Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Comienzo a tocar el Magnificat de Johann Sebastian Bach.
Desperté
con el ansia de los desayunos de La Coruña, aquellos increíbles panes gallegos
caseros, con mantequilla, queso, jamón serrano y otras delicias. En el café de
la esquina, a solo unos pasos de mi hotel, mientras aguardaba por viajes
diarios hacia lugares que jamás habría conocido si no era por una amiga que
condujo en su pequeño auto guindo por los acantilados de la muerte, el medioevo
y podría enumerar. Detenerse, ya de noche, a tomar chocolate caliente con
churros en Betanzos. El domingo suele plagarse de melancolías que no son malas,
al contrario. Café con leche y pan cortado y tostado cómo lo extraño aquí, en
la modestia de tortillas y marraquetas.
Comprar, al
irme camino de la estación de bus, por cuatro euros un emparedado de jamón
crudo en una suerte de sabrosísima baguette. Sin nada, ningún aderezo: el pan y
la carne, puro placer. Andar al lado del obelisco y continuar por la gran
avenida hasta el lugar en donde habría de hacer mi conexión. Llevar de regalo
un diminuto cortaplumas amarillo, de esos suizos clásicos, Victorinox. Y algún
chal liviano de otoño.
Manu Chao
canta que le gusta La Coruña. A mí también. A la derecha, la exhibición del oro
de los akan; a la izquierda, frente al mar, Irving Penn. Extraña sensación de
observar a los niños indios del Cuzco en estas circunstancias y ambiente. Diez
días de pura emoción, de horas que se arrastraban como queriendo nunca morir.
Así transcurrió el año, el “Veinte veinticinco” como lo he llamado en un libro
aún inédito que irá, a diferencia de los volúmenes ya impresos o preparados,
sin prólogo. Yo sé por qué. Hablo de la angustia de Belgrado, de la desazón por
ver desaparecer la ruta que enfilaba hacia Bulgaria. Decisiones apresuradas,
dictadas por historias y asuntos supuestos. Cada uno se suicida a su manera.
Pero, bueno, forma parte del tiempo: llovizna de Ljubljana, el panorama sin
fondo del Ródano en Lyon. Volviendo a menudo, y adrede, a mis sillas del café
de La Coruña en donde, al fin, dejé unos libros para que los recogieran fantasmas.
Nombres de
libros y autores que he perdido entre tantos papelitos que pongo en los
bolsillos. No importa, no es posible aprehender todo. Recorro los ciento
treinta cuatro metros cuadrados de mi departamento para mí solo. No puedo decir
que en la emigración, ni siquiera al principio, viví en malas condiciones,
exceptuando el primer mes de Alexandria en casa de Lorgio, en un polvoriento y
ajado sofá que hacía de cama. Luego alquilé lindos lugares, así tuviera que
romperme el lomo para pagarlos. A diferencia de tantos inmigrantes bolivianos
que compartían casas y espacios para ahorrar. No seguí esa senda, fui feliz en
la comodidad que mi trabajo podía pagar, como lo soy hoy en este inmenso
espacio rodeado de Jawlensky, Eisenstein y William Blake. No tengo ningún peso
moral al respecto. No luego del trabajo semi esclavo de mis décadas en los
Estados Unidos. Sacco y Vanzetti, en el pincel de Ben Shahn, enfrentan a
Modigliani junto a una máscara tibetana y un ch'ullu andino.
El tiempo
de la jubilación no viene con vacío. Atravieso horas con buen cine. Vi The Nightingale, poderoso y tremendo
film australiano, de Jennifer Kent, 2018, sito en la tierra de Van Diemen,
1825. Una triste canción que ejecuta la protagonista en un bar de mala muerte
me recordó la música de un hermoso disco que recreaba el mundo de Thomas Hardy.
Mientras
tanto trashumo por este período colectivo de superficialidad y de la más
intensa soledad que haya conocido la historia. Amén de estupidez y su
empoderamiento. Me importan las cosas simples y bellas: el pan tostado de La
Coruña, las vacas salvajes de las colinas de Galicia, novelas de Thomas Hardy,
música barroca, el sol y eventuales nimbos cerca de la cordillera. Mañana a
enfrentar los avatares de un lugar geográfico que no es país por dónde se mire;
tierra de nadie. A lidiar con ello, no queda otra. El universo reducido a un
infecto bolo de coca escupido por un analfabeto o por un señorito que quiere
congraciarse con los analfabetos. El ABC de la estulticia. Poco le sirvió a
Bujarin su ABC del comunismo…
Salgo a
caminar. La gente atormenta la mañana con cientos de camisetas número 10 (Messi)
de la selección argentina. No hay muchas españolas aunque en las redes
pareciera que América Latina se ha puesto del lado de la península ibérica como
rechazo a la soberbia de nuestros vecinos del sur. Cuando era joven me gustaba
ver fútbol. Ahora no. Lo haré hoy por la notoriedad del evento y, por supuesto,
en recuerdo de mi madre, quiero que gane Argentina, sin atisbo de fanatismo ni
mortificación. He visto jugar a Pedro Rocha con el São Paulo y a Norberto
Alonso con River Plate y me considero afortunado. Fue otra época.
Leo notas
sobre la muerte de Santucho, cuando lo mataron. Y en la fotografía de un diario
en donde lo informan hay una noticia de cómo el club Sevilla acababa de comprar
a Héctor Horacio Scotta por creo ochenta mil dólares. Vi jugar a Scotta con el
San Lorenzo de Almagro. Y al Negro Ortiz. Inolvidables ambos. Ya hablaré del
guerrillero, de los cañaverales tucumanos, de Famaillá.
Roberto
Santucho conversando con Witold Gombrowicz. Roberto Santucho disecado por los
milicos y expuesto como portero de una macabra fiesta de victoria…
Hace rato
que se agotó el Magnificat. Seguiré
con cánticos del tiempo del rey Ricardo Corazón de León.
Sello una
carne que cocinaré por tres horas, muy lento. Me servirá con tallarín verde. Tuco
carente de tomate como me gusta hacerlo. Y de crema, por supuesto, que jamás
utilizo. Carne suave en una cama de ajo y espinaca. Pocas especias, bien
dorada. Con queso parmesano rallado estará impecable. Algo de perejil fresco
encima y listo. Un vino de mesa para complementar y ya sea solo o con compañía
lo disfrutaré. Cebolla roja y ajo van caramelizándose. Proveerán el color que
necesito. Hasta entonces habrá acabado el largo y aburrido martirio del fútbol
y la vida retornará a la normalidad por los próximos cuatro años. Normalidad
que semeja una burla, para qué mentir. Pasta fabricada en casa, bajo ningún
arbitrio.
Vaya que el
desayuno coruñés derivó por vericuetos ajenos. No importa. Anochece en la
memoria y caminamos por el silencio de los pueblos gallegos. Pienso que en
Bolivia ya nos hubieran matado hace mucho tiempo vagando así solitarios. Qué
bueno no temer esos detalles inauditos. Ciudades sitiadas por siempre, con
doctores Hyde dispuestos a utilizar sus latas llenas de gasolina sin motivo
alguno y quemar a alguien vivo; basta una leve sospecha y la muerte llega
galopando desde los peores infiernos.
Terminó la
hora del desayuno. Atraviesa el río por debajo del famoso puente. Permanecen
sabor, olor, visiones ilusionadas y poco más. Ya lo vi, ahora avanzo. Ya comí y
sigo con hambre. Los caminos están, tal vez ya no el de Sofía y Varna pero sí
los meandros del Danubio. Leo y escribo.
19/07/2026
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Imagen:
Lucia Moholy






