Claudio Ferrufino-Coqueugniot
"Father?"
"Yes, son?"
"I want to kill you"
This is the end.
Viene ya, pronto. Ucrania
va desarrollando tecnología letal. No en vano era el centro industrial y científico
de la URSS. Magníficas oleadas de fuego naranja se posan sobre Rusia. Horrísona
guerra en el Golfo Pérsico. No en silencio pero con poca cobertura mediática
debido a ello, Ucrania va retomando las tierras de los zaporogos al sur, que
siempre le pertenecieron. Pronto las bolsas de arena que cubren la estatua
dorada de Majnó serán removidas. ¿Qué hacer con los rebeldes del Don? Aunque
pocos quedan ya habiendo sido carne de cañón de entrada. ¿Enviarlos a la
madrecita Rusia? Tal vez se van solos pero hay un serio problema allí porque
también son cosacos. La geopolítica de los imperios creó tal confusión. Buena
parte de territorio que hoy es parte de Rusia en realidad pertenece a los
cosacos. Si viene la secesión de partes de la Federación tendrán que asociarse
con su tierra ancestral, creando un poderoso cinturón de alto poderío militar
en la región. El asunto puede derivar por muchos rumbos, algunos buenos, otros
quizá atroces. Imposible saberlo todavía. El mar de Azov, hoy rodeado de tropas
enemigas, posiblemente sea un lago ucraniano, por decirlo así. Rostov, Taganrog
y Krasnodar han de ver otro panorama posiblemente.
Llegué a
Ucrania de noche, bajando en el modesto y opaco aeropuerto de Odesa, viniendo
de la opulencia del nuevo de Estambul. No importaba, para mí era especial,
ningún lujo reemplazaría la idea de estar en la ciudad de Isaak E. Babel. Vi
tantas cosas allí. Después fue Kharkiv y al fin Kiev. Atravesé el país y con el
tiempo me detuve en Poltava, mítica ciudad antigua. No es que hoy parezca difuso
aquello pero hay matices que semejan sombras. Estos años corrieron; el año
anterior, el 25, fue especial. Deseché la idea de volver a penetrar en Ucrania
por razones largas de explicar aunque no complicadas. Creo que estuvo bien. Las
cosas se aceleraron, desarrollaron con rapidez. Aguardaba el bus que me
llevaría a Sofía desde Belgrado y terminé tomando un vuelo en Munich con
destino a Denver. Ya pasó, como tanto. Ahora intento ordenarme dentro de un
país desordenado. No es culpar, para nada, pero lo imprevisible, lo imposible,
son pan de cada día en la tierra del sol.
Comencé
este libro, Escritos de la guerra de
Ucrania, el año de la invasión, justo cuando planificaba un viaje que me
llevaría al destino de mi vida, así lo creí. Tanto se ha desmoronado, desvanecida
Irina el año 23, cielos grises y lluvias de acero. Aviones que nunca fueron y
pesados silencios. Hoy, domingo en la noche, conversando un poco con mi amiga
brasilera, le hablo de panoramas que no podría llamar sombríos estando tan
iluminados por el fuego. La guerra se extiende; las fronteras se hacen más
pequeñas. Ni hablar del lenguaje, básicos signos que utiliza esta generación
para conseguir lo obvio y nada más, como si no existiera el futuro, como si no
interesara. Quiebres como cuchillos, imperio de mediocres y falsos halagos. Si
miro atrás, un par de años atrás, era distinto. Tal vez no, uno se va ofuscando.
Lo real son las explosiones, bombas gigantescas con capacidades de dioses
antiguos. Mejor cerrar las páginas apenas leídas porque luego no servirán más.
El breve libro de Hesíodo apenas encima de otro acerca de los terroristas rusos
(Stepniak)
Lo dicho,
con la guerra persa, por así decirlo, más de fondo Noches de Moscú en voz de un magnífico tenor, ajusto las últimas
horas del viernes. Me debo este texto final, el que cierra el libro, a pesar de
que el combate continúa, desde hace un par de semanas. El prologuista aguarda,
quiere ver los detalles para dar rienda suelta a su experiencia y conocimiento.
Saldrá bien. No significa necesariamente un cierre; un alto, sí. Pensaba en
Ucrania a orillas del Ródano en Lyon, cuando la lluvia me atrapó en la esquina
de la calle de Thomas Bernhard, todavía creyendo en trepar el delta del Danubio
en bote. Apenas un año ha pasado y el tiempo se ha hecho senil. Ni yo ni los
cañones nos hemos cansado, ni tampoco los ojos que vuelan y matan, pero no hay
opción, o lo detengo ahora o continúo en la trinchera del fin del mundo sin
límite. Prefiero el optimismo y saber que estaré en la explanada de Kiev,
debajo del alto ángel en la columna, festejando el fin que será el principio.
Mientras un fantoche, en una lejana ciudad, se secará a la intemperie en su muy
merecido castigo medieval. Entonces algo dentro mío tomará calma, sosegará el
recuerdo y pondrá flores virtuales a lo largo de un río de la estepa central.
Bandura, canten cantores, bailen gitanos, la noche no estará tan sola como hoy
y habrá silencio engalanado.
Tanto se
podría escribir para inventar un epílogo a algo que aún no ha terminado. Un par
de libros de guerra en el escritorio tientan con ser abiertos pero prefiero no;
preferiría no hacerlo, Bartleby. Desde algún lugar anuncian visitas y no
contesto. Estoy ahora callado con mis muertos, solo con acordes de la
inmensidad del campo ucraniano. Bailo con tu sombra, huelo tu cabello oscuro, meandros
misteriosos de tus ojos.
Me imagino
subiendo hacia el parque Shevchenko. También los paseos por el parque Gorky,
taxis que nos arrastraban al sueño. Podía ser cualquier día, cualquiera la
hora, todo parecía fantasía, incluso se evaporaban los sutiles tonos de los
tanques parados en los amplios espacios del centro de Kharkiv.
Pensar que
hay hombres que mueren, a quienes se les salen los ojos de terror cuando del
cielo descienden mosquitos metálicos de fauces de lobo. Era otra época, justo
antes de la anunciada debacle, cuando las cámaras fotográficas todavía
engañaban la vista con perspectivas imposibles. Te cubrías la cabeza con una
mantilla para besar los pies de los iconos. Y olía a santidad hasta que
descubrías de nuevo lo que habías escondido para orar. Ah, sol de tus ciudades,
Ucrania, y la llovizna gris de algunas tardes que le daban a tus calles la
esperada nostalgia del oriente.
Pues punto
final. Por ahora. Si escribo más será en otras páginas. Hay un hotelito en
Lutsk que todavía tiene una mesa y una silla para mí. El disco ruso tocó su
última canción. Escojo ahora a Roxy Music, la voz de Bryan Ferry y otras
memorias entre mares y distancias.
10/04/2026

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