Tuesday, June 19, 2018

La mujer que yo quiero/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Bañarse cada noche en agua bendita? Ni bañarse siquiera, esencial, acalorada, simple.

Qué dicen o no dicen los padres (los míos ya callaron y los suyos también). Además que en las catacumbas de la pirámide escondida de Cholula solo nos veían los muertos y su blanca piel resaltaba en las excavaciones negras del templo de los sacrificios. Apoyados en una reja con candado en medio del cerro, en su corazón, con luces tenues que indican el escape del miedo.

Pimienta Verde, se llamaba, creo, el lugar de los días del baile. Tiraste los zapatos; Miriam los suyos, y la Cochabamba de adustos mestizos contempló alargados pies brasileros que las horas recostaron y los ojos tallaron en memoria. Hombros, miro tus hombros multiplicados de pecas; los bucles en arabesco que caen sobre ellas. Supuestamente hay delito. No existe tal en amor. La transgresión mientras más profunda más divina; tus pasos bajando de Villa Moscú, manos envueltas en jeans sueltos, y un aroma que flota y se hace diario: el aroma de vivir.

Lees en el hotel de Juan Ramón y la Camprubí. Enfrente un monstruoso edificio soviético alberga miles de ojos. La planta baja anima un bar de ron barato, ron de locales, que los extranjeros se llevan lo mejor, lo bueno y hasta lo regular. Caminas entre tejidos de Violeta Parra, ante murallones de Che en traje de fajina; has salido del foso de los años perdidos, esos en que te busqué y desaparecías. Anda por Mizque, me dijeron, detrás de los faldones del Cristo de la Concordia, embozada para desconocerse. Igual así, el acecho paga y de pronto la estiro del brazo hacia donde morimos ambos, leemos juntos y los pies comparten fríos de sensual monotonía.

Te envié dos docenas de rosas y sé que leías a Pamuk en aquel balcón que daba a la cordillera. No albergaba más que tu cuerpo, el entarimado, pero acariciabas los versos de Pasternak. Que Pasternak, te sugerí, es mejor poeta que novelista: “No caerán esas gotas del cáliz/No podrán separarse por nada”. Te lo prometo el 2006; lo juro el 2007; lo susurro en tus muslos del dos mil ocho en un hotel chino de San Francisco y el nueve cuando abordamos el avión de Cancún hacia La Habana y nos fumigan en pleno vuelo.

La mujer que yo quiero no necesita… Nada necesita sino estar presente, con manos de nervadura aguda ramificada; con anteojos, que el sexo disfrazado así tiene prestancia.

Ondeamos por la música y viajes van y vienen en páginas que lees y sugieres. Una mujer de Viena que amó a todos los hombres célebres -algunos desesperados- de entonces. El arquitecto levantaba sus caderas como si fueran muelles de barcos. Desolados. Kokoschka que la pinta de colores extremos. Pienso y te veo así, comenzando en azul, bajando en marrón pálido, o blanco, terminando en profundo carmesí.

Afirman que tiempo destruye pasión. Falso, que hasta tu silla de ruedas la dejaría tirada con las llantas girando hacia arriba para llevarte de las sábanas negras a las rojas. El molle cubre nuestros cuerpos y de la hojita que guardas como confesión de pecado preparo una tisana.

Te muerdes las uñas, es enero del 97. Que no nos volveremos a ver y sin embargo, Ligia, pasaron 22 años y bastante dolor. Que te quiero así, no hay duda, y te querré luego de llegar a medianoche, también. Tal vez debiéramos conversar en el sosiego del café. Quizá, pero los golpes  del roquero del lado discapacitan la paz.

Me entero, me cuentan cosas. Vives en un largo vuelo de avión que da la vuelta al mundo en 80 o en 160, que tus números se dan con soltura y sin perdón. Eres la mujer que yo quiero, con huesos demasiados no me importa, ricos huesos. Y meces tu melena de león que muere y gime sobre mí, eterna. La mujer que yo quise.
18/06/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 19/06/2018



Tuesday, June 12, 2018

Magda: notas para la tristeza/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Vestías de negro, lo recuerdo, con un fuerte contraste hacia el guindo cremoso de la garapiña. Casa de Abel, Villa Moderna, la más alta, o casi, del grupo. Mechón blanco, el resto negro. Y el novio empedernido, que fue padre luego y luego olvido. Hablamos en el rictus baboso de la borrachera, de Sanipaya y el río Sacambaya, de tu tierra que alguna vez fue mía aunque apenas la pisé en sus bordes cordilleranos. Hará un mes escribías en mi página de Facebook que teníamos que ir allá, al mundo secreto detrás de los Andes. Ya no iremos.

Imagino a Ligia desolada, porque fuiste su amiga cercana, cómplice, hermana. Sus lágrimas se evaporan entre toda la tierra que hay entre nosotros hoy. Quería verte, como todos cuando sabemos que la muerte ronda, que se sienta entre los seis bancos vacíos a las dos de la mañana enfrente de un asilo de ancianos.

Me gusta que hablamos, dos veces el último mes y prometiste mejorarte porque las maletas se preparaban para emprender la subida. Julio me escribió temprano: “se nos murió Magda, Claudinho”. Pues no te mueres mientras te recordemos. Después, ya, quién sabe, cuando estemos de greda negra y zapatos de charol. Mientras tanto sonríes traviesa saboreando la garapiña, venida de la chichera que hace milagros, opaca como pastel de pintor.

Tu casa era la casa, y de allí tiramos cohetes triples al cielo, apuntando a dios y a los ángeles que caían maduros al asador. La casa donde bailamos tangos patéticos, no importando la risa de los jóvenes ajenos al peso de la historia. Meu marido, me llamabas, parafraseando a Ligia. En la entrada los amigos la emprendían a golpes en esa peculiar manera fraterna de los cochabambinos. El mechón blanco de tu cabello negro no se despintó, con los años iba mimetizándose para engañar al público, que envejecer no lo hiciste para nada: seguías valiente, decidida, criando a tres hijos sola y lidiando con las penas de los amigos que lloraban en tu regazo.

No te merecieron los hombres. Hay mujeres por encima de ellos, de sus minucias sollozantes y culposas. De eso ni te arrepientas, que mejor viajar sola que pobremente acompañada. Tuviste amigos, varios. Allí estuvimos Julio y yo, siempre, un poco mareados de vida pero firmes.

Sin ti se arrebata a Cochabamba de algo íntimo. Va convirtiéndose en la ciudad de los ajenos, donde nosotros, hijos de la confusión de lo rural y lo urbano, permanecimos como un hito que el viento borró. Conservo un manto de vicuña de tu padre, don Eliseo Thames, escondido entre otros tejidos andinos y secretos del universo insondable de Ayopaya. Y un pullu colorido, naranja sobre todo, y pesado, bien pesado, que cubre nuestra cama cuando enfría los pies, el invierno. Casi decir que estás; de todos modos no te vemos ya que la vista prefiere nublarse para no contemplar la debacle.

Magda, Magda, hiciste bien en no esperar las promesas de los que iban a verte, a despedirse. Les dejaste la memoria y los buenos deseos; con eso basta. Ahora tu teléfono calla y ese es triste sonido.

Caminas entre molles, sauces y ceibos de tu lar. Sé que te hubiera gustado ver Palca de nuevo, acalorarte en Cocapata y hablar la lengua secreta, el quechua, que soltabas apenas en entornos muy privados. Mi padre te quería, y tú a él. Creo que le representabas un mundo que se desvanecía y que perdió un retazo con su ida. Otro con la tuya. Lo dicho, nos anuncias un nuevo panorama, con demasiado de trivial y apenas con sustancia.

He de llamar a tus hijos. Y el nexo pronto ha de diluirse como alcohol en agua. Ligia, yo, mis hijas, sus hijas, Julio, Chino desaparecido, Jimmy, te repetimos quedo: duerme. Y un hombre, al menos uno que sé, añadirá: duerme, amor…
11/06/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 12/06/2018

Thursday, June 7, 2018

María Cristina Botelho, la complicidad y el absurdo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Juego de palabras? ¿Ejercitar retórica con ánimo de lujo y brillantez? Podría jugarse con las páginas de este libro breve y delicioso. De horas, diría mi madre, recordando a Rilke. Un trashumar por la infancia, la ilusión, el desasosiego, la soledad, todos sustantivos que se resumen en el fatídico aquel del absurdo, del indagar hacia atrás y ver (quizá no sentir) que huellas no quedaron. De nada. Por  eso las inventamos, articulamos y reproducimos, porque sin ser rebeldes no somos; fantasmas si no hay pasión; el yermo permanece yermo hasta que lo excavamos.

Dos pintores me vienen a la cabeza en los textos de María Cristina: De Chirico y Magritte. Hay un mundo de sueño entre ellos dos. Un péndulo entre la ausencia y lo presente aunque suene a lugar común. A veces, situaciones y personajes se nos presentan con esa colorida y estática muerte del italiano. Otras, viene el vaho de lluvia de Magritte y el cielo poblado. ¿Qué quiere de nosotros la autora, aparte de expandir sus propias dudas, el amor, la frustración de lo que no trasciende? Quiere un rictus que en instantes pueda convertirse en carcajada. Está el peso gris del medio oeste norteamericano lavado de cuando en cuando por un lluvioso Macondo. Vive en Indiana; sueña en La Paz. Conduce sin destino por la inmensidad de la pradera mientras bate con cucharilla dorada la manzanilla de ayer.

“Jóvenes del siglo pasado”, dice por ahí en las microletras, refiriéndose a los parroquianos obligados de un asilo de ancianos. Pues, bien, ahí hay un resquicio por el que penetramos al libro: el optimista por encima del triste, los textos que a pesar de tiznarse de sepias, refulgen por instantes en carmesí.
06/2018

Wednesday, June 6, 2018

El exilio voluntario: desarraigo, migración y globalización

MAURIZIO BAGATIN

“El hacer un libro es menos que nada si el libro no rehace las personas” - Giuseppe Giusti -

La vida es la única inversión que podemos hacer en la vida… Momo, expulsado del Monte Olimpo, exiliado, porque personificación del sarcasmo, de la burla, de la ironía, exiliado como Dante, como Napoleón, como Fedón en busca del alma, como Teeteto en busca del conocimiento, desde una amada y odiada patria, desde un país con el desarraigo y la orfandad en la sangre, en su ADN… una sensación heideggeriana de Heimatlosigkeit.  

Hacia un país que a partir de una cierta hora, se convierte en un gran enteroclismo bucal de alcohol… y a la mañana siguiente, en el momento de reanudar el trabajo, todos afeitados, en su lugar, las dentaduras brillantes - verdaderos Lazzaro resucitados - gracias a un misterioso y visceral silbido, comentó Fellini de vuelta de los Estados Unidos…

Un exiliado deja Ítaca, y su Penélope, un exiliado deja Zacinto, su juventud, su tierra, los sueños, la mucha historia en la poca historia contada… Claudio deja las chicherías de Coña Coña, el Río Condorillo, Tupuraya… las dos caras del mundo, materia y abstracción. Mierda y razón con la que estamos hechos… y el mítico boliche En-bajada, premonitor: debes entrar en el infierno y conocer las llamas del averno humano para luego refugiarte en el sexo (improvisando, aprovechando y disfrutando…), las comidas (improvisando, aprovechando y aún más disfrutando…) y el alcohol (refugio del cuerpo, del alma, de todas las necesidades del exilio, del éxodo, de la fuga…). Ahogando soledad y tristeza, qué importa si es en el río Rocha, en el Potomac, en un imaginario Spoon River o, siempre, en la otra orilla del Río Bravo, del Río Grande para los pinches gringos. La yuxtaposición que separa estos dos mundos: uno que se sirve siempre del otro. Si un joven no se encuentra solo en la vida nunca crece: si no emigras, no te autoexilias, no escapas de tu realidad antes, el después será trágico, grotesco hasta tocar la banalidad, la farsa que tú nunca quisiste, antes de que todo siga orko wasamanta.

¿Qué hace una generación cagada en un país cagado mientras todos les cagan encima? Se caga, si no es cagada… el ’68 es lejano, el ’77 se evaporó, la joven democracia es ya vieja, superficial y definitivamente podrida, no, ningún sueño americano, dream on the road entre los últimos entonces… that the best of men are but men at the best… leyó Carlos Flores en aquel libro alucinado y alucinante: “El arte es lo contrario de las ideas generales, describe solo lo individual, no desea sino lo único. No clasifica, desclasifica”. Así describes la decadencia post boomerang… con la prosa apasionada que deseaba siempre De Quincey, con el cuchillo de Céline y la maestría de Miller.
Junio 2018


Tuesday, June 5, 2018

Matar a los tiranos en un buen uchu/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Cómo eludir a los majaderos gobernantes? Rajoy se va cabizbajo y patizambo al preámbulo del basurero histórico. Felices aquellos, allá, en la península del fin del mundo. Nosotros, en sur y norte, en norte y sur según la perspectiva momentánea y local, no tenemos visos halagüeños.

Me he refugiado en la comida, en matizar salsas y acariciar mejorana fresca cuyo olor me trae infancia, Cochabamba florida, los queridos fantasmas del ayer que eran del hoy entonces. En las sazones mueren los tiranos. Ellos jamás hollaron un espacio que les ha sido siempre imposible: el de la comida popular, sujeto de estudio este, porque abarca sociología e historia, geopolítica y etnias.

Hasta mi esposa afirma que posiblemente la pimienta negra, e incluso la blanca, ha de salvar el matrimonio. Será que mientras mixturo polvos hecho un nigromante, olvido detalles nimios que siempre son causa de desastre; de amor hablando y de hastío, claro.

Mi cocina es refugio donde ni el prosaico Trump ni el metafórico Morales, Donald y Evo (malhaya la suerte perra), ingresan. El ajo los mantiene alejados. Huelen a azufre igual a “W” Bush, de acuerdo a la épica chavista. No es que el infierno sea mal lugar, es que algunos parroquianos simplemente debieran ser desechados hasta de ahí…

La vida suele ser simple, igual a sabores, olores y colores. En apariencia. Complicados, contradictorios, ajenos el uno al otro pero convivientes, en realidad. Lo único sencillo es la muerte. Triste andar lo nuestro para hallar la piedra filosofal del buen vivir solo cuando se muere. Un bien vivir que no tiene nada que ver con el malviviente presidente boliviano, que se apropió hasta del léxico como lo hace su rubicundo gemelo en Washington.

Pero donde no ingresan los sátrapas, o creo no haberlo leído en texto ningún, es en el detalle de sazonar un plato. No recuerdo prohibiciones al respecto aunque debe haberlas. Supongo, únicamente supongo, que la comida negra del sur de los Estados Unidos se prohibía en los pálidos salones. En vano, hoy el arroz sucio (con molleja de pollo desmenuzada), los frijoles, la cayena, el pollo frito son inmensamente conocidos y disfrutados. Preparo, voy preparando, un texto sobre una comida nigeriana en específico, y sus connotaciones políticas. Comparto mesa con Matthew, de Benín, y me conversa al respecto.

A lo que voy es a que en los mesones en que trabajo, uno verde y otro azul oscuro, no ingresan mis enemigos. Espacio prohibido para vampiros nada románticos, succionadores de sangre carentes de sentido mítico. Delincuentes comunes, revendedores de entradas. No podrían en una eternidad llegar a la sofisticación del orégano, a las profundidades marrón oscuro del comino. Cuando agarro pinzas y cuchillos y hago a un lado con el mango los periódicos que traen sus grotescas sonrisas, delimito la frontera. Mueren allí Chinahuata y la Casa Blanca, las veleidades de la coca y de la raza. “Vámonos”, canta Bonny Alberto Terán…

Tanto dar vueltas para decir que cuando cocino no leo. Y si no leo, no los veo sin que ese sea argumento en contra de lectura y conocimiento. Claro que en casos clínicamente obsesivos como el mío, en que imagino muertes y accidentes al mejor estilo de Angiolillo, se sugiere alejar por temporadas diarios y revistas, cerrar ordenadores y dejar anuncios de supermercados con el precio bajo de la naranja y el tamaño de ciertas paltas casi melocotones. Encima de un tejido de Caripuyo para distraer más con el notable entramado.

Recordé, pensando en mi amiga Magda Thames, un fideosuchu cochabambino que combinaba entre sus dedos con maestría. En su casa al lado del canal que guarda una de las torrenteras del norte nuestro, el sol todavía brilla en la ventana, y el aceite en las costillas. Tiene que ser fideo chino, dice, para que sea cien por ciento cochabambino.

En aquel uchu se ahogan los tiranos y yo recuerdo con ganas lo jóvenes que fuimos.
04/06/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 05/06/2018 

Saturday, June 2, 2018

JUDITH/Fragmento de El exilio voluntario

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La conocí en las páginas de City Paper, el mismo semanario donde encontré mi casa.  Aparte de leer los artículos diversos y eclécticos que presentaban, miraba la sección de personales.  "Mujeres en busca de hombre".  Bajo ese genérico título al menos cien mujeres de toda edad, buena condición porque era una publicación de élite, daban sus características y lo que buscaban en un hombre que fuese compañero, amigo, amante, esposo...  Una vez llamé a una y casi tuvimos cita, pero una borrachera con Ronald, tirados en el piso del apartamento en North Monroe, la canceló.

Decía Judith que ella era artista "tipo B" (jamás supe cuáles eran A y cuales B).  Quería salir con alguien. Le escribí.

Nos citamos en una conocida librería de Dupont Circle, casi al lado de Common Concerns, tienda de todo, donde robaba postales de The Clash y fotografías de Jan Saudek.  Cierta vez sustraje varias, era fin de semana.  Una de ellas mostraba un tendal de condones puestos a secar.  De pronto, por mi hombro derecho, un hombre viejo, algo pequeño, me pregunta si soy peruano o boliviano. 

Soy Jack White, te invito a mirar una exhibición de arte.  No, gracias, me doy cuenta que Jack es homosexual, pero si quieres nos tomamos una cerveza al frente -pizzería griega-.  Vamos a casa, tengo cerveza de sobra, y está cerca.  Me digo qué puede hacerme este viejo.  

Llegamos a uno de los vetustos edificios de aquella parte de Washington.  Bella casa, plena de arte, de dinero sin duda.  Esculturas originales.  Señala un cuadro, Jack lo señala.  No sé a quién regalarlo.  Es muy caro.  Tiene que ser alguien especial.  Estamos en el vestíbulo.  Ya en la sala, veo un preservativo usado en medio de la alfombra.  Jack White se apresura a patearlo debajo de un sofá.  Me siento.

Tiemblan sus manos cuando llena mi vaso de cerveza. Lleva gafas, una camisa blanca a rayas.

Conecta el televisor y pone un video con Marilyn Chambers, Behind the Green Doors.  Si no recuerdo mal actuaba un negro de sexo espeluznante, con un nombre como el Longhorn de Texas.  Y Marilyn era flaquita, de tetas bien formadas. Jack suda.

A la segunda cerveza le pido el teléfono. Hago una llamada a Virginia: ¿Fernando?  Sí, ven hermano, estas son las coordenadas. Del metro de Gallery Place una cuadra... etc. Fernando llega pronto, en su amplio Cadillac, con su habitual música de Born to be Wild. 

Este es Fernando Vargas, Jack, artista del puño y del hambre ¿leíste a Franz Kafka?

Jack White nos sirve cerveza sin parar, y bocadillos. Y cuando Marilyn Chambers fenece con el coito, nos levantamos y nos despedimos cortesmente. Pobre hombre, esperaba que el término de la fiesta fuese orgía en manos de los aborígenes sudamericanos. Y no fue así. Comimos y bebimos. Alguna vez Jack llamó por teléfono. Para no herirlo le conté que me había casado -era cierto- y fue el final de esta historia de los bolivianos y el maricón.

Escribí a la artista tipo B.  Le sugerí que era escritor... y maldito. Que era un proletario de veras y un proletario de la pluma a la vez, que me gustaban las mujeres, la cópula, las tortas de chocolate y los Doors. Que Lautrec me entusiasmaba más que Modigliani y que Janis me producía ternura ligada con deseo.

Te pregunto qué pintas o escribes. Si usas calzón o no lo usas.  

Te encuentro en Dupont Circle.  Aquella fue mi primera experiencia en librería-cafetería.  Me pareció maravillosa.  Si bien venía del arte, de la lectura, mis días de Washington DC eran de manos congeladas y de dolor físico, de hombros tornasolados y músculos desgarrados, de crack y negros, y vicio y el paraíso original fruto-vegetal con la selva rodeándome, la agricultura toda.

Te busco. Te encuentro. Sentada en el desnivel inferior, de abrigo negro y sombrero negro. Para reconocerme, me aclaras cuando hablamos, llevaré un sombrero negro de ala ancha. Es el atardecer.  Acabas tu café. No no quiero, mejor te invito a cenar. Dónde. Adams Morgan.  Es allí donde vivo.  Me encanta Adams, su multicultura, compro libros en Hispania Books, bebo cerveza jamaiquina en Montego Bay, descargo camiones a lo largo de la avenida principal.

De las letras a los camiones, de Rimbaud a la verdura. No son incompatibles, le digo, los colores de Gauguin con el trópico frutal de Kerry Co. Y no me seduce la idea de la academia. Prefiero descargar camiones con el pecho desnudo, y aprender el slang de los negros. Y tú. Antropóloga de profesión, con tesis doctoral en Teresinha, Brasil, de padre, madre, hermano doctores, peachedés, judíos ricos, sin convencionalismos pero tampoco con necesidades. Somos distintos, creo, Judith, no sé si te interesa compartir un espacio tan ajeno. Hoy no trabajo y me ves decente, mañana seré otro paria con la ropa destrozada, los guantes mugrientos, sudada la entrepierna. Ya veremos, Carlos, you are funny, you know? And I like you. 

Entramos al restaurante español. Primero el vino. Miro la lista. Herederos del Marqués de Riscal (a $20 la botella). ¿Es bueno? preguntas. Huele como mantequilla, Judith, has de adorarlo.

Robó Gloria de la bodega de su padre un Marqués de Riscal, hablo de 1983. Nos encerramos en su cuarto. Nadie había, no había nadie. Desempañó la camisa, abrió sus senos a la intemperie de la habitación, tiró el pantalón, las liguillas blancas que cubrían el vello. Quedó desnuda Gloria en su cuarto que tenía una piel de oso como cubrecama, suave, sugerente. Quedó desnuda, ella con el perecido marqués. El vino era fantástico. Desde entonces lo ligo a su recuerdo, a sus besos, a sus pezones puntiagudos que trataban de empalar mi lengua y convertirme en mudo, al movimiento de sus largas piernas que hoy serán viejas y artríticas. Nos amamos mientras terminamos la botella de Riscal. Me pasaba vino en la boca. Su piel era un manojo de rocío. De sus muslos y rodillas caían gotas de jugo resplandeciente, me había bañado el vientre de sí. Esa era Gloria y en la botella que el garzón nos ponía en aquel bar de Adams Morgan, seis o siete años después, revivía la calidez de las que entonces eran las caderas más bellas, y más anchas, de mi ciudad.

Vuelve Judith. La acompaño. Entro a su casa. Esculturas brasileñas de caimanes y serpientes, en barro y coloridas. Etnias del mundo en sus representaciones artísticas. Me regala su libro. Le regalo un poema tonto que habla de sombreros negros y de cuánto me gustaría acariciar sus tetas, grandes tetas a decir verdad, para su estatura, de un metro sesenta aproximadamente, eran tetas grandes, de judía regular en cuerpo, tetas que tendrían los pezones negros siendo hebrea del este, de los que Franz Kafka miraba como extranjeros en las calles de Praga, que sutilmente admiraba y envidiaba. Un poema, Judith, para que lo leas en la noche (¡!).

Vienes de Nueva York. 

Pienso al día siguiente.  Hago un plan de ataque. Simulo frente al espejo la afectación del poeta obrero.  Ilumino los detalles de la seducción.  Hoy será mía, si ayer no fue. 

Daniel Kerry me llevó un paquete que ordené bajo su nombre de L.L. Bean, compañía de ropa. Era una chamarra de cuero tipo piloto, que aún conservo pero que regalé a mi hija ahora que el tiempo se adueñó de mi cuerpo. Terminada la jornada de trabajo, casi mediodía, me peiné en el baño y con la campera puesta tomé un taxi en la esquina del mercado hasta Adams Morgan. Me recibiste alegre, con un beso en labios cerrados. Vamos que tengo que ir de compras ¿quieres?  En el supermercado mientras hace los mandados de la semana, escojo dos filetes de asado, corte rib eye, buenísimos, y le digo que los prepararé a la vuelta, en su cocina.

Acaricia mi chamarra de cuero marrón oscuro. Subimos las gradas del hall, luego el ascensor hasta el tercer piso. Abre la puerta, se descalza, a esta hora qué estarán haciendo en casa, en Cochabamba, se pone cómoda, con un blusón beige, mientras humean los asados en la sartén. Los acompaño con una ensalada simple de lechuga romana, con pedacitos de radicchio para darle un gusto privado.  

Comemos sin alharaca, en la cocina, con un par de botellas verdes de Grolsch, cerveza danesa.

El living es amplio. El sillón es amplio. Cuando la beso noto que debajo de la blusa no lleva corpiño.  Introduzco mi mano y toco, con escalofrío, los pezones en que he soñado el día anterior. Levanto tu blusa. Los beso. Nos abrazamos hacia la cama y mientras te beso te abro el cierre y bajo tu pantalón.  Cuando la unión se logra me preguntas si no tengo sida. No ¿y tú? Poco me interesa su respuesta. Ya está hecho responde, sin embargo tengo que cuidarme y se levanta para sacar un objeto de goma flexible de una cajita húmeda especial. Lo introduce en su cuerpo.  Tengo vergüenza de preguntar qué es, pero jamás vi cosa semejante. Recuerdo, sí, las veces que iba a farmacias a comprar preservativos, en los preámbulos de las locas expediciones al campo, que eran sexo y árboles, eucaliptos y sexo, con Francine o Gloria, que el dueño preguntaba si preservativo de hombre o de mujer. Y ahora, en este momento de Adams Morgan me desayuno con su significación. Se apoya en mí, Judith, ya desnuda y su pubis que era un laberinto de greña negra maravillosa, dobla una de las rodillas y acomoda su impedimento de niños. Nos acostamos. Anochecía ya, y no quiso cerrar las ventanas. En la luz del cuarto nos expusimos a las miradas de los vecinos porque el edificio tenía forma de espuela.  No me importó. Extranjero en una ciudad ilimitada, en una cita que de entrada no quise que prosperara...  Judith pidió ir abajo, porque era la única manera en que podía alcanzar orgasmo. Sus piernas eran una máquina de viento, sus rodillas chocaban mis costados a una velocidad inaudita. Su gemido oí como de fiera herida. Mi sensualidad se había perdido. No me asustaba, pero sentí hallarme ante un teatro desconocido, quizá la gran ciudad me tragaba, quizá era el desdén de la vida por mi ser boliviano.  Tal vez crecía. Hasta hoy el amor de carne un ritual magnético de placer, pero aquel era imperio animal. Y en animal me convertí, me hice remolino y grité con ella mientras al fondo los Beatles cantaban, en cassette, Hey Jude. Tránsida y mojada tiró los brazos atrás. Había estado con una mujer rusa, no importaba hebrea, y la había deshidratado de gozo. El ventanal inmenso semejaba una pantalla de televisión y la noche se adueñó y brillaban de luciérnagas los apartamentos contiguos.

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De EL EXILIO VOLUNTARIO (BOLIVIA, 2009; CUBA, 2010; ESPAÑA, 2011)

Imagen: Hans Bellmer


Wednesday, May 30, 2018

Capitolio


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Se han mecido los ahorcados de Savannah; en Raleigh he visto las huestes grises y barbadas cargando féretros inclinados; he recordado, a veces despierto y las más dormido, las pequeñas tetas de Francine, puntiagudas pero sobre todo blancas. Así como esta nieve que hace de antesala a la capital y sobre la que arrojo un esputo de sangre que se convierte en litografía de Miró. Una botella gira con un viento que deberá tener varios nudos para lograrlo. Es enero, ochenta y nueve el año, mil novecientos el siglo. Tengo una erección en el asiento 16B de un Greyhound, cuando el chofer dobla y se detiene en una casita que destroza la idea de grandeza del Distrito de Columbia. Escupo otra vez y sueño que Francine alarga la lengua casi hasta convertirla en lápiz y luego de echarme un trago de champaña en la espalda, me la mete al culo.

He llegado, con una pobre bolsa marinera y plagado de fantasmas.

Busco un teléfono que demanda monedas que carezco. Son las seis y veintidós del amanecer.

Una puertita lateral. Entro. Una hamburguesería, Hardee´s. Hambre traigo, no dinero, mas observo. Con hongos y queso suizo… imagino. Hay humo, olor a parrilla en el recinto cerrado aunque grande. En una disquera, donde veo por primera vez lo último de la tecnología: el disco compacto, ubico uno con los 20 éxitos de Carlos Gardel. Lo compro; creo que se trata de un intento desesperado de asirme al pasado. Ahora, recién llegado, con pañuelos y calzoncillos apenas, qué hago con un CD. La respuesta es íntima, soterrada, privada y quizá cobarde.

Tempranas horas del día. La estación dice CAPITOL y supongo que nos hallamos debajo del símbolo de los Estados Unidos. Trenes y metropolitano. Afuera, a la entrada, diez metros arriba, una locomotora cuelga sobre la calle sobre rieles que tendrán un metro de ancho. Y nieva encima del negro metal. Hay un ambiente dickensiano, de revolución industrial colmada de tristeza.

Simpáticos, los gringos. Me colaboran y muestran cómo hacer para sacar un ticket de metro, cómo hacer una llamada. Marco a Lorgio, desconocido amigo de mi cuñado Omar. Vallegrandino, vive hace mucho aquí, solo, y me cede un sillón desvencijado, de lanas gruesas, amarillentas. Me regala una parka vieja, militar, y ambos nos dejamos sin afeitar los rostros andinos, lampiños, porque en esta casa donde todo está patas arriba, no hay rastro de mujer. Lo dicen las ollas sucias con restos de tallarín recalentado, el piso que al andar descalzo deja una huella de oscuro hollín en las plantas, casi pies campesinos.

Mientras manejamos, cruzando el puente de Roslyn, un cartel reza: It´s Virginia. Comienza de esta manera intrascendente un periplo que se hizo vida, y que si sigue avanzando con tanta parsimonia también será de muerte. Ya he dicho a mis hijas y mujer que me achicharren en un horno, vestido como esté, sin acicalarme. Y que el polvo que reúnan lo lleven a las alturas de Puka Puka, justo encima de Tiquipaya, y lo arrojen a los pocos eucaliptos que quedan en el valle humeante de cocinas de coca. O, tendré que pensarlo, mejor si acabo en las turbias aguas del Potomac. Al fin, muestra el destino, habré vivido más aquí que allá, o no haberlo hecho a secas si me he engañado.

Varias conexiones de trenes me llevaron a Alexandria, la Alejandría de mi conquista inexistente. Recuerdo una torre antes de una avenida. La avenida, si se venía en sentido contrario, se estrellaba en la torre. Tomándola hacia no sé qué punto cardinal sin mis montañas referentes, llegamos a ese apartamento, el del sofá desventrado frente a un televisor modesto. Lorgio se ufanaba de su colchón de agua, y narraba el ruido y el frescor que se amolda al cuerpo mientras tiraba mujeres que nunca vi. Claro, era nuevo, yo había amado apoyado en troncos de molle, ensuciado la blanca espalda de Gloria R… con el polvo de Cliza (a lo lejos, la banda le entraba con trompetas a Huérfana Virginia, la cueca de Simeón Roncal). Colchones de agua, ja, ni pensarlo.

Cenamos. A diferencia del Cristo, esta era la primera cena sin discípulos ni enemigos, solo dos bolivianos en un cuchitril gringo, de vecinos gringos (negros y blancos) y una inmensa incuestionable soledad. Dejar todo, el fervor de los choclos, los soles, la chicha kulli. Algún imbécil en un futuro de lustros afirmaría leyéndome que este viaje, esta situación eran triviales. Para la mayoría de los inmigrantes de mi país, sí, porque no abandonaron ni vírgenes ni fútbol sabatino. En mi caso, decidido o inconsciente, yo había suicidado el pasado. Emigraba y eso eran vida y muerte para mí. No importa que me sentase a escribir en los escalones de concreto del condominio de Lorgio, y lo hiciera de cosas de allá, del pretérito inmediato. La decisión no tenía que ver con el recuerdo sino con la manera de vivir. Había puesto una bala definitiva y lloraba sobre mi cadáver, solazándome.

Desempaqué la bolsa marinera que antes me había llevado a España y Francia. La arrojé al basurero. Marqué huellas en diez centímetros de nieve luego de destapar el depósito de color verde. Ardillas corrían y masticaban nueces en los tapiales. Sonreí, era mirar un show televisivo de dibujos animados. En detalles mínimos como ese noté que algo nuevo se afirmaba.

Puse mis dos únicos libros al lado del sillón. Emily Dickinson leía vestida de blanco. Jamás tuve, pensé, y pienso todavía, una novia vestida de blanco, “almidonada y compuesta”. Jorge Luis Borges en un gran tomo de tapa verde, recuerdo de mi visita a Argentina en el auge de la guerra sucia.

El departamento de Lorgio estaba ubicado de tal forma que jamás penetraba el sol. Las cortinas eran largas tiras de plástico duro que se movían gracias a un aditamento al lado. Los muebles, escasos; zapatos tirados, ollas, dos ventiladores, una estufa. Tenía color sepia, de fotografía antigua. Destapamos haciendo silbar dos latas de cerveza Pabst. Después otras, y otras, y surgió, cómo no, el verbo de la patria ida. ¿Te acuerdas? Me acuerdo. Dime, tú que recién llegas, ¿siguen siendo tan ricos los chorizos? ¿Siguen sopando el pan en el jugo hasta dejarlo de color naranja? Claro, y pican el locoto verde bien menudo, lo mezclan con manos inmundas con cebolla y zanahoria raspada. La papa o blanca o tostada a nuestro estilo, o arroz si prefieres, sobre el cual arrojan el resto de la carne carbonizada en el sartén y que lo decora bien. ¿Y la lawa de choclo? ¿Y el sillpancho? ¿Y La Perla, las putas  de La Perla? Salud, qué mierda que estamos tan lejos.

La nieve, cayendo de costado, nieve dura con hielo, golpea la ventana. El vidrio está empañado y escribo tu nombre, Francine, a pesar de que para despedirme una amiga se acostó de pecho y me entregó dos nalgas carnosas para que no te olvides…

Desembarqué en el Capitolio y hasta luego de varias semanas no lo vi en verdad, de afuera, construcción imponente. Mi primera memoria de Washington, que junto a Maryland y Virginia los bolivianos llamamos Virginia por adopción, fue ese interior lleno de tiendas y de anuncios de salidas del metropolitano. Olor a hamburguesa y Gardel que en el futuro cantaría repetidamente Mi Buenos Aires querido.

Siempre me pregunto qué habrá sido de Lorgio, porque en veinticinco años no lo llamé. Estará, ya canoso, calentándose fideos ramen en una ollita renegrida. Me pregunto si su cama de olas marinas se pinchó y el agua escapó al subsuelo. Hoy también nieva. Hay migas de pan en la mesa y mi perro Marco habla en sueños.

Una cabeza africana, de Gabón, está clavada en la pared, junto a dos ch’uspas andinas. Me apresuro a terminar el texto. En media hora juegan Barcelona y Atlético de Madrid, y voy a llenarme del fútbol que eludí cada sábado en mi primer exilio. Nunca lo comprendieron mis paisanos. Me tildaron de arrogante.
21/01/15 

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Publicado en INMEDIACIONES, 05/2018

Fotografía: Lloyd Wolf