Wednesday, August 14, 2019

El interregno/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Qué sucedería si el jerarca fallece repentinamente? ¿O se enferma? Porque hasta los dioses tienen problemas gástricos, oncológicos, urológicos. Nadie está libre de mal, así lo protejan los achachilas que no supieron proteger un imperio. A todos les toca; Matusalén tuvo su día. El Olimpo griego sigue poblado, pero el peso que tenían los seres divinos en tiempos homéricos no está más. O mueres o te olvidan. Hasta a ellos. Mal hace entonces Evo Morales creyéndose eterno. Si su maestro, el bufón venezolano, acabó de la peor manera y quién sabe dónde lo arrumbaron. Bolívar de barro, ¿dónde quedó?

En el masismo no se ha decidido una sucesión hereditaria porque bien saben todos que el rey es él, y no habrá otro después de él. Se lo puede acusar de mucho, y de más de mucho es culpable, pero Morales tiene carisma y sostiene una estructura que en su ausencia se desbarataría. García Linera quiere hacer creer que se ha formado una “conciencia”, que existe un programa, que nada va a revertirse. ¿Revertirse de qué? Aunque ciegos seríamos de no entender que ha habido, por la situación, cambios positivos. Era un inevitable proceso histórico y este fue el catalizador. Que se disparó por la delincuencia desenfrenada ya es otra historia, que hasta pusieron a un sonriente Hare Krishna de embajador para hacer de las suyas con el poder, otra. Manga de desclasados, de pillos, aprovechadores, ladrones, violadores; esa es la conciencia, hoy, de la “patria”.

Linerita, la Hiena, tantos otros nombres de aves de paso, aves de mal agüero, no podrían sentarse en la hirviente silla donde el patrón descansa sus nalgas. Linera sería destrozado de inmediato por la plebe que idolatra. Lo único que lo sostiene, y aprovecha magistralmente de la situación, es su crédito con el amo, su amo. Perro faldero, solo estaría vagando perdido hasta caer en la perrera o en algo peor, de no existir más su sostén. Perdemos saliva conversando acerca de la eternidad. Ninguno de ellos, ni nosotros, somos eternos. Por eso los segundones se van forrando los bolsillos bien, porque en cualquier momento asoma el tiempo de la huida. Ya rico, El vicepresidente olvidará su marxismo de opereta para dedicarse al jet set que idolatra y donde podrá moverse ya libre de ataduras y prejuicios en algún lado. Podrá escribir poesía, Dios nos libre.

¿Cuánto puede aguantar el gobierno de uno? Lástima que hay muy malos ejemplos en la historia, en la izquierda o la derecha, o viceversa que al fin demostraron que son lo mismo. Pero al destino nos encomendamos, según lo hacemos a diario, conscientes o no.

Entonces, por más años que dure, este es un proceso efímero y mortales sus actores. Claro que no debe ser consuelo porque esperar desenlaces así puede ser letal. ¿Qué si acabamos antes que ellos? Al menos sabemos que no hay dinastía como en Cuba, a pesar de que la hija de Evo se perfila como las princesas multimillonarias de la izquierda africana, por ejemplo. Del poeta Agostinho Neto al maleante de Dos Santos y su hija cubierta de diamantes. Eso costó el dolor de Angola, la sangre de Angola, las hermosas líneas del poeta que fue presidente, cubiertas de oprobio.

El problema no es que alguien suceda al cacique cuando este desaparezca. En el legado está el drama, en las ruinas de un país donde impera el narcotráfico y la democratización de la droga implica montón de dinero para unos, migajas para el resto, que es mejor que nada, seguro, pero que a largo plazo trae consigo completa destrucción.

No hay sucesor, ni lo habrá. Por un tiempo continuarán gritando cuando Morales se vaya, luego intentarán mimetizarse con el resto para evitar la represalia que ha de venir. Pequeño alivio, pero alivio.
12/08/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 14/08/2019




Tuesday, August 13, 2019

El último tango de Marlon Brando/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace unos días, a los ochenta años, muere el controversial actor Marlon Brando, uno, entre pocos, que marcó una impronta en varias décadas del cine norteamericano. 

Alumno de la academia de Lee Strasberg y devoto de Stanislavsky, Brando marca un giro perturbador en el cine de los Estados Unidos al transformar la atractiva estrella masculina de las películas hasta entonces en un despótico y malhumorado, ni siquiera apuesto, bruto que se inflama en las particularidades de su rudeza. Encarna al anti-ídolo, la figura opuesta del galán perfumado que opaca la ya escasa visión de las mujeres, en filme al menos, con el brillo de su impecable peinado y sonrisa de inadecuada perfección. Hace así su debut como un desengañado parapléjico en "Hombres", de 1950, bajo la dirección de Stanley Kramer. Brando se acostó durante un mes, casi sin moverse, para preparar aquel papel.

Ganador del Oscar al mejor actor en dos ocasiones (1954, 1972), fue nominado repetidas veces, varias consecutivas, para el premio en la década de los cincuentas. Luego sobrevino un bajón, producto en parte de la dificultad que resultaba trabajar con él.

Hijo de actriz fracasada y de padre mujeriego, la irregularidad de su infancia lo persiguió durante su vida, llegando a infiltrarse en la de hijos y esposas con un sino trágico. Egoísta, talentoso, gruñón, lo saca Francis Ford Coppola de su exilio, dándole el papel protagónico, que desempeñó de manera notable, en una película basada en un mediocre, aunque apasionante, libro de Mario Puzo, "El Padrino", retrato dorado de la sociedad italiana del submundo en los Estados Unidos. En un marco demasiado grandioso para un grupo de inmigrantes provenientes de la chusma peninsular, con veleidades de elegancia y donaire, Brando se desenvuelve brillante y pausado y es su actuación sobre todo la que valida ese supuesto ambiente de nobleza que rige "El Padrino". El actor Brando inventa, enriquece, da respeto a un personaje posiblemente vil y engañador.

Coppola lo trae de nuevo, o se traen los dos, en un rol aún más difícil, el de un coronel norteamericano, intencionadamente orate, hundido en el vientre de Camboya, rigiendo como reyezuelo durante el conflicto vietnamés, ajeno ya a sus superiores o a cualquier razonamiento (interés) por el que terminara allí, en una magnífica adaptación del sopor de "El corazón de las tinieblas", de Joseph Conrad, en algún lugar -todo infierno se parece- de los oscuros fluídos del Congo.

En su presentación oficial en 1973, "El último tango en París" causó conmoción. Bertolucci conseguía, dentro de la característica inercia de su cine, realizar una película que a pesar de la simpleza de su argumento tenía extensas connotaciones provocadoras y provocativas al mismo tiempo. Marlon Brando venía perfecto para el papel de Paul, un norteamericano de mediana edad, cuya mujer se ha recién suicidado, y que conoce a una muchacha francesa de 20 años en un apartamento que ambos, por separado, esperan rentar. Paul y Jeanne (María Schneider) ingresan en un despiadado juego de sexo que al tornarse obsesivo convocará a la muerte.

"Queimada", de Gillo Pontecorvo (La batalla de Argel), impulsará otro personaje brandiano que se ha tornado inmemorial: William Walker o la ejemplificación de Inglaterra amoral. El cínico actor norteamericano parece acoplarse con perfección a esta gama de diversos, pero homogéneos, caracteres esclavizados entre el dolor y la perfidia, como en el tango.
6/7/04

Tuesday, August 6, 2019

Se agota el inventario/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Qué escribir sobre Evo Morales y Cia.? Son tan básicos que hemos exprimido todo. Sale lodo, a raudales, como torrentera de la cordillera, pero nada más. Si queremos indagar las profundidades del fenómeno masista resulta que es de gloriosa superficialidad. Un tema como el del indio en la sociedad boliviana ha sido conducido a un sitio trivial y superfluo. Ha dejado de importar. El comercio rige los destinos del país; el comercio y el estupro. Diseccionémoslo y no hay nada, gruesa piel de cerdo, retórica insalvable de la inteligentsia del régimen, vanidad y baño público.

Cada día se complica escribir al respecto. Cualquier arista, perspectiva por dónde se mire, guarda lo mismo: droga, alcohol, robo, violación, onanismo, abuso sexual, desnudez alcohólica, chinos. Si da para escribir un libro sobre los engaños de la “política” o el arte de hacerse con el poder sin tener nada. La osadía del imbécil, la permanente del marica. Pelucones y amanerados, el socialismo a la boliviana. August Bebel, Engels y Marx se agitan porque mearon sobre sus tumbas. Ernesto Guevara se pregunta ¿y por esto me maté? Solo el buen hombre, Mujica, dudosa bonhomía la suya de sobreviviente, agita sus blandengues bofes de viejo para proteger al “hermano” Evo. Con hermanos así se acaba la humanidad. Con Evo y Mujica, las dos caras de la misma medalla, Jano bifronte y poluto.

Leo sobre Mongolia, la Cuba de Oriente, y cómo cayó en el hambre cuando salieron los rusos. Gorbachev trajo el hambre, los desheredados, los huérfanos. Entonces ese era el socialismo, ciertos patrones repartiendo migajas mientras ellos viven en el jet set. El pueblo como rebaño. No significa que el capitalismo sea mejor, que también engaño es pero de mayor sofisticación. Sofisticación es lo que no tiene el títere Morales, títere de la mafia internacional. Más le valiera ser el rey desnudo con traje transparente de la fábula. Juega al dandy elegante siendo torpe, al administrador incansable siendo idiota. Para lucrar son buenos; tal vez característica nacional, como la mítica de judíos, armenios y azeris. Fácil es, pero, lucrar teniendo la sartén por el mango, no vale. Con coacción, no vale.

Nunca fuimos un país poético pero nos mimetizábamos de algún modo. Morales ha destapado la cruda realidad de lo que somos: jamelgos que corren detrás de los autitos del Dakar. Linchadores de marca; expertos secadores de pasta base; nuevos ricos todavía limpiándose el culo con piedras  de río.

No les gusta mi verbo. Me aconsejan, amenazan, comentan, opinan. Tirifilos con lengua babeante de secar nalgas sudorosas se creen con derecho a hablar careciendo de abecedario. Oclocracia, dominio de la hez, el lumpen del lumpen. ¿Dónde el socialismo? Cualquier maleante ahora es Vladimiro Ilich, ya repugnante en sí pero capaz. Aquí solo repugnantes, muladares, misas negras de las que incluso escapa el diablo.

Triste que un país espectacular como Bolivia sea ahora feudo de un patán y de su amante. De nada sirve compararlo con otros gorilas de antes. Tristeza de siempre haber pertenecido a delincuentes, de estos, los peores estos hoy. Nada ha de cambiar. Los intelectuales sirven de urracas parlanchinas, no hay valor. Algunos pertenecen a las huestes estupidizadas y van con el ciclo, anhelando la oportunidad de echar mano a la piñata. Rimbombantes se ofrecen a diputaciones de una elección trucha, malsana, pendenciera. El tiempo dirá, aunque el fatídico Choquehuanca, ñusta aymara, volcó el reloj para despistarlo. Contemplamos el cénit del crimen. En apariencia todo marcha y se eterniza. Habrá que ver, a pesar de que vengo repitiéndolo diez años. Tal vez mejor callarse, que la propaganda alimenta a los puercos. George Orwell dio lecciones que aún sirven. Espera, aguarda…
04/08/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 06/08/2019

Imagen: Alfred Kubin



Ser o no ser... boliviano


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

30 años afuera. Algún concepto habré adquirido en tantos años de lo que soy, de dónde vengo. Tener raíces no implica el concepto de patria, que es un concepto político. Ni siquiera de nación, siendo que en el mestizaje generalizado poco puedo aseverar el pertenecer a un grupo específico de gente.

Recuerdo, hace muchísimo, en Arlington, Virginia, en un amanecer, tomando ventaja de un teléfono público fallado desde el cual se podía llamar a los padres sin costo ni interrupción. Aunque sí, esta, porque no estabas solo en tu conocimiento de la ventaja, lo estaba toda la comunidad boliviana, y toda quería hablar. Motivo de roce. Sucedió que un tipejo pequeño y lampiño, con todas las características de uno de los grupos étnicos mayoritarios del país, quería avasallar mis derechos y quitarme el turno. No se lo permití. Era invierno y yo llevaba un abrigo largo inglés que me había comprado con mi primer salario. Pues el hombrecillo se encabritó y comenzó a insultarme: que indio aquí, que indio allá, que me mirara la cara y viera cómo estaba vestido. Le dolió incomprensiblemente mi abrigo. En su estrechez mental supuso, o sintió, que yo vestía así para diferenciarme de él, de un resto que ni sé cuál era. Puedo manifestar mi mestizaje con orgullo, incluso sin saber detalles de las sangres. Pero ahí estaba este, indio en gran porcentaje de su ser, creyendo insultar echándome en cara lo que él era, lo íntimo suyo, denigrándolo. Que se convirtió en blanco en todos estos años, lo dudo; que habla inglés con sus hijos cuando retorna a Bolivia, seguro; que agita su pasaporte norteamericano bien a ojos vista del público, claro que sí. Que sigue creyendo que “indio” es el mayor insulto entre connacionales, cien por ciento afirmativo. Que defiende a Evo Morales a rajatabla, claro. La eterna contradicción del esclavo que quiso ser amo, y que cuando llega a posición de poder es más papista que el papa, más esclavista que el látigo, más racista que Trump. Triste y bastante generalizada imagen de los bolivianos que vi en los Estados Unidos. Que no soy, mexicano; que no soy indio; que soy gerente y no peón… Ser lo que no se es, pregonarlo. Que vengo de las mejores familias de allá, que no soy indio. “Putaindio”, se gritan un taxista a otro. Y así, negándonos de manera permanente no somos otra cosa sino justo aquello que decimos no ser.

Complicado… Bolivia es un país complicado. Mi madre argentina, que lo amaba, nunca llegó a captarlo, jamás penetró en el laberinto mental que somos, incluidos sus hijos de padre boliviano. Pero sucumbió a su esencia, que es vital, dramática pero que es fiesta. En la fiesta vivimos y somos, desde muy antiguo, desde Pachacuti Inca y Huarochirí, si seguimos a Juan de Betanzos y a José María Arguedas. En Bolivia, en el norte de Chile y Argentina, en el Perú. Y ya en esta afirmación hay un problema, porque Bolivia no es una a pesar de que la fiesta llega a ser la característica general. Es varias y aquello que describo se relaciona más con los quechuas aunque los tambores resuenan por cada rincón.

Hace mucho tomé la decisión de morir en Bolivia. ¿Qué hay en Bolivia?, me preguntan. ¿Para qué vas a volver? Esa respuesta tiene demasiadas aristas. Simplemente porque allí reencuentro mi espíritu, no porque coincida con las corrientes de pensamiento étnico-nacionalista en boga. Es mi tierra, allí nací y la extrañé por treinta años mientras la odiaba como a un primer amor. Los ánimos se calmaron, en apariencia, y creo que soportaré mi hogar a pesar de los sátrapas de turno. Estos vienen y van, como mandarinas. No importan: obstáculo y bulto que no tienen nada que ver con mi relación personal con ese territorio demarcado con un nombre y lleno de sentimientos.

¿Que si cambié en tantos años en el extranjero? Nunca me escucharán decir okay. No porque esté mal sino que no me gusta. Aprendí mucho, pero el néctar no se hace agua por la lluvia; no debe hacerse. No escondo de dónde vengo, sobre todo no lo escondo para mí. No me hago historias falsas, no invento. No he olvidado un detalle de mi vida en Bolivia, a pesar de que los años vividos en EUA son más que los míos allá.

Reduzco la bolivianidad a la experiencia propia. Seguro que sí. No significa que ese sea el patrón de medida para el resto. Creo ser muy boliviano y mis libros, a decir de mi madre extranjera, son profundamente bolivianos a pesar de haber sido escritos afuera. Me falta Bolivia. Los años idos no son perdidos, pero abrieron una brecha entre mi país y yo ya difícil de llenar. Quiero, de ser posible, dedicar lo que quede de horas para recorrer una geografía única, amalgamas de cultura extraordinarias, retratar, comprender, sentir. Tanto he perdido pero hay tanto por descubrir. El balance ha de ser positivo. Tiempo para descubrirme antes de partir, para admirar la diversidad que impida desarrollar conceptos obtusos. Somos más que el hombrecito del teléfono, más que mi experiencia de hombre cochabambino. El universo no se reduce a dos, menos a uno. Hay que buscarlo, desplegarlo en la mesa como un mapa y tratar de entender. No somos iluminados ni lo seremos. No poseeremos nunca la verdad, pero hay que crecer hasta donde se puede, y legar a otros lo conocido.

Un intervalo…

Estamos llenos de falsos profetas, salvadores de turno y hábiles ladrones. Somos desconfiados y aunque no querramos, admitimos como normal la deshonestidad. Nos entrenaron por décadas a ser así. Se ha hecho costumbre y resulta hasta distintivo ser mejor que otros en el hurto, la estafa, el engaño. Típico de sociedades pobres, dirán, pero el “pendejismo” en Bolivia tiene, otra vez, visos de distinción. El pendejo siempre gana, es digno de admirarse e imitarse. En este tema podríamos desarrollar páginas de tesis reflejando el último período boliviano, que aseguran ser el último, la retórica de los pajpakus que calaron muy bien en la idiosincrasia “nacional” y supieron, a través de la trampa y la coima, caer bien entre comerciantes aymaras y comerciantes cambas. Campo libre para el saqueo.

Hablé de patria en un principio, concepto que no cuadra conmigo, pero si seguimos al detalle lo que patria y patriota significan veremos que en Bolivia no existen ni lo uno ni lo otro. Este mercado necesita un Jesús Cristo armado de látigo para purgar el sitio de fariseos. Soy más drástico al respecto pero no es momento de soltar aún los perros de la ira. Por ahora quedemos así: que patriotas no hay; o no se ven. Malabaristas y titiriteros, sí. Triste, pero Bolivia es una mujer violentada a diario. Por sus hijos.
08/02/19


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Publicado en PUÑO Y LETRA (CORREO DEL SUR/Sucre), 05/08/2019

Imagen: Cerámica peruana

Sunday, August 4, 2019

Reflexiones sobre un plato de comida china


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pollo del General Tso, picante. Muy parecido al pollo con ajonjolí, cocinado con piña, dulzón y delicioso. Recurro a las enciclopedias virtuales y dicen que este plato lo ofrecen los restaurantes chinos de Norteamérica y recuerda al líder militar de la dinastía Qing, Zuo Zongtang. Sin embargo no hay referencias que lo relacionen con la comida ni ella es típica de su región, Hunan.

A pesar de saber por mi experiencia en los mercados de abasto de Washington DC cómo cocinan, y con qué, los restaurantes chinos, siempre que puedo me asomo y devoro magníficos sabores y el misterio de los vegetales chinos. Lo hice otra vez, domingo conduciendo el automóvil solo en una rutina no tan extrema.

Comida popular, como la que rescataba Anthony Bourdain, el sociólogo del sabor. Ahorcado, vaya, quizá gracias a la enfática Asia Argento, la hermosura de la muerte. A veces los riesgos valen; mejor que no, aunque ya tarde.

Popular. Del pueblo. El sabor es un recurso del hambre (pensando en un texto de mi amigo Maurizio Bagatin). Del hambre viene el engaño para hacer creer que lo que es no es, que lo que se come es mejor. Y el picante, el gran adulador, que con picante todo pasa. Historia aparte la de la antropofagia. Decían en el Congo de los 60 los combatientes negros, que suave era la carne de los cascos azules suecos de las Naciones Unidas, y dura la de los ¿ruandeses?, no recuerdo.

Siendo popular, los parroquianos eran ¿cómo describirlo?, un hato de inmigrantes varios, noventa por ciento negros, con geografías desde el cuerno de África hasta una joven jamaiquina que mostraba el vientre y metía las dos manos bajo su falda para acariciar los nacientes vellos del pubis, mientras comía una res al estilo mongol, también picante, con arroz frito.

Los cocineros chinos se alternaban para su almuerzo, mezclados con los clientes, y sorbiendo largas y oscuras algas de mar.

Una mujer mexicana con dos hijos; un boliviano; un asiático que por los ojos era camboyano o malayo. Al fin entraron dos norteamericanos, de la especie granjera, y recogieron un inmenso paquete de platos para tal vez una fiesta. Les faltaba baño, como es usual, pero estaba lejos yo, tomando un té, para percibir efluvios.

En el teléfono me escribe una hermosa rusa, del oblast Novgorod, diciendo que se siente sola. Yo también, le contesto. Algo habrá que hacer al respecto. Algo, respondo. ¿Qué haces? Como comida china. Nunca he probado comida china, afirma, y me asombro que ellos que se han metido hasta el ombligo del mundo no pasaran por esa pequeña ciudad a doscientos kilómetros al sur de San Petersburgo. Algo habrá que hacer respecto de la comida china, de la soledad y del amor. Pero otro día, no hoy, que mi rutina está emperrada en que siga un cronograma establecido para mi único descanso. Si hubiera una mujer cerca, el hambre y el sabor, no podría estar yo conmigo. Eso, hoy, no es posible. Ni con jengibre ni con sésamo. Hoy no.

Cuando salgo a la calle, la muchacha jamaiquina está sentada en la acera. Tiene un vientre hermoso, los ojos un poco torcidos, el pelo enrulado, y conversa con un rasta gordo y desafinado. Al pasar observo el ombligo canela, un tinte precioso de mixtura. Sigo mi camino, pensando en el té que voy a preparar, en el ron de la tarde de domingo, en la lectura, en la terraza, en las visiones y los embrollos que hay que olvidar.

Preparo el té helado. Hace calor mas presumo lluvia. No veo la cordillera del Tunari, no veo a la virgen del Carmen y su nieve. Mi padre sabía todas las nevadas del año. La Asunta, cómo me acuerdo, y la distancia insalvable se hace cercana en la memoria. He de comer ese polvo otra vez, me aseguro. Hay que tomar pasos, sin embargo, solidificar el suelo donde nos asentamos. Hay que sacrificar sentimientos para eso, pero, como el sabor, ellos matizan el hambre sin acabarla. El amor es una desesperación con especias. No otra cosa. Prefiero vivir de pan.
04/08/19

Giordano Bruno


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 Originalmente Filippo Bruno, llamado el Nolano, filósofo, científico, escritor, admirado en las cortes de Isabel de Inglaterra, Enrique III de Francia, Rodolfo II de Habsburgo, fue detenido -entre otras cosas por su defensa de la teorías de Copérnico- por la Inquisición en 1593 y quemado en la hoguera luego de un proceso de siete años, 1600, que incluía, cosa común en la santa iglesia, tortura, extorsión, perjurio y todo lo ilegal que pueda cargar un juicio predeterminado. 

Arrestado inicialmente en la República de Venecia, a su regreso a Italia, fue por medio de sucias maniobras eclesiales extraditado a Roma. La quema de herejes en Venecia casi ni existía. Su senado y leyes permitían una ciudad abierta y bastante relajada, donde Bruno quizá hubiese tenido la posibilidad de quedar con vida. No así en Roma cuyas piras sacramentales se contaban por miles y que, al igual que en su antiguo esplendor del imperio, distraía al pueblo con semejantes frenetismos. Jugaban los autos de fe el papel de sofrenadores del ardor popular. La amenaza contínua de la peste, la miseria endémica, el esplendor del papado en oposición a tal pobreza, mantenían un hervidero social siempre presto a estallar. El juicio de Giordano Bruno, y su posterior ejecución, mantuvo en vilo a la ciudad e incluso dividió en cierto grado a los magistrados del Santo Oficio. Se le ofreció una posibilidad de abjurar su herejía cuando nada existía sobre qué abjurar: la tierra giraba alrededor del sol, la iglesia era una institución corrupta que necesitaba cambios fundamentales, la ciencia no era magia y las discusiones filosóficas sumadas al pensamiento no eran actos de quiromancia.


En 1600, la Inquisición se lavó las manos, sin secárselas para ser ciertos; transfirió al reo a la justicia del gobernador romano, quien, siguiendo las pérfidas intrigas de los frailes, decidió sacrificarlo. Terminaba así una de las más lúcidas mentes de la Europa del seicientos. No sé si el Vaticano se disculpó alguna vez por el crimen. No hay disculpa válida. La quema del filósofo y tantos otros desmanes de esta secta de disfrazados debiera haber sido suficiente para destronarlos de la historia. Lástima que no sea así. La iglesia permanece poderosa; ha cambiado sus tácticas pero no su razón. El nuevo Benedicto vale de ejemplo, con sus retrógradas leyes antihomosexuales, siendo la iglesia misma ferviente caldo de cultivo de abuso y pedofilia. Otras sectas: protestantes, mahometanas... crecen a la par, augurando un mundo de intransigencias medievales. En Irak, hoy, pelean una teocracia que se considera heredera de la aberración de las Cruzadas contra otro grupo de fundamentalistas que lo único que quiere hacer es postrarse cinco veces al día, con los pies y el trasero de otro fiel justo frente al rostro, y prohibir lo que se pueda. Y castigar, por supuesto.


Tuve la suerte de encontrar una rara joya cinematográfica: "Giordano Bruno", dirigida por Giuliano Montaldo, director también de "Sacco y Vanzetti"; cineasta de causas perdidas. Producción italiana de 1973, "Giordano Bruno" recuerda el cine histórico de Rossellini. La técnica es similar a la que se usara en "Blas Pascal" y en "Sócrates", tocando un punto en el que desaparece la escuela neorrealista y se reinventa la manera de hacer cine. No hay sofisticación o enredo porque no se los necesita. La narración es llana, rica en vicisitudes pero concreta y antiespeculativa. La tecnología de la época, que produce una cinta algo opaca, se presta al esquema. Son historias antiguas y dramáticas por lo general. Los personajes, tanto el Sócrates de Rossellini como el Giordano Bruno de Montaldo están condenados. El texto hablado es vital, se trata de dos filósofos y a ambos se los juzga por su verbo.


Se nos había enseñado en la escuela, muy de pasada, que la Inquisición detuvo a Galileo y que se quemó a Giordano Bruno. Montaldo ha rescatado al hombre, enigmático y poderoso en su fortaleza de soportar el embate de un monstruo, consternado por el dolor físico en la tortura pero incólume en su mente pensante. Cuando vi la posesión del nuevo Papa, no ha mucho, me divirtió el carnavalesco entorno de trajes. No pensaba entonces en Giordano Bruno, cuya carcajada haría temblar de nuevo la gran mascarada de santos fantoches. 

01/12/05

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), diciembre 2005

Imagen: Giordano Bruno


Thursday, August 1, 2019

El mausoleo en Altagracia, Barón Biza, la muerte y Córdoba


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Años, muchos ha, el tío Carlos Coqueugniot, o el primo Ricky, nos llevaron a mamá y a mí por el camino de Altagracia, Córdoba. Había una gigantesca torre, un obelisco púrpura adonde entramos. Tumba de una actriz suiza, piloto de afición y muerta en lo suyo en 1931. Esposa de Raúl Barón Biza, el controvertido autor, suicida, y pornógrafo anotan por ahí. Había algo de espeluznante, un mensaje que Barón Biza dejó para la posteridad, una amenaza para quien violara la paz del lugar. El descanso en la cripta. Lo olvidé hasta ayer, en que leyendo un texto de literatura argentina recordé, solo para saber horas después que la amada prima Liliana, que tiene la misma voz de su madre, la tía Lita Campagnolo, estaba en terapia intensiva con pronóstico reservado. Nos vamos, nos siega el tiempo, uno por uno, enviándonos por los caminos rodeados de obeliscos, con un nombre marcado. Desde el etíope Memnón, en Troya, hasta los últimos amigos más modestos que murieron sin armadura ni gloria.

Dice Barón Biza que su mujer quiso llegar allí donde están las águilas. Ícaro se rejuvenece, recrea, quema y requema en la búsqueda de lo imposible. Tal vez así vale la muerte, se le quita lo prosaico de exhalar y listo.

Nos acabamos los Ferrufino; nos acabamos los Coqueugniot. Con nosotros se van historias que ni sabemos, vida acumulada de generaciones. Paisajes y rostros. Rastros perdidos y sin embargo presentes, sin saberlo, por momentos. Espectros que aparecen en el instante preciso, cuando la debilidad llama para sí a la fortaleza de un lancero de Ingavi, a la rudeza cruda de los francófonos trepando los muros de Jerusalén. Hemos estado por todo lado y lo hemos olvidado. En las naves y en la selva; en la montaña y el precipicio. Son nuestras todas las lenguas, las sangres y las carnes. Perecimos con las galgas ayopayeñas tanto como en el Marne. Que no me hablen de nacionalismos porque banderas fueron mías todas. Y colores. Que ahora saboreo un choclo waltaco, de grano grande y lo alterno con un queso azul de la Auvernia; así lo quiero, lo siento y lo degusto. Diverso, y a prueba de fuego.

Con el tío Carlos vi el Paraná. He visto el Dnieper pero me arrastra en avenida el Paraná.

Con Ricky Coqueugniot, hijo de Francisco y Lita, conocí el frío del aluminio, el hollín del acero. Con Julio Dueri de metalúrgicos improvisados, arrastrando los pies a la pensión mientras los obreros argentinos reían: sos loco, cómo vas a andar así mugroso, che. Ellos se empilchaban, perfumaban, piropeaban con cierto soez a las muchachas preguntándoles por la frutilla. Nosotros, tristes y negros, agotados, con el sexo en el fondo del pensamiento, hundido entre rezos y olvidos.

Altagracia, la sierra. 1975, creo, por los muertos, por el hospital bonaerense donde me trataron por mononucleosis médicos del ERP, ya idos.

Cortamos metal, disparamos clavos con pistola, nos destrozamos los dedos. Empresarios de nombres italianos mostraban maquinaria agrícola construida en Argentina. Impresionaba. Veníamos del bazar quechua-aymara, del locoto y del tomate. No olíamos a industria sino a quilquiña. Ricardo llegaba a fin de mes con un billete de cien dólares para cada uno, o su equivalente en moneda local. A las cinco de la mañana tomábamos café con leche y facturas, casi al frente de la hermosa terminal de buses. Avenida Madero, tal vez. El cuarto compartido del hotel tenía tres camas: en una Julio, en otra yo, y en otra un individuo que hablaba poco y se engominaba para salir. Podía ser una novela de Roberto Arlt. Pasaban por el billar pelirrojas putas rumanas mientras tomábamos cerveza Salta de litro.

Ahora, antes de dormir, tomo un mate de manzanilla y otro de raíz retostada de diente de león. Nadie me los recetó, solo que mi madre en mis tiempos de lujuria, locura quise decir, me preparaba una manzanilla para calmar los ánimos ebrios y llorosos. Ya solo me conversa en las noches de lluvia, como hoy.

Entonces me asustó el obelisco de Barón Biza para su hermosa, Muchas veces he pensado en él. De pronto ha regresado, con malas noticias. El tiempo es un martillo incansable. El herrero, Vulcano, que prepara cascos y lanzas, alienta la fragua. Se lo puede ver, color naranja, en el horizonte del mundo.

Que en un par de días llega la tristeza, seguro. Ella no falla… su amor eterno. Mientras tanto escribo, porque más olvido cada día que lo que aprendo.
31/07/19