Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Bellísimas rusas cantan El adiós a Slavianka. 1912. En Tambov, las mujeres despiden a sus esposos que parten al frente en la Primera Guerra Balcánica. Hermosa marcha pero no se puede dejar de pensar en cuánto daño lo patriótico ha traído. En el ímpetu de estar cabalgando, armado, dios de la vida y de la muerte, nace la épica. Sin sosiego el después, según retrataran Francisco de Goya, Otto Dix y George Grosz. Héroes efímeros, larga desgracia. Felices los muertos. Lecturas de Erich María Remarque, desmitificación de lo patrio. No solo Sin novedad en el frente sino De regreso, Tres camaradas, El obelisco negro, Tiempo de vivir, tiempo de morir... Acompaño el escrito con tristísimos tangos en voces de mujeres. Me viene la imagen de una joven tirada en el polvo de Poltava, muerta de hambre, en el genocidio estalinista que se llamó Holodomor.
Poltava, ah,
Poltava, con la amada sombra que vaga por orillas del Vorskla. ¿Cuánto ha pasado?
Tres años al menos. Detectives de Kiev envían fotos de mujeres parecidas, sin éxito.
Te has desvanecido en el humo de la guerra. Arde Moscú, felizmente.
El tiempo
no se va, viene.
El temible
monje Rasputín se oponía a la guerra. Lo acreditan sus consejos a Nicolás II.
Esa, entre otras, junto a la infidelidad de las mujeres obnubiladas por la
bestia, fue una de las razones de su asesinato. Frágil se veía el príncipe
Félix Yusúpov, artífice del crimen que liberó y paradójicamente también hundió
a Rusia. Extraordinariamente atractiva la princesa Yusúpov. Entretelones húmedos
y sombríos que leía en la templada Cochabamba, en ciertos años ajenos a la
desesperanza. Pero viene, no va. O no se va. Horas, minutos, segundos. Dice
Rilke: “Señor, a cada uno dale su muerte”. Dale su vida también, señor o no
señor, que se las rebusca uno mismo.
Gaza humea
en ruinas. Igual a Grozny en su momento, a Jerusalén también. Caen muros ante
las trompetas de Josué y los nabateos enfrentan a Roma. Tan lejos hemos llegado
en la historia y proseguimos cercanos a la desgracia, al desastre en manos de
individuos, sean Netanyahu o la cúpula de Hamás, como tantos que terminaron
mal. Viertan, araucanos, oro hirviente en la garganta de Valdivia. Y queda Ciro
el Grande ejemplificando el castigo.
La casa
está sola de nuevo. Emily partió hacia el dichoso barrio del centro de Denver. Nada
de mal presagio, los espacios se han hecho para llenarlos, de personas, libros,
músicas. Sobre la mesa del comedor, de Israel Yehoshua Singer, Los hermanos Ashkenazi, voluminosa
novela de un mundo que a pesar de su tristeza apasiona. Dos señoras de mi
pasado escriben, demandan, locura siquiera pensar que el tiempo se ha ido
aunque ellas no desvistan sus virtudes más ante mi lecho de sábanas de intenso
bermellón.
Nunca más,
imposible, palabras que no existen en mi catálogo, sin caer en las burdas citas
que atribuyen a Mayo 68 ni en fantasmagorías de izquierda. Así como
reaparecieron desde las sombras esas antiguas muchachas de breves calzones, así
vienen otras bajando desde los cerros olímpicos, donde la realidad se mixtura con
los sueños. No lo sabemos, cuándo ni dónde, y mejor así. Viene, no se ha ido,
ni siquiera llegó aún. Está a la vuelta del recodo del río bajo el calor
amazónico, o en frías paredes de medioevo europeo. Tal vez cerca, mucho, a un
tiro de piedra de la terraza, apuntando a aquel edificio amarillo de la avenida
Gualberto Villarroel que tiene historia viva, descarnada y desnuda.
Quien habla
de destino, miente. Basta leer el Génesis bíblico para destruir la afirmación.
Lo creado viene de circunstancias, casi de la nada, y las predisposiciones
pueden mutar, fluctuar, ampliarse o disminuirse. Viene, inesperado como la
“traición” de Eva que no es más que la del propio Adán siendo ella su costilla.
Sentado en una cumbre de Armenia especulo. El lago de Van, el océano, el de la
duda otra vez como acabo de leer en un prólogo, el del río entre imaginario y
letal por el que flotaba el barco de Theodore Roosevelt. Si todo se hubiera ido
no continuaría Noé libando vino bajo las burlas de sus vástagos. Está ahí por
la eternidad, concepto este discutible pero que vale en el instante.
Vuelvo a
los libros. Sergio Pitol contando de una visita a Leningrado. Cita a Boris
Pilniak en otro texto: “El Kitái-górod de Moscú era el queso en que pululaban
los gusanos de la demencia. Algunos “inocentes” escribían versos, otros
imitaban el canto del gallo, del pavo real o del pinzón, o bien cubrían a todos
de insultos en nombre del Señor”. De Caoba,
libro del autor ejecutado por Stalin en 1938. Años aciagos aquellos donde el
fabuloso avant-garde ruso deambulaba buscando pan. El tiempo siempre venía,
nunca pasaba, y seleccionaba a sus víctimas o se entregaba a un macabro azar.
Permanencia de las calaveras, sea en José Guadalupe Posada o en Hans Holbein el
Joven.
El domingo
trae pasos cansinos, como si no quisiera irse. Sol inclemente aguarda por víctimas
afuera. Lo observo desde detrás de las cortinas analizando cómo puedo
engañarlo. Marchar por la sombra no es solución ya que repta y encuentra. Han
talado los árboles de paraíso; daban aroma a los amaneceres. He visto uno
sobreviviente en el antiguo camino a Quillacollo. Aquellos de la calle Antezana
que acompañaron la niñez no están. Transformados en leña. Hay otros, claro,
pero los antiguos molles y sauces llorones se replegaron a los márgenes del
olvido para permanecer. “Sauce llorón, sauce llorón”, decía una canción que mencionaba
la rebelión. La torrentera del Pujro es hoy decente canal de concreto. ¿Dónde
el rumor dañoso de la mazamorra bajando de las laderas? No implica que se haya
ido, desaparecido. Vive mientras se conserve la memoria.
Tango de
nuevo. Solo falta la tallarinada para rememorar la familia. La macarronada en
hogares de barrio cordobeses. Tango, milonga, zamba, vidala y baguala. Los
Chalchaleros cantan “¿a qué volver? Si jamás me fui, jamás jamás. Ojos de
jaguarundí observan el valle desde la cumbre.
Ayer
caminamos enfrente de un ombú. Algo chato, no cómo los de la pampa grande.
Pensé que había truenos y no, era el redoble del tambor de Tacuarí…
27/09/2026
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Fotografía:
Río Mandeo, por lofgabet






