Wednesday, September 22, 2021

Dormir despierto


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Todo parece nada, un día otro día. Se vacía la botella de ron y no la toco, corre por entre los pezones de mis amores y evapora.

 

Un día otro día; el domingo, sábado, y el lunes, domingo. Escucho automóviles pero no observo choferes. Entre el mundo y yo una persiana color crema. Gritan las mujeres, gritan y no me alcanzan. Me he volcado en el ataúd, como Gogol; me he ido de la tumba, como Gibrán.

 

No sé qué me gusta más de ti, si tu nariz o tus pies. Son largos, ambos, delinean el cuerpo, lo esculpen. La desnudez de tu nariz estremece, las nervaduras de tus pies, rimmel sobre las uñas. Un día otro día. No dormí por la mañana y sin embargo soñé bastante. Se me apagaron los ojos y muerto ya hubo calma de línea recta. Paz de la geometría, filosofía griega.

 

No lloro desde mi nacimiento (mentira); No duermo desde 1989. Este país devoró mi noche, la convirtió en foco de neón. Desde aquel enero, que para mis padres significó el alejamiento del drama y acercó la inseguridad del futuro, no descansé. Me inflamé de la retórica norteamericana del tiempo oro, y aunque el oro se desvaneció entre amores como alcohol sobre pechos de mujer, quedaron las horas despierto que todos dicen la vida me va a cobrar pero que en números afirma que viví más que cualquiera. Si cuento tres horas de letargo cada día, digamos cuatro, y las multiplico por treinta y dos años hay una cifra monumental de ganancia en tiempo despierto. Allí amé, sufrí, leí, fui cruel y apacible, bucólico y eufórico, besé casadas y viudas azotando mi piel como cuero de curtiembre. Vi Istanbul y Panamá; Nueva Orleáns y Narbonne. Encima de camiones, colgado, sentado en el pretil, viento en rostro, subí y bajé la cuesta del Meadero, la de Yocalla, la de Sama, más al sur; miré el color de helado de las quebradas en Humahuaca y sentí el áspero vino casero en Montiel, tierra gaucha. De la apacheta de El Negro se veía Morochata, pero era aparición y no pueblo. Gendarmes argentinos, a las dos de la mañana, paraban los buses y bajaban pasajeros para encontrar terroristas. La puna helaba en Tres Cruces. De cruces se llenaban los cuarteles, y las curvas hacia el precipicio. Igual a los remolinos del Madre de Dios, cuando Antje me contaba que su amiga alemana se sumergió y nunca salió. Estas últimas cosas cuando todavía dormía, pero iba preparando la senda que anunciaba que había que verlo todo o morir. Nunca lo veré ya, ni después de ido, pero por estas pupilas ha corrido mucho, lo más triste, el desastre. Y lo más bello: mujeres. Que no venga el sueño, que las cabras con lomo de oro pastan en los valles georgianos, que leo hace poco que todavía preparan aloja en Cochabamba. La creí perdida, de color púrpura, apenas saliendo de Quillacollo hacia la entrada de Chulla, en casa de algún compadre de mis padres. O, ebrio, una chichería en Vinto Chico con las paredes de adobe con afiches británicos de la Segunda Guerra Mundial. Ya despierto no lo vuelvo a ver, menos dormido, muerto quién sabe, si los muertos en Madagascar todavía cenan con los vivos.

 

En Tres Cruces ahora incautan cocaína, en los años setenta eran gente. Los vagones congelados esperaban sobre rieles el visto bueno para pasar. Entre sombras caminaban otras aún más oscuras, agentes secretos de la muerte, sedientos y hambrientos.

 

No he dormido, y no quiero dormir. Si recuerdo el sur es porque vengo; no olvido secos ríos por los que un día me juré subir hasta encontrar las aguas. Si descanso se irán, la modernidad y el narco van consumiéndolo todo. También tengo que escuchar los tambores rituales en los acantilados de Malí, rincones en donde el pueblo dogon talla máscaras de dos metros. Danzantes del fin del mundo, acurrucados contra la piedra, igual que fieras asediadas.

 

Máscaras, ellas esconden si tenemos los ojos abiertos o cerrados. Entumecidos, enrojecidos. Un corrido perrón, El mono de alambre, a todo responde que “chinga tu madre”.

 

Las acequias de Bella Vista cantaban. En Chocaya bramaba el agua, y tú, G, te desvestiste para contarme cuarenta años entonces que te afeitaste el sexo por mí. Hoy es moda. Ayer, cuarenta años entonces, no. Debajo de la cremallera apareció una visión, tenía rugosidad de marraqueta y olor de durazno. Pervivimos en las emociones, lo sensual, la piel sobre piel de greda, cabellos frotados de jamillo.

 

Un día, otro día. Ayer y hoy, la muerte contra los ojos abiertos. Cuando los cierro, permanecen abiertos, sigo viendo, mirando, observando. Lo hacían Homero y Milton y Borges. Por una senda de cáscaras de castaña caminan mujeres a traer sal y hielo. Con paños mojados cubren las barras para que no las mate el sol. La sangre del hielo es transparente pero es sangre. Y tú te escondes sin saber que lo que haces lo sueño yo.

22/09/2021


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Fotografía: Máscaras Dogon, Malí

 

 

 

Saturday, September 18, 2021

Please, Revolution


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Ahora que murió la bestia sangrienta, el bufón tenebroso, he vuelto a mirar cine referido a la época de Sendero Luminoso, a leer documentos y ver videos como el de Montesinos diciéndole a Abimael Guzmán, el “presidente Gonzalo”, el “gusto” que sentía al conocerlo en persona y bromear sobre mujeres jóvenes con hombres viejos. Tiempo en que unos y otros se desvivían por mostrar quién podía ser más cruel; indígenas contra indígenas también, con saña extrema; Sendero y la verdad por la sangre, enseñaban. Luego, la bestia enjaulada, aullando; la jauría, aullando. Cuán frágil suele ser la razón para caer embelesados por la infamia; cuánta la miseria para buscar auxilio en la sombra. El progenitor de los Quispe Palomino, el senderismo narco, descuartizado por las rondas campesinas… Cadáveres mal enterrados de esclavos del camarada Feliciano en su refugio selvático… Unos y otros, unos a otros, ni siquiera por disentir sino por existir, como si elegir en la vida  fuera entre Fujimori y Guzmán.

 

David, Juan Pablo, Freddy y yo llegamos a Lima camino de cualquier puerto europeo o de ir a pelear a la Contra en Nicaragua. Veníamos en minibús desde Arequipa, cantando “el pueblo unido jamás será vencido”. Una señora se compadeció de nosotros y nos prestó una casa en Pueblo Nuevo, así, de la nada, y nos invitaba a comer cada día. Cuando nos fuimos, no hacia Europa ni Managua sino a Buenos Aires, su hijo mayor nos deseó buen viaje. Dijo, lo recuerdo perfecto: “no se vayan con Sendero, muchachos”. Era el 84.

 

Tomás Luis de Victoria. Sus Tenebrae Responsories llenan la tarde. A mí, que no creo en dioses ni caudillos, bien me viene esta misa.

 

Bombas en la noche de Lima, las he escuchado, esporádicas; las sentía en la Córdoba de 1975. Alguien mata en la oscuridad, alguien muere, sueño macabro de una especie que no debió nacer, que debió quedarse en algas y dejar que el Dios que flotaba sobre las aguas pasase sin memoria. Mejor hubiera sido, a pesar de Haydn, de Cervantes y van Gogh.

 

Muere el verano y nace el otoño. El panorama de la tierra tiene sombríos tonos de Otto Dix. El cineasta Elem Klimov filma hace mucho Ven y mira y uno se pregunta cómo es posible que Bielorrusia sobreviviese semejante matanza. Leí en la juventud, que cierto nazi se preciaba, en algún campo de la muerte, de haber tirado por la chimenea a la mismísima hermana de Freud. “Es más lo que amo: amo la existencia que tú me otorgas”, Franz Kafka a Milena, la misma Milena Jesenská que murió en Ravensbrück, a quien otros internos apodaban, en referencia a su número de prisionera tatuado en el brazo, “4711”, famoso perfume de entonces.

 

Ven y mira. Solo desolación, a pesar de Borges y Mozart.

 

La guerrilla senderista continúa en el VRAEM (Valle de los Ríos Apurimac, Ene y Mantaro), viviendo del narcotráfico. ¿Pasa la revolución por este alucinante y opulento negocio capitalista? ¿Trasladan los helicópteros bolivianos que levantan cocaína allí mensajería de Marx desde el infierno? Dice el Génesis que el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas. Mejor se hubiera ahogado.

18/09/2021

 

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Imagen: Tejido de Paracas

Monday, September 13, 2021

El amor en tiempos de la furia


Claudio Ferrufino-Coqueugniot


¿Es De esta noche no te marchas una novela de amor? Son cincuenta años del golpe militar del coronel Bánzer, secundado por los dos partidos mayoritarios de entonces, supuestamente irreconciliables enemigos. Pero el poder tiene su encanto; seduce cuando quiere y a quien quiere, en donde sea.

 

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Ese agosto de 1971 es el entorno en el que se ubican nuestros protagonistas, Montecristo, el principal, que hace alusión, vaga pero concreta, a Jesús Taborga, detenido en aquella ocasión y enviado con muchos otros al campo de concentración del Madidi, de donde fugarían pocos meses después, en noviembre, hacia el exilio.

 

Rosario Barahona cuenta la historia, que aparece en medio de saltos cronológicos y geografías varias narrando tanto pretérito como presente. Hechos, recuerdos, pensamientos, relaciones humanas de antes y después van bosquejando de manera dinámica el espíritu de un tiempo difícil y cruel. Pero no es el golpe militar, ni siquiera la huida del cautiverio, lo que solidifica el argumento de esta novela singular. Montecristo vive aislado y Micaela, una periodista enviada por su empresa para develar los misterios de un hecho entre poco conocido y olvidado, lo entrevista para dar a conocer al público acontecimientos que marcaron a profundidad el país. Lo que sigue es un intercambio humano, en primera instancia áspero pero que va relajándose a medida que los personajes van enterándose de cuánto los acercan los nexos comunes en lugar de separarlos.

 

Datos, fechas, cronologías y viajes dan fe del dolor y ahondan en la melancolía de la diáspora. La vida prosigue y lo que otrora fue, no es ya. No hay ideología ni hitos que resistan el tiempo. El alegato de la autora, sin decirlo, es que en la desesperanza de un pasado y la decepción de un presente con el inherente futuro, siempre hay resquicios para el sentimiento. No se malinterprete, que esta situación no salta para resultar en moraleja, es producto del devenir de la vida, de la decantación de la esencia, del deshacerse de ropaje innecesario y de cualquier fanfarria.

 

Está el castigo, el sufrimiento, la inercia, selva y mosquitos. Quebrar al hombre en el cuerpo para romper su espíritu. Hay desesperación y supervivencia. Rebelión. Ganas de vivir; en ellas, y no de manera consciente en la novela, porque va tejiéndose de manera circunstancial, habita la posibilidad de reconstruirse, de recoger los ladrillos de la destrucción y levantar paredes nuevas. Por sobre la Desgracia crece el Amor, y esa es tal vez fuga mayor que secuestrar un avión militar y despegarlo, desde el trópico inhóspito, rumbo a la libertad.

Denver, agosto de 2021

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Prólogo a De esta noche no te marchas, de Rosario Barahona Michel (Editorial 3600, La Paz, 2021)

Imagen: Rosario Barahona

Tuesday, September 7, 2021

El mural del Café Fragmentos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Estará en mis libros, el Fragmentos. Ya está en mis textos, en ojos, memoria y corazón. Chico Buarque y David Bowie. Ariano Suassuna desde no hace mucho, también. Firmes, Miriam y César, desde siempre y para siempre si aceptamos que el recuerdo no tiene fin.

 

Acaban de pintar un mural exterior. Dos afiches representativos en él, de los tiempos duros, y buenos, del año de 1996. Sodade, Cesária Évora cantaba; lo hacía Raimón. Se lo dije, en Denver, a la diva de los pies descalzos, que en un lugar lejos su música era salmo de Dios. Un par de fotografías lo atestiguan, aunque las palabras las borró la cámara siendo transparentes.

 

Allí Ligia aprendió a sambar. Dijo que no sabía, pero lo hacía mejor que Cartola y callé. No hay que desmentir a una bella cuyos pasos se marcan hasta en la escalera caracol al segundo piso. Dos afiches, decía, uno de la Revolución Rusa, de los grandes del avant-garde, con una mujer beligerante, belicosa, seductora y peligrosa. La imagen es de entonces, pero el poster en sí es de Rage Against the Machine, pieza de arte gráfico ya imposible de conseguir. La he visto en la entrada del Fragmentos, iracunda bajo llovizna. Quizá anunciando, como en Hesse, que la entrada cuesta la razón. Me costó, nos costó, a mucha gente; cabe aclarar que la sinrazón fue lo más dulce de esas horas tan antiguas y ambiguas hoy a la distancia, si se quiere tener lucidez en algo que jamás la necesitó. No lúcidos, pero brillantes, amantes, lúbricos y sin embargo terrestres.

 

En otro, la figura de Malcolm X, la misma que tenía yo colgada en la puerta de entrada de mi primer apartamento en Arlington, en la Calle Monroe, donde termina y se curva. Dos de tantos, del ulular del Normandie partiendo de Le Havre, de Mark Twain, mientras la figura enana del gran Lautrec parece un cliente más del paraíso de la cachaza y el vodka, de los fantásticos emparedados Baurú y el sabor del orégano, las alitas picantes, primeras en Cochabamba, la hamburguesa, las pastas, y el kebob de pollo cuya receta hizo fortuna de otros en Nueva York.

 

Pasaron Humberto Quino y Víctor Hugo Viscarra, entre tantos. Aldo Cardoso y sus modelos. Con Aldo, en la cocina, bajábamos de golpe un seco de aguardiente. La mejor caipirinha del mundo, las mejores sonrisas. Ramón Rocha Monroy escribió sobre la simpatía de las dueñas. Wilson García Mérida entraba apresurado y desaparecía. Jimmy Bermúdez le indicaba a Luis Bredow el camino de la huida. José Manuel bebía la mitad de los vasos que servía. Había baile hasta las cuatro de la mañana. A su modo, era el amanecer del mundo. Luego crecimos, maduramos hasta el aburrimiento y, como buenos adultos entramos a la brega marital, inane e interminable. Claire dejaba caer un lado del cabello para confirmar sus dotes de mujer fatal. Año Nuevo de 1997, me acuerdo. Me atrincheras detrás de una puerta y me besas. Camisa blanca un poco abierta que deja ver tu blanco seno. “La Oficina”, le decían ustedes, a ese rincón del beso… I Wish You Were Here, suena Pink Floyd, y un parroquiano ofrece un par de botellas de Huari para escuchar Shine On You Crazy Diamond. De allí partimos hacia el kilómetro 7, tal vez, cerca de Colcapirhua era, al rito de la chicha en cueca. Volvió la noche y no habíamos dormido. Debimos quedarnos despiertos hasta ayer.

 

Hay tantos nombres que mejor no hablar porque el olvido parece desaire y es solo tiempo pasado de treinta años entre insomnio y letargia. Magda y Huáscar. Mi hermana Picha con su eterno café, maestra de los dados en la cancha, y en Mallarmé. Cristina, que vive en Turín, el de Béla Tarr, de los piamonteses que me antecedieron en la osadía de los Ferrufino. Cristina, con quien dos décadas después hemos retomado la charla, casi el “como decíamos ayer” de Fray Luis de León, que, a su modo, cárceles también las sufrimos.

 

Ligia, de la eterna guerrilla, del ataque febril inesperado y lo silente clandestino.

 

Angélica, Edwin, la ahijada, el concilio del comino y la papa frita. La esencia del café está en su cocina, en ollas van y vienen y órdenes y confusión que siempre acaban en arreglada satisfacción de todos y el retorno, impresionante y sin pausa, de los clientes por tanto tiempo ya; más ahora, según Miriam, que el mural ha recordado lo que fue el Café Fragmentos para Cochabamba, lo que siempre será.

07/09/2021

 

Café Fragmentos. Calle Chuquisaca 501, entre El Prado y Antezana. De la gloria y la fanfarria.

 

  

Sunday, September 5, 2021

El despertador de la calle Tolstoi


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Decía a Eliana Suárez, en Chañar ladeado, villa de la pampa húmeda argentina, provincia de Santa Fe, que el sonido del despertador de mi teléfono me recuerda Kiev. No me explico, porque nada obligatorio tenía que hacer allí, ni trabajo ni horario.

 

El edificio soviético, en el 22 de la calle de León Tolstoi, se mostraba decadente desde fuera; el ascensor pequeño y peligroso parecía que iba a caer de improviso, hacia la oscuridad profunda de esta construcción de tendencia mísera, de aire de pueblo aglutinado bajo normas inflexibles de los amos. Hoy continúa en penumbras; los cuartos tienen dueños; yo alquilo uno. Lástima que mi departamento no tiene vista al frente, a la calle de Tolstoi, sino a la parte trasera, llena de árboles y con autos parados donde sea. No es que el panorama en la avenida sea extraordinario, ni siquiera interesante, pero me gusta ver la actividad de la gente, la florería enfrente, el cruce de peatones en la esquina de la Zhylianska, los puestitos de café al paso, regentados por un par de ancianos, marido y mujer, subiendo hacia el Jardín Botánico.

 

Lo renté desde mi teléfono, estando todavía en Jarkov. La dueña era una gentil ucraniana de unos 50 años que había ordenado el departamento con todas las comodidades para recibir huéspedes. Cuando dejé Kiev, ella me llevó a Boryspil, el aeropuerto, sonriente a pesar de que ese día de noviembre cayó la primera nevada y el caos vehicular hacía semejar esa urbe a La Paz.

 

Anoche sonó el despertador a las 10:08 pm; después a las 10:18. Me costó levantarme. En esa inercia lo escuchaba. Ahí vino Kiev. Sonaría igual aunque no sé por qué. Mi tiempo era de libertad absoluta. No ponía despertadores. Paseos al parque, almuerzo con Victoria, el rojo de la universidad que lleva el nombre del poeta nacional, el bulevar del mismo, la estatua del mismo, Shevchenko está por doquier. Lo leí en mi juventud, guardo en mi hoy escondida colección filatélica muchos sellos soviéticos con su imagen: de joven, con barba, así como una emisión postal argentina con su retrato y frases necesarias acerca de la hermandad ucranio-platense muy arraigada desde principios del siglo XX. O antes. Hace poco compré el disco Polcas de mi tierra, del gran intérprete de chamamé Chango Spasiuk. En este disco retoma sus ancestros ucranianos, canta él, cantan mujeres, amigos, vecinos, y logra un enternecedor y magnífico alegato por la memoria, resucitar a los muertos. Polcas de mi tierra, si tropiezan con este disco compacto habrán encontrado una joya. Más en mí con esta mente infantil cargada de ríos tormentosos y cargas de caballería. Épica y naturaleza. Sumados a los demonios de Gogol, a la casa de Ajmátova en Odesa, a otros diablillos en Fyodor Sologub.

 

Al anochecer me alistaba, vestía con jeans lavados, botas, camisa leñadora y chamarra. Otoño venía con decencia. Doblaba a la izquierda hasta llegar a escalones que conducían a un sótano, a un pub de marineros que hubiera gustado a John Silver. Casi siempre bebía Guinness, pero también rubia cerveza local. Platos de chorizos, que la región es grandiosa en cuanto a producción y variedad de embutidos. O arenques fríos con pepinillos al vinagre, papa retostada. Una y otra vez. Dejaba, dada la experiencia norteamericana, siempre un veinte por ciento de propina, para asombro y felicidad de las personas que servían. Mesones largos de madera. De apariencia hosca, me sirve eso para evitar visitas no invitadas a mi mesa. Sonrío, recordando a mi padre, en su café cortado diario en el pasaje de la catedral, allá al sur. Gozaba de su bebida, del agua con gas y del pequeño chocolate. Saludaba cuando lo saludaban y quemaba con sus ojos verdes lo que se cruzara al paso, ahuyentándolo. Lustrar los zapatos, hacer la romería diaria de pagos de cuentas y soluciones burocráticas. Luego un taxi hasta el refugio del que ya no saldría hasta mañana. Así yo, con un litro de cerveza adentro, subiendo las gradas hasta el quinto piso de una boca de lobo. Cuarto 56, casi siempre silencio. Los zapatos a ambos lados de la puerta, tirarme en cama en calzoncillo, escribir a Victoria, llamar a Bolivia, a los Estados Unidos. El reloj corría pero no tenía hitos que indicar. Por eso no entiendo la sensación al escuchar el despertador. Era Kiev ¿pero por qué?

 

Recorro el mapa de Google para recordar los recovecos de mi calle. El mercado besarabo de la esquina, en donde gastaba unos cientos de hrivnas para tener y cocinar lo que quisiera. Galletas dulces de Ucrania. Tan buenas que traje unos paquetes a mis hijas cuando volví. Me había despedido para siempre, pura cháchara. Siempre se vuelve o mira atrás. ¿Que ya no tenía todo? Mejor. Ando más liviano desde entonces. Mis muertas gabonesas y los djinns del Orinoco andan bajo llave en un moderno depósito ajeno a encantamientos. En Google recorro también Chañar ladeado. Miro un video de 30 segundos del lugar. Lo común de los poblados argentinos, casas chatas de techo plano. Yuyos creciendo alrededor, cierta desidia. Me sorprende el grito de pájaros, constante, y percibo el Paraná, la maravillosa lengua del demonio, los arrebatos de Horacio Quiroga y sus monstruos, camalotes y hermosa música litoraleña: “Pescador del Paraná…”. Penetro ya en arcanos que no temo pero no quiero hoy tocar. Tengo 61 y cuento con los dedos si habré de alcanzar la década. Razono que perdí el tiempo. Pero gocé. La balanza de lo posible y lo terminado tiene que mantenerse estable; lo otro acarrearía tragedia. Que pude besarla y besé otra, amarla y dormí en otra, buscarla y tomé el ómnibus que me alejaba. Siempre lo opuesto pero con la sorpresa de que los arabescos pueden lograr líneas recta, que la retórica puede devenir frugalidad.

 

Las mañanas de Kiev ya eran frías. Cortaba el chorizo de color vienés pero más voluminoso y mezclaba huevo y cebolla para un revuelto. Cebollines que daban tono criollo a la lejanía. Tuve un problema allí, en la gigantesca capital y en otras ciudades de Ucrania. Estoy acostumbrado al picante, vengo de la sangre india que sella las úlceras que produce el mezcal con capsicum. Incluso en la comida turca de calle, mientras el cocinero enrollaba delgadas y extendidas tortillas de su cultura, intentaba yo explicarle que quería algo picante, una sustancia que me quemara lengua y gañote. Nada. Atentos, ofrecían yogurt, kétchup, mostaza; ni atisbo de salsas malditas. Como tarea debo investigar el porqué de eso. Cada cultura tiene su dosis de picante, dudo que no. Finalmente aquello no era Escandinavia y algunos transeúntes bien hubieran podido pasar por quillacolleños con atisbo de barba.

 

Van tres años ya y utilizo el despertador a diario porque siempre fui nocturno. “América” no me robó la vida; me robó la noche. Con ella quizá los sueños, el descanso del intelecto para domeñar lo febril. Tarde ya. El ruidito intermitente, no diré inane, ha preservado en mí profundas sensaciones que me hacen bien. No golpeo el despertador como hacen en el cine. Le permito machacar la oscuridad mientras me despabilo para otra cita con la vida, que es muerte en el país que no es para viejos…

 

Willy Dixon, con Memphis Slim, interpreta Sittin' And Cryin' The Blues. A la 1:48 de la tarde se ha presentado la tristeza, sin llamarla. La chimenea tiene cenizas de asbesto; no hay fuego. Recuerdo un amanecer en que otra Irina me citó en la esquina de Semyon Petliura. Llegó el sol pero a ella nunca vi. Vengo de vestido blanco, dijo, y no te dejaré dormir. El café humeaba en la revistería de la cuadra. Me tiré en la cama con ojos abiertos. Para hacer sombra puse dos monedas sobre las pupilas a la usanza gitana de muertos. El frío del metal me distrajo. Pensé en las barras paralelas de ejercicio que nunca pude dominar de joven y me dormí. No hubo despertador. A Kiev no le interesaban los muertos, así tuvieran monedas bronceadas de a dólar sobre los ojos. ¿Qué hago?, pregunté a mi espectro. Juntó los hombros en me importa un carajo. Mandé un texto tonto a Victoria con las babas de Esenin. No contestó. Hice una fiesta a la que fallaron los invitados y tuve que conformarme con bailar solo, acariciarme solitario.

 

Victoria Spivey y Lonnie Johnson cantan sobre las Idle hours, las horas inactivas, horas fallecidas. O me levanto y hago un café cargado como brea o me tiro por la ventana. Conociendo el cuero duro que tengo, cinco pisos no bastarán para matarme. O subo a la azotea o me dejo de huevadas. Piano, piano y armónica, armónica y acordeón, reflejos de vida, ausencia de mujeres. En el depósito atemperado de la Avenida Alameda, en Aurora, los ídolos africanos están atrapados, ni siquiera el gran ibis sagrado de los ghaneses vuela por sobre mi cabeza para aturdirme. Tic, tac, y suena…

21/08/2021

 

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Publicado en REVISTA NÓMADAS, 09/2021

Fotografía/Mi edificio en Lva Tolstoho

Thursday, September 2, 2021

Hasta siempre, Theodorakis


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Ha muerto Theodorakis. Se lleva mis treinta años, una ventana de Alexandria, los amigos preparando un guiso y rueda la cerveza como en piedra de molino. Una ventana en Alexandria que observaba el detalle de mi primer matrimonio, cabellos rojos tiñendo almohadas de sangre. Cardenales carmesíes sobre los árboles. Venían del bosque donde se escondían los asesinos. Desde allí mi abuelo, muerto hacía décadas, anunciaba que Pepe se desangraba en el frío de algún lugar por Challa en el Ande solo.

 

Emily se gestó con Theodorakis, con la voz de María Farantouri. Si hay música que me recuerde Virginia, los amigos, el trago, la furia, pasión y nostalgia, son Mikis Theodorakis y Leonard Cohen. Sobre esos dos pivotes se tejió la bohemia, esa que una mañana de 1991 abandoné por el sueño de la tierra. Pero seguimos bailando, brazos encima de brazos, y maldiciendo en griego: malakas (literalmente “pajero”) a todo lo que está fuera de nosotros. Éramos jóvenes y quizá valientes, sin coroneles para lanzarnos a matar. Teníamos músculo; tostábamos las manos entumecidas de invierno hasta que olieran a asado. Y el sábado por la tarde Theodorakis, sin fin, para siempre…


Se lleva los años del segundo matrimonio, el vaho del café Fragmentos y el samba antiguo. Las fiestas en el departamento de Aurora, bailando Zorba, con veintena de amigos ebrios de vida, enmascarados en maderas de Benin, gorras afganas, sombreros del Viet Cong. Margarita Margaro y otras canciones; compilaciones de la memoria, luces de bengala del recuerdo. Bellas ellas, eran, y así se han quedado en las pupilas ciegas.

02/09/2021

Tuesday, August 31, 2021

Cosas de negros


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Que negros aquí, negros allá. Lo escucho a diario, lo he dicho también en momento de ira. Hoy, ayer y anteayer que putos negros, flojos, basura. Incluso entre negros hay “niggers” y los otros, se lo echan en cara con vehemencia. Mis compañeros estibadores diferenciaban entre ellos y los “negros” de Jamaica o los “africanos”. Matices de un mismo color, del Congo y el siguiente de las Carolinas. Si a uno lo someten a la ignominia eterna, al estupro, si no se convierte en asesino maníaco se hundirá. El lodo es más pesado cuando está encima que cuando se camina sobre él. No hablo de “comprensión”, ni de la empatía del ser humano que pocas trazas de ello hay. Ni soy Defensor del Pueblo. He visto; he vivido.

 

A las 10:55, Aretha Franklin canta Don't Play that Song (You Lied) y me arrebata el pensamiento a cuando era trabajador de mercado, uno entre todos tostados y jefes blancos. Pelar la achicoria de trazas oscuras de podredumbre, limpiar con papel toalla la berenjena, escoger hongos de tipo A o B, quitar viscosidad de los que estén más viejos, hacer a un lado los blancos gusanos que pululan en el tomate romano para venderlos en balde, deshechos, a los restaurantes elegantes de la capital de USA. Que la salsa con uno que otro gusano molido sabe mejor.

 

“Negro” describe a la plebe en Argentina, no porque vengan del Senegal sino porque el nombre trae a colación taras y disfunciones, crimen y vicio. Pienso en los “negros” de Washington Cucurto y la bailanta. Modestos bolivianos en Virginia, de vida y aspiraciones de sirviente, eran muy vocales a tiempo de denigrar al que estaba debajo.

 

Monjas de la Madre Teresa vienen a pedir donaciones a Keany Produce Co. Denles mierda, es la instructiva; total, sirve para criar negros. Pero, tapada por la mierda, escondo costales de reluciente papa roja de Idaho, naranjas tipo Valencia, tomates 4x4, que se dividen por tamaños, y precio.

 

Tyronne, ya de alrededor 60, presume de su larga verga en los baños, le dice a otro que él sí haría feliz a su novia, no como el nigger verga chica que eres tú. Joe Day se levanta desde la silla, agarra la cremallera y dice a los cargadores que si no se apuran les meterá la negra verga en el negro orto. Textual. Para eso pone su gran mano debajo de los testículos y los levanta como sostén levanta teta. Reímos. Fuck, Joe, que no puedes ni con tu tía, motherfucker. Shit! Cuando se van los camiones llega la calma, barrer masacradas hojas de lechuga, pedazos de sandía rota, ciruelos negros de Chile que llegaron por mar. Los vehículos salen y a la vuelta del mercado de abasto se detienen para dotarse de crack, cisco o cerveza malteada de alto grado alcohólico. De ahí a DC y Maryland, Alexandria y Arlington, al salón rutilante del Club de la Prensa y a la CIA de Langley donde a los espías les gusta el aguacate mezclado con picante serrano. Volverán en la tarde, a tiempo de morir el sol, agotados, hastiados de cargar bultos y meterse droga. Si estoy allí, algunos nos quedaremos cerca, entre basurales y maleza saliendo de las paredes. Más alcohol y otra vuelta de crack, hashish, hasta casi la hora de volver a trabajar, al “tráeme veinte cajas de pepinos”, con lo que pesan. Nos acostamos en sillones desparramados por los callejones; arden turriles con restos de madera arrancada a las ruinas. Los clavos se calientan y explotan, suenan al chocar con las paredes del barril. Roberta Flack y Donny Hathaway cantan You've Got a Friend. La cantó James Taylor. La escribió Carole King. Los amigos morimos en colectivo. Alguien pide amor. En Gallaudet la mamada cuesta cincuenta centavos y dólar el tiro. Esqueléticas muchachas vagan por la penumbra vendiendo lo único que les queda ya por poco tiempo. Si hubo alguna vez poder de las flores no pasó por aquí, que ni la alegría alcanza para todos, menos para negro. Y si Dios pasó… No pasó.

 

Brilla el blanco de tus ojos en la noche. Tú encima de mí. Y tus dientes brillan. A este callejón no llega la luz de las estrellas. Yes, babe. Si moriré de sida lo dirán los años, de todos modos he de morir. Mi extraña relación con la muerte. Afiebrado por semanas, en Buenos Aires a mis quince, en casa de Chocha y el tío judío odesita, solo me pesa una cosa: morir sin haber visto el zoológico. Y sé que en el de Buenos Aires hay una pantera negra, igualita a la de la portada del libro de Verne Las Indias negras. Qué pena, morir así.

 

Sé que a mis amigos se los llevó la desgracia sin necesidad de pandemia. Condenados negros. Negros condenados. Sweet Pea murió cuando yo todavía estaba allí. Nadie asistió a su entierro. Ya entonces Rosselle Houston caminaba con dificultad; Ernst y Wayne eran jóvenes y reían, pero el crack los volvió silentes y nerviosos. Big Mike era demasiado hombre para morirse pero quién sabe. Si yo tengo 61 ahora, Joe Day tendría casi 100. Al ritmo que llevaba, de good y bad coke, dudo que llegara a 70. Cuando agradecí la premiación del Casa de las Américas el año 2009, por El exilio voluntario, los recordé en una breve lectura. Ambrosio Fornet se me acercó y me dijo: “sabes que nos has conmovido”. Arthur… Tyronne… Frank, uno de los pocos blancos. Pollard…

 

Que no me digan que es cosa de negros (así titula ese gran texto de Cucurto). Que se los lleve la verga.

31/08/2021