Claudio
Ferrufino-Coqueugniot
La televisión
argentina visita a los “ocupas” de Villa Lugano. “Ocupa” es un término que
define a los sin techo apoderándose de algún lugar público: plazas, por
ejemplo, o edificaciones abandonadas que no cumplen ningún rol social. Fenómeno
que no es extraño ni en la rica Europa, en Ámsterdam o París.
El entrevistador
se acerca a un hombre de no más de 40 años. Acento argentino, camiseta como
suelen llevar los “negros” allí. “Negro” es término que asocia a la persona con
grupos étnicos no blancos: mestizos, indios, y más. Lo mismo “chino”, y “coya”,
toda una baraja de palabras despectivas para señalar al Otro.
El hombre afirma
que allí se van a quedar. Los vecinos, indignados, piden su expulsión. Alegan
que se rompen el lomo trabajando para arañar la existencia, y que no es justo
que se conceda favores a quien no comparte el sacrificio. Unos y otros tienen
razón. El gobierno que entrega, y el gobierno que reprime, tienen razón.
Callejón sin salida, así consumamos la mediana inteligencia nuestra en tratar
de resolverlos. El número de gente se ha ido de las manos; las desigualdades
también. Ni hablar de los políticos, que habitan su propia estratósfera y cuya
afición al robo en grande los ubica en gremio aparte.
Esto ya no lo
resuelve ni Perón (uno que hizo mucho para que lo que sucede hoy se
materializara). Otro que vivía en el limbo de los patriarcas millonarios y
cornudos, en mundo paralelo. Menos Evita, que de santa no tenía nada, y cargaba
más joyas que la virgen de la Merced.
Ahora a lo que
voy. Ese entrevistado, el ocupa de la Lugano, tenía el carrillo hinchado por
una bola de coca. Si bien el acullico guarda antigua tradición en el norte
argentino, donde incluso en las fiestas de familias tradicionales se
acostumbraba a presentar a los invitados con un plato de la hoja, para en
sobremesa conversar o filosofar, este caso difería. El individuo podría venir
de Bolivia, primera o segunda generación, explicando el asunto. Pero lo más
probable es que sea resultado del bombardeo mediático, desde la retórica del
todavía prestigioso entre los pobres Evo Morales. No tiene ya que ver con la
coca como suplemento alimentario en medio del hambre de la esclavitud, sino con
la rebelión contra un status quo que ha denigrado al trabajador en beneficio
del patrón, al oscuro a favor del claro, al extranjero y no al nativo,
siguiendo una lista interminable de contradicciones que se han convertido en
confrontación por un discurso aguerrido, comprensible en principio, pero que no
refleja la realidad. Discurso presto a levantar los ánimos de los desposeídos y
a afianzarse con ellos, dizque representándolos, solidificando a sus espaldas
una oligarquía peor y casi insalvable: la del narco, capitalismo salvaje en
aguda expresión, que no admite peros en la construcción de su imperio, y que
elimina al que se niega a la genuflexión como modo de vida.
Lo mostraba
Matteo Garrone en Gomorra, filme sobre la mafia napolitana, basado
en la publicación de Roberto Saviano, que hace poco denunciaba a la cocaína
como el peor de los males y el mejor negocio posible. Droga que crea gobiernos,
o los sostiene como en el caso boliviano, mientras hace añicos el futuro de los
países y de los habitantes, incluidos los acullicadores como el de Buenos Aires
que serán los primeros en hundirse.
La ambición suele
ser hábil para conseguir sus fines. América Latina con la actual pléyade de
insignes rateros lo ha demostrado. Explotaron, y explotan, una veta al parecer
inagotable: la desigualdad social. Lo dramático está en la ostentación que el
sin techo bonaerense hacía de su bolo. Cree en los símbolos pero no sabe que
esos los manejan los de arriba, no importa su apariencia, y, por encima de
ellos, los Amos, con mayúscula, contra quienes no se tiene opción.
27/04/14
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Publicado en El
Día (Santa Cruz de la Sierra), 29/04/2014
Imagen: Edvard
Munch/Paisaje de invierno