Monday, June 6, 2011

Jawlensky/RETRATOS AL AZAR

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Jawlensky pertenece al arte expresionista alemán.

No resultará que conferencie ante un auditorio menos compacto que el viento. Esta costumbre de hablar solo me hace pensar que enloquezco. Tanto mejor si así puedo evitar los rostros de los intelectuales. Día a día aprecio más la sencillez y detesto la pedantería. ¡Qué calma mayor que la modestia!

Me desvío sin embargo del tema, aunque la protesta y el desgano bien pueden entenderse como una concesión al espíritu ruso, y, entre ellos, al de mi personaje acá, Alexej von Jawlensky, discípulo de Ilya Repin.

El mundo alemán de principios de siglo y entreguerras es de un subido tono azul, color al que se llega luego de diez noches de embriaguez explosiva, asesina, no de las noches de borrachera conversada y erudita; eso es para los exégetas de los frailes, no para los dioses.

En 1924, Jawlensky, Klee, Kandinsky y Feininger formarán Die Blauen Vier, los Cuatro Azules, grupo que subvertirá el arte.

Jawlensky tiene dos fuerzas: una, la libertad creativa; otra, la bestial sombra antropófaga de los eslavos. Subyacen en sus telas anónimos artistas populares rusos; el vigor le viene de allí, de la profundidad inconmensurable de la estepa y la taiga.

A partir de los treinta voy olvidando a Jawlensky. El deriva hacia el cubismo y yo quedo con mi brutal rostro expresionista. Levanto cualquier xilografía y la anudo al cuello en forma de corbata. Sé que voy a perderla porque llegaré arrastrándome a casa, pero no importa. Las botellas me aguardan más que los amigos y cuando me siento, todos nos tranquilizamos.

El bar nos domina. De entre el tumulto alguien me pregunta:
-¿Qué color prefieres?
-Amo el azul, desde Jawlensky…
octubre 85

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Publicado en ACRACIA 2, Cochabamba, noviembre, 1985
Publicado en Presencia Literaria (La Paz), 25/11/1989
Publicado en Pueblo y Cultura (Opinión/Cochabamba), 17/08/1989

Imagen: Jawlensky/Cabeza en azul, 1912
  

Sunday, June 5, 2011

Volinia y Galitzia


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

a Isaak Babel


No recuerdo exactamente cuándo rozó mi piel la historia de estas regiones. Algún añoso cuento de duendes y osos soplaría en mis ojos vírgenes, sus sortilegios. Cayeron en el tiempo las hojas de los árboles, rasgando los acordes de violines invisibles. La música hundióse en el barro putrefacto de los otoños lituanos y el lúpulo en descomposición lloró la cerveza ahogada en marmitas de viejas brujas.

Noche poblada de bruma, de aullidos de lobo; los poetas te cantan subidos en negras piedras milenarias calzadas de musgo.

Tuve su voz de frontera en las páginas de Gogol y vestí armas ruidosas, e imaginé la sangre chorreando de una mítica espada con ritmo tranquilizador. Dicen que la tierra se ensombreció con las siluetas cosacas. Dicen de igual modo que el Volin desvió su curso para evitarlos, que el Bug tomó el color de una mortaja inmensa. Los insectos callaron y el sonido de los cascos de los caballos quedó guardado como ahorro en las cortezas vegetales.

Leyendo a Henryk Sienkiewicz percibí el rumor de la matanza. De mi silla contemplé la inmutable estepa, donde se cazan los hombres. El cielo enrojeció como tinta echada en sábana y las multitudes aterradas aguardaron al Anticristo. Volinia descansaba plácida en la candidez del trigo. La vida era como un trago de sopa, reconfortante. Luego la turba, la oscuridad tártaro-cosaca, detrás de las polacas de lindos senos. Cómo estaría Lublín aquella tarde en que el duque Jeremías reunió a las huestes. El día tembló temiendo que la venganza se ensañara con él, apañador de crímenes. La piedad quedó metida en los arcones de la catedral mientras las tropas marchaban ¡Ah, Galitzia! ¡Ah, Volinia! Sobre sus cuerpos pasó el sexo reptante de la humanidad ¡A qué embarazo atroz las sometieron! Los hombres se abrazaron en una fiesta sangrienta; los petrificados diques de cuerpos parecían querer retener el agua, para purgar la vida.

Las imágenes regresan y corren sobre mi mesa, ávidas como hormigas comedoras de pan.

Es el siglo XVII el que relato; siglo donde los bosques sin fin ni principio estaban poblados de seres fantásticos, donde los linderos del diablo se extendían como agua derramada. Siglo de monstruos, gigantes, hechiceras y reyezuelos, cubiertos con mantos de crueldad y hambre; lugar en que la muerte era más barata que una rebanada de pan; sitio fantasmagórico. Era mejor trepar a un pino y taparse los oídos para no escuchar gruñir a los hombres fiera que vigilaban lo denso y lo claro, lo absurdo y lo real; cubrir los ojos y no ver las humaredas blancas de espectros por la llanura.

Bogdán Mielnitzki entró en Volinia montado en caballo y pisando extensos caminos de barbas talmúdicas. Cuatro siglos de huesos recuerdan su nombre impronunciable.

Al abrir unas matas con la suavidad de un beso, encontré en Isaak Babel el rutilante Sbruch. Su lengua de pez y sus meandros eran hidromiel embriagador. Corría 1919; dioses de destrucción castañeteaban los dientes sobre todo. La guerra vino con luz de luna; los hombres rodaron como canicas en la sinuosidad terrestre. Los campos hedían. Cien mil hebreos degollados como borricos olvidaban la Torá entre miríadas de moscas y polvo de amapolas. El sol desafiaba las arboledas al mismo tiempo que se alzaban los sables del mundo nuevo para trozarlo.

La lobreguez de las habitaciones contrastaba con la fulminante luz encima de las mieses; los viejos judíos, agachados y taciturnos, oían la soberbia cosaca regocijarse en torno de las ollas. Observé -detrás de las gafas de Babel- la arboleda que ocultaba en su regazo húmedas rocas ¡Oh, iglesia de Novogrado, tus iconos miran fijo de tanto mirar callados! En medio de la rugosidad de la calle se alzaba un almacén de anticuario: pueblo perdido su interior; Asiria y Crimea en las figuras. Babel dirá: “¿Dickens, dónde estaba tu sombra aquella tarde?” Es la penumbra del genio en un atardecer cargado de niebla.

-“¿Qué busca el hebreo?”
-“Un poco de alegría”

La alegría de los hebreos duerme bajo el humus corrompido. La mirada de Israel Baal Sem Tob se ha cerrado y en Volinia ya no escucho las piadosas voces de los hasidim; el silencio es la muerte del rabino.

La luna rodó con su atavío áureo, bordeó los túmulos cosacos y se adentró en las casas, tras el ghetto de Zhitomir.

Mi tiempo fue desayuno y desayuno. Las letras bailaron, removieron presente y pasado; entonces, en el rescoldo de un anochecer, Isaac Bashevis Singer me susurró muy quedo que me hablaría de los judíos, desde Varsovia hasta Yampol. Con él miré aldehuelas dormidas en los bosques galitzianos; paradisíacos lugares en la Volinia, remojados por olvidados remansos. Conocí el brillo maléfico de los trasgos en sus habitaciones de entrepiso y la burla fatal que de los hombres hacen los demonios. Los misterios de la Cábala abrieron mundos de horripilantes figuras y mi juventud se agitó impresionada.

La tierra es un paisaje; los eruditos y los rabinos caminan bajo el peso de sus libracos: la ciencia es un espacio pequeño para el judío. Los niños marchan al cheder cantando en yiddish; hace más sol que nunca; la tarde está caliente como una premonición. Estamos en 1939.

Septiembre 85

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Publicado en ACRACIA 2, Cochabamba, noviembre, 1985
Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 05/06/2011

Imagen: Fortaleza de Zbaraj, en un grabado del siglo XVII

Wednesday, June 1, 2011

El Cinq Mars de Alfred de Vigny/ECLÉCTICA



Claudio Ferrufino-Coqueugniot


a mi hermano Armando

Releer un buen libro después de veinte años tiene el mismo encanto juvenil, la misma angurria, mas se ha vuelto melancólico, acaso triste. Me ocurre con "Cinq Mars", novela histórica de Alfred de Vigny. Escrita en 1826, cuando el autor, miembro de la nobleza y militar en tiempos de la Restauración, intenta explicarse la reciente historia de Francia mirando atrás.

"Cinq Mars" presume la grande y posterior novelística de Alejandro Dumas padre, su contemporáneo. Al menos caminan juntos dentro de un estilo que incluyera, aunque algo menor, también a Paul Feval.

Alfred de Vigny difiere de los románticos, a pesar de que parte de su obra se asocia con ellos. Su prosa es rica pero sin aspavientos. El decoro del verbo se hace innecesario en su manejo narrativo. Hay en él, además de concisión, cierta solemnidad que resume la muerte de la Francia altiva y caballeresca cuyas ramas cortara el cardenal-duque, Richelieu, quien, ajeno al futuro y sólo por extrema ambición, sienta, según discurre en las páginas del libro, las bases de la destrucción de la monarquía. Richelieu dejará a Luis XIV la herencia del estado absolutista; sin embargo poco durará, en los lapsos de la historia, la fanfarria y el esplendor de la corte francesa. Ya su descendiente, Luis XVI, pierde la cabeza en la máquina del doctor Guillotin, igual que la perdió Cinq Mars bajo el hacha del verdugo.

Se hace visible el pesimismo del autor a través de su obra. En "Servidumbre y grandeza militares" (1835) ahonda la pesadumbre. En él se asientan, más quizá que en cualquiera de sus contemporáneos, el drama y el conflicto de la revolución y el nuevo siglo. Dos escritores a quienes frecuentó en los cenáculos, Víctor Hugo y Charles Nodier, no reflejan la misma desazón. Nodier se convertirá en exquisito fantasista mientras Hugo será la institución francesa por excelencia, sólido a la vez que sentimental. Escribía Alfredo de Vigny: "Ma verité sur la vie, c'est le désespoir. Il est bon et salutaire de n'avoir aucune espérance". Fatalismo que concede al señor de Cinq Mars -en la novela- a lo largo de su conjura en contra de Richelieu y que brilla sobre todo en los momentos que anteceden a su ejecución, la suya y la del magistrado François de Thou, quien recibe la muerte como un don de buena fortuna. Ambos rechazan cualquier posibilidad de auxilio, de soslayar el destino, y suben al cadalso con la alegría del desesperanzado que al fin descansa.

Henri Coiffier de Ruzé, marqués de Cinq Mars, 1620-1642, fue presentado a Luis XIII por Richelieu, viejo amigo de su fallecido padre. El débil Borbón, hijo del navarro Enrique IV, lo eleva a la categoría de favorito y caballerizo mayor. En dos años Cinq Mars conocerá la gloria, pero, consciente del peligro que el poderoso prelado representa para la nobleza francesa, conspira siguiendo el sangriento rastro de otras fracasadas rebeliones nobles.

De Vigny (1797-1863) teje de manera admirable este corto drama. Lo enlaza en sus connotaciones políticas, le da el toque de amor necesario para hacerlo humano. Los personajes, muchos de los cuales divulgará Dumas por el mundo con su obra ampliamente más extensa: Ana de Austria, Mazarino... viven y se acomodan a la sombra del "gran político", Richelieu. La descripción de los lugares en "Cinq Mars" deja sello de imperceptible ensueño, así en los pasos profundos de los Pirineos o en las hórridas rocas a orillas del Saona que ocultan el camino de Pierre Encise, lóbrega prisión donde aguardan Cinq Mars y Thou la inminente decapitación.

Lo que Dumas no tiene y abunda en de Vigny es un sutil análisis de la historia de Francia. "Cinq Mars" se puede leer como una magnífica obra de entretenimiento, plena de intriga, romance, aventura. Sin embargo, entre líneas se encuentra el razonamiento de un pensador, aquel a quien Sainte-Beuve llamó "el divino y casto cisne". Nada mejor para explicarlo cuando al fin de la novela, en la noche parisina de festejo para el cardenal y de penuria para los rebeldes, un joven Corneille se topa con un joven John Milton. Milton pregunta a Corneille acerca de Armando Duplessis, y en sus palabras se resumen las posteriores historias de Francia e Inglaterra: "¿Y ese es el coloso, el hombre genial? De ninguna manera. Puesto que Richelieu sólo ambiciona el poder, ¿por qué no se ha apoderado de él por completo? Los que abandonan las altas regiones por una pasión humana, deben entregarse a ella en absoluto. Yo voy ahora a ver a un hombre, que todavía no es famoso, pero que es tan ambicioso como el tirano Richelieu, y puedo aseguraros desde luego que irá más lejos que éste. Este hombre se llama Cromwell". Fin.
13/12/05

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), diciembre, 2005

Imagen: El señor de Cinq Mars recibido por Luis XIII, de la Bibliothèque nationale de France

Tuesday, May 31, 2011

Cosas que uno ve/MIRANDO DE ABAJO


Santa Cruz, Aeropuerto Viru-Viru, amanecer del 24 de mayo.

Inicialmente creí que se trataba de contrabandistas panameños, posiblemente narcos. Carritos y carritos de equipaje, con al menos cincuentena de inmensos bolsos herméticamente envueltos en plástico, se alineaban ante los mostradores de COPA. Los dueños, todos hombres exceptuando a dos mujeres, una negra y una local, llevaban el pelo al rape y destacaban por la musculosidad de sus cuerpos. Comerciantes no, me dije, y supe que eran soldados, soldados cubanos haciendo qué en Bolivia, no sabía.

Dos oficiales, seguro, porque ante ellos se reportaba la tropa, una docena. Aunque vestían de civil, notoria era su actitud de primates elementales como suele ser la milicada. Me intrigaba el cargamento, todo en bolsas iguales, grandes de metro y más, y altas de cincuenta centímetros. Llevaban una etiqueta que traía una especie de venado, como si fuesen aperos de cazador. Pero para qué sacarían cubanos armas de Bolivia. Lo contrario es más creíble. Era, sin lugar a dudas, contrabando de las fuerzas de cierta revolución para ingresarlas al país donde tristemente no hay nada. Qué clase de contrabando queda la pregunta, porque pienso que se podría comprar más barato en Panamá, desde donde ellos continuarían a La Habana y yo seguiría hacia Houston.

Un borrachito paceño que hacía fila conmigo comentó que aquello parecía el Desaguadero, y fotografió desde el celular. Entonces uno de los mandamases se paró, y caminó hacia él, inquisitivo aunque sin hablar. No le había gustado. Algo tenían que esconder. Era por demás rara la situación, confirmada luego que vimos pasar el cargamento directo hacia el avión, sin cuestionamientos. Creí, porque tengo derecho a creer, que quizá así es como la droga, prominente negocio de la era Morales, sale del país, y que las historias que uno y otro lado cuentan son medias historias, incluida la del general Ochoa, fusilado por Fidel, y de la que he oído una versión distinta, que citaba también a Escobar, el de Medellín.

Uno de los soldados era boliviano, por su pasaporte; oriental. A éste lo acompañaban una mujer y una niña pequeña, con documentos norteamericanos. Al iniciarse el chequeo de narcóticos, los cubanos se burlaban del agente a cargo llamándolo D’Artagnan, mientras hablaban de peleas de gallos en Jagua la Grande. Casi entablé conversación, ya que había pasado yo por allí y por Aguada, pero preferí callar y observar. Los agentes de narcóticos del estado plurinacional ponían énfasis en los dulces y los chicles, con evidente desconocimiento de causa, o porque simplemente no les interesaba. Luego entramos a preembarque y los guerreros se fueron al bar a tomar Coca Cola y tal vez ron. Cuando llegó el avión de Panamá que nos llevaría, bajaron más soldados cubanos de civil, que saludaban de detrás del vidrio a sus camaradas. Obvio que son muchos y que conforman una de las estructuras de poder del emperador iletrado. Pensé en los imbéciles militares de Bolivia bravuconeando acerca de la matanza del Che, y que fuerzas foráneas no hollarían otra vez territorio nacional. Hoy los cubanos les hacen comer desde las botas. Los generales de Bolivia se venden, y barato, como putas (con respeto de ellas).

A tiempo de subir al avión, entraron a la primera llamada. Los miré acomodados en los sillones de cuero de primera clase y asimilé la gran ventaja de pertenecer a la Revolución. La única que fue en clase económica, con el resto, fue la boliviana con su hija, mientras nos cerraban las cortinas y les servían de entrada mojitos y otras vainas. A revolución así, la de aquí y la de allá, pertenecer no quiero. Porque ni contrabandista soy, ni narco, y menos milico de tal por cual.
29/5/2011

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 31/5/2011
Publicado en Semanario Uno 412 (Santa Cruz de la Sierra), 3-9/junio/2011

Imagen: Casco espartano

Monday, May 30, 2011

La chichería


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cerca del antiguo estanque de Coña Coña, hace poco, Raúl, José Manuel, Pepe y yo reencontramos la magia de la chicha por la mañana. Bailamos música agachada de Huancayo y vivamos a los guerrilleros del Tupac Amaru que habían encerrado a los dueños del mundo en un palacio. Las horas transcurrieron con la placidez de los eucaliptos, el goteo incesante de las monedas de la rayuela, un poco de pan y un alcohol amarillo que sabía a ceniza. Era como caminar quince años hacia la sombra, a desaparecer las canas de los cabellos, a esperar la llegada de mujeres que no se han hecho tan viejas como para dejar de hablarnos...

El martes por la mañana Julio me llamó desde Estados Unidos, de una prisión estatal virginiana en un pueblo llamado Lorton. Me dijo que estaba bien, que cuando lo soltaran decidiría venirse. Extraña las sucias sillas, las moscas que hacen mítines inmensos, los vasos pequeños como para poder apostar un seco tras otro sin miedo de caerse.

Los amigos salieron de sus labios; eran preguntas. Después de casi ocho años allí, donde son rubios, él se hundía en la nostalgia. En la cárcel de Lorton, Julio imaginaba el Bar Quito, "barquito", donde tenían chicha cliceña y se juntaban los mejores rayueleros cochabambinos, aquellos que de buenos juegan sentados, con otro que les recoge los tejos. Cuántas jarras dobles perdimos apostando. Alguna vez ganamos, lo que era notable. Pero ver a aquella gente lanzando monedas tan precisas era de por sí grande.

Me acordaba de cómo mi padre nos llevaba, a Armando y a mí, a las peleas de gallos, no lejos de dicho bar, sobre la calle Antezana, y de cómo impactaron mis ojos niños los jugadores de taba. En la rayuela he revivido con melancolía esos días. No recuerdo el rostro de papá entonces, mucho menos el de mi hermano, pero sí se me quedó en la cabeza aquel hueso increíblemente blanco que volaba para caer de suerte o de culo y convertirse en plata.

No sé si queda algo, debiera preguntárselo a Alfredo Medrano, o a Ramón Rocha, que me guiarían sin desgano. Porque ahora que me han adormilado las urbes extrañas se me hace difícil encontrar los viejos pasadizos del vicio, los de la fiesta eterna y la fraternidad, palabras que en anglosajón no existen más.

Ya a medianoche nadie quería atendernos. Por la Simón López, arriba, estaba la última y segura posibilidad: el "Quiero amanecer". De todos los extremos de la ciudad llegaban los aguantadores, para quienes la noche representaba un muy corto espacio temporal. Con Ramiro Murillo tomábamos una calle lateral y bajábamos a nuestras casas con la salida del sol. Resulta que ahora ya todos andamos muy ocupados, la ciudad se ha norteamericanizado malamente, nosotros mismos somos mano de obra buena en las metrópolis del norte. La vida se nos va y parece que al que supuestamente vive en el cielo le gusta hacer que sus hijos olviden lo que fueron; por eso prefiero escribir, antes de que se me pierdan los nombres y eternizarme como fui.

Luego de mediodía me puse a escuchar un disco de "Mocedades", la canción que titula "Amor de hombre", y a raíz de ella nace este texto, porque había una chichería, en la Antezana final, casi Guillermo Urquidi, en un pasaje que va desde esta calle a la avenida Oquendo y que es todavía el imperio del barro, cuyo nombre era justamente "Amor de hombre". Era la chicha preferida de mi amigo Elmer, que vive hoy en San Francisco.

En nuestros veinte años (Elmer) me telefoneaba, todas las semanas, para ir a la chichería. Sus opciones eran tres: el "Curichi", en Quillacollo, con garapiña y mini-golf, cuyos palos ocultaban al anochecer, cuando los ánimos ya se habían caldeado, para evitar que los parroquianos se descabezasen unos a otros. Luego sugería el bar de don Casto, viejo dirigente movimientista, cuya chichería en la calle Bartolomé de las Casas era, y es, arbolada y concurrida. Nostalgiosos "revolucionarios" hablaban quedamente de los días de abril, del recurrente pasado de los fracasados. Había rayuela y excelente bebida, pero demasiada tranquilidad. La tercera opción venía a ser el "Amor de hombre". Los zapatos se perdían en el lodo hediondo de la calle, pero había música en vivo.

Trasnochados, y luego famosos, folkloristas ejercitaban su arte ante los llorosos ojos de los borrachos. Promiscuidad de las mesas. Con la vista nublada a nadie importaba que su vecino más próximo fuera de profesión ratero, o que algún pobre y prostituido homosexual se sentara en sus faldas y tratara de entrelazar sus manos con las tuyas para acompañarse en la oscuridad.

Eramos pobres y jóvenes. Reuníamos las monedas de todos, aunque sabemos también que todos se guardaban algo de dinero para "escapar", dinero que finalmente salía a luz cuando no quedaba chicha, para la segunda ronda. Se designaba a alguien para comprar panes de a peso. En medio de la mesa, al lado de un mugroso balde, se depositaba la comida de esa tarde, una docena de panes si éramos muchos, o dos piezas por persona. Con la borrachera llegaba el hambre y allí seguían las redondas tortillas para calmarla.

Cuando cerraba la chichería, íbamos en intensa caminata buscando otro lugar. El "Me da la gana", al lado del canal de la Angostura, mirando hacia lotes y lotes de lechuga verde, era el más bonito. Higueras, pastos, extensa vida campestre. Ahora lo corta una avenida y el canal de agua turbia está tapado. No hay más lechugares ni los grandes eucaliptos cerca de la avenida América. El progreso ha levantado casas ricas y nos hace dubitar acerca de nuestra memoria.

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Publicado en Cultural (Los Tiempos/Cochabamba), diciembre, 1996
Publicado en LA PICARDÍA EN COCHABAMBA, antología de KIPUS, Cochabamba, 2017

Imagen: Grabado de Walther Klemm


Thursday, May 26, 2011

Jóvenes escritores


Me visita Samantha Zambrana, escritora y lectora de 9 años. Pidió a través de mi hermana una cita conmigo, de quien se había informado en el Internet y a quien quería preguntarle asuntos del oficio de escribir.

Le ofrecí una Coca Cola, en desaire al Emperador de Bolivia, y le pregunté si quería la foto en el momento, ya que había traído su cámara, y me dijo que lo haría al final. Primero inquirió acerca de si era yo famoso o no. Respondí que la fama es una pequeña vanidad. Luego entramos a detalles sobre lo que le gustaba hacer, escribir, leer. Comentó que acababa de terminar una novela de Gaby Vallejo Canedo, para niños. Le conté acerca de mi relación con esa autora, de su impulso para lograr mis primeras publicaciones en Presencia, en tiempos de Juan Quirós, de la importancia del apoyo de alguien ya consagrado para iniciarse en el ambiente de las letras.

Perfectamente bilingüe, español-inglés, quiso saber acerca de los Estados Unidos, de la literatura de aquel país, y allí surgieron nombres como Mark Twain que le aconsejé leer, comentando que Tom Sawyer y Huckleberry Finn marcaron mi niñez. Y James Fenimore Cooper, siendo El último mohicano un libro de tal hermosura que cinco veces al menos recorrí con sus personajes la epopeya de las tribus indias del este de Norteamérica, y los asentamientos blancos en el drama del conflicto entre culturas.

Puedo sugerir libros que me impactaron: Salgari, Dumas, Verne, Blyton, Wells, Feval, Zévaco, Sabatini, Horacio Quiroga, el gran Stevenson, C.S. Lewis y Tolkien a quienes leí en mis veintes, y otros con nombres ya difusos. Pero creo, le dije, que la saga de Harry Potter es un impacto maravilloso de la literatura actual, y válido en papel como en pantalla, obras que merecen leerse y que trasladan al lector a fantásticos rincones. Y si la infancia no es para soñar, entonces cuándo. Hablamos de Alicia en el País de las Maravillas y de su miedo a la Reina de Corazones.

Todo depende de la idea que el joven lector persigue. Las temáticas de misterio, aventura, terror, fantasía, mitológicas, suelen acompañar por lugares y espacios tan ajenos a nosotros. La destreza está en hacerse ubicuo, multifacético, eliminar los límites de lo cotidiano, de los cánones, tabúes, prohibiciones que cualquier sociedad carga en sí. A través de las páginas escritas vivir entre los cazadores de pieles de la Bahía de Hudson, de Verne, o entre los apaches de Karl May se convierte no sólo en posible sino en concreto. Allí no entran gobiernos, leyes, censura o inventos de poderosos para embrutecer poblaciones. Leer es liberarse, desoír la estupidez de cancilleres que detestan los libros y que sonríen igual a las zarigüeyas recién descubiertas que los anteceden. En un país como el que vivimos, la Bolivia del desamparo y la prehistoria, lectores-escritores como Samantha no tendrán posibilidades. Hoy, aquí, se coarta el internacionalismo, la multiculturalidad, con una retórica falsa de pluralismo que esconde políticas de engaño y oprobio. De poder, se quemarán otra vez los libros, excepto aquellos mediocres que acepten o escriban -si escriben- los coloridos representantes nacionales, que se mueven hacia un socialismo que no es ni del XV, como sugiere Montaner, ni del XXI, porque ni socialismo es, sólo los cuarenta de Alí Babá multiplicados por mil.

Digresiones aparte, si algo nos aleja del opio, es leer y escribir. Y ya que mencionamos las vieja Persia, Damasco, Bagdad y sus príncipes y ladrones, nada como las Mil y Una Noches para la imaginación de alguien que goza de la literatura, con los viajes de Simbad que en sí contienen toda la magistral parafernalia de la aventura actual. E incluso el Antiguo Testamento, que despojado de resabios de judaísmo antiguo suele ser lectura sobrecogedora, con ribetes fantasiosos, real maravillosos y más, con un emperador asirio o babilonio convertido en licántropo o el viejo borracho, Noé, que navega las aguas del fin del mundo que resultaron ser su principio.

Y los griegos, por supuesto, a quienes lastimosamente se ha deteriorado en ciertas manifestaciones fílmicas, y cuya belleza resulta fundamental. Las labores de Hércules solían distraer los años de una precaria Bolivia. Pegaso y el eximio Belerofonte, y el magistral catálogo de los libros de Homero, donde cada nombre es una invitación insospechada, sea en Filoctetes y su cuerpo corrupto, o en Casandra, hija de Priamo, que en la segura Ilión soñaba con monstruos que la historia se encargaría de materializar.

Había en mi niñez colecciones de obras de la literatura universal, reducidas para lectores noveles, que llegaban con revistas argentinas a los puestos de la Plaza Principal. Eran una bella invitación a un mundo que prometía. Estaban La hija del capitán de Pushkin, y aquel inolvidable El marqués de Carabás, que no era otro que El barón de Munchhausen, y en cuya cubierta iba el dicho marqués montado en una bala de cañón. Viajar a las tierras del sultán y a las del emperador, en las tardes de esta Cochabamba deleznable, a Edirne y Viena, fueron el principio que ya en la madurez se convertiría en los jenízaros en la Albania de Ismail Kadaré, o los diletantes que poblaban la Austria de Stefan Zweig y Hugo von Hoffmansthal. Hoy habrá mucho más, con la ventaja de la imagen, el sonido, la animación, en una literatura que no se ha modificado, mas enriquecido.

Samantha tiene la dicha de ser niña en un mundo de alta tecnología. En oposición a algunos, creo que este instrumento posibilita acceder a las obras literarias a distintos niveles y desde multitudinarios ángulos y perspectivas. Y la mentada y vilipendiada -a veces con razón- globalización ha ampliado las fronteras hasta el punto de desaparecerlas. Hay que aprovechar. Lo paradójico es que gracias a ella incluso vamos conociendo lo nuestro, con lo que convivimos sin destacarlo. Mientras una niña como ella se interese en el cojo Silver de La isla del tesoro, poco importan quienes sabemos.
16/5/2011

Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 22/5/2011

imagen: Dibujo alusivo al oficio de escribir

Tres veces gringo/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me han creído griego, albano, turco, uzbeko, turcomano, mongol, mexicano, apache, pero jamás me habían tildado de “gringo”. Resulta extraño que sea en mi país -donde nací y donde mi familia europea, por decirla así, tiene más de trescientos años, sumados a otros cientos o miles que carga mi sangre indígena- donde me acusen (tres veces, y como pecado) el serlo.

No veo que veinte años en los Estados Unidos hayan cambiado algo de mi contextura física. Tal vez trabajar de noche emblanqueció en algo mi piel, pero no tanto como para sustentar que de pronto me hice anglosajón, o escandinavo, eslavo, catalán. Me pregunto y fácil resulta, encontrar la respuesta. El origen del epíteto que me endilgó primero un taxista al que casi le rompo el parietal por ser tremendo hijo de puta sin considerar su evidente condición originaria, radica en la prédica fundamentalista y racista de Evo Morales y sus huestes famélicas de odio y delincuencia. Resulta que hoy, por haber perdido algunos de los “síntomas” elementales que me harían indio, ya no tengo derechos ni pisada en esta tierra donde mis antepasados murieron por una independencia que con todos sus malos resabios debió implicar un progreso. De pronto Evo Morales y su ascendencia, porque descendencia no sale de célibes, tienen mayor derecho que yo, y que mis padres que se atormentaron con cincuenta años de trabajo para tener lo justo, no como el presidente y su abultada fortuna, a habitar lo que fuera Bolivia. No lo acepto, y llegado el caso defendería la validez de mi origen, igual al de cualquiera.

Avanzar leyes sociales, cimentar con justicia los errores del pasado, eliminar el racismo atávico debieron ser prioridades. No se hizo, y es culpa de todos los que ejercieron situaciones de poder, desde derecha, izquierda o centro. Sucede que este es lugar tan corrupto que a nadie le interesó mejorarlo. El gobierno plurinacional sigue la misma línea, manteniendo al pueblo en el estado de pobreza de antes, aleccionando el narcotráfico como sistema de progreso en sectores que le son afines, y llenándose los bolsillos como ni los fascistas lo hicieran. No hay estamento de poder hoy en Bolivia que no esté marcado por irregularidades y delitos. Que se hagan, a modo de congraciarse, esta vez sí, con los gringos, parodias de transparencia no soluciona nada. Poner payasos de una u otra índole en la policía, con minúscula, tampoco. Nina, Farfán, Santiesteban son nombres comunes de un lugar común. Y Sanabria, que parece ha decidido cantar un huayño, finalmente tal vez sea el que mejor parado salga de esto, entregando a los instigadores de su negocio.

El problema racial es el mayor en Bolivia. Hemos vivido de espaldas a nuestra diversidad, porque así convenía a los oligarcas, políticos y otros. Aquello ojalá haya terminado, pero que no se dé lugar al error inverso que devendrá en lo mismo. Si se elige la opción de Mugabe a la de Mandela, de Zimbabwe y no de Sudáfrica, estaremos condenándonos a un baño de sangre que nos tirará al foso de la historia. Ni siquiera será Bosnia, sino Ruanda, Sudán, Costa de Marfil, Sierra Leona, aunque a veces, en las noches de insomnio, sin solución concreta, me pongo malévolamente a pensar que quizá un millón de muertos tendría el hálito de una resurrección.

Mientras tanto, camino con mis pasos “gringos” por una Bolivia en la que siempre he de vivir, no como Morales, que dado el caso, huirá rico a refugiarse en tierra ajena, olvidando con facilidad que alguna vez fue pobre, que alguna vez fue indio. Entonces el gringo será él. Y orgulloso de serlo, además.
22/mayo/2011

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 25/05/2011
Publicado en Semanario Uno 411 (Santa Cruz de la Sierra), 27/05/2011

Imagen: Fuck You Gringo!