Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Gran Orquesta Brunswick, 1930. Tango. Ella y los escritos de Anna Politkovskaya entre el primer ventoso día de agosto. Maderos y cartones volando. Cochabamba es una urbe en construcción y nadie asegura, ni con sogas, nada. Todavía hay albañiles colgados de andamios sin protección. “Meterle nomás”, alta filosofía no solo de un régimen pervertido y carnicero sino de nuestra historia básica. Si una madera descabezara a un transeúnte la respuesta popular sería: para qué camina por allí con viento. No prisioneros; aquí no se toman prisioneros. Sálvese quien pueda. Que en alta mar más seguro resultaría que lo devorasen sus congéneres que los tiburones. Da para pensar. La periodista rusa devana su pensamiento en otra sociedad también conflictiva: la chechena. Sabe que ello ha de costarle la vida y continúa. A su modo es Marat acuchillado todavía con pluma en mano. Salvadas las diferencias, por supuesto.
Esta tarde
hablé con tenderos, porteros, di una mirada a mensajes y respuestas. Algunas
páginas mientras espero en la clínica acerca del “último” combate de Lenin,
según lo retrata el historiador Moshé Lewin. Casi una momia, Vladimiro Ilich,
tan lejano de la estación de Finlandia, de Zurich y de Inessa Armand. No sé si
en mi viaje de mayo pasado atravesé por Zurich. Estaría dormido. Recuerdo las
moles de hielo en Lausanne, las callecitas de Ginebra y pare de contar. Hasta
Austria y una preciosa confitería-cafetería para los viajeros que se detenían
allí. Como nosotros en el pretérito, en Challapata o Patacamaya: un pedazo de
queso, pan, café pasado y servido en desportillados vasos de metal. Luego de
Eslovenia, la sombra de los Balcanes: Jasenovac…
Frío.
Viento de agosto que corre cargado de muertos. Imágenes del film La Odisea, de Nolan. No lo que me
hubiera gustado pero hay mucho trabajo en él. El caballo de Troya,
semienterrado en la arena, pequeño, me recordó los corceles congelados del lago
Ladoga en Kaputt. El “rubio” Menelao
de Homero perdió el cabello. Y otros detalles. Entretenimiento, vale, así sí.
Como cuando décadas atrás escribí un artículo acerca de una novela de Joseph
Kessel y los cazadores de rubíes de Birmania y el valor de la literatura como
entretenimiento. De Kessel tengo memoria en La
estepa roja. Observo el mapa de la Carta de Asia clavada en mi pared y las
grandes extensiones por donde cabalgaban cosacos errantes. Épica, siempre
épica.
Una postal,
supongo de los años 50, marca una página de los Cuadernos de infancia de Norah Lange. Es una viñeta de Navidad.
Eso, junto a la aventura de Ulises y tanto más, anota que vivimos hoy y también
bastante de ayer. Norah y sus amigas ¿hermanas? se retiran a sus dormitorios
cargadas de regalos envueltos en papeles multicolores. Así persiste Telémaco,
hijo de Odiseo, en los escritos de Fénelon. Hablo de 1970 o por ahí. Han corrido
los agostos desde entonces arrebatando las ánimas de los ingenuos y los no
precavidos. Habrían de amarrarse, para sobrevivir, a cualquier columna colonial
y no escuchar a las sirenas. Hay, en Norah Lange, cierto aire escandinavo. No
quiero siquiera preguntarme el porqué.
Anoche ya
era noche extraña; esta también. Nada de plagada de fantasmas ni subrepticios
misterios sino la ausencia de sombras que tiene la oscuridad. He descendido los
cinco pisos y los volví a trepar. Dando miradas de reojo al cascarón del
edificio contiguo con todavía vacíos ventanales y vanos abiertos que permiten
ver el otro lado, una suerte de luz de la avenida Juan de la Rosa, manera de
matizar el silencio. Fui pasando los posibles documentales o películas a ver y
me decidí por no sentarme allí. Estaba Macedonia durante la Primera Guerra
Mundial y tigres del Amur. Gatos de Pallas y el Tapón del Darién. No, me
convencí, y me incliné a teclear generalidades sobre el recuerdo. Agamenón no
era esa figura de negra armadura y trenza de oro. “Una bruma sombría oprime su
casa”, escribe Esquilo en la Antistrofa 3. Tocan las diez en el muerto Barrio
Chino de La Habana. Las diez en las heladas piedras prietas de Ellicott City,
Maryland.
Hay un
bulto acostado sobre el lado de mi cama, como si alguien durmiera allí. Djinns
de la memoria, hasta perfumados. Ganas de leer a la Szymborska pero más a la Ginczanka,
el pabilo entre la vida y la muerte. Julian Tuwim escribe camino de la diáspora,
rumbo a un Brasil en donde se había refugiado Stefan Zweig para morir. Elegiré
versos de la Ginczanka entonces ahora que agosto parece de vientos fallecidos y
ni brisa mueve hoja de árbol ni brizna de pasto.
Estás en la
terraza tomándote selfies con símbolos de destrucción detrás tuyo: cielos de
polvo marrón, vacías botellas de plástico que al chocar con las paredes suenan
como accidentes.
El tiempo
se ha adelantado por diez y nueve minutos. Mi hija Aly ha cumplido ayer treinta
y tres. ¿Qué me pedía cuando era niña que le cocinara para su cumpleaños? ¿Ravioles
con carne? ¿O fricasé? No me acuerdo, qué pena. ¿Qué me pedía Emily? ¿Arroz con
pollo? Fabricaba espacio en mis veinte horas de trabajo diario y aparecían
humeantes platos cargados de amor de padre. Era entonces. Lo sigue siendo en
flotantes cocinas ilusorias.
Suena un
televisor en portugués. Cuando salí del departamento dejé ya en el segundo
tango a la mítica orquesta. Tengo la costumbre de no apagar el aparato y
permitir que ellos, los míos, los que no se ven, bailen en paz hasta que se
extinga la música. “When the music's over, turn out the lights”. Pero es
de mañana y no hay luces encendidas…
Doblo la
ropa lavada con parsimonia. No todo es arte (o quizá). La chica de la limpieza
corrió las últimas gradas y abandonó el edificio. Se refugió en la moto de su
hombre y se despidió agitando el brazo trabajador. Quiero sandías y duraznos y
apenas queda una mandarina del Luribay. Ya sé qué haré a las nueve, entre el
colorido del mercado, seleccionando frutas. Me pregunto si se han disipado los
tristes poemas de las polacas. O están tan solo escondidos entre las ruinas
hititas de aquella costa que finalmente no vi.
03/08/2026
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Imagen: Maurice
Denis






