Friday, March 20, 2026

Travnik, Ivo Andrić


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Tropiezo en las redes con la imagen de un libro de Ivo Andrić: Crónica de Travnik. Debo leerlo. Andrić es un autor de mi juventud. Leer Un Puente sobre el Drina me animó a escribir, cuando hacía columnas en Opinión, un texto que se llamó El arte de empalar. Tristeza de pueblos aquellos.

 

Pasé por Travnik en la primavera del 2025, a la hora del crepúsculo. Ello acentuó aún más lo gris de la ciudad, aparte de los sitios con recordatorios de masacres durante la guerra bosnia y que proliferaban por doquier. Buscaré fotos de entonces. Algún café con un puñado de parroquianos y focos de escasa luz amarillenta. Solo de pensar en bajar del bus y sentarme allí me dio escalofríos. Había algo maligno en el aire, en una Bosnia que era geográficamente soberbia pero con un halo, en partes, fúnebre. Cierto que en Sarajevo, a pesar de todo, aquello se disipó. La capital, hermosa, daba suficiente para no recordar el horror. A pesar de las paredes acribilladas por balas.

 

No hacía mucho en que aguardaba en Lyon para mi viaje a Ljubljana y en ese largo pasillo de espera entendí que partía hacia un mundo que todavía no se había acomodado de lleno en la modernidad, por falsa que ella fuera. Caminaba entre la gente, de fuerte presencia rural, y parecía estar en una novela del siglo XIX, o en el Yampol de Bashevis Singer. Por supuesto no faltaban bellas muchachas eslavas que hablaban en alta voz, pero eso no impedía la sensación de pretérito, de canastas llenas de pan y encargos familiares, de coles y repollos. No los vi, no miento, solo anoto mis impresiones. Al fin trepé al colectivo y enfilamos hacia la magnificencia de las montañas suizas, despidiéndome de cosas tan íntimas como la ilusión, sabiendo que quizá ya no habría retorno.

 

Pienso en anoche y sus presencias. La botella de Altosama rosé helada. El aire todavía húmedo por la llovizna, ruido de tacones altos en el pasillo, la boca de lobo de la construcción contigua. Sorbo la copa mientras agoto un documental sobre Rumania. Después el silencio, imaginados perfúmenes escurridos hacia los pisos inferiores en donde, siendo un edificio nuevo, no cabe el leve sonido de un roedor ni el reptar de los insectos. Luces  apagadas, oscuridad sin misterio, simples sombras sumadas al rumor de gente que duerme. No es Travnik, gracias a Dios.

 

Veníamos bajando de Banja Luka, otra villa de pesado ambiente. Como si ya el cuerpo estuviera dispuesto a replegarse por las cosas leídas acerca de lo que pasó en Bosnia & Herzegovina. Comenzó saliendo de Zagreb y en los carteles al borde del camino encontraba marcas sangrientas de la historia que nunca se me borrarían. Todo parecía tranquilo. Tanto policías croatas como bosnios sonreían en el puerto fronterizo. Con pasaporte norteamericano me dieron prioridad y tuve tiempo de observar alrededor. Quioscos cerrados por la hora que daban sosiego. Vida apacible entre vecinos que al menos se respetan. Se creyó así en el pasado y nada estaba más equivocado. Me comentaban los trabajadores bosnios en Denver acerca de batallas, escaramuzas, matanzas. Las mujeres callaban. Décadas antes de mi viaje, cuando en el Denver Post contratamos refugiados para que embolsaran periódicos. Más de una familia comenzó allí, con el pequeño sueldo que el inmenso diario de Colorado les proveía. Luego fueron disgregándose hacia mejores trabajos. Un par de ellos se hizo rico; de la mayoría no supe más, solo que en el exilio aprendieron a rescatar la idea de Yugoslavia con la que habían crecido. La guerra no logró destruir eso. Físicamente no se diferenciaban de sus “enemigos” serbios o croatas. Eran tan altos y tan rubios como aquellos. Vuelvo a Andrić, que en una voluminosa novela explicó cómo se separaron los señores bosnios, favorecidos por los turcos, de sus pares eslavos. En tiempos del emperador Napoleón Bonaparte.

 

En lo que vendría a ser la plaza central de Sarajevo, con un colorido puesto donde vendían granadas, fruta y jugos, entre varios bustos estaba el de Ivo Andrić. Le tomé un par de fotos y luego entré a una iglesia católica justo en la esquina, al parecer bastante antigua, y caminé por la parte que supongo era norte de los barrios, derivando una y otra vez hacia la zona de los cafés y bares que dan a Sarajevo una imagen preciosa y cosmopolita. 

 

Me llené de deliciosos chocolates allí. Buscaba algún regalo para llevar a Belgrado. Simplemente el paraíso, todo tipo de frutas cubierto por chocolate, a cual más rico. Me apoyé en un anciano muro de piedra, cerca de las leyendas en inglés que explicaban qué eran, y comí. Añadí un par de recuerdos para mis hijas. Quise comprar ropas exóticas para enviarlas a España. En las tardes de Sarajevo, a veces con garúa, emprendía el regreso a mi hotel, sito en las colinas desde donde los francotiradores eliminaban civiles que caminaban las calles cerca del río. En la orilla de uno de los puentes las paredes de los edificios mostraban huellas del feroz tiroteo. Impasibles, los muros, desgajándose al lado de un curso de agua color naranja, el mismo que subiendo hacia el centro tocaba la esquina del asesinato más famoso del siglo XX, el que inició la Gran Guerra. Pura historia; dolor por cierto. La mente clara a la vez que confundida. Un amplio dormitorio moderno y cómodo, breve intercambio con turistas de Europa occidental que hallaban los precios más que buenos. No estaban mal para mí tampoco. He conservado algunos billetes atractivos de marcos bosnios. Están dentro de algún libro que traía desde el principio del viaje, el que se iniciaba en un Finisterre.

 

Luego cruzar la colina y entrar en el Sarajevo de mayoría serbia, muy distinto al otro, sin mezquitas ni muecines. East Sarajevo rezaba el gran cartel. Usted está entrando a la república serbia de Bosnia Herzegovina. Devoré uno de los últimos chocolates y me acomodé en una silla de parada de bus a esperar el vehículo que me llevaría a Belgrado. Tenía un cuarto reservado en un hotelucho en la subida de la calle de Gavrilo Princip. La historia, la sangre me seguían. Ineludibles, palpables, presentes. Un gigantesco Cristo protegía la hoy abandonada estación de trenes, ya en la capital serbia. Edificios carcomidos, destruidos en partes por los bombardeos de la OTAN prestaban una imagen fantasmagórica del atardecer. En el hotel pululaban los hindúes; quizá eran pakistaníes, y se oía solo su lengua en la recepción. Mi dormitorio tenía dos camas y utilicé ambas. Al lado de mi ventana, dormitorio 6, había un banquito en que me sentaba a leer. Segundo piso. La recepcionista quería practicar su inglés conmigo y le contaba de las montañas de Colorado. Error común, preguntaba acerca del Gran Cañón que está en Arizona, pero de todos modos era agradable conversar con alguien.

 

He pensado en Travnik muchísimas veces. Y fue una sensación especial ver el Drina, ya casi dejando Bosnia, no tan intensa como cuando hallé el Dnieper en Kiev pero también agradable. Vaya con mis memorias literarias. Sirven de mucho, a veces colaboran con el contexto. Caía la noche y las blancas tumbas de los asesinados, en pequeños grupos, recordaban cómo prima el odio por encima de la belleza. Grande el contraste de la blancura de los nichos con la oscuridad. Tenues luces de neón apagado anunciaban restaurantes. Supuse que incluso la comida en ellos tendría sabor de tristeza.

20/03/2026

Monday, March 9, 2026

Sentarme en una plazuela después de cocinar


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No es que haya un vacío sino que el cielo está gris. Transito por la calle Aniceto Padilla como si estuviese internándome en la lengua de agua del río de la Gambia. Luego al Zaire en busca de las tribus enanas del Congo y los elefantes pigmeos cuyos blanquísimos colmillos semejan mondadientes de plástico.

 

Solo está gris, nada que ver con la tristeza. Tanto se ha perdido ya que lo abundante y nuevo colma las expectativas. No suena el Zambeze, es el Paraguay. Saltan pirañas de vientre carmesí; otras, más pintadas, vuelan y se transforman en cuervos tropicales, vestidos de etiqueta de profunda selva.

 

Leo a Peter Mathiesen, en parte diría sobre las huellas de Mungo Park. Lo alterno con Rage Against the Machine. Contemplo al vecino regando plantas del alargado patio, jungla particular. La pizzería de la esquina está abierta. Preparan su salsa base con kétchup, por eso no voy. Allí flamea una bandera amarilla azul amarilla que desconozco. No es de un país; pertenecerá a un club de fútbol.

 

En Kiev bailan bachata los que van a morir. Escribe Anna: nada nuevo, segundo bombardeo de la semana.

 

Muchachas sin rumbo me cruzan. No miran, carecen de pupilas, de cejas y brillo. Las vendedoras de achachairú ni les prestan atención. Va con la época, el ritmo malévolo de las redes sociales se apoderó de sus mentes, zombies con tetas, apenas tienen mirada para cierta lujuria de cartón, opaca como alabastro.

 

Cuarenta años atrás bailabas Paint it Black, de los Rolling Stones, aquí mismo, cuando esta vivienda era de un piso, antes de que fuéramos a Alemania. Y sería carnaval porque deambulamos de fiesta en fiesta, con Sonia ya fallecida hace tiempo, con su pareja. Mucho viento alrededor. Retomo este texto así porque la tarde cae en tenue lluvia, cielo grisáceo, ideal color de melancolía pero no, no es eso. Es contar las gradas de la escalinata, del quinto a la planta abajo y subirlas de nuevo. Solidez de la experiencia que carece de humedades lacrimosas. Bailabas, sí, y fue lindo también. La noche tendría tu silueta confundida con luz de luna y tu agua tornaríase de fría en tibia. ¿Y qué? ¿Acaso no suena la misma canción ahorita? Margarita de Valois continúa poblando páginas literarias; la película rusa en la pantalla tiene mucho de Turgueniev y algo de Chejov. Sin tiempo para lamentaciones. Amo estas historias de bucolismo prenapoleónico. A la sordidez del París de la bruja Catalina se opone el extraordinario verdor de la estepa primaveral. Sería Murat o sería Ney sugiriendo al corso acerca de la invasión. Muy difícil vencer el deseo de atrapar la infinitud. No otra cosa es Rusia. Extraña tierra de dioses que eran demonios y cavernas de sahumerios y contraluz. Claro, la sangre, siempre la sangre. Antes de los guerreros asiáticos cuando el hombre que sobrevivió al diluvio no pasaba de bestia enmascarada.

 

En Matanzas te compré collares de coral rojo, collares de coral negro. Y anillos blancos de hueso de cocodrilo, de aquellos de la ciénaga de Zapata. En lo que queda del barrio chino de La Habana indagué por antiguas miniaturas. Sabía que esta vez sería la última en que asomaba por Cuba. No estaba yo en vainas como las de Varadero y las playas. Prefiero la franqueza de un café bar de medio pelo en donde apuro vasitos de ron de Santiago. ¿Por qué escribir esto ahora? Porque lo pensé hace un par de días caminando por Cochabamba comprando fruta. Quizá los colores despertaron esa parte dormida de mi cerebro. ¿Frutas negras? Hay pitahayas oscuras también. Y así salió. Con memorias de un restaurante popular al lado del mar entre bajeles cubiertos de orín y tristeza de perdida cronología. Arroz, frijol prieto y cerdo asado. Y una lata de la cerveza que no era ni para ricos ni para turistas. Bebida de pueblo para pueblo. Como un flash se me atraviesan los montes del Escambray. Hay tanta triste historia, antes y post Batista, allí. Otro mundo impronunciable mientras permanezco en la isla. Tan barridas las calles de tierra de los pueblos de Cuba. Impresionantes. Decencia en la miseria o no entiendo qué desean mostrar. Se veía bien, por supuesto, y no había borrachos meando en las paredes con la linga al aire ni nada similar. Ni mierda de perro ni humana tampoco al paso. Ni Cochabamba ni Montmartre.

 

Algunas lecturas de viaje: Rosa Montero en Boston. Qué rojos se veían los langostinos en el mercado de productos de mar de la vieja ciudad. Esto lo digo yo, no el texto, parte de recuerdos del periplo por Nueva Inglaterra, cuando era joven y lovecraftiano.

 

En mis avatares semanales entre leguleyos agrarios tengo horas para sentarme en las plazas. Siempre con un libro que la mayor parte del tiempo no abro. Más interesante contemplar a la gente que sumirme en la ficción. Usualmente en el café con un cortado chico enfrente. Aunque he parado un poco. La última vez que vine acompañado fue con Carol. Por lo general en solitario. Sonrío recordando a mi padre que venía aquí, él que tenía tan bella sonrisa, afirmando que ponía cara de perro mientras bebía su café porque no quería que nadie se sentase con él. Él que tenía tan bella sonrisa. Por lo serio que era, quizá.

 

Los mismos parroquianos de siempre. Veníamos hace treinta años, más chico el lugar, pero bueno y aromático café, mixturas de los yungas bolivianos que se han hecho un espacio entre los baristas del orbe.

 

En el piso, el Diario de Irak, de Mario Vargas Llosa. Ideal para hoy en que los kurdos iraquíes comienzan a posicionarse de las montañas del norte de Persia, aguardando por el principio de su mundo y tal vez el fin del nuestro. Los raros leopardos del Caspio estarán ocultos ante la debacle. Soñé con este espacio a ambos lados, en las dos costas. Leyendo a Gorki e imaginando la extraña vida salvaje. Mar agitado, parece alta mar y es un gigantesco lago.

 

Hora de descender las trescientas escalinatas hasta la planta baja. Nada de Sísifo, alejado del drama. Un simple ejercicio de muslos y rodillas. Me sentaré en el sofá de marrón claro y continuaré con Hesíodo. Voy a abrigarme con el chaleco que me acompañó en tantos cientos de noches entre lechuzas y tormentas. Permanece, algo raído, pero cálido e íntimo como ya no suelen ser las mujeres.

09/03/2026