Llegué ahí, en años y sin quererlo. Por supuesto que me siento satisfecho. Los blogs son ahora algo del casi pasado y como tal lo trabajo poco. Lo mantendré mientras dure, es una suerte de hemeroteca para mí.
Wednesday, February 4, 2026
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Llegué ahí, en años y sin quererlo. Por supuesto que me siento satisfecho. Los blogs son ahora algo del casi pasado y como tal lo trabajo poco. Lo mantendré mientras dure, es una suerte de hemeroteca para mí.
Friday, January 30, 2026
Sodade
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
No es que esté nostálgico de Ligia este enero del 26. Entre nosotros no hay nostalgia. No diré que todavía existe el fuego, no. Pero sí algo sólido y fraterno, como aquel leopardo congelado que contaba Hemingway en la cumbre del Kilimanjaro. Sodade a las once de la mañana. A las siete llamaron y se invitaron amigas brasileras con cerveza después de su noche de insomnio. Recibí el encanto del portugués, hasta los exabruptos que en esta lengua suenan como poemas. Hablaron de sus novios, de la frustración con los hombres, ese animal cobarde y escabroso, lagartija, alimaña, según decía una canción mexicana. Ya no bebo cerveza pero esta supo bien. Siete y media se fueron dejando las latas de Paceña a medias. Ya me había duchado, peinado, pasado la gomina por el delgado cabello que se me puso gris. Las acompañé al ascensor y abandonaron el pasillo con olor de mujer joven. Volví a la mesa y terminé mi pesado vaso alemán con todos los escudos estatales del país. Leí a Anna Seghers, no tomé una llamada que venía desde el fin del mundo. Contesté notas salidas de la guerra en el este de Europa. Nada de melancolía. Brilla el sol y el ritmo de la morna le da al viernes tono especial. Ahora salgo a tomar un expreso y sentarme, solitario jubilado, a lustrarme los zapatos en la plaza principal. No participo de corrillos de viejos que cada día salvan el mundo y retornan a consumir la sopa fría en casa, servida por nadie o por una sombra que arrastra los pies como si dolieran. Tiempo inexorable. Digo, sin ánimo sentencioso, a hijas y sobrinos que después de los cuarenta la vida agarra un sprint imparable que nos desborda y arroja al borde de un yermo, en un banco de deslucido verde, agobiados por el peso de la insatisfacción, de haber amado en vano. Podría no ser así; no es así. No soy libro de autoayuda pero he pedido monedas para comer en la Porte de Vanves en París y me he roto la espalda con martillos y hachas en jornadas de veinte horas en Norteamérica sin doblarme y sin perder la pasión.
Atardece.
Limpio la mesa, vacío los restos de cerveza, separo las latas para el
reciclaje. Continúo con Cesária Évora antes de salir a caminar. Escribo después
de mucho. He retornado a leer. Marina Ivanovna Tsvetaeva desea recostarse en el
hombro de Rilke, el dulce Rilke, poeta favorito de mi madre. Pensé en él, no sé
bien por qué, mientras deambulaba por las calles de Ginebra, algo entristecido
a pesar de haber contemplado las moles montañosas de Suiza. Mi amiga Volskaya
me pregunta cuán cerca estuve de Ucrania ocho años después. Pregunta si tendrá
que esperar diez años. No hace poco estuve, respondo, en Eslovenia y Serbia. El
plan era asomar al mar Negro en la costa rumana e intentar subir por Akkermán (Bíljorod-Dniéstrovski) hasta
el Dniester y continuar inclinándome hacia Odesa. Sugirieron no hacerlo. Trump
acechaba como un djinn malévolo por quienes enfrentaban sus torpes decisiones.
Ni siquiera llegué al mar, esa es historia que ya he contado. Cierto que
Ucrania dejó de brillar para mí después de la desaparición de Irina. Otras
eventuales voces despertaban de cuando en cuando. Ahora, de improviso, cartas y
notas se han hecho diarias, escritas no a luz de un pabilo pero sí de un modesto
foco de 25. Reclaman un pasado bien antiguo ya.
Hoy va
haciéndose caduco. Leo sobre lobizones gallegos y fiestas de carnaval con terroríficas
máscaras. No dudo que explicarías al detalle acerca de ellos. No estuve en Cochabamba
en estas fechas el año anterior. Preparaba la visita a Betanzos desde un Denver
que aún nevaba. Helaba las puertas del pequeño auto que Aly me había prestado.
Creo que el año anterior, el 24, tampoco estuve. O sí, cuando llegaron mis
hijas y Álex en la primera reunión luego de mi viaje de retorno.
Anna Volskaya
escribe momentos atrás, desde Kiev. Literalmente se está congelando. Si se lee
las noticias se verá que es cierto el desesperante invierno de la Ucrania de
principios del 2026. Ocho años y algo más pasaron desde que caminaba al bar
escocés en la casi esquina del bulevar del hetman Skoropadsky, notable asesino.
Broma de la vida que esconde hábilmente de tu intelecto cuán rápido el tiempo
vuela. ¿Serán diez?, pregunta Anna. Y en este instante diez años ya para mí son
la eternidad, muy lejos de la sonrisa de cuando tenía cuarenta y paleaba nieve
descalzo y sin camisa. Debo medir, me aconsejan, y por supuesto que sí, hay que
hacerlo y además no queda otra. Terminó el tiempo difícil sin garantía de que
este vaya a ser mejor. Lo es en espíritu y eso importa. Hora de planificar, ya
nada está ni asegurado ni regalado. Me congelo, dice ella; y Kate afirma lo
mismo aunque no tan extremo.
La
geopolítica está convulsa, de cabeza, no se sabe a ciencia cierta qué va a
pasar. Extraño que en su crisis emocional Donald Trump siga aferrándose a Rusia
que es caso perdido. Agarrarse de las ruinas de un imperio no sirve, Rusia no
juega ya, a pesar de sus obsoletas armas nucleares, misiles que explotan antes
de volar, soldados en la trinchera del oeste que llaman “Coca Cola”, por el
color, al agua putrefacta que beben. Me recuerda los libros de Sven Hassel en
donde en el frente oriental el vodka tenía de todo menos patatas, incluso jugo
de cadáver.
Recorro la
historia, la “guerra de invierno”, en la Finlandia del 39, con relatos
alucinados, rayanos en la fantasía. La silenciosa muerte vestida de blanco,
impredecible, invisible. No es propiamente alba en el conflicto ucraniano,
hasta la guerra ha cambiado de expresión. Anoche vi en televisión, surreal, a
un soldado ruso disfrazado de pingüino, con traje de aluminio para engañar a
los drones, y al que se acerca de frente uno de estos, pequeño como araña de
cuatro patas y adiós pingüino. Narraban que la última carga de caballería fue
la de los ulanos polacos contra los tanques panzer alemanes. El ejército de
Putin no carga pero monta caballos, burros y mulas para trasladar material. ¿Por
qué Finlandia? Porque fue otra derrota rusa, igual que contra los japoneses en Manchuria.
El imperio se desbarata. El único que parece no darse cuenta es el mesías
rosado de la Casa Blanca. Ni eso podrá evitar su debacle.
Sodade. Sí. La bailo solo, en silencio; los vasos
están lavados, hierve agua para el café. “Me congelo”, suenan tus palabras. Y
brilla aquí, como en el himno local, el sol radiante. Paradojas y soldados
disfrazados de aves antárticas. ¿Qué falta por ver? ¿A Napoleón en la silla
presidencial de Bolivia? No el adusto emperador en el frío de Eylau sino a un
jumento de estos que pare la “izquierda”. Es otro viernes y no pondré a la diva
del Cabo Verde a cantar. Sí tangos de la década del treinta, sin letras
completas solo con estribillos. El estribillo que rima con frío es el de
muerte, el brutal suicidio ruso.
30/01/2026
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Imagen:
Fritz Burmann, 1924
Tuesday, January 13, 2026
Faldas de los Cárpatos
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Preguntan si he olvidado a Ucrania. Por supuesto que no. He estado derivando por el trópico y otros menesteres literarios. Entre varias cosas. Con cierto sigilo por un extraordinario año que se iba, que parecía que nunca abandonaría. Extraño imperio de la calma, casi lecturas adolescentes de Hermann Hesse, las vicisitudes de Max Demian leídas a escondidas durante las clases de dibujo. De todos modos, siempre he tenido manos inútiles para ese arte. Mirando tranquilo por la ventana, en un universo que aún no prefiguraba al lobo estepario. ¿Y ahora? Noches perpetuas de lluvia. Altas montañas iluminadas por parpadeos. Hasta hace poco eran preámbulo de dulces líquidos azules, tenues amaneceres con las persianas abiertas. Hoy prefiero el silencio de la oscuridad, perros ladrando, cierta vieja cumbia que tocan en algún lugar de los techados que contemplo. No me interesa descubrir su proveniencia. Cierro los ojos de Cochabamba y sueño. Me concentro en los movimientos de una nueva novela, acaricio sus posibilidades; lejos de cualquier influencia deseo hacer algo que me guste, que en absoluto deba justificar. No tendrá los claroscuros de László Krasznahorkai, es más bien un lienzo plagado de verde. Creo.
Digo al
amigo que pregunta que es un silencio adecuado a los cambios de época. Que le
explicaré cuando vaya avanzando con ellos. Pero quedan las páginas sobre el
libro de la guerra de Ucrania sin terminar y tengo que hacerlo. Me lo debo, y a
Irina, y a mucha gente que vive en tal memoria. Kateryna ha recomenzado a
escribirme, ha bajado de las faldas de los montes Cárpatos a las
extraordinarias callejas de Lviv. Su última carta, anteayer quizá, justo antes
de que el misil oreshnik tocara su ciudad. Poco hace temblar una explosión de
semejante calibre a las mujeres que aguantaron por centurias a la Horda de Oro.
Continúa hablando, contando tristezas sin jamás decorarlas de sollozos. La vida
es así por ahora y así la vivimos. Un pueblo que fue el sostén económico,
industrial y científico de la Unión Soviética. Capaces de construir lo
inimaginable, de dejar anoche a Belgorod en sombras a pesar de cuatro años de
asedio permanente por el enemigo. Nunca la vencerán. Si Ucrania se acercó a
Rusia a mediados del siglo XVII es porque se trataba de un asunto de
supervivencia histórica. No implica que sean lo mismo porque no lo son. Hay un
entremezclado lógico por tanta convivencia que confunde pero llegó el tiempo de
separar las cosas. Y soñar con la Gran Ucrania que recupere de Rusia las
regiones aledañas que siempre fueron cosacas. He ahí el logro innegable del
tirano enano, el agentillo secreto, mediocre y falaz. Se lo agradeceremos
cuando Rostov y Taganrog, el Kubán, retornen a casa.
Anna
escribe hoy, la otrora abogada de Sumy. Apenas un críptico “hello” desde
septiembre. Sus condiciones distan de ser las mejores y no hay manera de
comunicarnos más seguido. Pero allí está, en una palabra que apenas es un punto
en el vacío de una página virtual. Hay ausencias profundas. La villa de Poltava
jamás será la misma y nadie me explicará, no ha de interesarme ya, en dónde se
ubicaron las fuerzas suecas. Seguirá hermosa como sigues tú en mi memoria.
Colorida, de vestido azul, conversando acerca de Gogol y Korolenko a orillas
del Vorskla.
Suena Gogol
Bordello en el tocadiscos. Me lleva a Uzhhorod, bajando de la montaña en forma
de herradura. De Lviv y Kiev a Cochabamba. Y de Valencia, España, también,
donde el éxito profesional de mi amiga Victoria enorgullece a esa generación de
mujeres ucranianas a las que quiso destrozar la guerra sin lograrlo. Es que por
más que busque en los recovecos, en cartas y mensajes, en notas manuscritas, no
hallo llanto ni queja que exceda aquello de los inconvenientes de la situación.
De las originales maldiciones a los chechenos violadores del 2022 a la solidez
de una tranquilidad admirable hoy.
El conflicto
continúa. Sin embargo el mundo está cambiando y la geopolítica se acomoda en
espacios inverosímiles no hace mucho. Veremos cómo afecta. Cuando los santones
islámicos de Irán cuelguen de grúas como hacen ellos con sus prisioneros. Y
demás…
Me reservo
aún aquel viaje por el delta del Danubio. Tarde o temprano ha de llegar. Me
sentaré en un café de Odesa como antes y visitaré Mariupol reconstruida, sin el
encanto del pasado que cargaba pero con ánimo y esperanza. Nunca el mar de Azov
será el mismo del 2018 pero sabré enamorarme de nuevo de su costa. Me
fotografiaré al lado de Majnó en Huliaipole. Así quise llamar la casa solariega
que construiría en Corani en medio del bosque de pinos. Ya no será, hay
demasiados nefastos “hermanos” alrededor, escoria que arrastra a Bolivia hacia
el abismo, jamás serían parte del ejército insurreccional de Ucrania ni de
ningún otro. En el feudo del narco solo hay un dios y no es el de la rebelión.
No, no he
olvidado. Cierto que me he distraído pero hemos vuelto, justo cuando se
renuevan las misivas que llegan de ese lado del mundo. La guerra todavía puede
durar mucho. Acabaré el libro pronto. Sirve para ejemplificar lo que vi y
sentí. Para seguir alegrándome de forma macabra con la eliminación de tropas
rusas, con criminales de guerra volados en la puerta de sus hogares como
corresponde. Putin tiene miedo. Su existencia llegó a su fin. El niño mimado
del jet set europeo es un individuo pequeño aterrorizado. Sabe lo que le
espera, a manos de los suyos por la derrota o a manos de Ucrania que lo ahorcará
del ángel de Kiev en el centro de la capital. Será un día de gloria, con bandas
y danzas cosacas mientras el viento agita el despojo infame.
Suaves
pendientes, con nieve, suben a la montaña. Hogar de contrabandistas y de
fantasmas. Fue un día crisol de cultura ucraniana, judía y gitana. Hitler se
encargó de barrerlo del mapa; Putin quiere hacer lo mismo. Ni uno triunfó
totalmente ni lo hará el otro. Si bajo del norte y voy hacia la izquierda
llegaré al mar Negro. Si lo hago por la derecha encontraré el bosque sombrío, los
castillos en ruinas que defendieron las fronteras de Moldavia de los otomanos,
el borde de Besarabia.
Tengo que
contemplarlo de nuevo. Lo haré algún día. Los años pasan pero no las ideas
fijas. Y Ucrania es una fijación desde la infancia.
13/01/2026
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Imagen:
David Burliuk
Tuesday, December 30, 2025
2025
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Dostoievski leyendo Don Quijote en Omsk. Frío y lobos. Hielo y lobos. Hierro, castigo. No puedo escribir, decía, mientras no digiera las experiencias, o algo así. Después el sol de Semipalatinsk, la estepa kazaja, de cuyas historias me nutrí por los inmigrantes rusos en el Denver de los años noventa. Ahí también el viento gélido corta el cuerpo en dos. No peor que Omsk. En la memoria, la brisa de Pavlodar agita tenues las hojas de los manzanos. Los años corren, así este. Hay aromas persistentes, permanentes en el pasado. Eso prima; eso queda.
Mucho
recuerdo de este año, si cabe llamarlo así porque está aún muy vivo. Tal vez en
unos meses se pueda mencionar estos tiempos como idos. Por ahora no. Escribir,
por ejemplo, comenzaría Neruda, pero no deseo comenzar. Mejor dejarlo así, en
la imperfección de los sentimientos. No sabíamos a lo que nos exponíamos y está
bien. Si lo aprendimos o sacamos conclusiones se verá luego, por ahora hay que
dejarlo correr. Todos mencionan la velocidad con que pasó; fue lentísimo para
mí. Es más, me asombra que terminase, no lo hubiera creído. Pero estoy ante el
hecho concreto. No se difuminan las siluetas de Coruña y de Betanzos, para
nada. Tampoco las de Belgrado y la espera del bus que me llevaría a Bulgaria y
del que tuve que alejarme sin yo quererlo. Circunstancias que tal vez truncaron
cosas pero ni pensarlo, la dinámica excede con mucho las posibilidades y no se
debe mirar atrás a riesgo de transformarse en sal.
Primer año
jubilado, valga anotarlo, con el cúmulo de errores que hechos recientes y
desconocidos traen consigo. Y con harto positivo, por supuesto. Ni lloroso ni
meas culpas. Si algo se perdió, y bueno, tanto hemos perdido en décadas. Y si
no, pues venga que las fuerzas se han renovado y luego de doce meses uno ha
aprendido a construir trincheras, a solidificar defensas y crear estrategias de
avance. Ha ejercitado sus filas, las ha disciplinado. Como un año de provincias
para los maestros rurales, puro aprendizaje. Observa el maestro Juan Rulfo
desde Sayula; observa y sonríe. Sonrío también, el guante ha sido echado, no
tanto los dados. El desafío, no el azar.
Hermoso
veinte veintinco.
30/12/2025
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Imagen: Marc Chagall
Friday, December 26, 2025
Mama Catash
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
De mi archivo de música saco un disco viejo: Mama Catash, de Los Engreídos Olímpicos de Huancayo. Bellísimo. Lo conseguí en Denver gracias a Juan Cántaro, compañero de labor y nativo de Huancayo. Pequeño y furibundo. Llegó hacía años con otros paisanos suyos contratado para cuidar caballos en California. Luego derivó en Colorado, y allí trabajamos juntos. Recordé, viéndolo, el retrato que hacía José María Arguedas de los indios del Mantaro, nunca sojuzgados. Juan discutía y se enfrentaba a tipos el doble de su tamaño que le temían porque su rostro se transformaba en ira. Dioses antiquísimos de la montaña. Está en uno de los más bellos libros escritos: Los ríos profundos.
Suena la
María Angola en el fondo de la memoria, campana con gotas de oro. Continúo yo
con la conquista del Perú. Huáscar Inca ha sido detenido por Quiz Quiz y
Atahualpa por Pizarro, casi al mismo tiempo. Al sur, cerca del Cuzco el
descendiente del sol; al norte, en Cajamarca porque no se pudo en los Baños de
Cunoc, el usurpador. El cura Valverde, con cota de malla sobre el pecho, alcanzó
a Atao Huallpa, el quiteño, las Escrituras y este las arrojó lejos. Nos
enseñaron en la primaria esta escena que supuestamente habría decidido la
suerte del rey. El sacerdote demandó a Francisco Pizarro el castigo del hereje.
El soberbio magnate andino que se creyó invencible cayó al silencio de la
oscuridad. A Fray Vicente de Valverde lo devoraron los isleños de Puná en el
futuro.
Difícil
escribir y no bailar con esta música. La lluvia me tiene de rehén dentro del
departamento, a pesar de que me encanta mojarme. Pretexto. Euforia de estos
musicantes que bien se llaman a sí mismos engreídos y olímpicos en justicia. Región
caótica desde siempre, además de hermosa. La resistencia a España, las hordas
de Sendero Luminoso, el narco desperdigado en cada rincón.
Perú.
Magnificencia del Señor de Sipán. 5000 años de Caral.
Vallejo y
Scorza. Ricardo Palma y Mariátegui. Escribía el poeta César Calvo en Nocturno de Vermont:
(Qué luna
inalcanzable
desmadejan tus manos
en tanto el tiempo temporal golpeando
como una puerta de silencio suena.)
He visto
llorar a Juan Cántaro, cuando por la noche limpiábamos los oscuros antiguos
pasillos de la Universidad de Denver. Lloraba por María, mexicana, a quien
había arrebatado a un coyote guatemalteco, detestable y más pequeño que él, que
traficaba personas y cobraba a las mujeres que pasaba con su cuerpo. Se las
chingaba atravesando Las Cruces, Nuevo México, al borde del desierto de
Chihuahua. Allí hay un puesto fronterizo norteamericano. Volviendo de uno de
sus viajes, encontró a su esposa, en su cama, con el peruano y el drama finalizó
el matrimonio. Ellos, los infieles, se casarían y terminaría también mal.
Lloraba Juan en la oscuridad de la
biblioteca en el sótano, con originales de Desiderio Erasmo y Descartes iluminados
con lamparillas singulares. María no era linda pero sensual. Tenía gran éxito
entre los hombres.
Se volvió a
casar, con otra mexicana. Tenía Juan un carácter de mierda, irascible, no
aguantaba nada. Trabajando él de noche, así fue por largos períodos, ella
consiguió sustituto; el invierno de Colorado es durísimo. El feroz indio del Mantaro
reaccionó de forma extraña. Compró una casa porque había ganado mucho dinero y
permitió a su esposa vivir con el otro en la parte superior mientras él
adecuaba el sótano para sí. Más una vagoneta cero kilómetros que se la regaló.
Más todavía: registró una empresa de canaletas para el “muchacho”, como lo
llamaba e incluso lo ayudaba en eso cuando había demasiada demanda. Caminos de
la vida…
Hablaba tanto
de la muerte siendo menor que yo. Sabía, decía él, que al envejecer lo
soterrarían en un asilo y que su fortuna se quedaría con el otro; con su hija
también por supuesto. Lo había aceptado. Volver al Perú era impensable. La
guerra de Sendero había eliminado todo recuerdo del país. Destrozó el recuerdo,
aniquiló la esperanza. Alcanzó en los Estados Unidos lo que nunca había soñado.
Supongo que las vicisitudes resultaban minucias dentro del amplio panorama. Yo
discrepaba con lo que hacía pero lo respetaba y jamás se lo mencioné. No tenía
amigos y de los que más desconfiaba era de sus compatriotas. He oído eso antes
con distintos grupos étnicos…
Cinco
canciones del disco. En cuarenta minutos se escucha. Lo vuelvo a poner. Mama
Catash es mama Catalina. Aquí se utiliza el vocablo “mamacata” para referirse a
mujeres gruesas. Se deriva de mama Catalina pero no sé mucho más. En algún lugar
del disco el vocalista grita “puro Huanta”. Hablamos de Ayacucho, de una ciudad
que dicen la esmeralda de los Andes, cercana a la región del VRAEM, centro de
la guerrilla post senderista y del narcotráfico ligado a ella. Vaya ritmo,
perfecto para bailar y derramar chicha desde inmemoriales tutumas. Violencia
imperando por sobre la belleza del valle de los reyes. Tragedias nuestras.
De Juan me
queda este disco. Lo llamé el último junio pero no pudimos vernos. Le conté que
estuve en España. También historias de su raza, su pueblo, de cuando la vida
era pobre pero no corría la sangre en las acequias. Su negocio, porque es suyo,
de las canaletas va muy bien. Prestar servicios es la mejor manera de
enriquecerse en el norte. Cada vez más los inmigrantes latinos fundan pequeñas
empresas, algunas se hacen grandes. Inmigración de gran dinamismo y brutal
trabajo. Su mujer parece contenta con su “muchacho” y el viejo Juan Cántaro con
proveerlos con esa felicidad. Vale, claro que sí.
Silencio en
la noche. Aquella canción argentina se referiría al Somme, a la calma que
sucede al horror. Abro la puerta y mi departamento se diría que es la boca del
lobo del quinto piso. Nadie otro vive en él. Solo mío. Hay dos puertas cerradas
enfrente. Gradas hacia arriba y hacia abajo. La espiral que permite ver el piso
del fondo. En Nueva York me gustaba salir del cuarto del Hotel Chelsea y
apoyarme en las escaleras interiores y contemplar su fondo. Algo de mágico en
ello, hechizo de lo solo.
Dylan
Thomas muere en la habitación 206 del Chelsea. “Do not go gentle into
that good night”. Do not.
26/12/2025
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Imagen: Huancayo antiguo
Tuesday, December 23, 2025
Preámbulo de la buena noche
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
En tiempos de Sofía Paleóloga los campesinos cuchicheaban que las campanas de Novgorod sonaban solas por las noches. El Kremlin rojo, Milana Seménova que cuenta historias de Veliky Novgorod, Novgorod la Vieja, su ciudad. Cuando Rusia invadió Ucrania, ella y sus dos hijas emigraron a Rumania primero y luego a Francia. No quería saber nada de lo que sobrevendría. Tuvo lúcida y temprana razón.
Estoy en la
ventana de un quinto piso en Kiev viendo caer la primera nieve. Mucho antes de
la guerra. Agarro una chamarra y salgo. Tomo para la izquierda y otra izquierda
y una cuadra después entro a un sótano bar al que suelo ir. Me siento en el
extremo de una larga mesa y pido un vaso de chop ucraniano y un shot de vodka.
Y fueron cuatro, con un plato de arenques fríos. Kremlin bermejo, la estatua de
Rachmaninoff, el parque, el otoño. Victoria por teléfono me advierte que se me
aproximarán “chicas” al verme solitario; le respondo que no voy a bares a
levantar mujeres, prosaica y mediocre costumbre. No necesito nada mientras
sorbo la bebida y mato la cerveza con agüita rusa.
Pienso en
Petliura y Majnó.
Irina, de
vestido azul, vendrá más tarde. De entonces hasta la muerte. La luz halógena de
la lámpara no puede recrear sus ojos. Flotan como lunas celestes del
firmamento. Reconozco sus pupilas en medio del brillo de aquellas de los
innúmeros fangs que relatara Cendrars.
Agito con
lentitud el café instantáneo. No hay otro a esta altura de la noche. Cerré la
ventana de la sala porque el aire susurra, sugiere notas dormidas del oblast de
Poltava que hoy no deseo recordar. Mi mente está en otro lado, en donde un
imposible amor me ha dicho que no se encuentra bien. Menciono la lluvia porque
siempre amenaza. Relámpagos en el horizonte, flashes de un pretérito con
espasmos de futuro. Tanta calma, no lo hubiera creído. Sin aprendizaje zen,
venida, caída del cielo como por encargo. Sosiego que no es inercia. Hasta disfruto
de este horrible café disuelto.
Hoy he
visto fotos de Lequepalca y de Curahuara. Blancas torres; Lequepalca en donde
habito en mi efímero período de administrador de carreteras. Bordeo el inmenso
patio de la iglesia. Oscuridad plagada de sombras, agujeros no más anchos que
un cuerpo en las paredes del cerro, minas individuales de azufre. El hombre se
arrastra hacia adentro, rasca la roca del fondo y se arrastra de nuevo hacia
atrás en peligroso movimiento. Si sucede algo y grita, su grito se irá al
centro de la tierra, nadie lo ha de escuchar. A lo sumo dirán que las almas de
los penantes balbucean incoherencias entre el silbido de la paja brava.
Me doy una
escapada hasta Patacamaya. Retorno después de la una de la mañana. Abro la
puerta del salón, los trabajadores roncan, les huelen los pies, la explanada
afuera se ha cubierto de escarcha. Me da un escalofrío que me apura al lecho, a
meterme entre pesadas frazadas grises, como las del conflicto del Chaco. Ni me
quito los calcetines porque el frío cala. Qué estará haciendo ella, dolida y
maltrecha, me preocupo y pregunto. Muy tarde para escribir, he de soñarla.
Me
impresionó esa imagen de las campanas tañendo solas en las horas que duermen.
Escucharlas desde el campo, desde una isba de paja y barro. Impresionante, para
cerrar los ojos y rezar que no se te abran ante cualquier jugarreta del
Maligno, porque no puede ser otro que él que agarra los cabos sueltos y las
retumba en el silencio. Cualquier brizna de hierba rota puede denunciar
caballos mongoles, la esclavitud o la muerte. Nada bueno ha de salir de esto,
ni siquiera del profundo tintinear de objetos santos. Yo que soy descreído en
su totalidad puedo oler azahares místicos. Avanza el reloj, fresca brisa se
filtra por debajo de la puerta. Absoluta oscuridad del quinto piso ¡quinto como
en Kiev! Ni siquiera caminar de hormigas, termes adiestrados para romper
concreto. Una lucecita abajo avisa que hay un cuidador del edificio contiguo que
se calienta con un anafe a querosén. Devora tal vez una huminta en chala que le
prepararía su esposa. Observa, de vez en cuando, el esqueleto de la
construcción pero prefiere no adentrarse en sus recovecos. Nadie sabe lo que
guarda la noche; a veces, entre tormentas de hielo, las cavidades arrojan
figuras que se enroscan y rápido desaparecen. Pero allí estuvieron y las he
visto. Mejor ni pensar que ando descalzo y se enfriarán los muslos de temor.
Divago, lo
sé. Cama abandonada, sábanas de marrón oscuro, alrededor una gran naturaleza muerta sin Cézanne. Serán los
minutos, la gente que se acuesta temprano a dormir; ni sonido de amantes hoy,
el dulce vientre contra vientre como timbales barrocos. Prosigo, agito el resto
del café ya tibio y mastico una empanada picante que compré en la calle.
Notas de
fin de año. Pareciera que estas han de ser diferentes. Doce meses reptaron con
lentitud. No hablaré de pesadumbre y esperanza es palabra engañosa. Queda lo
que quedó, si bueno o malo lo dirán los meses que vienen. La última vez que
sucedió fue a fines del 2018, algo similar sin ser igual. De ese año salen las
figuras del Kremlin carmesí, el hermoso cabello de Milana, una joya. Victoria y
otros nombres magníficos. Irina, Kharkov. Falta todavía para las postreras
bengalas del 2025 y últimas palabras de un libro importante que terminarán con
él. Con nombres propios también, por supuesto, que ya han sido anotados en un
breve volumen y continúan haciéndolo en este. Después será referencial, no acabado
y menos fallecido pero algo lejano a nuevos proyectos que pasan por cambios de
estilo en lo literario y por tranquilidad amena . Afino listas de libros a
leer, de las ya existencias de hoy que posiblemente no alcance a completar.
Una
matrioska ucraniana se esconde entre los treinta y tantos volúmenes de las
memorias del general O'Leary, un tucán guatemalteco en piedras negra y roja,
una postal que nombra Sobrado, corcel de Diana Aitchison, gallos galo y
portugués, una rata en madera comprada del barrio chino de San Francisco el
2008, calaveras en boda, ataúd con calavera.
Alphonse
Daudet y Charles Dickens. Converso con mi tía acerca de cómo se va perdiendo la
compresión de la ironía, que ella, a sus 94, mantiene incólume. Pues… un
grabado en miniatura elude las fauces de un tigre del Sunderban.
23/12/2025
Tuesday, December 16, 2025
Rastros del principio del fin
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Me está tomando bastante tiempo terminar el libro de Juan José Vega, La guerra de los viracochas (Resumen de la conquista del Perú), Lima 1969. Es que me detengo a cada instante para revivir lo que el autor narra acerca de las guerras intestinas indias a tiempo de la conquista y compararlo con lo de hoy, en esta Bolivia que fue, y sigue siendo, el Alto Perú. No el surrealismo de André Breton, ni las figuras de Wilfredo Lam, esto es el burdo caos, circo interminable que marcha en constante y rápido retroceso hacia el futuro de Somalia o algo peor. Ya hasta jocoso está decir que corre el siglo veintiuno. Más parece Molière, el lazarillo de Tormes o las escenas de von Grimmelshausen. Medieval, absolutamente medieval. Poco ha cambiado desde la época en que Huáscar Inca y sus cuzqueños enfrentaban a los quiteños de Atao Huallpa (según lo escribe Vega).
La
República de Bolivia ya nació una mentira, una asociación de pudientes que negó
la esencia revolucionaria de Bolívar o de Castelli e impidió a las grandes
masas indias pertenecer activamente al nuevo paradigma. Siguió con el embuste
del indigenismo y desconocer que la gran culpabilidad del fin no era de España
sino de ellos (nosotros) mismos. Mientras no haya una seria discusión al
respecto seguiremos enterrando vivos a los “enemigos”, asesinando con imposible
saña al otro, jugando la pantomima del progreso en un pueblo atrasado hasta el
fin de los días. Nada ha de transformarse porque no será posible educarse. ¿Tirarnos
a la fatalidad entonces? Preguntas sin respuesta en tierra que no concede
futuro a sus jóvenes, Gomorra magnificada, ensalzada de forma falsa como
rebelión social. El sueño de Pablo Escobar hecho realidad a manos de seres horripilantes
disfrazados de kusillos, republiquetas que desmerecen aquel épico nombre, centros
de vicio y oprobio, feudos de fango. Los monstruos de los tejidos jalq'as
habían sido una cierta oculta presencia que siempre nos hemos negado a creer. Sí,
claro, el bucolismo del domingo por la tarde con chicharrón, deliciosa chicha
kulli de Todos los Santos, salteñas picantes de Cala Cala e infinidad de
maquillajes continúan dorando la píldora acerca de lo que sucede acá. Yo mismo
contemplo el Tunari de mi infancia y me suelo engañar también. Existe una
guerra sorda, brutal, un todos contra todos que reaviva lo que aprovecharon
Francisco Pizarro y sus secuaces para con diez mil españoles destruir un
imperio de millones. A eso vamos y no habrá España para culpar y los Estados
Unidos ya están demasiado lejos para cargarles el bulto.
Curzio
Malaparte describía en Kaputt la
desolación que observaba desde Finlandia. Caballos en carrera congelados en el
lago Ladoga como metáfora del tiempo implacable que no perdona. Lecciones nunca
aprendidas de la historia, siempre el ser humano, incapaz de grandeza
colectiva, al arbitrio de dementes y tiranos. Mi asombro actual de observar una
Bolivia dominada por la cocaína. Antes se podía alegar que era una manera de
devolver “favores” al imperialismo; pues, la triste verdad es que el
capitalismo salvaje ha triunfado en todos los campos, la droga se ha
enseñoreado, incluso aquí, por encima de todo. La muchedumbre se ha prostituido
en las redes sociales creyendo en su libre albedrío sin ser más que míseros
fantoches vapuleados por el capital. Ni derrotista ni fatalista, lo que veo en
la Cochabamba de hoy, que seguramente se extiende a lo largo del país, es que
aquello, la coca y la cocaína, que solían “representar” una suerte de rebelión,
son el dogal con que vamos a alcanzar el fondo, nada inesperado pero terrible.
El texto se
me escapó por ramas que no pensaba tocar. No inusual en la escritura. La idea
era hablar de literatura, a la vez que de lecturas al azar de la obra de John
Reed. El gran norteamericano arrancando de las paredes carteles en las ciudades
alzadas para conformar en papel una narrativa de lo que fue la Revolución Rusa,
también fatídico momento que comenzó con poética y gloria y culminó en
desastre. Cuánto amaba en mi juventud leer a Herzen y a Bakunin, anotar paso a
paso pormenores de 1848, de 1863. De Chernichevski a Bujarin, de la debacle de
Kronstadt en 1921 a las notas de Volin. Los populistas del siglo XIX. Otra vez,
ficción colectiva que no nació como irreal pero que se convirtió en parodia
según suele ocurrir.
Se me
vienen a la mente imágenes de Solzhenitsin, del gulag y de 1914. Un tren salía
de Vinnytsia, a orillas del Bug. Me acuesto a tu lado, Natalia Aleksandrovna, y
te veo respirar. Tus caderas delineadas debajo de las sábanas, tu fraganciosa
juventud. Enfrente de la ventana oscura desnudas los pechos tenues, largas
piernas blancas con lencería modesta y bella. Listos para en su momento partir
hacia esos lugares que describió el autor ruso. No te despierto, te dejo dormir.
A ratos me recuesto a tu costado con un libro abierto de anotaciones de don
Francisco de Viedma y Narváez, gobernador de Cochabamba. Las diez cuarenta,
debo cocinar. Lejana quedó la angustia. No existen derrotas, a pesar de que
comienzo el escrito con una general. No hay incoherencia, los contextos
difieren. Prefiero sentirte, tocar tu cabello de metro de largo, aroma de
perfume caro que te regalé. Pronto habrá baile de cuchillos y colores fuertes
para decorar con especias. Distraeré la mañana con el mayor silencio posible
para no despertarte. Debo acostumbrarme a hierbas y verduras no de mi entorno,
frotarlas y olerlas antes de utilizarlas por inseguridad.
Ha llovido
toda la madrugada. La montaña se halla cubierta de nubes. Cielo color de ratón
gris. El rojo afiche del concierto de Siouxsie and the Banshees, 2002, en el
Fillmore. Flores del árbol llamado dama de la noche que arranqué del patio de
mi hermano Armando. Su esencia cubre el aire y eliminará lo prosaico de las
frituras. Sillones oscuros con historia. El
beso de la mujer araña, de Manuel Puig, con una nota de Francine que se
lee: “Te amo Claudie”. Navidad de 1987: “To my darlingsky Claudio, with
much love”… Regalo suyo. León
Felipe concluye: “¿Lo veis… lo oís… lo habéis oído? ¡Aquí no ha muerto nadie! Y
esto no es un responso, amigos míos… Es simplemente una canción”.
Quizá
todavía no sea un responso. Habrá que ver…
16/12/2025
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Imagen:
Detalle de tejido jalq'a






