creando cada vez. Obra maestra de Stanley Kubrick. Por ahora me quedo en la obra escrita, en el placer de verla entre montón de libros desvencijados. Y leerla, por supuesto, todavía hoy, días después, antes de hacer una tradicional siesta cochabambina olvidando los avatares de la supervivencia.

 

Uno que otro albañil trabaja a destajo. Prácticas estajanovistas que en la emigración servían de mucho, que se hacían moneda contante. Martilleo del trabajo que me suena dulce. Eco en las paredes de un gran departamento solitario. Fina ironía de letras isleñas. Llaman a  una modorra que ahoga el eco tenebroso de las huestes del cervecero Cromwell marchando y segando vidas.

09/08/2026 

Monday, August 3, 2026

Ventoso


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Gran Orquesta Brunswick, 1930. Tango. Ella y los escritos de Anna Politkovskaya entre el primer ventoso día de agosto. Maderos y cartones volando. Cochabamba es una urbe en construcción y nadie asegura, ni con sogas, nada. Todavía hay albañiles colgados de andamios sin protección. “Meterle nomás”, alta filosofía no solo de un régimen pervertido y carnicero sino de nuestra historia básica. Si una madera descabezara a un transeúnte la respuesta popular sería: para qué camina por allí con viento. No prisioneros; aquí no se toman prisioneros. Sálvese quien pueda. Que en alta mar más seguro resultaría que lo devorasen sus congéneres que los tiburones. Da para pensar. La periodista rusa devana su pensamiento en otra sociedad también conflictiva: la chechena. Sabe que ello ha de costarle la vida y continúa. A su modo es Marat acuchillado todavía con pluma en mano. Salvadas las diferencias, por supuesto.

 

Esta tarde hablé con tenderos, porteros, di una mirada a mensajes y respuestas. Algunas páginas mientras espero en la clínica acerca del “último” combate de Lenin, según lo retrata el historiador Moshé Lewin. Casi una momia, Vladimiro Ilich, tan lejano de la estación de Finlandia, de Zurich y de Inessa Armand. No sé si en mi viaje de mayo pasado atravesé por Zurich. Estaría dormido. Recuerdo las moles de hielo en Lausanne, las callecitas de Ginebra y pare de contar. Hasta Austria y una preciosa confitería-cafetería para los viajeros que se detenían allí. Como nosotros en el pretérito, en Challapata o Patacamaya: un pedazo de queso, pan, café pasado y servido en desportillados vasos de metal. Luego de Eslovenia, la sombra de los Balcanes: Jasenovac…

 

Frío. Viento de agosto que corre cargado de muertos. Imágenes del film La Odisea, de Nolan. No lo que me hubiera gustado pero hay mucho trabajo en él. El caballo de Troya, semienterrado en la arena, pequeño, me recordó los corceles congelados del lago Ladoga en Kaputt. El “rubio” Menelao de Homero perdió el cabello. Y otros detalles. Entretenimiento, vale, así sí. Como cuando décadas atrás escribí un artículo acerca de una novela de Joseph Kessel y los cazadores de rubíes de Birmania y el valor de la literatura como entretenimiento. De Kessel tengo memoria en La estepa roja. Observo el mapa de la Carta de Asia clavada en mi pared y las grandes extensiones por donde cabalgaban cosacos errantes. Épica, siempre épica.

 

Una postal, supongo de los años 50, marca una página de los Cuadernos de infancia de Norah Lange. Es una viñeta de Navidad. Eso, junto a la aventura de Ulises y tanto más, anota que vivimos hoy y también bastante de ayer. Norah y sus amigas ¿hermanas? se retiran a sus dormitorios cargadas de regalos envueltos en papeles multicolores. Así persiste Telémaco, hijo de Odiseo, en los escritos de Fénelon. Hablo de 1970 o por ahí. Han corrido los agostos desde entonces arrebatando las ánimas de los ingenuos y los no precavidos. Habrían de amarrarse, para sobrevivir, a cualquier columna colonial y no escuchar a las sirenas. Hay, en Norah Lange, cierto aire escandinavo. No quiero siquiera preguntarme el porqué.

 

Anoche ya era noche extraña; esta también. Nada de plagada de fantasmas ni subrepticios misterios sino la ausencia de sombras que tiene la oscuridad. He descendido los cinco pisos y los volví a trepar. Dando miradas de reojo al cascarón del edificio contiguo con todavía vacíos ventanales y vanos abiertos que permiten ver el otro lado, una suerte de luz de la avenida Juan de la Rosa, manera de matizar el silencio. Fui pasando los posibles documentales o películas a ver y me decidí por no sentarme allí. Estaba Macedonia durante la Primera Guerra Mundial y tigres del Amur. Gatos de Pallas y el Tapón del Darién. No, me convencí, y me incliné a teclear generalidades sobre el recuerdo. Agamenón no era esa figura de negra armadura y trenza de oro. “Una bruma sombría oprime su casa”, escribe Esquilo en la Antistrofa 3. Tocan las diez en el muerto Barrio Chino de La Habana. Las diez en las heladas piedras prietas de Ellicott City, Maryland.

 

Hay un bulto acostado sobre el lado de mi cama, como si alguien durmiera allí. Djinns de la memoria, hasta perfumados. Ganas de leer a la Szymborska pero más a la Ginczanka, el pabilo entre la vida y la muerte. Julian Tuwim escribe camino de la diáspora, rumbo a un Brasil en donde se había refugiado Stefan Zweig para morir. Elegiré versos de la Ginczanka entonces ahora que agosto parece de vientos fallecidos y ni brisa mueve hoja de árbol ni brizna de pasto.

 

Estás en la terraza tomándote selfies con símbolos de destrucción detrás tuyo: cielos de polvo marrón, vacías botellas de plástico que al chocar con las paredes suenan como accidentes.

 

El tiempo se ha adelantado por diez y nueve minutos. Mi hija Aly ha cumplido ayer treinta y tres. ¿Qué me pedía cuando era niña que le cocinara para su cumpleaños? ¿Ravioles con carne? ¿O fricasé? No me acuerdo, qué pena. ¿Qué me pedía Emily? ¿Arroz con pollo? Fabricaba espacio en mis veinte horas de trabajo diario y aparecían humeantes platos cargados de amor de padre. Era entonces. Lo sigue siendo en flotantes cocinas ilusorias.

 

Suena un televisor en portugués. Cuando salí del departamento dejé ya en el segundo tango a la mítica orquesta. Tengo la costumbre de no apagar el aparato y permitir que ellos, los míos, los que no se ven, bailen en paz hasta que se extinga la música. “When the music's over, turn out the lights”. Pero es de mañana y no hay luces encendidas…

 

Doblo la ropa lavada con parsimonia. No todo es arte (o quizá). La chica de la limpieza corrió las últimas gradas y abandonó el edificio. Se refugió en la moto de su hombre y se despidió agitando el brazo trabajador. Quiero sandías y duraznos y apenas queda una mandarina del Luribay. Ya sé qué haré a las nueve, entre el colorido del mercado, seleccionando frutas. Me pregunto si se han disipado los tristes poemas de las polacas. O están tan solo escondidos entre las ruinas hititas de aquella costa que finalmente no vi.

03/08/2026

 

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Imagen: Maurice Denis