Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Irina a sus 35. Foto de Poltava. A medida que voy limpiando el ordenador aparecen fotografías y textos, videos. Cuba el 2010 y el 2011. Observo el Escambray. El bosque va poniéndose sombrío. Pienso y guardo mis pensamientos. No sea que me enfrasque en otra discusión como con aquel izquierdista brasilero que alegaba puras insensateces. En el marco del viejo hotel de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí en el Vedado habanero.
Con el
mentado intelectual, me hubiese gustado conversar sobre Luiz Carlos Prestes y
la Columna, a pesar de que mis referencias sobre el caudillo provienen casi
exclusivamente de Jorge Amado. Pero terminamos hablando sobre los aymaras y si
se puede considerar capitalistas a aquellos potentados de ciudades como El
Alto. Generalidades y lavado de cerebro. Me recordó una breve conversación con
el cura Albó que tuve en Nueva Orleáns y de la cual huí por el peso más que
ideológico que cargaba consigo. Me cansan estas cosas carentes de crítica. Preferí
sentarme en el parque Audubon y sentir el contradictorio aroma del Mississippi.
Me esperaba una cama de hotel antiguo en medio del parque, con columnas y toldo
casi medieval. No perdería el tiempo con discusiones interminables sin
solución. Al menos eso recordaré de Rosa Luxemburgo y sus colegas.
Mi amigo
Chino elogiaba a Preobrazhensky y Karl Rádek. Tenía visión sesgada del
asesinato de Kirov. La juventud es locuaz y ama contradecir, algo que no haría
ahora, perder saliva intentando mezclar aceite con agua y no lograrlo. Pero,
claro, afirmar que no vale la pena entrar en discrepancias de este tipo sería
temerario pues implicaría la ausencia de una posible sana discusión.
Simplemente ya no creo y prefiero mirar el cerro que arde otra vez a manos de
los “hermanos” que se supone defienden la naturaleza.
Luego, en
la calle, observo el deseo insano de mis “congéneres” conduciendo automóviles
por aplastar a los transeúntes de a pie. Cierta vez cruzaba yo la avenida para
entrar al cementerio cuando vi venir una camioneta a toda velocidad pero
todavía lejos. Noté la desesperación de nuevo rico del chofer por llegar a mí y
hacerme volar (hasta ahí hemos llegado). Entonces, si yo hubiera tenido un arma
de fuego cocinaba a todos los del vehículo a tiros. ¿Querían matarme? Pues
muéranse. Estamos lindando con Bosnia, Ruanda, Somalia. Y adrede. Cuestión de
tiempo para el estallido racial. En tiempos en que ya resulta obsoleto hablar
de izquierdas, derechas, socialismos y fascismos. No cabe dentro del espacio de
odio ya creado y que tendrá que seguir su proceso histórico de tragedia. No me
las doy de augur, el asunto es muy obvio.
Observo el
Escambray y la turbia historia de la post-revolución. No hemos aprendido nada y
empeoramos día a día hasta toparnos con bestias antediluvianas como Daniel
Ortega y señora bruja que exceden a sus antecesores a los que combatieron.
Imperio de la Santa Muerte y los óbolos sangrientos.
Estoy haciendo
lo que menos quiero. Desperdicié años escribiendo en contra del supremo líder.
Me leían mucho, por miles. Me amenazaban también. A estos les respondía que me
haría collares con sus orejas a manera de Vietnam. ¿Sirvió? Para nada. Pura
inútil retórica que los años enterraron. Valga como práctica literaria, me
justifico a mí mismo. Prefiero esta paz que no sé cuánto ha de durar. Mientras
dure entonces. Los caballitos de Troya, ahora que se ha puesto de moda Ulises
otra vez, van posicionándose. Aún como juguetes, inofensivas piezas casi
infantiles. Se verá si tengo razón; ojalá me equivoque, por Dios vivo. Suelo ya
no enojarme y menos desesperarme. Stevie Wonder canta una alegre bailable
canción. Con ella me distraigo y con páginas y páginas que he redescubierto con
gran contento.
Bakú,
Batum, Tiflis, sigo el periplo de Fedor Chaliapin por lugares que visitó
Gurdjieff y que lo haría Ordzhonikidze. Yo y mis fantasmas. Senderos que no he
visto y que sin embargo me encadenan con júbilo o me confunden. Volvemos a los
clásicos, a la nave Argo navegando por los turbiones del Caúcaso. Preciosa
manera de distraer las prietas nubes que se ciernen. Y no hablo de la nevada de
la Asunta que ya llega sino del futuro de esta región, no diré país, llamada
Bolivia.
Leo ahora
líneas notables e inéditas de alguien. Amplían mis horizontes; son, a cabalidad,
flamígeros caballos de Elías para quienes no existen fronteras ni en el cielo.
Para escribir de tal forma hay que habitar en el más lúcido trance, así parezca
una contradicción. Mi amigo, el Arcángel, diría que narra un viaje de hongos
alucinógenos en los que él es maestro. Lo onírico y lo transparente. Quién
pudiera trasladar eso al febril y sucio cotidiano.
Madame de Staël dice: “los polacos aman a su patria como a un amigo desdichado”. Si pudiésemos amarnos de
esa manera… Pregunto si sobreviviríamos a lo ocurrido en Polonia o
desapareceríamos granos ajenos de perdido polvo. Nunca lo sabremos. Un imperio
se deshizo en el Ande con la velocidad de un rayo. No se pueden considerar los
estertores como supervivencia. Desapareció por males que aún nos aquejan a
activa velocidad histórica.
Dormito. El bus va y viene del hermoso pueblo de Trinidad en la isla. Los
fierros herrumbrados de Playa Girón andan dispersos. Como la historia. Ya a
esta hora la sierra del Escambray semeja una sombra, el lomo de algún ser
mítico dormido. Pensar que de inmediato se comenzó a matar camaradas, cuando
nadie lo hubiera siquiera sospechado. Los héroes retornaron al polvo con
fragilidad bíblica. Quién maneja los hilos de esta rueca bromista y cruel.
Los márgenes del monte van alejándose y el mar crece del lado izquierdo
en el retorno. Dudo que vuelva por allí. Pasaron quince años. Pero lo vi.
Hermoso incluso con macabra vestimenta. De verde a verde oscuro, casi igual a
la vida misma. Drama en los pasadizos heroicos; tristeza en la manigua. Sucedió
y puede volver a pasar. La dinámica de los pueblos no se maneja según el
razonamiento sino por impulsos salvajes. La nunca olvidada invasión yanqui es
solo eco enardecido del viento. No existe más.
13/08/2026
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Imagen: Wilfredo Lam

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