Thursday, December 9, 2010

El destino de los libros/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escucho constantemente que los libros se convierten en objetos, que hay que desapegarse de ellos, que tienen un tiempo, el de su lectura, y que después engrosan la lista de lo inservible, etc. No me sucede. Mis libros son como mis hijas, siempre cercanas, pero también como mis mujeres, desperdigadas por el mundo. Pero jamás objetos: sujetos de amor y de recuerdo.

Esto a raíz de un correo electrónico de un joven novelista cochabambino, Christian Jiménez Kanahuaty, que me cuenta que caminando por los libreros de calle en el correo ve una edición de Sur de El Cuaderno Negro (Lawrence Durrell). Dubita: Sur es garantía de buena literatura. Toma el libro, lo hojea, y en la segunda parte está mi nombre con tinta roja con el detalle: Córdoba, 15 de octubre, 1985.

Resulta que sé el momento exacto en que compré aquel libro, y la época, cargada de Anaïs Nin y Henry Miller, con Durrell como un triángulo mágico y renovador dentro de aquel exquisito menjunge amoroso-literario que fueron Nin-Miller. Y que ese cuaderno negro del eroticista por excelencia, el inglés, apareciera así en las calles de Cochabamba, en venta, sin yo saberlo, me contrae el alma, si la tengo.

Los detalles de su aparición (perdición) no interesan. Lo concreto es que escapó de mi dispersa biblioteca y ya no es mío, y con él se desvanecen aquella tarde cordobesa del 85, caminando por la Cañada, soñando que alguna bella argentina se interesara por mí, y terminando el día en los andenes del ferrocarril, cerca de la avenida Madero, solo, pero no desventurado. Penaba un amor, entonces, creo, o dos: el de una alta ibérica con caderas de ensueño y/o el de una francesa que me engañó con su marido y huyó al borde de un riacho insulso en la campiña de Francia, desde donde escribía
nostalgias no tan suaves como su pecho.

Pienso en mis libros como apéndices de una vida confusa, desarraigada, cuyas únicas raíces se formaron, y se forman, en páginas siempre nuevas, siempre más, cambiantes y únicas. Mi espacio pertenece a mis libros, cuando ya los efluvios de los perfumes de Eva se han por ahora disipado.

Esas manos anónimas que hurgan en los recovecos de mi vida y extraen libros para ofrecerlos a un sol al que ya no se exponían, no me dañan en sí, tocan un punto íntimo de sentimiento donde habita el dolor.

El novelista que es dueño hoy de lo que fuera un instante mío laborioso, debe sentir la dicha de tener entre sus manos no un objeto sino un cúmulo de sensaciones de una época particular.

Los libros son seres vivos que no hablan porque son inteligentes.
070/9/09

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Publicado en Opinión (Cochabamba), septiembre 2009

Imagen: Lawrence Durrell, en una tapa de LIFE

Los misiles de Hugo/MIRANDO DE ARRIBA


Tratos de compra de material bélico por valor de 4 billones de dólares. Eso fue a buscar Hugo Chávez en su viaje a Rusia.
Hay que preguntarse cómo un país que importa buena parte de su comida y cuya deuda externa llega en los últimos años a algunos 15 billones, puede darse el lujo de adquirir misiles de mediano alcance dizque para defenderse. El miedo es un mal consejero; el pánico peor.
Hubiese sido más simple para este idiota uniformado, ridículo como todos los militares latinoamericanos sin haberes de guerra pero sí de represión, llevar a Venezuela, en el auge de los precios del petróleo, por el camino de la industrialización, del fortalecimiento de la cultura y la educación, de -sobre todo- lucha contra la pobreza sin demagogias ni infantilismos de izquierda. No lo hizo así porque supone ser el mesías que la revolución perdió hace ya mucho.
Hace poco estuvo en España, con su adláter de color: Evo Morales. Estas dos caricaturas revolucionarias fueron a hincarse ante el Borbón. Creí, si no leí mal, que a los revolucionarios no les gustaban los reyes. Incluso Stalin bromeó ante Churchill al respecto en Teherán. Pero no hay parangón entre aquellos santos que arrojaban bombas para desintegrar las monarquías y estos arribistas que lo único que saben es lamer las huellas del poder. Pronto estarán siendo bendecidos por la mano impura del Papa. Tal vez así, con la venia de la Trinidad hecha carne en el fraile germánico, logren sobrevivir un tiempito más.
Evo, con lágrimas en los ojos, como bien corresponde a un mendigo, se hizo perdonar la deuda que Bolivia tiene con España. Tendrá dolor de rodillas de tanto arrastrarse. Un país que se precia no anda limosneando por ahí. Y menos alguien cuya retórica es supuestamente incendiaria. Tal vez el monarca le habrá regalado una librea para que no olvide su condición de indio lacayo, porque eso fue a representar Morales en Madrid. Y eso no me representa a mí como boliviano, porque jamás doblaré el cuerpo ante ningún Borbón ni cualquier otro hideputa rey. Lo servil para los serviles...
¿Y Hugo? Feliz con su camiseta, regalo de don Juan Carlos, y el rezo "¿Por qué no te callas?" que refresca al zambo su lugar frente al patrón. De qué sirven misiles, wiphalas, y demás vainas si no hay dignidad en los líderes de hoy, si ante cualquier gesto cortés del Primer Mundo, se deshacen en puterías.
Se va a tardar en recuperar el tiempo que estos dos han demorado el progreso. Ojalá que el último chillido histérico de Chávez no sea un intento de guerra, porque lo barrerán de la historia. Y si sucede, Morales retornará a su chaco, que, según dicen en el área, jamás trabajó por ser muy flojo...
14/9/09

Publicado en Opinión (Cochabamba), septiembre 2009

Imagen: El mundo al revés

Tuesday, December 7, 2010

Gloria en Quillacollo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Siempre hierba y pechos. El sol quema la espalda, la mermelada y las galletas...


Calles, cañas huecas, eucaliptos; agachados a encontrar un espacio de cama, aunque llueva y el barro y las hojas muertas nos pinten las piernas de olor.

Pero no nos sentamos más con los vasos amarillos.

Diez años. Los amigos arden los edificios de la ciudad de Los Angeles (parecen rojos tulipanes). Diez años; tú o la ciudad, o tu sexo pavimento nuevo, oscuro, tibio, o tus pechos trepan al sol.

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Publicado en Revista Signo (La Paz), enero-abril 1994
Publicado en Presencia Literaria (Presencia/La Paz), 04/1992

Imagen: Egon Schiele/Desnuda sentada

Monday, December 6, 2010

Jorge Suárez


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El poeta, narrador, periodista, hombre de televisión, Jorge Suárez nace el 26 de marzo de 1931, en La Paz, Bolivia.

Marcado por el sino de la época, Suárez, como la guerra del Chaco (1932-34), es un autor que resalta los marcados contrastes de su madre patria; su prosa se traslada de una geografía a otra. Se hace diverso. Del humor amargo y andino de "Hoy fricasé" (1953) se desplaza al trópico y semi-trópico del oriente nacional. Allí, en "El otro gallo" (1989), considerada hoy la mejor novela corta del país, y su ingreso formal a la narrativa, es un escritor de temperamento y temperatura diferentes, una amalgama, dentro de su originalidad, de Horacio Quiroga y Gabriel García Márquez, de la tragedia imprevista a la exhuberancia natural. Lo separa de la fatalidad quiroguiana un humor perpetuo, quizá para confirmar aquello de Hermann Hesse de que los únicos genios son los humoristas.

Suárez es escritor de búsquedas continuas y de grandes sueños, que en él se hicieron grandes realidades. Si León Felipe, hablando del Quijote, versificara en Bolivia, como lo hiciera en España, acerca de que "ya no hay locos", allí estaría plantado, firme y sonriente, Jorge Suárez para desmentirlo.
¿1991? ¿1996?

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Imagen: El poeta Jorge Suárez, su esposa Martha Urquidi y la hija de ambos, Mirella 

Leadville/CUADERNOS DE NORTEAMERICA


Dicen que John "Doc" Holliday mató aquí. Todavía se mantiene el viejo Saloon. Son las montañas de Colorado, y los desmontes de las minas hablan de oro, plata y esplendor. No lejos, cruzando los cerros, comienza la llanura, sola ya, sin marrón. Quedan las granjas de los colonos, absurdos hitos de una tierra sin fin. Hay vacío; incluso entre los pinos ha perecido el sueño, con el último osos levantado sobre sus patas, presto a morir.
Antiguas casas de Leadville. El sol se oculta con antifaces rojos. Son montañas verdes con ojos de lago. Estoy, en el balcón, cuando se cansa la tarde, con mi niña, mirando las piedras, respetuoso.
29/8/91

Publicado en Opinión (Cochabamba), 29/8/91
Publicado en Presencia Literaria (Presencia/La Paz), 1/9/91

Imagen: Old Leadville

Calle H/CUADERNOS DE NORTEAMERICA


Estoy apoyado en la pared, con amigos negros. Es el día de la calle H, de este lado del puente (del otro comienza el barrio blanco). Hay sol de mediodía y Barry, el alcalde, saluda sonriente desde un convertible.
Se termina el brandy. La noche se consumió y matamos la mañana intentando recuperar el sudor con alcohol. Extraño, este hispano lleno de bigotes, metido entre negros de dientes claros.
Washington, ciudad. Es tu subterráneo en el que viajo al sueño. Largas casas, piedras y callejas; acá estoy, lejos, pero me acodo en el piso y bebo cognac de 1989 bajo la fiesta de la calle negra.
25/8/91

Publicado en Opinión (Cochabamba), 25/8/1991
Publicado en Presencia Literaria (Presencia/La Paz), 1/9/91

Imagen: H Street, Washington DC

Friday, December 3, 2010

Tropografía: muestra de arte fotográfico


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Radoslav Pazameta (Zagreb, 1957), y Aldo Cardoso (La Paz, 1958), exponen fotografías en "Trazos", entre el 12 de septiembre y el 5 de octubre.

En Tropografía hallo dos espíritus. En Rade Pazameta la expresión es vital, en el sentido de la angustia, de la ira, de la fortaleza de la tensión muscular. Sus fotografías dan sensación física, masculina porque siendo hombre la asimilo así. Es fotografía no solamente de espacio sino de entorno tactil. Sin mostrar el piso, su obra tiene la seguridad del apoyar los pies contra él y sentir el placer de su afirmación. Cómo decirlo: sus hombres y mujeres, aunque parezcan diluidos en el aire, son terrestres. No es necesario hacer tomas realistas para hacer realismo poético. Así lo demuestra. Lo no visto no significa que no está, pero al esconderlo, o velarlo, le damos atributos intelectuales y sensoriales que no le daríamos de ser éste obvio. He ahí un logro.

En Aldo Cardoso es diferente, no opuesto. Aldo emerge de la forma con sensualidad, algo logrado en escultura por Brancusi. La piedra en Brancusi -la imagen en Cardoso- posee textura de seda. El fondo, negro en los más casos, contrasta la palidez del cuerpo; el fondo torea la silueta, la relaja, la suaviza. El uso de este telón es importantísimo, en cine o en fotografía. En Jan Saudek hace resaltar la figura, como saliendo del papel; en Aldo envuelve sensualmente al objeto o al sujeto-objeto.

Me gustaría hacer una comparación: si bien la fotografía de Lee Miller. fotógrafa norteamericana, y temporal pareja de Man Ray, era esencialmente femenina, la obra, masculina en mi opinión, de Radoslav Pazameta es cercana a ella. Pienso en la etapa de la vida de Miller que pasó fotografiando los Balcanes, Rumania. Técnica y formalmente Miller y Pazameta no convergen en una misma ruta, pero la esecia que transfieren es muy parecida. Quizá la fotografía de guerra de Lee es la que más los relacione. Rade es un fotógrafo de ilusión y tragedia. Lo trágico vive en la expresión facial, pero la abstracción del entorno, que en la realidad puede ser horroroso, nos da la claridad suficiente para ilusionar. Aunque, como ya dije, esa sombra que es el alrededor y está abstraída, es igualmente tocable; de ahí la realidad poética del arte del fotógrafo croata.

Aldo Cardoso, de obra más femenina, con todo lo elogioso que ello significa, se conjuga, paradójicamente, con el trabajo de Man Ray. Sus desnudos se relacionan extraordinariamente con los del artista neoyorquino. Un torso atravesado de rayonizaciones, de 1930, encuentra su igual en una pareja desnuda cruzada de líneas negras, de 1996. Si bien las circunstancias, características, y quizá objetivos sean dispares, las dos imágenes hermanan a los artistas. Y cuando Man Ray dobla el torso femenino, le da un doble mayor detrás, Aldo lo entiende como un hombre y una mujer, uno de frente y la segunda de espaldas. Un mismo criterio, es posible, y dos perspectivas.

Sin ironía, porque no hay ironía en arte, ni siquiera en El Bosco, la fotografía de mayor fiereza, la de Radoslav Pazameta, se encuentra con Lee Miller, mujer, y la de Aldo Cardoso, sensual e íntima, con la tenazmente masculina de Man Ray.

Las fotos colgantes de Aldo son extraordinarias. Noches ha, en la rojitud de su estudio, me mostró un seno fotografiado que encontramos apenas al entrar en la exposición. En ninguna de las digresiones que dijimos, sobre imagen y literatura, él mencionó cómo presentaría dicho trabajo. Era bello en principio, pero ahora está mejor. Como lo anoté en el cuaderno de visitas, al diseccionar la obra la ha hecho abstracta, un real abstracto, un juego de espacios luminosos y sombríos. Ese seno no es el mismo, allí colgado, a las diez de la mañana, a las dos de la tarde o en el crepúsculo. En una fotografía cortada en cuadros, por cuyos instersticios se mueven constantemente luz y sombra, Aldo Cardoso ha encontrado la respuesta que buscó Claude Monet cuando pintaba y repintaba la catedral de Ruán.

En las fotografías de Rade atisbo pinceladas de etnicidad, siendo lo étnico una representación hermosa de los pueblos. En él quizá es espíritu de folklore. No hablo de cosas típicas. es que los rostros que nos presenta son como un juego de máscaras en un intenso y grandioso escenario. Su arte, arte popular, se asemeja a las representaciones medievales de la Europa oriental.

Para Aldo Cardoso, en realidad para mí a través de Aldo Cardoso, el cuerpo humano es la forma física esencial ante la nada. Aldo fotografía, al fotografiar cuerpos, la naturaleza total. Su juego técnico convierte un cuello en montaña, un pecho en luna. Si se estuviese encerrado, lapidado voluntariamente en vida, como el mago de Lublín, de Isaac Bashevis Singer, para olvidar la tentación de la carne, olvidarnos en verdad, hallaríamos que las formas externas habitan en nosotros, y que un doblar de piernas puede crear un bosque, un codo, una colina; y que no hay inteligencia en la abstención.

En suma, una excelente muestra. Aldo me hizo pensar, con su mujer de pie, dividida en dos, en Lucas Cranach, en Mabuse. Ya ha hecho Eva. Debiera, con el mismo detalle, crear la contraparte Adán y mostrar ambas fotografías como un díptico en un sitio público para que su belleza sea colectiva. Gracias.

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), domingo 22 de septiembre, 1996

Imagen: Fotografía de Aldo Cardoso