Claudio Ferrufino-Coqueugniot
El departamento está extrañamente vacío para domingo. Plácido, diría. Lectura de 1917, libro de Martín Kohan. Breve obra que disfruto. Época aquella cada vez más distante en el tiempo pero que pesa, una Rusia que parecía estar entonces solucionando sus contradicciones siendo que las ahondaba incluso más. Un ya discapacitado Lenin (pensé sin quererlo en Dalí) sin poder escribir. Kohan narra detalles que podrían lucir triviales que sin embargo retratan el momento histórico: los diarios de las secretarias del líder soviético, por ejemplo; las notas de Jacques Sadoul, testigo privilegiado de la insurrección de 1917…
Pecaminosos
ojos de Anna, soñadoras pupilas de Irina. Yo revoloteando en mis ilusiones
literario-históricas, añadiendo el contexto femenino que sin ser imprescindible
es dichoso. Tanto ha cambiado en tan poco espacio temporal. Ni diez años desde
que miraba la ruta que llevaba a Belgorod. Infranqueable ahora, y por muchos
años lo temo. Camino que jamás he de tomar. Permanezco en la mirada de
entonces, afueras de Jarkov. Fui a la librería en pos de Apolonio de Rodas y
salí con otro autor, con el vicio del este, de Rusia, Ucrania, el Báltico y
Balcanes. No puedo con mi carácter. Puedo, claro, es un decir para justificar
un arraigado gusto por ciertas cosas.
Cordero al
estilo turco decorado de arroz amarillo con pepinillos en vinagre. En una
terraza de Kiev, muriendo ya octubre, el de 2018 no el de 1917. Ligados ambos
por el entorno, por el aire anciano que no se disipa. Es 2026 y adelanto por
las páginas. Hay humo en la cordillera. Los “hermanos” campesinos queman lo que
odian: los árboles. Aunque esta es afirmación plagada de prejuicios, lo sé. El
espectro de Ruanda flota sobre este país. La gente desconoce, no quiere pensar
o no cree, pero está. Omnipresente. Lo dicho hace un momento es parte de ello,
minucias que van añadiendo a un todo que causará la debacle, muy postergada por
cierto y que podía haber sido evitada. Va más allá de la desaparición de un
líder, monstruo de pelo hirsuto, de inmensa, literal, cabezota y ambición
inenarrable, faro de ilotas, letrados y no, de la tierra del fin del mundo.
He de
salir, quiero ir a sentarme en la plaza, alejado de jubilados que apestan a
muerte y que sin embargo, a orillas del panteón, solucionan lo imposible.
Extraño animal el ser humano. Mi café favorito cierra hoy. Si no hay multitud, tal
vez robe un ápice de calmo silencio a la catedral. Confieso que tal vez no sea
el café lo que me atrae allá sino la hija del dueño. Sabe que mis ojos
entrecerrados, asiáticos, la siguen. Lo sabe y aprovecha. Bate su propio café
como si estuviese actuando para Wong Kar-wai y que esto fuese Shanghai y no la
provinciana soleada Cochabamba. Podríamos conversar acerca de la Ruta de la
Seda o de música actual. Sin embargo, mejor callar que hay que leer… No
desviarse de la senda de Samoa, ni de Schwob ni de Stevenson.
Avanzo en
dirección al Sajama, devorando páginas de El
club de los suicidas, de Robert Louis Stevenson. Mientras tanto torturan a
mis amigos en celdas policiales de La Paz. Golpe de Luis García Meza. Llevamos
en camión carga de madera tropical hacia Chile. Pienso en ellos, cómo no, entre
el fuerte olor a pescado de Arica e inolvidables sopas marineras en el mercado,
con leche y con limón, blancas con notorios erizos carmesíes. La sangre, la
sangre arrastrada de los pies en la plazuela de Cala Cala, sangre de un
desconocido eterno que mataron los soldados por la noche, como a mi amigo Otto,
como a tantos. A borbotones, cuando el orificio de una bala semeja un imparable
pozo petrolífero.
Ha
desaparecido el humo. Sigue en Almería, en el encendido televisor. Así era en
Colorado, a veces semanas de cielo nublado, gris, pero no de nubes ni tormentas
sino de lo que produce el fuego. Año tras año, país por país, adrede en la
Chiquitanía boliviana en donde el monstruo de cabello animal ordenó la quema
total para plantar su maldita hoja sagrada.
Busqué
música de fondo. Iba por Schumann pero me decidí por quintetos de Luigi
Boccherini. Vaya maravilla. Vaivén entre la revolución rusa, música del siglo
dieciocho y nuevos silencios que han reemplazado a los antiguos como ropa
vieja. Me place, me abre un sin fin de posibilidades. No elimina el pasado, lo
amolda a nuevos cánones, mejores en mi opinión. Intimidades para pensar
debatiéndonos en el caos alrededor.
En un rato
termino el texto, le permito descansar, liberarse de la carga del autor. Una
ducha, acicalarse, calzar botines y una pizca de colonia. Después de tales
mundanas actividades tomar asiento de nuevo, limar asperezas, quitar adjetivos,
decorar comas y puntos y comas y decidirme por el trazo final que hará del escrito
ya nicho inviolable, esté como esté.
Me he
regalado un domingo tranquilo y lo disfrutaré al máximo. Caminando el otro día
cerca del correo vi a un vendedor callejero que ofrecía unas memorias de Víctor
Hugo por Léon Daudet. Al fin decidí no comprarlo. Ni sé mis razones. Proseguí a
lustrarme los zapatos y tomar sol en los muslos detrás de los jeans. No habrá
tiempo de leer todo, ni el mínimo vértice del conocimiento. Andamos como el
Voyager, hasta que el aire nos disuelva y de nosotros no haya rastro.
Casi
llegando al borde de la carilla en blanco. Podría extenderme pero la máquina
marca límites que me impuse yo mismo. Dominar la verborrea tanto así el deseo
tienen que ser positivos. Habré madurado, manzana pronta a caer sobre la testa
de Newton. Al menos no opino ya de política aunque muchos me lo pidan. Era sano
ejercicio de ira cuya premura vital ha desaparecido. No que sea indolente hoy
pero mis prioridades han cambiado y solo yo me las sé, planes misteriosos y
privados del porvenir, cuadernos prohibidos por el momento. Me pregunto si esta
magistral música de Boccherini sea una demostración de dominar la paciencia.
Incluso dentro de las explosiones de pasión. Mide, me aconsejaban; la mesura
suele ser la forma para la materialización de los misterios.
Hago un
intervalo, dejo libres las palabras, alejadas de mí. El agua corre y arrastra
piel consigo. Míticas pitones de los tributarios del río Congo.
12/07/2026
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Imagen: M.C. Escher






