Tuesday, July 5, 2011

Carta de Chomsky a Chávez/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hoy, Noam Chomsky, quien de cierta manera es considerado por Hugo Chávez como un antecedente ideológico -no le veo por dónde-, opina respecto a la detención de la jueza María Lourdes Afiuni, en Venezuela, acusada de corrupción por liberar a un empresario arrestado por mayor tiempo del que la constitución del país lo permitía. Le ha escrito al mandamás del Orinoco una carta pública demandando su libertad.

Dice Chomsky de la fragilidad de los cargos en su contra, y pide al presidente, por razones humanitarias, levantar la detención domiciliaria a la que está ahora sometida, después de una temporada en la cárcel, donde era constantemente amenazada por las presas con violación y muerte. Además la jueza de 48 años fue sometida a una intervención quirúrgica por cáncer y su salud se ha visto debilitada. Chomsky entiende que la justicia en Venezuela, y otros lugares de la región dependen del ejecutivo de manera directa, lo que no condice con la prédica democrática y la independencia de poderes.

No podía el pensador ácrata norteamericano ser más preciso en el tiempo. Ahora que Chávez llora enfermedad y encomendándose como buen marxista de opereta al manto de la virgen, y a su señor Dios, apela a su solidaridad de enfermo para suavizar el ánimo que en su momento sugirió el paredón para ella. Otro balde de agua fría para el dictador, quien desde temprano quiso basar su discurso en altos pensamiento y filosofía, rodearse de o citar a inteligentes, que recurrió a García Márquez como espaldarazo intelectual de sus mixturados balbuceos. Patético milico con deseos de poeta, incluso hace poco en Cuba donde habló de oscuridades y abismos, y por poco no le echó un bolero bien regado de lágrimas.

Siento defraudar a los que prefieren la compasión a la ira. Nunca fui políticamente correcto y a decir verdad mejor me sentiría si ese bufón pasara a peor vida cuanto antes. Y si me lo desean de regreso, que lo hagan, que ninguno, ni el semidiós aymara ha de soslayar a la muerte.

No toca en lo mínimo mi piedad el hecho de que a este individuo le ande rondando la Pelona. Parafraseando a Rulfo, pediría que le diesen un poquito de pulque para que no le doliese tanto. Y pare de contar. Me asombro de escuchar a opositores y muchos otros rogando por su pronta recuperación. Que se recupere sí, pero en el infierno, en el caldero a donde ese otro gran vanidoso llamado Lucifer lo ha de arrojar.

Empecé con Chomsky y termino desbordado por las pasiones que acorralan a un hombre. A lo que iba es a que no todos, y no siempre, van a echarles flores a estos individuos, o darles doctorados, o vergonzosos honores de fútbol a quienes no saben jugar con hombría y se aprovechan del poder para abusar de sus contrincantes de turno (hablo de Evo Morales a quien entonces califiqué de marica, y marica sigue).

No sé si la jueza en cuestión esté ligada a corruptos. Ni me interesa. Me gusta que Noam Chomsky tenga la civilidad de criticar. Respecto al cáncer, al colon, la tripa, la cadera, o cualquier parte afectada del bocón, me importa menos... el cómo muera, pero que muera.
3/07/11

_____
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 05/07/2011

Imagen: Guillermo Pérez Villalta: Hombre Bailando la Danza de la Muerte (1997)

Nostalgias uruguayas/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Arruiné la tarde mirando "Moulin Rouge"(2001), la aclamada película de Baz Furhman, y no entiendo cómo se mueven los gustos de los críticos, que del público se puede entender dada la diversidad. Sentí lo mismo que con "Los paraguas de Cherburgo" (Jacques Demy, 1964), aburrimiento o, más que eso, molestia. Horas expuestas al bodrio, a la vanidad intelectual, a mascaradas de Montmartre y la melancólica Cherburgo.

Luego leo unas páginas de "Liberación", diario uruguayo de la eterna lejanía. Nostalgia de revolución; personalmente recuerdos de Malmö, exilio que me eludió una noche del 80 y que no hubiera merecido; visiones de ciudad báltica donde nunca estaré, pero que vivió en cartas espaciadas de un amigo que envejeció su juventud fuera del país que amaba, el suyo. ¿Por qué Malmö? Porque de allí viene "Liberación" y el amigo boliviano frecuentaba el verbo uruguayo, cuando el dolor de todos era todo dolor.

Algunos regresaron, a Bolivia y a Uruguay, y el resto se quedó en la comodidad de la paz, de la muy amistosa Suecia que los recogió de las cárceles secretas, una voz que en mitad del miedo preguntaba si alguien quería irse allí, que hasta los torturadores se cuestionaban si no sería mejor jugar con nieve que jugar con sangre y levantaban con timidez la mano.

Los uruguayos envejecieron, como los argentinos envejecen, más rápido que nosotros los indios, por eso de la raza. Y se reúnen alrededor del asado, en la primavera sueca, mirando o creyendo ver en la bruma matinal, al frente, la sombra de Copenhagen. La carne viene congelada desde Uruguay; abren el paquete y la marca avisa que este animal nació y murió en Tacuarembó. No faltan poemas de Mario Benedetti; hasta un día apareció el hijo de Raúl Sendic -diputado-. A Sendic los milicos lo vivieron diez años en un pozo. Y de Magda -la Parda- Topolansky, guerrillera, no sé nada en cinco lustros. En Cochabamba, Coña Coña para ser más precisos, eliminaron al último tupamaro como parte del plan que tenía Kissinger con sus sirvientes Bánzer, Bordaberry, Pinochet, Geisel, Stroessner y demás concubinos. Cada cosa añade un puñado a la tristeza y quizá no volver nunca al Uruguay significa negarse a crecer aunque las canas nos cubran el ánimo, haciendo de los todavía muchachos de Malmö serios personajes de Günter Grass con sus tambores de hojalata que redoblan la historia aunque sin éxito.

De cuando en cuando viajan a la patria, palabra sin significación especial en mi diccionario, y se juntan con los sobrevivientes, siempre alrededor del fogón, igual a los gauchos orientales de Antonio D. Lussich, a quien elogiara Ezequiel Martínez Estrada.

Uruguay y mi nostalgia. Entreveo, entre lo visto y lo escuchado, un país hermoso, al que le cayeron sombras, e incluso en el horror que Marta Traba relata, su rostro brilla; y cuando Los Olimareños cantan, se acentúa la pena por lo desconocido amado.
12/5/03

_____
Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), mayo, 2003

Imagen: Los Olimareños en concierto

Monday, July 4, 2011

Yo no sé qué me han hecho tus ojos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A Dorita

Si no te gustan las mujeres que cantan tango -o algo similar-, dice un erudito a Sergio Wolf, es porque aún no escuchaste a Ada Falcón. Tampoco gustaban a mi padre. Es más, alguna vez argumentó que las mujeres no debieran cantarlos. Le respondí igual: es que no escuchaste a Ada Falcón, sobre todo, ya que eres tú, en tu tango preferido: Destellos.

Lorena Muñoz y Sergio Wolf -2003- hicieron un documental que recupera la historia de aquella diva argentina, desaparecida de los escenarios en forma voluntaria, todavía en la cumbre de su carrera, allá por el 42. Wolf que es el peatón que trashuma la pantalla, comienza con un alegato de la memoria, a su vez recordatorio de la fragilidad de las cosas, lo efímero del presente y lo penumbroso del pasado. Fenómeno que no solo abarca a las personas, también a las cosas, las ciudades, sentando por claro que lo que venimos llamando eternidad es falacia. De lo pretérito conservamos poco, apenas un esbozo en grande. Se pierden los matices, o únicamente perviven gracias al impulso de quijotes, como estos cineastas, que intentan arrebatarle a la muerte un manojo de palabras, un atado de recuerdos.

Camina por Buenos Aires, ciudad que si bien mantiene, a medias, vivo el espíritu del tango, lo va de a poco perdiendo. Quedan mitos, una docena de personajes: el Zorzal, la Lamarque, otros nombres que mientras se renueva la población van de la fama al incógnito, de éste al olvido, de allí al silencio. Nombres ya perecidos, irrecordables al desgajarse el calendario, cada vez más abstractos, sin secretos, sin detalles. Teatros que se convirtieron en bancos, cabarets que son Mc Donalds, radios como espacios de alquiler. Dónde los que rutilaron en el arte, cuando el tango pasó de simple alegría de pobres al glamour de la aristocracia. Dónde la sangre.

El director, ya al final, pasea por la Chacarita. Piensa que cuando se vaya del lugar podrán los espectros del tango retornar al diálogo. Ilusión de creer que al otro lado, debajo de la lápida, en el nicho, en el foso, continúa el hálito de vivir, la conversación, el amor, pasión y odio. Ojalá fuese así. El miedo nos trae a Dios, para paliar el horror del callar eterno, que de todos modos se consigue con el paso de los días, aunque uno muera de ganas, en la noche porteña, cuando llueve y se vaciaron las calles, de aguardar por el Bugatti rojo de Ada rugiendo hacia una fiesta de sombras. Por más que esperes, que entumezcas la razón con frío y con alcohol, no has de lograrlo. Si escuchas voces, no vienen del imperio de los idos, son las tuyas propias que reflejan las antiguas y es ahí donde uno se pregunta si no somos eternos, si la única invención fue la de la muerte y que uno es todos los suyos. No consigo responderme.

Ada Falcón nació en Buenos Aires en 1905 y murió en un asilo de las sierras de Córdoba el 2002. Tenía 96. Eligió la seclusión sin jamás aclarar el por qué. Se especuló que se debía a Francisco Canaro, otro mito del tango, con quien mantuvo una larga y tormentosa relación, siendo él casado. El título del documental, Yo no sé qué me han hecho tus ojos, viene de un vals compuesto por Canaro para ella, o así lo suponen. Wolf habla de sus ojos, verdes, que observa en fotografías y que afirma nunca verá. Sucede, cuando logra seguir sus pasos hasta hallarla, filmarla y entrevistarla, poco antes de morir, mostrándole fotografías y videos y haciéndole escuchar sus éxitos. Se ve a Ada, anciana, como susurrando las líneas que la hicieran grande, comentando sobre los personajes de entonces: Tito Lusiardo, sobre Corsini (Ignacio) del que opina era tan buen mozo pero cuán feo se veía en el televisor. Lo buen hombre de Gardel, de quien el director cuenta que amaba tanto la canción (Yo no sé…) que recogía a Ada en automóvil y la llevaba a la Costanera donde le rogaba que se la cantase, mientras un furibundo Canaro, escondido en su carruaje, espiaba celoso.

¡Pobre Canaro! ¡Pobre Canaro!, repite ella, alternándolo con ¡pobre Ada!, en arrebato senil posiblemente, o que ello resultara de haber logrado superar el espejismo de la fama, la riqueza, el amor, renunciando a ellos.

Indagatoria que con el pretexto de la gran Ada Falcón, se extiende a la Argentina toda, al decantamiento negativo del que fuera país rico, entre las mayores economías del mundo, y que soñó, en Perón más que en otros, en grandeza que la equiparase a los Estados Unidos, la hiciera pivote de la América Latina y voz universal. La historia tomó rumbos diferentes, la lacra militar y el peor retorno del peronismo con Cámpora e Isabelita, la Triple A, milicos otra vez, un tímido Alfonsín, y el desmadre populista de los “peroncitos”, la llorona y el tuerto Kirchner, que tristemente recuerdan que la nación que parió a Borges no puede superar el novelón justicialista, tanto que hasta Piglia, al comentar su Premio Rómulo Gallegos, suelta una alabanza a Cristina presidente. Inconcebible.

¿Cuánto perdemos de nuestro pasado? Casi todo. Y hasta es lógico, con la explosión informativa, los avances científicos y tecnológicos, llegándose al punto de si interesa o no la memoria de una notable cantante de tango. Ella tiene la suerte, que suele ser privilegio, de un documental moderno sobre su vida. Otras tangueras: Mercedes Simone, Rosita Quiroga, Azucena Maizani, Nelly Omar, carecen de esa fortuna, o de tal escenario. Creo que Ada Falcón lo comprendió a tiempo, cualquiera fueren sus razones, y prefirió continuar como el común de los demás, sin las veleidades que traen consigo tremendas decepciones. Para qué buscar gloria, reconocimiento, si la vida asoma con vueltas y vericuetos. Mejor apasionarse por lo que se cree trascendente, manera de conservar el pabilo encendido, al menos para iluminar los escalones que conducen a lo incierto.

Me pregunto, ya que Sergio Wolf dejó la Chacarita, si los fantasmas de Paquita Bernardo, D’Arienzo, De Caro, Cadícamo, Magaldi y Le Pera salieron a tomar té bajo los tilos, a chismear sobre Ada y Francisco que aún después de muertos dan para hablar.
27/06/2011

_____
Publicado en FONDO NEGRO (La Prensa/La Paz), 03/07/11

Imagen: Disco de Ada Falcón, 1930-1931


Saturday, July 2, 2011

Fuiste mío un verano/ECLECTICA


Me apropio del nombre de una canción. No porque quiera mío, o fuese mío Leonardo Favio, como suya fue la destinataria de su voz. Mío en y por su arte, hermano, amigo.

Vino a Cochabamba cuando yo era niño. Se presentó en algún lado. Ni mis hermanos ni yo habíamos alcanzado la edad suficiente para gritar en los estrados, aunque para ser cierto, jamás he gritado, ni lo haría, por nadie; pero teníamos sus discos. A Armando le gustaba "Fuiste mía un verano", a Elena "Qué tal", y a mi tristeza la de él, mi tristeza es mía y nada más, pero mentimos, los dos.

Ese el cantante. Pero Favio creció más allá de un romanticismo musical que a unos les parece pesado, meloso, pero del que no puedo ni quiero desprenderme, menos ahora que los años se inmiscuyen entre mi vida y la intentan confundir. Su película "Nazareno Cruz y el lobo" llegó a Cochabamba, al cine Víctor. La profesora de sicología del colegio, ni sé por qué, nos llevó a verla, en exhibición especial de mañana. En la puerta estaban aquellos hombrecitos, los hermanos Alarcón, nacionalistas de zarzuela, matarifes de la política y la violencia. Nos impidieron la entrada. Sólo comprenderían la palabra "nazareno" y pensarían que no debía mezclársela con animales que le dieran otro sentido fuera del original de santidad; se olvidaron de Francisco de Asís... hermano lobo. Ellos y algún otro idiota con ansias de desmesura, nos retornaron al colectivo: mejor rezar que pensar, muchachos. Hace poco pasé por el cine Víctor. Anunciaban, en función especial, la Cicciolina, diputada y más, explícita, bella, suave, piel blanca que en los primeros planos se torna extrañamente oscura, como si a la Cicciolina la hubiesen reemplazado justo donde queríamos verla. Así no vale.

De Argentina se conoce a Torre Nilsson, a un exitoso y joven Fabián Bielinsky, al clásico Lautaro Murúa o a Armando Bo y la voluptuosidad de Isabel Sarli. ¿Y Favio? Tiene que resucitar en Nueva York, en una retrospectiva de su magnífica obra, para no quedar como vanidad de elegidos. El director de cine no pudo opacar al cantante, o la época lo hundió. Su incomprensible amor por Perón; sus abrazos con López Rega cuando empezaba la matanza; las garantías del fundador de la triple A de que nadie lo tocaría. Su otro amor: Borges, y la rara combinación de dos polos.

Caminando por la universidad de Tulane, una estudiante venezolana comenta que acaba de obtener su especialidad en cine contemporáneo latinoamericano.Entonces hay un resquicio en el cual quizá podamos conversar. ¿Conoces a Leonardo Favio? ¿Al cantante? No. Sí. También... Al director. ¿Acaso hace fílmica? Me alejo, mientras la doctora recita el guión que le enseñaron, que no sabe otro, y pienso que Favio, irreverente como alega ser y lo demuestra, le puso cantos gregorianos a una pelea de boxeo del Mono Gatica y le bajó el tono a Rigoletto en sus películas, además de crear una canción de amor con una foto de carnet. Por eso es mío.
24/4/03

Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), abril, 2003

Imagen: Toma de Crónica de un niño solo (1999), filme de Favio

Friday, July 1, 2011

Ciudad memorable/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El poeta Manuel Bandeira escribía: Quero dar a volta ao mundo/Só num navio de vela/Quero rever Pernambuco/Quero ver Bagdá e Cusco/Quero quero (...).

Cuzco no permanece como entonces; ahora tiene el rostro de un comerciante magnificado y más importante que los muros del Coricancha es la marihuana que se ofrece por sus calles. Ni hablar de Bagdad, donde hasta la primera escritura del hombre, en pedazos de arcilla, se ha esfumado bajo el velo del mal. Douglas Fairbanks no se animaría a cruzar el cielo de Mesopotamia de nuevo en su caballo blanco: lo derribarían los nuevos pretorianos. Ya para qué ir allá; quédate, Manuel, conmigo en la tarde de casa y disfruta de la tristeza del klezmer y de costillas de cerdo en cacerola, con repollitos de Bruselas y puerros.

Si te quedas, te pasearé por las calles de la capital de este país que me ha cobijado, salvado la vida, hundido y muerto al mismo tiempo. Puedes, igual que en París, ver en perspectiva los monumentos alineados de la ciudad. Washington no tiene el Sena pero su río, turbio también, esconde la voz de aves y batracios en la vegetación de la orilla. Remeros pasan en frente de la universidad de Georgetown y las mujeres caminan por los pasadizos del canal donde los bolivianos nos reunimos a tomar cerveza en la paz del sábado.

El universo del instante cobija música afgana que trae un amigo, intercalada con Leonard Cohen y Aymara que finalmente persiste en la casetera gracias a la insistencia de Mirella Suárez, hija de poeta también.

Cuando los amigos se difuminan en la niebla, desciendo del metro, subo las gradas y salgo al frescor de Tenleytown. Abajo brillan las luces del centro y parecen un relámpago estampado en el cielo.

Los árboles dan tonos de oscuro al camino. En el jardín de casa hay un banco de piedra desde donde miro mi ventana encendida del segundo piso con el anhelo de verme... y no aparezco.

Mi cuarto tiene cuadros antiguos y muebles de caoba. Un mínimo cd player en mi mesa de noche me ayuda a convertir este silencio en multitudinario. Bob Dylan y The Turtles hacían de familia en la frialdad de la cama y las paredes extrañas.

Así, Manuel Bandeira, yo también quiero en mi vida rever muchas cosas, Washington DC entre las ciudades, y tu Recife natal. Para colmo, Lisandro Meza y los Hijos de la Niña Luz cantan "cómo extraño mi sabana hermosa metido en la cordillera", y a pesar que la geografía es otra, se resume en nostalgia.
20/4/03

_____
Publicado en Opinión (Cochabamba), abril, 2003

Imagen: Iglesia de Santa Ana, Tenleytown, Washington DC

Pobre Bagdad/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Noske y Scheidemann afirmaban que la paz reinaba en Berlín mientras la sangre corría por las calles, venid a ver la sangre por las calles (Neruda), en 1919.

Hoy, el inteligente secretario Donald Rumsfeld asegura que la paz se ha adueñado de Bagdad, que aparte de escaramuzas ya intrascendentes y las manías de algunos exaltados, Bagdad se ha convertido de ser el centro del horror en poco menos que Disneylandia. Los agradables marines reparten dulces a los niños y enseñan los últimos pasos del rock a unos, en apariencia americanizados, iraquíes. El robo, caos, destrucción y fuego en televisión es sólo el deseo unilateral de los medios de comunicación de mostrar un lado del conflicto; difícil sería captar en imágenes la verdadera alegría de un "pueblo liberado". Saddam, que ojalá bien muerto esté, tenía por lo menos el control de la situación. Ahora los vándalos pasean por las calles empujando equipos de quirófano, refrigeradores de los hospitales, piezas de cinco mil años de antigüedad del saqueado museo de historia (que se venderán a los marines por migajas y que en lugar de preservarse como un tesoro invaluable de la humanidad se pondrán en un estante polvoso de Nevada entre una lata vacía de Budweiser y un figurín de plástico de las tortugas mutantes ninjas, o de las ninjas tortugas mutantes o cualquier otra combinación posible). Esa resulta ser la famosa liberación de la capital de Irak.

Una periodista inglesa relataba que había conducido con su equipo por siete horas en las calles de Bagdad sin ver a un solo miembro de la "coalición" y sí una devastación general que no respeta nada. Mosul y otras ciudades menores reflejan un mismo drama, aunque en el norte hay miedo por la presencia armada de fuerzas irregulares kurdas no muy amigables.

Ya se pone el ojo en Siria. Esta vez Hitler viste de norteamericano y protege los intereses de Sión. Contrariamente a lo que parece ser o lo que podría pensarse, Bush y su séquito representan el enemigo mayor que tiene el pueblo norteamericano para su futuro, enemigo incluso más profundo que Osama o Saddam. Quien juega con los intereses nacionales de Estados Unidos no es un esquizofrénico fundamentalista árabe, o un dictador instalado por ellos mismos, sino ese ejecutivo petrolero, vicepresidente además, que se esconde como topo o el aún más peligroso, por lo escaso de su discernimiento, y su violencia, secretario de defensa.
13/04/03

_____
Publicado en Opinión (Cochabamba), abril, 2003

Imagen: Mosul, diciembre 2007, en una fotografía de Namir Noor-Eldeen, muerto por fuerzas norteamericanas

Ciudadanos post-mortem/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Una de las posesiones más buscadas en un mundo en decadencia económica es y ha sido la tarjeta de residencia norteamericana, y, mejor aún, la ciudadanía. Para conseguir este pasaporte al futuro, el paso a un más que probable elevado nivel de vida, cualquier camino vale, incluso el extremo, el de la muerte.

Historias de latinoamericanos muertos en las guerras imperiales de los Estados Unidos se han convertido en algo común. A miles de combatientes mexicanos en la Segunda Guerra Mundial les tocó muy poco de la victoria. En una Norteamérica de post guerra y alta prosperidad se segregó ampliamente a aquellos que habían peleado por supuestos ideales de libertad e igualdad.

Bolivianos guerrearon en Vietnam a cambio de la posibilidad de permanecer legalmente en Estados Unidos. El hecho no impidió, sin embargo, que terminaran deambulando, desquiciados -y desubicados- en la tierra india de la que quisieron escapar.

Colombia intervino en Vietnam. Sus méritos militares... simplemente no méritos. Greencards y libre ingreso premiaron la euforia de los belicosos. Es patético, más que sintomático, que el primer muerto en la guerra del Golfo Pérsico, el 91, fuese un piloto boliviano, hijo de un ministro criollo, que se hundió con su máquina en el mar en un fin sin asomo de gloria. Luego se lo enterró en el cementerio de Arlington con todos los honores, aunque parezca raro que exista heroicidad en ahogarse.

En la invasión de Panamá le tocó el turno de rutilar como una estrella "americana" a un peruano, primera baja de las fuerzas de ocupación estadounidenses en los dominios de uno de sus predilectos hijos, Noriega. Hoy domingo, ya 2003, el Times publica fotografías de veinte soldados caídos en Irak, seis de los cuales llevan apellidos españoles: México, Puerto Rico y Guatemala aportan con su dosis de sangre mestiza a una guerra por demás ajena.

En aparatosa muestra de cómo este país premia el sacrificio de sus ciudadanos aspirantes, venidos de la pobreza y el hambre de naciones descalzas, funcionarios de la oficina de inmigración firmaron ante la prensa los certificados de ciudadanía de dos de los muertos. Pago magnífico, magnánimo, que otorga a estos muertos el derecho a transitar libremente por los cincuenta estados, a comprarse un automóvil del año, balbucear inglés y comer hamburguesas.
06/04/03

_____
Publicado en Opinión (Cochabamba), abril, 2003

Imagen: Calavera prehispánica