Friday, January 30, 2026

Sodade


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No es que esté nostálgico de Ligia este enero del 26. Entre nosotros no hay nostalgia. No diré que todavía existe el fuego, no. Pero sí algo sólido y fraterno, como aquel leopardo congelado que contaba Hemingway en la cumbre del Kilimanjaro. Sodade a las once de la mañana. A las siete llamaron y se invitaron amigas brasileras con cerveza después de su noche de insomnio. Recibí el encanto del portugués, hasta los exabruptos que en esta lengua suenan como poemas. Hablaron de sus novios, de la frustración con los hombres, ese animal cobarde y escabroso, lagartija, alimaña, según decía una canción mexicana. Ya no bebo cerveza pero esta supo bien. Siete y media se fueron dejando las latas de Paceña a medias. Ya me había duchado, peinado, pasado la gomina por el delgado cabello que se me puso gris. Las acompañé al ascensor y abandonaron el pasillo con olor de mujer joven. Volví a la mesa y terminé mi pesado vaso alemán con todos los escudos estatales del país. Leí a Anna Seghers, no tomé una llamada que venía desde el fin del mundo. Contesté notas salidas de la guerra en el este de Europa. Nada de melancolía. Brilla el sol y el ritmo de la morna le da al viernes tono especial. Ahora salgo a tomar un expreso y sentarme, solitario jubilado, a lustrarme los zapatos en la plaza principal. No participo de corrillos de viejos que cada día salvan el mundo y retornan a consumir la sopa fría en casa, servida por nadie o por una sombra que arrastra los pies como si dolieran. Tiempo inexorable. Digo, sin ánimo sentencioso, a hijas y sobrinos que después de los cuarenta la vida agarra un sprint imparable que nos desborda y arroja al borde de un yermo, en un banco de deslucido verde, agobiados por el peso de la insatisfacción, de haber amado en vano. Podría no ser así; no es así. No soy libro de autoayuda pero he pedido monedas para comer en la Porte de Vanves en París y me he roto la espalda con martillos y hachas en jornadas de veinte horas en Norteamérica sin doblarme y sin perder la pasión.

 

Atardece. Limpio la mesa, vacío los restos de cerveza, separo las latas para el reciclaje. Continúo con Cesária Évora antes de salir a caminar. Escribo después de mucho. He retornado a leer. Marina Ivanovna Tsvetaeva desea recostarse en el hombro de Rilke, el dulce Rilke, poeta favorito de mi madre. Pensé en él, no sé bien por qué, mientras deambulaba por las calles de Ginebra, algo entristecido a pesar de haber contemplado las moles montañosas de Suiza. Mi amiga Volskaya me pregunta cuán cerca estuve de Ucrania ocho años después. Pregunta si tendrá que esperar diez años. No hace poco estuve, respondo, en Eslovenia y Serbia. El plan era asomar al mar Negro en la costa rumana e intentar subir por Akkermán (Bíljorod-Dniéstrovski) hasta el Dniester y continuar inclinándome hacia Odesa. Sugirieron no hacerlo. Trump acechaba como un djinn malévolo por quienes enfrentaban sus torpes decisiones. Ni siquiera llegué al mar, esa es historia que ya he contado. Cierto que Ucrania dejó de brillar para mí después de la desaparición de Irina. Otras eventuales voces despertaban de cuando en cuando. Ahora, de improviso, cartas y notas se han hecho diarias, escritas no a luz de un pabilo pero sí de un modesto foco de 25. Reclaman un pasado bien antiguo ya.

 

Hoy va haciéndose caduco. Leo sobre lobizones gallegos y fiestas de carnaval con terroríficas máscaras. No dudo que explicarías al detalle acerca de ellos. No estuve en Cochabamba en estas fechas el año anterior. Preparaba la visita a Betanzos desde un Denver que aún nevaba. Helaba las puertas del pequeño auto que Aly me había prestado. Creo que el año anterior, el 24, tampoco estuve. O sí, cuando llegaron mis hijas y Álex en la primera reunión luego de mi viaje de retorno.

 

Anna Volskaya escribe momentos atrás, desde Kiev. Literalmente se está congelando. Si se lee las noticias se verá que es cierto el desesperante invierno de la Ucrania de principios del 2026. Ocho años y algo más pasaron desde que caminaba al bar escocés en la casi esquina del bulevar del hetman Skoropadsky, notable asesino. Broma de la vida que esconde hábilmente de tu intelecto cuán rápido el tiempo vuela. ¿Serán diez?, pregunta Anna. Y en este instante diez años ya para mí son la eternidad, muy lejos de la sonrisa de cuando tenía cuarenta y paleaba nieve descalzo y sin camisa. Debo medir, me aconsejan, y por supuesto que sí, hay que hacerlo y además no queda otra. Terminó el tiempo difícil sin garantía de que este vaya a ser mejor. Lo es en espíritu y eso importa. Hora de planificar, ya nada está ni asegurado ni regalado. Me congelo, dice ella; y Kate afirma lo mismo aunque no tan extremo.

 

La geopolítica está convulsa, de cabeza, no se sabe a ciencia cierta qué va a pasar. Extraño que en su crisis emocional Donald Trump siga aferrándose a Rusia que es caso perdido. Agarrarse de las ruinas de un imperio no sirve, Rusia no juega ya, a pesar de sus obsoletas armas nucleares, misiles que explotan antes de volar, soldados en la trinchera del oeste que llaman “Coca Cola”, por el color, al agua putrefacta que beben. Me recuerda los libros de Sven Hassel en donde en el frente oriental el vodka tenía de todo menos patatas, incluso jugo de cadáver.

 

Recorro la historia, la “guerra de invierno”, en la Finlandia del 39, con relatos alucinados, rayanos en la fantasía. La silenciosa muerte vestida de blanco, impredecible, invisible. No es propiamente alba en el conflicto ucraniano, hasta la guerra ha cambiado de expresión. Anoche vi en televisión, surreal, a un soldado ruso disfrazado de pingüino, con traje de aluminio para engañar a los drones, y al que se acerca de frente uno de estos, pequeño como araña de cuatro patas y adiós pingüino. Narraban que la última carga de caballería fue la de los ulanos polacos contra los tanques panzer alemanes. El ejército de Putin no carga pero monta caballos, burros y mulas para trasladar material. ¿Por qué Finlandia? Porque fue otra derrota rusa, igual que contra los japoneses en Manchuria. El imperio se desbarata. El único que parece no darse cuenta es el mesías rosado de la Casa Blanca. Ni eso podrá evitar su debacle.

 

Sodade. Sí. La bailo solo, en silencio; los vasos están lavados, hierve agua para el café. “Me congelo”, suenan tus palabras. Y brilla aquí, como en el himno local, el sol radiante. Paradojas y soldados disfrazados de aves antárticas. ¿Qué falta por ver? ¿A Napoleón en la silla presidencial de Bolivia? No el adusto emperador en el frío de Eylau sino a un jumento de estos que pare la “izquierda”. Es otro viernes y no pondré a la diva del Cabo Verde a cantar. Sí tangos de la década del treinta, sin letras completas solo con estribillos. El estribillo que rima con frío es el de muerte, el brutal suicidio ruso.

30/01/2026

 

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Imagen: Fritz Burmann, 1924

Tuesday, January 13, 2026

Faldas de los Cárpatos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Preguntan si he olvidado a Ucrania. Por supuesto que no. He estado derivando por el trópico y otros menesteres literarios. Entre varias cosas. Con cierto sigilo por un extraordinario año que se iba, que parecía que nunca abandonaría. Extraño imperio de la calma, casi lecturas adolescentes de Hermann Hesse, las vicisitudes de Max Demian leídas a escondidas durante las clases de dibujo. De todos modos, siempre he tenido manos inútiles para ese arte. Mirando tranquilo por la ventana, en un universo que aún no prefiguraba al lobo estepario. ¿Y  ahora? Noches perpetuas de lluvia. Altas montañas iluminadas por parpadeos. Hasta hace poco eran preámbulo de dulces líquidos azules, tenues amaneceres con las persianas abiertas. Hoy prefiero el silencio de la oscuridad, perros ladrando, cierta vieja cumbia que tocan en algún lugar de los techados que contemplo. No me interesa descubrir su proveniencia. Cierro los ojos de Cochabamba y sueño. Me concentro en los movimientos de una nueva novela, acaricio sus posibilidades; lejos de cualquier influencia deseo hacer algo que me guste, que en absoluto deba justificar. No tendrá los claroscuros de László Krasznahorkai, es más bien un lienzo plagado de verde. Creo.

 

Digo al amigo que pregunta que es un silencio adecuado a los cambios de época. Que le explicaré cuando vaya avanzando con ellos. Pero quedan las páginas sobre el libro de la guerra de Ucrania sin terminar y tengo que hacerlo. Me lo debo, y a Irina, y a mucha gente que vive en tal memoria. Kateryna ha recomenzado a escribirme, ha bajado de las faldas de los montes Cárpatos a las extraordinarias callejas de Lviv. Su última carta, anteayer quizá, justo antes de que el misil oreshnik tocara su ciudad. Poco hace temblar una explosión de semejante calibre a las mujeres que aguantaron por centurias a la Horda de Oro. Continúa hablando, contando tristezas sin jamás decorarlas de sollozos. La vida es así por ahora y así la vivimos. Un pueblo que fue el sostén económico, industrial y científico de la Unión Soviética. Capaces de construir lo inimaginable, de dejar anoche a Belgorod en sombras a pesar de cuatro años de asedio permanente por el enemigo. Nunca la vencerán. Si Ucrania se acercó a Rusia a mediados del siglo XVII es porque se trataba de un asunto de supervivencia histórica. No implica que sean lo mismo porque no lo son. Hay un entremezclado lógico por tanta convivencia que confunde pero llegó el tiempo de separar las cosas. Y soñar con la Gran Ucrania que recupere de Rusia las regiones aledañas que siempre fueron cosacas. He ahí el logro innegable del tirano enano, el agentillo secreto, mediocre y falaz. Se lo agradeceremos cuando Rostov y Taganrog, el Kubán, retornen a casa.

 

Anna escribe hoy, la otrora abogada de Sumy. Apenas un críptico “hello” desde septiembre. Sus condiciones distan de ser las mejores y no hay manera de comunicarnos más seguido. Pero allí está, en una palabra que apenas es un punto en el vacío de una página virtual. Hay ausencias profundas. La villa de Poltava jamás será la misma y nadie me explicará, no ha de interesarme ya, en dónde se ubicaron las fuerzas suecas. Seguirá hermosa como sigues tú en mi memoria. Colorida, de vestido azul, conversando acerca de Gogol y Korolenko a orillas del Vorskla.

 

Suena Gogol Bordello en el tocadiscos. Me lleva a Uzhhorod, bajando de la montaña en forma de herradura. De Lviv y Kiev a Cochabamba. Y de Valencia, España, también, donde el éxito profesional de mi amiga Victoria enorgullece a esa generación de mujeres ucranianas a las que quiso destrozar la guerra sin lograrlo. Es que por más que busque en los recovecos, en cartas y mensajes, en notas manuscritas, no hallo llanto ni queja que exceda aquello de los inconvenientes de la situación. De las originales maldiciones a los chechenos violadores del 2022 a la solidez de una tranquilidad admirable hoy.

 

El conflicto continúa. Sin embargo el mundo está cambiando y la geopolítica se acomoda en espacios inverosímiles no hace mucho. Veremos cómo afecta. Cuando los santones islámicos de Irán cuelguen de grúas como hacen ellos con sus prisioneros. Y demás…

 

Me reservo aún aquel viaje por el delta del Danubio. Tarde o temprano ha de llegar. Me sentaré en un café de Odesa como antes y visitaré Mariupol reconstruida, sin el encanto del pasado que cargaba pero con ánimo y esperanza. Nunca el mar de Azov será el mismo del 2018 pero sabré enamorarme de nuevo de su costa. Me fotografiaré al lado de Majnó en Huliaipole. Así quise llamar la casa solariega que construiría en Corani en medio del bosque de pinos. Ya no será, hay demasiados nefastos “hermanos” alrededor, escoria que arrastra a Bolivia hacia el abismo, jamás serían parte del ejército insurreccional de Ucrania ni de ningún otro. En el feudo del narco solo hay un dios y no es el de la rebelión.

 

No, no he olvidado. Cierto que me he distraído pero hemos vuelto, justo cuando se renuevan las misivas que llegan de ese lado del mundo. La guerra todavía puede durar mucho. Acabaré el libro pronto. Sirve para ejemplificar lo que vi y sentí. Para seguir alegrándome de forma macabra con la eliminación de tropas rusas, con criminales de guerra volados en la puerta de sus hogares como corresponde. Putin tiene miedo. Su existencia llegó a su fin. El niño mimado del jet set europeo es un individuo pequeño aterrorizado. Sabe lo que le espera, a manos de los suyos por la derrota o a manos de Ucrania que lo ahorcará del ángel de Kiev en el centro de la capital. Será un día de gloria, con bandas y danzas cosacas mientras el viento agita el despojo infame.

 

Suaves pendientes, con nieve, suben a la montaña. Hogar de contrabandistas y de fantasmas. Fue un día crisol de cultura ucraniana, judía y gitana. Hitler se encargó de barrerlo del mapa; Putin quiere hacer lo mismo. Ni uno triunfó totalmente ni lo hará el otro. Si bajo del norte y voy hacia la izquierda llegaré al mar Negro. Si lo hago por la derecha encontraré el bosque sombrío, los castillos en ruinas que defendieron las fronteras de Moldavia de los otomanos, el borde de Besarabia.

 

Tengo que contemplarlo de nuevo. Lo haré algún día. Los años pasan pero no las ideas fijas. Y Ucrania es una fijación desde la infancia.

13/01/2026

 

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Imagen: David Burliuk