Friday, November 3, 2023

Ucrania, de nuevo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Escribe Olga Amarís Duarte en Fractales de una guerra en primavera: “Las bombas no son ángeles ni demonios precipitados del cielo; son máquinas precisas que devuelven lo humano a la ceniza, lo vivo a lo muerto y los muertos al olvido”.

 

Cesária Évora canta Sodade.

 

Aire caliente de Cochabamba. Un bus llega a Kiev a medianoche. Ella no está en la estación. Mortecinas luces amarillas se prestan a ser fotografiadas. Llegaré a Kharkiv al amanecer. Nos detendremos en Poltava. Recordaré a Iván Mazepa. Hoy mi pase secreto al mundo virtual es su nombre, ya está anotado en la memoria del ordenador. ¿Qué hora sería cuando nos detuvimos en la modesta terminal de Poltava? Un día, mucho ha, lloraban muertos y dormían heridos. Casacas azules suecas tendidas como para secar. Los prisioneros son arreados con grillos a la lejana Tobolsk, al fin del mundo. Un largo cartel anotaba: “Poltava”; sentimientos complejos mas no contradictorios bullían en mí. Quise quedarme entonces, caminar hasta la colina del teatro griego y aguardar por definiciones. Han pasado cinco años. Presente el silencio pero no patriarca. Un paso dado pudo ser la cima del destino pero quién me da certeza de ello. En Poltava estaba Gogol junto a sus demonios. También Sholem Aleichem; Lunacharsky, por cierto, el más versado entre bolcheviques. Lo leí, a la par de Trotsky, en sus acercamientos a la literatura rusa.

 

Jean Gabin en una compilación de acordeón francés de Frémont, notables discos. A veces me confunde su rostro y me parece el de Harry Baur, el mejor Jean Valjean del cine en mi opinión, martirizado y muerto por los nazis. Alianza Francesa… cine de miércoles. La maestra Elisabeth ríe y mortifica mi niñez con deseo. Un día le diré: “Te he estado contemplando por diez años”. Si obtendré un beso a cambio, un hombro por mis tristes versos, un seno bajo la intemperie de los eucaliptos, no lo diré. Los ceibos están en flor, arriba se ven ruinas de la hacienda Salamanca.

 

Muertos rusos dispersan sus miembros destrozados con los colores y la trama de Miró, no con su alegría. Avdiivka, tumba inmensa, túmulo gigantesco de cuerpos, casi como odisea asesina de la Horda. Tiempo para comprar almas muertas y hacerse de siervos inexistentes, porque esta locura es tan antigua en Rusia como su propio absurdo. Escribirán en el futuro, si despiertan los grandes del XIX, que en la aldea A. y en la aldea T. se acumularon los difuntos, que de sus mejillas abiertas crecieron girasoles, no románticos según Hollywood los hizo sino fatídicos. Que en ninguna guerra el invasor es víctima y que la mácula ya nunca se va a borrar. Miraba yo el tranquilo camino de Belgorod y hoy es torrente carmesí. Noviembre ha llegado. Noviembre arribaba yo a Jarkov con ilusiones de historia y necesidad de carne. La industria, el sacrificio, iglesias penumbrales de pupilas abiertas santificadas.

 

Lloran los iconos mujeres; entristecen santos y Jesuses. Quién lo iba a creer, que en la arboleda del parque Gorky donde toqué tus manos bombas caerían. No me echarán al olvido, tú y tu ciudad eternas ya, lírica de poeta tal vez, ansia de amante, pero por sobre los obuses que caen, morteros con profunda voz de jazz, caminas de abrigo gris rumbo a la iglesia ortodoxa donde te cubrirás los cabellos. ¿En qué lugar te hallas, Hyeronymus Bosh, tú que no eres de colgarte en paredes? Observa entre la escoria rusa a los cuervos come ojos, insectos reptadores que introduciéndose por la nariz penetran para devorar el corazón mujik. Releo Agosto 1914 y materializo en mente que a esto se refería Solzhentsin, a fosas de hombres verdes azules y púrpuras tumefactos, ya presentes en el canto de las huestes de Igor.

 

Huyan, huyan disfrazados de animales de los cumanos malditos. Huyan de los casi benditos ucranianos en picos de aves de rapiña, crezcan el pienso y los pastos de los salvajes campos porque de allí no saldrán, ni aunque se vistan de zorros, musarañas o urogallos. No los mira un dios desde arriba sino máquinas mortíferas con ojos, cámaras que los fotografían corriendo y luego de la explosión parecen marionetas todavía no armadas para la feria, muñecos de madera leve y papel. Tú sonreirás entonces y tomaremos un café o licor besarabo encima de los huesos, sentados en calaveras con zetas pintadas que no sirvieron de detentes. Puede el patriarca Kyrill bendecir lo que quiera, echar genuflexo aguas turbias a diestra siniestra. No impedirá que sus soldados se cuezan en tanques de supuesto acero, espantosos como los bueyes de hierro candente en cuyo vientre se arrojaba a los rebeldes de las revueltas campesinas (pienso en los Balcanes).

 

Narra Olga Amarís Duarte en la página 89: “Pugú, pugú”. Pues en la Ucrania de 1647, cuando se cernía la debacle y el cometa predecía angustia, algún tártaro o cosaco, no lo tengo bien memorizado, gritaba desde un escondrijo lo mismo: “Pugú, pugú”. “¿Quién vive ahí?”. Alguien que viene de la estepa. Está en las primeras páginas de A sangre y fuego, primer libro de la monumental trilogía histórica de Henryk Sienkiewicz sobre Polonia. Anunciaba el mensajero que en la alta vegetación entre el Dniester y el Dnieper algo se preparaba. Un atamán de nombre Diosdado Zenobio cabalgaba hacia la capital de los zaporogos…

 

Es ya noviembre tres. Tal vez había dejado Kharkiv para entonces, tengo que confirmarlo. A no más tardar el próximo año, antes de la primera nieve, estaré de nuevo allí. Ganas tengo, pero no los medios, de ponerme detrás de una boca de fuego para cultivar cadáveres de una gente que he amado y leído tanto de ella. Hoy son el enemigo pero incólume está la tumba de Tolstoi, y congelada en la memoria la finca de Premujino. Queda mucho de amar en Rusia. Mucho por matar. Condición humana, deseo de olvido. Nevsky y el Terrible, reales y falsos Dimitris, Rusia madrecita y verdugo.

 

Atravieso Kopyly, Palchykivska, Tsyhans'ke, Reshetylivska, Podil, Bilotserkivka y el rayon de Velykobahachans'kyi. Retornaré a Poltava y levantaré una casa con jardín de flores de sol en tierra abonada con piel de conscriptos bashkires. No plantaré repollos porque parte no seré de antropofagia, solo de botánica. Un día soleado vendrá, pronta mañana, en que el automóvil encare la entrada de Mirhorod y retomaré a Gogol. La guerra jamás será un recuerdo. Hay que mirar esa frontera hasta que se derrumbe: se prepara el Cáucaso para el baño definitivo de sangre. Vladimiro el Pequeño caminará de la mano hacia la muerte, fraterno, a pedazos, con aquel que quiso ser zar e inventó una historia protegido por un ejército. Corría el siglo XVII y Moscú ardía en el tiempo de la dificultad.

 

Nada de ello impedirá que yo siga leyendo a Lermontov.

03/11/2023

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Imagen: Monumento a Iván Mazepa en Poltava

 

 


Sunday, October 22, 2023

Armenios


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Ni para qué decirlo, esos ojos y cabellos negros eran lo más precioso que había contemplado. La mesa tendría dos metros de largo por uno cincuenta de ancho. Platos encima, delicias extrañas y otras conocidas. Avellanas y hierbas aromáticas; licor de ciruela, creí, y vodka. Era armenia.

 

Un maduro Karol Seferyan sentado a la cabecera. Sus acólitos, jóvenes y hablando ruso en muy alta voz, tenían a mano bates de béisbol que había visto usar en las oficinas del periódico The Denver Post donde todos trabajábamos.

 

Karol había llegado humilde y se sentaba en la noche, con su hijo de diez años, esperando que se abriera la bodega. Yo detenía el auto, sacaba lo necesario y abría la puerta. Supuestamente nadie tenía otra llave, pero Karol estaba siempre allí adentro, sentado en la sombra, contemplando quién sabe qué. No tenía ni automóvil, ni dinero ni casa. Envolvía periódicos por centavos la pieza e indagaba acerca del negocio, que dónde, que cuándo, que cómo.

 

Le enseñé lo que sabía y nadie sabía lo que yo en esa sucursal de un diario con un millón de tiraje en domingo. Conmigo siempre se portó con gran respeto. Avasalló todo y a todos, menos a mí. Se adueñó rápido de cada uno de los trabajos en el periódico, menos del mío. Tuvo rusos, armenios, georgianos, mongoles, ucranianos, bielorrusos, kazajos y judíos que laboraban para él. Su cheque, hablo de treinta años atrás, era de once mil dólares semanales, una fortuna.

 

Me tentaba con regalos, con dinero y adolescentes rusas para que cediera mi puesto. Le acepté comidas, bebidas, invitaciones. Nunca pasó la línea. Luego en su mansión recién adquirida del downtown acuchilló a alguien y lo enterró entre los árboles de su patio. Cayó preso, lo leí en el diario. Pero un par de años después, a eso de las diez de la mañana, apareció en el Denver Post. Llevaba sombrero jipijapa y manejaba un convertible. Se había vuelto marchante de arte e importaba cuadros desde Rusia. ¿Cómo salió de la cárcel? Era inteligente, versátil, verboso. Me abrazó, me llamó su hermano, que me amaba y no olvidaba. Después no lo vi más. Dejaba a su hijo conmigo a veces. El niño jugaba con mis hijas, cenaba en casa hasta que Carl (Karol) lo recogía. Le habían jurado muerte en Budapest antes de huir a América. Un personaje. Delgado, pequeño, inmensas negras cejas, nariz aguileña. Nunca había ido a la guerra, como lo hicieron muchos de sus trabajadores. Su guerra vivía en la extorsión y el embuste. Lo buscaré en las redes, ahora en el tiempo que ya no hay escondrijos.

 

La familia arriba de nuestro departamento llegó de Rusia pero eran armenios. El hombre de la casa se llamaba Tigran. Como Petrosian, le dije, y sonrió. La esposa que devolvió el favor cuando les llevamos un par de pizzas grandes trayéndonos chocolates ucranianos, coloridos y deliciosos, era una hermosa mujer teñida de castaño. De improbable físico, ojos maravilla, sonrisa y pasos que si no medidos eran simplemente perfectos. Tigran, sencillo trabajador, hombre afortunado. Despertar con aquella beldad sería como llegar al paraíso sin santos intermediarios ni purgatorios. Podría imaginar carne y piel, fantástico vicio de la lujuria. Pero de allí a convertirme en mirón había un gran salto que no tomé. Contemplaba cuando ella aparecía, claro. Su hija, joven, seguía sus pasos y ya será ahora otra mujer de belleza icónica. Algo pequeñas, cierto, pero con magia de alebrijes en miniatura.

 

A Karol no le conocí pareja. La tendría, supongo, o tal vez resulta como cuenta mi amigo Gabriel que en el negocio criminal no hay tiempo para el amor. Muchos ejemplos lo desmienten, el capo de Sinaloa sin ir lejos, pero también debe haber santones del crimen, frugales y estadísticos. Poco me contó de Armenia aunque yo lo demandase. La geografía y el nacionalismo a veces no se alían con el dinero, suele este ser autónomo de raza y religión. Conocí otros, empleados o asociados de Seferyan, que venían de la guerra de Nagorno-Karabaj y se preciaban de muertes como si de elegantes trajes se tratara. Discurríamos con un amigo alto y gordo de Yefim, en su apartamento de la Pequeña Rusia, sobre diversos temas. Me hablaban en ruso de corrido y podía entender bastante por el contexto y la expresión. De allí se tejió en el periódico la leyenda de que hablaba ruso cuando simplemente la empatía hacía que comprendiese sin detalles lo que querían decir. Fui así el traductor oficial del idioma ruso en un warehouse con casi cuarenta de ellos y nada de inglés. 1991, 92, hasta que llegaron los bosnios. Sucedió lo mismo, me convertí en especialista en explicar a los jefes norteamericanos lo que sus nuevos trabajadores anhelaban y pedían, en serbo-croata en este caso. ¿Qué ayudó a ello? ¿Mis extendidas lecturas del universo en general y en singular también? Libros, cine, música, pintura…

 

De las diversas etnias que pasaron por el periódico solo permanecieron los mexicanos. Los mongoles se adiestraron como cajeros de banco. Rusos y ucranios abrieron empresas de bienes y servicios. Los hijos de los primeros inmigrantes estudiaron. Hoy hay una pléyade de noveles doctores eslavos en Colorado. Los bosnios contrataron chihuahuenses trabajando para ellos en la construcción. Aquellos rubios musulmanes, salidos de las páginas de Ivo Andrić, supieron oler el potencial de hacer dinero con experimentados y sufridos mexicas, zapotecos, chiapanecos, otomíes sin papeles bajo su jurisdicción. Les fue muy bien.

 

Tengo que hacer un paréntesis y recordar la roja rosa que pusiste entre tus piernas, Daniela, en el Belgrado del 2008… Pictures of you, canta The Cure, mientras tomas sol en tu casa de Budapest y el sol del Danubio calienta tus pezones como morteros en guerra.

 

Dije que buscaría en la red qué fue de mi amigo Karol Seferyan, master del crimen, y no lo hice. La noche de Cochabamba es ya noche jubilada y tengo tiempo de hacerlo. Si no lo mataron supongo que es dinámico empresario. Yo tengo sesenta y tres, él andará por los setenta. Sabía vivir y ofrecer festines, bien lo sé. Eso impactó a los gringos ajenos a la opulencia de los pobres. El Arcángel me escribe a las diez de la mañana: I hate getting old. Respondo: Me too. Tac tac, resuenan los ineludibles bastones del baile de los Auki Auki.

20/10/2023

 

Friday, October 20, 2023

Trem Das Onze


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Adoniran Barbosa. Mujer de pechos desnudos: Klimt; Alfred Kubin, Max Beckmann; Emiliano Di Cavalcanti en el museo de São Paulo. Zamba del 7 de abril, maravilloso Payo Solá. Piero. Mikis Theodorakis, rusos de las estepas a caballo y caverna de voz. Hay brisa. Los edificios comienzan a encender luces como dientes de monstruo. El teléfono me recuerda otro octubre, pasos por las losetas del parque Gorky, era Kharkiv de otoño sin guerra y con Kate. ¿Se ha terminado el mundo? El viaje va haciéndose escabroso, pesado, elijo un yogurt de mora frente a una grappa. Desde aquel camino se atisbaba Belgorod. Campo de muerte hoy, todo, ni siquiera queda el camino del sur hacia tierras cosacas. Quería ver las altas flores de los Campos Salvajes. Era con ella que quería perderme entre los pastos mientras sonaban insectos voladores en donde hoy crujen hélices de helicópteros malditos.

 

¿Cómo explicarnos la muerte?, me pregunta el cantor. La noche cae a retazos; yo vi llover barro y pensé que volvían las plagas de Egipto. Barro caía del cielo, de la greda y el limo de quién sabe quién o qué arriba. Me hallaba en la hora oscura en la absoluta soledad de Centennial. Si esta solitud de ahora parece fiesta. Tres décadas de silencio cuando tenía que enfrentarme a mí mismo o perecer. Era yo mi único interlocutor. Alrededor danzaban atojs, zorros rojos del hemisferio norte y gritaban las rapaces. Árboles susurrando, muertas que caminan, barrios enteros apagados, sin faroles, y crótalos que reptan en los pastos creyendo que no estoy, que no hay ni soy, nadie.

 

Paz, pero existe Mussolini. En imaginación bailo calypso bebiendo ron negro de las Guayanas pero existe Putin. Negrita bacana de la Martinica, no usa vestido no usa calzón… Y sin embargo Deutschland über alles y el zar rojo.

 

Noche cerrada ya. Cuento enfrente dos luces, una amarilla y otra roja. No veo estrellas, las ha devorado el polvo. El desierto corre por el aire, incesante caudal. Simún; tormenta del Takamaklan en donde solo te salvan zancos de dos metros. Contemplas la arena pasar debajo de ti con agilidad de serpiente y sequedad de vejez. El viento destapa huesos de dinosaurios, la anciana Mongolia se transforma en bazar de cientistas y comerciantes. Caballitos tártaros perdidos en aquel sinfín.

 

Vino de visita mi sobrina nieta, Renata. Me recuerda a su madre y a mi hija Emily. No llega a un año pero le regalé un hermoso afiche de Klimt de mi colección; a mi sobrino Armando otro de Van Gogh, de una exhibición de hace cincuenta años. Debo tener trescientos pósters a cual más lindo. Necesitaría el castillo del rey loco, el bávaro, para colgarlos. Voy deshojándolos al viento entonces, de a poco porque cuesta. Dejé con Omar un fantástico Veermer y un batik indonesio a lápiz. Con ellos se quedan fragmentos de mi historia. Riego arte y antigüedades por el camino para poder escapar de la bruja mala del bosque encantado. En el crepúsculo, a la izquierda de Anocaraire, el bosque sube por la quebrada de La Llave hacia el misterio de Ayopaya. Eucaliptos de hojas sombrías. Si me asomo al borde del precipicio que da al río miro a Francine bañándose sin ropa en un brazo del cauce. No me ve, es una imagen de 1988 que ha permanecido allí. Casi ninfa del Rin, sirena del pedregal, blanca si la nube es blanca, azules ojos de profunda aguamarina. Me retiro, dejo que se frote los muslos con agua helada. Me guarezco en una gran piedra cuadrada llena de agujeros. Eso hizo el hombre primitivo, seguro. Son las siete de los karisiris. Luego desciendo hacia Vinto sin haberme topado con espectros germánicos ni locales. Fuerte olor a comida sale de las casas, focos de treinta iluminan comideros de asados martajados o amartajados cubiertos de miga seca de pan. Algún aqhallanto queda y demasiados borrachos. Tomo un micro para enanos y somos treinta donde debieran caber diez. Salgo despedido por la presión popular apenas cruzo el puente de Quillacollo. Augures de comida flotan de nuevo en el aire, la ciudad que come, ciudad luz de brasas de anticucho. El río era, el Rocha, nefasta línea de pura escatología. Tenía pozas, más sapitos pigmeos con respectivos renacuajos y bagres llamados such’is del tamaño de la palma en tiempos niños.

 

Rezaba, en la casa de la Paccieri, la propaganda de un repelente brasilero para mosquitos: “Espiral de teflón para mosquitos pernilongos, muricocas, borrachudos”. Me vino a la memoria. Tenía cuatro años. A mi recién nacida hermana Alicia la habían puesto encima de una maleta de cuero. La vecina tomaba directo desde el bacín su propia orina porque se lo habían recomendado. Años que hacen muescas en la culata de un rifle que nunca ha dejado de disparar. Estaría durmiendo en Denver para despertarme en tres horas, alistarme, preparar un café, comer cherry pie. Al retorno ver noticias en YouTube hasta caer rendido. Levantarme al sonido del correo que abre las casillas metálicas. A diferencia del coronel siempre tengo quien me escriba. Quien me llame. Quien me ame y odie, quien duerma o disimule al lado de mi costado más fuerte y sienta sus glúteos descansados y el cabello que huele a pachulí.

 

Piano de Ignacy Jan Paderewski. Cambio el disco a un antiguo pasillo colombiano que incluso interpretó Gardel. “Oye, bajo las ruinas de mis pasiones, y en el fondo de esta alma que ya no alegras, entre polvo de ensueños y de ilusiones brotan entumecidas mis flores negras…”. Al fin me agoto también y permito al disco correr hasta que termine. De todos modos en la sombra hay siempre quien escuche, quitándole el peso tétrico de Lovecraft. No siempre lo oscuro es maligno. Arde un avión en Medellín.

 

Ochocientas noventa palabras. Cuando cruce la fatalidad de las mil habré terminado. Un texto es como un lote en venta, limitado. No quiere decir que no colinde con otros lotes ni se extienda, pero primero está la transacción de esos metros medidos y tasados. Es un buen ejercicio literario tanto como comercial. O un cuadro. Que Marie Laurencin sepa que en ese rectángulo tiene que caber lo que imagina. Fuera de los bordes está lo imposible, retórica para duendes. Que Hermine David pinte un retrato bajo la rígida convención de cuatro cantos, nada fuera de ellos. Inclinamos la cerviz ante lo geométrico que hasta el sueño más febril se ciña ante las líneas. Claro que me impactan los difusos impresionistas pero ni ellos escapan del influjo de las directrices. Hasta las gotas coloridas de Pollock respetan una matriz. Lo que cayó a los costados se lava con agua y jabón.

 

Mi tren sale a las once. A las diez, igual a una bomba de tiempo escribiré mi diaria confesión de amor. Para entonces hasta la Ada Falcón se habrá dormido. Dejemos espacio a los que de día no asisten y de noche vienen junto al frescor y el rocío. Lo sé porque más de la mitad de mi vida la pasé despierto mientras ustedes tenían los párpados cerrados. Por eso ladran los perros, aúllan los perros por eso. Pasos leves y ligeros, sin peso físico. Los miro desde la ventana del quinto piso y siempre los sigue banda de trombones y platillos. Serpentinas de colores, kaluyo, baguala y cueca, que morirse trae fiesta.

19/10/2023

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Imagen: Afiche de Emiliano Di Cavalcanti en casa

 

Saturday, October 14, 2023

Escribo una carta a Irina en el crepúsculo del sábado


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

I want you back again
I want your love again
I know you find it hard to reason with me
But this time it's different, darling you'll see

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

You said we're through before
You walked out on me before
I tried to tell you, but you didn't want to know
This time you're different and determined to go

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

I wait as the days go by
I long for the nights to go by
I hear the knock on my door that never comes
I hear the telephone that hasn't rung

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

You gotta

 

Tell me… The Rolling Stones. ¡Vaya combinación la mía! Leyendo a Cendrars y oyendo a los británicos en un magnífico disco. Las putas de Putte, Blaise Cendrars pintando con majestad oriental aquel burdel de Amberes con su amigo Korzakov y un libro original de François Villon que valdría un cataclismo. Putte, al lado de Amberes la diamantina en cuyos talleres escondidos genios del medioevo dan brillo a las piedras. Es tan rica la prosa que parece leerse los versos de Else Lasker-Schüler y sus príncipes encantados, azul como los caballos de Franz Marc, frío en su tumba, en otra cama de piedra germánica y proverbial para el futuro destino de horror.

 

You gotta tell me si volveremos al profundo café, si tus ojos zafiros surgirán como islas dos en el mar de la muerte. El ventilador mueve mis canas mientras bombas de fósforo blanco caen sobre Gaza y el infecto Alá domina la razón de los hombres. En qué cueva esconderse de los dioses, dime, y susúrrame también si todo se trata de castigo. Batimos el café y contemplo tu cintura. Estás sobre mí y puedo mirar tu vientre, tus hombros delgados y huesudos. Sonríes. Llevas collar de estrella sobre el pecho. Observo tus senos y te recito tenue algo terrible y bello de Ajmátova. Suave cometa incendiario. En espasmo agonizo. Sonríes e imagino alguna diosa hindú de mil brazos como Shiva. Musitas cierta anciana canción gitana y danzo antes de dormir, previo a subir en sueños unos Cárpatos que abrevan en el Donau.

 

Dime, a mí que siempre pregunto, si el tren llega a ti mañana porque voy en él. Enséñame a burlar los campos minados, a engañar con palabras los cadáveres que flotan en el Vorskla desde el norte, tal vez Chernihiv hasta la tierra salvaje de los zaporogos. O era otro río, mis geografías andan confusas, vago en el dilema del amor, en la controversia de los labios y la adivinanza de los muslos. Asegúrame que no tomé el vagón equivocado, que voy por suelo firme, no en la frágil carretera de huesos que construyó el zar entre Varsovia y Brest.

 

Punto y coma de tu discurso. Lo que lo antecede es quizá y lo que sigue tal vez. Sin embargo mojo la pluma fuente en tinta de índigo con pluma de urogallo y continúo. Sabes, añado; sabes, digo, piensa y dime si lees esta carta antes de que la termino, si tienes el don del presagio como maestra resultas de lo ubicuo.

 

Hay una guerra, dos guerras hoy y tres mañana. Los kanes del incógnito bailan con hieráticas máscaras japonesas. Pero matan, exterminan. Una botella de vino con tu voz y tu saliva derivan en aguas del mar Azov. Flotan hasta Izmail, a ese Danubio entre cuyas zarzas habita lo que queda de Panaït Istrati, mi maestro. Es literatura, me justifico, estas letras no son amor sino literatura. Y sin embargo te amo. Escribo sabiendo que miento. No sé mentir y apenas deletreo. Deja caer el cristalino de tu saliva sobre mis dientes, como gota que fabrica columnas de calcio en el interior de la tierra, oasis que persigo en la oscuridad ya que brilla y me hace creer que al atraparlo me habré hecho rico y de Midas el toque hará de las sombras oro y te eternizará en estatua clásica.

14/10/2023

 

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Imagen: León Bakst, 1914

 

Thursday, October 12, 2023

El estropajo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Es bueno hablar con los peluqueros.

 

El Isuzu carraspea, tiembla, avanza a gatas en la cuesta de Uncía hasta que cae. Abajo se encuentra Catavi. Ruedan llantas y cabezas, brazos que se apilan como leña en la morgue de Llallagua. Yo me cortaba el pelo en la peluquería Berlín, dice el maestro. Le digo que yo también, en Cochabamba, en una puerta del paredón de Santo Domingo hecho de piedras y espectros. Ángel me hacía corte “Firpo” a mis tres años y muy cerca de allí, a la vuelta, en la Junín, a mis cincuenta y ocho aunque ya solo retoques a un cabello encabritado que comenzaba a aclararse. Berlín, Isherwood, Döblin, Fassbinder. La paz reina en Berlín, anunciaban, mientras arrastraban el cuerpo martirizado de Rosa Luxemburgo. En la peluquería Berlín me lo cortaban cuando yo desconocía todo de estos alemanes y británicos.

 

Sentado en un sillón de cuero negro, a una altura de cinco pisos, elevado del suelo donde tenían su casa mis padres, intento reconstruir los dormitorios, la sala, la ventana por la que pasaba papá al regresar del trabajo, o mamá llamando a cenar. Tengo buena memoria y hago un holograma donde los ocho todavía caminamos. El comedor huele a queso humacha que detesto. No lo como, relleno una marraqueta con él y alegando ir al baño lo tiro a los perros. Con mi hermana Picha que hace lo mismo. Pobres padres, ufanos de que comimos todo. Pienso en mis buenas hijas y sé que jamás harían algo así. Hablo con ellas; pasamos por tu casa de Denver, cuentan, y esa calle Clarkson es un vacío. Les cuento a su vez que estoy en las nubes, más alto que lo que alcanzaba el molle macho en el patio, a la izquierda. La montaña sigue allí a pesar de ser asesinada cada día por los kanatas.

 

El peluquero dice que los dibujos a lápiz de color los hizo su madre. Cada uno de un corte especial. Cuando me veo las patillas peladas ya es tarde y me entero que me hizo “romano”, que no quería pero bueno, al menos no me tocó los bigotes; con una tijera puntiaguda quitó los pelos que asomaban por la nariz e igualó las cejas dispersas. Veo las feroces navajas y la tira de cuero al lado de la silla donde las afilan. Me veo tentado a afeitarme así pero es delirio efímero.

 

Quiero muchas cosas mas meses de pesadumbre y frenesí han acabado con mis fuerzas. Recuperaré; por ahora no quiero mujer ni manzanas, ni dulce ni salado. Son treinta años que no duermo y descontaré algo en este espacio precioso y amplio. Solo en la mesa en la que se sientan los tres ausentes. El ventilador engaña el calor y a ratos abro El Rodaballo, de Grass, porque está en la mesa y me gusta. En la calle Aniceto Arce, o por ahí, lo leía una rubia que fue mi Mireya entonces. Mientras escojo en el mercado comeruchos coloridos para la salsa me acuerdo de ella. Me olvido cuando paso a las cebollas. Y las caderas de otra, belicosa y grande, se suceden por la retina como clips de cine. Difícil evitar lo femenino de esta ciudad. Bailabas con pies descalzos en el Corte Inglés, desnudabas las piernas mientras por la colina de Villa Moscú bajaban sombras con bombos y cornetas tocando aires de la Guerra de Secesión. Vestías vestido oscuro y dejabas la ventana semiabierta. En el barro de Aranjuez se marcaban mis pasos y tu padre diría que un ladrón rondó la casa. Espía en la casa del amor, como Anaïs Nin y Jim Morrison. En esos eucaliptos me amaste.

 

“India bella mezcla de diosa y pantera, doncella desnuda que habita el Guairá”… Ríos color de azul, hojas de árbol, aroma. Miras hacia el cielo y te encuentras conmigo. Escondes tu rostro en mis hombros. Tu piel contrasta la noche. Paso por allí y reconozco. Nada hace la modernidad ni los olores de fritos ni los edificios ni los diputados para esconderte. Eres mía desde siempre aunque debajo de tus cabellos se marque firme ya la calavera. Los años, tenues en Whitman y terribles en Celan. Obvié el concepto de vejez por demasiado. Ahora que llega el Paraná inundado, subido hasta el quinto piso, arrojo las redes, atarrayas en un norte turbio. Los dorados saltan; saltaban los bufeos del Mamoré, un tiburón me persigue en el mar de Rehoboth. El tiempo húmedo, el agua que fluye, así la vida, el Escamandro caza soldados griegos en las playas que vieron Pérgamo. ¿Y tú? Ese “tú” colectivo de serpentinas y risas, el de todos los nombres, el musgo eterno de una entrepierna inolvidable… Frases sin terminar. Acabarlas significaría cerrar algo, quitarle el don algebraico de las posibilidades a la memoria. Mejor dejarlo como está. Subo el pantalón, ajusto el cinto y desciendo para seguir las huellas de neón de mi padre rumbo a un prosaico chorizo en pan, inflado de salsa argentina y picante local. El nombre del carrito de comida me trae al querido Julio, cerca de la avenida Madero en Córdoba metalúrgica, mientras taqueamos en un billar y putas rumanas escapadas de Sábato transitan sus tristezas. Una y otra cerveza Salta de un litro, índigo claro la etiqueta, engañando el crepúsculo en el dormitorio compartido.

 

Miro un moderno supermercado. Hace unos años compré allí una botella de Havana Club de barril único para el festejo de mi hija Aly. Todavía vivía el antiguo ciruelo rojo del patio atrás. Leonard Cohen cantaba  I am your man. Lo miro y rememoro que sobre ese suelo crecía un bosque de eucaliptos y que las vacas de los Gutiérrez pastaban. A veces comían hojas de molle que las envenenaban y tenían que abrirles a cuchillo el costado para sacar el mal. Por sobre el horizonte corrían apasankas y mariposas cohete. En el fondo no ha cambiado. La misma gente trashuma, la sequía asedia, torrenteras pintadas burdamente de contemporaneidad. En Condo, pueblo de casi cinco siglos, bailan ayawayas y me pregunto en dónde quedó España. En la miríada de sombreros que hoy tienen aura de ancestrales. Como revocar una pared con mortero de cal y cemento. Debajo permanece el adobe y lo que es: barro, tierra, polvo.

 

Me escribe Kate desde Lviv. Reflexiono para ver si he detenido mi viaje por el mundo y me he enroscado a manera de pangolín sobre mi propia historia. Creo que no; se ha ampliado mi panorama, solo que la melancolía de las rojas tierras de los Cintis ha temporalmente triunfado. Detengo mi barco que sube por el río de la Gambia estrecha, no he de emular hoy a Korzeniowski-Conrad. No he de invernar este año en la Carpacia profunda, ni París me verá de nuevo, ya no cargado con mochilas de propaganda ni de ninguna otra forma. El tren de Varsovia, Munich, Estrasburgo tendrá que esperar. Así el café de Basilea. Debo aprender a andar, me ha caído el devastador látigo de la infancia encima. Cuando duermo en una ansiada siesta que tardó tres décadas en asomar, sueño, sueño contigo en tu cuarto helado allí donde enterraron a los suecos. Pero cuando despierto huelo el mal aroma del otrora río hoy putrefacto. Sé, entonces, que los soldados de plomo han cambiado de posición en el tablero.

 

Cuesta de Uncía, de Sama, de Llokalla y el Meadero. Los he visto todos y deseo verlos de nuevo, tal vez ya no subido en la parte de atrás como otra oveja.

 

Ya no tejen, casera, le digo a Victoria, nacida donde hornean el pan de Toco. Ya cómo, responde, si se han muerto de sed los animales.

12/10/2023

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Imagen: Cinto de San Pedro de Condo

Thursday, September 14, 2023

Viajando por el espacio de mi sueño


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Saudosa maloca, Adoniran Barbosa, samba “blanco”, cuánta belleza en un disco traído de São Paulo en agosto 2004 por Lucélia. Pero, me pregunto, si esta casa que se ha desenvuelto en cajas, periódicos, máscaras y objetos de cerámica y metal es una de tristeza. Para nada, melancolía no la implica y mientras tomo un café de olla con un trozo de Boston Cake gozo con la memoria de tantas cosas. Cuando escribo, sentado frente a la ventana del barrio antiguo, no necesito embarcarme para derivar por el Río de la Duda; no es necesario. Tampoco desviarme del camino de Machacamarca y adentrarme en la antropofagia de Pazña. Todo está en que ajuste un tejido sobre el machihembrado amarillento y lea las señales entre los campos vacíos que dejan los tejedores y sus míticos monstruos, esas llanuras de color único o jaspeado que representan el altiplano donde se acuna Bolivia. Ha llegado un instante en que a la manera de Karl May podré mentir con desparpajo porque tengo el universo alrededor, desde escuchar los coros de la Guerra Europea, It's a long long way to Tipperary, hasta el bufido de los camellos bactrianos de Tartaria.

 

Estábamos en Salónica, rodeados de bellezas armenias. La rebétika narra de crimen y dolor. He recorrido Grecia de manos de Pausanias, he leído y visto en Heródoto, Libro Primero de los Nueve, cómo Astiages soñó que del vientre de su hija salía una parra que cubría toda el Asia. Luego venían, cosa común, historias de sangre y envidia. Parras se extendieron, cada una sangrienta, desde Temujin a Timur pasando por bárbaros que impusieron paz extendida y larga de muerte. Historia del hombre, barbarie y desdén por la vida. Y, sin embargo, entre los almendros de Mesopotamia creció el arte, tajiks ensoñados cantaron por las quebradas bajo el olor de los damascos. Peter Brook los encontró cuando buscaba hombres notables. Gurdjieff viajaba en vagones llenos de alfombras; eran el oro pero sobre todo el arte. Obuses estallaban por las calles kurdas, daban saltos ornamentales en Crimea.

 

Hasta la guerra trae literatura, páginas impresionantes de belleza y dolor. Arde Sebastobol, ardía el 41. Explotan submarinos de centenas de millones de dólares. Dos tiranos enanos se reúnen en Vladivostok, recurro a las páginas de The Accidental Anarchist y analizo que en aquella Rusia corrupta e inhábil nada cambió en cien años. Las luces del Rostov ardiendo para mí son de cumpleaños. Era, en ese libro, 1905 en la memoria de Jacob Marateck, 1914 en Solzhenitsin. En los lagos que jamás descansaron de sangre, ya fuera livonia, teutónica, polaca, rusa, lituana y a ratos tártara, mugen los bisontes europeos desde muy dentro de la floresta oscura, la misma que Ludendorff quiere talar a plenitud para ganar. El 2018 proyecté un viaje que no se realizó porque Natalia Aleksandrovna prefirió quedarse en Vinnytsia, entre tranvía y café. Zamosc y Lublín se retrajeron en la sombra. El bosque durmió, solo insectos brillosos volaban por él.

 

Abrí pausado las páginas de un libro pero no leí. La brisa del parque Shevchenko tomó el tiempo, horas que transcurrieron llanas. Mis botas se relajaron, saboreé un chocolate. Un perro negro aparecía y huía del panorama con pasmosa velocidad. Hoy, mientras acomodo objetos en la maleta, se suceden instantes en que estaba allí, mirando indignado el nombre de Petliura en una calle, o dejando pasar uno y otro vagón de tren antes de que se alejara del aire el aroma de sardinas portuguesas tostadas a la parrilla en Porto. Envuelvo en trapos y plásticos botellas de ron previendo la fiesta. Compraré vino californiano en Miami antes de abordar el avión. Envuelvo en papel de diario preciosos vasos de cerveza que jamás llevaré. Acciones que aunque sé vanas me obligan a contar los dedos, a que ayer estaba en París y después hervía la blanca sopa marinera en el puerto de Arica. Los erizos eran de intenso carmesí. Mantequillas danesas y germanas untaban el pan francés. Ayer anduve por heridos recovecos de Tarata y hoy Ekaterina me sostiene la mano para no perderme en el laberinto de espejos. En Jarkov. Etta James y Woody Guthrie. Mandolina y acordeón, tubos musicales del desierto australiano, elefantes de Namibia.

 

Invocación y hechizo. Cuenta Daniel el día pasado que llamaban a los malos espíritus para acelerar la fanfarria. Nunca aparecieron. Sugiero caminar por Providence, por Nueva Inglaterra en general a partir del crepúsculo. Buscar penumbra, no neón. Si lo sabrá Lovecraft. El mar de Maine se agita y en su fría agua es tenebroso. Hasta allí llegan los tiburones dormidos y antediluvianos desde Groenlandia, los que viven a mil metros por debajo, donde la única iluminación proviene de la viscosa cubierta de los calamares gigantes. Hasta ahora no he encontrado entre mis cosas escondidas un hermoso caparazón de nautilus, cáscara bella rojiblanca que me hace imaginar Melville, Stevenson. Quiero tenerlo encima de una biblioteca. Ya dejé mi antiguo sextante con Álex, mis dos sables hindúes con Maxi, mi libro de Samoa al fondo de una caja, me alejo de un mar que a decir verdad jamás se acercó. Cuánta de nuestra aproximación a mucho es tan solo literaria, pero, volvemos a la historia de Karl May que hablaba de apaches y choctaws que no observó.

 

Crónicas de los Cheyenne, de los “soldados-perro”; memorias siempre revisitadas del incomparable James Fenimore Cooper. Recordábamos en el cumpleaños de Ed, el 11  aciago de septiembre, nuestro viaje de 1990 a West Virginia, iniciándolo en Harpers Ferry. Tanto sucedió desde entonces. Aly viajaba todavía en brazos de Ganímedes y Emily habitaba el vientre de su madre. En esos olvidados e increíblemente hermosos caminos rurales pensé en Matewan, en la guerra social del carbón. Por supuesto. Norteamérica es íntima, yo no tengo el concepto de patria pero sí de cercanía. He vivido más tiempo en los Estados Unidos que en mi propia tierra. Todo o casi todo lo he escrito aquí. Cliza renacía en las ventanas que apuntaban a la avenida Peoria. Los algarrobos de Tiataco se rememoraban en medio del invierno que decoraba los árboles de cristal. Mis novelas y textos varios, los exabruptos contra el poder, el embrujo del amor, desde aquí. De Bolivia guardo recuerdos de tetas y chicha kulli, de bailes de moreno y diablos que con la careta semejan más altos de lo que son. Pero a tiempo de sentarse y con un dedo teclear historias fue aquí. De fondo cuecas, a menudo, o pan con queso, o entierros a ritmo de caballos. En las tardes, rememoro cuando escribía El señor don Rómulo, bajo el sol puma, el gentío cansino lleva a alguien a enterrar. Los abuelos detienen la vida en casa de la calle Lanza cuando suena el Ángelus.

 

Cada paso, cada escollo y caída, encuentro en esta búsqueda. Materia alimentando recuerdo. Tiro a la basura un mechón de cabellos negros que todavía, cuarenta años después, huelen a ti. Arrojo mínimos calzones al fuego a los que se les evaporó el halo. Son telas de color impresas, no traen piernas consigo. Destruyo fetiches como hacía Francisco de Ávila en el Perú. Extirpador de idolatrías equivale a desfacedor de amores. Una a una registro y archivo a quienes fueron un nombre y cuya piel temblaba. De todos modos en estas postrimerías ni se acordarán de sí mismas. Vida cruel. Una máscara funeraria carga con ojos mustios. Un ibis de largo pico va a alzar vuelo por los últimos treinta y tres años. A dónde irá que no hay pantanos cerca. La Hidra, al mirarlo, ha convertido a un tucán en piedra negra. El pico rojo bien podría ser puñal asesino. Agarro una galleta de limón y la disuelvo en la boca. Trago de agua, Trago de sombra.

 

Las bandas resuenan como cincuenta años ha. Festejo, entorchados y serpentinas. Me doy cuenta que retorno, que las calles ya no tendrán esta miríada de vegetación ni la adustez en los muros. No estarán las hijas de fresca sonrisa ni el té nocturno en la terraza. Y sin embargo se mueve. E pur si muove. Lo sé.

14/09/2023


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Fotografía: CFC/834 North Clarkson Street, número 1

 

 

Wednesday, September 6, 2023

Magia en Takoma Park


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

El amor, mientras de fondo el coro góspel negro de la iglesia vecina canta Nobody's Fault but Mine. Nos hemos despertado apenas, a las nueve. Esta noche no trabajé en el mercado, olvidé berenjenas y peras dulces y me insumí en tu piel de mantel donde crece una mancha de tinta. Hicimos, los dos, un arlequín, piso de baldosas entremezcladas, una blanca, otra negra. Siempre que escucho a The Blind Boys of Alabama me acuerdo de ti. Y cuando no los escucho también me acuerdo. ¿Cómo no? De aquel fervor salieron dos gajos hijas, pensantes volcanes cubiertos de margaritas.

 

El metro va deteniéndose cansino. Desde la estación arriba veo tu abrigo negro, largo, de cazador australiano. Tus ojos claros, borrosos, dormidos. Ven, dices, y bufo como tren en la ventisca que llega desde Washington DC. Luego bailamos un vals peruano, por llamar así aquello que sudaba, o guajira; cueca no, no de Andes y apachetas, de valle de ciruelas moradas y duraznos amarillos. La ventana daba a regular oscuridad, los ojos de la vecina se pegaban al vidrio en asombro. Al despegarlos, sus pupilas quedaban atrapadas, coladas, hasta que caían lentas y rotas como lágrimas. Descansas el cabello rojo, parece un pincel de Vincent, mies del sur. Duermo. Sueño que parte el vagón. Corro colina arriba, miro por encima del hombro. Tu abrigo vuela, cóndor de Maryland, busca, busca, pero no soy oveja que vayas a devorar. Despierto y tropiezo con un hombro albo, cirio de iglesia. Arde, ardes, y derrites las sábanas, devoras la almohada, se crea un agujero en el piso del segundo por el que nos escurrimos hasta la cocina que huele a chiles retostados. Sonríes y preguntas si estoy mareado. Estás dividida en dos, una cerca y otra detrás del panorama, se diría Magritte con palidez flamenca. Mujer de cera, hembras de cera y cofia sobria. El banquero cuenta monedas y la mujer observa. Tropiezo con ojos azules, los tambores, varios, en ritmo, asoman la marinera a los pies, en Piura, Trujillo y Chiclayo; por qué, me pregunto, esta reminiscencia del Perú. Habito tu dormitorio, una geografía sin Lambayeque, será que después del sexo hemos hablado de la cuestión india y de Jung; de literatura chicana luego del segundo y al fin, cuando tres trae la sangre de los conductos internos quebrados, conversamos de Cervantes, del cine de Gus van Sant, de José María Arguedas. Dime qué día es. Será mañana, ayer que viene el domingo cuando vuelvo a verte y pido curiosearte de cerca. Rembrandt van Rijn, Chaïm Soutine, colores fuertes, selvas por las que bufan jabalíes hambrientos. Cierro los ojos y solo entonces caigo en cuenta que desperté.

 

¿Dónde estaba el año 50? Recordando con don Francisco Canaro en tango los tiempos viejos. Sentado en Miserere veo hojas caer, vetustas, otoño del sur. En Constitución, la vulva de la holandesa caía en chorros de salto de ángel, atravesaba pantalón de kaki y el ventilador tronando locomotora. Leo al Licántropo y a Charles Nodier, mis horas francesas. Hojeo hoy, dos mil veinte y tres, un diccionario anglo-japonés de 1890, con dibujos. Mínimo, miniatura, tal vez para japoneses marchando el año 4 del mil novecientos en Manchuria. Miro alrededor y contemplo imágenes inesperadas, oigo pasitos corredizos de la gente del bosque, pigmeos del Congo, arrastrando máscaras hechas de cabeza de gorila. Tigres en el manglar, exploradores congelados del Annapurna, casi helado de canela batido en cubeta de metal, a mano, por cochabambinas hacendosas y asesinas. Pues ¿dónde estaba? Con una pelirroja en Maryland y Virginia, yendo al subsuelo de la capital, a las vías del metro. Entonces no llegaba a Adams Morgan, tuvimos que caminar. Y toco la punta de tus dedos y creo en bisturís. La tarde comenzó de noche y desnudaste las piernas de álamo y con tu señal indicabas que existía otro camino de Santiago en donde no se permitían santos. Pones a tocar al Quintette du Hot Club de France, la divina mano momificada del Django. No lo conozco hasta el día aquel, Takoma Park debajo de la colina. Abrigo de alas de cuervo, yo con modestos jeans de mozo andino relocalizado a la urbe. Buenos  Aires en mi voz, el tío Guibert que era odesita si recuerdo bien, la pantera negra del zoológico que quise ver antes de morir. Estaba impregnado de Salgari como de una mononucleosis que confundieron con leucemia y fallecía inmediato. Quince años tenía y no elegiría a Borges si la opción contraria era el ébano felino. Pues me despediría con las piedras musgúmedas de una prisión animal. Mi muerte no sería de alfanje ni en Mompracem pero también me sentí ocelote de la selva cerca de casa, jaguarundí de pelaje sombrío, ni para decir que faltaría épica. No morí, escuchaba a los africanos cantar loas a dios mientras descendía la boca del zipper hasta donde lo permitirían el sueño y la adicción.

 

El tío Jorge Soriano Badani baila milonga en salto triple.

 

Amigos en fiesta, para ti mamita, la cumbia colegiala, Talacocha en manos de platilleros en el yermo de Aroma, allí donde pereció España. Cuando reposamos y las arañas han salido a cultivar los techos: Paco Ibáñez, de Jaén y andaluces, de torres lorquianas donde vive la muerte, de malas reputaciones que rememoramos pegados al muro de la iglesia entre arbustos y ni Jesú lo ve, otra vez. Takoma Park, allí termina el metropolitano línea roja, lo sé porque lo tomo a diario hasta que te secuestro en casa y te encadeno siete años a una cama sin patas. O, al fotografiarme con un Léger detrás, invocaste el hechizo que me atrapó a tus muslos para una merecida pena. Cualquier cosa, todas las quejas y la única que no, la inmensa de las hijas bellísimas, dos soles con que se inicia el mundo, helechos gigantes de mentada paz. Ellas nadan sobre las aguas, son verbo que crea, mano que inventa. Nada ocurre, todo parece del tiempo del poder de las flores aunque no sea así. Unas páginas de Ginsberg ayudan. Siempre me acuerdo, no necesito las voces de los ciegos cantores de Alabama, no los penitentes de Ingmar Bergman. Necesito un vaso de agua para acallar el desierto en la garganta, el áspid, la víbora de cuernos que se me atravesó y me obliga al hambre.

 

Siempre me acuerdo. Takoma Park a las cinco de la tarde. Luego largo intervalo y despertamos a las nueve y pregunto tu nombre y pregunto si tu cabello está pintado al óleo. No he sido buen observador para hacer preguntas tontas. Debí haberme dado cuenta que eras toda de rojo, igualita a aquel cuadro de Otto Dix pero sin vestido. Hurgo en mi alma, según hacía Pasternak, los recuerdos se acumulan; el tuyo es carmesí, de candela diría. O de ceibo.

06/09/2023

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Imagen: Egon Schiele/Pelirroja con medias negras, 1917