Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Ayer visité un par de iglesias por Corpus Christi. Lo usual desde la niñez: comprar delicias dulces que se preparan para la celebración. Nunca me gustaron los rosquetes, demasiado duros, pero he tenido debilidad por las pepitas de leche y los maicillos. Tengo aún media docena de estos para la tarde. Extraño aquel sol de las 5 que entraba por la ventana de la cocina y con mi madre tomábamos té en la mesa de fórmica roja que hoy conserva mi hermano en su propiedad de Tiquipaya. Momentos vividos jamás olvidados.
No había
fruta, lo que es muy raro. Se debe a los bloqueos de caminos, y de la vida, que
realizan las bestias de carga del fascismo falsamente indígena. Había maní, de
las montañas de Cochabamba y de valles aún con acceso, pero no uvas ni
mandarinas; ni pacay ni tunas verdirrojas. Me perdí este año el Domingo de
Ramos que fue especial para mí. Distraído de tristezas dejé correr demasiadas
cosas. Roy Orbison con Pretty Woman…
canción que escucho con mayor frecuencia este último año. Bellísima y emblemática.
Hago hora para salir por un cortado chico al lado de la catedral. Y lustre de
zapatos que como la peluquería es de extremo y tenue placer. Cabeza y pies,
vértices del mundo. Finisterre y algún rinconcito de la provincia Cercado.
Hitos, piedras que demarcan más inicios que límites. Repito la canción. Hay
luces violetas y sobrevalorado tequila barato. Tacones altos y rojos, fina
lencería, labios pintados, perfume. Long and wonderful hair.
Esta
incertidumbre nacional (no miento al decir que toda la vida vivimos con ella).
Golpes de estado, combatientes del Ché en la maraña hambrienta, desasosiego,
marchas militares, comunicados y más comunicados, la vilipendiada patria en labios
de todos como infecta lombriz. Miro buen cine peruano, temática de guerra;
Sendero Luminoso; pienso en la situación acá. Infinita crueldad que leyendo
historia viene de muy antiguo. España fue brutal en la conquista, y brutales
sus indios serviles para exterminar otros indios. Poblaciones deseosas de
saciar ansias de sangre aprovechando el momento. Pobres mujeres, Dios. Indios
desmantelando para sus amos ibéricos el Qoricancha, arrastrando momias ilustres
con absoluto desparpajo. Concesiones de los amos a los caciques por haber
entregado el imperio inca en bandeja, carta blanca a la plebe para ejercer
violencia sobre sus hermanos de raza. Ellos, en la bruma del tiempo, y Sendero,
más cerca, y las fieras que atacan ambulancias hoy con saña jamás vista.
Amedallados y sin medalla, aplastados por piedras, en la crónica del Tambor
Vargas…
“No se
vayan con Sendero, muchachos”, nos decían una amable señora y sus hijos en
Lima. No; nos íbamos, eso quisimos, ir a pelear a la Contra en Nicaragua. Ni lo
uno ni lo otro, lento trayecto al sur hasta Buenos Aires, atravesando el país
nuestro que acabábamos de dejar. Marsella en mente; Alemania para mí luego de
una primera etapa. “Solo necesitan tener cinco dólares en el bolsillo”,
sentenció la embajada cubana. Ya nunca más cayos de los miskitos.
Sonaban las
bombas durante la noche limeña. Bum, bum, espaciadas, cercanas, alejadas. Igual
a la Córdoba de 1975 que para mí resultó en cine de Tarkovsky, iniciación a los
Doors y la Alianza Anticomunista Argentina. Fin de los viajes a la tierra de mi
madre. Volví años después, como obrero metalúrgico, con Julio. Otra historia
que no dudo ya habré contado.
Q'opuru y
demás rastros de ayer.
Corpus se
fue, tanto así la ciudad antigua ya desvanecida. El sur, que se extendía luego
del Kilómetro Cero, es otra cosa. Sus calles y la polvareda han tomado los
últimos campos fértiles, han hecho de las arboledas yermos. Paso por allí y
desconozco. Sería como internarme en una urbe nueva y, puedo olerlo, peligrosa.
Tendrá esa Cochabamba los vicios que acarrean las grandes ciudades jóvenes. No
tengo ya veinte años para arriesgarme, lo hacía entonces, en la bruma de lo
incierto. He puesto límites. Hay partes de la otrora muerta ciudad viva que ya
son muerta ciudad muerta y mejor dejarlo así. Vamos con planes de retorno de
visita a Denver, un posible Brasil antes de que termine el año y después veré
lo que las guerras hayan dejado de pie en el mundo para otras decisiones. Me
cuentan de las seis horas en bus desde Asunción del Paraguay hasta Ciudad del
Este, Meca del oprobio sudamericano, junto a varias villas notorias por su
crimen. El Paraná de Horacio Quiroga… Tigres y boas evaporados. Tal vez en la
calma de los esteros flote aún algo de sosiego, en el sutil ruido de peces
tomando aire. Lo leído ya no existe. La dinámica de la época desdibuja los
esbozos de lo que fue o creímos ser. No está mal, las cosas tienen que cambiar
pero es bueno hacer memoria. Nada malo en preservar espacios que cada vez se
van haciendo más íntimos y únicos. Cerrando las memorias de Paustovski pensé en
eso.
Me alisto
para mi diario periplo urbano. La plaza principal era ayer un gran mercado, con
venta de huevos, queso, leche, carritos de sonsos, de fresco somó que dicen
preservan con formol para que no se dañe, arepas y variedad de gelatinas y
postres. Vendedores ofreciendo en medio de la multitud. Muy humano, muy mucho
según decía una querida amiga. Niños y palomas, globos y fanfarria. Un mal
cantor está con La casa del sol naciente
y hasta en su falta de destreza hay algo bello. Yo, sentado, con los mocasines
brillando lustrados, observo, nada más, no analizo ni elucubro, observo.
A las ocho
tomo un taxi. Como el chofer no tiene cambio me cobra solo diez bolivianos, un
dólar exactamente. Tomo el elegante ascensor hasta mi piso y enciendo el
televisor. Documental acerca de la paz mongola. Y al rato una trágica película
rusa mostrando las espantosas noticias de aquella paz…
Dos gatos
se persiguen entre las hierbas del lote de atrás, donde alguna vez vivieron
nuestros vecinos Mejía. Uno marrón, el otro blanco. Exactamente allí comenzaba
el campo. Mi calle, y esta también, frontera entre las casas y la pampa de los k'achitos Gutiérrez, rica familia cuyas
propiedades vendieron y vaya a saber qué fue de ella. Tenían una casa colonial
en el centro que está abandonada; donde guardaban la casa de hacienda han
excavado un foso para plantar los cimientos de un alto edificio. Sintomático,
simbólico. Solo queda un cúmulo de abigarradas construcciones, se nos arrebató
la aventura. Se fueron las apasankas, volaron más rápidas que drones las
mariposas cohete, de aerodinámico diseño natural. Hay que escudriñar, intentar
descubrir novedades. Suerte de viaje al centro de la tierra o de cinco semanas
en globo, recordando al gran maestro. Miguel Strogoff ante la estepa y ante la
historia.
06/06/2026
