Thursday, April 16, 2026

El espectro de Bakunin

 


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Escuchando London's Burning por The Clash. Regalé este cassette a Ronald en 1990 en Dupont Circle, centro cultural de la capital, Washington. Era un lugar precioso, con disqueras, librerías, trattorias y mucho más. Allí obtuve mis dos primeros afiches que hoy, casi cuarenta años después, cuelgan de mis paredes: los ojos de Kafka sobre  Praga y una leyenda en francés: “Prague Ne Nous Lâchera Pas... La Petite Mère a des Griffes...” La pelirroja arrodillada, de Egon Schiele, cuadro de la Galería Nacional de Praga. Están intactos, a pesar de la diáspora, de tanto bagaje gitano que mi vida ha sido. Moverse entre continentes, entre ciudades, cada vez más numerosos, nosotros. Y ahí están, mudos y victoriosos. Y me sonríen. Y les sonrío.

 

Conocí a Judith, antropóloga norteamericana, sus trabajos en Terezinha, estado de Pernambuco. Su departamento de Adams Morgan, sexo bañado en vodka y frenesí. Ha quedado en las páginas de una novela mía. Habrá muerto, era algo mayor que yo. Hablaba de anillos ilusorios, de casa con cortinas blancas, de rubicundos niños que crecerían en la fe judía. Mucho para un estibador de camiones cuya mayor posesión era una chamarra de piloto en cuero marrón. No prosperó pero desollamos la piel. Ya casado, recibí una llamada suya y tomamos un café en Dupont Circle. Le conté de mi esposa noruega y hablamos de Lubicz Milosz y la selva lituana de donde provenía su familia. Alegué un malestar y jamás la vi otra vez. El metro de la línea roja sonaba chas chas. Dormité, enfilando hacia Arlington, Virginia, a nuestro estudio que visitaban bermellones cardenales y donde cantaban Bob Dylan y Mikis Theodorakis. Música medieval, renacentista, barroca, Hildegard von Bingen y Claudio Monteverdi. Terezinha y los estudios de antropología fueron desvaneciéndose. Lévi-Strauss también. Our house, decían Crosby, Stills, Nash & Young…

 

En un estante, un tallado en madera de un caimán verde.

 

Ah, memoria, sueles aparecer casi mustia y despertarte de pronto. Aprovechas la noche que por ahora está vacía. De entre esas memorias recuerdo un artículo del Financial Times, papel entre amarillo y naranja, que tenía los sábados el mejor suplemento cultural. Allá leí una magnífica reseña del Jardin des Plantes, en París, muy cercano a mis días franceses. La historia de Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, que lo dirigió en el siglo XVIII. Magnífico viaje en una página entera del diario inglés que recibíamos en el Denver Post donde yo trabajaba. Otra página completa en la cual un periodista relataba su viaje a Premujino, la hacienda donde nació Mijail Bakunin. Hablo de unos veinte años atrás. Ese bucolismo rural que tan bien conozco porque era, supongo, el de Cochabamba muy similar al de la campiña rusa. Parecido que ha sido arrasado por lo urbano, por el caótico y destructivo crecimiento de esta ciudad que ha cubierto de concreto tanta tierra feraz. No más Turgueniev por acá, no más Leskov. Solo botaderos de basura y la visión retrospectiva de lo perdido.

 

Premujino… Me machaca en la cabeza la idea de ir. E iré. La guerra del fin del mundo no es más que la guerra otra plagada de malos presagios que los pastizales han de engullir. Espero que el campo redima la vida y la estepa retorne a lo que era. Hay una tumba cubierta de flores que también debo visitar. Lo cuenta Chejov, tártaro de Taganrog, gloria de la literatura eslava.

 

La primera vez que supe de la Confesión al zar que escribió Miguel Bakunin fue en la biografía de E. H. Carr, voluminoso y precioso libro que regalé en los tiempos del amor, cómo si hubieran existido, cómo si existieran. Pero, bueno, está en la mente de todos modos. Jamás tropecé con la famosa carta, dos en realidad, a Nicolás I y a Alejandro II, donde Bakunin se confesaba y era duramente atacado por sus enemigos por ello. Hasta ayer que en una librería de viejo encontré la primera edición en español, la de Ercilla chilena, 1940. La he hojeado, leído el prólogo y la introducción editorial. Descansa aquí a mi lado derecho, a la vera de Dios dirían los creyentes, y no la tocaré hasta haber terminado este texto de impresiones. Hay mucha paz alrededor, incluso con el golpeteo incesante del martillo y el rugir de las batidoras de concreto. Leeré la obra enfrente  de una fantasmal, aunque sonriente, máscara punu y otra, negra y adusta, de los guro. Con Siouxsie and the Banshees y Macbeth.

 

¿Por qué he pensado en Walter Scott?

 

Mescolanza de años de aprendizaje, de libro tras libro, de desear mujeres que nunca estaban y soñar que un día podría escribir. Cumbres borrascosas, simas fecundas, prestándome títulos de  Emily Brontë y Augusto Guzmán. Está el volumen, a la diestra, como objeto de culto. Premujino en la imagen, la campiña soleada del periodista inglés, tan ajena a la explosión dostoievskiana que sobrevendría. Los días con Herzen y Ogarev en Londres. Kolokol.

 

Devoré aquellas voluminosas páginas, creo que en Grijalbo o Planeta, tapa dura. “Príncipe convertido en ácrata” rezaba la contratapa sin ser muy cierto. Venía de cierta pequeña nobleza pero no a la manera de Tolstoi. Fascinante vida, triste si vemos cómo terminó, pero era un hombre de tal dinamismo que no podía haber sido diferente. Guardaré la Confesión para el fin de semana, cuando cese el ruido del trabajo y el calor cochabambino se inmiscuya dulzón por las ventanas. Alguna vez pregunté a la mujer a quien regalé el libro de Carr si era posible rescatarlo. Creo que ni sabía de lo que hablaba. Un cuerpo masculino, cualquiera que sea y en cualquier estado aromático, evidentemente vale más que las páginas de unas memorias que considerarán obsoletas. Y eso era cuarenta años atrás. Hoy mejor ni imaginar, con profusión de instagramers de erección perpetua. Bakunin y Marx, cuán lejos queda aquello. El gran Alexander Herzen, el poeta Georg Herwegh, los ires y venires de la pasión entre los miembros de aquella notable sociedad. No lo merecían pero eran seres humanos. Las grandes ideas sirven y prosperan pero también lo hacen los prosaicos deseos corporales.

 

He leído de Bakunin su obra filosófica. Muero de ganas de entrar en sus palabras de hombre confesando una vida que fue riquísima y que pagó siempre mal. Como ruso se debía a su zar, es algo muy intrínseco para ellos, incluso en alguien del intelecto de este personaje. Sería incompresible para Marx, seguro, pero en el contexto suyo cabría perfectamente dentro de la idiosincrasia popular. Es Demetrio Rudin, por supuesto, en la novela de Turgueniev, pero es de igual manera el mujik que grita estentóreo en los tiempos difíciles del mil seicientos.

 

No pasará otra vez por mis manos aquel texto del Financial Times. Al menos lo leí, en la nevada Denver, cuando la casa tenía ruidos de familia y se olía el comino siendo esparcido sobre el puerco. El campo ruso, de intenso verde, la presente humedad de tierra sin sequía. Alguien se alojaba en la casa solariega entre la hojarasca, quién iba a creerlo, el revolucionario de 1848, del 63, adalid y mártir, incansable, ajeno al desasosiego. Ubicuo y feroz. Era Mijail Bakunin y ahora va de rodillas a confesarse ante los zares.

16/04/2026

Friday, April 10, 2026

The End


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

"Father?"

"Yes, son?"

"I want to kill you"

 

This is the end.  Viene ya, pronto. Ucrania va desarrollando tecnología letal. No en vano era el centro industrial y científico de la URSS. Magníficas oleadas de fuego naranja se posan sobre Rusia. Horrísona guerra en el Golfo Pérsico. No en silencio pero con poca cobertura mediática debido a ello, Ucrania va retomando las tierras de los zaporogos al sur, que siempre le pertenecieron. Pronto las bolsas de arena que cubren la estatua dorada de Majnó serán removidas. ¿Qué hacer con los rebeldes del Don? Aunque pocos quedan ya habiendo sido carne de cañón de entrada. ¿Enviarlos a la madrecita Rusia? Tal vez se van solos pero hay un serio problema allí porque también son cosacos. La geopolítica de los imperios creó tal confusión. Buena parte de territorio que hoy es parte de Rusia en realidad pertenece a los cosacos. Si viene la secesión de partes de la Federación tendrán que asociarse con su tierra ancestral, creando un poderoso cinturón de alto poderío militar en la región. El asunto puede derivar por muchos rumbos, algunos buenos, otros quizá atroces. Imposible saberlo todavía. El mar de Azov, hoy rodeado de tropas enemigas, posiblemente sea un lago ucraniano, por decirlo así. Rostov, Taganrog y Krasnodar han de ver otro panorama posiblemente.

 

Llegué a Ucrania de noche, bajando en el modesto y opaco aeropuerto de Odesa, viniendo de la opulencia del nuevo de Estambul. No importaba, para mí era especial, ningún lujo reemplazaría la idea de estar en la ciudad de Isaak E. Babel. Vi tantas cosas allí. Después fue Kharkiv y al fin Kiev. Atravesé el país y con el tiempo me detuve en Poltava, mítica ciudad antigua. No es que hoy parezca difuso aquello pero hay matices que semejan sombras. Estos años corrieron; el año anterior, el 25, fue especial. Deseché la idea de volver a penetrar en Ucrania por razones largas de explicar aunque no complicadas. Creo que estuvo bien. Las cosas se aceleraron, desarrollaron con rapidez. Aguardaba el bus que me llevaría a Sofía desde Belgrado y terminé tomando un vuelo en Munich con destino a Denver. Ya pasó, como tanto. Ahora intento ordenarme dentro de un país desordenado. No es culpar, para nada, pero lo imprevisible, lo imposible, son pan de cada día en la tierra del sol.

 

Comencé este libro, Escritos de la guerra de Ucrania, el año de la invasión, justo cuando planificaba un viaje que me llevaría al destino de mi vida, así lo creí. Tanto se ha desmoronado, desvanecida Irina el año 23, cielos grises y lluvias de acero. Aviones que nunca fueron y pesados silencios. Hoy, domingo en la noche, conversando un poco con mi amiga brasilera, le hablo de panoramas que no podría llamar sombríos estando tan iluminados por el fuego. La guerra se extiende; las fronteras se hacen más pequeñas. Ni hablar del lenguaje, básicos signos que utiliza esta generación para conseguir lo obvio y nada más, como si no existiera el futuro, como si no interesara. Quiebres como cuchillos, imperio de mediocres y falsos halagos. Si miro atrás, un par de años atrás, era distinto. Tal vez no, uno se va ofuscando. Lo real son las explosiones, bombas gigantescas con capacidades de dioses antiguos. Mejor cerrar las páginas apenas leídas porque luego no servirán más. El breve libro de Hesíodo apenas encima de otro acerca de los terroristas rusos (Stepniak)

 

Lo dicho, con la guerra persa, por así decirlo, más de fondo Noches de Moscú en voz de un magnífico tenor, ajusto las últimas horas del viernes. Me debo este texto final, el que cierra el libro, a pesar de que el combate continúa, desde hace un par de semanas. El prologuista aguarda, quiere ver los detalles para dar rienda suelta a su experiencia y conocimiento. Saldrá bien. No significa necesariamente un cierre; un alto, sí. Pensaba en Ucrania a orillas del Ródano en Lyon, cuando la lluvia me atrapó en la esquina de la calle de Thomas Bernhard, todavía creyendo en trepar el delta del Danubio en bote. Apenas un año ha pasado y el tiempo se ha hecho senil. Ni yo ni los cañones nos hemos cansado, ni tampoco los ojos que vuelan y matan, pero no hay opción, o lo detengo ahora o continúo en la trinchera del fin del mundo sin límite. Prefiero el optimismo y saber que estaré en la explanada de Kiev, debajo del alto ángel en la columna, festejando el fin que será el principio. Mientras un fantoche, en una lejana ciudad, se secará a la intemperie en su muy merecido castigo medieval. Entonces algo dentro mío tomará calma, sosegará el recuerdo y pondrá flores virtuales a lo largo de un río de la estepa central. Bandura, canten cantores, bailen gitanos, la noche no estará tan sola como hoy y habrá silencio engalanado.

 

Tanto se podría escribir para inventar un epílogo a algo que aún no ha terminado. Un par de libros de guerra en el escritorio tientan con ser abiertos pero prefiero no; preferiría no hacerlo, Bartleby. Desde algún lugar anuncian visitas y no contesto. Estoy ahora callado con mis muertos, solo con acordes de la inmensidad del campo ucraniano. Bailo con tu sombra, huelo tu cabello oscuro, meandros misteriosos de tus ojos.

 

Me imagino subiendo hacia el parque Shevchenko. También los paseos por el parque Gorky, taxis que nos arrastraban al sueño. Podía ser cualquier día, cualquiera la hora, todo parecía fantasía, incluso se evaporaban los sutiles tonos de los tanques parados en los amplios espacios del centro de Kharkiv.

 

Pensar que hay hombres que mueren, a quienes se les salen los ojos de terror cuando del cielo descienden mosquitos metálicos de fauces de lobo. Era otra época, justo antes de la anunciada debacle, cuando las cámaras fotográficas todavía engañaban la vista con perspectivas imposibles. Te cubrías la cabeza con una mantilla para besar los pies de los iconos. Y olía a santidad hasta que descubrías de nuevo lo que habías escondido para orar. Ah, sol de tus ciudades, Ucrania, y la llovizna gris de algunas tardes que le daban a tus calles la esperada nostalgia del oriente.

 

Pues punto final. Por ahora. Si escribo más será en otras páginas. Hay un hotelito en Lutsk que todavía tiene una mesa y una silla para mí. El disco ruso tocó su última canción. Escojo ahora a Roxy Music, la voz de Bryan Ferry y otras memorias entre mares y distancias.

10/04/2026

Sunday, April 5, 2026

Marcha fúnebre

 


Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Marche funèbre à l'occasion de la mort du général Hoche.

 

Los caballos. El resonar de los timbales. Cortejo que atraviesa las multitudes pordioseras. Tambores que caen de golpe, como tormentas de pena. Música oliendo a cañones en el fango. Hombres de ojos semi-cerrados que atisban el campo enemigo, ese que quiere sustraerles el sueño de que hoy los palacios son suyos. Golpes incesantes de la banda militar. Tristeza que amilana.

 

Dónde está aquel guerrero, Hoche, y dónde su montura sobre la que nos habíamos subido todos. La tierra que trashuman no nos pertenece y Hoche no escuchará los tambores que susurran su voz profunda por él.

 

En el lodazal su escarapela parece una flor. República que te amo, mira cómo lloro este día, cómo esta música me hace llorar. Yo vi a Hoche arrebatando la bruma. Y ya no está.

 

Revolución Francesa.

 

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De VIRGINIANOS, Los Amigos del Libro, 1991; Editorial 3600, 2019

Imagen: 21 juillet 1795 Hoche vainc les royalistes à Quiberon