Monday, November 29, 2021

Nuevos escritos de memoria antigua


MAURIZIO BAGATIN

 

Es difícil hablar sobre lo que se conoce, entonces intentaré escribir sobre Nuevos escritos de memoria antigua

“El hablar conquista al pensamiento; escribir lo domina”

-Walter Benjamin-

La literatura de Claudio siempre ha sido la literatura de la experiencia, de lo vivido, es un autorretrato que a veces se parece al autorretrato de Francis Bacon, desdoblándose para ver más allá, otras veces parecido a lo de Balthus, mirándose en un espejo borgeano, pero siempre es el autorretrato de Van Gogh, lúcido y sincero. Siempre nos habla de nuestro ethos.

La memoria no es solo cosas de dioses, a ellos está consentido el olvido, a los humanos es consentido aquel surco que pertenece al momento, al instante, a un estrecho espacio entre la esperanza y el arrepentimiento, y este es el espacio de la vida. Ahí es donde el stajanovista Claudio se adueña de todo lo posible. A través de la vida, a través de la escritura.

La literatura de Claudio es una receta culinaria que roba a la escritura todos los ingredientes, le exprime todos los sabores y nos devuelve un plato escrito con mucha sabiduría; es una cabalgata de cosacos hacia tierras aún impenetrables pero es también la calle melancólica de un pueblo invisible en pleno otoño, es su muerta ciudad viva que está siempre presente, y lo será en los libros que escribirá mañana porque son los libros que leyó ayer, Stefan Zweig, Marcel Schwob, Víctor Hugo o la poesía de César Vallejo; es una escritura que entra en la cocina y se entrega para el deleite de sus convivales. Y en búsqueda de sustraerse a su timidez, le añade el picante necesario, aquella capsaicina que a las palabras les hace solo el bien.

Nuevos escritos de memoria antigua es un diario de textos breves, es un cuaderno de bitácora escrito durante esta peste contemporánea, son 30 años de exilio voluntario, el trabajo nocturno, los amigos que nos dejan, y la dedicatoria que vale todo su contenido… nos acompañarán Paul Celan y Leonard Cohen, Nina Berbérova, Denver y sus fantasmas, Kerouac, Cassady, John Fante, el mítico Charly Brown y los platos que Claudio prepara para sus hijas Alicia y Emily, con el mismo amor que su madre los preparaba para él. La importancia de la belleza en la cocina y en la página.

La memoria llevada a la página escrita es la vida, y es la misma que nos transmitió Tolstoj, esa entidad misteriosa que para definirla estamos obligados en partir de la página escrita, esa no es más que el resultado del arte, es decir, de un artificio más sabio y complejo de muchos otros. Es el don de la literatura.

Noviembre 2021

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Texto leído en la presentación del libro, 18/11/2021

 

Wednesday, November 24, 2021

O mais grande


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Morena do mar. Dorival Caymmi. Bahía. Omar fue a Ilhéus, tierra de Jorge Amado. Mar, morenas do mar. Llegaba de São Paulo, con las costillas rotas por el sudamericano de karate kyokushin, full contact, escuela de Mas Oyama, del puño cerrado. Lo practiqué también un tiempo, hasta que en combate metí un corto al estómago del sensei y apareció un pie del cielo que me rompió la boca. Ya fue, a la mierda sensei y maestro Oyama. Me acosté a leer Paul Valéry. La lucha la dejé para noches de trago y pelea callejera, que no falta en un país de gente belicosa. Pude hacerme un collar de dientes, a la manera de la guerra en Nam, pero no, dejé que brillaran como opacas perlas a la intemperie.

 

Brasil maravilloso. Leí la vida del Caballero de la Esperanza, Luís Carlos Prestes, en letra de Jorge Amado, sobre los fríos mosaicos del pasillo en casa, enfrente de la “biblioteca negra”, con fotos que recuerdo de la Columna, de Prestes en La Gaiba, Bolivia, lugar que se hizo popular entre la gorilada narco del país en los años 80 por sus piedras preciosas. Decía Amado (no puedo olvidarlo): tanto alemán en la lucha por la revolución en el Brasil. Contaba de senos cortados, insoportable dolor. Tenía doce o trece años y no podía dejar las páginas. Libro grande, Buenos Aires, Editorial Claridad. Después Hitler se encargó de la esposa de Prestes, bulto muerto entre aquellos que perecieron al principio, comunistas y discapacitados. Era lo primero del autor bahiano que tocaba. Luego vino la floresta, sudores de hembra, Tocaia Grande, Tereza Batista que me trae reminiscencias de Elisabeth, que de amarme por treinta años me cortó la charla porque ella estaba con el “proceso”, y yo no. No el de Kafka, sino el de “cambio”, bien puestas las comillas. Perder mujer por fanfarria de falsos. Trágico. Me amaba de lejos, hay que aclarar, desde el fondo del recuerdo que fotografía sus marrones pezones con olor de eucalipto en los altos de Molle Molle.

 

Pai Xangó, dice Dorival Caymmi. En el mar de Ilhéus flotaban canastillos de flores para la reina del mar. Omar olvidó su pasado, Ilhéus lo devoró en la piel de la morena del mar; sería Yemanjá, la Mojana colombiana. Sobre el mar de Ilhéus flotan cáscaras  de mariscos, el olor es fuerte, este mar huele a entrepierna, al sueño de los justos, el juicio final. La noche pintaba de negro el cielo, de golpe, sin el sol que agoniza en otro lado. O tal vez la pinga estaba demasiado fuerte, arrebatada al destilado antes de tiempo, cachaza brava. Tambores locos, a gran velocidad; también la guitarra. El amor es así, metralla de percusión, la voz que se pone grave al cantar romance. Luego cese de tambores, el mar se calma. Pasa a lo lejos un petrolero iluminado como la pequeña ciudad que es. Sobre el mar de Ilhéus crecen extrañas figuras que nunca sabré qué son. Sirenas, o sirenos, o serenes, dicen hoy. Sirene, Selene, nombres. Ilhéus tiene chozas en la orilla, con focos de 25 watts, y el ron no es transparente como debiera. Lechoso, casi como pastis o el vodka real de las isbas campesinas.

 

Jogo bonito, garota bonita, Nossa Senhora do Socorro, Pedro Ferragutti entra en el mundo de cristal del chorinho, salta al pasodoble, se hace épico, de banda de kiosko en plaza a banda de guerra. Lo escucho. Entre sus notas se escurre el fantasma de su hija ida, Ligia se llamaba, o no me acuerdo, el choro marea, el chorinho apura el vaso hasta el fondo de un corazón de lata, latapuku, trompetista, platillero, cargado de esporas indias en un bigote hispánico, adorador de muertos, enciendo velas de neón a la memoria de las fugadas. Las busqué, a todas, en aviones y a pie por Condebamba, como vocero de noche, gritando al viento el nombre que creía ser el de dios, el de mis múltiples golems particulares con labios de nossa senhora, la mía, la garota bonita, el jogo bonito, que en la tarde de Cochabamba, frente a una ventana de sol, escanciaba vellos negros que hacían piruetas más arriesgadas que un tiro libre de Nelinho, el mejor.

 

Entre la negra Ilhéus y la itálica Socorro, donde los únicos negros que quedaban eran aquellos fallecidos. El samba negro y el samba blanco. Cartola y Adoniran Barbosa. Noel Rosa perdía la vida entre alcohol y sexo prieto, de afuera, porque adentro rosa como su apellido es. Me decían por los callejones de la capital gringa: no me has preguntado si tengo la enfermedad. Solo te pregunté tu nombre, le respondí, y fue mía mientras los autos pasaban a gran velocidad por la avenida. Dios, cuánto has bebido, preguntaba. No lo suficiente. Dejé que metiera la mano en el bolsillo de la camisa. La dejé robarme unos dólares, total, no viviría mucho, un año, dos, y pasaron treinta y no moriré de eso, ni de tristeza, como creí. Tal vez de hastío.

 

Subo el volumen a 11 de 30. A las dos y quince de la tarde se me terminó el pan. Y solo de pan vivo. Ajustaré los mocasines y saldré a comprar. En el tocadiscos del auto tengo canciones de Dublín. Qué salto. A salto de mata, esa debe ser la vida, riesgo y asombro constantes, mujeres que huyen, alguna se quedará. Mujeres que extrañan y perdonan y leen mis libros que se negaban a leer; después de mucho. Quiero comprender, afirma una, comprenderte, saber que mi hombre era un escribiente del sur, y estibador y barrendero. Obrero del aluminio y recitador de memoria de Lorca o Miguel Hernández.  

 

La chicha kulli se derramaba de la tutuma comunal. Púrpura la aloja, y casi amarillo el guarapo. Pinga en Ilhéus. Cerveza en Washington DC. Amaba a Francine sobre los rieles del ferrobús. Azules ojos miraban el cielo, mulas pasaban por la herradura fabricando cascajo. Por ella dejé la Sociología y la Química, y por Gloria la vida galante. Acabé con un inmenso combo en las manos, tratando de romper grandes mármoles al lado del río de Sarco. El gulag, pensaba. Algo de romántico había en eso del combo rebotando sobre la piedras sin hacerles mella. Polera y brazos desnudos. Músculo. Don Mario Poggi, el administrador. Me observa y seguro se pregunta qué dolor me habrá traído allí, a olvidar con furia las cosas en una marmolera en la bajada izquierda después del puentecito, antes de llegar a la iglesia.

 

Cuando desperté, el bus se aproximaba a una ciudad de rascacielos. ¿Qué es? ¿Cuál? Era Presidente Prudente, nombre que jamás había escuchado. Luego venía Campinas. Y São Paulo, a un hotelito en la rúa Mauá, cerca de la Rodoviaria. Había una estatua del Duque de Caxias, recuerdo. Y los cines de la avenida donde terminada la matinée comenzaba el strip tease, sobre el mismo escenario, y de allí a la noche con el único vocablo de portugués que sabía: gostoso. Gostoso era. Gostosa la vida que da tanto, incluso en medio del desaire y del desastre.

 

O mais grande. Brasil, país tropical. Neymar y Zequinha. Vi jugar a Garrincha, ya viejo y gordo. Leí a Suassuna, Machado de Assis y Clarice Lispector. Me hubiera enamorado de Elis Regina. Me gusta el cajú. Velho Barreiro en caipirinha. Nazaré Pereira con música de Belém do Pará. Amo la moqueca de peixe sobre fragante arroz. Amo el Café Fragmentos que era un pedazo de tierra hóspita de allí en mi ciudad. Y sé, como yo, que “todo mundo gosta de acarajé”, camarón con gusto de mujer.

24/11/2021

Sunday, November 21, 2021

Las cosas que son tan tuyas


ROSARIO BARAHONA


Ríos de palabras sueltas con todo ton y con todo son. Saetas clavadas en el corazón de San Sebastián. El alma en pena de Jack Kerouac paseando por El Prado de Cochabamba, narrándonos secretos varios.

Tres expresiones, y aún una cuarta: el don de comprender las cosas, asiéndolas, palpándolas con los índices y los anulares o acariciándolas como se acaricia el suavísimo lomo de un gato angora. Fue difícil elegir una de ellas para escribir este texto, suerte de apuntes de presentación, porque todas son per se en el libro que ocupa ahora nuestras manos temblorosas. Por eso elijo conscientemente las tres, y tal vez las cuatro, por ser ambos  números (tres y cuatro) místicos, cargados de significaciones.

Este libro se encuentra atiborrado de una trama de pensamientos, pensamientos entrecruzados que, acaso, sueltos, liberados y lanzados al viento, al fango o al precipicio, logran expresar, por un lado, las impresiones primarias que Claudio Ferrufino-Coqueugniot ha experimentado tras un suceso trivial o no, mortal o no (Escribir, por duro que sea, no lo será tanto como sobrevivir), corporal o no (Nunca es tarde. Tus músculos, tu sangre, no te van a engañar), onírico o no, ya se verá. Por otro lado, -y también, por qué no- se logra expresar el fondo de las cosas que se sedimentan en la memoria, las que maduran con el tiempo como el buen Syrah que Claudio bebe en sus domingos caprichosos, las cosas que se comprenden más -no mejor, no, o no necesariamente- a fuerza de la dura adquisición de experiencia, intuición y tiempo, ante todo, tiempo, sin el cual serían imposibles adquirir las dos primeras.

Claudio mira de frente las cosas del mundo, con embeleso y a veces, con horror. No como nosotros/as, los otros/as las miramos, a veces descuidadamente, a veces aprensivamente, o por lo menos, las cosas no lo miran a él como a cualquier mortal, sino como a un ser desaprensivo. Quizá por esa cualidad, él puede asir las cosas que todos conocemos haciéndonos pensar en las miles de posibilidades en derredor de ella, mientras percibimos con pasmo que en realidad no conocemos nada.

Pues bien, una precisión previa, quizá suerte de advertencia. Las palabras de cada párrafo de este libro son en su mayoría independientes, como si cada uno gozara -y goza, en efecto- de vida propia. Casi cada párrafo cuenta de por sí, su historia. A partir de cada párrafo es posible tejer y destejer, como Penélope, toda una odisea antigua. Eso sí, cada párrafo es como una flecha clavada en el corazón de San Sebastián, haciéndonos pensar como habrá pensado el santo durante su agonía, cuántas rápidas preguntas podrán hacerse en una lenta agonía: ‘por qué esto y por qué aquello, por qué la difuminación de la niebla en mi memoria, por qué sé ahora que tenía y aún tengo tal o cual recuerdo y por qué no lo he recordado sino hasta hoy, y por qué el bosque peligroso y lleno de secretos sucumbe ahora, como luz cegadora ante mis ojos y por qué, de repente, este dolor sobre mi corazón’.

El ejercicio de mirar las cosas desde otros ojos, sería, pues, una respuesta aproximada.

Pero al mismo tiempo este libro es mucho más.  Prácticamente carente de personajes como tales debido al carácter o formato de estas páginas (retazos narrativos cosidos con originalidad y tiento), también es la voz fantasmal de  Kerouac por cierto, un fantasma que flota, suspendido en el aire por el poder de su palabra penitente que permite que, a través del ojo y tacto de Claudio, comprendamos más aun aquellas cosas que interpelan, intiman, confrontan, resuenan y aunque se olviden, no se olvidan, pues tienen que ver con lo primigenio de la experiencia humana de nuestro autor  (‘como Jalisco fue para Rulfo’- parafraseo a Claudio- pues Cochabamba es para Claudio): la soledad de los domingos, los recuerdos que pesan de la lejana Bolivia, de la reciente visitada Rusia, el amor y la sangre en ambas.

Si bien Nuevos textos de memoria antigua no es una novela, pero Claudio es, sin embargo, novelista, me permito citar a Henry James, quien, en un ensayo suyo comenta sobre el novelista como un historiador de las emociones:

Un novelista es un historiador: el curador, el guardián, el expositor de la experiencia humana.

 

Pues eso es cabalmente Claudio Ferrufino-Coqueugniot, una voz propia que retumba incólume y viva, no solo a través de fantasmales voces de poetas muertos, sino a través de su potente pluma que escribe con desafuero y desaprensión.

Todo es en este libro, menos silencio.

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Contratapa para NUEVOS ESCRITOS DE MEMORIA ANTIGUA, Noviembre 2021

 

 


Friday, November 19, 2021

Habla la muerte, eclipse de luna


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Hay una hilera de mujeres acostadas. Llevan blancas máscaras. Un diamante rojo o púrpura en la frente. Oscuros cuerpos de albo rostro. Parecen chinas y son negras; no son han sino punu del Gabón, bapunu de etnia bantú. Y están muertas. Echadas a la intemperie, vestidos coloridos, piel lustrosa, brillosa, ajada, martirizada, joven, anciana. Las máscaras esconden la verdad de los cuerpos. Hieráticas, aguardan el sombrío rito del final. De ese grupo consigo tres, robadas al silencio. Dos delgadas y otra de anchos pómulos y largas orejas. Chinas parecen de rasgados ojos. Mientras en casa la chacarera cuenta de la raza muerta. Será calchaquí o huarpe. Dice mi prima Graciela que sangre de huarpe corre en nosotros, en avenida de río de piedras, galgas interiores que destrozan los propios huesos. Duele la espalda, tiemblan rodillas y para la chacarera quedan solo brazos; las piernas se fueron en carromato al rumbo incógnito.

 

Sombra de la tierra sobre la luna. 1:43 de la mañana comienza. A las 4:16 sigue, pero se muestra de a poco la luz. El tren del desierto de Mauritania es levantado por la arena con carga de hierro. Me recuerda los barcos que viera el loco Aguirre en las copas del Amazonas, suerte de naves fantasmas, de holandeses errantes, veleros al viento y del viento. El tren de Mauritania lleva miles de kilos consigo y las dunas lo mueven como cubos de hielo en algún whisky. Inmensas palas pegadas a las ruedas van barriendo los granos, y los obreros agitan las suyas casi en concierto barroco. El hierro se descarga sobre las bantúes muertas, ya cerca del mar y al sur, las mezclan con el mineral y nunca serán tumbas sino lingotes de acero. Es, quizá, una metáfora. Un judío de barba lenín ha instalado un telescopio a medianoche en medio de la calle Eastman. Me invita a mirar cómo el eclipse devora la luna. Miro con el ojo malo y luna no hay ni existe sombra, solo un vaho alcohólico que se mimetiza con el aire de invierno.

 

Me detengo. Coyotes y zorros escudriñan. Tiembla todavía el conejo en las fauces de la zorra madre. Me mira. No hay en su mirada dolor, grandes pupilas si son pupilas, dilatadas y sin siquiera asombro del futuro de ser devorado vivo. Me mira sin nada. Yo observo el eclipse. Un millón de años y nada. Los conejos y nosotros, el magro coyote astuto que juega a mísero para tener festín, la cola de zorra como fino plumero de punta blanca. La Salamanca, diablo del quebrachal, de la selva seca no lejos de Atamisqui, hace de pasos malambo y la tierra resuena como tambor macho en aureola de carnaval.

 

Péndulo entre el baile y lo estático, entre las coloridas máscaras de México y las funerarias del Gabón. Piso húmedo, este, allá en el África occidental. Pasan botes españoles, aterrados de los espectros del agua del Río Muni. Peces tigre marchan en desfile hasta la muerte. Se esconden en el torrente y decapitan ciervos y niños. Comen tanta gente que su carne se ha vuelto gourmet. A la larga, entre nosotros, es únicamente eso: antropofagia, antropomagia.

 

¿Por qué mi memoria y mi deseo vagan entre dos costas tan lejanas entre sí, entre Gambia y Salavina? Si me he deshecho de todo y alrededor no tengo más referentes, ni los ibis de Ghana ni los aguará guasú del litoral argentino en madera balsa. Que del puente imitando al medioevo sobre el Pilcomayo hasta la turbia agua de Biafra hay mucha más distancia que un simple sueño. Escribiendo busco a Prometeo, desafío a los dioses. Crearon y yo también creo. Pintaron y pinto, cantaron y bailo, asesinaron y decoro con sangre los labios de las mujeres muertas, en fila, en lista de espera, mientras sus agitados vestidos parecen ferias del arcoíris y el tren hace chúchú pesadamente, a medida que viaja hacia el cielo y que lo engolfan los nimbos hasta desaparecerlo.

19/11/2021

 

 

 

 

 

Thursday, November 18, 2021

Prólogo a NUEVOS ESCRITOS DE MEMORIA ANTIGUA


ALEJANDRO SUÁREZ

 

Cuando era niño, solía ver por televisión a un dibujante que tenía una rutina curiosa: le pedía a alguien en el estudio que hiciera un trazo al azar sobre una cartulina blanca, y a partir de eso, el artista era capaz de completar un dibujo con sentido y, además, de gran factura: un tren, un patinador sobre hielo, un paisaje. El dibujante parecía decirnos a todos los presentes: no hay trazos malos ni bueno, solo hay que saber mirar. Traigo este recuerdo a colación porque al leer “Nuevos escritos de memoria antigua” de Claudio Ferrufino, libro que reúne textos breves publicados en diversos medios entre 2019 y 2021, siento que estoy ante un artista de la estirpe de aquel dibujante: Claudio es capaz de tomar cualquier acontecimiento (el recuerdo de un amigo, la lectura de un pasaje de algún libro, una tarde de jardinería en algún barrio de Denver, la vista de una pelirroja tatuada en la barra de un bar) y como una especie de Rey Midas de las letras, convertirlo en literatura. De muy bella factura, además. Solo hay que saber mirar. Y él sabe, sin dudas.

Claudio Ferrufino nos presenta aquí una colección de textos un tanto inclasificables y por eso mismo, fascinantes, a medio camino entre el diario, el ensayo y la prosa poética. “Diario de mis impresiones, conocimientos, emociones, momentos”, me dice. “Soy un hombre curioso e intrigado por el amplio mundo. El resultado son estos textos que guardan todo: información, memorias, sensaciones; son literatura y se crean dentro de un concepto literario en su mayoría. Hasta en textos “políticos” siempre doy mucha importancia a la forma.” Y se nota, digo yo.  Quienes hemos sucumbido alguna vez a la prosa de Claudio, al embrujo de sus ya célebres novelas: “Don Rómulo”, “Diario secreto”, “Muerta ciudad viva” y “El exilio voluntario”, sabemos de lo que es capaz con el lenguaje, con ese estilo tan suyo, de oraciones y frases poderosas, pero a la vez sin hacer concesiones gratuitas al lector y con un compromiso ineludible con la literatura. A propósito: lo he dicho en más de una ocasión, pero “El exilio voluntario” es, en mi opinión, una obra mayor de la literatura boliviana y latinoamericana contemporánea. 

Decía Akira Kurosawa, el gran cineasta japonés, que en una buena película uno debería poder detenerse en cualquier fotograma y siempre obtener una fotografía que rozara la perfección en cuanto a composición. Algo parecido pasa con la prosa de Claudio y “Nuevos escritos de memoria antigua” no es la excepción: uno puede detenerse en cualquier párrafo al azar y siempre encontrar erudición, poesía, estilo, y ese algo inclasificable que palpita en sus textos y que no se enseña en ningún curso de escritura creativa. Eso lo tienes o no lo tienes. Y Claudio lo tiene.

Para muestra un botón. O dos:

“Observo el sábado norteamericano. Hay presión, coacción, control vecinal. El sábado es de dedicarlo al jardín. Para los perros son todos los días. Creo que, si uno rehusara perder su sábado cortando el pasto, si prefiriera escuchar a Arvo Pärt, mirar cine, tener sexo, quedaría mal con los otros. Existe una estética tácita que requiere cumplimiento de horarios y normas. No lo manda nadie, pero es notorio, pesado. A primera vista da la impresión de habitantes entusiasmados con el trabajo. Hablo de gente pudiente, que entre pobres no hay miramientos y a nadie le interesa arrinconar la basura. Me imagino yo en medio de gringos, leyendo El pabellón número 6 mientras los otros protestan que no quité la maleza, que el pasto excede el límite de tamaño que la decencia obliga. Ah, no, ahí estaría con la puteada como flor de labio, porque nadie me vendrá a decir qué hago con mi tiempo y cómo lo hago. Pero es una sociedad mediocre, de pensamientos siniestros y manufactura similar. Contemplo un par de negros, otro de latinos, chinos y filipinos todos podando, deshierbando, abonando para beneplácito anglosajón. Quien sale del cauce merece castigo y hay recursos sociales para hacerlo sentir. La sociedad uniforme, contenta, sonriente, armada con ametralladoras, asustada, regida por falsas normas y una más falsa comunidad. Se mueren por la comuna y no saben qué es. Ella no pasa por la obligación de ser todos iguales, de disfrazarse igual, de utilizar las mismas máquinas. La estética y, claro una supuesta ética. El ser buen ciudadano pasa por desfiles al unísono con los demás. Pasa por Donald Trump que a pesar de la crítica es quien mejor representa a esta población de jardineros.

Me imagino, sentado en calzoncillos, y por la ventana abierta Tom Waits a todo volumen. Da para persignarse, supongo, para visitar la church y cargar las pistolas. Tocan la puerta y preguntan: ¿Vecino, no va a trabajar en su jardín? No, respondo, mientras Chopin golpea las teclas de su Eroica y se erizan los pocos vellos indios de esta piel morena. Hoy debo leer, mirar desnudos, poner cine noruego en el devedé. Pero, dicen, su casa va a desentonar con el barrio. Así me gusta, respondo, porque yo no soy como usted, labriego sin solaz. Y cierro la puerta empolvada, que olvidé quitarle el polvo. Entonces los pilgrims conversan entre ellos, conjuran para expulsarme, para plantar cruces ígneas en mi patio. Mientras cambio el disco y pongo la Varsoviana, y leo a Paul Avrich cuando cuenta que aquel día, un día, explotaron bombas en cafés de Odessa y de Varsovia. ¿Qué hacer? Nada, esperar la hora para emigrar de nuevo, para descabezar los sueños y recomenzar otros. Hasta que nos toque y el barquero nos arrastre a la laguna y entone cánticos de bajo profundo, creyéndose que en lugar de recogemuertos es un barquero del Volga. Siempre quise ir a Kazán. Siempre.”

“Nuevos escritos de memoria antigua” es eso: la vida fluyendo ante nosotros, curiosos lectores. Es Claudio, quien usa el espejo de Stendhal en novedosa manera para mostrarnos el reflejo de la realidad, de su realidad inmediata, a través del filtro de su subjetividad y su poesía. Y la percibimos bella, a veces triste, o pletórica, o imperfecta. En otras palabras, viva.

 

 

 

Wednesday, November 17, 2021

Las manzanas son de Kazajistán


Claudio Ferrufino-Coqueugniot



Siempre, mucho antes que soviéticos y gringos miraran el desértico paraíso de Afganistán, soñaba con sus lechos secos de río, con árboles de damasco como pinceladas de color. Eso, además de la épica, que me contagió Homero, y la leyenda de la invencibilidad de los afganos en sus guerras con el mundo. Kabul, donde colgaban despojos de soldados del imperio británico de ganchos de carnicero, bullía en la marea diversa de sus calles, en donde no era extraño tropezar con la lámpara de los mil y un Aladinos del Oriente, o pisar las huellas de Alejandro, de Timur, recorrer con la mirada las piedras de Heródoto que siguen siendo las mismas en el Asia Central.

 

Y Afganistán es uno de tantos, de los Tajikistán, uzbekos, turcomanos, Bujara, Tashkent, Samarcanda, las alfombras que traficaba George Gurdjieff, las historias de Kipling, las huestes del Carnero Negro y del Carnero Blanco, los cosacos errantes, Julio Verne, Joseph Kessel, y ahora Robert D. Kaplan, y Christopher Robbins con su libro imprescriptible: Apples Are from Kazhakstan (The Land that Disappeared).

 

La historia comienza de manera simple, en un avión donde el autor encuentra un verborreico norteamericano de Little Rock, Arkansas, en viaje a Kazajistán, a conocer a su prometida por internet. Luego de una descriptiva charla y cuando van a separarse, el sureño le dice a Robbins: "y no se olvide, las manzanas son de Kazajistán".


Qué poco cuesta, al interesarse, comenzar a escribir una obra, que de manzanas, que en sí son un tema fascinante -no sólo porque supuestamente en ellas Eva, y las mujeres, causaron la desgracia de Adán y de nosotros, cargados de un pequeño y colgante rabo que maravillosamente nos hace sentir poderosos- se pase a asuntos de mayor peso como economía, política, historia, literatura.

 

Luego de leerlo, Kazajistán que era una escondida joya de la memoria, se anota hoy como parte necesaria de la ruta que he de trajinar, y de cuyos nombres me encantaría escribir sin descanso, desde la estepa de Karaganda, donde abonaron el frío miles de presos políticos, hasta las misteriosas montañas del Tien-Shan, o los verdores de Pavlodar donde mi amigo Yefim tiene una casa con un huerto de manzanos locales y una esposa fugada.

 

Inicia Christopher Robbins, por supuesto, con un recorrido por las especies de manzanas del lugar, que parece, en verdad, ser el origen de la fruta. De las manzanas se extiende por la geografía, las costumbres, algo de etnografía, bastante de culinaria, y capítulos magistrales sobre las estadías de Dostoievski, Trotsky y Solzhenitsin en el país, cada una de tres minibiografías que rastrean sus vidas por detalles casi desconocidos, con no sólo interés sino subyugante interés.

 

Trashuma por la mortecina luz del mar de Aral, seco, replegado, con el recuerdo de la orgía de peces que habitaba sus aguas, tanto que en la bandera presoviética de los cosacos del Ural (1918), se muestran picos montañeses decorados con calaveras de ciervo empaladas y como base un pez, del Aral, del Caspio, de un mundo que desapareció como era y que se funda de nuevo sobre lo que fue, en un raro equilibrio para la caótica región de la que es centro.

 

Robbins pasa buena parte de la obra en viajes y consultas con Nursultan Nasarbajev, presidente desde la fundación de la república kazaja. Aún desde un punto de vista imparcial se nota cierta simpatía hacia el líder, ampliamente señalado en el mundo por corrupción y violación a los derechos humanos. Robbins lo sabe, pero en sus viajes parece haber comprendido algo sutil de la existencia allí que justifica, bajo razonamiento, la presencia de un hombre que supo escurrirse entre los vientos destructores del fin del poder soviético, sobrevivir y sobresalir, y tener la inteligencia de desechar un poderío letal en armas nucleares abandonadas en su territorio. Eludir, tal vez y por encima de todo, el fundamentalismo en un país islámico y sobredotado en recursos, le permitió permanecer y ganarse aliados como los Estados Unidos.

 

Nasarbajev, con una visión similar a la que levantó Brasilia en el planalto, inventó Astana, hoy capital y ultramoderna urbe en medio de la más ignominiosa estepa, centralizando allí una dinámica que estaba demasiado hacia las fronteras. Astana reemplazó los antiguos nombres de Alma-Ata, Semipalatinsk y demás asociados a la historia de este gigantesco apéndice de Rusia y de la URSS, hoy autónomo.

18/12/2010

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Imagen: Bosque de manzanos salvajes cerca de Almaty

Saturday, November 13, 2021

Jodasévich


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Como a Sergio Pitol, Europa del Este siempre me fascinó. Si diez años quedan, diez años trashumaré por allí, entre otros panoramas. Leo a los “rusos” desde los once. Me inicié con Los cosacos, de León Tolstoi; le siguió La aldea de Stepanchikovo, de Dostoievski; a este divertido episodio del alma rusa se añadió la tragedia de Sacha Yegulev, la historia de los Hermanos del Bosque, bandidos. La prosa de Leónidas Andreyev alcanza aquí visos de poesía y marcó un hito en mi entonces impensada caminata de literato entre obrero, señorito y lumpen. Otra marca fundamental fue Gogol, primero en El Inspector, brevísima dramaturgia de alta comicidad, y después en la no menos jocosa, en superficie antes del análisis, Las almas muertas, que adoró mi madre.

 

La lista es intensa; inmensa por supuesto, y aunque tengo el prurito de hacer referencias me dominaré un poco hoy. Hubo los grandes libros, de muchísimas páginas, sagas gigantescas; a veces novelas; a veces memorias. Vasily Grossman en Vida y destino; Tinieblas y amanecer de Rusia, trilogía del grande Alexei Tolstoi; El don apacible, de Sholojov; otra trilogía, de Solzhenitsin esta vez, que comienza con el majestuoso Agosto, 1914. En un podio esencial y único, las Memorias de Alexander Herzen, aquella mente privilegiada que desde Londres le hacía sombra al propio zar.

 

Busqué un libro por cuarenta años: Necrópolis, memorias del poeta que Nabokov consideró el mejor del siglo que empezaba: Vladislav Jodasévich. Siempre supe que no había traducción al español. Lo más cercano era el italiano donde adoré al que fuera esposo de Nina Berbérova, con quien salió al exilio. Pues tengo una cómplice en la pampa húmeda argentina, Eliana Suárez, y a través de ella he conseguido, al fin, la “inexistente” versión española. Al fin de esta introducción pongo una nota al libro de su traductor. En la Red hay algo de la poesía de Jodasévich; hay que leerlo. No figura entre los grandes nombres de la gran literatura rusa y sin embargo temida era su rutilante estrella. La época no ayudó; no eran tiempos de poesía. Se esfumaron, con Berbérova. A esta magnífica escritora la descubrieron en Francia en las postrimerías ya, siendo hoy objeto de estudio y con sitial preferencial entre maestros.

 

Quiero gritar y no puedo, dice por ahí una canción. Correr y me duele la espalda. Leer y el libro está al fin de una lengua de tierra donde te asesinan de entrada y después, exagerando. Difícil, por ahora. Ya Eliana va preparando un paquete que incluye a Rabelais junto a Jodasévich, y otros en el área de ensayo. Si aguanté cuarenta multiplicados, por qué no unos meses para encerrarme en una torre de adobe y digerir la ambrosía de los dioses. Pronto. Acá el traductor habla del libro en sí. Lo dejo…

 

'A la altura de Memoria de los poetas de los lagos de Thomas De Quincey, igualmente lúcido, se sitúa Necrópolis de Vladislav F. Jodasévich. Pocos libros ponen en evidencia un vínculo tan profundo con la poesía y los poetas de su tiempo. Releí Necrópolis muchas veces a lo largo de los últimos veinte años, siempre con el mismo placer, siempre con el mismo asombro por la inteligencia y la sensibilidad de su autor. Al igual que De Quincey, Jodasévich no es un observador neutral. Por el contrario, todo su ser está empeñado en la aventura de animar la presencia de diez seres desaparecidos que provocaron tanto su admiración como su piedad. Observándolos detenidamente -con la frialdad que suscita el desacuerdo, con la calidez que infunde el afecto-, su técnica de retratista lo convierte indirectamente en la más notoria personalidad de su galería de raros: un hombre que intenta controlar sus pasiones, pero que continuamente se sirve de ellas para darle una vibración de vida a una época que para él mismo era casi inasible cuando se propuso abarcarla. Es esa incómoda parcialidad, asumida por Jodasévich como un componente inevitable de cualquier visión veraz, lo que le otorga un impresionante vigor a sus retratos de los más desconocidos y más reconocidos hombres de letras de un momento brillante de la literatura rusa, el del auge del simbolismo a comienzos del Siglo XX' (Ricardo H. Herrera).


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Imagen: Detalle de un retrato de Jodasévich por Valentina Mikhailovna (1894-1970), 1915