Sunday, September 23, 2018

OKSANA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Unos versos y un cuerpo. Poesía y sudor. En un principio no era el verbo ni flotaba sobre las aguas. En un principio era el cuerpo y era manantial. Génesis, por cierto, de todos los días, sin día de descanso. No somos Dios, no podemos darnos tal lujo. A trabajar o a amar, sin desdén ni pausa.

Vertiente. Rocío. Laguna y mar.

Tu perfil se recorta y detrás de ti solo sombras. El espacio y la geografía se reducen a ti. Concreta, nada etérea, y sin embargo flotando desnuda como novia de Kusturica. Tu vestido blanco fue de piel tostada, labios que en mi tierra tendrían nombre de fruta roja y sabor de acai.

Viktor Shklovski dice que los obuses rebotan sobre el empedado de Kiev. Los caballos pisan con la efusividad de los de los gitanos de Lorca. Y qué importa. La guerra termina siendo trivial cuando en un dormitorio hay beso. Los obuses rebotan y se asientan como perritos falderos en la pared externa. Las huestes blancas y las huestes rojas chocan y se desangran. Revolución de sables y de ametralladoras atornilladas a carros de heno. Fue 1921 y allí estábamos, dormida tú sobre tu traje de novia, tu piel contrastando con la alba luna. Miro por la ventana: ruido de sables. Adentro estertor de vertientes.
2018


Wednesday, September 19, 2018

Naturaleza muerta


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No veo en la red a ninguna de las mujeres que busco. La hora, tal vez. Están durmiendo o se pasaron al otro lado del espejo, donde moran las muchachas solas, ajenas al asedio del macho porquerizo.

Una caja de pizza manchada de grasa. Picante en hojillas, parmesano en polvo. Las cajas que parecen refugio sirio. Tazas, vasos, botellas a medio beber. Y esa canción de Gardel, Rubias de New York, que parece escrita al pelo, digo, cuando la blondez gira alrededor como un disco de 45.

Un cuerpo se pasea por Teotihuacán. Los escarabajos de la Gran Pirámide le miran las piernas desde abajo. Tobillos de volibolista. Muslos de volibolista. Hay viento y polvillo de piedra cae sobre el campo abierto. Ella se refugia en un rincón y allí sus piernas se hacen pasto de la historia.

Abro la caja de comida, un trozo de pizza a medio comer, frío, lo acompaño con café, sin azúcar, negro, café, azúcar negro sin, café, frío. El café está frío y huele a comida italiana. Hay mucho espacio en el refrigerador: un repollo grande, verde, un atado de culantro, podrido, limonada, jugo de pomelo, dos asados envueltos en plástico, tres cucarachas muertas en el piso, abandonadas licuadora y mezcladora, tetera, cafetera, botella de Zacapa casi terminada que no se va a terminar. Otras dos cucarachas, una muerta, una atontada. La estrujo contra el piso con el pulgar. Sale un líquido blanco, es casi parte del suelo y sigue moviéndose. Utilizo las botas y le doy fin como en una novela de guerra, de Vonnegut, cuando los tanques pasan sobre un cuerpo, espantajo del barro.

A terminar con la manía de acumular libros. Ni siquiera entrarán en el féretro que no he de tener. Menos quemarlos en la pira nazi de mi cremación cuando ocurra al lado de un río turbio que no es el Ganges y un chamuscado sin espiritualidad. Podrían servir de ladrillos, casa que cualquier lobo feroz derribaría a un soplido para comerse a los cochinitos. ¿Eso era de los hermanos Grimm o de quién? Tanta historia de violencia, canibalismo y equis en las historias de infantes. Predestinarnos no solo a la muerte sino al asesinato. Ten, toma, el machete a esgrimir en los matrimonios y descabezar novio y novia desmantelándolos como en un cuadro de Chagall. La cabeza descuajeringada para besar en una posición contra natura. Y el sol. Y la luna. Y el azul y el rojo. Colores de astros fogosos y de estrellas frígidas.

¿Era frígida la cama del final? Fría, helada, congelada. Cama de piedra. Los dioses duermen sobre camas de piedra en Teotihuacán. Yo te abro las piernas, te miro la espalda. Hoy. No. Era ayer. Anteayer. Nunca. Te miraba las sandalias, tu única ropa, porque aquel día quise hacer el amor con tus sandalias, no importaba más, solo ellas, negras, abiertas, y tus pies blancos, más preciosos que el sexo rosa.

Félix Vallotton retrata mujeres bañándose. La cumbia cuenta de las lavanderas. Por ahí, en Matisse, danzan, y fuman en Lautrec, y sufren en Kahlo. Corazones rotos. El dolor como el motor de la historia, no el sexo, ni que las mujeres se defienden con las piernas. Atacan con ellas. Duele. Me duele. Dolor y desesperanza. Esperanza. Cama de piedra. La tarde se agota, son casi las siete. Extraña que uno odie lo que ha amado. Es como el jugo de pomelo: amargo con un dejo dulce. Mujeres pomelo. Tetas como toronjas. Y otras pequeñas que a veces crecen. Pequeños volcanes. A veces volcanes rotos, cortados por la mitad -en Kahlo-, tetas partidas.

Esa mujer de boina negra. De verdes ojos. Me mira. Llama por mi nombre. La desconozco. Corro en contrario por las escaleras mecánicas del metro de París. Me pierdo. El café está frío, y amargo. Dulce el pomelo y me amamanta un pezón partido en dos.
09/18

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Imagen: Pitahayas/Frida Kahlo, 1938


La suerte y los aromas a las dos de la mañana

DANIEL AVERANGA MONTIEL[1]

Para Maurizio Bagatin, Nelson Tovar y Claudio Ferrufino, por la amistad.

Dicen que, si te haces amigo de personas maduras, sea a donde te dirijas, aprenderás por sus testimonios mucho mejor de historia que por los libros formales. Es verdad, o al menos esa verdad se hace latente y contundente en Cochabamba. Tan verdad es, que hasta las anécdotas de los amigos cochabambinos tienen el sabor a kawi del mercado 25 de Mayo, a los choricitos con triguillo de Tarata, a las Huaris enfriadas de heladeras que tartajean en el kilómetro siete y medio, a la chicha contundente más que dulce de las ferias agroecológicas, o a la caricia de la brisa de El Paso, Colcapirhua o Paucarpata, sumado al arrorró que te canta la corriente helada del riachuelo que desciende desde Apote y se desplaza, ágil siempre, hasta Tiquipaya.

Dicen que el “Gordo jajaja”, quien fue, hace mucho, el responsable de la venta de esas salteñas insuperables en Cala Cala, decidió dejarse morir antes que seguir las indicaciones/advertencias de los médicos, pues seguir aquella “dieta estricta” involucraba dejar de disfrutar como él había hecho desde mucho antes... Morir de repente, como aseveraba Reynolds, es un don y algo casi imposible. Quién no quisiera tener un botón de autodestrucción, listo para ser presionado, antes que pasar por el sufrimiento que trae el deseo no satisfecho. Quién no ha querido exiliarse del cotidiano, vivir sin hacer daño, morir de repente, vivir solo para disfrutar, y si no es así, chau, que nadie me joda, que este sufrimiento es mío y si no hay solución, aur revoir, pendejetes... Quién, y no lo pregunto, lo afirmo, no ha querido matarse para dejar de pensar en ella (sea Leonor, la de los ojos acaramelados, diosa coronada de mis tardes en Cosmos 79; o Karen, la de suspiros hechos sonrisa y labios de promesa incumplida, o Micaela, la de cabellos azabache y pezones de un rosado sobrenatural), pues los sufrimientos más sublimes son esos. ¿Alguna vez han amado? ¿Alguna vez un atardecer en Apote no les abrió la posibilidad de cometer un asesinato propio, un egonicidio (ya que hablamos de parricidio, feminicidio y otras parafilias de la muerte), porque la locura, que viene de no saber controlar algo importante o de perder el control, ha dominado sus existencias?

Ir al césped ajeno para sentirse más afortunado, cuestionar la vida y al mismo tiempo disfrutarla. Esa es la virtud de ir a Cochabamba, al menos para mí. “No debieras volver al lugar donde fuiste feliz”, me decía Juan Montiel, recordando sus lecturas de Dante, Sábato y Borges, hace más de veinte años, en la casa-tienda cercana a la avenida Heroínas, las primeras veces que iba a Cochabamba para visitarlos a él y a mi abuela, “No debieras volver, porque te puedes frustrar”, aseveraba, y se iba a pasear todas las tardes para ver las grupas de la fauna femenina que iba y venía en el transcurso de su tiempo, atiborrada de perfumes ignotos para mí por entonces; gracias a él, en cierta medida, comencé a escribir, a hacer historietas donde “mataba” a mis maestros, para venderlas en formato de fotocopias engrapadas, con el fin de luchar en contra del bullying de ser pobre y costearme mis primeros cigarrillos (No es por enamorarles, pero a eso de los once años ya me sabía los sabores y aromas de los Casino, los Astoria y los Big Ben)... Recuerdos que se agolpan, como fantasmas de navidades pasadas y que son sensaciones que se quedan, mas nunca son ni serán memorias que puedan herirme. A pesar de las advertencias de mi abuelo, de Sábato en su Heterodoxia y de las tías lejanas, que siempre son envidiosas y repelentes, como la reina de corazones de Alicia en el país de las maravillas (la reina de corazones de la versión animada de Disney, al menos), nunca me he frustrado en Cochabamba. Siempre que voy, nuevas experiencias sepultan las frustraciones antiguas, nuevas experiencias me enseñan que vivir no es encontrar los extremos, sino surcarlos en gradaciones sin asco, como la experiencia del “Gordo jajaja”, o cuando me encuentro con amigos que más parecen parientes, porque te reciben con entusiasmo: gente distinta, no mejor, sino distinta a la que encuentras en otros territorios, gente que te demuestra que no estás solo en esta encomienda de mierda que es ganar dinero con mentiras, porque ya lo dije alguna vez: la literatura, y al menos la narrativa (porque la poesía es otro cantar) es una estafa consciente, pues vives de mentiras, aunque sean creadas desde la realidad, y los lectores, los lectores que te siguen y te leen, son conscientes de esto, pero te siguen el juego, porque la vida es juego o si no, infierno. Odiar la mentira es para cobardes o marulos (que no maricones, marulos), mientras que seguir la mentira hasta el final es de valientes y de sensatos, de gente que vale la pena conocer.

Pasar por restaurantes o bares de la LLajta, que no lujosos pero genuinos, y encontrar allí a personas que recuerdan a los que están afuera, lejos en distancia pero cerca en cariño, también es un agregado interesante. Muchos lo piensan, en sus anécdotas, al Claudio Ferrufino, mientras que otros, sorpresa de sorpresas, te piensan a ti, enclaustrado en donde vives y estás, allende la sombra andina que es casi escoria, y aunque hayas aparecido nombrado con resentimiento como un paria de mierda en ciertas páginas virtuales, a ellos les resbala esa difamación fundada del hembrismo, pues los amigos de la Llajta te recuerdan con cariño, sin rencor, y si es con rencor te lo dicen de frente, sin medias tintas, qué carajos. A eso me refiero, afortunado quien vuelve donde fue feliz, para seguir siéndolo de muchas otras formas.

La escritura es un camino en solitario, pero la publicación es un trabajo conjunto. Publicas algo y te sientes solo al principio nomás, porque si lo has hecho de manera sensata, aparecen, de pronto, personas que te felicitan por tal libro, por tal memoria falsa que publicaste, y encuentras lectores, porque solo se hace así cualquier publicación: el sonido de la caída de un sauce en un bosque sin gente que lo escuche es triste, pero en Cochabamba siempre encuentras gente que escucha esa caída y está dispuesta a compartirte su experiencia.

Es bueno visitar Cochabamba, porque el perfume de los dedos a las dos de la mañana es de cigarrillo, de chicha, de compañía perfumada con ají y jengibre, canela y sal, wira wira y triguillo acaramelado, y el sueño no aparece, aunque lo invoques.

Dije ya desde las redes sociales que mi cable a tierra son los viajes a Cochabamba, gracias a sus calles, a su calor y humedad, a su gente que, con sus sonrisas, te recuerdan canciones de Los Golpes y a memorias ciegas que recuperan la vista por la creatividad de la onomatopeya circunstante gracias a la chicha consumida..., que “Mi abuela atravesaba los charcos con la falda levantada y choltin-choltin nos alcanzaba para chak´aj chak´aj chicotearnos por gastar la plata de la carne en chicha”, que “El meco es el olor del chaca-chaca y que no sepas eso te hace doblemente ignorante, Daniel”, y saberse acompañado, aunque tengas la vida hecha una condena injusta por estar ocho horas escribiendo frente a una computadora, solo como un cactus de jardín jailón, o junto a una iniciativa ajena a tu oficio de escritor y que nadie (menos ella) te la acepta como algo bueno, para terminar comiendo solo con cigarrillo o vino como postres, termina siendo una suerte inigualable, llena de esa felicidad que tiene, muy en el fondo, algo de tristeza: “No estás solo, cabrón”, escuchas que te dicen en las jaranas (y no para congraciarse contigo, como haría alguna vez cierto periodista bajito de La Razón, fan de amargos escritores heridos y de chupas-homenaje, nomás por hacer conversación o justificar su inseguridad como amigo) y también te recalcan: “Acá tienes lectores, por eso nomás te aguantamos; eres un cojudo, pero eres nuestro cojudo”. Es una suerte tener lectores en Cochabamba, la mejor suerte del mundo, porque si tienes lectores, tienes gente que te acompaña y no idealiza tu oficio con tu vida, aunque a veces parece todo lo contrario.

En 2002, cuando por obra y gracia me encontraba en Puerto Tujuré y conversaba con Bosé Yacu, la última mujer que se sabía bien la lengua Pacahuara (los snobs escribirán “Bossi Yacu” o “Pacawara”), conocí a un comerciante brasilero que me decía que los últimos días de su vida los desearía vivir en Sucre, que allí era como una pequeña Europa y que le gustaba mucho la poesía de Eliodoro Aillón, que se había enamorado así de Sucre y de su gente. Si podría decir lo mismo de mis últimos días (que no sé cuándo será, y si lo decidiría yo por obra y gracia, sería a costa del sufrimiento de los míos), tendría el alma separada en tres: morir en Oruro después de probar un Tojorí bien servido, morir en Puerto Tujuré, a orillas del río Negro, después de comer almendras de piel tibia, o morir en Cochabamba a las dos de la mañana, percibiendo el perfumillo en los dedos de la aventura vivida, sea de piel de amiga o de poesía (“nací muy tarde”, nos respondió una niña de siete años a su madre y a mí, otra poeta “de verdad” y no como Senseve, en Cochabamba, cuando le preguntamos si disfrutaba comprar libros más que jugar en el celular), serían mis opciones más combativas.

Es una suerte tener el alma separada en tres lugares para percibir mi final, y me siento el hombre más afortunado cuando puedo percibir el perfume de la aventura vivida, a las dos de la mañana, en Cochabamba, sin morir aún.





[1] Escritor orureño, alteño y boliviano, todo en uno.

Tuesday, September 18, 2018

Un nuevo panorama/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hay que aceptarlo, nada es ni será lo mismo después de Evo Morales y el MAS. Porque habrá un después, digan lo que digan las lecturas de coca. Ni Hitler pudo contra el destino, ni Napoleón, menos un pequeño y estrecho reyezuelo en el fin del mundo. La historia está plagada de estos ascensos fulgurantes y supuestas eternidades. Puede o no ser que la estrella del cacique boliviano se eclipse en las elecciones del próximo año. Quién sabe. Lo que sí podemos aguardar es que el brillo de los machetes no dejará que el tiempo empañe el hasta hoy ventanal de éxito que los señores plurinacionales tienen enfrente. Los idiotas creen que la sangre preserva sin ser cierto. La sangre se pudre. Es bienvenida en ocasiones de historia cataclísmica, que no es el caso. Acá encontramos más bien una narrativa de lo más simple a la vez que bien abyecta: la preservación de los beneficios del vicio a como dé lugar. No enfrentamos una revolución sino contados cambios importantes y corrupción descarada de insospechados niveles. Los machetes saldrán a defender el estupro, y eso no tiene ni sentido ni futuro.

La acefalía de líderes es tan notoria en el país que giramos en torno a las mismas cabezas. Si hubiera guillotina sería más sencillo porque estaríamos obligados a renovarlas, y esa fue tal vez la dinámica de la revolución francesa que permitió su hoy, sin ser perfecta, modernidad. Que Robespierre, zaz, abajo, que Dantón, lo mismo, que los girondinos, igual. Un puñal en el pecho de Marat obligó a nuevos panoramas. Pero no contamos con tal pulcro instrumento ni con el verdugo al que apodaban Charlot. Tenemos, entonces, que conformarnos con las mismas testas aburridas, los rostros ya mustios de cansancio y las colas de paja que arrastran y causan polvareda. Hay que inventarnos, supongo, intentar hallar dentro de la marisma las gemas que puedan implicar cambios radicales en este patético estado de conducta en que vivimos, de que pasa un ratero y entra otro, en esta cueva de los 40 mil ladrones que son solo ese número, incapaz de compararse al mayoritario de la población.

Dicen los criterios racistas que esta inercia nos viene del indio. Y hubo también negligencia española, y pereza. Pero con pretextos semejantes no lograremos avanzar ni un poco. Es turbio el espectro, casi negro, y nos empeñamos en oscurecerlo más en lugar de encontrar un fuerte ventilador que se lleve la bruma. Alguien, si tiene que ser un personaje, o un partido, o un programa que proponga lo distinto, que no coincida con la patraña nacional en absoluto, un Trump a la reversa, de nueva faz e inteligente y ampliador discurso, variado, multiétnico, moderno, progresista, honesto y agresivo. Habrá gente, alguien, algunos, por ahí, opacados por el insano bucolismo de aceptar el crimen como pan de cada día, el latrocinio como lugar común, el expolio como normal. Con ellos hay que lidiar y es fácil ubicarlos.

Hay que crear destrezas para encontrar líderes en medio de la multitud, con énfasis en los jóvenes. No en vano en Bolivia casi todos pasan por la universidad, que es barata o libre, porque no hay otra cosa que los jóvenes puedan hacer. Que sirva de algo ¿no?, faltan las fuentes de trabajo para esa gigantesca e inerme mano de obra. El extranjero se alimenta de los bolivianos obligados al exilio económico. Cada país le quita al ciudadano lo mejor que trae: juventud y trabajo. Enriquecemos al resto mientras seguimos pobres. Es una actitud ante la vida, y una pésima lectura de lo que un  país debe ser para sus hijos. Nadie puede ayudarnos con la solución sino nosotros. Lo que tome, por las buenas o las malas, se verá, pero tiene que verse, o nos hundiremos en el lodo azul, que es el color que adquiere la podredumbre.
17/09/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 18/09/2018

Imagen: Francisco Goya

Friday, September 14, 2018

El olor del escabeche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Por el desagüe, esa boca oscura con un desintegrador de aspas de hierro, por ahí se han ido escabeches de oscuros chiles poblanos, cebollas roja y amarilla, blancas y amarillas como la bandera del Vaticano.

Ajos, ajíes, rojos, verdes, amarillos, delgados, enroscados japoneses, gusanillos benianos, todo. Nadie los quería, atiborrados de vinagres y sales. Primero se fueron los libros, luego los discos, siguieron los muebles, se embolsó la ropa, se olió el moho de los zapatos, se sollozó fotografías y dedicatorias, calzones cuyos vahos de amor se ofuscaron hace tanto. Entonces los jarros llenos de sabor, un olor que ha invadido la casa, como de muerte agria. Ideal para la Misa Solemne de Beethoven, esa maravillosa segunda parte que escucho a todo volumen mientras manejo por la carretera. Roadhouse Blues…

Seis focos iluminan el mediodía. Vivimos en cavernas modernas. Veo la luz del sol como a diez metros. Ni un rayo adentro, pasa como pasó Dios, volando y sin mirar. Entonces hay que apilar los frascos de vitamina D, para suplir la falta de contacto con la luz solar. Fui moreno, creo, un día, cuando escapábamos al río Rocha a traer en latas de sardina diminutos bagres ya extintos. Ahora pálido, no tanto como el pollo o el gringo pero por ahí…

Quiero desplegar un mapa y no hay lugar. Es tiempo de abrir el depósito y comenzar a mover las cajas. Si no el aquelarre no termina y la ambición no descansa para vernos caídos, fallecidos, tullidos y mudos. Calculo mi tiempo. Me faltan 100 páginas de una novela para un comentario de 10 líneas, vacío casi seguro, tratando de ser inteligente y perspicaz. Dos horas. Dos quitadas al empaque, a la preparación de un viaje en ciernes en aviones que todavía ni en el hangar están. Ayudarme con un tinto, o un par: de café y vino.

Meso mi barba. Me humillo a mí mismo a ojos del Cid Campeador. Me recuerda cita con la peluquera, yo que reclamaba para mí el derecho de que ninguna mujer tocara mi cabello. Ya cedí, también en eso… Concesiones. Los años se anotan en concesiones. Y ahora una tras otra me trasquilan como les viene en gana, cortan la barba con número 7 o número 8; deciden qué me queda bien y qué mal. Tres mujeres barberas y yo solo, con un largo babero azul en donde caen las canas. Pues, así quiera evitar la melancolía, no puedo hacerlo con el tiempo. Nos vamos, intrascendentes como cabellos cortados, vanidosos en una falsa estética, necesitados de madre queriendo hacer creer que deseamos mujer. Tan obvios, los hombres, críos de pecho, caprichosos y malcriados, con ínfulas de guerrero y pañales mal amarrados.

Olor a escabeche. En el Cuerno de África se matarían por esto y lo muelo para que se junte a las aguas servidas. Zanahorias que puedo aplastar con los dedos, coliflores amarillos por la cúrcuma escanciada. Cuadro fauve: Derain o Vlaminck, y de pronto nada. Jarros vacíos y tapas a lavar. Son casi las once y media y no he hecho suficiente, o poco. Miro las botellas intocadas por tres meses: un Jimador, un Old Parr, un Bumbu. Tequila, whisky y ron. Ah, y gin, dos de ellas, la ginebra del Martín Fierro. Naturaleza muerta.

Corta la cebolla en cuatro, de distintos colores así se ve mejor. Mitad de vinagre blanco, mitad de vino. Un poquito de mejorana y sal. Laurel. Huele a laurel, eso, huele a laurel. Los laureles… hermosa música mexicana.

El único sonido es el del refrigerador. Hoy no se cocinó en casa, hasta el tocino está durmiendo, y el salame calabrés. Mi amigo Gabriel, abandonado hace un mes por su esposa, se interna mañana sábado en el manicomio por su voluntad. Hay un hospicio de ricos cerca, dudo que sea allí. Irá a donde arrojan a los pobres. En Estados Unidos, a diferencia de Francia y los locos de Charenton, no se pondrá en escena un Marat-Sade (si recuerdan el filme de Peter Brook), y Gabriel no reemplazará al divino marqués sino que se acostará a comer hamburguesa fría mientras recuerda las voluminosas carnes de su joven mujer que se paseaba desnuda enfrente de él y le reprochaba que ya no se le paraba la verga. 60 años, no debiera… pero es.

El escabeche de cebolla cae perfecto encima de una milanesa. Lo sé, que yo cocino. Cocinaba, mejor, que hasta las ollas han ido a parar al basurero, que un anacoreta no necesita más que sus ojos, y sus manos para pecar como el mago de Lublín (en Bashevis Singer) cuando la mujer de fantasma se hace presencia y se humedece.

Aroma de romero, ramito de tomillo. Simon & Garfunkel: Parsley, Sage, Rosmery and Thyme.
14/09/18 

Tuesday, September 11, 2018

Ecce Evo/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No fue Pilatos el que presentó al Bienamado al público en el momento de su coronación. Dicen que intelectuales de nota “anotaron” cambios climáticos que narraban una epopeya. Por ahí, ni vale la pena recordar, también Eduardo Galeano sucumbió al encanto del padre de la Madre Tierra y se desmayó. Lenguas hablan, lenguas comentan, desprestigian, insultan, difaman y lamen culos. Y a Evo Morales, el Bienamado (de la novela brasilera), le dejaron el trasero brillando como si lo hubiesen encerado. Le lamen las ¿?, quería decir abarcas pero no he visto sus pies o lo que calzan. Tal vez botas, que militarista es, del arma de la serpentina y trago, elementos vitales de nuestras fuerzas armadas que hasta hoy no ganaron nada: una tutuma allí, una camioneta allá, botín de guerra de pequeña intensidad, de preste y ceremonia.

He aquí Evo, tan diferente al Cristo nazareno. Aunque el afable Linera, tan bonachón como la Gioconda, los comparó a pesar de la diferencia coronaria (de la corona y también del corazón). Bueno, entonces Evo es el Hombre o el Jesús. Habrá que decidir para no incurrir en líos con el Vaticano donde reina el otro populista de sayal de terciopelo. Carajo, si parecen manzanas, de esas diminutas y multitudinarias que pueblan las calles de los Estados Unidos y cuyos frutos, de tantos, ya ni los pájaros comen. Estos populistas cuelgan como ellas y muchísimos terminan pudriéndose a la intemperie. Algunos, sin embargo, y el ecce homo por excelencia entre ellos, parecen dorados en el jardín de las Hespérides.

Quieren al Evo para la eternidad. La cabellera dura como morrión tarabuqueño o español ha hecho ya historia. Lo mencionan las tribus de Norteamérica y los mecánicos de Michoacán. Que es un genio del marketing no cabe duda, y que hubiese llegado lejos en la empresa privada, tampoco, pero prefirió la divinidad, olvidando que los dioses y momias de sus ancestros fueron pisoteados por muleros extremeños en el Coricancha del Cusco, que nada garantiza impunidad, ni siquiera ser el hijo de Dios, quien, como nadie, y hablo del galileo, oía nítido el clavetear de sus pies y manos en el Gólgota de los maderos cruzados.

Tanto o más vanidoso que Melania Trump, la modelo tártara que ejerce como presidente alterno de los EUA, el señor Morales tiene un espejo en casa importado directo desde los estudios Disney, aquel donde la reina mala averigua si alguien sobre la tierra se compara a su belleza. Si lo hay, manda de inmediato a sus lebreles a cazarlo y quedar así consagrado como único. Hasta, diré siendo optimista, tendrá su cuerpo embalsamado un lugar preferencial en el Museo del Hombre, en París, o, ya que ocurrió la tragedia del Museo Nacional de Rio de Janeiro, lo pondrán en reemplazo de Luzia, la hembra más antigua de las Américas y recién desaparecida entre el fuego. Para el caso tal vez importar una decorosa pollera multicolor, de preferencia larga según la moda aymara, y ponerlo en su sitial ambidextro dentro del Satiricón socialista del siglo XXI.

He aquí el Evo. Él termina esa tonta discusión que atribuyen al Almirante que nos descubrió, entre el huevo y la gallina. Huevo, con mayúscula, hay uno solo, y habita en el extremo territorial más alto del mundo; no en el Tibet donde están sus antecesores, sino en La Paz, urbe nefasta y luminosa al mismo tiempo, claro reflejo de la simbiosis contradictoria de esta terrible e interesante raza a la que nos toca pertenecer.

No hay epílogo para el Ecce Evo. No en ciernes. Evo corazón, le gritaría la hinchada futbolera argentina, país donde goza de inmenso prestigio. Ya es el Cristo; ahora le toca ser Pilatos, y después el Che, luego Lola Montes y terminando en Gagarin. Ubicuo,el hombre. Versátil.
10/09/18


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 11/09/2018

Imagen: Busto en silicona a medio trabajar por Diego Licenblat

Monday, September 10, 2018

Fiebre de sábado por la tarde


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Extraño sábado. Las novias andan de asueto, al menos las posibles mías. Leo a Alfonso Martínez de Toledo y su Corbacho: ayes y guayes, maledicencias y arpías viejas casamenteras. Ay de aquél que me endilgó este matrimonio, dice por ahí, queja a la que me suscribo.

El calor se congeló, nada se mueve en el aire. Paradójico como el sudor frío. Anoche, luego de una experiencia virtual recomendable, inesperada y traumatizante en el buen sentido, quedé con las cinco almohadas que reemplazan a mi mujer, pensando sobre ellas acerca del mundo que se me había escondido por décadas, años en que el trabajo a destajo, ese stajanovismo desideologizado que me secuestró, cegaron mis pupilas hasta creer que aparte de las luces de neón de la bodega, la silenciosa compañía de casa, un tango por ahí, un taarab por allá, el universo estaba tan estrecho como la cintura de Nicaragua. Solo que aquí no había chinos que la excavasen y dejaran filtrar el agua por donde corren las bienaventuranzas del cambio.

Extraño porque llovía en un tiempo que no llueve. Que Chaac no surca los aires de por aquí, chocaría con los drones con que juegan los niños y entrenan los terroristas. Busco el papel donde anoté los vericuetos de este texto y se habrá ido con los desechos de hamburguesa de al lado. A improvisar se dijo, a inventar un Monk de las palabras para darle al menos esencia de texto literario a cualquier notita librada al azar del automóvil y del viento.

Diluvios por las noches, de esos que te obligan a detenerte bajo la protección de un cedro. Como las calles de Denver no tienen iluminación casi se diría que es una torrencial tormenta tropical en el Chapare, con relámpagos que iluminan sombras chinescas, bailarines de Bali de largas togas y penachos de plumas. Un batik en blanco y negro. Explosiones de obús entre los cuerpos que se muestran en el teléfono. Pezones oscuros, vulvas afeitadas, Gregorio que llama desde su ruta de diarios para decir que se viene la inundación, que desbordó el canal y arrastra su “troca”. Guardo el iphone, no sea que se moje, con las mujercitas del este llamándome “honey”, “Darling”, “dear” y las del oeste que ni aparecen porque su fuerte economía les impide venderse a los postores gringos del internet.

Pienso que estas sábanas llevan más de un mes conmigo. Tendré que lavarlas. Apenas me cubro con ellas por el calor. Por la ventana llega brisa y silencio. A ratos pasos apresurados de los trabajadores nocturnos. Alisto mis botellas de agua, litro y medio por sesión y también me arrojo a la intemperie, dejando atrás la comodidad de la cama sucia, el café negro y la focaccia con jalapeños que parece que comes pizza y estás comiendo pan.

Reflexiono. ¿Está o no está bien? ¿El qué, me preguntan? Y no puedo decirlo. Es muy privado.
10/09/18

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Imagen: Estudio de mujer desnuda/Gustav Klimt