Tuesday, November 11, 2014

Lituania, Letonia, Estonia, los pueblos del ámbar


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Elina Malamud y Héctor Dinsmann viajan por Lituania con un par de escapadas a los vecinos bálticos. Ella escribe; él acompaña (Los pueblos del ámbar/Txalaparta, 2004), y, sin esperarlo, me cae la infancia de lleno en estas tres de la mañana de un ventoso Colorado con presagio de lluvia-nieve. ¿Por qué la infancia?, porque esta no tuvo empacho en habitarse de hadas y cazadores de osos, de pantanos de la Rusia Blanca y fortalezas en los bosques de Vilna. Oscar V. de Lubicz Milosz martillea en mi memoria diciendo que allí “todas las cosas tienen el color apagado del recuerdo”. Aunque hay tanto verde en las páginas de Malamud que parecería una contradicción, sin serlo. Esa nostalgia, melancolía, peso histórico y mítico, permea incluso lo más colorido del otoño o lo luminoso del verano. En Vilnius y en Kaunas, donde el universo se concentra en piedra y madera.

Quise anotar, delinear un recorrido plagado de hitos para escribir una reseña, pero lo poético de su trashumar, entre el asombro y el análisis, me descuidó. Mejor, me dije, agarrar con firmeza el asa de un amplio jarro de cerveza y convencerme de que hasta la realidad puede parecer sueño, y que hay -o había entonces (apenas lograda la independencia)-, todavía, espacios de recogimiento ajenos a la zozobra. Casas con entramado, color -y sabor- de chocolate, miniaturas, cuernos animales, linces, saunas con un calmo y a la vez tétrico silencio, como en el filme finlandés del mismo nombre, tanta historia; ni qué mencionar sangres y esfuerzos, que es hasta indecible convencerse de la placidez de la narrativa en tal mareo geográfico de trágicas aristas.

La comida… Elina Malamud recorre en paralelo esa experiencia, que es quizá la más íntima de la historia de los pueblos, desentramando nombres con ánimo de conocimiento y de búsqueda de los ancestros propios. Viaje hacia sí misma en territorio fraterno pero desconocido, donde la memoria colectiva de los suyos presiente que puede bandearse sin riesgo y que sin embargo carga el peso de su exilio. Devora un kotlet, no otro que el katlet ucraniano que comíamos en la Pequeña Rusia de Denver con Yefim, tipo de hamburguesa apanada que en su simpleza relata una abigarrada pluriculturalidad, a pesar de la contraparte dramática de saber nosotros que en ella se cocinaron sangrientas diferencias nacionales.

Cuando escapan a Estonia mantienen la imagen de que por sobre toda la región se cierne un aura mágica. Se debe tal vez al olvido, a que los países bálticos han quedado atrapados en el ámbar que trabajaron sus pueblos por siglos. Tienen brillo, lucen, pero semejan hechizados de inmovilidad. La historia se procesa, Gediminas, el medioevo, los caballeros teutones, los Jagellón, polacos y rusos, tártaros, suecos, Riga, Tallinn, el fuego y la destrucción de la guerra y, sin embargo, en cada página, la sensación de plácida modorra, de tomar el sol en una veranda con cerveza y café, en éxtasis contemplativo que se equipara a dulce muerte.

Se detienen en Tartu. Hacia el oriente -sigo yo camino de Pskov y Leningrado- yace el lago Peipsi, donde Eisenstein hundió a los caballeros germánicos en su épica del príncipe Nevski. He leído que es una zona detenida en el tiempo, incluso con Viejos Creyentes que siguen creciendo las barbas como en el siglo XVII y extinguiéndose. Rusos refugiados en Estonia; hombres escondidos de los demás y del tiempo.

Pablo Cingolani, el señor de Río Abajo en una ciudad aymara con veleidades ultraterrenas -La Paz-, me regaló este libro. Creo que por nuestras conversaciones virtuales del más allá y el más aquí, porque a él tanto como a mí nos apasionan estos relatos, que van desde castillos lituanos hasta la coca antigua de los yungas de Arepucho. Me oyó hablar en mi escritura del enamoramiento con el centro y este de Europa, cómo me considero la triste reencarnación de algún poeta menor de Hungría, y el malhadado esbozo de un halconero de la taiga, lo que no me impide ser perspicaz y despierto en cuanto a hilvanar los caminos de los hombres y las encrucijadas de su matrimonio y/o su desencuentro. Supo que en esta obra, con anotaciones manuscritas de Elina Malamud, lo que lo convierte en joya, encontraría guiños de lo que ando buscando.

Lo disfruté en dos vuelos de avión: de Miami a Panamá, y de Panamá a Cochabamba. No dudé en creerlo, que al desbrozar los matorrales de la belleza báltica, y mirando desde el cielo la majestuosidad del Mar del Sur, reanimaba la odisea de Balboa. Extraño sentirse explorador en un amarrado asiento de vuelo comercial; ese el encantamiento de la lectura, poción mefistofélica del eterno amor y también veneno.

No importa lo que se encuentre, y Elina Malamud sabe decirlo dejando abierta la posibilidad de otros viajes; lo que vale es el pasmo, la expresión boquiabierta de lo sublime en lo simple. Pisar una piedra antigua es de por sí trascendencia, y trascendente es ordenar un plato de un menú en idioma extraño. Tal vez nos toque un lenguado cocido a la manera de Danzig, de los casubos de Masuria, o algún brebaje en donde aparezca un viejo mago que tajante exclame: "¡Yo soy Merlín, y dormirás diez siglos!" (Mark Twain).
03/11/14

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 11/11/2014

Imagen: Cubierta del libro

Monday, November 10, 2014

Socorro/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace mucho que mi casa se ha perdido. La zamba dice “la casa ya no es la casa”, o “la casa es otra casa”, y claro que me entristece.

Ligia me cuenta sobre las colinas de Socorro, estado de San Pablo, Sao Paulo, Brasil. Como todos los pueblos o ciudades de interior tiene ese aire de que allí se cuece el país. Por eso los gringos hablan del profundo sur, o de la médula que se agita en los villorrios de Wyoming y Colorado. Manejar por ellos, con Roadhouse Blues a todo volumen, y una risueña imagen de Kerouac que saqué de un stencil en pared, es penetrar al meollo de la cuestión, de la historia, de la belleza, del racismo, de las reuniones abiertas del Klan en los roads de Arvada, según me cuenta Koronado Apuzen, filipino que tiene en su interior una alegría boliviana que le contagia su novia Isabella, mitad cochabambina, mitad socorrense… hija de Ligia.

Socorro hoy es una pequeña ciudad llena de lugares elegantes y de excitantes empresas de turismo aventura state of the art, el último grito. Por sus rápidos descienden kayaks, y en las nubes se cuelgan visitantes entusiasmados con un bagaje de ensueño. Pero Ligia ya no reconoce su lugar natal. Éste se hundió con el recuerdo, con la muerte de sus padres, en los recodos de la Serra da Mantiqueira que atravesándola llevaba al mítico mundo de Minas Gerais, cuando uno todavía cree en diamantes, en príncipes azules y en orcos antediluvianos que viven allí desde antes que Tolkien.

Es que Brasil ha entrado en la carrera de la modernidad. Y este éxito notable, que traerá alegría e intensidad a la existencia de sus habitantes, también será el mayor creador de nostalgia. No al principio, y el inicio con facilidad será de 50 años, o país mais grande do mundo mirará hacia atrás, hacia lo perdido y querrá recuperarlo. Tarea no imposible, pero difícil, porque en cincuenta muchos ya se habrán ido, las retretas en el kiosco de la plaza, donde el sonido de Pedrinho Jazz Orchesta, la banda de Pedro Ferragutti, padre de mi esposa, no toca más. Aires de choro y chorinho se esfumarán por el aire, mientras que las retroexcavadoras atruenan el espacio del cielo que antes perteneció a la música.

Qué viva el progreso, claro que sí, pero con la delicadeza de no atormentar el silencio plácido donde se refugian las horas pasadas, las mal llamadas horas muertas.

Socorro fue un oasis de italianidad en este enclave semi-tropical del Brasil. Los calabreses huidos de la miseria y la Camorra hallaron allí el ideal de vivir en paz, asegurados al trabajo, a la exploración y explotación de la tierra, a poseer un universo donde ya no existían indios y había escasos negros. Antes no había tanto prurito de igualitarismo y a nombre de ello se desdeñó a gente que era eso, nada más que gente, como todos los otros.

Cada domingo la población se reunía en la plaza y, al ritmo de la banda, las mujeres daban giros y más giros alrededor, mientras los hombres permanecían parados. Pedro y sus dos hijos mayores tocaban allí, sin falta, cada semana. Trombón, batería, clarinete y/o saxofón deleitaban al público con marchas y pasodobles. Lo mejor del año sucedía entre el 13 y el 15 de agosto, donde se veneraba, o festejaba, a Nossa Senhora do Socorro, que en procesión despertaba la lujuria de las rústicas congadas y el golpeteo cadencioso de tambores y pandeiros. Mientras lo cuenta, se le caen a Ligia los párpados italianos en esa incurable enfermedad que se llama melancolía.

Durante el carnaval, comparsas que no eran las todavía inexistentes escolas de samba, danzaban en medio de disfraces que valientemente arriesgaban un divertido travestismo. Gigantes de zancos aterrorizaban a los niños, como aquellos que en Yellow Submarine combatían contra las fuerzas del Bien. Casi una premonición, en la que ganaron los buenos ya que los hombres zancudos jamás retornaron a la fiesta.

Dos clubes se disputaban lo mejor de la sociedad, o lo peor tal vez. La clase media se reunía en el Club Quince de Agosto, mientras el nombre del otro establecimiento se le olvidó, porque entonces uno iba a donde le correspondía y no a cualquier lado.

Las marchinhas de Momo, que de a poco fueron convirtiéndose en las sambas de enredo actuales, se confundían con la noche. El samba de Sao Paulo, que es samba itálico, blanco, y no negro a diferencia del de Rio, aún no había incursionado por los bordes del poblado. El erotismo que llegó con el dinero no atravesaba los muros íntimos de los hogares. Hoy que se vende el carnaval brasileño como la magnificación del sexo, no significa que siempre fuese así, aunque Vadinho y su verga de goma lo desmientan en los embaldosados de Bahía.

La urbe tenía la imagen de un sueño. Pedro Ferragutti vivió de joven allí, pero para los hijos un viaje semejante olía a aventura hereje. Cierta vez, cuando dormía yo en una casita montañera de Lodève, Francia, conversando en la noche con los hijos y nietos de un viejo anarquista español que se refugió en el Larzac, cuando les comentaba de París, de las discusiones en la Internacional Anarquista de dónde veníamos con varios militantes de la FAI, miraban boquiabiertos; preguntaban el alto de la Eiffel, y el ancho del Campo de Marte. Igual para los socorrenses de entonces, el ronroneo del monstruo de Sao Paulo semejaba un sueño lejano, provocativo.

Economía de café. Altos cafetos cubrían las colinas. Hojas muy verdes, de verde oscuro; delgados troncos y los rojos frutos que parecen grosellas desde lejos. Y tabaco que enrollaban los viejos italianos mientras contemplaban a sus coterráneos jugando bochas, y recordando, nunca nos lo dirán, Nápoles y Génova.

No hay italiano que se precie que no sea hincha del Palmeiras. Aún hoy, los hermanos de Ligia: Danilo, Gilberto, y quizá en el fondo Toninho, el acordeonista famoso, putean como los de su raza, a voz en cuello, cuando los negrinhos del Corinthians les marcan un gol.

¿Podrá el Brasil del futuro no olvidar la cotidianeidad de estos que lo construyeron desde abajo? Los pueblos que olvidan sus orígenes por lo general se condenan. Ya Brasilia representó un reto hacia el pretérito, levantándose a impulso de una idea sobre yermo inmemorial. Pero en los cimientos de Brasilia no solo habita el concreto, sino también los gnochis y macarrones de los peninsulares, sumados a los frijoles y cuero de cerdo que devoran los africanos. Solo combinación tal, la de antiguo, hoy y mañana podrán solidificar un hartazgo de riqueza y poder como el que se le viene al país.

Socorro duerme la siesta. Sobre la voluptuosidad del silencio se elevan las voces de Caruso y Tito Schipa, que se yerguen como cortinas de hierro ante los nuevos sonidos que vienen con la Música Popular Brasilera y que las jóvenes como Ligia ocultan de sus padres que si las ven con un disco de Caetano explotarán de ira.

A las seis de la tarde Socorro detenía su andar. El gran altoparlante del orfanato de San Agustín tocaba todos los días, sin falta, el Ave María de Gounod. Una sensación de paz invadía entonces el ambiente, y hasta los huérfanos creían que afuera del recinto que los cobijaba estaba alguien, algún día, esperándolos.

La casa ya no es la casa. Ligia mira por la ventana el azul cielo de Colorado. Como si alguien pudiera adoptar un cielo, como si aquel por el que corrió la infancia no fuese el único por el que vale el recuerdo.

Un vino para olvidar. Quizá para recordar. Y un chorinho que disimula su tristeza jugando a ser alegre.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Friday, November 7, 2014

Panamá/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Fui a desayunar. Como siempre, el local estaba lleno de camioneros, policías y estibadores negros. Había agitación. Tropas estadounidenses invadían Panamá.

"Les vamos a dar duro a los amigos", decían los clientes. Me extrañó que gente miserable como ellos, pobre como la de Panamá, e igualmente negra, se alegrase de eso. No era ya hablar de Noriega, Panamá sufría como país. No había motivo de orgullo.

Reían los cargadores negros mientras iban de regreso a su trabajo, a ser envilecidos otra vez por los patrones blancos.

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 11/12/1991

Imagen: Afiche del documental Invasión (Panamá, 2014), de Abner Benaim

Thursday, November 6, 2014

Los nuevos gigantes/MIRANDO DE ARRIBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El 2006, el Boston Consulting Group, asesores financieros privados, emitió un reporte acerca de las 100 compañías de países en desarrollo que podrían alcanzar preeminencia en el mercado mundial (Challenger 100), desplazando a los tradicionales Estados Unidos, Alemania y Japón.

Negocios de 14 países fueron incluidos: China, India, Brasil, México, Rusia, Turquía, Malasia, Tailandia, Argentina, Chile, Egipto, Hungría, Indonesia y Polonia, en ese orden, con China con casi un 50% del total.

En dos años, y al ritmo en que el mercado globalizado funciona, muchas de ellas ya adquirieron la ansiada posición, siendo la última la del clan brasilero JBS S.A., procesadores de carne empacada que con empresas de su propiedad en 22 países, incluyendo Swift & Co. de los Estados Unidos, se ha convertido en el mayor del rubro. Su diversificación obedece a las necesidades del mercado -también culturales- y permite ganancias en sectores no tradicionales. JBS vende hígado en Egipto, tripa en España, corazón en Rusia. Se especializa además en carne kosher, preparada bajo los preceptos de la religión judía, a la vez que en la de tipo halal para los países islámicos según su dogma.

Brasil cuenta con otra megaempresa, asociada con Interbrew de Bélgica, Inbev, que al comprar Anheuser Bush, de EUA, en julio 2008, se ha convertido en el más poderoso consorcio cervecero, productor de nombres como Budweiser y Michelob, Brahma, Stella Artois, Bass. Duro golpe para un icono cultural-económico como fue la Budweiser en los Estados Unidos.

América Latina cuenta con otras gigantescas empresas globales. México se anota con 7 capaces de alterar el equilibrio mundial y superar y reemplazar a otras del Primer Mundo. Una es el Grupo Bimbo, de productos alimenticios. Argentina tiene el mayor productor de tuberías de petróleo del orbe (Teneris), mientras Chile es hegemónico en en transporte marítimo de containers con CSAV. Un panorama de transformación de mercados y de fortunas.

Lastimosamente, y a pesar de que el engrandecimiento de las compañías implica mejor bienestar y salarios, amén de trabajo, las diferencias sociales se mantienen con impunidad aterradora. No significa que ya que América Latina cuenta con 22 de las 100 empresas de países en desarrollo listas para afianzarse en el mercado global, las economías locales prosperen parejas o que el nutrido grupo de mano de obra que permite parte al menos de esta opulencia salga de su paupérima condición. Nada más ejemplificador al respecto, al otro lado del mundo, que la China comunista que resultó ser el más despiadado explotador de trabajadores conocido.
04/08/08

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 08/2008

Tuesday, November 4, 2014

Kobani/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los peshmerga, kurdos iraquíes, bombardean posiciones de ISIS en Kobani. Nuevas armas, material bélico pesado, que si bien tal vez no cambien sustancialmente esta guerra de posiciones, al menos emparejan el poder de fuego.

La conjura turca para permitir la destrucción de su enemigo kurdo utilizando a terceros, tuvo que ceder a la presión internacional y permitir el paso de escasos refuerzos para los sitiados. Su apuesta por un genocidio que le sería favorable en términos concretos no podrá ser; el hecho de que la ciudad fronteriza se haya convertido en el bastión simbólico de la humanidad en contra de la barbarie, lo ha impedido. Batalla que hoy difumina diferencias que existen. Las posterga, de seguro, pero urge el pragmatismo de eliminar un rival con las peores características del Islam. Mejores los guerrilleros kurdos, con herencia ideológica occidental, que las sombras siniestras del medioevo que han venido despertándose por décadas en la zona y que se materializaron en este espurio ejército de iluminados. Para ellos, de inmediato, el camino del paraíso. Hay que concederles el favor.

La región siempre fue de víctimas y victimarios, pasándose el papel unos a otros según la coyuntura histórica: asirios, armenios, turcomanos, kurdos... Shklovski decía que venían matándose por siglos. Menciona él la cacería kurda de armenios a favor de turcos para sumarlos al genocidio de principios del siglo XX. Nadie habla de ello hoy, pero ese y muchísimos otros conforman un pesado estigma. De todas maneras, a pesar de que quizá no existe allí grupo humano que no tenga tiniebla en su pasado, este nuevo fenómeno fundamentalista no deja espacio para dudas. O el mundo se juega allí, o se abrirá un intervalo aún más oscuro que el de los ayatolas de Irán, a quienes la impericia occidental e intereses comerciales permitieron reinar en aparente eternidad.

La ejecución de una mujer en Persia, ahorcada por haber matado a su violador, es explícita en cuanto al fundamentalismo musulmán. Horrorosos videos de ISIS muestran a sus milicianos degollando mujeres kurdas en Kobani, luego de inenarrables suplicios que permite Alá a los hombres. Esa una faceta de la realidad; la otra, valientes mujeres kurdas formadas en Unidades de Defensa del Pueblo, dispuestas a morir y mostrando a los discípulos del barbado pedófilo que inició esto, que esa condición de la hembra como ser inferior y servil que pregonan no va con ellas. Para responder tienen balas, que ojalá carguen cada una con todos los divinos del planeta.

Barack Obama ha mantenido una posición cobarde e intrascendente. Se ha aferrado a un discurso válido en teoría, pero que no significaba su absolución como potencia. Las medias tintas de su administración enviaron el problema sirio hacia el abismo. No se puede apostar por dios y por el diablo, o no apostar por nada. Hay países que carecen de ese lujo, simplemente.

En Corea del Norte se sigue cometiendo canibalismo por el hambre. Y venta de esclavas sexuales a sus vecinos chinos, para comer. A veces la prostitución es la única manera en que los habitantes de un país pueden sobrevivir. Lo sabemos aquí cerca. Este y demás desastres son el resultado del totalitarismo. América Latina con presidentes eternos se desviará hacia allí. Pueblos gobernados por el Gran Semental, que por estos lares es también el de los Grandes Maricas. No hay que permitirlo.

Por eso Kobani se ha hecho símbolo, fuera de las aspiraciones kurdas de independencia y etcéteras de suma importancia. Occidente debe jugarse allí. Y aunque a pesar de que el exceso de sangre no soluciona mucho o soluciona nada, sirve sin embargo. Con ISIS hay que retomar al mariscal Zhukov antes de invadir Alemania y decir que ante los profetas malditos se debe cerrar el corazón a la piedad.
03/11/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 04/11/2014

Monday, November 3, 2014

Me lo habrán muerto en la guerra/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Eduardo mide no más de metro cincuenta y cinco. Y en esta tierra de gringos parece un enano. Pero el pequeño hombre pasa entre los jefes de origen irlandés, con un “esquiusmi” bien entonado, con dos bolsas de cebolla en la cabeza. Sube con ellas por la escalera, hasta el segundo piso, bajo la mirada azorada de los hombrones, de la secretaria griego-americana, y las descarga en el cuarto donde pican los vegetales varias mujeres también pequeñas, paisanas suyas, alguna nica, y un capataz de corte guatemalteco con una sonrisa de oro. Puej, dice este último, ¿para qué uno trabaja?, y sonríe con los dientes delanteros forrados en oro, con agujeros en figura de corazones que dejan ver lo amarillento de los huesos. –Es que soy romántico, dice.

La hora de entrada de los estibadores es la una de la mañana, truene o nieve. Esta es vida de hombres. Aquí no hay chingadera tal como la depresión. Y la tristeza se combate de “asegún”. Eduardo llega caminando. No tiene automóvil todavía. Está casi nuevo. Toma un bus desde Adams Morgan que lo deja a dos cuadras del mercado. Los negros, porque aquí es el corazón del ghetto, se han acostumbrado a verlo, así como al resto de los latinos que en la década de los noventa invadieron el negocio de reparto de frutas y verduras.

Toca uno de los dos inmensos portones metálicos que tiene el warehouse. Le abro. Igual que yo, y varios otros, se refugia en el calor del cuarto de tomates para cambiarse. Igual a los obreros metalúrgicos argentinos de la década del 80, con los cuales compartí una temporada, el muchacho de El Salvador se cambia, dobla la ropa con parsimonia, trabaja, suda, se ensucia con los jugos hediondos de la sandía descompuesta, limpia papas cubiertas de baba blanca, y luego de asearse en el baño de trabajadores, se acicala para enfrentar el mundo por la mañana, un mundo que repite sin cesar es “un paraíso”.

Enfrentemos las circunstancias. 1990. En Centroamérica entonces no morirse ya era una profesión. Hasta los menos recalcitrantes cuestionadores de la derecha en el poder huían. Lo malo es que al matarte, casi siempre a golpe de machete: decapitación, te separaban del cuerpo y el alma no hallaba sosiego, se confundía, no sabía a dónde ir, cuál eras tú. Mientras cortaban zuchinis y brócolis, las mujeres se contaban cuitas sangrientas una a otra. De cuando en cuando alusiones de amor, pero la época no era para romance. A lo sumo una cópula rápida y escondida, para proteger la especie: no sea que nos maten a todos los soldados.

En medio de la tragedia mis ojos tropezaban con la permanente sonrisa del dientes de oro y sus tres corazones: uno es mi mamá, el otro mi mamá grande (abuela), y el del medio mi vieja.

-Descansa. Tómate un break. No te mates trabajando.
-Esto me gusta. Diosito me dio la oportunidad de vivir, y tengo que pagarle con esfuerzo, repite Eduardo.

A diferencia de muchos salvadoreños empleados en el abasto, él se dedica a ahorrar, mantener a su madre, y tratar siempre de dar la apariencia de hombre limpio. Cuida la presencia como las palabras. Educado, opone su bonhomía al exabrupto de sus paisanos, varios de ellos ex soldados quién sabe con cuánta muerte. Entre ellos todo era hijoputeada y que les pelaran la verga. “Pelar la verga”, literalmente explicaba eso, la acción de arremangarse el prepucio para iniciar el acto sexual. Si de frutas se tratase…

Los gringos no sabían nada, y menos lo comprendían. Para ellos el temido nombre del monstruo D'Aubuisson les sonaba inútil. Y menos el de Roque Dalton, poeta que de manera extraña en gente que jamás había leído nada, y posiblemente no sabía leer, sonaba a veces. Como en toda guerra se tejieron mitos, no siempre entendidos, y el de Dalton entre ellos. Lo habían matado por ser “oreja”, aunque ninguno de los presentes sabía a ciencia cierta las circunstancias, en un conflicto que de guerrilla underground habíase convertido por la estulticia norteamericana en guerra popular.

Very good, strong man, susurraban los patrones entre ellos. Los negros de DC, los del sur, las Carolinas y Georgia, eran menos comprensivos. Shit, escupían, y es que sabían que no había que dar por el salario que les pagaban más que lo mínimo, y el salvadoreño excedía el trabajo de uno, si no de tres afroamericanos, sin esperanzas ya. Difícil era explicar la situación desde la que Eduardo venía. Muchos de ellos, ya en su cuarentena, sabían de la mierda de ser perseguido y humillado, o a veces muerto. Pero se olvidaron. Lo recordaban en enero, en el aniversario de la muerte del doctor King, mientras comíamos alitas picantes en el boliche del coreano. Cómo aclararles que el doctor King tambíén había luchado por gente como Eduardo, por los aplastados, los ofendidos del mundo eterno. Una estatura que el tiempo afianzó. De seguro que en los mercados del Distrito de Columbia, al menos la percepción habrá cambiado, que la economía lo dudo, aunque una suerte de “bro” rija los destinos de la nación hoy.

La rutina del mercado embrutece. Si no se mantiene uno alerta, tratando de aprender de un mundo ajeno, de analizar siempre la situación, de crearse perspectivas y perseguir sueños, te hunde. Miras el reloj, la hora en que te digan marca tu tarjeta ya, vete a casa. Para la mayoría el hogar es comprarse un poco de crack, algo de pcp, y tirarse entre las matas por las vías del tren. Con una cerveza malt liquor hipócritamente escondida en bolsa de papel madera, porque así lo marca la ley: bebe, pero que no te vean beber. Observas que los negros caminan con su bolsita en mano, y que de a ratos se encajan un sorbo. Está permitido, porque la lata o la botella no se ven. Otra cosa si desafías el establishment y bebes abiertamente lo que te venga en puta gana. Allí te caen los duros bastones de la ley sobre las costillas. Lo sabré yo, que en un bar de cowboys de Leadville, una década después, un “chota” me golpeó con el laque justo en la columna vertebral, dejándome casi inválido por una semana. Les enseñan, y lo ejercitan, dónde pegar.

Eduardo llegó en un tren, que hoy se ha hecho famoso con el nombre de La Bestia. Es el vehículo que carga las aspiraciones de la gente al sur de México, a quienes les espera un calvario que no se puede narrar. Vía crucis en México, de acuerdo a lo que contaba Eduardo, donde apenas atravesados la frontera, bandas de delincuentes se dedican a cazarlos. Olvídese, relataba, si una mujer caía en sus manos. En esa tierra baldía que hay entre nuestros países y la primera población mexicana los matorrales se hallan cubiertos de pingajos humanos, de calzones y medias de mujer, sostenes que cuelgan amarilleados por el sol entre los espinos. A veces las ilusiones terminan así, calcinadas por el sol y el anonimato. Ahora seguro que aquello empeoró. La historia ha inventado a las maras, los zetas, los cárteles. El saqueo, secuestro, estupro y asesinato son podría decirse oficiales, por lo impunes. Cuando él atravesó la frontera, más de veinte años transcurrieron, el narco ya existente no tenía las grandilocuentes características actuales. No allí. Lo que no impedía el jolgorio criminal que se desataba sobre los inmigrantes.

Ni la muerte, ni el escarnio, detenían los pies huyendo de la guerra, de la pobreza. La Bestia materializaba una realidad concreta, imposible de eludir, y a la que debía enfrentarse con huevos –también las mujeres-, y con suerte.

Circunstancias que no viene al caso mencionar me alejaron de aquel mundo de mercados, prolífico en alimentos y desgracias. Nunca olvidé las historias que escuchaba, entre el descargado de paltas y la separación de frutillas. Lecciones de vida que nunca hubiese conocido en los libros. Desde la barandilla superior, los jefes gringos observaban cómo se perseguían entre ellas las salvadoreñas cuchillo en mano. Puro salvajismo, creían, sin saber que detrás de tanta violencia había tanto por develarse. Pura tristeza y explotación.

Eduardo habrá logrado lo que deseaba. Estados Unidos era el premio después del infierno. Me alegro por él.

Y, doña María, le pregunto a una peladora de patatas, este hijo del que me habla ¿dónde está?

-No lo sé. De aseguro me lo han muerto en la guerra.


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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Imagen: Foto del FMLN

Saturday, November 1, 2014

Judith Lisanski/CUADERNOS DE NORTEAMERICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

"He recibido tu críptica carta", es lo primero que dices. Luego quieres evitar mis ganas. La ventana está abierta y por los árboles brillan otras ventanas como luces de Navidad.

Amas Brasil. Escribes sobre él. Judith, no te amo, pero es tu cuerpo sobre las sábanas violetas.

Afirmo que no volveré más, que no domingo. Tu auto se va azul. En Brandywine Street cierro la puerta, trivial y definitivo.

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Publicado en Revista SIGNO 34 (La Paz), septiembre-diciembre 1991
Publicado en Opinión (Cochabamba), 18/10/1991

Imagen: Roy Lichtenstein/Nude with Blue Hair, State I, 1994