Thursday, September 17, 2026

Walden


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

“I went to the woods because I wished to live deliberately” Henry David Thoreau

 

Heme en la floresta del Shenandoah, Virginia, no lejos de la bahía de Chesapeake. Chipmunks; no vi ciervos ni ningún otro animal grande. Solo chipmunks vívidos, ávidos, rápidos, dinámicos, mínimos. Una línea bajando de la nuca por la espalda y el mimetismo extraordinario con la hojarasca. Ajenos al trasiego y a la historia. Afirman que el brazo de Stonewall Jackson, furioso general sureño, está enterrado allí. Lo habrán devorado los zorros, los topos si topos hay. No digo el inexistente ornitorrinco que hubiese paseado ufano por encima de los despojos épicos. Lo habrán contemplado a lo lejos las ardillas listadas, ocupadas en acumular alimento para peores días. La guerra siendo evento intrascendente.

 

Saliendo de Rockville, Maryland. Sería sábado; tal vez domingo. Mágica y arbolada Virginia en donde los bolivianos, tantos, viven mimetizados como los chipmunks del bosque. E igual a ellos van juntado dólar a dólar por mejores jornadas por venir. No hay contradicción.

 

Caminos pavimentados, algunos angostos a manera de sendas. Selva tras selva, claros a veces, soleados y asoleados hasta penetrar de nuevo en la sombra arbolada. Árboles de hoja caduca; en otoño se mira la majestad del asombro, la creación en su multicolor forma más bella. Invierno drástico, con vientos huracanados que llegan del mar, transformando una regular nevada en tormenta. Juego de circunstancias. En el océano cuyas aguas no sé cuán frían estén, los grandes tiburones blancos buscan rutas cálidas o, aunque lo dudo, se insumen en profundidades no aptas para su especie. Águilas y halcones, cielos al arbitrio de las rapaces. Al anochecer habrá ulular de búhos y lechuzas de cara blanca volando a ras del piso para no dejar vida activa a su paso. Mi relación con ellos es en extremo especial, treinta años de convivir con su lúgubre arrullo. Y verlos alto en los postes de luz observando al extraño en su automóvil que buscando parece perdido.

 

Leía a Thoreau en mi adolescencia. Le siguieron libros de guerra: Stephen Crane, Walt Whitman. Cuando en 1967 el correo norteamericano emitió un sello conmemorando al autor llovieron críticas. Que parecía un vago, un anarquista, nada acorde a la tradición norteamericana. A su manera, Thoreau lo era, antecedía a Tolstoi y vivió en el bosque de Walden por alrededor de dos años. Construyó su cabaña, a tan solo dos millas del pueblo de Concord, Massachusetts, y dicen que su madre le llevaba donuts, pies y carnes asadas que le preparaba. Igual sus hermanas pero nada de eso disminuye la idea del pensador de lo que quería hallar en tal alejamiento del mundo. Walden se preserva en la mente colectiva como la búsqueda de paz, contacto con la naturaleza. En calma, sin el horrible drama de Grizzly Man, documental de Werner Herzog, que es otra ida hacia el mundo natural con fatales consecuencias.

 

Decía Thoreau: “Mi mayor virtud es conformarme con poco”. Lo simple y lo austero, la felicidad alcanzada fuera del dinero, entre muchísimos otros asuntos, enseñanzas si se quiere llamarlas así. ¿Qué implicaría entonces “mi” Walden? Infinidad de caminos. Walden puede ser tan sencillo como la tranquilidad escuchando el rumor de la jungla alrededor, la brisa del agua fresca sobre la tierra. Hojas caídas y pintadas, únicas en su efímera expresión. ¿Recuerdos? Quizá. ¿O es Walden escape a mortificaciones triviales, a congojas que no debieran exceder ni tiempo ni memoria? Múltiples respuestas, muchas vanas, pero cuya importancia radica en preguntarse, no en obtener mágicos planes de evadir sentimientos mundanos.

 

Volviendo al valle del Shenandoah. Nada tan fascinante por lo hermoso, a excepción de West Virginia. Y, claro, cabe la canción de John Denver que cantábamos con las hermanas en toda reunión: “Country roads, take me home to the place I belong”. Almost heaven, West Virginia. Extenso recorrido sin ver gente. Universo de bosques e historias de luchas mineras del carbón. Ver el filme Matewan (John Sayles, Estados Unidos, 1987) al respecto. Historia real bellamente convertida en arte a pesar de la tragedia que narra. Pues allí íbamos, saliendo de Harpers Ferry, villorrio en la confluencia de los ríos Potomac y Shenandoah, a  subir las colinas y rodearnos de silencio. Casi cuarenta años se han ido desde entonces y no regresé. Después de Alexandria, Arlington, ambas Virginia, de Rockville, Maryland, y de DC, la capital, emigré, pionero tostado del siglo XX hacia el oeste. “The West is the Best”, en palabras de Jim Morrison. Algo de cierto hay, Escondido entre las greñas de los bisontes o en el terror poético de Kubrick en El Resplandor, sito en un inmenso hotel de Colorado al pie de las Rocosas, entre grupos de alces y el presagio del hielo.

 

Busco Walden, y Walden habita en cualquier lado, incluso en Bolivia si no te linchan los “hermanos” por lucir diferente. Ahí Walden acabaría como la historia de los osos pardos devorando al ingenuo. Antropofagia común santificada por espurias prédicas de santones inventados a medida. Los humanos crueles; los osos simplemente naturales.

 

Es tiempo de retornar a la lectura de Henry David Thoreau. No es prédica en absoluto. No se trata de un profeta sino de un hombre. El pasillo del quinto piso permanece oscuro. Las escalinatas podrían ser cataratas que suenan leves en medio de la intensidad; también la inmensidad. Besos nunca dados, labios cerrados por votos de castigo, abiertos a los señores de la mediocridad, pieles entregadas a pobres imágenes remedos de arte. Queda Walden, el camino limpio de escombros, dejados de lado. Muslos de piso noveno, apartamento dos, desmienten la soledad, son rítmicos iguales a canciones. Musicantes los cuerpos, encerrados ante el calor oeste de la tarde. Una toalla azul cae sobre el lecho. Sumadas voces de plegarias obscenas. Luego calma, rumor de ropas que se ajustan de nuevo a los dueños. Al fondo la figura de la floresta, sin rubor ni deseo de carne. Walden.

 

Walden.

 

16/09/2026

 

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Imagen: Sello postal norteamericano, 1967 

Sunday, September 13, 2026

Tristes lunas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Asolaban esta tierra los mescaleros. Lejos, en distante geografía, un pequeño halcón de tonos azulados levanta vuelo con una serpiente de cascabel, el doble de su tamaño, entre las garras. A orillas del río Infiernillo. Como mandado a hacer el nombre. Florecen los jacarandás. Y el púrpura del color de sus flores se torna al anochecer en misterioso violeta de tonos dantescos. No noche, no se ve nada, ni estrellas ni satélites. El Hades, no la noche. Abro la cortina y solo se observa el destino.

 

El televisor narra fechas que no sé a qué se refieren. Tal vez Bielorrusia, quizá el desierto de Sonora. O la Tierra de la Sed, como llaman a una zona del olvidado sur de Argelia. Parece interesante pero decidí retratar la oscuridad, con flash y sin flash, con algún amarillo rayo emulando explosión solar o la nada, el pabellón negro, pizarrón de escuela primaria. Atraviesa el cielo un Lockheed P-38 Lightning, avión de reconocimiento, que sin duda carga en su equipaje al arduo aventurero y desdichado amante Antoine de Saint-Exupéry. Solo como su príncipe niño, tan cerca y sin embargo ajeno al paraíso. Zorros hablantes, igual a los de las fábulas; zorras que gritaban como niños en los inviernos de la calle Valentia, en medio de arbustos plenos de mofetas y escorpiones. Solo gritan peor los gatos en celo, mimetizados en las ramas del enorme molle macho, quejándose a la luna por falta de amor.

 

Pareciera que el tiempo ha corrido a la inversa. No la alucinación de un caudillo aymara trabajando sobre relojes occidentales sino el de Clitemnestra tomando venganza. Nunca terminará Prometeo sus labores conspirativas. El mínimo halcón carga un enorme ofidio que con lengua bífida palpa antes del fin el aire de la muerte. Se dice que las aves rapaces devoran el hígado de los sabios, oscuro como la tumba donde yace el amigo de Malcolm Lowry, casi de hollín mezclado con orín.

 

En el cuarto trasero una media luna. La pesadilla le ha devorado un buen trozo del círculo. Borges mencionaba las yeguas de la noche. Las he visto pasar con sonajas en los cascos y semejaban de fiesta. Conversaban entre ellas en lenguas y se supone por ello que pertenecían a las elegidas. Una, la mayor, tornó la cabeza hacia mí y sonrió.

13/09/2026

 

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Imagen: Luna del tarot

Sunday, September 6, 2026

Páginas de cárcel, entre otras


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Leí los viajes de Marco Polo en la cárcel de Leadville. Antigua población minera de plata en las montañas de Colorado. Vimos aquel saloon tanto Oscar Wilde como yo. No cambió nada desde el ochocientos. Iba en las tardes allí, bajando desde mi restaurante en la colina, a ver raras piedras y minerales en las tiendas y tomar cerveza. Cierto día me dormí en el bar y me despertó un fuerte golpe en la columna vertebral producida por un bastón policial. Horas antes discutí en la barra con algunos montañeses que se burlaban de un parroquiano mexicano cuyo dinero era tan bueno como el suyo. Les decía que mientras mis antepasados hacían disquisiciones acerca del hombre y la política en el foro romano los suyos se devoraban unos a otros en las selvas de Germania. No sé si lo entendieron pero el golpe en cuestión duele todavía, más de treinta años después.

 

Lo cierto es, y no debido a aquella ocasión sino a otros menesteres de los que no voy a hablar, que un preso sonorense que hacía de barrendero me facilitó los Viajes de Marco Polo para distraerme. De todos modos había una luz roja encendida las 24 horas y pude terminar el voluminoso libro bastante rápido. Las celdas estaban en el segundo piso y no sé si había otros alojados. No vi ni oí. Solo una nube de polvo que anuncia la llegada del Gran Khan. La veo desde los barrotes teñidos de luz artificial.

 

Conversábamos con César Soto de la Ruta de la Seda, djinns y derviches; de Samarcanda y de Bujara. De los uigures y su ciudad mítica. De allí salió Marco Polo en el intercambio epistolar. El Asia Central me asocia a mi amigo Yefim, particularmente a Kazajistán, pero de un lado y otro he tenido noticias, leído sobre los ingleses colgados en garfios en las carnicerías de Kabul. Rastros de Alejandro el Grande y sus soldados en los pasadizos secretos de Pakistán. Poco decir un sueño. Mucho más. Fascinante alucinación. Comentaba a Loren Otero sobre sus escritos y mencioné “verbo alucinado”. Palabra y tierra en el vaho de la memoria incierta que por cierto es la más rica. Pakistán, Afganistán, sumados a las líneas de una escritora de Betanzos. Dice ella: “Un magnolio longevo teme siempre la tala, vestido de luto contempla sus futuras cenizas con inocencia prestada, con tanto olvido y tanto recuerdo no sabe en qué bosque anidar”.

 

Enfrentado al luto de la historia se mece un blanquísimo floripondio.

 

Leo en la noche El Don, de Nabokov. La guerra hoy, el 42, mil años atrás. Sangre como riego de cultivos. Por eso lucen tan rojas las remolachas de Ucrania, tan carmesíes las granadas de Sarajevo. Leo, leo, en el teléfono y bajo la brisa andina. A pesar de las bandas, las eternas fiestas que aunque no estén resuenan igual en el aire. Miro el noticiero con imágenes de Colombia. Debo, no solo quiero, escribir sobre eso, tomando en cuenta unas viejísimas memorias de la guerrilla en Marquetalia.

 

Aguardaba en Leadville por mis hermanos llegar para pagar la fianza. Luego vendrían abogados, fiscales, jueces y castigo. Para eso habríamos de subir la montaña de nuevo y manejar por el hermoso paisaje con carga de supuesto oprobio, con gran desazón. ¿Para qué? Como siempre que he estado preso, y van cinco, no sirvió de nada. Excepto por los libros y las conversaciones con convictos en el patio colectivo en horario de recreo, digamos, antes de acostarnos en disciplinada fila con los llamativos trajes naranjas de los felones, en oposición al azul de delincuentes comunes.

 

Un desnudo pie con uñas pintadas de fuego cruza el horizonte. Ya no son solo tanques camino de Kursk, ciudad milenaria, los que intervienen, también mujeres libres de ropa como si las hubiesen sacado de cuadros de Maurice Denis y desvestido para la foto.

 

Dice Vladimir Nabokov: “Onegin se levantará de sus rodillas, pero su creador vaga lejano”. Piensen sobre ello, hay una profundidad que debe tocar a los escritores, cuando la obra ya solo se pertenece a sí misma y poco importa, a no ser para el índice onomástico, quien la escribió. Ninguna veleidad mayor que la de considerarse elegidos.

 

Intento recrear detalles del periplo de Marco Polo y no lo logro. Quizá la circunstancia cauterizó el recuerdo. Lo olvidé, hasta por ahí, ya que siempre el Asia Central se ha movido en mí como espectro familiar. Solo que entonces, ya habiendo devuelto el libro al carnal que me lo prestó, aconsejándome que no desesperara por la soledad o la permanente claridad. Ni su nombre anoté, ni el del juez que presidió muy formal mi condena que no fue tal. La vida siguió su curso. Las hijas creciendo, la escuela llena de padres de familia mintiendo ser comunidad fraterna. Yo trabajando de noche para siempre y la inercia del desasosiego que persistió a lo largo de los años hasta desvanecerse parecida a la niebla. Veo fotos de playa y luego la tierra que desenmascara la marea baja. En La Baie, norte de Québec, existía una isla en las afueras del pueblo. Era isla por horas y tierra firme por otras. Siempre busco lecciones aunque no aparezcan…

 

He hervido el agua y dejado que el café humeara y se enfriara. Lo recalentaré más tarde, al sonar las seis. No presiono al domingo, me traslado de acuerdo a su énfasis. Cuando toquen las seis en las iglesias del centro se romperá el hechizo. Todavía me falta responder cartas y hacer citas académicas. He enviado mensajes y algunos semejan idos, perdidos, extraviados. Amaneció el sábado color índigo. Hoy despertó trivial, apenas un rosa tenue infecto de marrón. No son señales sino humores del tiempo.

 

El barrendero de la cárcel del fin del espacio, arriba, en la cima donde solo cuchichean estrellas, asoma con humildad y me habla. Me extiende el libro del italiano y en jerga norteña burlamos el destino. Su vieja habita muy lejos, alrededor de Durango. La mía mirará series norteamericanas de televisión. En la prisión local de una agotada mina de plata estamos un hombre de Sonora, uno de Cochabamba y Marco Polo. Viajamos, por supuesto, en imaginación o camellos, venciendo tormentas de arena.

06/09/2026

Wednesday, August 26, 2026

De la música la palabra


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

¡Jácaras! Increíble música del barroco español de siglo XVIII. En guitarra, de Santiago de Murcia. Compré el disco en Denver, hace tiempo, cuando retornaba de Betanzos en Galicia. No lo había vuelto a escuchar desde entonces, desde los largos panoramas de la ciudad de Aurora y sus amalgamas de riqueza y miseria hasta este quinto piso propio en la tierra de mis padres, sobre su arduo trabajo y el crecimiento de seis niños. Jácaras de melancolía en el crepúsculo, con tintes de Proust y violentos cielos de Turner. Introducción musical al sentarme a escribir acerca de la relación de ella con mi literatura, del juego impasible y silencioso que sigue escurriéndose entre mis letras. Ora sangre ora lágrima si hemos de conceder espacio a Lorca. Dejar como un filme que corre la Costa da Morte delante de los ojos, las estáticas vacas, naranjas y salvajes, de las montañas movidas por gigantescos molinos de metal. En el tocadiscos, McEnroe y Diego Vasallo. Y tú, el 15 de marzo, cantando au plein air al primero de ellos en tus periplos amatorios. Vaya si tiene la música espacio en la memoria y la página. De privilegio y de eternidad.

 

Jácaras. Casi como jacarandá, el árbol favorito de mi madre. Calles tiznadas de violeta. En el norte argentino y dónde más. Con el dedo sigo la campaña de Tupac Yupanqui cerca de Añatuya, en el ancestral Santiago del Estero. Iría por esos derroteros luego de pasar por los bosque de machu coca en los yungas de Vandiola y Arepucho. Cómo aglutina el sonido de las guitarras, mixtura y conjunciona la historia con habilidad cocinera. Añatuya… nombre que evoca hasta diría demasiado. Vasta geografía aquella del norte donde habitan los “coyas”. Lo vi en las estribaciones que bajaban al río San Juan del Oro y en la agreste Catamarca. O las zonas de la guerrilla en Tucumán donde por las noches todavía se escucha desfilar a los sacrificados con banderas incoloras ya. Vivas al vacío, arengas perdidas en la hojarasca. Continúan los campos de interminable caña de azúcar, naranjales y platanares. Caminan con garbo enormes chajás. Halcones.

 

Alessandro Scarlatti: Salve Regina. Tuve una versión, perdida ahora, que nunca más encontré. Igual a los amores imposibles, música de inmensa tristeza y sin embargo… Ese disco acompañó la escritura de innúmeros textos, de esos que voy acumulando en compilaciones. No hay rastro de cuáles y menos del disco compacto con su magnífica solista. El recuerdo es tenue, sutil, suave, persistente, doloroso y alegre. Memoria de una muchacha esparciendo perfume alrededor de su cuerpo. “Macumba”, afirma, pero huele muy bien. Así traiga consigo imágenes del Orfeo Negro que aterrorizaron mi niñez. Me viene a la mente Recife pero también João Pessoa, a orillas del Paraíba, y el mito de sus mujeres apenas vestidas y comiendo con desparpajo gigantes camarones en salsa picante. Amarelo manga (Amarillo mango), gran cine del Brasil, en Recife por cierto. Cine, otro de los grandes nutrientes de mi literatura. Sonido e imagen, más que información y planes de armado. Mar de emociones. Afrosound tocaba la canción del mismo nombre, colombiana supongo, que bailábamos en los gloriosos años dos mil, inicio del mundo cuando esperábamos el fin de él. No venía Almanzor sino el amor.

 

Bueno, seré específico ahora, detallado si me es posible en la dispersa mente que me domina. Escribí mi primera novela, El señor don Rómulo, bajo el influjo de la música, sobre todo de la cueca antigua, boleros de caballería y tango anterior a 1930, mi preferido. También con forró clásico, Luiz Gonzaga y Dominguinhos. Hay páginas que anotan nombres para recordatorio. Libro construido con música. Remembranzas de mi padre Joaquín e imaginar un mundo que si no había perecido ya, agonizaba. Somos, tal vez, la última generación con herencia rural en el espíritu. La Guerra del Chaco y la Revolución Nacional marcarían los hitos fúnebres de una época. Quedamos nosotros, los de los años sesenta, permeados de rabias y nostalgias, del encuentro forzado de dos mundos después de multitud de décadas pasadas, entre los remanentes de idiomas no nuestros y la novel modernidad que muy moderna no fue. Así se fueron armando sus páginas, con sombrereros locos y cerros pelados tan tristes. Padillita, cueca tocada por don Fidel Torricos, muy marcada en la memoria de las horas sentado en la novela que viajaría a Cuba llena de esperanza y repentina gloria. Sed de amor, obras de Simeón Roncal y ritmos de sepelio en los boleros de batalla. Habitación cubierta de mortajas, todo recordaba a muerto, las flores muertas, perecidos poemas, autores rusos exterminados por la revolución. Y la cueca, larga, maravillosa y letal.

 

Salgo a caminar que la noche se hizo pesada.

 

La segunda novela, El exilio voluntario, tuvo otros matices musicales. Creció con el rock alternativo, entonces en auge, la maravilla del post punk pero también música latinoamericana. Guarda aristas, vértices de ritmos diversos, culturas expandidas por el mundo, desde África meridional a la canción francesa. Tracy Chapman, el rock que tocaba la radio entonces mientras pelaba brócolis o escogía hongos de clase A y B, asuntos reflejados en un texto con mucho autobiográfico e intensamente decorado de músicas. Los primeros discos compactos: Bob Dylan y los Rolling Stones, The London Years, el descubrimiento de The Clash y tantos otros. Además de oídos acostumbrados ahora a música medieval, renacentista, barroca. Más durante mi segundo matrimonio; el primero fue de lucha despiadada por la vida; el otro más tranquilo, no con más tiempo para escribir pero mayor calma. Trabajo nocturno, siempre, pero horas con la radio encendida o el tocadiscos “playing” las últimas cosas que había encontrado en mis búsquedas de novedades. Logré reunir unos seis mil discos. Perdí muchísimos en las usuales diásporas gitanas. Pero escuché cada uno de ellos, más la música acumulada en el ordenador que equivalía a cinco años de sonido, día tras día, veinticuatro siete como dicen en los Estados Unidos. Para ello me nutría de bibliotecas, de las posibilidades del sistema de prestarse de forma gratuita infinidad de cultura. La aproveché, por supuesto, y las hojas se hicieron casi treinta volúmenes, más de la mitad publicados hoy. Larga obra, casi una docena de ladrillos de largo. A su manera, una construcción. Eso dejo a las llamas del olvido, al menos para una cálida noche de San Juan, que ya se viene en este junio. Y que me hubiese gustado pasarlo contigo ya que te hablé de “han matado a mi padre, por qué será, han matado a mi padre en la noche de San Juan”.

 

Iba a poner un tercer disco, algo actual, pero pasé una hora escuchando historias del conserje de mi edificio, conversando acerca de la tristeza con mi hermana, ahora que ha fallecido de ella la autora de Persépolis. No hay tristeza que valga, me dice, menos de aquella ilusoria. Me guardo la opinión y no busco otra música, permito primar al silencio, la brisa fresca de la cordillera cercana. Por sus alturas y vericuetos vagan onzas, tal vez hasta algún puma. Quisiera ver sus ojos brillantes pero me encuentro muy lejos aunque pueda tocar casi el cerro con las manos.

 

Saco un dulce, colorido salvavidas que me envió Emily, de encima de un libro sobre exploradores y descubridores de Bolivia. Creo que no lo he rotulado aún, lo haré apenas termine este encargo escrito. Luego películas. Aguarda por mí una georgiana del tiempo ruso. Alterno con vista de los fuegos sagrados ucranianos en San Petersburgo, en la base naval de Kronstadt para hacer pagar al oligarca del Kremlin por la sangrienta represión de 1921. Música rusa, eso olvidé, de permanente presencia en mis letras, así sea ucraniana mucha de ella y gitana aún más. Chejoy y Turgueniev. Cierro por segunda vez el libro de memorias de Konstantin Paustovski cuyo primer tomo adquirí en La Coruña de anciano recuerdo.

 

Mi última novela, aún inédita, y esta otra que preparo vienen cargadas de música también. Demasiado pronto para hablar de ellas mientras no se consoliden en libro. Por ahora aguardo la publicación de mis tres últimas compilaciones, entre viajes, amores y el conflicto armado del mar Negro reviviendo mitología griega. Ya no se hacen vasos de homenaje como el de la muerte de Ayax o Aquiles con Pentesilea. Pero a pesar de que la poética nos va abandonando más y más todavía suena en casa la rebetika del Pireo y Tesalónica, de triste abandono. Y, cuando se puede, la gran Gladys Moreno que fundó partes importantes de El señor don Rómulo, junto a Noches del Paraguay en voz de Ramona Galarza, no menos importante.

 

El amanecer comienza mientras escucho relatos de los burdeles de Pedro Juan Caballero, ciudad paraguaya, y la actividad sexual de cada media hora sin parar por doce horas. Anoto, siempre habrá lugar en mis libros para historias de lucha humana. Lo aprendí en Víctor Hugo con la de Fantine.

 

Tarde ya para que suene la música. Medianoche y los vecinos duermen. Suena bachata por ahí, significa que caminamos…  

06/06/2026


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Publicado en Revista 88 Grados

Imagen: Caravaggio

Tuesday, August 25, 2026

Guisos y demás


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Se resuelve en la olla uno de esos fantásticos guisos brasileros. Nacidos, evidente, de la pobreza, quizá creados en los palenques con menudencias, cueros de cerdo, patas y cabezas de gallina más lo que hubiere. Nada de eso se cuece en este, solo papa imilla, arroz paraguayo, dientes de ajo picados, profusión de hojas de laurel, cebolla en juliana, tomates y carne molida especial. Aparte de delicioso me sirve para imaginar espacios de mi nueva novela. Algo así, platos de este tipo, comerían los milicianos de Luiz Carlos Prestes, a quien Jorge Amado llamó “el caballero de la esperanza”, en lugares que aún me queda por visitar, incluida La Gaiba, en territorio boliviano, de triste memoria. No se trata de un feijão sino de una amalgama de la tierra y la historia, carente de frijoles en el caso particular. Tal vez de bandeirantes, entonces, supuestos gentileshombres que vestidos de harapos extendieron el imperio portugués de manera inimaginable.

 

Comidas de pobre, las mejores. Claro que ya fueron aburguesadas, sofisticadas, transformadas en imagen mas no en esencia. En las borracheras en las inmediaciones del mercado Calatayud, en Cochabamba, parte de la muy mentada Caracota, por las noches-amaneceres, al lado del mingitorio público, contra la pared, servían deliciosas sopas de fideo por cincuenta centavos, con magníficos trozos de carne. Vaya uno a saber si se trataba de ratas, perros, gatos, o de ebrios sacrificados a la intemperie y desmenuzados. Lo que fuera, sabían a maravilla y equilibraban el fatídico alcohol de infames chichas de la zona o de canelazos con metanol, a pesar de que se informa que no se puede beber. Falso, el inolvidable Raúl Choquetaxi tenía los bolsillos llenos de “cascos azules”, alcohol de farmacia, desde donde añadía y aumentaba la toxicidad de cualquier trago nuestro, en cafés intelectuales esta vez, y nos enviaba camino del infierno en ceguera total.

 

Comidas de pobre. Bebidas de desesperados.

 

Pereció, como tantos otros. Miguel Sánchez-Ostiz, maestro, me preguntaba que cómo había sobrevivido todo aquello, eso mientras nos trasladábamos al sur y abríamos a patadas la puerta de bares ya cerrados. Tipos intoxicados en el piso, debajo de las mesas. En el subsuelo operaba un putero y al ir a comprar cigarros, con Chino, vimos cómo unos malandros desvalijaban a un taxista mientras le propinaban tremenda paliza. Compramos sueltos y retornamos al baile que habíamos armado entre cuatro, con el feroz Julio sumado, haciendo bailar a la horrible dueña, una y otra vez, cumbias sonideras. Se suponía que era noche para hablar de literatura. Pues, Isaak Babel diría, supongo, que se trataba de literatura viva, la más valiosa de todas.

 

Digresiones ante un humeante plato de no mala presencia en el que los grandes pedazos de papa sobresalían en mar de colores varios. Hoy a las siete lo comí por segunda vez, aspirando la brisa fría de la montaña. Pareciera que la nevada de Urkupiña decidió quedarse pero yo me cubrí de calor por la ingestión de fuego alimenticio como harían los esclavos, los rebeldes, o los prófugos en aquel mundo malévolo de plantaciones y casas bellamente pintadas.

 

Brasil. Tonos de belleza y suavidad, contrastando con la violenta historia, Getulio Vargas y sus matones, los milicos que derrocaron a João Goulart e impusieron terror por décadas. Me impresionó lo que Jorge Amado, el novelista de los triángulos de amor, entre otros temas, escribió sobre la lucha y la resistencia del pueblo brasilero. Esas páginas no son las de Gabriela, clavo y canela, ni las del apasionado Vadinho amando a doña Flor. Son de muerte y dolor.

 

Comimos ropa vieja en La Habana, o tal vez Cienfuegos. Estamos en lo mismo: carne deshebrada, muchas especias y verduras fuertes (ajos, cebollas, morrones). Carne deshebrada puede ser una delicadeza o implicar restos que debieron desmenuzarse para tragarlos. Secretos de la manigua. Recuerdo los magníficos pedazos de malanga que nos sirvieron en un restaurante de lujo. Recursos de los miserables de hallar en las raíces no solo alimento sino sabor.


De Cuba la caldosa,  llamada también ajiaco, sopa, guiso, brebaje que mixtura lo innombrable con lo invisible.

 

Y Nueva Orleans, maravillosa en la transformación de alimento de esclavos al gourmet actual. Jambalaya y demás guisos que aprendí a preparar con chorizos, langostinos, y muchas otras cosas reemplazando las sobras de la jambalaya antigua, quizá. Magia de los creoles, éxtasis tan intenso como su música. Un negro elegante cantaba R&B en la calle principal mientras las bellas muchachas blancas mostraban tetas que parecían sueños, culos igual a nimbos del cielo.

 

No tocaré Bolivia porque también cocino con soltura los remanentes gastronómicos de la miseria y la dominación. Otro día le tocará a esta tierra tan fértil en delincuentes y de extremada hermosura. Por ahora quedo quieto en el humo de la comida venida de las entrañas del Mato Grosso, humedecida por el Pantanal. Lo dicho, de algún modo y lo antes posible, tendré mis pasos puestos por allí. Quiero establecerme un par de meses en Cuiabá que se me ha metido en el marote a manera de desenfrenada obsesión. ¿Literatura, Isaac Emmanuilovich? De la mayor, responde…

 

A su manera, Odesa es también un trópico. De los de Henry Miller, no hay duda. Y está el borscht, sopa de la pobreza ucraniano-rusa, compuesta de remolachas, repollos, zanahorias, ajos y un chorro de vinagre o ácidos tomates para convertirla en caldo amargo. Una buena cucharada de crema agria encima para culminar con el tono de tragedia. La última vez lo tomé, o la tomé, muy cerca de la universidad de Odesa y en la Moldavanka, barrio de mis congéneres ladrones y pillos de toda índole. Leía a Maiakovski.

 

Miren todo lo que sale de un guiso hirviendo para el que pelé papas y aplasté ajos. Todavía huele la yema de mis dedos. Dulce manera de ejemplificar que vivo, que a pesar de la muerte sobreviviremos inmaculados en las volutas del aire, entre las largas piernas de una mujer con rojas uñas pintadas. En el olor a perfume y labios de intenso carmesí. Bachata de fondo, a veces buena, a ratos deplorable. Pero así estamos hechos, de luces y de sombras, de brazos ora cálidos ora gélidos a manera de hielo. Salud por tanto menester que ha traído a través de los siglos la resiliencia de los que menos tienen y más perduran. Salud.

24/08/2026 

Sunday, August 23, 2026

Lord Dunsany


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Entre tanto Irak y Michael Jackson encuentro un artículo (Minor Magus) sobre Lord Dunsany, escrito por cierta Laura Miller en ocasión de publicarse una nueva selección de sus relatos en Penguin. El texto es de gran interés y destaca aspectos de la vida de Edward John Moreton Drax Plunkett, décimo octavo barón Dunsany, escritor de literatura fantástica de origen irlandés cuyo nombre, mientras reviso, no está siquiera anotado en mi Biographical Encyclopedia de The Cambridge. Sugiere Miller que su supervivencia literaria se debe más al rescate de los amantes de la nueva literatura fantástica, que lo consideran un predecesor, que a la extravagante y rica en anédotas existencia que llevó, a su amistad con Yeats y Kipling o a su perdurable influencia en Lovecraft.

 

Ya antes, pero mucho después de que el cine destapara a J.R.R. Tolkien al gran público, la literatura fantástica en lengua inglesa se ha ido desarrollando a pasos desmesurados. Quizá se deba a una inconsciente angustia existencial, del norteamericano sobre todo, de sentir la falta de raíces y tratar de recuperarlas en la rica mitología celta o en las variaciones que su imaginación fermente en jóvenes autores de ficción. Hay hoy una profusión de libros, películas, comics, figuras coleccionables, juegos de computadora o de mesa que hablan de reinos fabulosos, reyes, monstruos, lugares de ortografía seductora y misteriosa. En sus "Días de ocio en el país del Yann" Dunsany cuenta, a través de su protagonista, del hallazgo, en una de esas ciudades de ensueño, de una gigantesca puerta de marfil que muestra al acercársele ser de una sola pieza. Aterrado, el hombre se aleja sabiendo que aquel material sobre el cual se ha tallado la portada no puede ser de ningún animal que el hombre pueda matar; se debe, sin duda, al colmillo perdido por un ser de excepcional grandeza que volverá a buscarlo. El horror se detiene allí, Dunsany no explica ni describe a la criatura, sólo anota que sus presunciones eran ciertas viendo "lo que sucedió después".

 

Dice Borges, y lo consigna Miller en su artículo, que Dunsany prefigura a Kafka en su cuento "Carcasona" donde un grupo primero, y luego de intensa tragedia dos personas: un bardo y un rey, envejecen en vano intento de encontrar la mítica villa de mármol rodeada de murallas. El tiempo cíclico, infinito, horror que principia pero que no tiene fin, un cuerpo enterrado en el cieno del Támesis, sin digna sepultura, deshecho por las mareas y reconstituido por las tormentas y eternamente devuelto a su lecho inmundo, con la plena conciencia del muerto que siente y ve lo que sucede con sus despojos. Finaliza -felizmente- cuando el hombre despierta y comprende que ha estado soñando.

 

En su Biblioteca de Babel, Borges alega, prologando a Dunsany, que "Matthiew Arnold, en 1867, había declarado que lo esencial de la literatura celta es el sentimiento mágico de la naturaleza; la obra de Dunsany confirmaría espléndidamente esa aseveración". Tema que sin embargo lo puso en las primeras décadas del siglo XX no en oposición pero sí en diferencia con los literatos irlandeses que hallaban que debía existir un compromiso entre lo literario y la independencia de Irlanda. Mientras lo onírico, y profundamente irlandés, primaba en Dunsany, otros como Yeats se afirmaban en sus convicciones políticas en un tiempo decisivo para el país, con la rebelión del año 16 y la fundación del estado libre el 22. Razón que posiblemente pesó para que Dunsany no fuese invitado en calidad de privilegio cuando Yeats fundó la Academia Irlandesa de Letras en 1932.

 

Pedro Henríquez Ureña lo conoció en Nueva York y habló de su "conmovedora necesidad de ser admirado". Tuvo una vida fácil, de riqueza y bienestar, tal vez por eso, por oposición o consecuencia, se juntó al peligro: soldado en las guerras boer y en la Primera Guerra Mundial, cazador de leones, quiso también matar un tigre cara a cara en una de sus aristocráticas visitas a India. Estudiante de Eton y buen ajedrecista, escribió sobre ajedrez y obligó tablas a José Raúl Capablanca.

 

Sus relatos carecen de argumento, fluyen como los sueños. Lo que en Tolkien adquiere solidez en la novela, queda en Dunsany como un vaho nebuloso pero bello y trascendente.

03/02/2005

 

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), febrero, 2005

Publicado en ECLÉCTICA (Editorial 3600, 2019)

Imagen: Fotografía de Lord Dunsany 

Tuesday, August 18, 2026

Escribiendo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No se necesita una entrada de lujo para comenzar una novela. Hay casos en la literatura en que el principio de ellas es una obra de arte. Unos pocos. El resto va fundamentando su riqueza en lo que queda del argumento. En mi caso bastan tres a cuatro páginas para saber si la continuaré leyendo, si una obra vale la pena de leerse hasta el final. Pues bien, digo esto porque ya di ese paso decisivo de sentarme frente al ordenador y avanzar en un nuevo objeto novelístico, después de más de una década. Parte de un proyecto de dos novelas más, estando una, inédita, ya lista y esperando qué haré con ella. Para nada una trilogía sino tres novelas independientes. Conforman, eso sí, posiblemente, una nueva etapa literaria, robándole espacio y tiempo a lo que hago con más gusto y tal vez mejor: los textos breves.

 

A modo de información, incluido yo mismo, para dar por sentado que nace un proyecto ambicioso para lo que queda de este año y el próximo. Historias que caminan paralelas sin entremezclarse. Es solo mantener sobria la idea y se puede trabajar dos obras al mismo tiempo y en espacios distintos con soltura. Vamos a ver cómo se desarrolla hasta evaluar el producto terminado. Antes debo solucionar un asunto de importancia y luego de lleno a la escritura. En una me interesan los personajes y en la otra el entorno físico, indicando que ambos aspectos pesan en el contexto general, por supuesto. Tal vez me refiero al énfasis.

 

Me escribo con varios países en este momento. Nutriéndome de ideas, historias, recuerdos, libros, chismes y demás. Pasando de Brasil a Argentina, de España a Cuba. Mientras tanto veo en televisión los siete días de viaje del Transiberiano. Podría resultar una pesadilla, cierto, pero la belleza se impone al terror, siempre. Ed y Stephanie lo tomaron en Tashkent, si no me equivoco. A la proverbial hermosura de las mujeres rusas se oponían sus deplorables pasteles de carne. Comí uno similar en Kharkiv, en un restaurante mínimo y asiático donde las dos dependientas de alguna de las naciones del Asia Central no paraban de reír. Mucho sabor no tenía a no ser con una extraña salsa añadida con los secretos de la gran estepa. La guerra no había comenzado y el camino a Belgorod estaba siempre expedito. Tiempos que no han de volver, más que seguro.

 

Mejores páginas de Olga Nawoja Tokarczuk, vaya placer. La Polonia que retrató muy bien James Michener y que he seguido desde muy joven en su historia y letras. No por ser reiterativo pero en la cima de la gloria continúa la trilogía histórica de Henryk Sienkiewicz que nutrió a un niño de once años en los misterios del este. Nunca logré, y no quiero conseguirlo, evadirme del embrujo de la Europa oriental y central. Aún la sigo, la he visitado, he caminado las calles y visto las tierras negras entre bosquecillos mientras me adentraba en la infinita llanura. ¿Por qué hablo de ello cuando hablaba de mis novelas en ciernes? Porque vivo en el asombro, me nutre, y aunque mis obras en trabajo ahora no tengan nada que ver con aquella geografía la belleza flota en el ambiente y alimenta. No que todo vaya a ser bello, lo dudo porque no reflejaría la realidad que vivimos, pero se debiera comprender lo que afirmo.

 

Se arrima un período de productividad, lo presiento, ajeno a lo que pudiese ocurrir alrededor. El departamento está solitario, hay mucha paz. Analizo los pasos erróneos de mi vida y poco a poco voy enmendándome a mí mismo en una labor que debe destruir el mito de Sísifo. El drama de Ayax Telamonio, contado por Sófocles, de arrojarse sobre su propia espada en horrible decepción no lleva a nada, a lo sumo a quedar retratado en tonos rojos y negros en ánforas enterradas en el centro de la tierra. A veces aparecen una y otra y quedan detrás de lujosas vitrinas para que se pueda observar la tristeza desde afuera. ¡Pobre Ayax, el más preclaro de los aqueos junto a Aquiles y Diomedes Tidida! Nunca ya volvería a ver su tierra; hay una profunda enseñanza en eso.

 

La montaña está tapada, no se la ve, ni los bosques del parque Tunari. Los yaguarundís, llamados antes onzas, vagarán entre arbustos creyendo que todavía vive la noche. Ya muy arriba, cerca de la cima, a pie de la pirámide mítica de la infancia. Nevada de la Asunta que estaba programada, anualmente, para el quince de mes. Viene extendida por casi una semana ya, dando alivio al desierto que persiste en el aire. Se extinguen los gritos de los bailarines y la lluvia ha anulado sus extravagantes ritmos polvosos. Asoma, como siempre, el silencio luego de cualquier debacle, trágica o festiva. Las enamoradas lloran el abandono de sus amantes viejos y estos se protegen detrás de muros para que no los arrebate consigo el asesino viento de agosto.

 

Tokarczuk, Sienkiewicz, los tártaros que vienen de la estepa y gritan igual a aves de rapiña. El placer de la literatura. Dice Mercè Rodoreda: “Y con el corazón lleno de cosas que temblaban como las estrellas en la noche me quedé mirando al mar y a la oscuridad que lo iba cubriendo”. Así estoy yo, contemplando el gris de la tormenta que ha escondido todo. En vano frotarse los ojos, es lo que es, no hay engaño.

 

 

Suena el freír de huevos, rodajas de tomate caen sobre el hirviente aceite. Sensación de hogar, de protección ante la feroz intemperie. Preparo el día con sus labores necesarias. La tarde asomará con siesta recién descubierta luego de tanto trabajo Después a escribir. Escribiente escribiendo. Ojalá no cambie el rictus de la llovizna y preste a la casa la sensación de abrigo.

 

Una suerte de propio Transiberiano, el tren que no tiene fin, el viaje que más que una anécdota deviene destino. He recordado a César Vallejo, lo hago a menudo. Se dice melancolía cuando debiera decirse empeño.

 

Comienza el día, “aún alucinado” añadiría Silvio Rodríguez. Todavía no alucinado pero siempre alucinante, digo. Debajo de las cuentas  de luz se puede ver la portada de Don Segundo Sombra. Ahora sí, nostalgia plena…

18/08/2026

 

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Imagen: Jan Matejko