Thursday, March 10, 2011

Nostalgiosa Cochabamba/MIRANDO DE ARRIBA


Una postal de 1910, "Calle Amiraya, Cochabamba", muestra dicha calle, corriendo de sur a norte porque al fondo se ve la montaña, como una senda, en despejada mañana, hacia la nostalgia.

En un portón de alto muro blanco conversan dos "caballeros", mientras figuras de mujeres, de vestimenta oscura y chal sobre la cabeza, se alejan al lado del largo lote anexo al mencionado muro, con cerco de adobe, alto también, y gigantescos eucaliptos; el frente muestra una hilera de casas, de macizas paredes, que tendrían patios interiores y huerta detrás, invisibles en la fotografía. Esta orilla de la calle Hamiraya -o Amiraya- quizá tiene remanentes dispersos en la Cochabamba de hoy, tan dada al olvido del pasado, tan charra en sus gustos, tan pobre y tan triste en su apreciación de lo que fue, a la vez que dinámica en su imitación mixta y desenfrenada de cualquier cosa.

Aquel sector de la ciudad, la calle del tema, la Tumusla, la Falsuri, la final General Achá que terminaba en las escaleras de un bordello popular; la Santiváñez con casas viejas que poco a poco se derrumban, o las derrumban, con viejas sillpancherías a donde me llevaba papá tratando de reavivar su juventud y su historia propias, siempre cargaron para mí un dejo de tristeza incomprensible. Cierto, y vuelvo a mi padre y sus historias, que me enteré con los años del acontecer diario del lugar, la casa de la tía Zaida con un recordado arbusto de granadas, fruto que hoy, en las urbes del capitalismo mundial, se ha convertido como el arándano en fruta milagrosa, maravillosa. Les aseguro que no quedan granadales en Cochabamba, así como hay menos parrales casados con tumbos, o matas de hinojo creciendo al lado de las pilas mal cerradas de un lechugar.

No hay que esconder el cuerpo al progreso. Aparte de ser un destino suele ser beneficioso cada vez más para mayor número de gente. Pero ello no debiera significar la destrucción de la memoria. Qué queda de este patio inmenso que contemplo en fotografía de la calle Hamiraya, dónde están las frutas hoy desconocidas que plagaron la infancia. El hecho radica en aceptar lo que somos, aún más lo que fuimos, y relacionar ambos con las posibilidades de un mundo frenético y tecnológico. No hablo de tradición, menos de tradición mal interpretada, que podría nombrarse estupidez, sino de preservar detalles que nos hacen únicos, que aquellas calles hoy idas, las higueras al interior de las casas coloniales, el aroma del cedrón al amanecer, no estorban al progreso; el obstáculo vive en la idiotera natural de quienes desearían ser otra cosa, tener otro color, otro apellido, no haber nacido en esta desdichada pero hermosa Cochabamba.
10/3/08

Publicado en Opinión (Cochabamba), marzo 2008

Imagen: Plaza 14 de septiembre, Cochabamba/fotografía de Rodolfo Torrico Zamudio

Saturday, March 5, 2011

Ligia lejos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No entiendo el portugués de Cabo Verde, dices. Y sigo, insisto, qué quiere decir esto. Estoy alegre. Te invité a un almuerzo ficticio. Y lo aceptas. De pronto bailas conmigo, aunque ayer pasabas rápida, camino de dónde, ya no importa.

Limpiaba esta noche los resquicios negros del tiempo, en las esquinas de casa. Es marzo, cumpleaños de Emily, el séptimo; y ella y Aly duermen ya. Saco la mugre de las sombras con tenedor, a falta de un estilete largo. Pero canta Cesarea Evora, la misma que bailábamos cuando por fin me miraste. Entonces dejo tenedor, jabón y trapos. Sacudo un poco mis rodillas de andar agachado y me siento a hablar contigo desde lejos, mirando caer las tardías nieves de marzo. Y duermen las niñas, te lo repito, y quisiera estar juntos ahora mismo, escribiéndote una carta para explicarte que te amo, que un año y medio que en realidad, entre nosotros, son cuatro meses de cuerpo y catorce de ausencia, ha pasado. Pero no quiero que pase más sino que se quede como se quedan estas canciones de Cesarea, para siempre, a mano.

Siempre me gustó el portugués. Tengo un afiche de algún museo de Nueva York que anuncia el homenaje al idioma. Fernando Pessoa, Cesareo Verde, Jorge Amado y su esposa; Nazaré Pereira, Chico Buarque, los barrios de San Pablo donde compré ¿te acuerdas, Claudio? discos: Queen, Neil Young, una pelota de fútbol de salón, poleras para hacer deporte, un barco imaginario que nunca varó en Santos y no pudo llevarme a desembarcar en Génova e iniciar mi viaje hacia París y a mi destino final, en los bosques de Würtemberg, donde supuestamente me esperaba Antje.

Santos, el mar negro y los cafés miserables donde comí emparedados de jamón, lo cual era un lujo para mi juventud y mi pobreza. Llevaba una bolsa verde, larga y militar, que me sirvió de almohada en la Rodoviaria, no para dormir sino para vigilar lo poco mío en la paranoia que me habían descrito. Y escuchaba el dulce idioma, portugués, y me gustaba la aventura de tener veinte años sin saber qué hacer. Repentinas y siniestras lluvias de la ciudad de San Pablo; los policías montados que parecían elegantes.

Si hubiera sabido entonces, Ligia amor, que caminabas la misma ciudad que mis pies, no hubiera perdido el tiempo ensoñándome, me habría ido a tu casa y te habría robado hasta mi pieza de hotel, frente a la Estaçao da Luz.

Han regresado las nieves. Te esperé durante el largo invierno. Había puesto flores de cubrecama para tu llegada. En octubre, mientras secaba mis ropas luego del trabajo, acomodaba cuadros en las paredes; en noviembre, cuando iríamos a Los Angeles, para presentarte a mis amigos...

Los Angeles se esfumaron en tres noches con jarras de cerveza y arte, con un poquito, un mínimo de tu voz la noche del veintisiete. Diciembre me acomodé a leer: Octavio Paz y Kenzaburo Oé, George Orwell y Alejandro Jodorowski. Enero fueron tangos, cumbias, sones y movía los pies estando sentado... hasta ahora, aguardando tu día de "voltar".

Recuerdo tu café, la mesa de la esquina, al lado del mostrador, donde estabas siempre, y leías a un muchacho boliviano cuando te dije que mejor te sentirías a mi lado que leyendo a un niño; y desde entonces no nos hemos separado si es que acaso se puede llamar unión a estos cuatrocientos veinte días sin ti.

Ligia de cabellos negros, caminas por la calle Ecuador, conmigo, a la izquierda, a la derecha, por la calle Venezuela. Entre la casa donde viví con Francine y la otra te pido un beso, y me lo das chiquito. Torcemos por la 16 de julio, cruzamos la plaza Constitución y frente al pasaje de los judíos me dejas otro beso, chiquito, y la promesa de una llamada que tardará cinco días más en cumplirse, porque a partir de allí no te veo, aunque solícito y tuerto te llevo una grabación de Brassens, otra de Atahuallpa Yupanqui, "Bella Ciao", y sigues sin aparecer mientras hablo con Miriam y Cristina, tus amigas, y trato de aparentar una calma que no tengo.

marzo de 1998, en K-24, East Archer Place

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Sucre), mayo 2008

Imagen: Fotografía de Jan Saudek/Hungry for your touch, 1971

Friday, March 4, 2011

Muammar al-Qadhafi: el ocaso de un demente


Me equivoqué. Meses atrás, o un año, un par de años, escribí acerca de la paradoja de un mundo que avanzaba frenético en lo tecnológico, la modernidad, y por otro recurría cada vez más a estructuras político religiosas obsoletas, a decir -entonces- el fundamentalismo islámico, y caricaturas menores, verbigracia Evo Morales, con parafernalias circenses muy a gusto de los coterráneos carnavaleros y de los culposos europeos ávidos de lavarse la mácula colonial.

Lo creí, incluso auguré un estado fundamentalista en Irak, luego de la debacle de la invasión y el desastre, cosa que no ocurrió. La rencilla entre secularismo y religión en Palestina ha llegado a punto muerto. Pareciera que Hamas no puede ya extenderse por arriba de lo que logró, y el Líbano de Hezbollah es eso: el Líbano de Hezbollah…

Irán amenazaba. Su ideal de convertirse en definidor de la región, frente a los otros grandes, India y China, y la todavía, aunque de soslayo, influencia rusa, era asunto a tomar muy en cuenta. De pronto, el programa nuclear iraní, la exportación del ideario islámico hacia el mundo, el cuestionamiento de los valores de Occidente como caducos y depravados, en oposición a cierto luminoso retorno al espiritualismo y la mesura, supuestamente reflejados en el Corán, ponían tonos sombríos al futuro. La escisión, el cisma, vino de donde jamás se hubiera pensado: de los países árabes, de una juventud atenazada en la mentira y la miseria por décadas y cuya aspiración es la de participar de forma activa en un mundo nuevo y novedoso, como corresponde, abstrayendo de momento el panorama más amplio que sugiere que las oportunidades por cierto nunca serán las mismas para todos.

Por ahora no interesa. Lo que un verdulero tunecino, Mohamed Bouazizi, inició al prenderse fuego en protesta por la corrupción y la injusticia, ha desembocado en un movimiento cuyas ramificaciones alcanzan cada rincón. Ya no hablamos, en relación a los países árabes, de protestas en contra de los Estados Unidos e Israel, que si bien justificadas se mimetizan por debajo de problemas mayores como son el desempleo, la pobreza, el robo, el enriquecimiento ilícito, la estática de la miseria, mientras los bocones se llenan los bolsillos bajo retóricas ya insufribles como las de la “revolución”, la “igualdad” y etcéteras que semejan haberse hundido en el marasmo de los desperdicios.

Said Gafurov, economista ruso de origen asiático, y estudioso del fenómeno Qadhafi y Libia, escribía en 2004 acerca de las similitudes de las políticas social y económica del líder libio con los escritos de Pedro Kropotkin, a quien, afirma, dudosamente conociera el coronel. Su teoría da detalles “concretos” de su aseveración, y se podría en algún momento ceder ante el embeleso de que Libia fuese el primer lugar histórico en donde el discurso kropotkiniano anárquico se estuviera experimentando de manera real. Nada más falso, presuntuoso y especulativo. Sus generalidades también darían lugar a declarar el reino de Evo Morales-Alvaro García Linera, en Bolivia, como una sociedad anarquista regida por comités populares, el gobierno de la masa. Este tipo de demagogia ejercida en Libia, Bolivia, Venezuela y otros esconde el detalle sobre quién agarra el mango de la sartén, y quién se beneficia materialmente con la falacia del mandato popular.

Un amigo me decía que al fin en Bolivia “el indio estaba en el poder”; lo hacía a la vez que cosechaba réditos de su adhesión lambiscona al masismo, en forma de tierras, contratos, con prerrogativas que no tienen el indio ni el ciudadano común, y que no tendrán. Aparte, y caso semejante entre esa región de Noráfrica y el centro de Sudamérica, se pone en juego el aspecto mesiánico -nada más lejos de Kropotkin, Proudhon o Bakunin- para legalizar el oprobio, el saqueo nacional en beneficio de pocos. Hoy Alvaro García Linera canoniza al inconmensurable Evo y a su patria de nacimiento. Habla, marxista poco ortodoxo es obvio, de lugares “sagrados”, e insta a “rezar” por el bien del semidiós camino de ser dios, cómodo lugar desde donde se podrá lucrar sin temor a cuestionamiento o crítica. Muammar al-Qadhafi dice, mientras asesina a los que protestan, que “los que no me aman merecen la muerte”; lee del Libro Verde el castigo por disentir. Por supuesto, él ha sido ungido con el bastón de la realeza, al mismo tiempo que con el de la divinidad, y su grandeza no puede ser criticada y menos mancillada por la chusma, que en turba se levanta en defensa de elementales derechos de libertad y supervivencia.

Nadie esperaba embate tal en pueblos que se daban -los daba yo- por perdidos en la maraña psico-religiosa de los últimos años. Sin duda la juventud árabe mira hacia occidente, a su relativa estabilidad democrática, a un nivel de vida que a pesar de los espejismos del capital sobrepasa la pobreza asoladora de sus naciones. Y no es que se quiera minimizar el proceso social cuando se afirma el rol jugado por las redes sociales, Facebook, Twitter, en la organización de la protesta. No se trata de “a Facebook or a Twitter Revolution”, sencillamente se utiliza un medio masivo de insospechado alcance para coordinar tácticas y estrategias, o sólo para informar y convocar por encima de los medios tradicionales y por debajo de cualquier espionaje o represión, los pasos a tomar en cuanto a la realidad que se vive y se desea transformar.

Túnez, Egipto, Bahrain, Yemén, Libia, pronto Argelia, Irak, Marruecos, Arabia Saudita, quizá Siria y Jordania, la secesión del Darfur sudanés y, al final quiéralo así la historia, Irán, ya subvirtieron el viejo orden y lo han de volcar, fundar otro cuyas bases se asienten idealmente en el respeto a la libertad, aunque bien sabemos cuánta ficción existe en esa libertad mentada y mentida en las democracias representativas donde también se explota. ¿El mal menor? Tal vez por el momento, en un siglo aún incierto, sin saber el rumbo que ha de tomar el mundo. Pero no hablamos ya de destinos premeditados. Lenin se ha hecho, esta vez para siempre, anacrónico, junto a Mao, a Hitler, bin Laden, a cuantos nombres se desee incluir en la galería de defenestrados notables. Marx tambalea en la cuerda floja, pero buena parte de su teoría económica puede sin embargo todavía servir como explicativa. El empobrecimiento de un gran sector de la sociedad norteamericana da posible cabida a que se tenga que hablar en EUA de algunos aspectos sociales, económicos, en términos marxistas. Pero, claro, las ideologías como las entendimos hasta ahora huelen ya a responso. Incluso la enigmática Bolivia de “socialismo comunitario”, similar al “socialismo islámico” de Qadhafi, llama a contravenir las teorías formales y a reinventar la historia.

El hecho de mayor importancia de lo que ocurre en el Mahgreb es que el islamismo si bien se ha adherido a las protestas ha sido dejado de lado como protagonista o siquiera instigador. La revolución irania fue el mejor ejemplo de aprovechamiento de los ayatolas e imanes de un alzamiento popular. En principio, lo que pasó en Persia se debió a la lucha de la izquierda o al liberalismo de centro que no soportaba la permanencia de un régimen represivo, corrupto, elitista. Lo que no supo la oposición fue no dejarse avasallar por las corrientes religiosas que azuzaba Khomeini. Los revolucionarios que derrocaron al Sha terminaron en prisiones o ejecutados por sus eventuales aliados. Error que no parece ha de repetirse acá. La Hermandad Islámica egipcia, a pesar de su alta calidad organizativa, actúa al margen de un instante que la excede. Por supuesto perdura el riesgo de repetirse el síndrome persa en cualquiera de estos países, aunque lo dudo. Hay, y no es factor menor, una explosión tecnológica que revoluciona el orbe. La ciencia como nunca permite al individuo sobrepasar la manipulación u ordenanzas de los gobiernos. La tierra se ha convertido en un ventanal desde el cual se contempla todo en perspectiva. Y poco pueden hacer magnates, oligarcas y tiranos para prohibir el acceso a la información, al conocimiento como se tiene ahora.

Los días de la dinastía Qadhafi están contados. Ojalá se pueda evitar una salida “decorosa” para el dictador, como quizá quisieran los que hasta ayer fueron sus socios: Europa en grande, Italia en particular, y hasta los Estados Unidos, que, junto a Gran Bretaña, dieron la opción al coronel de amigarse con Occidente, con miras a aprovechar no sólo el petróleo sino el más apetecible gas natural que Libia tiene en grandes reservas. Se le perdonó un pasado irreverente y criminal para acceder a las riquezas. Hoy, con un inmenso pero, Occidente está ante la disyuntiva de apostar por el futuro o apostar por la obsolencia, porque el movimiento de los jóvenes árabes también afectará a los ricos del orbe. Volvemos a lo mismo: aquí se exige un borrón y un reescribirse el contexto.

Muammar al-Qadhafi y sus crías terminarán colgando de faroles como frutos muertos de un detestable pasado. Precio que hay que pagar. Sus dotes de bufón y cortesano ya no bastan para salvarle la vida. Ahora verá cuánto dura la confianza de sus “amigos”. No hay peor soledad que la de un dictador. Al final el último amigo que le queda es una burda cuerda entrelazada en las manos de un ignoto verdugo. Saddam Hussein lo supo. Cuando le ajustaron el cuello llevaba un modesto terno sin corbata; no se había rasurado. Cuando Qadhafi se retuerza en la horca que le instruirá el “pueblo” del que tanto habló, sus entorchados y sedas y oros y tules que lo decoran no servirán para mucho, ni para limpiarle los orines chorreando por los pantalones otrora omnipotentes. De nada le servirán sus billones. Erró en su apuesta. Se mareó como se marean aquellos que creen ser elegidos, que aspiran a quedarse en el poder eternamente como un principesco don natural.

Volviendo a la comparación de Gafurov, me gustaría ver en qué parte del pensamiento ácrata se estipula el desmesurado enriquecimiento de los guías. No imagino a Buenaventura Durruti pagando, como los hijos de Qadhafi, un millón de dólares a Mariah Carey por cuatro canciones. En primer lugar, no estaría allí, y menos escuchando a esa aullante ninfa de la mediocridad, y mucho menos gastándose el dinero de los que trabajan. La riqueza de ellos desmiente cualquier palabreja que hayan escupido en torno a revoluciones e igualitarismo.

No hubo democracia popular ni gobierno de masas en Libia sino una exultante megalomanía y crimen. Que el coronel diese dinero y apoyo a los combatientes de la liberación palestina, los irlandeses del ERI, que alabase a los japoneses de Omori y considerara a la Fracción del Ejército Rojo alemán (Baader-Meinhof) como luchadores de la libertad no lo aliviana de pecado. Siempre me pareció una contradicción, que tal vez entienda por la coyuntura, las circunstancias, que gente como los alemanes del FER recurriesen a la ayuda de Qadhafi o Idi Amin. No era Che Guevara a pesar de intentar serlo. Al menos a Che la muerte lo liberó de las pésimas posibilidades que brinda el poder.

¿Las lecciones de Libia? Sorprende el silencio de otro descollante milico bufón: Hugo Chávez. En principio rebuznó cuando lo de Egipto. Ahora calla, porque lo que se desarrolla en Libia puede bien ser próximo panorama propio. Por eso cedió ante los estudiantes huelguistas. De pronto, tal vez no es tan tonto y su imbecilidad es sólo producto de la maledicencia popular, y se da cuenta que el tablero está cambiando: que el juego de los peones importa más que el de los reyes, y que el fin de Qadhafi también puede ser el suyo en las inesperadas vueltas de la vida. Le convendría vestirse de demócrata, pero supongo que es tarde, y la encrucijada en la que se ha metido ya no viene de caminos llanos mas de recovecos donde se ocultan insospechadas intrigas y seguros castigos. Pobre Hugo, se habrá despertado del sueño y visto que sus deseos de presidencia eterna son neblina. Qadhafi carece de vías de escape, con las que todavía cuenta él. Pobre Hugo, tal vez te perdonen... ¿Qué hacer? El único que parece no darse cuenta es el fementido Evo, aleteando en un universo que le inventaron y que le quedó grande. Porque, seamos precisos en esto, la espada de Damocles ya le cayó a Evo en la cabeza y la riqueza que habrá acumulado emulando a su carnal libio puede que le sirva mejor para la fuga. No se malentienda, en Bolivia no pasará lo de Libia; en Bolivia lo de Libia es pan de cada día y siempre lo fue, y sueña el pobre hombre al que le hicieron creer que era Dios con la eternidad, cuando su poder tal vez ni llegue a su próximo cumpleaños.

Y que Al-Qadhafi no descanse en paz.
26/2/2011

Publicado en Semanario Uno 399 (Santa Cruz de la Sierra), 4/3/2011

Imágenes: Caricaturas de Hassan Bleibel (Líbano), 2011

El voto latino/MIRANDO DE ARRIBA


Hillary Clinton es la candidata demócrata que atrajo, y lo hará todavía, el voto latino en los Estados Unidos. El problema de Barack Obama está sobre todo en la cuestión racial y en el recuerdo, para este grupo humano, del gobierno de Bill Clinton que fue de bonanza.

Siendo las dos minorías mayoritarias la latina y la afroamericana, en ese orden, no es extraño que haya prejuicios y resquemores entre ellas. ¿Qué garantizaría a la población latina la presidencia de un afroamericano? Apenas comienza la brega entre estos dos grupos humanos por adquirir preeminencia en una nación que ya no es del "blanco", y cuyos nuevos espacios deberán ser ocupados por miembros de uno u otro bando.

A tiempo de las grandes manifestaciones, un año atrás, para dar estatus inmigratorio legal a doce millones de indocumentados, muchos líderes negros alegaban que esta lucha no tenía relación con la suya por los derechos civiles durante la década de los sesenta. El mensaje era que ellos tenían más derecho que los otros a la herencia del país. Y ese es un aspecto no intrascendente o pequeño y que surgirá indefinidamente en la pugna por adquirir una situación prioritaria en un nuevo esquema nacional.

Existe, además, profundo racismo entre los latinoamericanos residentes en EUA hacia la población negra. El latino, como el asiático y núcleos menores: ruso, bosnio, etc. conserva para sí opiniones y caracterizaciones raciales despectivas hacia el negro y que eternizan los prejuicios que marcaron la historia de los Estados Unidos. No es inusual que las minorías combatan entre sí para halagar al grupo mayor, y para ubicarse en situación tal que permita la inclusión y quizá un futuro reemplazo dentro del grupo dominante. Y es en situación tal que aparece un líder negro con posibilidades de ser elegido presidente y cuyo destino depende en gran medida en cómo han de votar los latinos en noviembre de este año.

Cabe pensar que en caso de que Hillary Clinton no obtenga la representación demócrata para los comicios, los votantes latinos se inclinen hacia el candidato republicano John McCain, quien, en referencia al problema inmigratorio, es accesible y hasta favorable hacia los inmigrantes. Barack Obama no ha expuesto un programa claro y definitorio al respecto, lo que le resta posibilidades. Obama tendrá más votantes blancos a favor suyo que latinos, mientras que la señora Clinton, por el peso del pasado concreto, abarcará a ambos sectores por igual.

Entre los latinos hay carencia de liderazgo inteligente, lo que implica que sus votantes irán a las urnas atiborrados de lugares comunes y con escaso análisis.
30/03/08

Publicado en Opinión (Cochabamba), marzo 2008

Imagen: Alfredo Castañeda/Recuperación, 1971

Thursday, March 3, 2011

Escribir en Bolivia. Cuatro narradores opinan



El fin de semana pasado se realizó en la ciudad de Cochabamba el encuentro de escritores de todo el país donde debatieron en torno a la consigna “El escritor como lector de la literatura nacional actual”. Extractamos fragmentos de los textos leídos por cuatro de ellos

Claudio Ferrufino: El escritor y sus vínculos


Se debe partir de la premisa que ser escritor o editor en la Bolivia actual no es negocio; no se vive de eso. Contrariamente a lo que parece, debido al crecimiento poblacional, cada vez se lee menos porque cada vez se compra menos. Al no haber un fondo nacional para las artes, o si al existir no sirve, artista y productor divagan en la orfandad. No se puede pensar, por ejemplo, en el cine mexicano actual sin el apoyo económico, el patrocinio del fondo para las artes, y una burguesía progresista a la que le interesa invertir en la cultura nacional. Bolivia no cuenta ni con lo uno ni con lo otro. El ministerio de Cultura, al igual que todo el sistema gubernamental está a punto de caerse. Pilares endebles sostienen al país y la permanencia de Bolivia como nación independiente se relaciona más con la magia que con la política internacional. En lo desolado de este paisaje, el escritor nacional se adecúa a sus escasas posibilidades y crea a pesar de ellas; produce, quijotescamente, textos en cantidades ínfimas, e íntimas, cuya trascendencia no superará más que reducidos espacios de amistades, círculos de lectura o eruditos. ¿Cómo salir de ambiente semejante?. El arte y la literatura, encuentran sus maneras de prescindir del espacio alrededor y de manifestarse de todos modos. Pero una cosa es crear y otra que la creación pueda ser difundida. Y arte sin público es huérfana vanidad. El problema radica en que la minimización del espacio editorial reduce las capacidades productoras del autor. Existe una suerte de decantación obligada donde pocos crecen y muchos se ahogan, sin necesidad de que ello signifique la persistencia de los talentosos y el fin de los mediocres. Por lo general se da el caso opuesto y es el imperio de la mediocridad el que subsiste y se retroalimenta en una cadena cuyas ramas tocan espacios diversos. El material de que dispone el autor boliviano, aparte de aquellos subjetivos que son inherentes a un patrón humano común, es de impresionante riqueza... El escritor, como serio representante de la cultura nacional, si existe una, o se propende a una, necesita un espacio apto. La literatura es la ventana por la que podemos mirar, en retrospectiva y también hacia el futuro, la vida de las naciones. Si no se le dan los medios de hacer esta representación, de plasmar el paso de su nación sobre la historia, el escritor es un talento traicionado, y, sobre todo, un ciudadano engañado, lo que viene ya a ser una cuestión política que empuja a soluciones político-sociales. Simple respuesta de complicados resultados. No permitir un desarrollo normal del arte nacional, vetar la cultura como se hace en Bolivia, empañarla y disminuirla, significa que quien gobierna no tiene, o la habilidad, o el carácter o la buena voluntad de hacerlo entre muchas otras cosas que también debieran realizarse. Se debe prescindir de los obstáculos prescindibles, llámense éstos ejércitos, iglesias, partidos políticos, corrupción, personas que impidan el progreso. Pero viendo el panorama boliviano, la falta de ideario y de ganas, el tiempo que camina hacia atrás, tal vez no sea posible.

Publicado en Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 9/agosto/2003

Wednesday, March 2, 2011

Las razones de la Historia/MIRANDO DE ABAJO


 Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A veces la dinámica de la Historia nos hace olvidar detalles del por qué las cosas suceden de algún modo, que para la ignorancia parecen impredecibles, pero no para el análisis. No significa que recule en mi válida indignación hacia un gobierno “indio” al que considero traidor, ni que cambie mis desafectos hacia sus representantes, pero merece la pena reflexionar acerca de las causas de males como éste.

Escribo en un artículo más extenso pero de otra índole sobre lo que me obliga a redactar estas líneas, pero la importancia del antecedente, y la magnitud del horror, hacen que al menos en parte lo mencione. Me refiero al trato sufrido por las poblaciones nativas en los años que siguen al embate español en América, y que seguramente existió también en mayor o menor medida, dada nuestra condición de hombres bestia, antes que los barbados y entre grupos lugareños en nombre del poder, de la superioridad étnica, de las fobias religiosas o de la simple barbarie.

Conversando con mi padre acerca de la última novela de Mario Vargas Llosa, El sueño del celta, salen a escena memorias de la historia oral cochabambina, que “rescatan” del difícil olvido a personajes monstruosos como Armando Normand, capataz de la compañía cauchera Arana en el Putumayo de amarga memoria. Como lo dije, detallaré en otro texto los entretelones del asunto. Ahora me limito a recordar, con espanto, las sádicas delicias de este cochabambino hundido en la vorágine del trópico, su atormentar constante al indio, el Otro por antonomasia, el Enemigo, a quien puede aplicársele lo desmedido de la crueldad blanca, porque cualquier crimen o abuso se justifican en aras de una supuesta misión civilizadora donde el papel maligno de sus representantes, como Normand, se absuelve por lo duro que significa iluminar con la luz de la razón a los que viven en tinieblas.

Y Bolivia fue, es, y siempre será país de indios. Drama, beneficio -mácula para algunos- imposible de ocultar. Escondo mis brazos en camisas de manga larga Daniel Cremieux; escondo el origen entre dos apellidos compuestos, italiano uno, francés el otro, pero cuando desvisto mi imagen a solas miro mis brazos lampiños que me hablan de orígenes distintos, diversos, obligándome a aceptar que el Otro soy Yo, y que en la comprensión de esta incomprendida amalgama radica el venero del futuro promisorio, aquél donde ya enfermos como el capataz cauchero, violando, quemando indígenas vivos después de rociarles kerosén, decapitando e iniquidades otras sin nombre ya no existan, donde los linchamientos comunes a la sociedad boliviana, en nombre de justicias comunitarias vilipendiadas por crímenes tales, no rememoren la angustia de la diferenciación.

Muchos se preguntan el por qué de Evo Morales, qué nos llevó a caminar los albores de un estado que bien fácil puede convertirse en el Haití de los Duvalier. La respuesta es sencilla: los desmanes del blanco o sus secuaces, indios y mestizos. La ignominia o el descaro del abuso. Que hay que combatir lo que se viene, el esbozo de un falso estado indio pleno de impunidad, no lo niego. Y lo combato mientras y cuando escribo. Pero no hay que olvidar que hubo el caucho, como el estaño, como la plata, como la cocaína, el beneficio de pocos, generalmente de característica étnica distante, y el expolio del resto; no hay que olvidarlo, porque de hacerlo, ya cuando Morales no esté, retornaremos a la escenificación del oprobio que siempre nos dolió y no nos deja avanzar.
21/02/2011

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 02/03/2011

Imagen: Fotografía de un pongo boliviano

Tuesday, March 1, 2011

Emily a los quince/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Caminé apresurado por el centro de Washington DC, bordeé el parque y entré al George Washington University Hospital, para asistir al nacimiento de Emily. Tres años antes, desde el viejo aeropuerto de Cochabamba, partía hacia Virginia en búsqueda de rumbos nuevos que la casualidad me deparaba. Llevaba dos libros: la obra completa de Jorge Luis Borges que comprara en Buenos Aires el año 84 y la entera poesía de Emily Dickinson. La elección quizá no fue casual. Borges representaba una amalgama única de América y Europa que en un momento también perseguí y se prestaba a este preciso viaje. Dickinson era Norteamérica en su más íntima y profunda faceta.

Cuando nació mi hija el seis de marzo de 1991, ya su nombre estaba predispuesto; se llamaría Emily en recuerdo de Emily Dickinson. Nombre tenaz que pareciera haber ejercido en ella suavidad y ternura pero también solitud.

Ese libro se ha perdido en los múltiples traslados del exilio. Ediciones en inglés reemplazaron sus páginas. Sin embargo rememoro, como un anhelado fetiche, aquel volumen que traía desde la polvorienta Bolivia, encendido en sus páginas el hálito de quien habría de venir de mí para decorar la mentira mundana.

Emily fue una niña sonriente. Bailaba a la intemperie mientras el viento azotaba los desmontes mineros de Leadville, Colorado. Con los días -como todos- se ensimismó; crecer llaman a la tristeza. Por un período encerróse melancólica para luego despertar con brillo pícaro en los ojos.

Ahora tiene quince y se considera tan washingtoniana como cochabambina. De Estados Unidos le gusta la vida natural, la protección del ambiente. Ideas que desde ya joven la oponen a la centrífuga política de locura que acarrea este gobierno. De Bolivia recuerda los perros vagabundos que se paran al borde de los caminos esperando que les arrojen un trozo de pan. Le gusta caminar por la Cancha y revisar una a una las monedas viejas, cobre y níquel porque plata ya no hay, y comprarse algunas para su colección de historias que presume escondidas en el frío metal.

Lee, mira cine y es melómana. Mantiene su dormitorio como una cueva secreta con multiplicidad de objetos chinos, nativo-americanos, quechuas, africanos; un display de piedras y cristales coloridos, de ignota procedencia los más; una crítica sobre El Señor de los Anillos pegada en la pared, libros de magia y el núcleo de su biblioteca: los vampiros.

Me acusa (dulcemente) de haberla iniciado en el gusto por esos fantasmas de la noche. Tal vez porque a tiempo de ser ella y su hermana Alicia muy pequeñas mirábamos repetidas veces el negro romantismo del Nosferatu de Herzog. De entonces a ahora se convirtió en erudita del tema. Realizó una presentación escolar sobre Vlad Tepes, príncipe de Valaquia, y su actual relación con el mito literario-cinematográfico creado por Bram Stoker, tomando perspectivas históricas como ficcionales. De fondo puso en su computador personal una compilación de gitanos rumanos cantando penosas canciones campesinas, a la par que la voz de Stoker leía párrafos de Drácula. Consultó a Radu Florescu, Montague Summers y mapas relativos. Indagó en Turquía y Grecia para una muestra sorprendente.

Adora a U2 y presumo amor juvenil hacia Bono, el cantante. Talking Heads y Cat Stevens la acompañan, amén de magníficos corales sobre la tradición cátara. Dice que en ella se conjugan sangres irlandesa y noruega, hispano-quechua y colla; Rusia, Germania e Israel; Francia e Italia. Le contesto que le envidio la amplitud de sus razas, sus facciones que reflejan la extensión del universo. Así son sus gustos en comida. Se desvive por carne cocida al estilo mongol, por una pasta putanesca y delira por gnocchis; prefiere el chicharrón del sur al mexicano, y el fricasé. Un buen bife argentino puesto a la parrilla con sólo sal gruesa, como debe ser, y un gusto andino exclusivo por la papa.

Esa es mi Emily, hoy, quince años después.

I meant to find her when I came. Emily Dickinson habla en este verso de la Muerte; yo hablo de la Vida.
06/03/06

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), marzo 2006

Imagen: Emily pensativa