Claudio Ferrufino-Coqueugniot
¡Jácaras! Increíble música del barroco español de siglo XVIII. En guitarra, de Santiago de Murcia. Compré el disco en Denver, hace tiempo, cuando retornaba de Betanzos en Galicia. No lo había vuelto a escuchar desde entonces, desde los largos panoramas de la ciudad de Aurora y sus amalgamas de riqueza y miseria hasta este quinto piso propio en la tierra de mis padres, sobre su arduo trabajo y el crecimiento de seis niños. Jácaras de melancolía en el crepúsculo, con tintes de Proust y violentos cielos de Turner. Introducción musical al sentarme a escribir acerca de la relación de ella con mi literatura, del juego impasible y silencioso que sigue escurriéndose entre mis letras. Ora sangre ora lágrima si hemos de conceder espacio a Lorca. Dejar como un filme que corre la Costa da Morte delante de los ojos, las estáticas vacas, naranjas y salvajes, de las montañas movidas por gigantescos molinos de metal. En el tocadiscos, McEnroe y Diego Vasallo. Y tú, el 15 de marzo, cantando au plein air al primero de ellos en tus periplos amatorios. Vaya si tiene la música espacio en la memoria y la página. De privilegio y de eternidad.
Jácaras.
Casi como jacarandá, el árbol favorito de mi madre. Calles tiznadas de violeta.
En el norte argentino y dónde más. Con el dedo sigo la campaña de Tupac
Yupanqui cerca de Añatuya, en el ancestral Santiago del Estero. Iría por esos
derroteros luego de pasar por los bosque de machu coca en los yungas de
Vandiola y Arepucho. Cómo aglutina el sonido de las guitarras, mixtura y
conjunciona la historia con habilidad cocinera. Añatuya… nombre que evoca hasta
diría demasiado. Vasta geografía aquella del norte donde habitan los “coyas”.
Lo vi en las estribaciones que bajaban al río San Juan del Oro y en la agreste
Catamarca. O las zonas de la guerrilla en Tucumán donde por las noches todavía
se escucha desfilar a los sacrificados con banderas incoloras ya. Vivas al
vacío, arengas perdidas en la hojarasca. Continúan los campos de interminable
caña de azúcar, naranjales y platanares. Caminan con garbo enormes chajás.
Halcones.
Alessandro
Scarlatti: Salve Regina. Tuve una
versión, perdida ahora, que nunca más encontré. Igual a los amores imposibles,
música de inmensa tristeza y sin embargo… Ese disco acompañó la escritura de
innúmeros textos, de esos que voy acumulando en compilaciones. No hay rastro de
cuáles y menos del disco compacto con su magnífica solista. El recuerdo es
tenue, sutil, suave, persistente, doloroso y alegre. Memoria de una muchacha
esparciendo perfume alrededor de su cuerpo. “Macumba”, afirma, pero huele muy
bien. Así traiga consigo imágenes del Orfeo
Negro que aterrorizaron mi niñez. Me viene a la mente Recife pero también João
Pessoa, a orillas del Paraíba, y el mito de sus mujeres apenas vestidas y
comiendo con desparpajo gigantes camarones en salsa picante. Amarelo manga (Amarillo mango), gran cine del Brasil, en Recife por cierto. Cine,
otro de los grandes nutrientes de mi literatura. Sonido e imagen, más que
información y planes de armado. Mar de emociones. Afrosound tocaba la canción
del mismo nombre, colombiana supongo, que bailábamos en los gloriosos años dos
mil, inicio del mundo cuando esperábamos el fin de él. No venía Almanzor sino
el amor.
Bueno, seré
específico ahora, detallado si me es posible en la dispersa mente que me
domina. Escribí mi primera novela, El
señor don Rómulo, bajo el influjo de la música, sobre todo de la cueca
antigua, boleros de caballería y tango anterior a 1930, mi preferido. También
con forró clásico, Luiz Gonzaga y Dominguinhos. Hay páginas que anotan nombres
para recordatorio. Libro construido con música. Remembranzas de mi padre
Joaquín e imaginar un mundo que si no había perecido ya, agonizaba. Somos, tal
vez, la última generación con herencia rural en el espíritu. La Guerra del
Chaco y la Revolución Nacional marcarían los hitos fúnebres de una época.
Quedamos nosotros, los de los años sesenta, permeados de rabias y nostalgias,
del encuentro forzado de dos mundos después de multitud de décadas pasadas, entre
los remanentes de idiomas no nuestros y la novel modernidad que muy moderna no
fue. Así se fueron armando sus páginas, con sombrereros locos y cerros pelados tan
tristes. Padillita, cueca tocada por
don Fidel Torricos, muy marcada en la memoria de las horas sentado en la novela
que viajaría a Cuba llena de esperanza y repentina gloria. Sed de amor, obras de Simeón Roncal y ritmos de sepelio en los
boleros de batalla. Habitación cubierta de mortajas, todo recordaba a muerto,
las flores muertas, perecidos poemas, autores rusos exterminados por la
revolución. Y la cueca, larga, maravillosa y letal.
Salgo a
caminar que la noche se hizo pesada.
La segunda
novela, El exilio voluntario, tuvo
otros matices musicales. Creció con el rock alternativo, entonces en auge, la
maravilla del post punk pero también música latinoamericana. Guarda aristas,
vértices de ritmos diversos, culturas expandidas por el mundo, desde África
meridional a la canción francesa. Tracy Chapman, el rock que tocaba la radio
entonces mientras pelaba brócolis o escogía hongos de clase A y B, asuntos
reflejados en un texto con mucho autobiográfico e intensamente decorado de
músicas. Los primeros discos compactos: Bob Dylan y los Rolling Stones, The London Years, el descubrimiento de
The Clash y tantos otros. Además de oídos acostumbrados ahora a música
medieval, renacentista, barroca. Más durante mi segundo matrimonio; el primero
fue de lucha despiadada por la vida; el otro más tranquilo, no con más tiempo para
escribir pero mayor calma. Trabajo nocturno, siempre, pero horas con la radio
encendida o el tocadiscos “playing” las últimas cosas que había encontrado en
mis búsquedas de novedades. Logré reunir unos seis mil discos. Perdí muchísimos
en las usuales diásporas gitanas. Pero escuché cada uno de ellos, más la música
acumulada en el ordenador que equivalía a cinco años de sonido, día tras día,
veinticuatro siete como dicen en los Estados Unidos. Para ello me nutría de
bibliotecas, de las posibilidades del sistema de prestarse de forma gratuita
infinidad de cultura. La aproveché, por supuesto, y las hojas se hicieron casi
treinta volúmenes, más de la mitad publicados hoy. Larga obra, casi una docena
de ladrillos de largo. A su manera, una construcción. Eso dejo a las llamas del
olvido, al menos para una cálida noche de San Juan, que ya se viene en este
junio. Y que me hubiese gustado pasarlo contigo ya que te hablé de “han matado
a mi padre, por qué será, han matado a mi padre en la noche de San Juan”.
Iba a poner
un tercer disco, algo actual, pero pasé una hora escuchando historias del
conserje de mi edificio, conversando acerca de la tristeza con mi hermana,
ahora que ha fallecido de ella la autora de Persépolis.
No hay tristeza que valga, me dice, menos de aquella ilusoria. Me guardo la
opinión y no busco otra música, permito primar al silencio, la brisa fresca de
la cordillera cercana. Por sus alturas y vericuetos vagan onzas, tal vez hasta
algún puma. Quisiera ver sus ojos brillantes pero me encuentro muy lejos aunque
pueda tocar casi el cerro con las manos.
Saco un
dulce, colorido salvavidas que me envió Emily, de encima de un libro sobre
exploradores y descubridores de Bolivia. Creo que no lo he rotulado aún, lo
haré apenas termine este encargo escrito. Luego películas. Aguarda por mí una
georgiana del tiempo ruso. Alterno con vista de los fuegos sagrados ucranianos
en San Petersburgo, en la base naval de Kronstadt para hacer pagar al oligarca
del Kremlin por la sangrienta represión de 1921. Música rusa, eso olvidé, de
permanente presencia en mis letras, así sea ucraniana mucha de ella y gitana
aún más. Chejoy y Turgueniev. Cierro por segunda vez el libro de memorias de
Konstantin Paustovski cuyo primer tomo adquirí en La Coruña de anciano
recuerdo.
Mi última
novela, aún inédita, y esta otra que preparo vienen cargadas de música también.
Demasiado pronto para hablar de ellas mientras no se consoliden en libro. Por
ahora aguardo la publicación de mis tres últimas compilaciones, entre viajes,
amores y el conflicto armado del mar Negro reviviendo mitología griega. Ya no
se hacen vasos de homenaje como el de la muerte de Ayax o Aquiles con
Pentesilea. Pero a pesar de que la poética nos va abandonando más y más todavía
suena en casa la rebetika del Pireo y Tesalónica, de triste abandono. Y, cuando
se puede, la gran Gladys Moreno que fundó partes importantes de El señor don Rómulo, junto a Noches del Paraguay en voz de Ramona
Galarza, no menos importante.
El amanecer
comienza mientras escucho relatos de los burdeles de Pedro Juan Caballero,
ciudad paraguaya, y la actividad sexual de cada media hora sin parar por doce
horas. Anoto, siempre habrá lugar en mis libros para historias de lucha humana.
Lo aprendí en Víctor Hugo con la de Fantine.
Tarde ya para que suene la música. Medianoche y los vecinos duermen. Suena bachata por ahí, significa que caminamos…
06/06/2026
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Publicado en Revista 88 Grados
Imagen: Caravaggio

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