Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Afilo los cuchillos. Vamos a matar a los hombres-pingüino de Pokrovsk, o donde estén escondidos con sus malditos picos de hojalata. Me cobraré muchas cosas con eso. Dirán que la venganza es nociva, que esto y aquello, pero el águila arpía en la cumbre de los bosques trinitarios mueve la cabeza con desdén. Luego, serpiente alada, Quetzalcoatl, extiende su sombra buscando presa.
Sin
retórica ni pena. Es que esto en algún momento tiene que terminar. Mi amiga
Volskaya tiembla en un callejón helado. A los rusos de trinchera no les va
mejor. Sabemos a dónde debía apuntar la ballesta pero se hace difícil. Tendrán
que pagar los monigotes disfrazados de ave.
Me abstengo
de leer elegías a la muerte. Y hastiado estoy de los payasos de la literatura con
veleidades de puta. Y que las bellas putas me disculpen que estos no les llegan
ni a las nalgas. Apenas los veo me domina la tirria y paso rápido los enlaces.
Que no me interesan sus controversias de triste mercachifle. Mejores cosas hay:
pelar un pacay de verde oscuro, escuchar viejas canciones country de Neil
Young, imaginar qué fin le espera al tirano del Kremlin: ¿el del Falso Dimitri,
el de los streltsy despedazados al hacha por Pedro el Grande en persona? Es
Rusia; la estepa se extiende en las tomas de Bondarchuk con opaco marrón.
Rotterdam,
Berlín, Modigliani, Chagall, Klee, recorro mis paredes y pienso en la
inolvidable Debra Winger bailando vestida de cowgirl en algún antro de Texas.
No amo la música country, no, pero las composiciones del cantor canadiense son
diferentes, hasta distintas, otra cosa. El domingo atronaron mi departamento, a
todo volumen, aprovechando que los inquilinos son feligreses y oían sermones
consabidos en las iglesias mientras yo le daba al álbum Old Ways. Al departamento 5D se trasladó una vecina. La ayudé a
entrar porque las puertas se abren de manera digital. Hasta ahora, y dado que
los dueños del 5E al fondo viven en Oruro, el piso me pertenecía, mías sus
sombras y silencio. No hay paz que dure cien años, ni guerra cincuenta…
Bajo las
lluvias de otoño se tejen sueños épicos al otro lado del mundo. No prosaicos
como los que ilumina este sol. He visto Poltava esta mañana, un mínimo de nieve
cubría calles y veredas. No veo tus huellas allí, ni con anteojos. La gente
camina como si no hubiese guerra. Y eso que a dos horas de allí está el frente
de batalla. En Kiev, magníficas muchachas bailan bachata cubana, lecciones de
baile aprendidas en intervalos de explosiones. Sonríen. Volskaya gime y la
entiendo, pero estas danseuses
tropicales parecen no inmutarse. Camino en memoria por Kiev, hacia el centro,
hacia el mall Gulliver. ¿Era la ópera o el teatro municipal? Ciudad gigantesca,
no sé cuánto en porcentaje urbano habrán dañado los drones rusos. Hace años
hubo un momento en que se creyó sucumbiría, con sesenta kilómetros de tanques y
tropas aproximándose. Allí hubo la jugada individual, los golpes de mano de la
resistencia sin organizar. No pasaron, Kiev fue entonces la tumba del fascismo.
Recuerdo unos versos de Rafael Alberti sobre Madrid. No dudo que la capital de
Ucrania tiene los suyos que aparecerán con el tiempo. País poético. Vladímir
Korolenko vivió entre Zhytómyr y Poltava, ambos hitos de mi periplo amatorio. Imposible
no escribir sobre aquella tierra; imposible de olvidar. Entre los santones
hebreos de Zhytómyr y los infantes suecos de Poltava, tanto para pensar y
recordar.
Trabajo de manera dispersa y me distraigo con cosas ajenas entre sí: el período
cenozoico y la derrota mongola a manos de los mamelucos. Sin nombrar siquiera
esta tierra non sancta que habito y de imaginar la venganza de los mapuches o
al viejo Almagro divagando por cada lugar que hoy piso. Tengo cosas en qué
concentrarme y voy marcando un orden necesario. No es que lo aprenda, yo tuve a
cargo mío al menos a cuarenta trabajadores y tenía que ser muy preciso en
instrucciones y pagos. Falta reactivarlo, skills que uno ha desarrollado y
escondido al no necesitarlos ya. Pero presentes. La noche fue larga como
cabellos de mujer, plácida como su perfume. Escribir en mente entonces muchas
líneas que se diluirán con el sueño pero de las cuales permanecerá una esencia
que puede y suele ser bien elaborada luego. Me he sentado a plasmarlo. Alguien
habló de matrimonio en la mañana y fue interesante. Perspectiva de hombres
solos y acomodados. Décadas de emigración detrás, sacrificios y placeres.
Amanece sobre las ciudades bolivianas; así amanecía en Denver, Alexandria, San
Francisco, New York. Cabarets de Los Ángeles en 1997, jarras de cerveza sin
terminar. Los muertos de ahora que entonces hablaban, la exhibición de Ché
Guevara en la universidad, fotografías de Rodchenko y escritos de Pasternak.
Recorro orillas del río Bravo. Guerra de baja intensidad. No obuses que
destrozan la casa de Ekaterina en un santiamén. A ratos un muerto que flota en
las aguas cubiertas de algas, con culebras devorándole los ojos. Al otro lado
del mundo las víctimas se cuentan por cientos. Trenes, buses, automóviles
particulares se dirigen al oeste. Los rusos marchan en distintos frentes. Hay
que hacer malabarismos para huirles.
Las mujeres de Ucrania luchan como hace mil años para proteger a los
suyos. En occidente es otro tema, otro drama, la debacle no en ciernes sino ya
presente. Una con la que se tendrá que lidiar o preferir hundirse. Ahora
hablamos de realidad, del atroz sonido de máquinas voladoras que vienen a
matar. Del miedo y el dolor. Existen sociedades condenadas a desaparecer y
otras que se aferrarán a la historia. Ucrania se ubica con el segundo grupo, a
pesar de todo. No puedo creer cuando veo el ritmo de caderas aprendiendo los
alegres pasos del Caribe en medio de un conflicto bélico. Vaya fortaleza. No se
han escondido a lamentarse, encaran el futuro sin temor y si vencieron a las
hordas asiáticas también derrotarán a estas. Busco en un mapa virtual “mi” casa
de Kiev. Supongo que la foto es actual, continúa allí, sólido el edificio en su
fealdad comunista. Los viejitos, en la subida hacia el parque, prepararán el
hirviente café como siempre para la venta. Ese aroma supera al del odio, es
inmune al olvido.
Por otro lado, y aunque parezca contradictorio, afilemos las hoces para
buscar a los hombres pájaro de Kupiansk, desean mimetizarse con la nieve. No
podrán.
10/02/2026

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