Tuesday, May 5, 2026

Siga la fiesta


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Bailábamos ska en nuestras interminables fiestas de Aurora y Denver. Cuando L se fue se espaciaron pero no perecieron. Veinte, veinticinco personas en un departamento. Tres, cuatro comidas, de mediodía a dos de la mañana. Música de todo el mundo, baile, vodka para peinar el lacio cabello, piruetas alcohólicas, comidas preparadas por horas con amor: puerco cocido en jerez, picanhas al horno, mixturas de carne, mezclas agresivas, arriesgadas, aventureras de culinaria creativa; salsas picantes con colores de serpentina. Corridos mexicanos, tangos, música campesina italiana, canciones del tiempo de Thomas Hardy, jazz antiguo, R&B, aires españoles y franceses. Siempre Rusia, Ucrania, los gitanos, música de la India y Afganistán, increíbles manifestaciones haitianas y de Zanzíbar, bandas kenianas de hoteles de lujo en los años cincuenta, del África rica y racialmente selecta, bluegrass, zampoñas toyos, kaluyos, cuecas, marineras, cumbias, guarachas, guajiras y amplísima gama tropical. Bolero, zamba argentina y chacarera, marchinhas, Brasil en todo su esplendor, de Ari Barroso a Ney Matogrosso. Difícil de enumerar aquello, reggae y la marcha de Radetzki…

 

Bourbon de primera. Ron negro de las Guyanas, dominicano, venezolano, viejo de Caldas, el gran Zacapa. Whisky, aguardiente, cachaça, pinga. De fondo Leonard Cohen o The Kinks. ¿Qué haces tú bailando en la sombra? Vino tinto para anegar varias arcas del viejo Noé, para emborracharlo hasta el olvido. Blanco, rosé, algunos dulzones de Georgia o magníficos de Moldavia y Grecia, de tierras del león de Nemea, recordando a Hércules. ¡Si recordaré yo la columna de Hércules! Bella ciao y atronadores instrumentos de viento de los Balcanes, herencia de Kusturica, a quien veíamos muchísimo en la pantalla. Los amigos de origen irlandés, judío, kazajo, colombiano, mexicano, chicano y lo que se plegara a nosotros: filipinos y paulistas. Corrido del fusilamiento de Felipe Ángeles, canciones revolucionarias del Dublín del año 16. Eran ambientes muy ricos aquellos; mis hijas invitaban a sus amigos que disfrutaban como nadie y aprendían malos trucos del padre de las chicas, de la vida del bajo fondo y la sangre con alcohol en barriadas de averno.

 

En la biblioteca Georges Bataille: “Mi puta, mi corazón…” Una foto de la Ajmátova. Máscaras tribales robadas a los muertos del Gabón, fetiches vudú, cerámicas precolombinas, siniestros daguerrotipos, afiches de colección. Mapas y documentos antiguos. Firmas de Antonio Álvarez de Arenales y Martín Miguel de Güemes. Kachinas zunis y navajos, tejidos de Sacaca, Sanipaya, Salinas de Garci Mendoza y Japo. Era aquello un universo y los diablos danzaban sin descanso. Se bebía como en Sodoma y comía como en Nínive. Las aguas de los pantanos de Basora y las heladas del Titicaca junto a los grandes lagos se juntaban profundas como el Baikal. Pastas y ensaladas, mi famosa ensalada rusa que fue un éxito comercial importante mientras duré de restaurateur, como lo fuera mi chaque de quinua que vendía treinta y cinco años atrás en medio del antiguo barrio hebreo de Lakewood, el de Golda Meir. Lo disfruté, lo bebí y lo viví. Ni santo que me lo quite ni demonio que se apodere de mi placer. Hoy llaman las hijas por teléfono y hablamos de sus trabajos, éxitos y fracasos. Cuelgo y miro la penumbra del departamento y trato de escuchar alrededor a ver si hay cohetes de los golpistas de turno. Se desea tumbar gobiernos y la noche cae con la misma placidez de siempre, por encima del Jardín del Edén o sobre Bełżec, paradojas de la creación.

 

¿Por qué me puse a escribir este texto? Por un amigo, escritor de Guayaramerín, a orillas del poderoso Mamoré, que me preguntaba cuánto de autobiográfico había en Muerta ciudad viva, y que no me imaginaba a mí, en apariencia hombre sosegado hoy, en mis tiempos de delincuencia y vicio. Era yo y no era yo, caótico Robert Louis Stevenson, caótico y amado. Al bajar del tren en una estación de Baltimore vi a Edgar Allan Poe. Me observó y desapareció. La ciudad lo cubrió de niebla, voces ebrias de negros caídos todo lo que se oía.

 

Reactivo el ordenador. La imagen de fondo es la de V desnuda, maravilloso cuerpo de treinta años recién cumplidos. De ella me quedan su voz y varias fotografías, y una matrioshka que se apoya en las memorias del general Daniel O'Leary, comprada al lado de aquel restaurante tártaro, y casi al frente de la estación de trenes que bombardearía Putin cuatro años después.

 

No tengo botellas de trago en esta casa. Será que amigos hay pocos porque la mayoría emigró. Otra forma de vida, además. Algún vino de mesa nada extraordinario. Mi último Zacapa se fue hace unos meses en elogio a la belleza. Siempre digo que debiera comenzar a reconstruir mi bar. Tuve uno a los diez y ocho años y F se lo bebió. Vinos búlgaros y yugoslavos, argentinos de notable nivel. Ella desapareció de la historia. Se enojó porque la postrera vez que la llamé a Londres yo había bebido demasiado y me quedé dormido en el teléfono. Se esfumaron sus blancas piernas en las rocas de Liriuni cuando el viento agitaba su vestido y mostraba el cielo con tintes oscuros; sexo misterioso en medio de los farallones del río de la Llave mientras anochecía y gritaban desconocidas aves. El pendón de la chicha, que era blanco, perdió color y comenzamos tomados de la mano el retorno hacia la carretera.

 

Pues respondí a mi amigo sin esconder nada. No hay pecado en dormir entre cargadores de papa y naranjas en larga fila de míseros, despertar cuando las señoras preguntan a cuánto está el kilo de imilla. Al menos no encontré a mi madre... El alcohol blanco mixturado con canela deja un horrible gusto en la boca y la cabeza estalla de dolor. Ni un peso en el bolsillo para volver a casa. Atravesar toda la ciudad a pie era un tormento. Trastabillaba, seguro. Luego tirarme a la cama con zapatos y todo y deambular peligrosamente en esa cuerda flotante entre la vida y la muerte, maromero a tiempo completo, fatal, irresponsable, mujeriego y pendenciero. Curo los breves tajos de Gillette en las mejillas y si no tengo demasiado malestar me pongo a leer a Dumas. Pronto me llaman dos muslos y auguran tarde de luna negra, de luna plena, de sol luna. ¿Volver a los diecisiete? No, gracias.

 

Iré a caminar. Jugaré el hombre impasible si encuentro bloqueos. No soy aquel, cantaba Raphael, que escribía textos incendiarios. No que me haya convertido en alguien aburrido pero ahora sé que hay luchas que no valen.

 

Dime, estás ahí que quiero hablarte. Pero pongo cinta aislante en mi boca y concedo silencio a la electricidad. A decir verdad me ha dado mucha gana de releer a Alejandro Dumas y lo haré. Escojo El paje del Duque de Saboya en dos tomos. Será una magnífica lectura. Hay todavía luna llena. Mi padre era lunático, afirmaba mi madre. Quizá él me mira desde ese intenso amarillo. Hoy era su aniversario de bodas. El mío también, de mi primer matrimonio.

05/05/2026

Thursday, April 30, 2026

Break on Through


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Hoy tomé un mate de coca con una mujer con la que viví cuarenta años atrás. Fue bueno sonreír, conversar, entristecernos por las malas nuevas, criticar al gobierno, desde el otro vértice de cuando éramos jóvenes a decir verdad. Par de horas vividas, mucho por decir y más por callar. Ni atisbos de rencor, de culpabilidades o tontas excentricidades del espíritu. Dice muy bien de ambos que podamos sentarnos, cuatro décadas después, a beber una infusión menos que tibia de hojas viejas de coca que ya no despiden su esencia.

 

The Doors: Break on Through. Era 1975 cuando de la Argentina en la que la derecha peronista comenzaba a asesinar a la izquierda peronista me traje los mejores éxitos de los Doors. El disco comenzaba con Hello I Love you. La cantaba Francine en 1986 con acento inglés, desnuda en la intemperie del tiempo. Rilke escribía:

“Señor, a cada uno dale su muerte,
una muerte que de cada vida brote
y en que haya amor, significado y sufrimiento.
Pues nosotros somos sólo la corteza y la hoja.
La muerte que cada uno lleva en sí
es la fruta en torno de la cual todo gira”.

 

“Show me the way to the next whiskey bar”. Era válido entonces, y muchos años después permanecía así. Mi amiga alemana desapareció por lustros; yo emigré. Hablamos alguna vez en ese lapso. Hasta que le conté que me estaba casando con una pintora irlando noruega de Nueva York ¡Ah, niña de Guatemala! Pues bastó. La ilusión explotó como tierra arrasada de la estepa en diversas invasiones militares. Pero las horas van limándose solas y quedan lisas y suaves como piedra pómez y el viento retorna a su normalidad de brisa. Henos aquí con coca vieja discurriendo sobre lo que fue y no fue, lo que será en tiempo del fin. No necesitamos yatiris para tornar las hojas y destapar los secretos del porvenir: es obvio. Este era el barrio de G., bellísima y difícil, cometa ella de larga y flamígera cabellera. El parque poblado de árboles era entonces un inmenso canchón yermo con un esmirriado molle al centro donde nos amamos hasta cada amanecer. Muerto de sed, perro alcoholizado yo, lamía su espalda en busca de sal. Trato de hallarlo en vano con la mirada. Así es el amor, elusivo y misterioso como el verso de Coleridge: “Ya se han ido y aquí debo quedarme”. Me obligo a hacerlo, parte de ello está en la decisión del retorno. Aquí debo quedarme, por ahora, albacea del testamento antiguo, voz de tantos silencios.

 

Take it as it Comes, cantan ahora los Doors. Conduzco el automóvil por el desierto de Sonora. En la oscuridad suenan cascabeles en la cima de las mesas. Y los triangulares ojos de las serpientes parecen naves siderales de olvido. Oblivion. Soledad profunda, gritos casi imperceptibles de leones de montaña, pasos subrepticios de los guerreros de Victorio.

 

Córdoba de 1975. Tarkovsky; Andrzej Wajda en Las señoritas de Wilco, de la novela de Jarosław Leon Iwaszkiewicz. Mientras disfrutaba la película, Stalker, las hordas de la Triple A recorrían las calles de Nueva Córdoba tratando de atrapar a mi hermano para convertirlo en sombra. Conduzco por el desierto de Sonora y recuerdo. No lo sabía, había anochecido en supuesta paz en La Cañada. La sangre no es roja en el cielo gris, no es sangre sino mancha.

 

“Break on through to the other side”. Lo hacen los gitanos de Bram Stoker; también Lewis Carroll, disfrazado de Alicia, penetra huecos que lo arriman a la fantasía, canciones de morsas gemelas e inverosímiles posibilidades de imaginación. Cruzar al otro lado. Había cierto lugar en una esquina del parque Mir, en Denver, donde una callecita se juntaba a un pasadizo bordeando un canal que desembocaría en el río Platte. Nadie nunca me quitó de la mente que aquella era una de las entradas del inframundo. De día los ciclistas la atravesaban dichosos. Diferente era con niebla de tres de la mañana y búhos alrededor. La parte trasera de las modestas casas de los inmigrantes rusos da al parque. Siempre luces apagadas, prurito comunista del ahorro. Ni los perros asomaban por ahí, de los pocos que hay sueltos en la ciudad moderna. Vi en Cocula una entrada similar, pero allí sí se aseveraba que era el camino de Mictlán. Interconexiones del misterio, lo inexplicable, la luna de sonrisa tan amplia como la del gato de Chesire. Noche a noche me atrae y jamás entro. Ahora estoy demasiado lejos en el prosaico universo. Otra cosa sucedía cuando con mi auto, solitarios los dos, contemplábamos la penumbra mientras las estrellas bajaban a beber agua cristalina del arroyo de los cerezos. No en vano hay un tic tac en el reloj: son los pasos imperceptibles de lo innombrable, sin necesidad de que se convierta en una historia de Lovecraft sino simplemente que los vientos hacen rodar hojas caídas que ha dispersado el otoño. Y hacen tic tac, tic tac.

 

Reencontrar a alguien es también atravesar el tiempo y el espacio. No serán los glamorosos recovecos del autor de Alice in Wonderland pero es enriquecedor. Nos cambiamos de mesa porque el árbol gigante encima arroja un molestoso polvillo sobre nosotros. Conversación más allá de la muerte: los días se llevaron seres queridos de ambos lados. Está la consabida frase del no volverán o están eternamente vivos. Y quién sabe, no podemos afirmar lo que los rom han observado en el horizonte del más allá. Ni que el desenlace aguarda a quien se ha ocultado en el supuesto más seguro escondite: un cementerio (pienso en El muro, de Jean-Paul Sartre). Lo saben los albañiles, los maestros en masonería: las paredes no esconden nada, son meras protecciones contra frío y sol. Ni nublan la mirada ni la ciegan, no está en su lista de labores.

 

Ver a mi amiga después de semejante espacio de horas me alecciona. Me hace todavía creer en un panorama al menos incierto sino imposible. Pienso que ya debí salir a mis asuntos matinales, bazofias legales y caminatas de memoria. Tomar el sol en los muslos con un buen libro a mano (a esta altura ya hay que desechar los malos libros). Me he retrasado, quiero decir, pero sonrío porque no hay para qué correr ni a dónde correr. No significa tomarlo con resignación ni mucho menos pero sí que la premura por llegar hacia el vacío no debe estar más, no ha otra vez lugar a la desesperación de ciertos personajes de Shakespeare. Me guarezco en una tarde espléndida de junio, de los versos de Anne Carson.

30/04/2026

 

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Imagen: Pablo Picasso, 1923

Friday, April 24, 2026

Viernes de ausencias


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Enfilé por la calle México, rumbo al centro. El único asilo de ancianos de mi niñez continúa en la esquina, gris, sombrío. Luego bajé por la diagonal, por el lugar donde aquella voluminosa y pelirroja bruja libanesa me predijo en borra de café cosas que sí pasarían en mi futuro viaje a los Estados Unidos. Después la puerta metálica del departamento de los ingleses y el recuerdo de F, conmigo, frente al espejo. Cuerpo hermoso y pálido. Ojos azules que piden irnos a vivir a Leeds en agosto, asunto que rechazo. ¿Por qué? Todavía no lo sé y ya ni me pregunto. Figuras evanescentes, fantasmas que la noche no borró pero que vuelan dispersos por el aire como volutas de nieve. Tres años y me fui al norte; viaje de doce meses que duró casi cuatro décadas, que arrasó con la vida de todos y sin embargo me dio garantías de futuro. Péndulo, balanza, romana que pesa un montón de papa runa contra cilindros de bronce. El viernes se arrastra, aprendo a vivir, renuevo las energías con las que retorné, el febril construir de mi departamento, cuadros de Ben Shahn y Alfred Kubin, hermosas chucherías de lejanos países. Victoria protegida por el general O'Leary, camas, colchones, mesas de noche, sofás, carpinteros, enmarcadores de arte. Desde notables alebrijes expuestos en el UCLA Fowler Museum of Cultural History de Los Ángeles hasta Kokoschka y Joe Hill. Pensado, medido, calculado, varios meses de armar el departamento igual a un rompecabezas para sentarme hoy rodeado de tanta belleza a ver un filme sobre Balzac.

 

Viernes de ausencias… No se debe a otra cosa que luego de Joy Division me puse a escuchar “en el tren de la ausencia me voy”. Pensando en Rulfo, en Nahui Olin, en Coatlicue, la madre azteca con su falda de serpientes. Llevan a fusilar a Benjamín Argumedo y a Felipe Ángeles. Tengo manifiestos de los hermanos Flores Magón… Presencia permanente de México. Estaba a solo doce horas en automóvil desde Denver. Comenzaríamos con mi padre y John Shanahan la búsqueda revolucionaria a partir del poblado de Ojinaga en recuerdo de Francisco Villa. El cáncer detuvo aquel periplo de sueño.  Aunque papá murió quince años más tarde nunca se animó a intentarlo de nuevo. Terminaríamos en Orizaba, en la cumbre, mirando hacia la nada.

 

“Dejé que varias estrellas se apagaran para siempre”, decía Wislawa Szymborska…

 

Me siento a descansar a los pies de san Cayetano en la iglesia de la Compañía. Me gusta entrar allí a ver mi teléfono y contestar cartas, a leer a Bakunin o ayer a Mercè Rodoreda. Me privé del café, preferí husmear entre libros en liquidación, uno no sabe lo que va a encontrar. Pues nada esta vez. En cada pasaje de la plaza principal cantan los ciegos. Tienen cada uno un aparato con la música y ellos, que no necesitan cerrar los ojos para embriagarse de pasión, entonan viejas canciones en inglés, Nino Bravo, José Luis Perales: “Ayer se fue…” Me siento a escucharlos, dejo monedas en los coloridos vasos de plástico y admiro las sonrisas que no sé si son ciertas pero necesarias para el público. Pasan muchachas jóvenes de preciosas caderas, músicos del Beni se mueven con tambor y flautín. Cohetes como siempre para recordar que existe una guerra sorda, de quinientos años y desconocimiento cabal de la historia. Bum, bum, Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá, jajaja, no sé cuándo vendrá, jajaja.

 

Cantando el pío-pá.

 

Finalmente me decido por un cortado chico acompañado de un vaso de agua. Hay una nueva mesera que supongo brasilera. Dice que es iraní, que vino a ver el carnaval de Brasil y la sorprendió la guerra. No sabe nada de sus padres y familia. Aguarda, como yo, ver colgados como higos negros a los ayatolas en la punta de grúas como ellos hacen. Cuervos malentretenidos puestos a secar al sol. Hace mucho que retornó el medioevo a la tierra y no se construye otra arca de Noé porque de esta no se salvará ni Dios. Mejor así y no lo digo con pesimismo. Está amargo el café. En una máquina de industria italiana tuestan diversos granos de los yungas locales. Aroma por encima de las tontas conversaciones de los viejos que intentan remediar un mundo que los abandona. Me cierro a escuchar, no deseo saber nada. Un amigo me conversa acerca de cuestiones sociológicas que ya no me interesan. Las luchas sociales han perdido su adicción. Sí, leería con gusto de nuevo a Jorge Amado y podría pensar en el tiempo en que creía. Ahora no, y sin entrar en Cioran. Espacio para la belleza aunque esté atormentada por la realidad. Imágenes, sensaciones, emociones, lo único que queda válido. Y los afectos. Aparte de eso que se caiga el cielo. Ni la virgen de La Bella ni el santo niño de Atocha. Trenes que marchan sin rumbo, ruidos de metal, sinfonías de muerte. “En el tren de la ausencia me voy, mi boleto no tiene regreso”. ¡Vaya tragedia! El sur dramático, llorando eternamente a la que se fue, mientras los pozoleros retuestan cuerpos con facundia, se podría decir para hacerlo verbo.

 

He retrasado mi bajada al primer piso. Me siento en el sofá de la derecha y calculo que es allí donde me acomodaba en las tardes de casa, escuchando pasar los autos detrás de la enredadera. No es que sea un rito sino una buena sensación. Cosechaba el chayote colgando de la reja y lo preparaba en guiso de carne o pollo, verde muy clara su piel.

 

Otro desvencijado taxi me retorna. Suena y resuena como cascabel. Vidrios rotos, puertas sin picaporte. Hablamos con el chofer acerca de la situación política, de cómo tambalea el gobierno y de cómo estamos ante la terrible disyuntiva de ser gobernados por un orate disfrazado de Napoleón, con su breve Josefina cosechada en los llanos orientales y su extraña sonrisa que augura desastres. País suicida. Ya suicidaron los locales un imperio, lo entregaron en bandeja de oro a una docena de desharrapados extremeños y a un griego. Páginas llenas más de absurdo que de sangre. A ver qué pasa, se agitan los feudos. Dos infelices ya conforman uno, entonces hay miles de señores feudales que dominan pocos metros de territorio pero ejercen el terror. ¿Cuánto les duró a los Sans-culottes su orgía? Aquí sucederá lo mismo pero nadie podría hacerles entender. Ojos vidriosos por el alcohol y la hoja sagrada. Quinientos años de destrucción permanente de neuronas. Nunca he fumado pero parecería momento ideal para encender un cigarrillo y ponerse a contemplar el desgajarse del universo.

24/04/2026

 

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Imagen: Francis Bacon

Thursday, April 16, 2026

El espectro de Bakunin

 


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Escuchando London's Burning por The Clash. Regalé este cassette a Ronald en 1990 en Dupont Circle, centro cultural de la capital, Washington. Era un lugar precioso, con disqueras, librerías, trattorias y mucho más. Allí obtuve mis dos primeros afiches que hoy, casi cuarenta años después, cuelgan de mis paredes: los ojos de Kafka sobre  Praga y una leyenda en francés: “Prague Ne Nous Lâchera Pas... La Petite Mère a des Griffes...” La pelirroja arrodillada, de Egon Schiele, cuadro de la Galería Nacional de Praga. Están intactos, a pesar de la diáspora, de tanto bagaje gitano que mi vida ha sido. Moverse entre continentes, entre ciudades, cada vez más numerosos, nosotros. Y ahí están, mudos y victoriosos. Y me sonríen. Y les sonrío.

 

Conocí a Judith, antropóloga norteamericana, sus trabajos en Terezinha, estado de Pernambuco. Su departamento de Adams Morgan, sexo bañado en vodka y frenesí. Ha quedado en las páginas de una novela mía. Habrá muerto, era algo mayor que yo. Hablaba de anillos ilusorios, de casa con cortinas blancas, de rubicundos niños que crecerían en la fe judía. Mucho para un estibador de camiones cuya mayor posesión era una chamarra de piloto en cuero marrón. No prosperó pero desollamos la piel. Ya casado, recibí una llamada suya y tomamos un café en Dupont Circle. Le conté de mi esposa noruega y hablamos de Lubicz Milosz y la selva lituana de donde provenía su familia. Alegué un malestar y jamás la vi otra vez. El metro de la línea roja sonaba chas chas. Dormité, enfilando hacia Arlington, Virginia, a nuestro estudio que visitaban bermellones cardenales y donde cantaban Bob Dylan y Mikis Theodorakis. Música medieval, renacentista, barroca, Hildegard von Bingen y Claudio Monteverdi. Terezinha y los estudios de antropología fueron desvaneciéndose. Lévi-Strauss también. Our house, decían Crosby, Stills, Nash & Young…

 

En un estante, un tallado en madera de un caimán verde.

 

Ah, memoria, sueles aparecer casi mustia y despertarte de pronto. Aprovechas la noche que por ahora está vacía. De entre esas memorias recuerdo un artículo del Financial Times, papel entre amarillo y naranja, que tenía los sábados el mejor suplemento cultural. Allá leí una magnífica reseña del Jardin des Plantes, en París, muy cercano a mis días franceses. La historia de Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, que lo dirigió en el siglo XVIII. Magnífico viaje en una página entera del diario inglés que recibíamos en el Denver Post donde yo trabajaba. Otra página completa en la cual un periodista relataba su viaje a Premujino, la hacienda donde nació Mijail Bakunin. Hablo de unos veinte años atrás. Ese bucolismo rural que tan bien conozco porque era, supongo, el de Cochabamba muy similar al de la campiña rusa. Parecido que ha sido arrasado por lo urbano, por el caótico y destructivo crecimiento de esta ciudad que ha cubierto de concreto tanta tierra feraz. No más Turgueniev por acá, no más Leskov. Solo botaderos de basura y la visión retrospectiva de lo perdido.

 

Premujino… Me machaca en la cabeza la idea de ir. E iré. La guerra del fin del mundo no es más que la guerra otra plagada de malos presagios que los pastizales han de engullir. Espero que el campo redima la vida y la estepa retorne a lo que era. Hay una tumba cubierta de flores que también debo visitar. Lo cuenta Chejov, tártaro de Taganrog, gloria de la literatura eslava.

 

La primera vez que supe de la Confesión al zar que escribió Miguel Bakunin fue en la biografía de E. H. Carr, voluminoso y precioso libro que regalé en los tiempos del amor, cómo si hubieran existido, cómo si existieran. Pero, bueno, está en la mente de todos modos. Jamás tropecé con la famosa carta, dos en realidad, a Nicolás I y a Alejandro II, donde Bakunin se confesaba y era duramente atacado por sus enemigos por ello. Hasta ayer que en una librería de viejo encontré la primera edición en español, la de Ercilla chilena, 1940. La he hojeado, leído el prólogo y la introducción editorial. Descansa aquí a mi lado derecho, a la vera de Dios dirían los creyentes, y no la tocaré hasta haber terminado este texto de impresiones. Hay mucha paz alrededor, incluso con el golpeteo incesante del martillo y el rugir de las batidoras de concreto. Leeré la obra enfrente  de una fantasmal, aunque sonriente, máscara punu y otra, negra y adusta, de los guro. Con Siouxsie and the Banshees y Macbeth.

 

¿Por qué he pensado en Walter Scott?

 

Mescolanza de años de aprendizaje, de libro tras libro, de desear mujeres que nunca estaban y soñar que un día podría escribir. Cumbres borrascosas, simas fecundas, prestándome títulos de  Emily Brontë y Augusto Guzmán. Está el volumen, a la diestra, como objeto de culto. Premujino en la imagen, la campiña soleada del periodista inglés, tan ajena a la explosión dostoievskiana que sobrevendría. Los días con Herzen y Ogarev en Londres. Kolokol.

 

Devoré aquellas voluminosas páginas, creo que en Grijalbo o Planeta, tapa dura. “Príncipe convertido en ácrata” rezaba la contratapa sin ser muy cierto. Venía de cierta pequeña nobleza pero no a la manera de Tolstoi. Fascinante vida, triste si vemos cómo terminó, pero era un hombre de tal dinamismo que no podía haber sido diferente. Guardaré la Confesión para el fin de semana, cuando cese el ruido del trabajo y el calor cochabambino se inmiscuya dulzón por las ventanas. Alguna vez pregunté a la mujer a quien regalé el libro de Carr si era posible rescatarlo. Creo que ni sabía de lo que hablaba. Un cuerpo masculino, cualquiera que sea y en cualquier estado aromático, evidentemente vale más que las páginas de unas memorias que considerarán obsoletas. Y eso era cuarenta años atrás. Hoy mejor ni imaginar, con profusión de instagramers de erección perpetua. Bakunin y Marx, cuán lejos queda aquello. El gran Alexander Herzen, el poeta Georg Herwegh, los ires y venires de la pasión entre los miembros de aquella notable sociedad. No lo merecían pero eran seres humanos. Las grandes ideas sirven y prosperan pero también lo hacen los prosaicos deseos corporales.

 

He leído de Bakunin su obra filosófica. Muero de ganas de entrar en sus palabras de hombre confesando una vida que fue riquísima y que pagó siempre mal. Como ruso se debía a su zar, es algo muy intrínseco para ellos, incluso en alguien del intelecto de este personaje. Sería incompresible para Marx, seguro, pero en el contexto suyo cabría perfectamente dentro de la idiosincrasia popular. Es Demetrio Rudin, por supuesto, en la novela de Turgueniev, pero es de igual manera el mujik que grita estentóreo en los tiempos difíciles del mil seicientos.

 

No pasará otra vez por mis manos aquel texto del Financial Times. Al menos lo leí, en la nevada Denver, cuando la casa tenía ruidos de familia y se olía el comino siendo esparcido sobre el puerco. El campo ruso, de intenso verde, la presente humedad de tierra sin sequía. Alguien se alojaba en la casa solariega entre la hojarasca, quién iba a creerlo, el revolucionario de 1848, del 63, adalid y mártir, incansable, ajeno al desasosiego. Ubicuo y feroz. Era Mijail Bakunin y ahora va de rodillas a confesarse ante los zares.

16/04/2026

Friday, April 10, 2026

The End


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

"Father?"

"Yes, son?"

"I want to kill you"

 

This is the end.  Viene ya, pronto. Ucrania va desarrollando tecnología letal. No en vano era el centro industrial y científico de la URSS. Magníficas oleadas de fuego naranja se posan sobre Rusia. Horrísona guerra en el Golfo Pérsico. No en silencio pero con poca cobertura mediática debido a ello, Ucrania va retomando las tierras de los zaporogos al sur, que siempre le pertenecieron. Pronto las bolsas de arena que cubren la estatua dorada de Majnó serán removidas. ¿Qué hacer con los rebeldes del Don? Aunque pocos quedan ya habiendo sido carne de cañón de entrada. ¿Enviarlos a la madrecita Rusia? Tal vez se van solos pero hay un serio problema allí porque también son cosacos. La geopolítica de los imperios creó tal confusión. Buena parte de territorio que hoy es parte de Rusia en realidad pertenece a los cosacos. Si viene la secesión de partes de la Federación tendrán que asociarse con su tierra ancestral, creando un poderoso cinturón de alto poderío militar en la región. El asunto puede derivar por muchos rumbos, algunos buenos, otros quizá atroces. Imposible saberlo todavía. El mar de Azov, hoy rodeado de tropas enemigas, posiblemente sea un lago ucraniano, por decirlo así. Rostov, Taganrog y Krasnodar han de ver otro panorama posiblemente.

 

Llegué a Ucrania de noche, bajando en el modesto y opaco aeropuerto de Odesa, viniendo de la opulencia del nuevo de Estambul. No importaba, para mí era especial, ningún lujo reemplazaría la idea de estar en la ciudad de Isaak E. Babel. Vi tantas cosas allí. Después fue Kharkiv y al fin Kiev. Atravesé el país y con el tiempo me detuve en Poltava, mítica ciudad antigua. No es que hoy parezca difuso aquello pero hay matices que semejan sombras. Estos años corrieron; el año anterior, el 25, fue especial. Deseché la idea de volver a penetrar en Ucrania por razones largas de explicar aunque no complicadas. Creo que estuvo bien. Las cosas se aceleraron, desarrollaron con rapidez. Aguardaba el bus que me llevaría a Sofía desde Belgrado y terminé tomando un vuelo en Munich con destino a Denver. Ya pasó, como tanto. Ahora intento ordenarme dentro de un país desordenado. No es culpar, para nada, pero lo imprevisible, lo imposible, son pan de cada día en la tierra del sol.

 

Comencé este libro, Escritos de la guerra de Ucrania, el año de la invasión, justo cuando planificaba un viaje que me llevaría al destino de mi vida, así lo creí. Tanto se ha desmoronado, desvanecida Irina el año 23, cielos grises y lluvias de acero. Aviones que nunca fueron y pesados silencios. Hoy, domingo en la noche, conversando un poco con mi amiga brasilera, le hablo de panoramas que no podría llamar sombríos estando tan iluminados por el fuego. La guerra se extiende; las fronteras se hacen más pequeñas. Ni hablar del lenguaje, básicos signos que utiliza esta generación para conseguir lo obvio y nada más, como si no existiera el futuro, como si no interesara. Quiebres como cuchillos, imperio de mediocres y falsos halagos. Si miro atrás, un par de años atrás, era distinto. Tal vez no, uno se va ofuscando. Lo real son las explosiones, bombas gigantescas con capacidades de dioses antiguos. Mejor cerrar las páginas apenas leídas porque luego no servirán más. El breve libro de Hesíodo apenas encima de otro acerca de los terroristas rusos (Stepniak)

 

Lo dicho, con la guerra persa, por así decirlo, más de fondo Noches de Moscú en voz de un magnífico tenor, ajusto las últimas horas del viernes. Me debo este texto final, el que cierra el libro, a pesar de que el combate continúa, desde hace un par de semanas. El prologuista aguarda, quiere ver los detalles para dar rienda suelta a su experiencia y conocimiento. Saldrá bien. No significa necesariamente un cierre; un alto, sí. Pensaba en Ucrania a orillas del Ródano en Lyon, cuando la lluvia me atrapó en la esquina de la calle de Thomas Bernhard, todavía creyendo en trepar el delta del Danubio en bote. Apenas un año ha pasado y el tiempo se ha hecho senil. Ni yo ni los cañones nos hemos cansado, ni tampoco los ojos que vuelan y matan, pero no hay opción, o lo detengo ahora o continúo en la trinchera del fin del mundo sin límite. Prefiero el optimismo y saber que estaré en la explanada de Kiev, debajo del alto ángel en la columna, festejando el fin que será el principio. Mientras un fantoche, en una lejana ciudad, se secará a la intemperie en su muy merecido castigo medieval. Entonces algo dentro mío tomará calma, sosegará el recuerdo y pondrá flores virtuales a lo largo de un río de la estepa central. Bandura, canten cantores, bailen gitanos, la noche no estará tan sola como hoy y habrá silencio engalanado.

 

Tanto se podría escribir para inventar un epílogo a algo que aún no ha terminado. Un par de libros de guerra en el escritorio tientan con ser abiertos pero prefiero no; preferiría no hacerlo, Bartleby. Desde algún lugar anuncian visitas y no contesto. Estoy ahora callado con mis muertos, solo con acordes de la inmensidad del campo ucraniano. Bailo con tu sombra, huelo tu cabello oscuro, meandros misteriosos de tus ojos.

 

Me imagino subiendo hacia el parque Shevchenko. También los paseos por el parque Gorky, taxis que nos arrastraban al sueño. Podía ser cualquier día, cualquiera la hora, todo parecía fantasía, incluso se evaporaban los sutiles tonos de los tanques parados en los amplios espacios del centro de Kharkiv.

 

Pensar que hay hombres que mueren, a quienes se les salen los ojos de terror cuando del cielo descienden mosquitos metálicos de fauces de lobo. Era otra época, justo antes de la anunciada debacle, cuando las cámaras fotográficas todavía engañaban la vista con perspectivas imposibles. Te cubrías la cabeza con una mantilla para besar los pies de los iconos. Y olía a santidad hasta que descubrías de nuevo lo que habías escondido para orar. Ah, sol de tus ciudades, Ucrania, y la llovizna gris de algunas tardes que le daban a tus calles la esperada nostalgia del oriente.

 

Pues punto final. Por ahora. Si escribo más será en otras páginas. Hay un hotelito en Lutsk que todavía tiene una mesa y una silla para mí. El disco ruso tocó su última canción. Escojo ahora a Roxy Music, la voz de Bryan Ferry y otras memorias entre mares y distancias.

10/04/2026

Sunday, April 5, 2026

Marcha fúnebre

 


Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Marche funèbre à l'occasion de la mort du général Hoche.

 

Los caballos. El resonar de los timbales. Cortejo que atraviesa las multitudes pordioseras. Tambores que caen de golpe, como tormentas de pena. Música oliendo a cañones en el fango. Hombres de ojos semi-cerrados que atisban el campo enemigo, ese que quiere sustraerles el sueño de que hoy los palacios son suyos. Golpes incesantes de la banda militar. Tristeza que amilana.

 

Dónde está aquel guerrero, Hoche, y dónde su montura sobre la que nos habíamos subido todos. La tierra que trashuman no nos pertenece y Hoche no escuchará los tambores que susurran su voz profunda por él.

 

En el lodazal su escarapela parece una flor. República que te amo, mira cómo lloro este día, cómo esta música me hace llorar. Yo vi a Hoche arrebatando la bruma. Y ya no está.

 

Revolución Francesa.

 

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De VIRGINIANOS, Los Amigos del Libro, 1991; Editorial 3600, 2019

Imagen: 21 juillet 1795 Hoche vainc les royalistes à Quiberon 

Friday, March 20, 2026

Travnik, Ivo Andrić


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Tropiezo en las redes con la imagen de un libro de Ivo Andrić: Crónica de Travnik. Debo leerlo. Andrić es un autor de mi juventud. Leer Un Puente sobre el Drina me animó a escribir, cuando hacía columnas en Opinión, un texto que se llamó El arte de empalar. Tristeza de pueblos aquellos.

 

Pasé por Travnik en la primavera del 2025, a la hora del crepúsculo. Ello acentuó aún más lo gris de la ciudad, aparte de los sitios con recordatorios de masacres durante la guerra bosnia y que proliferaban por doquier. Buscaré fotos de entonces. Algún café con un puñado de parroquianos y focos de escasa luz amarillenta. Solo de pensar en bajar del bus y sentarme allí me dio escalofríos. Había algo maligno en el aire, en una Bosnia que era geográficamente soberbia pero con un halo, en partes, fúnebre. Cierto que en Sarajevo, a pesar de todo, aquello se disipó. La capital, hermosa, daba suficiente para no recordar el horror. A pesar de las paredes acribilladas por balas.

 

No hacía mucho en que aguardaba en Lyon para mi viaje a Ljubljana y en ese largo pasillo de espera entendí que partía hacia un mundo que todavía no se había acomodado de lleno en la modernidad, por falsa que ella fuera. Caminaba entre la gente, de fuerte presencia rural, y parecía estar en una novela del siglo XIX, o en el Yampol de Bashevis Singer. Por supuesto no faltaban bellas muchachas eslavas que hablaban en alta voz, pero eso no impedía la sensación de pretérito, de canastas llenas de pan y encargos familiares, de coles y repollos. No los vi, no miento, solo anoto mis impresiones. Al fin trepé al colectivo y enfilamos hacia la magnificencia de las montañas suizas, despidiéndome de cosas tan íntimas como la ilusión, sabiendo que quizá ya no habría retorno.

 

Pienso en anoche y sus presencias. La botella de Altosama rosé helada. El aire todavía húmedo por la llovizna, ruido de tacones altos en el pasillo, la boca de lobo de la construcción contigua. Sorbo la copa mientras agoto un documental sobre Rumania. Después el silencio, imaginados perfúmenes escurridos hacia los pisos inferiores en donde, siendo un edificio nuevo, no cabe el leve sonido de un roedor ni el reptar de los insectos. Luces  apagadas, oscuridad sin misterio, simples sombras sumadas al rumor de gente que duerme. No es Travnik, gracias a Dios.

 

Veníamos bajando de Banja Luka, otra villa de pesado ambiente. Como si ya el cuerpo estuviera dispuesto a replegarse por las cosas leídas acerca de lo que pasó en Bosnia & Herzegovina. Comenzó saliendo de Zagreb y en los carteles al borde del camino encontraba marcas sangrientas de la historia que nunca se me borrarían. Todo parecía tranquilo. Tanto policías croatas como bosnios sonreían en el puerto fronterizo. Con pasaporte norteamericano me dieron prioridad y tuve tiempo de observar alrededor. Quioscos cerrados por la hora que daban sosiego. Vida apacible entre vecinos que al menos se respetan. Se creyó así en el pasado y nada estaba más equivocado. Me comentaban los trabajadores bosnios en Denver acerca de batallas, escaramuzas, matanzas. Las mujeres callaban. Décadas antes de mi viaje, cuando en el Denver Post contratamos refugiados para que embolsaran periódicos. Más de una familia comenzó allí, con el pequeño sueldo que el inmenso diario de Colorado les proveía. Luego fueron disgregándose hacia mejores trabajos. Un par de ellos se hizo rico; de la mayoría no supe más, solo que en el exilio aprendieron a rescatar la idea de Yugoslavia con la que habían crecido. La guerra no logró destruir eso. Físicamente no se diferenciaban de sus “enemigos” serbios o croatas. Eran tan altos y tan rubios como aquellos. Vuelvo a Andrić, que en una voluminosa novela explicó cómo se separaron los señores bosnios, favorecidos por los turcos, de sus pares eslavos. En tiempos del emperador Napoleón Bonaparte.

 

En lo que vendría a ser la plaza central de Sarajevo, con un colorido puesto donde vendían granadas, fruta y jugos, entre varios bustos estaba el de Ivo Andrić. Le tomé un par de fotos y luego entré a una iglesia católica justo en la esquina, al parecer bastante antigua, y caminé por la parte que supongo era norte de los barrios, derivando una y otra vez hacia la zona de los cafés y bares que dan a Sarajevo una imagen preciosa y cosmopolita. 

 

Me llené de deliciosos chocolates allí. Buscaba algún regalo para llevar a Belgrado. Simplemente el paraíso, todo tipo de frutas cubierto por chocolate, a cual más rico. Me apoyé en un anciano muro de piedra, cerca de las leyendas en inglés que explicaban qué eran, y comí. Añadí un par de recuerdos para mis hijas. Quise comprar ropas exóticas para enviarlas a España. En las tardes de Sarajevo, a veces con garúa, emprendía el regreso a mi hotel, sito en las colinas desde donde los francotiradores eliminaban civiles que caminaban las calles cerca del río. En la orilla de uno de los puentes las paredes de los edificios mostraban huellas del feroz tiroteo. Impasibles, los muros, desgajándose al lado de un curso de agua color naranja, el mismo que subiendo hacia el centro tocaba la esquina del asesinato más famoso del siglo XX, el que inició la Gran Guerra. Pura historia; dolor por cierto. La mente clara a la vez que confundida. Un amplio dormitorio moderno y cómodo, breve intercambio con turistas de Europa occidental que hallaban los precios más que buenos. No estaban mal para mí tampoco. He conservado algunos billetes atractivos de marcos bosnios. Están dentro de algún libro que traía desde el principio del viaje, el que se iniciaba en un Finisterre.

 

Luego cruzar la colina y entrar en el Sarajevo de mayoría serbia, muy distinto al otro, sin mezquitas ni muecines. East Sarajevo rezaba el gran cartel. Usted está entrando a la república serbia de Bosnia Herzegovina. Devoré uno de los últimos chocolates y me acomodé en una silla de parada de bus a esperar el vehículo que me llevaría a Belgrado. Tenía un cuarto reservado en un hotelucho en la subida de la calle de Gavrilo Princip. La historia, la sangre me seguían. Ineludibles, palpables, presentes. Un gigantesco Cristo protegía la hoy abandonada estación de trenes, ya en la capital serbia. Edificios carcomidos, destruidos en partes por los bombardeos de la OTAN prestaban una imagen fantasmagórica del atardecer. En el hotel pululaban los hindúes; quizá eran pakistaníes, y se oía solo su lengua en la recepción. Mi dormitorio tenía dos camas y utilicé ambas. Al lado de mi ventana, dormitorio 6, había un banquito en que me sentaba a leer. Segundo piso. La recepcionista quería practicar su inglés conmigo y le contaba de las montañas de Colorado. Error común, preguntaba acerca del Gran Cañón que está en Arizona, pero de todos modos era agradable conversar con alguien.

 

He pensado en Travnik muchísimas veces. Y fue una sensación especial ver el Drina, ya casi dejando Bosnia, no tan intensa como cuando hallé el Dnieper en Kiev pero también agradable. Vaya con mis memorias literarias. Sirven de mucho, a veces colaboran con el contexto. Caía la noche y las blancas tumbas de los asesinados, en pequeños grupos, recordaban cómo prima el odio por encima de la belleza. Grande el contraste de la blancura de los nichos con la oscuridad. Tenues luces de neón apagado anunciaban restaurantes. Supuse que incluso la comida en ellos tendría sabor de tristeza.

20/03/2026