Friday, July 15, 2022

Ánimas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Escucho a Antonio Aguilar: “Ánimas que no amanezca”. Deseos, almas. La mina Ánimas, Potosí, de mi tiempo contrabandista. Dicen que los socavones de ella, Siete Suyos (de donde era mi amigo Joaquín, El Calambeque) y Chocaya, se entrelazan, entremezclan, que a veces son los mismos para todas. El Tío corre en vagón fantasma de mineral confundiendo a carcajadas.

 

El Chorolque, falo del altiplano, suerte de Matterhorn marrón. Soledad. Tristeza. Los coloridos awayos las desmienten, retratan un campo donde la fiesta estalla con violencia. Aquí a los muertos malos los entierran de cabeza para que buceen hasta el magma, paso expeditivo hacia el infierno. Baile repetitivo, alcohol obligatorio y piedra rompecabeza. No juego de tijera, piedra, papel, solo roca quiebrapómulos, roca buitre quebrantahuesos.

 

Calle Paris Court, Aurora, Colorado. Alisto una maleta y otra de mano, la bolsa de mi ordenador. No hay vuelta atrás, esa es para las mujeres de sal; el pasaje dice Denver-Londres y el segundo Londres-Porto. Ánimas, que no amanezca. Mato la noche con focos halógenos, tiempo de volar a las escalas mencionadas. Luego aterrizar en Roma.

 

Del amplio balcón husmeo la vida vecinal. No la Italia fellinesca, ni gritos ni ropa a secar. Excepto un par de pantalones de viaje míos, duros jeans de a diez dólares. Se podría llamar la torre de la felicidad si uno aspira a la calma, al buon giorno de los elevadores, al pan de la esquina. Lejos están los monumentos de la Roma pérfida, cerca hay pasta casera. Marcela tiene una buena biblioteca. Allí arriba qué importa la tragedia si es mullida y cómoda; Eurípides domado en vino. No ha lugar la desgraciada enferma melancolía pavesiana.

 

De Fiumicino a la torre. Comida de casa. Cuando uno anduvo las barriadas de París sin francos a mano ni asiento, cuando se ha olido – y deseado- en los vestíbulos de los apartamentos inmigrantes el comino, la acidez de las especias, cuando se ha estornudado por el fiero y lejano curry amarillo, sabe lo que es sentarse acá, entre Marcela y Leonardo como si nada ocurriera, abrir la puerta de casa, quitarse los zapatos. A ratos uno elige ser paria; barato romantismo. Vida burguesa de té en calcetines, el último filme del Hombre Araña volando por los techos mientras agitas el matamoscas. Una celebración de Purcell en el tocadiscos. Calma inglesa, verde grama. Aunque se asesine a príncipes en barricas de vino, aunque se cuelgue la momia de Cromwell para aviso a la eternidad, Inglaterra es paz, hablamos con Pablo Mendieta. Churchill decía que el whisky aclara el cerebro, vaya si lo tenía claro aquel valiente. Digresión válida en remembranza de la quietud del apartamento de Marcela Filippi. Después de la Roma increíble, majestuosa y espeluznante, el retorno. Abandonamos a Marco Aurelio en su caballo, que contemple la noche por la eternidad. Yo necesito avanzar. Marcela me pregunta si este viaje es huida del amor. Para nada. Pregunta por Ligia; contesto que se escondió en la clandestinidad de un reducido grupo terrorista de mujeres. Pero no debo juzgar drástico, a cada quién su abrigo, cruz o incienso o maderos verdes entrecruzados llamando a la dicha en medio de la matanza en las selvas chiapanecas.

 

Roma no estaba en mis planes y heme aquí. Mi proyecto después de Madrid era un alto en Lyon para ver a mi sobrina Zara, eludir París, ir por Estrasburgo o Basilea hasta Berlín. Después Varsovia y la mística de la guerra del 18 en el frente de Galitzia. No sé si en mi mente vive unos de los soldados del zar que narra Solzhenitsyn, uno de Babel u Ostrovsky, pero estoy presente allí cortando leña, escuchando el rumiar de los bisontes. Maldición no es; premonición tampoco ya que la existo. Sueños, pesadillas feraces, trigo… Pero a instancias de la invitación me dirigí a Roma; se lo agradezco a Marcela, que de Dios carezco. Mucho vi en poco tiempo. Tomé algunas fotos, de noche la mayoría, que ante ese caminador soldado de infantería que es ella, toda la noche atravesamos lo que tomó mil años de historia. Mis caminos no conducen a Roma, son caminos rebeldes todavía. Si volveré un día, quizá. Giotto, el Trastevere, el salami, Café Greco, mucho. Y el departamento del piso nueve o más arriba que fue el mirador desde donde atisbé un futuro que todavía construyo.

 

Mi dormitorio era una biblioteca. Había algo de arcaico, una invitación al viaje íntimo a lo Xavier de Maistre o Sánchez-Ostiz, pero me dormí. Hubo vino para culpar, rojo. ¿Música? No me acuerdo. Conversación, la literatura y el amor ¿acaso son distintos? Pablo de Rokha, recuerdos de Juan Araos recitándolo en infames chicherías cochalas. Y a Parménides y a Catulo.

 

La oscuridad mecía el edificio en sismo de paz, ¿o era una cuna en la memoria olvidada de la humanidad que nos acoge al mundo con engañoso vaivén?

 

Lo cierto es que había llegado allí, a la Italia de mis antepasados piamonteses, rubios casi alemanes mis primos, morenos por lo indiano mi rama, nosotros. Sin tiempo de ahondar en la sangre, imposible en todas las sangres, mirando hacia otra cosa que la hematología ahora, búsqueda de senderos que llaman desde siempre, casi obsesión de ir al este. Encantamiento literario o misterio. No lo sabré. Pero por el momento disfruto esta calma. Ver gente con vida normal. Después de años estoy libre del peso del trabajo, estajanovista en extremo, quebrando la espalda gratuitamente, solo por el ánimo de vencerme, de doblegar con brutalidad a uno mismo, lección de humanidad y disciplina, que lo que me han dado no es mío mientras no lo consiga en solitario, sin pan ni herencia, con zapatos rotos y guantes sin dedos. A la fuerza, contra miedo y debilidad. Yunque de Vulcano. Saltan chispas de las armaduras que el dios fabrica para Aquileo y para Glauco. Y de a ratos llegaba el amor, más duro que metal contra metal después de las flores. No hay armazón que valga, ni de bronce ni de oro. Contra eso también, vamos, contra el lloriqueo que gasta agua en vano, que serviría para regar. Los besos quedan; los labios se secan.

 

Ánimas, que no amanezca. Almas, seres intangibles, una morna de Cabo Verde pone a los espíritus a bailar. Un soldado ruso dice por teléfono a su madre que lo que ha visto no olvidará, cuerpos a medias, cajones de zinc donde tiran pedazos entremezclados y los etiquetan. Entrar en infierno o paraíso incompleto, esa era la pesadilla de no recuerdo qué cultura. Por eso no soy donante. Sin ser crédulo, no quiero quedarme partido en el vacío, flotando como dos satélites. Puede que no haya vida eterna pero hay recuerdo.

 

Miro en nostalgia el apartamento de Roma. Tanto cambió el mundo europeo en tres años. Lo sabía Marco Aurelio, por eso observa fijo un punto que no existe. Nos traen una mixtura de salames y prosciutto. En el Trastevere toca un dúo gitano. Asomo un billete de diez euros para ellos. Sorbo el vino, sabor de uva negra y frambuesa. Abro un libro y me duermo. Los ángeles del Vaticano habrán abandonado al pervertido y han venido hasta mí mientras Enrique Bunbury canta Ánimas, que no amanezca. Que no.

12/07/2022 


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Imagen: Marco Aurelio, Roma, 2018

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