Saturday, December 30, 2023

Año aciago año mohíno


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Altemar Dutra y tristísimas canciones. Último viernes, últimos sábado y domingo, ese prurito trágico del fin. La pobre espiritualidad de los beatos me atiborra de bendiciones que ni pido o quiero.

 

Anoche volvía de Trojes. Habíamos hablado de Berna, de Ixiamas, de un pueblito llamado Florida a orillas del parque Noel Kempff Mercado, de São Paulo, Campo Grande. Avatares de la vida. Caídas, sobre todo, unas que hieren, otras que discapacitan. Las que matan. De Corumbá a São Paulo; de ahí a Suiza. Era en los años ochenta y me tomaron una foto en la frontera, a orillas del río Paraguay. Los niños se bañaban en pozas llenas de pirañas.

 

En Florida de Bolivia, no la de Ponce de León, las veredas son de concreto y las calles de pasto. Podría ser el paraíso. Lo es, en realidad, para cierta élite delincuente de sombrío tráfico. Corumbá tenía su belleza peculiar. El gran río al fin de las escalinatas. Mujeres negras de colorido traje, casi un souvenir. Pescado frito, galletas de chocolate. Meticuloso el tren por sobre los pantanos, gritos de parabas que quizá son caimanes embaucando víctimas. Llegué allí en un vagón que pendulaba de lado a lado porque las vías se habían hundido en tierra suave. Roboré y cuánto más. Lo recuerdo. Cervezas bebidas y botellas vacías arrojadas al monte.

 

Berna majestuosa y fría. Inmensos policías con ametralladoras. A ratos pienso en cómo planeé ir después a Basilea, a Ginebra a ponerle una piedra al ignoto judío Borges; por Acevedo, digo, tal vez, quizá no sé. Tiempo de proyectos y sueños, del lago de Constanza y de la conjunción del Mosa y el Mosela si es que existe porque creo que la inventé. La imaginé en Lucerna. Bebí, en París, helados, vinos del Rin y del Mosela. Y cerveza alsaciana. Todavía hoy repaso ese trayecto que nos llevaría, a ti y a mí, desde Poltava a Kiev, a Budapest, a Varsovia, Zürich o Munich hasta París, al Marais o Malakoff, no importa. Refleja otro viaje de la capital francesa a Estrasburgo y Singen. Hoy los actores arrastran piernas de fallida vejez. La juventud se retiró como espuma de las Kronenbourg en la Gare du Nord, cuando la ciudad se hizo tristeza para homenajear a César Vallejo. No me moriría en París, yo, ni “anclao” estaría, con guitarra criolla, para emular a Gardel. Me fui a llorar a los interminables bosques canadienses en ruta a Chicoutimi, pero me dije que lo hacía por la fuerte cebolla de la sopa francesa con un centímetro de queso arriba. Alces cruzaban la carretera como monstruosos fantasmas. Qué iba a lamentarme más si ante mí se abrían las puertas del infierno. Cruzaban bramando alces diluidos en la tormenta, tan claros están en mi mente como ayer. Mugen roncos ahora y no abro la puerta porque temo que se filtre el invierno y ya no abandone. La lámpara de mi escritorio tiembla; desde que dejamos Montréal y nos internamos en la selva no para de nevar.

 

Monte de Ixiamas. El Trío Oriental canta: “Buenaventura, provincia de La Paz”. “Un panorama que tiene mucha fama”. No podía faltar en la conversación si cerquita está: Rurre. Paradójico salto hacia Europa. Navego en el pico de larga canoa la inundación del año 2006. Otra vez, ¿cuándo la tristeza puede ser mayor que la inmensidad? Nunca. Río Mamoré.

 

Me presté de Boris Pilniak el primer título de su gran novela de la revolución. Leo en la red: enterrado en el campo de fusilamiento de Communarka. ¿Él y cuántos? Deseo volver a leerlo. Ya hay un libro ruso en mi mesa de noche, junto a una biografía de Tolstoi y Goethe por Thomas Mann. Debiera tener el Año aciago aquí en Cochabamba pero está perdido, el vicio lo secuestró como a buena parte de mi biblioteca. Creo que hace años lo volví a comprar en Denver augurando lo peor. El tiempo dirá, cuando a cuentagotas vaya abriendo tantas cajas que dejé atrás. Grandes libros de arte de Taschen. Me deshice de la mayoría de aquellos en inglés, no por canibalismo colonial sino porque tenía que decidir. Siempre podré comprar más, a no ser que un misil del interminable terror moscovita anule el deseo.

 

He decidido que este texto cierra otro libro de compilaciones. Cubre el año 23, parte del 22. Ars simia naturae retrata el estrés del gran cambio, el spleen, los partes diarios de guerra. Lo quiero como a todo lo que escribí, por malo o mediocre que resultase. Intuí de nuevo la poesía en varias de sus páginas. No escribo poemas por treinta años al menos, los leo muy pocos, tengo mi media docena de nombres favoritos pero igual lo hice, ensayé jugar con imágenes y hacer del verbo plastilina azul. Vi a mi sobrina nieta Renata forjar en sus manos inverosímiles figuras y decidí que valía la pena intentar en texto la flexibilidad de la forma.

 

Decía que retornaba a mi departamento desde la otrora rural Trojes. No lejos de donde se ubicaba el malhadado Bombohuasi me detuve a comer un trancapecho. El nombre dice todo de esta bomba de carbohidratos que sabe deliciosa como un purgatorio. Pan, papa, arroz, huevo frito, apanado frito, abundante locoto picado. Nada mejor, esto es Cochabamba, la demasía, el plato surreal. A la vez que bucolismo, inercia, aire tieso, ni brisa ni viento, como contaban los marinos de aquel silencio en el Mar de los Sargazos.

 

Hablábamos. La noche olía a barato ron colombiano. Pedro contaba de su Tarbes, en el Alto Pirineo. Conté de mi experiencia breve en Figueras con la Guardia Civil. Como ya dije, continuamos con el Pantanal, aviones van y vuelan. Champaña rosado en primera clase entre Asunción y Madrid. Te he comprado un tipoy azul que nunca voy a verte usar. Eras madura pero joven. Hoy vestido tal vendría como esperpento. Niños se bañaban con pirañas que después paraban en el asador. Ajusté un claro cinturón de cuero crudo. No podía no reflexionar acerca del doctor Francia. Mi madre nos leía del tambor de Tacuarí y Tabaré de Juan Zorrilla de San Martín. La epopeya guaraní en el crepúsculo de las vinchucas. Alto cielorraso con sábanas y no con yeso.


Penumbra. Llueve. Aires de Henry Purcell.

 

Discurren el Mosela y el Paraguay, el Paraná y el Vorskla. Génesis sobre las aguas. También asesinato. El vino y tu blanco pecho digno de orfebres gitanos.

29/12/2023


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Imagen: Rembrandt van Rijn

Sunday, December 24, 2023

El olor de las ciruelas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

La casa huele a ellas. Hiervo ciruelas blancas para hacer refresco, a la usanza de mi abuela Neptalí y mi madre Alicia. Espumoso, color ámbar. Añejo árbol que estaba en la puerta de la casita de los tíos que con el tiempo quedó detrás de una construcción mayor. De ahí venía la cosecha. Claro que cuando la abuela murió y crecieron los abismos las cosas tuvieron que cambiar. En el patio trasero del hogar nuestro en la calle José Quintín Mendoza se plantó un ciruelo rojo que daba dulces morados frutos. De resina a sangre los tonos, aunque similares ambos en el sabor y el aire corría por las habitaciones durante el hervor.

 

Lo hago de noche a propósito, para mezclarlo con mi sueño, para en este quinto piso aéreo caminar de nuevo las grandes baldosas de azul y rojo rodeando el arbolito. Lo consigo, duermo profundo y despierto en paz. No sé la hora pero penetra límpido el cielo por entre las cortinas. Desayuno mi ración de guerra, recorro las noticias y festejo soldados rusos destruidos. Hablo con Gogol y discutimos el gran negocio que sería hoy el de almas muertas, solo quitarles el trozo de metal con identificación y enlistarlos entre los productos que cuentan como propiedad personal; total, ni quien levante esos pobres cuerpos ya corruptos que abonan los campos salvajes cerca y entre los dos ríos. Luego caliento un café, corto pan negro, lo relleno de pasta de hígado y abro ventanas para dejar que los ciruelos vuelen libres ya.

 

Mi padre atrapaba grillos y los metía dentro de casa. Hallaban rincones y por la noche cantaban. Era maravilloso, música de la oscuridad desde invisibles escondrijos.

 

Mi padre traía verdes delicadas ranas de los arroyos cercanos para depositarlas en medio de las plantas de cartucho. Verde lechuga. También cantaban. Toda la infancia, cantaban. Y coros de sapos en charcos llenos de espuma y diminutos huevos contrastantes. La calle era el límite entre lo urbano y lo rural y por eso inolvidable. ¿Dónde se podrá encontrar esas noches de concierto otra vez? Se han ido. Desde aquí arriba no veo ni charcos ni anfibios. Ladran perros y vecinos, alguna cumbia chicha festeja algo por ahí. No reptan ofidios ni arañas peludas se encierran en agujeros desde donde las hacíamos salir con una delgada paja y saliva. Dejan su refugio y aparecen enfurecidas. Vuelan mariposas cohete y libélulas de todo color. Tesonero trabajo de hormigas, bichos hediondos e insectos lentos que hacen bolitas de excremento de vaca.

 

Es dulce el maíz cuando tierno. Entramos ladrones al maizal de los K'achitos Gutiérrez. Hincamos el diente como si el wiru fuese el sutil cuello de Isabelle Adjani. Hasta que nos corre el cuidador: maleantes, rateros. Maizales que también fueron rugosos lechos de amor.

 

Jilgueros macho, cabeza negra y cuerpo de sol, devoran semillas de las flores en el pasillo que da a los dormitorios. El chiru chiru salta entre ramas interiores; marrones, más oscuros que los horneros.

 

Viaje al rumbo del pretérito, como permitir que los palitos, barcos imaginarios en carrera, se deslicen o tranquen en el fluir de las acequias. Hoy es crepúsculo de ruidos delicados y melancólicos. Y el agua de acequia era de esos, sobre todo cuando el goteante azadón abría la mita con un par de golpes y comenzaba fecunda inundación.

 

La bicicleta Hércules de papá, de inusual púrpura, aro 28, de hombre, llevaba mis ojos por doquier. En Cuatro Esquinas, en el canal de la Angostura corriendo hacia El Paso, durmiendo cuando todavía se podía dormir en el bosque de eucaliptos azules de Bella Vista. Al otro lado del río creo que se llamaba El Frutillar y era la subida hacia Ayopaya, al agua caliente de Liriuni que me recuerda a Francine y más antiguo a Marinette. Fuerte olor a azufre, el catre de fierro suena demasiado cuando subo a ti, el vapor diluye el tinto del vino.

 

Sarco, Condebamba, Linde, Chilimarka, Tiquipaya, Apote, la pampa de Pandoja que no existe más.

 

Dormíamos en la plaza principal de El Paso, partiríamos al amanecer subiendo por Chocaya. Sonidos muy extraños en aquella casa, mitos del adobe, de viuditas y fantasmas, de karisiris y otros demonios. ¿Qué es eso? Sucede que familias de cuyes conversaban y comían grano mientras el mundo dormía. Lo supimos al encender la linterna. Pasitos de duende y chillidos a manera de ecos, profundos, sordos. ¿Chillidos sordos? Pues sí.

 

De la nada se vienen en mente los nombres de Anatole France y Stendhal. No voy a buscar la razón del porqué. No tenemos ni quince años pero nos emborrachamos con chicha blanca. Huimos cuando cholitas de domingo de asueto quieren bailar. Aterrados, hacia el cerro, mirando siempre atrás como estatuas de sal.

 

Olor a retamas.  

 

Sobre el pedregal tieso y seco crecen flores amarillas. Olor a retama. Olor a ciruelo.

 

Atún peruano extendido sobre pan de Toco. Cantimplora llenada en cristalina acequia. Murmura la brisa. Vemos la vieja casa de las aguas termales, armamos carpa que era celeste. Ya lista, bajamos a bañarnos en la piscina. Allí, mucho después, Francine flotaba desnuda observada por los eucaliptos del bosque. Fronda pelirroja, vestido que flamea encima de piedras gigantes cubiertas de fósiles marinos, rocas dignas de galgas y revolución. Entiendo por qué amas Bolivia; no entiendo por qué me amas.

 

Hay cierto horror en la noche del campo. Así lo sentía yo. La paz del atardecer se hacía maligna al oscurecer. Siempre me ha costado lidiar con la ausencia.

 

El aroma de la fruta se ha extinguido. Galletas navideñas de mi prima sobre la mesa, un cd abierto de música de órgano de Johann Sebastian Bach. Una foto de mis hijas cuando tendrían doce y diez años respectivamente, supongo creo.

 

Tres dormitorios completos, camas, veladores con lámparas, pullus encima. Tres puertas abiertas. Gira el ventilador. Enfrente mío, mujeres de Otto Dix y de Christian Schad; a mi izquierda, Jawlensky y Klimt; a la derecha, Alfred Kubin y un primer plano del Acorazado Potemkin en afiche cubano. ¡Cómo no pensar en ti, Odesa!

 

Cerca de la puerta de entrada, Munch. Y Ben Shahn pone letras a un dibujo suyo de Sacco y Vanzetti. Miro desde el quinto piso buscando la torrentera. Veo edificios, huele a comida y fiesta de sábado nocturno. Ni una sola mazorca de maíz, ni un wiru. Y menos tu barbado sexo de choclo. El reloj dice ahorita nueve treinta y cuatro y ahora nueve treinta y cinco. No se necesita filosofar para saber que el destino, algún destino, avanza y que única queda la fragancia.

 

Huelo retamas. Ciruelos. Hinojo creciendo al lado de la pila, berros que coleccionan para ensalada. Las hormigas fabrican túmulos de tierra vegetal donde, debajo, no descansan héroes. Frágil festín del recuerdo.

23/12/2023


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Imagen: Óleo de Albert Kechyan, Armenia

 

 

Wednesday, December 20, 2023

UN MILLÓN SEISCIENTOS MIL TRESCIENTOS TREINTA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot


1 600 330 visitas a mis blogs. 749 449 para LECOQENFER y 850 881 para SUGIERO LEER. Hoy los blogs han cedido espacio a otros medios pero se siguen leyendo. Menos de cinco años atrás algunos textos míos o de invitados al blog recibían entre mil y diez mil visitas. Recuerdo un texto crítico de mi amigo Huáscar Sandoval Bauer que fue leído casi veinte mil veces. La nueva Cheka inició una guerra en contra a partir del año 19. Me bloquearon en las redes sociales; ya antes habían hecho que los periódicos bolivianos, uno a uno (a excepción de EL DÍA), me expulsaran de sus páginas. Hoy, notables “opositores” eran entonces solícitos lameculos del gobierno y trataban de congraciarse con el amo así. Pues nosotros ni fuimos de lambiscones ni dejamos de escribir, a pesar de la modestia en los números comparados al pasado. Aquí seguimos, con un nada despreciable currículo como blog. Cambiaron circunstancias, arreciaron desdenes, como si eso importara. Ellos pasan, Mussolini colgado de las patas; Stalin con los pantalones cagados. ¡Salud y gracias!

Diciembre del 2023

Sunday, December 17, 2023

Cristina Balkina


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Ballena rosa, ballena negra, cachalote barbado, cachalote barbudo. Islas Sándwich del Sur, monstruos marinos, ojos atroces en xilogramas. El ron barato produce alucinaciones, la Cochabamba que canta queriendo ser Frank Sinatra un My Way que nunca ha bien inventado.

 

Mencionan el punk y nunca supieron lo que fue. Saltitos en fiestas de quince, alegría que había perdido el rocanrol. El vecino continúa dándole al micrófono, destrozando Cambalache como un submarino nuclear en el Riachuelo. Como el Kursk y los ochenta marinos perdidos. Aguas, esas, estancadas, canal de obstáculo entre las putas y yo. En una mesa bebe Melville. Cristina Balkina escribe desde cierta increíble desnudez tatuada que vive hoy en Boston, “England”. Un año atrás cantaba canciones de patria en el metro de Kiev. Finalmente pudo salir, que el paraíso no está garantido claro que no, cuando los obuses de la noche se paralizaron de estrellas en un firmamento que hiela en diciembre. Alguna vez te dije lo bella que te veías, tu espalda bajando perfecta hasta el verso de la herida blanca rasurada, tus provincias ígneas, miocénicos repliegues de corteza macilenta.

 

Vuelvo al año dieciocho, no el de la revolución ni el armisticio. A dos maletas que fabricaron vida nueva con piel de hombre caído. En tus muslos posteriores tatuajes brillan como sellos apocalípticos. Únicamente negro, ni un jaspe de dorado o plata, nada que disminuyera la contundencia de lo real. Luego las imágenes trepan como planta de frambuesa por el costado. Strawberry Fields Forever. Let me take you down, down to the knees of the universe where mammoths got frozen and ivory still shines. Down to where you create life, el helecho esencial de tu amor, no de trópico, helecho albino. Pregunto si has leído a Henry Miller. ¿A quién? No importa, nada importa ni las mejores letras. Ahora eres bostoniana y devienes un Henry James, de copa sombrero tu pelo, ora gris ora orate oscuro obsoleto con grapas egipcias y Nefertitis en serio. Pues, Balkina Cristina, te felicito. Siempre me gustó Nueva Inglaterra, la he paseado desde su sur hasta la arbolada Connecticut. Había belleza, mucha demasiada, pero también claroscuros con tristes cantos de balleneros camino del muere. Brillan color naranja los langostinos mientras extraños moluscos reptan por redes intentando huir. Cada día es una guerra del fin del mundo, páginas de Olga Amarís la pintan igual a tomas inertes en primer plano descolorido con una abuela durmiendo muriendo bajo incesantes saetas de silencio.

 

Callas, has callado por años, el tatuaje se ha multiplicado como parido, tashmajal de versos beatíficos aunque en el palacio prieto reflejado en las piscinas se conviertan estas líneas en labor de Satanás.

 

Balkina.

 

Cristina.

 

De veinte y seis y ahora de treinta y dos. Boston no es Kiev, lo afirmo. La cerveza sabe mejor, lo afirmo, de ámbar y arándano; celestes tus ojos como si a Jackson Pollock se le hubiesen derramado en el canvas gotas de cielo. It is you, yes, just you, only you.

 

Un guindo caballo en madera tallada observa mis dedos. Montura de metal trenzado. Persa, afgano, parto. Cuatro cascos firmemente fijos, rienda recién movida hacia el costado. Jinete perdido, bombardeado, disuelto en napalm, cocido en leche de burra mongol. Por la estepa corren bandas errantes.

 

Regresaba a casa hastiado de prosaica fiesta, enciendo luces y tiro zapatos. Deseo dormir pero en el ordenador una voz menciona Boston, casi sortilegio. No es asunto de nostalgia ni de recuerdo. Las sensaciones tiemblan, trémulas son intemporales. Tu carne está fría sabor de Groenlandia, dura galleta de narval mas en la cueva neanderthal en ocre crecen mamíferos peludos y de tu caverna calva que parecía helado de coco comienza a encandilarse la canela, de rojo suave a carmesí púrpura lava que sale negra y estalla en perplejos de color, asombros parecidos a navidad.

 

Luego.

 

Después.

 

Sosiego, paz augusta de asesinos, paz genghiskana sombra perenne de la estepa. Has retornado, vienes, y me duele en el alma toda haber perdido mi tiempo con gente karaoke cuando debí haber estado pensando en ti, tocando en mí tú el sexo fúnebre con música de John Dowland. Dejo un catafalco a la posteridad; huesos de mamut alrededor, marfil de veneno la herida que sangra nevada sobre una palangana de fierro.

16/12/2023

Thursday, December 14, 2023

De invierno


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

La pared me protege del viento. Un celular a un lado, a la derecha el otro. La tarde no está tensa; tiesa. Leo noticias de Myanmar, de Argentina, Ucrania, Gaza; de Eritrea y Sudán. Tiesa tarde, ¿de qué viento he de protegerme si ni brisa corre? Me falta paciencia hoy, el mundo es tan asquerosamente repetitivo que ya sé las respuestas del futuro. Mareo de billetes. El Génesis se equivocó, no corría el Verbo sobre las aguas sino el Oro. Y el oro no flota sobre líquido, se hunde; Cristo caminando encima del mar de Galilea es un sarcasmo, a lo sumo una metáfora. “Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?”. ¿He de leer, también yo, a André Breton?

 

Empujo la tarde y no se mueve. Un sobrino ha comenzado a trabajar en un restaurante de lujo en el Lower Downtown de Denver. Precioso lugar, el barrio. Antiguas fábricas que refugian modernos comideros. Del tesón obrero a la nueva élite. Cuenta que cada día una empresa a cargo llega y remueve todos los hermosos cuchillos estrenados el día anterior. Mañana tras mañana, chefs cortan carísimas carnes con acero nuevo. Reciclan lo removido, lo venden, lo vuelven a empacar, lo exportan al otro mundo o va a la basura. Historia de siempre. Estados Unidos marcha ahora hacia el Mein Kampf. Ya no susurrarán los árboles de hoja caduca de la calle Clarkson, ese sonido de lluvia que amodorraba aparecidos. Gruesas paredes de piedra, argamasa con sangre de esclavos. Miro luces, autos con no  sé quién dentro ni a dónde van. Doblan a la avenida 9, chocarán con el parque Cheesman luego de unas cuadras.

 

Imagino, que en mí significa recuerdo, un camión de Amazon, gris, la tormenta arrecia, la vagoneta se inclina al resbalar y quedo en medio de la nada blanca con miedo hasta de activar la calefacción porque cualquier temblor me arrojará al abismo. No hay tiempo de quejas, aunque quiera, reproches nadie alrededor. Descargué un paquete en una granja echando humo de chimenea, a más de una milla adentro, ni chance de que alguien se percate que estoy allí. A dos metros ya no se ve. Por la radio comunico a la central mi situación. Sugieren que ayuda llegará en tres horas al menos, que somos varios al arbitrio de la intemperie. Llamo a las hijas, no las agito. No deseo que se preocupen, que aguardo por una grúa y nada más. El hielo tamborilea en el parabrisas, me he envuelto en chamarra azul.

 

De la ventisca asoma una camioneta, alguien del rancho que llega. Mudo, el cowboy extrae unas cadenas y las amarra a la parte trasera de mi vehículo. Salgo al tiro, agradezco y me marcho, siguiendo el camino a través del satélite porque a simple vista no hay nada. Orden urgente, regreso colectivo, gran riesgo continuar. Estoy a unos cincuenta kilómetros de la estación, a campo abierto y, como no se ve, casi campo traviesa. Lentamente retorno mientras anochece. En casa abriré una lata de corned beef hash, pondré huevo encima y dormiré apenas hasta salir al otro trabajo a medianoche. La odisea con el hielo no cesará por varias horas. Qué lindo el invierno, olor a café francés prensado. Qué linda tú cubierta por frazadas y cubrecama roja. Me alimento directamente desde la lata un poco, frío; vacío el resto sobre la sartén. Tengo una punta de pan francés seco, no importa. Miro por la ventana que da a la terraza. Veo al vecino irse y deja olor a cigarrillo. Ceno con luz apagada, me acuesto con botas y chaqueta, igual me levantaré pronto; cubro parte de la espalda con la sábana y ni sueño. La alarma del teléfono pita hasta que caiga en cuenta de que es hora.

 

Carga de coraceros en Eylau. Rumores fatídicos del silencio, tambores de marcha fúnebre. Cae nieve, escuda el tropezar de los caballos.

 

Reviso papelitos y pequeñas chucherías que guardó la hermana. Hace calor aquí. No extraño el invierno. Fue poético alguna vez, hasta romántico; luego enemigo, una situación que obstaculizaba el trabajo, la caminata, hacía caerse y golpear la nuca contra el hielo. Suena como fruta hueca, sí, y a veces tuve que someterme a tomografía para ver si no había rajado hueso. Cabeza dura, testarudo. Ni me creo a mí mismo cómo soporté. No lo haría de nuevo. Llegaba a casa antes del amanecer, similar a un monstruo de Dostoievski, al mismo Rasputín. Altas botas y cabello enmarañado. Sentado en el comedor hervía un café y leía el New York Times. Mi mujer tenía la cama tibia y otra era la sensación. Cuando no hubo mujer, cama helada, cama de piedra sin la tenebrosa lírica mexicana. Cuco Sánchez, de piedra ha de ser la cama… Cuánto tiempo pasó.

 

Mezclo melón Honey Dew con manga rosa para el jugo. Amarelo manga, Recife…

 

Árboles de cristal. Once de la noche parece mediodía. Han echado diamantes sobre las ramas. Belleza que se esfuma cuando el automóvil escapa al control y resbala hasta topar algún objeto. Llantas chuecas, dobladas, gomas reventadas. Otra vez la nada y la intemperie. A ratos pasa un carro policía pero no se detiene. Cada cual cree en su propio refugio, supongo que a eso se refieren con el calor de hogar.

 

Estabas de cabello rojo suelto arrastrándome al borde de la infidelidad. Tus blancas piernas sobre el sofá multicolor de Scandinavian Designs. Decides acostarte en el piso, dejas la cama para mí. Vestido celeste oscuro y medias negras. Tus pies en mis rodillas. Afuera, en el gran jardín de la Peoria, el pasto va llenándose de sábana. Hay en este deseo cierta tristeza, lo efímero del sexo como eclipse. Al menos esta noche no trabajo y hay placer en cubrir los hombros, acomodar almohadas para sentirse protegido. “Esta noche no, no te vayas de mí”.

 

Continúo en el rastro de la hermana ida. Cartas y fotografías, notas de enseñanza de español e inglés. Recibo de pago de un coche por seis mil novecientos dólares. Año 2011, volvía yo de Cuba e imaginaba cómo Cortés había contemplado Tulum. Nos aproximábamos a Yucatán y fumigaban el avión. Stefano Varese viajaba conmigo. El gobierno peruano había publicado una lujosa edición conmemorativa de La sal de los cerros, tremendo libro. Él volvía a Oaxaca y yo camino, a escondidas, de Denver. Tal vez una botella de ron de Santiago descubriría en Houston, Texas, que no estuve en Cancún sino en La Habana. Stefano se retrasa en el aeropuerto, lo pierdo de vista, aguardo unos minutos y me voy, tengo que tomar el vuelo al DF. No escribí a Varese, no me gusta explicar cosas accidentales. Atesoro aquel libro dedicado.

 

Hallo un mazo de cartas con retratos de generales de la Confederación. El tres de corazones tiene a Robert E. Lee. Entre Virginia y Maryland recorrí la guerra, ciento veinte años después. En el Shenandoah observaba a los diminutos chipmunks pero la sombra de Stonewall Jackson oscilaba en el vacío.

 

Cuando llegué a Ciudad de México desde La Habana vía Cancún tropecé en la terminal del aeropuerto con una gigantesca y maciza Coatlicue, una enorme serpiente y un jaguar. Sentí la muerte, secuestro y martirio al mismo tiempo. En México mi vida no valía nada. Coatlicue sonreía y tenía caninos de vampiro.

 

Me hice llevar a un hotelucho en donde me acosté con zapatos puestos y las maletas amarradas a mis piernas. Al día siguiente a Denver. Si me esperaban, no recuerdo. Leía Zoia Andréevna, de Berbérova, en edición cubana. Más nieve. En el Malecón, el agua negra del Caribe mojaba los cascos del caballo de Maceo. Habíamos conversado con duchos habladores acerca de Carpentier y Lezama Lima. Ambrosio Fornet comentó un texto mío. El Vedado estaba en ruinas. Abajo, en la carcasa de un edificio soviético vendían ron a granel, de piratas y soldados.

 

Qué bien sabe el pan duro con corned beef hash, pocas cosas más ricas. Dicen que es malsano. También lo es el amor.

13/12/2023

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Fotografía: Claudio FC, Denver, enero 2023

Friday, December 8, 2023

La saga de Adolfo Cáceres


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Ante mí tres documentos autógrafos: de Antonio Álvarez de Arenales, Jujuy 1824; del cura Gorriti y Martín Güemes; de Beruti, uno de los hombres de mayo 1810 en Buenos Aires. Joyas documentales suficientes para imbuirme más del espíritu de la época que me ha traspasado la última novela de Adolfo Cáceres Romero: La saga del esclavo.

 

Antes de penetrar en los rincones del texto me gustaría apreciar, como lector y como autor, el monumental esfuerzo del escritor orureño, cochabambino por adopción. Quince años para fundar una obra no son pocos. Quince fueron los años de lucha del Alto Perú para deshacerse, al menos en apariencia, del dominio godo. Mucho tiempo para perecer o vencer en una contienda justa y mucho para trazar de nuevo una historia reinventándola y añadiendo como sostén imaginario la riqueza de la ficción literaria. Cáceres Romero alega no estar del todo contento con el objeto creado. Comprendemos su desazón, que sólo la muerte arrebata del artista en su mística o intelectual búsqueda de convertirse en divino. Los recovecos del arte y de la literatura en especial representan un prometeico afán de dominio. La posibilidad de jugar con letras y palabras carga en sí un sino cabalístico. Anotar en página en blanco multitud de signos que al observarse tienen sentido, equivale al manipuleo anciano de un rabino de Praga escribiendo sobre la fría arcilla de una figura antropomorfa el nombre secreto de Dios. No importa si Adolfo piensa no haber logrado suficiente. Ya producido, su libro se le escapa de las manos y no es un hijo pródigo; un libro jamás vuelve a su autor. Ya pertenece a todos. Cualquiera observará, como casi siempre sucede en novelas de tipo histórico, o relacionadas a este género en parte o partes de su totalidad, la existencia de historias paralelas. Vargas Llosa lo logra admirablemente en La guerra del fin del mundo y decae en La fiesta del Chivo donde el relato ficticio carece de fuerza suficiente como para mantenerse, mientras el sector histórico se torna dramáticamente atractivo. La saga del esclavo cuenta también con tal característica. Sin embargo la línea de separación entre ambas corrientes es tan tenue que no necesita exigir el texto para unirlas. La saga de Francisco, zambo liberto, asesino de su amo más por piedad que por angurria o rencor, se plasma en la del conflicto independentista de América, hecho fundamental que amalgama las fuerzas rebeldes al principio y culmina con la separación violenta en el auge del triunfo decisivo.

 

Comienza el escrito con el doctor Juan José Castelli entrando en la Villa Imperial de Potosí. Llega cargado de la aureola jacobina que lo descolló entre los representantes de la Junta Revolucionaria de Buenos Aires. Estudiante de Charcas, igual que Mariano Moreno y Bernardo Monteagudo, no dubitará un instante en cuestionar incluso a sus antiguos protectores en nombre de la luz que significara la revolución. Viene de fusilar a Liniers, héroe de la resistencia durante las invasiones inglesas. Trae consigo las instrucciones precisas de Moreno de arrasar con cualquier conato de oposición. Y lo hace bien, no tiembla ni se mea en los pantalones como Domingo French a tiempo de dar el pistoletazo de gracia a la cabeza del virrey. Con ese halo homicida hace un alto en el paso cuyo destino tiene Lima y la destrucción del poder español en América. Cáceres Romero ahuma las páginas de ambiente heroico. No en vano se vale de citas homéricas y persigue la sombra de Virgilio y su Eneida para lograrlo.  En el instante en que Monteagudo se acerca a los cuerpos colgantes de Francisco de Paula Sanz, el presidente Nieto y el general Córdova, ajusticiados por Castelli, y habla con ellos -dialogando con la Historia- no dejo de pensar en imágenes de Ilión sangrante, de guerreros teucros o argivos en albor de eternidad. Me alimento de imágenes y el novelista las da con largueza. A pesar de que afirme que ésta es su versión de la historia, sabemos bien que no podríamos revivirla al detalle y que por fuerza la escritura debe cargar consigo el espíritu creador del que escribe. Asunto que no lo desconecta de la realidad y menos lo descalifica. Haberse consustanciado por tres lustros con las costumbres de la época, leyendo el árido contenido de los documentos antiguos, refigurando -aunque fuere trasfigurando- personajes notables es logro mayor. Su arte consiste en dar vida a esas secuelas borrosas del pasado, crear en el público animadversión o simpatía; obligar a tomar partido. De seguro que para algunos La saga del esclavo será el único y definitivo acercamiento a los avatares del primer ejército auxiliar argentino en el Alto Perú, nominalmente a cargo del general Balcarce pero con Castelli dirigiendo. Momentos del tiempo que no se debieran perder y que difícilmente resultan atrayentes en las aulas escolares. El escritor se torna así en maestro; vivifica el polvo, desentume las máscaras del recuerdo y presenta la posibilidad concreta de ahondar en motivos íntimamente ligados a nosotros.Aparece el insoslayable Goyeneche y su sanguinario lugarteniente Imas. Se mueven en la noche helada del Desaguadero degollando las avanzadas patriotas para terminar con ese ejército que con sus desmanes, a veces justificados, a ratos no, se ha ganado el repudio de la población criolla y hasta de la indígena. El clero ha sabido hábilmente convertir esta lucha en guerra de religión. Monteagudo, como pocos, se ha ungido de un aura de maleficio cuando en un momento de éxtasis moderno lanza una arenga hereje desde el púlpito de la iglesia de Laja. Ese ejército, sobre todos los demás que vendrían, se destruye a sí mismo, en un patrón desgraciado de las tropas auxiliares "abajeñas". Cabe, pero, no olvidar el decreto que Castelli emite en Charcas liberando al indio de servidumbre, además de otros de inconcebible pasión revolucionaria.

 

A pesar del júbilo por la derrota de Castelli en Guaqui, el hecho resultó fatal para la región. Si bien Juan Martín de Pueyrredón desfalca la Casa de la Moneda potosina, en claramente previsible y comprensible estrategia bélica, igual lo hará Goyeneche que carga de la Villa de Carlos V con todo el platerío de las casas de oración. Hay, y lo habrá luego, desdén de las fuerzas argentinas por sus camaradas "alteños". Balcarce niega mando al bravo Manuel Ascencio Padilla que asoma en Tiahuanaco para ayudar a enfrentarse al enemigo; lo mismo hará Rondeau con el guerrillero Camargo, según cuenta Pacho O'Donnell en su obra histórica. Castelli pagará caro el fracaso militar. Terminará sus días en la cárcel, consumido por un atroz cáncer de lengua, visitado por su siempre fiel Monteagudo. Al respecto se puede leer la admirable novela de Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno, donde en la boca enferma de Castelli el Alto Perú, hoy Bolivia, adquiere sustancia mítica.

 

Francisco, Juan, Eudolinda, Isabel, el maestro Moisés, Mariano son el grupo de personajes que antecede y luego se agita en la batahola de la revuelta. Su papel concede humanidad no sólo al texto sino al hecho histórico. Forman una suave y necesaria alternancia entre la estremecedora épica. Retorno a las imágenes de Adolfo Cáceres Romero que me han quedado grabadas. No puedo decir que ellas sobrepasan la historia que está hábilmente -bellamente- entrelazada pero que representan algo a lo que concedo alta estima. Adolfo las ha trabajado con esmero y se lo agradezco. La saga del esclavo es una novela completa, amplia y suficiente para todo gusto, un ejemplo latente de ardor literario, ajeno al facilismo de ciertas temáticas de moda. Exijo como lector, y debiéramos exigirlo en conjunto, libros semejantes que nos recuerdan, además de hacernos pasar agradables momentos, quiénes somos y hacia dónde vamos, que en esos fantasmas penumbrosos de a caballo que guía el coronel Francisco del Rivero en la debacle de Guaqui sepamos reconocernos. Ese será el mejor aplauso a la saga de Adolfo Cáceres Romero.
04/04/2006

Sunday, December 3, 2023

Gulags, bombas atómicas, guerra y memoria


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Leo En los vagones de la muerte del atamán Annenkov del escritor kazajo Saken Seifullin. Autor purgado por el régimen soviético en 1938. Solo anoche veía la película checa El charlatán (Agnieszka Holland, 2020), libremente basada en la vida de un famoso curandero checo que trataba a sus pacientes a base de plantas. Perseguido, no podía ser de otra manera, por la NKVD. Rusia (ni los comunistos) va a cambiar; no lo hizo desde la época del terrible Iván o Mijail Romanov; no lo hará ahora con el pequeño bufón y su ejército de opereta compuesto de caníbales y ladrones. Largo ha sido su castigo, breve y violenta tiene que ser su destrucción. Más larga su codicia y su interminable crimen. Lástima que enfrente tiene un feble occidente pero descuida al enemigo real, la supuesta aliada China, que desea recuperar lo que fue suyo décadas atrás, con yapa.

 

Vagones de la muerte, cosacos, blancos y rojos; Kolchak, de quien me comentaba Anna en Sumy que tal vez fue el único de los comandantes contrarrevolucionarios que valía la pena. Sugiero el filme El almirante (Andreï Kravchuk, 2008) sobre él, mientras mi memoria sugiere a Sholojov, Babel, Fadeiev, Pasternak, Alexei Tolstoi. Era de conflictos, hambre, rebelión y arte. En las buhardillas heladas y míseras se alojaba la avant-garde ruso-soviética que tanto ha dado a la humanidad. Hoy no pesan Zhdanov ni Krylenko pero se sigue leyendo a Tsvetaeva y a Maiakovski. No queda rastro de Lazar Kaganovich pero sí de Osip Mandelstam. Malevich y Goncharova pintaban; Rodchenko fotografiaba y los arquitectos lanzaban insólitas rectas sobre el papel.

 

Quito del tocadiscos a la Orquesta Baobab y para crear adecuado entorno elijo a Alexander Kipnis cantando Boris Godunov. Odesa y Jarkov, iglesias ortodoxas, apenas se distinguía gente en la sombra pero voces nacían de las paredes: mujeres y tenores impresionantes y luego bajos profundos del fondo del divino abismo. Pensé en el Coro Glinka, de Leningrado, en música sacra de uno de mis discos favoritos. Abandoné el rítmico Senegal, con pizca de Cuba, bloqueé cortinas y ventanas, aislé mi universo como ante una epidemia, cerré los ojos. Nombres de Amur y Baikal vinieron a mí; en Seifullin, en el mapa que precede su texto, recorrí un Kazajistán que conocí con mi querido amigo Yefim. Tengo manzanos en mi huerta de Pavlodar. Al sur está el inconmensurable Tian Shan, epítome de montaña. Belleza sin fin. Cuesta creer que al lado, aunque el lado es lejísimos en tal gigantesco país, se hacían pruebas atómicas, que la estepa de Karagandá se pavimentó de ejecutados y muertos de inanición. Se derrumba la casa de Yefim. Comisarios ellos, él y su hermano, judíos de poca estatura y pobladas cejas, inmigrantes forzados de Stalin en la infancia, diáspora hebrea dentro de la ya diáspora. El jardín de Pavlodar carece hoy de frescas manzanas verdes; marrones, son pasto de los gusanos. El estado habrá puesto aviso de expropiación. El hermano mayor de Yefim murió en Denver, Glendale para ser precisos, en la Pequeña Rusia detrás del parque Mir, hace décadas. Mi amigo me hizo heredar ternos oliendo a naftalina. Pequeños para mí, los doné. Imagino la historia que se iba a la tienda de segunda mano con ellos. Barbudos sastres de Rusia Blanca, hasiditas bailando con inusual ímpetu, festejando futuro de desastres. A Yefim lo atrapó la enfermedad del olvido. Cuando lo llamaba para decirle que era yo, se lanzaba en largas peroratas en ruso. Lo fui a visitar, lo mismo. Me abrazó afectuoso, me hizo como siempre entrar a su sombrío apartamento lleno de juguetes y chucherías recogidas del basurero. Pero no se dio cuenta quién era. Calentó un borscht que tenía tres fuentes: rusa, ucrania, judía. La cuchara con capa negra de grasa acumulada. En un plato contiguo, salchichas y pepinos en escabeche. No me reconoció pero nunca lo olvidaré. Pasamos al menos diez años trabajando juntos, vi cómo obtuvo mujer en su tierra de origen y cómo aquella huyó. Quién sabe, tal vez ella sea propietaria del huerto de Pavlodar. Hará tarta de manzana, pan de trigo, cerrará los postigos cuando arrecia la temible arena de la estepa. Él la habrá olvidado como hizo con todo. Quizá murió, ha pasado tanto, mucho mayor que yo. Hijo del conflicto, del comisariato, de la perestroika y la búsqueda de la América incierta. Me he propuesto viajar allí. Tengo que ver Pavlodar, lo poco que puedo hacer por un amigo tomado por la amnesia. Una cosa más de las que tengo pendientes cuando acabe esta guerra. Águilas de dos metros de envergadura de alas sueltan el brazo del cetrero y vuelan a ras del piso a matar zorros. Judío exiliado por Stalin al desierto, miles de kilómetros desde los cielos de Chagall a los pabellones del silencio.

 

Una locomotora atraviesa el bosque en invierno a velocidad. Doctor Zhivago. Gritan los soldados, disparan al aire. Se pierde, el humo hermana las nubes. La guerra civil en Asia Central fue igual de cruel. Boris Annenkov, que descendía de un héroe decembrista, de los que se opusieron en 1825 a Nicolás I, déspota zar, ejerció despiadada violencia combatiendo el bolchevismo. Comandante del llamado ejército de los Siete Ríos, electo atamán de los cosacos siberianos, huyó a China ante la derrota. Los chinos lo entregaron a la Cheka y murió en Semipalatinsk el 27. Saken Seifullin de algún modo lo inmortalizó. E. H. Carr relata que en la colina donde se castigó a los decembristas, Bakunin, Herzen y Ogarev, niños, juraron eterna rebelión.

 

Mediodía. Asaré una carne y la comeré con ensalada. Día pasa y no retorna. Cuando yo muera nadie recordará a Seifullin y menos a Annenkov. Guardamos un fuego sagrado cuyo pábilo se extingue. Ajusto ciertas teclas que me traen lejanas voces. Por sobre el afecto continúan corriendo vagones de muertos, tosen y aúllan así de lobos se tratara. Quisiera estar en Tashkent, rumbo al oriente, anónimo, hartado de reminiscencia, buscando en vano con ojos mustios el rostro chinesco de algún tigre que asesinaron ha un siglo al menos. Sangre fresca sobre la nieve. Sangre de fantasmas.

03/12/2023

 

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Imagen: Boris Annenkov 

Friday, December 1, 2023

Compañeros poetas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Sueño con serpientes. Llueve sobre el embalse de Corani. Entre ráfagas de nieve caen luminosas bombas de fósforo sobre Stepove. Mido con una regla la distancia a Poltava. La nieve ha golpeado la ventana toda la noche, me cuentas. Duermes, tienes ocho horas más que yo, ya vives mañana, estás en el futuro. Bombas de Stepove que todavía no han explotado en mi reloj al oeste. Más lejos, en el Gobi, en los campos de concentración chinos donde se viola a las uigures ya casi se adelantaron un día. Ya vivieron, sufrieron para ser claros, antes de que nosotros, yo, hayamos visto nada. Inútiles abstracciones mientras oigo discos de Silvio Rodríguez.

 

En la sin par bahía de Cienfuegos el mar lamía veredas. Con el crepúsculo vino caminar desde el hotel hasta una casa de gran patio donde se reunía la nueva trova, bastante vieja ya, a manera de homenaje a nosotros, jurados del Casa de las Américas. Se habló, habló, habló, de Noel, Silvio, Pablo. Cantaron también, y no por un prurito adoratriz de famosos sentí que aquello estaba lejos de lo que se hizo internacional, mundial popular de este género de la música cubana. ¿Hay derecho en decir de poetas menores y superiores? ¿Quién juzga y a nombre de qué la obra de otro? Cierto que al volver al dormitorio esperaban cincuenta obras, mucho mejores la mayoría que todo lo mío escrito, y que de allí decidiría cinco nombres para proponer al comité. Casi Robespierre decidiendo sobre las cabezas de Hébert y Dantón, la de su amigo Desmoulins. Vuelvo… los troveros de Cienfuegos tenían garra, pasión, si conciencia o no de lo que sucedía en Cuba, tal vez. Pero su arte no alcanzaba al “compañeros poetas, tomando en cuenta las últimas noticias”, no a Yolanda y el inmortal verso de amor.

 

Solomillo, cola de langosta, vino, al lado del alojamiento había un castillo convertido en restaurante. Días de comida magnífica, buffet desayuno almuerzo cena. Camarones pistola, variedades de ensalada, hormas enteras de roquefort. Parmesanos y salsas, sopas, guisos, cortes variados, fríos y asados. Cuán agradable ser jurado en tierra revolucionaria. Camino por la costa para digerir la comilona y una señora mayor con rotas sandalias de plástico me dice que su hijo tiene más o menos mi misma contextura y si puedo regalarle mi camisa para él. Se nota que no comió demasiado las últimas décadas, tendrá la edad de mi madre. Pienso en ella en Cochabamba tomando té con masitas, jamón, brie y dulce de leche. Si mi madre paseara por el borde del mar mendigando ropa mataría al o los hideputas que lo consienten. Georges Moustaki en medio de la batucada, el fascinante sonido de la cuica no me hacen perder el empute. Si viera a mi madre… si la viera. Sin embargo retorno y para la cena voy hambriento y plato tras plato, vaso tras vaso. Trasiego de señores, festín oligarca. Unto el cremoso queso francés sobre pan de corteza dura, nada mejor. Humea café, crema para acompañar. La esposa de Fernández Retamar da a escondidas billetes a una ciudadana del gobierno y pide conseguirle leche. Observo y callo. La cena fue filetes de pez del Caribe. No era espada o vela; corvina, deliciosa corvina y viva la literatura. Roberto Fernández Retamar, poeta que considero, escribe:

No existen las hazañas ni los horrores del pasado.
El presente es más veloz que la lectura de estas mismas
palabras.
El poeta saluda las cosas por venir
Con una salva en la noche oscura.
Sólo lo difícil.
Sólo lo oscuro.
Y contra él, en él, el fuego levantando
Su columna viva, dorada, real.

El amor es
Quien ve.

París-La Habana, 1992-1994

 

La mujer del poeta insume divisas al mercado negro: tráeme leche. ¿Hay acaso poema otro?

 

Pido a la señora al borde de la belleza bahía que aguarde, que le traeré algo. Si tiene calcetines, también. Y calzones. Nunca me he avergonzado de llevarlos, alguna vez los escondí de la vista de una amante porque estaban rotos, no eran de Gucci y su cronología casi tan larga como la mía propia. Aguarde, repito.

 

Mi maleta azul marino. Saco un par de camisas: Cremieux, finas; calcetines blancos, de esos de a docena de Walmart; calzón no porque rotos y consideraría la desconocida que aunque aparento algo distinto soy rico nunca, ni famoso y jamás vanidad ha tocado mi puerta por verbajos que haya echado sobre el papel.

 

Quiere besarme las manos, por favor no, y no me bendiga Dios ni comandante, lo agradezco; dejémoslo así, en trueque de objetos por mucha vida y tanta tristeza.

 

Yo escribiendo detrás de la pared y ya había caído la noche. Creí que se trataba de llovizna y sombras antropófagas.

 

L'étranger, Moustaki… La cantaba Nicola Di Bari y la mal bailaba si tenía suerte de que la más fea del baile me aceptara. No la tenía, entonces. Ahora, dulces viejitas en que se han convertido, me invitan té y afirman cuánto les gustaba yo. Seguro… Miro el mar de Cienfuegos, una pelirroja escritora chilena lee acostada en una chaise longue, consciente de su eternidad, el camino muestra pequeños pueblos muy limpios. Impoluta moral comunista. El monte del Escambray va tomando tonos verde oscuro.

 

“Dicen que no me perdona, la resentida”. Busco notas que ya no llegan. Olvido y amnesia. No ha habido otoño este año, lo saltó el invierno. La regla marca centímetros que convierto en kilómetros, de Stepove a Poltava. ¡Diles que no me maten, Justino!

30/11/2023


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Imagen: Bean Ingram/Herbert Guschner, 1928