Monday, August 17, 2015

Bienvenida a Claudio Ferrufino-Coqueugniot, amigo y escritor


ROBERTO NAVIA GABRIEL

No nos conocemos personalmente, pero hemos escrito un libro de perros y de viajes, de sueños y de pesadillas. Y en cada crónica coincidimos en retratar a esos hombres y mujeres que no tienen quién les ladre. Quizá por eso, aunque nunca nos hemos saludado con un apretón de manos, sellamos una amistad de honor y ahora que Claudio Ferrufino-Coqueugniot llegó desde el Colorado del Gran Cañón hasta Bolivia, le he hecho saber que la suya es una visita que el país debe disfrutar, porque este cochabambino universal tiene tantas cosas para decir e historias para narrar que si leerlo es una fiesta, escucharlo lo debe ser mucho más. Quienes estuvieron atentos a él en la feria del libro de La Paz así me lo hicieron saber, y de verdad yo les creo.

Claudio es de esos humanos que vale no solo por los galardones que con justicia está cosechando en su paso por este mundo. Es dueño de un premio nacional de novela y del Premio Internacional Casa de las Américas. Dos estrellas que coronan las obras con las que se da a conocer en las ligas mayores de la literatura. Su prosa, poética como es, narra a los hombres que bajo el efecto de la realidad oscura gobiernan la vida de la mayoría de los semejantes. El aroma de sus molles de niño o las tragedias de Bosnia o la maldita costumbre de los taxistas de aeropuerto que roban sin piedad a los migrantes son tan elocuentes que uno, por más que esos territorios ya no estén o sean crueles, desearía no irse jamás, porque Claudio lo narra tan bien, que uno llega a creer que está metido en una sala de cine, libre de cualquier peligro.

Claudio sabe que mientras él está en Bolivia yo estoy en un lugar de la selva peruana, investigando un asunto de horror. Entonces, existe la posibilidad de que tampoco esta vez podamos saludarnos y tomarnos el vino pendiente y conversar sobre esa loca aventura de haber escrito a cuatro manos Crónicas de perro andante, el libro que retrata a esos hombres y mujeres que no tienen quién les ladre, pero que, sobre todo, hizo nacer una amistad sólida a pesar de no conocernos personalmente.

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De CRONICO (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 17/08/2015

Friday, August 14, 2015

Migrante y escritor

Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Pienso en dos nombres: Józef Korzeniowski, el gran Conrad, y Nina Berberova. Exilios voluntarios y obligatorios. Conrad escondió su origen y embrumó a propósito el pasado para quizá cortar su ligazón con una Polonia que no era libre entonces y con una tierra que cambiaba de manos en la historia demasiadas veces como para convertirse en referencial. En Polonia el concepto de patria es a la vez muy aferrado y muy difuso, filial y huérfano al mismo tiempo. El polaco se convirtió así en inglés, una de las glorias de la literatura inglesa, incluso, y dejó de ser polaco para siempre. Lo suponemos.

El caso de Nina Berberova es distinto. Obligada a dejar Rusia el año 1922 junto a su esposo, el poeta Jodásevich, huyendo del hambre y de la imposición, deambuló por Alemania, Italia, para quedarse en París donde escribió para publicaciones breves del exilio ruso. Siguió escribiendo en su idioma y luego de décadas de anonimato fue descubierta por los editores franceses para resucitar del silencio la gran literatura rusa. Compartió con Nabokov aquellos años difíciles, siendo este último también un notable espécimen de escritor alejado de su lugar de origen.

Por cierto que no es ese alejamiento, en cualquiera de sus vértices, quien produce al escritor, pero puede ser tanto catalizador como detonante. En Conrad, la afición marina inglesa, abierta a los océanos y no encasillada como la polaca al Báltico, o al Negro en su momento histórico, fue determinante. En Berberova se enfrasca en las minucias dramáticas del exilio, la pobreza, la soledad impuesta: lo que Francia ofrecía a la emigración rusa huída de la revolución. En Conrad el horizonte se amplía mientras que en Berberova se reduce. El panorama de uno tiene longitud de mar y en la otra pesadez de encierro. En cuanto a lo literario, magníficos, ya sea con visión de futuro y dinámica de aventura o con nostalgia. Ambos de sus universos originales han desaparecido; los huesos para Conrad se han hundido y para Berberova flotan. Solos, sí, mucho; los dos.

Narrar acerca de estos paradigmáticos escritores sirve para ejemplificar al resto de quienes deciden, por las razones que fuesen, dejar la tierra de origen y afincarse en otro lado, o en ninguno, pero cortar el trazo umbilical con la memoria, en un corte preciso y seco que al menos en apariencia la condene al olvido, u otro delicado, no solicitado y que preserva vívido el pasado pone al osado y/o desgraciado personaje en la senda de lo que es tal vez el mayor peso del alejamiento: solitud. Más que la ausencia de la madre, que el recuerdo de la tierra, el olor, el sabor, el placer y el dolor de ayer, está la sensación indefinida de ausencia. Hablo en términos ochocentistas o novocentistas porque abunda hoy una camada de escritores que trashuma la academia y se agita en el frenesí tecnológico que carece de ese casi poético/dramático/suicida impulso del exilio y sus desaires. Hoy, observándolos, no hablaríamos de Kessel o de Cendrars; mucho menos de la angustia centroeuropea de tipos como Joseph Roth; ni siquiera de algo más cercano a nosotros como son los exilios de Cortázar y García Márquez.

De si viajar sirve para escribir… Por supuesto. Como cualquier experiencia. La diversidad cultural es instrumento vital de conocimiento y de, aunque detesto usar la palabra, inspiración (tan venida a menos). Siempre que me preguntan de si irme me sirvió contesto que sí. No en crear el impulso inicial aunque no desdeño que exista tal posibilidad en otros casos, pero para enriquecer un bastante limitado espacio como el que tenía en el país. Henry Miller sirve como ejemplo. Ya escribía, pero es en París en donde se abren sus trópicos. No se necesita decir qué significaron esos libros para la literatura y no sabemos si existirían o no como están sin la experiencia francesa.

Emigrar no viene a ser un juego de niños. Es algo muy serio para cualquier ser humano, incluido el escritor. No implica, como ha sido en muchos casos, que se deba sufrir para escribir bien, pero sin el dolor no estarían con nosotros Dostoievski ni Petrus Borel. Es algo…
05/08/15

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 09/08/2015 

Thursday, August 13, 2015

La polimatía de Claudio Ferrufino-Coqueugniot


PABLO MENDIETA PAZ

Luego de ser testigo de las brillantes exposiciones de Claudio Ferrufino-Coqueugniot en la Feria del Libro, sobre todo por la presentación de la novela Madrid-Cochabamba (Cartografía del desastre), escrita por él y por Pablo Cerezal, y publicada por la Editorial 3600, traje a la memoria una breve reseña que escribí de Claudio hace unos años, cuyo contenido exalta su capacidad de asimilar y conocer con profundidad otras materias. La reproduzco ahora. 

Ganador del Premio Nacional de Novela 2011 (Diario secreto); mención del Premio Casa de las Américas de Cuba con El señor don Rómulo; y Premio de Novela del año 2002 en el mismo certamen (El exilio voluntario), Claudio Ferrufino-Coqueugniot, un auténtico prestidigitador de las letras es, para quien escribe, el amigo cibernético de las redes sociales que un buen día se dio a conocer a raíz de un comentario personal sobre la obra de O. Henry, el magistral narrador norteamericano. A partir de entonces se entabló una amistad en que, espontáneamente, como suele ocurrir en el ancho escenario de Internet, cada cual reveló sus afectos y desafectos literarios y sus preferencias artísticas. Así, en un sinfín de diálogos en que la economía de tiempo por poco hace desaparecer al gran Tiempo (una de las cualidades más sobrecogedoras de la revolución tecnológica), Claudio se descubrió como hombre versado en el conocimiento de diversas expresiones musicales como son, por supuesto, los entrañables y variados ritmos bolivianos, o la música mixteca, aquella de bandas de viento y grupos de cuerda presente en festejos profanos y religiosos mejicanos donde desborda la alegría, o el dolor en los funerales. Pero esta yuxtaposición de facetas musicales de nuestros pueblos confluye de pronto en otra y disímil corriente musical, encarnada sin duda en la sangre europea que corre por las venas del escritor: la chanson francesa del siglo XX, de la que, según se extrae de sus comentarios, surge con nitidez la figura de Léo Ferré como su más consumado exponente, no sólo por la creación musical, sino por su lírica (no hay que olvidar que Ferré es considerado uno de los últimos poetas malditos que ha dado la lengua de Baudelaire); y junto a él habla de Georges Brassens, el cantautor de música poética e inconformista; de Boris Vian, autor de canciones, poemas y dramas precursores del teatro del absurdo. Pero no queda ahí. En cierta ocasión, discurriendo sobre un tema atípico –músicos que habían cometido crímenes-, y luego de mencionar a Sid Vicious, antiguo bajo de la banda Sex Pistols que asesinó a su novia; o a Jim Gordon, baterista esquizofrénico que mató a su madre con un martillo (este músico escribió la conocida canción Layla con Eric Clapton), recalamos, a través de una escabrosa travesía por la criminalidad de músicos, en Carlo Gesualdo, extraordinario compositor italiano del Renacimiento quien, luego de sorprender a su esposa en flagrante adulterio, mandó asesinar brutalmente; hecho del que se tejieron múltiples historias sazonadas a placer por los autores, y que quizá algo de ello acompañe a su obra premiada (Diario secreto), pues en el momento de las felicitaciones subrayó que al terrible Gesualdo le habría gustado su novela. En fin, otro palpable ejemplo, el de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, de que al mundo de las letras, en una esencial como inseparable unicidad, se asocian las artes.


De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 12/08/2015



Leyendo Madrid-Cochabamba en La Paz


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Majestuoso, sagrado le dicen algunos pero yo no sacralizo nada, el Illimani. Justo en la ventana, en un día algo turbio, nublado.

Esta noche debo hablar sobre el libro que Pablo Cerezal y yo escribimos hace un año. Estos djinns de la palabra juegan con nosotros, nos utilizan, nos encaminan, o encaminan las manos, y ahí está, los textos se reproducen mientras ingenuos y azorados quedamos los autores, o, mejor, los vehículos que somos de esta magia genial.

Le debo a Pablo, que no está aquí porque tiene prohibición expresa de no entrar al país por unos años (desafió la burocracia), la consecución de esta obra. Viene de su impulso, de su optimismo aunque fuésemos a retratar las ruinas de nuestras respectivas ciudades, o a insuflarles otra vida con la memoria tal vez; a él solo cuyo dinamismo aplastó mi desidia altoperuana y combatió sin fin ni derrota hasta que estas páginas se publicaran en esta bella edición de Editorial 3600. Muchos son los artífices para que un libro salga a luz, los editores de 3600, los pocos amigos que leyeron el texto virtual de origen, el prologuista, las parejas que tienen que soportar el malentretenido malhumor de los mentados artistas. Y más. Pero Pablo se erige como único proveedor de empeño. Le estoy agradecido.

Qué decir. Que es un hermoso libro en su dureza, en su desazón, en su a ratos tremendismo y a momentos simple afrenta al buen gusto y la moral, dirán. Al releerlo no lo creo, porque hay páginas estupendas que nadie, menos el escritor, sabe de dónde vienen. Con Pablo Cerezal estamos en el Madrid de Vallecas, de obreros, junkies y putas, gremios que saben que para reunirse hay que buscar un lugar en desmoronamiento, sitio que carece de las ventajas y delicias del capital y la buena raza. Bueno para pobres, ratas, negros y gitanos. Enfrente, al otro lado del mar, Claudio Ferrufino se decanta en recuerdos urbanos de extramuros, del borde donde comienza el campo y termina la ciudad. Cochabamba necesitará muchas décadas aún para liberarse de lo que la gente considera un estigma: la herencia rural. En su vida, si no en su barrio, el boliviano se codea con las mismas aunque otras putas, cholos, miserables e indios. Participan ambos, y lo atestiguan, que a pesar de que los gobiernos deseen hacer creer en la luminosidad del sol, nos movemos en la penumbra de focos de escaso voltaje.

El libro, esta cartografía del desastre, se ha dividido por secciones: Músicas; Prostituciones; Comidas; Muertes; Literaturas; Ciclismos; Alcoholes; Cinematografías y Mujeres, con textos finales en donde el madrileño rememora Cochabamba y el cochabambino Madrid. Habrá una edición española en octubre a la que se añadirá un par de textos para diferenciarla un poco de su par local. Miguel Sánchez-Ostiz, primero amigo y después prologuista, dice: “Entre tanto literatura, escritura con la vida por delante o a la espalda como acicate bravo de este concierto de comidas, bebidas, puticas sin fortuna, burdeles, bicicletas, canciones, muertes, vidas, alcoholes venenosos o para aquietar el alma como decía Montaigne…”

Hay textos de Pablo que son mis preferidos; lo mismo con un grupillo mío, pero en conjunto las 300 páginas del libro conforman un sólido correaje que arrastrará al lector a un abismo en el que no se muere sino se termina pensando. Cuánto alrededor nuestro se derrumba sin darnos cuenta. Recurrimos a la memoria para indagar y saber que este desmoronarse físico y espiritual de hombres y cosas viene de largo y no ha de terminar. Lo digo sin ánimo de moraleja, que no la hay.

Los textos no carecen de alegría ni de humor. Hay harto de sombrío también, seguro. No lo hicimos para jardín de infantes. Son pátinas de unas goyescas multiformes, repetibles, efímeras y eternas que en esta ocasión cubrieron dos continentes.
09/08/15


Texto leído en la presentación del libro, FIL 20 La Paz, 09/08/2015
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 11/08/2015

Wednesday, August 12, 2015

un paseo por el lado salvaje

PABLO CEREZAL

Al hilo de "Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre)", obra que tengo la fortuna de compartir con Claudio Ferrufino-Coqueugniot y en la que ambos volvemos a pasear por el lado salvaje, un texto que andaba por ahí, perdido, y que, los autores, coincidiríamos en dedicar al demiurgo de NY. ¡Ah! Al final hay música, cómo no.


Lou Reed, cortesía de "la red"



Muerta Literatura viva




Languidecían mis pies y mis pestañas, hace ya casi dos años, al recorrer la Feria del Libro de Cochabamba. Si bien es cierto que ciertas iniciativas editoriales que apuestan por el riesgo y la literatura de calidad proporcionaban al evento cierto brillo del que carecía en campañas anteriores, refulgían en la mayoría de stands gloriosas glosas de los parabienes gubernamentales, en dura pugna con adecentadas renovaciones de la palabra divina. O sea, que poca literatura podía uno encontrar, más allá de panfletos propagandísticos elucubrados en los hornos de la maquinaria estatal y esos otros orientados a ganar almas para la causa divina y réditos para sus representantes terrenales. Propaganda y religión, o viceversa. O lo mismo, o sea. Afortunadamente, tras hacerme con algún que otro ejemplar de literatura de verdad, escuché por megafonía que en una de las salas de eventos se presentaba la nueva obra de un tal Claudio Ferrufino no sé qué, y que tal presentación corría a cargo de Ramón Rocha Monroy. Fue entonces que recordé unas palabras del célebre Cronista de la Ciudad de Cochabamba, publicadas en prensa días antes, elogiando la prosa de Ferrufino como heredera de la del inapelable Henry Miller. Llegué tarde a la presentación, lo lamento, pero pude adquirir un ejemplar de Muerta Ciudad Viva.



A este tipo de eventos literarios (o mercantiles, vaya usted a saber), solía uno darles el toque de gracia en el bar más cercano, cotejando con compañeros y amigos la calidad de las obras adquiridas por cada uno de ellos. En Cochabamba todo es distinto. Mi círculo íntimo no era muy asiduo a las letras, de hecho lamento decir que poca asiduidad a las letras descubría en la sociedad cochabambina, si es que no sirven aquéllas para proporcionarse relumbrón en eventos de mucho postín y poca enjundia. Asimismo, en Cochabamba tampoco puede uno tomarse unas cañas (cerveza de grifo servida en vaso bajo o estilizada copa), o un buen vino a precios asequibles, y mucho menos pedir unas tapas para mantener ocupada la mandíbula mientras el otro habla o expone. En Cochabamba se bebe, sí. También se come, sí. Pero parece ser que a ambas actividades hay que dedicar cuerpo, alma, víscera y velocidad, y no es de buen gusto el dilatar la duración de una velada gastronómica con charlas amenas, chistes baratos, y abrazos fraternos. En Cochabamba, cuando se bebe, se pelea, y cuando se come, se devora. No sé si una y otra cosa se relacionan. Pueda ser. Ahora, antes de que la censura me impida seguir generalizando, insisto en que esto es lo que hago: generalizar. Y bien sabrá el lector atento que el que generaliza pierde razón. Dicho esto y sorteando así (espero) la censura, insisto en lo anteriormente afirmado: en Cochabamba se lee poco. No entiendo, en caso contrario, el motivo por el que ninguno de aquellos de entre mis conocidos que, supuestamente, se entregaban al cultivo espiritual, la lectura, la música y demás artes activas, me había advertido en ningún momento de la existencia de Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Puedo comprenderlo ahora, tal vez. Claudio es literato incómodo. Claudio no adoctrina desde sus páginas. Claudio no pretende erigirse en maestro de lectores. Claudio no se pliega a los dictados de los poderes establecidos. Claudio no ejercita con sus letras ese músculo disfuncional denominado pensamiento único. Claudio no transcribe conversaciones vía chat. Claudio escribe como debe hacerlo quien ama la palabra: mimándola, no como lo hace el vendedor de letras, el recolector de prebendas y aplausos de ida y vuelta. Tal vez ahí parte de su grandeza. Tal vez ahí parte del descrédito con que se le obvia o ningunea a menudo.



Pocas son las ocasiones en que me siento molesto por el deambular de mi gato sobre el regazo, cuando intento leer. Iniciada la inmersión en Muerta Ciudad Viva, tuve que abrir la puerta de casa para que la mascota sacase a pasear sus ganas de hembra, pudiendo quedar yo en soledad, devorando página tras página aquel tratado de pura vida que me mostraba la ciudad como nunca antes había podido contemplarla. Entre mis manos un festejo de sístoles delicadas y bruscas diástoles, una verbena de latitudes hembra y altitudes macho, un largo poema de amor apocalíptico hacia unas calles y los personajes que las hicieron crecer. Porque las personas no crecen en las ciudades, no, no lo crean: son éstas las que se desarrollan al ritmo impuesto por sus pobladores. Pero… ¿para qué extenderme? Baste con repetir el título de esta cirugía literaria de alta precisión: Muerta Ciudad Viva.


Abrumado. Sí, así queda uno tras internarse en la jungla de vértigos verbales que exuda la pluma de Claudio. Abrumado, repito, consumí jornadas de no desear nada más que seguir leyendo y sintiendo y viviendo las aventuras de una ciudad en desarrollo que, desde su mugre de muerte anunciada, erigía los vestigios de latidos y abrazos ansiosos por poner de nuevo en pie su cartografía de escombro y hueso. Sólo quería leer, ya digo, seguir leyendo a Claudio. Comenzó, después, la loca carrera de la desdicha: buscar más obras de su autoría por entre los estantes de vacío y silencio de las librerías de Cochabamba. Ya lo dije antes: en Cochabamba no se lee, y fue ardua tarea encontrar el resto de bibliografía de un autor que era ya, para mí, verdadero Cronista/Poeta de la ciudad. Porque la crónica legítima de una urbe se edifica en sangre, semen y saliva que nieguen la prebenda, el elogio o la obviedad aplaudida por los adalides del negocio urgente y el hoy ya es mañana.



Me sumergí, pues, en un torrente de prosa desmedida y juguetona en que las leyes gramaticales dejan patente su necesidad de ser, como el resto de leyes de los hombres, subvertidas y torturadas. Recordé en no pocas ocasiones el único acierto de Rocha Monroy: entre mis manos latía la epopeya prosística y vital de un Henry Miller boliviano. Así es, doy fe. Más después de haber devorado el resto de obras de Claudio a las que he podido tener acceso (salvo la popularmente polémica Diario Secreto… digo esto por si algún lector benévolo dispone de un ejemplar que hacerme llegar). Como el autor norteamericano, el boliviano toma entre sus manos la propia vida y comienza a revivirla sobre el papel de la única manera posible: violándola y violentándola, forzándola, exagerándola hasta que sea más real que la cierta, certificando la exactitud de la experiencia consumada, reconciliando al lector con eso que llamamos vida. Ferrufino no escribe, como no lo hacía Miller. Como el autor norteamericano, Ferrufino escupe, vomita, orina, eyacula sobre la página para mayor goce del lector inquieto. Y, de paso, descompone la gramática y nos enseña que se puede adjetivar con nombres y nombrar con adjetivos, recompone la memoria para recordarnos que es fragmentaria, disloca la naturaleza para enseñarnos que las personas se cosifican, las cosas se animalizan y los animales se humanizan, devasta el firmamento literario para bajarlo a la tierra y mostrarnos el origen divino del hombre, sea este ratero, puto, alcohólico, mendicante o misionero, da igual, todos caben, hay campo: todos están invitados a este gran festival de la palabra y la sensación que es la prosa de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y todos por igual se reflejan en sus páginas como en espejos valleinclanescos. He leído después que Ferrufino ha cultivado géneros dispares como la poesía, la novela, la crónica… ¡falso!: Ferrufino no cultiva géneros. Ferrufino, como Miller, como los grandes, es un género en sí mismo, y su literatura de flor y puñal germina páginas inmortales. 



Coincidieron los malos hados de la siniestra parca en el juego de ajedrez de los días, por aquellas fechas, y los noticieros apuñalaron la mañana con la muerte de otro poeta, otro bardo metropolitano, el trovador de NY. Había fallecido Lou Reed, y mi teclado supuraba lágrimas que no encontraban desembocadura más viable que la poco secreta sociedad de las redes sociales. Fue recién rubricada la última palabra, lanzada la urgente glosa al ciberespacio, que me llegaron las palabras del propio Claudio congratulándose de las mías, devolviéndome las suyas, descubriéndome que Lou Reed, ese yonqui de la Belleza, era droga para ambos. El día que Claudio ensalzó al genio neoyorquino, un servidor hacía lo propio, y ambos quedamos por siempre hermanados en la pérdida, mascullando la consanguinidad de un latido común. 



Al poco tiempo, el autor expuso ante mí, en deliciosa autopsia, la grandeza de su persona, más allá incluso de la de su genio, ofertándome el crear una obra literaria conjunta. Pueden imaginar el vértigo que invadió a un servidor, al ser elogiadas sus letras por ese mago altiplánico que decidió exiliarse entre las nieves y la laboriosidad de una Aurora estadounidense que poco tiene de amanecer. Claudio reclamaba mi compañía en el desierto milagroso de la Literatura. Haber rechazado la oferta hubiese sido lo más cauto, pero hay ofertas que uno no puede rechazar, especialmente si vienen de este Padrino de las letras. Despacio, sin prisa pero sin pausa, disfrutando cada instante, comenzamos a revivir la historia de dos ciudades muertas: Cochabamba, la cuna de su talento, y Madrid, la madre de mis desgracias. Y durante meses gozamos del proceso creativo, del ir y venir de misivas que cruzaban millas, valles y cordilleras con su aleteo inconsciente de tipografía sensorial, de una amistad insólita en los tiempos que corren, cimentada en la admiración sincera y el cariño incuestionable. 



Madrid-Cochabamba (Cartografía del desastre)ya está en marcha. Ya revolotean sus páginas por los calles de Bolivia. En breve lo harán por la España, esta hermana autoritaria que le salió al país aymara. Un servidor ejerce, en sus páginas, de humilde escriba, de pretendido cronista de épocas, daños, alegrías y espantos. Claudio Ferrufino-Coqueugniot regresa a las calles de la urbe que mejor conoce y mejor le conoce, para ofrecernos otro fresco, de dimensiones ciclópeas, de la energía que pulula las alcantarillas y los adoquines de una Cochabamba que subsiste, no lo olviden, porque sus habitantes le insuflan el soplo vital adecuado. Él se encarga, con sus letras, de arrebatar al olvido dichas vidas.



Que en Cochabamba no se lee, es sólo una generalización que pretende sacudir la flojera de sus habitantes. Pero es certeza inapelable que a Cochabamba, afortunadamente, se la puede leer, gracias a la prosa de látigo y caricia de un tal Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Créanme.

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De VISLUMBRES DE EL DORADO, 11/08/2015

Thursday, August 6, 2015

Esas pajas memorables/Homenaje a Laura Antonelli


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Gritarán contra la mujer-objeto, contra el icono insano de la desnudez sin sentimiento; recurrirán al amor. De ahí hay un paso hacia el papa Francisco; a Cristo, la religión, y terminaremos en Sodoma y Gomorra. Savonarola quemando a Savonarola, aunque este estuviese quizá más cerca del moralismo de De Sade que del santo de Asís.

Imaginen sin embargo una villa deleznable como Cochabamba a mediados de los 70, cuando teníamos quince y diez al menos los habíamos vivido en dictadura militar. Los hermanos Alarcón se paraban en las puertas de los cines para impedir el paso a la fílmica de Leonardo Favio, entre otros. Las puertas de la universidad se entumecían en ataduras verdes. La hierba crecía a destajo. Imaginen una villa que se derrumbaba antes de haberse levantado. Había alcohol, cómo no, y los maridos daban pateaduras públicas a sus mujeres. Se golpeaba a los niños; el indio era indio.

Contaba mi padre de su juventud, de las fiestas en que las damas se emperifollaban como en el mal cine de Hollywood. Se acercaba Ferrufino a una a invitarla a bailar. Nooo, cómo se te ocurre, yo no bailo. A otra… nooo, qué te pasa, qué crees, qué te crees. La tercera… Putas de mierda, decía el viejo, por eso me fui de aquí al mundo.

A los diecisiete, Bob Dylan cantaba Hurricane. Iba yo de una en otra “rebotando”, como se llamaba entonces a esa malhadada costumbre de ser rechazado. Treinta años después, y como en el tango, aquellas señoras habían cambiado, y ni crema ni pastiche mejoraban una ruina por demás esperada y lógica. Claro, tanto tiempo después ya no las invitaba a bailar y las dejaba matizar la charla femenina con singani, mientras la cumbia movía otras caderas sólidas.

Pero ese supuesto castigo de envejecer no tiene mucho que ver con el texto. O sí, porque ajenos a la caricia femenina nos hicimos imaginativos. Un coito cochabambino quedaba de momento desechado. Tal vez las estrategias eran pobres o el verbo débil, porque no faltaban apuestos parlanchines que para mostrar sus dotes incluso llegaban al embarazo. Hoy caminan con las Mireyas de allá muy atrás, arrastrando el peso por el mercado, bolsa en brazo, al lado de alguna robusta heroína que creímos hermosa y era ficticia. Gracias, gracias, porque eludimos sin quererlo una vida roma, prosaica y ajetreada.

La represión no impedía el cine erótico. Tiempo de las divas italianas, voluptuosa la Fenech, ligera Agostina Belli. Laura Antonelli en Malicia, mujer que soñábamos, de grandes pechos con pezones de perfecto diámetro. Era la novia, la amante, la esposa en esas callejas mal iluminadas y profundamente solitarias. El frío del concreto en las galerías, que costaban un tercio de la platea, servía para distender cualquier ambiente. En esa sombra que cortaba el haz de luz de la película existía una paz amatoria como no volví a sentir. Incluso en lleno total, en las “noches populares”, no era difícil acariciarse el sexo delante o detrás de la bragueta. Aquella era una cita para los presentes, y poco se interesaban en la moralidad del desconocido vecino. Cita con Laura Antonelli.

El tiempo pasó desde Malicia. La actriz trabajó con Visconti y con Scola. Tenía talento; por lo general ese te mata. Crecimos, y aprendimos de cine, que la Antonelli sobrepasaba la dicha de sus tetas y podía actuar. Ya entonces, creo, alguien de carne y hueso se había dignado al sacrificio de la piel. La premura desapareció, pero no el gusto, la soberbia delicia de haberse acostado infinitas veces, en innombrables posiciones con ella. Única a pesar de compartida, Laura, amada, deseada, urgidos de inventar que poseíamos sus calzones blancos y los olíamos como de azahar.

La mujer-objeto. Ella nunca fue mujer-objeto sino mujer-sueño. Tenía lo que ninguna tuvo; poseyó lo que otras jamás: la alegría del cuerpo, de soltarse en las plegarias de Onán, ser amada por multitud, idolatrada más que cualquier María de velo y rictus amargo. ¿Malicia? Claro que también la hubo, porque parte de ello es. Enamorados, sí, pero hambrientos de devorar los portaligas, de morderle los dedos de los pies, de remojarnos en su bendita agua. Por los siglos de los siglos.
28/07/15

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur-Chuquisaca), 03/08/2015

Foto: Laura Antonelli

Tuesday, August 4, 2015

Página apresurada/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La cerveza es mal consejero antes de un viaje. Pero no se puede disputar con el sabor y una charla amena. Tiempo perdido y ganado al mismo tiempo. Así, una usualmente columna seria, se transforma en página suelta, escrita con la velocidad de cita pecaminosa, de encuentro fortuito y efímero. Lo que no deja de ser bueno e interesante.

Hay un avión esperando. Poco se puede adentrar el autor en los malabares confusos y complejos de la política, en arcanos que no pueden ser vistos al vuelo. A la rápida, mientras se cierra la camisa, bombas e incendios por todo lado: Afganistán ¿a quién asombra? en la encrucijada eterna de la muerte. Tierra arrasada por la historia, tal vez por eso indómita. Acabo unas páginas de un libro de viajes (1929) de Manuel Chaves Nogales, de un diario madrileño. Va en avión, entonces todavía el ingreso a una modernidad inesperada, a un sueño casi inconcebible si no fuese por las ilusiones de Verne, de sobrevolar por encima de los tejados, aunque los barbados judíos de Chagall lo hacían mucho antes, sin máquinas, en el frío cubierto de humo encima de las isbas bielorrusas.

Vuelan las novias en los filmes de Kusturica. Los velos semejan corrientes de aire frío. La paradoja de Bosnia, de la fantasía incontrolable y la realidad bruta. A la magia del puente de Mostar, destruido por tropas croatas, se adjunta la muerte en masa de Srebenica. Otra tierra arrasada. Por eso indómita. Viajar es quizá la mejor página literaria. Hay que adosarla con lecturas para situarse en los contextos. Otra vez, tiempo perdido y ganado el de los aeropuertos. De aquí a unas horas veré el desfile de aviones en Dallas, impresionante, mejor detallado y más marcial que cualquier desfile militar. Entonces me adhiero a Chaves Nogales en su afición encantada de vuelos y aviones. Como él miraba asombrado la campiña fértil y cultivada de Francia así miraré la pradera y sus círculos dispersos, multicolores, de granos .

Tenía un par de temas que desarrollar y que guardo para siguientes textos. Eso si no los avasalla la historia, que se ha convertido hoy en tiempo de los teléfonos inteligentes, en una catapulta veloz e impiadosa. Lo que es hoy no será mañana, algo que hace tambalear la idea de que la historia se repite. Lo contemporáneo, gracias a la tecnología, ha ingresado en territorio prohibido donde conceptos y conceptualizaciones anteriores tiemblan si no se desmoronan, comenzando con la religión. Así, pensándolo bien, lo que se escriba en no ficción peca de insustancia enfrentado al frenesí del tiempo. Resulta entonces que cada página es apresurada, y que un artículo escrito entre hacer la maleta y abrocharse el cinturón no desdice la época, es consonante y coherente con ella. Qué alivio.

El vuelo tantos está preparándose a salir… Hallan restos del avión malayo desaparecido; tal vez. ¿Es cada viaje una apuesta al vacío? Como todo, como el diario trajinar al trabajo o almorzar un guiso casero. Mejor dejar de elucubrar y asegurar los cierres, controlar el peso, revisar si pasta de dientes y gomina para el cabello lacio están junto a las aspirinas. Empacar un libro, claro. Escogerlo… ya más difícil. Me decido por El diario del ron, de Gonzo, para continuar la noche y la trasegada fresca y mareante de una Stella Artois tras otra.
03/08/15

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 04/08/2015

Imagen: Cristóbal Toral Ruiz