Sunday, September 20, 2020

Nocturnos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escucho King Crimson. Diez de la noche. Visto lentamente los brazos, calzo las botas. El arte no evita el trabajo. Al menos estoy solo, dueño de mi destino. Lo haré hasta que crea conveniente. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, cantaba aquel cubano. Lo es, lo veo, lo siento, lo duelo.

Comencé a mirar una película argentina. Dos mujeres, casa vieja, fantasmas, un ladrón con máscara a la usanza antigua. Mi casa es añeja, la supongo de los años 20, pero puede ser más anciana. Denver era la joya del oeste, aquí venían a descansar en hoteles de lujo, con putas, los matadores de indios. Aquí está enterrado Buffalo Bill…

Avanzaron las horas. El reloj marca mediodía y diecinueve. La mañana comenzó con una suave luz de rendija sobre mi rostro. Aire frío que entibia. La rutina de andar en frenesí en un país frenético ha sido detenida a la entrada. Hoy descanso, con la misma fruición que el Creador después de la ardua labor de inventar figuras para que llenaran la nada.

Leo textos de amigos, exilios y más exilios: de Venecia a Cochabamba; de Sao Paulo a Seúl; de Virginia a Colorado. Rutas marcadas con ruinas. Parece que, a partir de los cincuenta, donde se contaban ganancias se acumulan pérdidas. Será la vejez, aunque Matusalén y los profetas procreaban en el centenario. Pienso en el doctor Fausto. Lo leí después del Wilhelm Meister; Ute Gumz me envió una postal de Goethe recostado en el diván, una famosa, pero su pierna colgante era, en esta, calavera. Las calaveras de Amiens… Las calaveras de Puebla… El calavera no llora, ni chilla; el calavera danza. Si todo es una cuestión medieval, de soles oscuros y de hombres con cabeza de pájaro, los mismos que atormentaban tanto a El Bosco como a Max Ernst. Cuatro consonantes juntas… muy común entre lo eslávico.

Vuelvo al cine. La pandemia cortó el ecrán. Lo retomo con una docena de creaciones diversas, del Caspio a Buenos Aires. Mientras tanto, mientras escribo en calzoncillos, cambio de la misa de Notre Dame, de Guillaume de Machaut, a Tommy Tutone, de esos años ochenta que agarré en postrimerías como todavía joven inmigrante lleno de pobreza y de hormonas. EAT, rezaba un cartel de Arlington. En ese comedero moderno infestaban las piernas juveniles de las gringas, los shorts que permitían ver esbozos de vello, también perdidos hoy que la moda es cargar el sexo afeitado. De Machaut, me decía Pablo Mendieta Paz, que a él, entre otros, había retornado Arvo Pärt hastiado de infructuosos caminos musicales. The Pretenders, ahora, con Chrissie Hynde maravillosa.

El día más lindo, lo dije siempre, es el domingo por la mañana. Ya pasó, es la una post meridiem, pero queda la luminosidad. Será, supongo, porque el domingo de infancia era de cine matinal. La espera de la semana para el acontecimiento, fuera El Libro de la Selva, de Disney, o Adiós Mr. Chips, con Peter O'Toole, que hacía llorar. Un amigo me pregunta de las razones “para estar aquí”. Le respondo que sin el recuerdo quizá no habría razón, pero que sensaciones, imágenes, personas, épocas, son el trasfondo de cualquier futuro, sobre todo de la esperanza a pesar de que a veces el castillo se deshaga y solo quede un mazo de cartas sin jugadores, sin Cézanne que los pinte.

Nocturnos que se volvieron diurnos, vampiros que ya no retornaron a sus criptas, que se rebelaron contra el rictus de lo cursi. Chopin que deja el piano y agarra el fusil y muere en 1848 o en 1863, cuando se alzaron los polacos, así el 63 él ya fuera olvido.

No calenté la comida. Bastó un huevo duro con sal y picante. Me distraje. Sueño con un libro de viajes por el este, en escribirlo. Basarme en una villa ucrania cuando me jubile y de allí Moldavia, Rumania, Turquía, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Polonia, Rusia, hasta donde aguanten los confines. Lo haré sin perecer en ello. Me hastié del trabajo, tuve mi parte, dura; ahora me toca escribir, sobre la comida, la geografía, la historia, los chismes de bar, los tejidos y la remolacha, los Campos Salvajes, el barco en el Mar Negro. Los ojos de Anna y las tetas de Snejana, la vida y la muerte, el amanecer y el orgasmo. Todo flotando en vino rojo de la puszta, anegada la tierra por el río del olvido con los insurrectos recuerdos vivos.

20/09/2020

Sunday, September 13, 2020

El pueblo al final del camino


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Domingo de mediodía. Caliento milanesas de pollo. Las hice picantes esta vez, con salsa habanera. Escucho el soberbio “pequeño cabaret ambulante” de Enrique Bunbury. ¿Qué falta para la melancolía? Nada. Están los sabores antiguos, el oriente en el comino, el sur con mejorana. Gracias a Bunbury, pasean por el departamento calaveras de mujeres desnudas de ropa y carne, batiendo la dentadura como castañuela andaluz. Clac clac. Cortinas cerradas de frente, abiertas de costado. Maúlla un gato y miro a ver dónde está pero es parte de la música. Escribo a Irina de Pilniak y Gorky. De los vagabundos que creo que estaban a orillas del Caspio, ese mar con forma de cacahuate, de maní tostado, salado, cochabambino, grande y superior. Había un nombre de mujer, en Gorky, que empezaba con V pero no era Vera. No lo voy a buscar aunque podría encontrarlo. No era Varna porque Varna es Bulgaria, el Mar Negro que Diana Kofszynski agita últimamente para hacer aflorar penas, hundidos barcos del Ponto Euxino.

“Un hueco en la almohada donde meter tu olvido”. Bunbury…

Temprano en la mañana suena el anuncio de que alguien deja mensaje. Lo veo. El veneciano, Maurizio, comenta, como un poco a diario, del extendido mundo alrededor, del arte y la grappa. Cuenta que manejó bicicleta por tres horas. Cuando menciona un lugar, y muestra fotos de perros recostados en el yermo, mencionamos La Chimba. Le digo que había un pueblo muy por detrás del aeropuerto, donde terminaba el camino. Es decir, se iniciaba otro que rodeaba el alambrado y se insertaba en el hediondo campo de La Chimba y las curtiembres, con desechos azules. Nuestro Finisterre, allí no nos atrevíamos nosotros. Tierra de nadie. Dice La Maica. No, no era La Maica, aunque también. Picha lo recordaría, menciono, porque le pedía que me llevara por aquella aridez mezclada de molles y sauces llorones. El tiempo cae en largos látigos del sauce. Sauce llorón, sauce llorón…

Retuerzo la memoria, la asfixio, ahogo su hálito dentro de un barril de agua. Y viene el nombre: Itocta. Se lo nombro, a Maurizio. Y dice que Itocta ha sido absorbida por la ciudad, con líneas de micro etcétera. Como Pucara, grande y chica. Alguna vez borrachera, en medio de tierra apisonada con agua de acequia, alguien preparaba ambrosía. Nunca me gustó y ni recuerdo si la probé. La chicha tenía color de polvo, sabor de greda. El sol filtraba entre vides amarradas a molles centenarios. Siempre el calor del adobe expuesto al sol, que es tal vez el epítome del mestizaje, el sol y España, esos dos vértices de nuestra peculiar desgracia.

Aparece Tiataco en nuestra charla. Para mí, un mítico bosque  de algarrobos entre Tarata y Cliza, cuando atravesábamos esos caminos de antaño en los “rápidos” de los tíos, aplastando gallinas y con la risa de una juventud que pasó como segundo. Para Maurizio, el lugar donde nace la Ñawpa Manca Mikhuna. No existía entonces. O dormía o remolaba. Veo en el mapa de google Tiataco. Acerco la cámara. Está registrado el bosque como patrimonio natural. ¿Quedará algo?, pregunto. No olvidemos que por encima de todo pasó el sangriento espectro de las razas, la suprema ignorancia de todos los actores que saben de superficies, epitelio, pero no llegan al hueso, a la controvertida razón de ser de nosotros, bien indios y sin embargo con otra sangre apasionada. Ni lo entienden ni quieren hacerlo. Este es macabro juego de imbéciles, ajenos al submundo que nunca murió y que está fuera de disquisiciones teóricas o arrebatadas estupideces, el nicho donde los arcanos son seres vivos y bregan los ídolos y los destructores de idolatrías. Violencia, claro, pero de una especie a la que no queda otra que encontrarse lejos de la veleidad y el vicio, si queremos pervivir. Ya funcionó el garrote y somos hijos de aquel. Y de los orfebres. El arte como refugio ante lo inexplicable, lo controvertido y la maldita belleza de la tragedia.

Volvemos a Itocta. Había un pueblo, decían los antiguos, bien en lo profundo de la tierra detrás del aeropuerto, en esa Cochabamba mítica de la que no se había explicado nada. La Coronilla tiesa, infestada de héroes y asesinados. Desde su altura se veía la lejanía. Detrás de aquellos cerros está Santiváñez, en caminos que transitó Manuel Ignacio Ferrufino, el ejecutado ancestro tan parecido al tío Hugo. Goyeneche no perdona. Observa la villa con catalejo desde una torre en lo que hoy es una gasolinera cerca del CITE. Detrás del aeropuerto está Itocta, que no se puede ver por los árboles. Pedía a papá, vamos a Itocta pero no íbamos. La vagoneta Volkswagen verde claro trashumaba por el valle bajo o subía hacia Tiraque, Tarata, Punata, Pojo, Arbieto y Huayculi. El agua de la Angostura era de adobe líquido. Itocta, el mito, hasta que con el tío Jaime, creo, fuimos, en el “rápido” Chevrolet rojo que tenía. El agua corría al costado de los caminos. Mita aquí y mita aquí no, pero rastro de agua, frescura de barro en mano. La ciudad Saturno engulló todo. El progreso infecta, es viruscorona y será hasta que termine el ciclo, cuando los sauces no llorarán y estarán secos de lágrimas, como cuando te deja una mujer que amabas y te vienes en avenida como río. Después el clac clac de las calaveras, la danza de la muerte.

Sueño con volver. Sé que escucharé aullido de hienas. Pero voy a otra cosa, a una búsqueda quizá inútil y fantasmal. Pero sé, indio que soy, de la perseverancia de la roca; español que soy, de la testarudez del recuerdo. Debajo de las piedras aún quedan tarántulas, apasankas; no todo puede ser destruido, no hasta que lo vea de nuevo y lo retrate. Que a eso voy, a recuperar lo que pierden y exterminan.

13/09/2020

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Imagen: Acequia/Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

 

Saturday, September 5, 2020

Nostalgias argentinas/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si me preguntan de tango, que qué orquesta prefiero, dubito, y por lo general respondo que Canaro, no solo porque Francisco Canaro le dio otra perspectiva al tango, ni por su historia ejemplar de miseria y tesón -igual a muchos otros, entre ellos Filiberto- sino por la versatilidad que supo jugar entre lo clásico y lo moderno, sin desvirtuar la esencia popular del baile y, en especial con él, del cante; por su extensión y su don. Pero hoy me llega de Buenos Aires, desde Caballito, un disco doble con Julio de Caro en el primero, de delicada esencia, y Edgardo Donato el segundo, con mucho ritmo y compás. Allí dudo, ya no dubito, y quizá prefiera a Donato como maestro, aunque bien al fondo los aires de la orquesta de Francisco Lomuto tercian en esta contienda de talento y de valor.


Hablar de tango, de mis padres, de música bien entrada en la noche de Cochabamba, mientras los hijos atisbamos la fiesta de los mayores y madre y padre se enfrascan en el cuchillero bandoneón de Antonio Bisio. Trajeron, ellos, consigo, el tango de Córdoba, de una época que consideran de oro, los cincuenta, aunque para mí el tango como joya termina cerca del año treinta.

Pero no es tango el tema, viene del tango, de las letras de A media luz que con sólo la mención de la calle Corrientes despiertan la nostalgia de tres visitas a Buenos Aires. Afirman que parece París y se equivocan. No es mejor pero no es menos, y es cercana y con mucho mayor querida. París está llena de franceses lo que la reduce, tal vez descompone, y, incluso con el dejo superdotado del porteño, éste suele ser afable y oler bien.

Respecto al olor, hay la anécdota entre nosotros, los hijos de mis padres, de la característica argentina más notable que diferenciaba ese país del nuestro: era el aroma, invasivo, predominante, que venía en las ropas, las valijas, la piel y cabellos de las tías que llegaban de visita. Era un "olor a Argentina", distinto, único, inexpresable e inencontrable en otro lugar. Dirán que la Boca hiede, que el Riachuelo en el verano emana aires de fetidez, pero incluso paseando por Caminito, en un café de Pompeya, en los mandiles de los médicos al sur, más allá de la inundación, perdura el inolvidable "olor a Argentina". Con Julio Dueri, por 1984, fuimos metalúrgicos en la ciudad obrera por excelencia: Córdoba. Acabado el día, hastiados de soldar, cortar barras de aluminio, pulir estructuras que construíamos para la feria internacional, salíamos los dos bolivianos negros y lentos por la calle hacia la pensión en que dormíamos. los compañeros argentinos nos recriminaban: "pibe, estás loco", porque ellos luego de la jornada se duchaban, vestían ropas limpias si no lujosas, se acicalaban y aparecían en la vereda como doctores, mientras nosotros arrastrábamos -si arrastré por este mundo...- nuestra fastuosa piel de hollín.

En el metro de Buenos Aires, soñando si por casualidad veríamos a Borges, nos sentábamos en Miserere, haciendo hora para ir a comer milanesas napolitanas con un litro de vino, y después correr a los dormitorios baratos que en Constitución significaban jóvenes y sudorosas muchachas holandesas de magnífica recepción.
12/11/04

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), noviembre, 2004

Imagen: Córdoba

Saturday, August 29, 2020

Carta para el amor de Irina


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 ¿Le escribo? Claro, a ella, en Poltava, lejos, en el otoño que comienza a brillar, en los árboles que la esconden. De amor no tenemos ni la presencia de la mirada, pero hablamos. Nuestros ojos y voz son palabras anotadas en el mundo virtual. Pasé por Poltava. Entonces sabía de ella, pero andaba en intereses ajenos, en sueños que se materializaron pero no parieron. La pequeña estación de buses de Poltava lucía la modestia de un mundo azotado por la historia. Los campos desde Kharkiv eran negros, aquel mítico color del mítico granero del mundo. Las mejores tierras, la más bella mujer.

Irina promete llevarme hasta Gogol, a los secretos escondidos de la rutina. A besarme en salones que recreó Nikhita Mikhalkov de Turgueniev. Besos en la cueva del talento, amores sobre el terciopelo del genio. Cuando era niño imaginaba los campos de Cochabamba como los espacios solariegos de las letras rusas. Me decía, sin saber ni conocer, que existía una tenue mas profunda hermandad entre nosotros bolivianos, pueblo básicamente rural, y los de allí. Que en Mirgorod o en el Stepantchicovo de Dostoievski habíamos nacido, vivido, y que allí moriríamos. Se lo digo a Irina, a su largo casi metro ochenta y verde pupila de gato, y supone que perdí el juicio. Le recito a Rilke que me regaló mi madre entre tantas cosas, y sé, de antemano, que en esos campos donde se enterraron los soldados suecos se agita la tierra para recibirme. Descansar donde se soñó estar, mucho pedir…

Manu Chao canta qué horas son, mi corazón. Recuerdo que sentado yo en las gradas de Eisenstein, de Odessa, del Potiomkin, en aquella explanada al lado de la estatua de Ekaterina reina rodeada de amantes, alguien del gentío puso en la radio que llevaba el Clandestino de Manu Chao. Una muchacha me abrazaba y le decía me gustas tú, como en la canción. ¿Qué voy a hacer? Je ne sais pas, je ne sais plus. Je suis perdu. Abajo el mar negro tenía ese color. Por ahí estaba la estatua de Richelieu; las horas tenían otro tono, el aire sabía a piel frotada con flor de lavanda. Turquía estaba al otro lado. Y creí ver las luces de Crimea. Quería, quise, uno ve lo que desea.

Me he puesto como tema estoico y obsesivo el ruso. Lo voy a hablar así cumpla sesenta y dos cuando pueda decirte que más que una dacha quiero una isba donde cultivemos patatas, y que en las noches estrelladas de la estepa hablemos de nuestros próximos viajes. A París, deseas. Me gustará; pero accede a ver conmigo Bujara, y Kazán. Y el Cañón del Sumidero, en el México lejano sur.

Si puedo trabajar como esclavo quince horas diarias, podré como amante darte quince minutos de revolver tu cabello, sonrojar tus mejillas y pintar de marrón mío tu blanca piel de crema flotando en el borscht. Imagina, haciendo mochilas para partir hacia Rusia, empezando por Belgorod, siguiendo las huellas de los tanques de la horrísona guerra. Baikal, el río Amur, el filme de Derzu Uzala y los tigres del Amur dispuestos a sacrificarnos como sabrosas piezas.

Irina, creo que van setenta cartas intercambiadas. Poco nos conocemos y mucho hemos leído. Iba a verte en septiembre pero la peste no concuerda con la pasión. ¿O nada hay más apasionado que la plaga? Quizá me equivoco. Desde los idus de marzo que lo planificamos. Quedan, por supuesto, esas misivas con la romántica lascivia de Catulo y las veleidades de César. Aguardo, espero. La mies se secará en los campos de Poltava, vendrá la nieve, pero tu piel será la misma. Tu sonrisa igual y tus ojos. Te pediré susurrar en ucraniano. No lo voy a entender y no importa. ¿Que si hay amaneceres nuevos después del desastre? Siempre. Y este viento se llama Irina: la tempestad y el alivio.

29/08/2020

Thursday, August 20, 2020

Infeliz año viejo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ray Charles atraviesa las congeladas calles de Aurora; en las colinas el hielo quiso caer por las paredes y se convirtió en cortina transparente. Nunca llegó al suelo.


Cruzo la entrada de unos apartamentos: The Cambrian. En Lowry, que fuera base militar con armas nucleares enterradas en casamatas, crece un asilo de ancianos en forma de L en medio del vapor de frío. Subo por el ascensor a las tres de la mañana. Me siento en el salón de estar, vacío a esta hora. Aunque alguien en silla de ruedas mira por la ventana sin moverse para ver quién entró. Pienso en mi padre, que se hubiera negado a la silla, y al favor de cualquiera. Prefirió morirse con el vozarrón intacto. En su café favorito, en la esquina Ayacucho y Santiváñez, el patrón afirma: murió un patriarca. Si se sigue la calle abajo, hacia el pasado de Cochabamba, una casona guarda la memoria anciana de las sillpancheras hermanas Hilera, en el llamado k'ullku que describía mi padre en ya historia muerta.

Me siento en un salón triste, salón de tres de mañana. Ajados libros en cirílico adornan los estantes. Alguna hora lo llenará de soledades. Miro, igual al inválido estoico, por la ventana. Un Papá Noel de tamaño natural, con las pilas casi agotadas, baila, fantasmal, festejando las navidades. De niño leía, cobijado por los padres, Canción de Navidad, de Dickens. Nunca antes, tal vez en David Copperfield, aprendí tanta tristeza. Este Santa Claus se me hace macabro. Gesticula y canta para los ausentes. De a ratos, alguna cuidadora de ancianos, etíope o somalí, pasa con trapos. Huele a orín, a excremento. Alguien grita en los pasillos ¿en el segundo, tercer piso?

Neil Young canta en un punto cerca de inaudible. Voy con los vidrios del coche abiertos. Ráfagas de quince bajo cero abofetean mi rostro de ambos lados. Me quiero dormir, cabeceo. Despierto sobresaltado y el paisaje se cubre de árboles canosos, de tronco oscuro. Sombras. Les hablo. ¿Eres tú, Joaquín? El hielo debajo de las ruedas suena como cristal quebrado, en una fiesta de despedida, no de fin de año, sino de fin para siempre.

Un mechón de tu pelo. He cambiado la estación. Cumbia sonidera. El listón de tu pelo. Es bailar pena, otra vez, abrazado a una mujer espectro, que nunca se ha ido y nunca permanece. El dormitorio de mis padres está al fondo del pasillo. Miro su puerta desde mi puerta. Diez metros, quizá, pero en esa distancia habitan mujeres de largos vestido y cabello negros. Con el auto he llegado a la intersección de Piccadilly y Hampden, colina arriba. Hay un parque allí, del lado izquierdo, con motivos tradicionales. Unas chozas, teepes indios, muestran siluetas de lo que no existe. La nieve cae, parece que viene de los faroles mortecinos que arrojan los copos. Me he detenido en mi propio western. Desde el Honda Accord imito al postrer cheyenne que mira la fértil hondonada hoy cubierta de mortaja.

Nunca llega la mañana, de Nelson Algren. Me lo dio Joaquín Ferrufino Murillo, el último de los descendientes del ahorcado, hace cuarenta años y recién lo recojo. Lo leo en su hogar, en su cama, con el saco todavía en el perchero, zapatos debajo de la cama, el poncho gris de Sanipaya doblado. Boxeadores polacos de los bajos de Chicago. Le gustaba ese mundo. Me gusta. Nos gusta. Algren revolcaba a Simone de Beauvoir enloquecida de pasión, aferrada a los hombres rudos, aburrida de su pequeño pensador. Culto de la hombría, Joaquín, lo decías mientras estirabas un brazo para alcanzarme Hemingway y las notas de Enzensberger sobre Durruti. Tal vez por eso, cuando me preguntan, el por qué no estoy sentado en una oficina con papeles garrapateados con firmas afirmando lo que soy en la pared detrás, les digo que adoro esta intemperie que me congela los pies y me aisla. Las montañas rocosas de Colorado traen una imagen que podría ser Cochabamba. Espero que se vaya el año y que no vuelva. En medio de la tormenta estoy con mi padre, observado por azorados coyotes que cazan conejos. En la radio suena un blues. Adiós, papá.
29/12/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 30/12/2014

Imagen: Joaquín Ferrufino Murillo

Saturday, July 25, 2020

So Long, Leonard Cohen


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Con Leonard Cohen mueren otra vez mis muertos: Fernando Vargas, en Virginia; Lorca; Janis…

Dos décadas más la mitad en que en un viejo e inmenso Cadillac encaramos a gran velocidad la avenida Constitución del Distrito de Columbia. Era septiembre u octubre, al amanecer. Habíamos devorado las botellas, Rolling Rocks, Budweisers, Michelobs; entonces no existía la moda de las Coronas mexicanas. Eso vino después. Y Guinness, oscura como sangre de negro. En la casetera: So long, Marianne… Íbamos a por putas o por muerte. Salud, Leonard Cohen, éramos jóvenes contigo y aquel otoño no agobiaba como este: las hojas eran rojas y ahora están caídas, raídas, marrones.

Mi hija Aly (Alicia, como su abuela) escribió anoche: “Thank you for being the soundtrack to my most important moments. You will always be my man (…).” Miré las matrioskas que detallan a Lenin, Stalin, Gorbachev, Yeltsin y Putin. Los libros detrás. Me preparaba para salir a la media noche; lo hago cada día. Y cargué con dos discos igual a si cargara revólveres: unos kaluyos de panteón y Leonard Cohen. Pensé en el poder, en la Norteamérica del día y recordé la tibieza triste y fina de Cohen confesando a Janis Joplin lo bien que se sentía, él, un hombre feo, de tener su amor. Dentro del Chelsea no amanece. Los difuntos no buscan luz: escriben poemas, versos y canciones. Y besan. O matan.

Entonces fuimos cuatro: Ronald, Mirella, Fernando y yo. Entre otras cosas y vodkas. La capital sonaba a Cohen y la almohada olía a mujer. Su cabello rubio extendido sobre la almohada como una estrella, o algo así.

Este texto cuesta, es empinado. Empedrado. Camino vecinal. Pesa enterrarse en el polvo. Tanto para decir y la garganta de los dedos se ha secado.

Pasaron ciudades, amigos, trabajos, matrimonios. Leonard Cohen permaneció fiel. Florecieron los cerezos de Washington. La nieve llegaba hasta la rodilla en Denver. La almohada pasó de blonda a pelirroja, la tarde a noche. Suzanne takes you down to her place near the river. Y no quise enamorarme porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río. Ya estás con Lorca, poeta. Take this waltz.

Para los sin dios, como yo, no vale la fábula de la vida eterna. Excepto en días aciagos, como hoy, porque aquellos grandes que siempre te acompañaron no pueden dejarte huérfano. Entonces, en forzada e hipócrita retórica les inventamos a Dios, un paraíso, arroyos y laureles, helechos, manzanos, porque no queremos que se vayan. Demando el Edén para los que no están y he amado, que del infierno me apropio yo; lo pido y me lo quedo.

Tres discos restan en casa, tres de Leonard Cohen. Todavía no los ha raspado ni distorsionado el tiempo. Son recuerdos de mi juventud en Washington DC, esa que bordeaba los treinta y se acostaba con pechos en sube y baja imitando pequeños corazones. Almorzaba con cerveza en los canales de Georgetown, mirando regatas. Descargaba cebollas con negros que antecedieron al rap y que tarareaban el futuro en retazos de blues y motherfuckers. Karen trepa al auto y lo enciende. Le extiendo un casette de Lou Reed. Terminamos observando a oscuras el cielo raso no estrellado. De fondo, una voz ronca recita: First we take Manhattan, then we take Berlin… Me acuerdo.

Cuando nos visitan amigos, ponemos de costumbre canciones de Cohen. Tenemos favoritas, claro. Que se calle el mariachi y no llore la Sandunga, porque canta el canadiense. Escuchen. Si quieres un boxeador, subiré al ring para ti. Por ti. Que se callen la Sandunga y la Llorona que el poeta viste calzones de peleador, y botas rojas estilo Muhamad Alí. Formas y colores del amor, igual a las palabras. Apareceré desnudo con botas rojas, sin botas, sin pies ni brazos. Igual he de abrazarte y cantarte y decirte que el frío en Takoma Park pasea con rastro de fantasma. La vecina observa tus pies elevados por sobre mis hombros desde la ventana. Y sueña.

Quise hacer un homenaje y me salen memorias de escupitajos multicolores, globos de carnaval, redondos y alargados. No veo mejor manera de recordarte sino en las escalinatas de un hotel neoyorquino al lado de una mujer de melancólicos párpados. Sé que te gustaría así, sin apego a la norma y con un vaso de por medio.

Quizá no puedo recitar de memoria ninguna canción tuya completa, pero me las sé todas. Tarareo mal y peor canto. No importa. Decirte que duraste más que la conjunción de mis amores. Eso ya es prueba de fe, porque, además, a diferencia de ellas, o de algunas de ellas, te irás conmigo en la muerte, te llevaré en el fuego. Poseo dos cosas: mis recuerdos y olvido. Ahí perteneces y alrededor danza un festín de mujeres.

Hoy he retornado en las horas hasta veintisiete años atrás. Volver a los veintisiete, y encontrarme ajeno a la simple idea de que mucho después vas a morir. No imaginamos el tiempo pero está, toca, toca las líneas del reloj.

Un Cadillac corre por Constitución vacía en domingo. Lo maneja un esqueleto. Adiós, Marianne, adiós. Hasta luego, Leonard. Letra de tango: en la tarde que en sombras se moría…

Recurro a mi hija buscando el acertijo de la esperanza. Aly habla con Leonard Cohen y le dice: You will always be my man… Luces de bengala.
11/11/2016


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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 13/11/2016

Texto incluido en EL ORO DE LAS ESTRELLAS EXTINGUIDAS (Volumen 15 de la Obra Completa de Claudio Ferrufino-Coqueugniot), EDITORIAL 3600, La Paz, 2018

Foto de portada: Aix-en-Provence, 1970


Sunday, July 12, 2020

Nombres y comidas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Siempre que paso por una panadería francesa que mis hijas adoran, quiero comprarme un postre Napoleón y no lo hago. Voy por lo salado, algún quiche, un boule redondo de corteza dura para untarlo con roquefort.

Mirando hace unos días el filme Linhas de Wellington, ideado por Raúl Ruiz y culminado por Valeria Sarmiento, su viuda, aparece el gran John Malkovich como Arthur Wellesley, duque de Wellington, y le explica a su pintor francés el plato de carne de res que lleva su nombre. Si bien no está claro, y nunca lo estará, si el Beef Wellington proviene de él, cabe perfecto en la escena donde con meliflua voz el actor susurra que no sabe si está bien que una comida lleve el nombre de un personaje como él. Suaves como suelen ser los ingleses, así el que derrotó a Bonaparte fuese de origen irlandés. Carne envuelta en pastelería y jamón de Parma. Delicioso. No común pero tampoco imposible de conseguir en Denver. Y los Napoleones están en todo lugar, a veces hasta en grandes supermercados.

Los rivales de Waterloo devorados por la gula popular. ¿Metáfora de la historia?

Cuando El Prado cochabambino era el Prado, antes de estrambóticas edificaciones y nueva riqueza, se servía en algún bar un Lomo Ferrufino. Pregunté a mi padre, albacea de la historia familiar, de dónde provenía este nombre. Dijo que de un pariente que se hacía servir en las mesas de la acera con peculiaridades cuando ordenaba su plato de asado. Habitué como era, los garzones ya sabían qué ordenar para el rutinario y la denominación quedó. He olvidado la receta y mi padre no está. Ha de evaporarse el lomo en el tiempo como todo. Hará unos años, indagué al respecto. Desapareció del Savarin y etcéteras. Todavía lo servían en el Miraflores. Un nombre, no otra cosa, ya sin memoria detrás.

Como los Napoleones que dice que se inventaron en Rusia en 1912 para conmemorar el centenario del triunfo contra la Grande Armée, con niveles de hojaldre de forma triangular recordando el bicornio del gran corso. El Beef Wellington recuerda las botas del mariscal…

El Café Fragmentos fue en tiempos del 96 en adelante una institución cochabambina. La mejor música, la mejor comida; belleza y simpatía de sus dueñas. Su deliciosa hamburguesa sigue siendo mi receta; igual las alitas picantes. Legados de un hombre de 36 enamorado de la vida y los cabellos oscuros. Mucha historia en paredes, sillas, mesas, caipirinhas y rones. Elis Regina y Gladys Moreno. Raimón y Toninho Ferragutti.

Ahí, en ese Fragmentos que a la larga hizo honor a su nombre y legó pedazos dispersos, Ligia añadió al menú un emparedado fino: el Emparedado Coqueugniot, en pan de miga y con la receta de atún de mi madre. Creo que ya no está; la delicada ensalada fue engullida por circunstancias, como la lluvia desgasta el hermoso afiche, reminiscente de la revolución rusa, de Rage Against the Machine que colgaba en la puerta de entrada. Hoy somos, mañana no, cantaba o recitaba alguien ¿Benjo Cruz?

Suena la cueca El regreso mientras escribo. Hierbas bolivianas… ajíes y choclos waltacos. Todavía tengo las cortinas cerradas porque estoy en calzoncillos. Nadie observará mis piernas en este mundo ajeno, pero por si acaso… En el filme de Valeria Sarmiento, uno de los personajes, hermosa puta, lleva el nombre de Martirio. Martirio que da placer. Demasiado cercano…

Ejemplos de nombres asociados con comidas sobran. Unos pocos para refrescar el día, distraer las horas, recordar.

Recordar.
12/07/2020