Sunday, July 19, 2026

Desayuno en La Coruña


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Comienzo a tocar el Magnificat de Johann Sebastian Bach.

 

Desperté con el ansia de los desayunos de La Coruña, aquellos increíbles panes gallegos caseros, con mantequilla, queso, jamón serrano y otras delicias. En el café de la esquina, a solo unos pasos de mi hotel, mientras aguardaba por viajes diarios hacia lugares que jamás habría conocido si no era por una amiga que condujo en su pequeño auto guindo por los acantilados de la muerte, el medioevo y podría enumerar. Detenerse, ya de noche, a tomar chocolate caliente con churros en Betanzos. El domingo suele plagarse de melancolías que no son malas, al contrario. Café con leche y pan cortado y tostado cómo lo extraño aquí, en la modestia de tortillas y marraquetas.

 

Comprar, al irme camino de la estación de bus, por cuatro euros un emparedado de jamón crudo en una suerte de sabrosísima baguette. Sin nada, ningún aderezo: el pan y la carne, puro placer. Andar al lado del obelisco y continuar por la gran avenida hasta el lugar en donde habría de hacer mi conexión. Llevar de regalo un diminuto cortaplumas amarillo, de esos suizos clásicos, Victorinox. Y algún chal liviano de otoño.

 

Manu Chao canta que le gusta La Coruña. A mí también. A la derecha, la exhibición del oro de los akan; a la izquierda, frente al mar, Irving Penn. Extraña sensación de observar a los niños indios del Cuzco en estas circunstancias y ambiente. Diez días de pura emoción, de horas que se arrastraban como queriendo nunca morir. Así transcurrió el año, el “Veinte veinticinco” como lo he llamado en un libro aún inédito que irá, a diferencia de los volúmenes ya impresos o preparados, sin prólogo. Yo sé por qué. Hablo de la angustia de Belgrado, de la desazón por ver desaparecer la ruta que enfilaba hacia Bulgaria. Decisiones apresuradas, dictadas por historias y asuntos supuestos. Cada uno se suicida a su manera. Pero, bueno, forma parte del tiempo: llovizna de Ljubljana, el panorama sin fondo del Ródano en Lyon. Volviendo a menudo, y adrede, a mis sillas del café de La Coruña en donde, al fin, dejé unos libros para que los recogieran fantasmas.

 

Nombres de libros y autores que he perdido entre tantos papelitos que pongo en los bolsillos. No importa, no es posible aprehender todo. Recorro los ciento treinta cuatro metros cuadrados de mi departamento para mí solo. No puedo decir que en la emigración, ni siquiera al principio, viví en malas condiciones, exceptuando el primer mes de Alexandria en casa de Lorgio, en un polvoriento y ajado sofá que hacía de cama. Luego alquilé lindos lugares, así tuviera que romperme el lomo para pagarlos. A diferencia de tantos inmigrantes bolivianos que compartían casas y espacios para ahorrar. No seguí esa senda, fui feliz en la comodidad que mi trabajo podía pagar, como lo soy hoy en este inmenso espacio rodeado de Jawlensky, Eisenstein y William Blake. No tengo ningún peso moral al respecto. No luego del trabajo semi esclavo de mis décadas en los Estados Unidos. Sacco y Vanzetti, en el pincel de Ben Shahn, enfrentan a Modigliani junto a una máscara tibetana y un ch'ullu andino.

 

El tiempo de la jubilación no viene con vacío. Atravieso horas con buen cine. Vi The Nightingale, poderoso y tremendo film australiano, de Jennifer Kent, 2018, sito en la tierra de Van Diemen, 1825. Una triste canción que ejecuta la protagonista en un bar de mala muerte me recordó la música de un hermoso disco que recreaba el mundo de Thomas Hardy.

 

Mientras tanto trashumo por este período colectivo de superficialidad y de la más intensa soledad que haya conocido la historia. Amén de estupidez y su empoderamiento. Me importan las cosas simples y bellas: el pan tostado de La Coruña, las vacas salvajes de las colinas de Galicia, novelas de Thomas Hardy, música barroca, el sol y eventuales nimbos cerca de la cordillera. Mañana a enfrentar los avatares de un lugar geográfico que no es país por dónde se mire; tierra de nadie. A lidiar con ello, no queda otra. El universo reducido a un infecto bolo de coca escupido por un analfabeto o por un señorito que quiere congraciarse con los analfabetos. El ABC de la estulticia. Poco le sirvió a Bujarin su ABC del comunismo…

 

Salgo a caminar. La gente atormenta la mañana con cientos de camisetas número 10 (Messi) de la selección argentina. No hay muchas españolas aunque en las redes pareciera que América Latina se ha puesto del lado de la península ibérica como rechazo a la soberbia de nuestros vecinos del sur. Cuando era joven me gustaba ver fútbol. Ahora no. Lo haré hoy por la notoriedad del evento y, por supuesto, en recuerdo de mi madre, quiero que gane Argentina, sin atisbo de fanatismo ni mortificación. He visto jugar a Pedro Rocha con el São Paulo y a Norberto Alonso con River Plate y me considero afortunado. Fue otra época.

 

Leo notas sobre la muerte de Santucho, cuando lo mataron. Y en la fotografía de un diario en donde lo informan hay una noticia de cómo el club Sevilla acababa de comprar a Héctor Horacio Scotta por creo ochenta mil dólares. Vi jugar a Scotta con el San Lorenzo de Almagro. Y al Negro Ortiz. Inolvidables ambos. Ya hablaré del guerrillero, de los cañaverales tucumanos, de Famaillá.

 

Roberto Santucho conversando con Witold Gombrowicz. Roberto Santucho disecado por los milicos y expuesto como portero de una macabra fiesta de victoria…

 

Hace rato que se agotó el Magnificat. Seguiré con cánticos del tiempo del rey Ricardo Corazón de León.

 

Sello una carne que cocinaré por tres horas, muy lento. Me servirá con tallarín verde. Tuco carente de tomate como me gusta hacerlo. Y de crema, por supuesto, que jamás utilizo. Carne suave en una cama de ajo y espinaca. Pocas especias, bien dorada. Con queso parmesano rallado estará impecable. Algo de perejil fresco encima y listo. Un vino de mesa para complementar y ya sea solo o con compañía lo disfrutaré. Cebolla roja y ajo van caramelizándose. Proveerán el color que necesito. Hasta entonces habrá acabado el largo y aburrido martirio del fútbol y la vida retornará a la normalidad por los próximos cuatro años. Normalidad que semeja una burla, para qué mentir. Pasta fabricada en casa, bajo ningún arbitrio.

 

Vaya que el desayuno coruñés derivó por vericuetos ajenos. No importa. Anochece en la memoria y caminamos por el silencio de los pueblos gallegos. Pienso que en Bolivia ya nos hubieran matado hace mucho tiempo vagando así solitarios. Qué bueno no temer esos detalles inauditos. Ciudades sitiadas por siempre, con doctores Hyde dispuestos a utilizar sus latas llenas de gasolina sin motivo alguno y quemar a alguien vivo; basta una leve sospecha y la muerte llega galopando desde los peores infiernos.

 

Terminó la hora del desayuno. Atraviesa el río por debajo del famoso puente. Permanecen sabor, olor, visiones ilusionadas y poco más. Ya lo vi, ahora avanzo. Ya comí y sigo con hambre. Los caminos están, tal vez ya no el de Sofía y Varna pero sí los meandros del Danubio. Leo y escribo.

19/07/2026

 

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Imagen: Lucia Moholy

Sunday, July 12, 2026

Vacío domingo de julio


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

El departamento está extrañamente vacío para domingo. Plácido, diría. Lectura de 1917, libro de Martín Kohan. Breve obra que disfruto. Época aquella cada vez más distante en el tiempo pero que pesa, una Rusia que parecía estar entonces solucionando sus contradicciones siendo que las ahondaba incluso más. Un ya discapacitado Lenin (pensé sin quererlo en Dalí) sin poder escribir. Kohan narra detalles que podrían lucir triviales que sin embargo retratan el momento histórico: los diarios de las secretarias del líder soviético, por ejemplo; las notas de Jacques Sadoul, testigo privilegiado de la insurrección de 1917…

 

Pecaminosos ojos de Anna, soñadoras pupilas de Irina. Yo revoloteando en mis ilusiones literario-históricas, añadiendo el contexto femenino que sin ser imprescindible es dichoso. Tanto ha cambiado en tan poco espacio temporal. Ni diez años desde que miraba la ruta que llevaba a Belgorod. Infranqueable ahora, y por muchos años lo temo. Camino que jamás he de tomar. Permanezco en la mirada de entonces, afueras de Jarkov. Fui a la librería en pos de Apolonio de Rodas y salí con otro autor, con el vicio del este, de Rusia, Ucrania, el Báltico y Balcanes. No puedo con mi carácter. Puedo, claro, es un decir para justificar un arraigado gusto por ciertas cosas.

 

Cordero al estilo turco decorado de arroz amarillo con pepinillos en vinagre. En una terraza de Kiev, muriendo ya octubre, el de 2018 no el de 1917. Ligados ambos por el entorno, por el aire anciano que no se disipa. Es 2026 y adelanto por las páginas. Hay humo en la cordillera. Los “hermanos” campesinos queman lo que odian: los árboles. Aunque esta es afirmación plagada de prejuicios, lo sé. El espectro de Ruanda flota sobre este país. La gente desconoce, no quiere pensar o no cree, pero está. Omnipresente. Lo dicho hace un momento es parte de ello, minucias que van añadiendo a un todo que causará la debacle, muy postergada por cierto y que podía haber sido evitada. Va más allá de la desaparición de un líder, monstruo de pelo hirsuto, de inmensa, literal, cabezota y ambición inenarrable, faro de ilotas, letrados y no, de la tierra del fin del mundo.

 

He de salir, quiero ir a sentarme en la plaza, alejado de jubilados que apestan a muerte y que sin embargo, a orillas del panteón, solucionan lo imposible. Extraño animal el ser humano. Mi café favorito cierra hoy. Si no hay multitud, tal vez robe un ápice de calmo silencio a la catedral. Confieso que tal vez no sea el café lo que me atrae allá sino la hija del dueño. Sabe que mis ojos entrecerrados, asiáticos, la siguen. Lo sabe y aprovecha. Bate su propio café como si estuviese actuando para Wong Kar-wai y que esto fuese Shanghai y no la provinciana soleada Cochabamba. Podríamos conversar acerca de la Ruta de la Seda o de música actual. Sin embargo, mejor callar que hay que leer… No desviarse de la senda de Samoa, ni de Schwob ni de Stevenson.

 

Avanzo en dirección al Sajama, devorando páginas de El club de los suicidas, de Robert Louis Stevenson. Mientras tanto torturan a mis amigos en celdas policiales de La Paz. Golpe de Luis García Meza. Llevamos en camión carga de madera tropical hacia Chile. Pienso en ellos, cómo no, entre el fuerte olor a pescado de Arica e inolvidables sopas marineras en el mercado, con leche y con limón, blancas con notorios erizos carmesíes. La sangre, la sangre arrastrada de los pies en la plazuela de Cala Cala, sangre de un desconocido eterno que mataron los soldados por la noche, como a mi amigo Otto, como a tantos. A borbotones, cuando el orificio de una bala semeja un imparable pozo petrolífero.

 

Ha desaparecido el humo. Sigue en Almería, en el encendido televisor. Así era en Colorado, a veces semanas de cielo nublado, gris, pero no de nubes ni tormentas sino de lo que produce el fuego. Año tras año, país por país, adrede en la Chiquitanía boliviana en donde el monstruo de cabello animal ordenó la quema total para plantar su maldita hoja sagrada.

 

Busqué música de fondo. Iba por Schumann pero me decidí por quintetos de Luigi Boccherini. Vaya maravilla. Vaivén entre la revolución rusa, música del siglo dieciocho y nuevos silencios que han reemplazado a los antiguos como ropa vieja. Me place, me abre un sin fin de posibilidades. No elimina el pasado, lo amolda a nuevos cánones, mejores en mi opinión. Intimidades para pensar debatiéndonos en el caos alrededor.

 

En un rato termino el texto, le permito descansar, liberarse de la carga del autor. Una ducha, acicalarse, calzar botines y una pizca de colonia. Después de tales mundanas actividades tomar asiento de nuevo, limar asperezas, quitar adjetivos, decorar comas y puntos y comas y decidirme por el trazo final que hará del escrito ya nicho inviolable, esté como esté.

 

Me he regalado un domingo tranquilo y lo disfrutaré al máximo. Caminando el otro día cerca del correo vi a un vendedor callejero que ofrecía unas memorias de Víctor Hugo por Léon Daudet. Al fin decidí no comprarlo. Ni sé mis razones. Proseguí a lustrarme los zapatos y tomar sol en los muslos detrás de los jeans. No habrá tiempo de leer todo, ni el mínimo vértice del conocimiento. Andamos como el Voyager, hasta que el aire nos disuelva y de nosotros no haya rastro.

 

Casi llegando al borde de la carilla en blanco. Podría extenderme pero la máquina marca límites que me impuse yo mismo. Dominar la verborrea tanto así el deseo tienen que ser positivos. Habré madurado, manzana pronta a caer sobre la testa de Newton. Al menos no opino ya de política aunque muchos me lo pidan. Era sano ejercicio de ira cuya premura vital ha desaparecido. No que sea indolente hoy pero mis prioridades han cambiado y solo yo me las sé, planes misteriosos y privados del porvenir, cuadernos prohibidos por el momento. Me pregunto si esta magistral música de Boccherini sea una demostración de dominar la paciencia. Incluso dentro de las explosiones de pasión. Mide, me aconsejaban; la mesura suele ser la forma para la materialización de los misterios.

 

Hago un intervalo, dejo libres las palabras, alejadas de mí. El agua corre y arrastra piel consigo. Míticas pitones de los tributarios del río Congo.

12/07/2026

 

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Imagen: M.C. Escher 

Tuesday, July 7, 2026

Y seguimos conversando


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

He pensado en tantos comienzos para este texto. Incluso hoy decidí hablar de sombras pero lo he desechado. Al amanecer miraba alrededor, un resquicio de luz por entre las mal cerradas persianas, algún perfume, historias de limpias, de macumbas, de “entidades” que nos acompañan. Tanto imaginé que horas después, mientras calentaba una sopa de fideos estilo cochabambino, algo se paró a mi lado. Nada, cuando miré. Sería mi “entidad” asignada, quién sabe. No me burlo de ello y siempre he tenido temor y respeto por los burdos tallados de madera del Camerún, no aquellas fantásticas máscaras sino extraños seres que no buscan belleza pero sin embargo protegen los entornos de las casas y sus interiores desde unas tallas malamente realizadas pero poderosos. Evité comprarlos, que los vendían los traficantes de objetos tribales en Denver. Preferí incluso las máscaras mortuorias punu, incluso sabiendo que habían sido arrebatadas de mujeres cuya ánima había ya volado, posiblemente a los inventados sueños de Blaise Cendrars.

 

Miro fotos. Épocas tristes, alegres, solas y otra vez solas. En la calle Clarkson tomaba un hirviente baño con esencias mientras sorbía un aromático vaso de Zacapa. Mejor si era invierno, mejor si la tormenta hacía temblar la vetusta casa, viento ululando por los pasillos, hasta los departamentos individuales del tercer piso, apenas abajo del tejado. Nunca me pesó la soledad. Llegué y viví solo en Estados Unidos, con eventuales amores y trabajo a destajo, a modo de Stajanov. Varias temporadas en que nadie más que yo caminaba mi espacio, las hijas se habían trasladado a Vermont con su madre. Los largos desvaríos del matrimonio y plácidos diez años postreros. Allí quiso sentar poder la señora del olvido pero no lo permití. Luego de un extenso periplo mi avión descendió en Odesa y desde allí hablé de una existencia reanimada. Al día siguiente Anastasia me buscó muy temprano en el hotel. Cabellos rojos del otoño. Fuimos al aeropuerto a buscar mis maletas que no salieron a tiempo de Estambul. Frescas manos del otoño. Claros ojos y, junto a mí, tomábamos retratos de los atamanes y del gran Bábel. Desde arriba de la escalinata de El acorazado Potemkin se miraba el mar, costas lejanas que supuse Crimea sin serlo. Cerca de la tumba de Aquiles, sangre fresca de la bella y sacrificada Políxena. Rojos mechones del ocaso.

 

Pues la vida se teje de inesperados momentos y las cosas aparecen sin llamarlas. Un velo se extendió sobre mi pena y la palabra abandono murió de obsoleta. Límites destruidos o ampliados. El taxi nos devolvía al hotel. La noche había vencido las horas. Ida ella, a sus labores de artista, deambulé por la Moldavanka con el chirrido de los viejos tranvías gualda de la ciudad. Las putas no me daban bola porque andaba a pie. Se acercaban a las ventanillas abiertas de los automóviles. Algunas partían, otras no. Conversaciones de negocios, transacciones, el amor a precio de mirra. Pero eran tan hermosas las prostitutas de Odesa que Carole Lombard quedaría opacada y solitaria en un rincón. Se olía, además, su perfume en la vacía avenida, en la intersección de dos calles que de día rebalsaban de gente. Dos cuadras arriba estaba el mercado. Podría ser el Calatayud local. Similares características, radios a todo volumen, electrodomésticos, flores y fallecidos rodaballos colgados de alambres invitando a las mesas del oscuro mar. Misterio. Sombras, claro, pero luminosidad sin límites también, a pesar de que todavía se cernía el espectro de la guerra del 14 y se hablaba de la que vendría en algún momento futuro.

 

Hoy Ucrania destruyó con drones la refinería de Omsk en la Siberia. Allí viajaba mi amigo Yefim cuando volviendo de Denver se detenía en esa urbe para seguir camino a Pavlodar, al lado de la estepa maldita de Karaganda, en Kazajistán. Fuegos de fanfarria, para mí, el extendido brazo de la justicia cosaca arrastra de los pelos las veleidades del zar. Lo hizo Japón en 1904. Me acordé de Anna Karenina

 

“He left no time to regret
Kept his dick wet
With his same old safe bet
Me and my head high
And my tears dry
Get on without my guy”

Poderosa Amy Winehouse… Back to Black entre las canciones que yo mismo tocaré durante mi cremación. Debajo de la colina de San Sebastián, al arbitrio de los alaridos de las mujeres degolladas por Goyeneche. Luego esa calma de muerte que parece de terciopelo. Igual seguirán danzando kusillos y pepinos, descendiendo los diablos de las colinas de Jujuy. He visto.

 

Embriaguez empedernida la de la baja presión. Nuevas experiencias o etapas que manifiestan presencia como otras asomarán. Un dulce recuerdo y un feraz olvido, supongo. Quedarme en la intemperie de la pena no sirve. Hay tonos de verde que se agitan en el cerebro como caballos de Franz Marc. Viene un viaje al norte pero luego el del sureste y aguardo por él. Largas piernas blancas suaves debajo de un calzón púrpura, imaginando los días futuros. Escribiendo libros que muy pocos leerán pero consciente al menos que no serán expresiones de vanidosa mediocridad. Porque no me interesa vender, ni fama ni muchachas que elogien la maestría de mi arte para acercarnos. Lo hago para sentirme fraterno de Schwob, para retomar aventureros pasadizos de Dumas padre que han quedado tiesos. Domeñar el deseo de París y elegir páginas de Madame Putifar. Pareciera que en este instante pesa Francia. Sin motivo. No hay música sonando y el departamento nicho silencioso.

 

Camino por Lyon. Llueve entre los dos ríos y me protejo bajo leones metálicos de algún puente. Renata ha crecido. No corre ya entre las mesas del café donde su padre y yo compartimos un expreso. Aquel teléfono que utilizaba ha muerto de mudez. Pero no voy a escribir de sombras porque ni siquiera ellas sombras son. Por el contrario, teas encendidas que marcan los subterfugios de la oscuridad. Intensas alegrías, así efímeras hayan sido. Nada de sombras. Las contemplaré en Goya y en Piranesi y eso basta, si ganas tengo de claroscuros. Por ahora no. Brilla el sol de julio con cierto dejo de frío. Me obliga a usar chaleco que es la prenda de vestir que más aprecio. Tenían lástima de mí los anarquistas de la Internacional en el París de 1986 cuando me saltaba los controles del metro porque no tenía para pagar. Ellos, quizá algunos santos, recolectaban y me regalaban un paquetito de monedas de diez francos. Me servirían para comer, para el baguette diario, el litro de leche y el cuarto kilo de gruyere que consumiría sentado en un banco del bulevar Brune, en la puerta de Vanves. ¿Por qué tendría entonces que escribir acerca de cosas penosas? Tenía hambre pero leía historias de Cipriano Mera. Si me asalta la duda te recuerdo y me pongo bien.

07/07/2026

 

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Imagen: Dora Maar