Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Hoy tomé un mate de coca con una mujer con la que viví cuarenta años atrás. Fue bueno sonreír, conversar, entristecernos por las malas nuevas, criticar al gobierno, desde el otro vértice de cuando éramos jóvenes a decir verdad. Par de horas vividas, mucho por decir y más por callar. Ni atisbos de rencor, de culpabilidades o tontas excentricidades del espíritu. Dice muy bien de ambos que podamos sentarnos, cuatro décadas después, a beber una infusión menos que tibia de hojas viejas de coca que ya no despiden su esencia.
The Doors: Break on
Through. Era 1975 cuando
de la Argentina en la que la derecha peronista comenzaba a asesinar a la
izquierda peronista me traje los mejores éxitos de los Doors. El disco comenzaba
con Hello I Love you. La cantaba
Francine en 1986 con acento inglés, desnuda en la intemperie del tiempo. Rilke
escribía:
“Señor, a
cada uno dale su muerte,
una muerte que de cada vida brote
y en que haya amor, significado y sufrimiento.
Pues nosotros somos sólo la corteza y la hoja.
La muerte que cada uno lleva en sí
es la fruta en torno de la cual todo gira”.
“Show me the way to the next whiskey bar”. Era válido entonces, y muchos años después
permanecía así. Mi amiga alemana desapareció por lustros; yo emigré. Hablamos
alguna vez en ese lapso. Hasta que le conté que me estaba casando con una
pintora irlando noruega de Nueva York ¡Ah, niña de Guatemala! Pues bastó. La
ilusión explotó como tierra arrasada de la estepa en diversas invasiones
militares. Pero las horas van limándose solas y quedan lisas y suaves como
piedra pómez y el viento retorna a su normalidad de brisa. Henos aquí con coca
vieja discurriendo sobre lo que fue y no fue, lo que será en tiempo del fin. No
necesitamos yatiris para tornar las hojas y destapar los secretos del porvenir:
es obvio. Este era el barrio de G., bellísima y difícil, cometa ella de larga y
flamígera cabellera. El parque poblado de árboles era entonces un inmenso
canchón yermo con un esmirriado molle al centro donde nos amamos hasta cada
amanecer. Muerto de sed, perro alcoholizado yo, lamía su espalda en busca de
sal. Trato de hallarlo en vano con la mirada. Así es el amor, elusivo y
misterioso como el verso de Coleridge: “Ya se han ido y aquí debo quedarme”. Me
obligo a hacerlo, parte de ello está en la decisión del retorno. Aquí debo quedarme,
por ahora, albacea del testamento antiguo, voz de tantos silencios.
Take it as it Comes,
cantan ahora los Doors. Conduzco
el automóvil por el desierto de Sonora. En la oscuridad suenan cascabeles en la
cima de las mesas. Y los triangulares ojos de las serpientes parecen naves
siderales de olvido. Oblivion. Soledad profunda, gritos casi imperceptibles de
leones de montaña, pasos subrepticios de los guerreros de Victorio.
Córdoba de
1975. Tarkovsky; Andrzej Wajda en Las
señoritas de Wilco, de la novela de Jarosław Leon Iwaszkiewicz. Mientras
disfrutaba la película, Stalker, las
hordas de la Triple A recorrían las calles de Nueva Córdoba tratando de atrapar
a mi hermano para convertirlo en sombra. Conduzco por el desierto de Sonora y
recuerdo. No lo sabía, había anochecido en supuesta paz en La Cañada. La sangre
no es roja en el cielo gris, no es sangre sino mancha.
“Break on through to the other side”. Lo hacen los gitanos de Bram Stoker; también
Lewis Carroll, disfrazado de Alicia, penetra huecos que lo arriman a la
fantasía, canciones de morsas gemelas e inverosímiles posibilidades de imaginación.
Cruzar al otro lado. Había cierto lugar en una esquina del parque Mir, en
Denver, donde una callecita se juntaba a un pasadizo bordeando un canal que
desembocaría en el río Platte. Nadie nunca me quitó de la mente que aquella era
una de las entradas del inframundo. De día los ciclistas la atravesaban
dichosos. Diferente era con niebla de tres de la mañana y búhos alrededor. La
parte trasera de las modestas casas de los inmigrantes rusos da al parque.
Siempre luces apagadas, prurito comunista del ahorro. Ni los perros asomaban
por ahí, de los pocos que hay sueltos en la ciudad moderna. Vi en Cocula una
entrada similar, pero allí sí se aseveraba que era el camino de Mictlán.
Interconexiones del misterio, lo inexplicable, la luna de sonrisa tan amplia
como la del gato de Chesire. Noche a noche me atrae y jamás entro. Ahora estoy
demasiado lejos en el prosaico universo. Otra cosa sucedía cuando con mi auto,
solitarios los dos, contemplábamos la penumbra mientras las estrellas bajaban a
beber agua cristalina del arroyo de los cerezos. No en vano hay un tic tac en
el reloj: son los pasos imperceptibles de lo innombrable, sin necesidad de que
se convierta en una historia de Lovecraft sino simplemente que los vientos
hacen rodar hojas caídas que ha dispersado el otoño. Y hacen tic tac, tic tac.
Reencontrar
a alguien es también atravesar el tiempo y el espacio. No serán los glamorosos
recovecos del autor de Alice in
Wonderland pero es enriquecedor. Nos cambiamos de mesa porque el árbol
gigante encima arroja un molestoso polvillo sobre nosotros. Conversación más
allá de la muerte: los días se llevaron seres queridos de ambos lados. Está la
consabida frase del no volverán o están eternamente vivos. Y quién sabe, no
podemos afirmar lo que los rom han observado en el horizonte del más allá. Ni
que el desenlace aguarda a quien se ha ocultado en el supuesto más seguro
escondite: un cementerio (pienso en El
muro, de Jean-Paul Sartre). Lo saben los albañiles, los maestros en
masonería: las paredes no esconden nada, son meras protecciones contra frío y
sol. Ni nublan la mirada ni la ciegan, no está en su lista de labores.
Ver a mi
amiga después de semejante espacio de horas me alecciona. Me hace todavía creer
en un panorama al menos incierto sino imposible. Pienso que ya debí salir a mis
asuntos matinales, bazofias legales y caminatas de memoria. Tomar el sol en los
muslos con un buen libro a mano (a esta altura ya hay que desechar los malos
libros). Me he retrasado, quiero decir, pero sonrío porque no hay para qué
correr ni a dónde correr. No significa tomarlo con resignación ni mucho menos
pero sí que la premura por llegar hacia el vacío no debe estar más, no ha otra
vez lugar a la desesperación de ciertos personajes de Shakespeare. Me guarezco
en una tarde espléndida de junio, de los versos de Anne Carson.
30/04/2026
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Imagen:
Pablo Picasso, 1923






