Thursday, February 14, 2019

“VIRGINIANOS”, DINÁMICA PLURAL DE LO MINÚSCULO

ELENA FERRUFINO-COQUEUGNIOT

Casi veinte años después, he vuelto a deambular por las páginas de uno de los más singulares libros de Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Un regalo para los sentidos. Trayectoria diáfana; emancipación de la palabra y trabajo de lo breve; lo minúsculo. Volver a errar a través de sus recovecos es como transcurrir por la superficie fisurada de un espejo, desde donde se refractan las vidas múltiples de un narrador escindido, que enarbola un diálogo inusitado con sus personajes y con sus recuerdos. Grietas y vidas enterradas conforman los destellos de un “yo” estratificado en capas sucesivas que obligan al escritor a desplegarse para dar cuenta de su propia génesis autorial.

Los lúcidos y experimentados trazos con que se construye cada una de las miniaturas que conforman Virginianos parecen requerir completamente al autor, obligarlo a administrar una reflexión sobre la escritura; a modelarla al amparo de hipótesis ficticias perfiladas de realidad; a rellenar los vacíos de la historia –de su historia- que pretende ordenar a lo largo de una errancia desmedida. En el transcurso, inserta su propio autorretrato en la forma de las vidas y los fragmentos que despliega en el camino. Edifica, así, la figura de un autor preocupado por inscribir, a través de la memoria, personajes, lugares, sensaciones que han quedado fuera, en los costados del tiempo; pero que han marcado de manera ostensible la historia del escritor, que se transforma en un mosaico más, dentro del texto. O, mejor, que se edifica a través de los textos y se teje en ellos, desde el lenguaje y desde la memoria.

Cada una de las narraciones que fundan este universo actúa como palanca de un discurso sobre la historia y sobre la literatura. Pero también sobre el arte, la política y el devenir de los tiempos. Sobre la familia y los amigos; la experiencia del exilio y “el espíritu de la noche”. Cazadores de cabeza dialogan con pintores, mujeres y teléfonos en la agonía de la ausencia y del tiempo. No solo transcurrimos por los Estados Unidos y por Bolivia… Todos los tiempos de la historia convergen en el minúsculo espacio de unas líneas de prosa poética delineada con afán de orfebrería. Una intensa acometida creativa delinea los contornos de cada cuadro y, en cada uno, Ferrufino-Coqueugniot nos ofrece un paseo delicioso por los más inesperados recovecos de la historia y de la vida. El escritor se deja traslucir en ese catálogo apasionado. Innumerables maneras de ser un hombre. Un poeta.

Vasto escenario multiplicado en cada página,  Virginianos nos ofrece la voz y la pluma de un caminante que ha transcurrido el mundo, ha acumulado ternuras, ironías, obscenidades y anécdotas copiosas. Lo que Borges llamaría “conveniente ficción[1]” se insinúa como el rasgo inusitado que acompaña la prosa erudita del autor. Las rendijas por las que se escurren personajes, lugares, sentimientos e instantes nos ofrecen perfiles de memorias sepultadas, que sobreviven al calor de una prosa pulcra y hábilmente trajinada por referencias históricas, travesuras verbales, neologismos, indumentarias, arquitecturas y músicas que terminan por ofrecernos un vitral peculiar y suculento.
Virginianos parece legitimar la ambición y el éxito de este escritor de lo “minúsculo”, que ha logrado imponer su maestría en el campo y el devenir de la literatura, escarbando en el mínimo espacio de cada texto la reconstrucción de su propia imagen. Penetrar en sus laberintos es someterse al maravilloso juego de la vida misma, transformada en pequeños poemas en prosa. En cada uno de sus universos se conjugan los tiempos, las épocas, los hombres, las mujeres, las artes, los dolores, las ausencias. Nos trasladamos, así, de sur a norte y de este a oeste de los hemisferios, sin olvidar ningún sol, ninguna niebla, ningún otoño. Este viaje alucinante se unifica con la visión del hombre, pues así como Jim Morrison “escribe con sus huesos en las piedras”, Claudio lo hace con su “carne en los papeles.” Y la carne de Claudio es la piel del Poeta, la voz del hombre que gime en los subterráneos de Washington. Es el grito de los negros de “sexo oscuro”; es la visión de “una botella sola bajo la noche que llueve” y es también la mujer de cabello rojo que “se pasea por las húmedas calles de Maryland.” Lo cierto es que sería imposible recurrir a todas las imágenes que enriquecen el derrotero de este viaje. Hay que vivirlas una a una. Hay que degustar su sabor vivificante[2].

A la manera de un Chaucer contemporáneo, el autor discurre una historia y otra, hilvanando juegos y artes esculpidos en metáforas y figuras de estilo que anclan en el texto las vidas reinventadas por la memoria y la imaginación. El peregrinaje esta vez no alcanza lo plural. Se sumerge en la vivencia personal del escritor que deambula por su vasta y ácida melancolía, mientras su pluma ecléctica nos pasea por recovecos  ilimitados, así como insólitos. Meditación inseparable sobre su propio destino, como si sus mosaicos fueran la prolongación viviente de sí mismo. Ficción a la vez que erudición dan forma a este escribiente de horas crueles y perversas, que es también un gran lector, voluptuoso y sediento; nos regala un libro que es tanto una representación de sus tentaciones entre las letras universales, como de sus más profundas reminiscencias y visiones.

Las criaturas de la imaginación se conjugan con un verbo delicado y seductor. Como en los “Petits poèmes en prose” de Baudelaire, existe aquí una buena dosis de delirio y una exuberancia de fantasmas que provocan una suerte de excitación espiritual que confiere vida a cada estampa, desenredando cada texto bajo una rúbrica de imágenes que seducen y apasionan.  Imágenes que nacen de la fuerza evocadora de las palabras.

Detrás de los libros de la infancia y de las experiencias del hombre, se esconden todas las historias y toda la biblioteca; historias de piratas, de aventureros, de mujeres… Chopin y Akira Kurosawa; el infierno, el Paraná y los trópicos. Los gatos y las calles. La desesperanza y la familia. Claudio Ferrufino-Coqueugniot es archivista, historiador, lector superlativo, pero también curioso y soñador; orquestador de esta particular sinfonía que, sin quizá sospecharlo, lo ha atrapado en su propia ficción. En un texto que mata, pero también da vida y cuya frecuentación no puede ser inocente. Ni autor ni lector pueden evitar transcurrir entre imágenes y símbolos que se despliegan en filigrana. Como Wilde, Schwob o Nerval, Claudio explora la existencia recubierta de escritura, de palabras. La vida fragmentada en cada imagen, instrumentada al ritmo de lecturas y de vivencias vigorizantes, así como fúnebres y fascinantes.

Virginianos es un pequeño diamante hábilmente trabajado. Es un libro profundamente anclado en la obra, la memoria y la experiencia de su autor. Palabra ligada a la inocencia y al crimen; a la crueldad y la ternura; a la reminiscencia y al exceso. Es una encuesta literaria que provoca la vivencia intensa de sus lectores y que despliega el lenguaje como una aventura donde cada miniatura constituye un universo plural, que es siempre el mismo siendo siempre diferente. Aquí todas las épocas cobran vida. Todas las emociones explotan. Todos los seres y los lenguajes se dan la mano en un tiempo sin tiempo; sin principio ni final[3]
  
Cochabamba, enero de 2019





[1] Me refiero al Prólogo de Borges en Las Mil y Una Noches según Burton. 2ª Edición. Biblioteca de Babel. Ediciones Siruela. 1987.
[2] Estoy copiando partes del Prólogo que escribí yo misma a Virginianos. Editorial Los Amigos del Libro. 1991.
[3] Estoy parafraseando el Prólogo de Virginianos. Editorial Los Amigos del Libro. 1991.

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Prólogo a la reedición de VIRGINIANOS, Editorial 3600, 2019

Imagen: Tapa diseñada por Lander Zurutuza, Lezo, 2018

Tuesday, February 12, 2019

LA NARRATIVA DE CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT


ÁLVARO VÁSQUEZ

La experiencia de leer a Claudio Ferrufino-Coqueugniot es distinta a las de otras lecturas.

Sus textos, que formalmente pueden catalogarse como novelas o cuentos, juegan con los límites, los empujan y fuerzan de la misma forma en que exigen una lectura atenta, para no perder un guiño, un giro, o incluso una referencia cuya omisión podría no afectar a la lectura como tal, pero privaría al lector de una nueva experiencia, adicional a la lectura principal, que suele resultar igual de grata.

Al mismo tiempo, esa lectura revela (al menos para el suscrito) que hay otra forma de escribir, una que rescata la voz interna de un flujo de conciencia, pero que no se aísla del texto principal, y al mismo tiempo lo enriquece con múltiples referencias (literarias, pictóricas, históricas, y otras), y hago énfasis en el verbo enriquecer, porque no se trata de datos lanzados por simple parafernalia, sino de un ejercicio bien pensado que añade valor al texto, que lo complementa y mejora.

El haber leído la obra actualmente disponible de CFC me deja muy claro al menos tres aspectos:

Primero, que el autor posee una vasta cultura, y no solamente en el aspecto tradicional, pues aunque en sus textos se adivinan múltiples lecturas y una mente curiosa y despierta, queda claro que además de libros, su cultura se alimenta de muchos kilómetros bajo la suela de los zapatos, muchos caminos recorridos y muchos lugares visitados (cambios forzados de estatus, los llama el escritor en una entrevista), bebiendo de cada uno de ellos todo lo que puedan ofrecer, y apropiándose de todo lo que sea necesario. Y aprehendiendo esa cultura, la acomoda a lo que cada texto exige, con testimonios herederos de vivencias buscadas en los límites, como la mayoría de sus personajes, respondiendo a un hambre de experiencias, riesgos y sensaciones que enriquecen sus textos.

Queda claro también que el escritor es un hombre valiente, con todo lo que ello implica (…con un cuchillo entre los dientes, escribe sin venderse, dice una ranchera compuesta en su honor por Emilio Losada, también escritor, autor de la novela Aviones de fuego).

Su pluma no solamente no se vende, sino que increpa y cuestiona tanto al poder o a la autoridad establecida, como a las costumbres, los estereotipos, los convencionalismos y a la misma historia. No se malinterprete lo dicho, no se trata de uno de esos provocadores pendencieros que se esconden detrás de un teclado, sino de un artífice de interpelaciones inteligentes, justificadas y respaldadas con argumentos y conocimiento, que usa la palabra como arma y la razón como argumento.

Por último, Claudio es una persona que sabe expresar de gran manera lo que quiere decir, tanto en forma como en fondo. Dueño de una prosa elegante y heredero de grandes plumas (suele mencionar a Schwob, Babel, Tolstoi, Dostoievski y Sholojov entre los autores que influyeron en su escritura), seduce al lector con sus textos, lo reta a seguirlo por los múltiples senderos propuestos, lo cautiva.

Entonces, se tiene a un hombre culto (sabe de lo que habla), valiente (no teme decir lo que piensa) y que sabe cómo transmitir lo que piensa (escribe muy bien). Rara vez estas cualidades se encuentran juntas en una persona.

No en vano se lo compara con Henry Miller, y ya alguien dijo que debería nominarse a Claudio Ferrufino-Coqueugniot al Premio Nobel de literatura. ¿Exageración? Según Wikipedia, este premio se otorgará “a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal” (mucho de subjetividad, cierto). Quizá se pueda calificar la propuesta mencionada de optimista, pero no creo que de irracional.

Es común escuchar decir que Claudio Ferrufino es el escritor vivo más importante de la literatura boliviana (algunos piensan que hasta podría eliminarse lo de “vivo”). Cruzando el Atlántico, Pablo Cerezal, coautor con Claudio Ferrufino de un libro mencionado líneas abajo, sostiene que Claudio es un literato incómodo… Claudio no se pliega a los dictados de los poderes establecidos… Claudio escribe como debe hacerlo quien ama la palabra: mimándola, no como lo hace el vendedor de letras, el recolector de prebendas y aplausos de ida y vuelta. Tal vez ahí parte de su grandeza. La obra de CFC recibió muchos elogios, creo que todos ellos merecidos.

Comparto en las siguientes líneas, más que reseñas, mínimas referencias a los textos de narrativa de CFC que pude encontrar en Bolivia. Añado para cada libro una de las muchas frases que me parecen merecedoras de ser recordadas, incluso sin considerar su pertenencia a un texto mayor. Tómense estos comentarios como una humilde y sincera invitación a leer su obra.

El año 1991 se publicó el libro Virginianos, obra que ofrece 81 textos en 81 páginas, textos breves que podrían leerse “de una sentada” como suele decirse. Pero es un placer detenerse en la lectura, prolongarla; seguir las señas que llevan a una pieza musical, una pintura u otro texto que el autor menciona, búsquedas que resultan siempre gratificantes.

Como muestra, una cita sobre la relación entre poesía y música: …Tal vez porque el sonido hace vulnerables los muros de la palabra.

El señor don Rómulo, su primera novela, se publicó el año 2003, luego de haber obtenido la segunda mención en el prestigioso premio de novela Casa de las Américas. Obra que, revisando la historia familiar del autor, repasa también la historia del país a través de personajes que retratan magistralmente una época. 

Una frase que revela la personalidad de la voz narradora: Amar es igual a comer. Acabado el acto entre el hombre y la comida no queda otro vínculo que el sabor, el olor, la memoria del placer.
Como obsequio adicional, nos brinda uno de los finales más irreverentes y provocadores de la literatura nacional.

El año 2009, la novela El exilio voluntario ganó el premio Casa de las Américas. Texto con evidentes rasgos autobiográficos, retrata la vida de un migrante boliviano en EE.UU., mostrando las dos caras de la moneda del exilio, que forzado o no, cuestiona los cimientos de la personalidad de quien enfrenta una nueva realidad (el individuo se fragmenta, que no es lo mismo que romperse, dice el autor al respecto). La calidad de la narración evita que el texto caiga en lugares comunes o en maniqueísmos que suelen presentarse al tratar este tema.

La voz migrante de esta novela se consuela pensando algo que muchos sentimos en la soledad: Cuando no se tiene personas se recurre a la música.

Ferrufino Coqueugniot gana el Premio Nacional de Novela el año 2011 con su Diario secreto, que da voz a un personaje enfermizamente cruel, que fascina al lector mientras comparte con él fragmentos de sus recuerdos, cuya única coherencia viene dada por la naturalidad con que comete actos atroces a lo largo de toda su vida. Personaje que en algún momento parece interpelar al lector, cuando dice: Y vas a ayudarme. No porque me pesen las cosas que hago, sino para convencerte de que no somos diferentes, tú y yo.

Mostrando una faceta distinta de su trabajo, la de cronista, y en coautoría con Roberto Navia Gabriel (dos veces ganador del premio Rey de España) el año 2013 CFC presenta el libro Crónicas de perro andante, en el que manteniendo su estilo de escritura, ofrece varias crónicas repartidas en un amplio espectro temporal, geográfico y temático. Una de mis favoritas, Todas las noches la noche, con un final impresionante: … la primera vez que visité un juzgado me compré un terno, zapatos, y asistí elegante. El ujier que iba a leer en voz alta el número de ingreso de mi caso, me pregunta si soy el abogado defensor. No, replico, yo soy el criminal.

El mismo año se publica Muerta ciudad viva, novela con vertientes autobiográficas, ficcionales y rescates de otras lecturas. Hay quien sostiene que quien protagoniza la novela es la propia ciudad, aunque el narrador/protagonista se presenta como estudiante, contrabandista, matón o indigente, buscándose siempre en el alcohol, la violencia y el sexo. Aunque esta novela se publicó cuatro años después de El exilio voluntario, al leerla se siente que fue escrita (o concebida, al menos) antes. Así parece confirmarlo el siguiente fragmento: Le digo lo que planeo, que he de viajar… a buscar una vida dura hasta el momento en que me sienta capaz de llamarla a mí. La redención por el castigo. Abandonar la comodidad de la tragedia alcohólica.

En la FIL 2015 se presentó en Bolivia el libro Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), libro escrito a cuatro manos con el español Pablo Cerezal (autor de dos grandes novelas, Cuadernos del Hafa y Breve historia del circo, esta última ambientada en Bolivia). Obra basada en el contrapunteo de dos grandes voces que nos llevan por universos de música, literatura, sexo, noche y muerte, de la mano de un lenguaje que (me robo la frase de Willy Camacho) sorprende y deleita por su vuelo literario.
Luego de leer el libro, escribí en FB: No conozco Madrid, ni España, ni Europa, pero las crónicas-recuerdos de Pablo Cerezal en Madrid-Cochabamba me mostraron una ciudad que no me resultó ajena, y sí por momentos casi familiar. Sí conozco Cochabamba, pero la ciudad de los textos de Claudio Ferrufino Coqueugniot la conozco apenas por encima. De todas formas, a través de un lenguaje mucho más “mío”, no solamente sentí cerca a Cocha, sino que me recordé en esos sitios, aunque nunca haya estado en ellos.

Ferrufino-Coqueugniot dice que este libro es hermoso en su dureza, en su desazón, en su a ratos tremendismo y a momentos simple afrenta al buen gusto y la moral, dirán.

Libro especial. Se volvió uno de mis favoritos. Su relectura fue tan placentera como la primera.

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De ENTRE LETRAS (blog del autor), 12/02/2019

Imagen: Daniel Averanga, Álvaro Vásquez, Claudio Ferrufino


Obra Completa de un escritor vivo/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Willy Camacho, de Editorial 3600, vino con la generosa idea de publicar mi Obra Completa. Comenzó el 2018 con el que quizá es el libro más ambicioso: Muerta ciudad viva. Y comienza el año con tres obras más de una serie que hasta ahora incluiría unos 17 volúmenes entre novelas, columnas, artículos, algunos cuentos y un único, extraño, poemario de juventud.

Fuera del regocijo normal y no vanidoso de ver impresa la producción propia, el asunto lleva a una reflexión sobre la muerte. Cumpliré 59, lo que en un país como los Estados Unidos se considera aún joven y productivo, y resultará raro ver ya cuatro libros de una creación de vida como objetos reales, concretos. Siempre existe la ilusión de pervivir y, aunque no sea del todo cierto, algo así lleva incluida esta fantasía de inmortalidad, por pequeña que fuere.

La muerte… Dice la sabiduría popular tercermundista que luego de los 50 uno ya va jugando los “descuentos”, equiparando la vida con un juego de fútbol con un mínimo de esperanza para quien vaya perdiendo. Y uno no es Messi ni Cristiano, sino un defensor rudo y no muy hábil, más ducho en destruir contrarios que en crear goles, y poco se puede hacer.

A pesar de que la edad mencionada está fuera de consideración como “vieja” acá, ya las empresas de seguros de vida, las de entierros, cremaciones, han comenzado con sus ofertas para el futuro próximo, como si importara… Sin embargo es un llamado de atención. Se ha traspasado un límite ficticio en número pero real en el quehacer diario, y lo que fue ya no es -y no de manera supuesta- y las acciones y previsiones deben tener en cuenta que la cronología ha comenzado a correr en sentido contrario. Inevitable. Irrefutable.

Queda escribir, ir anotando a diario los entuertos como los contentos y qué mejor que se vayan publicando, quedando el testimonio del hombre común ante el esfuerzo, ante la magnitud del mundo, que creado o inesperado es gigantesco, apabullante, desdeñoso de la pequeñez del individuo, e inexorable.

Mi hija Emily me regala un libro de exploradores del Polo para mi cercano viaje al país de nacimiento, con motivo de la presentación de los libros. Es, sin querer, una bofetada dulce al padre para ejemplificar la vida de los hombres bravos. Valientes.., le digo; no como yo.., añado. No,  papá, responde, y me dedica en la primera página que soy muy bravo y muy amado.

Volvemos a la edición, con tapas preciosas de una artista boliviana y uno vasco, amigos ambos. Bromeo que los editores ya están oliendo el funeral y aprovechan para sacar de los archivos textos ya antiguos, unos pocos nunca publicados, y apuntalarlos dentro del conjunto que vendría a ser la cultura nacional. Mencioné la vanidad, enfermedad de la que nunca he sufrido, y que debiera ser el síntoma primero en aparecer al considerarse la obra de un hombre joven todavía valiosa para plasmarla en su totalidad. Pues no se presentó ella, o él si masculinizamos la cosa como El Mal. Por el contrario me hizo pensar en las horas que han pasado, los ríos secos de mi tierra por donde ha corrido el polvo debajo de puentes inservibles. Los años, los muertos, los vivos, el tiempo que desdora y también decora, el silencio del olvido, y las atronadoras voces de la soledad.

Cierta desazón también, la necesidad de ver aquellos diecisiete objetos que has parido con sangre, ya juntos. Reunir a la familia toda alrededor del cadalso, que es el lecho de muerte, de la guillotina que espera todavía cubierta de cuero, que al deshacerse mostrará no solo el filo sino el brillo. Entonces recuerdo a Georg Trakl, el desdichado poeta que me prestó un título, y hablo del último oro de las estrellas extinguidas. De un firmamento en el que hemos de desvanecer.
11/02/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 12/02/2019

Imagen: Stasys Eidrigevicius

Wednesday, February 6, 2019

Claudio Ferrufino o el tiempo de las obras completas


WILSON GARCÍA MÉRIDA

La bruma de aquellos anocheceres febriles de la UTCH, emérito antro de chicha a la vuelta de la UMSS, ya no es bruma sino brisa de vida que se respira desde la memoria y se vive conjurando el olvido. Estamos ebrios de juventud; somos cosacos, cangaceiros, bolcheviques, mencheviques, zapatistas y kataristas, todo eso en uno y mucho más. Somos la ironía, la paradoja, el ser-no-ser y el devenir. Bakunin nuestro ídolo iconoclasta y Cesáreo Capriles nuestro ícono después de la extirpación idolátrica. Marxistas por Groucho, leninistas por Lennon. Odiamos a Stalin con inclaudicable fervor. La chichería nuestro cuartel general con su banderita blanca siempre belicosa en el umbral, nuestra institución tutelar según el impecable concepto del Yoyo Komadina. Nuestras armas aspiran a ser innecesarias; pero queremos sentirnos cándidos imprescindibles, la historia nos llama con sus cantos de sirena. Cantamos el Bella Ciao y bailamos La Caraqueña. Papel de Plata, Plumita de oro, Huérfana Virginia. Ellas: La Kenia Samur y la Magda Thames estrellas en el firmamento; la Gloria Romeu, la Flaca Landaeta, la Maricruz Aramayo, la Pulguita Balderrama, la Pilar y la Cinthya Lizárraga, la Elenita Sigg, nuestras guerreras danzantes. Nos: el Chino Navarro entonando Malena y profiriendo Cambalache, reviviendo al gran Discépolo y a Sosa Venturini. El Cuca Cossío con su luminoso enigma en la mirada oculta bajo el ala de un hermoso y eterno chapéu. El Chaly Crespo barbado profeta del Tata Santiago. El Negro Peñaranda, el Hugo, con su inapelable humor. El Carlitos Balderrama Mariscal, la transparente nobleza hecha camarada, lúcido y generosamente jovial. El Diego Cuadros y el Alejo Almaraz, la Jota en mayúsculas; y el Jesús Rodríguez un gesto libertario en Mao. El Fer Mayorga con la tesis fresca para la UNAM a la sombra incandescente de Carlos Montenegro, tramando Quimera; el Coco su hermano tramando El Grito antes de atar a la rata al son de una Bossa. Los que ya se fueron: El Álvaro Antezana Juárez, la estética apasionada, cine, poesía y música. El Jorge Cardozo, el Potoco, esa inmortal sonrisa de Gramsci tras las rejas. El Miguel Montero —El Flaco—, alma bendita, mi guardián y mi consejero estratégico. Y entre todos los carnales el carnal mayor, el Claudio Ferrufino-Coqueugniot, el que nos sintetiza declamando a voz en cuello versos de Rimbaud y Baudelaire; Claudio el que nos descubre el camino holístico del éxodo no como fuga sino como una forma inequívoca de llegar. Saliendo al mundo desde la convulsa entraña de la Madre Llacta. Y llegamos, y nacemos. Es la generación que somos.

La revelación poética del novelista
¿Poeta? Sí. Mas no del poemario stricto sensu con el verso de vates fundamentales como Antonio Terán, Jorge Campero, Humberto Quino, Igor Quiroga, Roxana Sélum, Fernando Rosso, Eduardo Kunstek o Gustavo Cárdenas. La obra poética de Claudio Ferrufino-Coqueugniot es narrativa. Es uno de los novelistas contemporáneos más importantes de Bolivia; pero sigue siendo esencialmente poeta. Poéticamente, su métrica del relato tiene el ritmo de los tiempos alternados, yuxtapuestos, algo sincopados como el jazz. Nos recuerda a las prosas vertiginosas y crueles de Boris Vian y Bukowski, poetas también.

De hecho, su reciente novela aún inédita que será publicada por Editorial 3600 este año, como bien advierte Guillermo Ruiz Plaza en el prólogo, lleva por título un verso del terrible poeta austríaco Georg Traki: “El oro de las estrellas extinguidas”.

En la última estrofa de su poema Elis, el genio incestuoso que se suicidó con una premeditada sobredosis de cocaína cuando combatía en la Primera Guerra Mundial, escribió: “Tu cuerpo es un jacinto | donde un monje sumerge sus dedos de cera. | Y una cueva sombría es nuestro silencio | de la que a veces surge un apacible animal. | Deja caer lento los pesados párpados. | Sobre tus sienes gotea un oscuro rocío, | el último oro de las estrellas extinguidas”.

Junto con “El oro de las estrellas extinguidas” (que según Ruiz Plaza —Premio Nacional de Novela 2018— es un libro singular que “puede leerse como un diario de viajes por la geografía del mundo, pero también por el espacio inquieto y deslumbrante de la memoria”), Claudio Ferrufino prepara también el lanzamiento de “Ecléctica”, cuyo enigma de si es novela o es poemario, o ambos, nos lo develará el autor en una futura entrevista pactada con Sol de Pando.

La noticia destacable aquí es la buena nueva de que Editorial 3600, dirigido por Willy Camacho, lanzará los próximos libros inéditos de Ferrufino como parte de una antología con las obras completas del escritor cochabambino. Este acontecimiento significa que Claudio Ferrufino-Coqueugniot es un nombre grabado ya con letras de molde en la Literatura boliviana, latinoamericana y universal.

El tiempo de las obras completas
En 1989 publicó aquel que acaso sea su único poemario como tal: “Años de mujer”, una rareza difícil hoy de hallar.

Desde “Virginianos” publicado en 1991, textos breves en prosa sobre lugares andados y gentes inspiradoras que hicieron profetizar al maestro Jorge Suárez que el camino del poeta iba por la vía de la novela, Ferrufino no se cansa de cantar sus diversas melodías con un invariable tono de voz. Una voz que sin embargo suena cada vez más grave sin perder su esencial identidad, como la voz fascinante y mutante de Leonard Cohen al transcurrir el tiempo.

Después de “El señor don Rómulo”, novela publicada en 2003 —un viaje en la máquina del tiempo para repasar la dramática historia de Bolivia con los ojos de un migrante, que obtuvo mención de honor en el Premio Casa de las Américas—, Ferrufino tardó siete años para dar a luz, en 2009, “El exilio voluntario”, novela que le dio el Primer Premio en la misma Casa de las Américas. Fue cuando los cubanos, cosa inusual, le permitieron publicar el libro en Bolivia antes que en La Habana y en 2011 fue reeditada en España por la editorial Alberdania.

En 2011, “Diario Secreto” obtuvo el Premio Nacional de Novela auspiciado por la editorial Alfaguara, y su novela “Muerta ciudad viva” tuvo dos ediciones: en Bolivia, 2013, y en España, 2018.

El conjunto de esos libros y otros que compilan su labor periodística como columnista y ensayista, algunos en co-autoría, formarán parte de las obras completas que está preparando el editor Willy Camacho.

Toda antología es una bitácora a posteriori que registra la trayectoria de un escritor y concentra la esencia de su obra en un solo filón.

En el caso de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, quedará constancia del método terrenal, demasiado humano, de aquel escritor trotamundos que forja su obra a plan de vivir la vida intensa del hombre común de la calle. Para escribir lo que escribió en Denver, Colorado, desde el momento en que salió de Cochabamba en 1989, Claudio comenzó su emigrante vida literaria trabajando como cocinero, albañil y oficinista.

De ahí que en sus escritos resulta una constante aquella famosa proclama de Roque Dalton: “Los arrimados, los mendigos, los marihuaneros, los guanacos hijos de la gran puta, los que apenitas pudieron regresar, los que tuvieron un poco más de suerte, los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, los primeros en sacar el cuchillo, los tristes más tristes del mundo, mis compatriotas, mis hermanos…”.

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De SOL DE PANDO, 05/02/2019

Imagen: En la imagen junto al narrador Victor Hugo Viscarra. Fotomontaje Sol de Pando 

Monday, February 4, 2019

La pera madura/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues cae, sin Newton y su historia de fruta en la cabeza, manzana o lo que fuera. Aquí no hay ciencia sino simple y llanamente que el árbol se pudrió y ahora no solo se extirpan las frutas, también se corta el tronco.

Hablamos del patán grandote, Nicolás Maduro, quien se creyó más que la medida que calza, como sucede por lo común con esa sarta de cabezones que terminan dictaminando, dictando, mandando, exigiendo el comportamiento colectivo de acuerdo a sus majaderías de tinte ideológico y de realidad delincuente.

Triste, pero fue un fascista del calibre de John Bolton, con espaldas protegidas por otro patán mayor: Trump, quien decidiera que ya bastó en la historia que Maduro y sus secuaces siguiesen en el poder. No es por hombría de bien, hay que aclarar, pero así y todo vale. Que Guaidó sea esto o lo otro, poco importa ahora. Que habrá reacción a la acción, seguro, como lo vimos en Brasil o Argentina, como en México en sentido inverso. Pero que el mal debe ser exterminado aun sin encontrarse la vacuna, también. No hay tregua contra el virus y le llegó la hora a este, el inescrupulosus madurensis, cría de buitres más avezados y sirviente de los eternos beneficiados de la revolución en la isla en forma de caimán.

Además de esta jugada que destruye a Maduro en un santiamén, que muestra la falacia de su castillo de naipes, ya los norteamericanos han decidido que hay que barrer el patio todo, el que fuera, y siempre siguió siendo, de atrás y suyo, a pesar del avance chino y ruso y tretas internacionales variopintas. Se le ha advertido al Somoza sandinista y es el próximo en caer. La decisión está dada y los dados jugados. Nada pueden hacer los mesías de la pobreza y detentadores del oro contra eso. Hay un poder por encima de su carnaval mesiánico y trivial. En algún momento termina la fiesta y se entierra a Momo, y este personaje carnavalesco tiene hoy nombre y tendrá otros que seguirán pronto.

El infalible Evo también ya está advertido. Lo señalaron como al niño malo, el que robó los cuadernos, y si tuviera una pizca de orgullo y otra de inteligencia debiera ponerse a correr la maratón; aprender a nadar por si tiene que cruzar el Caribe antes de que lo victimicen los tiburones de tierra que son más peligrosos que aquellos del mar. Supongamos que hace caso omiso del dedo acusador y se presenta y con fraude se entroniza de nuevo en la silla especial para su voluminoso nalguerío. Ahí estará Bolton con su cuaderno amarillo de notas y un nombre tachado en él, el del protector de los pueblos indígenas, el apu máximo que se creyó Cromwell y no tuvo atisbo de la vehemente perspicacia del Lord Protector.

Hay respiro en América Latina. Habrá que lidiar después con aberraciones tipo Bolsonaro. Hoy lo importante está en correr a látigo a los presentes. Luego nos pondremos de nuevo en el lado contrario, a combatir a los otros que a fe cierta son los mismos, desde nuestra independencia de criterio y nuestra aversión al patronazgo.

Por lo menos, a pesar de las no mejores circunstancias, los amos tendrán su lección. Siempre hay otro más poderoso; la vida no les enseña y luego terminan con un palo de escoba en el culo. Como para creerse semidioses, héroes mitológicos de una historia desconocida o al menos mal contada en el caso nuestro. Linerita discurseará con su verbo de niño y echará bobadas mayúsculas como las que acostumbra. Poca admiración le causarán a Bolton que ha destapado el gran garrote de la vieja política imperial y echará a los fariseos del templo reivindicando a un Cristo brutal y republicano.
03/02/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 05/02/2019

Imagen: Nicolás Maduro, por Pancho Cajas

Sunday, February 3, 2019

La bacanal de Claudio Ferrufino-Coqueugniot


GUILLERMO RUIZ PLAZA

La literatura de Claudio Ferrufino-Coqueugniot es una bacanal de los sentidos. Hace del tiempo, de la ausencia, de la muerte, una fiesta al borde del abismo.

Este libro singular puede leerse como un diario de viajes por la geografía del mundo, pero también por el espacio inquieto y deslumbrante de la memoria. 

En ellos, la música –Mozart, Pink Floyd, Leonard Cohen– es el vehículo privilegiado del pasado. “A veces”, sentencia el autor con elegancia, “una hermosa canción es un castigo”. 

La cocina –el aroma de las especias, los sabores y las texturas– y el sexo –el orgasmo, nuestra frágil y melancólica eternidad– son metáforas de la escritura. 

Porque aquí la literatura es vida y la vida, literatura. 

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La luz de una estrella es el brillo de lo que ya no existe; lo que perciben nuestros ojos es el resplandor de un fantasma. 

El oro de las estrellas extinguidas, el magnífico verso de Georg Trakl, bautiza a la perfección este libro sobre la irrealidad y el fulgor del pasado.

En estas páginas, “uno busca en todo lado la presencia de los seres idos, desaparecidos.” La función de la literatura: preservar del olvido y la indiferencia. Poner a buen resguardo lo que alguna vez fue nuestro –una noche, una mujer, una revelación–, una isla de humanidad única e irrepetible, como quería Montaigne. Un fuego que late en medio del desierto. 

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Nos tritura la rueda de la rutina, el ácido del tiempo nos trabaja, pero la mano errante va dejando trazos. Trazos, textos, tejidos… “El primero de este año”, escribe Claudio, “nunca el último.” Porque aquí la literatura es el motor de la vida, la única puerta de salvación. 

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En estas prosas es palpable el ritmo cabalgante, la riqueza –y a veces la crudeza– de las imágenes, el desenfado de la sintaxis, la orgía del léxico. Como sucede con pocos escritores, al leer a Claudio Ferrufino-Coqueugniot es imposible no reconocer de inmediato el estilo inconfundible, la impronta personal. Estos textos, definitivamente, no son huérfanos.

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La destrucción de un mundo. De eso habla este libro estremecedor y fragmentario, hecho de trazos y de trizas. “Si el fin del tiempo, no puedo decirlo; el principio, sí. De extensión ignota.” 

El territorio abierto delante de nosotros es el de la salvación y la ironía; la lucidez crítica y el goce dionisíaco; la amistad esencial y un erotismo atormentado en la inminencia del vacío; la frágil recuperación de quienes ya no están; el doloroso astillamiento al que nos aboca la pérdida.

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La literatura de Claudio Ferrufino-Coqueugniot es una fiesta y, como toda fiesta auténtica, es también una lucha. Contra la ausencia, contra el tiempo, contra la muerte. Contra el olvido. 

Una lucha perdida de antemano, sin duda, pero en la derrota brilla el oro de las estrellas extinguidas.

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De RAMONA (OPINIÓN/Cochabamba), 03/02/2019


PRIMER MANIFIESTO DE LITERATURA HISTÉRICA


JAVIER VAYÁ ALBERT

*La palabra como bala, la poesía como disparo urgente, un arma de francotirador al acecho, descargada de futuro. La palabra como sopapo, no como sopa. La poesía rehén liberada del ego de pollaviejas y caranalgas y niños de teta de sectas.

*Ética de almacén y fábrica, estética de dandy y punk. La revolución será elegante o no será. Guerra directa a las bermudas y las chanclas. Exabruptos de camionero, versos cincelados con éxtasis de Miguel Ángel. Baudelaire y Lou Reed guían nuestros pasos, Jean Genet y Henry Miller son nuestros faros.

*Escribir o recitar sin whisky o aguardiente queda proclamado indecente. Nuestros hermanos y hermanas habitan bares y cárceles nunca simposios y aulas.

*Reivindicar un nuevo Farenheit 451 destinado a los libros de Vargas Llosa y García Montero. Muerte al tertuliano. Orinada colectiva en las estanterías de libros de los grandes almacenes.

*Disidencia poética de todo y todos.

*Los histéricos nos proclamamos la última dentellada marchita, la próxima religión extinguida, el enésimo movimiento literario destinado a morir nada más firmar su nacimiento. Somos la anisocoria de los ojos de Bowie incrustada en la literatura. La luz fugaz sobre la que cantaba Lee Marvin en La leyenda de la ciudad sin nombre. El único pensamiento cuerdo de Panero y el letal gramo de luz en las venas de Haro Ibars. Hemos llegado para marcharnos.
Como tú.


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Imagen: Stanislaw Boryowski, 1955