Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Leí los viajes de Marco Polo en la cárcel de Leadville. Antigua población minera de plata en las montañas de Colorado. Vimos aquel saloon tanto Oscar Wilde como yo. No cambió nada desde el ochocientos. Iba en las tardes allí, bajando desde mi restaurante en la colina, a ver raras piedras y minerales en las tiendas y tomar cerveza. Cierto día me dormí en el bar y me despertó un fuerte golpe en la columna vertebral producida por un bastón policial. Horas antes discutí en la barra con algunos montañeses que se burlaban de un parroquiano mexicano cuyo dinero era tan bueno como el suyo. Les decía que mientras mis antepasados hacían disquisiciones acerca del hombre y la política en el foro romano los suyos se devoraban unos a otros en las selvas de Germania. No sé si lo entendieron pero el golpe en cuestión duele todavía, más de treinta años después.
Lo cierto
es, y no debido a aquella ocasión sino a otros menesteres de los que no voy a
hablar, que un preso sonorense que hacía de barrendero me facilitó los Viajes de Marco Polo para distraerme. De
todos modos había una luz roja encendida las 24 horas y pude terminar el
voluminoso libro bastante rápido. Las celdas estaban en el segundo piso y no sé
si había otros alojados. No vi ni oí. Solo una nube de polvo que anuncia la
llegada del Gran Khan. La veo desde los barrotes teñidos de luz artificial.
Conversábamos
con César Soto de la Ruta de la Seda, djinns y derviches; de Samarcanda y de
Bujara. De los uigures y su ciudad mítica. De allí salió Marco Polo en el
intercambio epistolar. El Asia Central me asocia a mi amigo Yefim,
particularmente a Kazajistán, pero de un lado y otro he tenido noticias, leído
sobre los ingleses colgados en garfios en las carnicerías de Kabul. Rastros de
Alejandro el Grande y sus soldados en los pasadizos secretos de Pakistán. Poco
decir un sueño. Mucho más. Fascinante alucinación. Comentaba a Loren Otero
sobre sus escritos y mencioné “verbo alucinado”. Palabra y tierra en el vaho de
la memoria incierta que por cierto es la más rica. Pakistán, Afganistán,
sumados a las líneas de una escritora de Betanzos. Dice ella: “Un magnolio
longevo teme siempre la tala, vestido de luto contempla sus futuras cenizas con
inocencia prestada, con tanto olvido y tanto recuerdo no sabe en qué bosque
anidar”.
Enfrentado
al luto de la historia se mece un blanquísimo floripondio.
Leo en la
noche El Don, de Nabokov. La guerra
hoy, el 42, mil años atrás. Sangre como riego de cultivos. Por eso lucen tan
rojas las remolachas de Ucrania, tan carmesíes las granadas de Sarajevo. Leo,
leo, en el teléfono y bajo la brisa andina. A pesar de las bandas, las eternas
fiestas que aunque no estén resuenan igual en el aire. Miro el noticiero con
imágenes de Colombia. Debo, no solo quiero, escribir sobre eso, tomando en
cuenta unas viejísimas memorias de la guerrilla en Marquetalia.
Aguardaba
en Leadville por mis hermanos llegar para pagar la fianza. Luego vendrían
abogados, fiscales, jueces y castigo. Para eso habríamos de subir la montaña de
nuevo y manejar por el hermoso paisaje con carga de supuesto oprobio, con gran
desazón. ¿Para qué? Como siempre que he estado preso, y van cinco, no sirvió de
nada. Excepto por los libros y las conversaciones con convictos en el patio colectivo
en horario de recreo, digamos, antes de acostarnos en disciplinada fila con los
llamativos trajes naranjas de los felones, en oposición al azul de delincuentes
comunes.
Un desnudo
pie con uñas pintadas de fuego cruza el horizonte. Ya no son solo tanques
camino de Kursk, ciudad milenaria, los que intervienen, también mujeres libres
de ropa como si las hubiesen sacado de cuadros de Maurice Denis y desvestido
para la foto.
Dice
Vladimir Nabokov: “Onegin se levantará de sus rodillas, pero su creador vaga
lejano”. Piensen sobre ello, hay una profundidad que debe tocar a los
escritores, cuando la obra ya solo se pertenece a sí misma y poco importa, a no
ser para el índice onomástico, quien la escribió. Ninguna veleidad mayor que la
de considerarse elegidos.
Intento
recrear detalles del periplo de Marco Polo y no lo logro. Quizá la circunstancia
cauterizó el recuerdo. Lo olvidé, hasta por ahí, ya que siempre el Asia Central
se ha movido en mí como espectro familiar. Solo que entonces, ya habiendo
devuelto el libro al carnal que me lo prestó, aconsejándome que no desesperara
por la soledad o la permanente claridad. Ni su nombre anoté, ni el del juez que
presidió muy formal mi condena que no fue tal. La vida siguió su curso. Las hijas
creciendo, la escuela llena de padres de familia mintiendo ser comunidad fraterna.
Yo trabajando de noche para siempre y la inercia del desasosiego que persistió
a lo largo de los años hasta desvanecerse parecida a la niebla. Veo fotos de
playa y luego la tierra que desenmascara la marea baja. En La Baie, norte de
Québec, existía una isla en las afueras del pueblo. Era isla por horas y tierra
firme por otras. Siempre busco lecciones aunque no aparezcan…
He hervido
el agua y dejado que el café humeara y se enfriara. Lo recalentaré más tarde,
al sonar las seis. No presiono al domingo, me traslado de acuerdo a su énfasis.
Cuando toquen las seis en las iglesias del centro se romperá el hechizo.
Todavía me falta responder cartas y hacer citas académicas. He enviado mensajes
y algunos semejan idos, perdidos, extraviados. Amaneció el sábado color índigo.
Hoy despertó trivial, apenas un rosa tenue infecto de marrón. No son señales
sino humores del tiempo.
El
barrendero de la cárcel del fin del espacio, arriba, en la cima donde solo
cuchichean estrellas, asoma con humildad y me habla. Me extiende el libro del
italiano y en jerga norteña burlamos el destino. Su vieja habita muy lejos,
alrededor de Durango. La mía mirará series norteamericanas de televisión. En la
prisión local de una agotada mina de plata estamos un hombre de Sonora, uno de
Cochabamba y Marco Polo. Viajamos, por supuesto, en imaginación o camellos,
venciendo tormentas de arena.
06/09/2026
