Sunday, July 17, 2022

Triste guiso de todo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Copa de oporto. Preparo guiso de arroz con carne. Con papa amarillo oro del Yukón por primera vez, recordando a Jack London. Mikis Theodorakis, en un disco doble que compré ayer en tienda de segunda mano (toda una subcultura norteamericana). Espero que tuesten carne y verduras por un buen rato antes de poner el arroz. Voy relegando la ducha con pretextos, pero es hora de meterse bajo el agua que no soy Luis XIV. Echo un chorro del trago a la cocción, y un pedazo de chile caramelizado para equilibrar.

 

Me escribo con mi prima Matelé, si mujer bella hubo. Córdoba, calle Oncativo. Mucha paz, asado, mi madre, ya boliviana, que le dice a su hermano Carlos al finalizar la comilona que cómo puede tirar el resto de la carne a la basura. Estamos en Argentina, che, le responde. ¿Dónde está esa Argentina hermosa que vi? Milicos y peronistas de derecha e izquierda la destruyeron. Como Rusia, país de fortunas personales y pobreza alrededor. En esa calle Oncativo en donde la Triple A apareció buscando a mi hermano. Nuestros sueños dependen del ánimo de los cabrones. Vinnytsia tenía tranvías. Tenía a Natalia Aleksandrovna. Humo y ruinas hoy. Si Natalia se fue a los cielos nunca lo sabré. Los mismos enmascarados, los mismos mafiosos y millonarios, allí como en Arabia Saudita, sin nadie que los detenga. No hay suficientes balas de plata y menos poesía. Los niños mueren al arbitrio de los palacios. El zar y los Kirchner y el pedófilo y el chofer, Fidel con su vocecilla de meretriz alcoholizada. Defendernos ¿cómo? Sorbo el oporto y analizo la idea de escuadrones de la muerte, Hieronymus Bosch, elucubraciones que no se han de concretar y que de seguro transformarían muy poco porque la especie está maleada. Esperar un cometa, otro, que extinga a los dinoperros, y a todos con él, incluyéndome.

 

Zorba. Mi madre que me da a leer a Kazantzakis; mi padre que me alarga Papini.

 

El Olimpo es monte pelado. Hasta la lujuria de los dioses tiene fin. El Verbo ya no flota sobre las aguas. Encima de las aguas corre sangre, río paralelo. Añado zanahoria y arveja al guiso, dulzura y color. Un hombre púrpura de Schiele pone sus manos en la mejilla llamando al sueño. En Denver los mendigos duermen de día, en plazas y bibliotecas. De noche trashuman, carros y bicicletas cargados de peso pero de nada. Dos, tres, cuatro de la mañana. Bebo oporto, quema algo el esófago. Tal vez este oporto se llame angustia. Angustias de Bienvenido Granda. El péndulo. Somoza y Ortega ¿dónde está el bazuca para el segundo? ¿O no merece morir? Gente extraña, sectaria, cuasi religiosa, escorbuto de la historia. Yo que leía a August Bebel, a Kropotkin, a Rosa Luxemburgo ¿Vale de algo aquello ahora? Nada. Es el imperio de los Orban y los Maduro, de Bolsonaro y su socio Putin. En medio la vida de los otros, camino de Guanajuato…

 

Cánticos nativos con fondo hueco y profundo del didgeridoo. En Australia los llaman “negros”. Veo un documental de cazadores de cocodrilos. “Negros” cazadores de monstruos, aunque en sí a ellos mismos se los considera monstruos. Grandes saurios de agua con sal y agua con dulce. Diez metros de antiguo. Aprendieron en millones de años a hacerse de coraza, pero nosotros estamos tan desvalidos como el supuesto Creador, indefensos y sin embargo malditos. La culpa no es de la manzana, o el higo o el membrillo del árbol primario. Ni de la pobre serpiente. No en vano de estos desnudos nacen Caín y Abel. Resultado lógico porque vamos mal de origen. Y las páginas de la historia tienen color carmesí. Y gritos. Los dulces Pascin y Esenin escriben con su propia sangre sobre las paredes mensajes de amor. Sintomático. Queda la desesperación, o estar encerrado entre cortinas probando si me excedí con el comino. La caña pensante de Pascal… Los poemas de Evtushenko. “Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos”, dice César Vallejo. “Pura yema infantil, innumerable, madre”, prosigue.

 

Una foto de la guerra muestra a una niña de 4 años con la espalda arrancada. El monstruo inflado sonríe en su escondite de oro. Porque tiene miedo el cobarde; tiene miedo de morir, por eso mata. Echemos sal sobre su descendencia, sal sobre sus hijas en la tumba abierta, sobre sus vientres de fango que parirán hinchados anuros. Mejor secarlos, charque de lagartos inútiles, vientres de marmitas de bruja. Enviemos a los cazadores de cocodrilos, con lanzas de palos chuecos. Enviémoslos al Kremlin y que cuarteen a los antropófagos sin piedad alguna, a todos ellos. Suena el didgeridoo profundo, sueñan los animales.

 

Finalmente abro las cortinas a la tarde. Nadie en la terraza. El calor ha espantado el gentío. Si pienso que a esta hora, ya en mayo, debía yo estar en Poltava, a orillas del Vorskla, río que nace, oh, paradoja, cerca de Belgorod, en Rusia, desde donde ha llegado la muerte. Tierra negra del cereal, has cambiado de color y textura. Ya no se fabrica pan de ti sino vísceras. Los caníbales de Moscú exportan cuerpos deshechos. El zar azota a los mujiks y los mujiks tienen sonrisas desdentadas. Difícil creer que cien años atrás hubo una revolución. No la hubo; el amo continúa descartando campesinos en el rodillo de la carne. La muele para satisfacer su onanismo. Día de gloria sería, porque no será, cuando a todos los generales se les cortara la cabeza, y al demente inflamado lengua, piernas y brazos. Dejarlo como los tristes de Víctor Hugo, los tullidos que venden en Tanzania a las mafias kenianas para lucrar con la limosna. Que lo rifen, como tronco, y que lo cubran de medallas, estrellas rojas, pedros grandes y estalines. A ver si sirve para algo. Que se arrastre para comer, mamba negra del averno. Que se alimente desde el polvo y ruede sobre su cabeza de rueda y jamás muera. Vida eterna, eterna riqueza, que viva el poder.

 

Julio ha llegado a su cénit; comienza a descender. Mis amigos dormitan o buscan medicina para aliviar sus años. El tocadiscos ha pedido silencio, ni siquiera corren los ratones. Me ha agotado la cocina, el equilibrio del sabor, el detalle de los objetos expuestos.

 

He pensado, cómo no, en Natalia Aleksandrova, en Vinnytsia casi dormida, en el tren que iba al oeste, en Zhitomir al sur donde perecieron los talmudistas. Leo las cartas de Irina. “Nada hay sagrado para Putin”, afirma cuando le digo que sagrada le es Poltava por la gloria de Rusia y de Pedro Primero Romanov. Nikopol no había sido tocada, en la orilla norte del Dnieper. Arde ahora. Hitler le pregunta a Jodl ¿arde ya París?

 

Evaporado oporto, ya no hierve el guiso. Combinar sabor y belleza con la locura que abruma. Tolstoi y los anacoretas. El maestro quiso una tumba, una tierra amontonada sobre sí en el bosque. Lo cuenta Chejov. Putin quiere vida eterna en palacio, para dar pasitos de enano enardecido. Lo dicho, sal sobre sus pupilas.

 

Tal la tierra oirá en tu silenciar,
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste,
¿di, mamá?

 

César Vallejo, en el Ande de silencio y capulí. Vuelan los tejos en el juego del sapo. Aquellas parras envueltas en molle y las aljabas colgantes del jamillo. A esa melancolía la ahoga el horror. Me pregunto si hay salida y la respuesta es no. Le pregunto a Vallejo sobre su madre y dice No.

 

Transito, ebrio de adormideras (parafraseando a Georg Trakl), por las notas insomnes de la letra.

17/07/2022   

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Imagen: Cultura mixteca

 

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