Tuesday, February 19, 2019

Cochabamba: cocaína y progreso/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A las siete de la noche, domingo, tomé un taxi y me fui a sentar a la plaza 14 de Septiembre, la principal de Cochabamba. Domingo era, en mi niñez, el día libre de las empleadas domésticas y se reunían allí para disfrutar de una efímera alegría que por lo general terminaba con ellas golpeadas y violadas por sus mismos acompañantes u otros al salir de cualquier bombohuasi, creo que llamado así uno notorio en la avenida que llevaba a la Taquiña, la Simón López, porque de allí salían embarazadas y abusadas; luego, al llegar a la casa, su lugar de trabajo, con la cara amoratada e hinchada, sufrían encima de semejante violencia el despido por parte de las patronas que incluso las tildaban de “cochinas”. No vi sirvientas anoche; me dije que ojalá aquella ominosa institución hubiera desaparecido. No lo sé; no estoy seguro.

Una mujer esplendorosa, alta y de magníficas piernas, con falda corta de cuero negro, extranjera en apariencia, abrazaba a un pequeño y tostado individuo que en los términos racistas a los que estamos acostumbrados representaba un “cholo”. Pues, el “cholo” tenía un auto último modelo lo que le daba la libertad de acariciar las redondeadas nalgas que eran, evidente, de su propiedad. Yo miraba, todo alrededor, hasta una gris paloma enferma que apenas podía tragar un grano de maíz desmenuzado. Luego una pareja de payasos argentinos, hombre y mujer, pusieron cumbias en una radio, prepararon frazadas en el piso y a voz en cuello convocaron a una docena de personas, niños la mayoría, para ofrecer triste espectáculo lleno de gritos, alusiones sexuales e inmensa falta de talento. La historia del payaso triste, la del payaso tonto. Malabares con mucho estruendo y poca habilidad. Recolectaron monedas. Voceaban que se iban de aquella histórica plaza, que por este año terminaban con Bolivia. Se les notaba el hambre. Era un paisaje medieval.

Luego caminé. Comí dos anticuchos sabrosos pero tensos como goma de mascar. Picante de maní, papa tostada y fría. Tripas hervían y chisporroteaban en carritos de comida. Otra viñeta medieval. Moliere, Bergman…

Caminé. Fui por la vieja zona de cafés de la calle Ecuador. Me dijeron que habían cerrado los boliches porque era refugio de delincuentes, “zona roja”. Pero, en su tiempo, esa parte de la ciudad dio mucha vida a lo que hoy parecía muerto, o agonizante.

Me pregunté entonces si las cifras de lo que deja el narcotráfico, a pesar de míseras en relación a las rentas de los patrones, eran tantas ¿dónde estaban sus resultados que no se veían? Dicen que hay Ferraris rojos con el sello del club Wistermann, Lamborghinis blancos. Esta debía ser una ciudad de luz, y las aceras son peores que las que nos hacían tropezar cuarenta años atrás. Se ha querido hacer creer que el tráfico de cocaína es una forma de enfrentar al imperio. Falso: es el imperio.

Nada bueno de la cocaína queda; nada queda. Esta ciudad se va descascarando, es una fruta seca y eso que estamos en tiempo de lluvias. Aseguran que la movida se ha trasladado hacia el norte de la ciudad. Puede ser, porque lo que transito ahora es una villa ruinosa, no con el garbo que tiene la ruina en la Odessa del mar Negro, sino la desgracia a secas.

Villa deleznable, escribí muchísimo tiempo atrás, y no me equivocaba. Aquí la droga no hace patria, y no creo que en ningún lugar, pero hay un discurso semi-ideológico que ensalza el producto bruto y por ende los derivados. ¿Cuándo comprenderemos que se trata de un comercio particular, no colectivo? Que el pan que viene de él podría también venir del trabajo si los que ganan en lugar de vacacionar en el Caribe, comprar en Miami, y preferir un automóvil de lujo a un bidet, hicieran algo de bien e invirtieran en lo caído, tratando de levantarlo. Hemos creado otro mito. Lo creemos a pie juntillas mientras que la realidad es otra: la de dos payasos gritones sin sal ni azúcar.
18/02/19


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 19/02/2019

Fotografía: CFC

Monday, February 18, 2019

Roberto Navia, el talento y la humildad


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Dos premios Rey de España, un Ortega y Gasset, otros locales, Roberto Navia Gabriel es una extraña joya en un país no habituado a tenerlas. Talento, humildad y… valentía, mucha, tanta como para meterse en el Chapare y publicar una magnífica y controversial crónica sobre los linchamientos en la zona. Texto llevado al cine documental en España con éxito.

Con Roberto no nos hemos visto nunca, y sin embargo tenemos una amistad tan estrecha que parece que hubiéramos sido vecinos desde chicos, aunque es menor que yo. Eso habla de su bonhomía, su hombría de bien, que en su momento el año 2013 nos llevó a una aventura editorial en el campo de la crónica: Crónicas de perro andante, se la llamó, y es un grato recuerdo de una interacción entre un maestro y un aprendiz que nos llevó a ser tan cercanos.

Roberto siempre sorprende, es incansable y creativo; imagen cierta de lo que un periodista debe ser. Reportero del frente, de las trincheras. Este no es hombre para emboscarse y brillar con brillo prestado. Estamos ante un ejemplo de profesionalidad y un modelo de persona. Los premios solo reflejan lo que sus lectores sabemos, que estamos ante un fenómeno que recién comienza a encaminar sus pasos. Si hasta ahora, aún sin tropezar, ha llegado a donde está, imaginemos lo que viene luego. No se malinterprete, Roberto es ya un consumado cronista, pero es joven, y ahí radica su gran futuro. Estamos ante el inicio de una larga y magistral carrera. Debiéramos reconocerla, mantenerla con nosotros, aprender a respetarla, colaborar con su obra en lo posible. Y es nuestro.

02/2019

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Publicado en EL DEBER (Santa Cruz de la Sierra), 18/02/2019

Sunday, February 17, 2019

El exilio voluntario o el éxodo interno, un viaje sicológico sin fin

FERNANDO OLSZANSKI

Hay en cada movimiento literario una suerte de obras que lideran por su contenido, por su fuerza narrativa, por los temas que tratan. Normalmente cuando ese movimiento se refiere a un  fenómeno migratorio entre dos culturas dispares, los temas de estos libros detallan una mutación del hombre, y por ende describen una literatura que trasciende los límites fronterizos. El hombre en sí, es un ser mutable que se adapta a cada ambiente sin importar la hostilidad reinante. Pero también es cierto que debe pagar un precio muy alto para poder convivir con el tiempo que le ha tocado lidiar. Ese precio no es económico ni físico, es totalmente sicológico, y se define como el éxodo de uno mismo hasta ese ser diferente en que se transforma el ser inmigrante. Un ser transnacional.

La novela El exilio voluntario del escritor boliviano Claudio Ferrufino Coqueugniot, nos habla precisamente de eso, de cómo el ser migrante cambia drásticamente en el contexto de un ambiente que consume a sus personajes a través de la alienación, la distancia y el desarraigo. Carlos, el protagonista de esta novela, nos narra en primera persona la etapa histórica que le toca vivir de manera cronológica, no sin analizar de manera cruda y punzante, con una visión muy particular de lo que sucede a su alrededor. Con lujo de detalles, Carlos va describiendo sus pérdidas y sus ganancias casi sin darse cuenta que están ocurriendo, y el lector no puede menos que identificarse con las situaciones extremas que le tocan vivir.

Carlos es un joven que se ve obligado a emigrar por razones no tan claras, quizás tan solo por azar, pero debe que escaparse de sí mismo y el prospecto de ir a Estados Unidos, por unos años, parece como una opción clara y consistente. Carlos es un joven instruido, con mucha lectura encima y sensible al arte. Al llegar a Estados Unidos, encuentra cierta estabilidad trabajando en una distribuidora de vegetales que lo obliga a jornadas de largas horas de trabajo, pero al mismo tiempo le permite ver un aspecto social de Washington y todo su juego social que no todos pueden tener acceso. Ferrufino, a través de Carlos se aprovecha de esa visión para darnos una descarnada visión de la vida de los inmigrantes y las clases pobres americanas, una visión enmascarada en alcohol, marihuana y otros tipos de drogas. Eso no deja que Carlos pierda su sensibilidad, y cada vez que puede, recuerda que ha leído a Henry Miller, a Bukowski, a Borges.  

Esta novela de Ferrufino, fue galardonada en el año 2009 con el prestigioso Premio de Novela Casa de las Américas y por consiguiente, fue publicada en Cuba al año posterior. Gracias a un convenio de autorización, la novela se publica, después de algunos años en el país natal de Ferrufino, Bolivia y también en España. Lamentablemente la novela no llega a Estados Unidos, a pesar de ser una novela norteamericana en español, y de representar de manera fidedigna las vicisitudes del ser latino en estas tierras. 

El lenguaje que usa Carlos, empieza con un típico acento andino sudamericano, pero lentamente va incorporando facetas del inglés, con atisbos de otras latitudes hispanas: mexicanas, caribeñas, hasta llegar a un incipiente espanglish sin tonada reconocida. El éxodo se muestra en la lengua, usando como base la propia, pero incorporando todo el repertorio que afecta irremediablemente al protagonista, que si bien nunca renuncia a sus raíces, acepta su cambio de manera mansa y tranquila, logrando una suerte de adaptación sin transgresiones externas, pero manteniendo esa rebeldía interna que identifica a cualquier migrante que se encuentra en ese espacio en el medio, entre dos culturas, entre dos lenguas, entre dos mundos.

Uno de los logros de El exilio voluntario es que la narrativa hace del entorno parte fundamental de la novela, en especial los paisajes sensoriales, que involucran lo auditivo, lo visual, pero también lo olfativo. La música que los protagonistas, en especial Carlos, escuchan y comparten con el lector, hacen de alguna manera una conexión natural con el momento. El protagonista menciona a Bob Dylan, Pink Floyd, Tom Waits, Steppen Wolf, John Lennon, pero también nos regala ritmos que llegan en la memoria, canciones que forjaron sus recuerdos más profundos, con armonías tradicionales como tangos, boleros, cumbias y ritmos caribeños. Las calles se llenan de aromas de asados, de cocinas con especias de todo el continente, de todas las latitudes latinoamericanas y del mundo. Esto devuelve a Carlos con cuentagotas a su origen, y le ofrece un reposo a su atribulada sensación de olvido.

El exilio voluntario es una novela notable que encaja perfectamente en el concepto de la Literatura del Desarraigo. Es una novela que describe, de manera dolorosa y ácida a veces, pero también con un lenguaje que conmueve, la esencia misma del inmigrante en todo su sentido: las transformaciones, las dolencias, las pequeñas victorias, porque también las hay, el racismo, el desarraigo y también el crecimiento del hombre a través del esfuerzo y perseverancia de años. Es también necesario decir que ésta es una novela que lastima porque nos hace ver en nuestras fibras íntimas, en nuestras miserias y en los vahos etílicos de la derrota. Pero también nos enaltece en la dignidad de perdurar ante la adversidad, ante el desprecio y la hostilidad innecesaria de los anfitriones.

Sin duda el éxodo interno de Carlos nunca finaliza, porque nunca se adaptará definitivamente a su nuevo ambiente, pero tampoco puede volver a ese lugar maternal que añora porque ya no existe. El éxodo continuará en ese exilio que ha decidido realizar, sin medir las consecuencias de la realidad. El éxodo se verá en la lengua, en sus costumbres, en sus delirios alcohólicos. Pero también habrá espacios para la solidaridad entre seres que están en la misma situación. Y entre ellos construirán una red de apoyo necesaria para poder sobrevivir. El hombre, el inmigrante deja un poco de sí cada vez que dice adiós, ese éxodo se convierte en un rompecabezas de muchas partes, algunas borrosas, algunas nítidas, otras luminosas y muchas oscuras. El exilio voluntario nos ayuda a entender nuestros propios dilemas, nuestros propios éxodos, para que a partir de ese desamparo, podamos construir a un nuevo ser en un lugar lejano del origen, pero con la certera sensación de que el viaje no ha terminado.


Fernando Olszanski es escritor y editor, su último libro se titula El orden natural de las cosas y otros cuentos. Reside en Chicago.

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De CONTRATIEMPO, 13/02/2019

Desgarradoramente humano


JORGE MUZAM

El calor veraniego se ha vuelto a ensañar con el valle. Llegan noticias desesperadas desde Coelemu, desde Nacimiento. El infierno adelantó la partida. Hogares cremados, carros de bomberos encerrados entre las llamas. 

Horas, semanas y meses se esfuman como vaho de media mañana. Lo que pospusiste ayer será pasto de nadie. La memoria tiene exceso de archivos y carencias secretariles. Hace algunos días me propuse sistematizar mi producción literaria. Minar mi espacio personal. Sacarme la pesada carga de guerra de las batallas que ya no di. Rasguñarle momentos a la sobrevivencia, porque de alguna forma escribir es también sobrevivir, dejar constancia, medicinarse, vengarse, arremeter. Algo tarde, por cierto que sí.

No significa escribir La Guerra y la Paz cada jornada. A veces solo un dictado de los útiles del escritorio, meros oficios burocráticos de lo que quisieras hacer algún día, paranoias íntimas respecto al transcurrir de los afectos. Mi mente está en tantas partes a la vez, acariciando, abrazando, conduciendo, maldiciendo, anteponiendo el cuerpo holográfico como escudo para que nadie dañe a los propios.

Debatimos a través del chat con Claudio Rodríguez acerca de la obra de Ferrufino. Ambos lo consideramos un gigante. Para mí es el mejor en su categoría, junto a Cingolani. Pero Cingolani es un dios, la perfección hecha amor. Solo podemos admirarlo, y sentir su fe como propia. En cambio Ferrufino es desgarradoramente humano, contaminado, rabioso, un sibarita triste que degusta delicias y brinda con los fantasmas mientras su barca sigue naufragando. Un kamikaze nihilista que se incinera con lo que ataca y con lo que ama. Más cercano al demonio Céline, tenemos la convicción de que la honestidad de su poesía, compuesta de amaneceres, resacas y enaguas en el piso de amantes extranjeras, le permitirá tramontar las llamas y neblinas de la historia.  Hemos sabido que se apronta la publicación de su obra completa, que por sí sola sustentaría el más merecido Nobel. ¿Por qué tan pronto? Lo consideramos aún joven, un capitán curtido de Jack London presto a arponear mil sabandijas. Elucubramos que quizás sienta su pecho oprimido, la caballería roja no ha vuelto por él, ronda el ajedrecista de Bergman, el tiempo pues, la vida que se desgaja, que se acorta, que desaparece. Gracchus se distingue en la lejanía.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 15/02/2019

Friday, February 15, 2019

"Autobiografía"


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escribo porque no hablo. Quizá a eso se reduce mi biografía literaria. Como si el arte naciese de la timidez. Por un lado; por el otro, los padres y su biblioteca como el ambiente formativo de alguien cuyo destino estaba en sentarse a escribir. Eclécticas lecturas y cero censura.

No leí, de hecho, al nacer en 1960. Vendría después, con la lectura de David Copperfield y la impresión mayor que un texto escrito produjo en mí. Recuerdo la profunda tristeza, la ausencia, el amor. Ese libro de Dickens como pivote de algo que se desarrollaría en la lectura de los rusos, los norteamericanos, los argentinos. La ausencia de comedia, la sobredosis de drama.

Y Bolivia, que era tan intensa en mi madre argentina; tan contradictoria en mi padre. La literatura vive en las impresiones primarias. El país es una impresión primaria. De ahí mis libros, escritos lejos y tan esencialmente nuestros, míos, intensos y contradictorios, como mis padres. Literatura boliviana de lejos, porque tan lejos habitamos de nosotros mismos, incluso aquí.

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Sucre), 11/02/2019

Thursday, February 14, 2019

Libertad

CHRISTIAN JIMÉNEZ KANAHUATY

Para mi padre

Ecléctica de Claudio Ferrufino-Coqueugniot más que ser un libro que reúne las columnas escritas por él entre 2003 y 2006 es una experiencia de libertad. Quizás esta sea una palabra de difícil uso en estos días en los que nos hemos acostumbrado a lo reiterativo, a lo común, a las cárceles de la soledad de lo conocido y esperable; o puede que sea una palabra incorrecta cuando todo es inmediato, porque la libertad como otras tantas, es una palabra lenta. No se la consigue de un día al otro. Y, es más, en el momento en que se la vislumbra, parece escapar para anidarse en otros espacios menos conocidos. La gran búsqueda vital a la cual los seres humanos nos enfrascamos tiene que ver con esa palabra.

Sin libertad no sólo no habría arte, sino que ni siquiera se lo podría definir. Sin libertad no existiría la ecléctica forma en que el autor de este libro nos conduce, entre reflexiones que para nada son solamente digresiones, por pasajes que van desde los viajes iniciativos a las lecturas primordiales de los libros a los que siempre regresa ya sea para obtener una nueva dosis de esa sabiduría anclada en las páginas de escritores rusos como Tolstoi o Babel; también encontraremos guiños familiares sobre el nacimiento y crecimientos de sus hijas, pero son señales para que luego de unas líneas el escritor que vive en el padre nos hable de ciertas películas norteamericanas o europeas que conforman el horizonte de mirada por el cual el mundo de Claudio Ferrufino-Coqueugniot pierde fronteras.

No se trata de una detonación que nos enseña que todo es material para la escritura. No. Aquí, en este libro, hay algo más radical. Aquí se demuestra que todo es material para enriquecer y profundizar la propia existencia y descubrir los múltiples pliegues que tiene.

Libertad creadora, pero también libertad lúdica al ir indagando entre pasajes desconocidos para asombrarse de la propia ignorancia. Y es que si hay otro rasgo importante en la escritura del escritor que presentamos ahora, es que no deja escapar la oportunidad para reconocer casi con impaciencia la propia ignorancia. Ferrufino-Coqueugniot en ese sentido es quizá un escritor que intenta a toda costa decir la verdad.

Este libro tiene su razón de ser porque también, como pocos, nos acerca a la bitácora o cuaderno de notas de un escritor en progreso. Cada libro, cada película, cada pintura, todas las canciones y los discos y las anécdotas de los amigos que están dispersos en el mundo, sirven, para que él, como autor conforme, luego de calibrar lo necesario, un mundo ficcional propio y autónomo que coquetea con la autoficción. Escribir es un acto de la voluntad y no sólo una vocación parece sugerir cada una de las columnas. Y es que, si la música es la filosofía de los pobres, las columnas de opinión de nuestro autor son literatura abreviada para personas que están todo el tiempo conectadas a la modernidad.

Pero se presenta una lucha porque la modernidad implica no cuestionar y seguir el rumbo. Construir zonas de confort y aniquilar la duda. Ferrufino-Coqueugniot, pone freno a ese acontecimiento y cuestiona, incómoda, duda, sugiere, interroga y presenta otras posibilidades; aquellas que van desde la plaza principal de Cochabamba y termina en Praga. Para él no hay límites. No es que la escritura sea un lugar sin límites. La vida misma lo es.

Leer este libro da sentido a la palabra libertad. Da orden y genera las ganas de escribir, de salir a las calles y devorarlo todo. Pero, la clave es que no es el afán consumista lo que motiva este acto: es más bien, el reconocimiento de que, como personas, como humanos, merecemos más. Deseamos todo el tiempo y por ello nuestro estar en el mundo es ecléctico, porque podemos conectar cosas que aparentemente no tienen conexión y lo hacemos porque así damos orden y sentido a todo cuanto nos rodea. 

Y entonces tenemos entre manos un libro que es capaz de ser muchos libros al mismo tiempo. Es un libro de viajes como los que escribió en su momento nuestro querido Paul Theroux, es un libro de ensayos escrito por un escritor al calor de ejemplos como los de Borges o Tolstoi. Es un cuaderno de notas como el que llevaban los impresionistas cuando estaban sumergidos en trabajos que les abrirían nuevas puertas artísticas y de representación de la realidad.

Unir conocimientos y texturas y matices: de eso se trata Ecléctica. Del viaje que nos espera en sus páginas, de las coordenadas vitales con la que regresamos. A veces hay que perderse para volver a encontrarse. Más viejo, menos cansado, más sabio tal vez, pero, sobre todo, con la energía de saber que lo que hicimos valió la pena; eso debería enseñarnos cada libro, o al menos los libros que buscamos para que nos den un poco de oxígeno cuando más lo necesitamos. Que nos hagan soñar despiertos y que nos hagan pensar que el mundo es complejo, pero abarcable. Que el arte salva.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot en este libro nos entrega tres años de su vida, habla con nosotros de lo que le pasó, lo que leyó y por dónde estuvo en ese tiempo. Nos deja acompañarlo y sentir cada palabra y frase, es también entender que la escritura es un permanente juego con el recuerdo y la memoria. Acá la memoria no es esquiva. La recuperación de todo lo vivido es un acto de fe. Una manera de decir que todo lo hecho y todo lo que hay por hacer está bien. Que las equivocaciones cuentan, claro, pero no por eso vamos a detenernos. Cada paso nos acerca hacia el destino que como la Ithaca de Kavafis, es inalcanzable porque lo importante es el camino, no el destino al cual se debe arribar.

Así, entonces, este libro, espero que sea una de esas experiencias de lectura que rompa con los prejuicios y deje sin valor el miedo a lo desconocido. Que este libro celebre la libertad creativa, la liberación de las fronteras, y sobre todo, la libertad para poder vivir en este mundo sin claudicar ni ampararnos en el confort de lo estable y recurrente.

La Paz, enero de 2019. 

“VIRGINIANOS”, DINÁMICA PLURAL DE LO MINÚSCULO

ELENA FERRUFINO-COQUEUGNIOT

Casi veinte años después, he vuelto a deambular por las páginas de uno de los más singulares libros de Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Un regalo para los sentidos. Trayectoria diáfana; emancipación de la palabra y trabajo de lo breve; lo minúsculo. Volver a errar a través de sus recovecos es como transcurrir por la superficie fisurada de un espejo, desde donde se refractan las vidas múltiples de un narrador escindido, que enarbola un diálogo inusitado con sus personajes y con sus recuerdos. Grietas y vidas enterradas conforman los destellos de un “yo” estratificado en capas sucesivas que obligan al escritor a desplegarse para dar cuenta de su propia génesis autorial.

Los lúcidos y experimentados trazos con que se construye cada una de las miniaturas que conforman Virginianos parecen requerir completamente al autor, obligarlo a administrar una reflexión sobre la escritura; a modelarla al amparo de hipótesis ficticias perfiladas de realidad; a rellenar los vacíos de la historia –de su historia- que pretende ordenar a lo largo de una errancia desmedida. En el transcurso, inserta su propio autorretrato en la forma de las vidas y los fragmentos que despliega en el camino. Edifica, así, la figura de un autor preocupado por inscribir, a través de la memoria, personajes, lugares, sensaciones que han quedado fuera, en los costados del tiempo; pero que han marcado de manera ostensible la historia del escritor, que se transforma en un mosaico más, dentro del texto. O, mejor, que se edifica a través de los textos y se teje en ellos, desde el lenguaje y desde la memoria.

Cada una de las narraciones que fundan este universo actúa como palanca de un discurso sobre la historia y sobre la literatura. Pero también sobre el arte, la política y el devenir de los tiempos. Sobre la familia y los amigos; la experiencia del exilio y “el espíritu de la noche”. Cazadores de cabeza dialogan con pintores, mujeres y teléfonos en la agonía de la ausencia y del tiempo. No solo transcurrimos por los Estados Unidos y por Bolivia… Todos los tiempos de la historia convergen en el minúsculo espacio de unas líneas de prosa poética delineada con afán de orfebrería. Una intensa acometida creativa delinea los contornos de cada cuadro y, en cada uno, Ferrufino-Coqueugniot nos ofrece un paseo delicioso por los más inesperados recovecos de la historia y de la vida. El escritor se deja traslucir en ese catálogo apasionado. Innumerables maneras de ser un hombre. Un poeta.

Vasto escenario multiplicado en cada página,  Virginianos nos ofrece la voz y la pluma de un caminante que ha transcurrido el mundo, ha acumulado ternuras, ironías, obscenidades y anécdotas copiosas. Lo que Borges llamaría “conveniente ficción[1]” se insinúa como el rasgo inusitado que acompaña la prosa erudita del autor. Las rendijas por las que se escurren personajes, lugares, sentimientos e instantes nos ofrecen perfiles de memorias sepultadas, que sobreviven al calor de una prosa pulcra y hábilmente trajinada por referencias históricas, travesuras verbales, neologismos, indumentarias, arquitecturas y músicas que terminan por ofrecernos un vitral peculiar y suculento.
Virginianos parece legitimar la ambición y el éxito de este escritor de lo “minúsculo”, que ha logrado imponer su maestría en el campo y el devenir de la literatura, escarbando en el mínimo espacio de cada texto la reconstrucción de su propia imagen. Penetrar en sus laberintos es someterse al maravilloso juego de la vida misma, transformada en pequeños poemas en prosa. En cada uno de sus universos se conjugan los tiempos, las épocas, los hombres, las mujeres, las artes, los dolores, las ausencias. Nos trasladamos, así, de sur a norte y de este a oeste de los hemisferios, sin olvidar ningún sol, ninguna niebla, ningún otoño. Este viaje alucinante se unifica con la visión del hombre, pues así como Jim Morrison “escribe con sus huesos en las piedras”, Claudio lo hace con su “carne en los papeles.” Y la carne de Claudio es la piel del Poeta, la voz del hombre que gime en los subterráneos de Washington. Es el grito de los negros de “sexo oscuro”; es la visión de “una botella sola bajo la noche que llueve” y es también la mujer de cabello rojo que “se pasea por las húmedas calles de Maryland.” Lo cierto es que sería imposible recurrir a todas las imágenes que enriquecen el derrotero de este viaje. Hay que vivirlas una a una. Hay que degustar su sabor vivificante[2].

A la manera de un Chaucer contemporáneo, el autor discurre una historia y otra, hilvanando juegos y artes esculpidos en metáforas y figuras de estilo que anclan en el texto las vidas reinventadas por la memoria y la imaginación. El peregrinaje esta vez no alcanza lo plural. Se sumerge en la vivencia personal del escritor que deambula por su vasta y ácida melancolía, mientras su pluma ecléctica nos pasea por recovecos  ilimitados, así como insólitos. Meditación inseparable sobre su propio destino, como si sus mosaicos fueran la prolongación viviente de sí mismo. Ficción a la vez que erudición dan forma a este escribiente de horas crueles y perversas, que es también un gran lector, voluptuoso y sediento; nos regala un libro que es tanto una representación de sus tentaciones entre las letras universales, como de sus más profundas reminiscencias y visiones.

Las criaturas de la imaginación se conjugan con un verbo delicado y seductor. Como en los “Petits poèmes en prose” de Baudelaire, existe aquí una buena dosis de delirio y una exuberancia de fantasmas que provocan una suerte de excitación espiritual que confiere vida a cada estampa, desenredando cada texto bajo una rúbrica de imágenes que seducen y apasionan.  Imágenes que nacen de la fuerza evocadora de las palabras.

Detrás de los libros de la infancia y de las experiencias del hombre, se esconden todas las historias y toda la biblioteca; historias de piratas, de aventureros, de mujeres… Chopin y Akira Kurosawa; el infierno, el Paraná y los trópicos. Los gatos y las calles. La desesperanza y la familia. Claudio Ferrufino-Coqueugniot es archivista, historiador, lector superlativo, pero también curioso y soñador; orquestador de esta particular sinfonía que, sin quizá sospecharlo, lo ha atrapado en su propia ficción. En un texto que mata, pero también da vida y cuya frecuentación no puede ser inocente. Ni autor ni lector pueden evitar transcurrir entre imágenes y símbolos que se despliegan en filigrana. Como Wilde, Schwob o Nerval, Claudio explora la existencia recubierta de escritura, de palabras. La vida fragmentada en cada imagen, instrumentada al ritmo de lecturas y de vivencias vigorizantes, así como fúnebres y fascinantes.

Virginianos es un pequeño diamante hábilmente trabajado. Es un libro profundamente anclado en la obra, la memoria y la experiencia de su autor. Palabra ligada a la inocencia y al crimen; a la crueldad y la ternura; a la reminiscencia y al exceso. Es una encuesta literaria que provoca la vivencia intensa de sus lectores y que despliega el lenguaje como una aventura donde cada miniatura constituye un universo plural, que es siempre el mismo siendo siempre diferente. Aquí todas las épocas cobran vida. Todas las emociones explotan. Todos los seres y los lenguajes se dan la mano en un tiempo sin tiempo; sin principio ni final[3]
  
Cochabamba, enero de 2019





[1] Me refiero al Prólogo de Borges en Las Mil y Una Noches según Burton. 2ª Edición. Biblioteca de Babel. Ediciones Siruela. 1987.
[2] Estoy copiando partes del Prólogo que escribí yo misma a Virginianos. Editorial Los Amigos del Libro. 1991.
[3] Estoy parafraseando el Prólogo de Virginianos. Editorial Los Amigos del Libro. 1991.

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Prólogo a la reedición de VIRGINIANOS, Editorial 3600, 2019

Imagen: Tapa diseñada por Lander Zurutuza, Lezo, 2018