Saturday, April 27, 2024

Notas de viernes por la tarde


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Calor noche, aquí no hay noche frío. Ni los bigotes con colgantes bolas de hielo en las puntas que duele sacar. Un tigre y un caballo en madera me circundan; libros. Haré el esfuerzo de escribir sin música. Mis pensamientos son tan vahídos, desmayados hoy que solo la abstracción de The Durutti Column tal vez podría caber.

 

“¿De la dulzura de un adiós francés en tu lejana boca?”, escribe Gustavo Soto Santiesteban en su libro De los adioses. Recuerdo Manchester, labios de Manchester cubiertos de hollín, sabor de encierro. ¿O era Łódź, desesperantes humanos sonidos del tiempo terminado? Pasan y se dibujan en la muralla los camellos de Canetti; van, como los judíos, camino del matadero; trotan, no igual a los hebreos, gritando arrebatados. Un camello se arrodilla sobre los hombres dormidos y los asfixia, calmo, con lentitud. Arrodíllate sobre mí y no me permitas orar.

 

Con Gustavo conversamos acerca de las cortas piernas de Lenin, de Fanny Kaplan, de Majnó y Volin. De kadetes y socialrevolucionarios, de Martov. La sombra de la isla entre la niebla de invierno: Kronstadt. Amsterdam, Luxemburgo, Figueras, Lovaina, Vyborg, la OLP y las bestias de Hamas que inventó el Mossad. Café cortado, amargo. Tarde de patio cochabambino, bucólica. Jorge Ricardo Masetti desaparecido en el monte salteño. Se va agotando el café y el mundo semeja ampliarse en contradicción. Tanto por hablar y el reloj corre a la inversa. Habrá que ahorrar palabras, olvidar hechos, labios franco-ingleses, la saga de los cazadores de plantas del capitán Mayne Reid en el magnífico Himalaya. El verbo como ficción mayor. Rubíes de Burma, líneas de cadáveres rohinyá que nadie ha de reconocer. Se reúnen palabras en la pantalla, van haciéndose frases, oraciones, argumentos, guiones de cine, películas. El bandolero Charuga corre desnudo por el bosque huyendo de los cosacos. Se hará célebre, rico, soviético. Premonitorio filme de Rajko Grlić (Yugoslavia, 1991), Charuga casi resulta el último film yugoslavo. Descubre la faz impostora del comunismo y el racimo de males arrastrados del pretérito que desarrollarán la sangre del futuro. La vi hace más de veinte años, cuando mi mujer paulista llenaba la casa de risa y bailaba con cortinas abiertas el mejor Theodorakis. Época de cine, la mejor; en unos años miramos dos mil películas, catalogadas al detalle. El último septiembre, 2023, agarré muchísimas grandes cajas con la colección completa (pasarían tres mil filmes) y las doné sin abrir. Algún coleccionista tendrá aquellos videos en anaqueles de caoba. Allí te ibas tú y yo también. Crepúsculos de álamo sensual. El universo entero, así Dios regalaría el paraíso. Rojas sábanas de un amor, a veces azules y hasta púrpuras tuvimos; negras de falso luto. Una botella de shiraz, MacManis la marca, moja el pincel y dibuja tu silueta en el piso. Quién hubiera pensado entonces que era escenario de crimen, que ese vacío dibujado sobre la madera no te tendría más, que jamás volverías de los viajes sin boleto. Recuerdo Manchester y Leeds, hasta me acuerdo de Hannover, pero nunca semejantes a las torrenciales lluvias de São Paulo, húmedo infierno. De cuando te leí poemas de Félix Grande y me dormí, babeando las últimas sílabas de algo que decía: “en algún lugar de la Tierra yo andaré insomne…”

 

El rey Henri Christophe, solitario entre los helechos, sueña que se convierte en águila guerrera y se ataca a sí mismo. Los hechiceros vudú observan señales en el cielo. El tam tam de los palenques cadencioso repica. Picha tira los objetos del I Ching y augura que te olvidaré. Lo festejamos con Coca Cola y papas fritas; mi hermana jugando solitario y yo en el teléfono con imágenes del Duero. Ahora pasea su sombra por los tres dormitorios, la escucho poner música en el tocadiscos, canciones que mencionan Acheral y Tafí Viejo; nunca olvidaste a mamá. Vagones de tren vecinal, rústicos de madera basta, cruzan el cañaveral de Tucumán. Vamos Delia, Alicia madre y yo rumbo a Córdoba. Hemos atravesado tantos caminos, vagado por estaciones somnolientas, campesinas. Olor a milanesa tostada, vino en jarra. Paso a la siguiente página de El reino de este mundo. Cuánto nos gustaba Alejo Carpentier, madre.

 

No hay perspectiva de sábado. Me acostaré a las dos de la mañana para despertar a las cuatro. Prácticas vampiras. Para hoy he reservado, sábanas rojas abandonadas pero el mismo color, El lazarillo de ciegos caminantes, de alias Concolorcorvo, según llamaban a Calixto Bustamante Carlos Inga por su color indio. Viaje fantástico de Buenos Aires al Perú, publicado en España en 1773. Me interesa sobretodo la parte referida a Tarija, Chichas, Santiago de Cotagaita. Recorre un trayecto que realicé en mi corta pero fructífera carrera de contrabandista. De Cotagaita subiendo hacia Caiza, con la salvedad que nunca conocí las ruinas de las minas de Porco. Luego el gran Potosí. Yocalla, bien recuerdo la impresionante cuesta y cadáveres de buses al fondo del abismo. Daba miedo treparla y peor bajarla, humeando los frenos y con apariciones repentinas de camiones o flotas que subían sin poder detenerse. Pero ya abajo, descendidos de la travesía infernal, había al menos un arroyo de mansa y cristalina agua, todavía altiplano pero cientos de metros menos sobre el nivel del mar. Continúa el caminante, mestizo, por Poopó, Oruro, Caracollo yendo a Lima. Mi afición por los libros de viaje no tiene fin. Olvidé que mencionamos Samarcanda y Bujara, árboles de granada y albaricoque en las yugulares de la montaña que bordea Kazajistán. Para entonces habíamos consumido el brebaje y decíamos que sería mejor la ruta turca y la azeri. Quizá. En el bazaar de Tashkent pasaré desapercibido, supongo, otro santón barbado cubierto de libros. Mujeres de todo tono cruzan las calles. Elías Canetti recuerda la raza de los hombres azules. No solo eran sus trajes sino la piel; detrás del Atlas. A la vez observaba un camello de tres patas enfermo de rabia hacia la matanza de Marrakesh.

 

Oh, Dios, si no leo esta noche… He vencido a la música, no me siento orgulloso de ello pero quería probar. Con música crece el panorama y hasta más sencillo parece meterse en los recovecos. El lunes viajé a Capinota, cuarenta años después, cuarenta y cinco desde que robé un san Antonio. Nada estaba igual, barullo de calaminas y construcciones chichas reemplazaba las callejas de adobe de Itapaya, la de Charamoco por la que todavía vi a un mulero con charango y bolsa de pito en el cinto tocando kaluyos. Hurté la imagen para utilizarla en una de mis novelas.

 

La casa de hacienda de Ucuchi se eleva sobre sembradíos y río. Inmensos murallones encierran mansiones invisibles. Oh, sombra del narco. Quería ver a amigos que me acompañaron en la travesía a pie de Parotani a Capinota, siguiendo el curso de supongo el Tapacarí. Cómo podría hallarlos si ni sus nombres recuerdo. Apilados en la morgue memoriosa se encuentran, carentes de etiquetas amarradas al dedo gordo. Vemos pasar vagones de tren en Playa Ancha, muy cerca del pueblo. Si hubo guarapo o no lo hubo tampoco se ha grabado. Aroma de choclos hervidos. Tal vez Gamaliel Churata escribiría: “El cielo cargábase de nubes y era el viento húmedo, persistente, filo”. No hay viento ahora, la brisa ausente ha detenido las naos en el mar de los sargazos. Nunca llegaremos a América.

26/04/2024

 

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Imagen: Edvard Munch, 1899

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