Tuesday, January 30, 2024

Poética de los frijoles


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Dice la población negra de San Basilio de Palenque, Colombia, que si no se come arroz de día, de noche se sueña con muertos. Mito semejante habrá con el frijol, en esa tríada caribeña que son arroz, frijol y ron.

 

“Catálogo de frijoles criollos rojo seda de Las Segovias”. Nicaragua. Un título con alma de poema. Aunque caribeños no podríamos llamarlos ya que estos tres departamentos productores del rojo seda, Nueva Segovia, Estelí y Madriz, tiran hacia el Pacífico, en las tierras altas. Vale de todos modos.

 

Recuerdo una canción tradicional, durante la época revolucionaria: “Nicaragua tiene un rinconcito/que en el mapa se ve un terroncito/chiquitito como un maní (…) y con orgullo se llama Estelí”. Acompañados de botellas de vino queríamos tiempo atrás escuchar el tableteo de las ametralladoras sandinistas. Se oían bien, casi un arrullo. Ya no quedan tiburones en el gran lago de Nicaragua; tampoco revolución. El tableteo es de máquinas tragaperras. Pero el frijol sigue vivo, sino intacto, luego de centurias de cultivo, aprendizaje, conocimiento y maestría. La modernidad no goza del pretérito y sin clasificar estas variedades nativas, darles una denominación de origen, preservar su genética, el mundo las borrará como polvo. De ahí el catálogo, entre otros centroamericanos, manejado por su coordinador ejecutivo, Dr. Armando Ferrufino Coqueugniot, alegría de hermano.

 

Cultivan el frijol rojo campesinos mestizos. Armando asegura haber oído de indios lencas que también lo hacen en las alturas. Esa sola mención implica el rescate de una cantidad inimaginable de historia ya que los lencas han sido relegados a Honduras y El Salvador y reducidos grandemente por España en su número. El asesinato de la activista Berta Cáceres, indígena lenca, los sacó hace poco del olvido.

 

Sigo con los nombres, qué si no la palabra conforma el poema. Los rojos seda van entre “rojitos”, chiles y nombres propios: Rojo Zamorano, Chile Bejuco, Chile Matón, Ligero, Charanga, Vaina chata, Gallito, Grande, López, Gringo, Tico, Waspareño, Cuarentano, Cuarenteño, etc. Las fotos muestran frijoles que para el ignorante son lo mismo, mientras que el científico sabe de sus diferencias moleculares, morfo agronómicas y utiliza mucha ciencia ajena a los literatos y mágica en su descubrimiento y percepción de lo invisible.

 

Me interesó primero el aspecto humano, los cultivos agrícolas en zonas de conflicto centenarias. Pero no quedó allí, porque el detalle de lo que es un frijol, lo que implica en la cultura regional y nacional, la calidad alimenticia para una población carente de tantas cosas, la calidad de sus caldos, sean ralos o espesos según rezan las características de una u otra variedad, y más: tiempo de crecimiento, forma de la planta, curvatura de la vaina, número de semillas por vaina, longitud, tiempo de cocción, color de grano, precio comercial, categoría de uso, resistencia a pestes, tolerancia a sequías, un muy amplio espectro.

 

“Catálogo de frijoles criollos de Ipala”, Guatemala. Frijoles negros que también se escapan a la específica denominación caribeña que sin embargo mantenemos. Tierras altas centro sur del país, donde los productores, y población en general cargan pistolones en la cintura. Pregunto si se debe al narco y dicen que no, aunque el fenómeno ya ha permeado también la región. Existe una tradición de guerra entre estos camperos y mestizos que solo hablan español, a diferencia de sus compatriotas nativos hacia el trópico del norte. Muy antigua, por cierto, incluso prehispánica en la masacre permanente que el istmo americano aguantó.

 

Departamento de Chiquimula. Acá el frijol y su cultivo hermano, el maíz, son base de la dieta local. Se considera el frijol de Ipala como el mejor y se quejan los ipaltecos de que se vende frijol de menor calidad aprovechando el nombre. De ahí, otra vez, la importancia de estudiarlos y clasificarlos.

 

Tanto para el frijol rojo seda de Nicaragua como para el negro de Ipala, Guatemala, se ha abierto una ventana de supervivencia, una que se ha denominado el “mercado nostálgico”, que no es otro que la multitud que emigró a los Estados Unidos sobre todo y que recuerda su tierra donde mejor se la puede recordar: en el sabor. Este mercado melancólico garantiza en cierta manera la preservación y comercio de los frijoles antiguos, e incluso su mejora, al ser el cliente un centroamericano que ha pasado de la más tremenda pobreza a alguna soltura económica, incluso bonanza, que le permite sofisticarse en sus hábitos y exigencias  de calidad dentro de la tradición.

 

En Guatemala están también los nombres, hábito y comida de literatos famélicos como yo: Rabia del gato, Arbolito, Surín seda negra, Vaina morada pata de sope (¿Rey zope, zopilote? ¿O sope-tortilla?)), Patón de sope, Cordelín, Chapín, Patudo, Chivolo, Liberal grande. Para diseccionar en sus orígenes y fascinarse con lo imposible.

 

De Goethe y Hölderlin saltamos a los frijoles. Interminables, inesperados, caminos de la belleza.

 

12/04/16

 

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Chuquisaca), 18/04/2016

Publicado en EL ORO DE LAS ESTRELLAS EXTINGUIDAS (Volumen 15, OBRA COMPLETA, Editorial 3600, 2018)

 Fotografía: Armando Ferrufino Coqueugniot

Sunday, January 28, 2024

Imaginando fronteras


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Me presto de Alvaro Cunqueiro, modificándolo, un título para este texto. Él imagina geografías; yo también, aunque hablo de mapas y límites de países concretos pero tan desconocidos que lo real se torna en ellos fantasía y duda.

 

Hay sobre la mesa siete mapas de Bolivia. El más antiguo data de 1840, publicado por Monin/Benard, en París. Otro, 1845, viene de Londres, de Orr & Co. Un tercero es de W.R. McPhun, 1863, y también londinense. Hachette, de París, imprimió el cuarto, 1885, mientras que Cram, de los Estados Unidos, hizo el de 1905. Entre los viejos, el más moderno del que dispongo es de los editores Stielers, de Gotha, Alemania, 1913. El último, contraparte esencial, es un atlas moderno.

 

Mientras leemos historia nos saturamos de nombres y quizá, con suerte, de análisis que expliquen de algún modo, en su contexto, las conductas erráticas de los individuos que enhebran los tiempos de las naciones. Pero, ahora que dispongo de una pequeña colección de impresos antiguos del país, me doy cuenta que hay otras cosas, que no había pensado en la magnitud de los cambios que se suceden en las demarcaciones fronterizas, una dinámica que a momentos parece irracional, que puede ser con mucho ficticia, ideada o inventada a raíz de simples referencias y cuyo detalle suele cambiar la extensión de territorios en miles de kilómetros cuadrados.

 

Sabemos de guerras, de su impronta en la definición de límites. Europa es explicativa al respecto; está el ejemplo de Polonia, o la Ucrania que de 1648 a hoy ha recorrido sus bordes lejos y cerca de Kiev innumerables veces. Me atraen estos mapas de Bolivia -país nuevo, continente joven- cuyas líneas demarcatorias son, en buena parte de los casos, oníricas por ser un territorio inhóspito y escasamente explorado. Los hitos divisorios, si hubo alguno, son casi fantasiosos;  dudo mucho que halláramos uno -o que pusieran uno entonces- en las cercanías donde el río Cuyaba (Cuiabá) y el Taquari (Tacuarí) se juntan en un extremo que toca la frontera boliviana con el Paraguay de 1840, según Monin/Benard.

 

Hablando de este mapa de 1840, Bolivia aparece dueña del sur del Perú, con Arequipa y lindando en el norte con San Juan, no muy lejos de Nazca. En leve diagonal continúa hacia el este rozando Tinta, de larga historia, agarrando incluso parte de la región cuzqueña para adentrarse en los llanos orientales cuyo límite sería la laguna Rogaguado (Rogagua) cediendo al Perú norteño lo que vendrían a ser el departamento de Pando, la región del Madidi y parte del Beni, limitándose el país algo arriba de la unión del Mamoré con el Iténez.

 

Reviso libros de historia nacional y no encuentro que Arequipa perteneciese a Bolivia alguna vez. Un año dudoso. ¿Retrata el mapa francés la Confederación Perú-Boliviana que perecería en Yungay? Andrés de Santa Cruz había dividido en dos al Perú y la capital del Perú sureño, Sicuani, se ubicaría dentro de lo que Monin/Benard consideran Bolivia. Ya en el mapa de Orr, cinco años después, el país se retira hasta la mitad del lago Titicaca; todavía perviven dos Perú. Sin embargo los límites al norte se han extendido hasta el Abuná y siguiendo el curso del río Purús. Ambos mapas, del 40 y del 45, llevan la frontera del sur hasta algo pasada Tarija mientras que en la región de la costa del Pacífico señala Monin los bordes del Salado (1840) y Orr un espacio desde las márgenes del río Loa hasta más allá del Salado, a un lugar, posiblemente puerto, de nombre Parado. En Monin/Benard el litoral limita con La Plata (Argentina) apenas terminado el desierto de Atacama; Orr mueve esa frontera hacia el este añadiendo el macizo andino, hoy Chile y Argentina. El Chaco, en ambos, muestra un corte horizontal, aproximadamente a la altura del futuro Fortín Estigarribia, propiedades de Bolivia y Paraguay (Monin). En 1845 la región debajo de la línea pertenece a La Plata, tal vez por los cambios ocurridos en Paraguay luego de la muerte del doctor Francia (1840), y de los conflictos de su sucesor, Carlos Antonio López, con el gobierno de Juan Manuel de Rosas.

 

Los límites más difusos sin duda fueron con el Brasil, ávido vecino a quien el dictador paraguayo Francia veía con ojos visionarios como el mayor peligro. Difícil detallar cada trazo de estos mapas pintados a mano, joyas que conseguí, extrañamente pero no raro, fuera de Bolivia, en Canadá, Alemania, Estados Unidos, Reino Unido, Francia y ¡las Bahamas! En incansable búsqueda de dejar a mis hijas memorias ancestrales. Retornemos a Brasil que, excepto en el mapa de 1863 (McPhun), es dueño del inmenso Acre, que despertaría con su tesoro de caucho febriles sueños y empresas surreales como las de Nicolás Suárez y Fitzcarraldo (recuérdese Werner Herzog), tozudo irlandés iluminado que mencionan de paso Mesa y Gisbert en su Historia de Bolivia. McPhun concede allí gran superficie a Bolivia, vacía, carente de nombres, señalando con ello su abandono.

 

Líneas de colores juegan sobre el papel el destino de las naciones. Tan ajenas al drama humano que las obliga a modificar sus direcciones. Una Bolivia que se mueve a izquierda o derecha, arriba y abajo, sin punto fijo. Uno, el vértice que forman los rápidos del Madera, al norte de Guayaramerín, semeja ser constante, mientras que la frontera que desciende por el Mamoré y el Guaporé se  modifica. A veces el cambio aparenta no ser mayor como en Monin, Orr y Hachette que ponen los límites nacionales a unos 100 kilómetros al oeste de las lagunas Uberaba, Gaiba y Mandioré –presente frontera- y que, sin embargo, sumando los números resulta significativo. El mapa de Cram de 1905 incluye estas aguas como parte de Bolivia aunque reduce los límites del norte a las riberas del Madre de Dios, bastante por debajo de lo que hoy es Pando, de seguro por el conflicto del Acre.

 

En el mapa de Hachette, 1885, están marcadas las separaciones del armisticio entre Chile y Perú-Bolivia, divididas por regiones. Antofagasta y Mejillones ya rezan "Chile", así como Atacama en el interior: asunto decidido. Donde se ubican Cobija y Tocopilla dice "au Chili pendant l'armistice", igual que Tarapacá y Pisagua. La zona de Tacna lleva una rara anotación: "au Chili jusqu'au 28 Mars 1894", en espera de reparación y devoluciones supongo. Perú es dueño hoy de Tacna y Chile se quedó con Arica. En el mismo mapa, Bolivia conserva la parte oriental del departamento del Litoral, alargándose bastante más al sur del Trópico de Capricornio, sobrepasando las latitudes de Jujuy y Salta en una tierra desierta que como única referencia tiene al volcán Llullaillaco. En el norte hay una pronunciada entrada hacia el oeste en zona peruana ocupando el ahora Parque Manu y un importante pedazo del trópico del Madre de Dios o Amaru-mayu, pertenecientes ya a "Le Beni" y no como en mapas anteriores a Santa Cruz de la Sierra. En Hachette, Bolivia deja de ser en principio un país montañoso y se extiende en llanos y monte que auguran un inminente progreso. Se incluyen las llanuras de Apolobamba, de Mojos, de Guarayos, de Chiquitos, espacios geográficos donde por primera vez se anotan las etnias aborígenes que los pueblan;  allí los Guarayos, a diferencia de hoy, habitan -junto a los Totonamas y Chunchos- la cuenca del río Beni, pero se extienden en un despliegue de territorio impresionante hasta los bordes de Chiquitos. Cerca del lago Rogaguado, Hachette ubica el nombre genérico de "Salvajes" (en español). Hay multitud de tribus que posiblemente han desaparecido: Crutrias, Patitis, Penoquiquias, Morotocas, Guaycurus, conviviendo con otras sobrevivientes como los Siriones (sirionós), Yuracares -por encima del Chimoré hasta Santa Cruz- y Chiriguanos.

 

Cram, en 1905, siguiendo el ejemplo de los geógrafos franceses, continúa con detalles etnográficos señalando en las aún posesiones bolivianas sobre el Manu (Perú) grupos aborígenes como los Machiri y Ucarayna, al lado de los Guarayos en tierras faltas de asentamientos urbanos. Al este muestra la población de San Javier dentro del territorio nacional, mientras que en Orr de 1845 formaba parte del Brasil. El famoso Pantanal lleva en Cram el nombre de pantanos de Xaruyes;  es extenso el territorio de los Otuquis en la confluencia de varios ríos del interior de Santa Cruz de la Sierra. Los bañados del Izozog son en Cram y Hachette "laguna Izozog", "laguna grande" en Orr, inexistentes en Monin/Benard y simplemente extensión del Parapetí en el mapa de Gotha, 1913 (Stielers), que también detalla grupos aborígenes con nombres poco escuchados: Guanas, Tumanahas, Nachtenes, Samucos, Huancanahuas, Trumonas, Tacanas, e infinidad más.

 

Decidido el conflicto con Chile, ya "arreglados" entre gobiernos los problemas de demarcación, queda el asunto del Chaco, posterior a cualquiera de estos mapas. Repito que hasta 1913, de acuerdo a los documentos gráficos, existía una suerte de división del territorio entre Bolivia y Paraguay, incluso con Argentina con anterioridad. No es hasta fines de la década de 1920 que se comienza, en la filatelia boliviana y en los mapas contemporáneos, a mostrar el Gran Chaco en su totalidad, hasta las márgenes del Paraguay, como Bolivia.

 

Hablamos, se dijo en principio, de separaciones arbitrarias en el sentido de ausencia de datos suficientes para precisar las fronteras;  error que costó a unos y benefició a otros. Nada se puede hacer sino entender esta dinámica que más que geográfica es política y que debiera ayudar a eliminar la intransigencia.

 

Como recuerdo personal guardo la belleza del pueblo de Bermejo, en el extremo sur: Bermejo en Bolivia, Agua Blanca (Argentina) al otro lado del río. Esta arista que penetra como aguja en tierras de Salta no se incluye como Bolivia en ninguno de los mapas entre 1840 y 1913;  sí en 1975 cuando la visité...                                    

28/06/2005


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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Sucre), junio 2005

Incluido en GEOGRAFÍA DE MIS PASOS (Volumen 10 OBRA COMPLETA, Editorial 3600), de pronta aparición

Imagen: Tanner Universal Atlas, 1836

 

Saturday, January 27, 2024

La bella Rumania y sueños otros

 


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Una hermosa mujer de Rumania comenta sobre la muerte. De la muerte, el degüello suicida, nos viene la gran literatura de Panaït Istrati, parte nacida y nutrida en y por ese Oriente violento y colorido, vital y apasionado, de sus haiducs y los sombríos bosques plagados de leyenda y horror. Montague Summers, extraño sacerdote inglés, erudito, afirmaba que los vampiros venían de Hungría pero son profusos los rumanos en su obra. De hombres lobo y enloquecidos voivodas, del misterio que amé en los relatos de Andrei Codrescu sobre su tierra. Si muerte hay, Rumania la conoce. Valaquia valiente y sangrienta Transilvania. Moldavia, la olvidada Dobrujda donde tártaros se mimetizaban con hojas de árboles. Rural y fastuosa en vida, Besarabia.

 

La empusa, demonio hembra griego, dormía con los hombres succionándoles la vida. La no muerte, tanto como su opuesta, han habitado el alma eslava desde siempre. Todavía, entre ficción e historia, el significativo drama de los perecidos en el conflicto bosnio. Fuera de la trágica realidad subyacía la oscura, horrorosa, de los muertos que se levantarían de las fosas o del campo a la intemperie. No era momento para los labriegos de perseguir con púas afiladas a sospechosos de vampirismo. La muerte simplemente excedió en número el miedo y procreó una casta fantasma, todavía despierta por las noches, que nadie podrá borrar. No dudo que hasta en la moderna Croacia, en la Eslovenia de frescas muchachas, se dude de si en las sombras aguardan los muertos vivos para cobrar su ración de sangre. Imaginen Ucrania y los cientos de miles caídos. Se esconderán, solos o en grupo, en pastizales de los Campos Salvajes, encima de Mariupol, en juncos de sierpes enroscadoras de los grandes ríos, en el Danubio hasta donde habrán flotado cuerpos para despertar con ojos llameantes rodeados de silencio.

 

¿Por qué escribir de esto? Leía libros que voy rescatando de un ocultamiento largo y forzado, redescubriendo sensaciones y miedos. Kyra Kyralina me regaló Francine. Nada mejor que una inglesa para entregar este libro. Mientras contaba de las sórdidas calles de Leeds, de algún viaje al gris Manchester, mientras con lentitud quitaba los negros portaligas que aguantaban sus medias a lunares. O a veces no, cuando decía yo, implorando en mi alma pervertida, no, no te los quites, déjalos ahí y también los tacones altos. Si debe el oro pesar para las amantes rusas, la magia para las inglesas, esos ensoñados ojos de los prerrafaelitas no mienten. Así eras tú. Así Isadora aunque fuese californiana, Natasha Richardson… Viene entonces de ayer, tanto y mucho; justo enfrente de nosotros, en la calle Ecuador, el pintor Ronald Martínez fabricaba mujeres canastas. Luego del fuego nos acostábamos a leer en inglés a Sheridan Le Fanu. Miraba ese sutil latir de pezones, como si hubiesen escondido un péndulo debajo de un montículo. The Kinks, en cassette, A Well Respected Man. Y bailabas ligera sin peso encima el lado salvaje de Lou Reed, a la vez que te ensoñabas con la lírica suave de The Style Council. Pronto tendré sesenta y cuatro (When I'm Sixty-Four). La última vez que escuché Long Hot Summer tenía veinte y nueve. El balcón interno de la casa en la Venezuela estaba fresco. De allí salió tu avión. De ahí volé, quise cóndor y fui fallido obús. Pasó el humo supersónico por sobre mi cabeza y no tuve más que llorar. En esta casa en que guarezco todo nos amamos infinitos. Agua de caldera que calentaba la fría de la tina. Espuma barata y vino blanco de Bulgaria. Sonreías leyendo Penthouse cuando devoraba tus hombros; Blondie cantaba. Luego se esfumó. Desde el quinto piso no puedo ver bailar tus piernas, para cuando desciendo ha amanecido y apenas queda el tictac de tus tacos. No me dejaste ni medias negras ni el brassière que compraste en Poitiers.

 

He salido a aprovisionarme al centro contrabandista. Productos argentinos. Ravioles de ricota y espinaca, alfajores de chocolate, pasta de dientes, jabón de tocador. Carne de arándano que no hay membrillo, queso azul, antes roquefort. Contemplo cómo se aleja la avenida Juan de la Rosa. Detrás de mí estaba el río de Sarco, delante la lama y los eucaliptos. Agito la cabeza que no quiero que ayer sea hoy porque entonces no tendré otra opción que colgarme de las ruedas de tu avión, igual a los tristes fugados de Afganistán. Instante supremo el de la desesperación, íntimo, poderoso, fatal.

 

Me despierta la torre de Targoviste. Retorno a mi lectura de Codrescu, esta vez crónicas de América (Estados Unidos). Él y su acompañante detienen el auto ante un anuncio de aprenda a disparar armas de guerra. Debía ser Arizona, desierto. Una beldad gringa los instruye en el manejo de rifles de asalto. Diez dólares la hora con solera mojada, quince mostrando las tetas. Eligen las tetas, dadivosas; tiemblan con los disparos, sudan. Pezones grandes, marrones y toscos. Distintos los tuyos, péndulo enterrado, breves y rosa. Tú no disparas, eres maestra de inglés con cursos en Cambridge, a pesar de no haber leído a Thomas De Quincey en Del asesinato considerado como una de las bellas artes, edición mexicana la mía, nave de locos.

 

Me dicen que al sur se extiende Valaquia hasta el mar de Edirne. Sorbo licor de ciruelas y pienso en ti. Trabajaste para el Foreign Office, espía en Cuba y en Hispania, luego te diluyes como limón en vodka.

 

Daniela Billus llegó de Budapest con la lluvia y con capote de soldado. Me besó. Traía un libro de una escritora rumana suponiendo que yo podría leerlo sin dificultad. No fue así, resultó muy complicado a pesar de las semejanzas. Lo conservo en alguna caja en Denver con sus fotos y su aroma encerrado en botellita de perfume. Siento haber olvidado el nombre de la autora. Daniela se casó con Rotterdam y Rotterdam tenía a alguien. Otra vez, como siempre, quedé con un libro de versos y mayor ignorancia. “Varón, pa quererte mucho”…

 

Luego ingresé en el cine histórico. Inolvidable La última cruzada (Mihai Viteazul), Mircea, sobre un rey valaco, abuelo del Empalador. Mucho más, contemporáneo, antisoviético, contestatario.

 

Celan, Cioran, Herta Müller…

 

“Varón, pa desearte el bien”…

26/01/2024

 

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Imagen: Retrato del poeta Ilarie Voronca por Victor Brauner

Thursday, January 25, 2024

Viaje alrededor


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Otro texto perdido. Corte de luz y mejores sueños para aquellas palabras. Había anotado un nombre por mucho olvidado y no está. Una lámpara de nácar me cayó en la cabeza y me mandó a buscar memorias en la escalinata de Eisenstein, abrazado por Anastasia. La Moldavanka, la pequeña iglesia ortodoxa a la vuelta del hotel, el restaurante Kazán. El parque de la ciudad, un kiosko sobre la Preobrazhenskaya donde vendían cerdo y pollo asado envueltos en papel madera, para meterlos en el bolsillo y tomar los atestados tranvías amarillos de Odesa. Frente a la catedral el conductor tiene que parar en medio del cruce de avenidas, descender y a mano mover una palanca para cambiar el rumbo de las vías. ¿Cómo estarás Odesa bombardeada? Me pregunto si siguen sirviendo almejas con hirviente queso derretido encima.

 

Preguntas. ¿Por qué el monumento al atamán Holovaty es con mucho mayor al modesto busto de Khmelnytsky siendo que la plaza central de Kiev lo tiene ecuestre con bastón de mando? Me falta mucho por aprender.

 

No dormí. Las horas se sucedieron casi con asfixia. A las tres me puse a mirar una película rusa (Amanat/Anton Sivers, Rauf Kubayev, 2022) sita en Daguestán 1839, en medio de la eterna guerra del Cáucaso. Como siempre, muy bien hecha, colorida, impecable en el vestuario de época. La estrenaron en mayo del 22, apenas comenzada la invasión de Ucrania. Sintomático, el imperio ruso… Un supuesto paseo del poderoso entre poderosos ejército y medio millón de muertos. Pensé en Lermontov, también en Pushkin. El joven Tolstoi de Los cosacos, el de Hadji Murat; hasta vino en mente la novela de Franz Werfel Los 40 días del Musa Dagh, Armenia, el genocidio. Recordé imágenes de cine del conflicto de Chechenia. Sables y dagas curvas, casacas circasianas. El fabuloso mundo de Shklovski y sus azeris, asirios, kurdos, pueblos montañeses, persas. Complicado universo como el de sus alfombras donde uno suele perderse en la narrativa de los hilos, en lo compacto del tejido y las tramas invisibles que juntan, aúnan todo.

 

Llovía todavía a las cinco. Viento que levantas la cortina y la ahondas cual vela cóncava de los bajeles cartagineses, de los griegos que desembarcaban vino en la Cólquida dorada. Murallas de la fortaleza de Akkerman, orillas pastosas del Dniester. Veo alejarse tantas olas con las que había soñado al jubilarme. Me ha atrapado el tedio de los platitos, la minucia cochabambina del placer atroz.

 

Encerrado en casa por dos días. Desde el quinto piso veo al ron buscándome, preguntando al público vecindario si existo todavía. Me entretengo con la febril imaginación de mi amigo, el poeta Nevado Andeslis y su homenaje al cristalino Silala, en las alturas del fin del mundo. Distraído con el maestro Juan D'Arienzo instrumental, de una de las polvorientas cajas que me quedan por abrir. Encuentro una foto de carnet del tío Jorge Ferrufino, mi certificado de bachillerato ¡1977!, boleros de Leo Marini.

 

He encontrado la sangre otra vez y me he sorprendido. Quién supiera del trabajo de las sombras. Llegó mientras miraba una foto enviada por Milana: Veliky Novgorod, Bucarest, Francia, vaya trayecto huyendo del genocidio. He hallado de nuevo la sangre y no eran ni las dos de la tarde. Tango Rodríguez Peña, La viruta.

 

Al caer el nácar roto del techo se ha clavado según garfios en la piel futuro. No leo en coca sino en viento. Combada la vela el edificio navega por sobre la antigua acequia del Phujru, hacia las canchas Gutiérrez, el hipódromo, cruza la Blanco Galindo, la inexistente torre de Goyeneche, se enfanga en La Chimba y el barro azul de La Maica. Sigue por Itocta donde campesinos que murieron hace cincuenta años preparan ambrosía debajo del molle.

 

Se fue mi maestra Gaby Vallejo; no la veía hace mucho. “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería”.

 

Apareció la sangre y demando si es significado.

 

Anaqueles vacíos que nunca se llenarán. Odres de piel de buey. Desfilan ante mí mujeres, la Santa Compaña que miré a medianoche mientras descansaba debajo de un camión al pie de la cuesta de Yocalla. Corría un arroyo cristal de dulce sonido. Al amanecer subiríamos con el verde camión Leyland rumbo a Tarija. Ellas ufanas mas tenebrosas. No me descubrieron porque dormía detrás de las ruedas pares. Se diría que cantaban o eran aullidos de perra ante las puertas infiernas.

 

Aparece un video triple sobre Pedro Primero el Grande, con actuación de Maximilian Schell; otro doble del Napoleón de Abel Gance. Me resisto a deshacerme de ellos así sean lastre ya. Al fin no treparé al globo aerostático de la feria en Nuevo México porque la fanfarria tuvo su tiempo y carga su pasado. Pedro I, si todo me revierte a Poltava, quiéralo o no. Anoche, en el inicio de una película ucraniana sobre 1918, el primer voluntario para combatir a los rojos da su nombre, estudiante de profesión, lugar de origen: Poltava.

 

Alterno páginas e imágenes y jamás ausente la música. Para combatir la sangre pongo a tocar calypso.

 

Me he rodeado de pinturas, cuadros, pintores fantasmas. De la ausencia de mis hijas me he envuelto. El ron toca a mi puerta y no le abro. Hoy no estoy para ti, amante, labios de caña azúcar negra a orillas del Esequibo por donde pasó desapercibida la guerra. Cayena, horror del Surinam. El Gran Almirante miró desde la borda y aseguró ver el Edén. Corrían hombres desnudos de piel tostada. O monos sin cabello.

 

Dejo correr la ducha sin caer en su embrujo. La apago, he humedecido la piel de los fallecidos para hacerla rosada, rozagante y que al menos por hoy noche, dancen al ritmo de la marimba. Marimbas durante cada almuerzo en Cholula, orquesta de ellas en ambiente de chile y nixtamal. Xela. Debajo de la pirámide escondida, dicen que la mayor de México, he olvidado a propósito varios recuerdos. No regresaré a buscarlos.

25/01/2024


Monday, January 22, 2024

Visiones de enero


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Deambulé buscando anticuchos como si necesitara a Cristo. No los encontré. Seguí los pasos de la juventud borracha, los rincones del hambre y nada quedaba. Finalmente, en una esquina, una vendedora con hijo, sola en medio de un manchón de polvo, cocía corazones machacados y removía el ají de maní. Me senté sobre un balde volcado a manera de asiento y vi pasar automóviles oliendo el picante.

 

Había visto mujer tan hermosa horas antes que me entretuve imaginando tontas canciones de amor, al estilo McCartney. Madura, nariz alargada como prefiero, ajado un poco el nacimiento del seno. Brazos justo antes de que les venga lo feble y cuelguen. Diría la belleza antes de morir que es sin duda la mayor, la sensual, la erótica, la sexual, la última. Imaginé esta Cochabamba urbe pero todavía oscura y apresuré la vuelta a casa, a las lámparas Tiffany sumadas a los grandes muertos. Pensé, sé bien por qué, en Tamara de Lempicka. Me senté a escribir versos alegres y me detuvo inmensa pereza, el cabello sobre la funda roja, el vaso de agua, zapatos sin ton ni son. Dejé para mañana, hoy, intentar recuperar los sentidos de entonces. No esfuerzo mucho la mente para recordarla. La miré tanto y de cada ángulo que bien tenía para hacer con ella un filme. Tu boca entreabierta que semeja perecer y gime. La elegancia de tus pies de uñas pintadas. Perfume, seguro, tenue, apenas por encima de tu magnífico sudor. Cuello que hubiera deseado Charlot, el guillotinador. Llevas calzas verdes, supongo, como el Don Gil de Tirso, breves, a diferencia, mínimas y bordadas, casi venidas de las manos de beatas que venden sus trabajos en el vestíbulo de Santa Clara.

 

En el trayecto de retorno usé varios bancos para observar y descansar. Se ha multiplicado todo, cierto, pero viene a ser lo mismo. Lugares de comer, no podían faltar aquí, por doquier; aromas de bazaar y especias. Tánger sin magia. Más Hong Kong de gente olivácea; tal vez Samara. Azahar, cedrón, comino y paico.

 

Si estuvieras. Puedes no darme tu nombre que de hoy a mañana nos esfumamos y ni rastro habrá de anillos de humo. Casi un sueño lamerte el sudor de las axilas, palpar el infinito. Ven, siéntate en la noche de los anticuchos, sorbe el picante amarillo, nadie ni Cristo nos ve y está suelto el pecado. Déjame tocarte las vértebras salientes que puedo contemplar, quitarte del cuello oro y religión, abrir el secreto que deja tu espalda desnuda, pecosa y jugosa. Gotas de calor se deslizan por la ruta de la seda; allí van mis caravanas, con mosquetes de pólvora seca y dagas curvas. Me ofrezco a ser pescado que muera en tu atarraya. Pero el ruidoso silencio destruye el campo de Eros y sigo vivo, caminando José Quintín Mendoza abajo, pasando por la casa de un amigo suicida. Si estuvieras. Tal vez cedería al día nublándolo de cortinas para hacer noche tu presencia. Llegarías a casa, buenas noches esposo, hijos, ajena al vicio que acecha. Mala noche sería la nuestra de tan buena. Sócrates bebiendo con filosofía la cicuta.

 

Largo intervalo del ron.

 

Ceibos y eucaliptos de Pihusi, polvo sin tiempo. Modorra de alcohol caribeño. Entrada de Apote, caminos de infancia y padres relucientes, el Volkswagen verde claro. Las fruteras ofrecen chirimoya y achachairú, ha desaparecido el ciruelo blanco. Tu carne lívida tanto la fruta es, de oscuras brillosas semillas, negras tormalinas de entrepierna. Largo, excesivo ron. El ventilador trae aire en dirección a mis pies descalzos. Caí muerto sobre la cama al entrante amanecer. Quizá un día no despierte y si no lo hago jamás recordaré que soñé contigo. Pero ahora, alerta, miro tu fotografía con chaqueta de terno. Por la construcción detrás supongo París pero pudo ser Praga. En cuál de ellas he de amarte no sé, tu espalda rasgada por rugosa corteza.

 

O sobre el polvo siempre igual de este campo rural que se llamó Pandoja donde tuve mujeres dádivas cuanto febriles. Alfalfa sobre los puntiagudos pechos de G. E que desviste sus delgadas piernas germánicas. F sentada sobre un peñasco en vestido blanco y abierto el sexo atravesado por ventiscas de eucalipto. Has de ser, tú, mi extremaunción; sí, tú, la de ayer.

20/01/2024

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Imagen: Tamara de Lempicka 

Thursday, January 18, 2024

Campos de frutillas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Strawberry Fields Forever. Pingajos de sangre en los restos de pastos congelados de la estepa. Resalta el rojo sobre el blanco, incluso el rojo negro que no es Stendhal sino coágulo. Ninguna gloria en la mierda esta; no hay épica ni romance. Los pollos que cuelgan en los rieles del matadero con cuellos abiertos no despiertan poesía alguna. Llanura de fresas que no se convertirán en deliciosos pies de fruta del hemisferio norte. Ni las muchachas pondrán frutillas con crema entre las tetas para el onomástico cabrón de los mediocres.

 

I read the news today, oh boy. Para Gloria el éxtasis, el viento que corría por su cuerpo albo en los pasadizos secos de Iquircollo. Le traía retamas y la piel olía a ellas, amarilla piel de oro, pétalos de metal maravilloso en contraste con su pelo. All you need is love, decía la brisa y sonreía la retama incluso al morir cortada a mano de manera brutal teniendo el tallo duro. Pero incluso ella, diosa bella palpable, sucumbió a la tara de los revolucionarios de opereta, de esos que lloran como en el teatro, en un falso contrapunto entre Lully y Molière. Pobre de ti, Gomorra; ay de ti, Sodoma.

 

Pero Gloria no está entre los frutos caídos de la Ucrania carmesí. Es solo una gustosa distracción mientras aguardo por la noche, a veces silenciosa, a ratos ladrido de perro. Pedía ella a mi padre que no escribiese más de mis recuerdos. Jamás me he confesado y no tengo penitencias que cumplir y digo y escribo lo que me venga en gana, duela eso a amores y a enemigos.

 

Observo desde un montículo de Huliaipole por rastros de humo. Humo blanco no significa que habemos papa sino que los cadáveres y el aceite ya se consumieron y que tanques y tanquistas se van al cielo de los desnutridos, al paraíso del hambre desde donde observarán a sus familias devorarse entre sí debajo de la fotografía de un semidesnudo Putin. Carezco de piedad y duele no ser Cerbero para mancillarlos aún más, arrojar sus extremidades al agua infecta, al lago de los mitos o las elucubraciones de Tolkien. Dioses nórdicos enloquecidos, Loki decorado de arlequín; Baba Yaga, la bruja de Emerson Lake & Palmer convertida en dron con racimos explosivos de uva apurpurada. Fiesta de la vendimia donde las reinas no son tetudas campesinas con ramos de flor en los cabellos. Vendimia de degollados, a quienes se ha cortado el talón para que no puedan escapar, a la manera de los pampas del Martín Fierro en otra llanura que también fue decorada con intestinos de serpentina y banda militar tocando aires de carnaval.

 

Bajo persianas en la cocina y caigo en cuenta de extraños nimbos pintados de oscuro. Sobre los edificios todavía sin luces se mueven con lentitud. Sigo con la vista los pequeños cactus que asoman por la ventana. Amenaza lluvia pero no. Voy al noticiero independiente, no al New York Times que pareciera querer una victoria rusa. Noticias entre tendales de muertos, carros de asalto que arden, kadyrovitas mojados como cerdos salvajes, no tan valientes como les gusta mostrarse en Tik Tok, mobiks desventrados, recién salidos del horno, marraquetas al carbón.

 

Aviones desaparecen engullidos por el mar de Azov. Karma maldito que flota impasible hacia el puente de Kerch. Cuando el concreto se hunda en el estrecho será el fin de Rusia. Buryatos y bashkires están preparados para la independencia. Manchuria volverá a China y el último zar, el enano hijo de putina, habrá conseguido deshacer para siempre lo que sus admirados construyeron a fuego. Hombre de la mafia, creyóse el Grande, imaginó tener en Siberia esclavizadas para siempre las chaquetas amarillas de Ucrania, igual a las azules suecas que construían Tobolsk en el siglo dieciocho. Pobre, no le alcanzó la estatura, la cojera que no supo disimular. Nació mediocre y morirá en el palo; chancho a la cruz ofrecen los cocineros camino de Trojes, pacú a la parrilla, filetes de paiche. Bastardo que no alcanza ni a pescado ni a puerco, putino fue y tal morirá, sin festejos rimbombantes.

 

He derramado gotas de goma de pegar en la superficie de mi escritorio nuevo. Nada puede alcanzar perfección. La saliva no alcanza para extirpar la mácula, ni el aguajabón. Lo hice tratando de arreglar pequeños detalles en mis camiones de colección en miniatura con los cuales jugaba mi sobrina nieta Renata. Eso no le hubiese permitido ni a Dios. En Los cipreses creen en Dios, José María Gironella retrata a un anarquista que protege a una familia burguesa: a esta casa no entra ni Dios… Pues a mis colecciones tampoco.

 

En los últimos mil años la divinidad no visitó ni por accidente los llanos de Ucrania, ni las estribaciones montañosas donde se ocultaron de la Horda y donde hubo guerrilla, de buena y mala memoria contra Stalin, a favor y en oposición a Alemania. Terrible tiempo de asesinato. Pero Jan Matejko retrataba a Khmelnitski y a Tugay Bey contemplando una aparición divina en Lviv, ni para decir que no hubo devoción por el permanente ausente.

 

Estoy en Santa Sofía y me pregunto si el bastón de mando del hetman señala hacia Polonia. No ubico los puntos cardinales en esta urbe. Gran explanada y la iglesia magnífica en su azul claro. Caminando por la ancha avenida llego hasta mi barrio, huelo los árboles del parque, huelo el pan dulce en el kiosko de la esquina. Luego penetro en mi caverna soviética. Como siempre el vecino encerrado escucha rock clásico. No he de verlo jamás, ni cuando salgo hacia Boryspil, el aeropuerto, rumbo a Londres. Recuerdo de las ventanillas del avión otro país. Si fuera ahora encontraría los forever strawberry fields, los campos de grosella, de granada roja y cuarteada, de sangre la mazamorra que produce el kvass. Color de carne de membrillo. Al oeste el Tunari se pinta naranja, tenue reflejo de lo que es hoy el fin del mundo. Duermes, Irina, en tu lecho de espinas sin pétalo. Haría escalinatas para ti con cráneos de orcos cubiertos de terciopelo, todos parejos, medidas circunferencias para que no tropieces. Desciende por la escalinata macabra e inventa un  pretexto para que por ti llegue yo a ser más cruel.

15/01/2024

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Imagen: GETTY IMAGES

Monday, January 15, 2024

Pax Putina


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Guerra que matas el amor. Pax Putina, de crimen y espanto. La noche se cierne sobre las blancas cortinas. Morir cada noche como una luna exhausta, decía Evtushenko; morir de amor canta Miguel Bosé. De calzones celestes y calcetines grises me he puesto a escribir al lado de un vaso casero de jugo de tamarindo. Suena alguna moto, aúlla el perro de siempre alrededor de dónde. En Avdiivka, incendiados tanques florecen como crisantemos y cadáveres rusos yacen dispersos, maltratadas semillas. Quiero decir que matar al enemigo es acto amante y vuelvo al principio del texto y sé que navego en fatídica contradicción.

 

Honda pena, el oblast poltavo, tierra negra de luto feraz, despierta, duerme y habita entre alarmas de misiles. Un lago esconde la casa del poeta que escribe en árboles y plantas de agua. Si vale la pena escribir, lo dudo, ha llegado el tiempo de matar sin concesiones. Que el pueblo y la inocencia, que las madres y esposas, no interesan. Luego vendrá la reflexión, si viene. Uno pierde la juventud en minucias hipócritas. Será la edad, el cansancio, pero los números ya no cuentan, que diez mil, veinte mil da lo mismo. No, lo mismo no, que el número debe estar del otro lado. Hemos vivido desde el génesis en exterminio, pues que suceda. Poco ha de quedar de todos modos, quizá escondidos en cuevas persistan los sin rostro frescos de Capadocia. El ciego Homero tenía razón, veía en su sombra lo que otros ni sospechaban. Ilión es la trágica imagen impactada hacia el futuro. Lógica malsana, destructiva, caníbal, lógica que nos rige y que si no obedecemos nos acaba. Los niños de Mariupol y los de Gaza no eran niños, si no, según decía en arte gráfico Fontanarrosa, guerrilleros enanos. El rosarino lo plasmó en una de sus magníficas series: Boogie, el aceitoso. Era Vietnam y los norteamericanos llegan a un poblado que arrasan. Un soldado comenta: pero, si son niños. Boogie responde, cigarrillo en la comisura del labio inferior: No hay niños en Vietnam, boy, son guerrilleros enanos. Lógica imposible de detener.

 

Abres los ojos azules. Tu azul mira el azul del cielo y aseguran que es color de felicidad. Late dentro de tu pecho angustia. Lucha por obtener un repollo, pan de cada día. Creo en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Debiera decir: matador de vida, creador de muerte. Creo en ti, todopoderoso asesino. Y sin embargo las mujeres de Chernihiv calzan crucifijos antes que medias; las de Sumy juntan el cabello rubio y acomodan el collar del que cuelga el martirizado. Qué otra cosa es esa si no adoración de la muerte. Para colmo los amigos llenan cada día las redes sociales con bendiciones y amén. ¿Tornaron en locos? ¿De dónde viene tal indecencia? Mentirse uno, mentir al resto. Que Dios es amor catapulta el son de los obuses. No me bendigan tanto que no vine a perdonar. En bala o en palabra pondré el sello del infierno en la frente de quien se me oponga, ellos no son el nombre de dios ni del diablo son; la realidad tiende a falsamente catalogar lo que siempre ha sido obvio. Nunca ha existido el bien. En sus cansados ojos se asomaba la pena, decía Esenin, tal vez escribiéndole a Isadora Duncan, mostrándole que las delicias del amor terminan con el tormento. Golpes de caja de negros peruanos, oé, oé.

 

Sugiero aparecerme como un espía tártaro a bordes de la Besarabia, de la Carpacia hermosa o la tibia turca. Rehúsas porque con ello vendrá el fin de la vida, dices. En Rostov y Krasnodar milicias alistan palas plegables que cortan con facilidad un rostro en dos. Obsolescencias de una guerra nueva, de cañoneros volantines y ojos de cristal. Un soldado ruso se arrodilla ante un dron para que no lo elimine. Cierto que hay ojos humanos detrás de las cámaras. Volviendo a Homero, estas máquinas magníficas y desalmadas son los otrora Minerva y Apolo, uno en cada bando para afirmar sus deseos. Los ojos de arriba, el rayo que baja del cielo, lo inesperado e invisible. Tanto como nacer y fenecer.

 

Termina el domingo que de ausencias fue construyéndose hora a hora. Laboriosa imagen de desasosiego. El sol ardía en Tiquipaya y barrocos platos de picante de lengua llenaban las mesas. Oscuros y diría dudosos patos parecían querer volar antes de que desdentadas partisanas del hambre les hincaran las encías. Pueblo que traga y caga, repetía sin cesar mi padre. El polvo sigue llenando rincones, perros sin dueño aguardan por sobras para pelearlas con venezolanos exiliados, la ficción de la droga apuntala febles estructuras de patria. De a ratos pongo las pupilas sobre la pantalla y cuento los fallecidos que se lleva el Dnieper. La vecina en la mesa contigua sorbe huesos brillosos de grasa. Un guitarrero aúlla aquella canción de si vas para Chile. Le regalan monedas de cincuenta centavos mientras la gula exacerba los intestinos de comensales más interesados en devorar que en música. Otra vez, pupilas sobre el celular: Trump se cagó de nuevo en los pantalones y le asoman otro gigantesco pañal. Elegía del absurdo que debiese ser endecha.

 

Tristeza en el oblast poltavo, no habrá cartas esta noche, cigüeñas no podrán volar entre cilindros supersónicos. Recurro a Olga Nawoja Tokarczuk, deseo viajar con ella, ser tumbado por cualquier viento aseverando lo débil de nuestras raíces. Beber con Cendrars sin fin sabiendo que no hay dinero para pagar. Actividad del puerto, el Támesis lodoso del Dickens antiguo, Robert Graves y su herencia germánica. Cieza de León y el asombro. Tristeza en la tierra poltava, antiguos urinarios cubiertos de maleza cerca de la parada de bus. Manchones de bosque, correos electrónicos no cifrados con desnudos que llegan de Kiev.

 

Que ¿cuándo terminará la guerra? "El hombre sólo será libre cuando el último rey sea ahorcado con las tripas del último sacerdote". Iluminado Diderot.

14/01/2023

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Imagen: Batalla de Berestechko, 1651. Iván Bohun, de rojo, a caballo

Tuesday, January 9, 2024

Digresiones mirando un video tuyo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Grappa y tequila reposado. Kristina Balkina camina por una playa que fue, malla de dos piezas, negras, tatuajes en costado, muslos atrás, brazos. La mujer tatuada, falta Ray Bradbury. Vivir en tu piel los misterios, religión del vicio, misa con hostias carnosas, carnívoros labios de perro infiel. Odesa se incendia, ya ni tiene a Catalina, terrible emperatriz rodeada de eunucos decorados, entorchados y libreas de lacayos ilustrados. Misiles de ojos rasgados sobrevuelan los conventillos de Froim Grach, Creedence menciona a New Orleans, ciudad donde una mujer de tetas al aire devora un hot dog enfrente de un policía de traje azul. Parque Audubon. Espero a Caroline que no llega, pone una críptica nota acerca de un bar. Mi cama semeja cortijo de muertos. Misiles norcoreanos quieren ganar la guerra putina, la lagartija no puede sola. La Balkina camina sobre los desechos de Vladimiro, le aplasta el frágil cráneo con hermosos pies desnudos. Ni polvo era el cabrón sino algo como esputo. Bella desnuda sobre el remedo de hombre; Giordano Bruno sentado sobre la fea y tibia calva de Bergoglio.

 

Hago limonada de limones sutiles. Ácida porque lo tenue no vale, no ahora, no hoy. Que la boca se amargue. Anoche vi a un cobarde después de veinte años. Quise romperle la sonrisa pero saludó. Cortesía obliga y no me fabriqué un collar con sus maltrechos dientes. A ratos me asaltan impulsos cafres, caribes con ansias de parrillada de gente sacrificada. El festín que haría con diputados y revolucionistas, congresos como inmensos campos de barbacoa. Furia de Caupolicán. Juan Carlos Onetti pone sus pies en los soportes metálicos de la barra. Entristece, se llena de crepúsculo aunque ya son las nueve y escupitajos de lluvia se pegan a las ventanas. El Arcángel conversa por teléfono con amigos locales. Hablando en caló, en jerga narco de Tamaulipas, que la chingada, las morras y la pinta, nombre pintoresco de la penitenciaría. Recuerdo: “Oh, calle de Lecumberri, ya se acabó tu alegría, por allí pasó Madero rumbo a la penitenciaría”. La pinta… La Niña y la Santa María. México en lecturas.

 

Dime, Kristina Balkina, qué significa esa concha de mar impresa en tu hombro derecho. Sirena fuiste cuando todavía existía el mar de Azov. ¿O es en Trebisonda, Crimea? Todavía aroma el café de Mariupol, huele más que todos los muertos, mejor que ellos. El mundo virtual tendrá mucho por reconstruir de lo físico; lo otro se perdió para siempre. Los niños tienen que crecer con sabor a sangre. Ojos de girasol y dientes de vampiro.

 

Debía escribir una carta pero en la sección de documentos del ordenador encuentro textos y videos cubiertos de años, ni siquiera de polvo lo que les daría cierto romance. No es que sea meticulosa cuestión fría ni disección de extremidades pero no hay el placer de desempolvar secretos. Estos tienen una descripción, un número, extensión de palabras y fecha de creación. La máquina piensa por mí pero no goza con tus glúteos tan regulares, como frutos de hespérides que ya jamás robaré. Esta cuestión de lo efímero va acentuándose, cuando desaparece la acción que de minotauro hice en Creta, de toro o saltador de toros, en palacios pintados de rojo y negro imaginación, de cuando devoraba sílfides y ovillos de lana burda para hacer frazadas.

 

Protesilao desembarca primero y primero muere. Quién le exige ser cojudo, pobre héroe que apenas disfrutará un instante de su joven viuda por gracia y limosna de los dioses. Luego olvido.

 

Limón sutil. Nombre hermoso. Poética botánica, como la que escribe Gsús Bonilla.

 

No puedo postergar mucho más para enviar la carta a los campos donde perecieron los suecos, tierra negra, bosquecillos dispersos en manchas en los raiones del este. Pero la Balkina remueve arena con los dedos de los pies y sabe mover caderas. No viene de la Martinica, más bien del hielo, no del curtido ron oscuro sino de la leche. La noche de los solitarios carece de reloj, ni péndulos ni clepsidras, una recta entre dos puntos: ayer y mañana. Caminas tú sobre la Historia. Parodias a Heródoto y tu cuerpo pesa más que las perdidas ciudades del Magno. Vi, dice el de Halicarnaso, o dice Borges por él, eso y más. Me intriga saber que hay debajo del Takamaklan pero me distraigo cuando apoyas tu espalda en un árbol y sueltas los cabellos de tal forma que se borran de mi mente todos los poetas ciegos y solo arde un deseo que de sol no tiene nada y mucho de inferno. Tu nariz fina y alargada como adarga de lansquenete, igual de letal. Crimen que cometes con ella, aguja que no deja rastro cuando hiere el plexo, apenas un punto rojillo coagulado, parece picadura de mosquito.

 

Decirte, decirte, quizá estés otra vez escondida en el metropolitano de Kiev aunque me parece recordar que huiste al sur. En vano porque bombardean Odesa. Cochabamba sería una opción para ti pero terminarías encarcelada por infarto popular. Prefiero mantenerte aquí, en el ordenador HP de quince años de edad. Quieta y muda permaneces hasta que activo el play. Entonces el tiempo se ha detenido, ilusión que mata peor.

 

El rubio general Custer dispara sus revólveres de plata tratando de preservar su presente. Hasta que un brujo cornudo de bisonte piel y hueso se le aproxima por detrás y lo corta. Imagino que las squaws sacaron puñales de pedernal y le comieron el todavía caliente corazón. Eso duran historia y vanidad, un cierre de párpados.

 

Me aferro a ejemplos, digresiones, para explicar que te contemplo casi desvestida, en la inmemoria o memoria de la nada, horas que no fueron, un sueño de Lewis Carroll. Me alegra verte, haces de mí serpentina, lo asocio con la llegada del carnaval en el sur semidesértico. Suenan bombos y sonajas. Me arrojo sobre un largo espino de mistol y termino esta vida con épica aquea del mayor de los Ayaces.

08/01/2024


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Imagen: La muerte de Ayax Telamonio

 

 

Sunday, January 7, 2024

Baila, desconocida


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

  

 Te daría treinta años de mi vida pero ya no los tengo.

 

Quiero llevarte a mi pueblo a vivir, quiero morirme a tu lado, cantan en la noche cochabambina. Y tú giras ajena a que te estoy mirando, casando, matrimoniando, asesinando. Marcelina dame alcohol. ¿Eres tú Marcelina? ¿O de la noche fantasma naces y quieres burlarte de mí? Sprichst du Deutsch? No eres alemana, a lo sumo española que es lo mismo. Pero esos giros no son ni germánicos ni checos. Medievales, sí, como fiesta de santos reyes. Me siento, no descanso, con la izquierda bebo vino, cerveza con la derecha; siempre he sido alquimista. La carne joven danza, nada más lindo que el vientre encima de la cintura. Acomodo el exceso de canas en los costados, no he ido al peluquero. Fui pero el maestro andaba en disquisiciones con un inválido buey que me cansé y abandoné.

 

¿Que si quiero llevarte a mi pueblo a vivir? Quiero pero no tengo. En 1976, bajando Caraparí, cruzamos el Bermejo con madre y hermana. Luna de Tartagal, por supuesto, y de Embarcación, Güemes, Orán, Estación Perico. Marrón llanura de pesares suyos que hice míos. Dime, tú que bailas, quién eres. O Luzbel te ha enviado para engañarme que es carnaval y salte como kusiyo. Me he parado a mirarte, danzas con neandertales con ínfulas de poetas. Giras. Y giras. Y tus piernas se abrirán según flores negras para servirte en desayuno. Y yo, que me he enamorado de ti, sin nunca saber tu nombre ni verte, ni una ni dos ni de nuevo. Te pediría tu nombre pero soy hombre callado. Dejaría un tendal de muertos para acercarme a ti pero me convertí en decente, Dios no tuvo nada que ver, ni Klimt ni Playboy. Chasqueas los dedos imitando castañuelas. La noche tuerce los pies en chacarera. He llegado a mi cuarto solo. Beckmann toca un corno y parece que Sacco y Vanzetti están tomados de las manos.

 

Quiero llevarte a mi pueblo a vivir, quiero morirme a tu lado, porque mi rancho, mi perro y mi buey ya quieren verme casao, voz de Arturo Sobenes. Leo carta de mi amor. En su misiva gritan rusos desventrados, barcos se hunden y las minas marítimas parecen flores de tuna. La leo y la deseo pero no te quito de mí, tú la otra. ¿Quién eres, perdiendo la vida con bueyes aptos para el arado? Mi esposa cultiva nabos en lo poco libre que dejó la guerra. La amo y la extraño, pero esta noche estoy dispuesto a ceder los cinco años que me quedan ¿seis, diez y seis? por ti, porque bailes y gires con tu blusa floreada, porque hoy, sobre toda la vida, te quiero.

 

Romántico alfeñique. Debí avasallar con sangre la tierra alrededor. Tuya la victoria y la muerte tuya que vida es.

 

No decido nada, apenas puedo lavarme los dientes, pareces española pero ruedas como del sur. Sal echarán en tu vientre y semilla. Y yo contaré mis años en ábaco de cinco nudos, sabiendo que treinta no puedo ofrecerte, ni quince ni diez.

06/01/2024