Tuesday, January 13, 2026

Faldas de los Cárpatos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Preguntan si he olvidado a Ucrania. Por supuesto que no. He estado derivando por el trópico y otros menesteres literarios. Entre varias cosas. Con cierto sigilo por un extraordinario año que se iba, que parecía que nunca abandonaría. Extraño imperio de la calma, casi lecturas adolescentes de Hermann Hesse, las vicisitudes de Max Demian leídas a escondidas durante las clases de dibujo. De todos modos, siempre he tenido manos inútiles para ese arte. Mirando tranquilo por la ventana, en un universo que aún no prefiguraba al lobo estepario. ¿Y  ahora? Noches perpetuas de lluvia. Altas montañas iluminadas por parpadeos. Hasta hace poco eran preámbulo de dulces líquidos azules, tenues amaneceres con las persianas abiertas. Hoy prefiero el silencio de la oscuridad, perros ladrando, cierta vieja cumbia que tocan en algún lugar de los techados que contemplo. No me interesa descubrir su proveniencia. Cierro los ojos de Cochabamba y sueño. Me concentro en los movimientos de una nueva novela, acaricio sus posibilidades; lejos de cualquier influencia deseo hacer algo que me guste, que en absoluto deba justificar. No tendrá los claroscuros de László Krasznahorkai, es más bien un lienzo plagado de verde. Creo.

 

Digo al amigo que pregunta que es un silencio adecuado a los cambios de época. Que le explicaré cuando vaya avanzando con ellos. Pero quedan las páginas sobre el libro de la guerra de Ucrania sin terminar y tengo que hacerlo. Me lo debo, y a Irina, y a mucha gente que vive en tal memoria. Kateryna ha recomenzado a escribirme, ha bajado de las faldas de los montes Cárpatos a las extraordinarias callejas de Lviv. Su última carta, anteayer quizá, justo antes de que el misil oreshnik tocara su ciudad. Poco hace temblar una explosión de semejante calibre a las mujeres que aguantaron por centurias a la Horda de Oro. Continúa hablando, contando tristezas sin jamás decorarlas de sollozos. La vida es así por ahora y así la vivimos. Un pueblo que fue el sostén económico, industrial y científico de la Unión Soviética. Capaces de construir lo inimaginable, de dejar anoche a Belgorod en sombras a pesar de cuatro años de asedio permanente por el enemigo. Nunca la vencerán. Si Ucrania se acercó a Rusia a mediados del siglo XVII es porque se trataba de un asunto de supervivencia histórica. No implica que sean lo mismo porque no lo son. Hay un entremezclado lógico por tanta convivencia que confunde pero llegó el tiempo de separar las cosas. Y soñar con la Gran Ucrania que recupere de Rusia las regiones aledañas que siempre fueron cosacas. He ahí el logro innegable del tirano enano, el agentillo secreto, mediocre y falaz. Se lo agradeceremos cuando Rostov y Taganrog, el Kubán, retornen a casa.

 

Anna escribe hoy, la otrora abogada de Sumy. Apenas un críptico “hello” desde septiembre. Sus condiciones distan de ser las mejores y no hay manera de comunicarnos más seguido. Pero allí está, en una palabra que apenas es un punto en el vacío de una página virtual. Hay ausencias profundas. La villa de Poltava jamás será la misma y nadie me explicará, no ha de interesarme ya, en dónde se ubicaron las fuerzas suecas. Seguirá hermosa como sigues tú en mi memoria. Colorida, de vestido azul, conversando acerca de Gogol y Korolenko a orillas del Vorskla.

 

Suena Gogol Bordello en el tocadiscos. Me lleva a Uzhhorod, bajando de la montaña en forma de herradura. De Lviv y Kiev a Cochabamba. Y de Valencia, España, también, donde el éxito profesional de mi amiga Victoria enorgullece a esa generación de mujeres ucranianas a las que quiso destrozar la guerra sin lograrlo. Es que por más que busque en los recovecos, en cartas y mensajes, en notas manuscritas, no hallo llanto ni queja que exceda aquello de los inconvenientes de la situación. De las originales maldiciones a los chechenos violadores del 2022 a la solidez de una tranquilidad admirable hoy.

 

El conflicto continúa. Sin embargo el mundo está cambiando y la geopolítica se acomoda en espacios inverosímiles no hace mucho. Veremos cómo afecta. Cuando los santones islámicos de Irán cuelguen de grúas como hacen ellos con sus prisioneros. Y demás…

 

Me reservo aún aquel viaje por el delta del Danubio. Tarde o temprano ha de llegar. Me sentaré en un café de Odesa como antes y visitaré Mariupol reconstruida, sin el encanto del pasado que cargaba pero con ánimo y esperanza. Nunca el mar de Azov será el mismo del 2018 pero sabré enamorarme de nuevo de su costa. Me fotografiaré al lado de Majnó en Huliaipole. Así quise llamar la casa solariega que construiría en Corani en medio del bosque de pinos. Ya no será, hay demasiados nefastos “hermanos” alrededor, escoria que arrastra a Bolivia hacia el abismo, jamás serían parte del ejército insurreccional de Ucrania ni de ningún otro. En el feudo del narco solo hay un dios y no es el de la rebelión.

 

No, no he olvidado. Cierto que me he distraído pero hemos vuelto, justo cuando se renuevan las misivas que llegan de ese lado del mundo. La guerra todavía puede durar mucho. Acabaré el libro pronto. Sirve para ejemplificar lo que vi y sentí. Para seguir alegrándome de forma macabra con la eliminación de tropas rusas, con criminales de guerra volados en la puerta de sus hogares como corresponde. Putin tiene miedo. Su existencia llegó a su fin. El niño mimado del jet set europeo es un individuo pequeño aterrorizado. Sabe lo que le espera, a manos de los suyos por la derrota o a manos de Ucrania que lo ahorcará del ángel de Kiev en el centro de la capital. Será un día de gloria, con bandas y danzas cosacas mientras el viento agita el despojo infame.

 

Suaves pendientes, con nieve, suben a la montaña. Hogar de contrabandistas y de fantasmas. Fue un día crisol de cultura ucraniana, judía y gitana. Hitler se encargó de barrerlo del mapa; Putin quiere hacer lo mismo. Ni uno triunfó totalmente ni lo hará el otro. Si bajo del norte y voy hacia la izquierda llegaré al mar Negro. Si lo hago por la derecha encontraré el bosque sombrío, los castillos en ruinas que defendieron las fronteras de Moldavia de los otomanos, el borde de Besarabia.

 

Tengo que contemplarlo de nuevo. Lo haré algún día. Los años pasan pero no las ideas fijas. Y Ucrania es una fijación desde la infancia.

13/01/2026

 

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Imagen: David Burliuk

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