Sunday, August 21, 2011

Beijo roubado


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

a Ligia

Los Hasidim caminan por la mañana, vestidos de negro, hacia el Sabbath. A pie, porque Yavé, o como se nombre, prohíbe los vehículos en día santo. Los hombres con anchos sombreros; los niños de esmirriada cabeza también con anchos sombreros, rígidos como paraguas. Mujeres y muchachas de largos faldones, piezas de colección de las abuelas que pasan de generación en generación, que vienen de Lublín y Vitebsk a Denver, por lo general tras sangriento reguero. Tacones altos de zapatos quizá calzados desde 1920. Ahorro y anacronismo. Tradición. Los hasiditas apresuran el paso, bajando por la avenida Mississippi, temprano, a orar.

A mí no hay dios que me haga andar a pie en sábado o domingo. Son extendidos los caminos del trabajo para hacer caso a las voces de la nada, fantasmas que omitió el cerebro desde la pequeña infancia: ni confirmado estoy. Poco puedo oír palabras perdidas en el aire.

Miro por la ventanilla igual que si observara la campiña donde labran los campesinos desde el ventanal de un tren. Intercambiamos miradas. Ellos con luengas barbas. No me toca su altanera actitud de elegidos, al fin de cuentas no voté yo por ellos en elección alguna… Subo el volumen; los mexicanos, la Raza según se catalogan a sí mismos, dirían “súbele al radio”, solo que este es un portátil de discos compactos -no una radio- donde canta Cesaria Evora, la “diva de los pies descalzos”, irreductible e irreverente como me gustan las morras, y ella es morra vieja, y fea, y bizca, pero encantadora en ritmo y canto, ajena a los valores puritanos de Estados Unidos, fumando y con un vaso de cachaça en el estrado, burlando los cartelones de prohibido fumar.

Nada tan contradictorio como los adustos hebreos y la mujer que contonea su voluminoso cuerpo con cadencia y seducción. El ágil saxo menor de un acompañante marca los pasos, dos-uno, dos-uno, y el brazo izquierdo estirado en el vacío coge la ausencia de un pareja bailador. Es Cesaria Evora en Denver, albur del otoño, calores que se desgajan en frío mientras en el Paramount Theatre el público, compuesto en su mayoría por sudamericanos y luso parlantes, baila en los pasillos mornas caboverdesas que si se lee son piezas musicales de tristeza similar a la del fado y que sin embargo incitan a moverse.

Ya de antiguo, en viaje al reino de Lesotho, enclave negro de una blanca Sudáfrica, el avión escala en Ilha do Sal, Cabo Verde, y cuesta imaginar que alumbre ritmo yermo semejante. Por generalizar algunos afirman que el origen es la herencia negra y trivialidades así, cuando en realidad este grupo isleño abraza una síntesis de culturas entre esclavistas y esclavizados, blancos y negros, zambos y pardos, franceses, españoles, portugueses, guineanos. Síntesis que en fútbol, fanatismo más que deporte allí, idolatra de acuerdo a la cronología primero a Eusebio, luego a Pelé y después a Maradona; tierra donde las radios que se escuchan no vienen de Lisboa sino de Bahía.

Música de Cabo Verde: Amandio Cabral, Gabriela Mendes, Boy Gé Mendes, Tito Paris, Maria Alice, Mayra Andrade, y la ya inmortal diva negra, Cesaria Evora, que en voz juega con jerga entremezclada con su propia sangre, con lengua escondida e incomprensible, refugio de los esclavos que viera Flora Tristán.

Cesaria canta que un día va a “voltar” a Salamansa. Salamansa es un puñado de rocas peladas con una cumbre, Monte Verde, que de verde poco tiene. La entiendo, aunque mi nostalgia podría ser comprensible a medias, porque la Bolivia del recuerdo no está más; no todavía desierto, pero ahí. Entonces, con la magia del momento, de teclados que nos acercan en fracciones de segundo, el escritor Darwin Pinto arroja encantamientos que hablan de repúblicas de tamarindos escondidas en el fondo de algo cuya percepción ronda: una jaca, una hamaca, pura sodade, saudade, saudosa maloca…

No conocimos –hablo en plural porque era tiempo en que vivíamos en conjunto en los bordes del Café Fragmentos de Cochabamba- a Cesaria en los bistrós de París ni en las playas de sal que carga de Cabo Verde mi memoria, sino en las atardecidas que se hacían alba festejando en los patios de la calle Ecuador. Jimmy, Huáscar, Magda, Cristina, Miriam, José Manuel, María Renée, otros cuyos nombres borré de los cuadernos, y, sobre todo, Ligia, que en las canciones de la Evora hallaba el sentido manifiesto que la obligaba a sambar, así no supiera como alegaba entonces.

Extraña simbiosis, como todas las que ocurren en el valle: mornas con tequila, Gladys Moreno junto a Neil Young. Raimón cantaba en catalán y las notas de Carlos Puebla anudadas en piernas y brazos danzantes sobre una alfombra que fuera gris. Visca la vida, acordándome de Joan Salvat Papasseit. Visca la vida. Que viva.

Quince años después el agua corrió mucha por los ríos, arriba y abajo de los puentes. La calle Ecuador, la última vez que la visité, se hallaba oscura, pero no con la oscuridad hermosa de los poetas o los ladrones. Con otra, extraña, ni siquiera amedrentadora… moribunda. El cartel del Fragmentos a punto de deshacerse, acompañado de una lucecilla demasiado modesta, intentando lo inadvertido del enfermo terminal.
Suena un calypso antiguo, this is what I want them to know… de pesadumbre de puta.

En la parte posterior del teatro hablamos con la magnífica Cesaria Evora; en balbuceos franco-portugueses a falta de su inglés, ayudados por los músicos cubanos del grupo, aquellos que sobrevivieron el escrutinio de la visa. Una mujer sencilla, sin duda temperamental, alerta de su fama y ajena en cierta manera a ella. Unos minutos, un par de fotos, manos pequeñas y rugosas de quien fregara pisos; sutil confidencia entre humildes si desean ponerlo en ese plano.

Cesaria significa un hito de nuestra vida. Punto de partida de una experiencia alucinante y terrible, que tuvo vino, sangre, arena donde los roles de toro y matador se confundieron repetidas veces y ambos casi terminamos muertos. Comenzó bailando Petit Pays y se afianzó en el rincón mínimo de nuestra casa.
16/08/2011

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Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 21/08/2011
Publicado en Semanario Uno 423 (Santa Cruz de la Sierra), 19/08/2011

Imagen: Cesaria Evora en un poster, 2003.
Diseño de Emek.


Friday, August 19, 2011

La otra coca/MONÓCULO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hablaba ayer con mi padre, tratando siempre de recolectar memorias de un mundo que se va con su generación, tan rico para comprender nuestro presente y olvidado con negligencia por los jóvenes. Las distracciones modernas son tantas que casi no hay tiempo para mirar atrás, pero de qué modo entender fenómenos como Evo Morales & Cia. sin indagar en el pasado.

Nuestra conversación versó sobre los yungas de Arepucho, en la región de Totora, a raíz de cierta mención mía de los de Vandiola, Tiraque. En tal monte, el de Arepucho, se escondió Francisco Javier de Aguilera, gobernador de Santa Cruz, vencedor y ejecutor de los héroes Manuel Ascencio Padilla e Ignacio Warnes en las batallas de La Laguna y El Pari respectivamente, de donde salió hacia Vallegrande en 1828 para ser derrotado y fusilado.

Recordamos también que Arepucho hace de escenario en la primera novela de Augusto Guzmán: La sima fecunda (1933), donde su personaje leía a José Eustasio Rivera y a Pierre Loti entre la maraña del machuyunga, mientras buscaba en la aventura y la introspección respuestas al futuro patrio.

En septiembre del 2006, Evo Morales, Quintana, a modo de congraciarse con la embajada norteamericana en cuanto a la erradicación de cocales, lanzaron una ofensiva contra aquellos del yunga en Vandiola, cuna, según los expertos, de las plantaciones más antiguas de coca del continente, con antecedentes que llegan hasta Huayna Capac y Tupac Yupanqui, con mitimaes yamparas trasladados para el cuidado de la hoja del Inca. Estructura -como toda la existente- que aprovecharon los españoles para continuar lucrando del productivo negocio.

Morales, obviando la cháchara ambientalista e indigenal –lo sigue haciendo-, se enfrascó en la destrucción de la herencia histórico-cultural de la coca en Vandiola, con ayuda de helicópteros venezolanos, arrasando frondas de árboles de escasa producción de hoja ya, altos hasta de 5 metros y diámetro de tronco de alrededor de 10 centímetros. Hablamos de bosques de coca, no de arbustos, que se dice contaban con 200 años de existencia. Ataque artero, añadido al asesinato de dos comuneros y dudosas acusaciones de narcotráfico, en contra de un patrimonio boliviano y continental. No era coca que iba al narco, sino de acullico, que del trópico de Arani, Tiraque, Totora, Pocona y Pojo, salía desde antaño hacia las regiones mineras y el consumo local a lomo de mula o en hombros, a Epizana y Totora, por las herraduras de Monte Puncu y Sehuencas; hoja que fundó fortunas en tiempos de la república oligárquica y reportó buenos ingresos al erario cochabambino mediante su impuesto.

En 1975, mi primo Gonzalo Ferrufino me propuso un viaje a pie desde Tiraque, atravesando Vandiola, hasta Villa Tunari. Nunca lo hicimos. Deseábamos recorrer el territorio que nuestros antepasados, su abuelo y mi abuelo, aparte de tíos y demás parientes, habían cruzado en actividades de rescate de coca a principios del 900, o, como Cecilio Ferrufino y sus hijos Rómulo y Armando, en la aduana de la coca de Santa Rosa, en pleno corazón del yunga. Hoy sería un viaje suicida. Lástima, porque si pensamos en el potencial turístico de ese vértice que forma la primera sección de la provincia Tiraque hasta Sinahota (ya perdida) al norte, o echándose a oriente hacia Arepucho, u occidente rumbo a Paracti y Locotal, nos daríamos cuenta de cuánto desdeñamos. Ingresos menores al de la droga, cierto, pero sin secuela exterminadora.

He llamado a la coca “hoja maldita”, apoyado en ello por no menos que Ernesto Guevara, dada su funesta utilización como medio de explotación y dominio en la Colonia y su rol actual, pero reconozco que, ya inevitable el pasado, la tradición milenaria (inexistente en el Chapare) del cultivo en las cabezas de monte de los valles cochabambinos debe considerarse patrimonio histórico inviolable. Tal vez sea tarde; ya cortaron con sierra las troncas de mamacoca y machucoca que nos ligaban al pasado.
16/08/2011

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Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 19/08/2011
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 22/08/2011

Imagen: Erradicación de los machu coca y mama coca en Vandiola


Tuesday, August 16, 2011

Evo en el cielo con cristales/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lucy in the Sky with Diamonds. Lo obtuvo en China, haciendo genuflexiones como buen asiático, adoctorándose (no doctorándose) y, como siempre -boliviano que es, aparte de plurinacional-, extendiendo la mano en limosna para llevar al país creo que nueve millones, menos de los que se habrá embolsillado en la firma del acuerdo para el satélite Tupac Katari, de donde le viene la similitud con Lucy de flotar por los cielos, que la muchacha inglesa tenía plagados de estrellas y el cacique de cristales de coca.

“Para aonde vai Valente?”, dice una vieja canción nordestina; para nosotros ¿hacia dónde va Bolivia? se convierte en certeza. Nunca fuimos muy claros que se diga, y tal vez la generalidad pueda hacerse extensiva a cada pueblo del mundo, pero la aparición de este individuo ha significado para el país, y para el indígena a la larga, destrucción total. No gracias a un sofisticado esquema ideológico, sino a la habilidad innata del infame para aprovecharse de una muchedumbre ignorante, abyecta, servil, alcoholizada, atormentada y adormecida por la hoja que dicen sagrada. Tan sagrada que Evo Morales destruyó la producción de coca en Vandiola, la única buena para el acullico en la región de Cochabamba, y de milenaria tradición. No cabía dentro del plan de narcóticos que implica su par chapareña, y de seguro que los productores locales alimentaban los celos de las seis federaciones cocaineras, cuya angurria tuvo espasmos humildes pero que apunta hoy a adueñarse del territorio e imponer su ilegalidad.

Un problema en Bolivia es que lo que se hace, dice y etcétera es en medias tintas. Queda el resabio provincial, nativo quizá, de evitar el insulto directo, el ataque de frente; se trata de dorar la píldora, de quitarle importancia, de vivir constantemente en la raya de la trivialidad, soslayando la confrontación hasta el límite. Hasta el momento propicio cuando las cartas ya están ganadas; entonces se golpea inmisericorde, cobarde, en masa, anónimo. Todos: indios, blancos, mestizos, por igual. Por lo tanto, no extraña que se tenga un presidente que representa ese doblez: sonrisa con puñal escondido, cabeza gacha de cobarde, lo melifluo del chismoso. Ante Piñera, en persona, Morales encarna al “hermanito” de la vida boliviana, el eterno sirviente; otra cosa ya refugiado en su corral.

Resulta que el Hermanito (detrás del cual se esconde un Gran Hermano) ya tiene en teoría el satélite que ansiaba, alabado por algún intelectual que lo sustentaba como cumbre revolucionaria de este descuajeringado bolchevismo. Satélite por encima de educación, alimentos, infraestructura, salud, cosas usuales que se persiguen en aras de un desarrollo que permita bienestar.

No defiendo a la derecha, que culpas tiene, y graves, y tal vez peco de alarmista cuando mi pluma se ensucia con los descastados que gobiernan, pero recuerdo a Kurt Tucholsky y su continua advertencia de lo que Hitler arrastraba consigo. Si se permite a Evo Morales continuar, las consecuencias serán funestas y habrá que emigrar los que puedan. Los originarios que tanto amó y lo amaron quedarán con resabios de naciones exterminadas, sin tierra útil, más narco, hambruna, desertificación… Lo merecemos, lo vamos a merecer si no se le pone freno, y hay que contarlo así, en términos apocalípticos para que entiendan. Y en Bolivia no existirá “reconstrucción alemana”, ni lo sueñen. Nos iremos al carajo.

Lucy, perdón, Evo, se va hacia la estratósfera con dinero chino. Alegan que el satélite ayudará a los pobres (¿?). Si de algo, si un día vuela, ha de servir, va a ser en el monitoreo de los enemigos del narco, para alertar a delincuentes proximidad enemiga.

Los Beatles hablan de “flowers that grow so incredibly high”. Evo de sus plantas de coca, que sin, y mejor con, el Tupac Katari van por cielo y tierra a envenenar el orbe.
14/08/11

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 16/08/2011
Publicado en Semanario Uno 423 (Santa Cruz de la Sierra), 19/08/2011 

Monday, August 15, 2011

Blanca Tel Aviv/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Llaman a Sucre ciudad blanca y lo es también Arequipa. Hace muy poco fue reconocida como patrimonio de la humanidad otra ciudad blanca: Tel Aviv. Sucre colonial por sus albos muros; Arequipa, también vetusta, por la clara piedra volcánica de las casas; Tel Aviv por la blancura de sus edificios, construidos bajo los lineamientos arquitectónicos de la Bauhaus, escuela alemana de arquitectura fundada por Walter Gropius. Si bien este color no define la escuela, fue ampliamente utilizado, así como el beige, en sus edificaciones.

Tel Aviv tuvo un notable crecimiento urbano durante la década del 30. El retorno judío a Palestina se incrementó con la inestabilidad europea. La guerra, un desventajoso armisticio para Alemania, el caos revolucionario y la siempre presente represión sumados a una vertiente ideológico-política que predicaba el regreso a la tierra "prometida" crearon una diáspora inversa. Los hebreos volvían con la experiencia internacional de sus extensas ramificaciones. 17 arquitectos, alumnos de la Bauhaus, que, entonces bajo la dirección de Mies van der Rohe, clausuraría sus puertas en 1933 ante la presión nacionalsocialista de un arte puramente alemán, emigraron al Medio Oriente y se dedicaron al diseño en Tel Aviv. A consecuencia de ello esta villa enclavada en un medio extraño daría la impresión de un estrafalario oasis. Tel Aviv cuenta, más que ninguna otra ciudad en el mundo, con una impresionante cantidad de construcciones estilo Bauhaus que la convierten en un vivo museo moderno.

Los lineamientos básicos de la Bauhaus sufrieron alteraciones para adecuarlos a un nuevo entorno. Los grandes ventanales característicos de Europa tuvieron que reducirse en tamaño por el excesivo calor de la región mediterránea. Las edificaciones levantadas sobre pilares -como quería Le Corbusier- dejaban espacio para que los residentes pudiesen cultivar sus propias hortalizas y hacer jardinería. El ideal de tipo socialista de construcciones prácticas, baratas, rápidas e igualitarias que pregonaba la escuela tendrían buen recibimiento en una sociedad judía que comenzaba a afianzar modestamente sus bases, siendo la modernización de Tel Aviv meta y ejemplo de un objetivo concreto: un estado israelí independiente.

Lo que fue moderno hoy se desgasta. Existe una campaña para recuperar esta arquitectura que ha dejado de ser innovadora y quizá hasta llamativa, pero que representa un hito muy importante no sólo en materia arquitectónica sino también histórica. Un pueblo que se anima a levantar de la nada, sobre una tierra materialmente ajena, una ciudad avant-garde, o está perdidamente loco o ha sabido ligar los dos extremos del hilo, la razón y la pasión, para conseguir sus propósitos.

Tel Aviv, que conozco en memoria y camino en ilusión, bien merece ser patrimonio cultural de la humanidad por esta excentricidad de arte, tanto como Potosí y sus conventos fantasmas, o Cartagena de herrumbre y cañón.
17/11/03

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), noviembre, 2003

Imagen: Afiche: de la Bauhaus a la ciudad blanca de Tel Aviv


Noche de domingo en Denver/MIRANDO DE ARRIBA


Lluvia, un bar de la calle 17, de amplios ventanales y construcción oblonga, mesa a la calle, columnatas y arcos estilo colonial; macetas equilibradas sobre una angosta pared con plantas que tiran su vegetación colgando como jungla interior. Menú de tequilas, quince variedades al menos: José Cuervo y Sauza, reposado, con curaçao, con frambuesa y mora.

Traen una jarra de oscura cerveza mejicana, Dos Equis; cada vaso con limón. Queso caliente con pimentones verdes, una pizca de culantro fresco, jalapeños picantes, para comerlos con doritos que por sí solos no tienen sabor. Es que estamos a veinte horas de viaje a la frontera, a no más de un día de Chihuahua, de Gómez Palacio, del pueblo Ricardo Flores Magón. Y sin embargo al frente hay una bodega, fine meats, fromages -en inglés y francés-, donde se pueden conseguir wurst alemanes, salchichas húngaras rellenas de paprika, vinos griegos y oscuros panes judíos, además de quesos, suaves como münster y havarti, algo más sólidos suizo y jarlsberg danés, y duros desde parmesano argentino, asiago y romano de Italia y manchego español.

La charla gira sobre la guerra: veinte norteamericanos murieron hoy; la economía: el supermercado que visitamos por casi diez años cierra aunque un tumulto de tiendas internacionales abre sus puertas con delicias como largos y coloridos locotos turcos en vinagre al ajo. Recuerdos de Cochabamba, de si la imagen que conservamos de la infancia permanece o son nuestros cerebros los maleados y no la realidad. Noticias de la enfermedad de los mayores que nunca envejecen para los distantes. Quizá trivilialidad sobre lo pegajoso del molle o la memoria de los retablos que inventaba Gíldaro Antezana, Navidad tras Navidad, en el gran eucalipto frente a su casa.

Garúa en Denver y se supone que siendo otoño está bien. Si enfría, la llovizna se convertirá en fina nieve, la que flota y se derrite antes de tocar el suelo. Para nosotros, protegidos por la ventana y el calor de la cantina, lo efímero de la nevada resulta hasta poético. Mas los vagabundos arrastran carritos con sus pertenencias cubiertas de lona negra buscando el amparo de un zaguán.

El edificio de la esquina, construcción ochocentista en ladrillo, podría bien invadirnos de París, del Marais o de la Malá Strana praguense. Sin embargo nace de un Denver que era la capital del oeste salvaje, con sanguinolentas cabelleras indias, por donde pasearon George Armstrong Custer pero también Oscar Wilde.
2/11/03

Publicado en Opinión (Cochabamba), noviembre, 2003

Imagen: Fachada de un edificio del viejo Denver

Kokoschka/ECLÉCTICA


Se incluye a Oskar Kokoschka (1886-1980) dentro del expresionismo alemán. Sin embargo este pintor austríaco no integró los grupos principales de esta corriente, Die Brücke, Blaue Reiter, sino que siguió un camino personal, aunque no aislado ya que en su visita a Berlín, 1910, se contactó con ellos.

Cierto que cronológicamente hablando, Kokoschka comenzaba a incursionar en el arte cuando los expresionistas de Dresde ya habían lanzado sus manifiestos. Kokoschka llega a Dresde más de diez años después, pero su relación con los artistas alemanes lo liberó temprano del legado de la Secesión austriaca. Recibió la influencia de Klimt, cuyo enorme peso en el arte vienés era difícil de eludir; del pintor croata Rudolf Kalvach, su contemporáneo y compañero estudiante en la Wiener Werkstätte; de George Minne; de las exhibiciones de Gauguin, Van Gogh, Rodin y también de El Greco cuya retrospectiva en el Salón de Otoño de 1908 en París convulsionó el arte europeo. Reproducciones de los óleos de El Greco llegaron pronto a Viena y causaron notable interés, tanto que al año siguiente Klimt y otros artistas viajaron a España para verlos.

A la par que sus pinturas Kokoschka desarrolló una rica obra gráfica que en algunos casos son esbozos de lo que se convertiría en cuadros, mientras que en otros representan trabajos acabados al carboncillo, lápiz, témpera, acuarela, tinta china. Destacan sus retratos de personalidades de su época, una serie de lo que él llamaba sus pinturas negras y que tienen alguna resemblanza con Goya.

Es interesante anotar que aparte de las escuelas o sujetos artísticos de los que heredó técnicas, ideas o colores, Kokoschka, apasionado por la historia, indagó en las culturas de Egipto, Mesoamérica, Babilonia, el arte medieval europeo, Java y Japón para añadirlas a su ya sofisticado talento.

Fue dramaturgo, poeta, ilustrador, creador de escenarios y vestuarios para el teatro. Incursionó en la arquitectura. Su diseño para el crematorio de la ciudad de Breslau (hoy Wroclaw) en 1914 no fue seleccionado. Muestra una torre con reminiscencias del recién descubierto zigurat de Samara, la antigua capital abasida en Mesopotamia -otra torre de Babel- con frescos gigantescos, que él pintaría, en los vestíbulos interiores.

Por varios años se ligó sentimentalmente con Alma Mahler, viuda del compositor, musa, esposa y amante de los más selectos hombres de su época -Rilke, Gropius, Werfel- a quien embarazó. El aborto de Alma repercutió en su arte y la representación de la muerte se agudiza. Hay calaveras en los dibujos de Oskar Kokoschka, rastros quizá del medioevo, de la guerra europea, la más sangrienta de todas, de la familia y el niño perdidos y la premonición del futuro que construiría prácticos crematorios, ajenos a la intención sublime y monumental que quería dar el artista a un lugar donde se queman muertos.

Emigra de Austria a Checoslovaquia, de Checoslovaquia a Inglaterra, de Inglaterra a Suiza, de Suiza a la muerte.
3/11/03

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), noviembre, 2003
Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), noviembre, 2003

Imagen: Osar Kokoschka/Autorretrato en un afiche de exhibición, 1911

Saturday, August 13, 2011

“El exilio voluntario” de Claudio Ferrufino Coqueugniot, muestra la vitalidad del oficio


Con “El exilio voluntario”, el escritor cochabambino Claudio Ferrufino Coqueugniot ganó en febrero uno de los galardones literarios más prestigiosos de habla hispana, el Premio Casa de las Américas de Cuba.

La novela tiene ahora una edición boliviana, a cargo de El País y la primera antes de la edición oficial, que fue presentada recientemente en el Centro Simón I. Patiño de esta ciudad, y antes en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra.

La historia, en partes autobiográfica según dijo su autor, se ambienta en Estados Unidos y toca temáticas como la inmigración y las diferencias culturales.

“La novela observa cómo el ‘sueño americano’ se convierte entonces en una pesadilla. Formalmente vertiginosa, narrada con enorme vitalidad y dominio del oficio, en ella se despliegan diferentes planos a lo largo de tres décadas. Por otra parte, las referencias literarias, culturales y políticas, no incorporadas por mero voluntarismo, agregan mayor riqueza a la obra. Finalmente, cabe destacar la corriente de humor que recorre toda la escritura y de la que no escapa la autoironía del narrador”, señala la apreciación del jurado de Casa de las Américas.

A manera de presentación, Elena Ferrufino Coqueugniot refiere: “Con sorpresa veo que el escripto, guión dirán, de la película checa ‘Éxtasis’, 1932, lo hizo Viteszlav Nezval, mi poeta favorito, con Julian Tuwim y Esenin, de 1985-86. Pero lo triste es que este filme se conoce porque la bella Hedy Kiesler, estrella como Hedy Lamarr, aparece desnuda en una escena lacustre y en una carrera en que el viento y los arbustos le tocan las teticas autriacas. Se ha olvidado a Nezval”.


Arquitectura narrativa

“Y es 1999”

Así empieza la novela y comienza así un decurso de vértigo, pincelado de historia, cine, literatura, política y experiencia de vida alucinada. Tres décadas transcurren por sus páginas, que a tiempo de enfatizar el desplazamiento del personaje principal hacia los Estados Unidos, sorbe tragos de infancia, de pasado y de futuro, transgrediendo el espacio estrictamente textual. El exilio voluntario se constituye en leit motiv para estructurar una arquitectura narrativa donde confluyen destierro y marginalidad. Donde los tiempos se entrelazan y los espacios se funden en lo que Ramón Rocha Monroy ha llamado un “presente vertiginoso”.

Claudio Ferrufino Coqueugniot explora una serie de estrategias de representación que revolucionan no sólo la memoria y el hilo narrativo sino, sobre todo, el lenguaje.


“Los caminos de la vida”

Me atrevería a decir -refiere Elena Ferrufino- que la más importante experiencia del exilio que nos presenta el texto es, precisamente, el inusitado –casi desmesurado- manejo del lenguaje, la superposición de planos, la coincidencia de tiempos y espacios en el universo de un mismo párrafo, de un texto único que no respeta normas, que trasciende los rigores lingüísticos y de estilo, que nos destierra de una narrativa “regular” y nos obliga a deambular con narrador y personajes entre las intempestivas argucias del recuerdo y la nostalgia:

“He vuelto a Springfield una vez más, diez años después, para ver a mis amigos Jimmy y Julio, constantes en su vida de penumbra. De Lorgio no supe más, sino unos chismes que no escucho. Las cosas cambiaron. Arlington y Alexandria que en algún momento reemplazaron a Cochabamba –uno encontraba hasta a sus enemigos en la calle; los Condenados paseaban cadenas con el mismo desparpajo que en el Prado; los de la calle Uruguay jugaban fulbito sin que tiempo y espacio se hubiesen alterado. Las salteñas sabían casi igual y en el Cecilia’s, alguien de Generación 2000 había instalado un sistema de video en el baño de mujeres para verlas cagar, el sumum de la escatología, cosas de músico dirán aunque los federales no piensen igual”.

Escribir deviene recurso estético e irónico que le permite a Claudio no sólo recorrer “los caminos de la vida” sino proponer una aguda crítica de los mecanismos de significación dentro del texto y una particular mirada del mundo. Desde una perspectiva siempre marginal y contestataria, la novela se puede entender como un cuestionamiento de la mentalidad social, la historia y la ideología de una realidad concreta que se llama “exilio voluntario”.


Crudo e irreverente

Todo en el texto representa una provocación. Comenzando por el uso del lenguaje, el abordaje temático, siguiendo con el recurso de la numeración de los capítulos que parece seguir un patrón estable durante los primeros 34, para luego comenzar un desenfreno donde la narración vuelve al capítulo 25 y se alterna con números romanos, números arábigos, nombres de personas, nombres de lugares, letras, números en inglés, bilingües, respetando espacios o uniendo palabras, hasta llegar al capítulo final que se llama simplemente “último”.

La novela expone un tratamiento crudo, irreverente, de la sociedad norteamericana, de sus políticos y de sus costumbres, mientras desnuda la historia privada de la Cochabamba del suburbio, de las chicherías, de la farra… Carlos Flores, personaje central y alter ego de Ferrufino Coqueugniot se localiza siempre en lo marginal, en lo prohibido. Desde ese espacio articula la remembranza, la nostalgia de la familia y los amigos y las transmuta en filo atrevido que lacera y fragmenta aquel “sueño americano” que fuera dorada imagen de un siglo ya pasado.

Transcurre, sin embargo, un deleite de arte, música, cine, literatura entre las páginas matizando guerras, matanzas, gringos y putas. Y se crea así una suerte de magia, gama, maga, daga que nos ilustra, pero también nos reta a una lectura comprometida, diferente, marginal… desde nuestro propio exilio. Nos obliga a despojarnos, a ampliar nuestro horizonte de expectativas, nuestros más callados secretos, nuestra mojigatería y nuestra falsa moral para enfrentar un texto crudo, torpe a veces, agresivo pero, a la vez, profundamente humano, plagado de humor, ironía y vida.

Desde el abandono de la casa paterna hasta el matrimonio y las hijas en tierra norteamericana, la novela nos ofrece un espectacular paseo por la historia no sólo de Bolivia y Estados Unidos, sino del mundo. Chechenia, Iraq, Afganistán. Jorge Negrete, George Bush, Saddam, Lula. Klimt, Los Beatles, Borges… excesivo y complejo ese “universo difícil” (en el que) “no quedaba otra alternativa que construir mi propia leyenda”, confiesa Claudio.

“El exilio voluntario” puede leerse como la lúcida metamorfosis de uno mismo, de autor, narrador y lector. La condición del exilio articula un constructo desde donde Ferrufino Coqueugniot despliega una narrativa alucinada que transmuta el mundo. Todos los espacios, todos los tiempos, todas las sensaciones se compactan, contradicen, se fragmentan a través de un lenguaje único, de un estilo absolutamente personal que no puede sino situar a Claudio en un lugar privilegiado en las letras bolivianas e internacionales.

Leído por Elena Ferrufino-Coqueugniot, Centro Portales (Cochabamba), junio, 2009
Publicado en Opinión (Cochabamba). junio, 2009

Imagen: George Grosz, 1920