Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Hoy mi madre hubiera cumplido cien años. Tanto por recordar, pensar en nuestras largas conversaciones por teléfono en los lustros en que no estuve, cada día. Excepcional. Juan Ramón Jiménez, la literatura gauchesca, Romain Rolland, Rilke, Borges, Eduardo Mallea, Norah Lange, Cuán verde era mi valle, el Romancero español… todo se lo debo e infinitud más. Tango, vidala, zamba, baguala, chacarera, su intenso amor extranjero por Bolivia a donde llegó en el caos de 1954 para crearnos. Viajamos mucho, era decidida y valiente. El tierral de Yacuiba, la inmensidad de Orán, los fatídicos trenes en medio de los cañaverales de Tucumán, una y otra vez extensos periplos entre Bolivia y Argentina. Frágiles botes cruzando el Bermejo, helada de los vagones rotos de Potosí, el llanto de los niños y ella, con frío también que callaba, envolviendo los pies nuestros con papel periódico para guardarnos. Amaba la llajwa y luego de unas semanas en Córdoba siempre deseaba regresar a “su Bolivia”. Media hora antes de morir, sentada en su cama y con almohadas detrás, leía a Roger Martin du Gard. Llamó a mi padre en el último instante: “Joaco”… Y se fue. Con ella las hermanas Brontë, el divertido Chichikov de Las almas muertas, Ricardo Güiraldes y Alejo Carpentier. Milonga, cumbia, taquirari, cueca, chamamé y bolero. Permaneció el silencio.
Por mi
ventana se ve el Tunari, sendas de sus infatigables caminatas, frágil mujer de
acero.
Ayer,
cumpleaños de mi primo Jorge, Jorgito. Cochabamba se va haciendo ajena. Íntima
todavía pero ajena. El calendario se va marcando de muertos. Los números de
color rojo que representaban feriados hoy muestran ausencias. Bienvenidas, son
parte del aprendizaje, de la dinámica del recuerdo y la tristeza cuyo fin es la
alegría. No hablo de vida eterna ni de redención divina sino de otra cosa.
Luego de más de seis décadas comienzo a pensar con seriedad en los consejos de
Alicia, ella, notable lectora, educadora y poeta, acerca de mi escritura. Vaya
percepción la suya. Es una manera de eternizarla, en la búsqueda de la forma.
1925. Se huele el río Paraná.
Mucho se
podría escribir pero lo mantengo breve. Aprendió a tejer a mano a usanza de los
nativos de Ayopaya. Pintaba. Nos sentamos en Ojo de Agua, frontera entre
Córdoba y Santiago del Estero, a comer chivito asado. Era alegre y cantarina.
Musicante. Eterna novia escapada de los cuadros de Chagall hacia las agrestes
montañas. Sin miedo. Sonreía. En Brasil, en Lesotho, en los Estados Unidos…
09/12/2025
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Imagen: Ciudad de Rafaela

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