Claudio Ferrufino-Coqueugniot
De cuatro de la mañana a cuatro de la tarde un amplio recorrido por el punk, el new wave, el rock alternativo. De The Clash a Red Hot Chili Peppers. Casi cada canción asociada a mi primera década inmigrante en los Estados Unidos. Escuchaba a Tracy Chapman cargando en hombros bolsas de papa roja, Idaho tipo B; a Tom Petty mientras deshojaba lechugas de toda clase para hacerlas vendibles a los grandes hoteles. Enamorado de una monja de las de la madre Teresa de Calcuta que correspondía con su hermosa sonrisa a mi amor. Para ella seleccionaba paltas Hass venidas de Chile. Las mimetizaba entre basura que los ricos dueños entregaban como donación. Pues conmigo se llevaba aquellas, naranjas Valentia, hongos, broccolis y lo que pudiera darles. Suavidad de sus manos… Relato mientras cambio tonadas: Joy Division, New Order, The Gang of Four, The B-52s, Midnight Oil, Billy Idol. Amanece, pero las persianas disimulan el sol. No hay por qué levantarse, apenas para beber limonada de uvas. Tiempo que no hacía esto, quizá desde las sesiones juveniles de noche entera con Chino y Adolfo, música de Neil Young, de Simon & Garfunkel, de Jeff Beck en colaboración con Jan Hammer que tanto gustaba a Francine. El exilio de Chino a Suecia las cortó. Tortura en la DOP de La Paz y un gringo salvador anunciando entre las celdas que eran bienvenidos, los que querían, en Suecia, en Malmö en este caso. Pude haber estado allí pero la noche en que Chino me invitó a ir a armar barricadas decidí no hacerlo. Era muy tarde y quería dormir. Cayeron todos, manguera insertada en el culo y feroz historia…
Jeff Beck, de
los Yardbirds, uno de los primeros discos compactos que compré en Tower Records
de la capital, cerca del hospital universitario donde nació mi hija Emily.
Ciudad amada, de los mejores recuerdos vivos. Bella, sutil y exuberante.
Regatas en Georgetown, cerveza, mujeres como filigranas, joyas babilónicas. Bob
Dylan, Lou Reed, Otis Redding, Fats Domino. Cuando D vino a Aurora desde
Budapest, en lluvia y ella protegida por verde capote militar, pusimos Fats
Domino a tocar. Así nos amamos por primera vez y conversamos de Hungría. Me
había traído exlibris antiguos y revistas stalinistas. La puszta y Andrés Ady,
Molnar, Mór Jókai y su novela de la llanura. Sándor Petőfi y a amarnos otra vez hasta agotar las gotas de luna que
parecían miel.
Almuerzo con mis hermanos y cuñado. De fondo, Chicho Sánchez Ferlosio. Y
algo de Rusia antes de marcharse ellos. Conversamos del campo de Apote, de la
hermosa Renata en Lyon. Me apresuré a ir a Lyon, podía haber esperado. Llovía
sobre las aguas del Ródano. Lo veo cuando me acuesto. En una parada entre Suiza
y Austria me dijiste que era un tren desbocado, un automóvil que bajaba sin
frenos desde la colina. Eso me costó, me ha costado. Sorbo agua cristalina. La
otra noche tomé una copita de vodka y era fuego, vodka barato, no tanto como
los de Sven Hassel pero bastante malo.
Debo revisar los discos que me traje hace dos años y el año pasado. Tengo
todavía en Denver un par de miles o más. Si voy este agosto traeré conmigo unos
cien. Hay algunos específicos que deseo encontrar. Tantas cosas entremezcladas,
belleza reunida a lo largo de una vida y superviviente de tierras arrasadas,
deslaves, diluvios, cometas que se precipitan en tierra y exterminan dinosaurios.
Sobre todo los que reuní entre 1989 y el año 2000, período de mis matrimonios y
enriquecimiento musical desde dos fuentes tan distintas: bluegrass y música
medieval, renacentista, folk norteamericano, soul y spirituals; marchinhas,
choros y chorinhos, Adoniran Barbosa, Elis Regina. Lo aproveché. Ahora, solos
yo y la ventana, ponemos a tocar lo más diverso, no a mucho volumen porque
comienza a anochecer. Oiré mis pasos bajando los cinco pisos, camino golpeando
con los tacos. Me gusta conversar con los porteros, con Richard, hoy, para que
me cuente de Llallagua, de Catavi y Uncía, lo que eran las minas antes, antes
de la llegada del capitalismo más que salvaje de Evo Morales y sus
alcoholizados acólitos, cuando todavía se leía a Guillermo Lora y se podía
hablar de insurrección.
Leí en Bakunin, décadas después, acerca de Lajos Kossuth y la revolución
de 1848 en Hungría. Un barco lleva al agitador ruso hacia la Polonia rebelde de
1863. Nunca llegará. Música mientras hojeo algunos volúmenes de historia y
literatura, de antropología y viajes. Danzas de los tuareg con sables y trajes
negros, máscaras gallegas e intrincados trabajos papúes en madera. Eclecticismo
al máximo, siempre me ha gustado. Conversamos de ello con D luego de una visita
a Boulder, atravesando tierras de leones de montaña. Cerveza y comida en la
ciudad universitaria. Llevas un elegante saco rojo según corresponde a una
diplomática húngara del Ministerio de Trabajo. Escoge para su hijo grabados de
las tribus indias de Norteamérica. Compro también algo, no recuerdo qué, caballos
soshones en cacería de bisontes tal vez, o retratos de los últimos arikaras. Quizá
le pregunte, para saber. Hoy vive en Rotterdam, acaba de vender su casa de
puertas verdes en la capital de Hungría donde tomaba desnuda el sol. El
festival de cine la absorbe en la ciudad holandesa. Le he preguntado de Utrecht,
de Theo van Gogh, cineasta asesinado…
Muchas cosas despierta esta inesperada, y larga, sesión de música. Me
trae a un tiempo específico, muy querido por mí. Ya me había asentado, los
inviernos no eran tan dolorosos como el primero, los bolsillos estaban llenos y
la cuenta bancaria crecía para un simple estibador boliviano en mundo de
negros. James Brown y la máquina del sexo, Sam Cooke, Jimi Hendrix, el
nacimiento del rap, Marvin Gaye, The Shirelles, una tromba de nuevas
sensaciones y conocimiento en breve período de tiempo. Sonido de los presidiarios encadenados uno a
otro. Cantan: “That is the sound of the men working on the chain gang”. Me
impresiona esa línea. Hermosa y terrible canción.
El viernes pasó. Sábado por la noche se llevó el sonido y lo reemplazó
por luces violetas de neón y copitas de Jägermeister, no para mí. Me quedé en
el sofá viendo una serie sobre la mafia de Rostov. Tiempo y geografía que me
apasionan. En Mariupol, sentado en la terraza de un café “de clase”, contemplé
el mar de Azov. El mundo avanza con rapidez inesperada. Vaya uno a saber si
quedó algo en pie de la bellísima Isfahán o de los techos superpuestos de
Tabriz. Ya pronto recurriremos a las crónicas y a los libros de viaje para
recuperar imágenes que día a día se van haciendo ilusorias, vapor de agua.
10/05/2026
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Imagen: The Ramones

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