Wednesday, October 14, 2026

De ayeres y presentes


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

En excavaciones que se hicieron en Saña, Lambayeque, encontraron restos anteriores a incas y españoles de que sus pobladores comían maní, zapallo y pacay entre otras cosas. Me interesa esta relación de la comida y la cultura. La cocina es quizá la mayor representación cultural de los pueblos. Me sorprendió lo del pacay, extraño y alargado fruto con negrísimas semillas y una suerte de blanco y dulce algodón cubriéndolas. Crecí con árboles de pacay alrededor. Entonces uno no presta mayor importancia a algo que es usual. Pero décadas de alejamiento en otras regiones han hecho del fruto codiciado para mí y ya casi extraño. Como sucedió en Cochabamba con la granada que volví a ver y comer tanto en Ucrania como en Bosnia.

 

Leo que el pacay es once mil años antiguo, nativo americano. Nunca lo encontré en ningún mercado del exterior. Es posible que su producción sea mínima y para consumos locales, no sé. Estoy seguro que tendría éxito comercial en otros lados. Rico, atractivo, raro, elementos que le servirían de propaganda. No menciono al maní porque está muy extendido. En Independencia, Ayopaya, probé dos variedades de él. El maní colorado, que desconocía. Junto a deliciosas paltas, mirando una iglesia construida con el menor gusto posible, un esperpento de ladrillo y cal.

 

Bucolismo de los pueblos cochabambinos, mucho más patente en Sanipaya, yendo una hora hacia el norte, donde vivió mi abuela. Era antes sociedad trilingüe: quechua, aymara y castellano. Pregunté al maestro rural si todavía se hablaba aymara y respondió que no. Sin duda que tuvo algún esplendor ya perdido. Restos de muros de la casa de hacienda de los Murillo están dispersos. Y al menos una docena de gigantescos eucaliptos, por el diámetro de los troncos, están caídos y cortados. Se utilizó y se los utiliza como leña, en una tragedia ambiental y también de la memoria. Supongo que era la entrada a la hacienda. Vamos caminando en reversa en el país, en casi todo. Sanipaya, al igual que otros pueblos aledaños, era un nexo entre Inquisivi en La Paz y Cochabamba. Quizá se reanime algo de su esfumada importancia con la carretera que proponen construir entre las dos ciudades y que es la línea más directa de contacto. Hay que ver, al ritmo que nos manejamos, donde la única perfecta y súper desarrollada actividad es la del robo.

 

No seré pesimista. El rumor de eucaliptos mecidos por el viento anuncia vida. Y se sabe que hacia la izquierda, donde se ven montañas, hay un gran río que divide ambos departamentos. Sacudir la modorra de la hoja sagrada y encarar el futuro desde diferentes perspectivas.

 

En el patio de la casa de mi hermana Elena había un gran pacay que disfrutaban los niños. Cuando la vendieron, los nuevos dueños tiraron todos los árboles, incluidos los paraísos de la vereda y le vaciaron concreto. Detalle nada raro de nuestra idiosincrasia donde la gran mentira es que el campesino respeta la naturaleza y vive en armonía con ella. Claro que no. Y no me extiendo al respecto porque nunca acabaría. No es que sea mejor dejarlo ahí pero es que esto va decantándose hacia el lado negativo y las consecuencias son previsibles.

 

Tenía una deuda personal y familiar con Sanipaya. Hacienda de mi abuela Neptalí. Larga historia detrás. Como es habitual encontré solo ruinas. Actividad agraria, sí, pero seguridad de la inercia. La única pujanza nacional es la de la droga, a simple vista. Espero equivocarme y sé que hay gente que trabaja y produce. Siempre la visión oscura prima y los gobiernos no hacen nada para mejorar esa imagen. Sanipaya, como ejemplo, irá hundiéndose en el olvido. Sus jóvenes emigrarán porque no hay trabajo y el que hay no compensa. Lo que alguna vez fue foco productivo ha de hundirse en la dinámica nacional del meterle nomás. Cueste lo que cueste, caiga quien caiga. Y a llenarse los bolsillos.

 

Más que de ayeres debiera hablar de ayes, de ay cómo duele.

 

El trayecto es un festín de piedra. Montaña tras montaña. El Tunari visto desde su parte posterior. Grandeza y silencio. En el conjunto general la naturaleza domina. El humano es apenas la malévola hormiga que tala y destruye. Impávidas, las cumbres, ajenas a las veleidades de los hombres. Una casucha en medio de la nada ofrece trucha asada. Un par de vehículos oficiales están parqueados allí. El pequeño lago debajo supone la fuente de este alimento. Aparte de la mínima actividad y el pedregoso polvoso camino hay paz. Otra cosa será al bajar al valle y sus multitudes. Sumada al asombro vive la tristeza del retorno, una suerte de espera del inevitable fin entre medio de altos árboles y rumor de aguas. Muchos niños alrededor del maestro de escuela. Dudo que exista un libro en el villorrio, quizá la Biblia que traiga el sempiterno cura cuando haya fiesta. Siesta sobra.

 

Con un amigo hablábamos no hace mucho del Perú y el florecimiento manual del desierto. Lo vi saliendo de Arequipa hacia Lima en tiempo antiguo. Las verdes sandías de rojísima carne en Palpa y otros poblados de la costa. Grandes extensiones de tierra de la que día a día, mano a mano, se removieron las piedras y apilado en los costados. Al sur, entrando a la Argentina, gigantescos cultivos de banano, caña de azúcar, naranjales. Por donde se entrase, ya fuera Jujuy o Tartagal. Quiero verlo de nuevo, y lo agreste y abandonado del sur boliviano también. Han pasado cuarenta años pero no creo que haya habido sustancial transformación. Pienso en el camino Tiquipaya-Bella Vista que en sesenta años se fue deteriorando. Está peor que cuando adolescentes emprendíamos la subida hacia las aguas termales de Liriuni. No hay lógica válida.

 

Alisto maletas para breve viaje. Otros aires y circunstancias. Labores que debo cumplir para de una vez dejar algunos remanentes del pasado detrás. Hacer el intento, al menos. Implica no borrar pero abrir nuevos espacios luego de décadas. Disfruté de mis cosas, antigüedades, colecciones, etc. Hora que otros las disfruten.

 

Si vuelvo un día a Sanipaya se verá. Pero, aparte del paisaje y el olor de eucalipto no hay mucho más. Capítulo cerrado y cumplido, supongo. Sucede lo mismo con mis máscaras tribales, tal vez mis libros y discos que todavía guardo en cantidad. Caminar liviano y saber caminar importa. No es tarde para aprender. Entregué a mis hijas mis tejidos andinos, incluyendo dos pequeños ponchos de Sanipaya, tierra de su bisabuela para que no pierdan la memoria. Y listo. Se cierran los dos baúles que contienen semejantes joyas y retorno con una maleta de mano y algunas lecturas.

14/10/2026

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