Friday, September 23, 2022

Los héroes paternos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Se dice en la familia que aquel cuyo nombre se ubica en uno de los cuatro lados de la columna del cóndor de la plaza principal, entre los héroes cochabambinos, Manuel Ignacio Ferrufino, nació en Tarata. En la galería de notables de este antiguo pueblo-ciudad está su retrato. Y en su rostro puedo hallar rasgos de mi padre, del tío Hugo y de otros miembros familiares. Tal vez aparezcan en mí, cuando los años me equiparen con sus años y la piel se me caiga de a poco.

 

En la acera este de la plaza 14 de Septiembre, tapada por un carrito de dulces, hay una placa que recuerda el lugar del fusilamiento de Mariano Antezana. Ahí, no sé si precisamente en el metro exacto, pero sí donde alguna vez se ubicó un restaurante llamado "El Horno", ejecutaron a mi antepasado junto a él. El día anterior había sido sangre de mujeres. En la colina, no lejos, Goyeneche embebió a sus soldados de licor de hembras. La muerte, hembra también, no había tenido piedad con sus hijas. Entre las muertas estaba Manuela Josefa Saavedra, esposa de Manuel Ignacio. Aquel 1812, ella y su esposo se matrimoniaron bajo la luna de miel que se había vuelto roja por orgullo de España. Manuel Ignacio Ferrufino fue atrapado y fusilado el día posterior a la masacre.

 

El arequipeño se bañaba en sangre. Le habían dicho que así conservaría la plenitud de sus virtudes, para siempre. En el Desaguadero fue cruel con las tropas de Castelli; en Cochabamba creyó que cortando cabezas mujeriles la piel se le pondría blanca. Ya no está la torre desde donde miraba a la ciudad. En un lugar de la Chimba no queda rastro de ella. Pero su diabólico fantasma aún hace sonar el catalejo que lleva. Desde el fondo de las chicherías de largo patio se lo oye pasar como reloj de metal. Dicen, decían los viejos, que ahí andaba Goyeneche buscando su torre.

 

Lo duro es haber perdido el rastro de Manuel Ignacio y de su esposa. Lo terroso de la muerte pone demasiada oscuridad sobre su recuerdo. Después aparece una hermosa mujer, hija suya, la "sin par Anita”, que fue esposa del desgraciado Pedro Blanco, presidente de días. A ella la había marcado la tragedia de los antecesores, como me marca a mí, a pesar de que me oculto en las grandes ciudades de la modernidad y nadie sabe dónde vivo. Tengo detrás el espectro del arequipeño, cargado de sables y balas para asesinarme.

 

Pero no podemos borrar el pasado. Debemos aceptar que la distancia temporal de los hombres es sólo nominal. Cuando lo trágico ha sentado sus bases en un lugar, la historia desaparece; todo se reduce a un cambio de escenario y de actores. Ni los brujos de Coña Coña que absorben el oscuro mal de nuestras cabezas y lo mezclan con alcohol y coca y corren a la noche afuera para botarlo a un agujero del que ya no salga más, podrán evitarlo.

 

Son las siete de la mañana, diciembre del 96. El oráculo chino, a principios de año, me había predicho meses de impresionante triunfo. Sugirió un tiempo feliz. Pero ahora estoy tan triste y tan solo como los judíos que cantan su diáspora sin fin en el tocadiscos. Quizá ellos me entenderían, desde la penumbra del lodo ruso, desde donde los acosan sus innombrables fantasmas, Dios entre ellos, que me alcanzaron, por otro lado, también.

 

Hablaba de Manuel Ignacio y termino hablando de mí. No es casualidad, lo único que hicimos fue cambiarnos de traje en un teatro sin término. El Tambor Mayor Vargas, soldado de republiqueta, sin mencionar su nombre, habla de él. Y cuando lo hace, montado y huido a diario, siento que a donde vaya me perseguirán estas muertes, los eucaliptos de Ayopaya, la desolación de Falsuri, los lanceados, apedreados, decapitados. Quizá tenga que pedir a España la razón de mi tristeza, el origen de mis sangres que me hacen ser uno a cada instante, uno diferente cada día. Y yo sin saberlo, aprendiéndolo cuando ya algo malo ha sucedido. Y repitiendo los supuestos errores de todas mis razas otra vez.

 

Entre los héroes paternos hay un grande ahorcado: Pedro Domingo Murillo. Mi abuela, Neptalí Murillo, descendía directamente de él, de la rama de Gregorio Murillo Gáez, lancero en Ingavi. Una muerte más que se agolpa en los estantes de la memoria.

 

La historia ha trillado el relato demasiado, la historia decora. Nadie nos pregunta a nosotros, dueños de su sangre, cómo vemos el asunto. Responderíamos que no lo vemos, en realidad, sino que lo sentimos, pero no como la gloria que nos eleva por sobre los demás, un rasgo distintivo que nos hace más valientes o más audaces; vive en nosotros igual a un homúnculo kafkiano que observa el exterior desde su torre enrejada. La sangre de nuestros personales héroes martirizados pugna por salir de nosotros como un Golem, por huir y desmantelar la vida que ha permitido, y permite, habitar la tierra con violencia. No perdura el héroe, en sus hijos, pleno de sangre rebelde. Vive, sí, pero con la tristeza del que ha visto en carne propia lo insulso de la muerte.

 

Y la certeza del absurdo que significa matar o ser muertos, de que jamás podremos sentarnos entre todos a conversar, nos obliga a nosotros, hijos o nietos de héroes, a buscar una sombra donde no puedan encontrarnos, donde no quieran que del fondo de nuestro corazón reavivemos la intensidad, lucidez y valor de los viejos, queridos muertos. 
diciembre 1996

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), diciembre 1996
Publicado en La Guirnalda Polar (Canadá)

Imagen: Pedro Domingo Murillo

Wednesday, September 21, 2022

Primera noche de otoño


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Noche no estrellada.

 

Saltan zorros y conejos, un metro arriba al menos. ¿Ritual de amor? Quién sabe. Escondidas fuerzas naturales. Oscuridad: velo con ventanas. La luz del sol mimetiza, su brillantez no permite observar los claroscuros. Enfrente del auto se elevan dos conejos grises. Castañetean los dientes o golpean las patas traseras, las que alcanzan mayor altura. En un callejón de la Colorado Avenue, al pasar, miro un rojo zorro de patas negras en baile prodigioso. A veces hacen ruido de fiesta o de matanza. Ruido del serio. Es cuando los zorros se han reunido a llorar amores, a gritar desvelos. Desaparecen al amanecer, ocultos en matas tipo catacumba, en hoyos donde a veces entrará un crótalo incauto a morir a dentelladas.

 

Bebo un trago de agua desde un vaso de plastoformo que no cambio hace meses y que muestra notorios rastros de antigüedad. Estoy prácticamente solo en el warehouse. Murmullo de papeles, una muchacha empuja en carrito de bebé a las dos de la mañana, con el celular amarrado en un costado y música clásica. El marido lleva gorra roja, de Trump, Make America Great Again, el pujante fascismo norteamericano que toman con liviandad aquí hasta que se les suba un emperador encima y adiós vida. ¿Qué tienen que ver Schumann con Hitler o Putin con Grieg? No veo que Donald Trump los haya ayudado mucho. La señora anda de cuatro patas limpiando baños; el esposo, muy importante se siente, tiene adosado un micrófono a la oreja y camina bamboleándose como luchador de circo. Pienso en los nazis y en su élite sangrienta que salió de la chusma empobrecida y desesperada, que se puso entorchados, se llenó de oro y asesinó sin piedad. De miserables como estos vendrá el próximo Himmler, si lo permiten.

 

Tanto me he acostumbrado al silencio.

 

A ser burócrata preferí anacoreta. A mi manera, claro, que de fakir desnudo tengo poco, menos que de budista. Manejo un híbrido carmesí. Amigos del hampa sugirieron que ese color trae consigo desastre, sebo para la Chota (la policía). Será por poco tiempo que me evaporo.

 

Cruzan la calle mapaches enfermos de comer basura. Trastabillan. Se los llamaba “ositos lavadores”. Hoy… una sombra ya pronto serás, tango de mapaches. No de apaches, no confundir el París canalla con la todavía belleza del Medio Oeste norteamericano. Corren y su pelambre ha dejado de ser épica; apenas tienen pelos mal dispuestos y distribuidos. Del río a la cloaca, síntesis maldita.

 

Los zorrinos no se parecen a otros. Caballeros de la humedad y el sigilo. Igual a sueños se presentan y ya se ve la parada blanca cola escondiéndose entre arbustos. Contraste de gala de dos tonos.

 

Doce trece de medianoche. Suena la alarma de reversa de un camión. Choca contra los defensivos de goma de la pared. El reloj marca hora de trabajo. Pronto estoy en las afueras del Denver Tech Center. Los mismos mendigos, los mismos búhos. Cruza el parabrisas una lechuza y guiña el ojo. Cena de ratones; la cola sigue moviéndose cuando el cuerpo ya ha sido tragado. Entonces gritan la noche toda, desde donde no se los ve, te observan. Aves del olvido.

 

Flor Silvestre canta Cielo rojo: Sola sin tu cariño…

 

San Francisco me envuelve. Denver me duerme. Poltava me llueve. Cochabamba me vive y me mata. El vecino lee a Jorge Luis Borges en inglés y llora. No puede ser, no puede ser. Ciudades largas como clarinetes. Los conejos en grupo se juntan en medio del camino, se acomodan en cada bache o declive del terreno. Supongo que es donde el calor se resguarda, o es que al medio la visión de los enemigos se amplía. Nadie quiere ser devorado. O nos mata el hambre o los antropófagos, vaya opciones. Antropomorfos.

 

Creo en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Credo, crédito, crédulo, Creedence Clearwater Revival. El Cerrito, California; San Juan del Río, Querétaro. Mis dedos recorren el mapa. O busco un amor o donde hacer eclipse. No la muerte porque sé dónde está. De ella tengo dirección y teléfono y ordeno una pizza.

 

Sobre el barro marchan tropas, Matadero Cinco; Batallón de castigo, de Sven Hassel. Era joven y leía. Ya no soy joven. Perdona, el dulce moscatel se ha subido a la cabeza de los pies. Estoy hecho un diorama pensado por Picabia, superposición de mundos en Magritte. Amplias quijadas de campesinos medioevos, esperpentos, manojo de retamas caído, dos docenas de rosas que entregaba mi madre veinte años atrás, Victoria en unas gradas de Alemania. Baja la temperatura, terminó una época. El cuervo más grande croa con voz de rana toro y el gato de Cheshire se burla desde el cielo hasta de día. Se incendia el puente de Londres. London's Burning. Los amigos bailan a los Clash. De esos, entonces, allá 1992, varios no danzan más.  

21/09/2022

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Imagen: Afiche de cine soviético

Tuesday, September 13, 2022

Aguas de infancia y literatura


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

En la pesca del calamar, cerca de las islas Falkland o Malvinas, se utilizan inmensos reflectores que apuntan a las aguas. Los moluscos cefalópodos son literalmente encandilados, por luz y embeleso, y suben hacia la superficie donde son atrapados. Terminarán en mercados de Taiwán y Corea, no dudo que seguidos de fantasías que prometen elixires sexuales.

 

¿Hace cuánto que leí a Melville? He perdido los detalles del Moby Dick siendo yo tan joven. Tal vez los años me concedan un retorno enamorado a sus páginas; más seguro que no. El tiempo avanza montado en tanques de Guderian, en la ofensiva ucrania de Kharkiv. Guerra rauda, Aquiles de los pies ligeros que no perdona a sus adversarios y los alcanza con prontitud para clavarles la lanza entre los omóplatos. Se le nubló la vista al guerrero y la vida lo abandonó. Lloran las troyanas su destino. Hécuba, la perra, ladra por la eternidad entre rocas del Ponto Euxino. Vio la garganta de su amado rey de Ilión abierta como granada.

 

El llamado Mar Argentino no es profundo. En él no habitan los monstruosos kraken del Pacífico, ni los pulpos gigantes de las islas británicas del Canal de la Mancha, según relatara Víctor Hugo. Los animales devoran kelp, alga del fondo. Cochayuyo, le dicen en Chile donde la comí primero en el mercado del puerto de Arica, junto a una humeante sopa marinera con bichos de rojo saltón y fuerte sabor: erizos. Y otras cosas que en realidad no quisiera ver en fotografía porque se me cortaría el hambre, seres de pesadilla.

 

No soy hombre de mar, ni siquiera de río tropical. Mis ríos son de provincia, pequeños riachos turbios de una idílica infancia. Nada que ver con las tenebrosas aguas negras del Chimoré en avenida, o las engañosas del Espíritu Santo que te arrastran para ahogarte entre piedras y desaparezca tu memoria hecha alucinación al no haber cuerpo presente. Misa de cuerpo ausente, festín de pirañas.

 

Ríos de niño. Suticollo y Payacollo. El Putina cerca de Sipe Sipe, que no es el de la famosa canción popular (hasta Gieco la cantó).

 

Río de tierra roja de Viloma, de montaña, en las faldas del cerro. Alborotada espuma. Agua de historia y desdén. Hamiraya. ¿Fue allí donde la virgen patriota, la del Carmen, perdió dedos a causa de balas? No quiero revisar si estoy en lo cierto o no, no hay que desvelar los misterios del recuerdo. La magia, magia es. Suda el cráneo de Melgarejo en un nicho enrejado de alguna iglesia, brilla, parece muñeco de Halloween. "Sopa de Vinto” era una invocación para nosotros durante los años felices. Apenas pasado el puente, en una modesta tienda con un par de toscas mesas sillas. ¿Qué de especial tendría? Me acuerdo del perejil picado sobre el líquido, el olor del perejil recién cortado y recolectado en el patio. Sopa extinta, nadie llora por ella aunque llore yo. Puedo imitar el aroma de la hierba, cortarla con un fino cuchillo de cerámica, crear esas manchas entre incoloras y amarillentas del aceite flotando, los puntos de la pimienta negra, el arroz y el trozo de carne con hueso acompañados de un verde locoto retostado, despellejándose. En teoría no sería difícil revivir aquel mítico caldo, reproducirlo, pero imposible de traer a los padres jóvenes de nuevo, a mamá con su enteriza malla negra o a papá con amplio pecho de caja resonante construida para bajo profundo.

 

Parotani.

 

Chocaya y Bellavista.

 

El río Rocha, si era él, hacia los cerros, arriba de Huayllani. O cerca de Tupuraya cuando el tiempo era todavía limpio y los eucaliptos azules.

 

En las heladas aguas del sur los marinos atrapan calamares carmesíes. Como si a Yemanyá congelada le hubiesen echado flores. Frank trae calamares cortados, salados y secos. Los apuramos en el vino. Ponemos viejas tonadas del valle de San Luis, Colorado, donde los mexicanos se reconocen españoles y vivan al rey. Por acá no pasó revolución, apenas algunos mencionan a Santa Anna, o a Iturbide emperador. En estas montañas, Rocosas les dicen, los ríos se asemejan a los de la memoria grande del tiempo pequeño. El ruido el mismo, rugiente, rememora las noches de Pocona, remojados pies en la corriente debajo del puente de Lope Mendoza, conquistador derrotado por el demonio Francisco de Carbajal, el Carahuajal.

 

Una vez pensé, en horas de modestia económica, irme a pescar cangrejos en los mares de Alaska. Pagaban bien. Era joven y tal vez lo hubiera hecho, pero estaba mi mujer recostada y el placer siempre vence al sacrificio. Son sendas más dulces que los asesinos brazos del cangrejo rey. Los hombres fuman por costumbre después del amor. Nunca aprendí a fumar. Preferí la dulce melodía del Epitafio de Seikilos, una de las más antiguas composiciones musicales, tallada en una columna de mármol de la tumba que para Euterpe hizo construir su esposo Sícilo en el Asia Menor. Dejé dormir a los animales marinos en sus refugios de las Diómedes y me sumí por veinte años entre los negros cabellos del lecho.

 

Quizá por eso amo la literatura de Iván Turgueniev en su inolvidable Aguas primaverales. Hasta en la muerte fue bucólico, que yo recuerde con el derecho que me toca de equivocarme cuanto quiera.

 

El Viloma bajaba presuntuoso. De rocas hacíamos diques y pozas para bañarnos. Leche condensada en latas diminutas, atunes y sardinas esparcidos sobre pan negro. Limonada casera. Refresco de ciruelo, púrpura y espumante. Un awayo tejido por la abuela en Sanipaya hacía de mantel en el cascajo y la arena. Cortábamos aromáticas retamas con cuchillo porque es imposible hacerlo a mano.

 

Del río al mar, un mar que en Rehoboth, Delaware, me engullía sutilmente. Grandes tiburones blancos con panza llena caminaron alrededor. Conté las olas y nadé contra el reflujo recordando las competencias estudiantiles de la piscina del estadio y al profesor Marquina. Luego me dediqué a la cerveza y no entregué amor a una desconocida que pensó que la carne venía porque sí. No imaginaba vulvas sino flores de las vertientes montañosas del Pamir.

12/09/2022

Thursday, September 8, 2022

Fanfarrias de guerra


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

El Dnieper está lleno de cadáveres de soldados rusos a la deriva. Los beberán en Crimea. Caníbales. Guillaume Apollinaire escribe:

Me parece asistir a un gran banquete iluminado a giorno
Es un banquete al que la tierra se invita
Está hambrienta y grandes bocas pálidas abre
Hambrienta está la tierra y este es su caníbal festín de Baltasar
Quién hubiera dicho que hasta ese punto se pudiera ser antropófago
Y que se necesitara tanto fuego para asar el cuerpo humano
Por ello hay en el aire un saborcillo empireumático que a fe mía no resulta desagradable

Pero más hermoso sería aún el festín si el cielo participara en él con la tierra
Él sólo traga almas
Lo cual es una manera de no alimentarse
Y se contenta con hacer juegos malabares con fuegos multicolores

 

Flotan, semejan dugongos asesinados por chinos, marrones de uniforme o violetas de putrefacción. Para eso las madres invirtieron en amor, en golpizas, en vodka, para que los hijos se deslicen sin rumbo. Kolya y Alyosha, Sasha y Pasha, Misha y Vova, todos, mojados, deshechos, devorados a pedazos por los grandes peces, detenidos entre ramas de árboles menos muertos que ellos. Si azules eran los ojos hoy blancos están. Las pieles multitono de los buriatos, los yakutos, bashkires y daguestanos van tomando, sin distinción étnica, el mismo color. Ya ni acuarela se necesita, la muerte va camino de los mínimos cuadros bicromáticos de Kazimir Malevich. Vladimir Putin, amo, posa para la posteridad. No está Goya para hacerle el retrato que merece, como el de cualquier otro chorizo. Remoja su inmundicia, enana e incolora, en tinas de oro mientras los jóvenes rusos bajan por el Dnieper sin barco ni extremidades.

 

En Caligramas escribe el poeta:

Qué hermosos esos cohetes que iluminan la noche
Trepan sobre su propia cumbre y se inclinan para mirar
Son damas que bailan con sus miradas a guisa de ojos brazos y corazones

 

Hay belleza visual cuando derraman fósforo blanco en la noche sobre poblaciones civiles. Los obuses estallan como arcoírises de insana fiesta. El napalm venía naranja; a veces rojo intenso, como las flores que te entregaba después del amor. Desde las trincheras, en medio del miedo, recordarán con tantos humos y explosiones las fiestas del poblado. En ellas había pasteles de carne y escabeches diversos. Hoy el relleno son ellos, las salchichas que Apollinaire veía en el cielo, desde donde se desgajaban las estrellas. Somos, se dirán, invitados al jolgorio en donde comenzaremos masticando nuestra piel para después saltar a la oreja del otro, las rubicundas mejillas del hermano, piernas retostadas que el tiempo asó por nosotros. Con suerte las esquirlas nos tirarán al agua y viajaremos frescos sobre las aguas como verbo primigenio. Siempre quisimos hacerlo y ahora nos vamos sin siquiera gastar para el pasaje. Vértigo de trombones y tubas. Bailes de zapatos sin muslos, o de muslos sin zapatos. ¿No has visto mi cabeza? He visto a Dimitri llevándola sobre sus hombros, pero toma esta, te quedará bien a pesar de los ojos rasgados. Rara testa chechena donde la barba crece en el lugar que debía ser de cabellera. ¡Oh, festejo!

 

Doradas bailarinas de todo tiempo y de cualquier raza
Bruscamente engendran niños a tiempo para su muerte

 

“A tiempo para su muerte” ¿Cómo definirlo mejor?

 

Un dron pequeño tamaño de mosquito divisa tres rusos debajo. Suelta la granada, gira, hoja de otoño, cae y explota entre ellos. Uno cae, dos corren. En otra imagen, la misma hoja de otoño estalla y algún joven se arrastra sin piernas. Vladimir Putin asea su ano rosado, le echa un chorrito de lavanda. Gloriosa revolución de nuestra era donde Marx junta bocas con Donald Trump en beso francés. Los tarados señoritos de la izquierda gritan excitados al escuchar ritmos neonazis. De pronto Adolf Hitler es la apoteosis del progreso. Pedófilos y ladrones danzan cueca sobre la calavera de los pueblos. Se autoejecutan con pistolas de juguete. Locas y eunucos, si hasta parece un oriente de sultanes.

 

Sigue el grande Apollinaire mientras miraba los obuses desde el frente:

Qué hermosos todos esos cohetes
Pero sería mucho más hermoso si hubiera más todavía
Si hubiera millones de ellos con un sentido completo y relativo como las letras de un libro

Sin embargo es tan hermoso como si la propia vida surgiera de los moribundos

Pero aún sería más hermoso si hubiera más todavía
Los contemplo sin embargo como una belleza que se muestra y al momento se esfuma

 

Cuatro y diez de la tarde. En la radio, melancolía gitana de Moldavia. Miro el Dnieper desde las escalinatas de Kiev. Entonces no flotaban muertos sino saltaban muchachas sin par. El monstruo de Moscú horadaba libros sin comprender nada. Tan grande su sapiencia como el diarreico hocico de Mussolini. Camina. Dmitry Medvedev lo imita. Mueven los brazos igual a odaliscas de pueblo, dicen que al estilo de la KGB. Juegan a ser duros porque están protegidos, pero Rusia pesa más que el yunque de Tor y va a cobrar con violencia. Mientras tanto en Izium y en Kherson las mujeres de Ucrania cuelgan cuerpos a secar. No es ropa sino rusos de dieciocho, planos, que les pasó encima un tanque. Les ponen un ramito de ortiga entre nalgas como que adoban cerdos. Seis meses de festín. Sabemos quién ha de ser el último invitado.

 

Recuerdo los camalotes del Paraná, vivos porque eran hatos de yararás. Sobre el Dnieper corren camalotes humanos, inertes. Ha resucitado el Vi de Nikolai Gogol: “Los ucranianos designan con ese nombre al jefe de los gnomos, cuyos párpados llegan hasta el suelo”.

 

En el poema Ejercicio, del nombrado Caligramas, se anota:

Hacia un pueblo de retaguardia
Iban cuatro artilleros
Estaban cubiertos de polvo
De la cabeza a los pies

Miraban la amplia llanura
Hablando entre ellos del pasado
Y sólo apenas se volvían
Cuando un obús había tosido

Los cuatro de la quinta del dieciséis
De antaño hablaban no de futuro
Así se prolongaba la ascesis
Que les adiestraba a morir

 

Quise escribir sobre las musicantes luces de la guerra, coloridas serpentinas de muerte y sus accesorios humanos maltrechos, incompletos, puzzles sin resolución. Me lo sugería la lectura del poeta en quizá su mejor libro, la música de cincuenta años de los Cárpatos, un analista que recurre a Las almas muertas de Gogol para explicar esta inexplicable tragedia. Chichikov adquiere siervos fallecidos, los revive en listas de índole económica. En El inspector general, el burócrata miente como Putin; alrededor suyo se crea un universo ficticio. Gogol quema sus propias páginas, se aterra de saber que lo que ha plasmado allí puede ser cierto. Retornamos a Vi, o Viy, del mismo autor. Aire enrarecido de horror.

07/09/2022

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Imagen: Dibujo de Lander Zurutuza, 2022

La traducción de Apollinaire a cargo de J. Ignacio Velázquez (CÁTEDRA)

 

Tuesday, September 6, 2022

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT: NO HAY PRIMERA SIN SEGUNDA


ÁLVARO VÁSQUEZ

 

Algunos cuentos o textos cortos (como columnas de opinión) suelen ser publicados en más de un libro y/o medio de comunicación. Los buenos cuentos pueden ser incluidos en alguna antología, luego de su publicación original. Ciertos blogs también les brindan espacio, así que uno puede encontrarse con esos textos en más de un libro o espacio virtual.

Normalmente, cuando reconozco uno de esos trabajos, por haberlo leído ya antes, paso al siguiente texto, al menos si el recuerdo permanece fresco en cuanto al contenido.

Sin embargo, cuando se trata de textos firmados por Claudio Ferrufino-Coqueugniot, eso no sucede. Lo tengo de contacto en redes sociales, sigo sus blogs y alguna vez chateamos por whatsapp, donde también publica enlaces a sus publicaciones, pero no recuerdo haber pasado por alguno de sus textos pensando “ya lo leí”. Nunca.

No sé bien cómo explicarlo, pero los textos de Claudio — en cuanto a la forma en que son “consumidos” — se parecen más a la música que a textos escritos. El oído tiende a ser perezoso una vez identificada una melodía que le resulta agradable, pues escuchamos la canción recién descubierta (o desempolvada de una época más feliz) una y otra vez. La vista, por otra parte, suele ser más inquieta. Una vez vista una película, por ejemplo, es muy difícil que se la vuelva a ver dos o tres veces más en el mismo día, y eso suele ocurrir también con los textos a los que se suele abandonar al menos por un tiempo, antes de una eventual relectura.

Quizás los escritos de Claudio estén hilvanados sobre un pentagrama invisible, que les confiere una cierta musicalidad que tampoco es evidente en la lectura, pero que les permite ser apreciados una y otra vez, como si de agradables melodías se tratasen. O tal vez las tantas referencias musicales que se encuentran en los trabajos de este autor contagien a sus letras esa manera sutil de deslizarse hasta nuestro yo más íntimo, a ese lugar donde habitan nuestras ilusiones (rotas o no), nuestros miedos y esperanzas, como solo la música puede hacerlo.

En alguna entrevista, este autor comentaba que escribe siempre con música de fondo, y que creía que esas melodías marcaban, de alguna manera, el ritmo de su escritura. Recuerdo que mencionaba que “El señor don Rómulo” habría sido parido a ritmo de cueca. Quizás esta sea la razón de que sus textos se lean — y se recuerden — como si de compases musicales se tratasen.

Hace poco leí un artículo de Claudio: “Romance para violín №2 Opus 50”, un texto brutal, cuya lectura te mantiene en tensión permanente del primer al último párrafo. Al terminar la lectura, el gesto automático fue volver al principio y volverlo a leer, completo. Y lo leí nuevamente, ya otro día. Llamarlo adictivo, no sería nada exagerado.

Al escribir estas líneas, recordé un par de comentarios de sus textos antiguos. En uno, recordando a The Beatles, Claudio se imaginaba formando parte de la Banda de los corazones solitarios del Sargento Pepper. En ella, se ve a sí mismo tocando el trombón. En el otro, confiesa un sueño hasta entonces oculto (e irónicamente compartido por el suscrito), ser platillero en una banda boliviana.

Imposible negar la influencia musical en la obra de este gran escritor.

Ayer terminé de leer “Ecléctica”, el último de los libros de Claudio que me faltaba, de todos los que se hallan publicados y pueden ser encontrados en librerías. Quedo a la espera de que la editorial a cargo de publicar sus “Obras completas” cumpla con su parte, para seguir leyéndolo/releyéndolo. Porque textos ya leídos en una pantalla, y encontrados en sus libros luego, son y serán siempre releídos, como lo serán los que ya leí en alguna parte y se publiquen nuevamente.

Y es que cada relectura parece abrir una nueva puerta, mostrar una nueva vía, a través de un mención literaria, musical o cinematográfica. Textos con decenas de puertas abiertas a nuevas lecturas u otras fuentes de conocimientos. El autor muestra una erudición callada, humilde, pero contundente. En una de sus columnas de opinión decía: “Admiro la veracidad, incluso su invención, de la incansable búsqueda del conocimiento que hace Gurdjieff. Es un trazo que sin ninguna guía he seguido siempre”, refiriéndose a la labor del escritor y compositor ruso. Sin lugar a dudas, Claudio acumuló conocimiento de muchos libros y algunas aulas, pero me animo a asegurar que el conocimiento que rezuman sus textos se obtuvo sobre todo de caminos y kilómetros recorridos, de experiencias, de zapatos gastados, de ciudades caminadas, de amores y desamores disfrutados y sufridos por igual, ambos; de música cantada sobre el disco mientras conducía (a veces una hermosa canción es un castigo, escribió) para alivianar viajes que son al mismo tiempo búsqueda y huida; de risas y lágrimas, de noches en vela, de soledades que marcan… de vida vivida, al fin.

No hay primera sin segunda, se dice al terminar la primera estrofa de las cuecas, en un claro reclamo a que la música continúe. El mismo reclamo nace ante una primera lectura de los textos de Claudio.

Los de Palacagüina, al iniciar la segunda estrofa de “Son tus perjúmenes, mujer” añaden que la tercera es la vencida, para terminar diciendo que a la cuarta… ni los bueyes.

Cualquier texto de Claudio merece la segundita. En mi caso, muchos tuvieron la tercera, y aunque no me considero buey (en Nicaragua, tonto), seguro que varios llegaron a la cuarta que menciona el grupo nica… y vamos contando.

Alguna vez leí que todo hombre merece una segunda cita, y todo libro, una segunda lectura. Quisiera merecer segundas citas, por supuesto, aunque honestamente no creo que todos los libros merezcan una segunda lectura… salvo que los firme Claudio Ferrufino-Coqueugniot, claro.

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De MEDIUM.COM, blog del autor, 05/09/2022

Imagen: Caricatura de ALIAGA

Saturday, September 3, 2022

Romance para violín No. 2 Opus 50 de Claudio Ferrufino-Coqueugniot


MARÍA CRISTINA BOTELHO

 

“Mendigo con la mitad de las piernas sobre el activo cruce de autos. Sólo un instante para que un conductor distraído se las corte. Oblivion? ¿Olvido? ¿Qué piensa el hombre dormido? Mutilarse para vivir… tal vez, quizá el último recurso para asegurarse un lecho. Dudo que lo consiga”.

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Desde el inicio de este conmovedor texto Claudio Ferrufino Coqueugniot nos lleva hacia una cruel realidad. Los deshabitados, los débiles sumidos en la indefensión. He visto tantos de ellos en los Estados Unidos y en otro países también. A pesar de existir leyes de inclusión, todavía no se hace nada por las personas en situación de calle, de abandono y de olvido, como dice el autor, asemejando el sonido de una quena desprendida de un fémur quebrado, como en el dibujo que acompaña el texto. Es que lo que está delante de los ojos de la gente ya no conmueve, la indiferencia de un sistema creado para los que tienen acceso a todo. La miseria es como una maldición, es como una carga que solamente concierne a los que la padecen.

Después de leer el primer párrafo he quedado sin aliento, hice una pausa larga para volver a respirar, la escritura de Claudio, con una fuerza contundente denuncia la mendicidad de cuerpos flotantes, que no tienen espacio ni derechos porque son invisibles. Una música de Beethoven irrumpe en el texto y lo magnifica, lo engrandece con aquella sonoridad que sabe a tristeza y se repite la escena de los mendigos, que están en las esquinas, debajo de los puentes, con la única lumbre de una noche oscura, como si fuesen muñecos de alambre manejados por manos salvajes. El peregrinar de una vida en constante buscar y no encontrar nada.

Nueva pausa y otra música nostálgica que le trae a su hermana fallecida, y una bandada de cuervos sorpresivamente se lleva la sombra de su hermana, trata de detenerla con una canción de Leonardo Favio, no es posible… 

Me quedo pensativa asimilando el profundo dolor que transmite este texto. Sigue Claudio en su coche manejando por algunas horas acompañado de recuerdos y de música. 

Los cuervos siguen escarbando en su cerebro y los mendigos se multiplican en las veredas de la penumbra y del desalojo. Aparecen gansos para demostrarle que la vida sigue… Sin embargo reaparecen “los cuervos y le lanzan relojes para recordarle el tiempo”. La vida es un manojo de segundos imparables, me digo.  Claudio comparte con un realismo escritural magnífico su testimonio. Se desespera, el calor es sofocante. Se acerca al buzón y retira una oferta funeraria. Entra a su casa y por su ventana ve a su hermana que canta desde un árbol… “Me acomodo como para concierto, sonrío. Te espero, me dice al terminar, adiós chico de mi barrio. Pensé que el agua de mis ojos eran lágrimas y no: llovía”.

“Me pregunto dónde estoy, que esta mañana vi mi cama tendida, no había yo dormido allí. Andaré desdoblado, como cuando era niño, y atravesaba las paredes de cristal creyéndolas paredes de aire”.

Las letras de Claudio golpearon el teclado de un cielo inalcanzable, como en su infancia se viste de transparencias. 

Cada palabra perfectamente colocada como la joya pulida por un orfebre, la estructura del texto de refinada solidez, demuestra una vez más, el universo de escritor minucioso, observador del arte y la cultura, conocedor de los problemas sociales que nos aquejan y un pronóstico desolador sobre el futuro de la mayoría del orbe, letal miseria e insalubres condiciones de vida y la muerte rondando de noche y de día.

Uno de los textos más bellos que he leído en estos últimos tiempos por su poética y por su humanismo.  Además de la exaltación del amor fraternal a su hermana María Renée, se ve con ella, conversan, y juntos exploran el universo en una noche desconocida.

Indiana, 9/2/2022

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Imagen: Chaïm Soutine 

Wednesday, August 31, 2022

Romance para violín No. 2 Opus 50


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Mendigo con la mitad de las piernas sobre el activo cruce de autos. Solo un instante para que un conductor distraído se las corte. Oblivion? ¿Olvido? ¿Qué piensa el hombre dormido? Mutilarse para vivir… tal vez, quizá el último recurso para asegurarse un lecho. Dudo que lo consiga. Tendrá que dormir, ya siendo un hombre a medias, en alguna suerte de vehículo que alguien le done. El sistema no perdona, va empujándote al abismo de a poco. Duermes en un rincón y te saca la policía; encuentras otro y te expulsan vecinos armados con ametralladoras. Queda trashumar las calles por la noche. Con suerte en la mañana se podrá dormir en una biblioteca, en un banco de plaza soleado hasta la noche del interminable paseo, arrastrando un carrito de supermercado o una vieja bicicleta cargada de bolsos llenos de cosas innecesarias.

 

Beethoven. Suave, y de pronto su magnificencia brutal, explosión de instrumentos. Corno y oboe, cuerdas. Paso otra vez dos horas después. En la esquina no hay rastro de sangre. Si algo ocurrió ya lo lavaron. Otros mendigos, tres, dos hombres y una mujer, se mueven como muñecos de opereta. En la oscuridad se escucha el castañetear de dientes, pocos, y rastros de cerveza y orina tocan la pelambre de una mascota suya que tal vez no sepa la diferencia entre miseria y no.

 

La noche. Romance para violín. Pero también Sandro y Brassens. Pienso en mi hermana muerta, en cómo se construye lo abyecto sobre los idos, que dijo y no dijo, que fue así aunque era asá. Jugaban a las cartas entre amigos y de pronto ella dejó la mesa, se puso de pie, voló hacia la sombra; ya no se la distinguió entre cuervos que chillaban sobre una rama de álamo, árbol del algodón, le dicen, porque arroja copos que semejan nieve en un calor de 82 Fahrenheit. La bandada deja el refugio, se aleja por el camino hacia Parker, mi hermana se va con ellos a pesar de que le digo que pondré su favorita canción de Leonardo Favio.

 

Romance de la luna luna. Bluegrass del puercoespín. Conduzco por casi cuatro horas. Observo al menos veinte mendigos en solitario y en colectivo. Cuando me detiene una luz roja trato de no mirarlos. Con las manos me están diciendo hola, aquí estoy, hambre tengo. Subo el volumen. Suenas las tres. Siempre llevo billetes de a uno y cinco. Voy entregándolos como óbolo al papa. Dios te lo pague. No pagará, Dios no paga porque no existe. Si paga, si sus dedos cuentan monedas, tal vez crea. Mientras tanto no es otro que un comerciante de cuadro flamenco, lejano y sepia, tanto que parece amor.

 

Otra bandada de cuervos sobrevuela encima. Más lejos una formación de combate en V de gansos canadienses. Bocinas del cielo en la noche. El lago de la encrucijada entre la avenida Belleview y el bulevar DTC apesta. Hace demasiado calor y no estarán funcionando los drenajes. Agua verde tomamos en una antigua caminata entre Parotani e Itapaya. Los cuervos ríen, me arrojan relojes para que tenga conciencia del tiempo. El maestro sordo no escucha su música, no le importa, estalla y se burla. Ya en casa llorará la pena de la discapacidad, que es tan parecida a la melancolía.

 

El bajo suena profundo y rasgado. Será Cachao, o Django Reinhardt. Pero  el canto es en inglés. El hombre, en la canción, le dice a la mujer que no comprende. ¿Acaso hay algo que entender? Esta vez los cuervos avientan Big Bens, para que aprendas. Y yo sueño. Con una cabaña como la de Thomas Hardy, con esos extraños techos oscuros de la verde Albion. Me detengo, ajusto el botón de cerrar el automóvil, me aseguro de que todo lo que debe estar en los bolsillos sigue allí. Entro en casa por la puerta lateral, miro la terraza para ver si está libre de ladrones, abro la casilla de correo con las ofertas crematorias usuales cuando pasas el límite de los sesenta años. Rutina. Me acuesto, son las cinco de la mañana. Me despierta una canción de Tormenta, Adiós chico de mi barrio. Con dos dedos abro la persiana y mi hermana María Renée está cantando en la cima del inmenso árbol que da sombra a mi ventana. Me acomodo como para concierto, sonrío. Te espero, me dice al terminar, adiós chico de mi barrio. Pensé que el agua de mis ojos eran lágrimas y no: llovía.

 

Hice huelga hoy, apenas me levanto y me pongo vertical. Prurito de vampiro, ¡oh dulzura del catafalco!

 

Quiero continuar con mi libro en ciernes con textos de la guerra de Ucrania pero no tengo fuerza. Comenzaría con un verso de Calligrammes sobre la belleza de las explosiones. Vuelva mañana, digo, o no vuelva, mejor. Pregunta Apollinaire dónde está Max Jacob y no sé qué otro. Me pregunto dónde estoy, que esta mañana vi mi cama tendida, no había yo dormido allí. Andaré desdoblado, como cuando era niño, y atravesaba las paredes de cristal creyéndolas paredes de aire.

31/08/2022