Friday, March 20, 2026

Travnik, Ivo Andrić


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Tropiezo en las redes con la imagen de un libro de Ivo Andrić: Crónica de Travnik. Debo leerlo. Andrić es un autor de mi juventud. Leer Un Puente sobre el Drina me animó a escribir, cuando hacía columnas en Opinión, un texto que se llamó El arte de empalar. Tristeza de pueblos aquellos.

 

Pasé por Travnik en la primavera del 2025, a la hora del crepúsculo. Ello acentuó aún más lo gris de la ciudad, aparte de los sitios con recordatorios de masacres durante la guerra bosnia y que proliferaban por doquier. Buscaré fotos de entonces. Algún café con un puñado de parroquianos y focos de escasa luz amarillenta. Solo de pensar en bajar del bus y sentarme allí me dio escalofríos. Había algo maligno en el aire, en una Bosnia que era geográficamente soberbia pero con un halo, en partes, fúnebre. Cierto que en Sarajevo, a pesar de todo, aquello se disipó. La capital, hermosa, daba suficiente para no recordar el horror. A pesar de las paredes acribilladas por balas.

 

No hacía mucho en que aguardaba en Lyon para mi viaje a Ljubljana y en ese largo pasillo de espera entendí que partía hacia un mundo que todavía no se había acomodado de lleno en la modernidad, por falsa que ella fuera. Caminaba entre la gente, de fuerte presencia rural, y parecía estar en una novela del siglo XIX, o en el Yampol de Bashevis Singer. Por supuesto no faltaban bellas muchachas eslavas que hablaban en alta voz, pero eso no impedía la sensación de pretérito, de canastas llenas de pan y encargos familiares, de coles y repollos. No los vi, no miento, solo anoto mis impresiones. Al fin trepé al colectivo y enfilamos hacia la magnificencia de las montañas suizas, despidiéndome de cosas tan íntimas como la ilusión, sabiendo que quizá ya no habría retorno.

 

Pienso en anoche y sus presencias. La botella de Altosama rosé helada. El aire todavía húmedo por la llovizna, ruido de tacones altos en el pasillo, la boca de lobo de la construcción contigua. Sorbo la copa mientras agoto un documental sobre Rumania. Después el silencio, imaginados perfúmenes escurridos hacia los pisos inferiores en donde, siendo un edificio nuevo, no cabe el leve sonido de un roedor ni el reptar de los insectos. Luces  apagadas, oscuridad sin misterio, simples sombras sumadas al rumor de gente que duerme. No es Travnik, gracias a Dios.

 

Veníamos bajando de Banja Luka, otra villa de pesado ambiente. Como si ya el cuerpo estuviera dispuesto a replegarse por las cosas leídas acerca de lo que pasó en Bosnia & Herzegovina. Comenzó saliendo de Zagreb y en los carteles al borde del camino encontraba marcas sangrientas de la historia que nunca se me borrarían. Todo parecía tranquilo. Tanto policías croatas como bosnios sonreían en el puerto fronterizo. Con pasaporte norteamericano me dieron prioridad y tuve tiempo de observar alrededor. Quioscos cerrados por la hora que daban sosiego. Vida apacible entre vecinos que al menos se respetan. Se creyó así en el pasado y nada estaba más equivocado. Me comentaban los trabajadores bosnios en Denver acerca de batallas, escaramuzas, matanzas. Las mujeres callaban. Décadas antes de mi viaje, cuando en el Denver Post contratamos refugiados para que embolsaran periódicos. Más de una familia comenzó allí, con el pequeño sueldo que el inmenso diario de Colorado les proveía. Luego fueron disgregándose hacia mejores trabajos. Un par de ellos se hizo rico; de la mayoría no supe más, solo que en el exilio aprendieron a rescatar la idea de Yugoslavia con la que habían crecido. La guerra no logró destruir eso. Físicamente no se diferenciaban de sus “enemigos” serbios o croatas. Eran tan altos y tan rubios como aquellos. Vuelvo a Andrić, que en una voluminosa novela explicó cómo se separaron los señores bosnios, favorecidos por los turcos, de sus pares eslavos. En tiempos del emperador Napoleón Bonaparte.

 

En lo que vendría a ser la plaza central de Sarajevo, con un colorido puesto donde vendían granadas, fruta y jugos, entre varios bustos estaba el de Ivo Andrić. Le tomé un par de fotos y luego entré a una iglesia católica justo en la esquina, al parecer bastante antigua, y caminé por la parte que supongo era norte de los barrios, derivando una y otra vez hacia la zona de los cafés y bares que dan a Sarajevo una imagen preciosa y cosmopolita. 

 

Me llené de deliciosos chocolates allí. Buscaba algún regalo para llevar a Belgrado. Simplemente el paraíso, todo tipo de frutas cubierto por chocolate, a cual más rico. Me apoyé en un anciano muro de piedra, cerca de las leyendas en inglés que explicaban qué eran, y comí. Añadí un par de recuerdos para mis hijas. Quise comprar ropas exóticas para enviarlas a España. En las tardes de Sarajevo, a veces con garúa, emprendía el regreso a mi hotel, sito en las colinas desde donde los francotiradores eliminaban civiles que caminaban las calles cerca del río. En la orilla de uno de los puentes las paredes de los edificios mostraban huellas del feroz tiroteo. Impasibles, los muros, desgajándose al lado de un curso de agua color naranja, el mismo que subiendo hacia el centro tocaba la esquina del asesinato más famoso del siglo XX, el que inició la Gran Guerra. Pura historia; dolor por cierto. La mente clara a la vez que confundida. Un amplio dormitorio moderno y cómodo, breve intercambio con turistas de Europa occidental que hallaban los precios más que buenos. No estaban mal para mí tampoco. He conservado algunos billetes atractivos de marcos bosnios. Están dentro de algún libro que traía desde el principio del viaje, el que se iniciaba en un Finisterre.

 

Luego cruzar la colina y entrar en el Sarajevo de mayoría serbia, muy distinto al otro, sin mezquitas ni muecines. East Sarajevo rezaba el gran cartel. Usted está entrando a la república serbia de Bosnia Herzegovina. Devoré uno de los últimos chocolates y me acomodé en una silla de parada de bus a esperar el vehículo que me llevaría a Belgrado. Tenía un cuarto reservado en un hotelucho en la subida de la calle de Gavrilo Princip. La historia, la sangre me seguían. Ineludibles, palpables, presentes. Un gigantesco Cristo protegía la hoy abandonada estación de trenes, ya en la capital serbia. Edificios carcomidos, destruidos en partes por los bombardeos de la OTAN prestaban una imagen fantasmagórica del atardecer. En el hotel pululaban los hindúes; quizá eran pakistaníes, y se oía solo su lengua en la recepción. Mi dormitorio tenía dos camas y utilicé ambas. Al lado de mi ventana, dormitorio 6, había un banquito en que me sentaba a leer. Segundo piso. La recepcionista quería practicar su inglés conmigo y le contaba de las montañas de Colorado. Error común, preguntaba acerca del Gran Cañón que está en Arizona, pero de todos modos era agradable conversar con alguien.

 

He pensado en Travnik muchísimas veces. Y fue una sensación especial ver el Drina, ya casi dejando Bosnia, no tan intensa como cuando hallé el Dnieper en Kiev pero también agradable. Vaya con mis memorias literarias. Sirven de mucho, a veces colaboran con el contexto. Caía la noche y las blancas tumbas de los asesinados, en pequeños grupos, recordaban cómo prima el odio por encima de la belleza. Grande el contraste de la blancura de los nichos con la oscuridad. Tenues luces de neón apagado anunciaban restaurantes. Supuse que incluso la comida en ellos tendría sabor de tristeza.

20/03/2026

Monday, March 9, 2026

Sentarme en una plazuela después de cocinar


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No es que haya un vacío sino que el cielo está gris. Transito por la calle Aniceto Padilla como si estuviese internándome en la lengua de agua del río de la Gambia. Luego al Zaire en busca de las tribus enanas del Congo y los elefantes pigmeos cuyos blanquísimos colmillos semejan mondadientes de plástico.

 

Solo está gris, nada que ver con la tristeza. Tanto se ha perdido ya que lo abundante y nuevo colma las expectativas. No suena el Zambeze, es el Paraguay. Saltan pirañas de vientre carmesí; otras, más pintadas, vuelan y se transforman en cuervos tropicales, vestidos de etiqueta de profunda selva.

 

Leo a Peter Mathiesen, en parte diría sobre las huellas de Mungo Park. Lo alterno con Rage Against the Machine. Contemplo al vecino regando plantas del alargado patio, jungla particular. La pizzería de la esquina está abierta. Preparan su salsa base con kétchup, por eso no voy. Allí flamea una bandera amarilla azul amarilla que desconozco. No es de un país; pertenecerá a un club de fútbol.

 

En Kiev bailan bachata los que van a morir. Escribe Anna: nada nuevo, segundo bombardeo de la semana.

 

Muchachas sin rumbo me cruzan. No miran, carecen de pupilas, de cejas y brillo. Las vendedoras de achachairú ni les prestan atención. Va con la época, el ritmo malévolo de las redes sociales se apoderó de sus mentes, zombies con tetas, apenas tienen mirada para cierta lujuria de cartón, opaca como alabastro.

 

Cuarenta años atrás bailabas Paint it Black, de los Rolling Stones, aquí mismo, cuando esta vivienda era de un piso, antes de que fuéramos a Alemania. Y sería carnaval porque deambulamos de fiesta en fiesta, con Sonia ya fallecida hace tiempo, con su pareja. Mucho viento alrededor. Retomo este texto así porque la tarde cae en tenue lluvia, cielo grisáceo, ideal color de melancolía pero no, no es eso. Es contar las gradas de la escalinata, del quinto a la planta abajo y subirlas de nuevo. Solidez de la experiencia que carece de humedades lacrimosas. Bailabas, sí, y fue lindo también. La noche tendría tu silueta confundida con luz de luna y tu agua tornaríase de fría en tibia. ¿Y qué? ¿Acaso no suena la misma canción ahorita? Margarita de Valois continúa poblando páginas literarias; la película rusa en la pantalla tiene mucho de Turgueniev y algo de Chejov. Sin tiempo para lamentaciones. Amo estas historias de bucolismo prenapoleónico. A la sordidez del París de la bruja Catalina se opone el extraordinario verdor de la estepa primaveral. Sería Murat o sería Ney sugiriendo al corso acerca de la invasión. Muy difícil vencer el deseo de atrapar la infinitud. No otra cosa es Rusia. Extraña tierra de dioses que eran demonios y cavernas de sahumerios y contraluz. Claro, la sangre, siempre la sangre. Antes de los guerreros asiáticos cuando el hombre que sobrevivió al diluvio no pasaba de bestia enmascarada.

 

En Matanzas te compré collares de coral rojo, collares de coral negro. Y anillos blancos de hueso de cocodrilo, de aquellos de la ciénaga de Zapata. En lo que queda del barrio chino de La Habana indagué por antiguas miniaturas. Sabía que esta vez sería la última en que asomaba por Cuba. No estaba yo en vainas como las de Varadero y las playas. Prefiero la franqueza de un café bar de medio pelo en donde apuro vasitos de ron de Santiago. ¿Por qué escribir esto ahora? Porque lo pensé hace un par de días caminando por Cochabamba comprando fruta. Quizá los colores despertaron esa parte dormida de mi cerebro. ¿Frutas negras? Hay pitahayas oscuras también. Y así salió. Con memorias de un restaurante popular al lado del mar entre bajeles cubiertos de orín y tristeza de perdida cronología. Arroz, frijol prieto y cerdo asado. Y una lata de la cerveza que no era ni para ricos ni para turistas. Bebida de pueblo para pueblo. Como un flash se me atraviesan los montes del Escambray. Hay tanta triste historia, antes y post Batista, allí. Otro mundo impronunciable mientras permanezco en la isla. Tan barridas las calles de tierra de los pueblos de Cuba. Impresionantes. Decencia en la miseria o no entiendo qué desean mostrar. Se veía bien, por supuesto, y no había borrachos meando en las paredes con la linga al aire ni nada similar. Ni mierda de perro ni humana tampoco al paso. Ni Cochabamba ni Montmartre.

 

Algunas lecturas de viaje: Rosa Montero en Boston. Qué rojos se veían los langostinos en el mercado de productos de mar de la vieja ciudad. Esto lo digo yo, no el texto, parte de recuerdos del periplo por Nueva Inglaterra, cuando era joven y lovecraftiano.

 

En mis avatares semanales entre leguleyos agrarios tengo horas para sentarme en las plazas. Siempre con un libro que la mayor parte del tiempo no abro. Más interesante contemplar a la gente que sumirme en la ficción. Usualmente en el café con un cortado chico enfrente. Aunque he parado un poco. La última vez que vine acompañado fue con Carol. Por lo general en solitario. Sonrío recordando a mi padre que venía aquí, él que tenía tan bella sonrisa, afirmando que ponía cara de perro mientras bebía su café porque no quería que nadie se sentase con él. Él que tenía tan bella sonrisa. Por lo serio que era, quizá.

 

Los mismos parroquianos de siempre. Veníamos hace treinta años, más chico el lugar, pero bueno y aromático café, mixturas de los yungas bolivianos que se han hecho un espacio entre los baristas del orbe.

 

En el piso, el Diario de Irak, de Mario Vargas Llosa. Ideal para hoy en que los kurdos iraquíes comienzan a posicionarse de las montañas del norte de Persia, aguardando por el principio de su mundo y tal vez el fin del nuestro. Los raros leopardos del Caspio estarán ocultos ante la debacle. Soñé con este espacio a ambos lados, en las dos costas. Leyendo a Gorki e imaginando la extraña vida salvaje. Mar agitado, parece alta mar y es un gigantesco lago.

 

Hora de descender las trescientas escalinatas hasta la planta baja. Nada de Sísifo, alejado del drama. Un simple ejercicio de muslos y rodillas. Me sentaré en el sofá de marrón claro y continuaré con Hesíodo. Voy a abrigarme con el chaleco que me acompañó en tantos cientos de noches entre lechuzas y tormentas. Permanece, algo raído, pero cálido e íntimo como ya no suelen ser las mujeres.

09/03/2026

Tuesday, February 10, 2026

Ruido de cuchillos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Afilo los cuchillos. Vamos a matar a los hombres-pingüino de Pokrovsk, o donde estén escondidos con sus malditos picos de hojalata. Me cobraré muchas cosas con eso. Dirán que la venganza es nociva, que esto y aquello, pero el águila arpía en la cumbre de los bosques trinitarios mueve la cabeza con desdén. Luego, serpiente alada, Quetzalcoatl, extiende su sombra buscando presa.

 

Sin retórica ni pena. Es que esto en algún momento tiene que terminar. Mi amiga Volskaya tiembla en un callejón helado. A los rusos de trinchera no les va mejor. Sabemos a dónde debía apuntar la ballesta pero se hace difícil. Tendrán que pagar los monigotes disfrazados de ave.

 

Me abstengo de leer elegías a la muerte. Y hastiado estoy de los payasos de la literatura con veleidades de puta. Y que las bellas putas me disculpen que estos no les llegan ni a las nalgas. Apenas los veo me domina la tirria y paso rápido los enlaces. Que no me interesan sus controversias de triste mercachifle. Mejores cosas hay: pelar un pacay de verde oscuro, escuchar viejas canciones country de Neil Young, imaginar qué fin le espera al tirano del Kremlin: ¿el del Falso Dimitri, el de los streltsy despedazados al hacha por Pedro el Grande en persona? Es Rusia; la estepa se extiende en las tomas de Bondarchuk con opaco marrón.

 

Rotterdam, Berlín, Modigliani, Chagall, Klee, recorro mis paredes y pienso en la inolvidable Debra Winger bailando vestida de cowgirl en algún antro de Texas. No amo la música country, no, pero las composiciones del cantor canadiense son diferentes, hasta distintas, otra cosa. El domingo atronaron mi departamento, a todo volumen, aprovechando que los inquilinos son feligreses y oían sermones consabidos en las iglesias mientras yo le daba al álbum Old Ways. Al departamento 5D se trasladó una vecina. La ayudé a entrar porque las puertas se abren de manera digital. Hasta ahora, y dado que los dueños del 5E al fondo viven en Oruro, el piso me pertenecía, mías sus sombras y silencio. No hay paz que dure cien años, ni guerra cincuenta…

 

Bajo las lluvias de otoño se tejen sueños épicos al otro lado del mundo. No prosaicos como los que ilumina este sol. He visto Poltava esta mañana, un mínimo de nieve cubría calles y veredas. No veo tus huellas allí, ni con anteojos. La gente camina como si no hubiese guerra. Y eso que a dos horas de allí está el frente de batalla. En Kiev, magníficas muchachas bailan bachata cubana, lecciones de baile aprendidas en intervalos de explosiones. Sonríen. Volskaya gime y la entiendo, pero estas danseuses tropicales parecen no inmutarse. Camino en memoria por Kiev, hacia el centro, hacia el mall Gulliver. ¿Era la ópera o el teatro municipal? Ciudad gigantesca, no sé cuánto en porcentaje urbano habrán dañado los drones rusos. Hace años hubo un momento en que se creyó sucumbiría, con sesenta kilómetros de tanques y tropas aproximándose. Allí hubo la jugada individual, los golpes de mano de la resistencia sin organizar. No pasaron, Kiev fue entonces la tumba del fascismo. Recuerdo unos versos de Rafael Alberti sobre Madrid. No dudo que la capital de Ucrania tiene los suyos que aparecerán con el tiempo. País poético. Vladímir Korolenko vivió entre Zhytómyr y Poltava, ambos hitos de mi periplo amatorio. Imposible no escribir sobre aquella tierra; imposible de olvidar. Entre los santones hebreos de Zhytómyr y los infantes suecos de Poltava, tanto para pensar y recordar.

 

Trabajo de manera dispersa y me distraigo con cosas ajenas entre sí: el período cenozoico y la derrota mongola a manos de los mamelucos. Sin nombrar siquiera esta tierra non sancta que habito y de imaginar la venganza de los mapuches o al viejo Almagro divagando por cada lugar que hoy piso. Tengo cosas en qué concentrarme y voy marcando un orden necesario. No es que lo aprenda, yo tuve a cargo mío al menos a cuarenta trabajadores y tenía que ser muy preciso en instrucciones y pagos. Falta reactivarlo, skills que uno ha desarrollado y escondido al no necesitarlos ya. Pero presentes. La noche fue larga como cabellos de mujer, plácida como su perfume. Escribir en mente entonces muchas líneas que se diluirán con el sueño pero de las cuales permanecerá una esencia que puede y suele ser bien elaborada luego. Me he sentado a plasmarlo. Alguien habló de matrimonio en la mañana y fue interesante. Perspectiva de hombres solos y acomodados. Décadas de emigración detrás, sacrificios y placeres. Amanece sobre las ciudades bolivianas; así amanecía en Denver, Alexandria, San Francisco, New York. Cabarets de Los Ángeles en 1997, jarras de cerveza sin terminar. Los muertos de ahora que entonces hablaban, la exhibición de Ché Guevara en la universidad, fotografías de Rodchenko y escritos de Pasternak.

 

Recorro orillas del río Bravo. Guerra de baja intensidad. No obuses que destrozan la casa de Ekaterina en un santiamén. A ratos un muerto que flota en las aguas cubiertas de algas, con culebras devorándole los ojos. Al otro lado del mundo las víctimas se cuentan por cientos. Trenes, buses, automóviles particulares se dirigen al oeste. Los rusos marchan en distintos frentes. Hay que hacer malabarismos para huirles.

 

Las mujeres de Ucrania luchan como hace mil años para proteger a los suyos. En occidente es otro tema, otro drama, la debacle no en ciernes sino ya presente. Una con la que se tendrá que lidiar o preferir hundirse. Ahora hablamos de realidad, del atroz sonido de máquinas voladoras que vienen a matar. Del miedo y el dolor. Existen sociedades condenadas a desaparecer y otras que se aferrarán a la historia. Ucrania se ubica con el segundo grupo, a pesar de todo. No puedo creer cuando veo el ritmo de caderas aprendiendo los alegres pasos del Caribe en medio de un conflicto bélico. Vaya fortaleza. No se han escondido a lamentarse, encaran el futuro sin temor y si vencieron a las hordas asiáticas también derrotarán a estas. Busco en un mapa virtual “mi” casa de Kiev. Supongo que la foto es actual, continúa allí, sólido el edificio en su fealdad comunista. Los viejitos, en la subida hacia el parque, prepararán el hirviente café como siempre para la venta. Ese aroma supera al del odio, es inmune al olvido.

 

Por otro lado, y aunque parezca contradictorio, afilemos las hoces para buscar a los hombres pájaro de Kupiansk, desean mimetizarse con la nieve. No podrán.

10/02/2026

Wednesday, February 4, 2026

Más de dos millones de visitas


Llegué ahí, en años y sin quererlo. Por supuesto que me siento satisfecho. Los blogs son ahora algo del casi pasado y como tal lo trabajo poco. Lo mantendré mientras dure, es una suerte de hemeroteca para mí.
El total alcanzado es 2.002.089. Corresponden a SUGIERO LEER 1.108.059 visitas y a LECOQENFER (textos personales) 894.053. Siempre aguradecido a lectores y colaboradores. Vamos por el 2026. Desde el 2009. Abrazos.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Friday, January 30, 2026

Sodade


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No es que esté nostálgico de Ligia este enero del 26. Entre nosotros no hay nostalgia. No diré que todavía existe el fuego, no. Pero sí algo sólido y fraterno, como aquel leopardo congelado que contaba Hemingway en la cumbre del Kilimanjaro. Sodade a las once de la mañana. A las siete llamaron y se invitaron amigas brasileras con cerveza después de su noche de insomnio. Recibí el encanto del portugués, hasta los exabruptos que en esta lengua suenan como poemas. Hablaron de sus novios, de la frustración con los hombres, ese animal cobarde y escabroso, lagartija, alimaña, según decía una canción mexicana. Ya no bebo cerveza pero esta supo bien. Siete y media se fueron dejando las latas de Paceña a medias. Ya me había duchado, peinado, pasado la gomina por el delgado cabello que se me puso gris. Las acompañé al ascensor y abandonaron el pasillo con olor de mujer joven. Volví a la mesa y terminé mi pesado vaso alemán con todos los escudos estatales del país. Leí a Anna Seghers, no tomé una llamada que venía desde el fin del mundo. Contesté notas salidas de la guerra en el este de Europa. Nada de melancolía. Brilla el sol y el ritmo de la morna le da al viernes tono especial. Ahora salgo a tomar un expreso y sentarme, solitario jubilado, a lustrarme los zapatos en la plaza principal. No participo de corrillos de viejos que cada día salvan el mundo y retornan a consumir la sopa fría en casa, servida por nadie o por una sombra que arrastra los pies como si dolieran. Tiempo inexorable. Digo, sin ánimo sentencioso, a hijas y sobrinos que después de los cuarenta la vida agarra un sprint imparable que nos desborda y arroja al borde de un yermo, en un banco de deslucido verde, agobiados por el peso de la insatisfacción, de haber amado en vano. Podría no ser así; no es así. No soy libro de autoayuda pero he pedido monedas para comer en la Porte de Vanves en París y me he roto la espalda con martillos y hachas en jornadas de veinte horas en Norteamérica sin doblarme y sin perder la pasión.

 

Atardece. Limpio la mesa, vacío los restos de cerveza, separo las latas para el reciclaje. Continúo con Cesária Évora antes de salir a caminar. Escribo después de mucho. He retornado a leer. Marina Ivanovna Tsvetaeva desea recostarse en el hombro de Rilke, el dulce Rilke, poeta favorito de mi madre. Pensé en él, no sé bien por qué, mientras deambulaba por las calles de Ginebra, algo entristecido a pesar de haber contemplado las moles montañosas de Suiza. Mi amiga Volskaya me pregunta cuán cerca estuve de Ucrania ocho años después. Pregunta si tendrá que esperar diez años. No hace poco estuve, respondo, en Eslovenia y Serbia. El plan era asomar al mar Negro en la costa rumana e intentar subir por Akkermán (Bíljorod-Dniéstrovski) hasta el Dniester y continuar inclinándome hacia Odesa. Sugirieron no hacerlo. Trump acechaba como un djinn malévolo por quienes enfrentaban sus torpes decisiones. Ni siquiera llegué al mar, esa es historia que ya he contado. Cierto que Ucrania dejó de brillar para mí después de la desaparición de Irina. Otras eventuales voces despertaban de cuando en cuando. Ahora, de improviso, cartas y notas se han hecho diarias, escritas no a luz de un pabilo pero sí de un modesto foco de 25. Reclaman un pasado bien antiguo ya.

 

Hoy va haciéndose caduco. Leo sobre lobizones gallegos y fiestas de carnaval con terroríficas máscaras. No dudo que explicarías al detalle acerca de ellos. No estuve en Cochabamba en estas fechas el año anterior. Preparaba la visita a Betanzos desde un Denver que aún nevaba. Helaba las puertas del pequeño auto que Aly me había prestado. Creo que el año anterior, el 24, tampoco estuve. O sí, cuando llegaron mis hijas y Álex en la primera reunión luego de mi viaje de retorno.

 

Anna Volskaya escribe momentos atrás, desde Kiev. Literalmente se está congelando. Si se lee las noticias se verá que es cierto el desesperante invierno de la Ucrania de principios del 2026. Ocho años y algo más pasaron desde que caminaba al bar escocés en la casi esquina del bulevar del hetman Skoropadsky, notable asesino. Broma de la vida que esconde hábilmente de tu intelecto cuán rápido el tiempo vuela. ¿Serán diez?, pregunta Anna. Y en este instante diez años ya para mí son la eternidad, muy lejos de la sonrisa de cuando tenía cuarenta y paleaba nieve descalzo y sin camisa. Debo medir, me aconsejan, y por supuesto que sí, hay que hacerlo y además no queda otra. Terminó el tiempo difícil sin garantía de que este vaya a ser mejor. Lo es en espíritu y eso importa. Hora de planificar, ya nada está ni asegurado ni regalado. Me congelo, dice ella; y Kate afirma lo mismo aunque no tan extremo.

 

La geopolítica está convulsa, de cabeza, no se sabe a ciencia cierta qué va a pasar. Extraño que en su crisis emocional Donald Trump siga aferrándose a Rusia que es caso perdido. Agarrarse de las ruinas de un imperio no sirve, Rusia no juega ya, a pesar de sus obsoletas armas nucleares, misiles que explotan antes de volar, soldados en la trinchera del oeste que llaman “Coca Cola”, por el color, al agua putrefacta que beben. Me recuerda los libros de Sven Hassel en donde en el frente oriental el vodka tenía de todo menos patatas, incluso jugo de cadáver.

 

Recorro la historia, la “guerra de invierno”, en la Finlandia del 39, con relatos alucinados, rayanos en la fantasía. La silenciosa muerte vestida de blanco, impredecible, invisible. No es propiamente alba en el conflicto ucraniano, hasta la guerra ha cambiado de expresión. Anoche vi en televisión, surreal, a un soldado ruso disfrazado de pingüino, con traje de aluminio para engañar a los drones, y al que se acerca de frente uno de estos, pequeño como araña de cuatro patas y adiós pingüino. Narraban que la última carga de caballería fue la de los ulanos polacos contra los tanques panzer alemanes. El ejército de Putin no carga pero monta caballos, burros y mulas para trasladar material. ¿Por qué Finlandia? Porque fue otra derrota rusa, igual que contra los japoneses en Manchuria. El imperio se desbarata. El único que parece no darse cuenta es el mesías rosado de la Casa Blanca. Ni eso podrá evitar su debacle.

 

Sodade. Sí. La bailo solo, en silencio; los vasos están lavados, hierve agua para el café. “Me congelo”, suenan tus palabras. Y brilla aquí, como en el himno local, el sol radiante. Paradojas y soldados disfrazados de aves antárticas. ¿Qué falta por ver? ¿A Napoleón en la silla presidencial de Bolivia? No el adusto emperador en el frío de Eylau sino a un jumento de estos que pare la “izquierda”. Es otro viernes y no pondré a la diva del Cabo Verde a cantar. Sí tangos de la década del treinta, sin letras completas solo con estribillos. El estribillo que rima con frío es el de muerte, el brutal suicidio ruso.

30/01/2026

 

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Imagen: Fritz Burmann, 1924

Tuesday, January 13, 2026

Faldas de los Cárpatos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Preguntan si he olvidado a Ucrania. Por supuesto que no. He estado derivando por el trópico y otros menesteres literarios. Entre varias cosas. Con cierto sigilo por un extraordinario año que se iba, que parecía que nunca abandonaría. Extraño imperio de la calma, casi lecturas adolescentes de Hermann Hesse, las vicisitudes de Max Demian leídas a escondidas durante las clases de dibujo. De todos modos, siempre he tenido manos inútiles para ese arte. Mirando tranquilo por la ventana, en un universo que aún no prefiguraba al lobo estepario. ¿Y  ahora? Noches perpetuas de lluvia. Altas montañas iluminadas por parpadeos. Hasta hace poco eran preámbulo de dulces líquidos azules, tenues amaneceres con las persianas abiertas. Hoy prefiero el silencio de la oscuridad, perros ladrando, cierta vieja cumbia que tocan en algún lugar de los techados que contemplo. No me interesa descubrir su proveniencia. Cierro los ojos de Cochabamba y sueño. Me concentro en los movimientos de una nueva novela, acaricio sus posibilidades; lejos de cualquier influencia deseo hacer algo que me guste, que en absoluto deba justificar. No tendrá los claroscuros de László Krasznahorkai, es más bien un lienzo plagado de verde. Creo.

 

Digo al amigo que pregunta que es un silencio adecuado a los cambios de época. Que le explicaré cuando vaya avanzando con ellos. Pero quedan las páginas sobre el libro de la guerra de Ucrania sin terminar y tengo que hacerlo. Me lo debo, y a Irina, y a mucha gente que vive en tal memoria. Kateryna ha recomenzado a escribirme, ha bajado de las faldas de los montes Cárpatos a las extraordinarias callejas de Lviv. Su última carta, anteayer quizá, justo antes de que el misil oreshnik tocara su ciudad. Poco hace temblar una explosión de semejante calibre a las mujeres que aguantaron por centurias a la Horda de Oro. Continúa hablando, contando tristezas sin jamás decorarlas de sollozos. La vida es así por ahora y así la vivimos. Un pueblo que fue el sostén económico, industrial y científico de la Unión Soviética. Capaces de construir lo inimaginable, de dejar anoche a Belgorod en sombras a pesar de cuatro años de asedio permanente por el enemigo. Nunca la vencerán. Si Ucrania se acercó a Rusia a mediados del siglo XVII es porque se trataba de un asunto de supervivencia histórica. No implica que sean lo mismo porque no lo son. Hay un entremezclado lógico por tanta convivencia que confunde pero llegó el tiempo de separar las cosas. Y soñar con la Gran Ucrania que recupere de Rusia las regiones aledañas que siempre fueron cosacas. He ahí el logro innegable del tirano enano, el agentillo secreto, mediocre y falaz. Se lo agradeceremos cuando Rostov y Taganrog, el Kubán, retornen a casa.

 

Anna escribe hoy, la otrora abogada de Sumy. Apenas un críptico “hello” desde septiembre. Sus condiciones distan de ser las mejores y no hay manera de comunicarnos más seguido. Pero allí está, en una palabra que apenas es un punto en el vacío de una página virtual. Hay ausencias profundas. La villa de Poltava jamás será la misma y nadie me explicará, no ha de interesarme ya, en dónde se ubicaron las fuerzas suecas. Seguirá hermosa como sigues tú en mi memoria. Colorida, de vestido azul, conversando acerca de Gogol y Korolenko a orillas del Vorskla.

 

Suena Gogol Bordello en el tocadiscos. Me lleva a Uzhhorod, bajando de la montaña en forma de herradura. De Lviv y Kiev a Cochabamba. Y de Valencia, España, también, donde el éxito profesional de mi amiga Victoria enorgullece a esa generación de mujeres ucranianas a las que quiso destrozar la guerra sin lograrlo. Es que por más que busque en los recovecos, en cartas y mensajes, en notas manuscritas, no hallo llanto ni queja que exceda aquello de los inconvenientes de la situación. De las originales maldiciones a los chechenos violadores del 2022 a la solidez de una tranquilidad admirable hoy.

 

El conflicto continúa. Sin embargo el mundo está cambiando y la geopolítica se acomoda en espacios inverosímiles no hace mucho. Veremos cómo afecta. Cuando los santones islámicos de Irán cuelguen de grúas como hacen ellos con sus prisioneros. Y demás…

 

Me reservo aún aquel viaje por el delta del Danubio. Tarde o temprano ha de llegar. Me sentaré en un café de Odesa como antes y visitaré Mariupol reconstruida, sin el encanto del pasado que cargaba pero con ánimo y esperanza. Nunca el mar de Azov será el mismo del 2018 pero sabré enamorarme de nuevo de su costa. Me fotografiaré al lado de Majnó en Huliaipole. Así quise llamar la casa solariega que construiría en Corani en medio del bosque de pinos. Ya no será, hay demasiados nefastos “hermanos” alrededor, escoria que arrastra a Bolivia hacia el abismo, jamás serían parte del ejército insurreccional de Ucrania ni de ningún otro. En el feudo del narco solo hay un dios y no es el de la rebelión.

 

No, no he olvidado. Cierto que me he distraído pero hemos vuelto, justo cuando se renuevan las misivas que llegan de ese lado del mundo. La guerra todavía puede durar mucho. Acabaré el libro pronto. Sirve para ejemplificar lo que vi y sentí. Para seguir alegrándome de forma macabra con la eliminación de tropas rusas, con criminales de guerra volados en la puerta de sus hogares como corresponde. Putin tiene miedo. Su existencia llegó a su fin. El niño mimado del jet set europeo es un individuo pequeño aterrorizado. Sabe lo que le espera, a manos de los suyos por la derrota o a manos de Ucrania que lo ahorcará del ángel de Kiev en el centro de la capital. Será un día de gloria, con bandas y danzas cosacas mientras el viento agita el despojo infame.

 

Suaves pendientes, con nieve, suben a la montaña. Hogar de contrabandistas y de fantasmas. Fue un día crisol de cultura ucraniana, judía y gitana. Hitler se encargó de barrerlo del mapa; Putin quiere hacer lo mismo. Ni uno triunfó totalmente ni lo hará el otro. Si bajo del norte y voy hacia la izquierda llegaré al mar Negro. Si lo hago por la derecha encontraré el bosque sombrío, los castillos en ruinas que defendieron las fronteras de Moldavia de los otomanos, el borde de Besarabia.

 

Tengo que contemplarlo de nuevo. Lo haré algún día. Los años pasan pero no las ideas fijas. Y Ucrania es una fijación desde la infancia.

13/01/2026

 

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Imagen: David Burliuk

Tuesday, December 30, 2025

2025


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Dostoievski leyendo Don Quijote en Omsk. Frío y lobos. Hielo y lobos. Hierro, castigo. No puedo escribir, decía, mientras no digiera las experiencias, o algo así. Después el sol de Semipalatinsk, la estepa kazaja, de cuyas historias me nutrí por los inmigrantes rusos en el Denver de los años noventa. Ahí también el viento gélido corta el cuerpo en dos. No peor que Omsk. En la memoria, la brisa de Pavlodar agita tenues las hojas de los manzanos. Los años corren, así este. Hay aromas persistentes, permanentes en el pasado. Eso prima; eso queda.

 

Mucho recuerdo de este año, si cabe llamarlo así porque está aún muy vivo. Tal vez en unos meses se pueda mencionar estos tiempos como idos. Por ahora no. Escribir, por ejemplo, comenzaría Neruda, pero no deseo comenzar. Mejor dejarlo así, en la imperfección de los sentimientos. No sabíamos a lo que nos exponíamos y está bien. Si lo aprendimos o sacamos conclusiones se verá luego, por ahora hay que dejarlo correr. Todos mencionan la velocidad con que pasó; fue lentísimo para mí. Es más, me asombra que terminase, no lo hubiera creído. Pero estoy ante el hecho concreto. No se difuminan las siluetas de Coruña y de Betanzos, para nada. Tampoco las de Belgrado y la espera del bus que me llevaría a Bulgaria y del que tuve que alejarme sin yo quererlo. Circunstancias que tal vez truncaron cosas pero ni pensarlo, la dinámica excede con mucho las posibilidades y no se debe mirar atrás a riesgo de transformarse en sal.

 

Primer año jubilado, valga anotarlo, con el cúmulo de errores que hechos recientes y desconocidos traen consigo. Y con harto positivo, por supuesto. Ni lloroso ni meas culpas. Si algo se perdió, y bueno, tanto hemos perdido en décadas. Y si no, pues venga que las fuerzas se han renovado y luego de doce meses uno ha aprendido a construir trincheras, a solidificar defensas y crear estrategias de avance. Ha ejercitado sus filas, las ha disciplinado. Como un año de provincias para los maestros rurales, puro aprendizaje. Observa el maestro Juan Rulfo desde Sayula; observa y sonríe. Sonrío también, el guante ha sido echado, no tanto los dados. El desafío, no el azar.

 

Hermoso veinte veintinco.

30/12/2025

 

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Imagen: Marc Chagall