Sunday, September 22, 2019

Hey, Jude


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Fue la última canción que el pianista tocó. La gente gritaba. Dos de la mañana. Varias cervezas Guinness y un ruso blanco en el estómago. La mente mareada. Ofuscada. Hey, Jude… no me dejes caer. Ya caímos, Jude, hasta el fondo de la memoria, donde los sueños se confunden con las pesadillas. Narices semitas, judías o árabes, hombros color leche y canela con leche. Pestañas, brassiers, un universo de mujeres y hombres gay. La pareja del lado, en la barra, mujeres. Tatuada una, que me muestra a Frida en el antebrazo y hablamos de Coyoacán donde nunca fui pero miento. Hablamos del sapo, Diego Rivera, de cerámicas precolombinas, de la tinta sobre la piel. Tinta que llevo en el alma, le digo. Alma tatuada de esperanzas e inmisericordia.

Cumpleaños de Viktoria Anatolieva. Pensar que esa muchacha de 31 pudo ser mía, con los cabellos tirados sobre la almohada como marejada de algas castañas. Adobarlas con aceite de sésamo y ajo. El amor es como un plato de comida, un sabor que encoge, amedrenta, gusta; y un recuerdo. ¿Conoces cómo huele una mujer de verdad?, preguntan por carta. Ases fuera de la manga, todo en la mesa, hasta una pistola presta a descargarse, una bala que busca un cuerpo, una muerte que ansía redención.

Peleé por aquel amor con todo lo que tenía. Y nada tenía. Perdí de antemano. Me confiscaron al foso profundo, relleno de figuras goyescas y duendes de voz gutural. Bajos profundos. ¿Chaliapin?, pregunté en la oscuridad, y se rieron de mí. Despierta, que si no estás atento Lilith devorará tus piernas. Sin piernas no puedes correr. Sin nada no sueles ganar.

Domingo acompañado de la bella pesadez de Gainsbourg, de Juliette Greco. La canción de Prévert, las hojas muertas… Ayer comenzó el otoño. Muchas hojas muertas habrá sobre el barrio arbolado. Noches más oscuras; silencio más silencio. Una casa que tenía rosales  en el pasillo revuelve el pensamiento. Pregunto si los padres están en los ladrillos removidos, si no los estamos desgajando con cada pieza que se va. Vivo, sin embargo, creyendo que los voy de nuevo a encontrar, en ese sexto piso sobre la tierra que cavaron. Mirando la montaña, esperando la nevada de la Asunta, la del Carmen, con piezas de un almanaque Bristol que anunciaba las cosas como sabiendo que se perderían. Cubierta naranja, me acuerdo, al lado de la Enciclopedia Británica de la que iba traduciendo mi padre textos extraños. Mi madre hacía ravioles; yo los haré hoy. La baraja no se mueve, no hay interlocutor para abrirla y jugarla. Reyes y reinas, monas y palos de diamante, de trébol, de corazón y espada. Casinos, se llamaba aquel juego. Será otra cosa extinta como tantas. Dinámica, no otra cosa. La pena no sirve para detener el movimiento. Los grillos encadenan pero no matan.

Airam Goizeder, poeta, lee desnuda sobre un árbol, mojados los pies por la borrasca. Dice del amor, enrosca los cabellos en ilusión de hombre. Mientras tanto come cerezas, negras como las guindas de Colomi. Su color sobre el papel es el mismo de la sangre. Escribamos con cerezas que sangre ya no queda. Sin guerra la perdimos. Se fue por los poros como con envenenamiento.

Hey, Jude, ya caí. En vano te ruego, en vano, en vano. Los griegos de Salónica cantan rembétika. Uno creería que el matar te vuelve inmune al amor. No, para nada, ni siquiera eso sirve para curar la enfermedad. Déjalo así, Jude, que para nosotros terminó la música. El baile ha comenzado sin invitarnos. Melancólico como el klezmer de los judíos en Rusia Blanca. Me nutro de música: Alessandro Scarlatti, el llano venezolano, el de los centauros, el terror que todavía me causa pensar en las páginas de Doña Bárbara. He ahí, quizá de ella me viene todo, de que de niño en esas páginas se presentó Eva más violenta que en el paraíso. No es para la pena. Para el olvido, para saborear un tinto como coágulo, aunque de muerto siga probando el sabor del raviol, de si me pasé en la amargura o añadí demasiada azúcar.

Muchas mujeres me llaman esposo y ninguna está, Jude. Hey, Jude. Escucha. Hey, hey, Jude.

Carajo que canta mal el pianista. No disparen al pianista, contaba Oscar Wilde de un cartel en el saloon de Leadville, sí, ese pueblo minero donde pasé la noche preso. Hey, Jude, ¿por qué me envías a la cárcel? No me dejes caer, que si pierdo la escalera te pierdes también. Nick muestra los pechos, varias muestran los pechos. Los maricas causan estruendo, gritan, levantan los brazos y aúllan: hey, Jude, hey, Jude. Parecen felices. ¿Lo estoy? No yo, tengo una pena guardada muy dentro del corazón decía una canción en algún espacio del recuerdo. Hey, Jude, ya no cantes esa tristeza. Trata de hacerlo mejor, de convertirla en otra cosa. Que brille como naranjas de Valencia, como limones sutiles. Esposo, me susurran en la noche vacía, en un lecho de desarregladas sábanas y películas alrededor.
22/09/19

No comments:

Post a Comment