Sunday, August 9, 2026

Pequeños grandes placeres


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Sentarse ¿qué día era? en la plaza principal de una ciudad que fue pequeña, y que se restringe ahora a mis gustos, eludiendo la urbe extendida al sur, hacia otrora campos de cultivo y bosques preciosos. Dominio del yermo, del polvo, del avasallamiento de tierras también y la falta de políticas públicas urbanas y rurales, aparte del eterno desgobierno de esta tierra huérfana. No Man's Land, ya sea la región desconocida o la que al no ser de nadie supuestamente puede ser tomada por cualquiera. Vaya con los pequeños grandes placeres…

 

Sentarse, decía…

 

Recorriendo libros usados en puestos de calle, he ahí un placer; discurrir por volúmenes leídos hace décadas de Dominique Lapierre y Larry Collins. Treblinka, de Jean-François Steiner. Paso un par de Solzhenitsin. Los miro porque siguen siendo un portento. Muchas obras nacionales, algunas de educación cívica y leyes. Históricas y pseudohistóricas. Colecciones Reno y Arca de Papel.

 

Converso con Richard y pregunta de mi sobrina Zara. Le cuento que la visité en Lyon el año pasado. Y a la bella Renata, su hija, y a Pedro, su esposo. Mi hotel estaba en medio del barrio árabe a unas cuadras de su edificio, antiguas piedras convertidas en departamentos más o menos modernos. Francia no es Estados Unidos. Ni viceversa. Cada cual a lo suyo.

 

Cada mañana dejo el hotel y al salir torno a la derecha, camino veinte metros y entro a un local argelino de medio pelo pero con una exhibición de comidas fantástica. Dulces, aunque la mayoría saladas. Nada mejor que café con leche y pizza sintiendo la brisa del Ródano. Hay otras opciones cuyos nombres ni pregunté. Lo visual me decidía y no me equivoqué ni una sola vez en los días que estuve. Por supuesto no hubo problemas de discriminación y caminaba entre ellos como otro más. Con parada obligatoria, cerca de la entrada del metro, en la tienda de recuerdos ucranianos. A decir verdad no veo el llavero con el mapa de Ucrania que colgaba de la oreja de mi caballo persa. Extraño. Poca gente entra aquí y menos se interesan por la estepa y el mar Negro. La muchacha que limpia lo habrá cambiado de lugar. Desde la boca del metropolitano se ve el río, uno de sus puentes principales. Los expendedores ni siquiera me ofrecen droga, perder pólvora en gallinazos. A veces cigarrillos Marlboro contrabandeados. Los cafés están llenos de hombres magrebíes, a cualquier hora del día. Me detengo a tomar un café que no impresiona, solo con ánimo de observación. Prosigo hasta llegar a lo de Zara previo sentarme en la cafetería donde pasa buen tiempo redactando su tesis de Ciencias Políticas. A pocos pasos está la Prefectura, el campo de tortura de Klaus Barbie. Luego cruzo el Ródano hacia la ciudad antigua y me pierdo. Tengo libros que he comprado allí y en Ljubljana para mi amor. Se cubrieron de polvo. Aleph.

 

La sangre gotea; gotea el agua. Hay cascadas carmesíes entre los hielos de la Antártida y lentos tiburones de mil años. Los caracales con orejas de ala de ave vuelan por el cielo para atrapar su comida. Gerbos y fenecos hacen huella sobre la arena. En eso divago mientras sorbo el brebaje ordinario. Me levanto y voy bajando por la vía del tren hasta donde se hace una curva. Ya veré qué almuerzo, yo que de comida de calle me he hecho fanático. Uno por pobreza y otro por sabor. Así fueron los años. Me acomodo en un banco y conversamos en español con un nigeriano que emigró al lugar. Cierta iglesia medieval atestigua este encuentro de extranjeros a un paso del Saona. Cuento las gotas de sangre y me detengo en veinticinco porque no hay lógica en mi acción. Caerá cuando tenga que caer y se vaciará mientras yo duermo.

 

Me he desviado tanto del tema a tratar. Parezco mi automóvil Subaru resbalando en el hielo de las colinas de Denver. En la bajada de Holly hacia la avenida principal. Pesadilla a medianoche, sin socorro ni testigos. Dando tumbos y rezando con que no se destroce una llanta. El perro lastimero ha comenzado a aullar, señal de mejor acostarse y leer más sobre Irlanda e Inglaterra del siglo XVIII, punto  en donde retorno a lo que tituló este texto. En Barry Lyndon, de William Thackeray. Leí su voluminosa novela La feria de las vanidades en épocas en que me nutría de Dostoievski y Hugo, de Walter Scott y Bulwer-Lytton. Hasta me acuerdo la librería en que la adquirí, en la avenida General Achá, antes de entrar a mis clases de francés.

 

Nada como los británicos para deleitar con la maestría de su prosa. Siempre es intenso, ya sea en Thomas Hardy o, como ahora, en William Makepeace Thackeray. Casi a escondidas llevé mi nueva adquisición y descansé en un soleado banco con un haz de sombra para cubrir las páginas y poderlo leer. Alrededor la ciudad cobriza, un Hong Kong andino de dimensiones cada vez mayores. Con el tiempo no habrá espacio ya para sentarse, lustrarse los zapatos. La multitud va tomando de a rápido cualquier rincón. Domingo en la tarde que solía ser tranquilo se ha convertido en una tromba humana que devora y caga, que besa y toquetea. Pueblo joven y cachondo, sin nada de inmaculado. Me guarezco en la casa del dios de los jesuitas y a la vera del santo guerrero leo en el celular mensajes y me nutro de bizarras noticias de esta rara geografía que me circunda. Vuelvo a Barry Lyndon

 

Ni hablar del filme que es uno de los mejores que he visto en mi vida y que tengo en los distintos formatos que la modernidad va creando cada vez. Obra maestra de Stanley Kubrick. Por ahora me quedo en la obra escrita, en el placer de verla entre montón de libros desvencijados. Y leerla, por supuesto, todavía hoy, días después, antes de hacer una tradicional siesta cochabambina olvidando los avatares de la supervivencia.

 

Uno que otro albañil trabaja a destajo. Prácticas estajanovistas que en la emigración servían de mucho, que se hacían moneda contante. Martilleo del trabajo que me suena dulce. Eco en las paredes de un gran departamento solitario. Fina ironía de letras isleñas. Llaman a  una modorra que ahoga el eco tenebroso de las huestes del cervecero Cromwell marchando y segando vidas.

09/08/2026 

Monday, August 3, 2026

Ventoso


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Gran Orquesta Brunswick, 1930. Tango. Ella y los escritos de Anna Politkovskaya entre el primer ventoso día de agosto. Maderos y cartones volando. Cochabamba es una urbe en construcción y nadie asegura, ni con sogas, nada. Todavía hay albañiles colgados de andamios sin protección. “Meterle nomás”, alta filosofía no solo de un régimen pervertido y carnicero sino de nuestra historia básica. Si una madera descabezara a un transeúnte la respuesta popular sería: para qué camina por allí con viento. No prisioneros; aquí no se toman prisioneros. Sálvese quien pueda. Que en alta mar más seguro resultaría que lo devorasen sus congéneres que los tiburones. Da para pensar. La periodista rusa devana su pensamiento en otra sociedad también conflictiva: la chechena. Sabe que ello ha de costarle la vida y continúa. A su modo es Marat acuchillado todavía con pluma en mano. Salvadas las diferencias, por supuesto.

 

Esta tarde hablé con tenderos, porteros, di una mirada a mensajes y respuestas. Algunas páginas mientras espero en la clínica acerca del “último” combate de Lenin, según lo retrata el historiador Moshé Lewin. Casi una momia, Vladimiro Ilich, tan lejano de la estación de Finlandia, de Zurich y de Inessa Armand. No sé si en mi viaje de mayo pasado atravesé por Zurich. Estaría dormido. Recuerdo las moles de hielo en Lausanne, las callecitas de Ginebra y pare de contar. Hasta Austria y una preciosa confitería-cafetería para los viajeros que se detenían allí. Como nosotros en el pretérito, en Challapata o Patacamaya: un pedazo de queso, pan, café pasado y servido en desportillados vasos de metal. Luego de Eslovenia, la sombra de los Balcanes: Jasenovac…

 

Frío. Viento de agosto que corre cargado de muertos. Imágenes del film La Odisea, de Nolan. No lo que me hubiera gustado pero hay mucho trabajo en él. El caballo de Troya, semienterrado en la arena, pequeño, me recordó los corceles congelados del lago Ladoga en Kaputt. El “rubio” Menelao de Homero perdió el cabello. Y otros detalles. Entretenimiento, vale, así sí. Como cuando décadas atrás escribí un artículo acerca de una novela de Joseph Kessel y los cazadores de rubíes de Birmania y el valor de la literatura como entretenimiento. De Kessel tengo memoria en La estepa roja. Observo el mapa de la Carta de Asia clavada en mi pared y las grandes extensiones por donde cabalgaban cosacos errantes. Épica, siempre épica.

 

Una postal, supongo de los años 50, marca una página de los Cuadernos de infancia de Norah Lange. Es una viñeta de Navidad. Eso, junto a la aventura de Ulises y tanto más, anota que vivimos hoy y también bastante de ayer. Norah y sus amigas ¿hermanas? se retiran a sus dormitorios cargadas de regalos envueltos en papeles multicolores. Así persiste Telémaco, hijo de Odiseo, en los escritos de Fénelon. Hablo de 1970 o por ahí. Han corrido los agostos desde entonces arrebatando las ánimas de los ingenuos y los no precavidos. Habrían de amarrarse, para sobrevivir, a cualquier columna colonial y no escuchar a las sirenas. Hay, en Norah Lange, cierto aire escandinavo. No quiero siquiera preguntarme el porqué.

 

Anoche ya era noche extraña; esta también. Nada de plagada de fantasmas ni subrepticios misterios sino la ausencia de sombras que tiene la oscuridad. He descendido los cinco pisos y los volví a trepar. Dando miradas de reojo al cascarón del edificio contiguo con todavía vacíos ventanales y vanos abiertos que permiten ver el otro lado, una suerte de luz de la avenida Juan de la Rosa, manera de matizar el silencio. Fui pasando los posibles documentales o películas a ver y me decidí por no sentarme allí. Estaba Macedonia durante la Primera Guerra Mundial y tigres del Amur. Gatos de Pallas y el Tapón del Darién. No, me convencí, y me incliné a teclear generalidades sobre el recuerdo. Agamenón no era esa figura de negra armadura y trenza de oro. “Una bruma sombría oprime su casa”, escribe Esquilo en la Antistrofa 3. Tocan las diez en el muerto Barrio Chino de La Habana. Las diez en las heladas piedras prietas de Ellicott City, Maryland.

 

Hay un bulto acostado sobre el lado de mi cama, como si alguien durmiera allí. Djinns de la memoria, hasta perfumados. Ganas de leer a la Szymborska pero más a la Ginczanka, el pabilo entre la vida y la muerte. Julian Tuwim escribe camino de la diáspora, rumbo a un Brasil en donde se había refugiado Stefan Zweig para morir. Elegiré versos de la Ginczanka entonces ahora que agosto parece de vientos fallecidos y ni brisa mueve hoja de árbol ni brizna de pasto.

 

Estás en la terraza tomándote selfies con símbolos de destrucción detrás tuyo: cielos de polvo marrón, vacías botellas de plástico que al chocar con las paredes suenan como accidentes.

 

El tiempo se ha adelantado por diez y nueve minutos. Mi hija Aly ha cumplido ayer treinta y tres. ¿Qué me pedía cuando era niña que le cocinara para su cumpleaños? ¿Ravioles con carne? ¿O fricasé? No me acuerdo, qué pena. ¿Qué me pedía Emily? ¿Arroz con pollo? Fabricaba espacio en mis veinte horas de trabajo diario y aparecían humeantes platos cargados de amor de padre. Era entonces. Lo sigue siendo en flotantes cocinas ilusorias.

 

Suena un televisor en portugués. Cuando salí del departamento dejé ya en el segundo tango a la mítica orquesta. Tengo la costumbre de no apagar el aparato y permitir que ellos, los míos, los que no se ven, bailen en paz hasta que se extinga la música. “When the music's over, turn out the lights”. Pero es de mañana y no hay luces encendidas…

 

Doblo la ropa lavada con parsimonia. No todo es arte (o quizá). La chica de la limpieza corrió las últimas gradas y abandonó el edificio. Se refugió en la moto de su hombre y se despidió agitando el brazo trabajador. Quiero sandías y duraznos y apenas queda una mandarina del Luribay. Ya sé qué haré a las nueve, entre el colorido del mercado, seleccionando frutas. Me pregunto si se han disipado los tristes poemas de las polacas. O están tan solo escondidos entre las ruinas hititas de aquella costa que finalmente no vi.

03/08/2026

 

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Imagen: Maurice Denis

Saturday, July 25, 2026

Alucinaciones del frío, entre otras cosas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Una docena de hermosas chicas se alinean contra una pared de Murmansk. Ciudad, región, que ha llenado mi mente de ilusiones aventureras a través de los años.  No considero la situación geopolítica actual ni la narrativa de las posibilidades estratégicas para la Rusia de Putin, enfrentada al inmenso Mar Ártico con sus misterios y amenazas sino solo a la magia de su aislamiento y distancia. Muchachas bellas como princesas se ofrecen en alguna calle, supongo que durante el verano ya que el invierno allí suele ser fatal.

 

Recuerdo, la vi dos veces, la película holandesa Nova Zembla (Reinout Oerlemans, 2011) que trata del último viaje de Willem Barentsz y Jacob van Heemskerck, en 1596-97, buscando el Paso del Noroeste. Magnífica y terrible. Historias del Ártico y la Antártida que nublan cualquier empeño de sensatez. El barco de sir Ernest Shackleton, el Endurance, viajará conmigo hasta el fin de los días, lo sé bien. E imagino la inmensidad de la isla de Nueva Zembla en medio de lo que hoy es el mar de Barentsz, casi el fin del mundo.

 

Hace unos días me perdí en otro sueño helado, el film ruso Archipélago (Alexey Telnov, 2021). Científicos rusos son enviados a Svalbard para hacer mediciones reales de la tierra entre 1899 y 1902, en sociedad con Suecia. Comienza con la búsqueda de los restos de la fracasada expedición aerostática de S. A. Andrée. Osos polares, drama, aventura, soledad y dureza para enfrentar a la naturaleza. Todas las características necesarias para pasar una buena noche cochabambina con la sombra de la cordillera al fondo.

 

Preparan para mí una entrevista en el Perú. Envío los datos necesarios mientras me acomodo en el negro sofá buscando más cine. Son varias las películas, rusas sobre todo, que han tratado de la zona, del mar Blanco e interminables manadas de renos. Según leo, Murmansk debiera ser una ciudad condenada. La derrota del zar ante Ucrania cambiará tanto la percepción de lo que hay en ese país luego de la debacle. Pensar que las solitarias playas de Yakutia tendrán de emblema el rojo sangriento de la bandera china. Los chinos trabajan con tesón y silencio para que eso suceda rápido y de manera irreversible. Habrá sido en vano el trabajo de conquista del cosaco Yermak y la épica posterior. Dinamismo histórico, ni modo.

 

Una interminable línea de bosque se yergue amenazante en la frontera finlandesa. Muro medieval o de cine fantástico con orcos y dragones. Por ahora las prostitutas de Murmansk observan con pupilas de vacío hacia el incierto panorama.

 

Mi barco sigue a la deriva por ahí.

 

Rusia atenazada entre dos frentes. El más peligroso, en silencio por ahora, el de Siberia. Mientras el idiota se consume en la estepa ucraniana, Beijing ya planea apoderarse de mitad de su territorio, el asiático. No hay manera de que Moscú pueda evitarlo. Ya el yuan es moneda corriente allí. La decrépita ambición de Vladimir Vladimirovich arrastra los remanentes del imperio hacia su fin. ¿Murmansk? ¿Quién sabe en qué quedará? Finlandia no ha renunciado a Carelia. Al final de nuevo se asentarán los osos polares y apenas se escucharán extraños gritos de focas leopardo. El Ártico habrá retomado su grandeza. Espectros de martirizados exploradores por doquier y la certeza de que el ser humano tiene la infinita capacidad de suicidarse de manera rimbombante.

 

Observo mis paisajes meridionales. No hay islas de desolación por aquí, así haya una realidad desesperante. La tibieza del bucolismo invita a sentarse a dormitar. Deliciosa situación que he de combatir si quiero construir novelas. Tengo volúmenes y volúmenes de compilaciones de textos breves; más que bastante. Siguiendo un consejo de madre de hace cuarenta años, es tiempo de escribir en serio, no ceder a la seducción del asombro y la efímera emoción. Tiempo de matrimoniarse con la escritura y sistematizar el trabajo, no porque escribir sea tema de mampostería pero tampoco tendría que ser de eterna maroma. Una cosa no implica que abandone la otra pero hay que priorizar, al menos en este momento en que se desarrollan sin parar, en mente, dos novelas que bien trabajadas podrían resultar interesantes.

 

Alejarme de Murmansk, del feroz Congo y tanto otro espacio de sueño. Como si decidiera un empleo en el tiempo en que este era imprescindible y necesario. Con placidez, sin angustia ni premura hoy, carente la urgencia de sobrevivir de entonces. Subir las mangas a modo de cajero de banco antiguo y ponerse a producir. Ejercicio de carácter también y no únicamente labor creativa. Vamos por eso. Las circunstancias están dadas, ahora viene la voluntad.

 

Hablar de los argumentos de estos proyectos es prematuro. No intento hacer la gran novela boliviana ni mucho menos. No me interesa. Con que salgan bien y esté yo satisfecho me basta. Y si la leen algunos, mejor. Pero basta de elucubrar y a poner las manos y la conciencia. Golpear, así lo hacían los panaderos locales, la masa en la sudada espalda. Aquello le daba humanidad y por supuesto una pizca de sal a la fabricación del alimento. No dudo que sea actividad prohibida ya. He sido panadero en los Estados Unidos pero allá trabajaba con máquinas y la masa venía congelada. Solo unos retoques cuando estaba lista. Algún estiramiento o etcéteras pero con mayor facilidad. Digna y gratificante manera de ganarse el sustento. Imagino un día preparar panes especiales en casa. Lo haré, por supuesto que sí, en intervalos de escritura. Es un hermoso trabajo.

 

De Murmansk salté a los panes y la novelística. Todo es parte de un juego creativo en donde no existen fronteras. Sistematizar ello en obras de mayor alcance y no en escritos pequeños es mi próxima labor. Por alguna temporada al menos. Luego evaluaré lo que tengo a mano. Ni ortodoxia ni dogma.

 

Dudosamente me lanzaría desde mi confort actual en expediciones exploratorias, pero me gusta leer sobre ellas. Me entristece, aunque me alegra que se rescate al magnífico maestro ciego, este frenesí homérico que viene con la nueva versión fílmica de la Odisea. Leía ayer partes de La Orestia, de Esquilo; retornar a la presencia de los clásicos es siempre bueno. ¿Entristecerme por qué? Porque a pesar de lo importante de traer a Homero de vuelta sabemos que se trata de una movida de mercado. Vale incluso así.

 

Llega agosto, el mes de los vientos, el que se llevaba a los viejos según mi padre. En la memoria, una tormenta de arena sobre el río Potolo, el Takamaklán, Gurdjieff…

25/07/2026

 

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Imagen: Remedios Varo 

Sunday, July 19, 2026

Desayuno en La Coruña


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Comienzo a tocar el Magnificat de Johann Sebastian Bach.

 

Desperté con el ansia de los desayunos de La Coruña, aquellos increíbles panes gallegos caseros, con mantequilla, queso, jamón serrano y otras delicias. En el café de la esquina, a solo unos pasos de mi hotel, mientras aguardaba por viajes diarios hacia lugares que jamás habría conocido si no era por una amiga que condujo en su pequeño auto guindo por los acantilados de la muerte, el medioevo y podría enumerar. Detenerse, ya de noche, a tomar chocolate caliente con churros en Betanzos. El domingo suele plagarse de melancolías que no son malas, al contrario. Café con leche y pan cortado y tostado cómo lo extraño aquí, en la modestia de tortillas y marraquetas.

 

Comprar, al irme camino de la estación de bus, por cuatro euros un emparedado de jamón crudo en una suerte de sabrosísima baguette. Sin nada, ningún aderezo: el pan y la carne, puro placer. Andar al lado del obelisco y continuar por la gran avenida hasta el lugar en donde habría de hacer mi conexión. Llevar de regalo un diminuto cortaplumas amarillo, de esos suizos clásicos, Victorinox. Y algún chal liviano de otoño.

 

Manu Chao canta que le gusta La Coruña. A mí también. A la derecha, la exhibición del oro de los akan; a la izquierda, frente al mar, Irving Penn. Extraña sensación de observar a los niños indios del Cuzco en estas circunstancias y ambiente. Diez días de pura emoción, de horas que se arrastraban como queriendo nunca morir. Así transcurrió el año, el “Veinte veinticinco” como lo he llamado en un libro aún inédito que irá, a diferencia de los volúmenes ya impresos o preparados, sin prólogo. Yo sé por qué. Hablo de la angustia de Belgrado, de la desazón por ver desaparecer la ruta que enfilaba hacia Bulgaria. Decisiones apresuradas, dictadas por historias y asuntos supuestos. Cada uno se suicida a su manera. Pero, bueno, forma parte del tiempo: llovizna de Ljubljana, el panorama sin fondo del Ródano en Lyon. Volviendo a menudo, y adrede, a mis sillas del café de La Coruña en donde, al fin, dejé unos libros para que los recogieran fantasmas.

 

Nombres de libros y autores que he perdido entre tantos papelitos que pongo en los bolsillos. No importa, no es posible aprehender todo. Recorro los ciento treinta cuatro metros cuadrados de mi departamento para mí solo. No puedo decir que en la emigración, ni siquiera al principio, viví en malas condiciones, exceptuando el primer mes de Alexandria en casa de Lorgio, en un polvoriento y ajado sofá que hacía de cama. Luego alquilé lindos lugares, así tuviera que romperme el lomo para pagarlos. A diferencia de tantos inmigrantes bolivianos que compartían casas y espacios para ahorrar. No seguí esa senda, fui feliz en la comodidad que mi trabajo podía pagar, como lo soy hoy en este inmenso espacio rodeado de Jawlensky, Eisenstein y William Blake. No tengo ningún peso moral al respecto. No luego del trabajo semi esclavo de mis décadas en los Estados Unidos. Sacco y Vanzetti, en el pincel de Ben Shahn, enfrentan a Modigliani junto a una máscara tibetana y un ch'ullu andino.

 

El tiempo de la jubilación no viene con vacío. Atravieso horas con buen cine. Vi The Nightingale, poderoso y tremendo film australiano, de Jennifer Kent, 2018, sito en la tierra de Van Diemen, 1825. Una triste canción que ejecuta la protagonista en un bar de mala muerte me recordó la música de un hermoso disco que recreaba el mundo de Thomas Hardy.

 

Mientras tanto trashumo por este período colectivo de superficialidad y de la más intensa soledad que haya conocido la historia. Amén de estupidez y su empoderamiento. Me importan las cosas simples y bellas: el pan tostado de La Coruña, las vacas salvajes de las colinas de Galicia, novelas de Thomas Hardy, música barroca, el sol y eventuales nimbos cerca de la cordillera. Mañana a enfrentar los avatares de un lugar geográfico que no es país por dónde se mire; tierra de nadie. A lidiar con ello, no queda otra. El universo reducido a un infecto bolo de coca escupido por un analfabeto o por un señorito que quiere congraciarse con los analfabetos. El ABC de la estulticia. Poco le sirvió a Bujarin su ABC del comunismo…

 

Salgo a caminar. La gente atormenta la mañana con cientos de camisetas número 10 (Messi) de la selección argentina. No hay muchas españolas aunque en las redes pareciera que América Latina se ha puesto del lado de la península ibérica como rechazo a la soberbia de nuestros vecinos del sur. Cuando era joven me gustaba ver fútbol. Ahora no. Lo haré hoy por la notoriedad del evento y, por supuesto, en recuerdo de mi madre, quiero que gane Argentina, sin atisbo de fanatismo ni mortificación. He visto jugar a Pedro Rocha con el São Paulo y a Norberto Alonso con River Plate y me considero afortunado. Fue otra época.

 

Leo notas sobre la muerte de Santucho, cuando lo mataron. Y en la fotografía de un diario en donde lo informan hay una noticia de cómo el club Sevilla acababa de comprar a Héctor Horacio Scotta por creo ochenta mil dólares. Vi jugar a Scotta con el San Lorenzo de Almagro. Y al Negro Ortiz. Inolvidables ambos. Ya hablaré del guerrillero, de los cañaverales tucumanos, de Famaillá.

 

Roberto Santucho conversando con Witold Gombrowicz. Roberto Santucho disecado por los milicos y expuesto como portero de una macabra fiesta de victoria…

 

Hace rato que se agotó el Magnificat. Seguiré con cánticos del tiempo del rey Ricardo Corazón de León.

 

Sello una carne que cocinaré por tres horas, muy lento. Me servirá con tallarín verde. Tuco carente de tomate como me gusta hacerlo. Y de crema, por supuesto, que jamás utilizo. Carne suave en una cama de ajo y espinaca. Pocas especias, bien dorada. Con queso parmesano rallado estará impecable. Algo de perejil fresco encima y listo. Un vino de mesa para complementar y ya sea solo o con compañía lo disfrutaré. Cebolla roja y ajo van caramelizándose. Proveerán el color que necesito. Hasta entonces habrá acabado el largo y aburrido martirio del fútbol y la vida retornará a la normalidad por los próximos cuatro años. Normalidad que semeja una burla, para qué mentir. Pasta fabricada en casa, bajo ningún arbitrio.

 

Vaya que el desayuno coruñés derivó por vericuetos ajenos. No importa. Anochece en la memoria y caminamos por el silencio de los pueblos gallegos. Pienso que en Bolivia ya nos hubieran matado hace mucho tiempo vagando así solitarios. Qué bueno no temer esos detalles inauditos. Ciudades sitiadas por siempre, con doctores Hyde dispuestos a utilizar sus latas llenas de gasolina sin motivo alguno y quemar a alguien vivo; basta una leve sospecha y la muerte llega galopando desde los peores infiernos.

 

Terminó la hora del desayuno. Atraviesa el río por debajo del famoso puente. Permanecen sabor, olor, visiones ilusionadas y poco más. Ya lo vi, ahora avanzo. Ya comí y sigo con hambre. Los caminos están, tal vez ya no el de Sofía y Varna pero sí los meandros del Danubio. Leo y escribo.

19/07/2026

 

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Imagen: Lucia Moholy

Sunday, July 12, 2026

Vacío domingo de julio


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

El departamento está extrañamente vacío para domingo. Plácido, diría. Lectura de 1917, libro de Martín Kohan. Breve obra que disfruto. Época aquella cada vez más distante en el tiempo pero que pesa, una Rusia que parecía estar entonces solucionando sus contradicciones siendo que las ahondaba incluso más. Un ya discapacitado Lenin (pensé sin quererlo en Dalí) sin poder escribir. Kohan narra detalles que podrían lucir triviales que sin embargo retratan el momento histórico: los diarios de las secretarias del líder soviético, por ejemplo; las notas de Jacques Sadoul, testigo privilegiado de la insurrección de 1917…

 

Pecaminosos ojos de Anna, soñadoras pupilas de Irina. Yo revoloteando en mis ilusiones literario-históricas, añadiendo el contexto femenino que sin ser imprescindible es dichoso. Tanto ha cambiado en tan poco espacio temporal. Ni diez años desde que miraba la ruta que llevaba a Belgorod. Infranqueable ahora, y por muchos años lo temo. Camino que jamás he de tomar. Permanezco en la mirada de entonces, afueras de Jarkov. Fui a la librería en pos de Apolonio de Rodas y salí con otro autor, con el vicio del este, de Rusia, Ucrania, el Báltico y Balcanes. No puedo con mi carácter. Puedo, claro, es un decir para justificar un arraigado gusto por ciertas cosas.

 

Cordero al estilo turco decorado de arroz amarillo con pepinillos en vinagre. En una terraza de Kiev, muriendo ya octubre, el de 2018 no el de 1917. Ligados ambos por el entorno, por el aire anciano que no se disipa. Es 2026 y adelanto por las páginas. Hay humo en la cordillera. Los “hermanos” campesinos queman lo que odian: los árboles. Aunque esta es afirmación plagada de prejuicios, lo sé. El espectro de Ruanda flota sobre este país. La gente desconoce, no quiere pensar o no cree, pero está. Omnipresente. Lo dicho hace un momento es parte de ello, minucias que van añadiendo a un todo que causará la debacle, muy postergada por cierto y que podía haber sido evitada. Va más allá de la desaparición de un líder, monstruo de pelo hirsuto, de inmensa, literal, cabezota y ambición inenarrable, faro de ilotas, letrados y no, de la tierra del fin del mundo.

 

He de salir, quiero ir a sentarme en la plaza, alejado de jubilados que apestan a muerte y que sin embargo, a orillas del panteón, solucionan lo imposible. Extraño animal el ser humano. Mi café favorito cierra hoy. Si no hay multitud, tal vez robe un ápice de calmo silencio a la catedral. Confieso que tal vez no sea el café lo que me atrae allá sino la hija del dueño. Sabe que mis ojos entrecerrados, asiáticos, la siguen. Lo sabe y aprovecha. Bate su propio café como si estuviese actuando para Wong Kar-wai y que esto fuese Shanghai y no la provinciana soleada Cochabamba. Podríamos conversar acerca de la Ruta de la Seda o de música actual. Sin embargo, mejor callar que hay que leer… No desviarse de la senda de Samoa, ni de Schwob ni de Stevenson.

 

Avanzo en dirección al Sajama, devorando páginas de El club de los suicidas, de Robert Louis Stevenson. Mientras tanto torturan a mis amigos en celdas policiales de La Paz. Golpe de Luis García Meza. Llevamos en camión carga de madera tropical hacia Chile. Pienso en ellos, cómo no, entre el fuerte olor a pescado de Arica e inolvidables sopas marineras en el mercado, con leche y con limón, blancas con notorios erizos carmesíes. La sangre, la sangre arrastrada de los pies en la plazuela de Cala Cala, sangre de un desconocido eterno que mataron los soldados por la noche, como a mi amigo Otto, como a tantos. A borbotones, cuando el orificio de una bala semeja un imparable pozo petrolífero.

 

Ha desaparecido el humo. Sigue en Almería, en el encendido televisor. Así era en Colorado, a veces semanas de cielo nublado, gris, pero no de nubes ni tormentas sino de lo que produce el fuego. Año tras año, país por país, adrede en la Chiquitanía boliviana en donde el monstruo de cabello animal ordenó la quema total para plantar su maldita hoja sagrada.

 

Busqué música de fondo. Iba por Schumann pero me decidí por quintetos de Luigi Boccherini. Vaya maravilla. Vaivén entre la revolución rusa, música del siglo dieciocho y nuevos silencios que han reemplazado a los antiguos como ropa vieja. Me place, me abre un sin fin de posibilidades. No elimina el pasado, lo amolda a nuevos cánones, mejores en mi opinión. Intimidades para pensar debatiéndonos en el caos alrededor.

 

En un rato termino el texto, le permito descansar, liberarse de la carga del autor. Una ducha, acicalarse, calzar botines y una pizca de colonia. Después de tales mundanas actividades tomar asiento de nuevo, limar asperezas, quitar adjetivos, decorar comas y puntos y comas y decidirme por el trazo final que hará del escrito ya nicho inviolable, esté como esté.

 

Me he regalado un domingo tranquilo y lo disfrutaré al máximo. Caminando el otro día cerca del correo vi a un vendedor callejero que ofrecía unas memorias de Víctor Hugo por Léon Daudet. Al fin decidí no comprarlo. Ni sé mis razones. Proseguí a lustrarme los zapatos y tomar sol en los muslos detrás de los jeans. No habrá tiempo de leer todo, ni el mínimo vértice del conocimiento. Andamos como el Voyager, hasta que el aire nos disuelva y de nosotros no haya rastro.

 

Casi llegando al borde de la carilla en blanco. Podría extenderme pero la máquina marca límites que me impuse yo mismo. Dominar la verborrea tanto así el deseo tienen que ser positivos. Habré madurado, manzana pronta a caer sobre la testa de Newton. Al menos no opino ya de política aunque muchos me lo pidan. Era sano ejercicio de ira cuya premura vital ha desaparecido. No que sea indolente hoy pero mis prioridades han cambiado y solo yo me las sé, planes misteriosos y privados del porvenir, cuadernos prohibidos por el momento. Me pregunto si esta magistral música de Boccherini sea una demostración de dominar la paciencia. Incluso dentro de las explosiones de pasión. Mide, me aconsejaban; la mesura suele ser la forma para la materialización de los misterios.

 

Hago un intervalo, dejo libres las palabras, alejadas de mí. El agua corre y arrastra piel consigo. Míticas pitones de los tributarios del río Congo.

12/07/2026

 

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Imagen: M.C. Escher 

Tuesday, July 7, 2026

Y seguimos conversando


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

He pensado en tantos comienzos para este texto. Incluso hoy decidí hablar de sombras pero lo he desechado. Al amanecer miraba alrededor, un resquicio de luz por entre las mal cerradas persianas, algún perfume, historias de limpias, de macumbas, de “entidades” que nos acompañan. Tanto imaginé que horas después, mientras calentaba una sopa de fideos estilo cochabambino, algo se paró a mi lado. Nada, cuando miré. Sería mi “entidad” asignada, quién sabe. No me burlo de ello y siempre he tenido temor y respeto por los burdos tallados de madera del Camerún, no aquellas fantásticas máscaras sino extraños seres que no buscan belleza pero sin embargo protegen los entornos de las casas y sus interiores desde unas tallas malamente realizadas pero poderosos. Evité comprarlos, que los vendían los traficantes de objetos tribales en Denver. Preferí incluso las máscaras mortuorias punu, incluso sabiendo que habían sido arrebatadas de mujeres cuya ánima había ya volado, posiblemente a los inventados sueños de Blaise Cendrars.

 

Miro fotos. Épocas tristes, alegres, solas y otra vez solas. En la calle Clarkson tomaba un hirviente baño con esencias mientras sorbía un aromático vaso de Zacapa. Mejor si era invierno, mejor si la tormenta hacía temblar la vetusta casa, viento ululando por los pasillos, hasta los departamentos individuales del tercer piso, apenas abajo del tejado. Nunca me pesó la soledad. Llegué y viví solo en Estados Unidos, con eventuales amores y trabajo a destajo, a modo de Stajanov. Varias temporadas en que nadie más que yo caminaba mi espacio, las hijas se habían trasladado a Vermont con su madre. Los largos desvaríos del matrimonio y plácidos diez años postreros. Allí quiso sentar poder la señora del olvido pero no lo permití. Luego de un extenso periplo mi avión descendió en Odesa y desde allí hablé de una existencia reanimada. Al día siguiente Anastasia me buscó muy temprano en el hotel. Cabellos rojos del otoño. Fuimos al aeropuerto a buscar mis maletas que no salieron a tiempo de Estambul. Frescas manos del otoño. Claros ojos y, junto a mí, tomábamos retratos de los atamanes y del gran Bábel. Desde arriba de la escalinata de El acorazado Potemkin se miraba el mar, costas lejanas que supuse Crimea sin serlo. Cerca de la tumba de Aquiles, sangre fresca de la bella y sacrificada Políxena. Rojos mechones del ocaso.

 

Pues la vida se teje de inesperados momentos y las cosas aparecen sin llamarlas. Un velo se extendió sobre mi pena y la palabra abandono murió de obsoleta. Límites destruidos o ampliados. El taxi nos devolvía al hotel. La noche había vencido las horas. Ida ella, a sus labores de artista, deambulé por la Moldavanka con el chirrido de los viejos tranvías gualda de la ciudad. Las putas no me daban bola porque andaba a pie. Se acercaban a las ventanillas abiertas de los automóviles. Algunas partían, otras no. Conversaciones de negocios, transacciones, el amor a precio de mirra. Pero eran tan hermosas las prostitutas de Odesa que Carole Lombard quedaría opacada y solitaria en un rincón. Se olía, además, su perfume en la vacía avenida, en la intersección de dos calles que de día rebalsaban de gente. Dos cuadras arriba estaba el mercado. Podría ser el Calatayud local. Similares características, radios a todo volumen, electrodomésticos, flores y fallecidos rodaballos colgados de alambres invitando a las mesas del oscuro mar. Misterio. Sombras, claro, pero luminosidad sin límites también, a pesar de que todavía se cernía el espectro de la guerra del 14 y se hablaba de la que vendría en algún momento futuro.

 

Hoy Ucrania destruyó con drones la refinería de Omsk en la Siberia. Allí viajaba mi amigo Yefim cuando volviendo de Denver se detenía en esa urbe para seguir camino a Pavlodar, al lado de la estepa maldita de Karaganda, en Kazajistán. Fuegos de fanfarria, para mí, el extendido brazo de la justicia cosaca arrastra de los pelos las veleidades del zar. Lo hizo Japón en 1904. Me acordé de Anna Karenina

 

“He left no time to regret
Kept his dick wet
With his same old safe bet
Me and my head high
And my tears dry
Get on without my guy”

Poderosa Amy Winehouse… Back to Black entre las canciones que yo mismo tocaré durante mi cremación. Debajo de la colina de San Sebastián, al arbitrio de los alaridos de las mujeres degolladas por Goyeneche. Luego esa calma de muerte que parece de terciopelo. Igual seguirán danzando kusillos y pepinos, descendiendo los diablos de las colinas de Jujuy. He visto.

 

Embriaguez empedernida la de la baja presión. Nuevas experiencias o etapas que manifiestan presencia como otras asomarán. Un dulce recuerdo y un feraz olvido, supongo. Quedarme en la intemperie de la pena no sirve. Hay tonos de verde que se agitan en el cerebro como caballos de Franz Marc. Viene un viaje al norte pero luego el del sureste y aguardo por él. Largas piernas blancas suaves debajo de un calzón púrpura, imaginando los días futuros. Escribiendo libros que muy pocos leerán pero consciente al menos que no serán expresiones de vanidosa mediocridad. Porque no me interesa vender, ni fama ni muchachas que elogien la maestría de mi arte para acercarnos. Lo hago para sentirme fraterno de Schwob, para retomar aventureros pasadizos de Dumas padre que han quedado tiesos. Domeñar el deseo de París y elegir páginas de Madame Putifar. Pareciera que en este instante pesa Francia. Sin motivo. No hay música sonando y el departamento nicho silencioso.

 

Camino por Lyon. Llueve entre los dos ríos y me protejo bajo leones metálicos de algún puente. Renata ha crecido. No corre ya entre las mesas del café donde su padre y yo compartimos un expreso. Aquel teléfono que utilizaba ha muerto de mudez. Pero no voy a escribir de sombras porque ni siquiera ellas sombras son. Por el contrario, teas encendidas que marcan los subterfugios de la oscuridad. Intensas alegrías, así efímeras hayan sido. Nada de sombras. Las contemplaré en Goya y en Piranesi y eso basta, si ganas tengo de claroscuros. Por ahora no. Brilla el sol de julio con cierto dejo de frío. Me obliga a usar chaleco que es la prenda de vestir que más aprecio. Tenían lástima de mí los anarquistas de la Internacional en el París de 1986 cuando me saltaba los controles del metro porque no tenía para pagar. Ellos, quizá algunos santos, recolectaban y me regalaban un paquetito de monedas de diez francos. Me servirían para comer, para el baguette diario, el litro de leche y el cuarto kilo de gruyere que consumiría sentado en un banco del bulevar Brune, en la puerta de Vanves. ¿Por qué tendría entonces que escribir acerca de cosas penosas? Tenía hambre pero leía historias de Cipriano Mera. Si me asalta la duda te recuerdo y me pongo bien.

07/07/2026

 

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Imagen: Dora Maar

Sunday, June 28, 2026

In Dreams


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Es obvio que suena Roy Orbison en la mañana. Magnífico filme aquel de David Lynch, Blue Velvet. Con esta canción; Dennis Hopper alucinado… Preferida de mi hija Aly, que ha cumplido como el Cristo treinta y tres. La bailamos con mi esposa, juntos, alguna fiesta del 2018, en la calle Clarkson que quedó como un icono de tristeza primero y luego de felicidad. Soledad de la nieve. La muchacha fantasma del tercer piso y yo raspando el hielo de encima del Subaru, a veinte grados bajo cero. Ella me miraba todas las noches, con solo medio rostro visible; nunca descendía por las silenciosas gradas de la mansión victoriana. Nos acompañábamos, supongo. Asuntos fuera del miedo, parte de los misterios de la sombra. Cuando salgo, miro las gradas hacia la izquierda, me detengo a escuchar el silencio. Sé que está ahí, cuando todos duermen. Ya a la intemperie la observo contemplándome. A veces, cerca del basurero, dejan maniquíes desvencijados. Añaden pensamientos a un ambiente al menos extraño. Vuelvo a mirar y no está. Sé que no ha de descender y de pronto aparecerse enfrente. No dejaría huellas en la nieve. Cuando ya estoy calentando el carro retorna e imperceptiblemente mueve la cortina y mira. Luego me preocupo de no chocar con las paredes del callejón. Hielo traidor que me ha roto cabeza, pierna, etc, que me ha desesperado en las colinas del sur cuando no sabía si podría volver a casa luego de lidiar diez y siete horas con la tragedia del invierno.

 

In Dreams. La bailamos, claro, y el ron guatemalteco giraba, volaba con traje de kusillo por la antigüedad de los muros interiores. Mi último cumpleaños vi a mis dos sobrinos, uno boliviano, otro argentino, enfrascados en la danza del perreo con vecinas gringas. Sorbo el ron, Zacapa quizá o con nombre de santa, ron negro de la Guayana, panameño en artísticas botellitas.

 

Leo sobre las expediciones de cacería humana que se auspiciaba como turismo durante la guerra de Bosnia, en el sitio de Sarajevo. La justicia italiana está en eso, ha recibido denuncias de ciudadanos suyos yendo a cazar seres humanos, con rifles de alta potencia, desde las colinas de la ciudad.

 

Mi hotel estaba en una de esas colinas. Desde allí se veía el río con sus casonas regadas de balas. Sitio ideal para sentarse con unas cervezas, un quitasol, gafas oscuras, a matar transeúntes que se animaran en las calles. Pérfidos instintos, más que comunes lastimosamente. ¿Quién sabe lo no dicho? Cuánto que jamás se dirá… Sarajevo fue ciudad que me impactó. Quisiera regresar. No niego que hay sensaciones de desasosiego y hasta terror. Está en el aire, algo está en el aire. He visto ruinas de edificios bombardeados por los aliados en Belgrado. Los dejaron así para recuerdo en el futuro. Pero Belgrado carece de esa mácula insalvable que pesa sobre Sarajevo. Negrura que se hace muy palpable cuando atravesando un cartel en una colina se penetra en parte de la ciudad que los mapas describían como East Sarajevo. Otro mundo. Sin mezquitas ni turbantes. Casi se podría decir pieles más claras pero una muy clara separación con el otro Sarajevo. Mecha que no se ha apagado. Igual a la de Kosovo, en Serbia; cuando los serbios ponen la mano al pecho y recitan “Kosovo en el corazón”. Pareciera que la historia ha avanzado en vano. Aquí en Bolivia se pinta de guerra racial un conflicto que en el fondo es comercial: el narcotráfico contra el estado. Pero vale para los jerarcas utilizar el eterno argumento de la raza, que ha de explotar cuando menos lo pensamos, nuestra Ruanda local.

 

Sarajevo y el teléfono a Betanzos, a Denver, Cochabamba… Fechas de historia y de zozobra. Un año ya. Este de ahora corre como desalmado mientras que el anterior andaba cansino y discapacitado. Se soltaron las riendas del tiempo, se desbocaron los caballos y no se quedarán congelados como en Kaputt sino que acelerarán en inevitable apocalipsis.

 

No miro humos desde mi ventanal. Se diría que no hay incendios pero sí los hay. La lacra intratable que echa lodo sobre el porvenir tiene que ser extinta cuanto antes. No significa que no haya otros males. Ya lidiaremos con ellos, hoy existe la premura de deshacerse del mal mayor. Demasiado hemos condescendido con ello. Tanto que hasta me cuestiono mi apreciación de la historia, recapacito para hallar si no me equivoqué, si no eran ficciones lo que la ignorante juventud proveyó. El presente invalida muchísimas lecturas de ayer. Las opciones deben ser drásticas. Dejemos la lírica para los poetas; tiempo de realidades.

 

En sueños… Y sí, hay que vivir con sueños y entre sueños al mismo tiempo. Sin olvidar, esta vez, lo que se cierne sobre nosotros en aura de falsas santidades. Quedan atrás, en el 2018, los bailes de la Clarkson Street. Maravillosos, por cierto, pero ya distantes. No solo hay que mirar adelante sino de frente.

 

Los piamonteses se reúnen alrededor de la bagna cauda. Alrededor de ella, hasta 1983, juntamos la amplia familia cordobesa por las mismas razones. Luego se extinguió. En un frustrado viaje hacia Marsella llamé a alguna de mis primas para saludar. Cierta estación de Alta Córdoba, aires de estancadas décadas flotando. Terminaba de leer algo acerca de Piglia. El tren siguió su curso, al norte esta vez. Otra historia comenzó. Y terminó como se acaba esta. Ni Marsella ni Córdoba, quién sabe el nuevo derrotero.

 

Los  rusos han bombardeado otra vez Poltava. Hermosa ciudad que se ha ido desvaneciendo en mi memoria, escondiéndose, mejor dicho. Tanto ha ocurrido desde entonces. Hablamos de Poltava cuando yo estaba en Denver el año pasado. Alguien te preguntaba sobre Ucrania. Yo estaba frente a la municipalidad, recuerdo, en pleno centro. Ahora, con la mente calma, vislumbro los detalles de esa conversación y mucho más. Durante la celebración de San Juan, ya sin fogatas en Cochabamba, los fuegos de Moscú sirvieron para recalentar la leche de tigre y dorar los hot dogs. Al menos eso. Que si no tengo piedad por aquella ciudad y utilizo su tragedia para distraerme y recordar, diré que no, piedad ninguna. Tanto he amado Rusia…

 

Texto que sale a cuentagotas. Asuntos muy terrestres me obligan a participar de esta debacle de tipo africano que se cierne sobre nosotros, impide dedicar minutos a la escritura. Pero, ya está, mosaico, amalgama de imágenes. Contextos que parecieran no ligarse entre sí y sin embargo se ligan. Presencias imperecederas; sensaciones lo mismo.

 

El agua carga sabor de metal. Mejor la tiro en el lavabo. Quién sabe lo que esconde. Una manzana verde puede bien ser púrpura en la realidad paralela. Chillidos inhumanos, sin distinción de sexos, pléyade de analfabetos presidenciables, incomprensibles balbuceos cubiertos de esputo esmeralda dice que sagrado. Mejor callar.

 

Sueños… Por cierto no es Shakespeare… Canta, Roy Orbison…

26/06/2026


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Imagen: Marianne von Werefkin