Claudio Ferrufino-Coqueugniot
No es que esté nostálgico de Ligia este enero del 26. Entre nosotros no hay nostalgia. No diré que todavía existe el fuego, no. Pero sí algo sólido y fraterno, como aquel leopardo congelado que contaba Hemingway en la cumbre del Kilimanjaro. Sodade a las once de la mañana. A las siete llamaron y se invitaron amigas brasileras con cerveza después de su noche de insomnio. Recibí el encanto del portugués, hasta los exabruptos que en esta lengua suenan como poemas. Hablaron de sus novios, de la frustración con los hombres, ese animal cobarde y escabroso, lagartija, alimaña, según decía una canción mexicana. Ya no bebo cerveza pero esta supo bien. Siete y media se fueron dejando las latas de Paceña a medias. Ya me había duchado, peinado, pasado la gomina por el delgado cabello que se me puso gris. Las acompañé al ascensor y abandonaron el pasillo con olor de mujer joven. Volví a la mesa y terminé mi pesado vaso alemán con todos los escudos estatales del país. Leí a Anna Seghers, no tomé una llamada que venía desde el fin del mundo. Contesté notas salidas de la guerra en el este de Europa. Nada de melancolía. Brilla el sol y el ritmo de la morna le da al viernes tono especial. Ahora salgo a tomar un expreso y sentarme, solitario jubilado, a lustrarme los zapatos en la plaza principal. No participo de corrillos de viejos que cada día salvan el mundo y retornan a consumir la sopa fría en casa, servida por nadie o por una sombra que arrastra los pies como si dolieran. Tiempo inexorable. Digo, sin ánimo sentencioso, a hijas y sobrinos que después de los cuarenta la vida agarra un sprint imparable que nos desborda y arroja al borde de un yermo, en un banco de deslucido verde, agobiados por el peso de la insatisfacción, de haber amado en vano. Podría no ser así; no es así. No soy libro de autoayuda pero he pedido monedas para comer en la Porte de Vanves en París y me he roto la espalda con martillos y hachas en jornadas de veinte horas en Norteamérica sin doblarme y sin perder la pasión.
Atardece.
Limpio la mesa, vacío los restos de cerveza, separo las latas para el
reciclaje. Continúo con Cesária Évora antes de salir a caminar. Escribo después
de mucho. He retornado a leer. Marina Ivanovna Tsvetaeva desea recostarse en el
hombro de Rilke, el dulce Rilke, poeta favorito de mi madre. Pensé en él, no sé
bien por qué, mientras deambulaba por las calles de Ginebra, algo entristecido
a pesar de haber contemplado las moles montañosas de Suiza. Mi amiga Volskaya
me pregunta cuán cerca estuve de Ucrania ocho años después. Pregunta si tendrá
que esperar diez años. No hace poco estuve, respondo, en Eslovenia y Serbia. El
plan era asomar al mar Negro en la costa rumana e intentar subir por Akkermán (Bíljorod-Dniéstrovski) hasta
el Dniester y continuar inclinándome hacia Odesa. Sugirieron no hacerlo. Trump
acechaba como un djinn malévolo por quienes enfrentaban sus torpes decisiones.
Ni siquiera llegué al mar, esa es historia que ya he contado. Cierto que
Ucrania dejó de brillar para mí después de la desaparición de Irina. Otras
eventuales voces despertaban de cuando en cuando. Ahora, de improviso, cartas y
notas se han hecho diarias, escritas no a luz de un pabilo pero sí de un modesto
foco de 25. Reclaman un pasado bien antiguo ya.
Hoy va
haciéndose caduco. Leo sobre lobizones gallegos y fiestas de carnaval con terroríficas
máscaras. No dudo que explicarías al detalle acerca de ellos. No estuve en Cochabamba
en estas fechas el año anterior. Preparaba la visita a Betanzos desde un Denver
que aún nevaba. Helaba las puertas del pequeño auto que Aly me había prestado.
Creo que el año anterior, el 24, tampoco estuve. O sí, cuando llegaron mis
hijas y Álex en la primera reunión luego de mi viaje de retorno.
Anna Volskaya
escribe momentos atrás, desde Kiev. Literalmente se está congelando. Si se lee
las noticias se verá que es cierto el desesperante invierno de la Ucrania de
principios del 2026. Ocho años y algo más pasaron desde que caminaba al bar
escocés en la casi esquina del bulevar del hetman Skoropadsky, notable asesino.
Broma de la vida que esconde hábilmente de tu intelecto cuán rápido el tiempo
vuela. ¿Serán diez?, pregunta Anna. Y en este instante diez años ya para mí son
la eternidad, muy lejos de la sonrisa de cuando tenía cuarenta y paleaba nieve
descalzo y sin camisa. Debo medir, me aconsejan, y por supuesto que sí, hay que
hacerlo y además no queda otra. Terminó el tiempo difícil sin garantía de que
este vaya a ser mejor. Lo es en espíritu y eso importa. Hora de planificar, ya
nada está ni asegurado ni regalado. Me congelo, dice ella; y Kate afirma lo
mismo aunque no tan extremo.
La
geopolítica está convulsa, de cabeza, no se sabe a ciencia cierta qué va a
pasar. Extraño que en su crisis emocional Donald Trump siga aferrándose a Rusia
que es caso perdido. Agarrarse de las ruinas de un imperio no sirve, Rusia no
juega ya, a pesar de sus obsoletas armas nucleares, misiles que explotan antes
de volar, soldados en la trinchera del oeste que llaman “Coca Cola”, por el
color, al agua putrefacta que beben. Me recuerda los libros de Sven Hassel en
donde en el frente oriental el vodka tenía de todo menos patatas, incluso jugo
de cadáver.
Recorro la
historia, la “guerra de invierno”, en la Finlandia del 39, con relatos
alucinados, rayanos en la fantasía. La silenciosa muerte vestida de blanco,
impredecible, invisible. No es propiamente alba en el conflicto ucraniano,
hasta la guerra ha cambiado de expresión. Anoche vi en televisión, surreal, a
un soldado ruso disfrazado de pingüino, con traje de aluminio para engañar a
los drones, y al que se acerca de frente uno de estos, pequeño como araña de
cuatro patas y adiós pingüino. Narraban que la última carga de caballería fue
la de los ulanos polacos contra los tanques panzer alemanes. El ejército de
Putin no carga pero monta caballos, burros y mulas para trasladar material. ¿Por
qué Finlandia? Porque fue otra derrota rusa, igual que contra los japoneses en Manchuria.
El imperio se desbarata. El único que parece no darse cuenta es el mesías
rosado de la Casa Blanca. Ni eso podrá evitar su debacle.
Sodade. Sí. La bailo solo, en silencio; los vasos
están lavados, hierve agua para el café. “Me congelo”, suenan tus palabras. Y
brilla aquí, como en el himno local, el sol radiante. Paradojas y soldados
disfrazados de aves antárticas. ¿Qué falta por ver? ¿A Napoleón en la silla
presidencial de Bolivia? No el adusto emperador en el frío de Eylau sino a un
jumento de estos que pare la “izquierda”. Es otro viernes y no pondré a la diva
del Cabo Verde a cantar. Sí tangos de la década del treinta, sin letras
completas solo con estribillos. El estribillo que rima con frío es el de
muerte, el brutal suicidio ruso.
30/01/2026
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Imagen:
Fritz Burmann, 1924

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