Saturday, May 18, 2019

Escribo para sacudir los fantasmas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

10 de la noche. Carmina Burana. Pensé ir a una barra a saborear cerveza amarga, a conversar con las divorciadas. Preferí quedarme, música y martillo, arreglando unos muebles en esta construcción de mi cuarto.

Desde Sumy escriben notas de amor. Pienso en Chejov, en la campiña rusa. Debiera decir Leskov. El nombre de Zoia Andreevna suena a tren. Lo descubrí en Cuba, en tarde de La Habana vieja, recién salidos del hotel en el Vedado, con los fantasmas de Juan Ramón y la Zenobia. Reconciliados, yo y ella, después de años de disgusto y labores de mano. Un ron basto, de Santiago, para probar fuera del mercado. Y café espeso, el mejor de la vida, diría ella cuando todavía hablaba, cuando no le cayó el tejado en la cabeza y quedó muda.

Observo el sábado norteamericano. Hay presión, coacción, control vecinal. El sábado es de dedicarlo al jardín. Para los perros son todos los días. Creo que si uno rehusara perder su sábado cortando el pasto, si prefiriera escuchar a Arvo Pärt, mirar cine, tener sexo, quedaría mal con los otros. Existe una estética tácita que requiere cumplimiento de horarios y normas. No lo manda nadie pero es notorio, pesado. A primera vista da la impresión de habitantes entusiasmados con el trabajo. Hablo de gente pudiente, que entre pobres no hay miramientos y a nadie le interesa arrinconar la basura. Me imagino yo en medio de gringos, leyendo el pabellón número 6 mientras los otros protestan que no quité la maleza, que el pasto excede el límite de tamaño que la decencia obliga. Ah, no, ahí estaría con la puteada como flor de labio, porque nadie me vendrá a decir qué hago con mi tiempo y cómo lo hago. Pero es una sociedad mediocre, de pensamientos siniestros y manufactura similar. Contemplo un par de negros, otro de latinos, chinos y filipinos todos podando, deshierbando, abonando para beneplácito anglosajón. Quien sale del cauce merece castigo y hay recursos sociales para hacerlo sentir. La sociedad uniforme, contenta, sonriente, armada con ametralladoras, asustada, regida por falsas normas y una más falsa comunidad. Se mueren por la comuna y no saben qué es. Ella no pasa por la obligación de ser todos iguales, de disfrazarse igual, de utilizar las mismas máquinas. La estética y, claro una supuesta ética. El ser buen ciudadano pasa por que desfiles al unísono con los demás. Pasa por Donald Trump que a pesar de la crítica es quien mejor representa a esta población de jardineros.

Me imagino, sentado en calzoncillos, y por la ventana abierta Tom Waits a todo volumen. Da para persignarse, supongo, para visitar la church y cargar las pistolas. Tocan la puerta y preguntan: ¿Vecino, no va a trabajar en su jardín? No, respondo, mientras Chopin golpea las teclas de su Eroica y se erizan los pocos vellos indios de esta piel morena. Hoy debo leer, mirar desnudos, poner cine noruego en el devedé. Pero, dicen, su casa va a desentonar con el barrio. Así me gusta, respondo, porque yo no soy como usted, labriego sin solaz. Y cierro la puerta empolvada, que olvidé quitarle el polvo. Entonces los pilgrims conversan entre ellos, conjuran para expulsarme, para plantar cruces ígneas en mi patio. Mientras cambio el disco y pongo la Varsoviana, y leo a Paul Avrich cuando cuenta que aquel día, un día, explotaron bombas en cafés de Odessa y de Varsovia. ¿Qué hacer? Nada, esperar la hora para emigrar de nuevo, para descabezar los sueños y recomenzar otros. Hasta que nos toque y el barquero nos arrastre a la laguna y entone cánticos de bajo profundo, creyéndose que en lugar de recojemuertos es un barquero del Volga. Siempre quise ir a Kazán. Siempre.
18/05/19

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Imagen: James Ensor



Control


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Control, Anton Corbijn/Reino Unido, 2007 

Tomó un director holandés para retratar a uno de los últimos grandes y trágicos iconos del rock and roll: Ian Curtis, vocalista de The Joy Divison. Eso da la pauta de la extensión inusual de la música de este grupo inglés, en el sentido de que su falta de ubicación precisa entre los movimientos musicales le presta universalidad. Joy Division surge en las postrimerías del punk, dándole quizá categoría post-punk; sin embargo, ya muerto Curtis, y en un plazo inmediato, Joy Division se convierte en New Order, grupo inaugural de lo que vino a llamarse el New Wave.

A decir del propio Corbijn, Joy Division no pertenece a los setentas ni a los ochentas, pero su música simple -y hermosa- se arraiga en ese espacio ubicuo de los momentos predispuestos a la inmortalidad. Aparte que las letras de Ian Curtis son poesía de un nivel que se ha perdido ya en el multitudinario espectro del rock.

El actor Sam Riley, que hacía poco doblaba camisas como dependiente, logra una magnífica interpretación del personaje, mientras que los músicos, que recrean en vivo al grupo, dan un inusual espaldarazo de solidez y poder a la cinta. Basada en el libro de la viuda de Curtis, Touching from a Distance, la película carece de la gran parafernalia de los trabajos dedicados a este tipo de arte. Es más bien sencilla y melancólica, como fuera Ian Curtis, quien desecha el rol de estrella para continuar siendo un muchacho normal, aunque triste, de cierta pequeña geografía británica: Macclesfield.

El rodaje comienza con un joven introvertido de 17 años y la aparición de una muchacha que se convertirá pronto en su esposa. Curtis se encierra en su dormitorio, agobiado por la monotonía de semejante lugar y la austeridad de la sociedad inglesa. En su encierro, que algunos han llegado a pensar muestra naciente de futura depresión, Ian escucha la música de David Bowie, elemento primordial y singular del rock; uno de sus grandes letristas también. En un concierto de los Sex Pistols encuentra a los miembros de una banda en busca de vocalista. De allí saldrá Warsaw, el nombre original de los Joy Division.

A medida que se adentra en la formación del grupo, y en la creatividad que exige el arte para descollar, el personaje olvida por decirlo así su trabajo y a su joven embarazada esposa. Con el éxito viene un encuentro con una amateur periodista belga que se convertirá en su amante, motivo que desencadenará la tragedia del film, con el suicidio, por ahorcamiento, del músico (escena presupuesta, no filmada). Corbijn intenta, a pesar de su presentación casi coloquial de este efímero drama, dejar pendientes las razones de la autodestrucción tan común en el arte. Aunque un affaire extramarital puede derivar en situaciones tales, la idea es que existe mucho más que la simpleza de un adulterio en la mente del artista para decidir su muerte. Obviemos la lacra sicologista que intenta reducir todo a una problemática de paranoia y enfermedad y quedemos con la casi glorificación del derecho del hombre a vivir o morir por decisión propia en un mundo impropio. No es, no se malentienda, apología del suicidio. No hay tal, son derivaciones personales mías de un asunto delicado y demasiado común en la historia del arte.

El título: Control, viene supuestamente de la historia de una cliente de Ian Curtis, siendo funcionario gubernamental, que tiene un ataque epiléptico mientras se entrevista con él. Epiléptico él mismo, el instante lo marcará profundamente y se convertirá en la letra de una notable canción: She's Lost Control.

El control es prerrogativa de los imbéciles; el caos, de los dementes y los genios.
22/10/08

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), octubre del 2008
Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 25/03/2014

Imagen: Ian Curtis

El tiempo pasa


Claudio Ferrufino-Coqueuugniot

La tecnología ha avanzado con desenfreno. También el arte. Si pienso en la música, creo que me volví obsoleto. Pareciera que la aparición de artistas con trazas de cambiar la historia ya se acabó. Posiblemente es un prejuicio de la edad que crea cánones a veces ya insalvables. Me creo moderno en cuanto a música y sin embargo mis alcances no avanzan más lejos de Nirvana y Pearl Jam. ¿Y hace cuánto que murió Kurt Cobain? Catorce años: todo un espacio.

Por las mañanas, mientras manejo, escucho un programa llamado Breakfast with the Beatles. Un desayuno muy antiguo diría yo. Cruzando la avenida Havana tocaban en la radio "My Sweet Lord", de George Harrison. Aumenté el volumen, y en el signo de "pare" un grupo de colegiales me miró como algo antediluviano. Pensarían qué mierda son Hare Krishna y el dulce señor. Con los pantalones en medio del ano se alejaron, caminando apenas porque debe de ser difícil caminar vestido así.


En 1975 traje de Córdoba, Argentina, un casete de los Doors. Tenía 15 años y aquello era nuevo. Lector de "Pelo", conocía la historia nebulosa del cantante Jim Morrison. Entonces escuchábamos sobre todo a los Beatles, a Crosby, Stills, Nash & Young (mi madre trajo un disco del cuarteto desde el centro del KKK en Alabama: Tuscaloosa), Pink Floyd y, en las fiestas, bailábamos "Chico Puntual" de Deep Purple o guardábamos copias de Uriah Heep y Ten Years After. En otros lados ya había explosionado el punk, pero a Bolivia llegó cuando perecía, exceptuando quizá una canción de los Clash.
La música, como la literatura, en términos de novedad, llegó tarde a nuestra juventud. Quizá por ello nos formamos con los clásicos. Aún hoy cuesta ponerse al día con los libros. Esporádicamente recurro a algún novísimo pero mis lecturas trashuman todavía por los años cincuenta (Christopher Isherwood) o, detrás aún, por las bellas novelas de Joseph Roth en los campos de guerra de la Ucrania revolucionaria. Eso si, no pierdo el rastro en la gran novelística del siglo XIX.

Las miles de canciones que guardo en la computadora van desde cantigas medievales hasta un máximo cronológico que señalaría a Violent Femmes. Anhelo todavía llenar el vacío de mi ignorancia de lo que se produce hoy. En parte lo debo a que en el exilio voluntario de los Estados Unidos, tal vez por la distancia pero más por la diversidad encontrada, me incliné con fervor hacia la música de América Latina y, en menor grado pero con igual expectativa, a cualquier tipo de música ‘étnica’ que me privó de seguir el tranco violento del rock and roll.
No era raro que manejáramos ebrios por el Distrito de Columbia, con Fernando Vargas, en un viejo y grande veocho Cadillac. Atronábamos la mañana entonces con "Born to be Wild" o, cuando llegaba el tiempo de reflexión y el crepúsculo se ceñía a las adustas hojas de los plátanos de la ciudad, cambiamos el estruendo de Steppenwolf por las líneas de Leonard Cohen.  

Pero luego de aquellos años de "Hotel Chelsea #10", donde Cohen le canta con nostalgia al espectro de Janis Joplin, aparecieron Rubén Blades, Aymara, Los Fronterizos, que se embriagaron con los amigos en casa. El rock se estancó. Luego, ya ido yo de la comunidad boliviana -andaba en amores con Norteamérica en piel y en cultura-, me arrimé a los últimos resabios del punk, no sólo en sus nombres ilustres sino en el punk local que funcionó como una gigantesca base redentora de la música moderna en el país. Pete Townshend -de los Who- decía que el punk había salvado al rock. Murió Ian Curtis, vocalista de Joy Division, y quienes le sobrevivieron crearon New Order: había nacido el New Wave, antecesor del rock alternativo que hoy, primera década del siglo XXI, aún aletea en simulacros de vida. El epitafio de Ian Curtis reza: “Love Will Tear Us Apart”, tal vez premonitorio, una secuela al fin del Flower Power que terminó en Altamont.
Había cerveza negra, en vasos de pinta, en El Gallo Negro, bar seudo-punk donde no sólo la cerveza era oscura: también los trajes de las muchachas. Buzzcocks, las sesiones Peel de The Cure, The Gang of Four, los recién aparecidos Mekons, The Pogues, The Pixies. Y siempre retornaba al Rey, Elvis, aunque ahora me gusta descubrir las canciones que cantaba y que eran composiciones de otros ni tan famosos del añejo R and B, sin quitarle mérito a Presley. También lo hicieron -esta suerte de copia- los Beatles y los Stones y de allí nació Bob Dylan, de la gran herencia negra, entre las muchas cosas que su talento cargaba.

Corté la lectura de Rolling Stone, que no sólo es una magnífica revista de música. El tiempo avasalla y resulta imposible perseguir ningún sueño de erudición en campo alguno. No sé siquiera si otra revista excelente del mismo estilo, Spin, sobrevivió al tiempo. La dirigía el hijo de Bob Guccione, de Penthouse y fracasos célebres como Calígula, pero hermosas e inolvidables mujeres: Janine Lindemulder, Leslie Glass que fue arrebatada de su desnudez y de su existencia por el cáncer. Spin denunció los crímenes de Roberto D'Aubuisson cuando aún la guerra civil destrozaba a El Salvador.


Escribo. Lo malo de un texto con tantas entradas es que se llena de digresiones. Cómo no hacerlo si en cinco mil caracteres tratamos de concentrar una vida, o parte importante de ella. El tema, que fue el del avance inexorable -e imposible de seguir- de la música moderna se diluye en los entreactos de un cambio de ritmo a otro: Blues, R&B, Rock and Roll, la música progresiva, el rock metálico, el Punk, el New Wave, Alternativo, y también las fechas de la historia personal con sus dosis de trabajo, de amor, de concentración, de sexo y de cansancio. Una mixtura que más parece maraña, pero que aún con su complejidad y sus austeros minutos vale la pena de vivir y recordar.
05/05/08
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Publicado en Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 10/05/2008

Imagen: Poster de Bonnie MacLean para el Fillmore West de San Francisco. Conciertos de los Yardbirds, los Doors, James Cotton & Richie Havens.

Thursday, May 16, 2019

María Cristina Botelho, la complicidad y el absurdo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Juego de palabras? ¿Ejercitar retórica con ánimo de lujo y brillantez? Podría jugarse con las páginas de este libro breve y delicioso. De horas, diría mi madre, recordando a Rilke. Un trashumar por la infancia, la ilusión, el desasosiego, la soledad, todos sustantivos que se resumen en el fatídico aquel del absurdo, del indagar hacia atrás y ver (quizá no sentir) que huellas no quedaron. De nada. Por  eso las inventamos, articulamos y reproducimos, porque sin ser rebeldes no somos; fantasmas si no hay pasión; el yermo permanece yermo hasta que lo excavamos.

Dos pintores me vienen a la cabeza en los textos de María Cristina: De Chirico y Magritte. Hay un mundo de sueño entre ellos dos. Un péndulo entre la ausencia y lo presente aunque suene a lugar común. A veces, situaciones y personajes se nos presentan con esa colorida y estática muerte del italiano. Otras, viene el vaho de lluvia de Magritte y el cielo poblado. ¿Qué quiere de nosotros la autora, aparte de expandir sus propias dudas, el amor, la frustración de lo que no trasciende? Quiere un rictus que en instantes pueda convertirse en carcajada. Está el peso gris del medio oeste norteamericano lavado de cuando en cuando por un lluvioso Macondo. Vive en Indiana; sueña en La Paz. Conduce sin destino por la inmensidad de la pradera mientras bate con cucharilla dorada la manzanilla de ayer.

“Jóvenes del siglo pasado”, dice por ahí en las microletras, refiriéndose a los parroquianos obligados de un asilo de ancianos. Pues, bien, ahí hay un resquicio por el que penetramos al libro: el optimista por encima del triste, los textos que a pesar de tiznarse de sepias, refulgen por instantes en carmesí.
06/2018

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Publicado como contratapa del libro

Imagen: María Cristina Botelho

Wednesday, May 15, 2019

La vuelta al mundo/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escucho a Juan Nepomuceno Hummel. Salve Regina. Pareciera que viviera en otro país y sin embargo es la misma ciudad. Tan diferente, sin embargo. Tan distinta. Ni mejor ni peor, otra. Aurora era una ciudad de trabajadores, villa inmigrante. Desde el amanecer salían latinoamericanos, africanos, árabes hacia el trabajo. Botas, cascos, martillos y pistolas de aire. Cajas de almuerzo, el lunch que se convirtió en lonche. En Denver, Capitol Hill, a dos cuadras del Charlie Brown, el bar favorito de Jack Kerouac, la dinámica es otra. Acá pasean los perros, trotan, las mujeres sin límite de edad sudan por los pasadizos de la calle 7. Barbados gay, el hombre y la mujer, andan tomados de la mano. El aire ha cambiado, la luz, los árboles. Existe en las calles viejas la sensación de ciudad, no esa villa de paso donde se duerme entre los intervalos del trabajo.

Ni mejor ni peor, distinto.

Hummel, misa. Cocino puerco en jerez para la llegada de mi sobrina Zara. De Bolivia llegan noticias de que murió su abuela. Se van desgajando, de a poco, todos; del bosque va quedando nada. Hasta los brotes desaparecen y las muchachas que de niñas manejaron bicicleta mientras sostenías la parrilla van cediendo los cabellos al cáncer.

Un amigo me habla de Chatwin, de la Patagonia. Dice que de Bolivia saldrá alguien siguiendo la ruta del inglés. Ya estamos viejos para ello. De adolescentes trepábamos las laderas de Liriuni y nos metíamos a las aguas termales por la noche. Con los años llegó Francine y se bañaba desnuda en la piscina caliente. Se veían sus ojos como luceros azules bajo el foco de 50. Llegó otra con su amante y la vida se puso difícil. Los lugares de placer niño se hicieron lugares de goce adulto. Como un cambio de sustancia. No solo entretenimiento, filosofía. O cachonda desidia sin imaginar el paso del tiempo, el futuro que atrae y que fallece.

Conduzco el Subaru blanco en domingo de mañana, por calles que transité mucho y que hoy vivo. Viajo en la misma ciudad, que había sido escondida, oculta, feble y engañera. Nunca pensé que la noche tendría otro matiz, que en lugar de escuchar a las matronas latinas o el rítmico golpeteo simple de la música mexica, escucharía el silencio. Pongo algo de jazz, son cubano, Leonard Cohen. Me digo que soy el único vivo en un mundo de muertos. Los perros, animales fieles y comprendo solidarios, viven en este barrio como príncipes de Brunei. Pasan los camiones gris azul de las entregas de Amazon. Ya nadie compra libros, ahora los repartidores cargan pesada comida para perros. Y cajas pequeñas que o son comida de gato o municiones de un estado que adora las armas, sin reconocer que su adoración se debe al miedo.

Día de la madre en los Estados Unidos. Todos mis días son de mi madre. Me habla, me regaña, me aconseja, me cuida, me despierta y se desvela hasta que abra los ojos. A diario, no solo este día de mayo, o el otro día de mayo, esos que el poeta negro Nicomedes Santa Cruz rechazaba: “este domingo de mayo, vergüenza debiera darme”.

La soledad se cubre de nombres: Anna, Milana, Irina, Elena, Olena, Alina, hoy Ksenia. De algo hay que vivir fuera del pan. Y labios de mujer y cabellos de mujer saben a hierbas aromáticas. A este viaje, incluso si se reduce a las pocas paredes de una habitación, hay que traerle voces. Unas ya se enterraron y quedan mustias: Victoria, Tatiana, pero el mundo se renueva en instantes, o se muere en instantes. No hay que parar, seguir moviéndose. Y si el tempranillo se terminó, con un merlot se podrá continuar el camino.
12/05/19


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 14/05/2019

Fotografía: Puerta/CFC/2019

Sunday, May 12, 2019

Zona íntima/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El mundo político delincuencial pareciera haberse consolidado. Nada es lo que parece. Nadie creería que Plinio habría de perecer bajo el volcán. El tiempo está contado para todos. No me arriesgo a hablar de destino porque eso nos quitaría el libre albedrío y nos convertiría en jugarreta de un dios o varios dioses, en héroes argivos y troyanos siendo engañados por divinidades jugando a ser hombres, o toros, o cisnes.

Dejemos que la historia mueva su rodillo a su propio paso. Suele a veces tardar o desembocarse. Está fuera de nosotros decidirlo, pero viene, ella no es la amante que abandona en definitivo: siempre regresa, renovada, briosa, vengativa y terrible. El amor de la historia, a veces, arriba rodeado de muerte.

Hay que enroscarse en uno mismo, salir del dolor ajeno para entretenerte con el tuyo. Una silla, una mesa, tú y tus reflexiones. Desactivarse del entorno, dejar, por un rato, que los mariscales de la política supongan haber alcanzado la vida eterna. Nunca lo harán, ni tú tampoco. Hacer la pausa, marcar uno a uno los puntos suspensivos, el espacio justo para hacer eso que los psicólogos repiten como lugar común: encontrarse.

Es necesario, justo. Imprescindible, para que el otro, los otros, no crean tenerte en la red y que decidan que dejaste de ser pez para convertirte en pescado. No.

Pues en eso he abierto un vino, el primero de un rincón vacío que comienza a pertenecerme. Un pequeño sirah, aromático, suave, distinto al vino de casa que bebí ayer en un bar y que sin ser malo tenía la rudeza de lo tosco. Este californiano llenó la sala de olor a chocolate y fruta negra. Además era mío, solo, sin interferencias, él, el vaso y yo, tan simple como un tríptico de Max Beckmann, tan colorido.

Al vino siguió la noche, el sueño todavía poblado de espectros, de ballenas horrorosas como las que Béla Tarr pasea por los pueblos de la puszta. Luego el arte, los cuadros a colgarse en la pared, el afiche del festival de cine de Rotterdam, del 2015, enviado por una lujuria pasajera, un placer de mujer aromático y suave como el vino, blanco, sí, no oscuro, de piernas y vellos rojizos como pastos del atardecer. El mapa asiático del siglo XVIII, del que tanto he hablado, con bandas de cosacos errantes y países que ya no son… volvemos a lo efímero.

Arte, música, cocina. Libros. Una gran crónica norteamericana sobre un comerciante de fósiles de dinosaurio. Uno que fue por lo grande a vender el esqueleto completo de un tiranosaurio mongol, del Gobi, de las profundas arenas del Taklamakan. Me lo regaló mi hija Emily, por otro cumpleaños solo, de los cuatro, o cinco, que cuentan en los últimos veinte años.

¿La primera música en la calle Clarkson? Hoy que saqué del escondite el tocador de discos y lo armé sobre un mueble chino de imitación antigua… Sidney Bechet: Summertime. Muy suave, me dice Anna Volskaya, para un sexo fuerte. Lo sabrá ella, supongo, que nunca estuve en piernas con Bechet de fondo.

Así pasó el domingo. Las noticias cuentan que ningún tirano cuelga hoy de un árbol. Día apacible, entonces, a aprovecharlo. Encuentro entre el revoltijo de ropas y papeles, mi pasaje en bus desde el Mar Negro hasta la frontera rusa, cómo me desenvolví en un país donde nadie hablaba inglés, las noches en que bajaba desde mi sombrío apartamento de Kiev en el 22 de la calle de León Tolstoi para ir a comer arenques fríos y pepinillos en escabeche con cerveza blanca ucraniana o negra irlandesa. Era libre ese octubre, noviembre; soy libre ahora. Otra vez, por el momento.
05/05/19


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 07/05/2019

Fotografía: Ventana/Claudio Ferrufino-Coqueugniot/2019

El suicidio de los políticos/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La trágica mascarada del suicido de Alan García solo confirma que estamos metidos en la boca del lobo. Del chacal, mejor dicho, el de la risa cobarde y la pasión por el latrocinio.

¿Qué pasó? Se suponía que la política era un arte. Ligada al intelecto, conocimiento, olfato, astucia, visión y perspectiva. De pronto, arriba, se entronizaron rateros de poca monta, Garcilineras que hasta roban en los bocadillos que se entregan en el avión. ¿Capaces de crear ideología, de fundar escuela? Si lo único que saben es lo más sencillo que existe: alargar la mano para robar tanto como para limpiarse el culo. Ni hablemos de derecha o izquierda, de Lula o Alan García, truhanes de mala muerte que jamás fueron lo que desearon ser y quisieron alcanzarlo como majaderos y delincuentes.

No sé, tal vez me equivoco –o nunca se puede leer tanto como para afirmar-, pero ha habido en la historia gente que se dedicó a ello con fervor. No cuento de los muertos útiles, por miles o millones, que en nombre de habladurías con tinte de ideas se hicieron matar. ¿Para qué?, me pregunto, para engrosar el abono en beneficio de los maleantes. El ser humano… buena mierda, con excepciones. Leo, de pasada, hoy, que Johnny Rotten, el más radical del movimiento punk, se queja que los mendigos invadieron su exclusivo barrio angelino. Mejor morirse, y razón que tenían Hendrix, Morrison y Joplin, para no caer en la demencia genital y general que nos transforma en macacos adornados de lentejuelas, con acciones que ahogan la voz, matan la palabra.

Suicido es lo menos que pueden cometer. Sabido es que ni a cielo ni infierno nadie se lleva nada, y que en aquellos supuestos espacios de bienaventuranza y castigo cabe exhaustiva selección. Club exclusivo. A los que se deja de lado, pues purgan por ahí, en lamentación eterna. Que si existen, los espacios estos, sabemos que al señor Morales, inca con alma de conquistador, le espera mortificación medieval. Achachilas y demás patrañas perecerán ante la patraña mayor. O, peor castigo, ahí en la tierra se hacen polvo y no existe memoria, ni recuerdo, ni nada. Entonces, dada esa posibilidad, a robar, a robar que el mundo se va a acabar. Pero a veces se termina antes de lo pensado, caso presidente peruano, o son manos ajenas las que se encargan de acortar la vida de los amos. Que no quepa duda que siempre hay, y muchos, quienes por motivos diversos, incluida la envidia, se desviven por ajustar la cuerda de los mandamases.

Parece que en el Perú, y Brasil, a la presidencia le sucede la cárcel. Sana costumbre que hay que imponer en Bolivia. Aunque más expeditivo, claro y limpio, sería el paredón para los que hacen usufructo del Estado. Estaría el dificultoso factor numérico en nuestro país, porque para acabar con los galardonados masistas habría que instalar ametralladoras en cuatro esquinas y apretar el gatillo. Este club de violadores y cuarenta mil ladrones, masivos como son, necesitan solución masiva. El riesgo en está en caer en una suerte de “solución final” nazi que no le haría bien a nadie, pero que estaríamos mejor sin este forraje inútil, por supuesto que sí.

Ojalá que lo sucedido con García en el Perú se convierta en síndrome de los gobernantes de América Latina, con clases especiales para que no yerren el tiro y se vuelen las cabezotas inútiles sin costo para los contribuyentes. Eso, o alistar una generación de verdugos, y hasta sicarios si se diera la necesidad, que barran con la escoria y dejen los zócalos limpios. Otra vez, caemos en una especie de fascismo desenfrenado. Pero ¿a alguien le importa ya, en el muladar en que habitamos, la forma y la destreza con que nos liberemos de esto?
28/04/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 30/04/2019

Imagen: Jan Saudek