Tuesday, May 5, 2026

Siga la fiesta


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Bailábamos ska en nuestras interminables fiestas de Aurora y Denver. Cuando L se fue se espaciaron pero no perecieron. Veinte, veinticinco personas en un departamento. Tres, cuatro comidas, de mediodía a dos de la mañana. Música de todo el mundo, baile, vodka para peinar el lacio cabello, piruetas alcohólicas, comidas preparadas por horas con amor: puerco cocido en jerez, picanhas al horno, mixturas de carne, mezclas agresivas, arriesgadas, aventureras de culinaria creativa; salsas picantes con colores de serpentina. Corridos mexicanos, tangos, música campesina italiana, canciones del tiempo de Thomas Hardy, jazz antiguo, R&B, aires españoles y franceses. Siempre Rusia, Ucrania, los gitanos, música de la India y Afganistán, increíbles manifestaciones haitianas y de Zanzíbar, bandas kenianas de hoteles de lujo en los años cincuenta, del África rica y racialmente selecta, bluegrass, zampoñas toyos, kaluyos, cuecas, marineras, cumbias, guarachas, guajiras y amplísima gama tropical. Bolero, zamba argentina y chacarera, marchinhas, Brasil en todo su esplendor, de Ari Barroso a Ney Matogrosso. Difícil de enumerar aquello, reggae y la marcha de Radetzki…

 

Bourbon de primera. Ron negro de las Guyanas, dominicano, venezolano, viejo de Caldas, el gran Zacapa. Whisky, aguardiente, cachaça, pinga. De fondo Leonard Cohen o The Kinks. ¿Qué haces tú bailando en la sombra? Vino tinto para anegar varias arcas del viejo Noé, para emborracharlo hasta el olvido. Blanco, rosé, algunos dulzones de Georgia o magníficos de Moldavia y Grecia, de tierras del león de Nemea, recordando a Hércules. ¡Si recordaré yo la columna de Hércules! Bella ciao y atronadores instrumentos de viento de los Balcanes, herencia de Kusturica, a quien veíamos muchísimo en la pantalla. Los amigos de origen irlandés, judío, kazajo, colombiano, mexicano, chicano y lo que se plegara a nosotros: filipinos y paulistas. Corrido del fusilamiento de Felipe Ángeles, canciones revolucionarias del Dublín del año 16. Eran ambientes muy ricos aquellos; mis hijas invitaban a sus amigos que disfrutaban como nadie y aprendían malos trucos del padre de las chicas, de la vida del bajo fondo y la sangre con alcohol en barriadas de averno.

 

En la biblioteca Georges Bataille: “Mi puta, mi corazón…” Una foto de la Ajmátova. Máscaras tribales robadas a los muertos del Gabón, fetiches vudú, cerámicas precolombinas, siniestros daguerrotipos, afiches de colección. Mapas y documentos antiguos. Firmas de Antonio Álvarez de Arenales y Martín Miguel de Güemes. Kachinas zunis y navajos, tejidos de Sacaca, Sanipaya, Salinas de Garci Mendoza y Japo. Era aquello un universo y los diablos danzaban sin descanso. Se bebía como en Sodoma y comía como en Nínive. Las aguas de los pantanos de Basora y las heladas del Titicaca junto a los grandes lagos se juntaban profundas como el Baikal. Pastas y ensaladas, mi famosa ensalada rusa que fue un éxito comercial importante mientras duré de restaurateur, como lo fuera mi chaque de quinua que vendía treinta y cinco años atrás en medio del antiguo barrio hebreo de Lakewood, el de Golda Meir. Lo disfruté, lo bebí y lo viví. Ni santo que me lo quite ni demonio que se apodere de mi placer. Hoy llaman las hijas por teléfono y hablamos de sus trabajos, éxitos y fracasos. Cuelgo y miro la penumbra del departamento y trato de escuchar alrededor a ver si hay cohetes de los golpistas de turno. Se desea tumbar gobiernos y la noche cae con la misma placidez de siempre, por encima del Jardín del Edén o sobre Bełżec, paradojas de la creación.

 

¿Por qué me puse a escribir este texto? Por un amigo, escritor de Guayaramerín, a orillas del poderoso Mamoré, que me preguntaba cuánto de autobiográfico había en Muerta ciudad viva, y que no me imaginaba a mí, en apariencia hombre sosegado hoy, en mis tiempos de delincuencia y vicio. Era yo y no era yo, caótico Robert Louis Stevenson, caótico y amado. Al bajar del tren en una estación de Baltimore vi a Edgar Allan Poe. Me observó y desapareció. La ciudad lo cubrió de niebla, voces ebrias de negros caídos todo lo que se oía.

 

Reactivo el ordenador. La imagen de fondo es la de V desnuda, maravilloso cuerpo de treinta años recién cumplidos. De ella me quedan su voz y varias fotografías, y una matrioshka que se apoya en las memorias del general Daniel O'Leary, comprada al lado de aquel restaurante tártaro, y casi al frente de la estación de trenes que bombardearía Putin cuatro años después.

 

No tengo botellas de trago en esta casa. Será que amigos hay pocos porque la mayoría emigró. Otra forma de vida, además. Algún vino de mesa nada extraordinario. Mi último Zacapa se fue hace unos meses en elogio a la belleza. Siempre digo que debiera comenzar a reconstruir mi bar. Tuve uno a los diez y ocho años y F se lo bebió. Vinos búlgaros y yugoslavos, argentinos de notable nivel. Ella desapareció de la historia. Se enojó porque la postrera vez que la llamé a Londres yo había bebido demasiado y me quedé dormido en el teléfono. Se esfumaron sus blancas piernas en las rocas de Liriuni cuando el viento agitaba su vestido y mostraba el cielo con tintes oscuros; sexo misterioso en medio de los farallones del río de la Llave mientras anochecía y gritaban desconocidas aves. El pendón de la chicha, que era blanco, perdió color y comenzamos tomados de la mano el retorno hacia la carretera.

 

Pues respondí a mi amigo sin esconder nada. No hay pecado en dormir entre cargadores de papa y naranjas en larga fila de míseros, despertar cuando las señoras preguntan a cuánto está el kilo de imilla. Al menos no encontré a mi madre... El alcohol blanco mixturado con canela deja un horrible gusto en la boca y la cabeza estalla de dolor. Ni un peso en el bolsillo para volver a casa. Atravesar toda la ciudad a pie era un tormento. Trastabillaba, seguro. Luego tirarme a la cama con zapatos y todo y deambular peligrosamente en esa cuerda flotante entre la vida y la muerte, maromero a tiempo completo, fatal, irresponsable, mujeriego y pendenciero. Curo los breves tajos de Gillette en las mejillas y si no tengo demasiado malestar me pongo a leer a Dumas. Pronto me llaman dos muslos y auguran tarde de luna negra, de luna plena, de sol luna. ¿Volver a los diecisiete? No, gracias.

 

Iré a caminar. Jugaré el hombre impasible si encuentro bloqueos. No soy aquel, cantaba Raphael, que escribía textos incendiarios. No que me haya convertido en alguien aburrido pero ahora sé que hay luchas que no valen.

 

Dime, estás ahí que quiero hablarte. Pero pongo cinta aislante en mi boca y concedo silencio a la electricidad. A decir verdad me ha dado mucha gana de releer a Alejandro Dumas y lo haré. Escojo El paje del Duque de Saboya en dos tomos. Será una magnífica lectura. Hay todavía luna llena. Mi padre era lunático, afirmaba mi madre. Quizá él me mira desde ese intenso amarillo. Hoy era su aniversario de bodas. El mío también, de mi primer matrimonio.

05/05/2026

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