Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Cochabamba todavía tiene hermosos lugares. Es cosa de entrar por pequeños caminos no muy transitados y héla ahí, casi igual a como era en la infancia. Pero hoy me decepcionó ver la plaza de El Paso destruida... para ser reformada. El bucolismo de sus bancos cubiertos de arbustos, y el viejo quiosco central, incomparable, ya no existen. En la manía estúpida de los alcaldes por "modernizar" se acaba con el espíritu singular de cada pueblo. Hacer arabescos de concreto de mal gusto no hará mejorar a ninguno. Les quita su alma. Lástima que las dirigencias sean siempre suma de banalidad e ignorancia.
Una curva, una subida breve y aparece la iglesia de Illataco, encantada. Medio kilómetro arriba está, a cielo y campo abiertos, el cementerio de Falsuri, lugar de la batalla. Un gran busto del guerrillero José Miguel Lanza hace de anfitrión. Y aunque las tumbas, siguiendo las fechas, son contemporáneas, Falsuri es de gusto arcaico. La muerte ronda todavía, muerte de sol, de amarilla chicha esparcida.
Hacia el cerro, no lejos, se ve la quebrada de Anocaraire y sus ocultos caminos de republiqueta rumbo al cielo. Falsuri sobrecoge más que Suipacha, pero ambos son espectrales. Los jinetes de Suipacha mojan sus caballos fantasmas mientras los infantes de Falsuri mueren espinados. La aridez es virtual para mantener la historia. En el desierto, cuerpo y memoria son incorruptibles. Eso queda en el campo; entre las rocas descansan balas hartadas.
Entierran a un niño en Falsuri, en sábado. Un reducido grupo lo despide. Y Miguel Lanza le hace lugar entre sus profundos soldados. Luego del fragor de la guerra, de cascos animales y eructo de cañón, hay silencio. Cierra los ojos, lector, y no oirás ni los pasos del escarabajo. El ruido se ha puesto bajo tierra donde siguen combatiendo los ciegos.
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Publicado en Opinión (Cochabamba), 08/1996
Imagen: Busto de José Miguel Lanza
Saturday, June 9, 2012
Friday, June 8, 2012
De jerarquías y abusos/MONÓCULO
Ni voy a hablar
del tema marítimo. Otra vez el gobierno ha fracasado en reavivar la llama de
novedad y esperanza que alguna vez lució ante el mundo. Valga decir que los
extranjeros se ven fácilmente impactados por los quehaceres de quienes siempre
ocuparon emblema y posición de salvajes: nosotros. Tan pesada viene la carga
del pasado colonial que en tiempos contemporáneos los viejos amos optaron por
no solo escuchar a los nunca oídos, sino idolatrarlos de una forma insana y
cómplice, otro tipo de paternalismo.
Hoy se ataca a
las oenegés, desde el poder, cuando la mayoría de sus miembros proviene de
ellas, ha sido creada, educada por ellas, en el intento de estos organismos
“voluntarios” de fundar países a imagen y semejanza de sus ambiciones intelectuales,
insatisfechos deseos y aliviando tremendas culpas. Así diseñaron Bolivia, con
elites bien pagas y verborrea revolucionaria. La nueva aristocracia se llamó, y
fuera de que alguna surtiese al país con logros palpables, la mayoría se dedicó
a entrenar a los que tendrían que ser los rectores del futuro. La deducción es
lógica: solos no podíamos, tenían que enseñarnos. Ya ven el resultado.
Tiquipaya II
amenazaba ser la apoteosis del masismo. A pesar de que los factores de
deterioro brillan de claros, cabía la duda de que los nativos, nosotros,
daríamos tal show que los visitantes saldrían bailando disfrazados de chunchos
como los diplomáticos europeos en el Gran Poder. El encanto de lo oculto; la magia
de los pueblos antiguos; la pureza de las naciones aborígenes. El énfasis
estaba en ello, dar al cansado Occidente un hálito nuevo, una esperanza. No
hubo –ni hay- tal. A despecho de los colores y las vestimentas se ve que la
avidez del despilfarro y la fiebre de la angurria han desde ha mucho alejado la
ficción. Como cualquiera, igual a cualquier otra, la Bolivia gobernante ya no
puede engañar a nadie, ni siquiera a sus correligionarios –hablo del montón que
no goza de favores- que siguen marchando arreados por multas y castigos,
manifestando por obligación.
Hay más. Se
suponía que siendo el anfitrión, poniendo la mascarada, el presidente nuestro
ocupase el sitial protagonista. En los noticieros extranjeros no se nombraba a
Evo Morales para nada, o como elemento adjunto a lo sumo. Rafael Correa, de
Ecuador, arrasó con el rating. Se lo vio, escuchó, leyó, planteando el formato
que tendría que seguir la reunión. ¿Cuestión de jerarquías? Es posible. Pero la
pirámide del ALBA no tiene por qué ser acatada y menos seguida por el conjunto
de la población. Se acepta que con el inesperado retiro de su creador, Hugo
Chávez, la sociedad necesita nueva testa. Se hace evidente que el nombramiento
recayó sobre el insufrible individuo que lidera aquel pequeño país. Nombrado a
dedo por el cantor de boleros o avasallando como el chico malo que aparenta ser
por sus dotes de bravucón, no lo sabemos y poco importa, lo cierto es que fue
la figura y que su voz determinaba los patrones del resto, incluido Morales y
Bolivia. Gran menoscabo, diría.
Pero Correa se excedió. Vilipendió a los indígenas bolivianos. Los llamó “lobos con piel de corderos”, y etcétera. Quisiera contemplar su reacción y la del Ecuador, si Morales va y lanza exabruptos en contra de los ecuatorianos. Discretamente, o a patadas, lo obligarían a salir. Pero nosotros agachamos la cabeza, siempre firmes en eso, y lo llenamos de elogios y palmaditas fraternas. ¿Dónde queda el discurso, presidente? Porque no importa que hablara de los marchistas del TIPNIS, sus insultos caen sobre toda la nación india, sobre todos nosotros. Y la vergüenza que compartimos debiese ser sobre todo suya. ¿O es Rafael Correa el nuevo mandatario de Bolivia y no lo sabemos? Quizá se instauró una tómbola “bolivariana” a espaldas nuestras y nos cambiaron de dueño.
Pésimo
precedente. Falta de orgullo que no salvan sahumerios ni yatiris.
6/6/12
Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 08/06/2012
Imagen: Bufón de corte
Thursday, June 7, 2012
Breve opinión sobre Carlos Fuentes
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Uno de los libros
que me impactó en la juventud fue La región más transparente. Creo
que es un punto de giro en la literatura latinoamericana. Luego vinieron otros,
y un par de fructíferas décadas que catalogaron a Carlos Fuentes entre los
grandes. Luego ese hálito revolucionario se fue perdiendo. No existe senilidad
en las letras, pero Fuentes dejó de gustarme. Quizá perdió contacto con la
realidad y fantaseó. No es el único. Es, sin embargo, una ausencia
notable.
Muchos bebimos de
su prosa y sus libros quedan como vestigio vivo de la gran literatura
americana. Un erudito, además, y perseverante cinéfilo. Concibió Gringo
viejo como un filme, aunque la película que se hizo lo desmereció.
Aurora, 2012
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Publicado en El
Deber, 05/2012
Foto: Carlos
Fuentes
Wednesday, June 6, 2012
Mujeres que cantan/BAZAAR
Claudio
Ferrufino-Coqueugniot
Siempre las hubo. Joan Baez, Miriam Makeba, María Bethania, Violeta Parra... Pero, quizá a partir del gran éxito de los coros de mujeres búlgaras, a fines de los años ochenta, las vocalistas femeninas han crecido, tanto en música contemporánea, alternativa, como en étnica, que es la que me interesa mayormente.
A pesar de las diferencias culturales que pueden existir entre cantantes escocesas y brasileras, o una y sin fin comparaciones, parece que hay un espíritu conjunto, general, que aproxima sus músicas; algo como la certeza de compartir un espacio único e indivisible. Me animaría a decir que si es que va a haber cambios importantes en el nuevo milenio, serán las mujeres las que tengan el papel preponderante. El tiempo masculino se está acabando, felizmente.
Es hora de escuchar lo que ellas tienen que decir, y mejor hacerlo con música. Angelique Kidjo me dice más de Benin que cualquier fugaz reyezuelo armado. Mozambique se recicla en las voces de sus mujeres. No hay que olvidar que cuando la Triple Alianza destrozó al Paraguay, fueron ellas las que reconstruyeron el país; no habían quedado hombres. Y siempre me suenan las palabras de Belgrano sobre las mujeres de Cochabamba...
Ha aparecido un hito, colectivo, y son las mujeres cantando. Presten atención y verán que estoy en lo cierto. Tori Amos y otras hablan ahora de sexo oral y más como si fuesen hombres. Ya nada es privativo del macho; nunca debió serlo.
Unos nombres: Sophia Arvaniti, Grecia; Amina, Túnez; Riské, Haití; Jacqueline Farreyrol, de las Reunión, y tantas...
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Publicado en
Opinión (Cochabamba), 1996
Foto: Coro de mujeres búlgaras
Tuesday, June 5, 2012
Muertos de cansancio/MIRANDO DE ABAJO
Claudio
Ferrufino-Coqueugniot
Lo dije hace mucho: den el Nobel de todo a su majestad Evo Morales, incluso el de Química a ver si ya nos deja en paz y nos libra de escuchar las eternas peroratas sobre el proceso de cambio, la revolución, el imperialismo, etc. Que fueran opiniones sustanciosas, apuntaladas por un férreo conocimiento de los temas, tal vez valdrían la pena. Pero este cúmulo de generalidades, lugares comunes, bocetos, esbozos, ya pasó de moda. Simples, sí; básicos, también, pero no desinteresados. Detrás de los balbuceos del líder se esconden intereses muy fuertes, y no de los pobres.
Le hicieron creer
que era el Dalai Lama, y se estancó ahí, tratando de ver –en vano- en las
estrellas o en los fetiches aymaras su imagen de semidiós redivivo. El gobierno
de los míseros, supuesto reflejo de lo que ocurría en el país, ha sufrido
transformaciones tan grandes que ha dado una vuelta completa y nos ha puesto
ante lo mismo, nada que lo diferenciara del neoliberalismo, de la dictadura, de
lo que en teoría se atacaba. Sucede que pasa como con la edad. Cuando comienza
el bienestar, el cuerpo y la mente se aburguesan, y resulta que había sido de
lo más cómodo, lo más placentero, convertirse en dueño, más si la posesión es
el poder. Y Morales no tuvo estructura para hacer valer el voto popular y en
verdad proponer algo nuevo, bueno y valedero. La omnipotencia lo abrumó, le
hizo perder seso, o le impidió fundarlo. Se concedió a un niño, “travieso” para
colmo, las riendas de un mandato que le quedó grande, excesivo. Terminamos así
con un gobierno de dirigentes, lo de corrupto ya viene impreso, de
prebendalismo y hurto dirigencial. Las bases sirven para votar, para levantar
la mano en un pueblo demasiado acostumbrado a caminar en recua. Volver, siempre
volver, al caudillo, a la orden, a la imposición, al cuchillo, al chicote, a la
horca como alguien dito Colgarico anunció hace poco. Nos quedamos atrás, bien
atrás, y seguimos, cangrejos andinos de corteza dura, sin sentir que los
chicotazos que nos dispensan solo nos humillan, nos destruyen.
Se reúne la OEA,
en la bendita Tiquipaya. El panorama boliviano es desolador. No hay trabajo, no
hay producción ni agrícola ni industrial. Nos manejamos en las
superestructuras, en el discurso -cualquiera- que se impone a un reino de
sordos y mudos, donde el tartamudo y el tuerto imperan. Se le echan (al pueblo
abstracto) migajas; en Tiquipaya se le tira la bazofia interminable sobre la
reivindicación marítima, extendiendo la mano a los otros, mendigando, obviando
que la respuesta para todo, incluso para la costa pacífica, está en un país
productor, empresarial, defensor de y cuidadoso con sus recursos naturales,
ávido de explotar a través de la educación sus recursos humanos. Eso no quieren
los amos; nunca en la historia han deseado que sus sirvientes se ilustren,
porque el poder del conocimiento y la palabra los descalifican. El masismo no
se distingue de ellos. Gobierno de élites. No hay diferencia alguna entre un
capitalista y explotador gringo y uno aymara. Es economía, no pellejo.
La CIDOB se
entrevista con el dudoso Insulza, secretario de la OEA. Éste le promete reunión
con la Comisión de Derechos Humanos. Listo, basta para que el amo se lance
contra ella y despotrique que por qué no se investigan los derechos humanos en
el norte. Sigue la lección del moribundo de Caracas, a quien no le conviene
siquiera que se hable de DDHH. Estamos de cabeza.
Por más que lo he
intentado, no encontré asomo de anglosajonismo en los descalzos indígenas que
marchan para proteger sus tierras, en contra del interés de los millonarios, de
los capitales, de los narcos. El fantasma del fascismo se pasea por la América
Latina, no el del comunismo. Y para comprobarlo escucho en el alejado televisor
la voz de Rafael Correa, el ecuatoriano, mintiendo, mintiendo, y… sufriendo parece,
porque habla como mater dolorosa, no como varón.
04/05/12
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Publicado en El
Día (Santa Cruz de la Sierra), 05/06/2012
Publicado en
Semanario Uno 465 (Santa Cruz de la Sierra), 16/07/2012
Monday, June 4, 2012
Los blancos poemas de Blanca Garnica
No es apropiado, lo sé, discriminar de tal forma -darle un color, un único contexto- a un poemario multicolor como el de la escritora Blanca Garnica, pero no encuentro otra manera de hablar de lo apacible de sus textos que resumirlo en algo que asumimos bueno y puro.
Cuando Blanca me entregó sus originales, decía que intentaba este libro ser uno para niños. tras una primera leída la llamé con la opinión de que no me parecía necesario incurrir -otra vez- en una caracterización limitada porque creía, y creo, que su belleza abarca un espacio más amplio, posible de leerse a cualquier edad sin desmerecimiento de su palabra. Situarlo en la categoría de literatura infantil le restaría posibilidades; bien sabemos del extraño comportamiento humano que haría que muchos adultos eludieran leerlo solo por este quizá pragmático asterisco de catálogo. Mejor quedar -quedarse- en que algo que tiene "la frágil ingenuidad esencial de lo que nunca será completamente visible" (según reza el epígrafe de su último libro) no necesita calificativos, vive y crece solo, infante y mayor, sueño y ensueño.
De nuestra charla inicial y las hojas primarias que me entregó a hoy, varios meses de transcurso, Blanca Garnica ha realizado cambios en su texto original. Me encuentro entonces con dos poemarios que siendo el mismo tampoco lo son. ¿Juego con palabras? Tal vez, pero a ello obliga el peculiar y sutil entrelazado de los versos de Blanca donde a veces el juego está en la imagen: "Las higueras enjuagan/Pañales verdes/Para sus niños"... "Pañales extendidos/Sobre los hombros/De la piedra", y otras veces en la palabra, en la letra incluso, como cuando refiriéndose a un fantasma la autora dice:
No pisa
El piso
Y pasa
Sin peso
Sssssss
Retomo las dos versiones del libro y recurro a los primeros versos de uno de sus poemas esenciales, Lavandera, para mostrar como el poeta, en sus varios intentos de alcanzar lo que desea, de asir lo que ve, tiene el don de multiplicar la belleza. Imaginemos, lo hemos observado muchas veces en Bolivia, una mujer que lava al borde del agua, generalmente en comunión con otras. Blanca también la ve y escribe en su esbozo:
Con un lucero
En la espalda
La madre
Saca del río
La joya
De unos ajuares.
Y luego, en su versión definitiva:
Con un lucero
en la espalda
la madre saca del río
dos manojos de colores
como joyas
y los extiende
sobre el corazón
de la verdolaga
verde.
En ambos casos, la madre campesina, en el rito del agua, tiene la capacidad de transformar la realidad en sueño, de urdir los destinos suyos y de sus cercanos para soslayar la penumbra de lo real y convertirlo en manojo de color y de esperanza.
Todo el poemario tiene este mismo aire, un espíritu risueño y juguetón que la acerca a Lorca en algo de su ritmo, en su ruralidad, en el embrujo más que inocencia donde el sol es "un cesto de damascos que ruedan por el tejado, por tu patio y mi ventana", donde el zapallo, tan atractivo y tan nuestro, parece un sol caído en la casa del vecino, de donde lo sacaremos, como lo hacíamos en la infancia, entrando a hurtadillas por un agujero del alambrado.
Blanca trae consigo aquella nostalgia por lo que fue y hace que sus poemas no sean para niños sino para quienes no quieren olvidar que fueron niños, para los que en las tardes cálidas del valle perciban y sientan el poder del agua, de la piedra, la voz de la lluvia y la casualidad de la materia donde los objetos inertes toman vida y la dinámica de la existencia hace que un camélido, una llama, alce "sin asombro el abrigado lirio de su cuello", como una magia, animal y vegetal al mismo tiempo, de la puna.
Aurora, abril del 2005
Introducción al poemario El reloj anda descalzo, de Blanca Garnica, 2005
Foto: Blanca Garnica
Cuando Blanca me entregó sus originales, decía que intentaba este libro ser uno para niños. tras una primera leída la llamé con la opinión de que no me parecía necesario incurrir -otra vez- en una caracterización limitada porque creía, y creo, que su belleza abarca un espacio más amplio, posible de leerse a cualquier edad sin desmerecimiento de su palabra. Situarlo en la categoría de literatura infantil le restaría posibilidades; bien sabemos del extraño comportamiento humano que haría que muchos adultos eludieran leerlo solo por este quizá pragmático asterisco de catálogo. Mejor quedar -quedarse- en que algo que tiene "la frágil ingenuidad esencial de lo que nunca será completamente visible" (según reza el epígrafe de su último libro) no necesita calificativos, vive y crece solo, infante y mayor, sueño y ensueño.
De nuestra charla inicial y las hojas primarias que me entregó a hoy, varios meses de transcurso, Blanca Garnica ha realizado cambios en su texto original. Me encuentro entonces con dos poemarios que siendo el mismo tampoco lo son. ¿Juego con palabras? Tal vez, pero a ello obliga el peculiar y sutil entrelazado de los versos de Blanca donde a veces el juego está en la imagen: "Las higueras enjuagan/Pañales verdes/Para sus niños"... "Pañales extendidos/Sobre los hombros/De la piedra", y otras veces en la palabra, en la letra incluso, como cuando refiriéndose a un fantasma la autora dice:
No pisa
El piso
Y pasa
Sin peso
Sssssss
Retomo las dos versiones del libro y recurro a los primeros versos de uno de sus poemas esenciales, Lavandera, para mostrar como el poeta, en sus varios intentos de alcanzar lo que desea, de asir lo que ve, tiene el don de multiplicar la belleza. Imaginemos, lo hemos observado muchas veces en Bolivia, una mujer que lava al borde del agua, generalmente en comunión con otras. Blanca también la ve y escribe en su esbozo:
Con un lucero
En la espalda
La madre
Saca del río
La joya
De unos ajuares.
Y luego, en su versión definitiva:
Con un lucero
en la espalda
la madre saca del río
dos manojos de colores
como joyas
y los extiende
sobre el corazón
de la verdolaga
verde.
En ambos casos, la madre campesina, en el rito del agua, tiene la capacidad de transformar la realidad en sueño, de urdir los destinos suyos y de sus cercanos para soslayar la penumbra de lo real y convertirlo en manojo de color y de esperanza.
Todo el poemario tiene este mismo aire, un espíritu risueño y juguetón que la acerca a Lorca en algo de su ritmo, en su ruralidad, en el embrujo más que inocencia donde el sol es "un cesto de damascos que ruedan por el tejado, por tu patio y mi ventana", donde el zapallo, tan atractivo y tan nuestro, parece un sol caído en la casa del vecino, de donde lo sacaremos, como lo hacíamos en la infancia, entrando a hurtadillas por un agujero del alambrado.
Blanca trae consigo aquella nostalgia por lo que fue y hace que sus poemas no sean para niños sino para quienes no quieren olvidar que fueron niños, para los que en las tardes cálidas del valle perciban y sientan el poder del agua, de la piedra, la voz de la lluvia y la casualidad de la materia donde los objetos inertes toman vida y la dinámica de la existencia hace que un camélido, una llama, alce "sin asombro el abrigado lirio de su cuello", como una magia, animal y vegetal al mismo tiempo, de la puna.
Aurora, abril del 2005
Introducción al poemario El reloj anda descalzo, de Blanca Garnica, 2005
Foto: Blanca Garnica
Saturday, June 2, 2012
En el imperio de Timur/VIRGINIANOS
Claudio
Ferrufino-Coqueugniot
Amo a la gente pero odio las multitudes. No me dejan mirar Samarcanda en paz. Hay demasiados pantalones cortos, demasiadas fotografías... verano.
He entrado en Tamerlán, en los mosaicos azules de la capital. Una lámpara de aceite, grande y apagada, iluminaba la exposición. La armadura de Ulugh Beg, de anchas espaldas, sita en medio, parecía sofrenar el pasado, impedir de por vida emigrar a sus huestes en busca de futuro, y, a nosotros, permitirnos una ventana de asombro, sin grandeza personal.
Nombres extraordinarios, nombres de polvo y de sangre. Mixtura de pueblos y armas. Cimitarras islámicas. Flechas tártaras; estepa y montaña; ojos rasgados en piel emblanquecida.
Una mascarilla de guerra, de los hombres del Carnero Negro, ha quedado en una vitrina. No oculta más los fieros rostros de los degolladores. Mas si se observan las cuencas, vacías cuencas metálicas, habrá espacio para el horror: en el sol abrasador de Persia se agotarán las muertes. El matador enmascarado ha de pararse en cualquier colina y contemplar sin fin la arena hirviendo, las ruinas de Herat, las cabezas cercenadas que parecen sanguinolentas flores del suelo. Eso hay en los ojos del pastor asesino que nos lega su máscara.
No hay viento en la exposición. Las alfombras son cómodas; las personas sonríen. ¿Por qué he quedado asustado esta una de la tarde? Pasmado. Los demás me eluden. Nunca sabrán lo que me ha maravillado: los Coranes de talla inmensa, el rostro del "descendiente de Gengis Khan", esa cúpula de Samarcanda, escaleras arriba, como preludiando que de aquel mundo no se huye uno cuerdo, que tras las huellas seguidas en busca del gran Timur queda un silencio que hoy he nombrado tristeza...
De Virginianos, Cochabamba, Los Amigos del Libro, 1991
Foto: Samarcanda
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