Sunday, September 27, 2026

El tiempo viene


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Bellísimas rusas cantan El adiós a Slavianka. 1912. En Tambov, las mujeres despiden a sus esposos que parten al frente en la Primera Guerra Balcánica. Hermosa marcha pero no se puede dejar de pensar en cuánto daño lo patriótico ha traído. En el ímpetu de estar cabalgando, armado, dios de la vida y de la muerte, nace la épica. Sin sosiego el después, según retrataran Francisco de Goya, Otto Dix y George Grosz. Héroes efímeros, larga desgracia. Felices los muertos. Lecturas de Erich María Remarque, desmitificación de lo patrio. No solo Sin novedad en el frente sino De regreso, Tres camaradas, El obelisco negro, Tiempo de vivir, tiempo de morir... Acompaño el escrito con tristísimos tangos en voces de mujeres. Me viene la imagen de una joven tirada en el polvo de Poltava, muerta de hambre, en el genocidio estalinista que se llamó Holodomor.

 

Poltava, ah, Poltava, con la amada sombra que vaga por orillas del Vorskla. ¿Cuánto ha pasado? Tres años al menos. Detectives de Kiev envían fotos de mujeres parecidas, sin éxito. Te has desvanecido en el humo de la guerra. Arde Moscú, felizmente.

 

El tiempo no se va, viene.

 

El temible monje Rasputín se oponía a la guerra. Lo acreditan sus consejos a Nicolás II. Esa, entre otras, junto a la infidelidad de las mujeres obnubiladas por la bestia, fue una de las razones de su asesinato. Frágil se veía el príncipe Félix Yusúpov, artífice del crimen que liberó y paradójicamente también hundió a Rusia. Extraordinariamente atractiva la princesa Yusúpov. Entretelones húmedos y sombríos que leía en la templada Cochabamba, en ciertos años ajenos a la desesperanza. Pero viene, no va. O no se va. Horas, minutos, segundos. Dice Rilke: “Señor, a cada uno dale su muerte”. Dale su vida también, señor o no señor, que se las rebusca uno mismo.

 

Gaza humea en ruinas. Igual a Grozny en su momento, a Jerusalén también. Caen muros ante las trompetas de Josué y los nabateos enfrentan a Roma. Tan lejos hemos llegado en la historia y proseguimos cercanos a la desgracia, al desastre en manos de individuos, sean Netanyahu o la cúpula de Hamás, como tantos que terminaron mal. Viertan, araucanos, oro hirviente en la garganta de Valdivia. Y queda Ciro el Grande ejemplificando el castigo.

 

La casa está sola de nuevo. Emily partió hacia el dichoso barrio del centro de Denver. Nada de mal presagio, los espacios se han hecho para llenarlos, de personas, libros, músicas. Sobre la mesa del comedor, de Israel Yehoshua Singer, Los hermanos Ashkenazi, voluminosa novela de un mundo que a pesar de su tristeza apasiona. Dos señoras de mi pasado escriben, demandan, locura siquiera pensar que el tiempo se ha ido aunque ellas no desvistan sus virtudes más ante mi lecho de sábanas de intenso bermellón.

 

Nunca más, imposible, palabras que no existen en mi catálogo, sin caer en las burdas citas que atribuyen a Mayo 68 ni en fantasmagorías de izquierda. Así como reaparecieron desde las sombras esas antiguas muchachas de breves calzones, así vienen otras bajando desde los cerros olímpicos, donde la realidad se mixtura con los sueños. No lo sabemos, cuándo ni dónde, y mejor así. Viene, no se ha ido, ni siquiera llegó aún. Está a la vuelta del recodo del río bajo el calor amazónico, o en frías paredes de medioevo europeo. Tal vez cerca, mucho, a un tiro de piedra de la terraza, apuntando a aquel edificio amarillo de la avenida Gualberto Villarroel que tiene historia viva, descarnada y desnuda.

 

Quien habla de destino, miente. Basta leer el Génesis bíblico para destruir la afirmación. Lo creado viene de circunstancias, casi de la nada, y las predisposiciones pueden mutar, fluctuar, ampliarse o disminuirse. Viene, inesperado como la “traición” de Eva que no es más que la del propio Adán siendo ella su costilla. Sentado en una cumbre de Armenia especulo. El lago de Van, el océano, el de la duda otra vez como acabo de leer en un prólogo, el del río entre imaginario y letal por el que flotaba el barco de Theodore Roosevelt. Si todo se hubiera ido no continuaría Noé libando vino bajo las burlas de sus vástagos. Está ahí por la eternidad, concepto este discutible pero que vale en el instante.

 

Vuelvo a los libros. Sergio Pitol contando de una visita a Leningrado. Cita a Boris Pilniak en otro texto: “El Kitái-górod de Moscú era el queso en que pululaban los gusanos de la demencia. Algunos “inocentes” escribían versos, otros imitaban el canto del gallo, del pavo real o del pinzón, o bien cubrían a todos de insultos en nombre del Señor”. De Caoba, libro del autor ejecutado por Stalin en 1938. Años aciagos aquellos donde el fabuloso avant-garde ruso deambulaba buscando pan. El tiempo siempre venía, nunca pasaba, y seleccionaba a sus víctimas o se entregaba a un macabro azar. Permanencia de las calaveras, sea en José Guadalupe Posada o en Hans Holbein el Joven.

 

El domingo trae pasos cansinos, como si no quisiera irse. Sol inclemente aguarda por víctimas afuera. Lo observo desde detrás de las cortinas analizando cómo puedo engañarlo. Marchar por la sombra no es solución ya que repta y encuentra. Han talado los árboles de paraíso; daban aroma a los amaneceres. He visto uno sobreviviente en el antiguo camino a Quillacollo. Aquellos de la calle Antezana que acompañaron la niñez no están. Transformados en leña. Hay otros, claro, pero los antiguos molles y sauces llorones se replegaron a los márgenes del olvido para permanecer. “Sauce llorón, sauce llorón”, decía una canción que mencionaba la rebelión. La torrentera del Pujro es hoy decente canal de concreto. ¿Dónde el rumor dañoso de la mazamorra bajando de las laderas? No implica que se haya ido, desaparecido. Vive mientras se conserve la memoria.

 

Tango de nuevo. Solo falta la tallarinada para rememorar la familia. La macarronada en hogares de barrio cordobeses. Tango, milonga, zamba, vidala y baguala. Los Chalchaleros cantan ¿a qué volver? Si jamás me fui, jamás jamás. Ojos de jaguarundí observan el valle desde la cumbre.

 

Ayer caminamos enfrente de un ombú. Algo chato, no cómo los de la pampa grande. Pensé que había truenos y no, era el redoble del tambor de Tacuarí…

27/09/2026

 

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Fotografía: Río Mandeo, por lofgabet

Saturday, September 19, 2026

Escribir a ciegas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No hablo de página en blanco. Mucho por escribir y no tener el inicio de la escritura desde donde pueda fluir el resto. Rodeado de traumas y soberbias, cosas que, en el segundo caso, he superado hace mucho. Giran y giran alrededor, vienen de un lado y del otro como flechas mongolas asediando una fortaleza. Unas incendiarias, algunas no, y sin embargo letales. Hasta las mujeres que se disfrutan, frutos y pieles jóvenes, de pronto emergen igual a caníbales ávidos de muerte. La más dulce de las señoritas de pronto tornase en maorí y grita no precisamente en ritual de rugby sino algo más profundo y peligroso.

 

Según los podcasts el mundo masculino se divide en alfas, betas y simps. Esta era donde domina lo virtual me excede. Hoy todos juegan según lo determina el gran capital ¿o de dónde creen que han salido estas poderosas redes? Las influyentes sombras deciden hacia dónde van los afectos, la importancia vital de la folladera como representación de la felicidad y etcéteras. Les hace falta una población subyugada por la ficción, carente de conocimiento, primero, y de análisis, de crítica. Acostarse con cualquiera, un día sí un día no, pesa más que la filosofía. Acumular números de seguidores y seguidos es la única validación posible. Bienvenido el Armagedón. El costo será tremendo.

 

Hojeo al gran Cortázar, que me gusta mucho como poeta. Cronopios y famas. Se hablaba de ellos en la universidad. Leerlos ahora, a mis sesenta y seis, me caben un poco como juveniles. Pero disfruto. El sábado discurre apacible en medio de quehaceres domésticos, mirar si hay bastante jabón de platos, notar que las esponjas se doblan ya de cansancio. Alistar la basura y descender seis pisos para seguir las normas que nos rigen y sostienen. Escribe Julio Cortázar:

“Me inclino para echar otra migaja a los gorriones
(hablábamos del tiempo, de presagios y espejos)
y viene ya el café, la pipa de la sobremesa.
Perfecto es el instante en esta sombra verde
y todo, en lo más hondo, huele a muerte.

 

Pienso en Régis Debray.”

 

Yo no pienso en Debray nunca más. Discutimos en lejanas horas acerca de La crítica de las armas. Ahora aquello y tanto otro pecan de obsoletos. Sodoma se ha sobrepuesto al foro de la razón. Gomorra rige. Y la bestial muchedumbre de calzón bajado sigue a manera de recua los vaivenes de la nueva creada sexualidad.

 

Continúa el autor argentino:

“Así, de Leto abriéndose en la cima con su dolor radiante entre los muslos,
¿no quedarán las huellas en esta tierra roja,
en el silencio donde raspa un grillo,
en el bruñido mar del mediodía?”

 

Emily salió con su tío por un café. Vacío el departamento de nuevo. Ropas de mujer colgadas en el cuarto contiguo, con perfume que se evade día a día y torna a desaparecer. Calzones rojos de sueños inconclusos, ni rastros de una palabra, de ellas conectadas en texto que sugiera algo o lo diga. Solo el éter de la distancia, del amor fugaz y el fatal aroma del floripondio.

 

Gotas de agua disuelven el sabor del chocolate.

 

Camino entre libros usados. Laberinto sin minotauros, ni hilos de lana ni héroes. Sófocles dialoga entre Ulises y Neoptólemo, el mismo que sosteniendo la bella cabeza de Políxena la degolló. Por demanda de la sombra de su padre Aquiles, al pie de su tumba. Y leía, en momentos de la invasión de Ucrania por Rusia, que el sepulcro del mejor de los aqueos se hallaba en una islita del mar Negro disputada en batalla. Tanto por conocer. Se me truncó visitar el Ponto Euxino desde la costas de Bulgaria y Rumania. Varna y Constanza, viaje que considero muerto porque ya no será. Cambiaron  circunstancias y lo que tal vez fue un error ha dejado de importar. Mi aproximación será literaria; los fantasmas de entonces han de hundirse en el polvo desierto del olvido. No hay otra solución si se desea proseguir. La interminable zozobra de los desvalidos debe ser evitada e irse con las alucinaciones que no fueron por caminos perdidos. La hermosa Políxena enseñó como nunca la dignidad. Se acomodó de tal manera que al morir cayera al suelo no como harapo sino siendo una joya.

 

Termino de lavar la vajilla del desayuno. Seco manos, dedo por dedo, nervaduras de venas hinchadas y púrpuras. Contemplo mi suerte en la palma izquierda y pareciera que las líneas se van borrando. Si no hay suerte visible tendré que inventarla. Piedra filosofal, movidas del doctor Faustus en pos de la alegría, aunque para ello haya que engañar al diablo. Filosofía del lavaplatos, se puede pensar incluso con los brazos enjabonados. Recuerdo mi encierro, por trabajo, en grandes congeladores de los mercados de la capital de Estados Unidos. El frío perecía al acordarme de los cantos maternos que trashumaban por Ainogasta, Añatuya o Montiel. “Qué poco vale un paisano sin caballo y en Montiel”, sentencia don Atahualpa Yupanqui. ¡Ay!

 

La escritura a ciegas se ha transformado en mosaico, en traje de arlequín, el de Picasso y el de Cézanne. Payasos haciendo cabriolas, caballos dando círculos en el espacio del circo. Georges Seurat y Jules Pascin. Tauromaquia de Creta.

 

Toros y caballos. Toros y cóndores azuzándolos.

 

Resulta que se puede escribir estando ciegos. Maestro John Milton. La caída de los ángeles, terminación del paraíso, eventos que mejor no ver de pupilas desnudas mas intuirlos en la magnitud de la tragedia. Escribo notas que son leídas y no contestadas. Mencioné la evaporación del perfume, el soterrarse la esencia. En fin, solitarios estamos pero podríamos no estarlo abandonados. Ella desnuda sus atributos y los dona a la noche, los muslos abiertos en dulce sonrisa y fragoroso silencio, vaya contradicción. Un par de minutos y arrecia la tormenta, primero de arena después de nieve. Rastros desaparecidos, eterna enseñanza de lo efímero, apenas un instante el calor del sol sobre las espaldas. Eterno, eso sí, el trabajo que carece de aromas y florecitas.

 

Entre Cortázar y Sófocles, en la ventana mediterránea de la separación. Hasta en el yermo crecen hierbas y pastos africanos pintan de verde los espacios. Comprender no es solo justo sino imposible de obviar.

19/09/2026

 

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Imagen: César Klein 

Thursday, September 17, 2026

Walden


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

“I went to the woods because I wished to live deliberately” Henry David Thoreau

 

Heme en la floresta del Shenandoah, Virginia, no lejos de la bahía de Chesapeake. Chipmunks; no vi ciervos ni ningún otro animal grande. Solo chipmunks vívidos, ávidos, rápidos, dinámicos, mínimos. Una línea bajando de la nuca por la espalda y el mimetismo extraordinario con la hojarasca. Ajenos al trasiego y a la historia. Afirman que el brazo de Stonewall Jackson, furioso general sureño, está enterrado allí. Lo habrán devorado los zorros, los topos si topos hay. No digo el inexistente ornitorrinco que hubiese paseado ufano por encima de los despojos épicos. Lo habrán contemplado a lo lejos las ardillas listadas, ocupadas en acumular alimento para peores días. La guerra siendo evento intrascendente.

 

Saliendo de Rockville, Maryland. Sería sábado; tal vez domingo. Mágica y arbolada Virginia en donde los bolivianos, tantos, viven mimetizados como los chipmunks del bosque. E igual a ellos van juntado dólar a dólar por mejores jornadas por venir. No hay contradicción.

 

Caminos pavimentados, algunos angostos a manera de sendas. Selva tras selva, claros a veces, soleados y asoleados hasta penetrar de nuevo en la sombra arbolada. Árboles de hoja caduca; en otoño se mira la majestad del asombro, la creación en su multicolor forma más bella. Invierno drástico, con vientos huracanados que llegan del mar, transformando una regular nevada en tormenta. Juego de circunstancias. En el océano cuyas aguas no sé cuán frían estén, los grandes tiburones blancos buscan rutas cálidas o, aunque lo dudo, se insumen en profundidades no aptas para su especie. Águilas y halcones, cielos al arbitrio de las rapaces. Al anochecer habrá ulular de búhos y lechuzas de cara blanca volando a ras del piso para no dejar vida activa a su paso. Mi relación con ellos es en extremo especial, treinta años de convivir con su lúgubre arrullo. Y verlos alto en los postes de luz observando al extraño en su automóvil que buscando parece perdido.

 

Leía a Thoreau en mi adolescencia. Le siguieron libros de guerra: Stephen Crane, Walt Whitman. Cuando en 1967 el correo norteamericano emitió un sello conmemorando al autor llovieron críticas. Que parecía un vago, un anarquista, nada acorde a la tradición norteamericana. A su manera, Thoreau lo era, antecedía a Tolstoi y vivió en el bosque de Walden por alrededor de dos años. Construyó su cabaña, a tan solo dos millas del pueblo de Concord, Massachusetts, y dicen que su madre le llevaba donuts, pies y carnes asadas que le preparaba. Igual sus hermanas pero nada de eso disminuye la idea del pensador de lo que quería hallar en tal alejamiento del mundo. Walden se preserva en la mente colectiva como la búsqueda de paz, contacto con la naturaleza. En calma, sin el horrible drama de Grizzly Man, documental de Werner Herzog, que es otra ida hacia el mundo natural con fatales consecuencias.

 

Decía Thoreau: “Mi mayor virtud es conformarme con poco”. Lo simple y lo austero, la felicidad alcanzada fuera del dinero, entre muchísimos otros asuntos, enseñanzas si se quiere llamarlas así. ¿Qué implicaría entonces “mi” Walden? Infinidad de caminos. Walden puede ser tan sencillo como la tranquilidad escuchando el rumor de la jungla alrededor, la brisa del agua fresca sobre la tierra. Hojas caídas y pintadas, únicas en su efímera expresión. ¿Recuerdos? Quizá. ¿O es Walden escape a mortificaciones triviales, a congojas que no debieran exceder ni tiempo ni memoria? Múltiples respuestas, muchas vanas, pero cuya importancia radica en preguntarse, no en obtener mágicos planes de evadir sentimientos mundanos.

 

Volviendo al valle del Shenandoah. Nada tan fascinante por lo hermoso, a excepción de West Virginia. Y, claro, cabe la canción de John Denver que cantábamos con las hermanas en toda reunión: “Country roads, take me home to the place I belong”. Almost heaven, West Virginia. Extenso recorrido sin ver gente. Universo de bosques e historias de luchas mineras del carbón. Ver el filme Matewan (John Sayles, Estados Unidos, 1987) al respecto. Historia real bellamente convertida en arte a pesar de la tragedia que narra. Pues allí íbamos, saliendo de Harpers Ferry, villorrio en la confluencia de los ríos Potomac y Shenandoah, a  subir las colinas y rodearnos de silencio. Casi cuarenta años se han ido desde entonces y no regresé. Después de Alexandria, Arlington, ambas Virginia, de Rockville, Maryland, y de DC, la capital, emigré, pionero tostado del siglo XX hacia el oeste. “The West is the Best”, en palabras de Jim Morrison. Algo de cierto hay, Escondido entre las greñas de los bisontes o en el terror poético de Kubrick en El Resplandor, sito en un inmenso hotel de Colorado al pie de las Rocosas, entre grupos de alces y el presagio del hielo.

 

Busco Walden, y Walden habita en cualquier lado, incluso en Bolivia si no te linchan los “hermanos” por lucir diferente. Ahí Walden acabaría como la historia de los osos pardos devorando al ingenuo. Antropofagia común santificada por espurias prédicas de santones inventados a medida. Los humanos crueles; los osos simplemente naturales.

 

Es tiempo de retornar a la lectura de Henry David Thoreau. No es prédica en absoluto. No se trata de un profeta sino de un hombre. El pasillo del quinto piso permanece oscuro. Las escalinatas podrían ser cataratas que suenan leves en medio de la intensidad; también la inmensidad. Besos nunca dados, labios cerrados por votos de castigo, abiertos a los señores de la mediocridad, pieles entregadas a pobres imágenes remedos de arte. Queda Walden, el camino limpio de escombros, dejados de lado. Muslos de piso noveno, apartamento dos, desmienten la soledad, son rítmicos iguales a canciones. Musicantes los cuerpos, encerrados ante el calor oeste de la tarde. Una toalla azul cae sobre el lecho. Sumadas voces de plegarias obscenas. Luego calma, rumor de ropas que se ajustan de nuevo a los dueños. Al fondo la figura de la floresta, sin rubor ni deseo de carne. Walden.

 

Walden.

 

16/09/2026

 

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Imagen: Sello postal norteamericano, 1967 

Sunday, September 13, 2026

Tristes lunas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Asolaban esta tierra los mescaleros. Lejos, en distante geografía, un pequeño halcón de tonos azulados levanta vuelo con una serpiente de cascabel, el doble de su tamaño, entre las garras. A orillas del río Infiernillo. Como mandado a hacer el nombre. Florecen los jacarandás. Y el púrpura del color de sus flores se torna al anochecer en misterioso violeta de tonos dantescos. No noche, no se ve nada, ni estrellas ni satélites. El Hades, no la noche. Abro la cortina y solo se observa el destino.

 

El televisor narra fechas que no sé a qué se refieren. Tal vez Bielorrusia, quizá el desierto de Sonora. O la Tierra de la Sed, como llaman a una zona del olvidado sur de Argelia. Parece interesante pero decidí retratar la oscuridad, con flash y sin flash, con algún amarillo rayo emulando explosión solar o la nada, el pabellón negro, pizarrón de escuela primaria. Atraviesa el cielo un Lockheed P-38 Lightning, avión de reconocimiento, que sin duda carga en su equipaje al arduo aventurero y desdichado amante Antoine de Saint-Exupéry. Solo como su príncipe niño, tan cerca y sin embargo ajeno al paraíso. Zorros hablantes, igual a los de las fábulas; zorras que gritaban como niños en los inviernos de la calle Valentia, en medio de arbustos plenos de mofetas y escorpiones. Solo gritan peor los gatos en celo, mimetizados en las ramas del enorme molle macho, quejándose a la luna por falta de amor.

 

Pareciera que el tiempo ha corrido a la inversa. No la alucinación de un caudillo aymara trabajando sobre relojes occidentales sino el de Clitemnestra tomando venganza. Nunca terminará Prometeo sus labores conspirativas. El mínimo halcón carga un enorme ofidio que con lengua bífida palpa antes del fin el aire de la muerte. Se dice que las aves rapaces devoran el hígado de los sabios, oscuro como la tumba donde yace el amigo de Malcolm Lowry, casi de hollín mezclado con orín.

 

En el cuarto trasero una media luna. La pesadilla le ha devorado un buen trozo del círculo. Borges mencionaba las yeguas de la noche. Las he visto pasar con sonajas en los cascos y semejaban de fiesta. Conversaban entre ellas en lenguas y se supone por ello que pertenecían a las elegidas. Una, la mayor, tornó la cabeza hacia mí y sonrió.

13/09/2026

 

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Imagen: Luna del tarot

Sunday, September 6, 2026

Páginas de cárcel, entre otras


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Leí los viajes de Marco Polo en la cárcel de Leadville. Antigua población minera de plata en las montañas de Colorado. Vimos aquel saloon tanto Oscar Wilde como yo. No cambió nada desde el ochocientos. Iba en las tardes allí, bajando desde mi restaurante en la colina, a ver raras piedras y minerales en las tiendas y tomar cerveza. Cierto día me dormí en el bar y me despertó un fuerte golpe en la columna vertebral producida por un bastón policial. Horas antes discutí en la barra con algunos montañeses que se burlaban de un parroquiano mexicano cuyo dinero era tan bueno como el suyo. Les decía que mientras mis antepasados hacían disquisiciones acerca del hombre y la política en el foro romano los suyos se devoraban unos a otros en las selvas de Germania. No sé si lo entendieron pero el golpe en cuestión duele todavía, más de treinta años después.

 

Lo cierto es, y no debido a aquella ocasión sino a otros menesteres de los que no voy a hablar, que un preso sonorense que hacía de barrendero me facilitó los Viajes de Marco Polo para distraerme. De todos modos había una luz roja encendida las 24 horas y pude terminar el voluminoso libro bastante rápido. Las celdas estaban en el segundo piso y no sé si había otros alojados. No vi ni oí. Solo una nube de polvo que anuncia la llegada del Gran Khan. La veo desde los barrotes teñidos de luz artificial.

 

Conversábamos con César Soto de la Ruta de la Seda, djinns y derviches; de Samarcanda y de Bujara. De los uigures y su ciudad mítica. De allí salió Marco Polo en el intercambio epistolar. El Asia Central me asocia a mi amigo Yefim, particularmente a Kazajistán, pero de un lado y otro he tenido noticias, leído sobre los ingleses colgados en garfios en las carnicerías de Kabul. Rastros de Alejandro el Grande y sus soldados en los pasadizos secretos de Pakistán. Poco decir un sueño. Mucho más. Fascinante alucinación. Comentaba a Loren Otero sobre sus escritos y mencioné “verbo alucinado”. Palabra y tierra en el vaho de la memoria incierta que por cierto es la más rica. Pakistán, Afganistán, sumados a las líneas de una escritora de Betanzos. Dice ella: “Un magnolio longevo teme siempre la tala, vestido de luto contempla sus futuras cenizas con inocencia prestada, con tanto olvido y tanto recuerdo no sabe en qué bosque anidar”.

 

Enfrentado al luto de la historia se mece un blanquísimo floripondio.

 

Leo en la noche El Don, de Nabokov. La guerra hoy, el 42, mil años atrás. Sangre como riego de cultivos. Por eso lucen tan rojas las remolachas de Ucrania, tan carmesíes las granadas de Sarajevo. Leo, leo, en el teléfono y bajo la brisa andina. A pesar de las bandas, las eternas fiestas que aunque no estén resuenan igual en el aire. Miro el noticiero con imágenes de Colombia. Debo, no solo quiero, escribir sobre eso, tomando en cuenta unas viejísimas memorias de la guerrilla en Marquetalia.

 

Aguardaba en Leadville por mis hermanos llegar para pagar la fianza. Luego vendrían abogados, fiscales, jueces y castigo. Para eso habríamos de subir la montaña de nuevo y manejar por el hermoso paisaje con carga de supuesto oprobio, con gran desazón. ¿Para qué? Como siempre que he estado preso, y van cinco, no sirvió de nada. Excepto por los libros y las conversaciones con convictos en el patio colectivo en horario de recreo, digamos, antes de acostarnos en disciplinada fila con los llamativos trajes naranjas de los felones, en oposición al azul de delincuentes comunes.

 

Un desnudo pie con uñas pintadas de fuego cruza el horizonte. Ya no son solo tanques camino de Kursk, ciudad milenaria, los que intervienen, también mujeres libres de ropa como si las hubiesen sacado de cuadros de Maurice Denis y desvestido para la foto.

 

Dice Vladimir Nabokov: “Onegin se levantará de sus rodillas, pero su creador vaga lejano”. Piensen sobre ello, hay una profundidad que debe tocar a los escritores, cuando la obra ya solo se pertenece a sí misma y poco importa, a no ser para el índice onomástico, quien la escribió. Ninguna veleidad mayor que la de considerarse elegidos.

 

Intento recrear detalles del periplo de Marco Polo y no lo logro. Quizá la circunstancia cauterizó el recuerdo. Lo olvidé, hasta por ahí, ya que siempre el Asia Central se ha movido en mí como espectro familiar. Solo que entonces, ya habiendo devuelto el libro al carnal que me lo prestó, aconsejándome que no desesperara por la soledad o la permanente claridad. Ni su nombre anoté, ni el del juez que presidió muy formal mi condena que no fue tal. La vida siguió su curso. Las hijas creciendo, la escuela llena de padres de familia mintiendo ser comunidad fraterna. Yo trabajando de noche para siempre y la inercia del desasosiego que persistió a lo largo de los años hasta desvanecerse parecida a la niebla. Veo fotos de playa y luego la tierra que desenmascara la marea baja. En La Baie, norte de Québec, existía una isla en las afueras del pueblo. Era isla por horas y tierra firme por otras. Siempre busco lecciones aunque no aparezcan…

 

He hervido el agua y dejado que el café humeara y se enfriara. Lo recalentaré más tarde, al sonar las seis. No presiono al domingo, me traslado de acuerdo a su énfasis. Cuando toquen las seis en las iglesias del centro se romperá el hechizo. Todavía me falta responder cartas y hacer citas académicas. He enviado mensajes y algunos semejan idos, perdidos, extraviados. Amaneció el sábado color índigo. Hoy despertó trivial, apenas un rosa tenue infecto de marrón. No son señales sino humores del tiempo.

 

El barrendero de la cárcel del fin del espacio, arriba, en la cima donde solo cuchichean estrellas, asoma con humildad y me habla. Me extiende el libro del italiano y en jerga norteña burlamos el destino. Su vieja habita muy lejos, alrededor de Durango. La mía mirará series norteamericanas de televisión. En la prisión local de una agotada mina de plata estamos un hombre de Sonora, uno de Cochabamba y Marco Polo. Viajamos, por supuesto, en imaginación o camellos, venciendo tormentas de arena.

06/09/2026