Monday, November 29, 2021

Nuevos escritos de memoria antigua


MAURIZIO BAGATIN

 

Es difícil hablar sobre lo que se conoce, entonces intentaré escribir sobre Nuevos escritos de memoria antigua

“El hablar conquista al pensamiento; escribir lo domina”

-Walter Benjamin-

La literatura de Claudio siempre ha sido la literatura de la experiencia, de lo vivido, es un autorretrato que a veces se parece al autorretrato de Francis Bacon, desdoblándose para ver más allá, otras veces parecido a lo de Balthus, mirándose en un espejo borgeano, pero siempre es el autorretrato de Van Gogh, lúcido y sincero. Siempre nos habla de nuestro ethos.

La memoria no es solo cosas de dioses, a ellos está consentido el olvido, a los humanos es consentido aquel surco que pertenece al momento, al instante, a un estrecho espacio entre la esperanza y el arrepentimiento, y este es el espacio de la vida. Ahí es donde el stajanovista Claudio se adueña de todo lo posible. A través de la vida, a través de la escritura.

La literatura de Claudio es una receta culinaria que roba a la escritura todos los ingredientes, le exprime todos los sabores y nos devuelve un plato escrito con mucha sabiduría; es una cabalgata de cosacos hacia tierras aún impenetrables pero es también la calle melancólica de un pueblo invisible en pleno otoño, es su muerta ciudad viva que está siempre presente, y lo será en los libros que escribirá mañana porque son los libros que leyó ayer, Stefan Zweig, Marcel Schwob, Víctor Hugo o la poesía de César Vallejo; es una escritura que entra en la cocina y se entrega para el deleite de sus convivales. Y en búsqueda de sustraerse a su timidez, le añade el picante necesario, aquella capsaicina que a las palabras les hace solo el bien.

Nuevos escritos de memoria antigua es un diario de textos breves, es un cuaderno de bitácora escrito durante esta peste contemporánea, son 30 años de exilio voluntario, el trabajo nocturno, los amigos que nos dejan, y la dedicatoria que vale todo su contenido… nos acompañarán Paul Celan y Leonard Cohen, Nina Berbérova, Denver y sus fantasmas, Kerouac, Cassady, John Fante, el mítico Charly Brown y los platos que Claudio prepara para sus hijas Alicia y Emily, con el mismo amor que su madre los preparaba para él. La importancia de la belleza en la cocina y en la página.

La memoria llevada a la página escrita es la vida, y es la misma que nos transmitió Tolstoj, esa entidad misteriosa que para definirla estamos obligados en partir de la página escrita, esa no es más que el resultado del arte, es decir, de un artificio más sabio y complejo de muchos otros. Es el don de la literatura.

Noviembre 2021

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Texto leído en la presentación del libro, 18/11/2021

 

Wednesday, November 24, 2021

O mais grande


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Morena do mar. Dorival Caymmi. Bahía. Omar fue a Ilhéus, tierra de Jorge Amado. Mar, morenas do mar. Llegaba de São Paulo, con las costillas rotas por el sudamericano de karate kyokushin, full contact, escuela de Mas Oyama, del puño cerrado. Lo practiqué también un tiempo, hasta que en combate metí un corto al estómago del sensei y apareció un pie del cielo que me rompió la boca. Ya fue, a la mierda sensei y maestro Oyama. Me acosté a leer Paul Valéry. La lucha la dejé para noches de trago y pelea callejera, que no falta en un país de gente belicosa. Pude hacerme un collar de dientes, a la manera de la guerra en Nam, pero no, dejé que brillaran como opacas perlas a la intemperie.

 

Brasil maravilloso. Leí la vida del Caballero de la Esperanza, Luís Carlos Prestes, en letra de Jorge Amado, sobre los fríos mosaicos del pasillo en casa, enfrente de la “biblioteca negra”, con fotos que recuerdo de la Columna, de Prestes en La Gaiba, Bolivia, lugar que se hizo popular entre la gorilada narco del país en los años 80 por sus piedras preciosas. Decía Amado (no puedo olvidarlo): tanto alemán en la lucha por la revolución en el Brasil. Contaba de senos cortados, insoportable dolor. Tenía doce o trece años y no podía dejar las páginas. Libro grande, Buenos Aires, Editorial Claridad. Después Hitler se encargó de la esposa de Prestes, bulto muerto entre aquellos que perecieron al principio, comunistas y discapacitados. Era lo primero del autor bahiano que tocaba. Luego vino la floresta, sudores de hembra, Tocaia Grande, Tereza Batista que me trae reminiscencias de Elisabeth, que de amarme por treinta años me cortó la charla porque ella estaba con el “proceso”, y yo no. No el de Kafka, sino el de “cambio”, bien puestas las comillas. Perder mujer por fanfarria de falsos. Trágico. Me amaba de lejos, hay que aclarar, desde el fondo del recuerdo que fotografía sus marrones pezones con olor de eucalipto en los altos de Molle Molle.

 

Pai Xangó, dice Dorival Caymmi. En el mar de Ilhéus flotaban canastillos de flores para la reina del mar. Omar olvidó su pasado, Ilhéus lo devoró en la piel de la morena del mar; sería Yemanjá, la Mojana colombiana. Sobre el mar de Ilhéus flotan cáscaras  de mariscos, el olor es fuerte, este mar huele a entrepierna, al sueño de los justos, el juicio final. La noche pintaba de negro el cielo, de golpe, sin el sol que agoniza en otro lado. O tal vez la pinga estaba demasiado fuerte, arrebatada al destilado antes de tiempo, cachaza brava. Tambores locos, a gran velocidad; también la guitarra. El amor es así, metralla de percusión, la voz que se pone grave al cantar romance. Luego cese de tambores, el mar se calma. Pasa a lo lejos un petrolero iluminado como la pequeña ciudad que es. Sobre el mar de Ilhéus crecen extrañas figuras que nunca sabré qué son. Sirenas, o sirenos, o serenes, dicen hoy. Sirene, Selene, nombres. Ilhéus tiene chozas en la orilla, con focos de 25 watts, y el ron no es transparente como debiera. Lechoso, casi como pastis o el vodka real de las isbas campesinas.

 

Jogo bonito, garota bonita, Nossa Senhora do Socorro, Pedro Ferragutti entra en el mundo de cristal del chorinho, salta al pasodoble, se hace épico, de banda de kiosko en plaza a banda de guerra. Lo escucho. Entre sus notas se escurre el fantasma de su hija ida, Ligia se llamaba, o no me acuerdo, el choro marea, el chorinho apura el vaso hasta el fondo de un corazón de lata, latapuku, trompetista, platillero, cargado de esporas indias en un bigote hispánico, adorador de muertos, enciendo velas de neón a la memoria de las fugadas. Las busqué, a todas, en aviones y a pie por Condebamba, como vocero de noche, gritando al viento el nombre que creía ser el de dios, el de mis múltiples golems particulares con labios de nossa senhora, la mía, la garota bonita, el jogo bonito, que en la tarde de Cochabamba, frente a una ventana de sol, escanciaba vellos negros que hacían piruetas más arriesgadas que un tiro libre de Nelinho, el mejor.

 

Entre la negra Ilhéus y la itálica Socorro, donde los únicos negros que quedaban eran aquellos fallecidos. El samba negro y el samba blanco. Cartola y Adoniran Barbosa. Noel Rosa perdía la vida entre alcohol y sexo prieto, de afuera, porque adentro rosa como su apellido es. Me decían por los callejones de la capital gringa: no me has preguntado si tengo la enfermedad. Solo te pregunté tu nombre, le respondí, y fue mía mientras los autos pasaban a gran velocidad por la avenida. Dios, cuánto has bebido, preguntaba. No lo suficiente. Dejé que metiera la mano en el bolsillo de la camisa. La dejé robarme unos dólares, total, no viviría mucho, un año, dos, y pasaron treinta y no moriré de eso, ni de tristeza, como creí. Tal vez de hastío.

 

Subo el volumen a 11 de 30. A las dos y quince de la tarde se me terminó el pan. Y solo de pan vivo. Ajustaré los mocasines y saldré a comprar. En el tocadiscos del auto tengo canciones de Dublín. Qué salto. A salto de mata, esa debe ser la vida, riesgo y asombro constantes, mujeres que huyen, alguna se quedará. Mujeres que extrañan y perdonan y leen mis libros que se negaban a leer; después de mucho. Quiero comprender, afirma una, comprenderte, saber que mi hombre era un escribiente del sur, y estibador y barrendero. Obrero del aluminio y recitador de memoria de Lorca o Miguel Hernández.  

 

La chicha kulli se derramaba de la tutuma comunal. Púrpura la aloja, y casi amarillo el guarapo. Pinga en Ilhéus. Cerveza en Washington DC. Amaba a Francine sobre los rieles del ferrobús. Azules ojos miraban el cielo, mulas pasaban por la herradura fabricando cascajo. Por ella dejé la Sociología y la Química, y por Gloria la vida galante. Acabé con un inmenso combo en las manos, tratando de romper grandes mármoles al lado del río de Sarco. El gulag, pensaba. Algo de romántico había en eso del combo rebotando sobre la piedras sin hacerles mella. Polera y brazos desnudos. Músculo. Don Mario Poggi, el administrador. Me observa y seguro se pregunta qué dolor me habrá traído allí, a olvidar con furia las cosas en una marmolera en la bajada izquierda después del puentecito, antes de llegar a la iglesia.

 

Cuando desperté, el bus se aproximaba a una ciudad de rascacielos. ¿Qué es? ¿Cuál? Era Presidente Prudente, nombre que jamás había escuchado. Luego venía Campinas. Y São Paulo, a un hotelito en la rúa Mauá, cerca de la Rodoviaria. Había una estatua del Duque de Caxias, recuerdo. Y los cines de la avenida donde terminada la matinée comenzaba el strip tease, sobre el mismo escenario, y de allí a la noche con el único vocablo de portugués que sabía: gostoso. Gostoso era. Gostosa la vida que da tanto, incluso en medio del desaire y del desastre.

 

O mais grande. Brasil, país tropical. Neymar y Zequinha. Vi jugar a Garrincha, ya viejo y gordo. Leí a Suassuna, Machado de Assis y Clarice Lispector. Me hubiera enamorado de Elis Regina. Me gusta el cajú. Velho Barreiro en caipirinha. Nazaré Pereira con música de Belém do Pará. Amo la moqueca de peixe sobre fragante arroz. Amo el Café Fragmentos que era un pedazo de tierra hóspita de allí en mi ciudad. Y sé, como yo, que “todo mundo gosta de acarajé”, camarón con gusto de mujer.

24/11/2021

Sunday, November 21, 2021

Las cosas que son tan tuyas


ROSARIO BARAHONA


Ríos de palabras sueltas con todo ton y con todo son. Saetas clavadas en el corazón de San Sebastián. El alma en pena de Jack Kerouac paseando por El Prado de Cochabamba, narrándonos secretos varios.

Tres expresiones, y aún una cuarta: el don de comprender las cosas, asiéndolas, palpándolas con los índices y los anulares o acariciándolas como se acaricia el suavísimo lomo de un gato angora. Fue difícil elegir una de ellas para escribir este texto, suerte de apuntes de presentación, porque todas son per se en el libro que ocupa ahora nuestras manos temblorosas. Por eso elijo conscientemente las tres, y tal vez las cuatro, por ser ambos  números (tres y cuatro) místicos, cargados de significaciones.

Este libro se encuentra atiborrado de una trama de pensamientos, pensamientos entrecruzados que, acaso, sueltos, liberados y lanzados al viento, al fango o al precipicio, logran expresar, por un lado, las impresiones primarias que Claudio Ferrufino-Coqueugniot ha experimentado tras un suceso trivial o no, mortal o no (Escribir, por duro que sea, no lo será tanto como sobrevivir), corporal o no (Nunca es tarde. Tus músculos, tu sangre, no te van a engañar), onírico o no, ya se verá. Por otro lado, -y también, por qué no- se logra expresar el fondo de las cosas que se sedimentan en la memoria, las que maduran con el tiempo como el buen Syrah que Claudio bebe en sus domingos caprichosos, las cosas que se comprenden más -no mejor, no, o no necesariamente- a fuerza de la dura adquisición de experiencia, intuición y tiempo, ante todo, tiempo, sin el cual serían imposibles adquirir las dos primeras.

Claudio mira de frente las cosas del mundo, con embeleso y a veces, con horror. No como nosotros/as, los otros/as las miramos, a veces descuidadamente, a veces aprensivamente, o por lo menos, las cosas no lo miran a él como a cualquier mortal, sino como a un ser desaprensivo. Quizá por esa cualidad, él puede asir las cosas que todos conocemos haciéndonos pensar en las miles de posibilidades en derredor de ella, mientras percibimos con pasmo que en realidad no conocemos nada.

Pues bien, una precisión previa, quizá suerte de advertencia. Las palabras de cada párrafo de este libro son en su mayoría independientes, como si cada uno gozara -y goza, en efecto- de vida propia. Casi cada párrafo cuenta de por sí, su historia. A partir de cada párrafo es posible tejer y destejer, como Penélope, toda una odisea antigua. Eso sí, cada párrafo es como una flecha clavada en el corazón de San Sebastián, haciéndonos pensar como habrá pensado el santo durante su agonía, cuántas rápidas preguntas podrán hacerse en una lenta agonía: ‘por qué esto y por qué aquello, por qué la difuminación de la niebla en mi memoria, por qué sé ahora que tenía y aún tengo tal o cual recuerdo y por qué no lo he recordado sino hasta hoy, y por qué el bosque peligroso y lleno de secretos sucumbe ahora, como luz cegadora ante mis ojos y por qué, de repente, este dolor sobre mi corazón’.

El ejercicio de mirar las cosas desde otros ojos, sería, pues, una respuesta aproximada.

Pero al mismo tiempo este libro es mucho más.  Prácticamente carente de personajes como tales debido al carácter o formato de estas páginas (retazos narrativos cosidos con originalidad y tiento), también es la voz fantasmal de  Kerouac por cierto, un fantasma que flota, suspendido en el aire por el poder de su palabra penitente que permite que, a través del ojo y tacto de Claudio, comprendamos más aun aquellas cosas que interpelan, intiman, confrontan, resuenan y aunque se olviden, no se olvidan, pues tienen que ver con lo primigenio de la experiencia humana de nuestro autor  (‘como Jalisco fue para Rulfo’- parafraseo a Claudio- pues Cochabamba es para Claudio): la soledad de los domingos, los recuerdos que pesan de la lejana Bolivia, de la reciente visitada Rusia, el amor y la sangre en ambas.

Si bien Nuevos textos de memoria antigua no es una novela, pero Claudio es, sin embargo, novelista, me permito citar a Henry James, quien, en un ensayo suyo comenta sobre el novelista como un historiador de las emociones:

Un novelista es un historiador: el curador, el guardián, el expositor de la experiencia humana.

 

Pues eso es cabalmente Claudio Ferrufino-Coqueugniot, una voz propia que retumba incólume y viva, no solo a través de fantasmales voces de poetas muertos, sino a través de su potente pluma que escribe con desafuero y desaprensión.

Todo es en este libro, menos silencio.

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Contratapa para NUEVOS ESCRITOS DE MEMORIA ANTIGUA, Noviembre 2021

 

 


Friday, November 19, 2021

Habla la muerte, eclipse de luna


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Hay una hilera de mujeres acostadas. Llevan blancas máscaras. Un diamante rojo o púrpura en la frente. Oscuros cuerpos de albo rostro. Parecen chinas y son negras; no son han sino punu del Gabón, bapunu de etnia bantú. Y están muertas. Echadas a la intemperie, vestidos coloridos, piel lustrosa, brillosa, ajada, martirizada, joven, anciana. Las máscaras esconden la verdad de los cuerpos. Hieráticas, aguardan el sombrío rito del final. De ese grupo consigo tres, robadas al silencio. Dos delgadas y otra de anchos pómulos y largas orejas. Chinas parecen de rasgados ojos. Mientras en casa la chacarera cuenta de la raza muerta. Será calchaquí o huarpe. Dice mi prima Graciela que sangre de huarpe corre en nosotros, en avenida de río de piedras, galgas interiores que destrozan los propios huesos. Duele la espalda, tiemblan rodillas y para la chacarera quedan solo brazos; las piernas se fueron en carromato al rumbo incógnito.

 

Sombra de la tierra sobre la luna. 1:43 de la mañana comienza. A las 4:16 sigue, pero se muestra de a poco la luz. El tren del desierto de Mauritania es levantado por la arena con carga de hierro. Me recuerda los barcos que viera el loco Aguirre en las copas del Amazonas, suerte de naves fantasmas, de holandeses errantes, veleros al viento y del viento. El tren de Mauritania lleva miles de kilos consigo y las dunas lo mueven como cubos de hielo en algún whisky. Inmensas palas pegadas a las ruedas van barriendo los granos, y los obreros agitan las suyas casi en concierto barroco. El hierro se descarga sobre las bantúes muertas, ya cerca del mar y al sur, las mezclan con el mineral y nunca serán tumbas sino lingotes de acero. Es, quizá, una metáfora. Un judío de barba lenín ha instalado un telescopio a medianoche en medio de la calle Eastman. Me invita a mirar cómo el eclipse devora la luna. Miro con el ojo malo y luna no hay ni existe sombra, solo un vaho alcohólico que se mimetiza con el aire de invierno.

 

Me detengo. Coyotes y zorros escudriñan. Tiembla todavía el conejo en las fauces de la zorra madre. Me mira. No hay en su mirada dolor, grandes pupilas si son pupilas, dilatadas y sin siquiera asombro del futuro de ser devorado vivo. Me mira sin nada. Yo observo el eclipse. Un millón de años y nada. Los conejos y nosotros, el magro coyote astuto que juega a mísero para tener festín, la cola de zorra como fino plumero de punta blanca. La Salamanca, diablo del quebrachal, de la selva seca no lejos de Atamisqui, hace de pasos malambo y la tierra resuena como tambor macho en aureola de carnaval.

 

Péndulo entre el baile y lo estático, entre las coloridas máscaras de México y las funerarias del Gabón. Piso húmedo, este, allá en el África occidental. Pasan botes españoles, aterrados de los espectros del agua del Río Muni. Peces tigre marchan en desfile hasta la muerte. Se esconden en el torrente y decapitan ciervos y niños. Comen tanta gente que su carne se ha vuelto gourmet. A la larga, entre nosotros, es únicamente eso: antropofagia, antropomagia.

 

¿Por qué mi memoria y mi deseo vagan entre dos costas tan lejanas entre sí, entre Gambia y Salavina? Si me he deshecho de todo y alrededor no tengo más referentes, ni los ibis de Ghana ni los aguará guasú del litoral argentino en madera balsa. Que del puente imitando al medioevo sobre el Pilcomayo hasta la turbia agua de Biafra hay mucha más distancia que un simple sueño. Escribiendo busco a Prometeo, desafío a los dioses. Crearon y yo también creo. Pintaron y pinto, cantaron y bailo, asesinaron y decoro con sangre los labios de las mujeres muertas, en fila, en lista de espera, mientras sus agitados vestidos parecen ferias del arcoíris y el tren hace chúchú pesadamente, a medida que viaja hacia el cielo y que lo engolfan los nimbos hasta desaparecerlo.

19/11/2021

 

 

 

 

 

Thursday, November 18, 2021

Prólogo a NUEVOS ESCRITOS DE MEMORIA ANTIGUA


ALEJANDRO SUÁREZ

 

Cuando era niño, solía ver por televisión a un dibujante que tenía una rutina curiosa: le pedía a alguien en el estudio que hiciera un trazo al azar sobre una cartulina blanca, y a partir de eso, el artista era capaz de completar un dibujo con sentido y, además, de gran factura: un tren, un patinador sobre hielo, un paisaje. El dibujante parecía decirnos a todos los presentes: no hay trazos malos ni bueno, solo hay que saber mirar. Traigo este recuerdo a colación porque al leer “Nuevos escritos de memoria antigua” de Claudio Ferrufino, libro que reúne textos breves publicados en diversos medios entre 2019 y 2021, siento que estoy ante un artista de la estirpe de aquel dibujante: Claudio es capaz de tomar cualquier acontecimiento (el recuerdo de un amigo, la lectura de un pasaje de algún libro, una tarde de jardinería en algún barrio de Denver, la vista de una pelirroja tatuada en la barra de un bar) y como una especie de Rey Midas de las letras, convertirlo en literatura. De muy bella factura, además. Solo hay que saber mirar. Y él sabe, sin dudas.

Claudio Ferrufino nos presenta aquí una colección de textos un tanto inclasificables y por eso mismo, fascinantes, a medio camino entre el diario, el ensayo y la prosa poética. “Diario de mis impresiones, conocimientos, emociones, momentos”, me dice. “Soy un hombre curioso e intrigado por el amplio mundo. El resultado son estos textos que guardan todo: información, memorias, sensaciones; son literatura y se crean dentro de un concepto literario en su mayoría. Hasta en textos “políticos” siempre doy mucha importancia a la forma.” Y se nota, digo yo.  Quienes hemos sucumbido alguna vez a la prosa de Claudio, al embrujo de sus ya célebres novelas: “Don Rómulo”, “Diario secreto”, “Muerta ciudad viva” y “El exilio voluntario”, sabemos de lo que es capaz con el lenguaje, con ese estilo tan suyo, de oraciones y frases poderosas, pero a la vez sin hacer concesiones gratuitas al lector y con un compromiso ineludible con la literatura. A propósito: lo he dicho en más de una ocasión, pero “El exilio voluntario” es, en mi opinión, una obra mayor de la literatura boliviana y latinoamericana contemporánea. 

Decía Akira Kurosawa, el gran cineasta japonés, que en una buena película uno debería poder detenerse en cualquier fotograma y siempre obtener una fotografía que rozara la perfección en cuanto a composición. Algo parecido pasa con la prosa de Claudio y “Nuevos escritos de memoria antigua” no es la excepción: uno puede detenerse en cualquier párrafo al azar y siempre encontrar erudición, poesía, estilo, y ese algo inclasificable que palpita en sus textos y que no se enseña en ningún curso de escritura creativa. Eso lo tienes o no lo tienes. Y Claudio lo tiene.

Para muestra un botón. O dos:

“Observo el sábado norteamericano. Hay presión, coacción, control vecinal. El sábado es de dedicarlo al jardín. Para los perros son todos los días. Creo que, si uno rehusara perder su sábado cortando el pasto, si prefiriera escuchar a Arvo Pärt, mirar cine, tener sexo, quedaría mal con los otros. Existe una estética tácita que requiere cumplimiento de horarios y normas. No lo manda nadie, pero es notorio, pesado. A primera vista da la impresión de habitantes entusiasmados con el trabajo. Hablo de gente pudiente, que entre pobres no hay miramientos y a nadie le interesa arrinconar la basura. Me imagino yo en medio de gringos, leyendo El pabellón número 6 mientras los otros protestan que no quité la maleza, que el pasto excede el límite de tamaño que la decencia obliga. Ah, no, ahí estaría con la puteada como flor de labio, porque nadie me vendrá a decir qué hago con mi tiempo y cómo lo hago. Pero es una sociedad mediocre, de pensamientos siniestros y manufactura similar. Contemplo un par de negros, otro de latinos, chinos y filipinos todos podando, deshierbando, abonando para beneplácito anglosajón. Quien sale del cauce merece castigo y hay recursos sociales para hacerlo sentir. La sociedad uniforme, contenta, sonriente, armada con ametralladoras, asustada, regida por falsas normas y una más falsa comunidad. Se mueren por la comuna y no saben qué es. Ella no pasa por la obligación de ser todos iguales, de disfrazarse igual, de utilizar las mismas máquinas. La estética y, claro una supuesta ética. El ser buen ciudadano pasa por desfiles al unísono con los demás. Pasa por Donald Trump que a pesar de la crítica es quien mejor representa a esta población de jardineros.

Me imagino, sentado en calzoncillos, y por la ventana abierta Tom Waits a todo volumen. Da para persignarse, supongo, para visitar la church y cargar las pistolas. Tocan la puerta y preguntan: ¿Vecino, no va a trabajar en su jardín? No, respondo, mientras Chopin golpea las teclas de su Eroica y se erizan los pocos vellos indios de esta piel morena. Hoy debo leer, mirar desnudos, poner cine noruego en el devedé. Pero, dicen, su casa va a desentonar con el barrio. Así me gusta, respondo, porque yo no soy como usted, labriego sin solaz. Y cierro la puerta empolvada, que olvidé quitarle el polvo. Entonces los pilgrims conversan entre ellos, conjuran para expulsarme, para plantar cruces ígneas en mi patio. Mientras cambio el disco y pongo la Varsoviana, y leo a Paul Avrich cuando cuenta que aquel día, un día, explotaron bombas en cafés de Odessa y de Varsovia. ¿Qué hacer? Nada, esperar la hora para emigrar de nuevo, para descabezar los sueños y recomenzar otros. Hasta que nos toque y el barquero nos arrastre a la laguna y entone cánticos de bajo profundo, creyéndose que en lugar de recogemuertos es un barquero del Volga. Siempre quise ir a Kazán. Siempre.”

“Nuevos escritos de memoria antigua” es eso: la vida fluyendo ante nosotros, curiosos lectores. Es Claudio, quien usa el espejo de Stendhal en novedosa manera para mostrarnos el reflejo de la realidad, de su realidad inmediata, a través del filtro de su subjetividad y su poesía. Y la percibimos bella, a veces triste, o pletórica, o imperfecta. En otras palabras, viva.

 

 

 

Wednesday, November 17, 2021

Las manzanas son de Kazajistán


Claudio Ferrufino-Coqueugniot



Siempre, mucho antes que soviéticos y gringos miraran el desértico paraíso de Afganistán, soñaba con sus lechos secos de río, con árboles de damasco como pinceladas de color. Eso, además de la épica, que me contagió Homero, y la leyenda de la invencibilidad de los afganos en sus guerras con el mundo. Kabul, donde colgaban despojos de soldados del imperio británico de ganchos de carnicero, bullía en la marea diversa de sus calles, en donde no era extraño tropezar con la lámpara de los mil y un Aladinos del Oriente, o pisar las huellas de Alejandro, de Timur, recorrer con la mirada las piedras de Heródoto que siguen siendo las mismas en el Asia Central.

 

Y Afganistán es uno de tantos, de los Tajikistán, uzbekos, turcomanos, Bujara, Tashkent, Samarcanda, las alfombras que traficaba George Gurdjieff, las historias de Kipling, las huestes del Carnero Negro y del Carnero Blanco, los cosacos errantes, Julio Verne, Joseph Kessel, y ahora Robert D. Kaplan, y Christopher Robbins con su libro imprescriptible: Apples Are from Kazhakstan (The Land that Disappeared).

 

La historia comienza de manera simple, en un avión donde el autor encuentra un verborreico norteamericano de Little Rock, Arkansas, en viaje a Kazajistán, a conocer a su prometida por internet. Luego de una descriptiva charla y cuando van a separarse, el sureño le dice a Robbins: "y no se olvide, las manzanas son de Kazajistán".


Qué poco cuesta, al interesarse, comenzar a escribir una obra, que de manzanas, que en sí son un tema fascinante -no sólo porque supuestamente en ellas Eva, y las mujeres, causaron la desgracia de Adán y de nosotros, cargados de un pequeño y colgante rabo que maravillosamente nos hace sentir poderosos- se pase a asuntos de mayor peso como economía, política, historia, literatura.

 

Luego de leerlo, Kazajistán que era una escondida joya de la memoria, se anota hoy como parte necesaria de la ruta que he de trajinar, y de cuyos nombres me encantaría escribir sin descanso, desde la estepa de Karaganda, donde abonaron el frío miles de presos políticos, hasta las misteriosas montañas del Tien-Shan, o los verdores de Pavlodar donde mi amigo Yefim tiene una casa con un huerto de manzanos locales y una esposa fugada.

 

Inicia Christopher Robbins, por supuesto, con un recorrido por las especies de manzanas del lugar, que parece, en verdad, ser el origen de la fruta. De las manzanas se extiende por la geografía, las costumbres, algo de etnografía, bastante de culinaria, y capítulos magistrales sobre las estadías de Dostoievski, Trotsky y Solzhenitsin en el país, cada una de tres minibiografías que rastrean sus vidas por detalles casi desconocidos, con no sólo interés sino subyugante interés.

 

Trashuma por la mortecina luz del mar de Aral, seco, replegado, con el recuerdo de la orgía de peces que habitaba sus aguas, tanto que en la bandera presoviética de los cosacos del Ural (1918), se muestran picos montañeses decorados con calaveras de ciervo empaladas y como base un pez, del Aral, del Caspio, de un mundo que desapareció como era y que se funda de nuevo sobre lo que fue, en un raro equilibrio para la caótica región de la que es centro.

 

Robbins pasa buena parte de la obra en viajes y consultas con Nursultan Nasarbajev, presidente desde la fundación de la república kazaja. Aún desde un punto de vista imparcial se nota cierta simpatía hacia el líder, ampliamente señalado en el mundo por corrupción y violación a los derechos humanos. Robbins lo sabe, pero en sus viajes parece haber comprendido algo sutil de la existencia allí que justifica, bajo razonamiento, la presencia de un hombre que supo escurrirse entre los vientos destructores del fin del poder soviético, sobrevivir y sobresalir, y tener la inteligencia de desechar un poderío letal en armas nucleares abandonadas en su territorio. Eludir, tal vez y por encima de todo, el fundamentalismo en un país islámico y sobredotado en recursos, le permitió permanecer y ganarse aliados como los Estados Unidos.

 

Nasarbajev, con una visión similar a la que levantó Brasilia en el planalto, inventó Astana, hoy capital y ultramoderna urbe en medio de la más ignominiosa estepa, centralizando allí una dinámica que estaba demasiado hacia las fronteras. Astana reemplazó los antiguos nombres de Alma-Ata, Semipalatinsk y demás asociados a la historia de este gigantesco apéndice de Rusia y de la URSS, hoy autónomo.

18/12/2010

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Imagen: Bosque de manzanos salvajes cerca de Almaty

Saturday, November 13, 2021

Jodasévich


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Como a Sergio Pitol, Europa del Este siempre me fascinó. Si diez años quedan, diez años trashumaré por allí, entre otros panoramas. Leo a los “rusos” desde los once. Me inicié con Los cosacos, de León Tolstoi; le siguió La aldea de Stepanchikovo, de Dostoievski; a este divertido episodio del alma rusa se añadió la tragedia de Sacha Yegulev, la historia de los Hermanos del Bosque, bandidos. La prosa de Leónidas Andreyev alcanza aquí visos de poesía y marcó un hito en mi entonces impensada caminata de literato entre obrero, señorito y lumpen. Otra marca fundamental fue Gogol, primero en El Inspector, brevísima dramaturgia de alta comicidad, y después en la no menos jocosa, en superficie antes del análisis, Las almas muertas, que adoró mi madre.

 

La lista es intensa; inmensa por supuesto, y aunque tengo el prurito de hacer referencias me dominaré un poco hoy. Hubo los grandes libros, de muchísimas páginas, sagas gigantescas; a veces novelas; a veces memorias. Vasily Grossman en Vida y destino; Tinieblas y amanecer de Rusia, trilogía del grande Alexei Tolstoi; El don apacible, de Sholojov; otra trilogía, de Solzhenitsin esta vez, que comienza con el majestuoso Agosto, 1914. En un podio esencial y único, las Memorias de Alexander Herzen, aquella mente privilegiada que desde Londres le hacía sombra al propio zar.

 

Busqué un libro por cuarenta años: Necrópolis, memorias del poeta que Nabokov consideró el mejor del siglo que empezaba: Vladislav Jodasévich. Siempre supe que no había traducción al español. Lo más cercano era el italiano donde adoré al que fuera esposo de Nina Berbérova, con quien salió al exilio. Pues tengo una cómplice en la pampa húmeda argentina, Eliana Suárez, y a través de ella he conseguido, al fin, la “inexistente” versión española. Al fin de esta introducción pongo una nota al libro de su traductor. En la Red hay algo de la poesía de Jodasévich; hay que leerlo. No figura entre los grandes nombres de la gran literatura rusa y sin embargo temida era su rutilante estrella. La época no ayudó; no eran tiempos de poesía. Se esfumaron, con Berbérova. A esta magnífica escritora la descubrieron en Francia en las postrimerías ya, siendo hoy objeto de estudio y con sitial preferencial entre maestros.

 

Quiero gritar y no puedo, dice por ahí una canción. Correr y me duele la espalda. Leer y el libro está al fin de una lengua de tierra donde te asesinan de entrada y después, exagerando. Difícil, por ahora. Ya Eliana va preparando un paquete que incluye a Rabelais junto a Jodasévich, y otros en el área de ensayo. Si aguanté cuarenta multiplicados, por qué no unos meses para encerrarme en una torre de adobe y digerir la ambrosía de los dioses. Pronto. Acá el traductor habla del libro en sí. Lo dejo…

 

'A la altura de Memoria de los poetas de los lagos de Thomas De Quincey, igualmente lúcido, se sitúa Necrópolis de Vladislav F. Jodasévich. Pocos libros ponen en evidencia un vínculo tan profundo con la poesía y los poetas de su tiempo. Releí Necrópolis muchas veces a lo largo de los últimos veinte años, siempre con el mismo placer, siempre con el mismo asombro por la inteligencia y la sensibilidad de su autor. Al igual que De Quincey, Jodasévich no es un observador neutral. Por el contrario, todo su ser está empeñado en la aventura de animar la presencia de diez seres desaparecidos que provocaron tanto su admiración como su piedad. Observándolos detenidamente -con la frialdad que suscita el desacuerdo, con la calidez que infunde el afecto-, su técnica de retratista lo convierte indirectamente en la más notoria personalidad de su galería de raros: un hombre que intenta controlar sus pasiones, pero que continuamente se sirve de ellas para darle una vibración de vida a una época que para él mismo era casi inasible cuando se propuso abarcarla. Es esa incómoda parcialidad, asumida por Jodasévich como un componente inevitable de cualquier visión veraz, lo que le otorga un impresionante vigor a sus retratos de los más desconocidos y más reconocidos hombres de letras de un momento brillante de la literatura rusa, el del auge del simbolismo a comienzos del Siglo XX' (Ricardo H. Herrera).


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Imagen: Detalle de un retrato de Jodasévich por Valentina Mikhailovna (1894-1970), 1915

 

 


Thursday, November 11, 2021

Del jueves y sus soles


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Jueves que parece sábado. Será porque salimos con mi hija Emily, como hacemos cada fin de semana. Brilla el sol de noviembre radiante. Feriado federal. Emily trabaja para el Ministerio de Empleo. Parece sábado. Husmeamos tiendas de segunda, por vasos e interesantes chucherías. Consigo tres discos: Carlos Gardel, folklore eslovaco, Renaud, canción francesa. “Varón pa´ quererte mucho”, milonga sentimental que arrolla ahora el acordeón eslavo. Comemos un tipo de empanadas uzbekas y armenias. Sabrosas. El café se escurre; el chocolate  se queda en la campanilla, pegado.

 

Llego a casa. El ventanal es todo un sol. La mansión Cass apenas se puede ver con el brillo. La fotografío, juego con el teléfono para que la imagen salga desde el fondo de la claridad. De pronto, entre los árboles, casi fantasma, aparece la chimenea. El tronco grande enfrente presenta jaspes de lepra blanca. He atrapado la luz, la he apartado, mejor, como cortina para hurgar en la imagen detrás.

 

Suenan las cuatro. Horas han pasado. Converso con amigos, escribo, leo pasiones de Julia Roig, miro la estatua de Sholem Aleichem en Kiev; derriban su última casa, el patio donde creó al lechero de su pueblo mítico. Suenan las cuatro de la tarde y un tango eslovaco. Polvo de Joseph Roth, de Kafka, de Franz Werfel y Julius Fučík. Pero, con tristeza lo digo, feudo de Heydrich y Frank, también. A las cuatro y cinco debo encender la luz. Una inmensa nube se ha posesionado del presente. Anoche escuchaba en mi periplo nocturno del otro lado bandas militares checas, del tiempo del comunismo. Melancolía austrohúngara, el mundo de ayer inmiscuido y sin vuelta atrás en la pétrea córnea andina que es mi marca, mi mácula y mi bendición.

 

Corto este fluir para escuchar el mensaje de Miriam. Estuve en el velorio de Angélica, dijo, y fue tan emotivo. Su hermano habló del “más feliz período de ella, cuando trabajó en Fragmentos”. Mencionó nombres que sabemos los que sabemos y leyó mi breve homenaje. Terminaba de leer, y sobre el féretro se alzó la voz de Cesária Évora, desafiante, bailante. Los años dieron un giro y otra vez estuvimos todos, atareados con ollas y sartenes algunos, con cachaza y tequila los otros, mientras la morna en su faz de saxofón navegaba contra viento y marea desde las islas verdes del cabo hasta la sequía de Alalay donde se habían reunido para despedirla.  

 

Nada somos, mienten, porque todo lo somos.

11/11/2021

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Fotografía: CFC, 2021

Wednesday, November 10, 2021

Angélica


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

1996, año del ave fénix, de las cenizas recalentadas. Café Fragmentos. Calle Ecuador casi España. Un cuarto breve, una puerta al patio, luego la cocina. Y altos al fin de la escalera de caracol. A mediodía le da el sol de pleno, entre edificios cuasi modernos y casas coloniales cortadas en dos.

 

Cesária Évora, Sodade. Larga historia que tuvo término veinte y cinco años después. Angélica trabajaba en la cocina y yo le enseñaba a hacer alitas picantes, las únicas de Cochabamba, y mi toque personal en la hamburguesa que todavía está. Reíamos, Angélica era mujer risueña, y si yo tenía 36 ella tendría 20, supongo; nunca se lo pregunté. Aprendió, porque no es difícil hacerlo para quien tiene el sabor en los dedos. Ella lo tenía. Ya ni recuerdo el listado de platos pero siempre solícita me preparaba algo cuando me sentaba en el patio con una cerveza contemplando el fin del mundo, que era su inicio.

 

Nos hicimos amigos. En los momentos color sepia o goya oscuro, hasta confidentes, diría. Infinidad de veces la llamé por teléfono desde los Estados Unidos. Solidaria, optimista, contaba su vida que no era de rosas, y alguna vez la llevamos a su casa, arriba, en el cerro, Ticti o San Miguel, subiendo desde la mítica, y pútrida, laguna Alalay. Así como mis penas soportaba en lloroso verbo, supe un poco de las suyas. Mi hermana Picha la quiso sobremanera y conversaban cada noche en la mesa del fondo, de café y cigarrillos.

 

Cuando su hermano Edwin me envió un mensaje de voz esta mañana supe que era de tragedia. Lo ha sido; Angélica falleció hoy y en la mortecina luz de tanta historia la acompañarán sus amigos y parientes, los hijos que habrán crecido. Miriam llora y Ligia llorará, parte íntima suya de la aventura de vivir, esa de despegar sin alas hacia un cielo tormentoso.

 

Angélica ríe, ríe y ríe del doble sentido de las palabras, del exceso de sal y del aceite hirviendo. Gente así no debiera morir, nunca debiera morir porque la carcajada mata a la tristeza. Chau, querida.

 

Angélica Gómez Anconi.

10/11/2021

Sunday, November 7, 2021

Desconocidas callejas de Drohobych


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Te decía, hoy domingo, que a tu lado quisiera remar por el delta. Danubio de juncos y aves zancudas. Leemos a Rilke, el Libro de mano. El sol tiene color de membrillo. Apenas sonido en el agua por peces respirando. Sin ellos, el no tiempo, fluir por el río hasta el mar, ajenos a la muerte de todos los zares, a revolucionarios colgados, a Lenin en tratos con Martov para tomar el tren alemán a Petrogrado sin ser llamado traidor. Ajenos a la melancolía, tan difícil de despegar, del viejo Drohobych, de los versos de Iván Franko y dibujos de Bruno Schulz, en tierras que cambiaron banderas y reyes tanto para no pertenecer a nadie sino a la niebla. Tumbalalajke, suena el clarinete, violines sobre los techos de las aldeas judías. El violinista en el tejado, historias populares de Sholem Aleichem, Chagall enamorado volando con la cabeza volcada, mientras tú y yo bailamos el klezmer y derramamos hidromiel por sobre el polvo medieval, siempre sangriento.

07/11/2021

Thursday, November 4, 2021

Escribiendo en ruso


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 
 

 

Finalmente, hoy jueves, me he quedado en casa. Nunca me alcanzaron las horas y hoy ya llevo tres discos: liturgias rusas que siempre me traen zozobra. Te recuerdo, Ekaterina, en aquella catedral de Kharkiv, más bella que los iconos, que Dios mismo, si es que se ha visto la cara del dios. Supongo.

 

El segundo disco, que creí bueno, de Nando Michelin, A Candomblé Experience. Lo quité después de la tercera… Me abstengo de comentario. También me gusta experimentar, y de seguro que hay muchos que me leen y se quitan en la tercera línea. Luego Boppin' de los años 50, con Chuck Berry, The Crickets y Neil Sedaka, música que aunque yo llegué a Estados Unidos en los años 80 todavía se escuchaba y se bailaba en fiestas.

 

No escribo en ruso. Todavía. Avanzo, bien, en mis lecciones virtuales y llevo como cien días de hacerlo. Anoche vi aquí en Denver un restaurante uzbeko en la penumbra del amanecer y prometí ir y hacer mi pedido en ruso: payalsta, spasiva, priviat, paká. Hablando de Kharkiv, a una cuadra de mi hotel, subiendo hacia una universidad, comí un agradable pastel de carne. Las chicas dueñas, asiáticas, reían mientras balbuceaban algo de inglés e intentaban explicar cosas de dónde venían. Me apeno de no recordar, no anotar, si eran uzbekas o uygures. Comí solo en un pequeño lugar de dos mesas. Sirvieron el pastel con pickles de cebolla y pimientos desconocidos. Del expendedor de cerveza vecino me traje en vaso de plástico una. Estaba el lugar en la parte delantera de edificios soviéticos de apartamentos, lúgubres y feos pero rodeados de árboles, de pasadizos y caminitos en los que había bancos. Iba de asiento en asiento, con un poco de frío. Corría viento histórico, pululante de fantasmas, espeso de dolor y pesado, adusto de miseria.

 

“Oh! Carol, I am but a fool/Darling, I love you though you treat me cruel/You hurt me, and you made me cry/But if you leave me, I will surely die/Darling, there will never be another/'Cause I love you so/Don't ever leave me/Say you'll never go/I will always want you for my sweetheart/No matter what you do/Oh! Carol, I'm so in love with you/Oh! Carol/Darling”. Este es Neil Sedaka, dulce espectro de las infancias que a ratos quieren ser dickensianas. Pero Larry Williams canta Short Fat Fannie y se me olvida que la tristeza es un arroyo que corre por mi dormitorio y no tiene peces ni sauces llorones porque ya ni los árboles lloran por acá. Como el cantante, tantas veces te pedí que no me dejaras, y cuántos rostros tuviste; que no te fueras, que no viviría sin ti. Y sin embargo hasta la muerte parece que me elude, que ella a esta cita no quiere venir para no entusiasmarse con la vida. Tristeza tengo, melancolía, nostalgia, solo para balancear el otro lado, para no desbordar lavas que saltan de entrepiernas como cadenas montañosas, que el riacho que se escurre parece de agua termal. Amor de cumbia; lírica sonidera.

 

Pastel de carne. Escribir en ruso. Muchachas uzbekas y cerveza de frontera escita. Ekaterina llevaba un abrigo marrón claro. Se puso pañuelo sobre la cabeza, a la usanza musulmana. Todas las mujeres lo llevaban. Para que los iconos machos no se entusiasmaran con la visión y dejaran sus elevados pensamientos por placeres mundanos. Me pregunto qué tiene que ver el cabello con la divinidad. Tendré que estudiarlo. ¿Y qué de las calvas o de las pacientes de cáncer? ¿Deben cubrirse? O la calavera no ofende a los santos.

 

Huele a gas, puse a hervir agua sin fuego. Abro las ventanas mientras escucho a Fats Domino. Si no escribo en ruso todavía se debe a flojera, a la comodidad de agarrar el traductor virtual y traducir mis declaraciones de amor, mis anatemas. Un día, un día, claro; o una noche.

 

Por sobre el Kremlin de Novgorod la Vieja pasa una púrpura nube, manto cardenalicio ensombreciendo los rojos muros. Milana toma té, me cuenta de la presión alta que le viene de lidiar con sus alumnos de la primaria. Le digo a Irina que en Poltava hay una calle dedicada a Sholem Aleichem, bastante larga. Viktoriia, desde que tiene un novio chino, me olvidó. Lucha desigual porque a los chinos los ayudan dientes de tigre, glándulas de oso y cuerno de rinoceronte. Solo tengo la poesía, tristezas varias desde Vallejo a Trakl, amores de increíble belleza en Cortázar y Pasternak. Isadora amaba a Serguei Esenin pero aquél decoró el amor con sangre. Beber de ese cáliz, en la copa o en la vulva, sangrante vampiro de la pena, nosferatu de la lástima y la pesadumbre.

 

¿Cómo decirles en ruso todo esto? Invocar a la magnífica Tsvetaeva, extraer a la desnuda Ajmátova desde los dibujos de Modigliani. No podría hacerlo. Hablo treinta años en inglés y ni una línea escribiría como yo quisiera en esta lengua, tendría que inventar el idioma. Menos ruso, que básico siempre quedará a esta altura de la vida. Pero basta si aprendo a decirle: mira la montaña del Tunari, ha nevado, el agua bajará helada por Chocaya y los eucaliptos nuevos tendrán hojas de lanza azul.

04/11/2021

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Fotografía: CFC, Kharkiv, 2018

  

La suerte y los aromas a las dos de la mañana


DANIEL AVERANGA MONTIEL

 

Dedicado a Claudio Ferrufino, Maurizio Bagatin y Nelson Tovar.

Dicen que, si te haces amigo de personas maduras, sea a donde te dirijas, aprenderás por sus testimonios mucho mejor de historia que por los libros formales. Es verdad, o al menos esa verdad se hace latente y contundente en Cochabamba. Tan verdad es, que hasta las anécdotas de los amigos cochabambinos tienen el sabor a kawi del comedor 27 de Mayo, a los choricitos con triguillo de Tarata, a las Huaris enfriadas de heladeras que tartajean en el kilómetro siete y medio, a la chicha contundente más que dulce de las ferias agroecológicas, o a la caricia de la brisa de El Paso, Colcapirhua o Paucarpata, sumado al arrorró que te canta la corriente helada del riachuelo que desciende desde Apote y se desplaza, ágil siempre, hasta Tiquipaya.

Dicen que el “Gordo jajaja”, quien fue, hace mucho, el responsable de la venta de esas salteñas insuperables en Cala Cala, decidió morirse antes que seguir las indicaciones/advertencias de los médicos, pues seguir aquella “dieta estricta” involucraba dejar de disfrutar como él había hecho desde mucho antes... Morir de repente, como aseveraba Reynolds, es un don y algo casi imposible. Quién no quisiera tener un botón de autodestrucción, listo para ser presionado, antes que pasar por el sufrimiento que trae el deseo no satisfecho. Quién no ha querido exiliarse del cotidiano, vivir sin hacer daño, morir de repente, vivir solo para disfrutar, y si no es así, chau, que nadie me joda, que este sufrimiento es mío y si no hay solución, aur revoir, pendejetes... Quién, y no lo pregunto, lo afirmo, no ha querido matarse para dejar de pensar en ella (sea Leonor, la de los ojos acaramelados, diosa coronada de mis tardes en Cosmos 79; o Karen, la de suspiros hechos sonrisa y labios de promesa incumplida, o Micaela, la de cabellos azabache y pezones de un rosado sobrenatural), pues los sufrimientos más sublimes son esos. ¿Alguna vez han amado? ¿Alguna vez un atardecer en Apote no les abrió la posibilidad de cometer un asesinato propio, un egonicidio (ya que hablamos de parricidio, feminicidio y otras parafilias de la muerte), porque la locura, que viene de no saber controlar algo importante o de perder el control, ha dominado sus existencias?

Ir al césped ajeno para sentirse más afortunado, cuestionar la vida y al mismo tiempo disfrutarla. Esa es la virtud de ir a Cochabamba, al menos para mí. “No debieras volver al lugar donde fuiste feliz”, me decía Juan Montiel, recordando sus lecturas de Dante, Sábato y Borges, hace más de veinte años, en la casa-tienda cercana a la avenida Heroínas, las primeras veces que iba a Cochabamba para visitarlos a él y a mi abuela, “No debieras volver, porque te puedes frustrar”, aseveraba, y se iba a pasear todas las tardes para ver las grupas de la fauna femenina que iba y venía en el transcurso de su tiempo, atiborrada de perfumes ignotos para mí por entonces; gracias a él, en cierta medida, comencé a escribir, a hacer historietas donde “mataba” a mis maestros, para venderlas en formato de fotocopias engrapadas, con el fin de luchar en contra del bullying de ser pobre y costearme mis primeros cigarrillos (No es por enamorarles, pero a eso de los once años ya me sabía los sabores y aromas de los Casino, los Astoria y los Big Ben)... Recuerdos que se agolpan, como fantasmas de navidades pasadas y que son sensaciones que se quedan, mas nunca son ni serán memorias que puedan herirme. A pesar de las advertencias de mi abuelo, de Sábato en su Heterodoxia y de las tías lejanas, que siempre son envidiosas y repelentes, como la reina de corazones de Alicia en el país de las maravillas (la reina de corazones de la versión animada de Disney, al menos), nunca me he frustrado en Cochabamba. Siempre que voy, nuevas experiencias sepultan las frustraciones antiguas, nuevas experiencias me enseñan que vivir no es encontrar los extremos, sino surcarlos en gradaciones sin asco, como la experiencia del “Gordo jajaja”, o cuando me encuentro con amigos que más parecen parientes, porque te reciben con entusiasmo: gente distinta, no mejor, sino distinta a la que encuentras en otros territorios, gente que te demuestra que no estás solo en esta encomienda de mierda que es ganar dinero con mentiras, porque ya lo dije alguna vez: la literatura, y al menos la narrativa (porque la poesía es otro cantar) es una estafa consciente, pues vives de mentiras, aunque sean creadas desde la realidad, y los lectores, los lectores que te siguen y te leen, son conscientes de esto, pero te siguen el juego, porque la vida es juego o si no, infierno. Odiar la mentira es para cobardes o marulos (que no maricones, marulos), mientras que seguir la mentira hasta el final es de valientes y de sensatos, de gente que vale la pena conocer.

Pasar por restaurantes o bares de la LLajta, que no lujosos pero genuinos, y encontrar allí a personas que recuerdan a los que están afuera, lejos en distancia pero cerca en cariño, también es un agregado interesante. Muchos lo piensan, en sus anécdotas, al Claudio Ferrufino, mientras que otros, sorpresa de sorpresas, te piensan a ti, enclaustrado en donde vives y estás, allende la sombra andina que es casi escoria, y aunque hayas aparecido nombrado con resentimiento como un paria de mierda en ciertas páginas virtuales, a ellos les resbala esa difamación fundada del hembrismo, pues los amigos de la Llajta te recuerdan con cariño, sin rencor, y si es con rencor te lo dicen de frente, sin medias tintas, qué carajos. A eso me refiero, afortunado quien vuelve donde fue feliz, para seguir siéndolo de muchas otras formas.

La escritura es un camino en solitario, pero la publicación es un trabajo conjunto. Publicas algo y te sientes solo al principio nomás, porque si lo has hecho de manera sensata, aparecen, de pronto, personas que te felicitan por tal libro, por tal memoria falsa que publicaste, y encuentras lectores, porque solo se hace así cualquier publicación: el sonido de la caída de un sauce en un bosque sin gente que lo escuche es triste, pero en Cochabamba siempre encuentras gente que escucha esa caída y está dispuesta a compartirte su experiencia.

Es bueno visitar Cochabamba, porque el perfume de los dedos a las dos de la mañana es de cigarrillo, de chicha, de compañía perfumada con ají y jengibre, canela y sal, wira wira y triguillo acaramelado, y el sueño no aparece, aunque lo invoques.

Dije ya desde las redes sociales que mi cable a tierra son los viajes a Cochabamba, gracias a sus calles, a su calor y humedad, a su gente que, con sus sonrisas, te recuerdan canciones de Los Golpes y a memorias ciegas que recuperan la vista por la creatividad de la onomatopeya circunstante gracias a la chicha consumida..., que “Mi abuela atravesaba los charcos con la falda levantada y choltin-choltin nos alcanzaba para chak´aj chak´aj chicotearnos por gastar la plata de la carne en chicha”, que “El meco es el olor del chaca-chaca y que no sepas eso te hace doblemente ignorante, Daniel”, y saberse acompañado, aunque tengas la vida hecha una condena injusta por estar ocho horas escribiendo frente a una computadora, solo como un cactus de jardín jailón, o junto a una iniciativa ajena a tu oficio de escritor y que nadie (menos ella) te la acepta como algo bueno, para terminar comiendo solo con cigarrillo o vino como postres, termina siendo una suerte inigualable, llena de esa felicidad que tiene, muy en el fondo, algo de tristeza: “No estás solo, cabrón”, escuchas que te dicen en las jaranas (y no para congraciarse contigo, como haría alguna vez cierto periodista bajito de La Razón, fan de amargos escritores heridos y de chupas-homenaje, nomás por hacer conversación o justificar su inseguridad como amigo) y también te recalcan: “Acá tienes lectores, por eso nomás te aguantamos; eres un cojudo, pero eres nuestro cojudo”. Es una suerte tener lectores en Cochabamba, la mejor suerte del mundo, porque si tienes lectores, tienes gente que te acompaña y no idealiza tu oficio con tu vida, aunque a veces parece todo lo contrario.

En 2002, cuando por obra y gracia me encontraba en Puerto Tujuré y conversaba con Bosé Yacu, la última mujer que se sabía bien la lengua Pacahuara (los snobs escribirán “Bossi Yacu” o “Pacawara”), conocí a un comerciante brasilero que me decía que los últimos días de su vida los desearía vivir en Sucre, que allí era como una pequeña Europa y que le gustaba mucho la poesía de Eliodoro Aillón, que se había enamorado así de Sucre y de su gente. Si podría decir lo mismo de mis últimos días (que no sé cuándo será, y si lo decidiría yo por obra y gracia, sería a costa del sufrimiento de los míos), tendría el alma separada en tres: morir en Oruro después de probar un Tojorí bien servido, morir en Puerto Tujuré, a orillas del río Negro, después de comer almendras de piel tibia, o morir en Cochabamba a las dos de la mañana, percibiendo el perfumillo en los dedos de la aventura vivida, sea de piel de amiga o de poesía (“nací muy tarde”, nos respondió una niña de siete años a su madre y a mí, otra poeta “de verdad” y no como Senseve, en Cochabamba, cuando le preguntamos si disfrutaba comprar libros más que jugar en el celular), serían mis opciones más combativas.

Es una suerte tener el alma separada en tres lugares para percibir mi final, y me siento el hombre más afortunado cuando puedo percibir el perfume de la aventura vivida, a las dos de la mañana, en Cochabamba, sin morir aún. 

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De PREÁMBULO ROJO, blog del autor, 21/12/2020

Fotografía gentileza de Marcelo Paz Soldán

  

Tuesday, November 2, 2021

Tango: olor a vino y gusto a muerte


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 


a Alicia Coqueugniot Espeche, mi madre


Así rezan unas líneas de La cumparsita en la voz del uruguayo Julio Sosa, el "Varón del tango". Esta canción tiene una especial historia. Inicialmente compuesta por Rodríguez Matos para una comparsa estudiantil en Montevideo, fue alcanzada al director Roberto Firpo que la incluyó en su repertorio. Décadas después, Firpo alegaría que cuando la recibió le añadió aditamentos que le dieran cierta sofisticación, incluso algo de Verdi. Luego Pascual Contursi le puso la letra que la haría tan famosa, aquella que Gardel cantó bajo el nombre Si supieras. Todo ello dio lugar a la gran controversia sobre la autoría, los antecedentes, derechos legales y etcéteras. Rodríguez Matos recibió muy mal el hecho de que el Zorzal Criollo la cantara con el título cambiado. Una y otra versión se inmortalizaron, aunque la de Contursi es la que más comúnmente se acepta como la original. Rodríguez Matos continuó componiendo y después se lo olvidó, mientras que Contursi ha quedado entre los mayores exponentes del género.


El tango fue baile de cafisos, danza de putas. De origen incierto, se han tejido historias de diversa naturaleza. Tango sería una derivación de Xangó, el dios de los yorubas, todavía venerado en Brasil y entre la sobreviviente población negra del Río de la Plata. No hay que descartar esa opción; la música negra ha influido de manera notable las expresiones culturales de América. Sin África, el continente tendría distinto rostro.


Mucho del tango proviene del folklore criollo, lo que reconocería herencia española y también una subyacente -y sugerente- herencia india. El folklore del norte argentino nace de la mixtura de lo ibérico con lo nativo. Carlos Gardel, Ignacio Corsini, Agustín Magaldi, Gabino Ezeiza, comenzaron cantando zambas y gatos. En el caso de Ezeiza, precursor del tango, puede considerársele payador, igual a aquellos que en el Martín Fierro, de José Hernández, tocaban guitarras y cantaban tristezas alrededor del fogón. Corsini interpreta La pulpera de Santa Lucía, cuyo texto habla de épocas de la frontera sur antes de la expedición al desierto y el posterior genocidio indígena que tan bien relatara Lucio V. Mansilla, general y escritor del ejército argentino. Magaldi, quien hacía giras por el interior de la provincia de Buenos Aires y la nación, donde conoció a la fatídica Eva Duarte-Perón, tiene en su repertorio ancianas canciones que todavía rememoran a Lavalle y su lucha contra la Restauración. Música que se cantaba en el siglo diecinueve, mucho antes de la masiva inmigración europea a la Argentina. Sin embargo hay rastros de Italia en el tango. Compositores como Firpo, el poeta Caruso, Juan "Pacho" Maglio, el cantor Alberto Marino, provenían directamente de allí, en general del sur, Calabria y Sicilia, o eran descendientes directos.


El tango es un cúmulo de culturas que se afincó en la Argentina. Decir que es francés implica un error que refiere únicamente al supuesto lugar de nacimiento de Gardel (Toulouse), sin negar la presencia de Francia en la música bonaerense, y recordando además que grandes orquestas y cantores argentinos comenzaron o vieron su mayor éxito en París, incluido el gran Morocho.


Volviendo a la raíz criolla del tango, no hay que olvidar que el dúo Gardel-Razzano hizo su fama cantando con dos guitarras. La orquesta es posterior y el tango canción se afirma como tal recién a partir de los años cuarenta. Si obviamos grandes nombres como los mencionados, que practicaban el tango-canción, las grabaciones muestran que los vocalistas previos a esos años se limitaban a entonar estribillos y no la letra completa. De ahí se los conoce con el nombre de "estribillistas", muchos de los cuales, caso Charlo, Alberto Gómez y otros, se integrarán a la nueva modalidad de gran orquesta con cantor de inmediato. Del baile de cuchilleros al gran salón, la música de Buenos Aires se expandió en todas las clases. Un señorito como Borges quedará fascinado con la leyenda de taitas y malandrines. Escribirá, dentro de su innegable y feliz europeísmo, tangos y milongas. En Borges, lo popular, lo gauchesco y su secuela urbana de villas pobres y compadritos, tendrá, como afirma Ricardo Piglia, una especial importancia. El fino escritor será el albacea del léxico popular argentino, una de sus grandes pasiones. De Jorge Luis Borges, con música de Astor Piazzolla, alguien le dice al tango: Tango que he visto bailar/contra un ocaso amarillo/por quienes eran capaces de otro baile/ el del cuchillo (...). Un similar ocaso que viera mi padre, Joaquín Ferrufino Murillo, cuando dejaban para siempre un pueblo del Valle Alto -donde su progenitor ejercía de subprefecto- y sobre el aire flotaba el bellísimo tango de Pacheco Huergo y Virgilio San Clemente, El Adiós...


Borges, en Evaristo Carriego, decide que el argentino es un individuo y no un ciudadano. En relación al tango, de origen negro y festivo inicialmente, su afirmación traduce la intrínseca alegría africana, a pesar de las vicisitudes de la esclavitud, en melancolía europea, en la desgraciada carga que significó América, en particular la Argentina, para millares de inmigrantes. Así anota José Lino Grünewald en su Carlos Gardel, Lunfardo e Tango. Allí sintetiza la historia de este baile, conjunción de culturas y danzas, de habanera y vals, de percusión esclava y adiciones multirraciales, de Andalucía y el tanguillo, del fandango. Música esencialmente citadina con trazos de marca rural. Grünewald comprime una historiación que detalla sus elementos. Dice: "Gardel criou as formas cantáveis do tango, como disse Horacio A. Ferrer. Pascual Contursi inventou o tango com letra. Vicente Greco e Juan Maglio 'Pacho' 'socializaram' o tango das orlas. Pedro Maffia desenvolveu a execução do tango com o bandoneon. e Enrique Santos Discépolo antecipou o modus de sua filosofia. O tango, neste sentido, está longe do folclore. Nunca a sua origen é colectiva ou anônima, pórem vivida e individual. A catarse é individual, nisso não há dúvidas."


En esta catarsis personal como escribe el autor brasileño, el tango se desarrollará en innúmeras sensibilidades, no variedades, y será tan extenso en su difusión como producción que tratar de señalizarlo bajo un par de nombres, notablemente el de Gardel, peca de ingenuidad ignorante. Que el Zorzal fuese lo más representativo de esta expresión cultural es probable, o que Magaldi disputase a Corsini una segunda ubicación en esta troika imperecedera de artistas, también; incluso que Canaro fuese mejor compositor que Lomuto se podría aceptar, pero no que el tango "son" ellos; equivaldría a olvidar un espectro en extremo profuso y, a pesar de su individualidad, colectivo.


Podría existir un origen muy antiguo en el lundu portugués, prohibido en el siglo XV. Siguiendo con Grünewald y sus anotaciones, Mario de Andrade reconocería en esta forma de canto-danza el origen asimismo del fado. Y en América del Sur, en variantes que originarían la zamba, la cueca, la zamacueca, y, seguramente y con anterioridad a las mencionadas, la marinera peruana, con añadidos y originalidades venidos de la forzada inmigración de los negros de Angola.


Hay multitud de escritos y autores de tango. Casi todos subyugantes. Se debe por supuesto a la universalidad que alcanzó, gracias a su condición de fenómeno urbano, en detrimento de otros tipos de música y canción de raíces también sugerentes y misteriosas, cuyo aislamiento geográfico no compartió la mística de la canción bonaerense ejemplificadora en su tiempo, principios del siglo XX, -mejor que ninguna otra ciudad del planeta- el cambiante mundo que se avecinaba. La muriente Europa quiso reflejarse en la rutilante, y altamente contradictoria, urbe del Plata. Su rival, New York, no produjo algo similar. No salió tango de las calles de Manhattan; otra era la dinámica del norte.


Hablar de tango es reunir una síntesis riquísima de experiencia humana. Anarquistas como Juan de Dios Filiberto se integraron con burgueses opulentos a quienes la diáspora, el spleen, la inventiva y modernidad de un nuevo siglo y un nuevo continente, que ya era antiguo pero inexplotado o desconocido en las orillas platenses, les produjo la misma sensación de angustia y abandono, la lujuria por destruir la pena en la sensualidad movida de los cuerpos.


Pero el tango nació pobre; a principios del ochocientos se hablaba de lugares de tango o tambo para negros donde se ejercitaban bailes reprochables. El gran Francisco Canaro cuenta en Mis memorias como bailaban los muchachos lustrabotas, vendedores, entre hombres, al ritmo de un organito popular, en la calle. Canaro, como Filiberto y muchos otros, sufrió las penurias de la miseria. Vendía periódicos con sus hermanos en las esquinas y se agenció con una vieja caja el oficio de embetunador. Fabricó su primer violín con una lata vacía de aceite y alegraba las fiestas de la barriada con tangos como El llorón, su primer aprendizaje. El mismo Canaro que creció hasta el limbo y educó a un público internacional con la belleza de su música. Compositor, ejecutante, director, su nombre ilustra las páginas memorables del sonido porteño, aunque fuese nacido en Uruguay de padres italianos. Cultor de un tango por decir clásico, añadió al repertorio el valsecito criollo (Desde el almaCorazón de oroSoñar y nada más), que se propagó por el continente americano y fue la esencia musical romántica hasta la irrupción del bolero.


Personalmente, me adhiero al tango de principios del novecientos, extendiendo mi gusto hasta mediados de la década del treinta. El tango instrumental con un paulatino desarrollo hacia el tango cantado, atravesando la deliciosa época del estribillismo, que presagiaba el imperio de la voz sobre el ritmo pero que aún se equilibraba con él.


Tengo la dicha de una madre argentina y un padre cochabambino, ambos de profunda afición al tango. De ellos me viene la pasión mas no las piernas. Soy escucha, no bailarín. Acumulo datos e historias de algo que presumiblemente llega a su fin, aunque vanguardias como la de Piazzolla intentasen -sin éxito- recuperarlo. En las tardes de verano, cuando el calor esfuma los misterios con su ramplonero espectro, me acuno en la soledad del tocadiscos y sueno y resueno a dos grandes orquestas: la Víctor y la Brunswick (las grandes compañías disqueras guardaban orquesta propia, para grabación, no para el público: la RCA, la Odeón). La Orquesta Típica Víctor (1925-1945), de notables músicos, Cayetano Puglisi y Elvino Vardaro entre ellos, con una cronología que pasa del instrumento al estribillo y del estribillo a la gran orquesta, y la efímera Brunswick (1929-1932), dirigida en inicio por el soberbio bandoneonista Pedro Maffia.


El listado es infinito. Extraigo unos nombres al azar, como en tómbola, y caen D'Arienzo, el rey del compás; Ada Falcón, Imperio Argentina, Ferrazzano, Edgardo Donato, Rufino, Príncipe Azul, Irusta y Demare; Alfredo de Angelis, Rosita Quiroga... Y sobre el crepúsculo, como en aquel adiós del valle cochabambino, se recuestan las figuras de mis padres bailando en la fanfarria de carnaval tangos con Antonio Bisio, mientras los hijos, seis, hasta las diez con permiso, contemplábamos un encuadre fascinante y majestuoso.

11/07/2006


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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 07/2006


Imagen: Cubierta de la partitura de La Cumparsita (Rodríguez Matos), circa 1916.

 

Monday, November 1, 2021

La literatura como entretenimiento


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

A raíz de la lectura de un subyugante libro de Joseph Kessel, El valle de los rubíes, retomé el gusto por un tipo de literatura que llamaríamos entretenida. No hay exigencia de parte del autor de despertar controversia o dar espacio a elucubración filosófica. Escribe para entretener. Su tema: un misterioso y exótico valle birmano donde crecen los rubíes más grandes y puros del orbe.


Una milenaria tradición minera existe en el lugar. Los reyes de Burma colgaban rubíes gigantes de las orejas de sus elefantes mientras se presentaban al pueblo cubiertos de oro. El monarca poseía las minas y los excavadores solo podían quedarse con las piedras de menor tamaño. Así crecieron el robo y el castigo, cuando la furia imperial al verse despechada en su confianza ejercitaba la mayor crueldad posible en contra de los transgresores.


El valle que describe Kessel, cuyos personajes arriban a Birmania por negocio de piedras preciosas, y sueñan con un mítico tesoro de rubíes y zafiros dejados por un antiguo dacoit (bandolero) y perdido sin noticia, es el valle de Mogok que aún continúa produciendo las piedras de mayor cotización. Un rubí puede costar más que el mejor diamante y la junta militar que gobierna Myanmar (Burma, Birmania) bien lo sabe.


No es casual que Hollywood se encargara de llevar a la pantalla películas sobre los libros de Kessel. No sé de una acerca del valle fantástico, sito al norte de Mandalay, pero de niño vi Los centauros, en Cochabamba, sobre otra novela del escritor -Los jinetes- y que trataba de los maravillosos hombres de a caballo de Afganistán. Omar Sharif tenía el papel protagónico.


Kessel fue miembro de la Academia Francesa. Judío de origen, nació en Entre Ríos, Argentina, y se crió en Rusia hasta su traslado a la capital francesa cuya nacionalidad adquirió. Aventurero y viajero incansable, sus márgenes abarcan todos los confines, ora está con los rudos jugadores del buzkashi afgano como con los guardias españoles del Río del Oro o los bohemios de París. Su libro La estepa roja, escrito en 1922, hizo que Néstor Majnó jurase matarlo; eran los estertores finales de la guerra civil rusa que sucedió a la revolución...


Kessel representa una casta de notables escritores franceses que optaron por la aventura y el riesgo como modo de vida. No fue André Malraux el menor, e incluso el románticamente lloroso Antoine de Saint Exupéry puede considerarse entre ellos. Parte de la controversia entre Pierre Drieu La Rochelle y Malraux fue esa: que uno era un hombre de acción y el otro no, aunque quiso serlo.


Este tipo de literatura se acerca al cine. No extraña que la fílmica se nutrió de guiones allí. Ejemplo claro Las minas del rey Salomón, con la serie de variantes que se hizo sobre la novela de Rider Haggard. Cuando la leí, en una mínima biblioteca de escuela secundaria, adoré el éxtasis de la búsqueda y del misterio. Era retomar a Salgari y también a Dumas, a pesar de que Dumas padre es un catálogo de información histórica y  excede la mera distracción.


Recuérdese La Reine Margot (1994), de Patrice Chéreau, basada en la novela homónima de Dumas -favorita de mi madre en su juventud-. Fuera de las deducciones de carácter histórico-social, es entretenimiento de primera, pleno de intriga, pasión y de romance si se quiere. No en vano Arturo Pérez Reverte emula a El conde de Montecristo en su soberbia novela La reina del sur. Múltiples ejemplos, hasta el Quo Vadis? de Sienkiewicz, o Los últimos días de Pompeya de Edward Bulwer Lytton, autor que perdió la presencia que tuvo en la literatura inglesa y se desprecia hoy, pero cuya obra sobre los aciagos días de la erupción del Vesubio impresionó mi niñez. Libro que volvería a leer con gusto si la copia que poseo no estuviera escondida en alguna caja de algún depósito en algún país.


A veces literatura semejante puede hacer de profilaxis. Joseph Kessel, a quien volví después de veinte años, proveyó un intervalo de calma en medio de las tormentas de leer acerca de Arthur Koestler durante la Guerra Civil Española y el actual Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, que invade mi mesa de noche con brillante y espesa alucinación, su nostalgia proustiana, su ironía, su amargor.

01/11/2007


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Publicado en Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 11/2007


Foto: Joseph Kessel