Tuesday, July 7, 2026

Y seguimos conversando


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

He pensado en tantos comienzos para este texto. Incluso hoy decidí hablar de sombras pero lo he desechado. Al amanecer miraba alrededor, un resquicio de luz por entre las mal cerradas persianas, algún perfume, historias de limpias, de macumbas, de “entidades” que nos acompañan. Tanto imaginé que horas después, mientras calentaba una sopa de fideos estilo cochabambino, algo se paró a mi lado. Nada, cuando miré. Sería mi “entidad” asignada, quién sabe. No me burlo de ello y siempre he tenido temor y respeto por los burdos tallados de madera del Camerún, no aquellas fantásticas máscaras sino extraños seres que no buscan belleza pero sin embargo protegen los entornos de las casas y sus interiores desde unas tallas malamente realizadas pero poderosos. Evité comprarlos, que los vendían los traficantes de objetos tribales en Denver. Preferí incluso las máscaras mortuorias punu, incluso sabiendo que habían sido arrebatadas de mujeres cuya ánima había ya volado, posiblemente a los inventados sueños de Blaise Cendrars.

 

Miro fotos. Épocas tristes, alegres, solas y otra vez solas. En la calle Clarkson tomaba un hirviente baño con esencias mientras sorbía un aromático vaso de Zacapa. Mejor si era invierno, mejor si la tormenta hacía temblar la vetusta casa, viento ululando por los pasillos, hasta los departamentos individuales del tercer piso, apenas abajo del tejado. Nunca me pesó la soledad. Llegué y viví solo en Estados Unidos, con eventuales amores y trabajo a destajo, a modo de Stajanov. Varias temporadas en que nadie más que yo caminaba mi espacio, las hijas se habían trasladado a Vermont con su madre. Los largos desvaríos del matrimonio y plácidos diez años postreros. Allí quiso sentar poder la señora del olvido pero no lo permití. Luego de un extenso periplo mi avión descendió en Odesa y desde allí hablé de una existencia reanimada. Al día siguiente Anastasia me buscó muy temprano en el hotel. Cabellos rojos del otoño. Fuimos al aeropuerto a buscar mis maletas que no salieron a tiempo de Estambul. Frescas manos del otoño. Claros ojos y, junto a mí, tomábamos retratos de los atamanes y del gran Bábel. Desde arriba de la escalinata de El acorazado Potemkin se miraba el mar, costas lejanas que supuse Crimea sin serlo. Cerca de la tumba de Aquiles, sangre fresca de la bella y sacrificada Políxena. Rojos mechones del ocaso.

 

Pues la vida se teje de inesperados momentos y las cosas aparecen sin llamarlas. Un velo se extendió sobre mi pena y la palabra abandono murió de obsoleta. Límites destruidos o ampliados. El taxi nos devolvía al hotel. La noche había vencido las horas. Ida ella, a sus labores de artista, deambulé por la Moldavanka con el chirrido de los viejos tranvías gualda de la ciudad. Las putas no me daban bola porque andaba a pie. Se acercaban a las ventanillas abiertas de los automóviles. Algunas partían, otras no. Conversaciones de negocios, transacciones, el amor a precio de mirra. Pero eran tan hermosas las prostitutas de Odesa que Carole Lombard quedaría opacada y solitaria en un rincón. Se olía, además, su perfume en la vacía avenida, en la intersección de dos calles que de día rebalsaban de gente. Dos cuadras arriba estaba el mercado. Podría ser el Calatayud local. Similares características, radios a todo volumen, electrodomésticos, flores y fallecidos rodaballos colgados de alambres invitando a las mesas del oscuro mar. Misterio. Sombras, claro, pero luminosidad sin límites también, a pesar de que todavía se cernía el espectro de la guerra del 14 y se hablaba de la que vendría en algún momento futuro.

 

Hoy Ucrania destruyó con drones la refinería de Omsk en la Siberia. Allí viajaba mi amigo Yefim cuando volviendo de Denver se detenía en esa urbe para seguir camino a Pavlodar, al lado de la estepa maldita de Karaganda, en Kazajistán. Fuegos de fanfarria, para mí, el extendido brazo de la justicia cosaca arrastra de los pelos las veleidades del zar. Lo hizo Japón en 1904. Me acordé de Anna Karenina

 

“He left no time to regret
Kept his dick wet
With his same old safe bet
Me and my head high
And my tears dry
Get on without my guy”

Poderosa Amy Winehouse… Back to Black entre las canciones que yo mismo tocaré durante mi cremación. Debajo de la colina de San Sebastián, al arbitrio de los alaridos de las mujeres degolladas por Goyeneche. Luego esa calma de muerte que parece de terciopelo. Igual seguirán danzando kusillos y pepinos, descendiendo los diablos de las colinas de Jujuy. He visto.

 

Embriaguez empedernida la de la baja presión. Nuevas experiencias o etapas que manifiestan presencia como otras asomarán. Un dulce recuerdo y un feraz olvido, supongo. Quedarme en la intemperie de la pena no sirve. Hay tonos de verde que se agitan en el cerebro como caballos de Franz Marc. Viene un viaje al norte pero luego el del sureste y aguardo por él. Largas piernas blancas suaves debajo de un calzón púrpura, imaginando los días futuros. Escribiendo libros que muy pocos leerán pero consciente al menos que no serán expresiones de vanidosa mediocridad. Porque no me interesa vender, ni fama ni muchachas que elogien la maestría de mi arte para acercarnos. Lo hago para sentirme fraterno de Schwob, para retomar aventureros pasadizos de Dumas padre que han quedado tiesos. Domeñar el deseo de París y elegir páginas de Madame Putifar. Pareciera que en este instante pesa Francia. Sin motivo. No hay música sonando y el departamento nicho silencioso.

 

Camino por Lyon. Llueve entre los dos ríos y me protejo bajo leones metálicos de algún puente. Renata ha crecido. No corre ya entre las mesas del café donde su padre y yo compartimos un expreso. Aquel teléfono que utilizaba ha muerto de mudez. Pero no voy a escribir de sombras porque ni siquiera ellas sombras son. Por el contrario, teas encendidas que marcan los subterfugios de la oscuridad. Intensas alegrías, así efímeras hayan sido. Nada de sombras. Las contemplaré en Goya y en Piranesi y eso basta, si ganas tengo de claroscuros. Por ahora no. Brilla el sol de julio con cierto dejo de frío. Me obliga a usar chaleco que es la prenda de vestir que más aprecio. Tenían lástima de mí los anarquistas de la Internacional en el París de 1986 cuando me saltaba los controles del metro porque no tenía para pagar. Ellos, quizá algunos santos, recolectaban y me regalaban un paquetito de monedas de diez francos. Me servirían para comer, para el baguette diario, el litro de leche y el cuarto kilo de gruyere que consumiría sentado en un banco del bulevar Brune, en la puerta de Vanves. ¿Por qué tendría entonces que escribir acerca de cosas penosas? Tenía hambre pero leía historias de Cipriano Mera. Si me asalta la duda te recuerdo y me pongo bien.

07/07/2026

 

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Imagen: Dora Maar

Sunday, June 28, 2026

In Dreams


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Es obvio que suena Roy Orbison en la mañana. Magnífico filme aquel de David Lynch, Blue Velvet. Con esta canción; Dennis Hopper alucinado… Preferida de mi hija Aly, que ha cumplido como el Cristo treinta y tres. La bailamos con mi esposa, juntos, alguna fiesta del 2018, en la calle Clarkson que quedó como un icono de tristeza primero y luego de felicidad. Soledad de la nieve. La muchacha fantasma del tercer piso y yo raspando el hielo de encima del Subaru, a veinte grados bajo cero. Ella me miraba todas las noches, con solo medio rostro visible; nunca descendía por las silenciosas gradas de la mansión victoriana. Nos acompañábamos, supongo. Asuntos fuera del miedo, parte de los misterios de la sombra. Cuando salgo, miro las gradas hacia la izquierda, me detengo a escuchar el silencio. Sé que está ahí, cuando todos duermen. Ya a la intemperie la observo contemplándome. A veces, cerca del basurero, dejan maniquíes desvencijados. Añaden pensamientos a un ambiente al menos extraño. Vuelvo a mirar y no está. Sé que no ha de descender y de pronto aparecerse enfrente. No dejaría huellas en la nieve. Cuando ya estoy calentando el carro retorna e imperceptiblemente mueve la cortina y mira. Luego me preocupo de no chocar con las paredes del callejón. Hielo traidor que me ha roto cabeza, pierna, etc, que me ha desesperado en las colinas del sur cuando no sabía si podría volver a casa luego de lidiar diez y siete horas con la tragedia del invierno.

 

In Dreams. La bailamos, claro, y el ron guatemalteco giraba, volaba con traje de kusillo por la antigüedad de los muros interiores. Mi último cumpleaños vi a mis dos sobrinos, uno boliviano, otro argentino, enfrascados en la danza del perreo con vecinas gringas. Sorbo el ron, Zacapa quizá o con nombre de santa, ron negro de la Guayana, panameño en artísticas botellitas.

 

Leo sobre las expediciones de cacería humana que se auspiciaba como turismo durante la guerra de Bosnia, en el sitio de Sarajevo. La justicia italiana está en eso, ha recibido denuncias de ciudadanos suyos yendo a cazar seres humanos, con rifles de alta potencia, desde las colinas de la ciudad.

 

Mi hotel estaba en una de esas colinas. Desde allí se veía el río con sus casonas regadas de balas. Sitio ideal para sentarse con unas cervezas, un quitasol, gafas oscuras, a matar transeúntes que se animaran en las calles. Pérfidos instintos, más que comunes lastimosamente. ¿Quién sabe lo no dicho? Cuánto que jamás se dirá… Sarajevo fue ciudad que me impactó. Quisiera regresar. No niego que hay sensaciones de desasosiego y hasta terror. Está en el aire, algo está en el aire. He visto ruinas de edificios bombardeados por los aliados en Belgrado. Los dejaron así para recuerdo en el futuro. Pero Belgrado carece de esa mácula insalvable que pesa sobre Sarajevo. Negrura que se hace muy palpable cuando atravesando un cartel en una colina se penetra en parte de la ciudad que los mapas describían como East Sarajevo. Otro mundo. Sin mezquitas ni turbantes. Casi se podría decir pieles más claras pero una muy clara separación con el otro Sarajevo. Mecha que no se ha apagado. Igual a la de Kosovo, en Serbia; cuando los serbios ponen la mano al pecho y recitan “Kosovo en el corazón”. Pareciera que la historia ha avanzado en vano. Aquí en Bolivia se pinta de guerra racial un conflicto que en el fondo es comercial: el narcotráfico contra el estado. Pero vale para los jerarcas utilizar el eterno argumento de la raza, que ha de explotar cuando menos lo pensamos, nuestra Ruanda local.

 

Sarajevo y el teléfono a Betanzos, a Denver, Cochabamba… Fechas de historia y de zozobra. Un año ya. Este de ahora corre como desalmado mientras que el anterior andaba cansino y discapacitado. Se soltaron las riendas del tiempo, se desbocaron los caballos y no se quedarán congelados como en Kaputt sino que acelerarán en inevitable apocalipsis.

 

No miro humos desde mi ventanal. Se diría que no hay incendios pero sí los hay. La lacra intratable que echa lodo sobre el porvenir tiene que ser extinta cuanto antes. No significa que no haya otros males. Ya lidiaremos con ellos, hoy existe la premura de deshacerse del mal mayor. Demasiado hemos condescendido con ello. Tanto que hasta me cuestiono mi apreciación de la historia, recapacito para hallar si no me equivoqué, si no eran ficciones lo que la ignorante juventud proveyó. El presente invalida muchísimas lecturas de ayer. Las opciones deben ser drásticas. Dejemos la lírica para los poetas; tiempo de realidades.

 

En sueños… Y sí, hay que vivir con sueños y entre sueños al mismo tiempo. Sin olvidar, esta vez, lo que se cierne sobre nosotros en aura de falsas santidades. Quedan atrás, en el 2018, los bailes de la Clarkson Street. Maravillosos, por cierto, pero ya distantes. No solo hay que mirar adelante sino de frente.

 

Los piamonteses se reúnen alrededor de la bagna cauda. Alrededor de ella, hasta 1983, juntamos la amplia familia cordobesa por las mismas razones. Luego se extinguió. En un frustrado viaje hacia Marsella llamé a alguna de mis primas para saludar. Cierta estación de Alta Córdoba, aires de estancadas décadas flotando. Terminaba de leer algo acerca de Piglia. El tren siguió su curso, al norte esta vez. Otra historia comenzó. Y terminó como se acaba esta. Ni Marsella ni Córdoba, quién sabe el nuevo derrotero.

 

Los  rusos han bombardeado otra vez Poltava. Hermosa ciudad que se ha ido desvaneciendo en mi memoria, escondiéndose, mejor dicho. Tanto ha ocurrido desde entonces. Hablamos de Poltava cuando yo estaba en Denver el año pasado. Alguien te preguntaba sobre Ucrania. Yo estaba frente a la municipalidad, recuerdo, en pleno centro. Ahora, con la mente calma, vislumbro los detalles de esa conversación y mucho más. Durante la celebración de San Juan, ya sin fogatas en Cochabamba, los fuegos de Moscú sirvieron para recalentar la leche de tigre y dorar los hot dogs. Al menos eso. Que si no tengo piedad por aquella ciudad y utilizo su tragedia para distraerme y recordar, diré que no, piedad ninguna. Tanto he amado Rusia…

 

Texto que sale a cuentagotas. Asuntos muy terrestres me obligan a participar de esta debacle de tipo africano que se cierne sobre nosotros, impide dedicar minutos a la escritura. Pero, ya está, mosaico, amalgama de imágenes. Contextos que parecieran no ligarse entre sí y sin embargo se ligan. Presencias imperecederas; sensaciones lo mismo.

 

El agua carga sabor de metal. Mejor la tiro en el lavabo. Quién sabe lo que esconde. Una manzana verde puede bien ser púrpura en la realidad paralela. Chillidos inhumanos, sin distinción de sexos, pléyade de analfabetos presidenciables, incomprensibles balbuceos cubiertos de esputo esmeralda dice que sagrado. Mejor callar.

 

Sueños… Por cierto no es Shakespeare… Canta, Roy Orbison…

26/06/2026


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Imagen: Marianne von Werefkin

Saturday, June 6, 2026

Corpus Christi


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Ayer visité un par de iglesias por Corpus Christi. Lo usual desde la niñez: comprar delicias dulces que se preparan para la celebración. Nunca me gustaron los rosquetes, demasiado duros, pero he tenido debilidad por las pepitas de leche y los maicillos. Tengo aún media docena de estos para la tarde. Extraño aquel sol de las 5 que entraba por la ventana de la cocina y con mi madre tomábamos té en la mesa de fórmica roja que hoy conserva mi hermano en su propiedad de Tiquipaya. Momentos vividos jamás olvidados.

 

No había fruta, lo que es muy raro. Se debe a los bloqueos de caminos, y de la vida, que realizan las bestias de carga del fascismo falsamente indígena. Había maní, de las montañas de Cochabamba y de valles aún con acceso, pero no uvas ni mandarinas; ni pacay ni tunas verdirrojas. Me perdí este año el Domingo de Ramos que fue especial para mí. Distraído de tristezas dejé correr demasiadas cosas. Roy Orbison con Pretty Woman… canción que escucho con mayor frecuencia este último año. Bellísima y emblemática. Hago hora para salir por un cortado chico al lado de la catedral. Y lustre de zapatos que como la peluquería es de extremo y tenue placer. Cabeza y pies, vértices del mundo. Finisterre y algún rinconcito de la provincia Cercado. Hitos, piedras que demarcan más inicios que límites. Repito la canción. Hay luces violetas y sobrevalorado tequila barato. Tacones altos y rojos, fina lencería, labios pintados, perfume. Long and wonderful hair.

 

Esta incertidumbre nacional (no miento al decir que toda la vida vivimos con ella). Golpes de estado, combatientes del Ché en la maraña hambrienta, desasosiego, marchas militares, comunicados y más comunicados, la vilipendiada patria en labios de todos como infecta lombriz. Miro buen cine peruano, temática de guerra; Sendero Luminoso; pienso en la situación acá. Infinita crueldad que leyendo historia viene de muy antiguo. España fue brutal en la conquista, y brutales sus indios serviles para exterminar otros indios. Poblaciones deseosas de saciar ansias de sangre aprovechando el momento. Pobres mujeres, Dios. Indios desmantelando para sus amos ibéricos el Qoricancha, arrastrando momias ilustres con absoluto desparpajo. Concesiones de los amos a los caciques por haber entregado el imperio inca en bandeja, carta blanca a la plebe para ejercer violencia sobre sus hermanos de raza. Ellos, en la bruma del tiempo, y Sendero, más cerca, y las fieras que atacan ambulancias hoy con saña jamás vista. Amedallados y sin medalla, aplastados por piedras, en la crónica del Tambor Vargas…

 

“No se vayan con Sendero, muchachos”, nos decían una amable señora y sus hijos en Lima. No; nos íbamos, eso quisimos, ir a pelear a la Contra en Nicaragua. Ni lo uno ni lo otro, lento trayecto al sur hasta Buenos Aires, atravesando el país nuestro que acabábamos de dejar. Marsella en mente; Alemania para mí luego de una primera etapa. “Solo necesitan tener cinco dólares en el bolsillo”, sentenció la embajada cubana. Ya nunca más cayos de los miskitos.

 

Sonaban las bombas durante la noche limeña. Bum, bum, espaciadas, cercanas, alejadas. Igual a la Córdoba de 1975 que para mí resultó en cine de Tarkovsky, iniciación a los Doors y la Alianza Anticomunista Argentina. Fin de los viajes a la tierra de mi madre. Volví años después, como obrero metalúrgico, con Julio. Otra historia que no dudo ya habré contado.

 

Q'opuru y demás rastros de ayer.

 

Corpus se fue, tanto así la ciudad antigua ya desvanecida. El sur, que se extendía luego del Kilómetro Cero, es otra cosa. Sus calles y la polvareda han tomado los últimos campos fértiles, han hecho de las arboledas yermos. Paso por allí y desconozco. Sería como internarme en una urbe nueva y, puedo olerlo, peligrosa. Tendrá esa Cochabamba los vicios que acarrean las grandes ciudades jóvenes. No tengo ya veinte años para arriesgarme, lo hacía entonces, en la bruma de lo incierto. He puesto límites. Hay partes de la otrora muerta ciudad viva que ya son muerta ciudad muerta y mejor dejarlo así. Vamos con planes de retorno de visita a Denver, un posible Brasil antes de que termine el año y después veré lo que las guerras hayan dejado de pie en el mundo para otras decisiones. Me cuentan de las seis horas en bus desde Asunción del Paraguay hasta Ciudad del Este, Meca del oprobio sudamericano, junto a varias villas notorias por su crimen. El Paraná de Horacio Quiroga… Tigres y boas evaporados. Tal vez en la calma de los esteros flote aún algo de sosiego, en el sutil ruido de peces tomando aire. Lo leído ya no existe. La dinámica de la época desdibuja los esbozos de lo que fue o creímos ser. No está mal, las cosas tienen que cambiar pero es bueno hacer memoria. Nada malo en preservar espacios que cada vez se van haciendo más íntimos y únicos. Cerrando las memorias de Paustovski pensé en eso.

 

Me alisto para mi diario periplo urbano. La plaza principal era ayer un gran mercado, con venta de huevos, queso, leche, carritos de sonsos, de fresco somó que dicen preservan con formol para que no se dañe, arepas y variedad de gelatinas y postres. Vendedores ofreciendo en medio de la multitud. Muy humano, muy mucho según decía una querida amiga. Niños y palomas, globos y fanfarria. Un mal cantor está con La casa del sol naciente y hasta en su falta de destreza hay algo bello. Yo, sentado, con los mocasines brillando lustrados, observo, nada más, no analizo ni elucubro, observo.

 

A las ocho tomo un taxi. Como el chofer no tiene cambio me cobra solo diez bolivianos, un dólar exactamente. Tomo el elegante ascensor hasta mi piso y enciendo el televisor. Documental acerca de la paz mongola. Y al rato una trágica película rusa mostrando las espantosas noticias de aquella paz…

 

Dos gatos se persiguen entre las hierbas del lote de atrás, donde alguna vez vivieron nuestros vecinos Mejía. Uno marrón, el otro blanco. Exactamente allí comenzaba el campo. Mi calle, y esta también, frontera entre las casas y la pampa de los k'achitos Gutiérrez, rica familia cuyas propiedades vendieron y vaya a saber qué fue de ella. Tenían una casa colonial en el centro que está abandonada; donde guardaban la casa de hacienda han excavado un foso para plantar los cimientos de un alto edificio. Sintomático, simbólico. Solo queda un cúmulo de abigarradas construcciones, se nos arrebató la aventura. Se fueron las apasankas, volaron más rápidas que drones las mariposas cohete, de aerodinámico diseño natural. Hay que escudriñar, intentar descubrir novedades. Suerte de viaje al centro de la tierra o de cinco semanas en globo, recordando al gran maestro. Miguel Strogoff ante la estepa y ante la historia.

06/06/2026

Saturday, May 30, 2026

El arte de la inercia


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Como cada noche me siento en los sofás de la portería y leo, converso con uno de los dos conserjes, pregunto; me interesa saber su mundo, su historia. En la mansión de enfrente cantan canciones de Leo Dan que me llevan a la infancia. Como siempre tiraron una multitudinaria y estruendosa fiesta. El año pasado grabé desde la terraza del octavo piso a la banda Poopó, vestida de trajes rojos y con platilleros malabaristas. Hoy había otra banda, no estoy seguro quiénes eran. Los elusivos dueños son casi invisibles. Vaya a saber las oscuridades de esa fortuna. En el país hay en curso un golpe de estado financiado por el narco. Vándalos y violadores se han soltado por las calles acullicando coca, drogados y con tremenda borrachera. Viva la revolución social. Contraste entre “Santiago querido, Santiago adorado” en voz de Leo Dan y las huestes medievales que debieran recibir igual castigo medieval.

 

Más y más van desapareciendo acá las “banderas” ideológicas que diferenciaban. Somos hoy un estado atrapado por el crimen y creo imposible ya salir de eso. ¿Qué hacer? No leer a Lenin, por supuesto. Agarrar a Proust, a Balzac, imaginar que habito un universo donde es posible la razón, donde la gran masa humana no es todavía dominada por el gran capital y sus fatídicas extremidades: las redes sociales que han hecho recua de la multitud, y franco puterío de los afectos. Pero ahí van, mujeres y hombres encandilados por la música del flautista, en este Hamelin moderno, infame espacio de ratas.

 

Vamos saltando de un tema al otro, tratando de distanciarnos de una realidad despreciada por los filósofos. Me refugio en la historia; fue usual desde muy joven hacerlo. En ese sentido la modernidad ha sido dadivosa con sus magníficas y extensas posibilidades de adquirir conocimiento. No tanto en otras. En algún momento me soñé en los mares interiores de Georgia, creyendo en los Argonautas. Un retorno a la Grecia clásica con cierta conversación el martes acerca de Homero y la mención de Circe. Imágenes de temblorosas pieles jóvenes. Hace un año estaba en Bosnia & Herzegovina. Mucho por decir y más por recordar. Tiempo ido pero no muerto; nunca fallece el tiempo, está ahí, permanente. Un año y voy pensando en un más modesto viaje a Denver y la familia, asuntos de prevención y notas a hacer para lo que viene, que mucho viene, sin falta, y lo menos bien separado de lo más. Algo habré aprendido en este balbucear de nuevo que es jubilarse, sobre todo ante un  universo que nada tiene que ver con el anterior, donde no solo cambiaron las reglas sino hasta el lenguaje. Nada que ver con ortodoxia, simplemente darse cuenta que no se puede vagar de la misma manera por el planeta porque ya no es. A su modo se trata de otra argonáutica y el vellocino de oro lo representa una ficción virtual. Amores más frágiles que aquellos que el bolero situaba en cabarets.  

 

He retornado a los textos breves, suerte de ejercicio de mi carácter literario. Una novela va creciendo en mente. Sus helechos tornánse grandes y verde oscuro. No hay que forzarla. La otra, la terminada no hace mucho y que venía cargada de ilusiones, vaga por ahí, ni siquiera recuerdo por dónde. Veo una llamada perdida en el celular y sé que viene de los arcanos que moldearon aquellas páginas, del yermo y de la sangre, de la turbia agua de Tampico y el tierral que se asienta sobre el río Bravo como congoja.

 

Desde la amarilla Torre Mónaco un dedo con uña pintada de rojo va delineando los puntos del amanecer mientras canta Marisa Monte. En algún espacio de ese panorama está mi casa. Puedo ver la Torre Mónaco desde arriba, al fondo, cruzando la torrentera cuyo nombre se ha olvidado. Cochabamba está en paz aparente. Las huestes caníbales se arman y acechan. Me guardo ideas acerca de la guerra porque no caerían bien. Pero hay que leer historia. Todo rastro se encuentra en el pasado. Y casi toda respuesta. Por ahora un alba anaranjada, un largo dedo pintado, pesado silencio que precede a tal vez la muerte. Los antropófagos deshuesan niños en la intemperie fría y los devoran crudos. Ni modo que vaya a leer a Elías Canetti. Menos, mucho menos, la tristeza de Pavese. Es momento de estar alertas. Un Napoleón de barro, montado en caballo robado a un circo, alista sus falsos oropeles y el ogro del monte demanda más niñas para satisfacer su añejamiento que de vino no es sino de repugnante esputo.

 

Así marchamos, en rodillo sin fin. Ya sin importar qué hay al fondo y si lo hay. La época no da para planes, las mujeres no sirven como parejas, los hombres tampoco. Una mano de barniz basta para la ilusión de un mundo nuevo inexistente. Estamos en caída libre, reinvención del fracaso de Lucifer. Si no hubiese desaparecido mi volumen de El paraíso perdido, de Milton, me gustaría leerlo otra vez, aunque fuera como responso en el sepelio del ser humano. ¿Eran Corneille y Milton los que caminaban por París en las bellas páginas de Alfred de Vigny? Hoy, por más que Linceo mire hasta el más allá, ¿dónde se podrían encontrar un Cromwell o un Richelieu? De eso hablaban aquellos jóvenes notables entonces. ¿De qué podríamos conversar nosotros? Del monstruo desnudo en la floresta…

 

Boswell traspapelado…

 

Ha sido una semana extraña, rozando las dos semanas. No es que deambule por Grozny arrasada, por elegir una imagen. Más bien por un campo de trigo rodeado de eucaliptos, con brisa de sonido de niñez y un estanque en semi abandono, rumoroso de agua. Los caminos de la calma suelen presentarse de improviso con máscaras inesperadas. Pues vamos con ellas, caminemos ya sin apuro, ensoñados siempre pero a la vez despiertos en este país de incertidumbres. No es que nunca viviéramos así; por el contrario, fue la regla, pero me había desacostumbrado. Claro que el tendal de lombrosianos ha crecido como era de esperar. No había antes tal profusión.

 

Voy camino de Trojes. Da gusto acercarse a la montaña. El mar no me causa ninguna confusión pero la piedra me apasiona. Piedras… repetía Eisenstein. Piedras… repito. Añado un chaleco a mi indumentaria en tiempo de frío. Aunque los quince grados centígrados de aquí nada tienen que ver con los veinticinco bajo cero de Denver, de los que se burlaba mi amigo Yefim relatando el invierno kazajo. Bueno…

30/05/2026

 

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Imagen: Honoré Daumier 

Sunday, May 10, 2026

Recuerdos de música


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

De cuatro de la mañana a cuatro de la tarde un amplio recorrido por el punk, el new wave, el rock alternativo. De The Clash a Red Hot Chili Peppers. Casi cada canción asociada a mi primera década inmigrante en los Estados Unidos. Escuchaba a Tracy Chapman cargando en hombros bolsas de papa roja, Idaho tipo B; a Tom Petty mientras deshojaba lechugas de toda clase para hacerlas vendibles a los grandes hoteles. Enamorado de una monja de las de la madre Teresa de Calcuta que correspondía con su hermosa sonrisa a mi amor. Para ella seleccionaba paltas Hass venidas de Chile. Las mimetizaba entre basura que los ricos dueños entregaban como donación. Pues conmigo se llevaba aquellas, naranjas Valentia, hongos, broccolis y lo que pudiera darles. Suavidad de sus manos… Relato mientras cambio tonadas: Joy Division, New Order, The Gang of Four, The B-52s, Midnight Oil, Billy Idol. Amanece, pero las persianas disimulan el sol. No hay por qué levantarse, apenas para beber limonada de uvas. Tiempo que no hacía esto, quizá desde las sesiones juveniles de noche entera con Chino y Adolfo, música de Neil Young, de Simon & Garfunkel, de Jeff Beck en colaboración con Jan Hammer que tanto gustaba a Francine. El exilio de Chino a Suecia las cortó. Tortura en la DOP de La Paz y un gringo salvador anunciando entre las celdas que eran bienvenidos, los que querían, en Suecia, en Malmö en este caso. Pude haber estado allí pero la noche en que Chino me invitó a ir a armar barricadas decidí no hacerlo. Era muy tarde y quería dormir. Cayeron todos, manguera insertada en el culo y feroz historia…

 

Jeff Beck, de los Yardbirds, uno de los primeros discos compactos que compré en Tower Records de la capital, cerca del hospital universitario donde nació mi hija Emily. Ciudad amada, de los mejores recuerdos vivos. Bella, sutil y exuberante. Regatas en Georgetown, cerveza, mujeres como filigranas, joyas babilónicas. Bob Dylan, Lou Reed, Otis Redding, Fats Domino. Cuando D vino a Aurora desde Budapest, en lluvia y ella protegida por verde capote militar, pusimos Fats Domino a tocar. Así nos amamos por primera vez y conversamos de Hungría. Me había traído exlibris antiguos y revistas stalinistas. La puszta y Andrés Ady, Molnar, Mór Jókai y su novela de la llanura. Sándor Petőfi y a amarnos otra vez hasta agotar las gotas de luna que parecían miel.

 

Almuerzo con mis hermanos y cuñado. De fondo, Chicho Sánchez Ferlosio. Y algo de Rusia antes de marcharse ellos. Conversamos del campo de Apote, de la hermosa Renata en Lyon. Me apresuré a ir a Lyon, podía haber esperado. Llovía sobre las aguas del Ródano. Lo veo cuando me acuesto. En una parada entre Suiza y Austria me dijiste que era un tren desbocado, un automóvil que bajaba sin frenos desde la colina. Eso me costó, me ha costado. Sorbo agua cristalina. La otra noche tomé una copita de vodka y era fuego, vodka barato, no tanto como los de Sven Hassel pero bastante malo.

 

Debo revisar los discos que me traje hace dos años y el año pasado. Tengo todavía en Denver un par de miles o más. Si voy este agosto traeré conmigo unos cien. Hay algunos específicos que deseo encontrar. Tantas cosas entremezcladas, belleza reunida a lo largo de una vida y superviviente de tierras arrasadas, deslaves, diluvios, cometas que se precipitan en tierra y exterminan dinosaurios. Sobre todo los que reuní entre 1989 y el año 2000, período de mis matrimonios y enriquecimiento musical desde dos fuentes tan distintas: bluegrass y música medieval, renacentista, folk norteamericano, soul y spirituals; marchinhas, choros y chorinhos, Adoniran Barbosa, Elis Regina. Lo aproveché. Ahora, solos yo y la ventana, ponemos a tocar lo más diverso, no a mucho volumen porque comienza a anochecer. Oiré mis pasos bajando los cinco pisos, camino golpeando con los tacos. Me gusta conversar con los porteros, con Richard, hoy, para que me cuente de Llallagua, de Catavi y Uncía, lo que eran las minas antes, antes de la llegada del capitalismo más que salvaje de Evo Morales y sus alcoholizados acólitos, cuando todavía se leía a Guillermo Lora y se podía hablar de insurrección.

 

Leí en Bakunin, décadas después, acerca de Lajos Kossuth y la revolución de 1848 en Hungría. Un barco lleva al agitador ruso hacia la Polonia rebelde de 1863. Nunca llegará. Música mientras hojeo algunos volúmenes de historia y literatura, de antropología y viajes. Danzas de los tuareg con sables y trajes negros, máscaras gallegas e intrincados trabajos papúes en madera. Eclecticismo al máximo, siempre me ha gustado. Conversamos de ello con D luego de una visita a Boulder, atravesando tierras de leones de montaña. Cerveza y comida en la ciudad universitaria. Llevas un elegante saco rojo según corresponde a una diplomática húngara del Ministerio de Trabajo. Escoge para su hijo grabados de las tribus indias de Norteamérica. Compro también algo, no recuerdo qué, caballos soshones en cacería de bisontes tal vez, o retratos de los últimos arikaras. Quizá le pregunte, para saber. Hoy vive en Rotterdam, acaba de vender su casa de puertas verdes en la capital de Hungría donde tomaba desnuda el sol. El festival de cine la absorbe en la ciudad holandesa. Le he preguntado de Utrecht, de Theo van Gogh, cineasta asesinado…

 

Muchas cosas despierta esta inesperada, y larga, sesión de música. Me trae a un tiempo específico, muy querido por mí. Ya me había asentado, los inviernos no eran tan dolorosos como el primero, los bolsillos estaban llenos y la cuenta bancaria crecía para un simple estibador boliviano en mundo de negros. James Brown y la máquina del sexo, Sam Cooke, Jimi Hendrix, el nacimiento del rap, Marvin Gaye, The Shirelles, una tromba de nuevas sensaciones y conocimiento en breve período de tiempo. Sonido de los presidiarios encadenados uno a otro. Cantan: “That is the sound of the men working on the chain gang”. Me impresiona esa línea. Hermosa y terrible canción.

 

El viernes pasó. Sábado por la noche se llevó el sonido y lo reemplazó por luces violetas de neón y copitas de Jägermeister, no para mí. Me quedé en el sofá viendo una serie sobre la mafia de Rostov. Tiempo y geografía que me apasionan. En Mariupol, sentado en la terraza de un café “de clase”, contemplé el mar de Azov. El mundo avanza con rapidez inesperada. Vaya uno a saber si quedó algo en pie de la bellísima Isfahán o de los techos superpuestos de Tabriz. Ya pronto recurriremos a las crónicas y a los libros de viaje para recuperar imágenes que día a día se van haciendo ilusorias, vapor de agua.

10/05/2026

 

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Imagen: The Ramones

Tuesday, May 5, 2026

Siga la fiesta


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Bailábamos ska en nuestras interminables fiestas de Aurora y Denver. Cuando L se fue se espaciaron pero no perecieron. Veinte, veinticinco personas en un departamento. Tres, cuatro comidas, de mediodía a dos de la mañana. Música de todo el mundo, baile, vodka para peinar el lacio cabello, piruetas alcohólicas, comidas preparadas por horas con amor: puerco cocido en jerez, picanhas al horno, mixturas de carne, mezclas agresivas, arriesgadas, aventureras de culinaria creativa; salsas picantes con colores de serpentina. Corridos mexicanos, tangos, música campesina italiana, canciones del tiempo de Thomas Hardy, jazz antiguo, R&B, aires españoles y franceses. Siempre Rusia, Ucrania, los gitanos, música de la India y Afganistán, increíbles manifestaciones haitianas y de Zanzíbar, bandas kenianas de hoteles de lujo en los años cincuenta, del África rica y racialmente selecta, bluegrass, zampoñas toyos, kaluyos, cuecas, marineras, cumbias, guarachas, guajiras y amplísima gama tropical. Bolero, zamba argentina y chacarera, marchinhas, Brasil en todo su esplendor, de Ari Barroso a Ney Matogrosso. Difícil de enumerar aquello, reggae y la marcha de Radetzki…

 

Bourbon de primera. Ron negro de las Guyanas, dominicano, venezolano, viejo de Caldas, el gran Zacapa. Whisky, aguardiente, cachaça, pinga. De fondo Leonard Cohen o The Kinks. ¿Qué haces tú bailando en la sombra? Vino tinto para anegar varias arcas del viejo Noé, para emborracharlo hasta el olvido. Blanco, rosé, algunos dulzones de Georgia o magníficos de Moldavia y Grecia, de tierras del león de Nemea, recordando a Hércules. ¡Si recordaré yo la columna de Hércules! Bella ciao y atronadores instrumentos de viento de los Balcanes, herencia de Kusturica, a quien veíamos muchísimo en la pantalla. Los amigos de origen irlandés, judío, kazajo, colombiano, mexicano, chicano y lo que se plegara a nosotros: filipinos y paulistas. Corrido del fusilamiento de Felipe Ángeles, canciones revolucionarias del Dublín del año 16. Eran ambientes muy ricos aquellos; mis hijas invitaban a sus amigos que disfrutaban como nadie y aprendían malos trucos del padre de las chicas, de la vida del bajo fondo y la sangre con alcohol en barriadas de averno.

 

En la biblioteca Georges Bataille: “Mi puta, mi corazón…” Una foto de la Ajmátova. Máscaras tribales robadas a los muertos del Gabón, fetiches vudú, cerámicas precolombinas, siniestros daguerrotipos, afiches de colección. Mapas y documentos antiguos. Firmas de Antonio Álvarez de Arenales y Martín Miguel de Güemes. Kachinas zunis y navajos, tejidos de Sacaca, Sanipaya, Salinas de Garci Mendoza y Japo. Era aquello un universo y los diablos danzaban sin descanso. Se bebía como en Sodoma y comía como en Nínive. Las aguas de los pantanos de Basora y las heladas del Titicaca junto a los grandes lagos se juntaban profundas como el Baikal. Pastas y ensaladas, mi famosa ensalada rusa que fue un éxito comercial importante mientras duré de restaurateur, como lo fuera mi chaque de quinua que vendía treinta y cinco años atrás en medio del antiguo barrio hebreo de Lakewood, el de Golda Meir. Lo disfruté, lo bebí y lo viví. Ni santo que me lo quite ni demonio que se apodere de mi placer. Hoy llaman las hijas por teléfono y hablamos de sus trabajos, éxitos y fracasos. Cuelgo y miro la penumbra del departamento y trato de escuchar alrededor a ver si hay cohetes de los golpistas de turno. Se desea tumbar gobiernos y la noche cae con la misma placidez de siempre, por encima del Jardín del Edén o sobre Bełżec, paradojas de la creación.

 

¿Por qué me puse a escribir este texto? Por un amigo, escritor de Guayaramerín, a orillas del poderoso Mamoré, que me preguntaba cuánto de autobiográfico había en Muerta ciudad viva, y que no me imaginaba a mí, en apariencia hombre sosegado hoy, en mis tiempos de delincuencia y vicio. Era yo y no era yo, caótico Robert Louis Stevenson, caótico y amado. Al bajar del tren en una estación de Baltimore vi a Edgar Allan Poe. Me observó y desapareció. La ciudad lo cubrió de niebla, voces ebrias de negros caídos todo lo que se oía.

 

Reactivo el ordenador. La imagen de fondo es la de V desnuda, maravilloso cuerpo de treinta años recién cumplidos. De ella me quedan su voz y varias fotografías, y una matrioshka que se apoya en las memorias del general Daniel O'Leary, comprada al lado de aquel restaurante tártaro, y casi al frente de la estación de trenes que bombardearía Putin cuatro años después.

 

No tengo botellas de trago en esta casa. Será que amigos hay pocos porque la mayoría emigró. Otra forma de vida, además. Algún vino de mesa nada extraordinario. Mi último Zacapa se fue hace unos meses en elogio a la belleza. Siempre digo que debiera comenzar a reconstruir mi bar. Tuve uno a los diez y ocho años y F se lo bebió. Vinos búlgaros y yugoslavos, argentinos de notable nivel. Ella desapareció de la historia. Se enojó porque la postrera vez que la llamé a Londres yo había bebido demasiado y me quedé dormido en el teléfono. Se esfumaron sus blancas piernas en las rocas de Liriuni cuando el viento agitaba su vestido y mostraba el cielo con tintes oscuros; sexo misterioso en medio de los farallones del río de la Llave mientras anochecía y gritaban desconocidas aves. El pendón de la chicha, que era blanco, perdió color y comenzamos tomados de la mano el retorno hacia la carretera.

 

Pues respondí a mi amigo sin esconder nada. No hay pecado en dormir entre cargadores de papa y naranjas en larga fila de míseros, despertar cuando las señoras preguntan a cuánto está el kilo de imilla. Al menos no encontré a mi madre... El alcohol blanco mixturado con canela deja un horrible gusto en la boca y la cabeza estalla de dolor. Ni un peso en el bolsillo para volver a casa. Atravesar toda la ciudad a pie era un tormento. Trastabillaba, seguro. Luego tirarme a la cama con zapatos y todo y deambular peligrosamente en esa cuerda flotante entre la vida y la muerte, maromero a tiempo completo, fatal, irresponsable, mujeriego y pendenciero. Curo los breves tajos de Gillette en las mejillas y si no tengo demasiado malestar me pongo a leer a Dumas. Pronto me llaman dos muslos y auguran tarde de luna negra, de luna plena, de sol luna. ¿Volver a los diecisiete? No, gracias.

 

Iré a caminar. Jugaré el hombre impasible si encuentro bloqueos. No soy aquel, cantaba Raphael, que escribía textos incendiarios. No que me haya convertido en alguien aburrido pero ahora sé que hay luchas que no valen.

 

Dime, estás ahí que quiero hablarte. Pero pongo cinta aislante en mi boca y concedo silencio a la electricidad. A decir verdad me ha dado mucha gana de releer a Alejandro Dumas y lo haré. Escojo El paje del Duque de Saboya en dos tomos. Será una magnífica lectura. Hay todavía luna llena. Mi padre era lunático, afirmaba mi madre. Quizá él me mira desde ese intenso amarillo. Hoy era su aniversario de bodas. El mío también, de mi primer matrimonio.

05/05/2026

Thursday, April 30, 2026

Break on Through


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Hoy tomé un mate de coca con una mujer con la que viví cuarenta años atrás. Fue bueno sonreír, conversar, entristecernos por las malas nuevas, criticar al gobierno, desde el otro vértice de cuando éramos jóvenes a decir verdad. Par de horas vividas, mucho por decir y más por callar. Ni atisbos de rencor, de culpabilidades o tontas excentricidades del espíritu. Dice muy bien de ambos que podamos sentarnos, cuatro décadas después, a beber una infusión menos que tibia de hojas viejas de coca que ya no despiden su esencia.

 

The Doors: Break on Through. Era 1975 cuando de la Argentina en la que la derecha peronista comenzaba a asesinar a la izquierda peronista me traje los mejores éxitos de los Doors. El disco comenzaba con Hello I Love you. La cantaba Francine en 1986 con acento inglés, desnuda en la intemperie del tiempo. Rilke escribía:

“Señor, a cada uno dale su muerte,
una muerte que de cada vida brote
y en que haya amor, significado y sufrimiento.
Pues nosotros somos sólo la corteza y la hoja.
La muerte que cada uno lleva en sí
es la fruta en torno de la cual todo gira”.

 

“Show me the way to the next whiskey bar”. Era válido entonces, y muchos años después permanecía así. Mi amiga alemana desapareció por lustros; yo emigré. Hablamos alguna vez en ese lapso. Hasta que le conté que me estaba casando con una pintora irlando noruega de Nueva York ¡Ah, niña de Guatemala! Pues bastó. La ilusión explotó como tierra arrasada de la estepa en diversas invasiones militares. Pero las horas van limándose solas y quedan lisas y suaves como piedra pómez y el viento retorna a su normalidad de brisa. Henos aquí con coca vieja discurriendo sobre lo que fue y no fue, lo que será en tiempo del fin. No necesitamos yatiris para tornar las hojas y destapar los secretos del porvenir: es obvio. Este era el barrio de G., bellísima y difícil, cometa ella de larga y flamígera cabellera. El parque poblado de árboles era entonces un inmenso canchón yermo con un esmirriado molle al centro donde nos amamos hasta cada amanecer. Muerto de sed, perro alcoholizado yo, lamía su espalda en busca de sal. Trato de hallarlo en vano con la mirada. Así es el amor, elusivo y misterioso como el verso de Coleridge: “Ya se han ido y aquí debo quedarme”. Me obligo a hacerlo, parte de ello está en la decisión del retorno. Aquí debo quedarme, por ahora, albacea del testamento antiguo, voz de tantos silencios.

 

Take it as it Comes, cantan ahora los Doors. Conduzco el automóvil por el desierto de Sonora. En la oscuridad suenan cascabeles en la cima de las mesas. Y los triangulares ojos de las serpientes parecen naves siderales de olvido. Oblivion. Soledad profunda, gritos casi imperceptibles de leones de montaña, pasos subrepticios de los guerreros de Victorio.

 

Córdoba de 1975. Tarkovsky; Andrzej Wajda en Las señoritas de Wilco, de la novela de Jarosław Leon Iwaszkiewicz. Mientras disfrutaba la película, Stalker, las hordas de la Triple A recorrían las calles de Nueva Córdoba tratando de atrapar a mi hermano para convertirlo en sombra. Conduzco por el desierto de Sonora y recuerdo. No lo sabía, había anochecido en supuesta paz en La Cañada. La sangre no es roja en el cielo gris, no es sangre sino mancha.

 

“Break on through to the other side”. Lo hacen los gitanos de Bram Stoker; también Lewis Carroll, disfrazado de Alicia, penetra huecos que lo arriman a la fantasía, canciones de morsas gemelas e inverosímiles posibilidades de imaginación. Cruzar al otro lado. Había cierto lugar en una esquina del parque Mir, en Denver, donde una callecita se juntaba a un pasadizo bordeando un canal que desembocaría en el río Platte. Nadie nunca me quitó de la mente que aquella era una de las entradas del inframundo. De día los ciclistas la atravesaban dichosos. Diferente era con niebla de tres de la mañana y búhos alrededor. La parte trasera de las modestas casas de los inmigrantes rusos da al parque. Siempre luces apagadas, prurito comunista del ahorro. Ni los perros asomaban por ahí, de los pocos que hay sueltos en la ciudad moderna. Vi en Cocula una entrada similar, pero allí sí se aseveraba que era el camino de Mictlán. Interconexiones del misterio, lo inexplicable, la luna de sonrisa tan amplia como la del gato de Chesire. Noche a noche me atrae y jamás entro. Ahora estoy demasiado lejos en el prosaico universo. Otra cosa sucedía cuando con mi auto, solitarios los dos, contemplábamos la penumbra mientras las estrellas bajaban a beber agua cristalina del arroyo de los cerezos. No en vano hay un tic tac en el reloj: son los pasos imperceptibles de lo innombrable, sin necesidad de que se convierta en una historia de Lovecraft sino simplemente que los vientos hacen rodar hojas caídas que ha dispersado el otoño. Y hacen tic tac, tic tac.

 

Reencontrar a alguien es también atravesar el tiempo y el espacio. No serán los glamorosos recovecos del autor de Alice in Wonderland pero es enriquecedor. Nos cambiamos de mesa porque el árbol gigante encima arroja un molestoso polvillo sobre nosotros. Conversación más allá de la muerte: los días se llevaron seres queridos de ambos lados. Está la consabida frase del no volverán o están eternamente vivos. Y quién sabe, no podemos afirmar lo que los rom han observado en el horizonte del más allá. Ni que el desenlace aguarda a quien se ha ocultado en el supuesto más seguro escondite: un cementerio (pienso en El muro, de Jean-Paul Sartre). Lo saben los albañiles, los maestros en masonería: las paredes no esconden nada, son meras protecciones contra frío y sol. Ni nublan la mirada ni la ciegan, no está en su lista de labores.

 

Ver a mi amiga después de semejante espacio de horas me alecciona. Me hace todavía creer en un panorama al menos incierto sino imposible. Pienso que ya debí salir a mis asuntos matinales, bazofias legales y caminatas de memoria. Tomar el sol en los muslos con un buen libro a mano (a esta altura ya hay que desechar los malos libros). Me he retrasado, quiero decir, pero sonrío porque no hay para qué correr ni a dónde correr. No significa tomarlo con resignación ni mucho menos pero sí que la premura por llegar hacia el vacío no debe estar más, no ha otra vez lugar a la desesperación de ciertos personajes de Shakespeare. Me guarezco en una tarde espléndida de junio, de los versos de Anne Carson.

30/04/2026

 

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Imagen: Pablo Picasso, 1923