Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Enfilé por la calle México, rumbo al centro. El único asilo de ancianos de mi niñez continúa en la esquina, gris, sombrío. Luego bajé por la diagonal, por el lugar donde aquella voluminosa y pelirroja bruja libanesa me predijo en borra de café cosas que sí pasarían en mi futuro viaje a los Estados Unidos. Después la puerta metálica del departamento de los ingleses y el recuerdo de F, conmigo, frente al espejo. Cuerpo hermoso y pálido. Ojos azules que piden irnos a vivir a Leeds en agosto, asunto que rechazo. ¿Por qué? Todavía no lo sé y ya ni me pregunto. Figuras evanescentes, fantasmas que la noche no borró pero que vuelan dispersos por el aire como volutas de nieve. Tres años y me fui al norte; viaje de doce meses que duró casi cuatro décadas, que arrasó con la vida de todos y sin embargo me dio garantías de futuro. Péndulo, balanza, romana que pesa un montón de papa runa contra cilindros de bronce. El viernes se arrastra, aprendo a vivir, renuevo las energías con las que retorné, el febril construir de mi departamento, cuadros de Ben Shahn y Alfred Kubin, hermosas chucherías de lejanos países. Victoria protegida por el general O'Leary, camas, colchones, mesas de noche, sofás, carpinteros, enmarcadores de arte. Desde notables alebrijes expuestos en el UCLA Fowler Museum of Cultural History de Los Ángeles hasta Kokoschka y Joe Hill. Pensado, medido, calculado, varios meses de armar el departamento igual a un rompecabezas para sentarme hoy rodeado de tanta belleza a ver un filme sobre Balzac.
Viernes de ausencias… No se debe a otra cosa que luego de Joy Division me
puse a escuchar “en el tren de la ausencia me voy”. Pensando en Rulfo, en Nahui
Olin, en Coatlicue, la madre azteca con su falda de serpientes. Llevan a
fusilar a Benjamín Argumedo y a Felipe Ángeles. Tengo manifiestos de los
hermanos Flores Magón… Presencia permanente de México. Estaba a solo doce horas
en automóvil desde Denver. Comenzaríamos con mi padre y John Shanahan la
búsqueda revolucionaria a partir del poblado de Ojinaga en recuerdo de Francisco
Villa. El cáncer detuvo aquel periplo de sueño.
Aunque papá murió quince años más tarde nunca se animó a intentarlo de
nuevo. Terminaríamos en Orizaba, en la cumbre, mirando hacia la nada.
“Dejé que
varias estrellas se apagaran para siempre”, decía Wislawa Szymborska…
Me siento a
descansar a los pies de san Cayetano en la iglesia de la Compañía. Me gusta
entrar allí a ver mi teléfono y contestar cartas, a leer a Bakunin o ayer a Mercè
Rodoreda. Me privé del café, preferí husmear entre libros en liquidación, uno
no sabe lo que va a encontrar. Pues nada esta vez. En cada pasaje de la plaza
principal cantan los ciegos. Tienen cada uno un aparato con la música y ellos,
que no necesitan cerrar los ojos para embriagarse de pasión, entonan viejas
canciones en inglés, Nino Bravo, José Luis Perales: “Ayer se fue…” Me siento a
escucharlos, dejo monedas en los coloridos vasos de plástico y admiro las
sonrisas que no sé si son ciertas pero necesarias para el público. Pasan
muchachas jóvenes de preciosas caderas, músicos del Beni se mueven con tambor y
flautín. Cohetes como siempre para recordar que existe una guerra sorda, de
quinientos años y desconocimiento cabal de la historia. Bum, bum, Mambrú se fue
a la guerra, no sé cuándo vendrá, jajaja, no sé cuándo vendrá, jajaja.
Cantando el pío-pá.
Finalmente
me decido por un cortado chico acompañado de un vaso de agua. Hay una nueva
mesera que supongo brasilera. Dice que es iraní, que vino a ver el carnaval de
Brasil y la sorprendió la guerra. No sabe nada de sus padres y familia.
Aguarda, como yo, ver colgados como higos negros a los ayatolas en la punta de
grúas como ellos hacen. Cuervos malentretenidos puestos a secar al sol. Hace mucho
que retornó el medioevo a la tierra y no se construye otra arca de Noé porque
de esta no se salvará ni Dios. Mejor así y no lo digo con pesimismo. Está
amargo el café. En una máquina de industria italiana tuestan diversos granos de
los yungas locales. Aroma por encima de las tontas conversaciones de los viejos
que intentan remediar un mundo que los abandona. Me cierro a escuchar, no deseo
saber nada. Un amigo me conversa acerca de cuestiones sociológicas que ya no me
interesan. Las luchas sociales han perdido su adicción. Sí, leería con gusto de
nuevo a Jorge Amado y podría pensar en el tiempo en que creía. Ahora no, y sin
entrar en Cioran. Espacio para la belleza aunque esté atormentada por la
realidad. Imágenes, sensaciones, emociones, lo único que queda válido. Y los
afectos. Aparte de eso que se caiga el cielo. Ni la virgen de La Bella ni el
santo niño de Atocha. Trenes que marchan sin rumbo, ruidos de metal, sinfonías
de muerte. “En el tren de la ausencia me voy, mi boleto no tiene regreso”.
¡Vaya tragedia! El sur dramático, llorando eternamente a la que se fue,
mientras los pozoleros retuestan cuerpos con facundia, se podría decir para
hacerlo verbo.
He
retrasado mi bajada al primer piso. Me siento en el sofá de la derecha y calculo
que es allí donde me acomodaba en las tardes de casa, escuchando pasar los
autos detrás de la enredadera. No es que sea un rito sino una buena sensación. Cosechaba
el chayote colgando de la reja y lo preparaba en guiso de carne o pollo, verde
muy clara su piel.
Otro
desvencijado taxi me retorna. Suena y resuena como cascabel. Vidrios rotos,
puertas sin picaporte. Hablamos con el chofer acerca de la situación política,
de cómo tambalea el gobierno y de cómo estamos ante la terrible disyuntiva de
ser gobernados por un orate disfrazado de Napoleón, con su breve Josefina
cosechada en los llanos orientales y su extraña sonrisa que augura desastres.
País suicida. Ya suicidaron los locales un imperio, lo entregaron en bandeja de
oro a una docena de desharrapados extremeños y a un griego. Páginas llenas más
de absurdo que de sangre. A ver qué pasa, se agitan los feudos. Dos infelices
ya conforman uno, entonces hay miles de señores feudales que dominan pocos
metros de territorio pero ejercen el terror. ¿Cuánto les duró a los Sans-culottes su orgía? Aquí sucederá lo
mismo pero nadie podría hacerles entender. Ojos vidriosos por el alcohol y la
hoja sagrada. Quinientos años de destrucción permanente de neuronas. Nunca he
fumado pero parecería momento ideal para encender un cigarrillo y ponerse a
contemplar el desgajarse del universo.
24/04/2026
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Imagen: Francis Bacon






