Thursday, August 11, 2011

El exilio voluntario


Por: Mauricio Rodríguez Medrano

«Si algo dura más de seis meses o es un embarazo o no vale la pena», dijo el Subcomandante Marcos como personaje en la novela Muertos incómodos, que fue escrita a cuatro manos con Paco Ignacio Taibo II. Esa frase es una ironía a la misma lucha zapatista que se alarga hasta nuestro días. Entonces: lo que dura más de seis meses vale la pena. Entonces: un exilio que se prolonga diez años vale la pena.
«El exilio voluntario», empieza con una hoja que marca el tiempo: «1998-2008». Luego está el vacío, la hoja en blanco. Luego está el tiempo entrelazado al espacio: la descripción, la narración. Luego está el tiempo que se quiebra y prevalece la narración sin un espacio determinado: El pasado es una hebra que es tejida con el presente, con el futuro que es duda, y el personaje transita por sus recuerdos hasta el cansancio. Los recuerdos como una tierra de nadie, como es el exilio verdadero.
Esta novela fue escrita por Claudio Ferrufino Coqueugniot. Ganó el Casa de las Américas 2009. La compré por casualidad en los libros usados del Mercado Lanza, al lado de una carnicería. La versión que poseo tiene errores de empastado. La tapa fue pegada al revés. «Robaron este libro de la editorial», me contó el vendedor por lo bajo. «Aunque no fue un robo. Nadie lo quería».
Empecé mi lectura en una banca de la plaza Murillo. En sus páginas pude encontrar a Faulkner, a Joyce. Pude encontrar a Kerouac, a Bukowsky. Pude encontrar la melancolía de los migrantes que recuerdan en flashes a su tierra natal, a sus mujeres: una tela de encaje, unas piernas blancas y suaves, un beso, saliva y tierra.
Las voces de los personajes saltan como en un hervidero, se hacen ágiles, describen, callan, son reemplazadas, regresan, regresan, regresan. No es necesario una trama: así como es el exilio, la diáspora, las situaciones empiezan y a veces no tienen final. De lejos, la mejor novela boliviana de este siglo que recién comienza. El autor es suficiente maduro para trabajar con la palabra con paciencia.
Sólo queda recomendarla, y oír alguna lejana canción en una chichería, todo de madrugada cuando nada tiene un contorno real.

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Fuente: Ecdótica/Posted on agosto 3rd, 2011 by Marcelo Paz Soldan
Publicado en Semanario Uno #422 (Santa Cruz de la Sierra), 12/08/2011

Imagen: Portada de la edición boliviana/El País, Santa Cruz, 2009

Monday, August 8, 2011

Tierra/LIBRO DE PRODIGIOS


La Pinta, sobre el mar, paloma de madera. Lunar del agua sigue la muerte del sol.

El Almirante va en la mayor, la lenta, la pesada. Diez de noche y once de octubre. Ha visto hierbas, aves que comen peces. Presiente. Ojos claros, ojos largos. Dice que lumbre, allá, allá, oscura distancia que se ilumina por el loco. Nadie más; no hay playas ni hombres en la arena, ni luz ni Dios ni España. Pero hay que afirmarlo: sí, Almirante, cierto, salió y se escondió el primer indiano insomne, aquel que no duerme y espera al borde del mar las señales de un dios mojado.

Las dos de la mañana vienen con pesadilla, con el inmenso lomo de una ballena enfrente del vigía. Se desespera. No sabe que su terror vendrá con oro, que con él abre la eterna codicia general. Grita ¡tierra! en un momento. Su voz trae anclas, y el ancla la esclavitud; se han tirado los dados.

Olvidaron las ballenas, los monstruos marinos. La única jiba se forma en la espalda de Colón, con los premios. El viento se lo había dicho al oído, más temprano.
¿1996?

Imagen: La Niña, la Pinta y la Santa María

Prólogo a un libro de Rosario Quiroga de Urquieta


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Estructurar un relato es tarea difícil. Más aún una reunión de cuentos. Y, sobre todo, hacerlo con cosas como la temporalidad, brevedad del instante, un pedazo de noche en que uno está despierto y el otro duerme, ese antecedente del meterse en cama para dormir, es trabajo de orfebre.

Sin embargo, Rosario Quiroga de Urquieta lo ha conseguido. Ha logrado conjuncionar un libro de prosas con lo que consideraríamos detalles nimios, que no lo son. Esa es una ventaja del espíritu femenino, más rico, sensible, y también más deslumbrado con la vida, quizá por ser el femenino real y único, no metafísico, creador de ella.

Ahora bien, Rosario no se ha angustiado el cerebro con la búsqueda de temas sobre los cuales escribir. Siendo mujer es aprehensora del secreto vital; hallar un sinfín de historias no le cuesta más que desempolvar un poco la memoria inconsciente. El hombre, por el contrario, sienso abstracto su acercamiento con la vida, se fatiga en su intento descubridor de guiones.

Rosario titula Instancias este su nuevo libro. Instancias son instantes, segundos, minutos, días. Lo que los une es una temporalidad, el ser efímero. Posiblemente son estos instantes los que prefiguran nuestra existencia. Y la alegría o la pena que encontremos en ellos dejarán su indeleble marca en nuestro accionar. De qué sirve el éxito si en la noche uno está solo, o si, eventualmente, aparece alguien, que por oscuridad y cortinas corridas es un sin rostro, una mano salida de la oscura blanca noche de la cama, unos dedos que aferran senos olvidados por veinticinco días (así, en letras, para dar exacta magnitud a la espera).

Instancias es casi siempre un juego de dos. Y dos son un hombre y una mujer, una madre y un hijo, o padre e hijo también. Entre los personajes se interponen cosas terrestres, como miseria, desgano, olvido. Y todas ellas son únicamente recurrencia al principio de la Creación, a la pareja original. Es casi la eternización del castigo de Dios, en todas las formas imaginables, y no solo referidas a hombre y mujer sino a todo lo relacionado o venido de ellos dos. Entonces vivir es pagar. Y la humanidad se desliza irremediablemente dentro de una absurda venganza divina, que tiene principio pero no tiene terminación.

Impresiona la imagen de un dormitorio, de noche. La mujer es soledad, siente a niveles más profundos que el macho. Ella para quien compartir un lecho significa mucho más que una simple posesión. Penetrar es morir. Recibir es trascender. Pero aquello de trascendental no es sino una ampliación de la tristeza. Porque la mujer al estar viva necesita el influjo del amor, y éste, para el hombre, es casi nada. El hombre piensa que ama pero la longitud de su amor es el largo de su deseo, o, para ser más precisos, lo extenso de sus posibilidades físicas en un lecho. A partir de ahí, el amor no existe más. Hay, claro, una agradable modorra y una ternura hacia él mismo. la mujer, amante, esposa, o más ha desaparecido. Volverá cuando la sangre se hinche de nuevo y el hombre crea que está enamorado. Al respecto, hay un hermoso fotomontaje de Michel Moers (1991) que se titula El gusto de trepar (o de escalar, o de subir), que muestra un puntiagudo seno feminil y un hombre, vestido de alpinista, que escala por el costado. La cima es el pezón, el éxtasis. Alcanzada ella lo demás es bajada, hasta volver a subir, con todas las ganas de vencer, de sentarse en la punta y contemplar la extensión del mundo como propiedad personal.

Decir que hay una suerte de pesimismo en los relatos de Rosario no sería justo. La escritora no hace más que, poéticamente a ratos, precisar una verdad. Si bien es un libro femenino, su alcance se alarga a cualquier persona con algo de sensibilidad. Cabe esperar que no siempre habrá cortinas cerradas y que los cánones de diferenciación desaparezcan.

Si Rosario inventase un nombre para la palabra, ese nombre, en Instancias, sería SOLEDAD.
¿1996?

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Imagen: José Fors/Vacía, 2001

Sunday, August 7, 2011

Pierre Loti en Pekín


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Bertolucci logra un abrumador escenario en su multipremiada película El último emperador (1987), gracias al permiso especial recibido por primera vez para filmar dentro de la Ciudad Prohibida.

Pierre Loti estuvo allí, casi a fines de 1900, inmediatamente después de la Rebelión de los Boxers, y lo que se presume en Bertolucci de magnífico, grandioso, sublime, monstruoso, inconcebible, de la cultura china, abunda en esta especie de diarios escritos por el autor-aventurero francés para las páginas de Le Figaro, y compilados en un volumen (Pekín/Editorial Cervantes, Barcelona, 1923).

Loti es un extraño personaje de la literatura en general, de la francesa singularmente. Su inteligencia y sensibilidad hacen que el África que describe, Persia, o la China en este caso, impliquen un viaje no solo de detalles, sino de pensamientos, digresiones, que van desde la básica reflexión filosófica hasta cuestiones de geopolítica o economía. Percibe, a pesar de su muy profundo espíritu francés, que aunque vienen los ocho aliados a pacificar China, librarla de una secta sangrienta e infame, detrás se esconde la realidad de la incomprensión occidental hacia una sociedad altamente desarrollada, con la que alucina y se asombra, desde el mismo hecho de la existencia de esta ciudad misteriosa, sombría, crecida en medio del yermo más temible, con vientos que arrasan desde Mongolia, y el polvo que se acumula por encima de todas las cosas prestándoles opacidad.

Si bien la Gran Muralla desafía la credulidad, y es tanto monumento a la voluntad de los hombres como a un férreo e implacable dominio, la villa también lo es. Haber vencido la febril altiplanicie para instalarla, cubrirla con muros majestuosos, y fundar una corte que maneja su grey desde las protegidas inmensidades de una ciudad dentro de otra, emula el trabajo de los antiguos titanes, superando toda la opulencia europea, cuya riqueza y parafernalia se ofuscan ante lo que se presenta a ojos de los expedicionarios.

Se aloja en un palacio de cristal, en las murallas internas, sitios antes siempre vedados, únicamente permitidos a los herederos del cielo, cuyos ojos que jamás nadie vio, contemplan la vida y accionar de sus súbditos desde horrísonas torres recubiertas de lacas, oros, dragones, pájaros, leones y demonios sin fin -y sin par- de una desbordante mitología. Claro que el éxtasis, la suerte de lograrlo, se conjuga con los tristes remanentes de la cruel lucha recién sostenida. En los lagos y rincones de las ciudades rojas, violetas, amarillas, cada una parte de la Ciudad Prohibida (nunca nombrada así por él), se pudren cadáveres de los boxers con trajes azules, juramentados a la emperatriz madre. Antes de atravesar los puentes que lo llevan al resguardado Pekín, el panorama es de desolación, de espanto, con gordos perros hastiados de devorar carne humana, y terribles resabios de las torturas sufridas por pacíficos habitantes a manos de la furia fanática de los alzados, cuya ira se esboza justa, a ratos, cuando el escritor menciona los abusos de las potencias occidentales en una China inmensa y rica.

“(…) Es la ‘Ciudad violeta’, encerrada en el seno impenetrable de la ‘Ciudad imperial’, en que nos encontramos, y más impenetrable aun que ésta. Es la residencia del Invisible, del Hijo del Cielo… ¡Dios mío! ¡Cuán fúnebre, cuán hostil, cuán feroz es este lugar, bajo el cielo sombrío! Continuamos avanzando por entre los viejos árboles, en una soledad absoluta, cual si éste fuera el parque de la Muerte”. A impresiones así, de los primeros días de una estadía de meses, Loti permitirá que el hechizo de una cultura milenaria, sofisticada, extraña, se le introduzca. De pronto halla la paz, y en una visita posterior a su alojamiento de la etapa inicial hablará incluso de sus compañeros, los cadáveres que se pudrían entre los juncos, y que ya para entonces se habrían hundido en el lodo. Cómplices de una calma tal vez inalcanzable en otro lugar, de poética y sutileza únicas en su palacio fabricado de cristal, todo de cristal, transparente, con mullidas alfombras oscuras y ventanas de papel, rodeado de porcelanas, jarrones, duendes, juntos en la increíble fragilidad de esta morada que se hace tan suya, tan íntima. La guerra cede lugar al pensamiento, y maravillarse es cosa de cada día. Imagina al emperador, la emperatriz, observando ajenos la extensión de Pekín desde almenas elevadas en medio de bosques de cedros, invisibles para los demás.

Voy sacando los papelitos que marcan notas en las páginas del Pekín de Pierre Loti. Necesitaría infinidad de cuartillas para desarrollar cada una. Hay que comprimir, tratar de escurrir lo esencial, exprimir grises y estrambóticas murallas como si fueran limones. Tarea difícil. Para entonces, a partir del momento en que el narrador asienta el pie en la ciudad, después de las descripciones del horror, de la valentía de los sitiados en las legaciones extranjeras, de la marcha, donaire, y también atrocidades de los soldados de la alianza de las Ocho Naciones (Rusia, Japón, Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Alemania, Austria-Hungría y Francia), se insume en lo extraordinario del país, que no ha dejado su tinte sombrío pero que lo hace reflexionar acerca de las diferencias culturales, la incomprensión, la tristeza por haber penetrado un universo antes vedado, que al horadarse va a perecer. El artista pena en el presente por lo futuro ausente.

Hay un postrer cotillón, en el palacio imperial, que a Loti le parece insulso, hasta irracional. Mira la estatua de una diosa que parece sonreírse de la tontería europea. Y termina, premonitorio y acertado:

“(…) Pekín ha muerto; su prestigio ha terminado; su misterio ha desaparecido…
Porque esta ‘Ciudad imperial’, era uno de los últimos refugios de lo desconocido y de lo maravilloso sobre la tierra; uno de los últimos baluartes de las antiquísimas humanidades, incomprensibles para nosotros y casi un tanto fabulosas…”. FIN.
02/08/11

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Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 7/08/2011
Publicado en Semanario Uno 422 (Santa Cruz de la Sierra), 12/08/2011

Imagen: Pierre Loti, retratado por el Aduanero Rousseau, 1891

Friday, August 5, 2011

¡Pobres mujeres!/MONOCULO


Evo Morales tocó fondo al sugerir a sus bases el “enamoramiento” de las mujeres yuracarés para tomar el Tipnis. Recrea y refuerza con ello la retórica y prácticas empleadas por Pizarro y por Cortés; remueve el dolor de los conflictos indio-pakistanos, desde la época de Gandhi hasta entrados los 70, donde la violación, que no otra cosa aconseja, se utilizó como práctica de colonización y conquista.

Lo vimos en Bosnia, en campos de esclavitud sexual inaugurados por Serbia para destrozar el espíritu musulmán. En Vukovar, Croacia, con la misma finalidad. Apellidar Morales siendo indígena y en un país de alta población india nos remite justamente a aquello. ¿O no se da cuenta?

No es la primera vez que emplea connotaciones sexuales en sus habladas. Es antológica (de forma negativa) la de “Evo cumple”, lema al parecer, según él, de febril preferencia de las embarazadas. El patriarca, el amo, el patrón, el esclavista, el presidente, dando imagen de verraco, semental, el que hace parir a las hembras para fundar naciones, al mejor estilo de Rafael Leónidas Trujillo y de Benito Mussolini, para quienes, e incluido el gobernante boliviano, lo que se arrastra entre las piernas es de por sí bastón de mando.

Semejante necedad debiera bastar para destruir cualquier falsa imagen que se haya creado del individuo en cuestión, y de su fraudulento “proceso de cambio”. Patentes son las muestras de lo que se entiende por política en Bolivia, hoy peor que nunca, muy por arriba de Bánzer y García Meza, querubines del Purgatorio en comparación con las hordas plurinacionales, y el séquito de intelectuales que olvidó análisis y arte para convertirse en adoratriz del becerro de coca.

Enamorar a las mujeres es la mitad de una propuesta. La otra -en simple lógica- tiene que ser eliminar a los hombres. Retorno a Srebrenica, a ejecutar a unos y violar a otras, para que nunca más se ose cuestionar lo que la divina providencia dispone: que los serbios imperen sobre pueblos de segunda, o los alemanes sobre razas impropias y degeneradas, o los aymaras igual. Fascismo puro, ni Reinhard Heydrich lo hubiese dicho mejor.

Ya vienen sin duda las disculpas del niño travieso, por sus palabras que encierran terribles visiones. Apocalípticas. Y el pueblo boliviano sonríe, no ha madurado, flota en un limbo de crónica idiotez, festejando ocurrencias semejantes, que nos hacen únicos dentro de la especie.

Pero el presidente no es siempre así, sabe con quien usar sus propuestas, con los que no pueden defenderse, con los indios pobres que decía proteger. Y si miento ¿Por qué no propone en conferencia de prensa, a los hombres bolivianos, que la única manera de reconquistar el mar pasa por imponer cópula a las mujeres chilenas? Eso no, porque le mandarán unos aviones de veras, no sus avioncitos chinos, y le harán volar el palacio. A los fuertes no; a los de abajo, siempre a los de abajo. Palo.

¿Qué sentiría si le aconsejo que para sacar de su letargo a las muchachas de Orinoca, saltarlas a la modernidad, hay que importar una camada de rubios y macizos lituanos? Algunos le llaman “mejorar la raza”, cuando en sí es “obligar la raza”. O machos coreanos, si las comunidades potosinas se niegan a industrializar el litio.

¿Quiere decir, usted, presidente, que se debe golpear en el eslabón más frágil, el que nos da vida, el que más amamos y más nos duele? ¿En la madre, la hija, la hermana, la esposa para doblegar al hijo, al padre, al hermano, al esposo? Vergüenza debiera darle.
4/8/11

Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 5/08/2011
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 9/08/2011

Thursday, August 4, 2011

El exilio y otras cosas de Isabel/MIRANDO DE ARRIBA


Un periódico británico publica un reportaje acerca de Isabel Allende. La pone a la par de García Márquez, Vargas Llosa y Fuentes. Quizá tengan en común cosas que son usuales entre famosos pero no creo justo, ni correcto, ubicar su seudo literatura con ellos.

Isabel tuvo un acertado momento para surgir. Un nombre, un martirologio personal y colectivo, el de Salvador Allende y el de un Chile que no menciona en sus textos, dándole -en apariencia- un toque misterioso y mágico a la tierra donde se desenvuelven sus más que mediocres personajes.

Isabel escribe melodramas que apuntan al romanticismo de la gente, de las mujeres en especial, un erotismo, eroticismo, de cocina, lejos de Wilhelm Reich. Intenta, en una falaz aunque exitosa moda, sazonar el sexo con especias o comida, siguiendo la triste huella de Como agua para chocolate y otros relatos livianos, mixtura de composiciones ajenas, lugares comunes e historias de mi abuelita. Una moda que actualmente crea escuela de cómo escribir basura. Y no es la literatura femenina la
criticada, pero una cosa es María Luisa Valenzuela y otra Carmen Serrano, como Jorge Amado era uno y Paolo Coelho el de abajo.

Otro drama isabelino es que Allende se ha agringado y en las charlas prefiere, norteamericanamente, hablar de cuantas veces hace el amor, su frecuencia matrimonial y necedades semejantes. Claro que siempre presente vive Salvador, tío o primo trágico, disponible para serias circunstancias.

Isabel comenzó a escribir a los 40, algo que la acercaría a Conrad, pero el polaco vivía mientras ella imaginaba. Afirma que la fatídica fecha del 11 de septiembre le quitó un país y le dio otro. Su Chile murió con el golpe -ella emigró dos años después- y su Estados Unidos nació con el ataque a las torres gemelas. Extraño concepto de patria o sólo más noveleras palabras con intenciones interesantes. Por supuesto nunca dejará este país con una creciente población latina de escaso nivel educativo aún y que se deleita, cuando tiene veleidades intelectuales, con sus llorosas erotosas latosas novelas. Un público similar la leerá en inglés.

Supongo que viene una novela sobre el terror de septiembre, plena de angustias pasionales, cuerpos frotados en hierbas, una mujer pobre de Sudamérica, un inversor de Nueva York, y la dicha del amor que se desnuda sin ver la muerte escondida. Se abrazarán al caer las torres y entre el asfixiante polvo tendrán la valentía de susurrarse un último te quiero.
26/10/03

Publicado en Opinión (Cochabamba), octubre, 2003

Imagen: Pintura de Fernando Vicente

Coleccionando Simón Bolívar/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cincuenta mil sellos postales, o estampillas si prefieren, posibilitan intentar variantes dentro de una colección filatélica, especializarse en tópicos, separar por temas, formas y cualquier deseo imaginable.

Con el tiempo, aparte de los álbumes dedicados a países, opté por juntar aves, mamíferos, reptiles y batracios; insectos, pintura y pintores; escritores y obras, dando como resultado excepcionales muestras de arte gráfico y multitud de referencias biológicas, literarias, geográficas, etcétera, posibilitando hallar mucho en esos minúsculos universos que vuelan por carta sin concepción de espacio, distancia o divisiones políticas. Como si en la filatelia se hubiese resguardado, más que escondido, la utopía.

Reunir escritores exigió más tiempo. Es fácil diferenciar a un cóndor de una foca, pero no tan simple decidir si el retrato impreso es el de un escritor, un presidente, quizá un músico. Hay casos obvios como Shakespeare y Tolstoi; otros como Camões y Senghor todavía eran fáciles, pero cómo adivinar que Camilla Collett, en sello noruego, escribía o si Bastos Tigre y Hugo Foscolo hacían poemas. Detalles resueltos hoy pero que se renuevan ante la aparición de alguna otra misteriosa imagen con apariencia escritora.

Hubo posibilidades truncas como hacer una colección de historia latinoamericana y la disyuntiva de poner a Luis Somoza junto a Mariano Moreno o a Bánzer con Belzu. Además de la impresionante cantidad de sellos que llevaría una vida clasificar, aparte de aprender detalles de cada personaje. Me decidí por uno: Simón Bolívar.

Los correos de las naciones bolivarianas crearon el mayor número de emisiones con la imagen del Libertador. Venezuela continúa siendo la más prolífica. Colombia tiene a Bolívar en muchísimos sellos pero, despertando pasiones y rivalidades antiguas, también a Santander. Sin negar la grandeza del venezolano, Colombia aclara su aporte "nacional" a la independencia. Panamá, en vano intento de desligarse de Colombia, a instancias, favor y presión de Norteamérica, no ha sido dadivosa con el hombre. Ecuador, Bolivia y el Perú cuentan con algunas estampillas, no tantas como debieran, por razones diversas. Ecuador fue apéndice de la gran Colombia, Perú se divide con el aporte de San Martín y Bolivia apenas debió su creación a un exceso de vanidad de Bolívar, lo que nunca quedó bien entre altoperuanos.

A tiempo del bicentenario de su nacimiento el mundo entero se sintió en el deber de honrarlo, o, en su figura, honrar las naciones que lo reclaman como su representante. Estados Unidos no, aunque en la sede de la OEA, en su capital, hay una estatua ecuestre del caudillo. Cuba, Rusia, España, Argentina, México, Brasil y hasta la India emitieron sellos conmemorativos. Su país, Venezuela, toda una serie que incluye su infancia, su familia, maestros, amigos, camaradas, preciosos cuadros de las batallas de Boyacá y Carabobo, el Congreso de Angostura y Simón Bolívar en la cumbre del Potosí.

21/10/03

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), octubre, 2003

Imágenes: Emisiones diversas de Simón Bolívar/Unión Soviética, Perú, Bolivia, Venezuela