Saturday, June 19, 2021

De Odessa a Kharkiv, 18 horas cruzando Ucrania


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Abro un mapa que queda corto para Kharkiv, llega hasta Sumy y Kremenchuk. Trato de trazar a lápiz aquel viaje que hice en octubre de 2018 entre una ciudad y otra, entre Odessa y Jarkov, la antigua capital. Del Mar Negro a la casi frontera rusa, medio país hacia oriente. Entonces no usé un mapa y lo desecho hoy, no por inservible, sino porque aparte de unas cuantas referencias geográficas hablaré de gente, impresiones, recuerdo y memoria. El boleto costó 11 dólares.

 

El plan consistía en explorar primero el este y en un par de meses inclinar las maletas hacia occidente, a esa joya arquitectónica de Lviv y de allí cruzar a Polonia en un detallado croquis histórico, paisajístico. Siempre la literatura detrás de las alucinaciones. El oeste contaba con referentes sacados de la trilogía histórica de Sienkiewicz (A sangre y fuego, El diluvio, Un héroe polaco), también llevada al cine de manera notable por Jerzy Hoffman, aunque los libros abarcaban mucho más de lo que entonces era Polonia y buena parte es hoy Ucrania. Pregunto a mi amiga Anna acerca de sus orígenes: ¿rusa o ucraniana? Polaca, responde, y me avergüenzo de olvidar aquello que más sé sobre la región. Una polaca de nacionalidad ucraniana en el noreste del país, en Sumy. ¿Cuántos siglos mezclados en una sangre? ¿Cuánta mixtura de sangre en una ciudad y un nombre? De trasfondo el dolor, viniere de donde viniere, siglos de dominación mongola, guerras, espadas lituanas y flechas tártaras. El sultán con gran fanfarria aplasta el polvo de los caminos. Así el zar y los cosacos errantes.

 


Rodaballos, peces con dos ojos sobre la misma superficie plana. No puedo evitar pensar en Günter Grass, en el voluminoso libro suyo con nombre de pescado. Lo leía en 1986, en los predios de detrás de la casa de la señora Lidia que todavía lloraba a su hijo, Gonzalo Barrón, asesinado por los militares. Rodaballos y otros peces secos, también frescos, colgados para mejor espectáculo y con nombres en cirílico y los números que sí entiendo. Frutas. Pimentones. Granadas rojas, cuarteadas, en gran cantidad, que dejan un reguero como de sangre cuando levantan el mercado.

 

El mercado de Odessa, a dos cuadras de mi hotel, podría ser el de la 25 de mayo en Cochabamba. Hasta la estructura metálica interior, que en mi ciudad tiene el mito de haber sido construida por Eiffel, se parece. Son lindos los mercados, coloridos. Y los vendedores se parecen en cualquier lugar, y las caseras  lo mismo. Fotografío, pido permiso que me conceden sin problema. En Cochabamba saldría perseguido por cuchillos carniceros. Allí hay desconfianza, miedo a la autoridad, temor de ser descubiertos por quién sabe qué, sin descontar los embrujos. La vendedora de api ocultará el rostro a la cámara, y si puede hervirá el del osado fotografiador en la pasta guinda para venderla después, sazonada con tintes canibalísticos.

 

Son lindos los mercados. Los de Odessa sobre todo, con el mar Euxino que abre la puerta de infinidad de mundos, colores y especias. Almejas cubiertas de queso caliente derretido. Comida turca, en grandes tortillas delgadas enrrolladas. Puestos de comida callejera, pollos al spiedo y piernas de chancho y costillares de cordero. Los envuelven en papel y corro al hotel para, sobre la cama, mirando noticieros ucranianos que no entiendo, devorar con gusto antes de que anochezca y me vaya de excursión por la Moldavanka, de calles asesinas.

 

Cerca del mercado está la estación de buses. Como pude, y como fuera, me hice entender que quería viajar a Kharkiv. La única manera, será la centralización, era partiendo de Odessa ir a Kiev y de allí al este. Sucedió lo mismo cuando llegué en avión. Mi vuelo era Roma-Odessa, pero el avión paró primero en Kiev, luego en Istanbul, de lo que no me arrepiento, para luego detenerse, ya de noche, en el modesto aeropuerto de la hermosa ciudad. Todo pasa por la capital, en contra de una lógica que indicaba el camino directo bordeando el mar, pasando por Kherson. Pues recibí un ticket en papel y otro virtual, en chino para mí, para este larguísimo viaje donde no había ni un solo extranjero ni nadie que hablara inglés. Buses confortables sin ser lujosos, pero con internet incluida. La Red en Ucrania es una de las más baratas del mundo. Mientras Odessa se desvanecía, ya partiendo, aproveché para hablar con amigos por teléfono, intercambiar textos, enviar fotografías y la emoción de aventurarse en el siglo XXI como si fuera el XVII. Mal romántico, tal vez, o nunca me curé de melancolía.

 

En el corazón, cierto, estaba el abandono de un amor de más de veinte años y una búsqueda que con sus pinceles difuminó la pena y de ella hizo fogata, auto de fe.

 

Casi no dormí. Miraba las sombras de los árboles de la estepa. Estaba en tierras que habían sufrido inmisericordes cabalgatas en la guerra de 1648, la que dio independencia, a medias, a Ucrania, liberándola de Polonia. Pensaba en si por allí anduvo la majnovchina, ya que estaba tan lejos de sus cuarteles generales en Huiliapole, en tierras zaporogas. Luego vi que sí, que la sombra del movimiento marcada en los mapas por momentos la hizo alcanzar hasta aquí. A cabezazos fui viendo como sueño pueblitos y caballos. Todavía de noche llegamos a Kiev, a una estación que El Alto de La Paz no envidiaría. Hay pobreza, precariedad. En Kiev cambiamos buses. Comí. Nada como comer en estaciones de paso. Escribir personales roadhouse blues. Y de noche. Chorizos con pepinillo, tradicional.

 


Soñé que me miraba un rodaballo y por su ojo caía el jugo carmesí de una granada. Lomo rugoso y vientre liso y blanco. No lo probé porque no vi o no entendí que lo ofrecían. Un día lo haré ya que pienso vivir en Ucrania un par de meses por año de mi jubilación para viajar y escribir. Bajar por la Dobrujda y Besarabia hasta el delta del Danubio. Supongo que hay licor de ciruela por allí, brandy de ciruela de la Europa centro-oriental, slivovitz.

 

Y tanto más.

 

Entre Odessa y Kiev estuvo la oscuridad. Lo que vi fue de raciocinio y emoción, cosas de la memoria leída que querían dar forma real a elucubraciones literarias. De Kiev a Kharkiv el día trajo sin pausa y sin desmedro las páginas de literatura rusa que infectaron amorosamente mi infancia. En aquel paisaje cabían todos: Tolstoi, Andreyev, Gogol, Dostoievski, Gorki, Leskov. También Pasternak y Ajmátova, Pilniak y Sholojov. Viktor Schklovski y Alexei Tolstoi, por hacer una lista estrecha. Turgueniev y el bucolismo burgués de la propiedad rural. Por cada rincón del país, además, andaba la calva del viejo Taras Shevchenko, el poeta nacional, el de la plaza enfrente del rojo edificio de la Universidad de Kiev. Como Pedro Domingo Murillo, también la cabeza de Shevchenko estaba cagada por las palomas. Eso no disminuye a un hombre, es tan solo una nota visual.

 

Recuerdo Poltava, por su significancia histórica. Allí terminó el poder de Suecia, el pequeño país escandinavo que combatía tan lejos de casa, que creció de forma asombrosa para su tamaño y fue actor de peso por al menos dos siglos a nivel continental. Pedro el Grande derrotó a Carlos Gustavo en Poltava. Con el sueco combatía Iván Mazepa, atamán cosaco que hoy está en el billete de 10 grivnas. En Poltava vive Irina. Tiene ojos de gato azul.

 

¿Cómo llamar las casas de los pueblos que atravesábamos? ¿Isba o dacha? La primera es campesina. La cámara del celular no cesaba de guardar lo que la pupila no conserva. Veinte mil fotos se acumulan en ese escaso rectángulo desde donde hablo con seres reales pero a la vez con fantasmas.

 


Cuando el bus doblaba hacia la izquierda, en un obvio barrio industrial, vi el gran cartel: Xapkib. Estaba en la ciudad de mucha historia, de los combates de la guerra civil, de tomas y retomas en la guerra patria. Se me heló la sangre, siendo todavía otoño. No era la colorida Odessa sino un gigantesco conglomerado de muros grises. En realidad, ya caminando las calles, me di cuenta que no era tan así. Pero no pude evitar la melancolía. En Kharkiv habitaba el dolor. Ayudaban los tanques por las calles en la activa guerra contra Rusia. En las banderas azul gualda; una sobre la bayoneta de una masiva estatua de un soldado soviético recordando el triunfo contra la invasión alemana. Alrededor de ella minúsculas madres con sus insignificantes pequeños, dulces de algodón, vendedores de chucherías en la acera. Juguetes de otra era: compré un par de autitos metálicos y unos bailarines en madera y en miniatura que venían de la Transcarpatia, me dijeron. Pagué centavos de dólar, daba vergüenza.

 

Frente a algo que sería una facultad universitaria tomé un café algo más caro con un cheesecake de maracuyá. Muy bueno. De allí caminé de bajada hacia el hotel y subí las gradas hasta el quinto piso.

 

Mucha tierra entre las dos ciudades; historia compartida a la vez que diferente. El núcleo de Ucrania se formaba en algo llamado el hetmanato, regido por cosacos. De a poco fue añadiéndose territorio. Lenin cedió terreno a la nueva república socialista, y lo hicieron otros. Recibió parte de lo que fuera suyo con la reformulación de fronteras en Polonia después de la guerra. Pero ese es un punto débil para ellos y por eso Rusia reclama y aventaja. Crimea fue cedida a Ucrania en 1954 por la República Socialista Federativa de Rusia. Putin la reclamó. Un tema que excede a los políticos y que interesa a historiadores. Épocas que no se limitan al último siglo sino que vienen de antiguo.

 

Odessa vegetal, abandonadas calles llenas de verdes arbustos y flores. Jarkov… ando entre los edificios del comunismo. Hay vegetación y la misma dejadez, pero quizá el verde no es tan verde, como el sol es otro sol.

13/05/2021

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Publicado en Revista digital NÓMADAS (de Roberto Navia Gabriel), 16/06/2021

Foto 1: Odessa

Foto 2: Kharkiv

Foto 3: Odessa

Foto 4: Kharkiv

 

 

 

 

Monday, June 14, 2021

Víctor, no avisaste que te ibas...


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 


Morir es una costumbre que suele tener la gente, anotaba Borges en un mundo de taitas y cuchilleros. Escribir sobre nuestros muertos también parece serlo. Lo digo con tristeza, porque en la brega de los facones se sabe lo que se arriesga; otra cosa es que algo sombrío y oculto nos venza con inesperados ardides.

Despierto el lunes con una nota de Maurizio acerca de la muerte de Víctor (Ramírez). Me había dicho no hace mucho que lo internaron porque la peste se le aproximó. Le escribí. Notas en el mensajero que nunca fueron abiertas ni lo serán. Junto a algunas fotos. Reviso aquella correspondencia, no muy nutrida pero sustanciosa.

Conocí a Víctor hace unos años, en un conversatorio sobre mi novela Muerta ciudad viva que lentamente, en la clandestinidad, se va convirtiendo en el libro de la Cochabamba enmascarada, la máscara de la muerte chicha. Sita en buena parte en el barrio de Caracota. Víctor, que hizo preguntas y comentó con agudeza las páginas, dijo que mi novela comenzaba con “el Claudio sentado al amanecer debajo de la ventana del Ñahuilo” ¡cómo lo recuerdo! El Ñahuilo me observaría del segundo piso mientras los intestinos animales hervían en el suelo y susurraban con voz alcohólica. Ese Ñahuilo para quien había él trabajado, primera labor, esquina Lanza y Uruguay, cuidando una mascota que sería una boa constrictor o pitón. Me gustó su entusiasmo  porque mi novela comenzara allí, en su barrio, muy cerca de donde se construyó ese imperio familiar suyo de las deliciosas empanadas del Wist’upiku, sobre la vieja calle Lanza.

Es lógico que las ciudades se vayan despoblando, que los países cambien de fisonomía, que la memoria sea inútil lujo. Pero no me acostumbro. No ahora en que preparo un ilusionado retorno que sabe bien que de rosas no ha de ser pero decidido y consciente. Le hablaba en el café Fragmentos, mientras tomábamos ron Zacapa guatemalteco y la joya de la casa, caipirinha, al respecto, y que cuando estuviera allí tendríamos sesiones de gula, alcohol y música en el sexto piso por encima del espectro de los molles.

Su mote feisbukero y de Messenger era Uchu Karacotaladumann, del lado de Caracota con un dejo de Thomas Mann. Hombre leído, viajado, mientras le firmaba unos libros hablábamos de la belleza de las mujeres armenias; con ellas yo en Aurora; él en Buenos Aires. Cabello negrísimo en piel blanquísima. Ojos de noche. Linda conversación. Ya con distancia de inmensidad entre nosotros, intercambiamos palabras. Me envió una foto de la Casa del Pueblo en La Paz: la torre de Saurón, subrayó, y en el último piso la agencia de Sarumán, el mago blanco…

Ante un chicharrón que inventé, con fotografía añadida, comentó: “UMAMI, Anchata kusikuniy. Jinaj khapashan, kikin La Chola Flora auténtica Calacaleña, mayu cantitu, wasin wisaj… Mayorazgohatunwasi”. Cochabamba desnuda allí, en su lengua y sus platos, en las torrenteras que llamábamos “mayus”, en la casa grande donde durmió Bolívar y los amantes anotaban en el descascarado empapelado que allí estuvieron… juntos.

Un día le pregunté por dónde andaba. En Angola entonces. Agostinho Neto y los diamantes. Cuito Canavale, UNITA y MPLA, sangre, fuego en las sabanas de Cayatte, escribía Neto.

A la sentencia en quechua le respondí que hacía cuarenta años que no comía en la Chola Flora, famosa además por sus cuises parecidos a doradas ratas sacrificadas a la infinita hambre cochala. Prosiguió: “Claudius, nombre de espada como la del Centurión que pidió salud para su exlabor”. Del quechua que hice como que comprendía completo, dijo: “no me digas como el Z, tendré que ir a la Kankillería de la Plaza MURILLO para una traducción”. El Z, nuestro amigo común Maurizio Bagatin, no Costa-Gavras.

La próxima fue Grecia. Charla sobre rembétika, la lírica y música de los gansters a ambos lados del Bósforo. “Cuando le escribo en Elenikie al Z o a Chaly, desde Tesalonikie, me dicen: Rebajá pues casero”. Salónica, la antigua, la más nueva de putas y navajazos. Allí también se habrá perdido una ética criminal casi provinciana. Heroína y cocaína suelen transformar rigores y costumbres. “Estaba lleno de chinoisse. La privat del porto de Pireo, trajo Asiáticos como langostas”. Transcribo tal cual fue escrito. En líneas que hasta pudieran semejar esquizofrénicas se nota el espíritu de un viajero para quien el idioma es un picante mixto. Así se construyen historia y literatura, con los chinos del Pireo y torres supuestamente mágicas retratando andinos falos.

Como narré ya, su última foto estaba en MORDOR. Habíamos charlado aquella vez de Fragmentos y en el mercado orgánico cerca del Loyola sobre Ucrania, de Kiev y Odessa en específico. Cuba también. Aparecieron unas salteñas ¿fue así?, una aristócrata blanca como armenia compró papas diminutas y coloridas y le pregunté cómo las prepararía. Maurizio dijo que era tal, sobrina y prima de cual, divorciada o viuda, con hijos que no tendría yo por qué no adoptar. Papas que fueron digeridas y ella y yo envejecidos y Picha y Víctor muertos. ¿Con quién brindaremos el próximo Zacapa? Se lo tengo prometido a Cingolani y a Nelson. ¿O nos llevarán las olas hacia Salónica y el viento al Épiro?

Hoy sonaba a lunes normal día de trabajo. La noticia me tomó como la plaga, me dejó inerte, tieso. Me vestí automático y quedé sentado con zapatos lustrados de amarillo sin salir.

Escribiré todavía mucho acerca de Caracota, el mercado Calatayud, pero los ojos de mi amigo no ya leerán ni aprobarán el tono. Vamos también desluciendo los ojos. Caminaré por Cochabamba con muchedumbre y ruido. Pero habrá imposible silencio. Las masas corren alocadas y agitan banderas. No saben que la esencia tiene sabor de paz. Es fácil ser tolstoiano, dirán, cuando no tienes que ganarte la vida. ¿Ganármela? Pucha, a veinte o diez y seis horas por día, como asno y como esclavo. ¿Ganármela? Más bien la he perdido. Lo que quede, difícil saberlo, irá por otro rumbo, que el poder y la estupidez nos inclinan a no vivir y creer que lo hacemos.

Tu último críptico mensaje a mí, querido Víctor Ramírez, fue: “Metaxa, Arak”. Metaxa en griego significa seda, y el arak es un antiquísimo trago de semillas de anís en aguardiente de uva, desde el Líbano al Mediterráneo. Supongo que quisiste decir que brindaríamos un día con arak. ¿Lo haremos? Recurro a Homero y su entorno de dioses mundanos y por hoy lo he de creer, porque si no ¿cómo combato la pena? Salud, pues, ps, que la nave Argos nos aguarda para ir a por el vellocino de oro, o detenernos en cualquier taberna, junto a Ulises confundido y Héctor degollado, mientras la furia del Levante tuesta cabezas y emborracha a los hijos del sol doquiera se encuentren.

14/06/2021

 

Sunday, June 13, 2021

Jueves con música folk del campo norteamericano


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Hace un año la gente cruzaba de acera para no infectarse. Peor si quien venía en sentido contrario era extranjero. Siempre son los extranjeros los que incendian el Reichtag, los que traen violencia y vicio. Y en algún momento todos fuimos extranjeros, peor aquí que los visitantes de entonces, puritanos vestidos de negro, en doscientos años acabaron con el otro, los otros que también se exterminaban entre ellos mismos.

Los tlaxcalas mataban a los mexicas y los aztecas se comían a los otomíes. España, a pesar de la Noche Triste, se levantó entre los que sucumbían. Lo mismo en el Perú. Aquellos, al norte, no sé si quechuas, chachapoyas o del barro de Chan Chan, huyeron espantados ante el guerrero dorado que bajó de las naves, solo. Pedro de Candía, que griego como era, rememoraba a Aquiles Pélida saltando a enrojecer la arena y poner carmesíes los ríos, bajó enviado por Pizarro y su huella no ha dejado de asustar, ni de agachar incluso a los indianistas cuando asoma un Borbón.

Martín Trujillo me comenta acerca de un texto mío sobre trompos. Para él, Cocula; para mí, Cochabamba; muy diferentes no somos. El trompo baila igual por encima de Mictlán, o en las afueras de Laja, o cuando resuena la María Angola con su tintineo de oro en Cusco. Amamos las mismas mujeres de cabellos negros con refulgentes ojos de diablas. O rubias, rojos cabellos de hembras sedientas de carne.

Banjo y violín. Zapateo. Jalisco o Wyoming. Beth me dice que es algo apache mientras Gwen asegura su sangre cherokee. Recuerdo que cuando veíamos las películas de Billy Jack, el indio era la mierda de la historia, su color gredoso tan malo como el oliváceo de los mexicanos según alegaba el juez Roy Bean en Borges y en Robin Wood. Ha cambiado. En un país de inmigrantes que asesinó la historia anterior hoy es motivo de orgullo esa gota que queda del estupro y del oprobio. Hasta en la insurrección de enero 6 en el Capitolio de Washington DC hubo gente de Trump vestida como hechiceros shoshones. Pero muchos de los alcohólicos de los rincones de Denver muestran piel oscura, ojos achinados de los guerreros de Caballo Loco. No solo los echaron al olvido sino al basural. Dígase lo que se diga, prime el honor de descender de aquellos, la historia no se puede revertir. Mi amigo Frank Dávila es comanche, en parte, pero es un gentleman de tono suave y perfecta dicción inglesa. Sin embargo, por ahí escondidas lleva las feroces pupilas de Quanah Parker. Comanches y comancheros. Del sur sedicioso que combatía Lincoln, salieron comanches y wacos montados para pelear contra el yankee. Tema muy complejo que solo uso como referencia acá.

Las canciones que me rodean vienen de un disco tributo a Alan Lomax, gran rescatador y estudioso de la música popular. Viajes mitológicos los de este sur, con polvo de desierto y linces subidos en la cima de cactos gigantes; viajes que obsesionaron a Jim Morrison, a su mente poblada de espectros indios y que dada su extensión geográfica son siempre nuevos y misteriosos, a pesar de que en medio se levanten urbes de luz construidas por la mafia. El monstruo de Gila, colorido de amarillo y negro, parece acezar por el calor. Suena el cascabel de las víboras. Los valientes de Victorio montan a pelo y corren aullando hasta la muerte. Las piedras están habitadas por seres mitológicos, benditos y malignos también. Y en Mesa Verde flota en el aire un estupor como de horror.

A veces, tanto que conduzco auto, me detengo en la nada. Lo primero que viene a la mente son los westerns cinemáticos que nos abrevaron, pero luego la brisa peina los pelos del pasto y en el silencio se escucha multitud. Quién sabe si rastro de sangre hay en la tierra del suelo, o, siendo tan grande el espacio, nadie la holló, ni los caballos salvajes ni la España que los dejó al huir con monteras atravesadas por flechas con punta de ónix. En la noche escucho los instrumentos musicales mayas, hechos de barro y de viento, y se me eriza la piel porque de vellos carezco.

Lord, lord, reza el góspel. Los pueblos del oeste agitan polvo pero también desentierran largos odios que evidentemente no se han olvidado. Cómo hablar del sur, del oeste hablar, sin mencionar a Gerónimo. Un viejo tema folklórico cuenta de un vaquero que recibe una bala en el pecho y sabe que muere, y pide que seis cowboys le entonen una canción de responso, que diez muchachas le canten mientras pedruscos y hierbajos van cubriéndolo con lentitud de pala y brazo.

10/06/2021

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Publicado en INMEDIACIONES, 11/06/2021

Imagen: Monstruo de Gila

Thursday, June 10, 2021

Juegos, juguetes, nostalgias


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Recuerdo las líneas de Walter Benjamín en su visita a Moscú dedicadas a los juguetes. Apreciaba él el arte popular y sabía que los juguetes representan lo profundamente íntimo de los pueblos. Suelo ver, en lo que en los Estados Unidos llaman Folk Art, la adustez de los pioneros, la modestia y también candidez de los peregrinos, el dolor de los esclavos, la dicotomía de las culturas y la hibridez de las razas. Qué puede dar mayor explicación que los objetos que los pueblos crean para que sus niños jueguen. Nada.

Carlos Monsiváis con una colección de doce mil piezas de arte popular lo comprendía de manera similar.  En las miniaturas mexicanas se reflejan no sólo las costumbres, los gustos sino los sueños. Monsiváis contaba con objetos relacionados a la lucha libre, ese multitudinario circo que seduce al mexicano como a ningún otro, que percibí en los cromos mínimos que venían en las revistas de Editorial Novaro, con dibujos o malas fotografías de los ídolos de entonces: el Santo, sí, pero también Huracán Ramírez, Mil Máscaras.., inmortalizados en madera, yeso, tela, papel, barro.

Coleccionar… Lo hacían Balzac y Zola, casi patológicamente; y la afición de Diego Rivera en arte precolombino y de Frida Kahlo en la mal llamada artesanía, fundaron un museo cuyas piezas sin ellos habríanse desvanecido. Lo hizo Haydée Santamaría, guerrillera y creadora de la Casa de las Américas, que reunió artículos de la América toda, la simple y plebeya, que se exhibieron este año con la temática especial de Cóndor contra Toro, en homenaje a José María Arguedas.

Y es en Arguedas en quien pienso, con los mágicos zumbayllus (trompos) capaces de adentrarse en lo recóndito del alma y llevar las voces en el aire de su majestuoso giro. Casi una invocación, también un hechizo, de los pueblos del Ande, de la historia que debe venir en algún momento justa, correcta, no disociadora; al contrario, uniendo los lazos que juntan al indio con el mestizo, para impulsar la osadía de un nuevo Perú, que bien pudieron ser Bolivia, Ecuador, Guatemala, México.

Trompos que para nosotros niños no tenían las mismas acepciones, pero que entrenaban a vivir, porque el juego de trompos, sintomáticamente llamado Troya, materializaba la guerra. En principio estaba el desafío, los participantes. El premio para el vencedor era la destrucción o el aporreo de los que pertenecían a los rivales. Se jugaba por “tacazos”, golpes que el ganador, sosteniendo un trompo con punta de clavo, descargaba sobre el del perdedor enterrado a medias en el suelo. Para tal fin se disponía de otro trompo, no el que bailaba o subía a las manos, sino aquel utilizado en el momento de la punición y que llevaba no un clavo común y suave en su extremo inferior sino una “púa herrera” que por lo general partía en dos el madero enemigo, lanzando a los niños a la desesperación de perder un precioso objeto, máxime si los jugadores eran tan pobres que el trompo significaba un lujo de colores, un orgullo, un amor.

Siempre fui nulo en manualidades y torneos, a diferencia de mi hermano mayor Armando, genial y creativo. De él venían los mejores voladores (barriletes, cometas), livianos, hechos con papel maché y pajas sacadas de las escobas de casa. Les ponía colas entrelazadas, a veces rostros, vivos colores y era admiración verlos subir tanto en el cielo que llegaban a ser un punto, un alfiler en el espacio.  A veces tan alto que imposibilitaba rescatarlos. Armando era el mejor jugador de bolas, de latas, que consistían en tapas de cerveza o refresco aplastadas. Aquellas que se aplanaban con martillo valían por encima de las con piedra (estas últimas se veían mal y mostraban con claridad el origen social de quien las ofrecía al juego).  Se jugaba “a lo hombre” y “a lo mujer”, de mayor habilidad y pericia el primero. Jugar “a lo mujer” traía el desdén de los presentes, a no ser, como cuando jugaba Elena, que mujer fuese la participante. El estilo de las mujeres difería del de los varones. En el agarre, la posición, la forma, el impulso.

Se jugaba con “chuis”, frijoles de formas y manchas impresionantes. Es posible que desaparecieran variedades de frijol cuando desapareció esta afición. Los comprábamos en La Pampa, que entonces parecía hallarse en los antípodas, bajando nosotros de Cala Cala. Oí que varios no eran comestibles. Hoy mientras recorro el gigantesco bazar en que se convirtió la Pampa, ya no veo a las campesinas sentadas con canastas llenas de “chuis”.  Se los empujaba en el juego con el pulgar, casi como lo hacían las niñas con las canicas. De éstas, las princesas sin duda se llamaban lecheras, de tonos lechosos completos, cuyo valor era el de muchas bolas normales. Había “paradas”, “t’ijchos”, “toyotas” (las bolas más grandes), y las pequeñitas cuyo nombre no recuerdo y que caían perfectas cuando se ponían “orejas” o “unis”, vocablos específicos de algunas estrategias de la competencia.

Los zumbayllus de nosotros eran trompos a secas, y había maestría en manejarlos.  “Cordelais” se decía a hacer bailar el trompo en el aire, sin jamás tocar la tierra y que terminara en la mano. Era una sobrada para iniciar la Troya, que comenzaba con un círculo en cuyo centro descansaba el trompo del otro, y a quien había que sacar. Mi hermana Elena poseía un trompito con rayas horizontales de color. Era una miniatura no fabricada para juego sino para placer. Ajustaba ella el cordel y lo lanzaba. Apenas tocaba el piso se ponía a “dormir”.  Girando semejaba no girar. Esos trompos, los que “dormían” y no hacían ruido eran los “sedas”, en oposición a los “rat’acos” que saltaban dando tumbos. Yo me conformaba con hacerlos bailar. Troya no era para mí, ni cordelais, ni seda. Mis trompos eran modestos y duraderos, mientras Armando campeaba por la calle con su púa herrera destrozando los sueños de los demás niños, con la inocente crueldad de la edad, en un tiempo que fue frágil y se perdió sin remedio.

2011

Saturday, June 5, 2021

Recordando a Rodolfo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

El jazz de Cab Calloway es alegre. Aunque suyo también St. James Infirmary, el otro lado del espejo. Lo escucho en sábado, junto a Artie Shaw y Django Reinhardt. A Bix Biederbecke. Justo en un día, uno o dos después, de que me llega la nota de que mi amigo Rodolfo Dorado Quiroga se fue a los cielos.

¿Llorar? Si aquellos momentos, treinta años atrás, fueron de baile. El puerco que cocinaba Nora se cocía en el horno por horas, con zanahoria rallada, a la cochabambina. Modesta era la casa a la vera del cerro de Villa Moscú, debajo de donde construyeron un barrio exclusivo para que los ricos miraran de arriba un mundo que no comprendían. La modestia no tiene por qué cargar tristeza. Si la vida era, y sigue siendo, incansable lucha a la que hay que dar cierta razón, porque si no se va la barca.

No necesitamos trompetas del juicio final, ni las que destruyeron los muros. Venga el clarinete de Sidney Bechet y el del klezmer. Que las botellas no caigan en el piso. Cerveza como sudor de nuca. El puerco se deshace con el tenedor. Francine, Francina la llamaba Rodolfo, brilla con sus ojos cualquier oscuridad. Cuando por las noches la amo parece que vuelo en nave sideral, llena de luces. Eres un arcoíris, le diría el bocón de los Stones. La amo después de la cumbia, del puerco asado, de las cajas guindas de Paceña. Me ama; cuenta que en Leeds se tiñó el pelo de negro, y los vellos. Ríen sus ojos de azul como no hay dos. Se perdió por la plazuela Sucre, ni sé cómo retornó a la pálida Inglaterra porque le había pateado el pasaporte de la reina por las alcoholizadas calles de Cochabamba. Que lloré, y mucho. La reina sigue viva, no sé cómo, y nosotros ya no miramos el marrón y el azul de los rostros. ¿Importa? Para nada, que si guardáramos a todos en el pequeño departamento de la Clarkson no podríamos movernos y terminaríamos caníbales. Amor necesita espacio.

Francina y Rodolfo bailan. La cueca suena en la radio. El polvo de Villa Moscú se decanta hacia la ciudad. De noche, ya en tinieblas la pupila, luces de mil color. Tiempo de irse. Bajamos trastabillando la cuesta, nos escondemos entre eucaliptos y bajamos los pantalones buscando la luna dentro tuyo. A duras penas torna la llave de la casa en la calle Venezuela. Casi al frente, en la chichería de barro y trago de lama, ebrios orinan apestosos ríos de oro.

Me acuesto, me tiro en cama. Cuando despierto miro a ver si ella respira, no sea que se me haya ido (se irá otro día). Respira, pero la almohada se queda pegada a mi cabeza. Un gran charco de sangre seca manchó todo, hasta el albo hombro inglés desnudo. Supongo que al caer de espaldas en el lecho golpeé la nuca en la madera y se abrió un tajo con sonrisa de vagina por donde quiso escapar el alma y no pudo. No hay aspaviento. Lavo la herida con agua fría en la ducha. Cuesta peinarme. Cuando ya vestidos y formales salimos, tomamos un taxi que sube quejumbroso el polvo de la falda del cerro. Antes hemos recolectado un galón de esos de gasolina lleno de chicha y tocamos fuerte la calamina de la casa de Rodolfo y Nora. Queda chancho al horno; eran muchos kilos. Sus niños sonríen y saludan, y comenzamos otro día que terminará como el otro, ebrio y amante. Rodolfo divaga acerca de tierras y haciendas. Todavía pertenecemos a una Bolivia que nunca se zafó de lo rural. La misma visión desde la puerta es de polvo, de molle y eucalipto.

Te vas a los cielos, compadre Rodolfo. Parece que no hay otra opción. Con las piernas bien bailadas, el cabello engominado y tieso, Llevabas lentes. Llévalos ahora para lo que haya que ver. Por ahí los rumores son ciertos y volverás como un hornero a gritar desde un alto poste de esa zona por la que no camino hace décadas, a pesar de estar toda ella impregnada del cariño tuyo y de tu familia, del sudor insomne de Francine, de la risa de Julio y Juliette, de la bailanta incansable de Elena y Omar.

Tu hija Mariel fue nuestra ahijada. Recuerdo la fiesta, la parafernalia del bautizo, la larga noche y peor resaca. Tus hijos fueron tuyos, no de Khalil Gibrán. Hoy te lloran porque con agua crecen las flores, y está bien. Yo, qué decirte, que la comida el trago y el baile llenaron mucho de mí, que las palabras también crecen igual que margaritas a pesar de que a veces asesinan. Que te agradezco verte caminar con tu maletín por la calle Ecuador y ser siempre tan cariñoso y tenue con mis jugarretas de niño tonto y cachondo. ¿Que si nos hemos de encontrar? Si nunca nos hemos perdido. Tonta Francina que huyendo en un avión a Londres pensó que se escondía. Nunca estuvo más viva que cuando murió. Aunque, pensando, me da pena que vi llorar a mi padre porque lloraba yo. Considéralo, considerémoslo un riego necesario para las plantas.

Compadre querido, yo emigré y los caminos de polvo se transformaron en concreto. Escritor que creía ser entonces, nunca escribí cartas y me arrepiento, porque más de lo que guardo podía haber tenido. Nada se gana con silencios. El jazz suena rápido y no tengo piernas negras para bailarlo bien, pero lo danzo sentado, serio, como tú que no te la dabas de bailarín. Pero, carajo que lo disfrutamos. Unos años. Francine desapareció y llegó una pelirroja y yo había inventado una hija con ella que vive a tres cuadras y me aconseja sentar cabeza, hacer de mi cabeza un asiento que mi trasero ahogue. Pero la escucho con amor.

¿Viviste siempre en la misma casa? Me acuerdo tan fuerte que golpeaba las calaminas y escudriñaba por un resquicio para ver si estabas allí. Puertas siempre abiertas. Gracias, a ti y a Nora y a los chicos. Había un gran eucalipto ¿sigue? O te lo llevas contigo para que en el cercano allá huelas Cochabamba todavía.

Nunca olvido, nada olvido. Nunca y menos a ti.

05/06/2021

 

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Imagen: Foto Soria

Tuesday, June 1, 2021

Hilos de vida. Lectura de Seúl, São Paulo, de Gabriel Mamani Magne


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Nunca aprendí a hacer crítica literaria, ni de nada. Me acerco al arte con emoción y eso dicta mis palabras. Que si buena, si mala, la opinión carece de importancia ya. Lo sentido ha sido echado afuera, y vale para el momento porque es ahí donde pesa, en el instante, el flash, el momento en que la Singer comienza a coser con sugerente zumbido. El principio de las cosas.

Seúl, São Paulo es la novela de Gabriel Mamani Magne (La Paz, 1987) que ganó el Premio Nacional de Novela 2019. Mucha agua ha corrido por debajo del empedrado desde que se entregó esta distinción por primera vez. El país ha cambiado; todavía se debate, y lo hará por mucho, con las cargas, culpas, taras de mil años de dominio. La literatura nuestra se ha transformado también, o comienza a hacerlo, con una visión más extensa, y de lejos más rica, de lo que había sido entonces. Ya lo dirán los que saben, entre estudiados y sesgados, para retratar un período que debiera dar al mundo la real perspectiva de la literatura boliviana en un contexto que siempre la ha minimizado o la ha aceptado solo en espacios elitistas.

Creo que la nuestra siempre ha sido una literatura de inmenso potencial. Bolivia es la joya que escarbar, el diamante que pulir, el misterio que jamás se destapará pero que puede ser, a medias, develado. Somos lugar y gente complejos, acomplejados también y furibundos y altivos. De profundas raíces. Difícil elucubrar sobre algo que es más que espiritual, intrínseco. Nadie como José María Arguedas para pintarlo, para descubrir la emoción y las fuerzas vivas, claras y oscuras, cóndor y toro, que se agitan en todas nuestras sangres.

Pero divago. La novela de Gabriel no es un tratado de filosofía ni una exploración hacia los arcanos. A pesar de que sí, también. Estamos ante un libro de exquisita y delirante lectura. Se diría fácil porque se leen sus páginas de corrido, sin serlo. Me ha entusiasmado desde su inicio porque supe que estaba ante una obra irreverente y heroica en su sinceridad, lejos de la acostumbrada retórica de los mayores y búsquedas febriles de los nuevos en espacios diversos que a veces eluden (en su justo derecho, cabe afirmar) lo cercano. Libro que termina con un ciclo. Momento en el que Bolivia crece en su perfil real, o al menos en la aproximación literaria a él.

No puedo considerarme erudito en literatura boliviana. Poco de lo mucho que existe he podido leer a lo largo de los años. Hay excelente producción tristemente todavía anónima hasta en el contexto latinoamericano, pero Seúl, São Paulo ha despertado cálidas sensaciones de que se viene algo nuevo, de que el país despierta para aceptarse como lo que siempre ha negado ser. Y eso tiene que aparecer en el arte y la cultura, manifestarse con vehemencia allí donde supuestamente hemos de perdurar como memoria. La novela premiada de Mamani Magne es una infusión de vida incluso para un espacio joven como Bolivia. Representación aguda, y divertida, del amplio espectro de la bolivianidad. Luego de ella tiene que abrirse paso a mucho más, y a muchos más. Festejo su aparición, la dinámica de esta prosa profundamente nuestra, desvergonzada, altiva, que augura un futuro. Muy contemporánea, además.

Respecto al estilo diré con mi aprendizaje de lector que así se debe escribir. Oración y punto; oración y punto; ágil, muscular, sin pajas. Orgullo para todos. Alegría. ¿Por qué hilo? Porque hay máquinas de coser en el argumento y nosotros somos tejedores, de antiguo.

01/06/2021

Wednesday, May 26, 2021

Los sonidos del silencio


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los niños pobres del Cementerio General de Cochabamba cantan por monedas Los sonidos del silencio para los penantes. Me pregunto dónde aprenderían. La pena no me dejó entrever si era una traducción o letra inventada en ocasión de los muertos.

Ronald y Mirella, creo que en Roslyn, frontera entre Virginia y el Distrito de Columbia, ya medianoche, o tirando a amanecer, tomamos cerveza en un boliche llamado New York, segundo piso. ¿Volvíamos de visitar aquella ciudad u otro día? Leonard Cohen, claro, presente, de los exquisitos archivos musicales de Ronald Arandia.

Ernesto Schinella canta Erba di casa mia, hierba de la casa mía, pasto africano, dientes de león, alguna ortiga, verdes. Toco mi antebrazo. Sigue fuerte, brazo de estibador. Si tiro un puñete saco una cabeza, por eso no practico. Hablar de amor, mejor, lo dice la canzone italiana. Un disco que compré ayer y que arrastra consigo los años. Sonidos del silencio que todavía se escuchan.

Los niños del Cementerio General cantan la canción de Simon & Garfunkel mientras los albañiles revocan las tapas de los nichos y se condena a la sombra los amores, los sentidos. En mi cama de fierro, de una plaza, dura como de cuartel y con maderas debajo, escuchábamos Sounds of Silence. Éramos cinco: Adolfo, Chino, Ricardo, Pepe, yo. Tratando de captar lo mejor posible la emisión de algo nuevo como la frecuencia modulada. Adolfo sigue; tres se callaron; la voz se cubrió de yeso blanco que se tornó amarillento. Envejece hasta la pena.

Gorjean los niños mientras con cuchillos de carnicero trabajadores municipales cortan cuerpos secos para reducirlos luego de ser exhumados. A la intemperie, bajo el sol puma, con brisa de espinos llenos de plásticos de hamburguesa alrededor. Hacha, machete y cuchillo, árboles caídos somos, charque de milenios, sombra de la siempre sombra.

I'm your man

Era tu hombre. Los perfiles se disgregan en el viento, pierden contorno. Desmaya el recuerdo, desvanece. “En una noche de carnavales yo la conocí”… Los camiones suben la cuesta. Los observamos de noche desde el patio de casa. Por Liriuni a Morochata. Las luces avanzan apenas, los Isuzu son lentos, pesados los Scania Vabis. Detrás de esas luces hay hombres, gente en la carrocería, cubierta con mantas para no helarse cuando pasen la cumbre. Grita con sordo chillido la paja brava, las ovejas detrás de las pircas semejan horrores de la noche. Bolos de coca escupidos al abismo. Miramos desde casa, trepados al molle, soñamos la labor titánica del humano desafiando el vacío. Ni ojos son, de tan pequeñas las luces, pero bravías. Mañana habrá papa hervida en el poblado, chicha y taba. Los creyentes van en procesión hacia la tierra del Cristo negro de Machaca. Ahí se mataban, entre amedallados y no, según el Tambor Vargas, y allí retozaban los ancestros, o sufrían quién lo sabe, no yo, ni el Cristo. Brilla la piedra verde de las minas semipreciosas, el piso está embaldosado de tesoros. Termina con un charango, con un niño plañidero en cuya boca hay una hermosa lírica extranjera, como si la muerte requiriese pasaportes.

En algún filme, un soldado soviético deja a su amada un libro de poemas: “Blok”, le susurra. Alexander Blok. Luego, en instantes, muere. Los obuses caen sobre Minsk. Era triste Blok, y amado por las mujeres. Parecía una estatua blanca, no pertenecía al mundo. Los obuses rebotan en el empedrado de Kiev. El camino de Jesús de Machaca no es el de Santiago de Machaca. La Machaca del hijo del dios es otra también, lejos, del lago de aquellas a la tempestad del río Ayopaya, roca y espuma elevada al cielo.

Manejé la noche del lunes a ciento veinte kilómetros por hora con Sounds of Silence a todo volumen, hasta llegar a la salida de Dry Creek, el arroyo seco que si está no está no lo veo no se lo ve. Hello darkness, my old friend. Pepe y Ricardo tuvieron esposas. Chino, no. Igual murieron solos, en la noche uno, con estrellas que son fugaces, y el otro tratando de encremarse el rostro para la cita. Chino se fue como del rayo, como el Ramón Sijé de Miguel Hernández. Un hombre negro me mira desde su carpa de abandonado. Tiene una silla y una bicicleta. Sentarse a contemplar el ingrato mundo, trashumarlo. Algo de ironía en eso.

Me he sentado a escribir cartas y divago por campos desolados. Alterno entre las zambas y la liturgia ortodoxa, entre Fréhel y Rita Pavone. La canción italiana era la moda cuando niños indagábamos acerca de si había algo que cuchicheaban existía: amor. Lo he encontrado, y mucho, y brillaba y hasta opaco guardaba color carmesí. No soy creyente pero las fotos de mis amores viven en blanco y negro y a colores en las pupilas. Desde el negativo que se imprime luego y aparece la vida como un tunal de frutos rojos en desierto insomne.

Llevo cuatro horas tecleando con un dedo. Uso la mano izquierda para mayúsculas y acentos. Acaricio más con la derecha que con la siniestra; así como escribo, quiero. Y cuento los bucles de sus cabellos como si de rosario se tratase y bendito fuera yo, de santo a sacristán, de beato a divino. Tu cabello mi pañuelo en esta cueca larga que apisona el piso y gira el eje de la tierra. Dos infantes entonan Los sonidos del silencio, mientras el badilejo revuelve la mezcla. La muerte en tarea de albañil, la casa para que estemos todos. Pero quiero una ventana entre el humo que me evapore igual a un frote de alcohol blanco. “Adiós, y si es para siempre, también para siempre, adiós”, remarcaba el poeta húngaro Andrés Ady. Romántico, dramático. Déjame olerte la piel, que cuando ya no te toque me habré despedido. Guardo tu aroma. Lo atesoro como mermelada de guinda.

25/05/2021

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Imagen: Edvard Munch